Hilos de terciopelo y chocolate

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Larabelle Evans
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Hilos de terciopelo y chocolate

Mensaje por Larabelle Evans »

El Hilo de Oro y la Sombra de Octubre.

Milán — Retrospectiva del Verano (Julio - Septiembre)

El verano en Milán no perdonaba. El calor descendía sobre la ciudad lombarda como una manta pesada y húmeda, deformando el aire sobre los adoquines del Quadrilatero della Moda . Mientras la mayoría de los herederos y aristócratas del norte de Italia huían hacia las aguas frescas del lago de Como o las costas de Portofino, Vittoria Marttini se había encerrado voluntariamente en un infierno de seda, alfileres y exigencia absoluta.

El Atelier Duomo , ubicado en un edificio histórico cerca de la Via della Spiga, se había convertido en su santuario y en su campo de batalla. Anabella Mancini, la mujer de hielo, no le había regalado nada por su apellido; de hecho, se lo había exigido todo. Durante los meses de julio y agosto, Vittoria durmió un promedio de cuatro horas por noche. El olor a cacao tostado y a pólvora que solía impregnar sus recuerdos de Turín fue reemplazado por el aroma del café espresso doble, el vapor de las planchas industriales y el perfume de almizcle de su profesora.

Vittoria no era solo una pasante; era una estratega. Aplicó la misma frialdad clínica que había utilizado para destruir a los Rinaldi y salvar el imperio de su padre, pero esta vez, para deconstruir patrones de alta costura.

Una tarde de finales de agosto, en medio del caos previo al lanzamiento de la Colección de Transición, Anabella la había encontrado en el suelo del taller, descalza, con las manos manchadas de tiza sastre y rodeada de metros de organza negra. Estaba rediseñando la estructura de un corsé que no respiraba.
Anabella Mancini dice con acento milanés, observándola desde la puerta: "No cortas la tela, Marttini. La operas. Tienes la precisión de un cirujano y la paciencia de un asesino. Me gusta."

Y el éxito llegó. En septiembre, durante la presentación privada de la colección en la Galleria Vittorio Emanuele II , el nombre de Vittoria Marttini dejó de estar asociado únicamente a los tribunales, los fiscales y las crisis corporativas. La prensa de moda, siempre ávida de nuevas musas con pasados oscuros, la devoró. La revista Vogue Italia le dedicó dos páginas, describiéndola no solo como la heredera del Imperio Marttini, sino como "la nueva prodigio de la arquitectura textil, una mente donde la severidad corporativa y la fluidez del diseño colisionan de manera magistral".

Fueron meses de un triunfo limpio. Meses en los que Tommaso cumplió su promesa, tomando el tren de alta velocidad los fines de semana para perderse con ella en la clandestinidad de las noches milanesas, amándola en habitaciones de hotel con vistas al Duomo, anclándola a la realidad con su devoción y su falta de pretensiones.

Vittoria había saboreado la paz. Una paz dorada, construida con su propio esfuerzo, donde no había enemigos acechando en las sombras.

Pero el verano, como toda ilusión, siempre llega a su fin.

El Retorno y la Niebla Piamontesa.

Turín — Lunes, 12 de Octubre.

La ciudad la recibió con el abrazo frío y húmedo del otoño. Los árboles del Parco del Valentino habían comenzado a teñirse de cobres y dorados oscuros, y la brisa que soplaba desde los Alpes traía consigo el inconfundible olor a castañas asadas, a lluvia inminente y a hojas secas.

Faltaban escasas horas para la medianoche. Faltaban horas para que Vittoria Marttini cumpliera dieciocho años.

El campus del Politecnico di Torino bullía de actividad. Era su segundo semestre, y la rutina parecía haber regresado con una normalidad casi insultante. Vittoria caminaba por los pasillos con su habitual elegancia afilada, vistiendo un abrigo largo de lana de cachemira color camello sobre un conjunto de punto negro, botines de cuero y el cabello oscuro cayendo en ondas sueltas y perfectas. Ya no era solo una estudiante; las miradas que la seguían ahora estaban cargadas del respeto y la fascinación que otorgaba su reciente fama en Milán.

Serena la alcanzó cerca de las máquinas de café, cargando una carpeta desbordada de bocetos y dos vasos humeantes.
Serena dice con acento turinés: —Si sigues caminando con esa aura de superestrella milanesa, voy a tener que empezar a cobrarle a la gente por mirarte, Vitto. Toma. Macchiato con un toque de vainilla, porque hoy casi eres una adulta legal en todo el sentido de la palabra.

Vittoria tomó el vaso, dejando escapar una risa suave, desprovista de las sombras del pasado invierno.
Vittoria dice con acento turinés: —Gracias. Aunque te juro que la idea de cumplir dieciocho me aterra más que cualquier junta directiva. Significa que ya no hay excusas juveniles. Todo lo que firme a partir de mañana, tiene mi nombre en la guillotina.

Giuli y Allegra aparecieron por el pasillo, enlazadas del brazo, riendo a carcajadas.
Allegra dice con acento turinés: —¡Basta de hablar de firmas y guillotinas! ¡Esta noche es la fiesta! Tu padre ha reservado el ala oeste completa de la Villa Marttini, hay floristas corriendo desde las seis de la mañana, y he oído que el catering incluye trufas blancas de Alba que cuestan más que mi matrícula universitaria.

Vittoria sonrió, soplando el vapor de su café. Mássimo, el León de Turín, seguía soltero y completamente volcado en su hija y en su fábrica. Habiendo superado la crisis financiera gracias a la astucia de Vittoria, Bianca e Indira, el patriarca había decidido que el decimoctavo cumpleaños de su única heredera sería una exhibición de poder y amor incondicional. La guerra parecía un recuerdo lejano.

Giuli dice con acento turinés, ajustando la correa de su cámara: —¿A qué hora llega tu arquitecto? Porque supongo que Tommaso tiene pase VIP para esta noche, ¿verdad?

Vittoria dice con acento turinés: —Llega a las ocho. Y sí, tiene pase VIP, aunque está aterrorizado. Es la primera vez que se va a enfrentar a Mássimo cara a cara en un evento oficial de la familia.

Serena dice con acento turinés: —Que los dioses lo protejan. Mássimo lo va a escanear con rayos X.

El sonido del timbre universitario cortó la conversación. Se despidieron entre risas y promesas de verse más tarde para los preparativos finales. Vittoria tenía una última tarde libre antes de sumergirse en el caos del evento. Decidió que necesitaba un momento de silencio, un respiro en la ciudad antes de que la maquinaria de la Villa Marttini la absorbiera por completo.

El Encuentro en Piazza San Carlo.

A las cuatro de la tarde, la luz en Turín era de un gris perlado. Vittoria le ordenó a su escolta que la dejara a unas calles de la Piazza San Carlo . Necesitaba recoger personalmente un aderezo de joyería en una boutique exclusiva de la Via Roma , un capricho personal para complementar su vestido de alta costura que Anabella le había obsequiado.

Las calles estaban elegantes, llenas de turineses abrigados. Tras recoger el pequeño estuche de terciopelo, Vittoria decidió sentarse en la terraza exterior del Caffè Torino . El aire era frío, pero los calefactores de gas encendidos bajo los toldos creaban un microclima acogedor. Pidió un té negro y se quedó observando la inmensa plaza, la estatua ecuestre de Emanuele Filiberto alzándose solemne en el centro.

Se sentía... intocable. El imperio del cacao prosperaba, el dinero de Luxemburgo fluía sin obstáculos, su carrera en la moda había despegado y Tommaso la amaba con una lealtad que la curaba un poco más cada día.

Fue en ese preciso instante de complacencia cuando la realidad del bajo mundo se materializó de nuevo.

Un hombre se acercó a su mesa. No pidió permiso, simplemente deslizó una de las pesadas sillas de hierro forjado y tomó asiento frente a ella.

Vittoria tensó la mandíbula de inmediato. Sus ojos volaron hacia el extremo de la plaza, donde sus dos guardaespaldas estaban de pie, pero extrañamente, ninguno hizo el amago de intervenir. Estaban mirando, pero parecía que el hombre les había hecho un gesto imperceptible, o quizás su sola presencia imponía un respeto paralizante.

El hombre parecía rondar los cuarenta años. Llevaba un abrigo de lana de vicuña azul marino, guantes de cuero negro de impecable factura y el cabello castaño con toques plateados peinado hacia atrás. Sus rasgos eran de una simetría romana, aristocráticos, pero lo que realmente helaba la sangre eran sus ojos: de un tono avellana tan claro que parecían dorados bajo la luz pálida de la plaza.

No era un matón. Era poder puro. Dinero viejo.

El hombre se quitó un guante lentamente, revelando un anillo con un sello antiguo en el dedo índice.
Enea Rossi dice con acento romano, su voz grave, musical y cargada de una educación exquisita: —El té negro se enfría rápido con este viento del Piamonte, Vittoria.

Vittoria no movió un músculo. Su postura se volvió rígidamente perfecta. La estudiante desapareció; la CEO de Marttini emergió.
Vittoria dice con acento turinés, su tono gélido: —¿Quién te ha dado permiso para sentarte en mi mesa?

El hombre sonrió. Una sonrisa lánguida, que no llegó a sus ojos dorados.
Enea Rossi dice con acento romano: —Nadie me da permiso para hacer nada en este país, principessa . Yo simplemente tomo asiento. Especialmente cuando vengo a presentar mis respetos a la verdadera salvadora del Imperio Marttini.

Vittoria entornó los ojos. La mención de su papel en la salvación de la fábrica la puso en alerta máxima.
Vittoria dice con acento turinés: —No sé de qué hablas. Y no tengo tiempo para acertijos. Mis hombres están a cincuenta metros.

Enea Rossi dice con acento romano, haciendo un gesto despectivo con la mano desnuda: —Tus hombres saben exactamente quién soy, por eso no se mueven. Mássimo sabe quién soy. Pero a Mássimo ya no le presto tanta atención. El León está cómodo en su jaula de oro. Yo prefiero a las leonas jóvenes.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa de mármol del café. El olor a su colonia, una mezcla de sándalo y cuero caro, invadió el espacio de Vittoria.
Enea Rossi dice con acento romano: —Me llamo Enea Rossi. Mi familia opera desde la capital. Nosotros no hacemos ruido como los vulgares Rinaldi. No ponemos bombas, no saboteamos fábricas con hackers de segunda. Nosotros compramos deudas, financiamos ministerios y absorbemos imperios.

El apellido Rossi . Vittoria había oído a su padre mencionarlo una vez, a puerta cerrada. Una familia que manejaba los hilos del sur y del centro de Italia desde los despachos de Roma. Matones con títulos universitarios y cuentas en Suiza.

Enea Rossi dice con acento romano: —He seguido muy de cerca tu verano en Milán, Vittoria. Tus diseños para Anabella Mancini son espléndidos. Pero lo que realmente me fascinó fue la arquitectura financiera que tú, esa analista luxemburguesa y tu hacker genovesa construyeron para limpiar a tu padre. Fue una jugada maestra.

Vittoria sintió que el frío de octubre le penetraba hasta los huesos. Indira. Bianca. Él las conocía. Sabía exactamente cómo habían operado.
Vittoria dice con acento turinés, manteniendo la voz firme, sin ceder un ápice de miedo: —¿Qué quieres, Rossi?

Enea sacó una pequeña caja envuelta en papel oscuro del bolsillo de su abrigo y la colocó sobre la mesa, deslizándola hacia ella.
Enea Rossi dice con acento romano: —Felicitarte. Esta medianoche cumples dieciocho años. Dejas de ser la niña protegida bajo el ala de Mássimo. A partir de mañana, para la ley italiana y para las leyes de nuestro mundo, eres una adulta. Eres responsable de tus firmas, de tus actos... y de tus enemigos.

Vittoria miró la caja, sin tocarla.
Vittoria dice con acento turinés: —La familia Marttini no tiene enemigos vivos.

Enea soltó una carcajada baja, ronca y oscura.
Enea Rossi dice con acento romano: —La soberbia te queda tan bien como el lino, Vittoria. Los Rinaldi dejaron un vacío enorme en el norte. Un vacío que Mássimo cree haber llenado. Pero la familia Rossi tiene otros planes para el Piamonte. Y, sinceramente, negociar con tu padre es aburrido. Él es el pasado. Tú eres el futuro.

Enea se puso el guante de cuero lentamente, sin apartar sus ojos dorados de los de ella.
Enea Rossi dice con acento romano: —Disfruta de tu fiesta esta noche. Baila con tu joven y apuesto arquitecto. Bebe champán. Porque a partir de mañana, principessa , el juego comienza. Y nosotros no jugamos a destruir maquinaria; jugamos a destruir lealtades.

Se levantó de la mesa, ajustándose el abrigo de vicuña.
Enea Rossi dice con acento romano: —Feliz cumpleaños, Vittoria.

Enea dio media vuelta y caminó por la Piazza San Carlo, fundiéndose entre la multitud de Turín con la naturalidad de un fantasma. A los pocos segundos, los escoltas de Vittoria se acercaron corriendo, con rostros pálidos.

— Signorina Vittoria... —empezó a decir uno de ellos, la mano temblando cerca de su arma oculta.

Vittoria levantó la mano, ordenándoles silencio. Su corazón latía desbocado, pero su rostro era una máscara impenetrable. Miró la pequeña caja sobre la mesa. Con dedos firmes, deshizo el envoltorio oscuro y abrió la tapa.

En el interior, descansando sobre terciopelo negro, había un peón de ajedrez tallado en ónix macizo. Estaba partido exactamente por la mitad.

El mensaje era claro. Ella era el peón que había salvado al Rey, y los Rossi venían a partirla en dos.

Vittoria cerró la caja, apretándola en su puño. El frío de Turín de repente se sintió asfixiante. La tregua de Milán había sido solo un espejismo. La normalidad de sus clases y de sus tardes con Tommaso estaba a punto de desintegrarse.

Vittoria dice con acento turinés, su voz fría como el acero: —Al coche. Nos vamos a la Villa.

El Veneno en la Copa de Cristal.

Villa Marttini — 20:30 hrs.

La Villa Marttini estaba transformada. El ala oeste resplandecía bajo la iluminación de cientos de velas y lámparas de araña de cristal de Murano. Había arreglos florales de orquídeas blancas y rosas oscuras importadas cayendo en cascada por las escalinatas de mármol. Una orquesta de cuerdas tocaba música clásica moderna en un rincón del inmenso salón de baile, y el eco de las conversaciones de la élite de Turín llenaba el aire.

Vittoria estaba de pie frente al espejo de su vestidor. Llevaba el vestido que Anabella Mancini había diseñado en secreto para ella: una obra maestra de seda cruda en un tono rojo sangre tan oscuro que casi parecía negro. El escote era recto, severo, pero la falda caía con una fluidez letal, y la espalda estaba completamente abierta, mostrando la piel pálida de la heredera. Se veía adulta, peligrosa, deslumbrante.

Pero dentro de su pecho, la maquinaria de guerra giraba a toda velocidad.
Había guardado el peón de ónix roto en la caja fuerte de su habitación. No le había dicho nada a Mássimo. Esta noche era su noche, su entrada en la edad adulta, y no iba a permitir que la paranoia arruinara el regalo de su padre. Además, si Enea Rossi quería jugar con ella, ella demostraría que no era una presa fácil.

La puerta de su habitación se abrió suavemente.
Mássimo entró. Llevaba un esmoquin impecable, el cabello gris peinado hacia atrás. Se detuvo en el umbral, perdiendo el aliento por un segundo al ver a su hija.
Mássimo dice con acento turinés, la voz grave y llena de emoción contenida: —Mírate. La digna heredera de esta casa. Eres la imagen exacta de lo que el Imperio Marttini necesita, Vittoria. Belleza, inteligencia y una voluntad inquebrantable.

Vittoria se acercó a él, dejando que su padre le diera un beso en la frente.
Vittoria dice con acento turinés: —Gracias, papà. Todo esto... es magnífico.

Mássimo le ofreció el brazo.
Mássimo dice con acento turinés: —El mundo empresarial está abajo, esperando para rendirte pleitesía. Tienes a la prensa, a los accionistas, y a ese arquitecto tuyo sudando frío cerca de la barra de bebidas. Es hora de bajar.

El descenso por la escalinata fue triunfal. Los aplausos resonaron en el salón. Vittoria saludó a los socios, sonrió a las cámaras de la prensa social y recibió felicitaciones con la maestría de una diplomática veterana.

A lo lejos, vio a su círculo de hierro. Serena, Giuli, Allegra y Mirabella estaban espectaculares, brindando con champán y observándola con orgullo. Indira, vestida con un traje sastre color esmeralda, estaba conversando discretamente con Bianca, que llevaba un vestido azul noche. Las mujeres que sostenían los cimientos de la familia estaban allí.

Y luego, estaba él.
Tommaso.
Llevaba un traje negro ajustado, sin corbata, y la miraba desde el otro lado del salón como si ella fuera el único punto de luz en el universo. La distancia entre ellos pareció evaporarse. Vittoria se excusó elegantemente de un grupo de inversores y caminó hacia él.

Tommaso no esperó a que ella dijera nada. La tomó por la cintura, ignorando a los guardaespaldas y a los fotógrafos, y le dio un beso suave, firme, que le devolvió la respiración a Vittoria.
Tommaso dice con acento turinés: —Estás tan hermosa que me da miedo tocarte y que te rompas. Feliz cumpleaños, Vittoria.

Vittoria sonrió, relajándose genuinamente por primera vez en horas bajo su toque.
Vittoria dice con acento turinés: —No me rompo tan fácilmente, arquitecto. Me alegra que hayas sobrevivido a la presión de estar aquí.

Tommaso rió por lo bajo.
Tommaso dice con acento turinés: —Tu padre me lanzó una mirada que creo que me quitó dos años de vida, pero valió la pena.

La orquesta cambió de melodía, tocando algo más lento. Vittoria y Tommaso se deslizaron hacia la pista de baile. Mientras él la guiaba, el calor de su mano en su espalda abierta era un contraste brutal con el frío de la tarde.

Vittoria apoyó la cabeza en el hombro de Tommaso, cerrando los ojos. Quería aferrarse a esa noche. A esa sensación de amor puro, de triunfo, de juventud.

Pero cuando abrió los ojos, mirando por encima del hombro de Tommaso, el aire se le atascó en los pulmones.

En el balcón superior del salón, apoyado contra la barandilla de mármol, estaba Enea Rossi. Llevaba un esmoquin de terciopelo oscuro y sostenía una copa de champán. No estaba solo. A su lado, conversando animadamente con él, estaba un hombre al que Vittoria reconoció de inmediato: el principal gestor del banco secundario de Génova, el hombre que manejaba los fondos de la Línea Dos de la fábrica.

Enea Rossi levantó su copa sutilmente, brindando desde las sombras directamente hacia Vittoria.

El mensaje de la tarde no había sido una amenaza vacía. Los Rossi ya estaban dentro. Ya habían penetrado la fortaleza de los Marttini, corrompiendo las lealtades financieras justo en las narices de Mássimo.

Vittoria apretó los dedos en la chaqueta de Tommaso. El reloj dio la medianoche. El salón estalló en aplausos, confeti dorado cayó del techo y Tommaso la besó apasionadamente.

Vittoria tenía dieciocho años. Era una adulta.
Y la guerra acababa de llamar a su puerta.
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