Cantando después de la tormenta

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am
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Cantando después de la tormenta

Mensaje por Larabelle Evans »

Volver a dormir. Volver a vivir.

Punto de vista: Stella.


No supe exactamente en qué momento empezó a regresar a mi vida.
Durante varias semanas pensé que la tristeza se había convertido en mi forma permanente de existir. Había mañanas en las que abría los ojos y tardaba unos segundos en recordar dónde estaba. Luego venía el golpe.
Romero.
Y después todo lo demás.
La habitación.
El techo.
La almohada.
El teléfono sobre la mesa de noche.
La ciudad al otro lado de las cortinas.
La obligación de levantarme.
La obligación de comer.
La obligación de contestar mensajes.
La obligación de ser StellaHazel.
Pero una mañana, casi mes y medio después del concierto de la Sala Rivera, abrí los ojos y, por primera vez, el pensamiento no llegó inmediatamente.
Me quedé mirando el techo.
Había una franja de luz entrando por la cortina.
Escuché un camión en la calle.
Después un claxon.
Después una puerta cerrándose en algún departamento vecino.
Y durante unos diez segundos no sentí nada.
Solo estaba despierta.
Entonces recordé.
Romero.
El dolor llegó, pero no fue como antes.
No me atravesó.
No me dejó sin aire.
Simplemente apareció.
Seguía ahí.
Pero ya no ocupaba toda la habitación.
Me senté en la cama.
Me pasé las manos por el rostro.
—Buenos días —murmuré.
No había nadie a quien decírselo.
Aun así lo dije.
No sé por qué.
Supongo que porque estaba acostumbrada a decirlo cuando él estaba conmigo.
En el baño me miré al espejo.
Había perdido peso.
Todavía se notaba.
Pero ya no parecía una persona a punto de desaparecer. Tenía ojeras, sí. Todavía eran profundas. Mi cabello necesitaba arreglo y llevaba varios días olvidando dormir ocho horas seguidas.
Pero algo en mis ojos había cambiado.
No estaba bien.
Todavía no.
Pero ya no estaba perdida.
Me lavé la cara, me puse una camiseta negra y unos pantalones cómodos y bajé a la cocina.
Emperatriz estaba preparando café.
Mi madre había decidido prolongar su estancia en España todo lo que fuera necesario. Al principio insistió en quedarse para el concierto. Después dejó de hablar del regreso.
Ahora hacía cosas sencillas.
Cocinaba.
Leía.
Dibujaba.
Lavaba ropa.
Y estaba pendiente de mí sin hacerme sentir vigilada.
Levantó la vista cuando me vio entrar.
—Buenos días, mi amor.
—Buenos días.
—¿Dormiste?
Me serví agua.
—Unas cinco horas.
Mi madre sonrió con una satisfacción pequeña.
—Eso es muchísimo para ti.
—No exageres.
—No estoy exagerando. Hace unas semanas dormías dos horas y te levantabas a caminar por toda la casa.
Bajé la mirada.
—Lo sé.
Emperatriz me acercó una taza de café.
—¿Hoy tienen concierto?
—Sí.
—¿A qué hora salen?
—Después de comer. Luca quiere que estemos en Valencia antes de las cuatro.
Mi madre asintió.
Luego me miró.
—¿Y cómo estás?
La pregunta era sencilla.
Antes me molestaba.
Ahora ya no.
—No sé.
Se sentó frente a mí.
—Esa respuesta me gusta más que cuando decías "estoy bien".
Sonreí.
—Estoy aprendiendo.
Mi madre tomó su café.
—Eso es suficiente.
Aquella palabra me acompañó durante todo el día.
Suficiente.
No tenía que estar bien.
No tenía que estar feliz.
No tenía que dejar de extrañarlo.
Solo tenía que seguir.
La gira había comenzado de verdad.
Después de la Sala Rivera, Luca reorganizó todo. Las fechas más cercanas se movieron, algunas se aplazaron dos semanas y otras tuvieron que renegociarse con los recintos.
Yo solo había puesto una condición.
La gira continuaba.
Luca no estaba de acuerdo al principio.
Bruno tampoco.
Nayeli menos.
Pero nadie intentó detenerme después de que entendieron que el escenario no me estaba haciendo daño.
Todo lo contrario.
Era el único lugar donde podía dejar de sentir que tenía que explicar cómo estaba.
Cuando cantaba, no necesitaba responder preguntas.
No tenía que decir "estoy mejor".
No tenía que decir "todavía me duele".
No tenía que fingir.
Podía simplemente cantar.
El primer concierto después de Madrid fue en Valencia.
Llegamos por la tarde.
El hotel olía a madera encerada, aire acondicionado y ese perfume neutro que tienen casi todos los hoteles grandes. Dejé la maleta en la habitación y me senté unos minutos junto a la ventana.
Había una plaza abajo.
Personas caminando.
Bicicletas.
Mesas llenas de gente.
Una pareja discutía por algo que parecía insignificante.
Un niño corría detrás de una paloma.
Me quedé mirando.
Antes, durante esas horas previas a un concierto, siempre sentía nervios.
Ahora también.
Pero se mezclaban con otra cosa.
Había una parte de mí que todavía se preguntaba qué estaría haciendo Romero si estuviera aquí.
Probablemente estaría revisando que todo estuviera en orden.
Probablemente me mandaría un mensaje.
Probablemente me preguntaría si había comido.
Tomé el teléfono.
Abrí nuestra conversación.
No había nada nuevo.
Nunca habría nada nuevo.
Pasé el dedo por la pantalla.
El último mensaje seguía ahí.
Lo había leído tantas veces que podía recordarlo sin abrir el teléfono.
Cerré los ojos.
—Te extraño —dije en voz baja.
Después guardé el celular.
Ya no sentía culpa por hablarle.
Nayeli fue a buscarme para ir al recinto.
Tocó dos veces.
—¿Lista?
—Sí.
Abrí.
Me miró.
—¿Dormiste?
—Cinco horas.
—Eso es casi una noticia histórica.
—Cállate.
Nayeli sonrió.
—Ah, ahí está mi Stella.
Ella era una de las pocas personas capaces de hablarme con normalidad.
No me trataba como una enferma.
No caminaba alrededor de mí con miedo.
No cuidaba cada palabra.
Y necesitaba eso.
Necesitaba a la Stella que seguía existiendo debajo del duelo.
—¿Cómo va lo de Dragan? —pregunté.
Nayeli se acomodó el cabello.
—Dice que va a llegar después de la prueba de sonido.
—¿Ya te dijo si va a quedarse todo el fin de semana?
—Sí.
—¿Y ustedes?
Nayeli sonrió de inmediato.
—Nosotros estamos bien.
—Qué cara tienes.
—¿Qué cara?
—Cara de enamorada.
Se rio.
—No me molesta.
—Me alegro por ti.
—Gracias.
Me abrazó.
—Y me alegra que tú estés aquí.
No dije nada.
Solo la abracé de vuelta.
Luca era distinto desde la muerte de Romero.
Seguía siendo el hombre preciso, ordenado y meticuloso que había conocido al asumir mi representación, pero ahora tenía una paciencia casi interminable conmigo.
Aquella noche apareció detrás del escenario con el auricular puesto.
—Quince minutos.
—Bien.
—Están llenando la sala.
—¿Está todo listo?
—Todo.
Miró mi guitarra.
—Y antes de que preguntes, sí. La revisaron.
—No iba a preguntar.
—Sí ibas.
—Tal vez.
Luca sonrió.
—Stella...
—¿Qué?
—No tienes que demostrar nada esta noche.
Lo miré.
—No estoy tratando de demostrar nada.
—Eso espero.
—Estoy tratando de cantar.
—Entonces canta.
Me dio un pequeño golpe en el hombro.
—Nos vemos al terminar.
Cuando se fue, apareció Bruno.
Siempre llegaba unos minutos antes.
—¿Cómo te sientes?
—Nerviosa.
—Eso es buena señal.
—¿Desde cuándo?
—Desde que llevas años haciendo conciertos.
Me reí.
—Idiota.
Bruno sonrió.
Después se quedó mirándome.
—¿De verdad estás bien para salir?
Respiré.
—No estoy bien.
Hizo una pausa.
—Pero sí estoy preparada.
Bruno asintió.
—Entonces eso es suficiente.
Otra vez esa palabra.
Suficiente.
El concierto fue bueno.
Muy bueno.
No porque yo estuviera completamente recuperada.
Sino porque había dejado de pelear contra la tristeza.
Durante "Aquí Estoy" pensé en Romero.
Durante "Calles que Ya No Duelen" pensé en él.
Durante "Dónde Respiras" también.
Pero después ocurrió algo inesperado.
Llegó "No Me Preguntes Más".
Y la gente empezó a cantar.
No unas cuantas personas.
Toda la sala.
Yo dejé de cantar un momento.
Los escuché.
Miré a Dania.
Ella sonreía mientras tocaba.
Miré hacia el lateral.
Bruno estaba allí.
Luca también.
Nayeli, junto a Dragan su novio y productor, levantaba las manos.
Isaura tenía la cámara en la mano.
Y pensé algo que no había podido pensar durante semanas:
Estoy aquí.
No porque él no esté.
Estoy aquí porque yo sigo.
Fue una idea pequeña.
Pero cambió algo.
Después del concierto, cuando entré al camerino, mi madre me abrazó.
—Estuviste preciosa.
—Gracias.
—Te vi sonreír.
Me quedé quieta.
—Sí.
—Lo hiciste varias veces.
Sonreí.
—Creo que sí.
Emperatriz me tomó la cara entre las manos.
—No te sientas culpable por eso.
La miré.
—No me sentí culpable.
Mi madre sonrió.
—Entonces estamos avanzando.
Las noches seguían siendo difíciles.
Eso no cambió de inmediato.
Llegábamos tarde al hotel.
Cenaba algo ligero.
Me duchaba.
Me acostaba.
Y entonces comenzaba el problema.
El silencio.
Durante el día tenía personas alrededor.
Ensayos.
Pruebas de sonido.
Vestuario.
Maquillaje.
Fotografías.
Conciertos.
Viajes.
Entrevistas.
Luca.
Bruno.
Nayeli.
Dania.
Isaura.
Mi madre.
Las chicas.
Todo el tiempo alguien estaba hablando.
Pero por la noche...
solo estaba yo.
Y él.
O, mejor dicho, su ausencia.
Había noches en las que dormía cuatro horas.
Otras, dos.
Algunas ni siquiera eso.
Me despertaba a las tres de la mañana y miraba el techo.
Al principio lloraba.
Después dejé de hacerlo todas las noches.
Algunas veces me levantaba.
Preparaba té.
Abría la ventana.
Me sentaba en el borde de la cama.
Pensaba en Romero.
En su voz.
En cómo caminaba.
En la forma en que decía mi nombre.
En las veces que me esperaba después de un ensayo.
En cómo se sentaba en silencio mientras yo hablaba de cualquier tontería.
Eso era lo que más extrañaba.
No las grandes cosas.
Las pequeñas.
Que estuviera.
Simplemente eso.
Que estuviera.
Una noche, en Sevilla, no pude dormir.
Eran las cuatro y diecisiete.
Lo sabía porque miré el reloj varias veces.
Me levanté y fui a la sala del hotel.
Todo estaba oscuro.
Solo las luces de la ciudad entraban por las ventanas.
Me senté en el suelo.
Apoyé la espalda contra el sofá.
Y me quedé allí.
No tenía ganas de llorar.
Solo lo extrañaba.
—Romero...
Lo dije en voz alta.
La habitación no respondió.
—No sé si estoy haciéndolo bien.
Silencio.
—No sé cómo se supone que debo hacer esto.
Me quedé quieta.
—Pero estoy intentando.
Miré mis manos.
—Estoy cantando.
Eso me hizo sonreír un poco.
—Te habría dado risa verme así.
Sentí el pecho apretado.
—Siempre decías que era demasiado dramática.
La sonrisa desapareció.
—Y tenías razón.
Cerré los ojos.
—Te extraño.
Esta vez lloré.
Pero fue distinto.
No sentí que me hundía.
Sentí que estaba sacando una pequeña parte del dolor.
Después de unos minutos me levanté.
Fui al baño.
Me lavé la cara.
Regresé a la cama.
Y dormí.
Solo dos horas.
Pero dormí.
La gira empezó a crecer.
Las entradas se agotaron más rápido de lo esperado.
En varias ciudades se añadieron funciones.
Los medios comenzaron a hablar del recorrido del álbum.
Algunas entrevistas preguntaban por mi regreso a los escenarios.
Otras intentaban llevarme hacia el tema de Romero.
Luca se encargaba de frenarlo.
—No se habla de asuntos personales.
Era su frase habitual.
Y yo estaba agradecida.
Una periodista consiguió preguntarme durante una entrevista:
—Stella, ¿crees que la música te ha ayudado a superar la pérdida?
Pensé la respuesta unos segundos.
—No creo que la haya superado.
La periodista guardó silencio.
—Creo que estoy aprendiendo a vivir con ella.
—¿Y cantar ayuda?
Miré hacia la cámara.
—Cantar me ayuda a seguir siendo yo.
No dije más.
Fue suficiente.
En Barcelona, Isaura me pidió una sesión de fotos.
—Quiero retratarte como estás ahora.
—¿Y cómo estoy?
—Eso lo decides tú.
—Qué conveniente.
Se rio.
La sesión se hizo en una terraza del hotel al amanecer.
Sin vestidos de gala.
Sin maquillaje excesivo.
Sin luces artificiales.
Solo yo, una camisa blanca y el cabello suelto.
El viento movía las mangas.
Isaura bajó la cámara.
—No sonrías.
—¿Qué?
—Hoy no.
Me quedé seria.
—¿Por qué?
—Porque no quiero fotografiar a alguien que está intentando convencerme de que está bien.
La miré.
—No estoy intentando convencerte.
—Perfecto.
Volvió a levantar la cámara.
—Entonces quédate así.
Hizo varias fotografías.
Después me enseñó una.
Me vi cansada.
Pero viva.
Eso era nuevo.
Viva.
No feliz.
No completamente recuperada.
Viva.
—Me gusta —dije.
—A mí también.
—¿La vas a publicar?
—Solo si quieres.
Miré la fotografía otra vez.
—Sí.
Emperatriz comenzó a trabajar nuevamente.
Todas las mañanas se instalaba junto a la ventana del hotel o del apartamento donde estuviéramos y dibujaba.
A veces me llamaba para que viera lo que estaba haciendo.
—Mira.
Me acercaba.
—¿Qué es?
—No sé todavía.
—Eso se parece a mí.
—Porque es para ti.
Una tarde me entregó una hoja.
Había dibujado una mujer sentada frente a un escenario vacío.
No lloraba.
Simplemente miraba.
En la parte superior había una pequeña línea de luz.
—¿Qué significa? —pregunté.
Mi madre tomó aire.
—Que todavía hay una luz aunque no siempre la veas.
Me quedé mirando el dibujo.
—Lo voy a guardar.
—Hazlo.
Lo guardé en mi carpeta de partituras.
Renata también era una presencia constante.
No me interrogaba.
Solo observaba.
Una noche, mientras cenábamos después de un concierto, me miró.
—Estás comiendo mejor.
—¿Eso es una orden médica?
—No.
—Entonces déjame en paz.
Sonrió.
—Perfecto.
María Fernanda y Luna Sofía se rieron.
Las mellizas habían llenado varios hoteles de hojas, lápices y dibujos.
Una noche las encontré dibujando en el suelo.
—¿Qué hacen?
María Fernanda levantó la cabeza.
—Una portada para tu siguiente canción.
—Todavía no existe.
Luna Sofía respondió:
—Entonces estamos adelantándonos.
Me senté con ellas.
—¿Cómo se llama?
María Fernanda mostró el dibujo.
Era un cielo después de una tormenta.
—No sé.
Luna Sofía añadió:
—Tal vez eso es precisamente.
La miré.
—¿Qué?
—Que después de la tormenta todavía hay que averiguar cómo se llama lo que viene.
No respondí.
Solo sonreí.
Una tarde, antes de un concierto en Bilbao, Luca entró al camerino.
—Hay una propuesta para añadir dos fechas en octubre.
—Hazlo.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Antes de confirmar tengo que preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Quieres continuar?
Lo miré.
Era una pregunta diferente a todas las demás.
No preguntaba si podía.
Preguntaba si quería.
Pensé en la respuesta.
—Sí.
Luca asintió.
—Entonces las agrego.
Cuando estaba por salir, lo llamé.
—Luca.
Se giró.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no tratarme como si estuviera rota.
Se quedó callado unos segundos.
—No estás rota, Stella.
Cerró la puerta.
Me quedé pensando en eso.
Quizá era verdad.
Quizá no estaba rota.
Quizá solo estaba herida.
Y las heridas tardaban.
En uno de los últimos conciertos del mes, ocurrió algo que no esperaba.
Después de terminar "Atrévete a Escucharme", una chica del público gritó:
—¡Stella, sigue cantando!
Toda la sala se rio y comenzó a aplaudir.
Yo sonreí.
—Eso intento.
Después vi una luz de teléfono en primera fila.
Un pequeño punto blanco.
Nada especial.
Pero me recordó la noche de la Sala Rivera.
Y pensé en Romero.
Lo extraño.
Eso no había cambiado.
Probablemente nunca cambiaría.
Pero también había algo más.
Había canciones nuevas.
Había gente nueva en mi vida.
Había lugares que todavía no conocía.
Había mañanas en las que podía despertar y respirar sin sentir que me arrancaban el pecho.
Había noches en las que lloraba menos.
Había noches en las que seguía llorando mucho.
Y ambas cosas podían ser verdad.
Al terminar el concierto, volví al camerino.
Me quité los pendientes.
Dejé los zapatos.
Me senté frente al espejo.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía ganas de salir corriendo de mí misma.
Me quedé mirando mi propio reflejo.
—Hola —dije.
Me reí de mí misma.
—Qué tonta.
Pero seguí mirándome.
—Lo estás haciendo bien.
No era una frase de una canción.
No era una entrevista.
No era algo que me hubieran dicho.
Era para mí.
Y por primera vez sentí que podía creerlo.

Aquella noche dormí casi seis horas.
Desperté una vez.
A las cuatro de la mañana.
Busqué el teléfono.
Por costumbre.
Vi la conversación con Romero.
Sentí la punzada.
La misma de siempre.
Pero no me levanté.
No lloré.
No le escribí.
Solo puse el teléfono sobre la almohada y cerré los ojos.
Pensé en él.
Lo extrañé.
Muchísimo.
Y por primera vez comprendí que extrañar no significaba estar detenida.
Podía seguir andando y seguir echándolo de menos.
Podía cantar y seguir queriéndolo.
Podía reírme y seguir recordándolo.
Podía salir al escenario con el corazón incompleto y, aun así, hacer música.
Volví a cerrar los ojos.
—Buenas noches, Romero.
Después dormí.
Cuando amaneció, España seguía ahí.
Los hoteles.
Los aeropuertos.
Los escenarios.
Las pruebas de sonido.
Las luces.
Las canciones.
La gente.
La vida.
Y yo también.
Todavía con dolor.
Todavía con una ausencia que no iba a desaparecer.
Pero de pie.
Y quizá eso era lo que significaba empezar de nuevo.
No olvidar.
No dejar de amar.
No dejar de extrañar.
Solo aprender, poco a poco, a vivir después de la tormenta.
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