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Cómo desaparecer mal
Publicado: Sab May 23, 2026 3:13 am
por Morcego
relato
Tocata y fuga
Punto de vista: Jorge
Jorge San Martín siempre había creído que las consecuencias eran algo que les ocurría a los demás.
Nació en Cambados, un pueblo de costa donde el mar nunca era solo mar. Allí las mañanas olían a salitre, gasóleo húmedo y vino blanco derramado sobre barras de madera pulida. Allí las bateas flotaban sobre la ría como plataformas inmóviles perdidas entre la niebla atlántica. Desde lejos parecían parte natural del paisaje; desde cerca, cualquiera entendía que también eran dinero, favores, poder y silencio.
Cambados no era un lugar espectacular. Precisamente por eso resultaba tan difícil de abandonar. Las calles estrechas de piedra conservaban la humedad incluso en verano y el viento de la costa se colaba entre las fachadas como si el pueblo entero respirase despacio. Había tabernas antiguas donde el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad, soportales oscuros y plazas donde los viejos observaban pasar a la gente con esa forma gallega de mirar, entre la nostalgia, la curiosidad y la desconfianza, una forma de mirar que parecía recordar demasiado.
Porque si, Cambados recordaba; recordaba quién había sido tu abuelo, qué negocios había hecho tu padre y qué coche permanecía demasiado tiempo aparcado junto al puerto ciertas noches. Allí los apellidos seguían teniendo peso propio. No hacía falta amenazar a nadie; bastaba la memoria.
Jorge aprendió de De niño que en el pueblo había calles donde convenía no hacer preguntas, bares donde algunos hombres nunca levantaban la voz y familias cuyo respeto se mantenía más por memoria que por miedo inmediato. Los Matalobos pertenecían a esa clase de nombres. No hacía falta explicar quiénes eran; bastaba pronunciarlos más bajo que el resto. Sin embargo, siempre creyó estar por encima de aquel mundo.
Se marchó a Santiago de Compostela para estudiar derecho convencido de que la inteligencia podía abrir cualquier puerta. Y, durante años, tuvo razón. Era brillante, rápido, peligrosamente encantador cuando quería serlo. Aprendió a leer a la gente como si fueran expedientes judiciales: detectar inseguridades, deseos, puntos débiles. Las mujeres llegaban a su vida con facilidad insultante y desaparecían con la misma rapidez. Para él, el compromiso no era más que una trampa elegante inventada por personas incapaces de soportar la soledad.
Su filosofía sentimental? seducir un juego, mentir una herramienta social y escapar antes de que aparecieran sentimientos reales una forma de supervivencia emocional, como si la vida no fuese más que una vulgar serie de TV. La diferencia era que Jorge no vivía en una comedia americana. Vivía en Galicia. Y en Galicia algunos errores no terminan con algo tan banal como una bofetada ni con una copa derramada sobre un traje caro.
Todo empezó con Eva Matalobos, La hija de Moncho Matalobos. Apareció en su vida como aparecen las tormentas atlánticas: lentamente al principio, inevitables después. Jorge sabía perfectamente quién era ella desde la primera noche. Sabía también que acercarse demasiado era una estupidez. Precisamente por eso lo hizo; porque parte de él necesitaba comprobar que seguía siendo intocable.
La relación duró apenas unas semanas; suficientes para que ella confundiera intensidad con amor y él confundiera arrogancia con control. El problema no fue acostarse con ella. El problema fue desaparecer después. No responder llamadas. Reírse del asunto en el lugar equivocado. Permitir que el orgullo hiciera el resto.
En pueblos como Cambados las humillaciones no se evaporan. Se pudren lentamente. La noticia llegó una madrugada lluviosa, envuelta en humo de tabaco y olor a café recalentado. Un viejo conocido entró en el bar donde Jorge bebía solo y dejó caer la frase sin dramatismo:
—Tes que marchar. Hoxe.
Nada más, no hizo falta explicar el resto.
El jefe de los Matalobos no había montado un escándalo. No había amenazas públicas ni coches ardiendo. Mucho peor: había puesto precio a su cabeza de forma discreta, fría, despiadada; exactamente como podría esperarse de gente acostumbrada a que otros ejecuten los problemas por ellos.
Por primera vez en muchos años, Jorge sintió miedo auténtico; no el miedo elegante de los pocos juicios en los que había participado hasta el momento, ni el de las discusiones inteligentes que mantenía con sus compañeros de promoción en esas cenas que tenían en algún restaurante fino de Santiago. No, este era un Miedo físico. Animal. El tipo de miedo que acelera el corazón cuando un coche reduce velocidad demasiado cerca o cuando un desconocido mantiene la mirada un segundo de más.
Abandonó el pueblo antes del amanecer con una bolsa de viaje improvisada, algo de dinero, varios contactos poco fiables y la incómoda sensación de que su vida pendía de algo mucho más fino que un hilo de pescar.
Mientras la carretera húmeda se alejaba de la ría, Jorge comprendió algo que jamás había considerado posible, quizá, y solo quizá, ya no era el hombre más peligroso de la habitación.
Re: Cómo desaparecer mal
Publicado: Dom May 24, 2026 8:25 pm
por Morcego
Un encuentro accidental
un encuentro accidental
Punto de vista: Jorge y Laura
Un centro hospitalario de titularidad pública, situado en el distrito de Fuencarral–El Pardo. Está administrado por el Servicio Madrileño de Salud y es uno de los principales hospitales de referencia. También es centro de referencia nacional e internacional en varias áreas específicas de elevado nivel de desarrollo científico y tecnológico.
Apenas entras, te encuentras de frente con el mostrador de recepción. Diagonal a la derecha se ubica la sala de espera y, en frente de esta, el servicio de urgencias generales. Un poco más al norte, observas la entrada al hospital materno-infantil.
El lugar es un bullicio constante: gente que va y viene. Por suerte, Jorge solo necesitaba realizarse una analítica de control rutinario. Si no…, quizá estaría ahí hasta mañana.
La verdad es que tiene ganas de llegar a casa. El trabajo en el vivero es agotador, le duele todo… y desde que todo se complicó en Cambados las multitudes lo agobian. Aunque, para qué negarlo, eso tiene también sus puntos buenos: terrazas tranquilas, locales desenfadados… ahí también es un buen sitio para socializar.
Una mujer va caminando con la comida y el café hacia la salida del centro mientras piensa que “esto de compaginar las prácticas y las guardias era todo un suplicio”.
Jorge no es consciente de lo que ocurre hasta que el choque es inevitable:
—Perdona, estoy un poco despistada.
Los productos que llevaba la joven en la mano salen volando y acaban desparramados por el suelo.
Jorge se queda traspuesto. Durante un segundo se ve tirado en el suelo, sangrando, con un cuchillo clavado en el vientre… ¿cuándo se pasará este miedo?
Antes de poder reaccionar, la joven ya se está agachando para recoger lo que se le ha caído.
—No irás a comerte eso, ¿verdad?
—No… pero tampoco voy a dejarlo aquí tirado —responde ella, sonrojándose mientras baja la mirada.
—Me llamo Jorge. Y yo también te pido disculpas, iba pensando en mis cosas —dice él mientras se arrodilla para ayudarla.
—Soy Laura, encantada de conocerte.
—Creo que te he dejado sin cena. Déjame recompensártelo.
—No te preocupes, no es necesario…
—No, claro… es mejor cenar un bocadillo en la baldosa de un hospital.
Mientras se da esta conversación, la chica no sabe dónde fijar la mirada. El hombre que le está hablando es muy atractivo, y nunca ha estado con nadie como él.
—Tengo el coche fuera. Si te prometo no secuestrarte, ¿me dejas que te invite a tomar algo?
—Esto… iba a ir a por una hamburguesa.
—Venga, por lo menos te llevo yo. Es lo mínimo que puedo hacer.
—Está bien —no sabe muy bien cómo reaccionar; está completamente sonrojada—. Pero solo porque me has hecho reír.
Jorge le coge las bolsas empapadas de las manos y las tira en una papelera cercana.
—Venga, vente.
Ambos salen del hospital. El olor a desinfectante y productos de limpieza queda atrás mientras el sonido de los coches y autobuses lo envuelve todo.
Caminan hasta el coche de Jorge, estacionado cerca.
Es al entrar en el vehículo cuando Jorge se fija en su acompañante por primera vez.
Laura tiene una belleza delicada y elegante, con rasgos suaves y una expresión tranquila que le da un aire casi inocente. Su pelo oscuro cae cuidadosamente sobre los hombros, enmarcando un rostro de facciones finas y piel clara. Sus ojos verdes son grandes y expresivos, con una mirada dulce y sensible que rara vez consigue esconder lo que siente realmente.
Siempre va arreglada, con un estilo femenino y refinado. Le gustan las prendas que dejan ver algo de piel —escotes suaves, vestidos ajustados, faldas cortas o camisas ligeramente abiertas—, pero sin llegar a verse realmente provocativa. Hay algo contenido incluso en la manera en la que enseña más de sí misma, como si todavía conservara esa educación estricta que le impide excederse demasiado.
Tiene buenas curvas y una figura especialmente llamativa, aunque la lleva con cierta timidez, casi sin ser consciente del efecto que provoca. Sus movimientos son suaves, su voz calmada y mantiene esa educación impecable de niña modosita que parece imposible de quitar. Sonríe con cierta timidez y suele bajar un poco la mirada cuando se siente observada demasiado tiempo.
Desde fuera transmite dulzura, sensibilidad y una inocencia que contrasta con la imagen ligeramente más madura que intenta proyectar.
Jorge piensa que su acompañante es realmente atractiva. ¿Qué tiene esta ciudad? Su amigo Germán tenía razón: Madrid está lleno de monumentos.
Laura se retuerce las manos, nerviosa.
Jorge enciende el motor del coche, fija en el GPS las coordenadas de un local cercano y sale del estacionamiento.
Laura mira al muchacho con curiosidad.
—¿Y bueno, qué te trae por Madrid, Laura a la que no conozco y ya he subido en mi coche?
—Una beca para hacer las prácticas como médico forense mientras ayudo en las urgencias del hospital. ¿Y tú? ¿Eres de aquí?
Laura se toca el pelo con nerviosismo, pero nota cómo cada vez se relaja más.
—¿Yo? No, de unos cuantos kilómetros al norte —responde Jorge, dando la información sesgada. Sabe que debe seguir teniendo cuidado, aunque cada vez el miedo es menor.
—Como yo entonces.
—La verdad es que las circunstancias me han obligado a dar un cambio en mi vida recientemente… ¡imbécil! ¡Hay un ceda! —un coche casi les choca por no respetar el reglamento—. De verdad, aquí no saben ni conducir, mira ese.
—Vaya, ya lo siento.
—Mira, el local es ese.
Jorge aparca en un hueco libre, apaga el motor y se quita el cinturón.
—Venga, vamos.
—Gracias por traerme —dice Laura mientras lo sigue—. ¿Tú ya has cenado?
El olor a aceite recalentado, carne a la plancha y azúcar es un detonante para cualquier estómago.
—En realidad no. Venía de hacerme una analítica y… bueno, ya sabes, nos pedís que no comamos antes.
—Sí, eso es para que no salgan alteradas —responde ella.
—Mira, ahí hay una mesa libre. ¿Por qué no te sientas y pido yo? ¿Qué te apetece?
—Una hamburguesa de queso y bacon y patatas gajo, por favor. Para beber agua.
A la pobre chica le rugen las tripas.
Jorge le sonríe con franqueza.
—Pues venga, siéntate. Ya te la llevo yo ahora.
Laura se sienta para no perder el sitio, procurando no quitar la vista de encima del joven.
Mientras Jorge hace la cola del local, piensa que quizá esa noche tampoco la pase solo… y estaría bastante bien. Aunque no quiere relaciones serias ni nada que se le parezca, el hecho de dormir acompañado siempre es algo que se agradece.
La cola avanza lentamente hasta que por fin llega su turno. Pide la consumición y vuelve a la mesa haciendo malabares para que nada se caiga.
—Su pedido, señorita —dice Jorge con una sonrisa—. Espero que califiques con buenas estrellas al camarero.
Laura se alisa la camisa, nerviosa. Sonríe mientras piensa que desde que llegó a Madrid ha empezado a sentir cosas nuevas.
—Un diez le pongo. Qué rapidez.
Mira con ansia la comida. No ha comido.
El olor de los platos despierta hambre en ambos, y durante unos minutos comen en silencio.
—¿Y cómo llevas el trabajo en las urgencias? Supongo que es estresante.
Jorge mantiene la vista fija en sus ojos, que tienen algo hipnótico.
—Me encanta poder ayudar a la gente. Vemos verdaderos milagros a diario —responde ella, fijándose en las manos de su compañero.
—Ya me imagino. Más de una vez he tenido que estar en una sala de urgencias. Vosotros sí que sois ángeles.
—Supongo… —murmura Laura, ruborizándose.
La cena transcurre entre comentarios sobre el trabajo de Laura y frases divertidas. En un momento, tras beber un trago de agua, la joven se anima a preguntar:
—¿Y tú a qué te dedicas?
—Ahora mismo trabajo en el vivero, pero estudié Derecho y… bueno, soy abogado.
—Eso explica tus manos.
Jorge se mira las manos y suspira. El trabajo ha dejado marcas de palas, sacos, carros… qué error. Sabe que debería cuidar más su cuerpo, pero últimamente lo ha dejado de lado.
—Sabrás mucho tanto de plantas como de leyes entonces —dice Laura terminando las patatas.
—Bueno, sé más de leyes que de plantas —responde Jorge limpiándose las manos con una servilleta—. La verdad, no había tocado nada más que el cortacésped de casa de mis padres antes de llegar a Madrid, pero hay que adaptarse.
—Siempre es interesante conocer a un abogado.
—Sí, somos como la rueda de repuesto: siempre tienes que tener uno en tu vida.
Laura se ríe apenas, sin vergüenza.
Jorge coloca los cubiertos sobre el plato y lo aparta de sí.
La chica cada vez está más tranquila, más relajada. Puede dejar de ser perfecta: nadie tiene expectativas sobre ella.
—Madre mía, no era consciente del hambre que tenía.
—La cena estaba espectacular.
—Bueno, no es un cinco estrellas, pero por lo menos esta noche no moriremos de inanición.
—Touché.
—¿Te apetece ir a tomar una copa?
—Mañana tengo guardia y… no bebo -la joven agacha la mirada, sintiéndose poca cosa.
—¿Agua tampoco? Ten cuidado con eso, eh —dice Jorge, divertido.
—¡Agua y zumos sí! —ríe ella- por cierto…, No quiero importunarte, pero… ¿podrías acercarme a mi casa?
Jorge la mira.
—No tienes ni que pedirlo. Vamos -coge las llaves del coche de encima de la mesa. Su madre le ha llamado la atención mil veces por eso, pero no aprende, un día le van a dar un susto.
—Muchísimas gracias.
Vuelven hacia el coche. Jorge abre el cierre centralizado con el mando y ambos se suben.
—Usted dirá, señorita. ¿Dónde la dejo?
Jorge enciende el motor y espera. No conoce Madrid aún, así que usa el GPS.
—En la Pensión doña Matilda, por favor.
El abogado la busca en el teléfono y la selecciona.
Mientras vuelven a estar en marcha, Jorge mira de reojo a su acompañante y ella desvía la vista por la ventanilla observando la ciudad. En pocos minutos llegan a la calle de la pensión. Jorge busca aparcamiento, detiene el coche, apaga el motor y cuando va a desabrocharse el cinturón… Laura abre la puerta sin darle tiempo a reaccionar.
—Muchas gracias por acompañarme, eres todo un caballero. Supongo que nos veremos por ahí! -Laura camina hacia la entrada mientras mira de reojo a Jorge.
Jorge se queda totalmente descolocado. No es la primera vez que le sucede, pero nunca termina de acostumbrarse. Arranca el motor y se dirige a su casa. El día ha sido suficientemente largo como para salir por la noche. Además, mañana le toca entrar a primera hora.
Re: Cómo desaparecer mal
Publicado: Dom May 24, 2026 10:28 pm
por Morcego
Relato
una noche y solo una
Punto de vista: Jorge
Madrid tenía una cualidad peligrosa. Cual? hacía que todo pareciese temporal: las deudas, El miedo, Las personas...
Después de un par de semanas allí, Jorge había empezado a respirar de otra manera. Ya no miraba cada coche oscuro con desconfianza ni revisaba compulsivamente quién entraba detrás de él en los bares. La ciudad era demasiado grande, demasiado rápida y demasiado indiferente como para seguir viviendo como un fugitivo. Poco a poco, la tensión constante había empezado a aflojarse dentro de su pecho. Y eso era exactamente lo peligroso.
La luz gris del amanecer se filtraba por las persianas del apartamento cuando abrió los ojos. Durante unos segundos permaneció tumbado boca arriba, todavía envuelto en el calor disperso de la noche anterior, escuchando el ruido lejano de Madrid despertando varios pisos más abajo.
La cama estaba vacía. Aime se había marchado hacía rato, o al menos eso pensaba. Jorge apenas reaccionó ante eso. Más bien al contrario: una sonrisa leve apareció en la comisura de su boca mientras se pasaba una mano por el rostro. Aquello le resultaba familiar, Fácil, Limpio, Una noche intensa, unas horas de compañía, algo de sexo compartido y después? cada uno siguiendo su camino. Exactamente como siempre le había gustado que funcionaran las cosas, ningún drama, ninguna promesa que solo los más ilusos pensaban en cumplir; y lo más importante, Sin consecuencias.
Se incorporó lentamente y encontró parte de la ropa tirada por el suelo igual que la habían dejado en mitad de la urgencia de la noche anterior. La habitación olía a perfume femenino, sudor y ese olor picante del sexo. Nada especial. Nada distinto a otras veces y era precisamente eso lo que lo tranquilizaba porque significaba que seguía siendo él. No el hombre asustado que había abandonado Cambados antes del amanecer. No alguien perseguido ni roto. Sólo Jorge San Martín: abogado brillante, encantador cuando quería y peligrosamente bueno evitando cualquier vínculo que pudiera complicarle la vida.
Mientras preparaba café en la cocina del apartamento y observaba la puerta de la habitación de Laura cerrada, recordó la forma en que Aime lo había mirado en la cafetería, la facilidad con la que la conversación había derivado hacia el coqueteo, el paseo, el taxi, la cama. Todo había ocurrido con una naturalidad casi insultante. Madrid empezaba a parecerle una buena idea.
Una ciudad donde nadie preguntaba demasiado. Donde un hombre podía reinventarse simplemente cambiando de barrio, de rutina y de número de teléfono. Allí no existían las miradas cargadas de historia de los pueblos pequeños ni el peso eterno de ciertos apellidos. Allí podía volver a empezar.
Volvió al dormitorio con la taza aún caliente entre las manos y recogió el móvil del suelo. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Ninguna complicación.
-Perfecto! –esclamó para sí mismo mientras buscaba el contacto de otra compañera para preguntarle si le apetecía salir a cenar esa noche.
Una gran sonrisa se dibujó en su cara mientras abría las persianas. Abajo, la ciudad hervía ajena a él: coches, gente apresurada, sirenas lejanas, cafeterías llenándose de desconocidos. Madrid seguía moviéndose sin importarle quién eras ni qué habías dejado atrás y Jorge, observando el tráfico desde la ventana de su habitación se sintió seguro, convencido de que realmente había escapado, que el miedo pertenecía ya a otra vida, que podía volver a hacer exactamente lo mismo de siempre sin pagar ningún precio por ello.
Re: Cómo desaparecer mal
Publicado: Dom May 24, 2026 11:18 pm
por Morcego
relato
una conversación extraña
Punto de vista: Jorge
Jorge desbloquea el móvil sin pensarlo demasiado, como si el gesto ya estuviera decidido antes de llegar a ejecutarlo.
Acaba de llegar a casa después de una noche que no ha estado nada mal, y se ha quedado de pie en la cocina. No se ha movido desde que dejó el teléfono sobre la encimera unos segundos antes. La luz de la tarde entra desde el salón y avanza por el suelo con una calma que no encaja del todo con el mensaje que Aime le escribió a noche. Lo mejor será pedir explicaciones:
SMS enviado: "Hola, acabo de volver a casa y me encontré con esto..., hay algún tipo de clave secreta que deba interpretar?, que hice anoche contigo?”
Deja el teléfono sobre la encimera de la cocina y se sirve un vaso de agua fría…, no es que tenga dolor de cabeza pero necesita refrescarse.
La pantalla se ilumina.
[SMS] Aime: "Hola guapo, revisa tus llamadas salientes. y tienes la respuesta."
Jorge baja la mirada un instante hacia el historial de llamadas y loo confirma en silencio. Vuelve al chat.
SMS enviado: "Acabo de verlo..., no recuerdo haberte llamado ayer, juraría que no bebí tanto..., que te dije?"
[SMS] Aime: "me diste un show de sexo virtual."
La respuesta del otro lado no le ofrece aclaración, sino definición. No hay matices: lo ocurrido ya tiene nombre, y no es el que él habría elegido. Durante un segundo en el que Jorge no reacciona se deja ver en él algo más pesado que el desconcierto o la molestia, es la incapacidad de gestionar el relato en tiempo real para que su mente lo comprenda.
SMS enviado: "hay madre..., yo..."
SMS enviado: "espera un momento, la duración de la llamada son 25 minutos..."
SMS enviado: "Sabes que eso podría considerarse como una invasión de mi intimidad,
Intenta recuperar control con una frase que introduce límite, distancia, una apelación a la intimidad y a la línea que separa lo accidental de lo permitido. Pero la respuesta que recibe no discute el hecho; lo devuelve como espejo. Lo recoloca. Lo invierte sin esfuerzo aparente.
[SMS] Aime: "te dejaron muy caliente mis fotos por lo que veo."
verdad?"
[SMS] Aime: "no, porque tú me buscaste a mí. pensaste en mi, con otra."
SMS enviado: "Vaya, además de estar buena te lo tienes creído eh?"
SMS enviado: "No voy a negarlo, estás muy buena mexicana, pero eso no te da permiso de quedarte a la escucha"
Ahí cambia algo en el ritmo.
Jorge ya no responde solo a la información, sino a la forma en que se la están devolviendo.
Contesta con ironía primero, un intento de rebajar la tensión sin ceder terreno. Pero inmediatamente después añade otra línea, más firme, casi declarativa, como si necesitara fijar su posición antes de que la conversación siga desplazándose.
[SMS] Aime: "imaginé que…, deseabas que te escuchara."
SMS enviado: "no soy de esa clase de tíos, pelirroja, no saco un clavo con otro clavo"
SMS enviado: "estás buena, follas genial, pero no eres única en mi vida"
Del otro lado no hay pausa real. La respuesta llega con una claridad seca, sin necesidad de elevar el tono. Y en ese punto la conversación deja de ser explicación. Se convierte en negociación implícita de significados.
[SMS] Aime: "entonces, para que tantas explicaciones, yo no espero nada de ti. solo lo mismo que tu"
SMS enviado: "porque me sorprende que te quedaras escuchando, no es una reacción que tendría alguien con quien solo te acuestas"
[SMS] Aime: "me parecio entretenido, y muy, estimulante. mi foto final te lo demuestra."
Jorge se detiene un instante más largo. No es duda, es calibración. Y continúa:
SMS enviado: "En fin, lo hecho hecho está, pero la próxima vez que pase, que tendré cuidado para que no sea así, por favor, cuelga, por respeto tanto a mí como a la otra persona"
Esta vez no corrige, no matiza: cierra. O intenta hacerlo. Marca una frontera, introduce respeto, responsabilidad, una especie de orden tardío sobre algo que ya ha ocurrido.
[SMS] Aime: "ok"
La respuesta que recibe no discute esa frontera. Simplemente la deja en reposo. Un asentimiento breve, sin resistencia. Pero el silencio que deja no es cierre. Es suspensión y eso Jorge lo percibe, aunque no lo nombre.
SMS enviado: "Por cierto, hoy en el metro escuché a un par de personas hablando de la apertura de un restaurante mexicano..., vas a ir?"
En lugar de dejarlo ahí, cambia de plano. Introduce otro elemento, algo cotidiano, externo, casi banal, como si necesitara comprobar si la conversación todavía puede desplazarse sin romperse.
La respuesta llega de inmediato, reconectando el hilo con un contexto real: un lugar, una familia, un evento.
[SMS] Aime: "es el restaurante de mi hermana"
Jorge aprovecha esa apertura sin pausa. Se mueve con rapidez, ahora en un registro más social, más estructurado. Desea suerte, suaviza el intercambio, desplaza la inercia hacia algo que pueda terminar con normalidad.
SMS enviado: "Deséale suerte, espero que os salga todo redondo"
SMS enviado: "entiendo que deberemos dejar la copa para otro día entonces"
Pero incluso ahí, añade una última línea, como si quisiera asegurar el marco final del encuentro futuro, fijar una distancia temporal. La respuesta del otro lado es breve:
[SMS] Aime: "si"
SMS enviado: "Pues lo dicho, que todo os salga genial hoy, mucha mierda!"
Y esa brevedad no corta la conversación de forma brusca. Simplemente la deja sin necesidad de continuar. Jorge mira la pantalla unos segundos más de los necesarios pero no escribe nada más, el teléfono sigue en su mano pero la conversación ya no avanza.
En el apartamento todo continúa igual. La luz sigue entrando desde el ventanal, el salón permanece intacto, el sofá de cuero marrón oscuro ocupa su lugar con la misma gravedad silenciosa de siempre, el único cambio es que ahora, en la mano de Jorge, hay algo que ya no es un intercambio en curso, pero tampoco es todavía algo terminado del todo, y esa sensación no termina de resultar cómoda.
Re: Cómo desaparecer mal
Publicado: Lun May 25, 2026 12:11 am
por Morcego
relato
Marexada
Punto de vista: Jorge
El coche permanecía detenido en una calle lateral, a unos minutos a pie del edificio del bufete.
Jorge había llegado con demasiado margen. Y ahora ese exceso de tiempo empezaba a volverse en su contra.
El motor seguía encendido; el rumor grave y constante llenaba el habitáculo con una vibración mecánica que normalmente habría resultado tranquilizadora. Pero aquella mañana no conseguía tapar la actividad interna de su cabeza. No era la entrevista lo que le tensaba. Eso lo tenía claro desde hacía rato.
Había revisado el despacho. Conocía su estructura, sus áreas de práctica, el perfil de litigación que manejaban e incluso los nombres de algunos socios. No era un entorno que pudiera exigirle más de lo que ya sabía hacer. De hecho, había una ironía difícil de ignorar: cuando aquella gente se enfrentó a él durante el caso Tormenta, no solo les ganó, sino que lo hizo sin llegar a esforzarse realmente. No porque ellos fueran incompetentes, ni mucho menos, simplemente Jorge había entendido antes que nadie hacia dónde se inclinaba el caso. Eso, en cualquier otro contexto, sería una excelente carta de presentación.
Pero no era lo que le pesaba ahora. El problema era volver.
Volver a la abogacía significaba volver a existir dentro de una estructura visible. Recuperar una continuidad profesional. Volver a ser alguien localizable, registrable, verificable. Un nombre asociado a horarios, contratos, edificios, nóminas y rutinas, es decir, volverse de nuevo un Jorge observable.
Apoyó ambas manos sobre el volante y observó el edificio frente a él. Fachada limpia. Líneas modernas. Cristal oscuro. El tipo de arquitectura corporativa diseñada para transmitir eficiencia sin personalidad. Nada destacaba realmente. Precisamente por eso imponía más, porque todo lo importante ocurría dentro.
Había pasado tiempo suficiente desde Cambados como para que la vida hubiese aprendido a funcionar sin él en ese eje concreto? Quería pensar que si, o al menos esa era para él la lectura racional.
La otra posibilidad seguía ahí, inmóvil al fondo de la cabeza. Que no fuera olvido, que solo fuera pausa.
El sábado por la noche habían empezado los mensajes de Aime. El domingo se iban a ver pero surgió la inauguración del restaurante mexicano de su hermana. Y el domingo por la noche, después de leer aquel intercambio otra vez mientras volvía en metro a casa, Jorge seguía sin decidir exactamente qué pensar del asunto.
¿Habían discutido? No, o eso pensaba él, aquello no era una discusión al uso.
Simplemente no le había gustado descubrir que ella se había quedado escuchando durante la llamada accidental, y menos aún la forma en que había reinterpretado todo después, como si él hubiera necesitado demostrar algo o como si cada gesto terminara girando alrededor suyo. Eso era lo que más le irritaba, la seguridad con la que Aime parecía asumir que ocupaba espacio en la cabeza de los demás.
Que él se había ido con otra “pensando en ella”.
Que la otra mujer había sido poco más que una sustituta improvisada.
No, aquello no funcionaba así.
Jorge apoyó la cabeza un instante contra el reposacabezas.
Ninguna mujer había conseguido arrancarle un “te quiero”, nunca había sido ese tipo de hombre. No enviaba flores, no escribía poemas, no construía rituales románticos para sentirse importante dentro de una historia compartida. El apego sentimental siempre le había parecido una forma elegante de perder capacidad de maniobra.
Y, aun así, la conversación seguía ahí. No por romanticismo, ni siquiera por deseo exclusivamente; era otra cosa.
Una especie de continuidad mental incómoda como si Aime hubiera conseguido quedarse colocada en una zona intermedia de su cabeza donde normalmente no dejaba entrar a nadie.
El espacio reservado para aquello que todavía no representaba una amenaza clara, pero tampoco podía archivarse como irrelevante y eso le molestaba, no el sexo, no la provocación, lo que realmente le molestaba era La permanencia.
Habían pasado poco más de cuarenta y ocho horas y ya existía una dinámica propia entre ellos, un sistema de tensión autónomo que parecía seguir funcionando incluso cuando ninguno hablaba.
El móvil descansaba boca arriba sobre el asiento del copiloto en silencio absoluto y precisamente por eso resultaba incómodo, porque si hubiera aparecido un mensaje nuevo, un error, una provocación más o cualquier señal concreta, la lectura habría sido sencilla.
Pero no había nada, solo continuidad y ausencia de movimiento.
Y Jorge sabía perfectamente lo que significaba la ausencia de movimiento en sistemas que todavía estaban vivos, te observan.
Respiró despacio, fuera la ciudad seguía funcionando con absoluta normalidad. Gente cruzando pasos de peatones. Un autobús frenando en la esquina. Un repartidor descargando cajas frente a una cafetería, todo ordinario, y eso parecía lo peor.
Miró la hora:
-Imos alá –su gallego maternal le salía siempre en los momentos de tensión, y de hecho lo normal es que se defendiera mejor en aquel idioma que en castellano, pero en Madrid tenían la costumbre de no entenderlo bien así que tocaba ponerse el acento profesional.
Revisó el asiento, cartera, teléfono… No quedaba ninguna decisión pendiente, lo único que quedaba era solo un paso que todavía no había ejecutado.
Y en ese margen mínimo, entre la intención y el movimiento, seguía existiendo una última sensación de libertad: la idea de que aún podía dar marcha atrás al coche, marcharse y fingir que no había vuelto realmente, que todavía no estaba otra vez dentro del juego.
Re: Cómo desaparecer mal
Publicado: Mié Jun 17, 2026 12:04 am
por Morcego
Tres bajo el mismo techo
Punto de vista: neutral
Hacía apenas unas horas que Jorge había recibido una llamada interesándose por el anuncio. Los rumores y comentarios que llevaba semanas escuchando en el despacho donde trabajaba habían terminado por convencerlo de alquilar la habitación que, en un principio, pensaba reservar para invitados.
La voz que había sonado al otro lado de la línea pertenecía a una mujer joven. Además, si no le fallaban los recuerdos de aquel verano de intercambio en San Francisco, tenía un marcado acento estadounidense.
Jorge nunca había imaginado compartir piso con dos chicas, pero la convivencia con Laura había resultado sorprendentemente sencilla. Quizá no fuera tan mala idea repetir la experiencia.
La había citado en casa, como hacía siempre con cualquiera que respondiera al anuncio. Le enseñaría la habitación y, si todo encajaba, podría instalarse cuando mejor le viniera.
El timbre sonó.
Jorge se levantó del sofá y se dirigió a la puerta. Casi al mismo tiempo, Laura salió de su habitación.
—¿Esperamos a alguien?
—¿Recuerdas a la chica que te comenté? La que estaba interesada en la habitación.
Laura asintió.
—La cité para ahora. Pensaba que estarías en el hospital.
—Le cambié la guardia a una compañera.
Jorge abrió la puerta.
Al otro lado, en el descansillo, esperaba una joven pelirroja.
Su cabello cobrizo, recogido en una elegante coleta alta, resaltaba sobre una piel clara salpicada de pecas. Tenía unos ojos gris acero que contrastaban con unos rasgos suaves y armoniosos, y una forma de mantenerse erguida que transmitía seguridad y disciplina. Su figura era atlética, propia de alguien acostumbrado al ejercicio físico, y se movía con una naturalidad elegante que llamaba la atención sin esfuerzo.
Vestía una impecable camisa blanca, unos pantalones color arena y unos mocasines de cuero camel. Cuando se acercó, Jorge percibió una fragancia dulce y afrutada que la precedía con discreción.
—¿Tú eres Morgan?
La joven sonrió.
—Hi, I'm Morgan. Good afternoon.
Jorge se hizo a un lado y le indicó que pasara.
—Adelante, pasa.
Morgan cruzó el umbral. Tras Jorge, Laura la observaba con una mezcla de curiosidad y simpatía.
—Hello —saludó Morgan al verla.
—Hi, and welcome. Don't you speak Spanish?
Morgan sonrió mientras asentía ligeramente.
—Me cuesta un poco, pero sí. Me estoy adaptando.
—Intentaremos ponértelo fácil —dijo Jorge.
—Yo sé hablar inglés —añadió Laura con una sonrisa—. Mi compañero de piso...
—También —la interrumpió Jorge—. No seas tan listilla.
Laura soltó una pequeña risa.
—Ven, pasemos al salón y sentémonos.
—Vamos —respondió Morgan.
Los tres se dirigieron al salón.
—Perdona el desorden —dijo Jorge mientras avanzaban—. Entre las guardias de Laura y mi trabajo, hay algunas cosas que tenemos un poco abandonadas.
Laura se limitó a encogerse de hombros.
Morgan observó la estancia antes de tomar asiento en uno de los sofás de cuero.
—No problem. Lo comprendo.
Laura se sentó a su lado y Jorge ocupó el lugar libre.
—Bueno, me comentaste por teléfono que acababas de llegar a España y que necesitabas un sitio donde quedarte.
Morgan asintió.
—La habitación que tenemos libre no es la más grande de la casa, pero está completamente preparada. Y en cuanto a las tareas, intentamos repartirlas entre todos.
Sonrió y señaló discretamente algunos objetos fuera de lugar.
—Aunque, como puedes ver, a veces nos retrasamos un poco.
Morgan dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Me gustaría verla.
—Claro. Ven, te la enseño.
Jorge se puso en pie. Morgan hizo lo mismo, y Laura los siguió por el pasillo.
La habitación era sencilla, pero acogedora. Una cama individual ocupaba una de las paredes. Frente a ella había un escritorio con un portátil, una silla cómoda y un armario de madera. La decoración era prácticamente inexistente, dejando espacio para que quien la ocupara pudiera hacerla suya.
—Sería esta —explicó Jorge—. Puedes pintarla si quieres, cambiar la decoración o colgar los pósteres que te apetezcan. Mientras no tires ningún muro, tienes bastante libertad.
Morgan recorrió la estancia con la mirada, examinando cada rincón.
Finalmente sonrió.
—Me gusta.
Se acercó a la ventana y observó el exterior unos segundos antes de añadir:
—Además, no traigo mucho equipaje. Creo que me serviría perfectamente.
—El alquiler serían ciento noventa euros al mes.
—¿Cómo? —intervino Laura de inmediato.
Jorge se volvió hacia ella.
—Es la habitación más pequeña.
—Sí, pero compartimos baño y apenas hay diferencia con la mía. Lo único que cambia es la cama.
—¿Te parece poco?
Laura frunció el ceño.
—Ya verás cuando traiga visitas. La poca gracia que le hará tener una cama de noventa.
Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de Jorge.
—Y la mucha gracia que te hace a ti tener una de matrimonio.
—Déjalo.
La respuesta fue seca.
Laura salió de la habitación antes de que nadie pudiera añadir nada más. Un instante después se escuchó el portazo de su cuarto.
Morgan permaneció en silencio, observando la escena con atención.
Jorge soltó un suspiro resignado.
—En fin... ya hablaré con ella. Está pasando una época complicada y lleva demasiadas cosas sobre los hombros.
—¡No tengo demasiadas cosas sobre los hombros! —gritó Laura desde su habitación.
Jorge alzó la voz para responder.
—¡Pues deja de comportarte como una niña y vuelve!
No obtuvo respuesta inmediata, así que añadió:
—¡Y te toca hacer la cena! ¡Yo hice la comida!
—¡Que la haga la próxima mujercita que invites a casa!
El silencio que siguió resultó incómodo.
Jorge se pasó una mano por la nuca.
—Bueno... ¿te interesan las condiciones?
Antes de que Morgan pudiera responder, Laura apareció de nuevo en el pasillo.
La tensión seguía flotando en el ambiente, aunque parecía haberse calmado un poco. Jorge se fijó entonces en que tenía los ojos ligeramente húmedos.
Morgan carraspeó con cautela.
—Oye... creo que la girl no está muy de acuerdo con todo esto.
—El problema no es contigo, tranquila —respondió Laura rápidamente—. De verdad. Estaré encantada de tener otra compañera de piso.
Hizo una breve pausa.
—O eso espero.
Morgan sonrió con cierta incomodidad.
—Yo creo que voy a esperar en el salón mientras ustedes hablan, ¿sí?
Desde el salón, Morgan solo podía escuchar el murmullo apagado de las voces de Laura y Jorge. No alcanzaba a distinguir las palabras, pero el tono bastaba para entender que estaban discutiendo algo más importante de lo que ambos querían admitir.
Se sentó de nuevo en el sofá y sacó el teléfono móvil. Mientras fingía revisar otras opciones de alojamiento, no pudo evitar sentirse algo incómoda. Aquello no era precisamente la bienvenida tranquila que había imaginado.
Pasaron unos minutos.
Finalmente, Jorge y Laura regresaron al salón.
La tensión no había desaparecido por completo, pero el gesto de Laura parecía mucho más relajado que antes.
—Bueno —dijo Jorge, intentando recuperar el buen ambiente—, si después de todo esto todavía piensas que vivir aquí no es una locura digna de una película de terror, creo que podemos decir que nos encantaría que te quedaras.
Miró de reojo a Laura.
Ella evitó devolverle la mirada.
—Así es —confirmó finalmente.
Morgan guardó el teléfono en el bolsillo.
—Entonces... creo que sí me gustaría quedarme.
—Perfecto. ¿Necesitas ayuda para subir el equipaje?
Morgan negó con la cabeza.
—Antes de eso, ¿cuánto sería finalmente el alquiler?
Jorge carraspeó.
—Para que Laura no me acuse de favoritismos y todo parezca más justo, lo dejamos en doscientos euros.
—Okey. Lo tomo.
—Pues entonces... bienvenida a bordo.
Morgan sonrió.
—Gracias.
—Ah, espera. Hay una cosa más.
Jorge levantó un dedo con teatral solemnidad.
—Esta casa tiene tres normas fundamentales.
Morgan arqueó una ceja, divertida.
—La primera: nada de zapatos dentro de casa. Se quedan en la entrada.
Ella asintió.
—La segunda: nada de actividades... íntimas en las zonas comunes.
Señaló el sofá.
—Y especialmente no en ese sofá. Está nuevo.
Laura puso los ojos en blanco.
—Ni que tú no lo hubieras usado...
Morgan tuvo que contener una sonrisa.
—Of course.
Jorge giró la cabeza hacia Laura.
—¿Y cómo sabes tú eso?
—¿Acaso lo tendrías en cuenta tú?
—Touché.
Morgan decidió intervenir antes de que empezara otra discusión.
—No tendrán problemas conmigo. Vine a Madrid para trabajar, nada más.
Laura le lanzó una mirada fulminante.
Morgan carraspeó discretamente mientras fingía un enorme interés por la decoración del salón.
—En fin —continuó Jorge, cambiando de tema—. Bienvenida, Morgan. Esperamos que te sientas como en casa.
—Gracias. Voy al hotel a recoger mis maletas y vuelvo.
—¿Necesitas que te lleve? Tengo el coche abajo.
Morgan soltó una pequeña risa.
—Pues la verdad es que lo agradecería.
Jorge miró a Laura.
—¿Te vienes con nosotros?
Ella negó con la cabeza.
—Me voy a mi cuarto. Bienvenida, Morgan.
—Gracias.
Laura se disponía a marcharse cuando Jorge volvió a llamarla.
—Lau.
Ella se giró con curiosidad.
—¿Qué?
—Ven con nosotros.
—¿Para qué?
—Confía en mí. Te vendrá bien salir un poco.
Laura dudó unos segundos.
—Vaaaale...
Morgan observó el intercambio sin poder evitar sonreír. A pesar de las discusiones, resultaba evidente que ambos se apreciaban más de lo que estaban dispuestos a reconocer.
Cuando ya se dirigían hacia la puerta, Laura se quedó mirando la mesa del salón.
—¡Jorge!
Él se sobresaltó.
—¿Qué pasa ahora?
—Un día vas a perder las malditas llaves del coche.
Jorge miró la mesa y recogió el llavero.
—Estaban en la mesa de mi casa.
—Ayer estaban en mi escritorio. Anteayer en la nevera.
—¡No estaban en la nevera!
—Sí estaban en la nevera.
—Se me cayeron cuando fui a coger una cerveza.
—Exactamente. En la nevera.
Laura cruzó los brazos.
—¿Acaso tenían calor?
Jorge suspiró profundamente y miró a Morgan con resignación.
—A veces creo que vivo con mi madre.
—Y alguien tiene que hacerlo.
Morgan soltó una carcajada.
Jorge abrió la puerta.
—Venga, vámonos.
Laura bufó como un gato enfadado, pero acabó siguiéndolos escaleras abajo.
Re: Cómo desaparecer mal
Publicado: Vie Jul 10, 2026 12:57 am
por Morcego
penúltimo reencuentro
Punto de vista: neutral
Jorge tardó más de lo habitual en cruzar la entrada del club. El hombre de seguridad de la puerta le había puesto las cosas difíciles, obligándolo a identificarse y haciéndole perder unos minutos que ya de por sí no estaba dispuesto a regalarle a aquel lugar. Cuando por fin atravesó el acceso, se detuvo apenas un instante y dejó que la mirada recorriera la sala por encima de las cabezas de los asistentes.
Vestía impecablemente, como siempre. En una mano sostenía un maletín rígido de cuero oscuro, sujeto con la firmeza de quien transporta algo demasiado importante como para descuidarlo un solo segundo. Su expresión era seria, casi hosca, y cualquiera que se hubiera fijado en él habría llegado a la misma conclusión: Jorge no estaba allí porque quisiera estar. Había acudido por obligación.
Al otro lado del local, Aime acababa de entrar con esa sonrisa luminosa que parecía abrirse paso incluso entre las luces tenues del club. Hacía semanas que había dejado aparcado el asunto de Laura, del restaurante y del abogado; demasiado trabajo, demasiados cambios en su vida como para seguir dedicando tiempo a un conflicto que prefería dar por terminado de una vez. Aquella noche, sin embargo, había decidido resolverlo definitivamente.
Emiliano avanzaba unos pasos por detrás de ella. No necesitaba invadir su espacio para protegerla. Conocía demasiado bien su carácter como para intentar dirigirla, de modo que permanecía a la distancia justa, atento a todo cuanto ocurría alrededor mientras le permitía desenvolverse con absoluta libertad.
Aime eligió una mesa desde la que dominaba buena parte de la sala y tomó asiento con tranquilidad. Apenas había apoyado la copa sobre la madera cuando, entre el movimiento constante de la gente, Jorge distinguió un destello dorado mezclado con una melena rojiza. No necesitó buscar más. Había encontrado a la persona que llevaba días intentando localizar.
Cruzó el club con paso firme hasta detenerse frente a ella.
—Eres difícil de encontrar.
Aime levantó la vista y sus ojos se encontraron con los del abogado.
—Llevo días intentando localizarte —continuó él—. Y sospechaba que podría encontrarte aquí.
Ella sostuvo su mirada sin alterarse.
—Estaba ocupada.
Su acento jalisciense seguía conservando esa musicalidad tranquila que Jorge recordaba perfectamente.
—Y mis abogados revisaban lo que me mandó.
Aquella última palabra bastó para endurecer ligeramente el gesto del abogado.
—Ya veo... ¿Es tequila? –preguntó mientras señalaba la copa que descansaba sobre la mesa.
Aime asintió con naturalidad.
Jorge permaneció unos segundos en silencio. El simple hecho de oír la palabra abogados había bastado para tensarlo. No era un gesto evidente, apenas una rigidez casi imperceptible en los hombros y en la mandíbula, pero recordaba a un animal que acaba de entrar en una arena y todavía no sabe desde qué lado llegará el primer ataque.
—¿Lo has puesto en manos de tus abogados?
—¿Qué esperaba? –dijo ella mientras ladeaba apenas la cabeza.
Jorge dejó escapar un leve suspiro antes de llevarse una mano a la frente.
—Esperaba que no quisieras ir más allá.
Aime sostuvo la copa entre los dedos.
—No volveré a confiar en su clienta –dijo antes de dar un pequeño trago, dejando que el tequila descendiera lentamente por su garganta y volver a apoyar el vaso sobre la mesa.
—No fue ella quien redactó los puntos del acuerdo —replicó Jorge con calma—. Fui yo. Y era cristalino.
Aquella afirmación despertó una expresión de curiosidad en el rostro de la escultora.
—Tenía que corroborarlo.
Jorge arqueó una ceja.
—¿Y entre corroboración y corroboración no pudo avisarme de que iba a retrasarse?
—Y por eso sé que puedo contrademandarlos. A usted y a ella.
—¿Contrademandar? –el tono del gallego reflejaba más incredulidad que preocupación- No lo hemos llevado a juicio, Aime. No hay nada. Solo un acuerdo privado.
Ella abrió ligeramente la boca para responder, pero Jorge no le dio tiempo.
—Recuerda lo que hablamos. Nada de fotos. Nada de prensa. Nada de ruido.
Aime lo observó con una frialdad que contrastaba con la serenidad de su voz.
—Es una extorsión elegante.
Por primera vez desde que había llegado, Jorge dejó escapar una sonrisa incrédula.
—¿Extorsión? -ella asintió sin apartar los ojos de los suyos. Vamos, hombre... Se le piden los gastos de un psicólogo; no el cincuenta por ciento de los beneficios de sus obras.
Una sombra de sorpresa cruzó el rostro de Aime.
—Y también se le pide ayuda para lanzar su carrera como forense. Extorsión sería exigirle una cantidad desorbitada de dinero, una casa o, qué sé yo..., un coche. Aquí se le ha pedido lo mínimo. Ni siquiera dinero en efectivo; simplemente que asuma unos gastos. —La extorsión es otra cosa, y usted lo sabe, señorita Montalvo.
Aime respondió con un leve encogimiento de hombros.
—Está muy bien informado –dijo la mujer al tiempo que abrió despacio la carpeta que Jorge había dejado sobre la mesa segundos antes y dejó al descubierto los documentos- Su clienta me acusa de algo que no fue como dice.
Jorge respiró hondo antes de responder. No elevó la voz. Ni siquiera perdió la compostura.
—Se lo dije en su momento. Tenemos el testimonio del taxista, que asegura que Laura no estaba en condiciones; tenemos el testimonio de la gente que las vio salir... Ni el primer día ni ahora vine aquí para destruirla.
Aime levantó ligeramente la vista de los papeles.
—No la llevaba a rastras cuando salimos. Y también hay cámaras que pueden demostrar que ella me besó.
Jorge negó con lentitud.
—No tengo el menor interés en terminar con su imagen pública. Pero también hay pruebas de que estaba alcoholizada, de que no consintió dentro del taxi y de que le dijo reiteradamente que no.
Aime bajó la mirada hacia los documentos sin responder.
—Nuestra legislación tiene fallos, algunos muy serios, pero en España hay una cosa que está clara -esperó a que ella volviera a mirarlo- solo sí es sí.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos como una sentencia imposible de discutir. Jorge no apartó la mirada de los ojos de Aime. Había en la suya la firmeza de quien estaba acostumbrado a defender una posición hasta las últimas consecuencias; en la de ella, una mezcla de resistencia y cansancio que, por un instante, pareció resquebrajar la coraza con la que llevaba semanas protegiéndose.
Sin añadir una sola palabra, Aime abrió el bolso y extrajo una estilográfica. Deslizó los documentos hacia sí, comprobó la primera hoja y estampó su firma con una frialdad casi quirúrgica. Repitió el gesto una vez, otra y otra más, sin vacilar, como si cada trazo fuera únicamente un trámite del que deseaba desprenderse cuanto antes.
Jorge la observaba en silencio. Durante una brevísima fracción de segundo, la imagen que tenía delante se desdibujó. Ya no vio a la escultora inclinada sobre una mesa de un club nocturno, sino a la mujer que había despertado desnuda entre las sábanas de su dormitorio aquella mañana que tantas veces había vuelto a su memoria. Recordó el olor de su perfume mezclado con el de la ropa de cama, la forma en que la luz se había deslizado sobre su espalda y el desconcierto que había sentido entonces. El recuerdo apenas duró un instante. Lo apartó con la misma disciplina con la que un abogado descarta un argumento inútil durante un juicio y regresó al presente.
Cuando Aime terminó de firmar la última hoja, dejó la pluma sobre la mesa, levantó despacio la mirada y empujó la carpeta hacia él con la yema de los dedos.
—¿Era tan complicado?
Aime guardó silencio mientras el abogado reunía cuidadosamente los documentos, comprobaba que las firmas estuvieran donde correspondía y alineaba los folios con pequeños golpecitos sobre la mesa antes de guardarlos otra vez en el maletín. Solo entonces dejó escapar parte de la tensión que había acumulado desde que había entrado en el club.
Mientras él cerraba la carpeta, Aime se llevó una mano al cabello y lo apartó hacia un lado con un movimiento lento que dejó al descubierto la línea de su cuello. El perfume volvió a alcanzarlo, mezclándose con el aroma seco del tequila cuando ella humedeció despacio los labios con el último sorbo que quedaba en la copa.
—Nada saldrá a la luz. Nadie la acusará de nada -hizo una pequeña pausa antes de continuar- Y Laura recibirá la ayuda que necesita para afrontar una experiencia que..., aunque para usted fuera consentida, para ella no lo fue.
Su voz había perdido parte de la dureza inicial. Aime sostuvo aquella mirada limpia que él recordaba perfectamente de la primera vez que se habían encontrado, una mirada en la que convivían una aparente inocencia y una coquetería casi involuntaria.
—Está bien —murmuró.
Jorge cerró definitivamente el maletín y comenzó a girar la combinación del candado con movimientos automáticos.
—¿Está intentando seducirme otra vez, como aquella noche en la cafetería, escultora?
—Yo no he hecho nada, abogado. Que yo le siga gustando no es culpa mía –dijo ella mientras una risa baja escapaba de sus labios.
Aquella respuesta consiguió arrancarle una sonrisa sincera a Jorge.
—Sigue usted igual que siempre.
Empujó ligeramente la silla hacia atrás con intención de levantarse, pero antes de hacerlo escuchó la voz de Aime, mucho más tenue que hasta entonces.
—Soy transparente, abogado. Quizá por eso he tenido tantos problemas...
La escultora bajó los ojos con una timidez que contrastaba con la seguridad que había mostrado durante toda la negociación previa y también aquella noche.
Jorge permaneció inmóvil, algo en aquel cambio de actitud lo obligó a detenerse.
—¿Problemas...?
Ella respondió únicamente con un leve movimiento de cabeza.
El abogado volvió a sentarse despacio.
—Aime, la he visto salir de la Torre de Madrid acompañada de un chico atractivo...
Ella levantó la vista.
—¿Me espías, abogado? -la pregunta iba acompañada de una media sonrisa que hacía difícil saber cuánto había de reproche y cuánto de provocación.
—Por cierto, que seamos vecinos y que haya tenido que venir a buscarla hasta aquí... –dijo él mientras negaba con la cabeza- no ibas tan borracha la noche que pasamos juntos. De hecho..., creo que ni siquiera habías bebido. ¿Pretendes que crea que no recordabas que vivía en el edificio donde vives ahora?
Aime dejó escapar un pequeño suspiro.
—Cuando te conocí vivía con mi hermana.
Una línea apenas perceptible apareció en los labios de Jorge, demasiado discreta para llamarla sonrisa.
—Sí..., pero nos fuimos a mi casa. ¿O te has olvidado de eso? -ella sostuvo su mirada sin responder- Yo no te espío, Aime. —No necesito hacerlo.
—Y por eso me gustó la Torre –murmuró ella de forma casi imperceptible
Jorge continuó mirándola unos segundos antes de añadir algo que no parecía costarle reconocer.
—Y me alegro de tus éxitos.
La expresión de Aime cambió casi al instante. La incredulidad dio paso a un agradecimiento silencioso.
—¿En verdad? -él asintió- Cualquiera diría que me has tenido odio, abogado... Que olvidaste lo bien que la pasamos... Sus ojos volvieron a adquirir aquel brillo travieso que Jorge ya conocía.
Mientras hablaba se mordió suavemente el labio inferior, sin dejar de observarlo, sin embargo el abogado sostuvo aquella provocación sin perder la compostura.
—Soy el abogado de Laura. Velo por sus intereses y lo hago con toda la fuerza que me dan la ley... y mis habilidades. Haría exactamente lo mismo si tuviera que trabajar para ti -su voz era tranquila y firme.
Aime se inclinó despacio sobre la mesa, reduciendo la distancia que los separaba.
—Recuerdo que aquella tarde, en la cafetería, dijiste que algún día serías mi abogado.. –el comentario hace que la discreta línea dibujada en los labios de Jorge termine por abrirse en una sonrisa.
—Lo dije. Pero después de enfadarte conmigo nunca viniste a pedirme ayuda.
La expresión de Aime perdió parte de su picardía.
—El que se enfadó por aquellos dichosos mensajes fuiste tú...
Jorge soltó una risa breve.
—¿Enfadarme?
Negó despacio con la cabeza.
—No, Aime. Puse límites. No me gustó que te quedaras escuchando. Pero no me enfadé contigo.
Jorge hizo una pausa, acompañada de una sonrisa divertida.
—Bueno... quizá un poco. Pero nada que no se hubiera arreglado compartiendo un plato de comida mexicana.
Aime dejó escapar una risa baja mientras hacía girar la copa entre los dedos. El cristal atrapaba los reflejos cálidos de las luces del club y los devolvía convertidos en destellos dorados que bailaban sobre la madera de la mesa.
—Creí que esa charla sería la vez que nos vimos aquí... y no la sorpresita que me trajiste...
Bebió otro pequeño trago de tequila antes de volver a dejar la copa sobre la mesa.
Jorge la observó durante unos segundos. Había recuperado la calma del abogado que analiza cada respuesta antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Y por qué no viniste tú a preguntarme? ¿Por qué esperaste hasta aquel día?
Aime desvió la mirada hacia el borde del vaso.
—Por todos los problemas que me pasaron esa semana.
Él asintió despacio. No parecía juzgarla; simplemente intentaba que comprendiera algo que para él resultaba evidente.
—Aime, tú no viste a Laura. Yo sí –el comentario hizo que la escultora volviese a levantar la mirada- No tengo nada en tu contra. Sé que, seguramente, para ti todo aquello fue normal. Pero tú no la viste durante aquellos días, sin querer salir apenas de casa.
El abogado entrelazó las manos sobre la mesa mientras procuraba que su voz sonara estable, sincera, con una pizca de profesionalidad.
—En la facultad nos enseñan a reconocer esos síntomas y son... peligrosos.
El silencio que siguió tuvo más peso que cualquiera de las frases anteriores.
—Por eso vine a ofrecerte un trato justo. ¿Tuve que jugar duro? Sí, porque sabía que delante tenía a alguien que también sabe negociar.
Aime permanecía escuchándolo con atención. Ya no había desafío en su expresión, sino una curiosidad silenciosa que él advirtió enseguida.
—Pero te repito que aquí nadie quería destruir tu imagen. Ni tu carrera.
La miró directamente a los ojos.
—Ni a ti.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Jorge sostuvo aquella mirada serena antes de permitirse una ligera sonrisa.
—De hecho, todopoderosa Aime, si no recuerda mal, antes de que se marchara enfadada conmigo... y con todos mis ascendientes, directos e indirectos..., le pedí que se cuidara.
Aquellas palabras parecieron tocar alguna fibra que hasta entonces había permanecido escondida y Aime bajó la vista.
—Siento que últimamente todo el mundo quiere eso a mi alrededor...
La tristeza con la que pronunció la frase era muy distinta de la seguridad que había mostrado al principio de la conversación. Jorge la reconoció al instante. Él mismo había utilizado ese mismo lenguaje corporal en momentos complicados de su vida: los hombros apenas vencidos hacia delante, la mirada perdida unos centímetros por debajo del interlocutor, la voz más baja de lo habitual. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejarse convencer tan fácilmente.
—No juegues esa carta -la frase no fue dura, pero sí firme- Te va demasiado bien para que funcione conmigo.
Aime volvió a levantar la mirada.
—Tienes un chico en tu vida. Tienes éxito. Vives en una de las mejores zonas de Madrid...
Jorge hizo un gesto con la mano.
—¿Y eso en cuánto tiempo?
Ella respiró hondo.
—Tengo una hermana que me odia.. -la seguridad desapareció por completo de su voz- y en cuanto a ese chico… no estamos tan bien como parece.
Aquella respuesta hizo que Jorge frunciera ligeramente el ceño.
—¿Te odia de verdad? ¿O te odia como pensabas que te odiaba yo?
—De verdad... –dijo ella después de negar lentamente con la cabeza.
Él permaneció inmóvil, observándola con atención. Por primera vez desde que había entrado en el club, la escultora parecía completamente desprotegida.
—Se irá a Jalisco -la frase apenas fue un susurro- Quiere dejarme.
Jorge soltó el aire lentamente.
—Eso sí es una putada.
Ella asintió sin fuerzas para responder con otra cosa.
—¿Pero estás segura?
—Sí.
El abogado apoyó un codo sobre la mesa.
—Quiero decir... pensabas que yo te odiaba, y aquí estás, contándome tus penas delante de un vaso de tequila. ¿Podría ser que te estuvieras equivocando otra vez?
Aime sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Podría ser que me equivoque de nuevo contigo.
Después sonrió con una timidez que Jorge no le había visto nunca.
—Solo que... recordé que hablamos bien aquella tarde.
Fue entonces cuando él lo vio. Una lágrima descendía lentamente por la mejilla de Aime; no hubo reflexión alguna ni tampoco cálculo, simplemente tomó una servilleta de papel y, con una delicadeza que contrastaba con la firmeza del abogado de hacía apenas unos minutos, la apoyó sobre su rostro para secar aquella única lágrima.
—¿Eso es lo que quieres?
Su voz se había suavizado.
—¿Que hablemos?
Aime no se apartó. Dejó que la servilleta rozara su piel y lo miró con un agradecimiento sincero.
—No tengo casi a nadie en España...
Cuando terminó de limpiarle la mejilla, Jorge dejó caer la servilleta en la pequeña papelera situada junto a la mesa y recuperó una expresión más desenfadada.
—Teniendo en cuenta que te enfadaste conmigo y dejaste de hablarme... –Jorge hizo una pequeña mueca exageradamente ofendida- fingiré que esto me sorprende.
Aime no pudo contener una risa que provocó también la sonrisa del abogado.
—Tienes un carácter fuerte, escultora, igual que las obras que haces. Y sí... esas sí las investigué –la chica arqueó una ceja y Jorge se adelantó a la pregunta- quería estar preparado por si algún día venías a pedirme ayuda.
—He tenido que aprender a ser fuerte. No sabes lo que es tener una hacienda tequilera y conseguir que los jimadores te respeten... - Aime bajó la voz casi hasta convertirla en un susurro.
—Esto no es México, Aime -Ella dejó escapar un largo suspiro, cansado, mientras seguía mirándolo con unos ojos que parecían mucho más agotados que al comienzo de la noche- aquí también hay..., como decís vosotros, pinches cabrones. Pero no tienes que estar siempre a la defensiva ni siempre al ataque. –la voz del chico descendió casi hasta un murmullo- solo tienes que dejarte llevar... y ser tú.
Aime bajó nuevamente la mirada.
—Me siento sola.. -la frase quedó suspendida unos segundos antes de completarla- solo por amor a mis esculturas estoy aquí.
Jorge dejó que el silencio hiciera su trabajo. Su postura ya no tenía nada de intimidante; había relajado los hombros y el cuerpo entero parecía haber abandonado la tensión con la que había entrado en el club. La observó durante unos instantes antes de decir, muy despacio:
—Yo creo que hay algo más.
Aime levantó despacio la cabeza. Había una mezcla de curiosidad y cautela en su expresión, como si quisiera creerle y, al mismo tiempo, temiera descubrir que volvía a equivocarse.
—¿Cómo qué?
Jorge sostuvo su mirada durante unos segundos. La dureza del abogado había desaparecido casi por completo. Ahora hablaba el hombre que había conocido a la escultora unas semanas antes de sentarse frente a ella con un acuerdo sobre la mesa.
—Por lo poco que sé de ti..., por aquellos SMS..., por esas fotos que aún no he borrado porque, hay que reconocerlo, eres bastante más bonita que tus esculturas... -el rubor apareció de inmediato en las mejillas de Aime. Bajó los ojos apenas un instante antes de volver a mirarlo y encontrarse una sonrisa discreta- yo creo que viniste a Madrid a buscar algo más que un lugar donde exponer.
Dejó que aquella idea se asentara antes de continuar.
—Y por cómo reaccionaste cuando..., según tú, yo me enfadé contigo..., creo que también habías venido buscando otra cosa.
Aime permaneció callada unos segundos. Cuando habló, su voz sonó mucho más baja que de costumbre.
—Quería un respiro de la hacienda... y dejar de ver a mi madre sufrir por mi intensidad.
Aquella confesión hizo que Jorge sonriera de una manera completamente distinta a las anteriores. Ya no había ironía, sino un auténtico gesto de complicidad.
—¿Aime Fuentes Montalvo acaba de reconocer que es intensa?-la joven levantó la vista, todavía colorada- ¿Acaba de mostrar una de sus características personales delante de un abogado como yo?
La escultora terminó riéndose y asintió con la cabeza mientras Jorge levantaba ligeramente una mano, como si estuviera dirigiéndose a un tribunal imaginario.
—Señoría, la testigo ha bebido demasiado -esperó un instante, disfrutando de la expresión divertida de Aime- solicito que todas sus respuestas sean declaradas inválidas.
Ella negó entre risas.
—Solo he tomado una copa.
Él la contempló entre curioso y divertido.
—¿Segura?
Aime volvió a asentir.
—¿Y si le pregunto al camarero me dirá exactamente lo mismo?
Otro asentimiento.
Jorge dejó escapar una pequeña carcajada.
—No pienso intentar averiguar cuántos tequilas se ha tomado una mexicana que viene de una hacienda donde producen tequila. Ese juego lo tengo perdido desde antes de empezar.
La risa de Aime sonó ahora mucho más libre.
—Eres divertido. Ahora sí pareces el abogado que conocí en aquella cafetería...
—Cada momento requiere una forma distinta de ser -la respuesta salió de sus labios con absoluta naturalidad- eso estoy seguro de que también lo sabes.
Ella respondió simplemente con un leve movimiento de cabeza.
—Sí.
Jorge la observó unos segundos antes de cambiar ligeramente el rumbo de la conversación.
—Cuéntame una cosa. ¿Quieres a ese tipo de Jalisco?
Aime no esquivó la pregunta y lo miró directamente a los ojos antes de responder.
—Sí -hizo una pequeña pausa- pero él a mí no.
Jorge dejó escapar el aire lentamente.
—Creo que deberías hablar con él. Pero sin tequila de por medio –Jorge apartó el vaso de ella con absoluta naturalidad.
Aime observó el gesto divertida antes de apoyar un codo sobre la mesa y sonreír con cierta malicia.
—Está bien. Ahora tú dime algo.
Jorge comenzó a echar la silla hacia atrás para levantarse, pero volvió a quedarse inmóvil a medio movimiento. La conocía lo suficiente para saber que aquella frase escondía alguna trampa.
—Dispara.
—Así que soy más bonita que las esculturas..., ¿y por eso no borras mis fotos?
Jorge soltó una risa.
—La todopoderosa Aime ha vuelto –Jorge se quedó mirándola un instante- no sé si eso me alegra... o me asusta.
—Tú lo mencionaste.
Jorge terminó por rendirse con una sonrisa.
—Sí, Aime. Eres muy bonita. Y yo no entiendo de arte, pero sí sé que nunca tiraría un Picasso.
La sonrisa de Aime se hizo todavía más amplia mientras que Jorge continuaba hablando con absoluta tranquilidad.
—Y aquellas fotografías que me enviaste son auténtico arte erótico -levantó una mano antes de que ella pudiera interpretar demasiado aquella afirmación- pero no pienses que las miro todas las noches antes de dormir. Aquel mensaje que te mandé fue completamente sincero.
Ella volvió a reír un instante, pero su sonrisa fue apagándose poco a poco.
—Pero estabas dispuesto a filtrar esas fotos...
Jorge negó con calma.
—Eres buena negociando. Pero yo soy mejor. Y, por lo visto, bastante mejor aún que tú jugando al póker. Ahora que has firmado... Y que no vas a echarte atrás.. –Jorge esperó unos segundos. Porque no vas a echarte atrás, ¿verdad?
Aime negó con firmeza.
—¿De verdad crees que trataría un asunto de una acusación de abuso sexual filtrando unas fotografías con contenido sexual? -su tono había recuperado parte de la seriedad inicial- te pierde la rabia, Aime.
Ella volvió a negar despacio y el abogado tomó aire profundamente.
—Tenía otros ases bajo la manga por si ese no funcionaba. Pero tenía que jugar duro..., porque estaba jugando contra una jugadora dura.
Fue entonces cuando Aime cambió de asiento. No dijo nada. Simplemente se acercó un poco más a él.
Jorge apenas reaccionó hacia el exterior, aunque por dentro sintió cómo todo su cuerpo se tensaba de forma casi imperceptible.
La melena sedosa de la escultora rozó ligeramente la manga de su americana. El perfume de Aime volvió a envolverlo, mezclándose con el calor que desprendían ambos a tan escasa distancia y, como había ocurrido unos minutos antes, el recuerdo regresó sin pedir permiso.
La vio otra vez entre sus sábanas. Recordó el olor de su ropa, el aroma que había quedado impregnado en el dormitorio durante horas, las conversaciones por teléfono, el juego constante de mensajes, aquellas fotografías... Y, detrás de todos esos recuerdos, apareció también la discusión posterior, el silencio y la frialdad con la que ambos habían terminado alejándose.
Jorge la observó durante unos segundos más antes de hablar casi en un susurro.
—Eres peligrosa, escultora... Muy peligrosa.
La expresión de Aime se suavizó al tiempo que bajaba lentamente la vista hasta detenerla en los labios del abogado.
—Eso no es así...
Jorge siguió la dirección de aquella mirada y comprendió al instante lo que estaba ocurriendo.
—Oh..., sí. Sí que lo es.
Y, antes de que aquella cercanía siguiera creciendo, se apartó apenas unos centímetros de ella.
—No quiero volver a tener problemas contigo.
Aime sostuvo su mirada sin retroceder.
—Si quisiera hacerte algo..., ya lo habría hecho...
Él dejó escapar una sonrisa ladeada.
—No irás a decirme entonces que esa mirada era solo para comprobar lo bien que me queda la americana.. -la observó divertido- porque lo sé.
Aime respondió con un gesto afirmativo, claramente coqueto y, sin previo aviso, se inclinó hacia él y lo besó.
Fue un beso breve, ligero; lo suficiente para que el contacto de sus labios hiciera que Jorge quedara completamente inmóvil durante unos segundos.
El mundo pareció detenerse.
No fue únicamente el beso. Fue el recuerdo de todos los anteriores que nunca habían existido y de aquella única noche compartida que regresó de golpe a su memoria. El olor de su piel. El tacto de su cabello. Las fotografías que todavía seguían guardadas en un rincón de su teléfono. Las conversaciones de madrugada. El juego de seducción que ambos habían alimentado durante semanas.
Pero también regresó la otra parte. La denuncia, Laura, El acuerdo que acababan de firmar, la obligación profesional que todavía pesaba sobre él.
Respiró hondo y recuperó el control para a continuación separarse de ella Con una delicadeza casi estudiada.
—Lo dicho.. -su voz sonó tranquila- tienes mucho peligro, mexicana. Pero aquí no.
Aime sostuvo su mirada sin mostrar el menor signo de enfado. Al contrario, sonrió.
—Entonces...
Jorge respiró despacio antes de responder.
—¿Qué te parece si te llevo a casa? Sé dónde vives.
Ella asintió con sencillez.
—Está bien.
Jorge recogió el maletín, se puso en pie y estiró con cuidado la americana para eliminar las arrugas que se habían formado al permanecer sentado.
Sin darle oportunidad alguna para protestar, se acercó a la barra y pagó la consumición de ambos.
Cuando regresó, Aime ya estaba de pie esperándolo.
Se colocó a su lado con expresión divertida mientras consultaba el pequeño recibo.
—Aquí pone que son cuatro tequilas -le mostró el papel- Así que solo uno..., ¿eh?
Ella lo miró divertida.
—Algo así.
—¿Los otros tres eran para catarlos?
La escultora soltó una risa.
—Tal vez...
Jorge negó con la cabeza mientras guardaba el recibo.
—Venga, mexicana, deja que te lleve a casa.
Aime respondió con una sonrisa tranquila antes de salir del club. Jorge caminaba a su lado, no iban cogidos de la mano de hecho, ni siquiera se tocaban. Sin embargo, el espacio que los separaba era tan pequeño que, en más de una ocasión, el movimiento natural de sus cuerpos hacía que sus hombros o sus brazos llegaran a rozarse apenas un instante, sin que ninguno de los dos pareciera tener prisa por corregir aquella cercanía.
El aire fresco de la noche sustituyó al ambiente cargado del local, el silencio de la calle a la música del DJ, y durante unos minutos solo el ritmo de los tacones de ella y de los pasos de él fueron su banda sonora.
Al llegar al coche de Jorge pulsó el mando a distancia y las luces parpadearon, rodeó el vehículo y abrió la puerta del asiento del copiloto.
—Sé que la todopoderosa Aime no necesita ayuda.. -la miró con una sonrisa burlona- pero..., ¿te apañas bien?
Ella sostuvo la puerta.
—Sí –contestó, y entró en el coche con naturalidad.
Jorge cerró la puerta con suavidad antes de rodear el vehículo y ocupar su asiento.
Dejó el maletín sobre la parte trasera, arrancó el motor y esperó unos segundos mientras el sistema terminaba de encenderse. Entonces giró la cabeza hacia ella.
—Me pregunto si sabré llegar hasta la Torre de Madrid.
La sonrisa divertida que le dedicó hizo que Aime negara con la cabeza mientras reprimía otra risa al tiempo que salieron del aparcamiento con calma y se incorporaron al tráfico nocturno de la capital.
Durante varios minutos ninguno de los dos habló. Solo el sonido del motor y las luces de la ciudad acompañaban el trayecto. Aime miraba por la ventanilla, observando cómo los edificios iban desfilando uno tras otro bajo la luz anaranjada de las farolas. Al reducir la velocidad para incorporarse a una rotonda Jorge rompió el silencio.
—¿En qué piensa la todopoderosa Aime?
Ella tardó unos segundos en responder y cuando lo hizo, su voz apenas fue un susurro.
—En mi mamá...
Jorge sintió cómo algo se removía en su interior, conocía demasiado bien aquel sentimiento. Sabía lo que significaba vivir lejos de la familia, no poder volver cuando uno quería. La miró apenas un instante antes de devolver la vista a la carretera y le dedicó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.
Aime respondió con otra sonrisa pero aquella murió antes de llegar a sus ojos.
Al detenerse en la barrera del aparcamiento para recoger el ticket, Jorge aprovechó el instante en que soltaba el volante para apoyar suavemente una mano sobre la rodilla de ella.
Fue un gesto breve, casi instintivo que provocó que Aime se estremeciera ligeramente por lo inesperado del contacto.
Jorge retiró la mano sin añadir nada y continuó conduciendo hasta encontrar una plaza libre donde aparcó con cuidado y dejó que el silencio los envolviera después de apagar el motor.
Aime fue la primera en hablar:
—Gracias.
—No me las des. La respuesta salió casi automática, pero por dentro el abogado navegaba en aguas mucho más turbulentas de lo que dejaba ver. El roce de su cabello en el club, el beso inesperado, aquella forma tan natural que tenía de acercarse a él cuando quería desarmarlo... Todo seguía dando vueltas y, eso era precisamente lo que le preocupaba, porque conocía a Aime. Sabía que, además de seductora, era inteligente. Le gustaba tomar la iniciativa, mover las piezas del tablero y comprobar hasta dónde podía llevar a quien tenía delante. No era únicamente una cuestión de atracción; había también una necesidad de controlar la situación, de medir el efecto que producía en los demás. Y Jorge detestaba perder el control.
No era la primera mujer con la que había estado en Madrid, su memoria pasó fugazmente por la arquitecta con la que había salido unos meses atrás, por aquella joven rusa que apenas permaneció unas semanas en su vida, por la abogada que había conocido nada más instalarse en Madrid. Todas ellas habían participado en un juego que él dominaba perfectamente, un juego de avances y retrocesos donde siempre marcaba el ritmo. Con Aime era diferente. Ella quería imponer las reglas. Lo había intentado desde aquellos mensajes en los que hablaba con una seguridad casi insolente de la atracción que despertaba en él. Lo había intentado cuando se coló en sus pensamientos a base de fotografías, insinuaciones y silencios cuidadosamente medidos. Y seguía intentándolo ahora, mezclando vulnerabilidad y seducción con una habilidad que rozaba lo peligroso. Jorge levantó la vista y sostuvo sus ojos.
—Te acompaño hasta tu casa, mexicana.
Ella asintió con una docilidad poco habitual.
—Vale. Se desabrochó el cinturón y salió del coche. Jorge rodeó el vehículo, abrió la puerta para facilitarle la salida y, cuando ella apoyó los pies en el suelo, le tendió la mano. Aime la aceptó sin vacilar. Sus dedos se entrelazaron apenas el tiempo suficiente para ayudarla a incorporarse.
Caminaron juntos por el aparcamiento y subieron, sin ningún tipo de prisa, las escaleras hasta entrar en el portal de la Torre de Madrid.
Jorge saludó con un leve movimiento de cabeza al portero del turno de noche mientras se dirigía hacia los ascensores.
Las puertas metálicas se abrieron con un suave sonido pocos segundos después de llamarlo y ambos entraron en la cabina.
—Tú dirás... Te he visto alguna vez entrar en el portal, pero nunca me puse a investigar qué puerta era la tuya.
Aime sonrió sin responder y pulsó el número veinticuatro.
El ascensor comenzó a ascender con suavidad. En el espejo de una de las paredes sus reflejos aparecían casi juntos, separados apenas por unos centímetros.
Ella levantó la vista y encontró los ojos de Jorge reflejados junto a los suyos.
No dijeron nada.
Las puertas volvieron a abrirse y ambos salieron al pasillo.
Aime caminó delante de él hasta detenerse frente a una de las puertas. Sacó del bolso una tarjeta magnética y la sostuvo entre los dedos, aunque no llegó a utilizarla de inmediato.
Jorge se quedó inmóvil a un par de pasos de distancia. Por primera vez desde que habían abandonado el club fue él quien dudó.
Ella giró lentamente sobre sí misma y lo miró con una intensidad que hacía difícil sostenerle la mirada demasiado tiempo.
—Gracias.
Él arqueó ligeramente una ceja.
—¿Por traerte a casa e impedir que tengas un accidente por la calle?
Aime asintió y el abogado sonrió con cierta ternura.
—Igual así entiendes que no todo el mundo te odia.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
—Eres mejor y más agradable que mi escolta.
La sonrisa permaneció unos segundos entre ambos.
Entonces ocurrió de nuevo. Los ojos de Aime descendieron despacio hasta los labios del abogado.
Jorge lo notó al instante Y también notó la fuerza de la tentación. Bastaba con dar un paso, Entrar, Cerrar la puerta Y Olvidarse durante unas horas de Laura, del acuerdo, de la denuncia y de todo lo demás.
Pero también sabía otra cosa; Él también sabía jugar. El tira y afloja no era patrimonio exclusivo de Aime. Podía acercarse y podía alejarse y, sobre todo, podía decidir cuándo terminaba la partida.
Sin apartar la vista de su rostro, habló con tranquilidad.
—¿Y bien...?
Aime no respondió con palabras. En lugar de eso dio un pequeño paso hacia él. Muy despacio, casi con cautela, inclinó el rostro hasta quedar a escasos centímetros del suyo. El movimiento era inequívoco. Buscaba despedirse del mismo modo en que lo había besado unos minutos antes en el club.
Jorge la observó acercarse sin moverse. Podía sentir el calor de su respiración, el perfume que llevaba, mucho más sutil ahora que el alcohol del local había quedado atrás, volvía a envolverlo con la misma facilidad con la que lo hacía perder el hilo de sus pensamientos.
Durante un instante estuvo tentado de corresponder, solo un instante.
Cuando los labios de Aime estaban a punto de rozar los suyos, desvió apenas el rostro. Lo justo para que el beso terminara posándose muy cerca de la comisura de sus labios, casi sobre la mejilla.
Ella sonrió contra su piel antes de separarse lentamente. No había decepción en aquella sonrisa.
Más bien parecía divertirse con el hecho de que él hubiera conseguido escapar una vez más.
Jorge sostuvo su mirada unos segundos.
—Creo que deberías entrar, tomarte un café, y descansar - Su tono era tranquilo, sin dureza.
Aime soltó una risa suave.
—Y tú también deberías descansar.
Él asintió y durante unos instantes ninguno de los dos hizo ademán de marcharse. La distancia entre ellos seguía siendo mínima. Bastaba con que cualquiera de los dos avanzara un solo paso para volver a romperla.
Fue Jorge quien decidió hacerlo... pero en sentido contrario. Retrocedió despacio. Solo un paso. Lo suficiente para dejar claro que aquella noche terminaba allí. Entonces volvió a hablar, esta vez casi en un susurro:
—Y, Aime.. -ella levantó la vista- no te odio.
Las palabras quedaron suspendidas en el pasillo durante unos segundos en los que ella no respondió, simplemente lo miró. Era una mirada muy distinta de la que había utilizado para provocarlo unos minutos antes. Ya no había desafío ni deseo de imponerse. Solo una mezcla de alivio, emoción y una vulnerabilidad que rara vez dejaba ver.
Después sonrió, una sonrisa pequeña, sincera y, sin apartar los ojos de los de Jorge, introdujo la tarjeta magnética en el lector de la puerta.
El cierre emitió un breve pitido y el mecanismo se desbloqueó.
Antes de entrar volvió ligeramente la cabeza.
Sus labios dibujaron una sonrisa cargada de una promesa silenciosa.
Le lanzó un beso con la punta de los dedos.
Jorge no respondió al gesto, solo sostuvo su mirada hasta el último instante.
Aime cruzó el umbral del apartamento y la puerta comenzó a cerrarse lentamente mientras que el abogado permaneció inmóvil en el pasillo hasta que el pestillo terminó de encajar con un leve clic metálico.
Solo entonces dejó escapar el aire que llevaba varios segundos conteniendo.
Se pasó una mano por el rostro, cerró los ojos un instante y negó para sí mismo con una media sonrisa resignada.
Aquella mujer era un auténtico desastre para su paz mental y, precisamente por eso, había hecho bien en detenerse. Porque sabía que, si aquella noche hubiera cruzado esa puerta, ya no habría sido el abogado que había negociado un acuerdo justo para proteger a Laura.
Habría vuelto a ser únicamente el hombre que una vez se dejó fascinar por una escultora mexicana de sonrisa luminosa, cabello rojizo y una peligrosa habilidad para encontrar siempre el camino hasta su cabeza.