Cómo desaparecer mal

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Responder
Morcego
Mensajes: 2
Registrado: Sab May 23, 2026 3:02 am

Cómo desaparecer mal

Mensaje por Morcego »

Relato 1

Jorge San Martín siempre había creído que las consecuencias eran algo que les ocurría a los demás.
Nació en Cambados, un pueblo de costa donde el mar nunca era solo mar. Allí las mañanas olían a salitre, gasóleo húmedo y vino blanco derramado sobre barras de madera pulida. Allí las bateas flotaban sobre la ría como plataformas inmóviles perdidas entre la niebla atlántica. Desde lejos parecían parte natural del paisaje; desde cerca, cualquiera entendía que también eran dinero, favores, poder y silencio.
Cambados no era un lugar espectacular. Precisamente por eso resultaba tan difícil de abandonar. Las calles estrechas de piedra conservaban la humedad incluso en verano y el viento de la costa se colaba entre las fachadas como si el pueblo entero respirase despacio. Había tabernas antiguas donde el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad, soportales oscuros y plazas donde los viejos observaban pasar a la gente con esa forma gallega de mirar, entre la nostalgia, la curiosidad y la desconfianza, una forma de mirar que parecía recordar demasiado.
Porque si, Cambados recordaba; recordaba quién había sido tu abuelo, qué negocios había hecho tu padre y qué coche permanecía demasiado tiempo aparcado junto al puerto ciertas noches. Allí los apellidos seguían teniendo peso propio. No hacía falta amenazar a nadie; bastaba la memoria.
Jorge aprendió de De niño que en el pueblo había calles donde convenía no hacer preguntas, bares donde algunos hombres nunca levantaban la voz y familias cuyo respeto se mantenía más por memoria que por miedo inmediato. Los Matalobos pertenecían a esa clase de nombres. No hacía falta explicar quiénes eran; bastaba pronunciarlos más bajo que el resto. Sin embargo, siempre creyó estar por encima de aquel mundo.
Se marchó a Santiago de Compostela para estudiar derecho convencido de que la inteligencia podía abrir cualquier puerta. Y, durante años, tuvo razón. Era brillante, rápido, peligrosamente encantador cuando quería serlo. Aprendió a leer a la gente como si fueran expedientes judiciales: detectar inseguridades, deseos, puntos débiles. Las mujeres llegaban a su vida con facilidad insultante y desaparecían con la misma rapidez. Para él, el compromiso no era más que una trampa elegante inventada por personas incapaces de soportar la soledad.
Su filosofía sentimental? seducir un juego, mentir una herramienta social y escapar antes de que aparecieran sentimientos reales una forma de supervivencia emocional, como si la vida no fuese más que una vulgar serie de TV. La diferencia era que Jorge no vivía en una comedia americana. Vivía en Galicia. Y en Galicia algunos errores no terminan con algo tan banal como una bofetada ni con una copa derramada sobre un traje caro.
Todo empezó con Eva Matalobos, La hija de Moncho Matalobos. Apareció en su vida como aparecen las tormentas atlánticas: lentamente al principio, inevitables después. Jorge sabía perfectamente quién era ella desde la primera noche. Sabía también que acercarse demasiado era una estupidez. Precisamente por eso lo hizo; porque parte de él necesitaba comprobar que seguía siendo intocable.
La relación duró apenas unas semanas; suficientes para que ella confundiera intensidad con amor y él confundiera arrogancia con control. El problema no fue acostarse con ella. El problema fue desaparecer después. No responder llamadas. Reírse del asunto en el lugar equivocado. Permitir que el orgullo hiciera el resto.
En pueblos como Cambados las humillaciones no se evaporan. Se pudren lentamente. La noticia llegó una madrugada lluviosa, envuelta en humo de tabaco y olor a café recalentado. Un viejo conocido entró en el bar donde Jorge bebía solo y dejó caer la frase sin dramatismo:
—Tes que marchar. Hoxe.
Nada más, no hizo falta explicar el resto.
El jefe de los Matalobos no había montado un escándalo. No había amenazas públicas ni coches ardiendo. Mucho peor: había puesto precio a su cabeza de forma discreta, fría, despiadada; exactamente como podría esperarse de gente acostumbrada a que otros ejecuten los problemas por ellos.
Por primera vez en muchos años, Jorge sintió miedo auténtico; no el miedo elegante de los pocos juicios en los que había participado hasta el momento, ni el de las discusiones inteligentes que mantenía con sus compañeros de promoción en esas cenas que tenían en algún restaurante fino de Santiago. No, este era un Miedo físico. Animal. El tipo de miedo que acelera el corazón cuando un coche reduce velocidad demasiado cerca o cuando un desconocido mantiene la mirada un segundo de más.
Abandonó el pueblo antes del amanecer con una bolsa de viaje improvisada, algo de dinero, varios contactos poco fiables y la incómoda sensación de que su vida pendía de algo mucho más fino que un hilo de pescar.
Mientras la carretera húmeda se alejaba de la ría, Jorge comprendió algo que jamás había considerado posible, quizá, y solo quizá, ya no era el hombre más peligroso de la habitación.
Morcego
Mensajes: 2
Registrado: Sab May 23, 2026 3:02 am

Re: Cómo desaparecer mal

Mensaje por Morcego »

un encuentro accidental
punto de vista omnisciente

Un centro hospitalario de titularidad pública, situado en el distrito de Fuencarral–El Pardo. Está administrado por el Servicio Madrileño de Salud y es uno de los principales hospitales de referencia. También es centro de referencia nacional e internacional en varias áreas específicas de elevado nivel de desarrollo científico y tecnológico.
Apenas entras, te encuentras de frente con el mostrador de recepción. Diagonal a la derecha se ubica la sala de espera y, en frente de esta, el servicio de urgencias generales. Un poco más al norte, observas la entrada al hospital materno-infantil.
El lugar es un bullicio constante: gente que va y viene. Por suerte, Jorge solo necesitaba realizarse una analítica de control rutinario. Si no…, quizá estaría ahí hasta mañana.
La verdad es que tiene ganas de llegar a casa. El trabajo en el vivero es agotador, le duele todo… y desde que todo se complicó en Cambados las multitudes lo agobian. Aunque, para qué negarlo, eso tiene también sus puntos buenos: terrazas tranquilas, locales desenfadados… ahí también es un buen sitio para socializar.
Una mujer va caminando con la comida y el café hacia la salida del centro mientras piensa que “esto de compaginar las prácticas y las guardias era todo un suplicio”.
Jorge no es consciente de lo que ocurre hasta que el choque es inevitable:
—Perdona, estoy un poco despistada.
Los productos que llevaba la joven en la mano salen volando y acaban desparramados por el suelo.
Jorge se queda traspuesto. Durante un segundo se ve tirado en el suelo, sangrando, con un cuchillo clavado en el vientre… ¿cuándo se pasará este miedo?
Antes de poder reaccionar, la joven ya se está agachando para recoger lo que se le ha caído.
—No irás a comerte eso, ¿verdad?
—No… pero tampoco voy a dejarlo aquí tirado —responde ella, sonrojándose mientras baja la mirada.
—Me llamo Jorge. Y yo también te pido disculpas, iba pensando en mis cosas —dice él mientras se arrodilla para ayudarla.
—Soy Laura, encantada de conocerte.
—Creo que te he dejado sin cena. Déjame recompensártelo.
—No te preocupes, no es necesario…
—No, claro… es mejor cenar un bocadillo en la baldosa de un hospital.
Mientras se da esta conversación, la chica no sabe dónde fijar la mirada. El hombre que le está hablando es muy atractivo, y nunca ha estado con nadie como él.
—Tengo el coche fuera. Si te prometo no secuestrarte, ¿me dejas que te invite a tomar algo?
—Esto… iba a ir a por una hamburguesa.
—Venga, por lo menos te llevo yo. Es lo mínimo que puedo hacer.
—Está bien —no sabe muy bien cómo reaccionar; está completamente sonrojada—. Pero solo porque me has hecho reír.
Jorge le coge las bolsas empapadas de las manos y las tira en una papelera cercana.
—Venga, vente.
Ambos salen del hospital. El olor a desinfectante y productos de limpieza queda atrás mientras el sonido de los coches y autobuses lo envuelve todo.
Caminan hasta el coche de Jorge, estacionado cerca.
Es al entrar en el vehículo cuando Jorge se fija en su acompañante por primera vez.
Laura tiene una belleza delicada y elegante, con rasgos suaves y una expresión tranquila que le da un aire casi inocente. Su pelo oscuro cae cuidadosamente sobre los hombros, enmarcando un rostro de facciones finas y piel clara. Sus ojos verdes son grandes y expresivos, con una mirada dulce y sensible que rara vez consigue esconder lo que siente realmente.
Siempre va arreglada, con un estilo femenino y refinado. Le gustan las prendas que dejan ver algo de piel —escotes suaves, vestidos ajustados, faldas cortas o camisas ligeramente abiertas—, pero sin llegar a verse realmente provocativa. Hay algo contenido incluso en la manera en la que enseña más de sí misma, como si todavía conservara esa educación estricta que le impide excederse demasiado.
Tiene buenas curvas y una figura especialmente llamativa, aunque la lleva con cierta timidez, casi sin ser consciente del efecto que provoca. Sus movimientos son suaves, su voz calmada y mantiene esa educación impecable de niña modosita que parece imposible de quitar. Sonríe con cierta timidez y suele bajar un poco la mirada cuando se siente observada demasiado tiempo.
Desde fuera transmite dulzura, sensibilidad y una inocencia que contrasta con la imagen ligeramente más madura que intenta proyectar.
Jorge piensa que su acompañante es realmente atractiva. ¿Qué tiene esta ciudad? Su amigo Germán tenía razón: Madrid está lleno de monumentos.
Laura se retuerce las manos, nerviosa.
Jorge enciende el motor del coche, fija en el GPS las coordenadas de un local cercano y sale del estacionamiento.
Laura mira al muchacho con curiosidad.
—¿Y bueno, qué te trae por Madrid, Laura a la que no conozco y ya he subido en mi coche?
—Una beca para hacer las prácticas como médico forense mientras ayudo en las urgencias del hospital. ¿Y tú? ¿Eres de aquí?
Laura se toca el pelo con nerviosismo, pero nota cómo cada vez se relaja más.
—¿Yo? No, de unos cuantos kilómetros al norte —responde Jorge, dando la información sesgada. Sabe que debe seguir teniendo cuidado, aunque cada vez el miedo es menor.
—Como yo entonces.
—La verdad es que las circunstancias me han obligado a dar un cambio en mi vida recientemente… ¡imbécil! ¡Hay un ceda! —un coche casi les choca por no respetar el reglamento—. De verdad, aquí no saben ni conducir, mira ese.
—Vaya, ya lo siento.
—Mira, el local es ese.
Jorge aparca en un hueco libre, apaga el motor y se quita el cinturón.
—Venga, vamos.
—Gracias por traerme —dice Laura mientras lo sigue—. ¿Tú ya has cenado?
El olor a aceite recalentado, carne a la plancha y azúcar es un detonante para cualquier estómago.
—En realidad no. Venía de hacerme una analítica y… bueno, ya sabes, nos pedís que no comamos antes.
—Sí, eso es para que no salgan alteradas —responde ella.
—Mira, ahí hay una mesa libre. ¿Por qué no te sientas y pido yo? ¿Qué te apetece?
—Una hamburguesa de queso y bacon y patatas gajo, por favor. Para beber agua.
A la pobre chica le rugen las tripas.
Jorge le sonríe con franqueza.
—Pues venga, siéntate. Ya te la llevo yo ahora.
Laura se sienta para no perder el sitio, procurando no quitar la vista de encima del joven.
Mientras Jorge hace la cola del local, piensa que quizá esa noche tampoco la pase solo… y estaría bastante bien. Aunque no quiere relaciones serias ni nada que se le parezca, el hecho de dormir acompañado siempre es algo que se agradece.
La cola avanza lentamente hasta que por fin llega su turno. Pide la consumición y vuelve a la mesa haciendo malabares para que nada se caiga.
—Su pedido, señorita —dice Jorge con una sonrisa—. Espero que califiques con buenas estrellas al camarero.
Laura se alisa la camisa, nerviosa. Sonríe mientras piensa que desde que llegó a Madrid ha empezado a sentir cosas nuevas.
—Un diez le pongo. Qué rapidez.
Mira con ansia la comida. No ha comido.
El olor de los platos despierta hambre en ambos, y durante unos minutos comen en silencio.
—¿Y cómo llevas el trabajo en las urgencias? Supongo que es estresante.
Jorge mantiene la vista fija en sus ojos, que tienen algo hipnótico.
—Me encanta poder ayudar a la gente. Vemos verdaderos milagros a diario —responde ella, fijándose en las manos de su compañero.
—Ya me imagino. Más de una vez he tenido que estar en una sala de urgencias. Vosotros sí que sois ángeles.
—Supongo… —murmura Laura, ruborizándose.
La cena transcurre entre comentarios sobre el trabajo de Laura y frases divertidas. En un momento, tras beber un trago de agua, la joven se anima a preguntar:
—¿Y tú a qué te dedicas?
—Ahora mismo trabajo en el vivero, pero estudié Derecho y… bueno, soy abogado.
—Eso explica tus manos.
Jorge se mira las manos y suspira. El trabajo ha dejado marcas de palas, sacos, carros… qué error. Sabe que debería cuidar más su cuerpo, pero últimamente lo ha dejado de lado.
—Sabrás mucho tanto de plantas como de leyes entonces —dice Laura terminando las patatas.
—Bueno, sé más de leyes que de plantas —responde Jorge limpiándose las manos con una servilleta—. La verdad, no había tocado nada más que el cortacésped de casa de mis padres antes de llegar a Madrid, pero hay que adaptarse.
—Siempre es interesante conocer a un abogado.
—Sí, somos como la rueda de repuesto: siempre tienes que tener uno en tu vida.
Laura se ríe apenas, sin vergüenza.
Jorge coloca los cubiertos sobre el plato y lo aparta de sí.
La chica cada vez está más tranquila, más relajada. Puede dejar de ser perfecta: nadie tiene expectativas sobre ella.
—Madre mía, no era consciente del hambre que tenía.
—La cena estaba espectacular.
—Bueno, no es un cinco estrellas, pero por lo menos esta noche no moriremos de inanición.
—Touché.
—¿Te apetece ir a tomar una copa?
—Mañana tengo guardia y… no bebo -la joven agacha la mirada, sintiéndose poca cosa.
—¿Agua tampoco? Ten cuidado con eso, eh —dice Jorge, divertido.
—¡Agua y zumos sí! —ríe ella- por cierto…, No quiero importunarte, pero… ¿podrías acercarme a mi casa?
Jorge la mira.
—No tienes ni que pedirlo. Vamos -coge las llaves del coche de encima de la mesa. Su madre le ha llamado la atención mil veces por eso, pero no aprende, un día le van a dar un susto.
—Muchísimas gracias.
Vuelven hacia el coche. Jorge abre el cierre centralizado con el mando y ambos se suben.
—Usted dirá, señorita. ¿Dónde la dejo?
Jorge enciende el motor y espera. No conoce Madrid aún, así que usa el GPS.
—En la Pensión doña Matilda, por favor.
El abogado la busca en el teléfono y la selecciona.
Mientras vuelven a estar en marcha, Jorge mira de reojo a su acompañante y ella desvía la vista por la ventanilla observando la ciudad. En pocos minutos llegan a la calle de la pensión. Jorge busca aparcamiento, detiene el coche, apaga el motor y cuando va a desabrocharse el cinturón… Laura abre la puerta sin darle tiempo a reaccionar.
—Muchas gracias por acompañarme, eres todo un caballero. Supongo que nos veremos por ahí! -Laura camina hacia la entrada mientras mira de reojo a Jorge.
Jorge se queda totalmente descolocado. No es la primera vez que le sucede, pero nunca termina de acostumbrarse. Arranca el motor y se dirige a su casa. El día ha sido suficientemente largo como para salir por la noche. Además, mañana le toca entrar a primera hora.
Responder