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Re: La resiliencia de la reina Ferrari
Publicado: Lun Feb 02, 2026 5:00 am
por Larabelle Evans
La tregua de la calma.
Punto de vista: Leila.
Días después del clímax del ciclón Katy, la Villa Ferrari respiraba con la pesadez lenta de alguien que acaba de dejar de correr. La lluvia había cedido completamente, ahora apenas un murmullo distante. Afuera, el cielo era una plancha gris alta, sin sol ni amenaza directa. El viento ya no golpeaba las ventanas ni cantaba en los aleros, apenas un soplo débil que movía las ramas de los cipreses, llenas de lodo y hojas rotas.
El suelo alrededor de la Villa era un mosaico irregular. El pasto había desaparecido bajo una capa de tierra mezclada con grava, pieles de hojas y barro seco que crujía bajo los pasos. Los caminos de piedra estaban agrietados, algunos hundidos donde el agua había ganado impulso y presión. Las marquesinas de hierro forjado, antes pulidas, tenían manchas de óxido nuevo donde la sal y la fuerza del viento las habían castigado. El perímetro que los hombres de Turín habían defendido frenéticamente aún estaba demarcado por sacos de arena vacíos y palos clavados en el barro, como banderines de una batalla que ya había pasado.
La costa, horas de camino hacia el este, no estaba en calma. Playas que días antes eran llanas y accesibles estaban ahora reducidas a montículos de algas, restos de madera de embarcaciones menores y boyas arrancadas de sus amarres. En las zonas más expuestas del litoral, los muros de contención estaban fracturados, como si alguien hubiera empujado con fuerza contra ellos y luego se hubieran rendido. En pueblos pequeños, casas bajas tenían las puertas y ventanas arrancadas; vehículos arrastrados por corrientes relámpago estaban abiertos, como cadáveres mecánicos, con puertas y capós que se negaban a cerrarse. Autoridades habían evacuado a cientos de residentes de zonas de riesgo, y aún se veía maquinaria pesada trabajando para restaurar carreteras y desescombrar rutas inundadas.
Dentro de la Villa, las huellas del ciclón no eran catastróficas, pero sí evidentes. Grietas finas recorrían algunos tramos del mármol en el patio interior, pequeñas fracturas que no comprometían la estructura, pero que eran suficientemente visibles como para recordar que la tierra se había sacudido bajo los pies. Las claraboyas del ala este tenían rastros de entrada de agua; había círculos irregulares en la piedra pulida donde gotas persistentes habían caído, gota a gota, llenando pequeños surcos invisibles hasta que se secaron y oscurecieron la piedra. El olor seguía siendo pesado, mezcla de humedad residual y un eco de moho que ninguna limpieza podía borrar del todo.
Leila salió de su habitación antes del amanecer, sintiendo en las manos y en los hombros el peso de la falta de descanso acumulada. La Villa estaba silenciosa, los pocos marmolistas y carpinteros que quedaban dormían o trabajaban de pie sobre andamios improvisados. La atmósfera olía a tierra húmeda mezclada con café fuerte recién colado. El vapor del café se elevaba en remolinos lentos, casi tímidos, en contraste con la violencia de los días anteriores.
El pasillo principal, normalmente fresco al tacto, estaba tibio por la primera luz del día filtrándose, tenue, a través de vidrios opacos por la lluvia. Leila caminaba con pasos medidos, sin prisa, como si cada zancada fuera una decisión consciente: avanzar, no huir, no sucumbir.
Al salir al patio interior, notó que el cielo comenzaba a aclarar en dirección al este. Hacia el oeste, nubes bajas todavía se acumulaban, pesadas como una promesa de más lluvia, aunque sin la urgencia de antes. Sus botas se hundían un centímetro en el barro seco, crujiente bajo la suela.
El sonido era diferente ahora. No había el estruendo constante de la tormenta. No había el golpeteo violento en los cristales ni el rugido del viento abofeteando las paredes. Solo el silencio denso de la ausencia de agresión, y un ocasional crujido de madera sometida a la gravedad de sus propias fisuras.
Karlo ya estaba afuera, con una radio portátil colgada del pecho y un cuaderno húmedo bajo el brazo, anotando los puntos que aún requerían atención. Tenía manchas de barro en las rodillas del pantalón y una barba que parecía más espesa por la falta de afeitado ordenado en los últimos días. Levantó la vista al ver a Leila.
Karlo dice con acento siciliano, la voz aún ronca por el cansancio: “Los diques temporales que pusimos resistieron. No hay filtraciones graves en ninguna de las alas principales. El viento dobló algunas tejas, pero no hubo derrumbes.”
Leila asintió, con sus ojos explorando cada grieta visible del patio.
Leila dice con acento siciliano, “Necesitamos asegurar los techos antes de que la próxima lluvia nos alcance. No hubo alerta meteorológica, pero no podemos confiar en nada hasta que no lo tenga bajo control.”
Karlo miró al horizonte, donde el cielo mostraba una faja clara y opaca a la vez.
Karlo dice con acento siciliano, “El mar todavía está bravo más allá de la colina. Los barcos de pesca no han regresado. Los puertos están siendo reparados por equipos de emergencia. Varias rutas siguen cortadas por deslizamientos fuera de la ciudad.”
Leila respiró hondo. La tormenta había pasado, pero la tierra seguía moviéndose en sus bordes.
Avanzó hacia el gran salón convertido en centro de operaciones. En las mesas, mapas con manchas de agua y notas adheridas con cinta indicaban tramos de drenaje aún bloqueados, zonas donde la electricidad había fallado y sectores donde algunas familias de trabajadores aún esperaban permiso para volver a sus casas fuera de la Villa. Había un orden tenso en esa sala, no calma, sino una pausa activa: gente trabajando con manos firmes y miradas cansadas, conscientes de que la recuperación era una suma de pequeños pasos, no de gestos grandiosos.
Al ver a Leila entrar, varios ojos se aliviaron un poco. Ella pasó entre ellos sin detenerse, la espalda recta pero sin ritual de autoridad teatral. Su sola presencia era una certeza: la tormenta había sido un desafío, sí, pero la Villa seguía firme. El polvo y el barro eran ahora testigos silenciosos de lo que se había vivido, marcas físicas que contaban una historia concreta de resistencia y de trabajo minucioso para volver de las fracturas del temporal.
El comedor principal de la Villa Ferrari estaba abierto desde antes del amanecer. Las ventanas altas dejaban entrar una luz gris clara, todavía sin sol directo. El vidrio conservaba marcas de agua seca y polvo fino adherido, señales del viento cargado de sal y ceniza que había pasado días antes. El aire era más limpio que durante la tormenta, pero aún denso, con un olor persistente a humedad asentada en madera y piedra.
Las mesas largas, habitualmente reservadas para reuniones formales de la Famiglia, habían sido reorganizadas sin mantel. La superficie de madera mostraba vetas oscuras donde el agua había sido secada a toda prisa. Sobre ellas había canastas con pan rústico, algunas hogazas partidas en mitades irregulares, platos con queso fresco envuelto en tela, tarros de mermelada casera y jarras grandes de café negro y leche caliente. El desayuno no era abundante, pero era sólido, suficiente y organizado.
Quedaban solo tres familias refugiadas. Nueve adultos y cinco niños en total. El resto se había marchado el día anterior, algunos antes del amanecer, otros a media tarde, con botas embarradas y mochilas improvisadas. Leila había hablado con cada uno antes de que se fueran. No hubo discursos. Solo indicaciones claras, números escritos a mano y promesas cumplibles. Apoyo económico inmediato si encontraban su casa inhabitable. Fondos para reparar pequeños negocios. Contactos logísticos si necesitaban transporte o materiales. Nadie discutió ni pidió más. Se fueron con prisa, con ansiedad contenida, con la urgencia de volver a un lugar que ya no era el mismo.
Las tres familias que quedaban habían decidido pasar una noche más bajo techo seguro. Sus casas estaban en zonas más bajas, cerca de drenajes colapsados. No querían arriesgar a los niños con el barro aún húmedo y los cables eléctricos expuestos.
Leila entró al comedor cuando ya todos estaban sentados. Vestía pantalones oscuros, una camisa sencilla y un suéter fino sobre los hombros. El cabello recogido de forma práctica. Su rostro mostraba cansancio, pero no descuido. Caminó despacio, observando el ambiente con atención real, no ceremonial.
Los niños comían en silencio inusual para su edad. El cansancio también les había llegado. Uno de ellos sostenía una taza con ambas manos, soplando con cuidado antes de beber. Otro desmenuzaba el pan con concentración, como si fuera una tarea importante.
Nana Lucía se movía entre las mesas con una cafetera grande. Sus pasos eran lentos, pero firmes. Se detenía a preguntar si alguien quería más leche, más pan. No insistía. Solo ofrecía.
Lucía dice con acento siciliano, en voz baja pero clara, El café está fuerte. Si alguien quiere más agua caliente, la traigo.
Una mujer joven, con el cabello aún húmedo por un baño reciente, asintió en silencio. Lucía volvió a la cocina sin más palabras.
Leila tomó asiento en uno de los extremos, sin colocarse en la cabecera. Karlo estaba a su derecha, revisando mentalmente listas que ya no necesitaban papel. Zoe se sentó con Maurizio más allá, con una taza de té entre las manos. Gianluca no estaba presente. Se había quedado con Chiara, que seguía en reposo. Richhi y Shawnee estaban al otro extremo de la mesa. Cada uno con una taza de café y un plato de pan y queso.
Leila observó a las familias durante unos segundos antes de hablar. No levantó la voz.
Leila dice con acento siciliano,, —Después del desayuno, los coches estarán listos. Dos de mis hombres los llevarán hasta donde la calle sea transitable. A partir de ahí, ustedes deciden el ritmo. No hay prisa impuesta desde aquí.
Un hombre de unos cincuenta años, con manos grandes y uñas aún marcadas por barro seco, levantó la mirada.
El hombre dijo con acento siciliano, Mi taller quedó bajo agua hasta las rodillas. No sé si las máquinas sirven todavía.
Leila asintió una sola vez.
Leila dice con acento siciliano, No tome decisiones hoy. Vea, limpie lo que pueda, documente los daños. Karlo le dará un contacto. Si hay que reemplazar equipo, se hará. Primero revise si la estructura está sana.
El hombre bajó la cabeza. No era sumisión. Era alivio.
Una mujer mayor, sentada junto a una niña pequeña que jugaba con una cuchara, habló después.
La mujer dijo con acento siciliano, La casa de mi hermana se vino abajo por detrás. La nuestra sigue en pie, pero no sabemos si es segura.
Leila la miró directamente.
Leila dice con acento siciliano, No se queden solas. Si necesitan alojamiento temporal, aunque sea fuera de la ciudad, se gestiona. No quiero a nadie durmiendo en una casa que pueda ceder.
La niña levantó la vista hacia Leila. No sonrió. Solo la observó con atención abierta. Leila sostuvo la mirada un instante más de lo necesario, luego volvió al resto de la mesa.
El desayuno continuó en un silencio funcional. El sonido de tazas apoyándose con cuidado. El crujir del pan. El vapor subiendo lento desde las jarras. Afuera, en el patio, se oían pasos y voces bajas de los hombres que ya retiraban restos de ramas y sacos de arena.
Cuando terminaron, nadie se levantó de inmediato. Era el tipo de pausa que ocurre cuando se sabe que el siguiente movimiento es definitivo.
Leila se puso de pie sin ruido.
Leila dice con acento siciliano, Antes de que se vayan, necesito que escuchen algo.
Las miradas se alzaron de nuevo.
Leila continuó:
Leila dice con acento siciliano, Catania no se va a reconstruir en una semana. Habrá calles cerradas, servicios irregulares, ayudas que llegarán tarde. No esperen que todo funcione. Organícense entre vecinos. Si alguien intenta aprovecharse del caos, me lo hacen saber.
Leila añadió:
Leila dice con acento siciliano, Lo que se llevaron de aquí no es caridad. Es inversión en gente que sostiene esta ciudad. Cuando puedan volver a producir, a trabajar, a vivir, eso es lo único que importa.
Uno de los hombres se levantó primero. Caminó hacia Leila con respeto contenido. No intentó besarle la mano ni exagerar el gesto. Extendió la suya.
El hombre dijo, Gracias por no cerrarnos la puerta.
Leila estrechó su mano con firmeza breve.
Leila dice con acento siciliano, Gracias por confiar en mí, y en la Famiglia Ferrari.
Las despedidas fueron sobrias. Abrazos contenidos. Manos en los hombros. Palabras cortas. Los niños recogieron sus cosas sin alboroto. Las mujeres se cubrieron con chaquetas aún húmedas por la noche.
Desde la entrada de la Villa, Leila observó cómo los coches se alejaban lentamente por el camino aún irregular. El barro seco levantaba polvo fino. El sonido de los motores se perdió pronto entre los árboles.
Cuando el último vehículo desapareció, la Villa quedó extrañamente grande. Vacía de cuerpos ajenos. Silenciosa de otra forma.
Karlo se acercó a Leila.
Karlo dice con acento siciliano, Ahora empieza lo difícil.
Leila no lo miró de inmediato.
Leila dice con acento siciliano, No. Ahora empieza lo constante.
Entró de nuevo a la casa. El comedor aún olía a café y pan. Las mesas estaban por limpiar. Nana Lucía ya recogía platos con calma metódica.
Leila se detuvo un segundo en el umbral. Sintió el cansancio acumulado asentarse en las piernas, en la espalda, en la base del cuello. No se permitió sentarse.
La tormenta había pasado. La Villa seguía en pie. La ciudad, herida pero viva, comenzaba a moverse. Y ella, sin Mássimo aún a su lado, sostenía el centro de gravedad sin romperse.
La mañana avanzaba. Catania empezaba, lentamente, a reconstruirse.
“El Puerto Tranquilo, El Mar No. ”
Punto de vista: especial Michele.
Trapani — Una mañana después de la semana de ciclón Katy
La luz de la mañana era gris y baja. El agua salada seguía en el aire. Trapani, al oeste de Sicilia, había sentido el paso de Katy como un golpe lento y constante. La lluvia había sido intensa, y los vientos llegaron con más fuerza de lo normal para la costa occidental; los servicios de emergencia declararon alerta roja en varias zonas del sur de Italia debido al ciclón y a la saturación del terreno tras días de lluvia persistente, lo que dejó suelos inestables y problemas infraestructurales generalizados en la isla.
Las calles de Trapani estaban húmedas. El olor del mar se mezclaba con tierra y barro en las aceras. En el puerto viejo los barcos pequeños habían sido asegurados con más cuerdas de las acostumbradas. Las olas eran más grandes de lo habitual, rompiendo contra los muelles de piedra con un ritmo lento, todavía marcado por la tormenta reciente.
Michele caminaba por el paseo marítimo. Llevaba una gabardina oscura —ligeramente húmeda— y una bufanda que no ocultaba completamente el frío. El sonido de las gaviotas era áspero, como si picotearan constantemente contra las olas. Sus zapatos crujían sobre el suelo mojado. Sus ojos, de un verde profundo, escanearon el horizonte con calma y atención. Después de Palermo y Catania, Trapani se veía tranquila, pero él sentía que el peligro no era solo visible.
Trapani, a diferencia de Palermo, no había tenido evacuaciones masivas ni deslizamientos catastróficos, pero las olas grandes y las inundaciones menores habían afectado edificios costeros y rutas de transporte.
Michele llegaba al Puerto de Trapani para supervisar uno de sus proyectos de turismo náutico: un plan de excursiones marítimas y rutas culturales que había promovido como actividad económica legal y sostenible. Sus negocios no eran ilegales; siempre buscaba mantener todo dentro de lo que la ley permitiera. Su fachada era empresas de turismo, restauración y logística portuaria.
Un trabajador del puerto se acercó con pasos lentos. Llevaba chaleco reflectante y botas de goma, con la cara marcada por la fatiga.
El trabajador dice con acento siciliano, “Signor Venturi, el muelle cuatro ha perdido parte del pavimento por el oleaje. El acceso está inestable.”
Michele asintió, sin perder la mirada en el agua.
Michele dice con acento trapanés, “Gracias. ¿Las embarcaciones están aseguradas?”
El hombre respondió con un gesto afirmativo.
El trabajador dice con acento siciliano, “Sí. No hubo daños graves, pero recomendamos evitar salidas al mar hoy.”
Michele caminó un poco más. Tocó con la yema de los dedos la barandilla metálica, fría, cubierta de gotas de agua que se agrupaban por gravedad y salinidad. El viento del mar golpeó su rostro con una fuerza moderada, como un recordatorio de que la naturaleza aún no se había ido del todo.
Sus pensamientos eran claros. Trapani había sufrido menos que otros lugares, pero la economía local dependía del turismo, y los turistas aún tenían miedo de viajar a Sicilia tras el ciclón. Las rutas de tren y carretera entre Trapani y Palermo estaban operativas, pero con retrasos y cierres parciales tras la lluvia intensa.
Michele entró a la pequeña oficina que tenía cerca del puerto. Allí, un tablero con mapas, datos económicos y calendarios marcaba los ingresos proyectados para la temporada. Ahora, muchas fechas estaban tachadas por cancelaciones o advertencias climáticas. Por debajo había facturas, recibos, correos de proveedores y correspondencia con empresas de seguros.
Sus dedos recorrieron una hoja con cifras que mostraban pérdidas proyectadas por el descenso del turismo tras el desastre climático en Sicilia. El gobernador de la región había declarado estado de emergencia para gestionar apoyos económicos y reconstrucción, pero los fondos iniciales apenas cubrían una fracción de las necesidades estimadas —solo un porcentaje mínimo de los daños totales que podían alcanzar hasta 2 000 millones de dólares o más en el sur de Italia— y era probable que la disponibilidad de recursos fuera limitada.
Un asistente tocó la puerta y entró con una carpeta.
El asistente dice con acento siciliano, “Los hoteles asociados reportan cancelaciones por una semana más. Y algunos vuelos a Birgi fueron reasignados o cancelados ayer.”
Michele tomó la carpeta con lentitud y la revisó en silencio. No mostró nerviosismo. Su frente no se frunció. Su voz fue precisa, sin emoción aparente.
Michele dice con acento trapanés, “Gracias. Esto lo presentaremos luego en la reunión con la cámara de comercio. Necesitamos mantener la confianza de los bancos.”
El asistente salió sin más. Michele cerró los ojos un segundo, como si registrara cada número en su mente. Sabía que la economía local no se recuperaría rápidamente sin infraestructura estable, y que las pérdidas en otros lugares de Sicilia —incluidos deslizamientos de tierra que tenían al borde del colapso a comunidades completas como Niscemi— tendrían repercusiones en todos los negocios de la región. (Wikipedia)
Desde niño, Michele siempre había sabido diferenciar entre riesgo calculado y caos irreversible. Ahora su mirada se dirigió a la línea del mar, donde las olas rompían con fuerza desigual contra las rocas. Sabía que Trapani todavía tenía puerto y turistas potenciales. Sabía que su empresa podía sostenerse si tomaba decisiones puntuales y actuaba sobre hechos, no sobre miedo ni histeria mediática.
Su proyecto de turismo estaba lejos de terminar.
Pero necesitaba aliados, recursos, y sobre todo, una estabilidad que el ciclón había puesto en duda.
Michele se levantó, fue hasta el ventanal y miró hacia la ciudad. El viento ingresó por una rendija en la ventana. El olor de agua salada y tierra húmeda le llegó a la nariz.
Michele dice con acento trapanés, “Trapani resistirá. Pero debemos trabajar más y mejor.”
Sus manos se cerraron sobre el escritorio. No había pánico.
Había estrategia.
Y allí, en la tranquila costa de Trapani, con el mar aún agitado, Michele sabía que su juego legal tenía que ser firme, más allá de los informes, más allá de los daños visibles, más allá del miedo.
“Vientos Cruzados.
”
Punto de vista: Especial desde Trapani, Michele.
El viento seguía entrando desde el mar, menos violento que días atrás, pero constante. En la casa de los Venturi-Ferrari todavía olía a humedad y a madera mojada. Michele cerró la contraventana del comedor con cuidado antes de sentarse. No quería levantar la voz. No hacía falta.
Su madre, Elena, estaba sirviendo café en tazas desiguales. No era una reunión formal; era una conversación que llevaba años esperando su momento. Gerónimo, su padre, permanecía de pie, mirando el jardín dañado sin decir nada.
Michele rompió el silencio con un suspiro corto.
Michele dice con acento trapanés, “No los reuní por negocios. No solo por eso.”
Elena dejó la cafetera y se sentó frente a él. Sus manos temblaban apenas, cansadas, no nerviosas.
Elena dice con acento trapanés, “Lo sé. Cuando hablas así… es porque la familia está en medio.”
Gerónimo se giró despacio y tomó asiento. Sus hombros estaban más caídos de lo habitual.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Habla, figlio. Te escuchamos.”
Michele apoyó los codos en la mesa.
Michele dice con acento trapanés, “Alessio me llamó hace unos días. Dice que fue engañado. Que la caída de la constructora lo tomó por sorpresa. Que necesita respaldo.”
Gerónimo soltó una exhalación lenta por la nariz.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Eso dicen todos cuando el suelo se les abre.”
Elena no sonrió. Bajó la mirada a la taza.
Elena dice con acento trapanés, “Matteo también decía eso. Siempre había otro culpable.”
El nombre quedó ahí, sin dramatismo, pero con peso. Michele levantó la vista hacia su madre.
Michele dice con acento trapanés, “Por eso no quiero apoyarlo. No así. No ahora.”
Elena lo observó con atención, como cuando era niño y intentaba explicar algo difícil.
Elena dice con acento trapanés, “Tu tío sabía exactamente hasta dónde llegaba. Y hasta dónde no. Pero también sabía a quién apartar.”
Gerónimo frunció el ceño.
Gerónimo dice con acento trapanés, “A ti nunca te quiso cerca, Elena. Ni a su figlia Leila.”
Elena asintió, sin rabia.
Elena dice con acento trapanés, “Porque no hacíamos lo que él quería.”
Hubo un silencio breve. Afuera, una rama chocó contra la pared con un golpe seco.
Michele tomó aire.
Michele dice con acento trapanés, “Quiero acercarme a Leila.”
Elena levantó la cabeza de inmediato.
Elena dice con acento trapanés, Que bueno Figlio, es hora de que te acerques a tu prima.
Gerónimo los miró a ambos.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Eso no es una decisión menor.”
Michele negó con la cabeza.
Michele dice con acento trapanés, “No lo es. Pero tampoco es impulsiva. Leila está sola en Catania. Siempre lo estuvo, incluso cuando Matteo vivía.”
Elena cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, su voz salió más baja.
Elena dice con acento trapanés, “Cuando me alejaron de Catania, supe que algún día eso le pasaría a ella. Matteo no soportaba a las mujeres que pensaban por sí mismas.”
Michele no la interrumpió.
Elena continuó.
Elena dice con acento trapanés, “No voy a mentir. Hay una parte de mí que está aliviada de que mi hermano ya no esté. Lo quise. Pero también lo temí.”
Gerónimo apoyó su mano sobre la de ella. Un gesto simple. Íntimo.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Y Alessio no es distinto. Solo más pulido.”
Michele asintió.
Michele dice con acento trapanés, “Eso es lo que me preocupa. Si se acerca a Leila, no será por protegerla.”
Elena sostuvo la mirada de su hijo.
Elena dice con acento trapanés, “Entonces hazlo tú primero.”
Elena dice con acento trapanés, “ayuda a tu prima hijo, que si Alessio es como lo pensamos, corre peligro de nuevo. “
Michele tragó saliva.
Michele dice con acento trapanés, “Sí lo haré madre, no como capo. No como salvador. Como familia.”
Gerónimo reflexionó unos segundos antes de hablar.
Gerónimo dice con acento trapanés, “No vamos a respaldar a Alessio. Si cae, cae solo. Nuestros negocios no se manchan con rumores que huelen mal.”
Gerónimo añadió:
Gerónimo dice con acento trapanés, “Pero sí vamos a apoyar a Leila. Porque Sicilia no se sostiene sin memoria. Y porque la sangre, cuando se cuida, también protege.”
Michele inclinó la cabeza, agradecido.
Elena apretó la mano de Michele.
Elena dice con acento trapanés, "Gracias, figlio. No podrías darme una noticia mejor. Ella lo necesita."
Elena soltó la mano de su hijo, se enderezó y su voz tomó un matiz de urgencia práctica.
Elena dice con acento trapanés, "Lo primero es el apoyo moral. No podemos llegar con números o planes de negocios, no hoy. Lo que Leila ha vivido en Catania con ese ciclón… no es solo una cuestión de ladrillos rotos. Es el peso de la ciudad sobre sus hombros."
Gerónimo asintió, su rostro serio.
Gerónimo dice con acento trapanés, "Es cierto. Ella está conteniendo el caos sola."
Elena miró a su hijo con una decisión inquebrantable en sus ojos verdes.
Elena dice con acento trapanés, "Iremos mañana. Los tres. Iremos a Catania. Nos haremos presentes en la Villa Ferrari. Que sepa que no está sola en esto.
Michele sintió una punzada de alivio. La espera había terminado.
Michele dice con acento trapanés, "De acuerdo. Hablaré con mi asistente para que prepare el coche temprano. Y para que no seamos molestados. Iremos discretamente."
Gerónimo levantó la cabeza.
Gerónimo dice con acento trapanés, "El camino aún es irregular, pero es transitable. Es una buena decisión, Elena."
Elena se puso de pie, la tensión en sus hombros parecía haber cedido un poco. Caminó hacia la pequeña cocina integrada con el comedor.
Elena dice con acento trapanés, "Bien. Mañana es un día largo. Yo serviré algo ligero para la cena. Nadie ha comido decentemente desde que Katy nos dio un susto."
El sonido de platos y el abrir y cerrar del refrigerador llenaron el silencio mientras Gerónimo y Michele intercambiaban una mirada de entendimiento tácito. El camino a Catania no era solo geográfico; era un retorno a la historia familiar que habían postergado demasiado.
Re: La resiliencia de la reina Ferrari
Publicado: Jue Feb 05, 2026 5:58 am
por Larabelle Evans
Donde Mássimo reclama a su mujer.
Punto de vista: Leila.
El silencio de la Villa Ferrari, roto solo por el murmullo distante de los trabajos de limpieza en la ciudad, fue perforado por el sonido inconfundible de un motor ajeno deteniéndose ante el portón principal. No era el ronroneo suave de los autos de la Famiglia, sino el ruido más áspero de un vehículo alquilado que había luchado contra el lodo de las rutas secundarias.
Leila estaba en el despacho, revisando los últimos informes de daños estructurales, cuando escuchó la parada. Instintivamente, su cuerpo se enderezó. Había pasado días en un estado de vigilia constante, donde la preocupación por Chiara, la seguridad de la Villa y la ausencia de noticias de Turín habían creado una tensión física constante.
Karlo entró sin llamar, su rostro impasible, pero su voz portaba un matiz de alivio contenido.
Karlo dice con acento siciliano, El señor Martini. Acaba de llegar de Fontanarossa en un vuelo comercial. No pudo conseguir un helicóptero.
Leila no se movió de inmediato. La noticia, tan esperada, la golpeó con la fuerza de un ancla. La tensión en su cuello, la que no había podido liberar ni siquiera al dormir, se disolvió un instante. El cansancio se hizo presente, pero también una oleada de anticipación que la hizo sentir, por primera vez en días, ligera.
Leila se levantó, dejando caer el lápiz sobre la mesa con un ruido sordo.
Leila dice con acento siciliano, No lo hagas esperar.
Salió del despacho y caminó hacia el patio interior con un paso que mezclaba la dignidad de la Regina con la urgencia de la mujer.
Mássimo estaba en el umbral. No llevaba el impecable traje de Turín, sino pantalones de trabajo, una chaqueta de cuero manchada de barro en los bajos y una expresión de furia concentrada en su rostro. La ansiedad y la frustración de los días de silencio, de la impotencia de no poder llegar a ella, habían tomado un peaje visible. Su barba de varios días acentuaba sus ángulos, y sus ojos, oscuros y penetrantes, la buscaron de inmediato.
No hubo saludos formales. No hubo preguntas sobre la tormenta o los daños. Solo la necesidad física de confirmar la realidad.
Mássimo caminó hacia ella con una zancada larga y decidida, ignorando a Karlo y a los hombres de seguridad. Su paso no era el de un huésped, sino el de alguien que reclama lo que es suyo por derecho.
Mássimo dice con acento turinés, con voz grave y controlada, Estaba a punto de incendiar TUrín.
Leila no le dio tiempo a decir más. La distancia entre ellos desapareció cuando ella se lanzó a su encuentro. Su abrazo fue un acto de rendición y de reclamo mutuo. Ella no era la Regina; él no era el Capo. Eran simplemente dos personas que se habían extrañado hasta el límite de la razón.
Leila lo abrazó con una fuerza desesperada, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la chaqueta húmeda, el olor a tabaco, a viaje y a esa testosterona limpia que solo él tenía.
Leila dice con acento siciliano, en un susurro ahogado contra su hombro, Te extrañé. Te extrañé hasta que me dolió el alma.
Mássimo apretó su abrazo con una violencia contenida, levantándola del suelo un instante, como si temiera que ella pudiera desaparecer. El alivio lo golpeó como una ola, disolviendo su rabia en una ternura cruda.
Mássimo dice con acento turinés, su voz vibrando contra su oído, Eres una loca. ¿Sabes lo que es no poder comunicarme contigo? ¿No saber si los muros de esta puta Villa estaban en pie?
La bajó lentamente, pero mantuvo el agarre firme en su cintura, obligándola a sostener su mirada. Sus ojos oscuros escanearon cada rasgo de su rostro, buscando el cansancio, la herida, la grieta.
Leila sonrió, un destello de genuina alegría que rompió la dureza de su expresión.
Leila dice con acento siciliano, Estoy bien. Estoy cansada, pero estoy bien. El cuerpo está entero. La Villa está entera. Y tú estás aquí.
Mássimo no respondió con palabras. Se inclinó y la besó. El beso fue profundo, posesivo, lleno de la ansiedad acumulada. No era el beso tierno de un amante que saluda, sino el beso urgente de un hombre que ha temido perder a su mujer y necesita sentirla viva, ahora, contra su boca. El sabor a café y a viaje, a la vida real que él traía de afuera, fue un ancla poderoso.
Cuando se separaron, Mássimo apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos un instante, respirando su aroma a limpieza y humedad.
Mássimo dice con acento turinés, con voz más suave, casi un ruego, Nunca más. Si hay un huracán, te vas conmigo.
Leila lo tomó del rostro, sus pulgares acariciando el contorno de su mandíbula.
Leila dice con acento siciliano, No podía irme. Mi gente me necesitaba. Pero me alegra que hayas venido a por mí.
Mássimo se enderezó, la autoridad volviendo a sus ojos. Escuchó los ruidos de la Villa: el generador, el martillo distante, las voces bajas. Su mirada se dirigió al barro en el patio.
Leila tomó su mano y lo condujo al interior, sin soltarlo. El contacto era una declaración de propiedad y de necesidad.
Leila lo condujo directamente por el pasillo. Pasaron junto a Karlo, que asintió con una formalidad seca, respetando la reunión que no podía ser interrumpida. La mano de Mássimo, grande y fuerte, se mantuvo entrelazada con la de ella, un ancla palpable. No se detuvieron a hablar con nadie. El mensaje era claro: la Regina había regresado a su centro, y ese centro era él.
Subieron las escaleras hacia el ala privada. Al entrar en su habitación, el contraste con el caos del exterior fue inmediato. La habitación estaba en penumbra, limpia y tranquila. El olor a humedad de la tormenta no había penetrado aquí.
Mássimo cerró la puerta de golpe con el pie, sin soltar la mano de Leila. La empujó suavemente contra la puerta y la acorraló, sus ojos fijos en los de ella, oscuros y llenos de una necesidad insaciable.
Mássimo dice con acento turinés, en un gruñido bajo: —Dime que no estás herida. Dímelo.
Leila, sintiendo la adrenalina del reencuentro y el alivio de la certeza, se fundió contra su cuerpo.
Leila dice con acento siciliano, con voz ronca: —Ni un rasguño. Solo cansancio. Pero me moría de frío sin ti.
El cuerpo de Mássimo vibró. Él la tomó del rostro con ambas manos y la besó de nuevo, esta vez con una ternura brutal que derritió el muro de contención que Leila había construido durante días. El beso no era lujuria; era la confirmación de la supervivencia. Era un refugio. Era la promesa de que el infierno había terminado.
Leila se aferró a su chaqueta, sintiendo la textura áspera de la piel y el calor del hombre. En ese abrazo, en la presión de sus labios, la Regina y la mujer se fundieron. Se entregó al abrazo, absorbiendo su fuerza, su furia y su alivio. La soledad se evaporó, reemplazada por la certeza de que él, el ancla, había regresado.
Mássimo dice con acento turinés, con la voz profunda, besándole el cuello: —No te he perdonado el susto. Pero lo haremos en la cama, piccolina.
La despegó lo suficiente para desabrocharle la bata con un movimiento rápido y posesivo. Bajo la seda, Leila vestía una fina camiseta de tirantes y pantalones de pijama sencillos. Él deslizó sus manos por su cintura, sintiendo la carne firme, confirmando su presencia física.
Leila sonrió, su cansancio se transformaba en una chispa.
Leila dice con acento siciliano, —Pero primero, tienes que comer. Has conducido en esta mierda de barro y tienes cara de haber dormido en un aeropuerto.
Mássimo le mordió el labio suavemente, negándose a soltarla.
Mássimo dice con acento turinés, Solo quiero el postre, amore.
Leila rió, el sonido de su risa era un bálsamo que Mássimo no había escuchado en días.
Leila dice con acento siciliano, El postre es el último plato, Capo. Espera.
Ella se separó de él lo suficiente para deslizar la mano hacia el costado de Mássimo.
Leila dice con acento siciliano, Te necesito alimentado, fuerte. Y luego... solo para mí. Ve a ducharte. El baño está al final del pasillo. El agua está caliente, gracias al generador. Yo bajo a la cocina.
Mássimo la miró, su deseo por ella luchando con la lógica. Él sabía que ella estaba en lo cierto. Necesitaba recuperar fuerzas para ser el hombre que ella merecía.
Mássimo dice con acento turinés, gruñendo, Diez minutos. Ni un segundo más. Si no estás aquí cuando salga, te buscaré en la cocina y nos quedaremos allí.
Leila asintió, su sonrisa era la promesa de su reencuentro. Le dio un beso rápido, firme y se deslizó fuera de su agarre.
Leila bajó las escaleras. El olor a caldo de pollo aún flotaba en el ambiente, pero la cocina se había calmado, volviendo a su rutina metódica. Nana Lucía estaba sentada a una mesa de trabajo, amasando pan de forma lenta y constante, con las manos enfundadas en harina.
Leila se acercó a la mesa y se sentó frente a ella, respirando el aroma familiar a levadura y esfuerzo.
Leila dice con acento siciliano, con una voz que mostraba gratitud, Lucía. Gracias por mantenernos a flote.
Nana Lucía levantó la vista, sus ojos oscuros llenos de una calidez maternal.
Lucía dice con acento siciliano, La Famiglia se mantiene unida por el estómago, bambina. Y por ti. El caldo está casi terminado. ¿Quieres un poco?
Leila asintió.
Leila dice con acento siciliano, —Sí. Pero quiero algo especial. Ha llegado Mássimo. Necesita comer algo caliente, fuerte y rápido.
Nana Lucía sonrió, una expresión de comprensión.
Lucía dice con acento siciliano, Tu hombre de Turín. El que tiene muchos modales, pero fuego en los ojos. Lo vi llegar. Necesita que le recuerdes que no está peleando una guerra, sino que está en casa.
Leila sonrió, sabiendo que Lucía lo había entendido todo.
Leila dice con acento siciliano, ¿Qué tienes para un hombre que puede morir de hambre, pero que necesita volver a vivir?
Lucía golpeó la mesa con la palma de la mano, pensativa.
Lucía dice con acento siciliano, Un plato simple, pero hrico. Pollo alla Cacciatora. Lleva el vino, el romero y las aceitunas. Es rápido, es nutritivo, y es la mejor comida que un siciliano puede darle a un extranjero. Y para acompañar, focaccia recién horneada, con aceite de Licata y sal marina.
Leila se levantó, su corazón lleno de un calor inesperado.
Leila dice con acento siciliano, Perfecto. Dos platos grandes. Y un poco de vino tinto. Del que guardaste para las malas noticias, pero que hoy usaremos para celebrar.
Nana Lucía asintió, volviendo a su trabajo con una energía renovada.
Cena placentera.
Disclaimer.
Escena con contenido sexual explícito, Apto solo para mayores de edad. Queda bajo su responsabilidad la lectura de esta escena.
Punto de vista: Leila.
Mientras Lucía comenzaba a preparar el Pollo alla Cacciatora con la metódica eficiencia de los años, Leila tomó una botella del vino tinto especial del almacén y dos copas de cristal pesado. La Villa, por primera vez en días, se sentía en equilibrio. La amenaza del ciclón había sido superada, Chiara estaba fuera de peligro, y el ancla de Turín había regresado.
Regresó a su habitación. El aroma a jabón de hombre, a limpieza y a Mássimo, flotaba en el aire. Él estaba en el baño, y ella escuchó el sonido fuerte y constante del agua. Dejó la bandeja con el vino y las copas en la mesilla de noche y se sentó en el borde de la cama, esperando. No encendió la luz. Prefería la penumbra, la intimidad de la quietud.
Mássimo salió del baño diez minutos después, exactamente como había prometido. Llevaba solo una toalla oscura atada a la cintura, su torso musculoso, con la piel húmeda y el cabello oscuro pegado a la frente. El vapor de la ducha lo envolvía ligeramente. Sus ojos oscuros la encontraron de inmediato. Ya no había furia, solo una necesidad calmada y profunda.
Se acercó a ella. No dijo una palabra. Simplemente se sentó a su lado, la toalla rozando su piel. Ella deslizó la mano por su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo su palma. Él tomó su rostro entre sus manos y la besó de nuevo, un beso lento y sin prisas, saboreando el reencuentro.
Leila dice con acento siciliano, en un murmullo, Te traje vino. Y Lucía está cocinando Pollo alla Cacciatora.
Mássimo dice con acento turinés, su voz grave y cargada de ternura, Yo solo quiero esto.
Acarició su nuca y hundió el rostro en el hueco de su cuello, respirando profundamente su aroma. El simple acto de estar juntos, sin la presión del mundo exterior, era un alivio inmenso.
Leila lo atrajo más cerca.
Leila dice con acento siciliano, Lo sé. Pero necesitas comer. Y yo necesito que me recuerdes quién soy cuando no estoy tomando decisiones.
Mássimo se separó apenas para mirarla. Sus ojos oscuros eran incandescentes.
Mássimo dice con acento turinés, Eres mía. Siempre. Regina y puttana. Y todo lo que hay entre medio.
La levantó del borde de la cama y la obligó a ponerse de pie frente a él. Sus manos recorrieron el contorno de su cuerpo, una verificación silenciosa y sensual.
Mássimo dice con acento turinés, En Turín, la única cosa que me mantuvo en mi sitio fue saber que, si perdías el control, yo iría y lo tomaría por ti.
Él la besó con una profundidad que la hizo temblar. El beso era una orden, una promesa y una toma de posesión.
Mássimo la tomó de la cintura, la toalla resbaló y cayó al suelo, un gesto de total abandono.
Mássimo dice con acento turinés, —Te voy a enseñar quién es el Capo aquí. Y no tiene nada que ver con Sicilia.
La levantó en brazos y la depositó suavemente sobre la cama. Sus ojos oscuros nunca abandonaron los de ella. El beso se hizo más intenso, un intercambio urgente que sellaba la separación forzada. Mássimo era metódico, su necesidad profunda y controlada. Deslizó sus manos bajo la camiseta de Leila, sintiendo la piel tibia bajo la seda.
Diez minutos después, Nana Lucía llamó a la puerta con discreción.
Lucía dice con acento siciliano, en voz baja: —Bambina. La comida.
Leila se separó de Mássimo, su respiración agitada. Se deslizó de la cama y abrió la puerta lo justo para tomar la bandeja de plata que Lucía había dejado cuidadosamente en el suelo del pasillo. La bandeja contenía dos cuencos humeantes del Pollo alla Cacciatora y la focaccia recién horneada.
Leila cerró la puerta y colocó la bandeja sobre la mesilla de noche. Se giró hacia Mássimo, que estaba recostado contra la almohada, su cuerpo relajado pero sus ojos llenos de una intensidad inalterable.
Leila dice con acento siciliano, —Ves. El postre espera. Come.
Mássimo se incorporó, tomando la bandeja con una mano y depositándola sobre las sábanas. El olor a romero, aceitunas y vino caliente llenó la habitación, una bienvenida potente y terrenal. Leila se sentó a su lado, tomando el primer sorbo de vino.
Mássimo comió con la avidez del hambre real, pero sin perder su atención hacia ella. Cada bocado era un acto necesario, pero cada mirada a Leila era un acto de posesión.
Mássimo dice con acento turinés, mientras comía, No has dormido. Puedo verlo en tus ojos.
Leila dice con acento siciliano, “lo que pasa es que Chiara se había puesto mal, una neumonía al parecer. Pero ya está mejor, Gianluca la ha estado cuidando con mimo.
Mássimo tomó un trozo de focaccia, untándolo en el jugo del pollo, y se lo ofreció a Leila. Ella lo aceptó, sus dedos rozándose.
Mássimo dice con acento turinés, —Bien. Ahora solo importas tú.
Terminaron la comida en un silencio cómodo, roto solo por el ruido de los cubiertos y el sorber del vino. Cuando los cuencos estuvieron vacíos, Mássimo dejó la bandeja en el suelo, fuera del alcance, y se giró completamente hacia Leila.
Mássimo dice con acento turinés, —Ahora, el postre.
Tomó a Leila por la cintura y la acostó sobre la cama. Se colocó sobre ella, su peso un recordatorio físico de su presencia. El beso que siguió no era apurado, sino profundo, lento y lleno de una ternura posesiva que desarmó a Leila. Él la besó como si estuviera grabando su sabor, su forma, su esencia, un acto de amor y de reclamo.
Mássimo la desnudó despacio, sus manos moviéndose con la familiaridad de un escultor que conoce cada curva de su obra. Cada caricia era una pregunta que Leila respondía con un gemido. Él era protector, asegurándose de que ella estuviera cómoda, de que cada toque fuera un alivio para el cansancio acumulado. Pero era intensamente él, dominante, tomando el control que ella necesitaba ceder.
Leila se abandonó al placer, a la sensación de estar sostenida, cuidada y deseada con una intensidad sin filtros. El cansancio se desvaneció, reemplazado por un fuego que solo él podía encender.
Mássimo se movió con la metódica precisión de quien ha esperado demasiado. No había prisa, solo una necesidad profunda y controlada. El contacto de su piel húmeda contra la de ella era algo caliente que desintegró el último vestigio de su tensión. Sus besos no eran solo en la boca, sino en el hueco de su cuello, en sus pechos, cada uno un reclamo silencioso y absoluto.
La levantó ligeramente, deslizándose entre sus piernas. Sus manos se movieron para separarlas, un gesto de posesión no negociable que obligó a Leila a adoptar la postura que él deseaba: abierta, vulnerable, enteramente suya.
Mássimo se colocó sobre ella, pero no entró. En su lugar, se inclinó, su aliento caliente contra su oreja, su voz profunda y ronca por la necesidad.
Mássimo dice con acento turinés, en un susurro grave, "Mírame. Abre los ojos y mírame, piccolina. Dímelo. Dime dónde has estado. Dime que eres mía, ahora y siempre."
Leila sintió un calor inconfundible que no era solo físico. Era la sumisión que él le exigía, la rendición mental que la liberaba de la carga de ser la Regina. El sonido de su acento, la exigencia en su voz, la encendió. Abrió los ojos, su mirada febril encontrando la suya.
Leila dice con acento siciliano, con la voz apenas un hilo, "Soy tuya, Mássimo. Solo tuya. Estuve en la tormenta… esperándote."
Él sonrió, una expresión breve y satisfecha que no llegó a sus ojos, sino que se quedó en la curva de su boca. Bajó la cabeza y mordió suavemente la sensible piel bajo su clavícula, un acto de posesión.
Mássimo dice con acento turinés, "No tienes que esperar nunca más, amore. Estoy aquí. Tienes que respirar por mí. Vas a jadear mi nombre y me vas a decir todo lo que has querido en estos días sin mí. Tu boca me pertenece."
Su mano, grande y fuerte, se movió con deliberada lentitud. El contacto fue directo y sin concesiones, un toque que era un mandato. Él la exploró sin prisa, disfrutando de su respuesta inmediata, de la tensión que se acumulaba en su vientre. Leila arqueó la espalda, su respiración superficial y entrecortada.
Leila dice con acento siciliano, "Mássimo… por favor…"
Mássimo ignoró el ruego. En cambio, usó su cuerpo para manipularla, para empujarla hasta el borde de la cama, obligándola a doblar las rodillas.
Mássimo dice con acento turinés, "Cállate. No me pidas nada. Solo dame. Dame tu calor, tu cuerpo. Necesito sentir que lo que dejé aquí está intacto, que mi ancla no se ha roto. Necesito oír que me perteneces, no como la Regina de Catania, sino como la mujer que me necesita más que a nada."
Sus palabras, dichas con una mezcla de ternura y dominio, golpearon a Leila con una intensidad erótica que disolvió cualquier resistencia. Ella amaba que él la viera así, que le permitiera ser solo carne y deseo.
Leila cerró los ojos, gimiendo. "Tuya… soy tuya. Tómame. Por favor, tómame."
Mássimo obedeció al ruego de su sumisión, pero no a la súplica de la velocidad. Se posicionó sobre ella. La posesión fue lenta, deliberada y absoluta. Su entrada fue un peso que la inmovilizó y la reclamó. Leila gimió, el sonido era un alivio y una bienvenida. El contacto fue completo, profundo, la negación de la separación.
Mássimo se movió con una fuerza que no era violenta, sino decisiva. Su ritmo era lento, castigador en su control, un recordatorio de que él dictaba los términos de su placer. Ella lo sentía fuerte, el motor de su cuerpo, el único hombre capaz de reducir su autoridad a un gemido.
Mássimo dice con acento turinés, con un ritmo que igualaba sus palabras, "Así… mírame… Siénteme dentro de tí. Soy todo lo que necesitas.
Su mano se movió a su nuca, sosteniendo su cabeza con una firmeza que no permitía la huida, sino que dirigía su mirada a la suya.
Leila no podía hablar, solo emitir gemidos, su cuerpo respondiendo a la fuerza elemental de su hombre. Él era el caos que ella deseaba, la única cosa que no podía controlar y la única cosa que la hacía sentir completa.
Leila dice con acento siciliano, "Más… Mássimo, más rápido. Por favor, no pares…"
Él sonrió, pero su ritmo se ralentizó aún más, un acto de dominio puro.
Mássimo dice con acento turinés, "Yo decido el ritmo, piccolina. Acostúmbrate. No vas a terminar hasta que yo te lo ordene. Vas a sentir cada segundo. Te lo mereces por haberme hecho esperar."
El control de Mássimo era total. Su cuerpo sobre el de ella era un peso de certeza, un ancla ineludible. En lugar de acelerar el ritmo como Leila le había suplicado, Mássimo detuvo el movimiento de su cadera. La inmovilidad, con su cuerpo profundamente en ella, fue un castigo más efectivo que cualquier látigo.
Leila gimió, su placer detenido en el borde de un precipicio. Su pelvis se alzó instintivamente, buscando la fricción que él le negaba.
Mássimo dice con acento turinés, en una voz grave y gutural, "Quietecita. El cuerpo solo responde a mi voz. Si te mueves sin permiso, paramos."
Ella se quedó inmóvil, temblando bajo él, con los ojos cerrados. La humedad de su deseo se intensificaba con la inacción forzada. El contacto profundo de su cuerpo dentro del suyo era un tormento delicioso.
Mássimo sonrió, un destello de dientes en la penumbra. Su mano abandonó la nuca de Leila y se deslizó por su vientre, hasta encontrar el epicentro de su placer. Sus dedos, grandes y rudos, se movieron con una precisión que ignoraba su súplica. El roce era duro, directo, diseñado para empujarla al límite.
Leila arqueó la espalda, su grito contenido por la mano de Mássimo que, con un movimiento rápido, cubrió su boca. Ella solo podía emitir sonidos ahogados, una sinfonía de rendición y agonía placentera.
Mássimo dice con acento turinés, "Eso es. Gime. Pero solo para mí. Me dirás cuánto me necesitas con tus caderas, no con tu voz."
La acción de su mano era implacable, creando una sobrecarga sensorial. Mássimo, con su cuerpo aún inmóvil dentro de ella, observaba la reacción de su rostro, el sudor fino en sus sienes, el temblor que recorría sus músculos. Él le estaba robando el control que ella había usado para defender a Catania.
Mássimo intensificó el movimiento de sus dedos, encontrando el punto exacto donde la presión era una tortura y un éxtasis simultáneos. Leila se retorcía bajo su peso, sus piernas apretándose alrededor de la cintura de él en un espasmo involuntario. Las uñas de Leila se clavaron en el hombro de Mássimo, un agarre desesperado.
Mássimo dice con acento turinés, la voz grave y baja, cerca de su oreja: "Dime que te estoy rompiendo. Dímelo, piccolina. Dime que no puedes más."
Leila no pudo formular palabras. Su cabeza se movía de lado a lado en la almohada, su boca solo emitía jadeos roncos. El placer era una descarga eléctrica incontrolable, acumulándose sin válvula de escape. Él no permitía que se viniera; solo construía la tensión, ladrillo a ladrillo.
Mássimo, sintiendo su clímax acercarse peligrosamente, retiró la mano de su cuerpo con brusquedad. El vacío repentino la hizo gritar de frustración.
Leila dice con acento siciliano, con la voz quebrada por la súplica: "¡No! ¡Mássimo, por favor! No me hagas esto..."
Mássimo la miró. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de triunfo y deseo. Todavía estaba plantado profundamente dentro de ella, inmóvil.
Mássimo dice con acento turinés, "Ahora lo pides. Antes no lo hacías. Tu cuerpo me pertenece, amore. Y va a llegar a donde yo quiera, cuando yo quiera."
Con una fuerza repentina, reanudó su penetración. El embate fue duro, profundo, llenando el vacío y disparando de nuevo el placer. Mássimo comenzó un ritmo lento pero implacable, golpeando su cérvix con cada estocada, recordándole que él era el dueño del movimiento. Él tomó el control de sus caderas, levantándolas, llevándolas en un ritmo que ella no podía seguir.
Leila gimió, sintiendo el espasmo que finalmente la alcanzó. Su cuerpo se arqueó por completo, sus músculos se tensaron hasta el límite. Un grito ahogado escapó de su garganta. El orgasmo la golpeó con la fuerza de una marejada, liberando la tensión acumulada. Ella se aferró a su espalda, sus dedos tensos, sintiendo la oleada de placer que la vaciaba y la renovaba.
Mássimo no se detuvo de inmediato. Solo después de que el temblor de ella cedió, él se movió una última vez, profundo y final. Exhaló con fuerza, el alivio inundando su propio cuerpo. Se separó lentamente de ella.
Mássimo la miró con una expresión de profunda satisfacción, sin ocultar su dominio. Se deslizó de la cama y se colocó de rodillas junto a ella.
Mássimo dice con acento turinés, "Ahora, tú me sirves a mí. Es tu turno de darme la bienvenida, Regina."
Mássimo se movió sobre la cama, girando el cuerpo de Leila con un movimiento autoritario. Ella se arrodilló entre sus piernas, su cabello cayendo como una cortina oscura a cada lado. Mássimo no le dio una orden verbal, solo una mirada que era un mandato.
Leila entendió al instante. El dominio físico que él ejercía sobre ella en ese momento era la única liberación que ambos necesitaban.
Ella se inclinó, su boca encontrando su objetivo con una precisión que venía de la necesidad y de la experiencia. Tomó a Mássimo con una familiaridad experta, la textura áspera de su piel contra sus labios. Se movía con la determinación de quien anhela dar placer, un acto de sumisión que era, paradójicamente, un acto de control sobre el deseo de él.
Mássimo se recostó contra las almohadas, observándola. Sus manos, grandes y fuertes, tomaron su cabeza, dirigiendo el ritmo, asegurándose de que ella mantuviera el contacto visual. No era un gesto de ternura, sino de posesión. Él quería ver la sumisión en sus ojos mientras ella se dedicaba a él.
Leila profundizó la acción, usando su garganta, su lengua, su necesidad de complacerlo para llevarlo al límite. El aliento se le escapaba en siseos, el esfuerzo físico mezclado con el placer de la conexión. Ella sentía el cuerpo de Mássimo tensarse sobre la cama.
Mássimo gimió, su control cediendo. Él mantuvo sus ojos fijos en los de ella.
Mássimo dice con acento turinés, en un gruñido grave, "Mírame. Eres toda miya, piccolina."
Leila no apartó la mirada, sus ojos se encontraron con los suyos, reconociendo la verdad de sus palabras. Ella intensificó su ritmo, sintiendo la oleada final de placer ascender por el cuerpo de él.
El clímax de Mássimo fue una descarga rápida y controlada. Su cuerpo se arqueó, y él usó sus manos para guiarla, asegurándose de que ella recibiera la totalidad de su semen.
Mássimo no cerró los ojos. Mantuvo la mirada fija en Leila mientras ella se tragaba cada gota, sin dudar. El acto era la prueba final de su lealtad, la aceptación absoluta de su dominio.
Cuando terminó, Mássimo exhaló, su cuerpo se relajó. Él deslizó la mano por el cabello de Leila, un gesto de satisfacción suprema.
Mássimo dice con acento turinés, la voz grave y calmada, "Buena chica. Mi Regina. Ya estoy en casa."
Mássimo la tomó por los hombros y la obligó a levantarse con un movimiento suave pero firme. La levantó, la sostuvo en el aire un instante, su mirada clavada en la de ella, y luego la depositó suavemente sobre la almohada, acomodándola. Se acostó a su lado, atrayéndola de nuevo a su pecho, y la cubrió con las sábanas.
El cuerpo de Leila, relajado por el placer y el agotamiento, se acurrucó contra el suyo. La sensación de su piel cálida, de su peso familiar, era un bálsamo que la liberaba de la obligación de ser fuerte. Él era su puerto seguro, su ancla y su tormenta personal.
Mássimo pasó un brazo por debajo de la cabeza de ella, su mano grande acariciando su hombro desnudo. El ritmo de su corazón, aún acelerado, era un tambor tribal en su oído.
Mássimo dice con acento turinés, en un susurro grave, "Duerme, piccolina. Ahora duerme. Me encargaré del resto."
Leila no respondió. Ya estaba hundiéndose en un sueño profundo y sin sueños, el primero verdaderamente reparador desde su regreso a Catania. La última sensación que la invadió fue el olor a Mássimo: una mezcla de jabón, deseo y esa testosterona limpia que siempre la había anclado.
Mássimo se quedó despierto, la oscuridad de la habitación rota solo por la tenue luz del patio. Observó el rostro de Leila, que por fin había perdido su tensión. La mujer que había desafiado un ciclón y una guerra de Famiglia dormía ahora como una niña, confiada en su protección. Su propia rabia se había disuelto, reemplazada por una lealtad profunda e ineludible.
Re: La resiliencia de la reina Ferrari
Publicado: Sab Feb 14, 2026 3:48 am
por Larabelle Evans
Comenzando la negociación.
Michele no respondió de inmediato. No improvisaba cifras. Sacó el teléfono del bolsillo interior de la gabardina, no para llamar, sino para abrir un archivo que ya tenía preparado.
Michele dice con acento trapanés, “No necesito presencia física en Catania. Trapani es puerto profundo. Tenemos acuerdos de amarre a largo plazo en el muelle tres y el cinco. Empresas de logística registradas a nombre de sociedades limpias. No están vinculadas al apellido.”
Mássimo lo observaba con atención clínica.
Michele continuó.
Michele dice con acento trapanés, “Tres líneas de acción. Primero: liquidez puente. Podemos mover capital a través de nuestras empresas turísticas y de restauración. Facturación cruzada por servicios reales. Nada ficticio. Eso permite inyectar flujo sin levantar alertas fiscales.”
Leila no interrumpía. Su expresión era concentrada.
Michele siguió.
Michele dice con acento trapanés, “Segundo: transporte. Si necesitas mover materiales, personal o mercancía sin pasar por proveedores que respondan a Alessio, podemos hacerlo desde Trapani. Nuestros contratos portuarios no dependen de Catania. No puede bloquearlos.”
Gerónimo asintió levemente, confirmando lo dicho sin necesidad de añadir dramatismo.
Michele terminó.
Michele dice con acento trapanés, “Tercero: respaldo político indirecto. Tenemos relación con la cámara de comercio local y con dos bancos cooperativos regionales. No controlan Sicilia, pero sí pueden facilitar crédito si la reconstrucción aquí se ralentiza.”
La sala estaba en silencio. Se escuchaba el golpeteo intermitente de algo suelto en el ala este.
Leila apoyó los codos sobre las rodillas.
Leila dice con acento siciliano, “¿Y qué obtienes tú?”
Directa. Sin rodeos.
Michele sostuvo la mirada.
Michele dice con acento trapanés, “Estabilidad. Si Alessio consolida Catania, luego mirará hacia el oeste. Yo prefiero un equilibrio familiar a una expansión depredadora.”
Mássimo intervino por primera vez desde que comenzó la parte técnica.
Mássimo dice con acento turinés, “Eso implica información compartida. No se construye una muralla sin coordinación.”
Michele asintió.
Michele dice con acento trapanés, “Información operativa mínima. Nada personal. Nada que comprometa tu estructura, Leila. Solo movimientos relevantes de Alessio. Licitaciones sospechosas. Compras de terrenos. Cambios en sociedades.”
Leila respiró por la nariz. Pensaba rápido.
Leila dice con acento siciliano, “Alessio está intentando absorber contratos de reconstrucción en barrios costeros. Usa intermediarios. No firma nada directo.”
Michele respondió sin sorpresa.
Michele dice con acento trapanés, “Lo esperábamos.”
Elena observaba a su sobrina con un orgullo silencioso. No intervenía ahora. Esto ya no era una conversación emocional.
Leila se recostó en el sofá.
Leila dice con acento siciliano, “No quiero tu dinero ahora. Quiero opciones. Si necesito mover proveedores fuera del alcance de Alessio, quiero saber que existen.”
Michele guardó el teléfono.
Michele dice con acento trapanés, “Existen.”
Mássimo cruzó los dedos sobre sus rodillas.
Mássimo dice con acento turinés, “Entonces no es una alianza pública. Es una red de contingencia.”
Michele respondió con un leve movimiento de cabeza.
Michele dice con acento trapanés, “Exacto.”
Hubo un silencio más ligero esta vez. No era tensión. Era evaluación.
Leila tomó el vaso de vino y dio un pequeño sorbo.
Leila dice con acento siciliano, “Muy bien. No eres mi salvador. No eres mi superior. Si trabajamos juntos, es en términos horizontales.”
Michele respondió sin titubeo.
Michele dice con acento trapanés, “Aceptado.”
Gerónimo habló entonces, con voz más baja.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Alessio no tardará en moverse. El caos siempre es una oportunidad para hombres como él.”
Leila lo miró.
Leila dice con acento siciliano, “Lo sé.”
Mássimo se inclinó ligeramente hacia adelante.
Mássimo dice con acento turinés, “La reconstrucción atraerá contratos, y los contratos atraen ambición. Lo importante es que no vea una fisura entre nosotros.”
La palabra “nosotros” quedó flotando unos segundos.
Elena se permitió una respiración más tranquila.
Elena dice con acento trapanés, “Eso es todo lo que queríamos. No reemplazar nada. Solo estar.”
Leila no respondió de inmediato. Miró a su tía, y por primera vez desde que comenzaron a hablar, la dureza en su rostro bajó un nivel.
Leila dice con acento siciliano, “Estar es suficiente. Por ahora.”
Afuera, el viento golpeó otra vez contra el plástico que cubría las ventanas del ala este. El sonido no era violento, pero recordaba que la ciudad seguía frágil.
Y en esa fragilidad, se estaba formando algo más sólido que una disculpa: un equilibrio nuevo.
No era reconciliación plena.
Era arquitectura estratégica.
Y en Sicilia, eso vale más que cualquier abrazo.
“Lo que no se dijo”
Catania amaneció más clara que el día anterior. El viento había bajado y el cielo estaba limpio, pero el aire seguía húmedo. En el jardín de la Villa Ferrari aún quedaban montones de ramas apiladas contra el muro. Dos trabajadores reparaban una canaleta en el ala este. El sonido del metal contra metal era constante.
Leila estaba en la terraza lateral, revisando una carpeta con presupuestos de reparación. Llevaba el cabello recogido y un suéter grueso. Tenía ojeras leves, pero la postura seguía firme.
Escuchó pasos detrás de ella.
Michele no anunció su presencia con voz alta.
Michele dice con acento trapanés, “Buenos días.”
Leila no se sobresaltó. Cerró la carpeta antes de girarse.
Leila dice con acento siciliano, “Pensé que ya habías regresado a Trapani.”
Michele negó con la cabeza.
Michele dice con acento trapanés, “Mis padres volvieron esta mañana. Yo me quedé.”
Leila lo observó con atención. No desconfianza abierta. Evaluación.
Leila dice con acento siciliano, “¿Por negocios?”
Michele dio un paso más cerca, pero mantuvo distancia respetuosa.
Michele dice con acento trapanés, “No. Por ti.”
Ella sostuvo la mirada unos segundos. No era una frase que le resultara cómoda.
Leila dice con acento siciliano, “Ya hablamos ayer. Los términos están claros.”
Michele asintió.
Michele dice con acento trapanés, “Ayer hablamos como adultos que administran estructuras. Hoy no.”
El sonido de una herramienta cayendo en el jardín hizo eco breve. Leila apoyó la carpeta en la mesa de hierro forjado.
Leila dice con acento siciliano, “No soy buena en conversaciones emocionales.”
Michele respondió sin sonreír.
Michele dice con acento trapanés, “Yo tampoco. Pero somos primos. Eso no es negociable.”
Ella cruzó los brazos.
Leila dice con acento siciliano, “Los primos no suelen aparecer después de un secuestro.”
La frase salió seca. Sin gritos. Más fuerte por eso.
Michele bajó la vista un segundo. No se defendió de inmediato.
Michele dice con acento trapanés, “Lo sé.”
El viento movió una esquina del plástico que cubría una ventana rota. Se escuchó el roce irregular.
Michele levantó la vista otra vez.
Michele dice con acento trapanés, “Cuando supe lo del secuestro, estaba terminando la carrera. Mi padre me prohibió acercarme a Catania. Me dijo que si intentaba intervenir, Matteo nos hundía a todos.”
Leila no respondió. Su expresión cambió apenas. No era compasión. Era escucha.
Michele continuó.
Michele dice con acento trapanés, “No te llamé. No insistí. Elegí obedecer. Eso también fue una decisión.”
Leila respiró más lento.
Leila dice con acento siciliano, “Yo pedí ayuda. No a ti directamente. Pero pedí ayuda.”
La afirmación no era reproche teatral. Era memoria.
Michele asintió.
Michele dice con acento trapanés, “Lo sé ahora.”
Hubo un silencio más largo. No incómodo. Pesado.
Leila descruzó los brazos.
Leila dice con acento siciliano, “Matteo no solo era violento. Era inteligente. Sabía aislar. Sabía hacer que cualquiera que se acercara pareciera una amenaza.”
Michele escuchaba sin interrumpir.
Leila continuó.
Leila dice con acento siciliano, “Cuando me secuestraron, él convirtió la historia en un castigo ejemplar. Nadie quería enfrentarlo. Ni por mí.”
Michele dio un paso más, pero mantuvo el espacio.
Michele dice con acento trapanés, “No voy a decir que lo siento. No alcanza. Solo puedo decir que no vuelvo a elegir distancia.”
Leila lo miró fijo.
Leila dice con acento siciliano, “¿Y si te pongo en riesgo?”
Michele respondió sin dudar.
Michele dice con acento trapanés, “Ya lo estoy.”
Eso hizo que ella bajara la mirada un instante. No era una declaración poética. Era un hecho práctico.
Leila apoyó las manos en la mesa.
Leila dice con acento siciliano, “No necesito un protector.”
Michele negó con calma.
Michele dice con acento trapanés, “No vine a protegerte. Vine a no volver a ignorarte.”
El ruido de los trabajadores se detuvo. Uno de ellos saludó desde lejos y se retiró por el sendero lateral. Quedaron solos en la terraza.
Leila soltó el aire lentamente.
Leila dice con acento siciliano, “No sé cómo ser prima de alguien. Crecí siendo hija de un capo infeliz que me humillaba a cada instante. Nada más.”
Michele respondió con voz más baja.
Michele dice con acento trapanés, “Entonces empezamos sin títulos.”
Ella levantó una ceja leve.
Leila dice con acento siciliano, “¿Y cómo se hace eso?”
Michele se apoyó contra la barandilla.
Michele dice con acento trapanés, “Con café. Con llamadas que no tengan agenda. Con charlas que no terminen en acuerdos firmados.”
Por primera vez, una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Leila. Breve. Controlada.
Leila dice con acento siciliano, “No prometo dulzura.”
Michele respondió con la misma sobriedad.
Michele dice con acento trapanés, “No la necesito.”
Ella lo estudió unos segundos más. Luego tomó la carpeta otra vez, pero no la abrió.
Leila dice con acento siciliano, “Quédate hoy. Almuerza con nosotros. Sin hablar de Alessio.”
Michele inclinó la cabeza.
Michele dice con acento trapanés, “Acepto.”
No era reconciliación. No era confianza plena.
Pero tampoco era muro.
Era una rendija.
Y en familias como la suya, una rendija es el inicio de algo que puede volverse estructura… o fractura.
Dependerá de lo que hagan cuando Alessio mueva la primera ficha visible.
Una comida relajada.
La mesa fue instalada en el comedor pequeño que daba al jardín lateral. No usaron el salón principal. La luz entraba limpia por las ventanas ya descubiertas de esa ala. El olor a humedad era más leve allí.
El almuerzo era sencillo pero bien presentado. Pasta fresca con mariscos del puerto, pan rústico aún tibio, aceite nuevo en un cuenco bajo y una botella de vino siciliano que no era caro, pero sí correcto. Vajilla blanca. Copas finas. Nada ostentoso.
Leila se sentó en la cabecera corta. Mássimo a su derecha. Michele frente a ella.
Durante los primeros minutos hablaron del clima, de los daños en la autopista, de los tiempos de reparación del puerto de Catania. Sin tensión. Sin ironías.
Michele probó el vino y asintió.
Michele dice con acento trapanés, “Está bien elegido.”
Leila respondió con naturalidad medida.
Leila dice con acento siciliano, “Es de un productor pequeño. No depende de distribuidores grandes.”
Michele entendió la segunda capa del comentario y sonrió apenas.
Michele dice con acento trapanés, “Independencia embotellada.”
Mássimo dejó la copa sobre la mesa.
Mássimo dice con acento turinés, “En Turín eso sería imposible. Todo está ligado a cadenas mayores.”
Michele giró hacia él con interés genuino.
Michele dice con acento trapanés, “He oído hablar de tus negocios. Chocolate, ¿correcto?”
Mássimo asintió.
Mássimo dice con acento turinés, “Chocolate artesanal y distribución selectiva. Empezamos con producción pequeña. Ahora exportamos a Suiza y Francia. Mantengo el control de calidad directo.”
Michele escuchaba con atención real, no por cortesía.
Michele dice con acento trapanés, “Turín tiene tradición. No es un capricho empresarial.”
Mássimo asintió.
Mássimo dice con acento turinés, “La ciudad vive de industria y precisión. El chocolate fue una decisión estratégica. Menor exposición que otros sectores. Márgenes estables. No depende de turismo.”
Michele dice con acento trapanés, “En Trapani dependemos del viento.
La conversación fluyó mejor desde ahí. Michele habló de sus proyectos náuticos, de las rutas culturales que quería impulsar cuando el turismo se estabilizara.
Michele dice con acento trapanés, “No quiero solo paseos en barco. Quiero integrar historia costera. Pequeños pueblos, salinas, arqueología. Turismo que deje dinero real en comunidades pequeñas.”
Leila lo escuchaba sin interrumpir. No lo miraba como a un extraño. Tampoco como a un hermano. Estaba en un punto intermedio.
Leila dice con acento siciliano, “Eso requiere coordinación con municipios. Y paciencia.”
Michele asintió.
Michele dice con acento trapanés, “Tengo paciencia. Lo que no tengo es interés en crecer rápido.”
Mássimo lo observó con cierta aprobación silenciosa.
El segundo plato llegó. Más ligero. Pescado a la plancha con hierbas frescas.
Hubo un momento más relajado. Michele apoyó los cubiertos y miró a Leila con franqueza.
Michele dice con acento trapanés, “Puedo hacer una pregunta personal.”
Leila levantó la vista, cauta.
Leila dice con acento siciliano, “Depende.”
Michele sostuvo la mirada sin desafío.
Michele dice con acento trapanés, “¿Cómo terminó una siciliana tan… arraigada, comprometida con un turinés?”
No había juicio en el tono. Solo curiosidad.
Mássimo no intervino. Dejó que ella respondiera.
Leila se tomó un segundo antes de hablar.
Leila dice con acento siciliano, “No fue planeado. Él fue a madrid por negocios. Yo lo veía como un aliado útil.”
Leila dice con acento siciliano, Yo estaba en España por otras situaciónes, y fue allí donde comenzamos a conocernos.
Mássimo arqueó levemente una ceja.
Leila continuó.
Leila dice con acento siciliano, “Después sobrevivimos a la crisis de mi secuestro juntos. Y eso cambia la percepción.”
Leila dice con acento siciliano, Mássimo me rescató y salvó mi vida en todos los sentidos. Me ha cuidado con amor y respeto a pesar de lo que me hicieron.
Michele no sonrió con burla. No hizo comentarios fáciles sobre el norte y el sur. Se inclinó ligeramente hacia adelante.
Michele dice con acento trapanés, “Eso es amor y lealtad en una sola cosa.”
Mássimo respondió esta vez.
Mássimo dice con acento turinés, “Exactamente. Leila añadió, con tono más bajo.
Leila dice con acento siciliano, “Él no intentó controlarme.”
La frase quedó suspendida. Los tres entendieron el contraste implícito.
Michele asintió despacio.
Michele dice con acento trapanés, “Eso no es común en nuestra familia.”
No había ironía. Solo constatación.
Leila lo miró unos segundos más de lo habitual. La resistencia en su expresión bajó apenas otro nivel.
Michele continuó, ahora más suave.
Michele dice con acento trapanés, “No juzgo. Sicilia necesita menos fronteras internas. Si encontraste estabilidad con él, eso me basta.”
Mássimo sostuvo la mirada de Michele.
Mássimo dice con acento turinés, “Y yo sé lo que implica estar aquí. No vine a absorber Catania. Vine por ella.”
No fue una declaración romántica exagerada. Fue firme. Clara.
Michele asintió con respeto real.
Michele dice con acento trapanés, “Entonces eres más valiente de lo que pareces.”
Leila dejó escapar una exhalación que casi fue risa.
Leila dice con acento siciliano, “No lo adules demasiado.”
El ambiente ya no era tenso. Tampoco íntimo del todo. Pero había calidez funcional.
Michele tomó un poco más de vino.
Michele dice con acento trapanés, “Cuando decidan la fecha, quiero estar presente. No como representante. Como primo.”
Leila no respondió de inmediato. Miró a Mássimo, luego a Michele.
Leila dice con acento siciliano, “Veremos.”
No era un rechazo. Tampoco una promesa.
Pero no sonó cerrado.
El almuerzo terminó sin discursos ni brindis solemnes. Solo un último comentario ligero sobre lo difícil que era coordinar proveedores después del ciclón.
Cuando se levantaron de la mesa, el jardín seguía mostrando cicatrices, pero el aire ya no estaba cargado.
Leila aún no confiaba plenamente.
Pero ya no lo miraba como a un visitante.
Y Michele, con su carácter trapanés firme pero contenido, había logrado algo más difícil que una alianza financiera: había abierto un espacio emocional sin invadirlo.