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2 mundos, una ley

Publicado: Mié Oct 14, 2026 5:19 am
por Larabelle Evans

Todo comenzó en Roma.

Punto de vista: Enea.

La luz de mediados de octubre en Roma no caía: se deslizaba. Bajaba por las fachadas de travertino como una mano lenta, tiñendo de ámbar los balcones de hierro forjado y los portones negros de la Via Veneto. El aire olía a hojas húmedas, a café recién molido que escapaba de los bares todavía abiertos y a ese leve rastro de gasolina antigua que la ciudad nunca termina de expulsar. Los faroles empezaban a encenderse uno a uno, no con prisa, sino con la dignidad de quien sabe que la noche le pertenece.

Enea Rossi Venegas caminaba por la acera derecha, cerca del Hotel Excelsior. El abrigo de lana oscura le rozaba las rodillas. No tenía prisa. Nunca la tenía en esta ciudad. Roma le había enseñado que el que se apresura revela debilidad, y él había dejado de revelar cualquier cosa hace mucho tiempo.

Medía un metro ochenta y siete. La espalda recta, los hombros anchos bajo la tela, el cuello tenso. El cabello negro, corto, peinado hacia atrás con precisión. La mandíbula marcada se movía apenas cuando apretaba los dientes. Los ojos —ese verde grisáceo que a veces se volvía ámbar según la luz— no se detenían en nadie. Observaban sin parecer que lo hicieran. Era una de las pocas habilidades que había heredado de ambos lados de su sangre: mirar sin ser mirado.

A su izquierda, un grupo de turistas se detenía frente a la embajada americana, riéndose demasiado alto. Enea no giró la cabeza. El ruido de Roma nunca le había molestado; lo usaba. El rumor constante de motores, de tacones sobre el adoquín, de conversaciones en cinco idiomas distintos, formaba una capa protectora. Dentro de ese ruido él podía pensar.

Había salido de una reunión en un despacho del Parioli hacía menos de veinte minutos. Tres hombres de traje, dos de ellos con apellidos que todavía pesaban en ciertos círculos romanos, le habían hablado de permisos, de una ampliación de la ruta logística hacia el norte y de un problema menor con un funcionario de la Guardia di Finanza. Enea había escuchado en silencio, las manos cruzadas sobre la mesa de mármol negro. Cuando terminaron, dijo solo una frase:

—Que lo resuelvan antes del viernes.

No elevó la voz. No necesitó. Los tres hombres asintieron como si les hubiera puesto un arma en la mesa.

Ahora caminaba. Le gustaba hacerlo al anochecer, cuando la ciudad bajaba un tono y los escaparates empezaban a brillar. Pasó frente al Café de Paris. El olor a espresso y a pastelería salió a recibirlo un segundo y se disolvió. Un taxista levantó la mano; Enea no respondió. Prefería sus propios pasos. El suelo de la Via Veneto estaba todavía caliente del día, pero el aire ya traía el frescor de las colinas.

Pensó en el Piamonte. En las bodegas de Cascina Rossi Venegas, donde las barricas de roble olían a vainilla y a tierra mojada. Allí el dinero se volvía limpio con la misma naturalidad con la que la uva se volvía vino. Aquí, en Roma, el dinero solo se movía. Se escondía detrás de sociedades con nombres elegantes y direcciones en el centro histórico. Gruppo Rossi Holdings. Aurelia Investimenti. Colle Romano Immobiliare. Nombres que sonaban a tradición y que no eran más que capas de una misma mentira bien contada.

Cruzó hacia la Piazza Barberini. La Fontana del Tritone arrojaba agua con el mismo gesto cansado de siempre. El ruido de los chorros se mezcló con el de los scooters que giraban demasiado rápido. Enea se detuvo un segundo bajo la estatua. El agua olía a cloro y a piedra vieja. Levantó la vista. El cielo sobre Roma era de un azul oscuro, casi negro ya, atravesado por el vuelo bajo de un avión que se dirigía hacia Fiumicino.

Sacó el teléfono. Una sola notificación. El mensaje era corto, como todos los que recibía de su hermano:

*Hecho. El de Génova ya no habla.*

Enea no respondió. Guardó el aparato en el bolsillo interior del abrigo. El gesto fue preciso, casi elegante. Nadie a su alrededor notó nada. Esa era otra de las reglas: la violencia nunca debía verse en la calle. La calle era para caminar, para observar, para existir como un hombre más entre millones.

Continuó hacia la Via del Tritone y luego bajó en dirección al Corso. Las luces de los comercios se reflejaban en los cristales de los coches aparcados. Una mujer de abrigo rojo lo miró de reojo al pasar. Enea no le devolvió la mirada. Las mujeres eran un territorio que conocía bien y que controlaba mejor. No necesitaba perseguirlas. Bastaba con permanecer quieto el tiempo suficiente para que ellas se acercaran, creyendo que habían elegido.

El aire cambió al entrar en la zona más peatonal. Olor a castañas asadas de un puesto callejero, a humedad de las fuentes, a perfume caro que se escapaba de las puertas de los hoteles. Un músico tocaba el acordeón cerca de la Fontana di Trevi. La melodía era antigua, de esas que Roma parece haber inventado solo para los turistas. Enea no se detuvo. Conocía cada piedra de esa fuente, cada moneda que caía al agua. Había aprendido de niño que las monedas no traían suerte. Solo peso.

Su destino esa noche no era público. Tenía un apartamento en una de las calles tranquilas cerca de Villa Borghese, un piso alto con ventanas que daban a los pinos. Allí nadie lo esperaba. Allí podía quitarse el abrigo, verterse un vaso de Barolo de su propia bodega y quedarse en silencio hasta que el cuerpo le pidiera dormir. El silencio era el único lujo que todavía no había conseguido comprar del todo.

Subió por la Via Sistina. Las escaleras de la Trinità dei Monti quedaban a su derecha, iluminadas, llenas de gente sentada en los peldaños. Risas, flashes de móviles, el olor dulzón de los helados. Enea siguió de largo. Prefería las calles laterales, donde los portones de madera oscura guardaban patios interiores y donde el eco de los pasos sonaba más limpio.

Llegó al edificio. El portero lo saludó con una inclinación de cabeza. Enea respondió con un gesto mínimo. Subió en el ascensor de madera y espejos. El olor a cera antigua y a jazmín de algún ambientador caro lo envolvió. En el quinto piso abrió la puerta con la llave que solo él tenía.

El apartamento olía a cuero, a madera de roble y a la lluvia que todavía no había caído. Las luces estaban apagadas. No las encendió de inmediato. Se quitó el abrigo, lo dejó sobre el respaldo de una silla y caminó hasta el ventanal. Abajo, los pinos de Villa Borghese se mecían apenas. Más lejos, el tráfico de la Via Veneto seguía su ritmo constante, como una vena que no deja de latir.

Se sirvió el vino. El líquido oscuro brilló un segundo bajo la luz de la ciudad. Lo bebió despacio. El sabor era el de siempre: profundo, con ese final seco que dejaban las uvas del Monferrato. Pensó en la madre. En la forma en que ella todavía le hablaba en español cuando estaban a solas, mezclando las palabras con el italiano como si las dos lenguas fueran una sola herida que no terminaba de cerrar. Él nunca le había dicho que esa mezcla le recordaba demasiado a lo incompleto. Ella tampoco se lo había preguntado.

El teléfono vibró otra vez. Esta vez el mensaje venía de uno de los hombres del núcleo:

*El de la Finanza quiere verse. Dice que tiene algo.*

Enea miró la pantalla. El verde de los números se reflejó un instante en el cristal de la ventana. Respondió con tres palabras:

*Mañana. Mediodía. Solo.*

Apagó el teléfono. Lo dejó sobre la mesa de mármol. Se quedó de pie frente al ventanal, el vaso en la mano, el cuerpo quieto. Roma seguía ahí abajo, antigua, indiferente, hermosa en su suciedad y en su luz. Él la conocía mejor que a cualquier persona. La ciudad no pedía explicaciones. Solo pedía que uno no mostrara nunca el cuello.

Bebió el resto del vino. El sabor le quedó en la lengua como una promesa que nadie había hecho. Luego se dio la vuelta, caminó hacia el dormitorio y cerró la puerta con el mismo cuidado con el que cerraba todos los asuntos importantes: sin ruido, sin prisa, y sin dejar ninguna grieta por donde pudiera entrar algo que no controlara.

Afuera, Roma siguió respirando.
Adentro, Enea Rossi Venegas se quitó la camisa, dobló cada prenda con precisión militar y se dejó caer sobre la cama. Los ojos abiertos en la oscuridad. La mandíbula todavía tensa.

Dos mundos.
Una sola ley.

Y esa ley era él.