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Después del Mar

Publicado: Sab Ago 01, 2026 5:35 am
por Morcego

El día en que el mundo dejó de sonar.

Punto de vista: Aitne.

Madrid amanecía envuelto en una luz blanca de finales de julio. El calor comenzaba a subir desde el asfalto, pero aquella mañana una ligera corriente entraba por los balcones abiertos del ático donde vivía StellaHazel, en el barrio de Salamanca. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el perfume de unas gardenias que descansaban sobre la mesa del comedor. Todo parecía tener la calma habitual de un día cualquiera.
Aitne Riverí apoyó los pies descalzos sobre el suelo de madera mientras removía distraídamente el azúcar de su taza. Había llegado temprano. Ella y Stella tenían previsto revisar algunos detalles de una colaboración futura y, después, salir a comer con Chema. El disco seguía creciendo, las entrevistas no paraban y el concierto del primero de agosto ocupaba la conversación de todos.
Stella aparecía distinta aquella mañana.
Vestía un pantalón deportivo color arena y una sudadera blanca demasiado grande para ella. El cabello rizado estaba recogido en un moño improvisado y el rostro aparecía completamente limpio de maquillaje. Parecía más joven así, más frágil.
Sin embargo, sonreía.
Una sonrisa pequeña.
De esas que solo aparecen cuando uno está pensando en alguien.
Aitne la conocía demasiado bien.
Sabía perfectamente en quién estaba pensando.
—Dormiste poco —comentó mientras dejaba la taza sobre la mesa.
Stella sonrió sin levantar la vista.
—Creo que sí...
Había algo distinto en su voz desde hacía semanas.
No era tristeza.
Era paz.
La paz que solo da sentirse profundamente enamorada.
Nunca hablaba demasiado de Romero.
No hacía falta.
Cada vez que pronunciaba su nombre cambiaba la expresión de su cara.
Los ojos se le iluminaban de una forma imposible de fingir.
Aitne jamás la había visto así.
Ni siquiera cuando Stella le había contado sus antiguas relaciones en México.
Romero era otra cosa.
No era una ilusión.
Era hogar.
Chema apareció desde la cocina con una carpeta bajo el brazo y el teléfono móvil entre el hombro y la oreja.
—Sí... sí, confirmen la entrevista para el lunes... no, el ensayo general no se mueve... gracias.
Colgó y dejó escapar un suspiro.
—Si sobrevivimos a esta semana, después todo será más fácil.
Las tres personas rieron.
Una risa breve.
Cotidiana.
La televisión permanecía encendida desde temprano, únicamente como ruido de fondo.
Nadie le prestaba atención.
Hasta que la música del informativo cambió de golpe.
La presentadora apareció en pantalla con gesto serio.
—Interrumpimos nuestra programación habitual para informar de un tiroteo ocurrido hace apenas unos minutos en la joyería Lluna de Diamant...
Aitne apenas giró la cabeza.
Chema continuó revisando documentos.
Fue Stella quien levantó la vista.
No por la noticia.
Por una palabra.
"...entre las víctimas mortales se encuentra Romero Leiva..."
El tiempo se detuvo.
Aitne todavía recordaría muchos años después el sonido exacto de aquella taza rompiéndose contra el suelo.
No porque Stella la hubiera lanzado.
Simplemente dejó de sostenerla.
La porcelana estalló en decenas de fragmentos blancos.
Ella seguía mirando la televisión.
Sin parpadear.
Sin respirar.
"...Romero Leiva falleció durante un enfrentamiento armado mientras protegía a varias personas que permanecían retenidas en el interior del establecimiento..."
—No...
Fue apenas un susurro.
Tan bajo que Aitne dudó haberlo escuchado.
—No...
Stella dio un paso hacia el televisor.
Luego otro.
Negaba lentamente con la cabeza.
Como si bastara con negarlo para cambiar la noticia.
—No...
Chema ya estaba de pie.
—Stella...
Ella no respondió.
Sus ojos permanecían clavados en la pantalla.
No lloraba.
No gritaba.
Simplemente parecía incapaz de comprender las palabras.
"...sus restos serán trasladados a Sinaloa una vez concluyan los procedimientos judiciales..."
Entonces Stella habló.
Pero no parecía hablar con ellos.
—Está equivocado...
Su voz era completamente plana.
—Se equivocaron de persona.
Chema se acercó despacio.
—Stella...
Ella seguía negando.
—No puede ser Romero.
Ayer...
Ayer hablamos.
Ayer me dijo que nos veríamos después del ensayo.
No...
No...
No...
Aitne sintió un nudo en la garganta.
Porque comprendió algo terrible.
Stella todavía estaba esperando que el teléfono sonara.
Esperaba que Romero llamara para decir que todo había sido un error.
Se acercó despacio y tomó su mano.
Estaba helada.
Completamente helada.
—Vamos...
Vamos a comprobar qué pasó.
Stella reaccionó de golpe.
—Sí.
La policía.
Ellos deben saber.
Él trabaja para mí.
Tiene que estar...
Tiene que...
No terminó la frase.
Ya estaba buscando las llaves.

Una hora después.
El edificio de la Jefatura Superior de Policía de Madrid olía a desinfectante, papel y café recalentado. Las conversaciones se mantenían en voz baja detrás de los mostradores y el ir y venir de agentes uniformados contrastaba con el silencio de Stella.
Había recuperado parte de la compostura.
Solo en apariencia.
Aitne caminaba un paso detrás de ella.
Nunca la había visto tan pálida.
Los ojos seguían secos.
Demasiado secos.
Eso la asustaba más que cualquier llanto.
Stella se presentó ante el funcionario con una serenidad que parecía imposible.
—Buenos días.
Mi nombre es Stella Hazel.
Romero Leiva trabaja conmigo.
Necesito verlo.
Necesito identificarlo.
El hombre levantó la vista del ordenador.
Tecleó durante unos segundos.
Después la observó con una expresión que Aitne jamás olvidaría.
No era frialdad.
Era compasión.
—Señorita...
La familia del señor Leiva ya fue notificada.
Los procedimientos concluyeron esta mañana.
Sus restos fueron entregados para su repatriación.
El vuelo hacia México ya salió.
Hubo un silencio absoluto.
Stella tardó varios segundos en comprender aquellas palabras.
—¿Ya... salió?
—Sí, señorita.
Lo lamento mucho.
La autorización para el traslado fue emitida por la autoridad judicial esta mañana.
Aitne vio cómo algo cambiaba en el rostro de Stella.
No fue un gesto.
No fue una lágrima.
Fue como si alguien hubiera apagado la luz detrás de sus ojos.
—Entonces...
¿Ya no puedo verlo?
El funcionario bajó la mirada.
—No.
Lo siento.
Stella permaneció inmóvil.
Durante largos segundos.
No discutió.
No insistió.
No levantó la voz.
Solo hizo una última pregunta.
Una pregunta tan pequeña que apenas salió de sus labios.
—¿Se fue...
...sin que pudiera despedirme?
El funcionario no respondió.
No hacía falta.
La respuesta ya estaba escrita en el silencio.
Aitne sintió que la mano de Stella empezaba a temblar.
Por primera vez desde la noticia.
La joven cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Y susurró con una voz rota, casi irreconocible:
—Perdóname...
Prometí que volveríamos a vernos.
Y no llegué.
Aitne la abrazó antes de que las piernas dejaran de sostenerla.
Chema se acercó sin decir una palabra.
Los tres permanecieron allí, en medio del vestíbulo de la jefatura, mientras alrededor la vida continuaba con una normalidad casi ofensiva.
Fue entonces cuando Aitne comprendió que el verdadero duelo de Stella no acababa de empezar.
Acababa de descubrir que nunca tendría la oportunidad de decirle adiós.

El asiento vacío.

Punto de vista: Aitne.

Madrid seguía respirando con absoluta normalidad.
Las terrazas continuaban llenándose para la hora de la comida. Los autobuses pasaban uno detrás de otro por el Paseo de la Castellana. En las aceras, la gente caminaba deprisa, con bolsas, teléfonos y conversaciones que nada tenían que ver con la tragedia que acababa de romper una vida.
Aitne nunca había sentido tanta rabia hacia una ciudad.
¿Cómo podía seguir todo igual?
Chema conducía sin decir una palabra.
Había apagado la radio.
También el navegador.
Dentro del coche solo existía el sonido del aire acondicionado y la respiración entrecortada de Stella.
Iba sentada detrás.
Junto a ella.
Mirando por la ventana.
No lloraba.
Eso era precisamente lo que más miedo daba.
Tenía las manos entrelazadas sobre las piernas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color. Sus ojos permanecían fijos en algún punto de la ciudad que en realidad no estaba viendo.
Aitne deslizó lentamente un brazo alrededor de sus hombros.
La acercó hacia sí con cuidado.
Como si abrazara a una niña.
Stella no se resistió.
Simplemente dejó caer la cabeza sobre su hombro.
Su cuerpo temblaba apenas.
Muy despacio.
Como quien intenta contener un terremoto para que nadie lo note.
Ninguna de las dos habló durante varios minutos.
Chema observaba el retrovisor una y otra vez.
Cada vez que miraba atrás sentía el mismo nudo en el pecho.
No reconocía a Stella.
La mujer que llenaba habitaciones con su risa parecía haberse quedado aquella mañana frente a un televisor.
De pronto, Stella habló.
Con la misma voz con la que uno pregunta la hora.
—¿Por qué no me avisaron?
Aitne cerró los ojos.
No tenía respuesta.
—Yo...
No terminó la frase.
Stella continuó mirando la ventanilla.
—Solo quería verlo.
Nada más.
Cinco minutos.
Un minuto...
Lo que fuera.
Su voz comenzó a quebrarse.
No por el llanto.
Por el esfuerzo de seguir hablando.
—Solo quería despedirme...
Aitne sintió que la camisa comenzaba a humedecerse.
No eran lágrimas.
Era la respiración rota de Stella contra su hombro.
—No me dejaron decirle adiós...
Aquella frase terminó de romper algo dentro del coche.
Chema aflojó las manos del volante.
Tuvo que respirar profundamente para seguir conduciendo.
Nadie sabía qué decir.
Porque no existía ninguna frase capaz de reparar aquella ausencia.
Pasaron varios semáforos.
Varias calles.
Varias vidas ajenas.
Hasta que Stella volvió a hablar.
Esta vez con rabia.
Una rabia que no levantaba la voz.
Que dolía mucho más.
—¿Por qué estaba ahí?
Aitne bajó la mirada.
—Romero no tenía que estar ahí...
Su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Por qué fue a esa joyería?
¿Por qué?
¿Por qué precisamente ese día?
¿Por qué con Eliana?
¿Por qué él?
Las preguntas comenzaron a salir una detrás de otra.
Sin esperar respuesta.
—¿Y si hubiera salido cinco minutos después?
¿Y si yo le hubiera llamado?
¿Y si...
La voz se rompió.
—¿Y si ese día no hubiera ido?
Aitne la abrazó con más fuerza.
—No pienses eso...
—¡¿Cómo no voy a pensarlo?!
Fue la primera vez que Stella levantó la voz.
No fue un grito.
Fue un corazón rompiéndose.
—¡Claro que lo pienso!
¡No dejo de pensarlo!
Cada segundo...
Cada maldito segundo...
La respiración comenzó a desordenarse.
Sus manos temblaban.
Buscaban algo a lo que aferrarse.
Encontraron la manga de la sudadera de Aitne.
La sujetó con desesperación.
—Él me prometió que nos veríamos...
Me dijo...
Me dijo que después del ensayo...
Su garganta se cerró por completo.
Las palabras dejaron de salir.
Solo el aire.
Solo ese intento inútil de seguir respirando.
Aitne comenzó a acariciarle lentamente el cabello.
Como una madre.
Como una hermana.
Como una amiga que entiende que ya no existen consejos.
Solo presencia.
—Lo sé...
Lo sé...
Estoy aquí.
No voy a moverme.
Stella negó con la cabeza.
Muy despacio.
—No...
Tú no entiendes...
Su voz apenas era audible.
—Nunca alcancé a decirle...
que lo amaba.
Aitne sintió que el tiempo volvía a detenerse.
Sabía que Stella estaba enamorada.
Lo había sabido desde hacía meses.
Pero jamás la había escuchado pronunciar esas palabras.
Jamás.
—Pensé...
que todavía teníamos tiempo.
El silencio volvió a llenar el coche.
Chema se limpió discretamente una lágrima antes de que pudiera caer.
No quería que Stella lo viera llorar.
Porque alguien tenía que seguir siendo fuerte.
Aunque ya no supiera cómo.
Al llegar al edificio, Chema estacionó el coche frente al portal.
Nadie abrió la puerta.
Nadie hizo el menor intento por bajar.
Entonces Stella habló una última vez.
Mirando el asiento delantero.
Con una serenidad que resultaba insoportable.
—¿Sabes qué es lo peor, Aitne?
Aitne negó lentamente.
—Que todavía estoy esperando que me escriba.
Se llevó una mano al bolsillo de la sudadera.
Sacó el teléfono.
Lo sostuvo unos segundos entre las manos.
La pantalla seguía igual.
Sin mensajes.
Sin llamadas.
Sin su nombre.
Lo miró con una esperanza infantil.
Como si desobedeciendo la realidad pudiera hacerlo aparecer.
Después apoyó la frente contra el cristal de la ventanilla.
Y dijo apenas un susurro.
—Solo necesito que esto sea una pesadilla...
Solo una...
Y por primera vez desde que todo comenzó, Aitne comprendió que había dolores que ni siquiera el tiempo podía prometer curar.
Porque no todas las personas que amamos alcanzan a convertirse en nuestra historia.
Pero algunas...
Se convierten para siempre en la ausencia con la que aprendemos a vivir.

Re: Después del Mar

Publicado: Sab Ago 01, 2026 6:48 am
por Morcego

Lo que nadie vé pero todos quieren inventar.

Punto de vista: Chema y Bruno.

Madrid había cambiado de color.
O al menos así lo percibía Chema.
No era cierto que el cielo estuviera gris. El sol seguía golpeando las fachadas de piedra del barrio de Salamanca y el calor de finales de julio hacía vibrar el aire sobre el asfalto. Sin embargo, desde aquella mañana todo parecía apagado.
Llevaba casi dos horas sin sentarse.
El salón del apartamento de Stella se había convertido en una oficina improvisada. Sobre la mesa de nogal descansaban una computadora portátil abierta, dos teléfonos móviles, una libreta llena de anotaciones y una taza de café que llevaba más de una hora completamente fría.
Desde el pasillo llegaba un silencio inquietante.
Aitne permanecía dentro de la habitación de Stella.
No se escuchaba hablar.
No se escuchaba llorar.
Eso preocupaba todavía más a Chema.
Miró el teléfono.
127 llamadas perdidas.
Cuarenta y tres mensajes de periodistas.
Dieciocho solicitudes de entrevistas.
Cinco cadenas de televisión.
Dos programas de espectáculos.
Cuatro revistas del corazón.
Y un número incontable de personas que, de pronto, parecían interesarse por la vida privada de StellaHazel.
Resopló con cansancio.
—Qué rápidos son para aparecer cuando huelen sangre...
El móvil volvió a vibrar.
Programa: Corazón de Hoy
Rechazar.
Volvió a sonar.
Revista Fama Total
Rechazar.
Otra llamada.
Televisión Nacional.
Rechazar.
No tenía intención de hablar con ninguno.
Todavía no.
Abrió el correo electrónico.
Las propuestas comenzaban con frases cuidadosamente redactadas.
"Queremos abordar el tema con mucho respeto..."
"Deseamos conocer cómo está viviendo Stella este difícil momento..."
"Sería importante escuchar su versión..."
Chema cerró el portátil de golpe.
—No les importa cómo está...
Les importa el titular.
Apoyó ambas manos sobre la mesa y respiró profundamente.
Desde que aceptó representar a Stella había aprendido muchas cosas sobre la industria musical.
La más amarga era aquella.
La desgracia también vendía.
Y muy bien.
Jamás permitiría que convirtieran el dolor de Stella en un espectáculo.
Tomó el teléfono.
Marcó un número.
—Buenos días.
Habla José María Ruiz Álvarez, representante de StellaHazel.
Quiero cancelar toda actividad pública durante las próximas dos semanas...
Sí.
Entrevistas.
Sesiones fotográficas.
Firmas.
Todo.
Escuchó durante unos segundos.
Después respondió con firmeza.
—No.
No voy a explicar los motivos.
Y tampoco ella.
Colgó.
Inmediatamente comenzó otra llamada.
Esta vez era la oficina de Bruno Santorini.
No hizo falta esperar demasiado.
—Chema...
La voz del productor sonaba completamente distinta.
Más grave.
Más lenta.
—Acabo de enterarme.
Chema cerró los ojos.
—Lo viste en El Heraldo, ¿verdad?
—Sí.
Hubo un largo silencio.
Bruno fue el primero en romperlo.
—¿Cómo está?
Chema miró hacia el pasillo.
La puerta de la habitación seguía cerrada.
—No llora.
Y eso me preocupa muchísimo.
Bruno dejó escapar el aire lentamente.
Conocía demasiado bien a Stella.
Sabía que cuando el dolor era insoportable, desaparecía hacia dentro.
—¿Ha comido?
—No.
—¿Durmió?
—No creo que pueda.
Volvió a hacerse el silencio.
Bruno se encontraba en su oficina de la calle Serrano.
El estudio, normalmente lleno de músicos, permanecía completamente vacío.
Sobre la consola de grabación seguía descansando el máster definitivo de Crónicas de un Suspiro.
Lo observó durante varios segundos.
Nunca había odiado tanto un disco.
Cada una de aquellas canciones hablaba precisamente del hombre que Stella acababa de perder.
Sintió un nudo en el estómago.
—Chema...
—Dime.
—¿Qué va a pasar con la gira?
Chema respiró hondo.
Era la pregunta que llevaba toda la mañana evitando responder.
—Hablé con ella antes de encerrarse en la habitación.
Bruno esperó.
—Me dijo algo muy claro.
No quiere cancelar el concierto del primero de agosto.
Bruno frunció el ceño.
—¿Qué?
—Quiere mover el resto de la gira un par de semanas.
Pero ese concierto...
dice que va.
El productor permaneció varios segundos completamente inmóvil.
—Está loca.
—No.
Contestó Chema con serenidad.
—Está destrozada.
Y precisamente por eso quiere subir.
Bruno apoyó un codo sobre la mesa del estudio.
—No creo que pueda hacerlo.
Chema tampoco lo creía.
Pero conocía a Stella mejor que nadie.
Cuando tomaba una decisión...
No existía forma humana de moverla.
—Me dijo algo que no voy a olvidar.
Bruno esperó.
—"Si no canto ahora... jamás voy a volver a cantar la canción que escribí para él."
El productor cerró los ojos.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No supo qué responder.
Porque entendía exactamente a qué se refería.
Aquella canción ya existía.
Y ahora tenía un significado completamente distinto.
Bruno rompió el silencio.
—Voy a estar con ustedes.
Todo el tiempo que haga falta.
Chema sonrió apenas.
Era la primera buena noticia del día.
—Lo sabía.
—No voy como productor.
Voy como amigo.
Y si hace falta detener toda la promoción del disco...
la detenemos.
El disco puede esperar.
Ella no.
Chema apoyó la espalda contra la silla.
Por primera vez en todo el día sintió que no estaba solo.
—Gracias, Bruno.
—No me las des.
Solo prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—No permitas que la prensa llegue antes que nosotros.
Chema miró nuevamente la pantalla del teléfono.
Las notificaciones seguían entrando sin descanso.
Una revista acababa de publicar:
"¿Quién era realmente Romero Leiva? La misteriosa relación con la cantante StellaHazel."
Sintió cómo la rabia le endurecía el gesto.
Sin pensarlo dos veces, abrió el chat del equipo de comunicación.
Escribió un único mensaje.
A partir de este momento, toda solicitud relacionada con StellaHazel deberá pasar exclusivamente por mi oficina. No se concederá ninguna declaración. Cualquier intento de fotografiarla en su domicilio o seguirla durante estos días será denunciado por acoso. La prioridad absoluta es proteger su privacidad.
Pulsó Enviar.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Y levantó la vista hacia el pasillo.
La puerta de la habitación seguía cerrada.
Detrás de ella no estaba la artista cuya agenda llenaba teatros, radios y portadas.
Estaba la mujer que acababa de perder al amor de su vida.
Y Chema comprendió que, desde ese instante, su trabajo ya no consistía en organizar conciertos.
Consistía en impedir que el mundo terminara de romper lo poco que aún quedaba de StellaHazel.

Volver a los brazos de Mamá.

Narrado desde el punto de vista de Aitne.

La casa olía a chile guajillo, cebolla dorándose lentamente y tortillas de maíz recién calentadas.
Era un olor profundamente mexicano.
Un olor que, por unas horas, conseguía que el apartamento del barrio de Salamanca dejara de parecer Madrid.
Aitne llevaba casi una hora en la cocina.
Había preparado un arroz rojo sencillo, pollo deshebrado con salsa verde y unos frijoles refritos que encontró casi por milagro en una tienda latina cercana.
No era una gran cocinera.
Pero sí sabía una cosa.
Cuando el alma duele, la comida de casa siempre abraza un poco.
Nauzet apareció apoyado en el marco de la puerta con dos vasos de agua.
El productor canario observó el salón en silencio.
Nunca había visto una casa tan llena... y al mismo tiempo tan vacía.
Sobre el sofá permanecía doblada una chamarra de mezclilla.
En una silla descansaba una gorra negra.
Sobre la consola de la entrada seguían las llaves de Stella.
Y junto al perchero...
el llavero metálico de Romero.
Nadie había sido capaz de moverlo.
—¿Comió algo? —preguntó en voz baja.
Aitne negó lentamente.
—Tres cucharadas.
Y porque casi se las rogué.
Nauzet suspiró.
—Ya es algo.
Ella no respondió.
Miró hacia el pasillo.
La puerta de la habitación seguía entreabierta.
Desde allí llegaba una luz tenue.
Stella permanecía sentada junto a la ventana desde hacía más de una hora.
Con las rodillas abrazadas contra el pecho.
Mirando una ciudad que ya no parecía reconocer.
Llevaba puesta la misma sudadera blanca de la mañana.
El cabello comenzaba a deshacerse del moño improvisado y varios rizos caían sobre su rostro.
No se había cambiado.
No se había peinado.
Ni siquiera había preguntado la hora.
Solo permanecía allí.
Quieta.
Como si el tiempo hubiera dejado de tener importancia.
Aitne tomó un plato.
Sirvió un poco más de comida.
—Voy otra vez.
Entró despacio.
—Stella...
La joven volvió apenas la cabeza.
Sus ojos estaban enrojecidos.
No de tanto llorar.
Sino de no haber dormido.
—Te traje otro poquito.
—No tengo hambre.
—Ya lo sé.
Pero inténtalo.
Aunque sea por mí.
Stella observó el plato.
Luego a su amiga.
Después tomó el tenedor.
Una.
Dos.
Tres cucharadas.
Se detuvo.
Aitne sonrió con tristeza.
—Gracias.
No esperaba más.
De pronto sonó el timbre.
Una vez.
Dos.
Tres veces seguidas.
Nauzet frunció el ceño.
—¿Esperamos a alguien?
Nadie respondió.
Aitne caminó hacia la puerta.
Al abrirla, el tiempo volvió a detenerse.
Una mujer de cabello castaño oscuro, vestido azul marino y un pañuelo color arena sonreía sosteniendo una pequeña maleta de mano.
Detrás de ella había tres jóvenes cargando equipaje.
—¡Sorpresa!
La mujer sonrió ampliamente.
—¿Está Stella?
Aitne sintió que el estómago se le cerraba.
La reconoció enseguida.
Emperatriz.
La madre de Stella.
No venía sola.
A su lado estaban sus primas, Luna Sofía, María Fernanda y Renata, todavía riendo por el viaje y comentando lo caluroso que estaba Madrid.
Ninguna sabía.
Ninguna imaginaba.
emperatriz observó el rostro de Aitne.
La sonrisa comenzó a desaparecer.
—¿Qué pasó?
Nadie contestó.
Bastó un segundo.
Solo uno.
Para que una madre entendiera que algo terrible había ocurrido.
Su expresión cambió por completo.
—¿Dónde está mi hija?
Aitne dio un paso hacia atrás.
—Está... en su habitación.
Emperatriz dejó caer lentamente el asa de la maleta.
Caminó por el pasillo sin quitarse siquiera el bolso del hombro.
No preguntó nada más.
Las madres saben cuándo las respuestas sobran.
Empujó suavemente la puerta.
Stella seguía junto a la ventana.
Ni siquiera había escuchado llegar a nadie.
—Mi amor...
Fue apenas un susurro.
Stella levantó la vista.
Durante unos segundos pareció no comprender.
Hasta que la reconoció.
—¿Mamá...?
La palabra salió rota.
Emperatriz abrió los brazos.
No hizo falta decir nada.
Stella caminó dos pasos.
Y entonces ocurrió lo que Aitne había esperado durante todo el día.
Se derrumbó.
No fue un llanto desesperado.
Fue mucho peor.
Un sonido ahogado.
Profundo.
Como si todo el dolor que había contenido desde aquella mañana encontrara por fin un lugar seguro donde caer.
Se abrazó a su madre con una fuerza desesperada.
Como cuando era niña y despertaba asustada después de una pesadilla.
—Mamá...
Su voz apenas podía entenderse entre los sollozos.
—Se fue...
Se fue...
emperatriz cerró los ojos.
La estrechó todavía más.
—Lo sé, mi vida.
Lo sé.
—No pude despedirme...
No me dejaron verlo...
No...
No pude decirle cuánto lo amaba...
La ilustradora comenzó a acariciar lentamente el cabello de su hija.
Con la misma calma con la que lo hacía cuando Stella tenía cinco años y se raspaba las rodillas aprendiendo a andar en bicicleta.
No intentó decir que todo estaría bien.
Porque no era verdad.
Solo permaneció allí.
Sosteniéndola.
Mientras Stella lloraba sobre su pecho todo el amor que ya nunca podría entregarle a Romero.
Desde el pasillo, Aitne sintió cómo Nauzet tomaba su mano.
Las primas permanecían inmóviles, con lágrimas silenciosas recorriendo sus mejillas.
Ninguna se atrevía a entrar.
Comprendieron que había abrazos que pertenecían únicamente a una madre y a su hija.
Y, por primera vez desde que aquella tragedia comenzó, Aitne dejó de sentirse responsable de mantener a Stella en pie.
Porque acababa de llegar la única persona capaz de sostenerla incluso cuando ya no le quedaban fuerzas para sostenerse a sí misma.

Una madre también llora.

Punto de vista: Emperatriz.

La casa por fin había quedado en silencio.
No era un silencio tranquilo.
Era ese silencio pesado que queda después de muchas horas de contener el llanto.
La noche había caído sobre Madrid sin que nadie se diera cuenta. Desde el balcón del apartamento entraba una brisa tibia que movía apenas las cortinas de lino. A lo lejos, las luces de la ciudad seguían encendiéndose una tras otra, y el rumor constante de los coches llegaba amortiguado hasta el salón.
Sobre la mesa del comedor todavía permanecían cuatro tazas de café a medio terminar.
Una cuchara olvidada.
El plato donde Stella apenas había probado la comida que Aitne le preparó con tanto cariño.
Emperatriz recogía todo despacio.
No porque la cocina necesitara orden.
Porque necesitaba hacer algo con las manos.
Llevaba toda la tarde sosteniendo a su hija.
Había sentido cómo aquel cuerpo que ella misma trajo al mundo temblaba entre sus brazos hasta quedarse sin fuerzas.
La había visto dormirse de puro agotamiento.
No de paz.
De cansancio.
Como quien llora tanto que el propio cuerpo decide apagarse.
Secó un plato con el paño de cocina.
Lo colocó en el escurridor.
Respiró hondo.
Aitne y Nauzet dormían en la habitación de invitados.
Las muchachas —María Fernanda, Luna Sofía y Renata— también habían terminado rindiéndose al cansancio.
Solo ella seguía despierta.
Como tantas noches cuando Stella era pequeña y despertaba con fiebre.
Las madres nunca dejan de hacer guardia.
Apagó la luz de la cocina.
Caminó lentamente por el pasillo.
La puerta del dormitorio permanecía entreabierta.
Empujó apenas unos centímetros.
La habitación olía al perfume suave que Stella usaba desde hacía años, mezclado con el aroma limpio del suavizante de la ropa de cama.
La lámpara de la mesita permanecía encendida.
Con una luz cálida.
Pequeña.
Stella dormía de lado.
El cabello oscuro caía desordenado sobre la almohada.
Tenía los párpados hinchados.
La respiración era irregular, como si incluso dormida siguiera llorando por dentro.
Emperatriz sonrió con tristeza.
Se acercó despacio.
Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Exactamente igual que cuando tenía seis años.
Después estiró la mano para apagar la lámpara.
Fue entonces cuando la vio.
Una fotografía.
Pequeña.
Apoyada sobre el buró.
No estaba enmarcada.
Era una impresión sencilla, de las que uno manda revelar deprisa porque necesita tenerlas cerca.
La tomó con cuidado.
En la imagen aparecía Romero.
Vestía una camisa de mezclilla azul claro.
Sonreía apenas.
No era una sonrisa para la cámara.
Era una sonrisa dirigida a quien sostenía el teléfono.
A Stella.
Emperatriz observó la fotografía durante largo rato.
Recordó todas aquellas llamadas desde Madrid.
"Mamá, hoy Romero me llevó al estudio."
"Mamá, dice que cocina mejor el pescado que cualquiera."
"Mamá, es un hombre muy serio... pero cuando se ríe parece otro."
Ella siempre sonreía al otro lado del teléfono.
Nunca preguntó demasiado.
Había aprendido que el amor necesita espacio para crecer.
Solo escuchaba.
Y bastaba la manera en que Stella pronunciaba aquel nombre para entender que algo muy importante estaba ocurriendo en su vida.
Nunca llegó a conocerlo.
Solo por videollamada.
Un saludo breve.
Emperatriz sintió que el pecho se le cerraba.
Acarició con el pulgar la fotografía.
—Gracias...
susurró.
Las lágrimas comenzaron a caer en silencio.
No eran lágrimas escandalosas.
Solo una detrás de otra.
Lentas.
Dolían porque comprendía algo que ninguna madre desea comprender.
Su hija no había perdido una ilusión.
Había perdido al hombre con quien estaba aprendiendo a construir una vida.
Volvió la vista hacia Stella.
Dormía abrazada a una sudadera gris.
Emperatriz reconoció enseguida que no era suya.
La levantó con cuidado.
Todavía conservaba un perfume tenue.
Masculino.
Amaderado.
Con un ligero aroma a mar y a loción para después de afeitar.
La acercó involuntariamente a su rostro.
Entonces entendió.
No era una prenda cualquiera.
Era la sudadera de Romero.
Stella la sostenía incluso dormida.
Con la misma fuerza con la que un niño abraza un peluche cuando tiene miedo.
Emperatriz ya no pudo contenerse.
Se llevó una mano a la boca para no hacer ruido.
Porque no quería despertarla.
Porque bastante tenía ya con su propio dolor.
Se inclinó.
Besó con infinita delicadeza la frente de su hija.
—Perdóname, mi niña...
susurró con la voz rota.
No pude evitarte este sufrimiento.
Ni pude traerlo de vuelta para ti.
Apagó la lámpara.
Salió de la habitación.
Cerró la puerta con extremo cuidado.
Solo cuando el clic de la cerradura quedó ahogado por el silencio del pasillo, dejó de contenerse.
Apoyó la espalda contra la pared.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
Y lloró.
Lloró por la hija que había aprendido a caminar aferrada a sus dedos.
Por la mujer que había cruzado un océano para perseguir un sueño.
En ese instante comprendió que había pérdidas que una madre no podía sanar.
Solo podía permanecer.
Ser el refugio.
La presencia.
La luz encendida al final del pasillo.
Porque el dolor de su hija no desaparecería al amanecer.
Y ella estaba decidida a quedarse el tiempo que fuera necesario.
Aunque tuviera que aprender, junto a Stella, a vivir después del mar.