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El peligro de Quererte
Publicado: Mar Jul 28, 2026 5:35 am
por Indira
No debí mirarte.
Punto de vista: Mía.
La Costa del Sol despertaba con la tranquilidad engañosa de cualquier lunes de Verano.
El Mediterráneo respiraba con un vaivén pausado contra el espigón del puerto deportivo de Estepona, mientras las primeras terrazas levantaban sus persianas metálicas y el aroma del café recién molido comenzaba a mezclarse con la brisa salada. Turistas madrugadores recorrían el paseo marítimo con ropa deportiva. Los pescadores regresaban lentamente después de una noche en alta mar. Los jardineros municipales regaban las macetas rebosantes de buganvillas que daban fama al casco histórico.
Todo parecía normal.
Tan normal que nadie habría imaginado que, detrás de los cristales tintados de algunos edificios, se cerraban acuerdos capaces de mover millones de euros antes incluso de que la ciudad terminara de desayunar.
Esepona siempre había sabido esconder muy bien sus secretos.
Mía abrió los ojos sobresaltada.
No fue un grito lo que la despertó.
Fue el silencio.
Permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando distinguir si el corazón le latía con fuerza por culpa del sueño o porque todavía seguía dentro de él.
El techo blanco de su habitación sustituyó lentamente la imagen que había ocupado su mente unos instantes antes.
Un despacho.
Una inmensa cristalera.
El reflejo del mar.
Y un hombre vestido completamente de negro observándola desde el otro extremo de la estancia.
Ni una palabra.
Solo aquellos ojos grises imposibles de olvidar.
Se incorporó despacio sobre la cama y dejó escapar un largo suspiro.
—Otra vez...
Se llevó ambas manos al rostro.
No era la primera vez que soñaba con Kai Sterling.
Y aquello empezaba a parecerle absurdo.
Ni siquiera lo conocía.
Bueno...
Conocerlo era una forma muy optimista de describir lo ocurrido entre ellos años atrás.
Habían coincidido una única vez.
Ni siquiera habían intercambiado una conversación.
Sin embargo, aquella imagen permanecía grabada en su memoria con una precisión incómoda.
Una calle mal iluminada.
Lluvia.
Sirenas a lo lejos.
Un hombre tendido sobre el asfalto.
Y otro permaneciendo inmóvil.
No huyendo.
No celebrando.
Simplemente observando el resultado de una pelea que nadie se había atrevido a detener.
Kai Sterling.
Aquel muchacho del que todos hablaban en Estepona.
El estudiante brillante.
El heredero de una familia respetada.
El joven cuya vida había cambiado para siempre después de perder a sus padres.
Mía tenía dieciséis años cuando lo vio por primera vez.
Nunca olvidó la expresión de su rostro.
No era rabia.
No era miedo.
Era cansancio.
Como si ya hubiera vivido demasiado para alguien tan joven.
Sacudió la cabeza.
No pensaba empezar el día recordando a un hombre al que probablemente jamás volvería a cruzarse.
Se levantó de la cama y abrió la ventana.
La luz dorada del amanecer inundó inmediatamente la habitación.
Desde el tercer piso del edificio podía escuchar el murmullo del barrio despertando poco a poco.
El panadero saludaba a una vecina.
Una motocicleta atravesó la calle.
En la plaza cercana comenzaron a cantar las primeras gaviotas.
Aquella rutina tenía algo reconfortante.
Le recordaba que, por mucho que el mundo cambiara, siempre existirían lugares donde la vida continuaba exactamente igual.
Hasta que entró en la cocina.
Su madre ya estaba sentada frente a la mesa.
No desayunaba.
Observaba una libreta abierta.
Un bolígrafo descansaba entre sus dedos.
Había tachado varias cifras.
Otras permanecían rodeadas por círculos rojos.
Mía no necesitó preguntar.
Conocía aquella libreta.
Era donde Rosa anotaba cada ingreso y cada gasto desde hacía años.
Y las cuentas llevaban semanas dejando de cuadrar.
—Buenos días, mamá.
Rosa levantó la vista e intentó sonreír.
—Buenos días, cariño.
Fue una sonrisa breve.
Demasiado breve.
Mía abrió la nevera.
Quedaba medio cartón de leche.
Un yogur.
Mantequilla.
Poco más.
Preparó dos cafés en silencio antes de sentarse frente a su madre.
—¿Ha ido mal este mes?
Rosa soltó el aire lentamente.
—Peor de lo que esperaba.
Empujó la libreta hacia ella.
Mía recorrió las cifras sin decir nada.
Uno de los empleos de limpieza había terminado tras el fallecimiento de la propietaria.
El otro desapareció cuando la familia decidió vender la vivienda y mudarse a Málaga.
Solo quedaba una casa.
La de doña Inés.
—Con esto no llegamos al verano —admitió Rosa con serenidad, aunque el cansancio alrededor de sus ojos decía mucho más que sus palabras.
Mía cerró la libreta despacio.
Llevaba meses buscando un trabajo que pudiera compatibilizar con la universidad.
Había enviado currículos.
Solicitado entrevistas.
Respondido ofertas.
La mayoría exigía experiencia.
Las demás ofrecían horarios incompatibles con las clases.
Comenzaba a preguntarse si realmente existía un lugar para alguien que todavía intentaba construir su futuro.
—Encontraré algo.
Rosa la observó durante unos segundos.
—Lo sé.
Pero ambas sabían que encontrar trabajo en la Costa del Sol, incluso con idiomas y estudios, era mucho más complicado de lo que parecía desde fuera.
Aquella misma mañana, a pocos kilómetros del barrio donde vivía Mía, el ascensor privado del edificio Katábasis ascendía lentamente hasta la última planta.
Las puertas se abrieron sin emitir un solo sonido.
Kai Sterling salió acompañado únicamente por el director jurídico del grupo.
Los enormes ventanales ofrecían una vista privilegiada del Mediterráneo.
Desde allí podía verse casi toda la bahía.
Durante unos segundos ninguno habló.
Kai dejó una carpeta sobre la mesa de reuniones.
—¿La cancelación?
—Confirmada.
—¿Y la sustituta?
El abogado negó con la cabeza.
—Las dos traductoras externas rechazaron el contrato.
Kai frunció ligeramente el ceño.
—¿Motivo?
—Dicen que las reuniones requieren demasiada disponibilidad. Una ha aceptado un puesto en Bruselas y la otra se incorpora a una consultora en Madrid.
Kai permaneció pensativo.
En apenas tres días debía recibir a una delegación italiana interesada en una operación inmobiliaria de gran importancia para el grupo.
Necesitaba una traductora.
No dentro de un mes.
Ahora.
El abogado abrió otra carpeta.
—Doña Inés llamó ayer por la tarde.
Kai levantó la mirada.
—¿Mi abuela?
—Quiere recomendar a una estudiante de Administración. Habla italiano e inglés con fluidez. Dice que es responsable y que lleva años ayudando ocasionalmente a su madre cuando limpia la casa.
Kai permaneció unos segundos en silencio.
Después cerró la carpeta.
—Concertad una entrevista.
Nada más.
No imaginaba que aquella decisión, tomada en menos de diez segundos, cambiaría el rumbo de su vida.
Y tampoco podía saber que, al otro lado de la ciudad, la joven cuyo nombre acababa de escuchar seguía convencida de que Kai Sterling nunca volvería a cruzarse en su camino.
Los dos estaban equivocados.
Re: El peligro de Quererte
Publicado: Mar Jul 28, 2026 6:46 am
por Indira
La recomendación de doña Inés.
Punto de vista: Mía.
El reloj de la iglesia de Los Remedios acababa de marcar las nueve cuando el casco histórico de Estepona terminó de despertar por completo.
El verano había transformado la ciudad en un mosaico de idiomas. En apenas unos metros podían escucharse conversaciones en español, inglés, alemán, francés e italiano. Las terrazas comenzaban a llenarse de turistas que buscaban refugio bajo los toldos blancos, mientras los comerciantes abrían sus puertas con la resignación de quienes sabían que el calor del mediodía convertiría las calles en un espejo de luz.
Mía caminaba entre ellas con paso firme.
Llevaba una carpeta de cuero apoyada contra el costado y una botella de agua en la mano. Vestía una blusa blanca de lino de mangas remangadas, unos pantalones beige de cintura alta y unas sandalias de cuero color miel. Era una combinación sencilla, pero resaltaba la armonía natural de su figura.
Su estatura era media, aunque cualquiera habría jurado que era más alta. No era cuestión de centímetros, sino de la forma en que caminaba: espalda recta, hombros relajados y la cabeza siempre erguida, como quien había aprendido desde niña a mirar de frente sin desafiar a nadie. Había en ella una elegancia espontánea, imposible de fabricar, mezclada con una energía luminosa que parecía pertenecer al propio paisaje mediterráneo.
El sol de julio arrancaba destellos cobrizos de su melena castaña. El cabello, aclarado por años de salitre y veranos interminables, caía en capas desenfadadas alrededor de un rostro de facciones armónicas. Sus ojos color avellana recorrían cuanto ocurría a su alrededor con una atención constante; bajo unas cejas pobladas y naturales, aquella mirada adquiría una intensidad felina que contrastaba con la sonrisa abierta que regalaba al cruzarse con los vecinos del barrio.
No caminaba deprisa.
Observaba.
Una costumbre que había desarrollado desde pequeña.
Notó que la florista había cambiado las macetas de geranios por hortensias debido al calor. El dueño de la librería había sustituido el escaparate dedicado a novelas históricas por uno lleno de guías de viaje. Incluso el camarero de la cafetería de la esquina, siempre impecable, llevaba la manga izquierda ligeramente remangada para ocultar un vendaje reciente.
Pequeños detalles.
La mayoría de las personas jamás los habría advertido.
Ella sí.
Llegó frente a una casa de fachada blanca adornada con macetas de barro azul.
Golpeó suavemente la puerta.
No tardó en escuchar unos pasos pausados.
—Ya voy.
La voz conservaba una calidez inconfundible.
La puerta se abrió.
—Buenos días, doña Inés.
—Buenos días, hija.
Doña Inés rondaba los setenta y cinco años. Su cabello completamente blanco estaba recogido en un moño bajo y vestía con la elegancia discreta de quien nunca había necesitado demostrar su posición económica. Una blusa de algodón celeste, pantalón claro y un collar de perlas pequeñas bastaban para transmitir una dignidad natural.
Su sonrisa se amplió al verla.
—Pasa. Hace demasiado calor para quedarse en la puerta.
Mía obedeció.
El interior de la vivienda conservaba una agradable frescura. Las gruesas paredes de piedra protegían del calor exterior, mientras el aroma a jazmín entraba desde un patio andaluz donde una pequeña fuente dejaba caer el agua con un murmullo constante.
—¿Tu madre cómo está?
—Bien... aunque preocupada.
Doña Inés asintió despacio.
No necesitó más explicaciones.
Conocía a Rosa desde hacía más de veinte años.
También sabía que ambas atravesaban un momento complicado.
Las dos se sentaron junto a una mesa redonda de madera.
—¿Te apetece un café?
—Encantada.
Mientras la cafetera comenzaba a hervir, la anciana observó a la joven de reojo.
Había visto crecer a Mía.
La recordaba entrando en aquella casa con apenas ocho años, ayudando a su madre a limpiar los cristales mientras hacía preguntas sobre cada libro de la biblioteca.
Con los años las preguntas cambiaron.
Primero fueron sobre idiomas.
Después sobre economía.
Más tarde sobre empresas familiares, inversiones y derecho mercantil.
Nunca había conocido a una muchacha con semejante curiosidad.
Regresó con dos tazas.
—Rosa me contó que sigues buscando trabajo.
Mía bajó ligeramente la vista hacia el café.
—Sí.
—¿Nada todavía?
Negó con una sonrisa resignada.
—Hay ofertas, pero todas piden experiencia o jornadas completas. Si acepto una de esas tendría que abandonar la universidad.
—Y no vas a hacerlo.
—No.
La respuesta salió inmediata.
—Me ha costado demasiado llegar hasta aquí.
Doña Inés sonrió con satisfacción.
Esperaba exactamente esa respuesta.
Permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.
—Quizá pueda ayudarte.
Mía levantó la vista.
La anciana entrelazó las manos sobre la mesa.
—Ayer hablé con mi nieto.
Mía no reaccionó.
No porque no supiera quién era.
Sino porque aquel apellido llevaba años sin pronunciarse en aquella casa.
Sterling.
Doña Inés continuó.
—Necesita incorporar temporalmente a una traductora.
La joven frunció ligeramente el ceño.
—¿Traductora?
—Sí.
Tiene varias reuniones con inversores italianos y británicos durante las próximas semanas. Su equipo habitual no puede atenderlas y necesita a alguien que domine los idiomas.
Mía permaneció pensativa.
—Yo nunca he trabajado como traductora profesional.
—Pero hablas italiano.
—Sí.
—E inglés.
—También.
—Y estás estudiando Administración de Empresas.
Mía asintió.
—Entonces reúnes exactamente el perfil que buscan.
La joven apoyó ambas manos alrededor de la taza.
—No creo que una empresa como Sterling Holdings contrate a una estudiante sin experiencia.
Doña Inés dejó escapar una pequeña risa.
—No seas tan rápida descartándote.
—Intento ser realista.
—Precisamente por eso pensé en ti.
Aquella respuesta la desconcertó.
—¿Por qué?
La anciana la miró con una mezcla de orgullo y serenidad.
—Porque llevas toda la vida creyendo que todavía no estás preparada.
Hizo una pausa.
—Y llevas exactamente el mismo tiempo demostrándome lo contrario.
Mía guardó silencio.
No estaba acostumbrada a recibir elogios.
Prefería los hechos.
Doña Inés abrió un pequeño cuaderno que descansaba sobre la mesa.
En una de las páginas había anotado una dirección.
**Katábasis.**
El nombre estaba escrito con una caligrafía impecable.
Debajo figuraban una fecha y una hora.
—Mañana a las diez.
La joven observó el papel.
El nombre le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
No porque hubiera estado allí.
Sino porque llevaba años apareciendo en revistas económicas, artículos de prensa y conversaciones ocasionales entre empresarios de la zona.
Katábasis era uno de los proyectos más ambiciosos de Sterling Holdings.
Un complejo empresarial que reunía oficinas corporativas, salas de conferencias, un restaurante de alta cocina y un exclusivo club privado. Para la mayoría de los ciudadanos representaba el símbolo del crecimiento económico de Estepona y de la transformación de la Costa del Sol en un destino internacional para los negocios.
Nunca se había imaginado cruzando aquellas puertas.
—No tienes ninguna obligación de aceptar.
La voz de doña Inés interrumpió sus pensamientos.
—Solo quiero que tengas la oportunidad de presentarte.
Mía respiró hondo.
Miró nuevamente la dirección.
Después levantó la vista.
—¿Cómo es él?
La anciana comprendió inmediatamente a quién se refería.
Sonrió con cierta melancolía.
—Esa pregunta es mucho más difícil de responder de lo que imaginas.
—Todo el mundo habla de Kai Sterling.
—Precisamente por eso prefiero que formes tu propia opinión.
Hubo un breve silencio.
Finalmente añadió con absoluta serenidad:
—Solo puedo decirte una cosa.
Mi nieto lleva muchos años cargando con una reputación que no siempre cuenta la historia completa.
Mía dobló cuidadosamente el papel y lo guardó dentro de su carpeta.
Mientras abandonaba la casa unos minutos más tarde, el sol caía ya con fuerza sobre las calles encaladas de Estepona.
No sabía si aquella entrevista cambiaría algo.
Solo pensaba acudir, responder unas cuantas preguntas y regresar a casa.
Ignoraba que, al mismo tiempo, en la última planta de Katábasis, Kai Sterling acababa de recibir su agenda del día siguiente.
Entre todas las reuniones previstas, una ocupaba apenas una línea.
**10:00 h — Entrevista con candidata recomendada por D.ª Inés.**
No había fotografía.
Solo un nombre.
**Mía Romero.**
Kai leyó aquella línea una única vez antes de cerrar la carpeta.
Para él, no era más que una entrevista de trabajo.
Todavía no podía imaginar que aquella decisión administrativa sería el primer movimiento de una historia que alteraría el equilibrio que llevaba años construyendo.