[Trama Principal] Relatos del Cyberverse - El precio de no Callar.
Publicado: Jue Jun 18, 2026 12:37 am
La lluvia cae en diagonal sobre el Distrito Portuario. La noto en la nuca antes de oírla, ese frío que se cuela por el cuello de la chaqueta y te recuerda que llevas demasiado tiempo quieta en el mismo sitio.
Me despego de la pared.
A unos veinte metros, dos agentes de seguridad de Imperium bloquean la entrada al callejón donde Dávila dijo que estaría el punto de recogida. Uniforme negro, visera táctica, la insignia corporativa brillando en el hombro izquierdo como si fuera algo de lo que enorgullecerse. Llevan tiempo ahí. Demasiado para ser casualidad.
Alguien habló.
Aprieto el asa de la bolsa. Dentro hay treinta memorias flash con los registros filtrados de la planta de automatización: listas de despidos masivos, contratos firmados con la administración local, nombres. Pruebas de todo lo que Imperium lleva meses negando en las pantallas públicas.
No puedo dar media vuelta. Si los registros no llegan esta noche al colectivo, desaparecen para siempre.
Respiro.
Me pongo en marcha con paso firme, como alguien que vuelve a casa después de un turno largo. La cabeza ligeramente agachada. Los hombros caídos. Una persona más que el sistema ha conseguido volver invisible. El primero me ve venir y su mano se mueve hacia el lector de identificación.
— Documentación — dice, sin molestarse en añadir nada más.
Le tiendo el carné. El falso, el bueno, el que me costó tres semanas de trabajo en el taller de Yolanda. El lector pita una vez. Verde.
El agente me devuelve el carné sin mirarme a la cara.
El segundo, sin embargo, sí lo hace.
Hay algo en sus ojos, una fracción de segundo en la que algo encaja, como cuando reconoces a alguien que no debería estar donde está. Quizás me vio en alguna de las protestas. Quizás mi cara está en alguna lista que yo no sé que existe.
— Un momento — dice.
No me detengo.
Acelero.
El callejón se abre ante mí y echo a correr, con la bolsa golpeándome el costado, las suelas chapoteando en los charcos, el sonido de pasos detrás rompiéndose contra las paredes de ladrillo. Conozco este laberinto mejor que ellos. Lo llevo memorizando semanas para exactamente esto.
Izquierda. Derecha. Por debajo de la pasarela oxidada.
Los pasos detrás se alejan.
Cuando llego al punto de recogida, Dávila ya está ahí, calado hasta los huesos, con esa expresión suya que mezcla alivio y reproche a partes iguales.
— Tardabas — murmura.
Le pongo la bolsa en las manos sin decir nada.
Hay cosas que no necesitan explicación.
Dávila abre la bolsa, saca una de las memorias y la hace girar entre los dedos como si pudiera leer su contenido con solo tocarla.
— Treinta — digo.
— Lo sé. Las conté mentalmente mientras corrías. — Guarda la memoria y cierra la bolsa. — ¿Te vieron la cara?
— Uno de ellos. No sé cuánto.
Asiente despacio. Eso significa que sabe exactamente cuánto, y que no es poco.
El refugio es un antiguo cuarto de contadores en el sótano de un edificio que lleva cinco años en proceso de demolición que nunca termina de ejecutarse. Imperium compró los derechos del suelo y luego lo dejó pudrirse, como hace con todo lo que no le resulta rentable de inmediato. Nosotros lo llamamos la Caldera. Hay una mesa plegable, cuatro sillas que no hacen juego, un cable de red que Sixto tendió a mano desde el edificio de enfrente, y una cafetera que funciona el sesenta por ciento de las veces.
Esta noche funciona.
Me sirvo sin preguntar y me siento. Las manos me tiemblan un poco. No de miedo, o no solo de eso. Es el cuerpo procesando el exceso de adrenalina, evacuándola por donde puede.
— Sixto ya está arriba — dice Dávila, dejando la bolsa sobre la mesa. — En cuanto verifique los archivos, los dividimos y salen por tres canales distintos. Periodistas independientes, dos. El archivo central del colectivo, uno.
— ¿Están seguros los canales?
— Más seguros que tú ahora mismo. — Me mira por encima del borde de su taza. — Vas a tener que cambiar de piso esta semana.
Lo sabía antes de que lo dijera. Lo supe en el momento en que ese agente me miró de esa manera. Aun así, oírlo en voz alta tiene un peso distinto.
Mi piso. El gato de mi vecina que se cuela por la ventana. El despertador que lleva roto tres meses porque nunca encuentro el momento de arreglarlo. La rutina pequeña y frágil que uno construye alrededor del caos para convencerse de que todavía hay algo normal.
— Bien — digo.
Arriba, los pasos lentos de Sixto cruzan el suelo. Luego silencio. Luego el pitido corto de una verificación completada.
Dávila levanta la vista.
— Están todos — dice Sixto desde la trampilla, con esa voz suya que nunca sube de volumen aunque esté dando una buena noticia. — Intactos. Fechas, firmas digitales, metadatos. Todo.
La tensión de las últimas tres horas se disuelve de golpe y durante un segundo nadie dice nada. No porque no haya nada que decir, sino porque hay cosas que no se celebran en voz alta cuando todavía no has salido del agujero.
Dávila apoya los codos en la mesa.
— Mañana por la mañana esto estará en manos de gente que sabe qué hacer con ello. — Hace una pausa. — Lo que pase después ya no depende de nosotros.
— Nunca dependió solo de nosotros — respondo.
Me mira. Algo en su expresión cambia, apenas, como una grieta en la piedra.
— No. — Bebe un sorbo de café. — Pero alguien tenía que empezar.
La lluvia sigue golpeando el asfalto sobre nuestras cabezas. En algún lugar de la ciudad, un agente de Imperium está describiendo mi cara a alguien que toma notas. En otro lugar, Yolanda probablemente ya sabe que el carné funcionó y estará fumando en la ventana sin decírselo a nadie.
Y aquí, en este sótano que huele a humedad y a café malo, treinta memorias flash esperan el amanecer.
Es suficiente por esta noche.
No llego a terminar el café.
El pitido viene del portátil de Sixto, uno de esos sonidos que aprende a reconocer el cuerpo antes que la mente. Corto. Repetido. La alerta perimetral que él mismo programó en los sensores de movimiento que colocamos en las entradas del edificio hace semanas, cuando todavía pensábamos que éramos demasiado pequeños para que nos buscaran aquí.
Dávila ya está de pie.
— ¿Cuántos? — pregunta hacia la trampilla.
— Dos sensores. — La voz de Sixto ha perdido su calma habitual, solo un poco, lo justo para que me ponga de pie de un salto. — Entrada principal y rampa de carga. Se están coordinando.
No es una patrulla aleatoria. Las patrullas aleatorias no cierran dos salidas a la vez.
Dávila me mira. Yo miro la bolsa sobre la mesa.
— Las memorias no pueden quedarse aquí — digo.
— Las memorias no van a ningún sitio si nos cogen con ellas encima — responde él.
Tiene razón. Y yo también. Ambas cosas son verdad al mismo tiempo y no hay margen para resolver esa contradicción con calma.
Sixto baja por la escalerilla con el portátil bajo el brazo y una mochila que no estaba ahí hace diez minutos.
— Hay una tercera salida — dice.
Dávila frunce el ceño. — La cañería de ventilación no cabe una persona.
— No. Pero cabe esto. — Sixto saca del bolsillo lateral de la mochila algo del tamaño de un libro pequeño. Un router portátil modificado, con una antena que alguien dobló a mano para que encajara en el espacio. Lo conozco. Lo hemos usado antes para transmisiones en corto. — Puedo comprimir los archivos y transmitirlos en paquetes cifrados al servidor del colectivo antes de que entren. Cuatro minutos si la señal aguanta.
— ¿Y si no aguanta?
— Entonces rezamos.
No soy religiosa. Pero en este momento entiendo perfectamente el impulso.
— Hazlo — dice Dávila.
Sixto se sienta en el suelo con el portátil en las rodillas y empieza a teclear con esa concentración suya que lo hace parecer ajeno a todo lo demás, como si el ruido de pasos que ya se escucha sobre nuestras cabezas fuera un problema de otra persona.
Dávila me pone una mano en el hombro.
— Tú y yo vamos a salir por la entrada principal antes de que la cierren del todo. Caminando. Sin correr. Somos dos personas que han estado bebiendo en un local y vuelven a casa.
— ¿Y Sixto?
— Sixto sale cuando termine. — Una pausa. — O no sale.
Lo miro. Sixto no levanta la vista del teclado.
— Lo sé — dice él, sin que nadie le haya preguntado nada.
Hay un tipo de valentía que no se parece en nada a lo que te enseñan de pequeño. No tiene música de fondo. No hay un momento de decisión dramático. Es simplemente alguien sentado en el suelo de un sótano, con los dedos moviéndose sobre un teclado, eligiendo quedarse.
Cojo la bolsa con las memorias físicas. Si nos paran, son pruebas. Si no nos paran, las destruimos esta misma noche. No podemos permitirnos ningún cabo suelto.
Dávila apaga la cafetera. Un gesto absurdo y completamente humano que por alguna razón me ancla al presente mejor que cualquier otra cosa.
— ¿Lista? — me pregunta.
Pienso en el agente que me miró esta noche. En los registros. En los nombres de los trabajadores despedidos que están en esas memorias, personas que nunca sabrán que existimos.
— Lista.
Subimos.
La lluvia nos recibe como si no hubiera pasado nada.
El agente está exactamente donde me temía.
Plantado en la acera frente a la entrada del edificio, con el cuello subido contra la lluvia y esa postura de quien lleva un rato esperando y ya ha dejado de fingir que es casualidad. Detrás de él, a unos metros, una furgoneta sin identificación con el motor encendido.
Dávila no afloja el paso.
Yo tampoco.
— Buenas noches — dice el agente. No es una pregunta ni un saludo. Es una advertencia con forma de cortesía.
— Buenas — responde Dávila, con una naturalidad que me cuesta no admirar en voz alta.
El agente nos mira a los dos. A mí un segundo más que a él.
Me reconoce.
Lo veo en la fracción de segundo que tarda de más en decidir qué hacer, ese instante en que el protocolo y la certeza no terminan de alinearse. Me ha visto antes, esta noche, bajo la lluvia, con la bolsa. Pero ahora la bolsa es diferente, más pequeña, y yo soy diferente, más lenta, más cansada, menos amenaza.
— Documentación — dice al fin.
Se la tendemos los dos. Él pasa el lector primero por el carné de Dávila. Verde. Luego por el mío.
El lector pita.
Verde.
El agente nos devuelve los carnés. Sus ojos no se han movido de mi cara.
— ¿Viven por aquí?
— Dos calles — dice Dávila, señalando vagamente hacia el norte. — El bar de la esquina cierra tarde los jueves.
Un silencio que dura exactamente lo que tiene que durar para resultar incómodo sin resultar definitivo. Luego el agente hace un gesto con la cabeza, apenas, hacia su compañero al fondo del callejón. Algo que no significa nada o que lo significa todo dependiendo de lo que haya encontrado dentro.
No hemos llegado todavía a la esquina cuando oigo que la furgoneta apaga el motor.
Seguimos caminando.
Una calle. Dos. Sin hablar, sin mirarnos, sin aflojar el ritmo hasta que doblamos una tercera esquina y el edificio desaparece detrás de nosotros y Dávila suelta el aire por la nariz como si llevara tres minutos sin respirar, que probablemente es exactamente lo que ha pasado.
Me detengo.
— Sixto — digo.
— Dale tiempo.
No tengo forma de saber si terminó. No tengo forma de saber si la señal aguantó, si los archivos llegaron, si en este momento alguien al otro lado del servidor del colectivo está mirando una pantalla con los ojos muy abiertos. No tengo forma de saber nada excepto que mis pies están mojados y la bolsa que llevo pesa menos de lo que debería porque las memorias ya no importan, ya solo son plástico y metal, ya cumplieron o no cumplieron su función y eso está fuera de mis manos.
Entonces vibra el teléfono.
Un mensaje de un número que no existe en ninguna agenda. Tres palabras.
Paquetes entregados. Gracias.
Me quedo mirando la pantalla bajo la lluvia durante un momento que no sé medir.
Dávila lo lee por encima de mi hombro. No dice nada. Se limita a sacar las memorias de la bolsa una a una y dejarlas caer por una rejilla del alcantarillado, con ese gesto tranquilo y metódico que tiene para las cosas que ya han dejado de ser necesarias.
La última desaparece con un sonido mínimo.
— ¿Y ahora? — pregunto.
— Ahora buscas dónde dormir esta semana — dice. — Y mañana por la mañana, cuando los periodistas publiquen los registros, tú y yo no sabremos nada de nada.
— Como siempre.
— Como siempre.
Nos separamos en la siguiente esquina sin despedirnos, porque despedirse llamaría la atención y porque en el fondo no hay nada que decir que no se haya dicho ya esta noche sin palabras.
Camino sola durante un rato sin rumbo fijo, dejando que la lluvia haga su trabajo.
En algún lugar de la ciudad, Sixto está saliendo por una puerta trasera o está respondiendo preguntas en las que no reconocerá nada. En algún lugar, un periodista va a abrir un archivo cifrado antes del amanecer. En algún lugar, un trabajador despedido cuyo nombre aparece en esos registros va a leer mañana algo que no esperaba leer, algo que le va a demostrar que alguien, en algún momento, consideró que su historia valía la pena arriesgar algo.
No sé si eso es suficiente.
Pero es lo que hay.
Y esta noche, bajo esta lluvia, en esta ciudad que Imperium cree que le pertenece, resulta que es bastante.
Me despego de la pared.
A unos veinte metros, dos agentes de seguridad de Imperium bloquean la entrada al callejón donde Dávila dijo que estaría el punto de recogida. Uniforme negro, visera táctica, la insignia corporativa brillando en el hombro izquierdo como si fuera algo de lo que enorgullecerse. Llevan tiempo ahí. Demasiado para ser casualidad.
Alguien habló.
Aprieto el asa de la bolsa. Dentro hay treinta memorias flash con los registros filtrados de la planta de automatización: listas de despidos masivos, contratos firmados con la administración local, nombres. Pruebas de todo lo que Imperium lleva meses negando en las pantallas públicas.
No puedo dar media vuelta. Si los registros no llegan esta noche al colectivo, desaparecen para siempre.
Respiro.
Me pongo en marcha con paso firme, como alguien que vuelve a casa después de un turno largo. La cabeza ligeramente agachada. Los hombros caídos. Una persona más que el sistema ha conseguido volver invisible. El primero me ve venir y su mano se mueve hacia el lector de identificación.
— Documentación — dice, sin molestarse en añadir nada más.
Le tiendo el carné. El falso, el bueno, el que me costó tres semanas de trabajo en el taller de Yolanda. El lector pita una vez. Verde.
El agente me devuelve el carné sin mirarme a la cara.
El segundo, sin embargo, sí lo hace.
Hay algo en sus ojos, una fracción de segundo en la que algo encaja, como cuando reconoces a alguien que no debería estar donde está. Quizás me vio en alguna de las protestas. Quizás mi cara está en alguna lista que yo no sé que existe.
— Un momento — dice.
No me detengo.
Acelero.
El callejón se abre ante mí y echo a correr, con la bolsa golpeándome el costado, las suelas chapoteando en los charcos, el sonido de pasos detrás rompiéndose contra las paredes de ladrillo. Conozco este laberinto mejor que ellos. Lo llevo memorizando semanas para exactamente esto.
Izquierda. Derecha. Por debajo de la pasarela oxidada.
Los pasos detrás se alejan.
Cuando llego al punto de recogida, Dávila ya está ahí, calado hasta los huesos, con esa expresión suya que mezcla alivio y reproche a partes iguales.
— Tardabas — murmura.
Le pongo la bolsa en las manos sin decir nada.
Hay cosas que no necesitan explicación.
Dávila abre la bolsa, saca una de las memorias y la hace girar entre los dedos como si pudiera leer su contenido con solo tocarla.
— Treinta — digo.
— Lo sé. Las conté mentalmente mientras corrías. — Guarda la memoria y cierra la bolsa. — ¿Te vieron la cara?
— Uno de ellos. No sé cuánto.
Asiente despacio. Eso significa que sabe exactamente cuánto, y que no es poco.
El refugio es un antiguo cuarto de contadores en el sótano de un edificio que lleva cinco años en proceso de demolición que nunca termina de ejecutarse. Imperium compró los derechos del suelo y luego lo dejó pudrirse, como hace con todo lo que no le resulta rentable de inmediato. Nosotros lo llamamos la Caldera. Hay una mesa plegable, cuatro sillas que no hacen juego, un cable de red que Sixto tendió a mano desde el edificio de enfrente, y una cafetera que funciona el sesenta por ciento de las veces.
Esta noche funciona.
Me sirvo sin preguntar y me siento. Las manos me tiemblan un poco. No de miedo, o no solo de eso. Es el cuerpo procesando el exceso de adrenalina, evacuándola por donde puede.
— Sixto ya está arriba — dice Dávila, dejando la bolsa sobre la mesa. — En cuanto verifique los archivos, los dividimos y salen por tres canales distintos. Periodistas independientes, dos. El archivo central del colectivo, uno.
— ¿Están seguros los canales?
— Más seguros que tú ahora mismo. — Me mira por encima del borde de su taza. — Vas a tener que cambiar de piso esta semana.
Lo sabía antes de que lo dijera. Lo supe en el momento en que ese agente me miró de esa manera. Aun así, oírlo en voz alta tiene un peso distinto.
Mi piso. El gato de mi vecina que se cuela por la ventana. El despertador que lleva roto tres meses porque nunca encuentro el momento de arreglarlo. La rutina pequeña y frágil que uno construye alrededor del caos para convencerse de que todavía hay algo normal.
— Bien — digo.
Arriba, los pasos lentos de Sixto cruzan el suelo. Luego silencio. Luego el pitido corto de una verificación completada.
Dávila levanta la vista.
— Están todos — dice Sixto desde la trampilla, con esa voz suya que nunca sube de volumen aunque esté dando una buena noticia. — Intactos. Fechas, firmas digitales, metadatos. Todo.
La tensión de las últimas tres horas se disuelve de golpe y durante un segundo nadie dice nada. No porque no haya nada que decir, sino porque hay cosas que no se celebran en voz alta cuando todavía no has salido del agujero.
Dávila apoya los codos en la mesa.
— Mañana por la mañana esto estará en manos de gente que sabe qué hacer con ello. — Hace una pausa. — Lo que pase después ya no depende de nosotros.
— Nunca dependió solo de nosotros — respondo.
Me mira. Algo en su expresión cambia, apenas, como una grieta en la piedra.
— No. — Bebe un sorbo de café. — Pero alguien tenía que empezar.
La lluvia sigue golpeando el asfalto sobre nuestras cabezas. En algún lugar de la ciudad, un agente de Imperium está describiendo mi cara a alguien que toma notas. En otro lugar, Yolanda probablemente ya sabe que el carné funcionó y estará fumando en la ventana sin decírselo a nadie.
Y aquí, en este sótano que huele a humedad y a café malo, treinta memorias flash esperan el amanecer.
Es suficiente por esta noche.
No llego a terminar el café.
El pitido viene del portátil de Sixto, uno de esos sonidos que aprende a reconocer el cuerpo antes que la mente. Corto. Repetido. La alerta perimetral que él mismo programó en los sensores de movimiento que colocamos en las entradas del edificio hace semanas, cuando todavía pensábamos que éramos demasiado pequeños para que nos buscaran aquí.
Dávila ya está de pie.
— ¿Cuántos? — pregunta hacia la trampilla.
— Dos sensores. — La voz de Sixto ha perdido su calma habitual, solo un poco, lo justo para que me ponga de pie de un salto. — Entrada principal y rampa de carga. Se están coordinando.
No es una patrulla aleatoria. Las patrullas aleatorias no cierran dos salidas a la vez.
Dávila me mira. Yo miro la bolsa sobre la mesa.
— Las memorias no pueden quedarse aquí — digo.
— Las memorias no van a ningún sitio si nos cogen con ellas encima — responde él.
Tiene razón. Y yo también. Ambas cosas son verdad al mismo tiempo y no hay margen para resolver esa contradicción con calma.
Sixto baja por la escalerilla con el portátil bajo el brazo y una mochila que no estaba ahí hace diez minutos.
— Hay una tercera salida — dice.
Dávila frunce el ceño. — La cañería de ventilación no cabe una persona.
— No. Pero cabe esto. — Sixto saca del bolsillo lateral de la mochila algo del tamaño de un libro pequeño. Un router portátil modificado, con una antena que alguien dobló a mano para que encajara en el espacio. Lo conozco. Lo hemos usado antes para transmisiones en corto. — Puedo comprimir los archivos y transmitirlos en paquetes cifrados al servidor del colectivo antes de que entren. Cuatro minutos si la señal aguanta.
— ¿Y si no aguanta?
— Entonces rezamos.
No soy religiosa. Pero en este momento entiendo perfectamente el impulso.
— Hazlo — dice Dávila.
Sixto se sienta en el suelo con el portátil en las rodillas y empieza a teclear con esa concentración suya que lo hace parecer ajeno a todo lo demás, como si el ruido de pasos que ya se escucha sobre nuestras cabezas fuera un problema de otra persona.
Dávila me pone una mano en el hombro.
— Tú y yo vamos a salir por la entrada principal antes de que la cierren del todo. Caminando. Sin correr. Somos dos personas que han estado bebiendo en un local y vuelven a casa.
— ¿Y Sixto?
— Sixto sale cuando termine. — Una pausa. — O no sale.
Lo miro. Sixto no levanta la vista del teclado.
— Lo sé — dice él, sin que nadie le haya preguntado nada.
Hay un tipo de valentía que no se parece en nada a lo que te enseñan de pequeño. No tiene música de fondo. No hay un momento de decisión dramático. Es simplemente alguien sentado en el suelo de un sótano, con los dedos moviéndose sobre un teclado, eligiendo quedarse.
Cojo la bolsa con las memorias físicas. Si nos paran, son pruebas. Si no nos paran, las destruimos esta misma noche. No podemos permitirnos ningún cabo suelto.
Dávila apaga la cafetera. Un gesto absurdo y completamente humano que por alguna razón me ancla al presente mejor que cualquier otra cosa.
— ¿Lista? — me pregunta.
Pienso en el agente que me miró esta noche. En los registros. En los nombres de los trabajadores despedidos que están en esas memorias, personas que nunca sabrán que existimos.
— Lista.
Subimos.
La lluvia nos recibe como si no hubiera pasado nada.
El agente está exactamente donde me temía.
Plantado en la acera frente a la entrada del edificio, con el cuello subido contra la lluvia y esa postura de quien lleva un rato esperando y ya ha dejado de fingir que es casualidad. Detrás de él, a unos metros, una furgoneta sin identificación con el motor encendido.
Dávila no afloja el paso.
Yo tampoco.
— Buenas noches — dice el agente. No es una pregunta ni un saludo. Es una advertencia con forma de cortesía.
— Buenas — responde Dávila, con una naturalidad que me cuesta no admirar en voz alta.
El agente nos mira a los dos. A mí un segundo más que a él.
Me reconoce.
Lo veo en la fracción de segundo que tarda de más en decidir qué hacer, ese instante en que el protocolo y la certeza no terminan de alinearse. Me ha visto antes, esta noche, bajo la lluvia, con la bolsa. Pero ahora la bolsa es diferente, más pequeña, y yo soy diferente, más lenta, más cansada, menos amenaza.
— Documentación — dice al fin.
Se la tendemos los dos. Él pasa el lector primero por el carné de Dávila. Verde. Luego por el mío.
El lector pita.
Verde.
El agente nos devuelve los carnés. Sus ojos no se han movido de mi cara.
— ¿Viven por aquí?
— Dos calles — dice Dávila, señalando vagamente hacia el norte. — El bar de la esquina cierra tarde los jueves.
Un silencio que dura exactamente lo que tiene que durar para resultar incómodo sin resultar definitivo. Luego el agente hace un gesto con la cabeza, apenas, hacia su compañero al fondo del callejón. Algo que no significa nada o que lo significa todo dependiendo de lo que haya encontrado dentro.
No hemos llegado todavía a la esquina cuando oigo que la furgoneta apaga el motor.
Seguimos caminando.
Una calle. Dos. Sin hablar, sin mirarnos, sin aflojar el ritmo hasta que doblamos una tercera esquina y el edificio desaparece detrás de nosotros y Dávila suelta el aire por la nariz como si llevara tres minutos sin respirar, que probablemente es exactamente lo que ha pasado.
Me detengo.
— Sixto — digo.
— Dale tiempo.
No tengo forma de saber si terminó. No tengo forma de saber si la señal aguantó, si los archivos llegaron, si en este momento alguien al otro lado del servidor del colectivo está mirando una pantalla con los ojos muy abiertos. No tengo forma de saber nada excepto que mis pies están mojados y la bolsa que llevo pesa menos de lo que debería porque las memorias ya no importan, ya solo son plástico y metal, ya cumplieron o no cumplieron su función y eso está fuera de mis manos.
Entonces vibra el teléfono.
Un mensaje de un número que no existe en ninguna agenda. Tres palabras.
Paquetes entregados. Gracias.
Me quedo mirando la pantalla bajo la lluvia durante un momento que no sé medir.
Dávila lo lee por encima de mi hombro. No dice nada. Se limita a sacar las memorias de la bolsa una a una y dejarlas caer por una rejilla del alcantarillado, con ese gesto tranquilo y metódico que tiene para las cosas que ya han dejado de ser necesarias.
La última desaparece con un sonido mínimo.
— ¿Y ahora? — pregunto.
— Ahora buscas dónde dormir esta semana — dice. — Y mañana por la mañana, cuando los periodistas publiquen los registros, tú y yo no sabremos nada de nada.
— Como siempre.
— Como siempre.
Nos separamos en la siguiente esquina sin despedirnos, porque despedirse llamaría la atención y porque en el fondo no hay nada que decir que no se haya dicho ya esta noche sin palabras.
Camino sola durante un rato sin rumbo fijo, dejando que la lluvia haga su trabajo.
En algún lugar de la ciudad, Sixto está saliendo por una puerta trasera o está respondiendo preguntas en las que no reconocerá nada. En algún lugar, un periodista va a abrir un archivo cifrado antes del amanecer. En algún lugar, un trabajador despedido cuyo nombre aparece en esos registros va a leer mañana algo que no esperaba leer, algo que le va a demostrar que alguien, en algún momento, consideró que su historia valía la pena arriesgar algo.
No sé si eso es suficiente.
Pero es lo que hay.
Y esta noche, bajo esta lluvia, en esta ciudad que Imperium cree que le pertenece, resulta que es bastante.