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[Trama principal] Relatos del Cyberverse - estática

Publicado: Mié Jun 10, 2026 11:57 pm
por cyberlife
La lluvia no avisa en Valencia. Cae y ya está.
Mara se quedó quieta bajo el alero de un contenedor reconvertido en tienda de electrónica de segunda mano, con el cigarrillo a medio consumir entre los dedos y la vista clavada en el reflejo de los neones sobre el asfalto mojado. Rojo. Azul. El logo de Imperium Corporation parpadeando en la fachada de enfrente como si respirara.
Llevaba tres semanas en el Distrito y todavía no había conseguido acostumbrarse al ruido. No al ruido de la gente —eso lo entendía, lo agradecía incluso— sino al otro. Al zumbido constante de los drones de reparto cruzando el cielo a baja altura, a las notificaciones de los altavoces municipales recordando los beneficios del Programa de Integración Laboral, a la música filtrada que salía de algún bar cercano y que sonaba siempre igual, como si alguien hubiera decidido que la alegría debía tener un solo tono.
Dio una calada. Exhaló despacio.
En el bolsillo llevaba un mensaje sin responder. Su hermano, desde Zaragoza. ¿Cuándo vuelves? Tres palabras que pesaban más de lo razonable. La respuesta honesta era no lo sé, pero eso nunca había sido suficiente para Adrián, que necesitaba fechas, planes, certezas. Cosas que Mara había ido dejando atrás como ropa que ya no le quedaba bien.
No es que Valencia fuera mejor. Era distinta. Aquí nadie te preguntaba de dónde venías mientras pagases el alquiler. El portero del edificio —un hombre mayor que olía a café y a tabaco negro— le había dicho la primera noche: "En este barrio la gente tiene su historia. No hace falta que me la cuentes." Ella lo había tomado como una advertencia. Luego entendió que era un regalo.
El cigarrillo llegó al filtro. Lo aplastó contra el borde metálico del contenedor con más calma de la que sentía.
Había una mujer al otro lado de la calle vendiendo flores de plástico iluminadas con microleds. Las sostenía en alto sin decir nada, simplemente mostrándolas, y la luz de colores le salpicaba la cara con una suavidad que contrastaba con el frío. Alguien se paró. Las miró. Siguió caminando.
Mara pensó que eso era lo más honesto que había visto en mucho tiempo.
Sacó el móvil. Abrió el mensaje de Adrián. Lo cerró sin responder.
Después se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos y echó a andar sin dirección concreta, dejándose llevar por el trazado irregular del Distrito, por las voces que salían de las ventanas abiertas, por el olor a fritanga y a humedad y a aceite de motor que lo impregnaba todo.
No tenía prisa.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa.