El ciclo de la ría

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Morcego
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Registrado: Sab May 23, 2026 3:02 am

El ciclo de la ría

Mensaje por Morcego »

Introducción


Xabier Matalobos nunca fue el favorito de la familia. Tampoco el más carismático, ni el más violento, ni siquiera el más inteligente. Pero sí fue el que sobrevivió. Mientras otros hablaban demasiado, presumían demasiado o acababan muertos, detenidos o enterrados bajo pactos silenciosos con la policía, Xabier aprendió algo mucho más útil: observar y esperar.
Durante años permaneció en segundo plano, casi invisible incluso dentro del propio entramado criminal de las Rías Baixas. Era el hermano menor de Eva Matalobos, el hombre al que recurrían cuando había que resolver problemas logísticos, mover mercancía, cuadrar rutas, pagar silencios o hacer desaparecer vehículos comprometidos. Nunca levantaba la voz. Nunca amenazaba más de lo necesario. Nunca se dejaba ver en los locales donde otros buscaban respeto entre whisky caro y exhibiciones ridículas. Y precisamente por eso sigue vivo.
Xabier ronda los cuarenta y pocos. Tiene una complexión fuerte, ligeramente pasada de peso, y los hombros anchos de alguien acostumbrado al puerto, al salitre y a la humedad constante de la costa. Lleva el cabello oscuro peinado hacia atrás con una disciplina anticuada y unos ojos grises difíciles de interpretar, casi cansados. Su rostro transmite una calma incómoda, la serenidad de alguien que lleva demasiados años administrando miedo ajeno sin necesidad de demostrar nada.
Viste bien, aunque sin extravagancias: abrigos oscuros, camisas caras sin logotipos visibles, relojes discretos. El tipo de hombre que podría confundirse con un empresario gallego conservador si uno no se fijase demasiado en cómo calla una mesa entera cuando entra en un restaurante.
No consume cocaína. No bebe hasta perder el control. No persigue mujeres jóvenes para sentirse poderoso. Considera todo eso debilidades estructurales. Para él, el narcotráfico no es una aventura ni una demostración de fuerza; es una empresa hereditaria sostenida sobre tres pilares: deuda, silencio y miedo administrativo. No le interesan las demostraciones violentas gratuitas porque entiende algo que otros nunca llegaron a comprender: el verdadero poder no está en matar a alguien, sino en conseguir que nadie tenga que preguntar quién lo hizo.
Ahora, tras la caída parcial de la vieja estructura criminal de Cambados, el vacío le pertenece. Y lo preocupante no es que Xabier sea más cruel que sus predecesores. Lo preocupante es que es mucho más paciente.

La marea nunca se detiene

Punto de vista: neutral


La lluvia golpea los cristales de la casa familiar con una suavidad casi hipnótica. Desde el ventanal, el puerto de Cambados aparece cubierto por una neblina gris azulada que se arrastra lentamente sobre el agua. Las embarcaciones son poco más que sombras balanceándose con el oleaje bajo el temporal. Todo parece tranquilo. Quizá demasiado.
Xabier Matalobos permanece sentado frente a la mesa del comedor con una taza de café frío entre las manos. Hace rato que dejó de echarle azúcar, aunque todavía conserva la costumbre de removerlo de vez en cuando sin llegar a beberlo.
Sobre la mesa descansan tres teléfonos móviles, una libreta de tapas negras y un periódico doblado por la sección de sucesos.
No necesita leerlo otra vez. Ya conoce cada línea de memoria.
El nombre de Jorge aparece mencionado indirectamente entre rumores, piezas inconexas y especulaciones policiales. Desapariciones. Viejas conexiones. Gente que dejó de hablar. Gente que apareció hablando demasiado.
—Errores —murmura para sí mismo—. Siempre empiezan igual.
Levanta la vista hacia la ventana justo cuando escucha pasos acercándose por el pasillo. Pepe, uno de sus hombres de confianza, entra en el comedor sin atreverse a sentarse.
-Encontramos al chico del astillero.
Xabier no responde. Pepe traga saliva antes de continuar.
-Dice que no sabe nada... pero ya mintió antes.
Xabier deja la taza sobre la mesa con una lentitud calculada.
-Todo el mundo miente al principio -dice con aquella voz grave y cansada que nunca necesita elevarse-. Eso es lo de menos.
El silencio que queda después pesa más que cualquier amenaza. Pepe lo sabe. Lleva años trabajando para él y nunca lo ha oído gritar.
Xabier abre finalmente el periódico y observa una fotografía borrosa del puerto bajo la lluvia.
-¿Y Madrid?
-Sin novedades.
Esa vez sí hay un cambio mínimo en su expresión, casi imperceptible.
-Eso no es una buena noticia.
-¿Crees que volvió a aparecer?
Xabier gira apenas la cabeza hacia él.
-La gente como él nunca desaparece de verdad.
Se pone en pie despacio y camina hasta el ventanal. Saca una caja de tabaco del bolsillo del abrigo, extrae un cigarro y lo enciende mientras contempla la ría extendiéndose bajo el temporal; oscura, silenciosa, Viva...
Lleva allí toda su vida. La sal, el gasóleo y la humedad forman parte de su sangre igual que las bateas, los silencios familiares, las cajas descargadas de madrugada, los policías comprados y los funerales discretos. Galicia nunca expulsó el crimen. Aprendió a mezclarlo con la niebla hasta convertirlo en parte del paisaje.
Xabier mete una mano en el bolsillo del abrigo sin apartar la vista del agua.
-¿Sabes cuál fue el error de Eva?
Pepe permanece callado.
-Pensar que el miedo sirve para siempre. El miedo se acostumbra. La deuda no.
Uno de los teléfonos sobre la mesa comienza a vibrar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Xabier se gira lentamente y mira la pantalla iluminada. Número desconocido.
Descuelga sin hablar primero. Nunca habla primero.
Del otro lado solo llega una respiración irregular y el sonido lejano de coches atravesando asfalto mojado. Después, una voz masculina pregunta:
-¿Xabier?
Los ojos grises de Matalobos se endurecen apenas un instante.
-Depende de quién pregunte.
Silencio.
Y luego, la llamada se corta.
Xabier baja el teléfono despacio. Por primera vez en toda la mañana sonríe, aunque no hay nada amable en esa expresión. Es la sonrisa tranquila de un tiburón que acaba de detectar sangre en el agua.
Fuera, sobre Cambados, la lluvia continúa cayendo sin descanso.
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