La oscuridad que regresa hecha tormenta

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Indira
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La oscuridad que regresa hecha tormenta

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Los restos de Palermo y nuevos vientos

Punto de vista: Alessio & Kenia.


Tres meses no habían bastado para apagar el olor a humo en la memoria de Alessio Santoro.
Palermo se había quedado atrás con sus muelles vigilados, sus cafés de hombres viejos, sus iglesias manchadas por humedad marina y sus calles estrechas donde cada balcón parecía saber demasiado. La ciudad seguía existiendo, pero ya no lo obedecía. Esa era la primera verdad que Alessio tuvo que aceptar sin decirla en voz alta.
No se fue de inmediato.
Durante las primeras semanas después del incendio, intentó resistir con lo que quedaba. Cambió rutas, movió nombres, cerró cuentas, abrió otras, escondió a hombres útiles y sacrificó a los que ya no podía proteger. En la Villa Santoro-Ferrari, Kenia empezó a dormir poco. Rebecca dejó de aparecer durante días completos. Los teléfonos ardían con llamadas breves, mensajes cortados, advertencias sin firma.
La boda había quedado atrás como una fotografía intacta dentro de una casa saqueada.
Alessio no hablaba de eso.
Kenia tampoco.
Pero por las noches, cuando la Villa quedaba en silencio y el jardín olía a tierra húmeda, él se quedaba despierto mirando el techo. No pensaba en el fuego. Pensaba en Leila. En Michele. En la manera en que habían cortado su red sin ensuciarse las manos públicamente. Pensaba en Franco y Marco, desaparecidos sin despedida, sin cuerpo, sin último informe.
Eso era lo que más lo enfurecía.
La ausencia.
Un muerto podía vengarse. Una desaparición dejaba la mente trabajando como una herida abierta.
Su primer intento fue Nápoles.
No fue un gesto desesperado. Alessio seguía siendo demasiado orgulloso para llamarlo así. Lo presentó como una reconfiguración natural, una búsqueda de equilibrio entre familias viejas, una forma de reactivar lo que Sicilia le había cerrado. Viajó con dos hombres discretos, sin el despliegue que antes habría considerado normal. Kenia no lo acompañó en ese primer viaje. Se quedó moviendo dinero, limpiando huellas, revisando qué quedaba de la fundación, qué cuentas sobrevivían y qué nombres todavía podían usarse sin atraer a los perros del Consejo.
Nápoles lo recibió con ruido de motos, ropa tendida entre edificios, olor a café fuerte, fritura y humedad vieja. Alessio se reunió en apartamentos sin nombre, restaurantes cerrados antes de hora y salones privados donde las persianas permanecían bajas aunque fuera mediodía.
La Camorra no lo rechazó.
Eso habría sido más sencillo.
Lo escucharon.
Lo dejaron hablar.
Le ofrecieron café, cigarrillos, silencios largos y promesas sin fecha. Los hombres de Nápoles no se burlaron de su caída, pero tampoco la ignoraron. Sabían que Alessio llegaba herido. Sabían que Palermo ya no lo cubría como antes. Sabían que el Consejo le había cerrado puertas y que Leila Ferrari, con Michele a su lado, había demostrado una eficacia demasiado visible como para fingir que no existía.
Uno de los viejos, un hombre de manos gruesas y uñas amarillentas por el tabaco, le habló una noche en un comedor estrecho cerca de Forcella. La televisión estaba encendida sin volumen. En la mesa había platos de pasta casi intactos.
El hombre dice con acento napolitano, “Tú no vienes a hacer alianza, Alessio. Vienes a pedir aire.”
Alessio no se movió.
Alessio dice con acento palermitano, “Vengo a ofrecer acceso.”
El hombre sonrió sin alegría.
El hombre dice con acento napolitano, “Acceso a qué. Palermo te mira con desconfianza. Catania te quiere muerto. Trapani no te abrirá ni una ventana mientras Michele respire.”
Alessio sostuvo la mirada.
Alessio dice con acento palermitano, “Los hombres que sobreviven a una caída aprenden más rápido que los que nunca han caído.”
El napolitano apagó el cigarrillo contra un plato vacío.
El hombre dice con acento napolitano, “Eso es verdad. Pero también sangran más.”
Hubo acuerdos pequeños. Nada que reconstruyera un imperio. Favores limitados. Rutas menores. Contactos de paso. Gente que aceptaba mover algo una vez, dos veces, nunca con su nombre escrito cerca del de Alessio. La Camorra podía comerciar con un hombre herido, pero no iba a casarse con su guerra.
Eso lo humilló más de lo que admitió.
Volvió a Sicilia con menos de lo que esperaba y más rabia de la que podía mostrar.
Kenia lo esperó en la Villa con los informes extendidos sobre la mesa del comedor. No había vestido elegante esa noche. Llevaba pantalón negro, camisa clara, el cabello recogido sin suavidad. Tenía ojeras. También tenía claridad.
Kenia dice con acento mexiquense, “Nápoles no te va a salvar.”
Alessio dejó el saco sobre una silla.
Alessio dice con acento palermitano, “No necesito que me salve.”
Kenia alzó la vista.
Kenia dice con acento mexiquense, “No. Necesitas que te financie, que te dé movilidad, que te dé hombres y que no tema ensuciarse contigo. Nápoles no quiere cargar tu guerra porque tu guerra ya huele a Consejo.”
Alessio apretó la mandíbula.
Alessio dice con acento palermitano, “Hablas como si ya hubieras decidido algo.”
Kenia empujó una carpeta hacia él.
Kenia dice con acento mexiquense, “México.”
El silencio fue inmediato.
Alessio miró la carpeta, pero no la tocó.
Alessio dice con acento palermitano, “No.”
Kenia no parpadeó.
Kenia dice con acento mexiquense, “Sí.”
Alessio soltó una risa seca, sin humor.
Alessio dice con acento palermitano, “¿Quieres que el apellido Santoro termine pidiendo favores a pandillas de provincia?”
Kenia se levantó despacio.
Kenia dice con acento mexiquense, “No son pandillas. Son estructuras pequeñas, fragmentadas, violentas, ambiciosas y con hambre de subir. No tienen el prestigio de la Cosa Nostra ni la disciplina de la vieja escuela, pero tienen territorio, rutas locales, gente joven, necesidad de dinero y menos escrúpulos para hacer alianzas feas.”
Se acercó a él.
Kenia dice con acento mexiquense, “Y sobre todo, no les importa Leila Ferrari.”
Eso sí lo hizo mirarla.
Kenia bajó la voz.
Kenia dice con acento mexiquense, “Tú sigues pensando desde Sicilia. Desde sangre, Consejo, tradición, respeto. Leila y Michele te ganaron ahí porque conocían tu tablero. Entonces cambia el tablero.”
Alessio miró la carpeta.
No la abrió todavía.
Kenia dice con acento mexiquense, “El Estado de México no es limpio, Alessio. Es ruido, expansión urbana, bodegas, carreteras, municipios pegados unos con otros, autoridades débiles en puntos específicos y grupos pequeños que sobreviven porque saben adaptarse. No necesitas besarles la mano a los grandes. Los grandes te tragarían. Necesitas comprar hambre.”
Alessio respondió después de unos segundos.
Alessio dice con acento palermitano, “No conoces el alcance de lo que pides.”
Kenia sonrió apenas.
Kenia dice con acento mexiquense, “Soy de allá, mi amor.”
La frase no sonó tierna.
Sonó definitiva.
Alessio abrió la carpeta.
No encontró mapas detallados ni instrucciones. Encontró perfiles humanos. Nombres incompletos. Apodos. Municipios. Fotografías borrosas. Pequeños operadores, intermediarios, hombres que no eran reyes pero sí podían abrir puertas. Gente con negocios de fachada, transporte local, bodegas, seguridad privada, bares, talleres, lotes de autos, financieras improvisadas. Nada elegante. Nada noble. Todo útil.
México apareció ante él no como un país, sino como una red de calor, concreto, tráfico, ruido y oportunidad.
La salida de Palermo ocurrió de madrugada.
No hubo despedida pública. No hubo convoy largo. No hubo última mirada teatral a la Villa. Alessio no era un hombre que permitiera que sus enemigos supieran cuándo un repliegue se convertía en huida.
Kenia viajó con él.
Llevaba poco equipaje, varios teléfonos, documentos de identidad cuidadosamente preparados y una calma que irritaba y sostenía a Alessio al mismo tiempo. Durante el vuelo privado, él no durmió. Miraba por la ventanilla la oscuridad extendida bajo el avión, girando la araña en su dedo.
Kenia, sentada frente a él, revisaba papeles.
Kenia dice con acento mexiquense, sin levantar la vista, “No vas a recuperar Palermo si llegas a México mirando a todos como inferiores.”
Alessio la miró.
Alessio dice con acento palermitano, “No soy idiota.”
Kenia pasó una hoja.
Kenia dice con acento mexiquense, “Eres orgulloso. A veces es peor.”
Él no respondió.
Ella sí levantó la vista entonces.
Kenia dice con acento mexiquense, “Allá no te van a respetar por ser Santoro. Ese nombre no pesa igual. Te van a medir por dinero, utilidad y capacidad de cumplir. Y si hueles a hombre caído, te van a cobrar el doble.”
Alessio apoyó la cabeza contra el asiento.
Alessio dice con acento palermitano, “Entonces no oleré a hombre caído.”
Kenia lo observó con una mezcla de amor y dureza.
Kenia dice con acento mexiquense, “Eso espero. Porque yo tampoco pienso volver derrotada.”
La Ciudad de México los recibió con una masa de luz gris, tráfico inmenso y aire seco. Desde el aeropuerto, el camino hacia el poniente y luego hacia los bordes del Estado de México fue una sucesión de avenidas saturadas, anuncios espectaculares, puestos de comida, cables, puentes, motocicletas, patrullas y edificios creciendo sin orden perfecto. Alessio miró todo con una atención incómoda.
No era Palermo.
No era Nápoles.
No había mar.
Eso lo descolocó más de lo que quiso admitir.
El primer refugio fue una casa discreta en una zona cerrada, elegida por Kenia no por lujo, sino por control. Paredes altas, vecinos que no preguntaban, acceso rápido a vías principales, personal mínimo. Nada de mármol siciliano. Nada de historia familiar. Solo funcionalidad.
Durante los primeros días, Alessio sintió algo que detestaba.
Dependencia.
Dependía del idioma de Kenia, de sus lecturas, de sus contactos, de su capacidad para traducir no solo palabras, sino códigos. Ella le explicaba cuándo un hombre sonreía por respeto y cuándo sonreía porque ya estaba calculando cómo venderlos. Le decía qué silencio era miedo, qué silencio era amenaza y qué silencio era simple ignorancia.
Las primeras reuniones fueron pequeñas. Calurosas. Incómodas.
No hubo grandes capos recibiéndolos en salones majestuosos. Hubo bodegas con olor a polvo y aceite, oficinas detrás de negocios legales, casas con perros ladrando detrás de portones, restaurantes cerrados parcialmente donde el mesero entendía que ciertas mesas no se interrumpían.
Los hombres que los recibían eran distintos a los sicilianos. Más directos en algunas cosas. Más imprevisibles en otras. Menos ceremoniales. Algunos jóvenes, demasiado jóvenes para el gusto de Alessio, con relojes caros y modales bruscos. Otros mayores, con cara de comerciantes cansados, hablando de lealtad como si fuera una mercancía de temporada.
Kenia no les ofrecía mitos.
Les ofrecía dinero.
Y algo más importante: salida.
Kenia dice con acento mexiquense, durante una reunión en una oficina con ventilador viejo y olor a café recalentado, “No venimos a mandar en su casa. Venimos a construir una puerta. Ustedes tienen territorio. Nosotros tenemos contactos fuera, capital y necesidad de movernos sin llamar la atención de los grandes.”
Un hombre de camisa azul, manos gruesas y mirada desconfiada, se recargó en la silla.
Hombre dice con acento mexiquense, “¿Y por qué no vamos con alguien más grande?”
Kenia no sonrió.
Kenia dice con acento mexiquense, “Porque alguien más grande los usa y luego los desaparece. Nosotros necesitamos socios vivos.”
Alessio la observó hablar.
Ahí, en esa habitación fea, con paredes manchadas por humedad y una Virgen de Guadalupe en una repisa junto a una cámara de seguridad barata, Kenia era más peligrosa que en Palermo. No porque tuviera más poder, sino porque entendía el terreno con una naturalidad que él no podía fingir.
Esa noche, cuando volvieron a la casa, Alessio se sirvió un trago y permaneció de pie junto a la ventana. Afuera había perros ladrando, música lejana, un vendedor anunciando algo por altavoz en alguna calle cercana.
Kenia se quitó los tacones con cansancio.
Kenia dice con acento mexiquense, “Hoy no salió mal.”
Alessio dice con acento palermitano, “Hoy nos olieron.”
Kenia dejó los zapatos junto al sillón.
Kenia dice con acento mexiquense, “Claro. Eso hacen. Nosotros también.”
Alessio bebió.
Alessio dice con acento palermitano, “No me gusta este lugar.”
Kenia lo miró sin ofenderse.
Kenia dice con acento mexiquense, “No tiene que gustarte. Tiene que servirte.”
Él guardó silencio.
Ella se acercó, pero no lo tocó de inmediato.
Kenia dice con acento mexiquense, más bajo, “Palermo te quitó el suelo. México te va a obligar a caminar distinto.”
Alessio sostuvo el vaso con fuerza.
Alessio dice con acento palermitano, “Yo voy a volver.”
Kenia asintió.
Kenia dice con acento mexiquense, “Sí.”
Pausa.
Kenia dice con acento mexiquense, “Pero no como saliste.”
Él la miró entonces.
En su cabeza, la imagen era siempre la misma: la Villa Ferrari, Leila de pie con esa calma de heredera que había aprendido a sobrevivir; Michele detrás o a su lado, limpio, técnico, eficiente, el primo que había llevado la guerra al terreno que Alessio no había visto venir.
La rabia no se había apagado en tres meses.
Solo había cambiado de forma.
Ya no era una llama alta. Era carbón bajo tierra.
Alessio dice con acento palermitano, “Leila cree que me enterró.”
Kenia dio un paso más cerca.
Kenia dice con acento mexiquense, “Entonces no hagas ruido desde la tumba.”
Él soltó una respiración lenta.
Kenia dice con acento mexiquense, “Construye.”
La palabra quedó entre ambos.
Construir.
No recuperar. No resistir. No llorar Palermo.
Construir.
Durante las semanas siguientes, Alessio dejó de intentar convertir México en Sicilia. Ese fue el primer avance real. Empezó a escuchar más. A hablar menos. A observar cómo se movía el dinero pequeño, cómo se compraban silencios sin discursos de honor, cómo una deuda podía pesar más que un apellido, cómo un favor médico, una protección familiar o una salida de emergencia podían valer más que una promesa solemne ante una mesa de hombres viejos.
Kenia abrió puertas con su acento, su memoria y su manera de mirar sin bajar la cabeza. Alessio puso capital, disciplina y una estructura que los grupos locales no tenían. No intentó educarlos. Eso habría sido insultante. Les ofreció orden donde había hambre y expansión donde había estancamiento.
No todos aceptaron.
Algunos pidieron demasiado.
Otros se vendieron a la semana.
Uno intentó probarlos con amenazas veladas y terminó fuera de la conversación antes de entender que Kenia no negociaba desde el miedo.
Alessio aprendió rápido que, en ese nuevo territorio, la brutalidad no siempre necesitaba mostrarse. A veces bastaba con pagar antes que otros. Cumplir más rápido. No hablar de más. No prometer protección eterna. Dar resultados.
La reconstrucción de su imperio no empezó con un juramento.
Empezó con tres acuerdos menores, una cuenta reactivada, dos rutas indirectas sin nombre público y una red de hombres que no amaban a Alessio, pero empezaban a necesitarlo.
Eso era suficiente para empezar.
Una noche, tres meses después de abandonar Palermo, Alessio se encontró solo en el patio de la casa mexicana. El aire olía a tierra caliente, gasolina distante y flores nocturnas. No había mar. Todavía odiaba esa ausencia.
Sacó el teléfono antiguo. Miró una fotografía enviada por un contacto residual en Sicilia: una imagen borrosa de Catania, tomada desde lejos. Nada útil. Solo un portón. Una sombra. Una prueba mínima de que sus ojos, aunque pocos, no estaban completamente muertos.
Michele seguía vivo.
Leila seguía en pie.
Dalila seguía siendo una incógnita.
Alessio guardó el teléfono.
Kenia apareció en la puerta, envuelta en una bata oscura.
Kenia dice con acento mexiquense, “Otra vez Sicilia.”
Alessio no se giró.
Alessio dice con acento palermitano, “Siempre Sicilia.”
Ella caminó hasta quedar junto a él.
Kenia dice con acento mexiquense, “No dejes que la venganza te robe lo que estamos levantando.”
Él miró la oscuridad del patio.
Alessio dice con acento palermitano, “La venganza es parte de lo que estoy levantando.”
Kenia no discutió. Lo conocía. También sabía que negarlo solo lo volvería más terco.
Kenia dice con acento mexiquense, “Entonces hazla rentable.”
Alessio giró hacia ella.
Por primera vez en semanas, sonrió apenas.
No era una sonrisa feliz.
Era una señal de regreso.
Alessio dice con acento palermitano, “Eso puedo hacerlo.”
Kenia sostuvo su mirada.
Kenia dice con acento mexiquense, “Lo sé.”
A lo lejos, una motocicleta pasó por la avenida. Luego otra. Después volvió el silencio irregular de la noche mexicana.
Alessio tomó la mano de Kenia. No con ternura pública, sino con esa firmeza privada que había empezado en la boda y sobrevivido al exilio.
Palermo le había quitado su trono.
Catania le había quemado el pasado.
Trapani le había enseñado que la sangre también podía cerrarle la puerta.
Pero México le estaba dando algo que no esperaba encontrar tan lejos de Sicilia.
Una segunda estructura.
Más fea. Más joven. Menos honorable.
Pero viva.
Y Alessio Santoro-Ferrari, con la araña de Kenia en el dedo y el odio a sus primos guardado como una oración oscura, comenzó a entender que un imperio no siempre se reconstruía desde las ruinas visibles.
A veces empezaba en una casa sin historia, bajo un cielo ajeno, con hombres pequeños, dinero sucio y una mujer que sabía convertir la caída en método.
Indira
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Tegiendo la nueva red de la araña.

Punto de vista: Alessio & Kenia.

Junio llegó al Estado de México con calor seco por la mañana y tardes cargadas de nubes. En Metepec, las calles residenciales se llenaban de polvo cuando pasaban camionetas grandes por los empedrados. A ciertas horas se escuchaban perros detrás de los portones, motos repartiendo comida, niños saliendo de escuelas privadas y el ruido lejano de la avenida Tecnológico.
La casa donde vivían Alessio y Kenia no parecía un centro de operaciones. Esa era precisamente la intención.
Era amplia, de dos plantas, con fachada color crema, tejas oscuras y un portón automático que no llamaba demasiado la atención. Tenía bugambilias en una jardinera lateral, una mesa de hierro en el patio, macetas con lavanda seca y una cocina grande que olía casi siempre a café, tortillas recién calentadas y productos de limpieza. En la sala había sillones cómodos, una alfombra sencilla, libros de Kenia sobre psicología infantil mezclados con carpetas sin nombre y un crucifijo de madera que ella nunca explicó si era suyo o venía con la casa.
No era una mansión siciliana. No tenía mármol antiguo ni retratos familiares.
Pero era habitable. Tenía cobijas dobladas en un sillón, vasos de agua olvidados en la mesa, una bolsa de pan dulce comprada en Toluca y una televisión que casi siempre estaba encendida sin volumen en algún canal de noticias.
A Alessio todavía le costaba aceptar ese tipo de normalidad.
Tres meses antes había salido de Palermo con Kenia, parte del capital que Don Pietro le había entregado y la sensación amarga de haber sido expulsado de su propia historia. Primero intentó recomponerse con los contactos de Nápoles. La Camorra le dio citas, café, escuchas largas y acuerdos pequeños. Nada firme. Nada suficiente. Los napolitanos no querían cargar con una guerra siciliana que ya venía marcada por Leila Ferrari, Michele Venturi-Ferrari y el Consejo.
Kenia fue la que cambió el rumbo.
México no había sido una ocurrencia. Durante semanas, ella revisó nombres, favores viejos, deudas personales, familias con negocios pequeños y grupos locales que se movían entre transporte informal, seguridad privada, bodegas, venta de protección y servicios que nadie anunciaba. No buscó a los grandes. Les habrían cobrado demasiado o los habrían usado hasta dejarlos sin control. Buscó a los medianos y a los chicos con ambición.
Los que necesitaban dinero.
Los que no tenían entrada directa a Europa.
Los que podían crecer si alguien les daba estructura.
Esa mañana, la reunión empezó después de las diez. Kenia había pedido que nadie llegara junto. Unos entraron por la puerta principal. Otros por el acceso de servicio. La casa conservó su apariencia tranquila. Afuera, una señora pasaba caminando con dos perros pequeños. Adentro, se estaba decidiendo una alianza que podía devolverle aire al imperio roto de Alessio.
La mesa del comedor había sido despejada. Sobre la madera clara había carpetas, libretas, botellas de agua, ceniceros, un plato con galletas Marías y cuatro celulares apagados dentro de una caja metálica.
Kenia estaba de pie junto a la cabecera, aunque no se sentó ahí. Vestía pantalón negro, blusa color hueso y el cabello recogido. No llevaba joyas vistosas. Solo su anillo.
Alessio estaba a un lado, sentado en silencio. Traje oscuro, camisa blanca, mirada fija. No hablaba mucho en esas reuniones. Ya había aprendido que en México su apellido no abría puertas por sí solo.
Frente a ellos estaba Efraín Maldonado, al que todos llamaban El Zurdo. Tenía cuarenta y tantos años, cuerpo pesado, camisa polo gris y manos gruesas. Había manejado durante años una red de transporte local entre Toluca, Lerma y municipios cercanos. Luego se metió a protección de negocios, cobros informales y favores para gente que necesitaba mover cosas sin demasiadas preguntas.
A su lado estaba Yolanda Treviño, La Contadora. Venía del norte, pero llevaba años trabajando en el centro del país. Pelo negro, lentes de armazón grueso, uñas cortas, bolsa cara sin logotipos. Había manejado financieras pequeñas, nóminas falsas y cuentas de empresas que duraban menos de seis meses. Era seria, ordenada y no parecía impresionarse con nadie.
El tercero era Iván “El Chispa” Cárdenas, de veintinueve años, nacido en Ecatepec. Delgado, inquieto, con una gorra negra que Kenia le pidió quitarse apenas entró. Tenía contactos entre choferes, bodegueros, gente de paquetería y jóvenes que hacían encargos por poco dinero. Hablaba rápido, con frases cortas y una confianza que a Alessio le parecía demasiado ruidosa.
También estaba Néstor Alvarado, abogado de Naucalpan. Traje azul, zapatos limpios, cara de no haber dormido bien. Era el tipo de hombre que conocía oficinas municipales, juzgados, ministerios públicos, notarias y funcionarios menores. Nunca decía “ilegal”. Decía “complicado”, “riesgoso” o “hay que revisarlo”.
Kenia miró a todos antes de hablar.
Kenia dice con acento mexiquense, “Bueno. Ya saben por qué están aquí. No venimos a hacer relajo. No venimos a jugar a los patrones. Y tampoco venimos a regalar dinero.”
Efraín se acomodó en la silla.
Efraín dice con acento mexiquense, “Eso está bien, licenciada. Porque aquí el que regala dinero es porque trae otra cosa atrás.”
Kenia asintió.
Kenia dice con acento mexiquense, “Exactamente. Nosotros traemos capital, contactos fuera del país y una estructura que ustedes no tienen. Ustedes tienen territorio, gente, movilidad local y forma de operar sin llamar la atención de los grandes. Eso es lo que se pone sobre la mesa.”
Iván miró a Alessio de reojo.
Iván dice con acento chilango, “¿Y el italiano qué onda? Porque con todo respeto, acá esos modos finos luego no jalan. La banda luego se pone bien pesada.”
Alessio lo miró sin responder de inmediato.
Kenia intervino antes de que el silencio se alargara.
Kenia dice con acento mexiquense, “El italiano pone el dinero, la disciplina y la salida a Europa. Y tú, Iván, pones atención cuando hablas, porque si estás sentado aquí es porque alguien respondió por ti.”
Iván tragó saliva y bajó un poco la mirada.
Iván dice con acento chilango, “Va. No era por faltar al respeto, señora. Nomás pregunto claro.”
Alessio habló entonces.
Alessio dice con acento palermitano, “Preguntar claro no es un problema. Hablar como idiota sí.”
Efraín soltó una risa seca, corta.
Efraín dice con acento mexiquense, “Bueno, ahí sí te tocó, Chispa.”
Iván no respondió.
Kenia abrió una carpeta.
Kenia dice con acento mexiquense, “Vamos por partes. Primero: dinero. No vamos a meter todo de golpe. Sería una estupidez. Habrá tres entradas pequeñas, separadas, con justificación distinta. Yolanda se encarga de diseñar la parte contable. Nada de movimientos grandotes. Nada de comprar camionetas de lujo al segundo día. Nada de andar presumiendo.”
Yolanda tomó una pluma.
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “Necesito nombres de negocios activos. No inventados de ayer. Algo que ya facture poquito, aunque facture mal. Restaurantes, talleres, transporte, refacciones, limpieza industrial. Lo que sea, pero que exista.”
Néstor asintió.
Néstor dice con acento mexicano, “Yo puedo revisar qué razones sociales están menos expuestas. Pero si meten gente con antecedentes muy calientes, no hay papel que aguante.”
Efraín miró a Néstor con fastidio.
Efraín dice con acento mexiquense, “Pues para eso estás, licenciado. Para que aguante.”
Néstor no se alteró.
Néstor dice con acento mexicano, “No. Yo estoy para que no se caiga al primer empujón. Milagros no hago.”
Kenia levantó la mano, cortando la discusión.
Kenia dice con acento mexiquense, “Segundo: personal. No quiero gente improvisada. No quiero muchachitos que se pongan nerviosos y empiecen a hablar. No quiero nadie que suba fotos, que presuma armas, que grabe audios, que se crea famoso. El que no entienda eso, sale.”
Iván hizo una mueca.
Iván dice con acento chilango, “Eso va a estar cabrón. Ahorita todos quieren enseñar que traen algo.”
Alessio dice con acento palermitano, “Entonces sirven menos de lo que dicen.”
Efraín asintió, esta vez de acuerdo.
Efraín dice con acento mexiquense, “No, ahí sí tiene razón el señor. Los chavitos se emocionan bien rápido. Luego por una historia de Instagram te revientan media vuelta.”
Kenia volvió a revisar la carpeta.
Kenia dice con acento mexiquense, “Tercero: los contactos de Italia. Nápoles está abierto, pero no consolidado. No vamos a mandar nada sensible sin una confirmación previa. Raffaele Iodice será el contacto de entrada, no el dueño de la puerta.”
Yolanda levantó la vista.
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “¿Ese es de la Camorra?”
Alessio respondió.
Alessio dice con acento palermitano, “Es de Nápoles. Eso es suficiente por ahora.”
Kenia añadió con calma.
Kenia dice con acento mexiquense, “No vamos a depender de él. Se le da lo mínimo para probar utilidad. Si cumple, se le abre otro nivel. Si no cumple, se le corta.”
Néstor se movió incómodo.
Néstor dice con acento mexicano, “¿Y qué se está negociando exactamente con los europeos? Porque yo necesito saber el tipo de exposición legal.”
La sala se quedó en silencio.
Kenia lo miró con una calma que hizo que Néstor se arrepintiera un poco de haber preguntado.
Kenia dice con acento mexiquense, “Se negocian servicios, acceso y discreción. Nada de detalles innecesarios en esta mesa.”
Néstor sostuvo la mirada un segundo y luego asintió.
Néstor dice con acento mexicano, “Entendido.”
Efraín se reclinó en la silla.
Efraín dice con acento mexiquense, “Mire, licenciada. Yo no tengo problema con mover cosas, gente o favores. Pero también hay que hablar claro. Aquí ya hay dueños. No de todo, pero sí de pedazos. Si nos metemos donde no debemos, nos van a cobrar piso o nos van a querer poner de ejemplo.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Por eso no vamos a entrar por donde todos entran.”
Efraín la miró con interés.
Kenia continuó.
Kenia dice con acento mexiquense, “No queremos controlar municipios. No queremos hacer ruido. No queremos guerra con grupos grandes. Queremos espacios donde ustedes ya tengan relación y donde el movimiento parezca parte de lo que ya existe.”
Iván intervino con más cuidado.
Iván dice con acento chilango, “O sea, sin andar marcando plaza.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Exacto. Sin andar marcando plaza. Sin mantas. Sin videos. Sin amenazas públicas. Esa porquería atrae atención y nos baja el precio.”
Alessio la miró.
Ese tipo de frases eran las que más le gustaban de Kenia. Hablaba de violencia como de un error administrativo cuando convenía hacerlo.
Yolanda revisó una hoja.
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “Hay otra cosa. Los posibles compradores están preguntando si ustedes siguen estables después de lo de Palermo. Saben que hubo incendios, pérdida de activos, ruptura con Consejo. No tienen todo, pero saben algo.”
Alessio se quedó quieto.
Kenia respondió antes que él.
Kenia dice con acento mexiquense, “Por eso esta reunión existe. Para que en tres meses nadie vuelva a preguntar si seguimos estables.”
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “Quieren garantías.”
Alessio habló sin levantar la voz.
Alessio dice con acento palermitano, “No se dan garantías a quien todavía no ha demostrado valor.”
Yolanda lo miró con prudencia.
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “En Europa eso tal vez suena fuerte. Aquí algunos se van si sienten que los tratan como empleados.”
Kenia apoyó ambas manos sobre la mesa.
Kenia dice con acento mexiquense, “Entonces se van. No necesitamos a todos. Necesitamos a los correctos.”
La frase dejó el tono claro.
No eran una organización completa todavía. Eran un grupo de piezas juntándose alrededor de una oportunidad. Alessio tenía dinero, contactos internacionales y necesidad de reconstruir. Kenia tenía conocimiento local, frialdad y una reputación vieja que empezaba a reaparecer en ciertos círculos. Los mexicanos tenían territorio, gente disponible y problemas de liquidez. Nápoles ofrecía una salida europea, pero todavía no confiaba en ellos.
Eso era lo que se negociaba: una red pequeña, discreta, con negocios de fachada, favores municipales, protección local y compradores externos que todavía estaban midiendo si Alessio Santoro seguía siendo útil después de su caída.
Kenia no iba a permitir que la vieran como la esposa del capo italiano.
En México, ella era la puerta.
Después de casi dos horas, Efraín pidió café. Kenia misma fue a la cocina. Eso sorprendió a todos menos a Alessio. Ella no lo hizo por humildad. Lo hizo para controlar el ritmo de la reunión. Desde la cocina se escuchó el sonido de tazas, la cucharilla golpeando el borde, el agua corriendo. La casa parecía por un momento cualquier casa familiar de Metepec a media mañana.
Cuando volvió, dejó una taza frente a Efraín.
Kenia dice con acento mexiquense, “Sin azúcar. Como lo toma usted.”
Efraín alzó la ceja.
Efraín dice con acento mexiquense, “¿Y eso cómo lo sabe?”
Kenia se sentó por primera vez.
Kenia dice con acento mexiquense, “Porque antes de sentarlo en mi mesa, lo investigué.”
Efraín sonrió apenas.
Efraín dice con acento mexiquense, “Está bien. Así sí me gusta.”
Iván tomó su taza con cuidado.
Iván dice con acento chilango, “¿Y de mí qué sabe?”
Kenia lo miró.
Kenia dice con acento mexiquense, “Que debes dinero, que tu primo habla de más, que tu ex todavía sabe dónde vives y que te conviene portarte serio por primera vez en tu vida.”
Efraín volvió a reír.
Iván se quedó callado.
Alessio no sonrió, pero su gesto cambió apenas. Kenia estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: tomar la vergüenza ajena y convertirla en obediencia.
La reunión siguió con puntos concretos.
Yolanda se haría cargo de ordenar los flujos de dinero a través de negocios ya existentes. Néstor revisaría qué empresas podían usarse sin levantar preguntas inmediatas. Efraín aportaría acceso local, conductores confiables y contactos que no estuvieran asociados a grupos demasiado visibles. Iván trabajaría solo bajo supervisión de Efraín, sin tomar decisiones propias. Raffaele Iodice, desde Nápoles, recibiría una primera propuesta controlada para probar si podía sostener la parte europea sin vender información.
Nada se cerró con abrazos.
Se cerró con condiciones.
Kenia dice con acento mexiquense, “Si alguien falla por torpe, se va. Si alguien falla por ambicioso, responde. Si alguien habla de más, no vuelve a sentarse en esta casa.”
Efraín asintió.
Efraín dice con acento mexiquense, “Me queda claro.”
Yolanda guardó sus papeles.
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “Yo necesito tres días para armar el primer esquema financiero.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Tienes dos.”
Yolanda la miró.
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “Tres sería más limpio.”
Kenia sostuvo su mirada.
Kenia dice con acento mexiquense, “Dos y medio.”
Yolanda pensó un segundo.
Yolanda dice con acento norteño suavizado, “Va. Dos y medio.”
Néstor se levantó, ajustándose el saco.
Néstor dice con acento mexicano, “Yo voy a necesitar hablar con dos personas antes de comprometer papeles.”
Alessio dice con acento palermitano, “Hablas con una. La otra espera.”
Néstor no preguntó cómo sabía que eran dos. Solo asintió.
Néstor dice con acento mexicano, “De acuerdo.”
Los invitados salieron por turnos. Primero Iván, acompañado por uno de los hombres de Efraín. Luego Néstor. Después Yolanda. Efraín fue el último. Antes de irse, se quedó frente a Alessio.
Efraín dice con acento mexiquense, “Se lo digo derecho, don Alessio. Aquí no basta con traer lana. Hay mucho güey con lana enterrado.”
Alessio lo miró con calma.
Alessio dice con acento palermitano, “Yo no vine a enterrarme.”
Efraín asintió despacio.
Efraín dice con acento mexiquense, “Eso vamos a ver.”
Kenia intervino sin tensión.
Kenia dice con acento mexiquense, “Lo va a ver trabajando, Efraín. No provocando.”
El Zurdo sonrió.
Efraín dice con acento mexiquense, “Va. Así sí.”
Cuando el portón se cerró, la casa quedó en silencio. Un silencio normal, con el refrigerador sonando en la cocina y un perro ladrando en la casa vecina. Kenia recogió las tazas. Alessio la observó desde el comedor.
Alessio dice con acento palermitano, “No me dijiste que El Chispa estaba tan verde.”
Kenia dejó dos tazas en el fregadero.
Kenia dice con acento mexiquense, “Está verde, pero tiene acceso. Y Efraín lo controla.”
Alessio se acercó.
Alessio dice con acento palermitano, “Si se equivoca, nos expone.”
Kenia abrió la llave del agua.
Kenia dice con acento mexiquense, “Por eso no va a tocar nada importante. Va a correr encargos menores y a sentirse incluido. Hay gente que sirve más cuando cree que está subiendo.”
Alessio guardó silencio unos segundos.
Alessio dice con acento palermitano, “Yolanda es la mejor de la mesa.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Sí.”
Alessio dice con acento palermitano, “Néstor vendería a cualquiera.”
Kenia cerró la llave y tomó un trapo.
Kenia dice con acento mexiquense, “Por eso le vamos a dar solo pedazos.”
Él la miró con atención.
Alessio dice con acento palermitano, “Estás cómoda aquí.”
Kenia secó una taza.
Kenia dice con acento mexiquense, “No. Estoy funcionando.”
La respuesta fue demasiado honesta para ignorarla.
Alessio se apoyó en el marco de la cocina. Afuera, el cielo empezaba a oscurecerse aunque todavía era temprano. Las tardes de junio en el valle podían cambiar rápido. Había olor a tierra seca entrando por una ventana abierta y a salsa recalentada sobre la estufa.
Alessio dice con acento palermitano, “México te pertenece más que Palermo.”
Kenia lo miró.
Kenia dice con acento mexiquense, “Palermo nunca me perteneció. Yo solo aprendí a caminar ahí sin pedir permiso.”
Pausa.
Kenia dice con acento mexiquense, “Aquí tampoco me pertenece nada. Pero sé cómo se habla. Sé cuándo alguien se está haciendo el bravo, cuándo tiene miedo y cuándo quiere venderte humo.”
Alessio se acercó un poco más.
Alessio dice con acento palermitano, “¿Y yo?”
Kenia dejó la taza en el escurridor.
Kenia dice con acento mexiquense, “Tú todavía estás enojado con el país porque no se parece a Sicilia.”
Él no respondió.
Kenia continuó, más suave, pero sin quitarle verdad a la frase.
Kenia dice con acento mexiquense, “Y porque aquí me necesitas más de lo que te gusta.”
Eso sí llegó directo.
Alessio bajó la mirada un instante. No por vergüenza. Por control.
Alessio dice con acento palermitano, “Te necesito desde antes de México.”
Kenia lo observó con una expresión que cambió apenas. No se ablandó del todo, pero algo en ella se hizo más cercano.
Kenia dice con acento mexiquense, “Entonces no pelees contra eso.”
Él tomó una de las tazas limpias y la puso en la alacena, torpemente, sin saber exactamente dónde iba. Kenia lo miró hacerlo y casi sonrió.
Kenia dice con acento mexiquense, “No va ahí.”
Alessio se detuvo.
Alessio dice con acento palermitano, “En Sicilia nadie me corregía por una taza.”
Kenia tomó la taza y la cambió de lugar.
Kenia dice con acento mexiquense, “Pues bienvenido a Metepec.”
El momento fue pequeño, cotidiano. Alessio lo sintió raro. No desagradable. Solo raro. Había pasado años viviendo entre salas donde todo tenía peso político. Ahora estaba en una cocina mexicana, discutiendo el lugar de una taza con su esposa después de negociar con delincuentes menores.
Y aun así, por primera vez en semanas, no sintió que estuviera quieto.
Sintió avance.
El teléfono de Kenia vibró sobre la mesa del comedor.
Ella fue por él.
Leyó el mensaje.
Su expresión volvió al trabajo.
Kenia dice con acento mexiquense, “Iodice respondió.”
Alessio salió de la cocina.
Kenia le mostró la pantalla.
Raffaele Iodice había enviado un mensaje corto desde Nápoles.
Raffaele escribe: Puedo escuchar. Pero necesito saber si Santoro sigue teniendo capacidad real o solo apellido.
Alessio leyó despacio.
Después tomó el teléfono de Kenia y escribió.
Alessio escribe: Si quieres escuchar, escucha. Si quieres pruebas, espera. Si quieres garantías, búscalas con hombres que estén más desesperados que yo.
Kenia leyó el mensaje antes de que él lo enviara.
Kenia dice con acento mexiquense, “Está pesado.”
Alessio dice con acento palermitano, “Es Nápoles. Si sueno débil, sube el precio.”
Kenia no lo contradijo.
Alessio envió.
La respuesta no llegó de inmediato.
Ambos se quedaron de pie frente a la mesa.
Afuera empezó a llover. No una tormenta fuerte. Solo gotas grandes contra el patio, suficientes para levantar olor a tierra mojada. La casa se volvió más silenciosa. Las bugambilias se movieron apenas con el viento.
Kenia dejó el teléfono boca abajo.
Kenia dice con acento mexiquense, “Esto ya empezó.”
Alessio miró las carpetas sobre la mesa.
Nombres nuevos. Gente nueva. Riesgos nuevos.
Nada de eso tenía la limpieza de Palermo ni la disciplina de la Cosa Nostra. Pero servía. Y en ese momento servir era más importante que parecer noble.
Alessio dice con acento palermitano, “Leila va a enterarse.”
Kenia cruzó los brazos.
Kenia dice con acento mexiquense, “Todavía no.”
Alessio la miró.
Kenia dice con acento mexiquense, “Primero tienen que sentir movimiento sin saber de dónde viene. Luego empiezan a buscar. Luego se equivocan. Ahí entramos nosotros.”
El nombre de Leila y Michele no hizo falta repetirlo.
Estaban presentes en todo lo que Alessio hacía.
En cada llamada.
En cada peso invertido.
En cada reunión dentro de esa casa discreta de Metepec.
Alessio caminó hasta la ventana. Vio la lluvia caer sobre el patio, sobre la mesa de hierro, sobre las macetas. México seguía pareciéndole ajeno. Pero ya no inútil.
Kenia se puso a su lado.
Kenia dice con acento mexiquense, “No vamos a reconstruir Palermo aquí.”
Alessio dice con acento palermitano, “No.”
Pausa.
Alessio dice con acento palermitano, “Vamos a construir algo que Palermo no entienda.”
Kenia lo miró.
Esta vez sí sonrió.
Kenia dice con acento mexiquense, “Ahora sí estamos hablando.”
El teléfono volvió a vibrar.
Iodice había respondido.
Raffaele escribe: Entonces espero.
Alessio miró el mensaje.
No sonrió.
Pero su rostro recuperó una seguridad que llevaba meses apareciendo solo por momentos.
Alessio dice con acento palermitano, “Bien.”
Kenia apagó la pantalla.
En la casa de Metepec quedó el olor a café frío, lluvia reciente y comida guardada. No era elegante. No era histórica. No era Sicilia.
Pero esa noche, entre carpetas, tazas mal acomodadas y llamadas que cruzaban hasta Nápoles, Alessio Santoro-Ferrari entendió que su regreso no iba a empezar con un golpe grande.
Iba a empezar con acuerdos pequeños, gente incómoda y paciencia.
Y Kenia, en su propio país, ya había comenzado a ordenar el primer círculo.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La oscuridad que regresa hecha tormenta

Mensaje por Indira »

El informe de Rebecca.

Punto de vista: Alessio, Kenia & Rebecca.

La tarde en Metepec estaba pesada, húmeda, con el cielo cerrado desde hacía horas. Había llovido poco, pero lo suficiente para dejar el patio con olor a tierra mojada y hojas aplastadas. En la cocina, Kenia había dejado una olla pequeña en la estufa, apagada ya, con restos de salsa verde. El olor a chile cocido, ajo y cilantro se mezclaba con el café que Alessio no había terminado.
La casa seguía pareciendo una casa.
Eso era lo que más le molestaba a Alessio algunos días.
No había columnas antiguas, ni mármol frío, ni vista al mar. Había una mesa de comedor de madera clara, sillas cómodas, una manta doblada sobre el respaldo del sillón y una canasta con pan dulce que Kenia compraba en una panadería de Metepec porque decía que el pan de supermercado no sabía a nada. Afuera, un vecino había dejado encendida una luz amarilla en el garaje. Cada tanto se escuchaba el ladrido de un perro y el paso de una camioneta sobre el pavimento mojado.
Alessio estaba en el despacho de la planta baja, frente a la pantalla del ordenador. La videollamada segura tardaba en conectar. Eso siempre le irritaba, aunque no lo dijera.
Llevaba camisa blanca sin corbata, las mangas abotonadas y el cabello perfectamente peinado. México le había quitado algunas formalidades, pero no la necesidad de verse en control. La araña de aguamarina en su dedo seguía ahí, limpia, firme, girando apenas cuando su pulgar la rozaba.
Kenia estaba en el mismo despacho, sentada en el sillón lateral con una pierna cruzada sobre la otra. Llevaba pantalón negro, camiseta de algodón color arena y el cabello recogido en un nudo bajo que ya empezaba a soltarse. Tenía una taza de té en la mano. No parecía invitada a la conversación. Parecía parte de ella.
La pantalla parpadeó.
Rebecca apareció desde Palermo.
La imagen tenía una luz fría, muy blanca. Detrás de ella se veían archivadores metálicos, una pared lisa y una puerta entreabierta por donde pasaba gente con batas. Rebecca llevaba su bata de médico forense, el cabello recogido sin un pelo fuera de lugar y guantes azules asomando del bolsillo. Parecía cansada, pero su cansancio no la hacía más suave. La volvía más filosa.
Rebecca miró primero a Alessio. Luego a Kenia. Después al techo, como si estuviera aguantándose un comentario.
Rebecca dice con acento siciliano, “Míralos nada más. El exilio con muebles cómodos. Qué decadencia.”
Kenia alzó la taza.
Kenia dice con acento mexiquense, “Buenas tardes también para ti, Rebecca.”
Rebecca la miró con una sonrisa mínima.
Rebecca dice con acento siciliano, “Buenas tardes, cognata. Me alegra ver que todavía no has envenenado a mi hermano con salsa mexicana.”
Alessio no cambió la expresión.
Alessio dice con acento palermitano, “Rebecca.”
Rebecca suspiró, como si él le hubiera arruinado una diversión pequeña.
Rebecca dice con acento siciliano, “Va bene. Directos entonces. Tengo poco tiempo. Acaban de traerme un hombre que jura, según su primo, que se cayó solo sobre tres balas. Palermo sigue siendo una ciudad muy creativa cuando quiere mentir.”
Kenia dejó su taza sobre la mesita lateral.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Estás segura de que puedes hablar?”
Rebecca miró hacia la puerta.
Rebecca dice con acento siciliano, “Estoy en una sala donde nadie entra si no quiere ver algo desagradable. Eso me da privacidad.”
Alessio se inclinó un poco hacia la pantalla.
Alessio dice con acento palermitano, “Habla de Catania.”
Rebecca se quedó quieta un segundo. Su sarcasmo se replegó, aunque no desapareció del todo.
Rebecca dice con acento siciliano, “Catania ya no se parece al desastre que dejaste ardiendo en tu cabeza.”
La frase tocó algo.
Alessio no respondió, pero su mano dejó de girar el anillo.
Rebecca lo notó.
Rebecca dice con acento siciliano, “Sí. Eso. Esa cara. Vas a necesitarla, porque lo que voy a decirte no te va a gustar.”
Kenia se enderezó apenas en el sillón.
Rebecca abrió una carpeta fuera de cámara. No necesitaba leer, pero le gustaba ordenar lo que sabía.
Rebecca dice con acento siciliano, “Primero: Leila. Ya no está aislada, no está rota y no está moviéndose como mujer herida. Al menos no hacia fuera. En Catania la tratan con más cuidado que antes, y no por lástima. Por respaldo.”
Alessio dice con acento palermitano, “El Consejo.”
Rebecca negó con una mueca.
Rebecca dice con acento siciliano, “No solo el Consejo. La cúpula. Y no con esa cortesía tibia de ‘la escuchamos porque es Ferrari’. Respaldo real. De esos que hacen que otros bajen la voz antes de opinar.”
Kenia cruzó los brazos.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Qué cambió?”
Rebecca la miró con aprobación. No afecto. Solo reconocimiento de que Kenia hacía preguntas útiles.
Rebecca dice con acento siciliano, “Raffaele Vescovi.”
El nombre quedó en el despacho con un peso inmediato.
Alessio entrecerró los ojos.
Alessio dice con acento palermitano, “Raffaele no estaba en el centro hace tres meses.”
Rebecca dice con acento siciliano, “No. Y eso es lo interesante. Llegó de Milán hace casi mes y medio. Ingeniero. Perfil limpio en apariencia. Educado, discreto, de esos hombres que no necesitan levantar la voz porque ya decidieron antes de entrar a la habitación.”
Kenia escuchó con atención.
Rebecca continuó, acomodándose en la silla.
Rebecca dice con acento siciliano, “Al principio algunos pensaron que venía a acompañar a Dalila, a revisar infraestructura o a meterse en algún asunto técnico. Eso fue lo que dejaron creer. Muy bonito. Muy cómodo. Mientras todos miraban a Michele y a Leila, Raffaele se instaló cerca de ella.”
Alessio dice con acento palermitano, “¿Cerca?”
Rebecca lo miró directo.
Rebecca dice con acento siciliano, “En su cama, en su mesa y en su sombra. Es su pareja, Alessio. Ya no es rumor de cocina. Hace pocas semanas que el círculo de Cosa Nostra en Catania lo sabe, y nadie lo está tratando como capricho.”
Kenia no dijo nada, pero su rostro cambió.
No fue celos. No era asunto suyo en ese sentido.
Fue cálculo.
El tipo de cálculo que aparece cuando una mujer entiende que otra mujer acaba de conseguir un sostén emocional y político muy difícil de romper.
Alessio se quedó inmóvil.
Rebecca lo observó con esa crueldad limpia que usaba cuando quería obligarlo a mirar algo.
Rebecca dice con acento siciliano, “Raffaele cuida a Leila todo el tiempo. Y cuando digo todo el tiempo, no hablo como poetisa barata. Hablo de presencia real. Entra con ella, sale con ella, revisa quién se acerca, habla poco, mira mucho. No parece un guardaespaldas contratado. Parece el hombre que ella deja entrar cuando ya no quiere fingir que no necesita a nadie.”
Kenia bajó la mirada un segundo hacia sus manos.
La información sí le hizo algo.
Porque ella conocía esa función.
Ella había sido eso para Alessio después de Palermo. No solo esposa. No solo socia. Centro de control emocional cuando todo lo demás ardía.
Kenia dice con acento mexiquense, más bajo, “Entonces él no solo la protege. La regula.”
Rebecca chasqueó los dedos, satisfecha.
Rebecca dice con acento siciliano, “Exacto. Gracias. Alguien en esta llamada todavía usa el cerebro sin convertirlo todo en venganza.”
Alessio le lanzó una mirada fría.
Alessio dice con acento palermitano, “Cuidado.”
Rebecca levantó una ceja.
Rebecca dice con acento siciliano, “¿O qué? ¿Me vas a exiliar a México también?”
Kenia soltó una respiración breve, casi una risa. Alessio no.
Rebecca volvió al informe.
Rebecca dice con acento siciliano, “Raffaele logró algo que no estaban logrando ni los viejos ni los hombres de la Villa. Leila cambió desde dentro. No está más blanda. Está más tranquila. Eso la hace peor para ti.”
Alessio sintió un rechazo inmediato ante la frase.
Leila tranquila.
Leila sostenida.
Leila con un hombre propio, siciliano, aceptado por la cúpula, cuidándola como si su seguridad fuera asunto personal y no solo político.
Aquello le quitaba otro argumento.
Antes podía dibujarla como una mujer arrastrada por Mássimo Marttini, contaminada por Turín, vulnerable por amor al norte. Ahora esa línea se rompía. Raffaele no era Turín. No era un error de territorio. Era un hombre de Sicilia, cercano a Dalila, con entrada propia y respaldo suficiente para no parecer adorno.
Alessio dice con acento palermitano, “La cúpula lo apoya.”
Rebecca asintió.
Rebecca dice con acento siciliano, “Absolutamente. Y eso no me gusta nada. Raffaele no entró a pedir permiso. Entró con permiso ya concedido.”
Kenia levantó la vista.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Quién le abrió?”
Rebecca hizo una pausa.
Rebecca dice con acento siciliano, “Vittorio Calogero, directa o indirectamente. No tengo la firma, pero tengo el olor. Y antes de que Alessio me mire como si hubiera dicho una estupidez, sí, ya sé que Calogero no firma nada que pueda olerse.”
Alessio se quedó serio.
No discutió.
Kenia lo notó.
Kenia dice con acento mexiquense, “Eso significa que Raffaele no es solo pareja. Es aval.”
Rebecca señaló la pantalla con un bolígrafo.
Rebecca dice con acento siciliano, “Mira. Ahí está. Me cae bien cuando hablas poco y piensas rápido.”
Kenia no sonrió.
Kenia dice con acento mexiquense, “No me cae bien lo que estoy pensando.”
Rebecca dice con acento siciliano, “A nadie debería.”
Alessio se levantó de la silla y caminó hacia la ventana del despacho. Afuera, el patio seguía mojado. Una gota caía de una bugambilia a intervalos irregulares. La casa estaba demasiado callada.
Alessio dice con acento palermitano, “¿Y Michele?”
Rebecca lo siguió con la mirada desde la pantalla.
Rebecca dice con acento siciliano, “Michele está más fuerte que antes.”
Alessio no se giró.
Rebecca continuó.
Rebecca dice con acento siciliano, “Y no solo por Leila. Dalila es su mujer.”
Kenia parpadeó despacio.
Ahí sí hubo una reacción más visible.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Mujer de Michele?”
Rebecca dice con acento siciliano, “Sí. No amante escondida. No colaboradora con tensión bonita para entretener a los guardias. Su mujer. Y eso cambió el peso de ambos.”
Alessio giró lentamente hacia la pantalla.
Alessio dice con acento palermitano, “Dalila es prima de Raffaele.”
Rebecca asintió.
Rebecca dice con acento siciliano, “Sí. Y por eso ahora el cuadro es más molesto. Leila con Raffaele. Michele con Dalila. No son piezas sueltas. Son vínculos familiares, sentimentales y operativos cruzados. Una red de confianza mucho más difícil de comprar.”
Kenia se quedó callada.
Esa parte la tocó de otra manera.
Porque Kenia había usado siempre el vínculo como herramienta. Sabía cuándo una relación podía comprarse, torcerse o romperse. Pero también sabía cuándo una relación se volvía más resistente precisamente porque mezclaba amor, interés y supervivencia.
Kenia dice con acento mexiquense, “Eso los vuelve menos vulnerables a infiltración externa.”
Rebecca dice con acento siciliano, “Mucho menos. Dalila no está cuidando un sueldo. Está cuidando a su familia, a su hombre y a la mujer que ahora está con su primo. Y Michele no está confiando en una jefa de seguridad cualquiera. Está confiando en la mujer que duerme a su lado.”
Alessio sintió la frase como una molestia física.
No por romanticismo.
Por estructura.
Rebecca lo explicó sin adornos.
Rebecca dice con acento siciliano, “Antes podías buscar al ambicioso, al resentido, al que quería subir. Ahora hay menos espacio. Dalila filtra. Michele ordena. Raffaele acompaña a Leila. Y Leila, con ese respaldo, ya no parece una heredera resistiendo ataques. Parece una jefa consolidando casa.”
Alessio volvió a sentarse despacio.
Alessio dice con acento palermitano, “Nadie se consolida tan rápido sin costo.”
Rebecca sonrió apenas.
Rebecca dice con acento siciliano, “Eso sí. Por fin una frase útil.”
Kenia se inclinó hacia la mesa.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Cuál es el costo?”
Rebecca dejó el bolígrafo.
Rebecca dice con acento siciliano, “No lo veo todavía. Por eso no me gusta. Cuando no ves el costo, es porque alguien lo está pagando lejos de la sala principal.”
El silencio se hizo más largo.
A Alessio le molestaba la precisión de su hermana. Rebecca no tenía paciencia para discursos de lealtad, pero tenía una habilidad clínica para detectar cortes limpios. Veía cuerpos y estructuras con la misma frialdad.
Alessio dice con acento palermitano, “¿Qué más?”
Rebecca respiró hondo, como si lo siguiente le diera fastidio por razones personales.
Rebecca dice con acento siciliano, “Don Pietro está muerto.”
Alessio se quedó quieto.
Kenia levantó la cabeza.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Muerto?”
Rebecca asintió.
Rebecca dice con acento siciliano, “En su villa. Sin espectáculo. Sin sangre. Sin incendio. Sin nota. La versión que corre es muerte natural. Un final muy conveniente para un hombre que últimamente sabía demasiado y estorbaba a todos.”
Alessio no habló.
Don Pietro.
El hombre que le había entregado el capital antes de desmarcarse. El hombre que había fingido preocupación mientras el Consejo le cerraba la puerta. El hombre que había sobrevivido décadas porque sabía apartarse antes del golpe.
Muerto sin causa aparente.
Alessio no sintió tristeza.
Sintió alerta.
Alessio dice con acento palermitano, “¿Lo viste?”
Rebecca ladeó la cabeza.
Rebecca dice con acento siciliano, “Todavía no. Y eso también es raro. Su cuerpo fue manejado con mucha delicadeza, demasiada. La familia pidió discreción, el médico de confianza firmó rápido y todos están encantados con la palabra ‘natural’ porque evita preguntas.”
Kenia se levantó del sillón y caminó hasta quedar detrás de Alessio.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Crees que lo mataron?”
Rebecca se encogió de hombros.
Rebecca dice con acento siciliano, “Creo que los hombres como Don Pietro no mueren en el momento exacto en que todos respiran mejor por casualidad. Pero eso no es prueba. Es experiencia.”
Alessio apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.
Alessio dice con acento palermitano, “¿Quién gana?”
Rebecca respondió sin pensar.
Rebecca dice con acento siciliano, “La cúpula. Leila. Cualquiera que quisiera cerrar la etapa en la que Pietro podía hablar demasiado. Y tú pierdes otra puerta vieja, aunque estuviera podrida.”
Kenia miró a Alessio.
Esa frase sí le hizo efecto.
Alessio no quería a Don Pietro. No confiaba en él. Pero su muerte significaba que otro pedazo del mapa antiguo desaparecía. Otro testigo. Otro intermediario que ya no podía usarse, presionarse ni exponer.
Alessio dice con acento palermitano, “Están limpiando todo.”
Rebecca dice con acento siciliano, “Sí. Pero no como antes. No con ruido. No como tus incendios. Esto es más doméstico. Más aceptable. Más difícil de acusar.”
Kenia se cruzó de brazos.
Kenia dice con acento mexiquense, “Eso huele a Michele.”
Rebecca hizo una mueca.
Rebecca dice con acento siciliano, “O a alguien que aprendió rápido con Michele cerca.”
Alessio levantó la mirada.
Alessio dice con acento palermitano, “Leila.”
Rebecca no negó.
Rebecca dice con acento siciliano, “Leila ya no es solo la hija de Matteo sobreviviendo a traumas familiares. Eso quedó viejo. Ahora está haciendo negocios.”
Kenia preguntó antes que Alessio.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Qué negocios?”
Rebecca miró hacia la puerta. Alguien pasó caminando fuera. Esperó.
Luego bajó la voz.
Rebecca dice con acento siciliano, “Taormina.”
Alessio frunció ligeramente el ceño.
Rebecca dice con acento siciliano, “Bienes raíces. Hoteles pequeños, propiedades antiguas, restauración, turismo de alto nivel, permisos, sociedades limpias. No tengo toda la estructura. Pero Leila está metida en un proyecto serio en Taormina. Y Michele tiene las manos puestas en la parte formal.”
Kenia escuchó con una atención más profunda.
Taormina no era solo una ciudad bonita para turistas. Era visibilidad, dinero limpio, hoteles, restaurantes, extranjeros, costa, patrimonio, permisos. Un lugar donde una operación bien armada podía parecer respetable desde el inicio.
Kenia dice con acento mexiquense, “Están lavando imagen.”
Rebecca dice con acento siciliano, “Y dinero. Pero con más elegancia que antes. No como idiotas comprando medio pueblo de golpe. Están entrando por piezas.”
Alessio miró la pantalla con dureza.
Alessio dice con acento palermitano, “Michele.”
Rebecca dice con acento siciliano, “Michele formaliza. Leila da el nombre. Raffaele aporta lectura técnica, eso dicen. Ingeniero de Milán, recuerda. Dalila limpia accesos y revisa quién se acerca. Todos tienen función. Qué bonito, ¿no? Me dan náuseas.”
Kenia no pudo evitar una reacción seca.
Kenia dice con acento mexiquense, “No es bonito. Es sólido.”
Rebecca la miró con una sonrisa pequeña.
Rebecca dice con acento siciliano, “Por eso me das menos pereza que la mayoría.”
Alessio no estaba de humor para sus juegos.
Alessio dice con acento palermitano, “Taormina es exposición.”
Kenia respondió sin apartar la mirada de Rebecca.
Kenia dice con acento mexiquense, “También legitimidad. Si sale bien, Leila no solo se protege en Catania. Se vuelve presentable para gente que no quiere oír hablar de guerra.”
Rebecca asintió.
Rebecca dice con acento siciliano, “Exacto. Y mientras tú reconstruyes con mexicanos incómodos y napolitanos baratos, ella se está vistiendo de empresaria siciliana con respaldo de cúpula.”
La frase fue cruel.
Y efectiva.
Alessio la sintió.
No porque despreciara su propia reconstrucción, sino porque Rebecca había dicho en voz alta la diferencia de imagen: él, exiliado en México, negociando con grupos menores para volver a respirar; Leila, en Sicilia, entrando a Taormina con respaldo familiar, pareja local, consigliere eficiente y seguridad leal.
Kenia también lo sintió.
Y por un instante le molestó que Rebecca lo dijera así, aunque fuera cierto.
Kenia dice con acento mexiquense, “Cuidado con cómo lo pones, Rebecca.”
Rebecca la miró, sin burla esta vez.
Rebecca dice con acento siciliano, “Lo pongo feo porque es feo. Si quieren consuelo, llamen a un sacerdote. Si quieren volver, escuchen.”
El despacho quedó en silencio.
Alessio no intervino.
Kenia tampoco.
Rebecca respiró y suavizó apenas el tono, lo mínimo que su carácter permitía.
Rebecca dice con acento siciliano, “No digo que estén perdidos. Digo que Leila ya no está en el punto donde la dejaron. Si atacan una versión vieja de ella, van a fallar.”
Alessio respondió después de unos segundos.
Alessio dice con acento palermitano, “No voy a atacar una versión vieja.”
Rebecca sostuvo su mirada.
Rebecca dice con acento siciliano, “Bien. Porque esa mujer ya no existe.”
Kenia volvió a sentarse, pero no tomó la taza.
Kenia dice con acento mexiquense, “¿Qué dicen de mí?”
La pregunta sorprendió un poco a Rebecca. También a Alessio.
Rebecca miró a Kenia con más atención.
Rebecca dice con acento siciliano, “Menos de lo que crees. Eso debería preocuparte o alegrarte, según el día.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Explícate.”
Rebecca dice con acento siciliano, “En Palermo te consideran parte del exilio de Alessio. En Catania, si hablan de ti, lo hacen como su esposa mexicana y como una pieza dañada por los incendios de la fundación. No sé si te subestiman o si simplemente no tienen ojos suficientes hacia México.”
Kenia se quedó quieta.
Esa información le generó algo distinto.
No rabia.
Ventaja.
Kenia dice con acento mexiquense, “Bien.”
Alessio la miró.
Kenia no le devolvió la mirada. Seguía viendo a Rebecca.
Kenia dice con acento mexiquense, “Si me ven como acompañante, mejor.”
Rebecca sonrió.
Rebecca dice con acento siciliano, “Ahí está. Por eso Alessio se casó contigo y no con una muñeca de salón.”
Alessio murmuró con fastidio.
Alessio dice con acento palermitano, “Rebecca.”
Rebecca dice con acento siciliano, “¿Qué? Fue un cumplido. Feo, pero cumplido.”
Kenia sí sonrió esta vez, apenas.
Pero le duró poco.
Kenia dice con acento mexiquense, “Necesito más sobre Taormina. Nombres de sociedades, intermediarios, arquitectos, permisos, hoteles. Lo que puedas escuchar.”
Rebecca asintió.
Rebecca dice con acento siciliano, “Puedo intentar. Pero Taormina no pasa por morgue tan fácil, cognata.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Todo pasa por alguien que se enferma, muere, se emborracha o habla de más.”
Rebecca la miró unos segundos.
Rebecca dice con acento siciliano, “Eso fue casi siciliano. Estoy preocupada.”
Alessio no sonrió. Estaba pensando.
Raffaele.
Dalila.
Michele.
Leila.
Don Pietro muerto.
Taormina.
No eran datos sueltos. Eran señales de una estructura que se cerraba mientras él construía lejos. Y aun así, en medio de la incomodidad, había algo útil: una estructura sólida también tenía puntos de dependencia. Si alguien sabía encontrarlos.
Alessio dice con acento palermitano, “Raffaele es el punto nuevo.”
Kenia lo miró.
Alessio continuó, más para sí que para ellas.
Alessio dice con acento palermitano, “Si llegó hace mes y medio y en semanas cambió a Leila desde dentro, no es solo pareja. Es acceso emocional. Es rutina. Es confianza reciente.”
Rebecca asintió.
Rebecca dice con acento siciliano, “Y la confianza reciente suele creer que ya venció la sospecha.”
Kenia añadió con voz baja.
Kenia dice con acento mexiquense, “Pero si lo tocas mal, Leila se cierra más.”
Alessio la miró.
Kenia sostuvo su mirada.
Kenia dice con acento mexiquense, “No puedes ir contra el hombre que la cuida veinticuatro siete como si fuera un escolta. Si ella lo ama, o si al menos lo necesita de verdad, cualquier ataque torpe la vuelve más dura.”
Rebecca observó a Kenia con interés.
Rebecca dice con acento siciliano, “Está pensando como mujer. Eso les falta a muchos hombres de la isla.”
Alessio no respondió de inmediato.
La frase de Kenia le había molestado porque era correcta.
Alessio dice con acento palermitano, “Entonces no se toca todavía.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Se estudia.”
Rebecca dice con acento siciliano, “Milagro. Una decisión inteligente antes del tercer insulto.”
Kenia ignoró el comentario.
Kenia dice con acento mexiquense, “Dalila y Michele son otro asunto. Si son pareja, su fuerza también es su exposición. Una jefa de seguridad enamorada puede ser más leal, sí. Pero también tiene algo concreto que perder.”
Rebecca se quedó callada un segundo.
Alessio la miró.
Rebecca dice con acento siciliano, “Eso sonó desagradable incluso para mí. Me gusta.”
Kenia no sonrió.
Kenia dice con acento mexiquense, “No estoy jugando.”
Rebecca perdió la burla poco a poco.
Rebecca dice con acento siciliano, “Lo sé.”
Alessio habló con tono más bajo.
Alessio dice con acento palermitano, “Michele cree que el amor lo hizo más fuerte.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Quizá sí.”
Alessio la miró con dureza.
Kenia no retrocedió.
Kenia dice con acento mexiquense, “No subestimes eso. Tú tampoco te volviste más débil conmigo.”
La frase lo tocó.
No públicamente. No de forma evidente.
Pero Alessio dejó de girar el anillo.
Rebecca notó el gesto y, por una vez, no hizo comentario.
Kenia continuó.
Kenia dice con acento mexiquense, “El vínculo los fortalece. Hay que aceptarlo primero. Luego se busca dónde presiona.”
Alessio se quedó mirándola.
En otra época, habría tomado esa corrección como desafío. Ahora la necesitaba, aunque todavía le costara admitirlo.
Alessio dice con acento palermitano, “Entonces presionamos donde no parezca ataque.”
Rebecca asintió despacio.
Rebecca dice con acento siciliano, “Taormina.”
Kenia miró la pantalla.
Rebecca continuó.
Rebecca dice con acento siciliano, “Si Leila está invirtiendo ahí, quiere futuro. Imagen. Dinero limpio. Respeto fuera de Catania. Ese tipo de proyecto no se destruye con sangre. Se infecta con dudas.”
Alessio volvió a mirar a su hermana.
Alessio dice con acento palermitano, “Consigue nombres.”
Rebecca dice con acento siciliano, “Haré lo que pueda. Sin acercarme demasiado. No soy una mártir y no pienso terminar en una bolsa por darte material de conversación.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Nadie te está pidiendo eso.”
Rebecca la miró.
Rebecca dice con acento siciliano, “Tú no. Él a veces lo piensa y cree que no se le nota.”
Alessio dice con acento palermitano, “No te necesito muerta.”
Rebecca respondió rápido.
Rebecca dice con acento siciliano, “Qué alivio. Lo pondré en mi diario.”
Una voz masculina llamó desde fuera de cámara.
Voz masculina dice con acento siciliano, “Dottoressa Santoro, la esperan.”
Rebecca cerró los ojos con fastidio.
Rebecca dice con acento siciliano, “Siempre igual. Uno no puede conspirar tranquila ni diez minutos.”
Kenia tomó su taza.
Kenia dice con acento mexiquense, “Gracias por la información.”
Rebecca se levantó un poco de la silla, pero no cortó todavía.
Rebecca dice con acento siciliano, “No me agradezcas. Me irrita.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Entonces considéralo una molestia necesaria.”
Rebecca la miró con una pequeña sonrisa.
Rebecca dice con acento siciliano, “Ahora sí estás aprendiendo.”
Alessio se inclinó hacia la pantalla.
Alessio dice con acento palermitano, “Rebecca.”
Ella lo miró.
Por debajo del sarcasmo, había una atención real.
Alessio dice con acento palermitano, “No te acerques a Raffaele. Ni a Dalila. Todavía.”
Rebecca perdió la sonrisa.
Rebecca dice con acento siciliano, “No soy idiota, Alessio.”
Alessio dice con acento palermitano, “Lo sé. Por eso sigues viva.”
Rebecca sostuvo su mirada.
No hubo ternura.
Pero sí algo parecido a una lealtad antigua y desagradable, de esas que no necesitan abrazos porque han sobrevivido a cosas peores.
Rebecca dice con acento siciliano, “Y tú sigue en México hasta que tengas algo mejor que rabia y pesos nuevos.”
Alessio aceptó el golpe sin parpadear.
Alessio dice con acento palermitano, “Lo tendré.”
Rebecca dice con acento siciliano, “Eso espero. Porque Leila ya lo tiene.”
La llamada se cortó.
La pantalla quedó oscura.
Durante varios segundos, nadie habló.
La lluvia seguía cayendo afuera. En la casa se escuchaba el sonido bajo del refrigerador y un goteo cerca de la ventana del patio. Kenia se levantó despacio y recogió su taza, pero no salió del despacho.
Alessio permaneció sentado, mirando la pantalla apagada.
Kenia dice con acento mexiquense, “Eso te pegó.”
Alessio no la miró.
Alessio dice con acento palermitano, “No.”
Kenia dejó la taza sobre la mesa.
Kenia dice con acento mexiquense, “Sí. Te pegó.”
Él giró lentamente hacia ella.
Kenia no suavizó el tono.
Kenia dice con acento mexiquense, “Porque Leila no está sola como tú querías. Porque Raffaele no es Mássimo. Porque Dalila no es empleada. Porque Michele no está improvisando. Y porque Don Pietro muerto significa que el tablero viejo se está cerrando sin ti.”
Alessio se puso de pie.
No gritó.
Eso habría sido más sencillo.
Caminó hasta la ventana y miró el patio mojado. La casa de Metepec, con sus macetas, su mesa de hierro y sus paredes cálidas, le pareció de pronto demasiado pequeña para todo lo que acababan de poner sobre ella.
Alessio dice con acento palermitano, “Leila está construyendo futuro.”
Kenia se acercó, quedándose a un paso de él.
Kenia dice con acento mexiquense, “Sí.”
Él apretó la mandíbula.
Alessio dice con acento palermitano, “Con mi ausencia.”
Kenia dice con acento mexiquense, “También.”
La respuesta fue dura, pero honesta.
Alessio cerró los ojos un segundo.
Kenia bajó la voz.
Kenia dice con acento mexiquense, “Eso no significa que ganó. Significa que dejó de esperarte.”
Él abrió los ojos.
Esa frase sí dolió.
Porque la rabia de Alessio siempre había tenido una parte íntima: necesitaba imaginar que Leila seguía reaccionando a él, ordenando su vida alrededor del daño que él había provocado. Pero Rebecca acababa de decir otra cosa. Leila estaba cambiando por Raffaele, fortalecida por Michele, protegida por Dalila, respaldada por la cúpula y proyectando negocios en Taormina.
Leila no estaba esperando su regreso.
Alessio dice con acento palermitano, “Entonces vamos a hacer que mire.”
Kenia no respondió de inmediato.
Kenia dice con acento mexiquense, “Sí. Pero no con desesperación.”
Alessio giró hacia ella.
Kenia continuó.
Kenia dice con acento mexiquense, “Si atacas por orgullo, pierdes. Si atacas por imagen, pierdes. Si atacas el vínculo equivocado, los unes más. Necesitamos entrar por algo limpio. Algo que no parezca guerra.”
Alessio respiró lento.
Alessio dice con acento palermitano, “Taormina.”
Kenia asintió.
Kenia dice con acento mexiquense, “Taormina.”
El nombre quedó entre ambos.
No como una orden todavía.
Como una dirección.
Kenia tomó una carpeta vacía del escritorio y la abrió. Sacó una pluma. En la primera hoja escribió una sola palabra: Taormina.
Luego debajo, cuatro nombres.
Leila.
Raffaele.
Michele.
Dalila.
Alessio se acercó a la mesa y miró la hoja.
Kenia dice con acento mexiquense, “No los vamos a mirar como enemigos sueltos. Los vamos a mirar como funciones.”
Escribió junto a cada nombre.
Alessio leyó en silencio.
Kenia dejó la pluma sobre la mesa.
Kenia dice con acento mexiquense, “Ahora sí podemos empezar.”
Alessio miró la hoja durante varios segundos.
La rabia seguía ahí.
Pero ya no estaba sola.
Ahora tenía forma.
Alessio dice con acento palermitano, “Rebecca conseguirá nombres del proyecto.”
Kenia dice con acento mexiquense, “Y nosotros veremos quién en México puede tocar bienes raíces, permisos o inversión turística sin que parezca que viene de nosotros.”
Alessio la miró.
Kenia sostuvo su mirada con una calma seria.
Kenia dice con acento mexiquense, “No vamos a correr detrás de Leila. Vamos a llegar al lugar donde ella quiere verse respetable.”
Afuera, la lluvia empezó a bajar.
La casa quedó con olor a tierra mojada, café frío y papel recién abierto.
Alessio tomó la pluma y marcó un círculo alrededor de Taormina.
Alessio dice con acento palermitano, “Si quiere futuro, empezaremos por ahí.”
Kenia no sonrió.
Tampoco él.
No era un triunfo.
Era el primer movimiento útil después de escuchar una verdad incómoda.
Leila estaba más fuerte.
Eso ya no podían negarlo.
Ahora tenían que decidir qué hacer con esa fuerza.
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