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Pasarelas, reinas y pólvora

Publicado: Lun Mar 23, 2026 6:47 am
por Larabelle Evans

El regreso.

Habitación con vista al Etna

Punto de vista: Martyna.


La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio limpio. Era denso. De esos que se pegan a la piel.
El aire acondicionado murmuraba con constancia mecánica. Cortinas gruesas, color marfil, apenas abiertas. Más allá del cristal, la ciudad respiraba lenta… y al fondo, recortado contra el cielo de la tarde, el Etna.
Inmóvil.
Siempre ahí.
Martyna permanecía de pie junto a la ventana. Descalza. El suelo de mármol frío bajo sus pies contrastaba con el calor que le subía por el pecho. Llevaba una camisa blanca, amplia, mal abotonada. El cabello suelto, más largo que antes. Más oscuro. Como si también hubiera aprendido a endurecerse.
Entre sus dedos, un vaso bajo. Whisky. Sin hielo.
No bebía.
Solo lo sostenía.
Sus ojos no estaban en la ciudad.
Estaban en la montaña.
Y sin aviso…
El recuerdo volvió.

Flashback – La despedida de la reina

EXTERIOR – FALDAS DEL ETNA – MADRUGADA
El viento.
Siempre el viento.
Pero no era frío de temperatura… era otra cosa. Un hueco que se abría en el pecho.
La tierra negra crujía bajo las botas. Ceniza seca. Roca volcánica. Todo parecía muerto… pero debajo latía algo.
Como ellas.
Cuatro figuras avanzando en fila.
Etna al frente. Espalda recta. Paso firme. Sin mirar atrás.
Karlo a su lado. Sombra sólida.
Detrás, Maurizio. Vendado. Respirando con dificultad, pero sin quejarse.
Y cerrando la marcha… ella.
Martyna.
El abrigo negro rozándole las piernas. El peso de la urna entre sus manos. No miraba a nadie. Solo el suelo. Paso a paso. Como si detenerse fuera romper algo que ya estaba demasiado frágil.
El dron sobrevolaba arriba. Zumbido leve. Vigilancia constante. Incluso en un funeral.
Porque en su mundo… ni la muerte era territorio seguro.
Nadie hablaba.
No hacía falta.
Cuando llegaron al claro, todo se detuvo.
El círculo de piedra ya estaba marcado. Preciso. Frío. Ritual.
Y en el centro… la caja.
Metálica. Cerrada. El emblema Ferrari tallado en rojo oscuro.
Martyna no necesitaba abrirla para saber lo que había dentro.
Lo sabía.
Lo olía.
Lo sentía.
Etna se quitó las gafas. El reflejo de la luna le golpeó los ojos. Verde oscuro. Secos.
Demasiado secos.
Martyna dio un paso al frente.
La urna pesaba menos de lo que debería.
Siempre pesaba menos… cuando lo que cargabas era una vida.
Martyna dice en voz baja:
—“Ella me enseñó a no tenerle miedo a la fuerza. Me dio alas… cuando todos querían que me quedara rota.”
La voz le falló al final. Apenas.
Etna no la miró. Pero su mano se apoyó en su codo.
Firme.
Presente.
Karlo avanzó después. Su silueta parecía parte del paisaje.
Karlo dice con acento siciliano,
"Leila era mi jefa. Pero también era mi amiga. Mi familia. La única capaz de ordenarme algo sin que yo lo cuestionara. Porque ella... siempre sabía por qué luchaba."
Maurizio se quitó la boina. Lento. Como si cada movimiento doliera.
Maurizio dice con acento siciliano, "Y nosotros, Leila... aún no terminamos de pelear."
El silencio volvió.
Pero esta vez… pesaba más.
Etna se arrodilló.
Encendió la bengala.
La luz roja rompió la madrugada. No violenta. Precisa.
Cuando abrió la caja…
El aire cambió.
El perfume escapó primero.
Dulce. Oscuro. Familiar.
Martyna cerró los ojos un segundo.
Ahí estaba.
No Leila.
Pero casi.
Etna Dice con acento Catanés, "Leila Ferrari no tuvo un funeral. Porque la muerte no sabe cómo enterrar a una mujer como ella. Hoy, nosotros… no la enterramos. La ofrecemos al Etna. A su montaña. A su furia."
El vino cayó sobre los restos. Lento. Como sangre ritual.
Etna Dice con acento Catanés, "Princesa del terror. Hija del fuego. Reina de la guerra… y de nuestras vidas. No estás muerta si no te olvidamos."
La señal fue mínima.
Pero suficiente.
Gasolina.
Encendedor.
Bengala.
El fuego nació elegante.
Sin rabia.
Como si entendiera que no era destrucción…
Era despedida.
Las llamas crecieron. El humo subió directo hacia la cima del volcán.
Martyna no lloró.
No podía.
Etna se giró hacia ella.
Etna Dice con acento Catanés,
"Leila murió por esta guerra. Pero su nombre… será el eco que la gane."
Martyna sostuvo la mirada.
Martyna dice: "Y tú… Etna. ¿Estás lista para convertirte en lo que ella fue?"
El tiempo se detuvo un instante.
El fuego reflejado en la cicatriz de Etna.
Y entonces—
Etna Dice con acento Catanés, "Jamás podría ser una reina como ella."
Una pausa.
Más fría que el viento.
Etna Dice con acento Catanés, "Yo no seré Leila. Yo seré peor. Porque ahora… no tengo nada que perder."
El viento cambió.
Las cenizas giraron.
Como si el Etna… respondiera.
A lo lejos, una figura.
Pietro.
Inmóvil. Herido. Observando.
Sin acercarse.
Sin despedirse.
Cuando todo terminó… ya no quedaba caja.
Solo brasas.

Presente

Martyna parpadeó.
El reflejo del fuego seguía ahí… pero ahora era el sol golpeando el cristal.
Respiró hondo.
Y esta vez… sí bebió.
El whisky le quemó la garganta. Real. Presente.
Apoyó la frente contra la ventana.
El Etna seguía ahí.
Igual que aquella madrugada.
El cristal devolvía una versión de ella que no terminaba de reconocer.
La luz de la tarde caía oblicua sobre la habitación, filtrándose entre las cortinas de lino pesado. Olía a madera pulida, a hotel caro… y a algo más tenue: el rastro de su propio perfume, frío, contenido, como si también él supiera guardar secretos.
Martyna apoyó la palma contra el vidrio. Estaba tibio por el sol. Nada que ver con la madrugada de aquel día.
Pero el cuerpo recuerda lo que la mente intenta domesticar.
Y el recuerdo… volvió.

Flashback – Nueva York, el exilio elegante

INTERIOR – PENTHOUSE ESCALANTI – ATARDECER
Nueva York tenía un sonido constante.
No era ruido. Era presión.
Un latido urbano que no te dejaba pensar demasiado tiempo seguido.
Desde el piso alto, la ciudad parecía ordenada. Calles rectas, luces que se encendían como un tablero perfecto.
Pero Martyna ya sabía lo que había debajo.
Caos.
Como en casa.
El penthouse olía a café recién molido y cuero caro. A decisiones importantes tomadas en voz baja. A poder.
Su madre estaba en la isla de la cocina, cortando fruta con precisión casi quirúrgica. Siempre elegante, incluso en lo cotidiano. Cabello recogido, perfume suave, mirada que lo veía todo sin parecer hacerlo.
Su madre, Diana, dice con voz serena, "Martyna. Te estás consumiendo."
Martyna, apoyada contra la ventana, no giró.
Martyna dice: "Estoy funcionando. Madre, no me pidan más, si la extraño. Era mi mejor amiga del colegio."
Un leve gesto en los labios de su madre. No sonrisa. Reconocimiento.
Su madre dice, "Que funciones a consummirte, No es lo mismo."
El cuchillo golpeó la tabla. Ritmo constante.
Martyna cerró los ojos un segundo.
Si se permitía sentir… perdía.

Mafia Escalanti.


El despacho de Alessandro Escalanti no era ostentoso.
Era peor.
Sobrio. Oscuro. Funcional.
Un espacio donde cada objeto tenía propósito… o historia.
El olor a tabaco fino impregnaba las paredes. Whisky. Madera antigua.
Y hombres.
Siempre hombres.
Aquella noche, la puerta estaba cerrada… pero las voces no.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, "El puerto de Newark no se mueve sin mi autorización."
Silencio.
Luego, otra voz. Más joven. Tensa.
Voz masculina dice: "Los rusos están presionando."
Un leve sonido de hielo en vaso.
Alessandro Escalanti responde: "Que presionen. Cuando se cansen… negociamos."
Martyna escuchaba desde el pasillo. Descalza. Invisible. Así era como aprendía. No preguntando. Escuchando.
Alessandro continúa:
"La mercancía entra limpia o no entra. No quiero errores. No ahora."
No hablaban de ropa.
Ni de vino.
Ni de negocios legales.
Martyna lo sabía.
Siempre lo había sabido.
Y aun así…
Ese no era su campo.
No todavía.

La prohibición

Esa misma tarde, su padre la interceptó al pie de la escalera principal. Alessandro Escalanti nunca perdía el tiempo con rodeos; su autoridad era tan densa como el aire de su despacho.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, con voz baja pero cortante, "Martyna. Hablemos de Catania."
Martyna se irguió. No le gustaba esa conversación.
Martyna dice, "No hay nada que hablar. Catania Es mi hogar."
Alessandro Escalanti sonríe sin humor.
Alessandro escalanti dice con acento Italoamericano, "Tu hogar es Manhattan, ahora. El otro… el otro es un nido de víboras que acaba de perder a su reina."
Se acercó, poniendo sus manos en los hombros de ella. No era un gesto afectuoso, sino una presión sutil.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, "La muerte de Leila abrió la caja de Pandora. Ahora, el único que queda es Matteo Ferrari. Y lo que ese hombre ha desatado... no es una guerra, es terror. ¿Sabes lo que hace con los que no se alinean? Tráfico. De todo. Y tú, mi hija, no te vas a acercar a ese fuego."
Martyna dice, intentando sonar tranquila, "Yo puedo cuidarme sola."
Alessandro Escalanti la mira a los ojos, su expresión pétrea.
Alessandro Escalanti dice con acento Italoamericano, "No se trata de que te cuides. Se trata de una prohibición. Clara. Innegociable. Si cruzas esa línea, no solo te expones tú, nos expones a todos. Lo que hay en Catania ahora no son solo negocios de familia. Es supervivencia. Y tú te quedas aquí. Fuera de peligro. Fuera de la guerra."
Martyna sintió el frío de la orden. No era miedo por ella, sino una estrategia para él.
Martyna dice, un susurro de desafío, "¿Y si es lo que debo hacer?"
Alessandro Escalanti le apretó los hombros y luego la soltó. Su voz se volvió pura orden.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, "No es lo que debes hacer. Es lo que harás. Los Ferrari están rotos. Nosotros, Escalanti, nos mantendremos completos, aquí. Este exilio es tu protección."
Esa noche, su madre entró en su habitación sin hacer ruido.
Se sentó en el borde de la cama.
No habló de inmediato.
Nunca lo hacía.
Diana dice, "Tu padre tiene miedo."
Martyna giró el rostro.
Eso sí era nuevo.
Martyna dice "Él no tiene miedo de nada."
Su madre negó suavemente.
Diana dice, "Tiene miedo de perderte atí."
Silencio.
Más suave.
Más peligroso.
Su madre continuó.
"Y sabe que si vuelves a Catania… no regresas igual."
Martyna bajó la mirada.
Porque eso… también lo sabía.

Las pasarelas

El aire olía a ozono y perfume caro, una mezcla eléctrica. Luz blanca. Cegadora. Se sentía como si los focos no solo iluminaran, sino que quemaran el oxígeno. El calor de los focos pegándose a la piel era una capa invisible y pegajosa. El pulso del evento era un zumbido sordo bajo los pies de Martyna, una vibración constante que pasaba de la plataforma al mármol, directo a sus huesos.
El murmullo del público. Bajo. Expectante. Eran cientos de alientos contenidos, el clic ocasional de un bolígrafo, el tintineo de copas de champán que se silenció abruptamente cuando la música se desvaneció.
Y luego—
Silencio. El vacío repentino fue un golpe en el estómago. El tipo de silencio que precede al juicio o a una explosión.
Martyna exhaló, centrando el aliento en el vientre. Un ritual que había aprendido para acallar el ruido interno. Salió a la pasarela.
Espalda recta. Paso medido. Cada músculo tenso, cada articulación obediente. La punta del pie rozaba la tela apenas por encima de la luz. Cadera firme. El vestido, un rojo profundo que absorbía y devolvía el brillo, se sentía como seda fría sobre su piel. Era de corte asimétrico, la tela se movía como líquido con el desplazamiento del aire, fluyendo sobre su cuerpo.
Flash. Flash. Flash.
El estallido de luz era físico, un pulso estroboscópico que la cegaba brevemente con cada disparo, dejando puntos verdes bailando en su visión periférica. Podía escuchar el rápido motor de las cámaras, un sonido como de insectos enfurecidos.
Los fotógrafos no paraban. Ella tampoco.
Pero dentro, detrás de la expresión neutra y los ojos enfocados en el punto lejano al final de la línea: Nada. La sensación era de vacío controlado. Ni excitación, ni el calor de la vanidad. Solo la fría disciplina de una máquina bien calibrada. Su mente repetía: Uno. Dos. Tres. Giro. Cuatro.
En backstage, el mundo era otro. Un horno húmedo y frenético. Caos. Cuerpos que chocaban, voces ásperas y susurros urgentes. El aire era denso, una sopa espesa de perfume mezclado con sudor, laca, tela y el dulce olor metálico del maquillaje.
Gianna, su hermana de 16años, estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una mesa de utilería, indiferente al frenesí, masticando con placer un croissant que, sin duda, estaba prohibido.
Gianna dice, con una miga de hojaldre en la comisura de la boca, sonriendo abiertamente. Sus ojos brillaban con picardía y orgullo: "Pareces una asesina elegante. El rojo te sienta. Como si la sangre fuera tu color."
Martyna se permitió una sonrisa mínima, sintiendo el calor de la familiaridad que la protegía del frío profesional. Se apoyó contra el marco de la puerta.
Martyna alzó una ceja, la voz baja y ronca por el esfuerzo de la concentración:
Martyna dice, "Eso suena como un cumplido. ¿O debería preocuparme?"
Gianna se encogió de hombros, limpiándose la mano en el vaquero.
Gianna dice: "En esta familia… lo es. Alguien tiene que llevar la corona, ¿no?"
Rieron. Breve. Real. El sonido era áspero, amortiguado por el caos circundante.
Esha, su hermana pequeña, apareció unos minutos más tarde, esquivando a un asistente con un rack de vestidos. Sus ojos, generalmente inquietos, estaban fijos en ella con una intensidad inusual. La abrazó sin avisar, un abrazo fuerte, demasiado apretado para ser casual, con el olor a perfume fresco.
Esha dice, su voz era un murmullo reverente cerca de su oído: "Te vi en la pantalla. Parecías una reina. De verdad. Como las de antes."
Eso sí le dolió. El recuerdo de Leila, de la palabra "reina" atada a otra mujer, fue una punzada rápida. Pero no lo mostró. Su rostro se suavizó en una máscara de calma para él.
Martyna dice, su tono deliberadamente más suave, "Solo es trabajo, Esha. Pasarelas. Vender ropa."
Esha se separó, pero mantuvo sus manos firmes sobre los hombros de ella. Negó con la cabeza, sus dedos haciendo una presión cariñosa.
Esha dice: "No. Es más que eso. Es lo que haces tú. Papá está aquí en el balcón. Lo vi."
Faviano, el que seguía de ella, ya estaba allí. Siempre así. Una presencia sólida, observando desde el fondo de la penumbra del camerino, con los brazos cruzados. No se acercaba al drama, pero su mirada lo contenía todo.
Faviano se acercó con esa calma que siempre había envuelto las decisiones importantes. Puso una mano pesada y cálida en el hombro de Martyna.
Faviano dice: "Papá está orgulloso. Aunque no lo diga. Lo está. No te muevas de aquí hasta que termines. No hay que darle pretextos."
Martyna lo miró. En el rostro de Faviano vio la verdad no dicha, el escudo que él siempre intentaba levantar entre ella y su padre.
Martyna dice, un ligero temblor en el aire, "No necesito que lo diga."
Pero una parte de ella… sentía el punzante vacío de esa necesidad. El aplauso sordo del exterior rompió la tensión, señalando que la siguiente modelo estaba en el escenario. El trabajo continuaba.

El quiebre

La casa estaba… demasiado quieta.
No el tipo de silencio cómodo. No. Este era distinto. Espeso. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo a propósito.
Martyna lo notó incluso antes de abrir los ojos del todo.
Se levantó sin encender luces. El suelo de madera estaba frío bajo sus pies descalzos, arrancándole pequeños escalofríos que la terminaron de despertar. Bajó las escaleras despacio, con esa forma suya de moverse que no hacía ruido aunque quisiera.
El aire olía a café viejo y a ese perfume caro que siempre quedaba flotando en la casa después de las reuniones de su padre. Señal clara: había gente. Y no cualquier gente.
Entonces—
Voces.
Desde el despacho.
Otra vez.
La puerta, entreabierta.
Pero no era como otras noches.
Esta vez las voces iban más bajas. Más medidas. Como si cada palabra estuviera pesando más de lo normal.
Martyna se detuvo a mitad del pasillo. No se acercó del todo. No hacía falta.
Sabía escuchar desde lejos.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, en un tono contenido:
"Catania no cayó."
Un silencio corto.
Luego, otra voz. Grave. Segura. De alguien que no necesitaba imponerse para que lo escucharan.
La voz responde:
"Nunca iba a caer."
Una pausa.
Y entonces, más directo:
"Porque nunca perdió a su reina."
El corazón de Martyna dio un golpe seco.
Uno solo.
Pero suficiente.
No se movió.
Ni un centímetro.
Alessandro respondió, más tenso ahora:
"Yo mismo confirmé su muerte."
La otra voz soltó una especie de exhalación, casi una risa sin humor.
"Confirmaste lo que te dejaron ver."
Silencio.
Pesado.
De esos que llenan la habitación aunque estés fuera de ella.
Martyna sintió cómo la piel de sus brazos se erizaba.
No por miedo.
Por otra cosa.
Algo que llevaba meses dormido… despertando.
Y entonces—
Alessandro habló otra vez. Más bajo. Más serio.
"Habla claro."
Un segundo.
Dos.
La respuesta llegó limpia. Sin adornos.
"Leila Ferrari está viva."
El mundo no se rompió.
No hubo grito. No hubo movimiento.
Nada.
Martyna siguió ahí. Quieta. Respirando lento.
Pero por dentro…
Todo encajó.
El fuego.
La caja.
El perfume escapando en el aire.
Esa sensación constante de que algo… no cerraba.
Su mandíbula se tensó apenas.
Luego se relajó.
Y por primera vez en mucho tiempo…
El pecho no le dolía.
No era euforia.
No era alivio inmediato.
Era algo más profundo.
Más peligroso.
Paz.
Alessandro volvió a hablar, esta vez sin intentar ocultarlo:
"¿Dónde está?"
"En Catania. De vuelta." —respondió la voz— "Y no está escondiéndose. Está tomando lo que es suyo."
Un silencio breve.
Cargado.
Alessandro dice, más grave:
"Entonces la guerra no terminó."
La respuesta fue directa:
"Nunca empezó sin ella. Ahora sí."
Martyna cerró los ojos un instante.
Y en la oscuridad… la vio.
Viva.
No como recuerdo.
No como despedida.
Viva.
Abrió los ojos.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
Sin hacer ruido.
Subió las escaleras igual que había bajado. Precisa. Controlada.
Entró en su habitación.
Cerró la puerta con suavidad.
Se apoyó contra ella.
Y ahí sí…
Dejó escapar el aire.
Una risa corta. Incrédula. Casi rota.
Martyna susurró para sí, con una media sonrisa que no podía contener:
—"Claro que sí…"
Se llevó una mano al rostro. No para taparse. Para asegurarse de que estaba ahí. De que esto era real.
—"Siempre fuiste imposible de enterrar…"
Se dejó caer en la cama, mirando el techo.
Y por primera vez desde aquella madrugada en el Etna…
No sintió vacío.
Sintió dirección.
Sus ojos brillaron apenas.
No lágrimas.
Algo más firme.
Martyna dice en voz baja, casi como una promesa:
"Estoy volviendo, Leila."
Y esta vez…
No había nadie que fuera a detenerla.

Re: Pasarelas, reinas y pólvora

Publicado: Vie Mar 27, 2026 7:05 am
por Larabelle Evans

Catania - Atardecer triste.

Punto de vista: Martyna.


El sol se hundía en el horizonte siciliano, pintando el cielo con naranjas que Martyna no había visto desde su exilio. Estaba en el balcón de la suite del hotel, terminando de abrocharse una camisa de seda negra.
El plan era sencillo y estúpido: llegar a la Villa Ferrari, forzar un encuentro con Leila, y verificar con sus propios ojos lo que había escuchado en el despacho de su padre. Pero el miedo de Alessandro Escalanti se había materializado en dos presencias ruidosas en la habitación contigua.
La puerta se abrió con un golpe, y Gianna irrumpió, con el cabello rubio alborotado y una energía que era demasiado para la penumbra de la tarde. Llevaba unos vaqueros rasgados y una camiseta con el logo de una banda americana. A sus dieciséis años, Gianna era la disrupción elegante en la vida controlada de los Escalanti.
Gianna dice con acento italoamericano, con un entusiasmo contagioso:, Martyna, c'mon! ¿Qué tan lejos está esta 'Villa Ferrari'? Porque mi red social está esperando el primer reel siciliano. ¿Tienen buen café aquí, sabes?"
Martyna sonrió, una curva leve que no llegaba a sus ojos.
Martyna dice con acento italoamericano, "El mejor café del mundo, sorellina. Y la villa está al final del camino que Papá nos prohibió tomar."
Faviano entró en ese momento, con la calma de un roble. Más alto que Martyna, con una complexión sólida y ojos de un marrón pensativo. Había dejado su impecable traje por una chaqueta de cuero y pantalones oscuros. No parecía un turista. Parecía un guardaespaldas de lujo.
Faviano dice con acento italoamericano, cruzando los brazos, "Martyna. Hablemos de eso. Papá se va a volver loco, capisci? Este no es Manhattan. Esto es territorio Ferrari. Y el Padrone no nos mandó aquí para un viaje turístico."
Martyna se giró, su expresión se volvió de acero.
Martyna dice con acento italoamericano, su voz baja y firme, "Papá los mandó aquí porque cree que una bala de los rusos es mejor que mi presencia en Nueva York. Él no lo dice, pero lo piensa. Gianna, tú estás aquí para ser mi coartada, la turista loca. Favi, tú estás aquí para ser mi sombra y asegurarte de que no haga estupideces."
Se acercó a él y le tocó el brazo.
Martyna dice con acento italoamericano, "Necesito verla. Si Leila está viva, todo cambia. No podemos quedarnos sentados mientras ella retoma la guerra."
Faviano suspiró. Conocía esa terquedad. Era la misma que corría por la sangre de su padre, solo que en Martyna se manifestaba con más sutileza.
Faviano dice con acento italoamericano, resignado pero práctico, —"Okay. Pero yo conduzco. Y llevaremos el coche de alquiler, el más feo. No quiero el Mercedes con lunas polarizadas de la Famiglia Escalanti en el camino principal. Y si veo un solo rostro que no reconozca, regresamos a Nueva York. ¿Entendido, Principessa?"
Gianna aplaudió, ajena a la tensión del acuerdo.
Gianna dice con acento italoamericano, "¡Sí! ¡Road trip siciliano! ¿Podemos poner música italiana de esa que suena a telenovela?"
Martyna le lanzó las llaves del coche a Faviano y sonrió a Gianna.
Martyna dice con acento italoamericano, "Solo si prometes no avergonzarnos, piccola."
El viaje fue corto pero silencioso. Catania nocturna era laberíntica y hermosa, pero la energía que la envolvía era pesada. Faviano conducía con la cautela que le había enseñado su padre, observando los retrovisores constantemente.
Llegaron a la Villa Ferrari. No había luces excesivas, solo una discreta iluminación que resaltaba la arquitectura imponente. El portón principal, de hierro forjado, estaba cerrado.
Faviano detuvo el coche a unos cincuenta metros, en una curva oscura.
Faviano dice con acento italoamericano, "Esto no me gusta. Demasiado tranquilo. Los Ferrari nunca están tranquilos."
Martyna no esperó. Se bajó del coche. Gianna la siguió, con el móvil en mano.
Gianna dice con acento italoamericano, en un susurro, "¿A quién vamos a ver? ¿A la chica de la que tanto hablaban Papá y tú?"
Martyna la ignoró. Se acercó al intercomunicador.
Martyna dice con acento italoamericano, con voz clara y firme, como si esperara ser rechazada,
"Soy Martyna Escalanti. Vengo con mis hermanos. Queremos ver a Leila Ferrari. Es urgente."
Hubo un silencio. Un largo, largo silencio. El único sonido era el grillo nocturno y el leve zumbido de las luces de seguridad. Martyna ya se estaba preparando para ser rechazada, o peor, para que salieran hombres armados.
Entonces, la voz respondió, grave y con un fuerte acento siciliano que Martyna reconoció al instante:
Era Karlo.
Karlo dice con acento siciliano, su tono seco, sin sorpresas, pero con una subyacente familiaridad, "Principessa. Sabía que no podrías estar quieta por mucho tiempo. La única Escalanti con fuego en la sangre."
El portón se deslizó, lento, pesado, revelando a Karlo. Estaba en ropa oscura, práctica, con el rostro más endurecido de lo que Martyna recordaba. Las líneas alrededor de sus ojos eran más profundas; llevaba el cansancio de la lealtad y el luto. Se apoyó contra el marco, un hombre sólido y silencioso en la penumbra.
Martyna caminó hacia él, su rostro se iluminó con una calidez que reservaba solo para ciertas personas de Catania. Le dio un abrazo rápido, firme, sin el melodrama de los reencuentros, un gesto de reconocimiento mutuo.
Martyna dice con acento italoamericano, con voz genuinamente aliviada, "Karlo. Me alegra verte, de verdad. Creí que tendríamos que saltar la cerca."
Karlo correspondió el abrazo por un segundo, sintiendo el leve temblor de la tensión de Martyna. Se separó, su mirada evaluando rápidamente a los acompañantes.
Karlo dice con acento siciliano, una ceja alzada, "¿Turismo familiar, Principessa? Pensé que tu padre te había prohibido volver a poner un pie en esta isla."
Martyna se encogió de hombros con una sonrisa traviesa y se hizo a un lado para presentar a sus hermanos.
Martyna dice con acento italoamericano, "Ellos son mis custodios y coartadas. Gianna, mi dolor de cabeza favorita. Y Faviano, el de la cabeza fría."
Gianna se adelantó con un aire de absoluta confianza. Sus ojos, brillantes con picardía juvenil, recorrieron a Karlo de pies a cabeza.
Gianna dice con acento italoamericano, con una sonrisa amplia y coqueta, "Hola, Karlo. Martyna no me había dicho que los hombres de Catania eran tan... interesantes. Mucho gusto. ¿Trabajas aquí?"
Karlo, acostumbrado a las formalidades más rígidas de la Famiglia, parpadeó ante el descaro de la joven. Una sonrisa, cruzó su rostro curtido.
Martyna le dio un codazo suave a Gianna en las costillas.
Martyna dice en un susurro regañón, "Gianna. Comportamiento. Es un Soldado."
Faviano extendió la mano, su rostro una máscara de respeto contenido, aunque una ligera chispa de curiosidad brillaba en sus ojos.
Faviano dice con acento italoamericano, formal, "Faviano Escalanti. Un placer. Entendemos que su hospitalidad no es por elección, pero Martyna es persistente."
Karlo asintió, estrechando la mano de Faviano con una fuerza profesional.
Karlo dice con acento siciliano, "La conozco bien. Entren. La Regina no está en un buen momento, pero los Escalanti siempre tienen acceso a esta Villa."
Karlo los guió a través de los jardines oscuros y hacia la imponente entrada. La Villa por dentro estaba sumida en una atmósfera de luto. Las luces eran tenues, el silencio palpable. Karlo los condujo a un pequeño salón lateral, más sobrio y menos cargado que los principales, asegurándose de que Gianna y Faviano se sintieran, al menos, protegidos.
Martyna no se sentó. Su ansiedad era demasiado grande.
Martyna dice con acento italoamericano, "Karlo, vamos al grano. Mi padre... él escuchó algo. ¿Es verdad? ¿Leila... ella está bien?"
Karlo suspiró, la primera señal clara de que el peso del último mes no era solo trabajo.
Karlo dice con acento siciliano, su voz baja y rasposa, llena de la melancolía que invadía la Villa, "Sobrevivió, Sí. Pero ahora mismo no está nada bien. Su regreso a Catania ha tenido un precio.
Martyna sintió que el aire se espesaba. Karlo no parecía aliviado.
Martyna dice, un nudo formándose en su estómago, "¿Qué precio, Karlo? ¿Qué ha pasado?"
Karlo se acercó a la chimenea apagada, mirando el mármol como si viera la escena grabada en él.
Karlo dice con acento siciliano, "Leila regresó, sí. Regresó para limpiar la casa, para reclamar el puerto, para poner orden. Pero en el proceso..."
Se detuvo. Le costaba pronunciar las palabras.
Karlo dice con acento siciliano, mirando a Martyna, su mirada azul reflejando la cruda realidad, "Perdimos a Chiara. su... Amiga. la Sorellina de Leila."
El golpe fue seco. No el impacto de una bomba, sino el eco de una noticia inevitable que Martyna había temido desde la madrugada en el Etna. Las tres, Leila, Chiara y Martyna, habían compartido veranos y secretos. Eran parte de ese círculo íntimo que el mundo adulto y criminal había destrozado.
Martyna se llevó una mano a la boca, no por histeria, sino por respeto y dolor sordo.
Martyna dice, apenas un susurro, "Chiara... ¿Cómo?"
Karlo le dio los detalles de forma concisa y brutal. La traición. El refugio de Gianluca. La bala perdida. La resistencia final.
Karlo dice con acento siciliano, "Leila está rota, Martyna. Se levantará para el funeral, para el teatro de Catania, pero por dentro... la han vaciado. La han privado de su ancla. Tú bien sabes que Chiara era la única que no veía a la Regina, solo a la mujer."
Martyna asintió, su rostro pálido. La muerte de Chiara era una tragedia, una pérdida de inocencia compartida, pero entendía, con una claridad fría, el peso que tenía en Leila. No era solo la pérdida de una amiga; era la pérdida del último espejo que le mostraba su humanidad.
Martyna dice, su voz recuperando un tono de acero, aunque teñido de tristeza, "Entonces la guerra no ha hecho más que empezar. Alessio... pagará."
Se acercó a Karlo, su mirada decidida.
Martyna dice con acento italoamericano, "Quiero verla. Ahora. Leila necesita más que lealtad. Necesita un recordatorio de que todavía le queda familia fuera de esta jaula de mármol."
Karlo asintió, reconociendo el tono. La Principessa de los Escalanti había regresado, no para huir, sino para luchar.
Karlo dice con acento siciliano, dirigiéndose a los hermanos, "Faviano. Gianna. Quédense aquí. Martyna. Sígueme. Prepárate. Es difícil de ver."
Karlo avanzó por los pasillos de mármol con el andar de quien conoce cada sombra y cada crujido del suelo. La Villa estaba envuelta en ese silencio profundo que solo puede ser roto por el dolor. Martyna lo siguió, sintiendo cómo la ansiedad se convertía en una frialdad funcional.

Subieron las escaleras sin cruzarse con nadie. Karlo se detuvo frente a una puerta doble, de madera oscura y pesada. La Suite de la Regina.

Karlo dice con acento siciliano, en un susurro grave, "Está sedada. El consigliere y los médicos de la Famiglia están cuidándola. Solo está una amiga con ella. No hagas ruido."
Asintió. Sabía que tenía que ser fuerte por Leila.
Karlo abrió la puerta con una cautela exagerada. La habitación era un santuario de penumbra. El aire olía a antiséptico suave y a ese perfume caro que Leila siempre usaba, mezclado ahora con el rastro metálico de la angustia.
Martyna vio a Leila en la vasta cama. Una figura diminuta, casi perdida en la seda negra. Estaba pálida, con la aguja del suero en su mano. La corona de la Regina había desaparecido, dejando solo a la mujer herida.
Karlo le presentó a Martyna a Zoe.
Zoe estaba sentada a un lado, despierta, pero con la cabeza apoyada en el colchón. Al verlos, levantó el rostro, sus ojos rojizos. Hizo un gesto de silencio y se acercó a Martyna, dándole un abrazo rápido y mudo.
Martyna no se acercó de inmediato a la cama. Se quedó en el umbral, absorbiendo la imagen. Era el final de la inocencia. No era la Reina invencible de la que su padre había huido; era una amiga que se había roto.
Martyna dice en voz baja, con un acento italoamericano apenas audible, "Estoy aquí, Leila. Estoy junto a tí."
Se quedó ahí, observándola. Sintió el peso de aquella urna en su memoria, la imagen de la despedida falsa en el Etna. Ahora, la verdad era un peso más duro.
Karlo se acercó a Martyna, su figura proyectando una sombra de seguridad.
Karlo dice con acento siciliano, su voz es un murmullo profundo, "Quédate con ella. Te necesita. Pero no te vas a ir de aquí. Ni tú, ni tus hermanos. Lo que está sucediendo ahora es más grande que tu padre. Escalanti es bienvenido, pero el hotel no es seguro."
Martyna levantó la vista, encontrándose con la mirada firme de Karlo.
Martyna dice, "No voy a irme. ¿Pero Faviano y Gianna? No quiero ponerlos en peligro."
Karlo le apretó el hombro.
Karlo dice con acento siciliano, "Ellos están bajo la protección de la Famiglia Ferrari. No te preocupes. Le asignaré la Suite del Ala Oeste. Es la más segura y está cerca de aquí. Tendrán guardias discretos. Necesitas estar cerca. Y ella... ella necesita sentir que no está sola en este momento."
Karlo se volvió hacia Zoe.
Karlo dice con acento siciliano, "Zoe, trae por favor un café para Martyna. Caliente y fuerte. Luego, , descansa un poco.
Karlo dice con acento siciliano, “Mañana tenemos un funeral, y una guerra que continuar. Pediré que traigan sus pertenencias. No te preocupes Martyna.
Martyna asintió, su mano sin dejar de acariciar el cabello de Leila. La promesa de Karlo era más que una cortesía; era una declaración de lealtad compartida y el comienzo de una alianza silenciosa.
Karlo se retiró, dejando la puerta abierta apenas. Zoe asintió a Martyna y siguió a Karlo.
Martyna se quedó sola, arrodillada junto a la cama, mirando el rostro roto de su amiga. El aire en la habitación, aunque pesado, ya no era solo dolor. Era la calma tensa que precede al huracán.
Se quedó velando, dejando que el silencio de la Suite fuera su único testigo. Esperando. Sabiendo que el momento en que Leila abriera los ojos marcaría el verdadero inicio de la guerra.

Re: Pasarelas, reinas y pólvora

Publicado: Sab Abr 04, 2026 11:40 pm
por Larabelle Evans

Escapando del aburrimiento.

Punto de vista: Gianna & Valentino.


Sicilia; Catania — "L'Eclissi di Fuoco" (Discoteca & Lounge)
La reciente discoteca inaugurada por los Bragantti Benedetto está ubicada en la Via Dusmet, bajo los Arcos de la Marina.
Esta discoteca se encuentra incrustada en las antiguas bóvedas de piedra de lava que sostienen la vía del tren, frente al puerto pesquero. Es una zona de sombras largas donde el sonido de los bajos se confunde con el latido del mar.
Cruzar el umbral de "L'Eclissi di Fuoco" es descender al vientre de un volcán digital. El local conserva las paredes originales de bloque de lava negra (basalto), pero estas han sido intervenidas con láminas de policarbonato y circuitos de fibra óptica que recorren las grietas como lava incandescente. La iluminación es agresiva: ráfagas de rojo carmesí y ámbar que bañan una pista de baile de cristal reforzado, bajo la cual fluye agua refrigerada para mantener la temperatura. El aire es una mezcla embriagadora de perfume de diseñador, sudor caro y el humo denso de las sishas de oro que burbujean en los reservados. El sistema de sonido, diseñado por ingenieros de sonido alemanes, no solo se oye, sino que se siente como una presión rítmica en el esternón. En el centro del techo, una enorme pantalla circular LED simula un eclipse solar perpetuo, proyectando una corona de luz blanca que ilumina intermitentemente los rostros de la élite criminal y la juventud dorada de Sicilia.
Al fondo se distingue una escalera que conduce al palco VIP
L'Eclissi di Fuoco — Nivel VIP "Il Cratere"
Suspendido sobre la pista de baile mediante cables de acero, este nivel es una plataforma de cristal ahumado que ofrece una visión omnisciente de la locura inferior. Aquí, el ruido se amortigua gracias a un campo de interferencia acústica, permitiendo conversaciones privadas sin necesidad de gritar. Los sofás son de cuero de tiburón, fríos al tacto, y las mesas de servicio están talladas en obsidiana pura. Es el lugar donde los hombres de Olimpia Benedetto y los socios de los Ferrari vigilan el flujo de información. Cada reservado cuenta con su propio "botón de pánico" conectado directamente a la seguridad del local. Aquí el champán no se pide por botellas, sino por jerarquía.
Valentino ha logrado escaparse de la villa de su primo y de la vigilancia de Constantino. Permanece de pie Mirando hacia la pista con una copa en la mano, escaneando a las mujeres que se mueven al ritmo de la música.
La música techno industrial era propicia para una noche de caza, el problema es que Valentino no veía nada que realmente le incitara la mínima curiosidad.
Villa ferrari- Habitación de Gianna. La villa parecía dormida… pero no lo estaba. Nunca lo estaba. Solo bajaba el volumen. Gianna lo notaba en los detalles: el zumbido lejano de los sistemas de seguridad, el paso intermitente de los guardias en el exterior, las luces indirectas que dejaban sombras largas en los pasillos. Todo en calma… pero vigilando. Y aún así se aburría. Sentada en el borde de la cama, con el móvil en la mano y la pantalla apagada, soltó un suspiro exagerado.

Murmuras con acento italoamericano: ""Catania, mafia, guerra… y yo encerrada sin salir a explorar. Increíble.""
Y entonces Se incorporó de golpe. Una chispa en los ojos.

El armario de invitados era demasiado ordenado.

Gianna empezó a desordenarlo sin culpa. Vestidos, blusas, telas caras que no le decían nada… hasta que lo encontró.

Un vestido Negro, Corto y ajustado. De esos que no preguntan edad… solo actitud.

Lo sostuvo frente al espejo, ladeando la cabeza.

Gianna sonríe.

Murmuras con acento italoamericano: ""Esto sí habla mi idioma.""
Gianna Se lo puso rápido. La tela se pegó a su cuerpo como si ya la conociera. Se giró de perfil. Luego de espaldas.
Gianna Se soltó el cabello rubio, sacudiéndolo con las manos hasta que cayó con volumen, algo salvaje, menos “niña buena”.
El maquillaje vino después. No cargado, Pero sí intencional. Oscureció la mirada. Definió los labios. Afinó detalles. Un par de años más. Tal vez tres si tenía suerte.

Gianna Se inclinó hacia el espejo, entrecerrando los ojos como si fuera otra persona analizándola.
Murmuras con acento italoamericano: "suficiente."
Gianna salió del cuarto cerrando la puerta sin hacer ruido.
Valentino está sentado en uno de los sofá y ríe para sí, recordando lo fácil que había sido escapársele en las narices a Constantino.
La atmósfera en la villa de San Gregorio es de una calma artificial, rota solo por el zumbido de los servidores y el viento que silba entre las rocas de lava. Sin embargo, en el garaje subterráneo, la tensión es puramente cinética. Valentino se mueve con la agilidad de un ladrón de guante blanco, aprovechando que Constantino está distraído en la sala de monitores revisando un falso bucle de seguridad que el propio Valentino ha inyectado en el sistema. El aire huele a gasolina de alto octanaje y a la cera de los coches de colección de su primo. La transición hacia el puerto de Catania es un descenso frenético desde el silencio monacal del Etna hasta el latido eléctrico de la noche, donde el asfalto de la Via Dusmet brilla bajo los neones de L'Eclissi di Fuoco. Aquí, la atmósfera es un torbellino de sudor, perfume caro y bajos que sacuden el cráneo, marcando el debut de un depredador que no sabe que ya está siendo cazado.
Valentino desliza los dedos sobre el capó de un Maserati MC20 de color negro mate. Con una sonrisa de victoria, activa el encendido remoto desde una aplicación que hackeó del terminal de Fabrizio. El motor ruge en el sótano como una bestia despertada a destiempo.
Valentino habla para sí mismo mientras ajusta el espejo retrovisor
Valentino dice con acento napolitano: "Scusa, Fabrizio, ma questa bellezza ha bisogno di vedere la luce, non di stare chiusa in un buco di cemento." (Lo siento, Fabrizio, pero esta belleza necesita ver la luz, no estar encerrada en un agujero de cemento)."
Sale del garaje quemando goma, sorteando los sensores perimetrales por los pelos y enfilando la bajada hacia Catania. Veinte minutos después, el Maserati derrapa frente a la entrada de L'Eclissi di Fuoco. Valentino baja del coche entregando las llaves al aparcacoches con una propina insultante, ignorando las miradas de los porteros.
Al entrar, la luz roja de la pista de baile lo baña por completo. Se abre paso hacia el nivel VIP "Il Cratere" [C21] con una arrogancia que detiene el tiempo. En una mesa lateral, dos hombres de Flavio Vescovi, camuflados entre la multitud, lo reconocen al instante por la descripción del "primo napolitano" que circula por los canales internos.
De vuelta en el presente, Valentino ríe bajito y niega con la cabeza.
Valentino murmura con acento napolitano: "cazzo, ha sido un juego de niños."
La villa Ferrari tenía rutas. Y Gianna ya había memorizado varias.

Gianna Bajó por la escalera de servicio. Más estrecha. Menos iluminada. El aire olía a piedra húmeda y limpieza reciente.
Al llegar al nivel inferior, se detuvo. Escuchó Pasos en el exterior, Un guardia, Ritmo constante y Rutina.

Gianna Esperó pegada a la pared, respirando lento.
3 pasos más y silencio.

Gianna Se asomó, pero ya no había nada.
Gianna Avanzó.
La puerta trasera cedió sin ruido. El aire nocturno la envolvió de golpe: más fresco, con olor a tierra, a vegetación… y a mar lejano.

Una sonrisa pequeña se le escapó.

Se movió hacia el lateral de la villa, donde la iluminación era más tenue.

Gianna Vió el muro de seguridad que rodeaba la villa. Alto, pero no imposible.
Gianna se descalzó lanzando los tacones al otro lado.
Gianna Apoyó el pie. Se impulsó. Las manos rasparon la piedra, Subió. Un movimiento ágil. Sin elegancia… pero efectivo. Y al otro lado en todo su explendor Catania.
Gianna cayó al suelo con un pequeño golpe seco.
Gianna agarró sus tacones y se los calsó rápidamente.
Gianna Se enderezó el vestido. Se acomodó el cabello.
Gianna Sacó el DNI que minutos antes había robado de su hermana y lo miró una vez más antes de guardarlo.
Dices con acento italoamericano: ""Gracias, hermanita.""
Gianna camina hasta salir de la periferia de la villa, ai podría pedir un taxi para ir al centro de Catania.
Gianna caminó a paso rápido, alejándose del perímetro de la Villa. La calle era solitaria, bordeada por altos muros de piedra volcánica. No había un alma. No había taxis. Esto claramente no era como Nueva York.

Gianna Maldijo en voz baja, ajustándose el vestido y los tacones, que ya empezaban a resentir la prisa. La adrenalina de la fuga se mezclaba con la frustración.
Gianna Se detuvo en la esquina de la carretera principal. Sacó el móvil. Buscó en su aplicación de transportes y solicitó un taxi sencillo.
Tras unos minutos tensos un automovil blanco llegó.

Gianna sube rápidamente cerrando la puerta. Mira en su móvil los cluves y discotecas de moda y se decide por la recién inaugurada discoteca.
El conductor dice con acento catanés, sin inmutarse por la hora ni el vestuario de la joven, "A donna bedda, ¿dónde vamos?"

Dices con acento italoamericano: ""A la discoteca nueva, cerca del puerto. Donde están los Arcos de la Marina. L'Eclissi di Fuoco.""
el conductor Puso el coche en marcha con un rugido y se incorporó a la carretera, conduciendo con la audacia imprudente que solo los sicilianos de verdad se permiten. Gianna se hundió en el asiento, el viento entrando por la ventanilla.

El camino hacia la discoteca fue una descarga sensorial: callejones estrechos, la repentina aparición del puerto con sus grúas inmóviles, y luego, el estruendo creciente de la música. El beat se hizo físico, vibrando en el metal del coche.

Finalmente, el taxi se detuvo junto a una fila de coches de lujo, a pocos metros de la entrada de piedra oscura y neones rojos.

Gianna pagó con un billete que Martyna le había dado hace días, sin esperar el cambio. Salió del taxi, sintiendo el pulso de la noche.

La entrada era una boca oscura que engullía a la gente. El aire estaba cargado de electricidad. Se alisó el vestido, se puso la máscara de la adulta experimentada que esperaba ser, y caminó hacia el umbral de L'Eclissi di Fuoco.

La música la envolvió por completo. Un escalofrío de excitación le recorrió la espalda. Estaba fuera. Estaba en Catania. Y estaba sola, tal como lo había querido.
Gianna cruzó la entrada sin dudarlo. El portero la miró de reojo, pero la combinación de su vestido de seda, el DNI de su hermana y su porte arrogante fue suficiente para que asintiera sin pedir identificación.

El golpe sónico la recibió de lleno. El aire dentro era un muro caliente de bajos, perfume efervescente y un millón de destellos. Se sintió instantáneamente más viva, la tensión de la Villa Ferrari evaporándose con cada paso en el suelo vibrante.
Gianna Se abrió paso entre la multitud de forma consciente. No con agresividad, sino con una suave indiferencia que obligaba a la gente a moverse. Sus ojos, ahora más oscuros por el maquillaje, escanearon la pista de baile, buscando un ancla, un punto focal.
El rojo carmesí de las luces jugaba con las vetas doradas de su cabello, haciéndola parecer parte de la decoración incandescente del lugar. Era la personificación del desafío adolescente mezclado con la sensualidad que había robado de las revistas de moda de su hermana.
Gianna Se dirigió a la barra principal. Se subió a un taburete alto, sintiendo las miradas que se posaban en ella. No las devolvió. Solo pidió una bebida.

Un minuto después, sale a la pista.

Ajeno al cerco que se podría cerrar sobre él, Valentino se apoya en la barandilla de cristal, observando la pista como si fuera su reino personal. Es entonces cuando sus ojos verdes se clavan en una chica de belleza salvaje y mirada inteligente que baila con una copa de champán en la mano. Valentino baja las escaleras con la fluidez de un felino y se detiene frente a ella, bloqueándole el paso con una sonrisa que ha derretido corazones desde Posillipo hasta el Vomero.
Gianna mira al chico que le impide el paso.
Valentino
Posee una belleza insultante y magnética. De piel ligeramente bronceada, cabello oscuro y rizado que lleva deliberadamente despeinado, y unos ojos verdes cargados de una insolencia que desarma. Viste ropa de diseñadores de vanguardia mezclada con un estilo callejero de altísimo costo que no ocultan su cuerpo musculado y varonil: zapatillas de edición limitada, cadenas de oro blanco discretas pero carísimas
Valentino ahbla acercándose tanto que puede oler su perfume
Valentino dice con acento napolitano: "Ué, bella... me parece un pecado mortal que estés bailando sola en un sitio tan oscuro. ¿Eres de aquí o eres un regalo que el volcán me ha enviado para que no muera de aburrimiento"
Valentino le sonríe más ampliamente.
Gianna lo mira mientras juega con su cabello.
Dices con acento italoamericano: "Pués. Tal vez soy un regalo, aunque no aseguraría que para tí."
Valentino dice con acento napolitano: "En serio?"
Valentino da un vistazo al lugar y luego posa los ojos en ella.
Valentino dice con acento napolitano: "No hay aquí un sujeto que merezca que seas su regalo, aparte de mí, claro."
Valentino se inclina hacia ella mirándole la boca.
Gianna bebe un sorbo de su copa mientras mueve las caderas al ritmo musical.
Valentino murmura con acento napolitano: "a menos que tengas miedo de comprobarlo "
Gianna sonríe con desafío.
Valentino acerca su cuerpo al de ella y pone una mano en su cadera siguiendo el vaivén de la chica.
Murmuras con acento italoamericano: "Tan capaz te sientes?. "
Murmuras con acento italoamericano: "qué tienes de diferente, que no tengan los de más?"
Valentino ríe, rodeándole la cintura con un brazo y atrayéndola hacia él en mitad de la pista. El contacto es eléctrico. Sin mediar más palabras, se lía con ella en un beso cargado de la adrenalina de su huida, ignorando que, en ese mismo instante, en la Villa de San Gregorio, los monitores de Fabrizio han empezado a parpadear en rojo.
Valentino le come la boca con avidez.
Gianna sorprendida pero himnotizada por el joven le responde con pasión.
Gianna se aferra a él tirando ligeramente de su cabello.
Gianna se separa apenas para tomar aire y hablarle.
Murmuras con acento italoamericano: "Me gustan los ragazzi que saben lo que quieren."
Valentino dice con acento napolitano: "Entonces te voy a gustar mucho yo, porque ahora mismo te quiero a ti, bellezza "
Valentino vuelve a devorarle la boca sin importarle ni donde está ni con quien.
Informador de Flavio dice por el pinganillo: "Abbiamo un problema al Cratere. Il ragazzino di Fratinelli è qui. Sta dando spettacolo con il Maserati di Fabrizio e una ragazza qui... espeta...merda sei la sorellina de la amica de la regina Ferrari. Avvisa Flavio e chiama i Ferrari, questo qui scotta." (Tenemos un problema en el Cratere. El chaval de Fratinelli está aquí. Está dando espectáculo con el maseratti de Fabrizio y con una muchacha que... espera... mierda, es la hermana menor de la amiga de la regina Ferrari. Avisa a Flavio y llama a los Ferrari, este tipo quema).
Gianna sonríe y se roza contra él al ritmo de la música.
Valentino baja las manos hasta alcanzarle las nalgas y se frota con ella para que sienta lo que le provoca.
Gianna explota en adrenalina y deseo. No le importa saber quien es, ni de donde.

Valentino murmura con acento napolitano: "sei una picola diabolessa."
Valentino le mordisquea los labios.
Gianna mueve las caderas provocándolo
Valentino responde a la provocación y adelanta las caderas tal como lo haría en el acto sexual, pero con sensualidad y lujuria.

La noche salvaje se frustra.

Fuera del local, a las faldas del Etna.
En el Despacho Blindado, Fabrizio golpea la mesa al ver el hueco vacío en el garaje a través de una cámara que Valentino no pudo anular. Su rostro es una máscara de furia gélida.
Fabrizio dice con acento napolitano al intercomunicador: "Constantino, el imbécil se ha llevado el MC20. Está en el puerto, en la discoteca de los Arcos. Flavio ya tiene gente allí y los Ferrari no tardarán en oler la pestilencia del idiota este. Saca el blindado, vamos a recoger los restos de mi primo antes de que lo conviertan en un mensaje de la Cúpula para mi tía."
Mientras tanto, en la Piazza dei Martiri [C25], un par de sedanes negros de los Ferrari doblan la esquina a toda velocidad, alertados por el aviso de Flavio. El debut de Valentino está a punto de convertirse en un bautismo de fuego, mientras él sigue sumergido en el cuello de Gianna, sordo al rugido de la tormenta que él mismo ha desatado sobre Catania.
Murmuras con acento italoamericano: "Te atreves a sacarme de aquí y llebarme a un lugar más, privado?"
Gianna lo mira desafiante.
Valentino murmura con acento napolitano: "por supuesto que sí, te llevo a donde quieras, a la luna o al mismo inferno, diavolessa."
Valentino le coge la cara y la mira. Luego vuelve a besarla como si se le fuera la vida en ello.
Gianna lo besa mordiéndole los labios, gimiendo en su boca.
Perdido en la boca de la rubia de curvas deliciosas, Valentino ignora el murmullo de pasos y el camino que se ha abierto en la pista de baile hasta ellos.
Valentino siente un golpetazo en el hombro y se vuelvebruscamente. Está furioso por la interrupción.
Gianna respira agitada y mira a su alrrededor confundida.
Valentino abre la boca para decir una retahila de imprecaciones y se topa con algo que no esperaba.
Fabrizio está frente a él de brazos cruzados, flanqueado por Constantino a su derecha, Flavio Vescovi a su izquierda y otro grupo de hombres que siguen a una mujer muy parecida a la que tenía entre sus brazos hacía un minuto apenas.
Gianna apunto de preguntar que pasa. Se topa con la mirada furiosa de Martyna que se acerca.
Murmuras con acento italoamericano: "mierda..."
Valentino ve a la mujer y luego a la rubia.
Fabrizio lo mira con ganas de arrancarle la cabeza.
Martyna mira a Gianna con furia y ganas de sacarla a rastras.
Fabrizio dice con acento napolitano: Sei un stronzo, un imbechile.
Flavio dice con acento milanés: O eso, o un suicida. Porque solo a un suicida se le ocurriría venir aquí con una menor y dar semejante espectáculo.
Valentino dice con acento napolitano: "menor? claro que no. No digas estupideces."
Martyna se abrió paso, ignorando a los demás, sus ojos fijos en Gianna. Su rostro era una máscara de ravia.

Valentino mira a la chica.
Valentino entorna los ojos un momento.
Martyna dice con acento italoamericano, con voz baja y cortante, "Gianna. Aléjate de ese idiota y ven aquí, ahora mismo."

Valentino dice con acento napolitano: "Eres menor de edad?"
Valentino mira a la mujer que se le parece y luego a la chica.
Gianna mira a valentino y asiente sin pizca de culpabilidad, antes de alejarse como exigió martyna.
Valentino se restriega la cara y resopla.
Valentino murmura con acento napolitano: "merda, merda, merda."
Valentino levanta ambas palmas.
Martyna busca con la mirada a los acompañantes del joven y observa a Fabrizio.

Valentino dice con acento napolitano: "no sabía que era una menor, cazzo, no soy tan estúpido."
Fabrizio murmura con acento napolitano: No hablaré de esto aquí en medio de todos. Pero puedes tener por seguro que esto te va a traer consecuencias, Valentino.
Constantino coge del hombro a Valentino y lo saca a empellones del local.
Martyna dice con acento italoamericano, "Espero que su, familiar o lo que sea, no vuelba a acercarse a mi hermana. "

Fabrizio se vuelve.
Fabrizio mira a la mujer que le habla.
Martyna lo mira a los ojos.

Fabrizio dice con acento napolitano: "¿Es una broma, no?"
Gianna bufa.
Dices con acento italoamericano: "Martyna, sorella, oye no exajeres... "
Fabrizio dice con acento napolitano: "Mi primo puede ser muchas cosas, signiorina, pero no se mete con menores. Creo que es usted quién debería vigilar a su ... lo que sea esa, díscola insensata."
Martyna lo mira con indignación.

Flavio dice con acento milanés: Tu primo no lleva una noche en Catania y ya está poniendo todo de cabeza, Fabrizio. átale la cuerda en corto.
Fabrizio habla en tono bajo y cortante.
Marttyna sujeta a Giana del brazo sacándola de la pista.

Fabrizio dice con acento napolitano: De mi famiglia me ocupo yo, Flavio. Dile a Dalila que hable con los Ferrari y que se ocupen de atar en corto a suss fierecillas salvajes.
Martyna lo escucha y se acerca apunto de abofetearlo.

Fabrizio advierte el movimiento de la mujer y le frena la muñeca con firmeza.
Martyna dice con acento italoamericano, "No te atrevas a parlar así de mia sorella. "

Fabrizio se cierne sobre ella y la mira muy de cerca.
el pulso de Martyna se acelera por el coraje y la cercanía del hombre.

[Humor cyberlifeano]: info, te amo. Mundo virtual guardado.
Fabrizio dice con acento napolitano: No digo nada que no sea cierto, quien quiera que seas tú. Tu sorella se ha metido aquí, en un local nocturno sin acompañamiento y se ha estado restregando en la pista de baile con un desconocido. Eso es un hecho y todo mundo lo ha visto. No te la des de digna ahora ni quieras defender lo indefendible.
Fabrizio le mira la boca, luego le da un repaso de arriba abajo.
Martyna enrojece de la ravia y se suelta de su agarre.

Fabrizio dice con acento napolitano: Ahora, quizá el tema es que tu sorella solo sigue el ejemplo que ve...
Fabrizio pasa a su lado sin siquiera mirarla. el resto de sus hombres lo siguen.
Flavio levanta ambas cejas, es la primera vez que ve a Fabrizio fuera de sus casillas.
Martyna lo mira pasar, sus ojos centellean de ravia y volviéndose a Giana, la saca casi a la fuerza del local.

Flavio da órdenes para que los hombres se replieguen y redoblen la seguridad.
Martyna murmura con acento italoamericano, Su voz endurecida, "Agradece que no le dije a Fabiano, Donde sigas así te devuelvo con nuestro padre. eres una estúpida inmadura. "
Rocco y Romano escoltan a ambas signiorinas fuera del local.

Re: Pasarelas, reinas y pólvora

Publicado: Dom Abr 05, 2026 11:14 pm
por Larabelle Evans

Las reglas que no ves.

Punto de vista: Martyna & Gianna.


Villa Ferrari — Catania. Madrugada.
La puerta de la Suite del Ala Oeste se cerró con un golpe sordo, pesado. No fue un acto de furia, sino de control absoluto. Definitivo.
El pasillo de mármol se hundió de nuevo en el silencio acolchado y vigilante de la Villa Ferrari. Era un silencio que no engañaba; la casa entera parecía haber contenido el aliento, pendiente de la escena, y ahora regresaba a su respiración lenta, tensa.
Martyna llevaba a Gianna del brazo, su agarre no era doloroso, pero sí ineludible, una brida silenciosa que la arrastró por el corredor. Cruzaron el umbral de la habitación de invitados con una marcha forzada. Lo peor de todo para Gianna no era la rabia visible, sino la calma gélida de su hermana. Cuando Martyna caminaba así, con los pasos medidos y la mandíbula tensa, significaba que el cálculo se había activado, y eso era mucho más peligroso que cualquier grito.
Apenas la tela del vestido dejó de rozar el marco de la puerta, Gianna tiró de su brazo, liberándose con brusquedad. Se giró hacia Martyna, el rostro una máscara de desafío y frustración. Se cruzó de brazos, su pose juvenil contrastando con la sensualidad robada de su atuendo.
Gianna Dice con acento italoamericano: "Ya puedes soltarme. No soy una niña."
Martyna permaneció de espaldas un momento, su silueta recortada contra la penumbra de la habitación. Tomó una respiración lenta y profunda, un ejercicio de contención practicado desde la infancia. Cuando se giró, su expresión no era histérica, pero sus ojos, más oscuros de lo habitual, transmitían una autoridad que no necesitaban elevar la voz. Pesaban.
Martyna dice con acento italoamericano, en voz baja y cortante, cada palabra como el filo de un escalpelo: "Exacto. Y por eso mismo deberías empezar a comportarte como si no lo fueras. Usar esa edad para algo más que buscar problemas."
Gianna bufó, un sonido de impaciencia adolescente. Caminó hacia el tocador, evitando encontrarse con la mirada de Martyna. Con movimientos bruscos, se quitó uno de los pendientes largos, dejándolo caer sobre la obsidiana de la mesa.
Gianna Dice con acento italoamericano: "Fui a bailar, Martyna. No maté a nadie. No estoy en un funeral, aunque todo aquí lo parezca."
Martyna soltó una risa seca, un chasquido sin humor.
Martyna dice con acento italoamericano, —"¿Tú sabes, exactamente, dónde estabas?"
Gianna giró el rostro, con la ceja alzada en un gesto de desdén aprendido.
Gianna Dice con acento italoamericano: "Sí. En una discoteca. Música alta, luces rojas, gente guapa... bastante normal, por si Catania te ha borrado la memoria."
Martyna dio un paso hacia ella, acercándose lo suficiente para que su presencia llenara el espacio, pero sin invadir el territorio personal. Era una amenaza física sutil.
Martyna dice, con el tono de quien corrige una ignorancia mortal: "Esto no es Nueva York. No es un juego de luces neón y cócteles. Aquí la gente no baila solo para divertirse, piccola. Aquí se vigila, se mide, se calcula. Cada cara que viste, cada hombre que respiró cerca de ti... pertenece a alguien, a algo, a una familia, a un problema grave."
Gianna giró los ojos con exageración, volviendo a su tarea de desmaquillarse.
Gianna Dice con acento italoamericano: "Siempre lo haces sonar como si todo fuera una guerra constante. Aburrido. Agobiante."
Martyna no respondió de inmediato. La observó. Analizó el vestido ajustado, el cabello deliberadamente salvaje, la forma en que su hermana intentaba simular una madurez que no tenía para enfrentarse al mundo. Vio el eco de su propia rebeldía, pero mal canalizada.
En esa pequeña observación, la dureza se suavizó apenas, una fisura mínima en la armadura.
Martyna dice, casi en un murmullo, lleno de una verdad pesada: "Porque lo es. Es una guerra constante, Gianna. Siempre lo ha sido."
Gianna fue la primera en ceder, apartando la mirada. Se quitó el otro pendiente, que cayó con un suave tintineo.
Gianna Dice con acento italoamericano: "Pues no lo parece. Nadie estaba disparando, Martyna. Nadie estaba muriendo. Solo era... gente viviendo."
Martyna cortó la distancia, cerrando el espacio entre ellas con un solo movimiento. Se inclinó, su voz bajando a un susurro denso, casi confidencial.
Martyna dice con acento italoamericano, "Porque no te tocó a ti, sorellina."
El golpe fue directo. Gianna levantó la mirada, encontrándose con la de su hermana, por primera vez, sin el filtro de la rabia. Estaban conectadas.
Martyna sostuvo el contacto visual, la gravedad en sus ojos era inquebrantable.
Martyna dice con acento italoamericano, "El chico. Valentino. ¿Sabes quien era realmente?"
El nombre salió cargado de tensión. Gianna se encogió de hombros, intentando minimizar el encuentro.
Gianna Dice con acento italoamericano: "No. Y tampoco parecía importarle a él. Estaba demasiado ocupado besándome."
Martyna negó lentamente, su expresión se endureció.
Martyna dice con acento italoamericano, "Claro que le importa. Y a Fabrizio, su primo. Y a Vescovi, el hombre de los Braganti.
Martyna se giró un instante, pasando la mano por su cabello. Un gesto de contención. Luego regresó, enfrentándola.
Martyna dice con acento italoamericano, "Ese chico no es solo un imbécil con dinero y un ego inflado. Es un Fratinelli, una pieza en un tablero que está a punto de explotar. Es un problema, Gianna. Para ti. Para mí. Y para esta casa que está en luto y al borde de una venganza."
Gianna frunció el ceño. Se sentía ofendida por la magnitud de la reacción.
Gianna Dice con acento italoamericano: "¿Y qué? ¿Ahora no puedo bailar con nadie sin pedir permiso para ver su árbol genealógico? Es ridículo."
Martyna la miró fijamente.
Martyna dice, directa y final: "No cuando no sabes en qué clase de cementerio estás pisando. Aquí, no es si puedes o no; es si vives para contarlo."
El silencio que siguió fue denso. Gianna apretó la mandíbula, pero la furia empezaba a transformarse en una curiosidad desafiante.
Gianna Dice con acento italoamericano, con voz más baja pero firme: "Pues explícame entonces. Porque lo único que haces es tratarme como si fuera estúpida, como si no pudiera entender."
La acusación caló. Martyna se quedó quieta, la hermana mayor se disolvió, dejando solo a la superviviente.
Martyna dice, con una resonancia de conocimiento adquirido a la fuerza: "Porque no lo sabes todo, Gianna. No sabes lo que está pasando en el piso de arriba, no sabes por qué estamos aquí, no sabes a qué precio se pagó la paz para que tú pudieras estar viva."
Se acercó un poco más, su voz se hizo suave, pero con un matiz de peligro latente, como una caricia con el cañón de un arma.
Martyna dice con acento italoamericano, "Y aquí, en Catania... no saberlo todo te mata."
Gianna bajó la mirada, solo por un instante, asimilando la seriedad de la advertencia. Luego volvió a levantarla, el orgullo intacto.
Dice con acento italoamericano: "Pues enséñame."
Martyna la observó. Vio la grieta: la rebeldía adolescente, sí, pero también la necesidad de entender, de ser parte, de no ser tratada como un adorno ignorante. No era desafío vacío; era una solicitud de armas.
Martyna exhaló, negando con la cabeza, pero esta vez sin dureza.
Martyna dice con acento italoamericano, "No así. No robando mi identificación, saliendo sola, y metiéndote en la boca del lobo con el primo del jefe de una banda rival como si fuera un juego en el Village."
Gianna no pudo evitar una media sonrisa, una chispa de travesura que rompía la tensión.
Gianna Dice con acento italoamericano: "Funcionó, ¿no? Nos sacaste de la fiesta, al menos."
Martyna la miró. Y el rictus de control se ablandó por una fracción de segundo.
Martyna dice con acento italoamericano, "Hoy tuviste suerte. Tuviste a una Escalanti y a media Famiglia Ferrari buscándote, sin que lo notaras."
Se inclinó hacia Gianna.
Martyna dice, en voz baja, con un tono de pacto, "Mañana no. Mañana, quien te encuentre puede que no sea Faviano."
El silencio se instaló, más suave ahora. Gianna suspiró, la adrenalina de la huida se disipaba, dejando solo el cansancio. Se dejó caer en la cama, mirando el techo.

Gianna Dice con acento italoamericano: "Solo quería... salir. Ver la ciudad. No sentirme atrapada. Papá nos dejó venir aquí por ver a Leila, y lo único que veo es mármol y guardias."
Martyna se sentó a su lado, la distancia se cerró, aunque evitó el contacto físico. La frase resonó en ella con demasiada familiaridad.
Martyna dice más bajo: "Catania no es una jaula, Gianna."
Una pausa, la mirada perdida en la semioscuridad.
Martyna dice con acento italoamericano, "Pero tampoco es un parque de diversiones. Es un campo de batalla muy bien disimulado."
Gianna giró la cabeza, mirándola con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Gianna Dice con acento italoamericano: "Pues entonces no me dejes sola en la jaula, Martyna. Necesito saber dónde están las puertas."
Ahí estaba. El pacto implícito. La necesidad de un ancla. Martyna la miró, y no había dureza. Solo el peso de un vínculo inquebrantable.
Martyna dice, con una calma que era más firme que cualquier amenaza: "No vuelvas a hacerlo así. Nunca más."
Una pausa. El trato se sellaba.
Martyna dice con acento italoamericano, "Y la próxima vez... me dices. Y yo te enseño a dónde ir y cómo moverte. Pero con mis reglas."
Gianna la observó, evaluando la seriedad de la oferta. Era una rendición táctica.
Y finalmente Asintió.
El silencio regresó. La Villa Ferrari volvió a respirar. Y aunque nada se había resuelto de la noche a la mañana, el entendimiento entre las hermanas se había ajustado. Lo suficiente para saber que, la próxima vez, la jugada sería diferente. Sería coordinada.
El silencio se rompió suavemente, no con palabras, sino con un ligero movimiento. Gianna se deslizó hasta el borde de la cama, acercándose un poco a Martyna, su voz bajando a un tono conspirativo que solo existía entre ellas.
Gianna dice con acento italoamericano, con una sonrisa pícara: "Oye, Martyna… dejando a un lado la parte del 'idiota' y el 'crimen organizado'."
Martyna la miró, levantando una ceja, el atisbo de una sonrisa asomando en la comisura de sus labios. La calma tensa ya se había transformado en la familiar dinámica de las hermanas.
Martyna dice con acento italoamericano: "¿Sí, piccola?"
Gianna inclinó la cabeza, sus ojos brillando con una curiosidad completamente desinteresada en la geopolítica mafiosa, pero muy interesada en otra cosa.
Gianna dice con acento italoamericano: "El primo de Valentino... ¿Fabrizio? El que casi te arranca la mano."
Martyna frunció el ceño, el recuerdo de la furia de Fabrizio y su agarre firme regresando con claridad.
Martyna dice con acento italoamericano, con un tono más áspero: "Un prepotente. Un arrogante que cree que puede hablar de mi familia y de mí como si fuéramos un problema que él tiene que limpiar. Un matón con traje caro."
Gianna se rió en voz baja, ese sonido juguetón que siempre lograba desarmar a Martyna.
Gianna dice con acento italoamericano: "Sí, sí. Todo eso. Pero, ¿viste su cara? Es... oscuro, ¿sabes? Como si siempre estuviera enojado con el mundo, pero eso le sienta bien. Y tiene esos ojos. Y ese control..."
Se detuvo un momento, mordiéndose el labio.
Gianna dice con acento italoamericano: "Me pareció guapo. Como un tipo de oscuridad y rabia que no esperas encontrar en un traje. ¿No te generó ni un poco de intriga?"
Martyna soltó un bufido, su postura volviendo a ser más rígida, pero el efecto no fue convincente.
Martyna dice con acento italoamericano: "Intriga no. Me generó ganas de darle una bofetada y recordarle quiénes somos los Escalanti."
Pero al decirlo, la imagen de la cercanía en la discoteca, de su pulso acelerado, regresó. Admitir lo que sentía era imposible, pero mentirle a Gianna era inútil. Exhaló con frustración.
Martyna dice con acento italoamericano, en un murmullo que apenas admitía la verdad: "Es intenso. Demasiado. Y sí... tiene una mirada que te hace sentir que entiende la rabia. Pero eso no lo hace menos peligroso. Me da igual si es guapo. Es un Fratinelli. Es el enemigo."
Gianna se acercó y la tocó suavemente en el brazo, un gesto raro en ella. Su sonrisa era contagiosa.
Gianna dice con acento italoamericano, con un guiño: "Precisamente. Es el enemigo. Y te puso histérica, Martyna. Tú nunca te pones histérica. A lo mejor el 'matón' con traje es más interesante que todos los ejecutivos aburridos de Wall Street con los que Papá te quiere casar."
Gianna se deslizó de la cama y empezó a recoger los restos del desastre nocturno, pero su voz seguía cargada de picardía.
Gianna dice con acento italoamericano: "Ya sabes... el chico es malo, es guapo, te hace enojar... es el combo perfecto. Ahora que estamos en Catania y que no podemos ir a ninguna parte... ¿por qué no investigamos al 'enemigo' un poco más de cerca? Podríamos obtener información clasificada. ¡Por el negocio, claro!"
Martyna se cubrió el rostro con las manos, intentando ahogar una risa. La idea era absurda, estúpida, y absolutamente tentadora en la sofocante atmósfera de la Villa Ferrari.
Martyna dice con acento italoamericano, su voz amortiguada: "Eres una diabla, Gianna."
Gianna se encogió de hombros, la inocencia en su rostro era un arma afilada.
Gianna dice con acento italoamericano: "Solo digo que, si el destino te lo pone enfrente, y ya tienes que pelear contra él... ¿por qué no aprovechar la vista? Además, a Papá no le gustaría nada. Y eso siempre es un plus."
Martyna se quitó las manos del rostro, sus ojos estaban más claros ahora. Miró a Gianna, y el pacto de la noche se reafirmó, mezclado con una nueva y peligrosa aventura.

Re: Pasarelas, reinas y pólvora

Publicado: Sab Abr 11, 2026 4:00 am
por Larabelle Evans

El precio del negocio es la libertad.

Punto de vista: Martyna.


Tras la reunión con don Calogero, Fabrizio acude con Constantino a la villa Ferrari. El encuentro con Venturi ha encendido las alarmas y si hay un acosador suelto, las hijas de Escalanti también pueden estar en riesgo.
Constantino aparca el coche tras atravesar la barrera. Fabrizio baja. Rocco es quien se les aproxima. El guardia mira el aspecto de Fabrizio y, aunque no dice nada, siente un regocijo malsano por verlo machacado.
Constantino y rocco se entienden con la mirada. Fabrizio avanza entre ambos hombres, entran a la villa y atraviesan el vestíbulo.
rocco los guía hasta el salón donde la regina está conversando con la signiorina Martyna y su hermano.
Martyna se muestra nerviosa al saber que su padre ya ha hecho negocios con la cúpula. Se pregunta, acambio de qué ha aceptado eso.
Rocco dice con acento milanés: "Buona sera, regina. Il signiore Fratinelli ha venido a verla."
Leila se vuelbe hacia Rocco.
Leila dice con acento siciliano, "¿Fabrizio? "
Leila se tensa ligeramente.
rocco dice con acento milanés: Sí, signiora. Don Fabrizio está aquí. Si no me necesita, regina, me ocupo de algunos asuntos.
Leila asiente.
Fabrizio avanza en dirección a la regina seguido por Constantino.
Leila mira a Fabrizio y su aspecto.
Leila dice con acento siciliano, "Fabrizio. "
rocco hace una inclinación de cabeza y sale del salón.
Fabrizio dice con acento napolitano: "regina..."
Martyna ve a ambos hombres y su mirada se clava en el aspecto mayugado de Fabrizio.
Fabrizio tiene el rostro mallugado de manera significativa y el brazo izquierdo en cabestrillo.
tiene la camisa remangada en el brazo derecho, donde se ve el tatuaje que le cubre el antebrazo.
Fabiano dice con acennto italoamericano, "Buona sera Fabrizio. "
Fabrizio dice con acento napolitano: "buona sera, Fabianno. Es bueno hablar contigo en persona."
Fabiano lo saluda con un gesto de cabeza.
Martyna dice con acento italoamericano, "Buona sera... "
Fabrizio se sienta. Constantino permanece de pie a su lado
Leila dice con acento siciliano, "Siéntate Fabrizio. ¿En qué puedo servirte?. "
Martyna se tensa.
Leila lo mira espectante.
Fabrizio hace un gesto de cabeza a la hija mayor de Escalanti, pero concentra su atención en la regina.
Fabrizio dice con acento napolitano: "vengo de parte de don Calogero para dos asuntos importantes. el primero: informarle que se ha firmado el pacto con Alessandro escalanti con lo que hemos logrado sacar de enmedio a la Vratva que pretendía apropiarse de las rutas hacia Newark."
Fabrizio le tiende un sobre lacrado con el sello de la Cúpula.
Leila coge el sobre para después abrirlo.
Leila saca el documento.
Fabrizio dice con acento napolitano: "el segundo, no menos importante..."
Leila dice con acento siciliano, "Algo de eso me estaba contando Fabiano. Y Me alegra eso. "
Fabrizio cabecea en acuerdo.
Fabrizio toma aire antes de seguir.
Leila lo escucha antes de leer.
Martyna mira el documento y suspira.
Fabrizio dice con acento napolitano: "don alessandro ha... considerado oportuno agregar una condición para la firma de ese pacto."
Martyna mira con los ojos muy abiertos a Fabrizio.
Leila dice con acento siciliano, "De qué condición se trata? "
Fabrizio dice con acento napolitano: "De antemano debo decir que en absoluto pone en duda la capacidad de respuesta de usted y sus hombres. sin embargo..."
Fabrizio mira un momento a Fabianno y luego vuelve la mirada a la regina.
Fabrizio exhala un suspiro.
Fabiano mira a Fabrizio con espectación.
Leila mira a Fabrizio.
Leila dice con acento siciliano, "Tan grave es?. "
Fabrizio dice con acento napolitano: "Ha pedido que me ocupe de la seguridad de sus figlias mientras estén en Catania."
La expresión de Leila se endurese ligeramente, luego lee el documento antes de hablar.
Fabrizio dice con acento napolitano: "en el comunicado de parte de la Cúpula tiene los detalles. Don Calogero y los demás miembros han estado de acuerdo. He tenido que aceptar porque su condición era inamovible, regina."
Martyna se levanta del sofá. Indignada.
Martyna mira a Fabrizio con intensidad.
Martyna dice con acento italoamericano, "¿Porqué ha aceptado eso?. Nosotras estamos bien bajo el cuidado de Leila. Yo, nosotras no lo conocemos para confiar en usted. "
Fabiano mira a su hermana con seriedad.
Fabiano dice con acento italoamericano, "Ya escuchaste Martyna, fue una condición de Papá para firmar. Fabrizio no tenía de otra por dio. "
Fabrizio por fin mira a la cara a Martyna.
Martyna mira a Fabrizio con ravia contenida.
Leila termina de leer el comunicado.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Voy a repetir, pese a que detesto hacerlo para ver si lo entiende, signiorina."
Martyna se acuerda del enfrentamiento que tuvo con Fabrizio en la discoteca y se enfada más.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Su padre ha sido muy claro y contundente. Firmar el pacto dependía de que aceptase su condición y como usted comprenderá, si es que puede hacerlo, eso es más relevante que la confianza que usted y su ... sorellina tengan en mí o no."
Fabrizio nota el enfado de la mujer.
Leila ace un gesto para calmar la situación.
Leila dice con acento siciliano, "suficiente. No quiero discusiones. "
Martyna mira a Leila suplicante y se sienta nuevamente.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Regina. he venido para coordinar el plan de seguridad de las signiorinas. Lamento las molestias que esto pueda provocar, pero estoy atado de manos."
Leila dice con acento siciliano, "está de sobra decir que. efectivvamente es un tanto apresurado que nosotros confiemos en usted y su personal. Pero también admito que esto escapa de micontrol. ASí qué, adelante Fabrizio. "
Fabrizio hace un gesto de respeto hacia la regina.
Leila dice con acento siciliano, "Mis hombres y los suyos pueden turnarse o lo que haga falta para cuidar a Martyna y Gianna. "
Martyna maldise por lo bajo.
Fabiano mira a Martyna con advertencia.
Fabrizio dice con acento napolitano: "le haré llegar a su jefa de seguridad todo el plan. El contacto será Constantino, mi mano derecha aquí presente. La propuesta es que mientras estén en sus terrenos, sea Dalila y sus hombres quienes se ocupen y en los traslados fuera de la villa Ferrari, sean mis hombres y yo, solo cuando sea indispensable, quienes nos ocupemos de su seguridad."
Leila asiente mirando a Fabrizio.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Lo he hablado con Fabianno y él ha estado de acuerdo."
Leila dice con acento siciliano, "Bene. Coordinen todo con Dalila. ella nos tendrá al tanto. "
Fabrizio dice con acento napolitano: "así se hará, signiora."
Leila asiente.
Martyna mira furiosa a su hermano.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Fabianno, antes de que te vayas a Nueva York me gustaría invitarte a mi villa. Ahí podemos afinar algunos detalles que dejen a don Alessandro más... tranquilo."
fabiano mira a Fabrizio con una sonrisa.
Fabrizio le corresponde, aunque la sonrisa no se refleja en su mirada.
Fabiano dice con acento italoamericano, "Claro. Díme si puedes, voy mañana. "
Fabrizio dice con acento napolitano: "perfetto, te espero mañana. así podrás ver de primera mano el despliegue tecnológico que usaremos y también parte de la mercancía que llegará a newark en breve."
Fabiano asiente.
Fabiano dice con acento italoamericano, "mañana al medio día estaré llegando. Gracias Fabrizio. "
Fabrizio dice con acento napolitano: "va bene."
Fabrizio dice con acento napolitano: "Muy bien, Fabianno, allá te espero."
Fabrizio mira a la regina.
Leila lo mira.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Regina, si no tiene usted más dudas o preguntas, nos retiramos."
Leila dice con acento siciliano, "Todo claro Fabrizio. Cualquier cosa, comunícamelo. "
Fabrizio dice con acento napolitano: "así se hará, regina."
Fabrizio se levanta.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Ah, si... una cosa más."
Leila dice con acento siciliano, "Sí? "
Fabrizio dice con acento napolitano: "dígale a su consigliere que ya nos estamos ocupando de averiguar lo que me pidió. él entenderá."
Leila dice con acento siciliano, "Va bene. Grazie. "
Fabrizio mira disimuladamente a Martyna y luego a la regina para darle a entender por qué no se explaya más.
Martyna lo ignora deliberadamente.
Leila asiente.
Fabrizio cabecea una vez y se marcha.
Constantino hace un gesto de respeto y sale tras Fabrizio.
El aire en el opulento salón de la villa siciliana no era solo espeso por el calor del Mediterráneo, sino por una densa capa de furia no expresada y traición. Fabiano Escalanti, hundido en el terciopelo de un sofá que parecía demasiado blando para su temperamento de Wall Street, sentía la punzada de la derrota y el agotamiento físico. Él había venido a ser el negociador de hierro, el pilar inquebrantable; en cambio, se había convertido en el chivo expiatorio de una riña familiar con tintes operísticos que le recordaba por qué prefería mil veces el frío cálculo financiero a la pasión volátil de la Famiglia siciliana.
Martyna Escalanti, su hermana, era la encarnación del vendaval. Se levantó del asiento de nuevo, no con un grito vulgar, sino con una furia silenciosa y temblorosa, una corriente eléctrica que vibraba bajo su piel y que era mucho más potente que cualquier estallido. Se acercó a Fabiano con pasos medidos, cada movimiento un reproche ensayado. La seda negra de su camisa susurraba el eco de la deshonra mientras se detenía justo sobre él, proyectando una sombra acusadora sobre su hermano.
Martyna, con el acento italoamericano que había recogido en Nueva York, pero que ahora se teñía con la amargura del sur, articuló un susurro cargado de traición, un veneno lento que buscaba envenenar la conciencia de su hermano:
Martyna dice con acento italoamericano, "¿Cómo pudiste, Faviano? Mírame a los ojos y dime cómo pudiste aceptar esto a mis espaldas, sin una palabra, sin una mísera consulta. Soy tu hermana, no una pieza que se mueve en tu tablero de ajedrez."
Fabiano levantó la vista, forzando una calma que se sentía artificial, aunque sentía que la situación le arrebataba el control a cada segundo. La vena que le palpitaba en la sien era una advertencia de la migraña inminente.
Fabiano, intentando sonar firme, aunque con la voz ronca por el cansancio y la frustración.
Fabiano dice con acento italoamericano, "Martyna, por favor, no seas dramática. Es la condición de Papá. Sabes que el pacto con los Fratinelli es la prioridad en este momento. Es la única manera de mantener a la Vratva a raya mientras nos establecemos en Catania. Es el negocio, ¿lo olvidas? Es la seguridad de nuestra gente."
Martyna se echó a reír, pero fue una risa áspera, sin alegría, una carcajada de dolor que resonó en el salón como cristales rotos. Se llevó las manos al rostro en un gesto de desesperación teatral, como una heroína de tragedia griega.
Martyna dice con acento italoamericano, "¿El negocio? ¿A costa de qué, Fabiano? ¿A costa de mi libertad? ¿De la de Gianna? ¡Tú sabes por qué estamos aquí, maldita sea! ¡Escapamos de la jaula dorada de Papá, de su paranoia, de esa sobreprotección sofocante y sus guardaespaldas que nos asfixian en Manhattan! Queríamos respirar, queríamos ser útiles, queríamos... ¡liberarnos de la carga que es llevar el apellido Escalanti sin poder actuar! Y ahora..."
Se detuvo, la rabia se convirtió en un nudo seco en su garganta, ahogándola. Señaló con un dedo tembloroso hacia la puerta por donde acababa de desaparecer Fabrizio Fratinelli. La furia en sus ojos era incandescente.
Martyna, con un tono quebrado, la voz llena de bilis, dice con acento italoamericano, "... Y ahora Papá nos ha vendido a un extraño, a un puto ajeno a nuestra sangre, solo para un pacto de conveniencia. ¡Peor aún: a ese! A ese Fratinelli prepotente, ese arrogante que nos mira por encima del hombro como si fuéramos un problema que él tiene que limpiar o que simplemente está esperando el momento para cobrarse un favor. ¡Su simple presencia es un insulto!"
Dio media vuelta, su movimiento era de pura desesperación, de impotencia absoluta. El plan de independencia se había esfumado.
Martyna dice con acento italoamericano, "No lo entiendes, Faviano. No es solo la vigilancia. Es él. Ese Fabrizio me pone los nervios de punta. ¡Es oscuro, su mirada es fría como el Etna en invierno y lo peor de todo es que no es nuestro enemigo! ¿Ahora qué? ¿Tengo que pasar de la vigilancia de diez de nuestros hombres a la de un tipo de nápoles que me intimida con la mirada? ¡Es una jaula con barrotes sicilianos, más pequeña y más estrecha que la de Nueva York!"
En medio de la tormenta, Leila, amiga de los hermanos Escalanti, permanecía en un silencio regio, observando la escena con la gravedad de una estatua griega. Ella era la Regina de este palacio, la pacificadora natural, y entendía la dinámica de poder y dolor mejor que nadie. Vio la expresión de comprensión dolorosa en su rostro; Leila sabía de primera mano el precio que las mujeres de la Famiglia debían pagar por la libertad. Decidió intervenir, no solo como la amiga que consolaba, sino como la mediadora que ponía orden, el ojo de la calma en el huracán.
Leila, con su acento siciliano bajo y potente, una voz que era un ancla de autoridad en la turbulencia emocional.
Leila dice con acento siciliano, "Basta. Ambos. Detengan este drama inútil. Aquí no hay bandos de lealtad, Martyna. Solo la Famiglia, los negocios, y la necesidad primordial de sobrevivir a esta guerra."
Leila se levantó con una gracia innata y poderosa, acercándose a Martyna. Puso sus manos sobre la rodilla de Martyna; el toque era a la vez afectuoso y una orden silenciosa de someterse a la razón.
Leila, su mirada esmeralda conectando con la de Martyna, perforando su rabia con sabiduría antigua.
Leila dice con acento siciliano, "Sé lo que sientes. Sé lo que es que te prohíban la vida, que te respiren en la nuca. Sé que viniste aquí para liberarte del miedo de Alessandro, tu padre, y para pelear por tu propio espacio en este mundo. Pero escúchame bien: este no es el momento de la independencia, cara. Es el momento de la estrategia y la paciencia. La libertad es un lujo que la guerra no permite; es algo que se gana con el tiempo, no con berrinches."
Apartó la mano, su postura se volvió más imponente, volviendo a su papel de Regina, la estratega implícita de la familia.
Leila dice con acento siciliano, "Tu padre ha hecho un movimiento maestro y despiadado, como solo él sabe hacer. Un Escalanti siempre debe asegurarse de atar los cabos con dos favores para controlar una situación. Él nos ha dado el pacto que necesitamos desesperadamente para cortar las alas a la Vratva y asegurar la estabilidad en Catania. ¿Crees que lo hizo por miedo a que estuvieras sola? Lo hizo por control absoluto. Ahora tiene a su hija fuera del peligro inmediato de la guerra abierta, y a los hombres que podrían ser su mayor amenaza atados, por el honor siciliano. Es ajedrez de alto nivel, Martyna. No es afecto, ni es casualidad; es un escudo vivo y estratégico."
Leila Miró a Fabiano, su tono se suavizó apenas, un reconocimiento de su difícil posición.
Leila dice con acento siciliano, "Y tú, Fabiano, hiciste lo correcto. No podías deshonrar el pacto de tu padre sin condenar a toda la Famiglia. Entiendo la frustración, pero tenías las manos atadas por el honor y la necesidad. No te consumas en la culpa, porque la culpa es una debilidad que no podemos permitirnos."
Finalmente, regresó a Martyna, su mirada era de acero templado, exigiendo una atención absoluta.
Leila dice con acento siciliano, "En cuanto a Fabrizio... Si te pone nerviosa, úsalo. Si te intimida, mídele la fuerza. Si lo temes, conviértelo en tu arma. Es un Fratinelli; es un hombre leal a la cúpula. No te engañes: no es nuestro enemigo, es el rival de Alessio. Y en este tablero de Sicilia, el rival de mi enemigo es un activo invaluable. Ahora, deja de gritar y compórtate como la Principessa de la mafia que eres. Acepta la situación con la cabeza fría. Estamos en guerra, y la vigilancia es el precio, amargo, pero necesario, que se paga por estar en el campo de batalla. Mueve tus piezas, Principessa, no te quejes de ellas."
Martyna asintió, la rigidez se disipó de sus hombros como si una carga invisible hubiera cedido. Se sentó de nuevo, no porque Leila se lo ordenara, sino porque el argumento era irrefutable. Su furia no se había desvanecido, pero se había canalizado, transformada en la fría determinación que su amiga le pedía.
Martyna dice con acento italoamericano, con voz tensa pero controlada: "Tienes razón, Leila. Es la estrategia de Papá. Siempre lo es. Nos usa como fichas para asegurarse la mano, y yo fui estúpida al pensar que aquí sería diferente. No es una jaula; es un búnker de alta seguridad y el precio es... este. Un vigilante con ojos de hielo y un ego más grande que el Etna."
Hizo una pausa, la mirada clavada en el vacío.
Martyna dice con acento italoamericano, en un susurro amargo: "Pero no me voy a quejar. Me moveré con la cabeza fría. Y si ese Fratinelli cree que va a mirarme por encima del hombro o que me va a intimidar, no me conoce. No le daré el placer de verme doblegarme."
Faviano, que había permanecido de pie, observando el intercambio con un nudo en el estómago, sintió el impulso irrefrenable de acercarse. La mirada de Martyna, despojada de su orgullo feroz y cubierta por una capa de resignación forzada, le dolía más que cualquier grito. El futuro Capo de Nueva York podía calcular riesgos en Wall Street, pero en el ámbito familiar, solo era un hermano mayor que no quería ver sufrir a su sorellina.
Se acercó lentamente, la voz baja, desprovista de la autoridad del negocio, teñida solo de afecto genuino.
Faviano dice con acento italoamericano: "Martyna, mírame. No tienes que hacer esto si no quieres. Si estás tan incómoda, puedo hablar con Papá, puedo volver a negociar la cláusula. Podemos encontrar una alternativa."
Martyna levantó la vista, encontrándose con la preocupación honesta en el rostro de su hermano. Un atisbo de la vieja ternura que compartían se abrió paso a través de la amargura.
Martyna dice con acento italoamericano, su voz se suavizó apenas: "No, Faviano. No lo hagas. Ya lo hiciste. Ya aceptaste la condición y, como dijo Leila, hiciste lo correcto. No puedes deshonrar el pacto de Papá, no cuando la Vratva está a la espera de un desliz. Tú mismo lo sabes, y yo no voy a ser el ancla que hunda a la Famiglia en el caos."
Se levantó del sofá, acortando la distancia entre ellos. Puso una mano firme sobre el pecho de Fabiano, justo sobre el corazón.
Martyna dice con acento italoamericano, con una sinceridad grave: "Entiendo que lo hiciste por protegernos. Entiendo que crees que un Fratinelli es el mejor escudo. Solo... no lo vuelvas a hacer sin consultarme. Somos un equipo. Y en esta guerra, la traición, incluso la bienintencionada, es lo que nos mata. Confía en mí. Yo sé defenderme de los 'matones con traje caro'."
Faviano asintió, atrapando su mano y apretándola con fuerza, un juramento silencioso de lealtad.
Faviano dice con acento italoamericano, con un suspiro pesado: "Lo juro, Martyna. Nunca más.
Leila sonrió levemente, observando la reconciliación. Era la dinámica Escalanti: una mezcla explosiva de lealtad absoluta y puñaladas por la espalda, todo en nombre del negocio.
Leila dice con acento siciliano, su voz es un recordatorio de la realidad inmediata: "Bien. El drama entre ustedes ha terminado. Ahora, Martyna, haz lo que tienes que hacer. Tienes que hablar con Gianna. Después, la Regina y la Principessa escalanti saldrán a caminar. Y no irán solas. La vigilancia será doble. Usa esos ojos de hielo de Fabrizio para cubrir tus flancos. Sé más inteligente que tu padre y más fría que tu vigilante."
Martyna asintió, su mirada ya no era de rabia, sino de fría especulación. El juego había cambiado. Y la Principessa de los Escalanti estaba lista para jugar.

Re: Pasarelas, reinas y pólvora

Publicado: Mar Abr 14, 2026 7:33 am
por Larabelle Evans

El precio de ser un activoLa Revelación de la Nueva Jaula.

Punto de vista: Martyna & Gianna.


Villa Ferrari — Ala Oeste. Mañana.
El sol siciliano intentaba infundir calidez a la Suite de Marttyna y Gianna, pero el ambiente se mantenía frío, denso y cargado de la electricidad residual de la noche anterior. Martyna, con la precisión de un soldado, terminaba de abrocharse una blusa de seda, cada movimiento un acto consciente de control. La furia contra su hermano, Fabiano, por la bronca en el salón, se había evaporado, dejando un residuo más peligroso: una gélida resignación hacia las inevitables reglas de la Famiglia y un foco renovado de rabia contra su padre. Él era el verdadero titiritero, el que había impuesto una vigilancia sin el conocimiento ni el consentimiento de ellas.
Gianna, en cambio, era un torbellino de frustración mal contenida. Sus movimientos al recoger la ropa esparcida por la habitación eran bruscos, cada prenda un recordatorio de la libertad que sentía cómo se le escurría. La tensión, que había quedado suspendida desde su escapada días atrás, amenazaba con romperse en cualquier momento.
Martyna la observó. Como la hermana mayor, la 'responsable', le tocaba el ingrato papel de la mensajera.
Martyna dice con acento italoamericano, con voz plana, sin buscar la confrontación, mientras alisa los pliegues de su falda: "Papá ha movido ficha. La vigilancia ya no es solo interna. Es... oficial. Es el precio de estar aquí."
Gianna se detuvo en seco, el pantalón vaquero que estaba doblando cayendo al suelo con un suave golpe. Se giró, sus ojos verdes, habitualmente vivaces, entrecerrados y buscando el doble sentido.
Gianna dice con acento italoamericano, con escepticismo, cruzándose de brazos: "¿'Oficial'? ¿Qué significa eso, Martyna? ¿Que Karlo y los otros van a poner más cámaras en los pasillos? ¿Un sensor en el balcón? Porque si es por el incidente de la discoteca, te juro que no volverá a pasar. Entendí el mensaje."
Martyna exhaló, un sonido sordo de frustración, y negó con la cabeza mientras acortaba la distancia entre ellas, apoyándose en el tocador de caoba.
Martyna dice con acento italoamericano, la voz seca y dura: "Significa que Papá no confía en nosotros lo suficiente, ni siquiera en Fabiano. Negoció nuestra seguridad como parte del pacto con la Cúpula. No es Karlo quien está a cargo. Es Fabrizio Fratinelli quien está a cargo de nuestra seguridad mientras estemos en Italia. Él es nuestro nuevo... cuidador."
La noticia golpeó a Gianna como un puñetazo en el estómago. Retrocedió un paso. Una risa corta, incrédula y aguda escapó de sus labios, la risa histérica de alguien que acaba de escuchar una broma de muy mal gusto.
Gianna dice con acento italoamericano, con un tono de abierta traición, casi escupiendo el nombre: "¿¡Qué!? ¿El imbécil arrogante de Nápoles? ¿El mismo que te llamó díscola insensata? ¿El primo de Valentino ? ¡Martyna, me estás tomando el pelo!"
Martyna solo pudo encogerse de hombros, la amarga aceptación grabada en su rostro. No había espacio para la negación, solo para el cálculo frío.
Martyna dice con acento italoamericano, su voz apenas un murmullo de fatalidad: "Ojalá. Es la condición que Papá impuso para sellar el acuerdo con la cúpula, para garantizar el pacto de Nueva York. La palabra de un Fratinelli. Fabiano tuvo que aceptarlo. Estamos atadas de manos, Gianna. Y el control ahora tiene nombre y apellido."

La Explosión de la Rebeldía.



Gianna ya no podía contenerse. Empezó a moverse por la habitación, sus pasos rápidos y erráticos, alimentados por una oleada de rabia juvenil que se sentía agraviada por las reglas de la Mafia y la injusticia paterna.
Gianna dice con acento italoamericano, gritando, pero en un susurro cargado para no alertar a los posibles oídos en el pasillo: "¡Es ridículo! ¡Es una locura! ¡Papá nos usó como garantía!. ¿Y Fabiano? ¡No lo entiendo! ¿Cómo pudo, Martyna? ¡Es nuestro hermano, se supone que debe protegernos!"
Martyna se acercó a ella y la tomó firmemente del brazo. No era un gesto afectuoso, sino una restricción calculada. La pelea con Fabiano había dejado claro que la rabia incontrolada solo llevaba a más control.
Martyna dice con acento italoamericano, con una frialdad funcional y una mirada de acero: "Fabiano hizo lo que Papá le ordenó, como se hace en la Famiglia. No busques en él a un aliado ahora, porque está comprometido con la orden. Lo sé, se siente como una traición, pero ahora mismo, la rabia no sirve de nada.
Gianna se soltó de su agarre con un tirón, con los ojos anegados no de tristeza, sino de pura frustración volcánica.
Gianna dice con acento italoamericano, con voz quebrada: "¡No quiero un vigilante! ¡Y menos a ese! ¿Qué voy a hacer, Martyna? ¿Tengo que pedirle permiso para salir al jardín? ¿Para ir a tomar un café? ¡Me voy a volver loca! ¡Esto no es vida! ¡Es una cárcel de lujo!"
Martyna la miró, su propia impotencia espejada en el rostro de su hermana, pero con la dureza estoica de quien ya ha aceptado el precio de su apellido.
Martyna dice con acento italoamericano, con autoridad: "Esa es la realidad, Gianna. Papá nos ha convertido en una 'cláusula de seguridad'. Un activo. Y los activos no tienen libertad, solo valor. Por ahora, tenemos que jugar su juego.
Pero la sugerencia de la sumisión fue el combustible que encendió la rebeldía de Gianna. La idea de ser una 'muñeca bien portada' era inaceptable.
Gianna dice con acento italoamericano, la voz cargada de desafío y un brillo peligroso en sus ojos: "No. No voy a ser un activo. No voy a ser una muñeca para que Papá duerma tranquilo. Y no voy a fingir que me asusta ese Fratinelli. Es un prepotente. ¿Quieres aburrirlo? Yo quiero volverlo loco. Quiero que se arrepienta de haber aceptado la 'cláusula de seguridad'. Que sienta que nosotras somos el costo real de su maldito pacto."
Martyna sintió un escalofrío. El pánico se mezcló con una punzada de orgullo en su interior; la rebeldía de Gianna era imprudente, pero su espíritu era indomable.
Martyna dice con acento italoamericano, acercándose de nuevo, su tono volviéndose íntimo y serio: "Gianna, escúchame bien. Esto no es Nueva York. El juego aquí es más sucio y las alianzas son de cristal. No podemos permitirnos ser imprudentes, especialmente no ahora que Leila está con tantos... problemas. El luto por Chiara... nos afecta a todas."
Gianna dice con acento italoamericano, sus ojos fijos en los de Martyna, con una intensidad que era más adulta que su edad: "Justo por eso. Por el luto de Leila, por la guerra, por Papá que está a tres mil millas de distancia moviendo los hilos, no voy a ser la cosa que él usa para que sus pactos no se rompan. No soy una estatua de mármol que se queda en el vestíbulo hasta que cumple 18 y él me da como trofeo a algún Capo aburrido de Chicago o a un ejecutivo de Wall Street con cien millones en el banco y cero sangre en las venas. ¡Martyna, yo vine a Sicilia a vivir, no a enterrarme viva!"
Gianna, con la voz subiendo un poco de volumen, la frustración desbordándose:
Gianna dice con acento italoamericano, "¡Mírame! ¿Crees que me puse estos vaqueros y robé tu ID aquella noche para venir a sentarme en una jaula? ¡No! Quiero conocer la ciudad, quiero bailar, quiero... quiero follar con alguien que no sepa quién es mi padre y que no me esté midiendo el valor de la dote. Y si ese arrogante de Fratinelli piensa que va a ser mi sombra, está muy equivocado. Se lo voy a poner tan difícil que va a rogarle a Papá que lo saque de esta 'cláusula de seguridad'."
Martyna dio un paso atrás. La crudeza y la desesperación de Gianna resonaban con una verdad que ella no podía ignorar. Ella misma había sentido ese terror de la irrelevancia, de ser una simple ficha de cambio.
Martyna dice con acento italoamericano, en un tono más suave, pero con una advertencia implícita: "Gianna, estás jugando con fuego. Es un Fratinelli. No puedes simplemente 'volverlo loco'. Las consecuencias aquí son reales. La gente no pide la cuenta, paga con sangre."
Gianna se encogió de hombros con una bravuconería adolescente. Había cruzado la línea y ahora no iba a retroceder:
Gianna dice con acento italoamericano, "Entonces que se queme. Ya me tiene en la mira, y tú también. ¿Qué más da? Es mejor pelear y que te vean viva que desaparecer como si nunca hubieras existido. Si Papá quiere una ficha de seguridad, le voy a dar una ficha defectuosa, una que no pueda controlar."
Martyna dice con acento italoamericano, con una mezcla de exasperación y una punzada de orgullo no deseado: "Eres la cosa más imprudente que he conocido en toda mi vida. ¿Sabes lo que va a hacer un hombre como Fratinelli cuando lo desafíes abiertamente? No te va a dar un castigo. Va a domarte. Va a hacer que te arrepientas de haber nacido en esta vida. Y yo no voy a estar ahí para sacarte de todos los problemas que causes."
Gianna sonrió, un destello picaresco en sus ojos. No era una sonrisa inocente, sino la de una estratega adolescente que acababa de encontrar su objetivo.
Gianna dice con acento italoamericano, inclinándose un poco, con una voz baja y llena de desafío: "Entonces que lo intente. Yo también soy una Escalanti, Martyna. Y él va a descubrir que si Papá nos usó como activo, nosotras vamos a ser el costo operativo más alto que jamás haya pagado. Le voy a hacer la vida imposible, ¿entiendes? Va a ser mi sombra, sí, pero voy a ser la peor puta pesadilla de ese traje caro.
Martyna se pasó las manos por el cabello, sintiendo el nudo de la inminente catástrofe. La idea de que Gianna se enfrentara a Fabrizio era aterradora, pero a la vez, sabía que la contención solo provocaría una explosión mayor.
Martyna necesitará la ayuda de Leila.
Martyna dice con acento italoamericano, soltando un suspiro de rendición cansada: "Eres una locura. Una absoluta y completa locura. Bien. Haz lo que quieras. Pero si te metes en un lío con el que no puedas lidiar, no me busques a mí para sacarte de la cárcel o de un trato matrimonial.
Se dirigió a la puerta, su postura era de pura derrota estratégica.
Martyna dice con acento italoamericano, abriendo la puerta y hablando con la frialdad de una orden militar: "Leila me espera en su Suite. Tenemos que salir. Karlo ha organizado la vigilancia, doble. Quédate aquí. No te muevas. No abras la boca. No intentes nada estúpido en mi ausencia. Voy a dar la cara por nuestra familia, y no necesito que la tuya esté provocando una guerra antes de que el luto haya terminado."
Gianna se recostó en la cama, ella blusa arrugándose bajo su peso. Cruzó los brazos bajo la cabeza, la imagen de la rebeldía satisfecha.
Gianna dice con acento italoamericano, con un tono de voz inusualmente tranquilo y complacido: "Descuida, sorella. Yo me encargo de la guerra en casa. Ve y sé la Principessa perfecta. Yo me encargaré de que el cuidador tenga algo interesante que vigilar."
Martyna cerró la puerta con suavidad. El sonido no fue un golpe, sino un portazo mental, sellando su exasperación. Se quedó un momento en el pasillo, mirando el mármol, intentando borrar la imagen de la sonrisa desafiante de su hermana.
Finalmente, Martyna se dirigió por el pasillo. La paz de la Villa Ferrari era una mentira, y sabía que, a partir de ese momento, su vida y la de Gianna estarían bajo el microscopio de los Fratinelli, un hecho que la obligaba a afilar su propia alma.