"Salitre y Pasión: Crónicas de una vida en Siracusa"
Publicado: Vie Ene 23, 2026 5:11 am
El rugido del Jónico.
El cielo de plomo y la sal en los labios.
Punto de vista: Regina.
El amanecer en Siracusa no trajo luz, sino una penumbra espesa y violácea que parecía aplastar los tejados de Ortigia. El aire, que normalmente olía a pan recién horneado y a la primera marea, estaba saturado de un ozono eléctrico y una humedad pesada que se pegaba a la garganta. Regina estaba de pie en el muelle del puerto pequeño, con las botas de goma hundidas en los charcos que ya empezaban a formarse. El viento, un preludio furioso del Ciclón Katy, le azotaba la cara, soltándole mechones de pelo oscuro de su coleta y enredándolos con la salitre que el mar proyectaba a ráfagas.A lo lejos, más allá del brazo del puerto, el mar Jónico ya no era azul; era un muro de acero líquido, encrespado por crestas blancas que parecían dientes apretados. Las barcas, normalmente alineadas con orden quirúrgico, daban tirones violentos de sus amarras, golpeándose entre sí con un sonido sordo y rítmico, un cloc-cloc de madera contra madera que sonaba a advertencia. Regina apretó los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta impermeable. Por primera vez en años, el puesto del mercado estaría vacío de género fresco.
Rafaele Vasile, un pescador de setenta años con la piel tan curtida que parecía cuero viejo, se acercó a ella luchando contra una ráfaga que casi le arrebata la gorra de lana.
Rafaele Vasile dice con acento siciliano, —Regina, vete a casa. Ese mar no es para nosotros hoy, es para el diablo. He visto muchas tormentas, pero el agua está hirviendo como si hubiera fuego debajo. No habrá pesca, ni hoy ni mañana.
Regina no apartó la vista del horizonte, donde las olas de diez metros empezaban a dibujarse como sombras monstruosas.
Regina dice con acento siciliano, Rafaele, si el mar no nos deja salir, el mercado se muere. Mi madre ya ha sacado las cajas, espera los cajones de atún y pez espada. No puedo decirle que nos quedaremos de brazos cruzados viendo cómo el agua se traga el muelle.
Rafaele Vasile dice con acento siciliano, —Tu madre es vieja y sabia, picciridda. Ella sabe que el Jónico cobra deudas cuando se enfada. Mira el cielo, ese color no es normal. La radio dice que el Ciclón Katy viene a romperlo todo. Amarra bien tu barca y vete a Ortigia antes de que cierren los puentes.
El sabor de la impotencia.
Regina sintió un escalofrío que no era solo por el frío húmedo que se filtraba por sus ropas. Era la frustración de la inactividad. Ella era "luz en movimiento", y estar allí parada, viendo cómo la naturaleza clausuraba su mundo, le revolvía el estómago. Se acercó a su pequeña embarcación, la Stella Maris, y reforzó los nudos de las defensas. Sus dedos, hábiles y rápidos, trabajaban mecánicamente a pesar del entumecimiento.
El sonido era cada vez más ensordecedor: el silbido del viento entre los mástiles de los veleros cercanos sonaba como un coro de lamentos agudos. De repente, una ola más fuerte que las demás rompió contra el malecón, enviando una lluvia de agua helada y espumosa directamente sobre ellos. Regina escupió el sabor amargo de la sal y se limpió los ojos con el dorso de la mano.
Regina dice con acento siciliano, —Maldita sea la suerte, rafaele. Justo esta semana que teníamos los pedidos del restaurante de la plaza. El mar nos está robando el pan de la boca.
En ese momento, apareció Salvatore Greco, el encargado de la vigilancia del puerto, un hombre corpulento que llevaba un megáfono y un chaleco de Protección Civil que brillaba de forma mortecina bajo la lluvia persistente.
Salvatore dice con acento siciliano, —¡Vayan saliendo del área del muelle! ¡Orden de evacuación inmediata de la zona baja! El nivel del agua va a subir dos metros en la próxima hora. ¡Regina, mueve el coche o lo sacarás del fondo de la dársena!
Regina miró a Salvatore y luego a su barca. El realismo de la situación la golpeó con la misma fuerza que el viento: Siracusa se estaba cerrando, y ella estaba atrapada en el centro de la diana.
El puente de los suspiros amargos.
El trayecto desde el muelle hacia el puente Umbertino fue una lucha cuerpo a cuerpo contra los elementos. El viento ya no soplaba en ráfagas, sino que se había convertido en un empuje constante y violento que obligaba a Regina a caminar inclinada, con los músculos de las piernas en tensión. El cielo se había oscurecido tanto que las farolas del puerto se encendieron automáticamente, parpadeando con una luz amarillenta y enferma que apenas lograba perforar la cortina de agua.
A su lado, Rafaele caminaba con dificultad, apoyándose en el hombro de Regina cuando una ráfaga especialmente fuerte amenazaba con derribarlo. El ruido era ensordecedor: el rugido del mar chocando contra los muros de piedra caliza de la isla de Ortigia vibraba bajo sus pies, un retumbar profundo que se sentía en los huesos.
Rafaele dice con acento siciliano, —¡Mira el canal, Regina! El agua ya está lamiendo el arco del puente. Si el nivel sube un palmo más, nos quedaremos aislados en la isla. ¡Camina más rápido, muchacha!
Regina miró hacia abajo al cruzar el puente. El agua del canal, normalmente mansa, era un torbellino de espuma marrón y detritos. Trozos de madera, redes desgarradas y botellas de plástico giraban en un baile frenético. El olor a alcantarilla saturada se mezclaba con el salitre, creando una atmósfera nauseabunda.
Regina dice con acento siciliano, —¡No me voy a ir sin ver cómo está el puesto, Rafaele! Mi madre no podrá bajar las persianas metálicas ella sola con este viento. ¡Vete a tu casa y métete en la cama, viejo testarudo!
Rafaele dice con acento siciliano, —¡Tu madre tiene más fuerza en un dedo que tú en toda la espalda! Pero ve, corre, que Dios te guarde, porque hoy el cielo se está cayendo sobre Siracusa.
El caos en el mercado de madera y escamas.
Al entrar en las callejuelas estrechas de Ortigia, el viento aullaba de una forma distinta, comprimiéndose entre las paredes de los palacios antiguos. Regina vio macetas hechas añicos en el suelo, toldos de tela de los cafés arrancados de cuajo que volaban como fantasmas negros por el aire. La gente corría con desesperación, cargando bolsas de arena para poner en las puertas de los bajos.
Al llegar a la zona del mercado, la imagen era desoladora. El agua ya cubría los tobillos de los comerciantes que intentaban salvar lo que podían. Allí, frente a la persiana a medio cerrar de su puesto, estaba su madre, Agata, envuelta en un chal de lana negra que la lluvia había transformado en una pesada armadura de agua. Junto a ella, Enzo, el carnicero de la tienda de al lado, luchaba con una maza para asegurar un tablón de madera en la entrada.
Enzo dice con acento siciliano, —¡Regina, saca a tu madre de aquí! El agua del mar está entrando por los desagües del suelo. ¡En diez minutos esto será una piscina de salitre y desperdicios!
Regina se lanzó hacia su madre, agarrándola por los brazos. Agata tenía los ojos fijos en el interior del puesto, donde las cajas de poliestireno vacías flotaban como barcos a la deriva.
Regina dice con acento siciliano, —¡Madre, deja eso! El hierro de la persiana está doblado, no va a bajar más. Enzo tiene razón, tenemos que subir a la casa antes de que la corriente en la calle se vuelva peligrosa.
Agata dice con acento siciliano, —Mis cuchillos, Regina... Los cuchillos de tu padre están ahí dentro. Si el agua entra con fuerza, se los llevará el mar, y esta vez no me los va a devolver.
Regina sintió un nudo de impotencia en la garganta. Su madre no hablaba de dinero, sino de la última conexión física que les quedaba con el hombre que el Jónico se había llevado años atrás. Sin pensarlo dos veces, Regina se agachó para pasar por el hueco estrecho de la persiana atascada, hundiéndose hasta las rodillas en un agua helada que olía a pescado viejo y miedo.
Enzo dice con acento siciliano, —¡Regina, no seas estúpida! ¡Sal de ahí, que la persiana se puede terminar de descolgar y te vas a quedar atrapada como una rata!
Regina dice con acento siciliano, —¡Cállate y sujeta la base, Enzo! ¡Madre, apártate del borde!
Dentro del puesto, el mundo se había vuelto pequeño, ruidoso y oscuro. El agua helada, que ya le llegaba a Regina por encima de las rodillas, golpeaba con fuerza contra los mostradores de acero inoxidable. El olor a escamas viejas y a sumidero era casi insoportable. Regina, con el agua calándole hasta los huesos, tanteaba frenéticamente debajo del mostrador principal, donde su padre siempre guardaba aquel estuche de cuero curtido.
De repente, un crujido metálico desgarrador resonó en el espacio cerrado. La estructura del techo, debilitada por el peso del agua acumulada y los embates del viento, comenzó a ceder. Un chorro de agua cayó violentamente desde una fisura, empapando a Regina por completo.
Enzo dice con acento siciliano, "¡Regina! ¡Sal de ahí ahora mismo! ¡El techo no va a aguantar, el hierro está podrido por la sal! "
Regina dice con acento siciliano, "¡Un segundo, Enzo! ¡Casi lo tengo! ¡No me voy a ir sin ellos! "
Sus dedos rozaron algo áspero y familiar: la correa de cuero. Tiró con fuerza, rescatando el estuche justo cuando una ráfaga de viento especialmente violenta hizo que la persiana metálica, que Enzo intentaba sostener, se soltara de un lado, quedando peligrosamente inclinada y bloqueando parte de la salida.
Afuera, entre la lluvia cegadora y el estruendo del ciclón, apareció una figura que caminaba con una calma casi extraña para el caos que lo rodeaba. Era Paolo, el hombre que todos en el puerto conocían por su habilidad casi mística con el mar y su sonrisa constante. No corría; se movía con la seguridad de quien conoce el peso del agua y no le teme. Al ver a Agata llorando y a Enzo luchando con la persiana, Paolo soltó la soga que llevaba al hombro y se acercó, desplazando a Enzo con un movimiento firme pero suave.
Paolo dice con acento siciliano, "Tranquila, Agata, que hoy el mar no se lleva nada más. Enzo, deja de pelearte con el hierro y ayúdame a hacer palanca aquí. "
Con un esfuerzo coordinado, Paolo metió sus manos curtidas por el trabajo de campo y mar bajo el borde de la persiana. A pesar de la tensión del momento, su rostro no mostraba pánico, sino una concentración intensa y magnética.
Paolo dice con acento siciliano, "¡Regina! Deja de buscar tesoros y dame la mano. Sal de ahí antes de que el techo te sirva de sombrero. ¡Ahora, picciridda! "
Regina, con el estuche de cuchillos apretado contra el pecho, vio la mano de Paolo extendida hacia ella en el hueco de la persiana. Era una mano grande, sólida, que olía a sal y a algo limpio, un contraste extraño con el hedor del mercado inundado. Al agarrarla, sintió una fuerza tranquila que la arrastró hacia afuera justo antes de que un estante de madera colapsara dentro del puesto.
Ya fuera, bajo la furia del Ciclón Katy, Regina se encontró de bruces contra el pecho de Paolo, cuya chaqueta impermeable estaba chorreando. Él no la soltó de inmediato; la sostuvo un segundo de más para asegurarse de que sus pies estaban firmes en el suelo anegado, dedicándole una mirada rápida que, a pesar de la lluvia, tenía un destello de ese carisma que lo hacía famoso.
Paolo dice con acento siciliano, "Vaya forma de tomar un baño, Regina. La próxima vez, avísame y te llevo a un sitio donde el agua no esté tan sucia. "
Paolo dice con acento siciliano, "se puede saber qué rayos era tan importante como para que arriesgaras así tu integridad. "
Regina dice con acento siciliano, "Podrías haber llegado dos minutos antes, Paolo. Me habrías ahorrado el susto y este olor a alcantarilla. "
Regina dice con acento siciliano, "Son unos recuerdos de mi padre. No son tonterías. "
Regina intentó soltarse con un gesto brusco, ocultando el temblor de sus manos tras su habitual aspereza, pero Paolo solo soltó una risa breve y cálida que el viento casi se tragó.
Paolo la observa con una atención calculada, buscando cualquier herida o señal de daño a simple vista. La mira con minuciosidad, sí, pero también con un instinto de protección y un cariño genuinos.
—Nunca dije que fueran tonterías —dice él con su marcado acento siciliano—, pero pudiste haberlo hecho de alguna forma... no sé, menos arriesgada. O haberme hablado, si tanto te urgía mi presencia.
Él mantiene la mirada; no hay reproche en ella, sino cuidado. Le dedica una sonrisa amigable que contrasta drásticamente con la tensión del ambiente y, sobre todo, con la violencia de la situación de la que acaba de liberarla. Poco a poco, su expresión se vuelve más seria, aunque sin desvanecer su sonrisa por completo.
—¿Estás segura de que estás bien? —pregunta de nuevo—. ¿No te lastimaste?
Regina dice con acento siciliano, Si, estoy bene. Gracie ppor tu ayuda.
Paolo dice con acento siciliano, "non hai nulla da ringraziare, sorellina"
Agata dice con acento siciliano, "Que San Sebastián te bendiga, Paolo. Eres un buen hombre, ¡Regina, camina! ¡A casa ahora mismo! "
Paolo dice con acento siciliano, "Prenditi molta cura di Agata e prenditi molta cura di Regina"
Paolo Dio media vuelta para encaminarse en otra dirección, observando por última vez a su mejor amiga y dedicándole una de sus características sonrisas.
Paolo dice con acento siciliano, "Si necesitas algo más, háblame en vez de arriesgarte sin pensar dos veces."
El camino de regreso hacia la casa, situada en la parte alta de una de las callejuelas que serpentean cerca del Duomo, fue una agonía de frío y resistencia. Las calles de Ortigia, pavimentadas con piedra caliza blanca, se habían convertido en pequeños ríos de agua turbia que bajaban con una fuerza sorprendente. El viento se encajonaba en los callejones, creando un silvido agudo que parecía el lamento de un animal herido.
Regina sostenía a Agata por la cintura, sintiendo cómo el cuerpo de su madre temblaba bajo el peso de la ropa empapada. El estuche de los cuchillos, rescatado del fango, pesaba en su mano como si fuera de plomo.
Regina dice con acento siciliano, "¡Apóyate en mí, madre! Solo un poco más. Al llegar a la esquina del callejón del Laberinto estaremos protegidas del viento directo. ¡No te sueltes! "
Agata dice con acento siciliano, "¡El mar está reclamando la isla, Regina! Escucha ese rugido... San Sebastián nos ha abandonado. Míralo, el agua ya está entrando en los portales de los palacios. ¡Nunca he visto nada igual! "
Regina no respondió. Tenía la mandíbula apretada para evitar que los dientes le castañetearan.
Mientras tanto, en la zona baja del mercado, el caos era absoluto. La visibilidad se había reducido a unos pocos metros. Las luces de los puestos vecinos explotaban al entrar en cortocircuito, lanzando chispas azules que morían instantáneamente en el agua. Enzo luchaba contra una lona que se había soltado y azotaba el aire como un látigo de lona pesada.
Enzo dice con acento siciliano, "¡Paolo, vámonos! ¡El agua nos llega a la cintura y la corriente está arrastrando los cajones de madera! ¡Si uno de esos nos golpea las piernas, estamos muertos! "
Paolo, con el agua golpeándole el pecho, estaba sumergido a medias, tratando de asegurar un cabo de acero a una de las columnas principales de la estructura del mercado. Su rostro estaba bañado en lluvia, pero mantenía esa expresión de concentración serena, casi como si estuviera observando el comportamiento de uno de sus tanques de peces.
Paolo dice con acento siciliano, "es todo lo que se puede salvar?"
Enzo duda un poco y niega con la cabeza.
Paolo sabía, por su instinto de biólogo y hombre de mar, que la presión hidrostática estaba en su punto máximo. Con un movimiento ágil, aprovechó el retroceso de una ola para tensar la cuerda, logrando estabilizar el soporte que Regina había dejado atrás. Se secó la cara con el brazo y miró hacia la dirección por la que Regina se había ido. Una chispa de admiración cruzó sus ojos.
Paolo dice con acento siciliano, "¡Tranquilízate, Enzo! El agua busca su camino, solo hay que entender hacia dónde quiere empujar. Si aseguramos este eje, la estructura no colapsará. ¡Tira de la soga cuando te diga, ahora! "
Enzo ayudó a Paolo justo cuando se lo pidió, asegurando la estructura.
Mientras que Regina y Agata finalmente cruzaron el umbral de su pesada puerta de madera. Al cerrarla, el estruendo del ciclón se amortiguó, dejando paso a un silencio denso, roto solo por el goteo de su ropa sobre las baldosas de cerámica antigua. El aire en la casa olía a lavanda seca y a humedad vieja.
De repente, un chasquido sordo recorrió la estancia y la única bombilla del recibidor se apagó. Siracusa se había quedado a oscuras.
Agata dice con acento siciliano, "Se fue la luz. Busca las velas en la cocina, Regina. Y quítate esa ropa antes de que los pulmones se te llenen de agua. Estás loca, hija mía... pero gracias. "
Regina caminó a tientas hacia la cocina. Al pasar frente a la pequeña ventana que daba al patio interior, vio un destello de un rayo que iluminó por un segundo los tejados de Ortigia. La imagen era dantesca: el cielo negro y el mar saltando por encima de las murallas de la ciudad.
Regina dice con acento siciliano, "No soy yo la que está loca, madre. Es este mundo el que se ha vuelto del revés. Espero que Paolo y Enzo hayan tenido el sentido común de salir de allí antes de que el mercado se convierta en un cementerio de hierro. "
Regina se sentó en una silla de madera, sintiendo el agotamiento físico caer sobre ella como una losa. En la oscuridad, la imagen de la sonrisa de Paolo mientras la ayudaba a salir del puesto se repetía en su mente. Era una intrusión rara, una distracción que no quería permitirse, pero ahí estaba, palpitando como una pequeña brasa en medio de la tormenta.
La isla sitiada por el Jónico.
La noche cayó sobre Siracusa no como un descenso de luz, sino como un telón de asfalto y miedo. Ortigia, la joya de piedra blanca, parecía ahora un barco de guerra a punto de naufragar. Con los puentes Umbertino y Santa Lucía cerrados por la Protección Civil ante el riesgo de colapso y el oleaje que los saltaba por completo, la isla quedó aislada del resto de la ciudad.
Desde el aire, si alguien hubiera podido volar sobre la tormenta, Siracusa sería un vacío negro salpicado únicamente por los destellos azules y anaranjados de los rotativos de los Vigili del Fuoco. El estruendo de las olas de diez metros golpeando contra los bastiones de la ciudad vieja vibraba en el subsuelo, un golpe seco, rítmico, como si un gigante estuviera llamando a las puertas de la ciudad. El Lungomare di Levante estaba desaparecido; el mar había reclamado el asfalto, arrastrando bancos de piedra, farolas y coches aparcados hacia el abismo oscuro.
En la zona nueva, en la calle Corso Gelone, los árboles caídos bloqueaban las arterias principales, impidiendo el paso de las ambulancias. El hospital Umberto I trabajaba a oscuras, iluminado solo por generadores que rugían con esfuerzo, mientras los heridos por cristales rotos y caídas empezaban a llegar en camillas empapadas.
En el corazón del desastre, cerca de la Porta Marina, Paolo y Enzo se habían unido a un grupo de voluntarios que intentaban evacuar a los residentes de los bajos más vulnerables. El agua del mar, mezclada con la lluvia ácida, les llegaba ya por la cintura en algunas calles. Paolo llevaba una linterna frontal cuya luz cortaba apenas la neblina de agua, revelando un escenario de guerra: persianas retorcidas, puertas de madera flotando y el llanto de los perros atrapados en los balcones.
Vieron a una mujer joven,, asomada a una ventana de una planta baja, con un niño pequeño en brazos y el agua subiendo peligrosamente por el marco de la entrada.
Paolo dice con acento siciliano, ¡No abras la puerta! ¡Si la abres, la presión te va a tirar al suelo! Enzo, trae la soga, vamos a sacarlos por el hueco de la ventana de arriba. "
Paolo se encaramó a una reja de hierro con una agilidad sorprendente, ignorando el frío que le entumecía los músculos. Su carisma habitual se había transformado en una determinación de acero. Logró alcanzar la mano de la mujer, transmitiéndole con un apretón esa calma que solo él sabía mantener en medio de la tragedia.
Enzo dice con acento siciliano, —¡Paolo, date prisa! ¡Viene otra racha de viento, el andamio de la esquina se va a caer!
Paolo dice con acento siciliano, —¡Sujeta la escalera, Enzo! No me voy a mover hasta que el niño esté a salvo. Lucía, mírame a los ojos. Pásame al pequeño, yo lo tengo. No lo voy a soltar, te lo juro por mi vida.
Con una maniobra delicada pero firme, Paolo recibió al niño, envolviéndolo en su propia chaqueta impermeable, que aún conservaba un rastro de calor corporal. Se lo pasó a Enzo y luego ayudó a la señora a trepar. Mientras la ponía a salvo en una zona más elevada, Paolo se tomó un segundo para mirar hacia la dirección de la casa de Regina. Sabía que ella estaba a salvo en lo alto, pero el instinto le decía que esa noche nadie en Siracusa dormiría de verdad.
La vigilia de las velas.
En la casa de las Alaimo, el silencio era solo una ilusión. Regina estaba sentada junto a la mesa de la cocina, iluminada por la luz vacilante de tres velas gordas que Agata había rescatado de un cajón. El estuche de cuchillos de su padre estaba abierto sobre la mesa; el acero brillaba bajo la llama, limpio de sal pero cargado de recuerdos.
Regina escuchaba el mundo exterior: el ulular del viento en la chimenea, el estruendo de un balcón cercano que se desplomaba y, sobre todo, las sirenas constantes que no dejaban de sonar en la distancia, hacia el puerto.
Agata dice con acento siciliano, —Bebe un poco de vino, Regina. Tienes la mirada perdida en la pared y el cuerpo más rígido que un poste. Nada podemos hacer ya, solo esperar a que el Ciclón se canse de nosotros.
Regina dice con acento siciliano, —No puedo estar aquí sentada, madre. Pienso en los barcos, en el puesto... en la gente que no tiene una casa tan alta como la nuestra. El mar está rugiendo como si tuviera hambre.
Agata dice con acento siciliano, —Ese Paolo... el que te ayudó. Es un hombre con buena sombra. He visto cómo miraba el mar; no lo miraba con miedo, sino con respeto. Ese tipo de hombres son los que sobreviven a estas noches.
Regina apretó la copa de vino, sintiendo el frío en sus dedos. La mención de Paolo la hizo ponerse en guardia, pero no pudo evitar que una chispa de curiosidad se encendiera en su pecho.
Regina dice con acento siciliano, —Es un presumido, madre. Un tipo que se cree que puede domar las olas con una sonrisa. Pero... reconozco que tiene manos fuertes. Espero que no cometa ninguna estupidez esta noche por querer hacerse el héroe.
Afuera, un rayo iluminó la estancia por completo, mostrando por un instante el rostro de Regina: una mezcla de cansancio, orgullo y una preocupación que empezaba a tener nombre propio. El Jónico seguía golpeando, y la noche en Siracusa aún no había alcanzado su punto más oscuro.