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Pantallas encendidas, ruido de fondo.

Publicado: Mié Ene 14, 2026 6:24 am
por Larabelle Evans

Respawn en Turín.

Punto de vista: Marcco.



Turín caía lento esa tarde, como si la ciudad también necesitara bajar el ritmo. El cielo estaba cubierto, no amenazaba lluvia, solo ese gris elegante que parecía permanente sobre el Po. Desde la ventana del departamento, Marco veía las copas desnudas de los árboles alineados hacia Corso Vittorio Emanuele II, inmóviles, pacientes, como espectadores silenciosos de una vida que no se detenía nunca del todo.
La habitación estaba a media luz. No por descuido, sino por costumbre.
El monitor iluminaba el rostro de Marco con destellos azules y verdes que cambiaban a cada segundo. Tenía los audífonos puestos, grandes, negros, con las almohadillas ya gastadas. El teclado mecánico sonaba seco, preciso. Clicks rápidos, casi nerviosos, pero controlados. No había gritos, no había exageración. Marco jugaba como vivía: concentrado, hacia adentro.
Alexander dice con acento turinés, Bro, te estás yendo muy a la derecha —dijo Alexander por el micrófono, con esa voz medio ronca que siempre parecía recién despertada.
Marcco dice con acento turinés, Lo sé —respondió Marco sin subir el tono—. Estoy flanqueando.
ALexander dice con acento turinés, Siempre dices eso y siempre terminas muerto.
Marco sonrió apenas. No se movió de la silla. Sus dedos siguieron danzando sobre las teclas.
Marcco dice con acento turinés, Confía un poco.
En la pantalla, el personaje avanzó entre sombras digitales. Un segundo después, una eliminación limpia. Luego otra.
Alexander dice con acento turinés, Ok, ok —se rió Alexander—. Retiro lo dicho. Estás on fire hoy.
Marco soltó el aire despacio, como si recién entonces se permitiera respirar. No contestó de inmediato. Le gustaba ese silencio breve después de una jugada bien hecha. Ese instante donde todo encajaba y no había que explicarle nada a nadie.
Alexander apareció en la pantalla por la cámara compartida. Estaba tirado en su cama, con la laptop sobre las piernas, una sudadera demasiado grande y el cabello hecho un desastre glorioso.
Alexander dice con acento turinés, ¿Sigues en tu depa o estás en la villa? —preguntó.
Marcco dice con acento turinés, En casa —respondió Marco—. La villa me agota últimamente.
Alexander arqueó una ceja.
Alexander dice con acento turinés, Claro. La villa Marttini “me agota”. Traducción: Vittoria no está hoy.
Marco apretó los labios. No fue una sonrisa. Tampoco molestia. Algo intermedio.
Marcco dice con acento turinés, No empieces.
ALexander dice con acento turinés, Ey, no digo nada malo. Solo… —Alexander se encogió de hombros—. Se te nota cuando no está.
Marco bajó la vista un segundo, justo cuando el juego entraba en pausa. Afuera, un tranvía pasó haciendo vibrar apenas los cristales. El sonido metálico se mezcló con el zumbido bajo de la computadora.
Marcco dice con acento turinés, No es eso —dijo al fin—. Bueno… no solo eso.
Alexander lo miró con más atención. No insistió enseguida. Esa era una de las razones por las que Marco lo quería tanto como amigo. Sabía cuándo callarse.
Marcco dice con acento turinés, ¿Te quedas en mi casa luego? —preguntó Marco, cambiando el tema—. Podemos pedir algo, seguir jugando.
Alexander dice con acento turinés, ¿La de San Salvario? —sonrió Alexander—. Siempre. Además, mi madre trabaja hasta tarde.
Marcco dice con acento turinés, Perfecto.
El juego volvió. Rondas rápidas, comentarios sueltos, risas breves. Nada exagerado. Dos chicos de dieciocho y diecinueve años haciendo lo que mejor sabían hacer cuando el mundo real pesaba demasiado.
Marco se sentía cómodo ahí. Más que cómodo. Protegido.
No necesitaba hablar de su madre, ni de Antonio, ni de esa tensión invisible que siempre flotaba en su casa como polvo que nadie se animaba a limpiar. No necesitaba pensar en Vittoria, en su apellido, en su mundo lleno de pasillos largos y silencios que no eran normales para alguien de su edad.
Aquí, solo era Marco. Gamer. Programador en potencia. Un chico con ideas anotadas en libretas desordenadas, con prototipos a medio hacer, con sueños que todavía no sabían si iban a sobrevivir al choque con la realidad.
Alexander dice con acento turinés, Por cierto —dijo Alexander de repente—, ¿avanzaste con ese proyecto del que me hablaste?
Marco dudó un segundo.
Marcco dice con acento turinés, Un poco.
Alexander dice con acento turinés, Eso no es una respuesta.
Marcco dice con acento turinés, Es un juego simple —empezó—. Nada increíble. Pero quiero que sea… honesto. No sé cómo explicarlo.
Alexander sonrió, genuino.
Alexander dice con acento turinés, Eso es lo tuyo. Nunca haces cosas solo porque sí.
Marco asintió. Miró la pantalla, pero ya no veía el mapa del juego. Veía líneas de código, mecánicas posibles, errores que todavía no sabía cómo resolver.
Marcco dice con acento turinés, Quiero que la gente se sienta acompañada cuando juegue —dijo en voz baja—. Aunque esté sola.
Alexander no se burló. No hizo ningún comentario irónico. Solo dijo:
Alexander dice con acento turinés, Eso está bastante cool, la verdad.
Marco tragó saliva. Ese tipo de validación, pequeña y sin ruido, le importaba más de lo que admitía.
Alexander dice con acento turinés, Marco —añadió Alexander, más serio—. Tú vales mucho más de lo que crees.
El comentario cayó suave, pero profundo. Marco no respondió enseguida. Afuera, Turín seguía su curso. Coches pasando, pasos lejanos, vida normal.
Marcco dice con acento turinés, Gracias —dijo al final, casi en un murmullo—. De verdad.
El juego terminó. Victoria del equipo. Una más.
Marco se quitó los audífonos y apoyó la cabeza un segundo contra el respaldo de la silla. Cerró los ojos.
Por unos minutos, todo estaba bien.
No sabía que ese equilibrio frágil estaba a punto de romperse.
No sabía que algunas verdades ya se estaban moviendo, lentas pero seguras, hacia él.
Pero por ahora, la pantalla seguía encendida.
Y eso era suficiente.

Comida fría, manos calientes.

El timbre sonó cuando Marco acababa de cerrar una ventana de código que no le gustaba. Tres errores mínimos bastaban para sacarlo del eje. Se levantó despacio y caminó hacia la puerta mientras el monitor quedaba encendido, respirando luz azul en la habitación.
Abrió y el olor a comida rápida entró antes que Alexander.
Alexander dice con entusiasmo juvenil, "Sobreviví al tráfico, hermano. Via Nizza estaba hecha un infierno".
Marco lo miró de arriba abajo, luego las bolsas.
Marcco dice con acento turinés, "Dime que eso no es solo para ti".
Alexander levantó las bolsas como si fueran un trofeo.
Alexander dice riendo, "Hamburguesas, papas y nuggets extra. Pensé en tu supervivencia".
Marcco dice con acento turinés, "Te voy a nombrar persona de confianza".
Alexander pasó directo a la habitación y dejó las bolsas sobre el escritorio auxiliar. Se dejó caer en la silla libre, que giró un poco con un chirrido leve.
Alexander dice observando alrededor, "Tu departamento siempre huele igual".
Marcco dice con acento turinés, "¿A genialidad?"
Alexander dice burlón, "A cables calientes y café viejo".
Marcco dice con acento turinés, "Es un ambiente creativo. Respétalo".
El juego volvió a cargar mientras abrían los envoltorios. El sonido del cartón y del plástico llenó el espacio pequeño, familiar. Marco se sentó frente al monitor, Alexander acercó la silla.
Alexander dice con la boca medio llena, "Lo bueno de venir acá es que nadie te juzga por comer nuggets a esta hora".
Marcco dice con acento turinés, "Después de las nueve no existe el juicio moral".
Chocaron los puños por encima del teclado.
La partida comenzó. Modo cooperativo. Sus personajes avanzaban con una coordinación casi automática, como si llevaran años haciéndolo juntos.
Alexander dice sin apartar la vista de la pantalla, "¿Me quedo a dormir?"
Marcco dice con acento turinés, "Pensé que ya estaba implícito".
Alexander dice sonriendo, "Perfecto. Así mi madre no cree que estoy haciendo algo ilegal".
Un par de disparos virtuales. Una eliminación limpia.
Alexander dice, con tono más serio, "Oye… ¿todo bien con Vittoria?"
Marco tardó un segundo más de lo normal en responder. Sus dedos siguieron moviéndose, pero más lentos.
Marcco dice con acento turinés, "Sí… creo".
Alexander dice arqueando una ceja, "Ese ‘creo’ suena peligroso".
Marcco dice con acento turinés, "No es ella. Es su mundo. A veces pesa demasiado".
Alexander asintió despacio.
Alexander dice, "No todos crecen rodeados de apellidos que pesan toneladas".
Marcco dice con acento turinés, "A veces siento que no encajo ahí".
Alexander dice sin dudar, "Pero ella sí encaja contigo. Eso se nota".
Marco tragó saliva. En la pantalla, sus personajes avanzaban espalda con espalda.
Marcco dice con acento turinés, "No quiero fallarle".
Alexander dice tranquilo, "Pensar no es fallar. Solo significa que te importa".
Marco soltó una risa corta, casi silenciosa.
Marcco dice con acento turinés, "Eso hago demasiado".
Un silencio cómodo se instaló. Afuera, la noche de Turín seguía viva: una moto pasando rápido, voces lejanas, el eco urbano filtrándose por la ventana.
Marco mordió una papa fría y, sin querer, pensó en su madre. En Antonio. En esa sensación constante de algo no dicho. Sacudió la cabeza.
Marcco dice con acento turinés, "Luego te muestro algo del proyecto".
Alexander dice animado, "¿El juego?"
Marcco dice con acento turinés, "Sí".
Alexander dice sonriendo, "Sabes que soy tu beta tester oficial".
Marcco dice con acento turinés, "Gracias por venir".
Alexander dice con sencillez, "Siempre".
Las pantallas siguieron encendidas.
La noche avanzó sin pedir permiso.
Y Marco, sin saberlo, se aferraba a esos momentos simples como si fueran anclas.
Porque lo que aún ignoraba…
era que muy pronto su mundo iba a moverse desde la raíz.

Silencio entre mordidas.


El juego quedó en pausa. La música de fondo seguía sonando, baja, repetitiva, como un corazón artificial que no sabía cuándo detenerse. Marco se quitó los audífonos y los dejó colgando del respaldo de la silla. Se estiró el cuello, tenso, y giró un poco los hombros.
La comida estaba ahí, abierta, perdiendo calor sin que a ninguno de los dos le importara demasiado.
Alexander tomó otra hamburguesa sin pedir permiso.
Alexander dice con tono casual, "Hacemos break o sigues en modo concentración absoluta".
Marcco dice con acento turinés, "Break. Mis dedos ya están pidiendo auxilio".
Se levantó y fue a la cocina por dos refrescos. Al volver, se apoyó contra el escritorio en lugar de sentarse. Bebió un trago largo.
Alexander masticaba despacio, mirándolo de reojo. No dijo nada durante unos segundos. Marco conocía ese silencio. Era el previo a algo incómodo.
Alexander dice con cuidado, "Oye…"
Marcco dice con acento turinés, "Dilo".
Alexander dejó la hamburguesa a medio camino.
Alexander dice más serio, "¿Cómo llevas… lo de Vittoria?"
Marco no respondió enseguida. Bajó la mirada al suelo. El ruido lejano de un coche colándose por la ventana llenó el espacio que dejó el silencio.
Marcco dice con acento turinés, "Depende del día".
Alexander asintió lentamente.
Alexander dice, "No te pregunto por curiosidad barata. Estuve aquí, ¿recuerdas?"
Marco apretó la mandíbula. Claro que lo recordaba.
Ese mismo departamento.
Ese mismo sofá.
Otra noche.
Otra versión de él.
Marcco dice con acento turinés, "Lo sé".
Se sentó por fin, pero no frente al monitor. Se quedó de lado, apoyando los codos en las rodillas, mirando sus propias manos.
Marcco dice con acento turinés, "Ella está en terapia. Va en serio. No se está escondiendo de eso".
Alexander dice despacio, "Pero…"
Marcco dice con acento turinés, "Pero la herida no se borra solo porque alguien lo intenta".
Alexander no interrumpió.
Marcco dice con acento turinés, "Yo sé que lo suyo no fue por falta de amor. Fue un problema. Una compulsión. Algo que ni ella entendía del todo".
Se pasó una mano por el cabello, nervioso.
Marcco dice con acento turinés, "La perdoné porque la amo. Porque vi que estaba rota y no fingiendo".
Alexander dice en voz baja, "Eso no te hace débil".
Marcco soltó una risa breve, sin humor.
Marcco dice con acento turinés, "A veces me siento idiota igual".
Alexander se reclinó en la silla.
Alexander dice, "Cualquiera se sentiría así después de lo que pasó".
Marco cerró los ojos un segundo. Las imágenes volvían sin pedir permiso. La puerta cerrada. Las voces. El momento exacto en que entendió que algo estaba mal.
Marcco dice con acento turinés, "Hay días en que todo está bien. Me río con ella. Me olvido".
Abrió los ojos.
Marcco dice con acento turinés, "Y hay otros en los que me pregunto si realmente soy suficiente".
Alexander frunció el ceño.
Alexander dice con firmeza, "Eso no tiene nada que ver contigo".
Marcco dice con acento turinés, "Lo sé racionalmente".
Golpeó suavemente sus rodillas con las manos.
Marcco dice con acento turinés, "Pero el cuerpo no siempre entiende lo mismo que la cabeza".
Alexander se quedó callado. Luego habló más despacio.
Alexander dice, "Aun así, sigues ahí".
Marcco dice con acento turinés, "Porque no quiero amar a medias".
Esa frase quedó flotando.
Marco se levantó y fue por más papas. Comió una sin ganas, mirando el monitor apagado.
Marcco dice con acento turinés, "Yo no quiero convertirme en alguien desconfiado. No quiero vigilar, ni controlar".
Alexander dice, "Eso habla bien de ti".
Marcco dice con acento turinés, "Solo quiero que algún día deje de doler".
Alexander se acercó un poco más con la silla.
Alexander dice con sinceridad, "Va a doler menos. No rápido. Pero menos".
Marco asintió, aunque no parecía convencido del todo.
Marcco dice con acento turinés, "Por eso juego. Programo. Me meto en mis cosas".
Miró la pantalla apagada.
Marcco dice con acento turinés, "Ahí nadie me abandona de golpe".
Alexander tragó saliva, incómodo pero presente.
Alexander dice, "No estás solo, Marco".
Marco lo miró. Por primera vez en un rato, sostuvo la mirada.
Marcco dice con acento turinés, "Gracias por quedarte esa noche".
Alexander respondió sin pensarlo.
Alexander dice, "No tenía a dónde más ir".
Marco esbozó una sonrisa mínima.
Marcco dice con acento turinés, "Vamos a seguir jugando".
Alexander dice, "Cuando quieras".
El juego volvió a encenderse.
Las luces regresaron.
Pero algo había quedado expuesto, frágil, latiendo debajo.
Y Marco lo sabía: algunas heridas no sangran a la vista.
Solo pesan.

Re: Pantallas encendidas, ruido de fondo.

Publicado: Dom Ene 18, 2026 4:46 am
por Larabelle Evans

Mesa larga, palabras cortas.

Punto de vista: Marcco.

El comedor de la villa era demasiado grande para dos personas. La mesa de madera oscura parecía pensada para reuniones interminables, para decisiones importantes, no para un desayuno de domingo en silencio.
Marcco estaba sentado en uno de los extremos, con una taza de café entre las manos. No tenía hambre, pero comía igual. Por costumbre. Por no llamar la atención.
Vittoria apareció unos minutos después. Se había cambiado. Ropa cómoda, el cabello recogido de manera informal. Era un intento. Él lo notó.
Vittoria dice con acento turinés, "Amore."
Marcco levantó la vista.
Marcco dice con acento turinés, "Buenos días."
Ella tomó asiento frente a él, dejando un espacio prudente entre ambos. Sirvió café, acomodó el plato, respiró hondo.
Vittoria dice, intentando sonar ligera, "El pan está recién hecho. Le pedí a Clarisa que no lo dejaran tan duro como siempre."
Marcco asintió.
Marcco dice con acento turinés, "Gracias."
Vittoria lo observó con atención. No había frialdad abierta en él. Había algo peor: cuidado. Una distancia educada que no reclamaba nada.
Vittoria dice con acento turinés, "Pensé que podríamos… no sé, salir más tarde. Dar una vuelta por la piaza."
Marcco bajó la mirada a su plato.
Marcco dice con acento turinés, "Tal vez más tarde."
Ella frunció el ceño apenas.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Estás molesto conmigo?"
Marcco negó despacio.
Marcco dice con acento turinés, "No. Solo estoy cansado."
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
Vittoria tomó un sorbo de café, incómoda.
Vittoria dice con acento turinés, "Estoy intentando hacerlo mejor."
Marcco alzó la vista. Sus ojos no acusaban. Eso la desarmó más que cualquier reproche.
Marcco dice con acento turinés, "Lo sé."
Silencio otra vez. Los cubiertos sonaron demasiado fuertes contra los platos.
Vittoria dice con acento turinés, "No quiero que te rindas conmigo."
Marcco la miró unos segundos largos.
Marcco dice con acento turinés, "No me estoy rindiendo. Solo estoy aprendiendo a no forzar."
Eso quedó suspendido entre ambos.
Vittoria apartó la mirada primero.
Vittoria dice en voz más baja, con acento turinés, "Voy a tener una mañana larga."
Marcco asintió.
Marcco dice con acento turinés, "Lo imaginé."
Terminó su café y dejó la taza en el plato. Se levantó con calma.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Vas a salir?"
Marcco sacó el móvil del bolsillo.
Marcco dice con acento turinés, "Voy a ver a Alexander un rato."
Ella dudó.
Vittoria dice con acento tturinés, "Está bien."
Marcco marcó el número mientras caminaba hacia uno de los ventanales.
Alexander dice al contestar, con voz adormilada, "¿Quién muere a esta hora un domingo?"
Marcco dice con acento turinés, "Yo, si no salgo de esta casa."
Alexander dice, despertando del todo, "Dime dónde y llevo café."
Marcco dejó escapar una sonrisa mínima.
Marcco dice con acento turinés, "San Salvario. En veinte."
Alexander dice, "Hecho."
Colgó.
Marcco se quedó un segundo mirando el jardín. La villa era hermosa. Imponente. Y, sin embargo, nunca se había sentido tan solo dentro de ella.
Vittoria lo observaba desde la mesa.
Vittoria dice, con acento turinés,"Avísame cuando regreses."
Marcco se giró hacia ella.
Marcco dice con acento turinés, "Claro."
No hubo beso de despedida. No por rechazo. Por respeto al espacio que ambos parecían no saber cómo cerrar todavía.
Marcco salió del comedor con pasos tranquilos, pero por dentro llevaba ese peso conocido: amar a alguien que intenta cambiar, mientras uno aprende a protegerse sin dejar de sentir.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Marcco eligió no quedarse esperando.

Calles abiertas.


San Salvario estaba despierto de una forma distinta a la villa. Más ruidosa. Más humana. Las persianas a medio subir, el olor a café recién molido escapando de los bares, voces mezcladas en la acera como si nadie tuviera prisa por irse a casa.
Marcco caminaba con las manos en los bolsillos, el abrigo abierto. Respiró hondo apenas cruzó la esquina. El aire frío le despejó la cabeza mejor que cualquier conversación pendiente.
Alexander ya estaba apoyado contra la fachada de un café pequeño, con dos vasos de cartón en la mano.
Alexander dice sonriendo, "Llegas puntual. Eso siempre me preocupa."
Marcco dice con acento turinés, "Hoy necesitaba salir rápido."
Alexander le extendió un café.
Alexander dice, "Doble. Sin azúcar. Como cuando estás pensando demasiado."
Marcco tomó el vaso.
Marcco dice con acento turinés, "Me conoces demasiado bien."
Se sentaron en una mesa exterior. El sol caía oblicuo, tibio, como una tregua breve. Gente pasando, parejas, perros, ciclistas. Vida normal. Esa que no exigía apellidos ni decisiones pesadas.
Alexander bebió un sorbo y lo observó.
Alexander dice, "Cara de domingo complicado."
Marcco apoyó los codos en la mesa.
Marcco dice con acento turinés, "Está intentando mejorar."
Alexander asintió, lentamente, con una comprensión tácita.
Alexander dice, "¿Y tú?"
Marcco miró el café. Una pequeña nube de vapor se elevaba, difuminándose al instante.
Marcco dice con acento turinés, "Yo ya no insisto. Es agotador, Alex. Es como abrazar algo que se está contrayendo."
Alexander ladeó la cabeza.
Alexander dice, "Eso suena a que aprendiste algo… o a que te cansaste de dar el 150%."
Marcco pensó un segundo, apretando el vaso entre sus manos.
Marcco dice con acento turinés, "Aprendí a no empujar cuando no me están pidiendo que empuje. Aprendí que mi paz no puede depender de si ella me da el pase para estar bien."
Alexander se recostó en la silla, el chirrido leve del metal contra el cemento.
Alexander dice, "Y eso te está destrozando por dentro. Es más fácil pelear que resignarse al silencio educado."
Marcco soltó una risa breve, seca, que no llegó a sus ojos.
Marcco dice con acento turinés, "No hay a quién culpar cuando haces silencio. Simplemente... te alejas sin hacer ruido. En la villa todo pesa. Hasta el desayuno, Alex. Es una coreografía, ¿sabes? Un baile donde tienes que adivinar si hoy te toca ser el novio o el espectador silencioso de su proceso."
Alexander dice con voz baja, "Ahí siempre estás midiendo cada gesto, cada palabra, cada paso. Es como si el aire fuera demasiado caro para respirar en serio."
Marcco asintió, su mirada perdida en un punto fijo de la calle.
Marcco dice con acento turinés, "Aquí no le debo explicaciones a nadie. Aquí no tengo que fingir que estoy completamente bien solo para que ella no se sienta culpable. Aquí solo soy Marco. Y no quiero dejarla."
Alexander se inclinó sobre la mesa, su voz era un ancla en medio de la deriva emocional de Marco.
Alexander dice, "Pero tampoco quieres desaparecer dentro de ella. Tienes miedo de que al salvarla, te pierdas tú en el camino."
Marcco cerró los ojos un segundo. La frase había golpeado justo en el centro.
Marcco dice con acento turinés, "Exacto. Tengo miedo de convertirme en la sombra del que perdona."
El ruido de una moto pasando rápido los hizo girar la cabeza. Marcco pensó, sin querer, en su madre. En los domingos en casa. En Antonio leyendo sin mirarlo demasiado. La sensación de ser un intruso en su propia vida.
Sacudió la idea, volviendo a enfocarse en Alexander.
Marcco dice con acento turinés, "Gracias por venir. De verdad. Necesitaba alguien que me escuchara un poco.
Alexander sonrió, un gesto cálido y sin juicio.
Alexander dice, "Siempre. Aunque sea para sentarnos a no arreglar nada, solo a sostener el peso un rato juntos."
Marcco levantó el vaso.
Marcco dice con acento turinés, "A eso. A los anclajes."
Chocaron los cafés con un golpe suave.
San Salvario siguió respirando a su alrededor. El sol se hizo más brillante. Y Marcco, por primera vez ese día, sintió que el domingo le pertenecía un poco más. La herida seguía ahí, sí, pero ya no estaba sangrando solo.