[Evangelio de los Renegados]: La gota que quebró el dique
Publicado: Mié Ene 14, 2026 5:30 am
El aire en el santuario tecnológico de Aletheia pesa más de lo habitual. Sus dedos vuelan sobre el teclado, intentando penetrar los servidores del nuevo Emporio de Daniel Rocca, pero su mente es un hervidero de sospechas que nada tienen que ver con la seguridad informática. La imagen de Jeanpaul —su roca, su protector— con esa nueva agente de Firme Unidad la quemaba por dentro. Jamás se había sentido así, ni siquiera con Gabriel. Era una posesividad amarga, una punzada en el estómago que le recordaba a sus peores momentos de inestabilidad años atrás.
Sentía que el suelo se hundía. Sin Melani para dirigir el rumbo y con Jeanpaul alejándose en una espiral de secretos y sábanas ajenas, Aletheia se siente más sola que nunca.
Baja al comedor de la casona con las ojeras marcadas y los nervios a flor de piel. El desayuno está servido, pero el silencio era una declaración de guerra.
Una Cocina rústica
Esta cocina combina lo rústico con lo funcional. Contiene un gran fogón, un horno de leña, y estanterías de madera que sostienen utensilios tradicionales. La cerámica tradicional, como platos de Talavera, decoran las paredes, y una mesa central invita a la familia a reunirse.
Aletheia se sienta , evitando mirar a los dos hombres. Kalev está allí, presente en cuerpo pero ausente en todo lo demás, mientras Jeanpaul emana una energía eléctrica, una irritabilidad que ella ya no sabe cómo calmar.
Aletheia dice con acento catalán: "¿Vas a decirme dónde estuviste anoche, Kalev? ¿O vas a seguir dejando que el silencio hable por ti?".
Kalev ni siquiera levanta la vista de su café. Su indiferencia era un insulto. Jeanpaul, que golpea el borde de la mesa con impaciencia, interviene con voz ronca.
Jeanpaul dice: "Contéstale. Te ha hecho una pregunta y merece una respuesta. Ten la decencia de dar la cara en esta casa".
Kalev suelta una risa seca, despectiva, y por fin levanta los ojos hacia Jeanpaul.
Kalev dice con acento ruso: "No te metas en mis asuntos, Jeanpaul. Estás asumiendo roles que no te corresponden. Te paseas por aquí como si yo fuese un adorno más".
Jeanpaul se endereza , sus ojos echan chispas. La tensión acumulada de meses estaba a punto de desbordarse.
Jeanpaul dice: "Alguien tiene que hacerse cargo cuando el padre desaparece. No has tenido el valor de casarte con ella, de darle un nombre a esta familia. Esa falta de estabilidad es lo que me obligó a reconocer a los niños como míos. Yo estoy aquí cada día; tú has decidido convertirte en un extraño".
Kalev se inclina hacia adelante, con una sonrisa gélida que no llega a sus ojos.
Kalev dice con acento ruso: "Qué noble. Pero todos sabemos que no es por los niños. Estás fingiendo, Jeanpaul. Todo este teatro de protector es solo una estrategia para robarme a mi mujer mientras yo no estoy".
Aletheia siente que algo estalla en su interior. La mención de "su mujer" en boca de un Kalev ausente, sumada a la actitud de Jeanpaul y su intimidad con la agente, la saca de sus casillas. Pero en ese momento, su instinto de protección se volcó hacia el hombre que, a pesar de sus fallos, no la había abandonado.
Aletheia dice con acento catalán: "¡Deja de decir sandeces, Kalev! Estás paranoico. Jeanpaul ha sido el único que ha mantenido esta estructura en pie mientras tú te escondías en tu propio mundo. No te atrevas a cuestionarlo de esa manera".
La actitud de Aletheia es la gota que colma el vaso. Furioso por su defensa hacia su rival, Kalev pierde los papeles. Se levanta violentamente, rodea la mesa y la agarra por los hombros, zarandeándola con una fuerza que le recuerda a Aletheia sus peores pesadillas.
Kalev dice con acento ruso: "¡¿Lo defiendes a él?! ¡¿Después de cómo te mira?!".
El contacto físico violento activa un interruptor de supervivencia en Aletheia. No lo piensa; sus años de miedo y su entrenamiento para defenderse afloran en un segundo. Su mano vuela a su cabello, arranca una de sus varillas metálicas y, con un movimiento instintivo y preciso, se la clava a Kalev en el antebrazo.
El ruso suelta un rugido de dolor y afloja el agarre sobre Aletheia, retrocediendo mientras la sangre empezaba a manchar su camisa. Aletheia se agacha en posición de ataque, con los ojos desencajados, las pupilas dilatadas y la respiración errática, dispuesta a herir a cualquiera que diera un paso hacia ella.
Jeanpaul se interpone con las manos en alto, hablando con una calma que contrastaba con la violencia del momento.
Jeanpaul dice: "Kalev... apártate. Vete ahora mismo antes de que esto termine peor. Sal de aquí".
Kalev se arranca la varilla con un gesto de asco, la tira al suelo y sale del comedor dando un portazo que hace vibrar los cristales. El estruendo termina de quebrar los nervios de Aletheia, que se gira hacia Jeanpaul con la mirada perdida, lista para atacar de nuevo.
Antes de que pudiera reaccionar, Jeanpaul se lanza sobre ella para frenar el caos. La plaqueó con fuerza, llevándola al suelo y usando su peso para neutralizar sus brazos y piernas, evitando que se lastimara a sí misma o a él.
Jeanpaul dice: "¡Eva, mírame! ¡Soy Jean! Respira, por favor... estás a salvo, mon amour. Estoy aquí contigo".
Aletheia forcejea un instante, sollozando de pura rabia y miedo, hasta que el calor de Jeanpaul empieza a anclarla de nuevo a la realidad.
El fragor de la pelea se extingue, dejando tras de sí un silencio denso y un olor metálico que impregna el aire. Aletheia deja de luchar bajo el peso de Jeanpaul. Sus músculos, antes tensos como cuerdas de piano, se vuelven gelatina y el llanto contenido emerge en un hipo seco, casi sin aire.
Jeanpaul no dice nada más. La levanta del suelo con una delicadeza que contradice su propia agitación. Ella es una muñeca rota entre sus brazos mientras suben las escaleras de la casona. El mundo exterior —el Emporio de Rocca, la ausencia de Melani, la traición de Kalev— ha dejado de existir. Solo queda el pasillo interminable y la puerta de la habitación que se cierra tras ellos, aislando el caos.
Con movimientos pausados, Jeanpaul la sienta en el borde de la cama. Aletheia tiene la mirada fija en un punto inexistente de la pared, sus manos aún tiemblan ligeramente por la descarga de adrenalina. Él se arrodilla frente a ella y comienza a despojarla de la ropa manchada de sudor y de la sombra de Kalev. Sus dedos rozan su piel con una reverencia casi religiosa; la trata como si fuera de cristal, quitándole la blusa y reemplazándola por una de sus camisetas de algodón, grande y cálida, que huele a él: a sándalo , a cuero y a ese aroma propio que ella tanto anhelaba y que ahora, paradójicamente, le duele.
Él la ayuda a meterse bajo las sábanas. La oscuridad de la habitación es el único refugio que le queda. Jeanpaul se despoja de sus botas y se tumba a su lado, ocupando el espacio con su presencia sólida. No intenta abrazarla con fuerza; sabe que Aletheia es ahora una fiera herida, una criatura que podría morder si se siente acorralada.
En su lugar, comienza a acariciar su cabello con las yemas de los dedos, trazando líneas invisibles desde la frente hasta la nuca. Es un ritmo constante, hipnótico, diseñado para bajar las pulsaciones de un corazón que ha olvidado cómo estar en calma.
Aletheia cierra los ojos. Siente el calor de Jeanpaul y, por un instante, la punzada de los celos y la imagen de la otra mujer se desvanecen ante la realidad de su contacto. Pero la herida sigue ahí, latente. Él está aquí, cuidándola como nadie más lo haría, pero el silencio que comparten es un velo que esconde verdades que ella todavía no se atreve a preguntar.
Jeanpaul dice en un susurro apenas audible: "Duerme, Eva. No voy a dejar que nada te toque".
Ella se acurruca contra su pecho, buscando el latido de su corazón. Por ahora, el código ha dejado de ejecutarse. El sistema está en suspensión, pero ambos saben que el despertar será violento.
Sentía que el suelo se hundía. Sin Melani para dirigir el rumbo y con Jeanpaul alejándose en una espiral de secretos y sábanas ajenas, Aletheia se siente más sola que nunca.
Baja al comedor de la casona con las ojeras marcadas y los nervios a flor de piel. El desayuno está servido, pero el silencio era una declaración de guerra.
Una Cocina rústica
Esta cocina combina lo rústico con lo funcional. Contiene un gran fogón, un horno de leña, y estanterías de madera que sostienen utensilios tradicionales. La cerámica tradicional, como platos de Talavera, decoran las paredes, y una mesa central invita a la familia a reunirse.
Aletheia se sienta , evitando mirar a los dos hombres. Kalev está allí, presente en cuerpo pero ausente en todo lo demás, mientras Jeanpaul emana una energía eléctrica, una irritabilidad que ella ya no sabe cómo calmar.
Aletheia dice con acento catalán: "¿Vas a decirme dónde estuviste anoche, Kalev? ¿O vas a seguir dejando que el silencio hable por ti?".
Kalev ni siquiera levanta la vista de su café. Su indiferencia era un insulto. Jeanpaul, que golpea el borde de la mesa con impaciencia, interviene con voz ronca.
Jeanpaul dice: "Contéstale. Te ha hecho una pregunta y merece una respuesta. Ten la decencia de dar la cara en esta casa".
Kalev suelta una risa seca, despectiva, y por fin levanta los ojos hacia Jeanpaul.
Kalev dice con acento ruso: "No te metas en mis asuntos, Jeanpaul. Estás asumiendo roles que no te corresponden. Te paseas por aquí como si yo fuese un adorno más".
Jeanpaul se endereza , sus ojos echan chispas. La tensión acumulada de meses estaba a punto de desbordarse.
Jeanpaul dice: "Alguien tiene que hacerse cargo cuando el padre desaparece. No has tenido el valor de casarte con ella, de darle un nombre a esta familia. Esa falta de estabilidad es lo que me obligó a reconocer a los niños como míos. Yo estoy aquí cada día; tú has decidido convertirte en un extraño".
Kalev se inclina hacia adelante, con una sonrisa gélida que no llega a sus ojos.
Kalev dice con acento ruso: "Qué noble. Pero todos sabemos que no es por los niños. Estás fingiendo, Jeanpaul. Todo este teatro de protector es solo una estrategia para robarme a mi mujer mientras yo no estoy".
Aletheia siente que algo estalla en su interior. La mención de "su mujer" en boca de un Kalev ausente, sumada a la actitud de Jeanpaul y su intimidad con la agente, la saca de sus casillas. Pero en ese momento, su instinto de protección se volcó hacia el hombre que, a pesar de sus fallos, no la había abandonado.
Aletheia dice con acento catalán: "¡Deja de decir sandeces, Kalev! Estás paranoico. Jeanpaul ha sido el único que ha mantenido esta estructura en pie mientras tú te escondías en tu propio mundo. No te atrevas a cuestionarlo de esa manera".
La actitud de Aletheia es la gota que colma el vaso. Furioso por su defensa hacia su rival, Kalev pierde los papeles. Se levanta violentamente, rodea la mesa y la agarra por los hombros, zarandeándola con una fuerza que le recuerda a Aletheia sus peores pesadillas.
Kalev dice con acento ruso: "¡¿Lo defiendes a él?! ¡¿Después de cómo te mira?!".
El contacto físico violento activa un interruptor de supervivencia en Aletheia. No lo piensa; sus años de miedo y su entrenamiento para defenderse afloran en un segundo. Su mano vuela a su cabello, arranca una de sus varillas metálicas y, con un movimiento instintivo y preciso, se la clava a Kalev en el antebrazo.
El ruso suelta un rugido de dolor y afloja el agarre sobre Aletheia, retrocediendo mientras la sangre empezaba a manchar su camisa. Aletheia se agacha en posición de ataque, con los ojos desencajados, las pupilas dilatadas y la respiración errática, dispuesta a herir a cualquiera que diera un paso hacia ella.
Jeanpaul se interpone con las manos en alto, hablando con una calma que contrastaba con la violencia del momento.
Jeanpaul dice: "Kalev... apártate. Vete ahora mismo antes de que esto termine peor. Sal de aquí".
Kalev se arranca la varilla con un gesto de asco, la tira al suelo y sale del comedor dando un portazo que hace vibrar los cristales. El estruendo termina de quebrar los nervios de Aletheia, que se gira hacia Jeanpaul con la mirada perdida, lista para atacar de nuevo.
Antes de que pudiera reaccionar, Jeanpaul se lanza sobre ella para frenar el caos. La plaqueó con fuerza, llevándola al suelo y usando su peso para neutralizar sus brazos y piernas, evitando que se lastimara a sí misma o a él.
Jeanpaul dice: "¡Eva, mírame! ¡Soy Jean! Respira, por favor... estás a salvo, mon amour. Estoy aquí contigo".
Aletheia forcejea un instante, sollozando de pura rabia y miedo, hasta que el calor de Jeanpaul empieza a anclarla de nuevo a la realidad.
El fragor de la pelea se extingue, dejando tras de sí un silencio denso y un olor metálico que impregna el aire. Aletheia deja de luchar bajo el peso de Jeanpaul. Sus músculos, antes tensos como cuerdas de piano, se vuelven gelatina y el llanto contenido emerge en un hipo seco, casi sin aire.
Jeanpaul no dice nada más. La levanta del suelo con una delicadeza que contradice su propia agitación. Ella es una muñeca rota entre sus brazos mientras suben las escaleras de la casona. El mundo exterior —el Emporio de Rocca, la ausencia de Melani, la traición de Kalev— ha dejado de existir. Solo queda el pasillo interminable y la puerta de la habitación que se cierra tras ellos, aislando el caos.
Con movimientos pausados, Jeanpaul la sienta en el borde de la cama. Aletheia tiene la mirada fija en un punto inexistente de la pared, sus manos aún tiemblan ligeramente por la descarga de adrenalina. Él se arrodilla frente a ella y comienza a despojarla de la ropa manchada de sudor y de la sombra de Kalev. Sus dedos rozan su piel con una reverencia casi religiosa; la trata como si fuera de cristal, quitándole la blusa y reemplazándola por una de sus camisetas de algodón, grande y cálida, que huele a él: a sándalo , a cuero y a ese aroma propio que ella tanto anhelaba y que ahora, paradójicamente, le duele.
Él la ayuda a meterse bajo las sábanas. La oscuridad de la habitación es el único refugio que le queda. Jeanpaul se despoja de sus botas y se tumba a su lado, ocupando el espacio con su presencia sólida. No intenta abrazarla con fuerza; sabe que Aletheia es ahora una fiera herida, una criatura que podría morder si se siente acorralada.
En su lugar, comienza a acariciar su cabello con las yemas de los dedos, trazando líneas invisibles desde la frente hasta la nuca. Es un ritmo constante, hipnótico, diseñado para bajar las pulsaciones de un corazón que ha olvidado cómo estar en calma.
Aletheia cierra los ojos. Siente el calor de Jeanpaul y, por un instante, la punzada de los celos y la imagen de la otra mujer se desvanecen ante la realidad de su contacto. Pero la herida sigue ahí, latente. Él está aquí, cuidándola como nadie más lo haría, pero el silencio que comparten es un velo que esconde verdades que ella todavía no se atreve a preguntar.
Jeanpaul dice en un susurro apenas audible: "Duerme, Eva. No voy a dejar que nada te toque".
Ella se acurruca contra su pecho, buscando el latido de su corazón. Por ahora, el código ha dejado de ejecutarse. El sistema está en suspensión, pero ambos saben que el despertar será violento.