[Arquitectura de un anhelo]: Descubrimientos que abruman
Publicado: Mié Ene 14, 2026 5:22 am
Cuarto de Revelado
El aire en el cuarto oscuro es denso, saturado del olor acre y metálico de los químicos de revelado que, para Jeanpaul, suelen ser un sedante. Pero hoy, el ácido acético parece quemarle los pulmones. Bajo la tenue luz roja, que baña la estancia con un matiz de urgencia y pecado, las imágenes de Aletheia emergen lentamente en las cubetas. No son simples fotos; son los planos de su propia condena.
Jeanpaul observa una captura de ella riendo con los niños. En el papel, esos niños llevan el apellido Deveraux. Legalmente, son suyos; ante el mundo, él es el pilar, el nombre en el acta de nacimiento, el escudo burocrático. Pero el eco de un "Tío Jean" rebota en las paredes de su cráneo como una burla cruel. La tinta negra de las fotos parece la misma oscuridad que se le instala en el pecho.
Minutos antes, Olivia, la nueva agente, se ha quedado desnuda en la cama con el cuerpo dolorido y una mirada de desconcierto. Jeanpaul se mira las manos, las mismas que han recorrido el cuerpo de la recluta buscando un alivio que nunca llega. Nada. Su cuerpo es un templo cerrado bajo llave, una máquina que solo responde a una frecuencia que no es la de Olivia. La frustración sexual no es un deseo insatisfecho, es una lealtad física que lo asfixia; su propia biología le prohíbe la salida de emergencia.
Incapaz de soportar el encierro, Jeanpaul abandona el cuarto oscuro y camina hacia los viñedos. La noche en La Finca es fresca, pero él siente que se incendia. Se detiene frente a las vides, observando el horizonte, intentando que el orden de los surcos de tierra calme el caos de su arquitectura interna.
Entonces, el crujir de la grava lo pone en alerta. Sabe quién es antes de verla. Su cuerpo, ese que se ha negado a responder hace una hora, vibra con una nota sorda y dolorosa.
Aletheia aparece entre las sombras de las vides, con los hombros ligeramente caídos y esa mirada que Jeanpaul solo le ve cuando Kalev ha vuelto a dejar un vacío donde debería haber presencia.
Aletheia dice con acento catalán, "¿Ni en la oscuridad descansas, Jean?"
Jeanpaul aprieta los puños dentro de los bolsillos, forzando a su rostro a adoptar la máscara de hierro del protector inquebrantable, aunque por dentro siente que la estructura se agrieta.
Jeanpaul se carcajea de forma seca, casi carente de humor.
Dices: "El descanso es un lujo que los cimientos no podemos permitirnos, mocosa. ¿Y tú? Se supone que deberías estar en la cena de la fundación."
Aletheia dice con acento catalán, "No ha vuelto... todavía."
Él nota el leve rastro de rímel corrido, la señal inequívoca de una batalla silenciosa con Kalev. El impulso de cruzar la distancia, de tomarla por los hombros y gritarle que deje de buscar agua en un pozo seco, es casi insoportable. Quiere reclamar el lugar que sus papeles dicen que ya tiene, pero su voz se mantiene peligrosamente estable.
La mandíbula de Jeanpaul se tensa tanto que el dolor le sube por los oídos. La presencia de Aletheia, con ese aroma a jazmín y derrota, es un insulto a su autocontrol. Cada vez que ella sufre por Kalev, la arquitectura de su anhelo se tambalea, amenazando con sepultarlos a ambos.
Dices: "Parece que el aire de la noche te sienta mejor que la compañía en el salón. ¿Ha vuelto a ocurrir?"
Aletheia da un paso al frente, rodeándose el cuerpo con los brazos, y lo mira con una curiosidad que muerde.
Aletheia dice con acento catalán, "Vi que te marchaste finalmente con la chica nueva, delta sirena. Pensé que te habrías quedado en Siracusa con ella... para pernoctar, ya sabes. Parecía muy dispuesta."
Jeanpaul cierra los ojos un segundo. De inmediato, el recuerdo de Siracusa lo golpea como una náusea. Se ve a sí mismo sobre Olivia en aquella cama del refugio, la piel de la agente bajo sus dedos, el esfuerzo casi mecánico de sus embestidas. Recuerda la desesperación de cerrar los ojos para imaginar que era el cabello de Aletheia el que se enredaba en sus manos, y cómo, al abrirlos y ver la realidad, su cuerpo simplemente se desconectaba. La humillación de la piel fría, del orgasmo inalcanzable porque su sangre le pertenece a otra.
Jeanpaul se carcajea, un sonido bronco y hostil que corta el aire.
Dices: "No sabía que mi agenda de alcoba fuera ahora parte de tus preocupaciones, mocosa. ¿O es que Kalev no te da suficiente conversación por las noches?"
Aletheia se tensa, sus facciones se endurecen en una mueca de desagrado que no logra ocultar. Hay una chispa de posesividad inconsciente en sus ojos, una molestia que ni ella misma sabe nombrar.
Aletheia dice con acento catalán, "¿Te acostaste con ella, entonces? ¿Es por eso que estás tan... irritable? ¿La sirenita no supo cantar como te gusta?"
Jeanpaul la mira fijamente. Sus ojos cambian de tono y se oscurecen. La verdad es que no pudo terminar, que Olivia fue un fracaso (como tantos otros) porque el fantasma de Aletheia se interpuso entre sus cuerpos. Pero su orgullo y su rabia necesitan una salida.
Dices: "Sí. Me acosté con ella. Es una mujer joven, eficiente y, sobre todo, no está llena de dudas. ¿Alguna otra pregunta sobre mi desempeño o podemos volver a lo que realmente te importa, que es lamerte las heridas por tu marido?"
El silencio que sigue es pesado como el plomo. Aletheia retrocede un paso, parpadeando con rapidez, como si acabara de recibir una bofetada física. Sus dedos tiemblan levemente. No sabe por qué le duele la confirmación, por qué siente ese vacío en el estómago al imaginarlo con otra, si se supone que él es su roca, su amigo... su "hermano" de vida.
Jeanpaul no le da tiempo a procesarlo. No puede. Si se queda un segundo más, la tomará por el cuello para besarla y romper toda la farsa que han construido.
Dices: "Si me disculpas, tengo trabajo en la bodega. No todo el mundo tiene el privilegio de perder el tiempo en la oscuridad."
Él da media vuelta, sus pasos son pesados y decididos sobre la grava, perdiéndose en el arco de piedra que conduce al interior de la bodega. No mira atrás.
Aletheia se queda sola entre las vides, respirando con dificultad. El desconcierto la invade. No reconoce a este Jeanpaul, pero lo que más la aterra es que no reconoce la punzada de celos amargos que le está subiendo por la garganta.
El aire en el cuarto oscuro es denso, saturado del olor acre y metálico de los químicos de revelado que, para Jeanpaul, suelen ser un sedante. Pero hoy, el ácido acético parece quemarle los pulmones. Bajo la tenue luz roja, que baña la estancia con un matiz de urgencia y pecado, las imágenes de Aletheia emergen lentamente en las cubetas. No son simples fotos; son los planos de su propia condena.
Jeanpaul observa una captura de ella riendo con los niños. En el papel, esos niños llevan el apellido Deveraux. Legalmente, son suyos; ante el mundo, él es el pilar, el nombre en el acta de nacimiento, el escudo burocrático. Pero el eco de un "Tío Jean" rebota en las paredes de su cráneo como una burla cruel. La tinta negra de las fotos parece la misma oscuridad que se le instala en el pecho.
Minutos antes, Olivia, la nueva agente, se ha quedado desnuda en la cama con el cuerpo dolorido y una mirada de desconcierto. Jeanpaul se mira las manos, las mismas que han recorrido el cuerpo de la recluta buscando un alivio que nunca llega. Nada. Su cuerpo es un templo cerrado bajo llave, una máquina que solo responde a una frecuencia que no es la de Olivia. La frustración sexual no es un deseo insatisfecho, es una lealtad física que lo asfixia; su propia biología le prohíbe la salida de emergencia.
Incapaz de soportar el encierro, Jeanpaul abandona el cuarto oscuro y camina hacia los viñedos. La noche en La Finca es fresca, pero él siente que se incendia. Se detiene frente a las vides, observando el horizonte, intentando que el orden de los surcos de tierra calme el caos de su arquitectura interna.
Entonces, el crujir de la grava lo pone en alerta. Sabe quién es antes de verla. Su cuerpo, ese que se ha negado a responder hace una hora, vibra con una nota sorda y dolorosa.
Aletheia aparece entre las sombras de las vides, con los hombros ligeramente caídos y esa mirada que Jeanpaul solo le ve cuando Kalev ha vuelto a dejar un vacío donde debería haber presencia.
Aletheia dice con acento catalán, "¿Ni en la oscuridad descansas, Jean?"
Jeanpaul aprieta los puños dentro de los bolsillos, forzando a su rostro a adoptar la máscara de hierro del protector inquebrantable, aunque por dentro siente que la estructura se agrieta.
Jeanpaul se carcajea de forma seca, casi carente de humor.
Dices: "El descanso es un lujo que los cimientos no podemos permitirnos, mocosa. ¿Y tú? Se supone que deberías estar en la cena de la fundación."
Aletheia dice con acento catalán, "No ha vuelto... todavía."
Él nota el leve rastro de rímel corrido, la señal inequívoca de una batalla silenciosa con Kalev. El impulso de cruzar la distancia, de tomarla por los hombros y gritarle que deje de buscar agua en un pozo seco, es casi insoportable. Quiere reclamar el lugar que sus papeles dicen que ya tiene, pero su voz se mantiene peligrosamente estable.
La mandíbula de Jeanpaul se tensa tanto que el dolor le sube por los oídos. La presencia de Aletheia, con ese aroma a jazmín y derrota, es un insulto a su autocontrol. Cada vez que ella sufre por Kalev, la arquitectura de su anhelo se tambalea, amenazando con sepultarlos a ambos.
Dices: "Parece que el aire de la noche te sienta mejor que la compañía en el salón. ¿Ha vuelto a ocurrir?"
Aletheia da un paso al frente, rodeándose el cuerpo con los brazos, y lo mira con una curiosidad que muerde.
Aletheia dice con acento catalán, "Vi que te marchaste finalmente con la chica nueva, delta sirena. Pensé que te habrías quedado en Siracusa con ella... para pernoctar, ya sabes. Parecía muy dispuesta."
Jeanpaul cierra los ojos un segundo. De inmediato, el recuerdo de Siracusa lo golpea como una náusea. Se ve a sí mismo sobre Olivia en aquella cama del refugio, la piel de la agente bajo sus dedos, el esfuerzo casi mecánico de sus embestidas. Recuerda la desesperación de cerrar los ojos para imaginar que era el cabello de Aletheia el que se enredaba en sus manos, y cómo, al abrirlos y ver la realidad, su cuerpo simplemente se desconectaba. La humillación de la piel fría, del orgasmo inalcanzable porque su sangre le pertenece a otra.
Jeanpaul se carcajea, un sonido bronco y hostil que corta el aire.
Dices: "No sabía que mi agenda de alcoba fuera ahora parte de tus preocupaciones, mocosa. ¿O es que Kalev no te da suficiente conversación por las noches?"
Aletheia se tensa, sus facciones se endurecen en una mueca de desagrado que no logra ocultar. Hay una chispa de posesividad inconsciente en sus ojos, una molestia que ni ella misma sabe nombrar.
Aletheia dice con acento catalán, "¿Te acostaste con ella, entonces? ¿Es por eso que estás tan... irritable? ¿La sirenita no supo cantar como te gusta?"
Jeanpaul la mira fijamente. Sus ojos cambian de tono y se oscurecen. La verdad es que no pudo terminar, que Olivia fue un fracaso (como tantos otros) porque el fantasma de Aletheia se interpuso entre sus cuerpos. Pero su orgullo y su rabia necesitan una salida.
Dices: "Sí. Me acosté con ella. Es una mujer joven, eficiente y, sobre todo, no está llena de dudas. ¿Alguna otra pregunta sobre mi desempeño o podemos volver a lo que realmente te importa, que es lamerte las heridas por tu marido?"
El silencio que sigue es pesado como el plomo. Aletheia retrocede un paso, parpadeando con rapidez, como si acabara de recibir una bofetada física. Sus dedos tiemblan levemente. No sabe por qué le duele la confirmación, por qué siente ese vacío en el estómago al imaginarlo con otra, si se supone que él es su roca, su amigo... su "hermano" de vida.
Jeanpaul no le da tiempo a procesarlo. No puede. Si se queda un segundo más, la tomará por el cuello para besarla y romper toda la farsa que han construido.
Dices: "Si me disculpas, tengo trabajo en la bodega. No todo el mundo tiene el privilegio de perder el tiempo en la oscuridad."
Él da media vuelta, sus pasos son pesados y decididos sobre la grava, perdiéndose en el arco de piedra que conduce al interior de la bodega. No mira atrás.
Aletheia se queda sola entre las vides, respirando con dificultad. El desconcierto la invade. No reconoce a este Jeanpaul, pero lo que más la aterra es que no reconoce la punzada de celos amargos que le está subiendo por la garganta.