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Re: La Perla, sal y Mezcal

Publicado: Mar Jul 07, 2026 5:33 am
por Indira

Perlas de sangre y agave.

el peso de la escultura viva.

Punto de vista: Aimme

Las semanas en Madrid habían transcurrido con la misma precisión con la que Aime orquestaba su vida. El verano madrileño comenzaba a instalarse en las calles, denso y brillante, pero el interior de la galería Jannah al-Fan mantenía su atmósfera habitual: fría, aséptica, con una iluminación diseñada para no perdonar el más mínimo defecto.

Esa mañana, el silencio de la galería fue interrumpido por el sonido pesado y constante de la logística.

Un camión de transporte especializado en obras de arte estaba estacionado frente a las puertas de cristal esmerilado. Afuera, supervisando cada movimiento de los técnicos con la mirada afilada de un halcón, estaba Emiliano Ríos. Vestía un traje oscuro, sin corbata, que no lograba ocultar la robustez de su espalda ni la tensión alerta de sus hombros. No era un curador ni un técnico de arte, y eso se notaba en su forma de pararse: con los pies ligeramente separados y las manos cruzadas por delante, evaluando el entorno no por su estética, sino por sus riesgos.

Aime llegó exactamente cinco minutos antes de que la caja cruzara el umbral.

Bajó del coche con un traje sastre de lino en color terracota, ajustado a su cintura con un cinturón delgado de cuero oscuro. El cabello rojo, recogido en una coleta tirante, dejaba al descubierto su cuello largo y la línea de sus pómulos. Llevaba gafas de sol oscuras que no se quitó hasta pisar el interior de la galería.

Emiliano se acercó de inmediato, deteniéndose a la distancia perfecta.

Emiliano dice con acento jalisciense, "Todo está en orden, Aime. El contenedor no sufrió alteraciones en aduana. Los sensores de humedad y temperatura marcan los parámetros que exigió."

Aime asintió, quitándose las gafas con lentitud. Su mirada miel recorrió la enorme caja de madera reforzada que los técnicos acababan de depositar en la sala de revisión técnica.

Aime dice con acento jalisciense, "Que no la abran hasta que yo lo indique."

Emiliano dice con acento jalisciense, "Nadie la toca, Aime."

La devoción ciega de Emiliano, expresada en esa obediencia seca y militar, le acarició el ego. Julián le daba adoración y romance; Emiliano le daba sumisión operativa. Ambos eran suministros distintos, pero igual de necesarios para sostener el imperio que estaba construyendo.

Desde el fondo del pasillo, Latifa Mubarak apareció con su habitual caminar silencioso y firme. Vestía una túnica estructurada en color azul noche y su cabello azabache estaba recogido con severidad. No había una sonrisa de bienvenida, solo la concentración de quien está a punto de evaluar un activo importante.

Latifa dice con acento árabe, "Señorita Fuentes Montalbo. Veo que su logística es tan puntual como sus respuestas por correo."

Aime extendió la mano, recibiendo el apretón firme de la directora.

Aime dice con acento jalisciense, "Le dije que no pondría mi obra en manos de improvisados. Emiliano ha supervisado el traslado desde que la pieza salió de los talleres en Tlaquepaque."

Latifa dirigió una mirada analítica hacia el hombre de seguridad. Evaluó su presencia en un segundo y pareció aprobar el hecho de que Aime no dejara nada al azar.

Latifa dice con acento árabe, "Bien. Procedamos a la apertura. El equipo de conservación necesita revisar el estado de los materiales."

Aime le hizo un gesto mínimo a Emiliano con la cabeza. Él dio la orden a los técnicos de la galería. El sonido de los taladros eléctricos destornillando la madera gruesa llenó la sala. Aime permaneció de pie, con los brazos sueltos a los costados, la espalda perfectamente recta y la barbilla levemente alzada. No mostraba ansiedad, aunque por dentro la expectación le zumbaba en las venas.

Ese era su verdadero bautismo en Madrid. No el departamento, no el restaurante de Olivia, no la rendición de Julián. Esto. La materia que ella había doblegado con fuego.

Las paredes de la caja cayeron.

El equipo retiró las capas de espuma de alta densidad, el papel libre de ácido y la tela de algodón crudo con un cuidado reverencial.

Y entonces, *"Agave bajo la lengua del fuego"* quedó expuesta bajo la luz blanca y clínica del despacho de revisión.

El impacto visual fue inmediato. La pieza imponía su autoridad en la sala. Los ciento dieciocho kilos descansaban sobre la base ovalada de piedra volcánica negra, porosa y brutal. Desde esa raíz oscura, las estructuras de bronce patinado se alzaban como filos elegantes, manchados de verde grisáceo y azul petróleo, fingiendo ser hojas pero amenazando como cuchillas. En el corazón de la estructura, el vidrio soplado en tonos ámbar y dorado atrapaba la luz de la galería y parecía encenderse desde adentro, con las vetas rojizas simulando una combustión detenida en el tiempo. Las cicatrices de cobre pulido y la resina color caramelo brillaban como heridas cerradas con lujo.

La sala entera se quedó en silencio. Incluso los técnicos, acostumbrados a desembalar arte a diario, dieron un paso atrás, intimidados por la presencia casi agresiva de la escultura.

Latifa se acercó despacio.

No dijo nada durante dos largos minutos. Caminó alrededor de la obra, sus ojos oscuros midiendo el peso, el balance, las uniones y las texturas. Se detuvo frente al vidrio ámbar, observando la fricción entre la fragilidad del cristal y la violencia del bronce.

Aime no respiró más fuerte. No preguntó qué le parecía. Dejó que el peso de su obra aplastara cualquier duda que Latifa pudiera haber conservado desde su primera reunión. Sabía lo que tenía allí; era un pedazo de Jalisco, de su herencia y de su propia furia, domesticado y convertido en algo tan bello que dolía mirarlo.

Latifa finalmente se enderezó y cruzó las manos delante de sí.

Latifa dice con acento árabe, "La fotografía no mentía sobre el peso visual. De hecho, la fotografía se quedaba corta."

Aime sintió que el triunfo le endulzaba la boca, pero su rostro se mantuvo impasible, apenas dibujando una sombra de complacencia.

Aime dice con acento jalisciense, "La materia nunca miente, señora Mubarak. Exige que se le mire de frente."

Latifa asintió, su expresión seguía siendo severa, pero había un respeto genuino en el fondo de sus ojos moca.

Latifa dice con acento árabe, "Tiene fuerza, señorita Fuentes. Y lo más importante: no parece un adorno. Tiene gravedad. Va a anclar la sala principal durante la presentación privada. La colocaremos en el centro, con luz cenital directa para aprovechar el ámbar del centro y proyectar las sombras del bronce sobre el suelo."

*En el centro.*

Las palabras resonaron en la mente de Aime como un campanazo de victoria. Había llegado a Madrid siendo una desconocida, y en cuestión de semanas iba a ocupar el centro curatorial de una de las galerías más respetadas de la ciudad.

Aime dice con acento jalisciense, "Me parece el lugar adecuado."

Emiliano, que se había mantenido en silencio como una estatua oscura detrás de Aime, la miró de reojo. Él conocía esa pequeña contracción en la mandíbula de su jefa; era la señal de que había conseguido exactamente lo que quería y estaba lista para seguir exigiendo.

Latifa se giró hacia su asistente.

Latifa dice con acento árabe, "Llamen al equipo de montaje. Quiero pruebas de luz esta misma tarde. Y preparen los documentos de seguro con el inventario definitivo."

Luego volvió su atención a Aime.

Latifa dice con acento árabe, "La presentación privada será el próximo viernes a las ocho de la noche. Solo coleccionistas seleccionados, curadores y prensa especializada. Necesitaré que esté presente, no para explicar la obra, sino para sostenerla. Que vista con sobriedad. La protagonista aquí es la piedra."

Aime sostuvo la mirada de Latifa, aceptando el desafío implícito. No iba a competir con su propia escultura; iba a usarla para que todos los presentes, cuando miraran el bronce afilado, vieran en ella a la creadora de semejante filo.

Aime dice con acento jalisciense, "La piedra hablará por sí sola. Yo solo estaré ahí para escuchar cómo intentan descifrarla."

Latifa asintió, satisfecha con la respuesta. Se despidió con una inclinación leve de cabeza y regresó a sus oficinas, dejando a Aime a solas con Emiliano y su obra maestra.

Cuando la puerta de cristal esmerilado se cerró, Emiliano dio un paso al frente, acortando la distancia.

Emiliano dice con acento jalisciense, en voz baja, "Salió perfecto, Aime. Exactamente como lo planeó."

Aime no lo miró. Sus ojos miel seguían fijos en el corazón de vidrio dorado de su escultura. Levantó una mano, perfectamente manicurada, y rozó el borde de la resina caramelo sin llegar a tocarla.

Aime murmura con acento jalisciense, "Madrid ya está abriendo la puerta, Emiliano. Y cuando yo entro... ya nadie más puede salir."

Se dio la media vuelta, sus tacones repicando contra el suelo pulido con un ritmo seguro y dominante. Emiliano la siguió de inmediato, su sombra fiel, mientras *"Agave bajo la lengua del fuego"* se quedaba en el centro de la sala, irradiando una violencia elegante que estaba a punto de devorar la ciudad.