EL ABISMO DE LA MEMORIA Y EL DESEO
Dormitorio principal de Dalila, Villa Ferrari.Es un espacio de techos altos y sombras largas donde el lujo se siente como una celda de aislamiento.
La atmósfera en los aposentos de Dalila es una amalgama de opresión y vulnerabilidad. El aire está cargado con el aroma a lavanda fría y el rastro metálico de las armas aceitadas sobre la cómoda, creando un santuario que no ofrece paz, sino una tregua armada. El silencio es denso, solo interrumpido por el batir rítmico del mar contra los acantilados, un sonido que se filtra por los ventanales blindados como un latido telúrico. Emocionalmente, la estancia es un campo de minas; tras el quebranto del regreso, el sueño no llega como un descanso, sino como un territorio sin ley donde las defensas de la jefa de seguridad se desmoronan, dejando paso a una sed que su voluntad intenta sepultar durante el día. Es el espacio donde el deber se rinde ante la carne y donde el terror más profundo aguarda, agazapado en el clímax de la fantasía.
Dalila yace en la inmensidad de la cama, envuelta en sábanas de seda negra que se enredan en sus piernas mientras se agita en un duermevela febril. El sudor brilla en su frente y su respiración es un susurro entrecortado que rompe la quietud del cuarto.
En el teatro de su mente, el escenario es el balcón de la Villa Ferrari, pero despojado de guardias y de guerra. La luna es un disco de plata que incendia el Jónico. Michele Venturi está allí, frente a ella. No viste su traje de Consigliere, sino una camisa de lino blanco desabrochada que revela la firmeza de su pecho. Sus ojos verdes, esos que Dalila no puede borrar de su retina, la miran con una devoción que no pide permiso.
Michele habla con una cadencia lenta y salada como el viento de su tierra
Michele dice con acento trapanés: "Bedda... nun t'haju a dumannari nenti. Lu saccio di già cu si'. Intra di tia c'è un focu chi sulu io pozzu addumari."
(Bella... no tengo que preguntarte nada. Ya sé quién eres. Dentro de ti hay un fuego que solo yo puedo encender).
Él la empuja suavemente hacia el diván de terciopelo. Dalila se siente ingrávida, despojada de su armadura de Kevlar y de sus miedos. Las manos de Michele son grandes, expertas; recorren sus muslos con una urgencia contenida que la hace arquear la espalda. Él se desliza entre sus piernas, arrodillado, con la reverencia de quien reza en un altar prohibido.
El primer contacto de la lengua masculina sobre su clítoris es un interruptor al pasado. Dalila se obliga a mirarlo. Los ojos verdes de Michele hablan de pasión y algo más profundo. Ella puede ver el amor en sus iris y el muro de contención que ha vivido en ella durante 12 años implosiona. Él la repasa con una firme delicadeza que le arranca un gemido. La dedicación con la que la devora es una catapulta a los instintos reprimidos durante tanto tiempo.
Dalila murmura el nombre de Michele entre suspiros.
una queja deliciosa se escapa de sus labios entreabiertos cuando la lengua y los labios de Michele se ocupan de lamer y saborear su sexo como si fuera un platillo exquisito.
Dalila murmura con acento milanés: "Dio, Michele... non farlo, non fermarti... mi stai facendo impazzire, maledetto trapanese."
(Dios, Michele... no lo hagas, no te detengas... me estás volviendo loca, maldito trapanese).
El contacto es eléctrico. El rostro de Michele desaparece entre sus muslos y el calor de su lengua desata una tormenta de espasmos que Dalila no puede controlar. Es un asedio de placer puro, una técnica depurada que la lleva al borde del abismo. Sus dedos se enredan en el cabello oscuro de Michele, tirando de él, mientras el orgasmo comienza a subir desde la planta de sus pies como lava hirviente. Ella cierra los ojos, entregada, sintiendo que por fin ha encontrado un refugio.
Michele se incorpora, su piel rozando la de ella, y se posiciona para la unión definitiva. Sus ojos verdes brillan con una promesa de pertenencia.
Michele susurra con acento trapanés: "Ora si' mia, Dalila. Pi sempri." (Ahora eres mía, Dalila. Para siempre).
Michele se cierne sobre ella y entrelaza sus dedos, aferrándose a ella. Dalila siente la firme presión abriéndose paso entre sus pliegues, despacio, muy despacio. Justo en el instante en que el coito va a consumar la fantasía, el aire de la habitación se vuelve gélido, impregnado de un olor acre a ozono y circuitos quemados. Una sombra se materializa desde los rincones de la estancia. Fabrizio Fratinelli emerge de la nada, con su habitual elegancia brutalista y una mirada que no contiene rastro de alma.
Fabrizio no grita. Se mueve con la velocidad de un sicario letal. Antes de que Michele pueda reaccionar, Fabrizio rodea el cuello del Consigliere con un filamento de fibra de cobre, el mismo que Dalila lleva oculto en su reloj de muñeca.
Fabrizio habla con una frialdad que corta más que el metal
Fabrizio dice con acento napolitano: "T'avevo avvisato, Dalila. Niscuno tocca quello che m'appartiene. O' feticismo spiccia ccà."
(Te había avisado, Dalila. Nadie toca lo que me pertenece. El fetichismo termina aquí).
Con un movimiento seco y experto, Fabrizio tensa el filamento. Dalila ve, con un horror paralizante, cómo el cable de cobre se hunde en la garganta de Michele, cortando la piel, los músculos y la vida con una precisión quirúrgica. No hay gritos, solo el siseo del metal seccionando el aire y la sangre de Michele, caliente y espesa, salpicando el rostro de Dalila. Los ojos verdes de Michele se apagan, fijos en los de ella, mientras su cuerpo se desploma sobre la cama como un fardo inerte.
Fabrizio limpia el filamento con un pañuelo de seda, mirando el cadáver con la misma indiferencia con la que revisaría un servidor caído.
Fabrizio dice con acento napolitano: "O' vide, bell' 'e papà? È accussì che fernisce chi s'immischia. Tu si' 'a mia, e nun ce sta nisciuna preghiera trapanese che te po' salvà."
(¿Lo ves, belleza? Así es como termina quien se inmiscuye. Tú eres mía, y no hay ninguna oración trapanesa que te pueda salvar).
Dalila se incorpora en la cama con un grito ahogado que muere en su garganta. Su corazón golpea las costillas como un animal enjaulado y sus sábanas están empapadas de sudor frío. Se toca el rostro con frenesí, buscando la sangre de Michele, pero solo encuentra sus propias lágrimas y la humedad de la excitación interrumpida por el espanto.
Se queda inmóvil en la oscuridad, jadeando, con los ojos clavados en la puerta de su habitación. La imagen del filamento de cobre cortando la vida de Michele es una cicatriz en su mente. El placer que hace un momento la elevaba ahora es una ceniza amarga en su boca.
Dalila habla para sí misma en un susurro quebrado
Dalila dice con acento milanés: "Non posso permetterlo... non lascerò que ti succeda nulla, Michele. Dovessi uccidere Fabrizio con le mie stesse mani."
(No puedo permitirlo... no dejaré que te pase nada, Michele. Aunque tenga que matar a Fabrizio con mis propias manos).
El silencio de la Villa Ferrari vuelve a cerrarse sobre ella, pero ahora Dalila sabe que el verdadero enemigo no está solo fuera de los muros, sino en la profundidad de una obsesión que no conoce límites.