EL TRIBUNAL DE LAS SOMBRAS
Hay un clima de guerra inminente. El aire en Sicilia se ha vuelto eléctrico, cargado de una estática que eriza la piel. En las villas, el lujo se siente frío; en los puertos, el olor a pescado y yodo enmascara el hedor de la traición. Es el momento en que los hilos se tensan tanto que el sonido de la ruptura empieza a ser audible para quienes saben escuchar.
Villa vulcani
En el despacho de Villa Vulcani, Flavio camina de un lado a otro como un lobo enjaulado. Tiene la ropa manchada de hollín y los nudillos pelados. Olimpia permanece sentada en su sillón de cuero, observándolo con una calma que solo enfurece más al hombre.
Flavio dice con acento milanés: ¡Porca miseria! Dalila ha quedado expuesta, Olimpia. Se ha metido en ese infierno de Trapani por proteger los bienes de un hombre que ni siquiera le dará las gracias. ¡Santoro ahora tiene su rostro en el punto de mira!
Olimpia exhala el humo de su cigarrillo, manteniendo la vista en el horizonte del volcán.
Flavio dice con acento milanés: Es tu culpa. Tú le inculcaste esa rigidez enferma, ese honor que la obliga a inmolarse por una lealtad absoluta. Si a Dalila le ocurre algo por culpa de Venturi o por su maldita necesidad de servirte, no me va a temblar el pulso y voy a...
Olimpia lo interrumpe con un golpe seco de su anillo contra la mesa.
Olimpia dice con acento romano: Vas a observar y vas a dejarte de arrebatos, Flavio. Dalila no es una niña a la que haya que limpiar las rodillas. Ella es mi mano de hierro y sabe exactamente qué está protegiendo. Tu furia no nos sirve de nada; tu vigilancia, sí. Calla y vigila.
Flavio da un puñetazo al escritorio, frustrado. Se deja caer en el asiento y tras apoyar los codos en sus muslos, se derrumba.
Olimpia se levanta y camina despacio hasta él. Hunde la mano en su cabellera y habla en voz baja, sin titubear.
Olimpia dice con acento romano: No tocarás a Venturi ni a ningún Ferrari que no esté ligado a Alessio. Tu sorellina está donde debe estar. No puedes permitir que el miedo a perderla te ciegue, Flavio.
Flavio exhala un hondo suspiro. Sabe que Olimpia tiene razón, pero el recuerdo de aquella noche cuando la cogió entre sus brazos y la sacó de esa inmundicia no lo ha abandonado en todo ese tiempo.
Olimpia sigue acariciando a Flavio y mantiene el tono tan suave como filoso; ese que sentencia sin subir una sola octava.
Olimpia dice con acento romano: Me ocuparé, tú no te preocupes de nada. venturi es un hombre de honor, inteligente y eficiente, él sabrá valorar el tesoro que es nuestra sorellina. Y si no lo hace por sí solo, me encargaré de que lo haga.
Flavio levanta la cabeza. Reconoce en la voz de Olimpia la fortaleza y la promesa que no suele dar en vano.
Horas después, en la penumbra de un almacén de salazones en el puerto de Palermo, Olimpia se reúne con Don Calogero, un capo cuyo nombre se susurra con terror y respeto en toda la isla. El olor a sal y madera vieja es asfixiante. Don Calogero mueve las cuentas de un rosario de madera mientras escucha a la mujer.
Olimpia desliza una carpeta de piel sobre una mesa de madera manchada de salitre. Frente a ella, Don Calogero observa los documentos bajo la luz mortecina. Son informes detallados sobre las rutas de trata de blancas de Alessio Santoro y sus laboratorios de fetiches inmorales camuflados en naves industriales de la periferia y fundaciones fantasmas .
Olimpia dice con acento romano: Aquí tiene las pruebas, Don Calogero. Alessio se ha vuelto descuidado con la codicia. De cara a la policía es un fantasma, pero en las sombras ha dejado un rastro de fango que nos salpica a todos. Sus negocios no tienen el honor que esta tierra exige.
Don Calogero pasa las páginas con dedos lentos y callosos. Sus ojos se entrecierran al ver las cifras y los nombres de los contactos internacionales de Santoro.
El rostro del capo adopta una expresión de repulsa que no es capaz de disimular. Las fotos de los críos trasladados como si fueran ganado a la venta le provoca una sensación que hacía años no esperimentaba.
Don Calogero dice con acento siciliano: Teníamos rumores, Donna Olimpia. Sombras que se movían en el puerto, pero ninguna mano se atrevía a encender la luz. Has traído la claridad que necesitábamos.
El viejo capo cierra la carpeta y mira a Olimpia con un respeto nuevo, despojado de la desconfianza inicial hacia los Bragantti.
Don Calogero dice con acento siciliano: Muchos dudaron cuando permitimos que tu sangre y los Bragantti optaran al privilegio de ingresar en la Gran Famiglia. Pensaron que eran extraños con métodos distintos. Pero hoy demuestras que entiendes nuestra ley mejor que muchos que nacieron bajo el sol de Corleone. Habéis demostrado ser merecedores de este sitio. Alessio Santoro ya no es un problema de los Ferrari o los Bragantti; es una deuda que la Cosa Nostra cobrará con intereses.
Don Calogero dice con acento siciliano: Alessio Santoro ha cruzado la línea del comportamento. Atacar familias, quemar el pan de un hombre... eso es de animales, no de hombres de honor. Y sus negocios con la trata y los laboratorios sin sello... eso no se perdona en la Cosa Nostra.
Olimpia asiente, su rostro es una máscara de hielo bajo la luz de una bombilla desnuda.
Olimpia dice con acento romano: Alessio es un cáncer, Don Calogero. Y los cánceres se extirpan antes de que maten al cuerpo. Ha intentado tocar a los Ferrari y ha derramado sangre de civiles en Trapani. Si la Cúpula no lo detiene, lo haré yo, y no habrá juicio, solo cenizas.
Don Calogero cierra los ojos y asiente una sola vez. Es una luz verde silenciosa. Santoro ha dejado de ser un hermano para convertirse en una plaga.