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Re: Cianuro y Seda: El legado del Tirreno

Publicado: Vie Mar 27, 2026 12:27 pm
por Aletheia

EL INTERRUPTOR DEL ALIENTO

Horas previas al funeral.

La mañana se presenta con una frialdad quirúrgica. La luz de Catania entra filtrada por las persianas, dibujando rayas de cebra sobre la colcha de seda. Hay un silencio pesado, solo interrumpido por el roce de la tela y el latido acelerado de una mujer que intenta domesticar su propio caos. El aire huele a café amargo y al metal de las armas limpias.

Dalila observa el traje de corte arquitectónico extendido sobre la cama. A su lado, los stilettos de Gianvito Rossi parecen dos dagas de charol negro esperando su turno. Se mira al espejo, todavía en ropa interior de encaje, y nota la tensión en sus hombros. Las palabras de Giovanna en el café actúan como un eco persistente: tu protección hacia los padres de Michele no lo es. Eso es personal.

Dalila niega con la cabeza, una punzada de rabia recorriéndole la columna. Recuerda la frialdad de Michele, su dedicación absoluta al deber que la excluía de cualquier plano personal. ¿Por qué le dolía? Él era el Consigliere; ella, la Jefa de Seguridad. El honor y la lealtad eran el único lenguaje permitido. Recordó a Karlo, su comentario tentador: "Soy perfecto para ti, pero tú me cambias por el Consigliere".

Dalila habla en voz baja.

Dalila dice con acento milanés: ¿Será que tienes razón, cabrito? Maledizione... No tengo permitido sentir. Soy los ojos de mi sorella.

Un nudo se le forma en la garganta y se reprocha porque hacía doce años que no se sentía así.

Dalila murmura con acento milanés: "Eficiencia, Honor, Lealtad. Merda, Dalila. No puedes sentir, recuérdalo.

Se pone las medias de cristal con una calma forzada. Cada movimiento es una pieza de una fachada que construye para sobrevivir al funeral. Recuerda la llamada, los encargos de obsequios que ella misma tuvo que presenciar. La figura de Michele, tan atractivo como distante, se le clava como una astilla. Él tiene sus necesidades, es un hombre libre. No debería importarle, pero la furia estalla en su pecho, la misma que la llevó a machacarse en el gimnasio hasta que sus nudillos le dolieron. Es esa fibra de humanidad que Fabrizio juraba ver en ella y que ella aplasta con desprecio.

Dalila susurra para sí.

Dalila susurra con acento milanés: "No, no, no. Michele Venturi está prohibido"

Incapaz de contener la tormenta, activa la videollamada cifrada. La imagen de Giovanna aparece en la pantalla. Su amiga no dice nada; observa el rostro de Dalila, las ojeras sutiles, el brillo febril de sus ojos azul cian. El silencio entre ambas es un puente.

Dalila cuenta todo en un torrente de palabras contenidas: la indiferencia de Michele, el coqueteo de Karlo, el miedo a que Alessio Santoro encuentre un flanco débil. Habla de su frustración, de cómo se siente una extraña en su propio cuerpo, un motor que se revoluciona sin llegar a ninguna parte.

Dalila habla por teléfono: Cáspita, Giachetta, no entiendo qué me está pasando. Yo, yo no soy así.

Giovanna la mira con una compasión infinita y solo articula una palabra.

Giovanna dice con acento milanés: Respira.

Esa palabra actúa como un interruptor. El presente se desvanece y el flashback la golpea con la fuerza de un impacto. Nápoles, años atrás. Dalila está de pie sobre el cuerpo de un soldado de los Fratinelli. Sus manos sostienen el filamento de fibra de carbono que acaba de hundirse en la garganta del hombre que intentaba arrastrar a Giovanna a una red de trata. La sangre caliente le salpica el rostro, mezclándose con sus lágrimas. Giovanna, temblando en el suelo tras la purga de los Cavalcanti, la mira con horror.

Dalila dice con acento milanés: Respira, Giovanna. Respira.

Volviendo al presente.

La pantalla se queda en negro. La llamada ha terminado, pero el comando permanece. Dalila inhala profundamente, llenando sus pulmones de ese aire viciado de poder. Se termina de vestir, ajusta la chaqueta para asegurarse de que la funda en su antebrazo está bien oculta y sale de la habitación. La fachada está completa.

Dalila camina por los pasillos de la Villa Ferrari hasta llegar al despacho de Michele. Él no está, pero el espacio exhala su presencia: el olor a papel antiguo y tabaco caro. Se sienta tras el escritorio un instante, sintiendo la frialdad del cuero. Dos hombres de su equipo llaman y entran tras su orden.

Dalila dice con acento milanés: Escúchame bien. Quiero que vigiles a Shawnee con una discreción absoluta. Si da un solo paso fuera de la línea de la Regina, si altera la calma de este nido una vez más... la orden es eliminarla. Senza esitazione.

El primer hombre asiente, fascinado por la determinación acerada en la voz de su jefa, y se retira. Dalila se gira hacia el segundo operativo, su sombra más fiel, razón por la cual lo había reclutado. No solo servía para aplacar la necesidad asfixiante de Flavio, servía para guardar sus espaldas en un nido que no era el suyo.

Dalila dice con acento milanés: Tú vas a ser la sombra del Consigliere. Quiero una protección eficaz, pero invisible. Sé su escudo, lo necesite él o no. No le quites el ojo de encima ni un segundo. Vai.

El hombre hace una reverencia y sale. Dalila se queda sola en el despacho. Pasa la mano por la superficie de madera, sintiendo que está profanando un santuario donde se le ha cerrado la puerta antes de abrirla. No puede quedarse allí; el aire le falta de nuevo. Se levanta y sale con paso firme, lista para el funeral, ocultando bajo el traje arquitectónico el volcán que, a pesar de sus esfuerzos, ha empezado a despertar.

Re: Cianuro y Seda: El legado del Tirreno

Publicado: Sab Mar 28, 2026 4:04 am
por Aletheia

EL TRIBUNAL DE LAS SOMBRAS


Hay un clima de guerra inminente. El aire en Sicilia se ha vuelto eléctrico, cargado de una estática que eriza la piel. En las villas, el lujo se siente frío; en los puertos, el olor a pescado y yodo enmascara el hedor de la traición. Es el momento en que los hilos se tensan tanto que el sonido de la ruptura empieza a ser audible para quienes saben escuchar.

Villa vulcani
En el despacho de Villa Vulcani, Flavio camina de un lado a otro como un lobo enjaulado. Tiene la ropa manchada de hollín y los nudillos pelados. Olimpia permanece sentada en su sillón de cuero, observándolo con una calma que solo enfurece más al hombre.

Flavio dice con acento milanés: ¡Porca miseria! Dalila ha quedado expuesta, Olimpia. Se ha metido en ese infierno de Trapani por proteger los bienes de un hombre que ni siquiera le dará las gracias. ¡Santoro ahora tiene su rostro en el punto de mira!

Olimpia exhala el humo de su cigarrillo, manteniendo la vista en el horizonte del volcán.

Flavio dice con acento milanés: Es tu culpa. Tú le inculcaste esa rigidez enferma, ese honor que la obliga a inmolarse por una lealtad absoluta. Si a Dalila le ocurre algo por culpa de Venturi o por su maldita necesidad de servirte, no me va a temblar el pulso y voy a...

Olimpia lo interrumpe con un golpe seco de su anillo contra la mesa.

Olimpia dice con acento romano: Vas a observar y vas a dejarte de arrebatos, Flavio. Dalila no es una niña a la que haya que limpiar las rodillas. Ella es mi mano de hierro y sabe exactamente qué está protegiendo. Tu furia no nos sirve de nada; tu vigilancia, sí. Calla y vigila.

Flavio da un puñetazo al escritorio, frustrado. Se deja caer en el asiento y tras apoyar los codos en sus muslos, se derrumba.

Olimpia se levanta y camina despacio hasta él. Hunde la mano en su cabellera y habla en voz baja, sin titubear.

Olimpia dice con acento romano: No tocarás a Venturi ni a ningún Ferrari que no esté ligado a Alessio. Tu sorellina está donde debe estar. No puedes permitir que el miedo a perderla te ciegue, Flavio.

Flavio exhala un hondo suspiro. Sabe que Olimpia tiene razón, pero el recuerdo de aquella noche cuando la cogió entre sus brazos y la sacó de esa inmundicia no lo ha abandonado en todo ese tiempo.

Olimpia sigue acariciando a Flavio y mantiene el tono tan suave como filoso; ese que sentencia sin subir una sola octava.

Olimpia dice con acento romano: Me ocuparé, tú no te preocupes de nada. venturi es un hombre de honor, inteligente y eficiente, él sabrá valorar el tesoro que es nuestra sorellina. Y si no lo hace por sí solo, me encargaré de que lo haga.

Flavio levanta la cabeza. Reconoce en la voz de Olimpia la fortaleza y la promesa que no suele dar en vano.
Horas después, en la penumbra de un almacén de salazones en el puerto de Palermo, Olimpia se reúne con Don Calogero, un capo cuyo nombre se susurra con terror y respeto en toda la isla. El olor a sal y madera vieja es asfixiante. Don Calogero mueve las cuentas de un rosario de madera mientras escucha a la mujer.

Olimpia desliza una carpeta de piel sobre una mesa de madera manchada de salitre. Frente a ella, Don Calogero observa los documentos bajo la luz mortecina. Son informes detallados sobre las rutas de trata de blancas de Alessio Santoro y sus laboratorios de fetiches inmorales camuflados en naves industriales de la periferia y fundaciones fantasmas .

Olimpia dice con acento romano: Aquí tiene las pruebas, Don Calogero. Alessio se ha vuelto descuidado con la codicia. De cara a la policía es un fantasma, pero en las sombras ha dejado un rastro de fango que nos salpica a todos. Sus negocios no tienen el honor que esta tierra exige.

Don Calogero pasa las páginas con dedos lentos y callosos. Sus ojos se entrecierran al ver las cifras y los nombres de los contactos internacionales de Santoro.

El rostro del capo adopta una expresión de repulsa que no es capaz de disimular. Las fotos de los críos trasladados como si fueran ganado a la venta le provoca una sensación que hacía años no esperimentaba.

Don Calogero dice con acento siciliano: Teníamos rumores, Donna Olimpia. Sombras que se movían en el puerto, pero ninguna mano se atrevía a encender la luz. Has traído la claridad que necesitábamos.

El viejo capo cierra la carpeta y mira a Olimpia con un respeto nuevo, despojado de la desconfianza inicial hacia los Bragantti.

Don Calogero dice con acento siciliano: Muchos dudaron cuando permitimos que tu sangre y los Bragantti optaran al privilegio de ingresar en la Gran Famiglia. Pensaron que eran extraños con métodos distintos. Pero hoy demuestras que entiendes nuestra ley mejor que muchos que nacieron bajo el sol de Corleone. Habéis demostrado ser merecedores de este sitio. Alessio Santoro ya no es un problema de los Ferrari o los Bragantti; es una deuda que la Cosa Nostra cobrará con intereses.

Don Calogero dice con acento siciliano: Alessio Santoro ha cruzado la línea del comportamento. Atacar familias, quemar el pan de un hombre... eso es de animales, no de hombres de honor. Y sus negocios con la trata y los laboratorios sin sello... eso no se perdona en la Cosa Nostra.

Olimpia asiente, su rostro es una máscara de hielo bajo la luz de una bombilla desnuda.

Olimpia dice con acento romano: Alessio es un cáncer, Don Calogero. Y los cánceres se extirpan antes de que maten al cuerpo. Ha intentado tocar a los Ferrari y ha derramado sangre de civiles en Trapani. Si la Cúpula no lo detiene, lo haré yo, y no habrá juicio, solo cenizas.

Don Calogero cierra los ojos y asiente una sola vez. Es una luz verde silenciosa. Santoro ha dejado de ser un hermano para convertirse en una plaga.

Re: Cianuro y Seda: El legado del Tirreno

Publicado: Sab Mar 28, 2026 4:27 pm
por Aletheia

EL ESPEJO ROTO


Suite Esmeralda, L’Eclissi d’Oro.
La suite está sumergida en una penumbra cálida, rota solo por el resplandor de las velas de cera de abeja que proyectan sombras danzantes en las paredes de seda. El aire es denso, cargado de un magnetismo animal y el perfume de melocotones maduros que emana de la piel de Caribay. No hay ruidos del exterior; el mundo de la mafia y las conspiraciones se detiene ante la puerta de caoba, dejando espacio solo para el jadeo rítmico y el roce de la piel contra las sábanas de satén.

Sobre la cama de dosel, los cuerpos de Giorgio y Caribay se entrelazan en una coreografía de necesidad pura. Giorgio, con su espalda nervuda arqueada y los músculos del pecho tensos, sostiene las caderas de la venezolana con manos firmes, sintiendo la potencia de su musculatura atlética. Ella está sobre él, con su melena de rizos negros cayendo como una cascada sobre los hombros de Giorgio, mientras sus ojos ámbar brillan con un fuego felino en la oscuridad.

El movimiento es lento, profundo, una búsqueda de alivio para la tensión acumulada en los días de vigilancia y sangre. Giorgio siente el calor envolvente de Caribay, la suavidad de su piel canela contrastando con la aspereza de sus propias manos de soldado.

Giorgio dice con acento siciliano: Dio mio... sei incredibile. No te detengas, Caribay. Siente cómo me tienes... solo para ti.

Él la sujeta por la cintura, instándola a acelerar el ritmo. La respiración de ella se vuelve errática, un murmullo de placer que se pierde en el cuello de Giorgio. Él se incorpora ligeramente, buscando sus labios en un beso hambriento mientras sus dedos se entierran en los muslos de ella, marcando el camino de la entrega.

La tensión en la habitación alcanza un punto de no retorno. Giorgio siente que el control se le escapa entre los dedos, la adrenalina de la noche transformándose en una pulsión eléctrica que recorre su espina dorsal. Se inclina hacia el oído de ella, con la voz rota por el deseo, espoleándola para alcanzar juntos el abismo.

Giorgio dice con acento siciliano: Prendimi tutto... mungi il mio seme, amore mio. Fallo adesso! No me dejes ir solo... andiamo insieme.

Caribay responde con un gemido profundo, apretando sus músculos internos alrededor de él, respondiendo a la orden con una entrega absoluta. Giorgio la eleva ligeramente, sincronizando sus embestidas con el movimiento ondulatorio de ella. La sensación es total, una inundación de placer que borra los límites entre sus cuerpos.

Un instante después, el espasmo los recorre a ambos. Giorgio se arquea, soltando un gruñido ahogado mientras se vacía dentro de ella con una fuerza que lo deja sin aliento. Caribay se desploma sobre su pecho, jadeando, con el corazón martilleando contra las costillas de él en un eco perfecto. Permanecen así, anclados el uno al otro en el silencio que sigue a la tormenta, recuperando el aire mientras el sudor se enfría sobre su piel, antes de que el deber y los espejos rotos del pasillo vuelvan a reclamar sus vidas.

Diez minutos después

La noche va dando paso al amanecer. la realidad se deforma bajo el efecto de las luces de neón y el cansancio acumulado. En el club, el aire es denso, cargado de un erotismo que se siente como una distracción necesaria; en la casona, el ambiente es de una paranoia eléctrica, donde cada sombra parece una confesión de traición.

En la penumbra de una de las suites privadas de L'Eclissi d'Oro, el sudor y el aroma a melocotón se mezclan en el aire . Giorgio, termina de abotonarse la camisa mientras Caribay se ajusta el liguero con una parsimonia que le quita el aliento. Salen al pasillo silencioso, envueltos en el sopor del placer compartido, hasta que el movimiento de una figura al final del corredor detiene el corazón de Giorgio.

Una mujer avanza hacia ellos en dirección al área restringida. Lleva pantalones de cuero negro que se ciñen a sus caderas con una precisión criminal y una blusa de seda que fluye con cada paso. Giorgio parpadea, su mano busca instintivamente el arma que no lleva. Por un segundo, la ve: es ella, es la Signorina Dalila. Pero al acercarse, el espejismo se triza. La mujer tiene los rizos de una permanente y, lo más importante, su rostro carece de la pequeña peca oscura junto al lagrimal izquierdo que él ha memorizado tras horas de vigilancia. Es Concettina, pero su esencia ha sido secuestrada por el estilo de otra.

Giorgio da un paso adelante, el desconcierto pintado en su rostro, pero Caribay lo intercepta con una sonrisa gatuna y le rodea el cuello con los brazos, bloqueándole el paso.

Caribay dice con acento venezolano: Olvídalo, Giorgio. Esa joya tiene exclusividad y tú ya tuviste tu ración de cielo por hoy. Vamos, muévete antes de que la Madama nos vea haciendo horas extras en el pasillo.

Caribay se lo lleva coqueteando, guiándolo hacia las escaleras, pero Giorgio vuelve la cabeza una última vez. Ve a la "copia" desaparecer tras la puerta reforzada. Un brillo de preocupación genuina le atraviesa la mirada; sabe que los hombres que juegan con espejos acaban cortándose.

Veinte minutos más tarde.

Giorgio irrumpe en la habitación que comparte con Rocco en la zona de seguridad de la Villa. Rocco está de pie junto a su litera, vistiéndose para el turno de la mañana. Al oír el portazo, se gira con el ceño fruncido.

Rocco dice con acento milanés: ¿Otra vez de putas, Giorgio? En este momento, con Santoro oliéndonos el culo, decides irte a vaciar las pelotas. Eres un irresponsable.

Rocco se corta al ver la palidez en el rostro de su compañero. Giorgio se apoya contra la puerta, respirando con dificultad.

Rocco dice con acento milanés: ¿Qué ha pasado? Habla de una vez.

Giorgio dice con acento siciliano: Seguí al Consigliere al club, Rocco. No le quité la vista de encima como ordenó la Signorina. Pero lo que vi... vi a una copia de ella. Una chica vestida igual, moviéndose igual. Michele Venturi está usando a una de las escorts para fabricarse su propia versión de Dalila.

Rocco se tensa, dejando caer la funda de su arma sobre la cama. Las implicaciones de la Fratinelli y las purgas pasadas vuelven a su mente como un golpe. Saben lo que ocurre cuando un hombre de poder empieza a obsesionarse con lo que no puede tener.

Giorgio dice con acento siciliano: Estoy preocupado, Rocco. Si Dalila se entera, habrá sangre. No sé si debo decírselo o llamar directamente a Flavio. Esto huele a desastre.

Rocco camina hacia él y le pone una mano pesada en el hombro, apretando con fuerza.

Rocco dice con acento milanés: Guarda silencio, Giorgio. Por ahora, calla. Si se lo decimos a Dalila ahora que está con los nervios a flor de piel por lo de Trapani, la perdemos. Mantén la vigilancia sobre el Consigliere. Si notas que ese hombre pierde la cabeza de verdad o intenta propasarse con ella usando esa fantasía, entonces hablaremos con Flavio. Pero por ahora, respira y vigila. No queremos ser nosotros los que prendan la mecha en esta casa.

Giorgio asiente lentamente, aunque la imagen de la falsa Dalila sigue quemándole las retinas, sabiendo que el silencio en la Villa Ferrari se está volviendo tan explosivo como la pólvora.

Re: Cianuro y Seda: El legado del Tirreno

Publicado: Mar Mar 31, 2026 10:16 pm
por Aletheia

AFRONTANDO LO INELUDIBLE

El aire en Catania pesa con una humedad salina, pero dentro de L'Eclissi d'Oro, el ambiente está saturado de un perfume sintético de orquídeas y el eco amortiguado de un piano que parece llorar en la distancia. Mientras la plana mayor de los Ferrari exhibe su poder en la cena del Consejo, Dalila atraviesa el vestíbulo del club con una rigidez inusual que desentona con el lujo decadente del lugar. Bajo el brazo, sostiene una caja de terciopelo azul marino, un "obsequio" que es, en realidad, un caballo de Troya para saciar la curiosidad que la carcome.

Sara la recibe en la recepción. Sus ojos, expertos en leer intenciones tras las máscaras, se entrecierran apenas un milímetro al reconocer a la jefa de seguridad de Michele Venturi.

Sara dice con acento siciliano: "Buonasera, signiorina Dalila. El Consigliere no ha avisado de su visita. El club está bajo una calma tensa esta noche, como bien sabrá."

Dalila sostiene la mirada, su rostro es una placa de granito.

Dalila dice con acento milanés: "El Consigliere no necesita avisar para enviar un presente a su ragazza. Son órdenes directas y estrictas: el obsequio debe ser entregado en mano. Seguridad y protocolo, Sara. Usted mejor que nadie entiende de eso."

Sara vacila, pero la autoridad de Dalila es un muro difícil de escalar. Tras una breve comunicación por el auricular, Sara asiente y le indica el camino hacia el Ala de las Orquídeas, el sector más exclusivo y privado del club.

El pasillo está sumergido en una luz violácea. Caribay espera junto a la puerta de la suite, su postura es elegante pero defensiva. Al ver a Dalila, una sombra de desconcierto cruza su rostro.

Caribay dice con acento venezolano: "Sara me informó. Concettina está... descansando. No es un buen momento para visitas oficiales de la Villa Ferrari."

Dalila dice con acento milanés: "No es una visita oficial. Es una entrega personal de Michele. Apártate. No me hagas repetirlo."

Dalila empuja la puerta antes de que la otra pueda reaccionar. El interior de la suite huele a flores frescas y a un tabaco dulce que Dalila reconoce al instante: el aroma de Michele. En el centro de la estancia, Concettina se levanta del diván.

El silencio que sigue es ensordecedor. Dalila se queda petrificada. El parecido no es una coincidencia estética; es una bofetada metafísica. La estructura ósea, la forma en que el cabello cae sobre los hombros, la profundidad de la mirada... es como verse en un espejo empañado por el vicio y la desesperación.

Concettina rompe el silencio con una risa amarga. Sus ojos se inyectan en sangre de pura rabia. Puesto que no se trata de Michele, habla con su acento materno de Sicilia.

Concettina dice con acento siciliano: "Así que tú eres ella. La sombra. La maldita mujer de hielo que le envenena el alma. Quiero que sepas que mientras tú le destrozas el corazón, él pasa las noches conmigo. ¡Eres tú quien lo tiene consumido en esa espiral de amargura!"

Concettina avanza, temblando de furia ciega. Caribay intenta sujetarla por el brazo, pero la mujer se zafa con una fuerza inesperada.

Concettina dice con acento siciliano: "¡Tú eres la culpable de que Michele no sea feliz! ¡Tú y tu maldito honor de mármol! Le llenas la cabeza de rabia y dolor mientras yo soy la única que le da sosiego. ¡Déjalo en paz, Dalila! ¡Vete de nuestras vidas!"

Antes de que Dalila pueda procesar el insulto, la mano de Concettina cruza el aire en un chasquido seco. La bofetada impacta en la mejilla de Dalila, girándole el rostro. El silencio vuelve, esta vez cargado de una violencia latente. Caribay contiene el aliento, esperando que Dalila desenfunde y termine con la vida de la escort allí mismo.

Dalila, sin embargo, se mantiene inmóvil. Su mejilla arde, pero su corazón se ha congelado. Lentamente, vuelve el rostro hacia Concettina. Sus ojos están vacíos.

Dalila dice con acento milanés: "Pasaré por alto tu agresión solo porque eres la donna del Consigliere y él te valora. Pero que quede claro: tu existencia es un capricho de Michele. Lo que tú llamas felicidad, yo lo llamo debilidad. Una vez más, tu conducta es inadmisible."

Dalila se gira hacia Caribay, quien parece querer disculparse con la mirada.

Dalila dice con acento milanés: "Vigílala. O la próxima vez que me la tope en el camino, traeré un regalo que no querrá abrir."

Al salir del club, el aire frío de la noche no logra calmar el incendio interno de Dalila. En la sombra de un callejón lateral, Giorgio emerge de un coche negro. Su rostro refleja una derrota absoluta; ha llegado tarde por orden de Rocco, y sabe que lo que Dalila ha visto no tiene vuelta atrás.

Giorgio dice con acento siciliano: "signiorina Dalila... no debió entrar. Rocco me pidió que... "

Dalila pasa por su lado sin detenerse, subiendo a su propio vehículo y arrancando con un rugido de motor que desgarra la noche.

Horas más tarde, en la soledad de su habitación en un ala apartada de la Villa, Dalila se observa en el espejo. La marca roja de los dedos de Concettina aún es visible. Se siente aturdida, como si hubiera sobrevivido a una explosión termobárica.

Su mente, siempre lógica y táctica, intenta desesperadamente encontrar una explicación que no duela. Y no la consigue.

Si él la quiere a ella, y yo me le parezco tanto... Me besó porque busca su reflejo en mí, piensa, y el pensamiento es una avalancha que le aplasta el ego y la autoestima.

Dalila habla en voz alta, su voz tiembla por primera vez en años.

Dalila dice con acento milanés: "He sido una tonta idealista ofreciéndole lealtad por encima de mí misma. He manchado mis manos por su apellido. ¿Cómo puede tener honor un hombre que no es capaz de sacar a su mujer de un club y darle una vida diferente?"

Dalila se apoya contra la pared, dejándose deslizar hasta el suelo. El cuestionamiento no es por el vicio de Michele, sino por la paradoja. Él es un hombre atractivo, poderoso, un príncipe de la mafia que podría tener a cualquier mujer de la alta sociedad. ¿Por qué una escort? ¿Por qué esa mujer que es su viva imagen pero en una versión rota y accesible?

Las palabras que una vez le dijo Giovanna Cavalcanti resuenan en su cabeza como una sentencia de muerte: “El amor es una fuerza de la naturaleza que no obedece a lógica ni razones, Dalila. No busques estrategia donde solo hay hambre, donde se busca un fuego que ayude a combatir el hielo del honor.”

La realidad la golpea con la fuerza de un mazo. No es odio lo que siente por Concettina, ni desprecio por Michele. Es una envidia corrosiva y desesperada. Envidia de que esa mujer pueda gritarle, abofetearla y restregarle a la cara su amor, mientras ella, la impecable jefa de seguridad, debe permanecer en silencio, siendo solo una herramienta de guerra cuando en el fondo anhela sentir ese amor que derrite témpanos y calcina las entrañas.

Dalila se cubre el rostro con las manos. Por primera vez en su vida, el muro se rompe. Un sollozo amargo, profundo y ronco escapa de su garganta. Se siente desdichada, pequeña y ridícula bajo su armadura de Kevlar. Llora con la rendición de quien sabe que ha perdido una guerra que ni siquiera se atrevió a declarar. Llora por Michele, por el parecido que la condena a ser "la otra versión" de su deseo, y por el hecho de que, sin importar cuánto lo proteja, nunca podrá ser ella quien lo haga feliz.

En la oscuridad de la habitación, la jefa de seguridad desaparece, dejando solo a una mujer rota por un amor que no tiene lugar en el organigrama de la Cosa Nostra.

¿Te gustaría que la próxima escena fuera el regreso de Michele de la cena del Consejo, encontrándose con una Dalila inusualmente fría y distante que intenta ocultar la marca de la bofetada mientras le entrega el reporte de seguridad?

Re: Cianuro y Seda: El legado del Tirreno

Publicado: Mié Abr 01, 2026 1:59 am
por Aletheia

EL DEBER POR ENCIMA DE TODO

Dalila permanece de pie en el despacho esperando por Michele. Atrás quedaron las horas de llanto, ahora solo tiene un deber que cumplir.
Michele camina rumbo a su despacho luego de la cena. Ha dejado a Leila en su ala privada con Mássimo.
la jefa de seguridad mira por el ventanal, el Etna bufa como si se hiciera eco de su estado de ánimo.
Michele va con la mirada triste no solo por su luto, sino por el rechazo de Dalila.
Michele abre la puerta y se sorprende al verla.
Michele entra y cierra despacio.
Dalila se vuelve al oír que la puerta se abre.
Michele dice con acento Trapanés: "Dalila..."
la jefa de seguridad tiene los ojos enrojecidos y la marca de una palma en la mejilla izquierda.
Dices con acento milanés: "Buona note, consigliere. Lo estaba esperando."
Michele la mira y se tensa visiblemente.
Michele dice con acento Trapanés: "¿qué tienes?"
Michele dice con acento Trapanés: "¿quien te hizo eso?"
Dices con acento milanés: "nada, simplemente que tengo que plantearle una situación y no quiero tomar decisiones sin que esté informado y sin su autorización."
Michele está confundido.
Dalila ignora la pregunta.
Dalila aferra con fuerza la carpeta que tiene en la mano.
Michele camina hasta ESTAR cerca de ella.
Michele dice con acento Trapanés: "Dalila, dime que está pasando."
Dices con acento milanés: "Hoy... hoy estuve en L'Eclissi d'Oro."
Dalila inspira aire para mantenerse serena.
Michele dice con acento Trapanés: "para qué fuiste?"
Dalila lo mira a los ojos.
Michele le sostiene la mirada aunque con cierta preocupación.
Michele dice con acento Trapanés: "Dalila..."
Dices con acento milanés: "porque sé, o mejor dicho, deduje que su donna está allí y, estando las cosas como están, no puede seguir desprotegida."
Michele dice con acento Trapanés: "Lo que sea que hayas visto, tiene una..."
Dalila levanta una mano y lo interrumpe.
Michele dice con acento Trapanés: "Dalila, déjame explicarte, io..."
Dices con acento milanés: "no tiene que darme ninguna explicación, consigliere. Su vida privada solo es de su incumbencia. Yo ...yo debo cumplir con mi deber y por eso estoy aquí."
Michele niega rápidamente.
Dalila niega.
Dalila le extiende la carpeta.
Michele dice con acento Trapanés: "Dalila per favore. Escucha estás..."
Michele coge la carpeta.
Dices con acento milanés: "He elaborado un plan de seguridad para su Donna, estarán ciro y Romano a cargo si usted lo autoriza."
Dices con acento milanés: "Mi sugerencia es que se active el plan cuanto antes. Su donna corre riesgo... pueden, pueden confundirla con la mujer que trabaja para los Ferrari en el puerto. ¿lo entiende?"
Michele lee el contenido con desconcierto.
Michele dice con acento Trapanés: "Dalila, le no es, no es mi... "
Dices con acento milanés: "Una vez que haya tomado su decisión, Notifíqueselo a Rocco, él supervisará la operación de vigilancia y protección para su donna."
Michele dice con acento Trapanés: "Vasta, deja de decir que es mia donna, tienes que escucharme. Dalila. "
Dalila evita mirarlo porque le duele, le duele demasiado y no puede ni debe romperse.
Dalila vuelve a negar.
Michele deja la carpeta en el escritorio.
Dices con acento milanés: "No se preocupe, consigliere. Yo... Yo entiendo perfectamente."
Dices con acento milanés: "ahora, si me permite, voy a retirarme, ha sido un día largo."
Michele se acerca más a ella intentando abrazarla.
Dalila lo esquiva.
Michele dice con acento Trapanés: "Dalila. No tienes que hacer esto, en serio tengo que explicarte..."
Murmuras con acento milanés: "por favor, "
Dalila lo mira con los ojos algo vidriosos.
Dices con acento milanés: "No pasa nada, de verdad. Yo ... yo entiendo."
Michele la mira
Dalila esboza una sonrisa triste.
Dices con acento milanés: "Buona note, consigliere. No tarde en decidir, por el bien de su donna."
Dices con acento milanés: "lo veo mañana, que descanse."
Michele dice con acento Trapanés: "estas sacando conclusiones, Dalila. Déjame hablar..."
Dalila camina a prisa hacia la puerta y sale sin mirar atrás.
Dalila cierra la puerta tras de si con suavidad y da algunos pasos antes de echarse a correr escaleras arriba.
Michele suspira frustrado.
Tocan a la puerta del despacho.
Michele dice con acento Trapanés: "Avanti."
Rocco abre la puerta y entra. Cierra con suavidad a sus espaldas.
Michele mira al guardia con el rostro serio.
Rocco dice con acento milanés: Buona note, consigliere. Estoy aquí por orden de la signiorina Dalila. Ha autorizado ya la asignación de activos a su donna?
Rocco le sostiene la mirada.
Michele golpea el escritorio mirando al hombre.
Rocco levanta ambas cejas.
Michele dice con acento Trapanés: "¡No es mia donna¡!Te prohívo que vuelvas a decir eso. "
Michele dice con acento Trapanés: "Y ¿se puede saber por que nadie me informó de la visita de Dalila al cluv?"
Rocco dice con acento milanés: "pero la signiorina Dalila..."
Michele dice con acento Trapanés: "Todo tiene una puta explicación, explicación que Dalila no quiere escuchar."
Rocco dice con acento milanés: "la signiorina salió sin decir a dónde iba. le dije a Giorgio que la siguiera por seguridad, nadie sabía que iría al club, consigliere.
Rocco guarda silencio.
Michele aprieta los puños.
Michele se vuelve a la carpeta unos segundos. Luego mira a Rocco.
Rocco mira al consigliere y finalmente se decide a hablar.
Michele dice con acento Trapanés: "Va bene. Que cuiden a Concettina pero. Yo me encargaré de hablar con Sara para informarle que no iré más a verla. Que la cuiden solo mientras pasa este problema con Alessio. Es verdad que puede correr peligro."
Michele dice con acento Trapanés: "Mantenme informado lo que ocurra con ella antes que a Dalila."
Rocco dice con acento milanés: Va bene, consigliere.
Rocco dice con acento milanés: ¿Puedo hablarle con franqueza?
Michele asiente afirmativamente.
Michele dice con acento Trapanés: "Te escucho."
Rocco aprieta los dientes y asiente con un gesto de cabeza.
Rocco dice con acento milanés: No quiero que malinterprete mis palabras, consigliere, pero es que esa donna, es demasiado parecida y además, me dijo Giorgio que viste como la signiorina... huele como ella. Eso de verdad se puede explicar? Yo no soy quien, no estoy autorizado a hablar de la signiorina Dalila, pero ella ha tenido una vida muy difichile, para ella el honor es vital, tanto como la lealtad y el deber. Pedirle que entienda o escuche una explicación cuando todo salta a la vista es demasiado... piénselo. Póngase en sus zapatos. usted escucharía una explicación con algo así?
Michele baja la mirada y niega con la cabeza.
Rocco continúa en voz baja.
Rocco murmura con acento milanés: la signiorina se ha forjado con mano de hierro. Hay cosas para ella que no se pueden admitir. Y pedirle más de lo que ya le está dando, consigliere... terminará por romperla.
Rocco carraspea.
Michele suspira.
Rocco dice con acento milanés: disculpe mi atrevimiento. Y si no me necesita, transmitiré sus órdenes.
Michele murmura con acento Trapanés: "Yo sé que me equivoqué. Pero solo queríia decirle que, a la que necesito es a ella..."
Michele dice con acento Trapanés: "Está bene. Vé. "
a Rocco se le ensombrece la mirada.
Rocco se vuelve hacia la puerta y antes de abrir se detiene para mirar al consigliere
Michele lo mira.
Rocco dice con acento milanés: La signiorina Dalila no necesita más obsesión en su vida, consigliere. Tenga eso presente.
Michele suspira profundamente.
Rocco abre y sale sin mirar atrás. Va caminando tenso como una cuerda de violín a punto de romperse.