EL PACTO DE PEDROGRADO
Cuatro años atrásDespacho privado de los Fratinelli, Nápoles.
La atmósfera es densa, saturada por el aroma a café expreso y el perfume sintético de los productos de limpieza que intentan borrar el rastro del velorio de Franccesco. Hay un silencio sepulcral en la villa, un vacío de poder que el aire acondicionado, zumbando con una precisión quirúrgica, no logra llenar. La tensión es una cuerda de piano a punto de quebrarse.
Fulvio Fratinelli permanece de pie junto al ventanal, aferrado al bastón que le ayuda a mantenerse de pie mientras observa el Vesubio como si reclamara la soberanía sobre el volcán. Viste un traje de sastre negro, de corte impecable, que oculta la rigidez de sus hombros. Frente a él, sentado en el sillón que solía ocupar su padre, se encuentra Anatoli Volkov, un alto mando de la Vratva de San Petersburgo. Volkov tiene el rostro surcado por cicatrices que parecen mapas de guerras olvidadas y sus manos, cubiertas de tatuajes de iglesias ortodoxas, descansan sobre un maletín de aluminio.
Fulvio dice con acento napolitano: Mi padre era un hombre de tradiciones, anatoli, pero las tradiciones no llenan las bodegas de los barcos. Su muerte abre una puerta que él siempre mantuvo entornada. Nápoles es vuestra puerta a Europa, y mis muelles son la llave.
Anatoli observa a Fulvio con ojos que tienen el brillo del hielo siberiano. Abre el maletín, revelando fajos de billetes y una serie de documentos de transporte marítimo.
Anatoli dice con acento ruso: Nosotros no buscamos amigos, Fulvio, buscamos infraestructuras. Si tus hombres en el puerto pueden garantizar que la mercancía de San Petersburgo llegue a destino sin que la Guardia di Finanza meta sus narices, tendremos un trato de hierro. Pero si fallas, recuerda que el plomo ruso es más pesado que el italiano.
Fulvio se inclina sobre la mesa, invadiendo el espacio del ruso con una confianza depredadora. Sus ojos brillan con una ambición febril.
Fulvio dice con acento napolitano: Senza paura, Anatoli. Mis hombres no solo controlan los muelles; son los dueños de las sombras que se mueven en ellos. Messina será el centro de nuestra red. Considéralo un pacto de sangre. Giuro su mio padre.
Fulvio extiende la mano y el ruso la estrecha con una fuerza que haría crujir los huesos de un hombre más débil. El pacto está sellado: la nieve rusa comenzará a derretirse en el calor del Mediterráneo.