[Trama Principal] Eco de los Olvidados - Nadie Hace Preguntas

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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[Trama Principal] Eco de los Olvidados - Nadie Hace Preguntas

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La furgoneta blanca lleva diez minutos aparcada frente al portal del número 14 de la calle Industria. No tiene logotipo. No tiene matrícula visible desde la acera. El motor lleva encendido todo ese tiempo, soltando un ronroneo sordo que se mezcla con el ruido del tráfico de fondo como si siempre hubiera estado ahí, como si formara parte del paisaje.
Son las dos y dieciséis de la mañana.
Martina Soler lleva el cubo de basura hasta el contenedor porque no ha podido dormir y porque cuando no puede dormir necesita hacer algo con las manos. Cuando levanta la tapa y la suelta con el golpe metálico de siempre, ve a los dos hombres. Monos grises, sin insignias. Llevan entre los dos a un hombre que camina pero que no parece estar caminando por voluntad propia, los pies arrastrando el suelo como si los hubieran olvidado encender. Uno de los hombres de mono gris mira a Martina.
Ella baja los ojos al contenedor.
Escucha la puerta trasera de la furgoneta. El golpe seco al cerrarse. El cambio de marcha. El ronroneo alejándose calle abajo.
Cuando vuelve a mirar, la calle está vacía.
Martina sube las escaleras despacio. En el segundo piso, la luz del rellano parpadea igual que lleva parpadeando tres semanas. Entra a su apartamento, cierra con llave, echa el cerrojo. Se sienta en el borde de la cama y se queda mirando la pared durante un rato que no sabe cuantificar. Luego se tumba. Cierra los ojos.
No llama a la policía. No lo hace porque los hombres de mono gris no han hecho nada que pueda describir sin que suene a nada. No lo hace porque el hombre que se llevaban no era nadie que ella conociera. No lo hace porque hay una diferencia entre ver y saber, y Martina Soler ha aprendido, como aprende todo el mundo tarde o temprano en esta ciudad, que es más seguro quedarse en el lado del ver.
A tres portales de distancia, Ferran Ibáñez ha visto la misma escena desde la ventana de su salón. Ha grabado cuatro segundos con el móvil antes de que se le fuera el pulso y la imagen quedara borrosa e inútil. Todavía tiene el teléfono en la mano cuando decide borrar el vídeo. No porque alguien se lo haya ordenado. Nadie le ha dicho nada. Nadie tiene que decírselo.
Lo borra porque recuerda que el mes pasado desapareció el vecino del quinto que siempre se quejaba del ruido. Y porque a nadie pareció importarle demasiado. Y porque Ferran tiene una hija de once años que duerme al fondo del pasillo y que mañana tiene clase.
La calle Industria vuelve a estar en silencio.
En la comisaría del distrito, el agente Gómez termina su turno de noche sin haber recibido ninguna llamada sobre el número 14. Lo cual tiene sentido, porque nunca las recibe. No exactamente. Hay vecinos que a veces llaman para preguntar si todo está en orden, con esa forma particular de preguntar que en realidad es una forma de no preguntar nada, solo de dejar constancia de que ellos también han visto algo, por si acaso, por si algún día alguien lo necesita saber. El agente Gómez anota: Sin incidencias. Es lo que se anota siempre.
El hombre de los pies arrastrados no tenía nombre registrado en ningún padrón municipal. Llevaba once meses durmiendo bajo el paso elevado de la Avenida del Puerto. Los que compartían ese espacio con él lo llamaban Roque, aunque probablemente no fuera su nombre real. Nadie lo sabe con certeza porque nadie se lo había preguntado.
Nadie pregunta, en general.
Es más fácil así.
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[Trama Principal] Eco de los Olvidados - Nadie Presenta Denuncias

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El formulario SE-14 tiene tres páginas y una nota al pie que dice que puede descargarse en formato accesible desde el portal de la administración electrónica. El portal lleva caído desde el martes.
La sala de espera de la Comisaría del Distrito Centro huele a plástico caliente y a café de máquina. Hay ocho sillas de plástico naranja atornilladas al suelo en dos filas de cuatro. Cinco están ocupadas. Nadie mira a nadie. Todos miran sus teléfonos o el suelo o el cartel plastificado que lleva tres años pegado en la pared con celo amarillento y que dice Su seguridad es nuestra prioridad.
Lucía Vega lleva cuarenta minutos esperando su turno.
Ha venido a denunciar la desaparición de su hermano. Tiene treinta y dos años, trabaja en un almacén de distribución en turno partido, y ha tardado una semana en decidirse a venir porque su hermano ya había desaparecido otras veces, una o dos, aunque nunca tanto tiempo. Lleva en el bolso una foto impresa en papel normal de impresora, un poco pixelada, porque la imprimió con el cartucho casi vacío. En la foto su hermano sonríe delante de un árbol de Navidad. Tiene treinta años en esa foto. Ahora tiene treinta y cuatro.
O los tenía. Lucía no sabe qué tiempo verbal usar y eso le parece la cosa más aterradora de toda la situación.
Cuando la llaman, el agente que la atiende se llama Domínguez según la placa. Tiene ojeras y un termo de café en el escritorio y una expresión que no es mala voluntad sino agotamiento puro, el tipo de agotamiento que se acumula durante años de hacer el mismo trabajo con los mismos recursos.
— ¿Cuándo fue la última vez que tuvo contacto con el desaparecido?
— Hace dieciséis días. Me mandó un mensaje diciendo que había encontrado trabajo. Luego nada.
— ¿Tiene historial de desapariciones voluntarias?
Lucía duda un segundo. Es el segundo que lo decide todo.
— Dos veces. Pero cortas. Una semana como mucho.
El agente Domínguez escribe algo. Lucía no puede ver qué.
— ¿Tiene domicilio fijo?
— Llevaba unos meses en casa de un amigo. Pero el amigo tampoco sabe nada.
— ¿Nombre del amigo?
— No lo sé. Solo sé que se llamaba Toni y que vivía por Malvarrosa.
Más escritura. El bolígrafo del agente Domínguez hace un ruido seco y él lo sacude dos veces antes de que vuelva a funcionar.
— ¿Tiene usted motivos para creer que su hermano haya podido marcharse por voluntad propia?
Lucía abre la boca. La cierra.
La pregunta no está formulada con mala intención. Está formulada de una manera específica, con un orden de palabras específico, porque ese orden de palabras conduce a una respuesta específica que lleva a una casilla específica del formulario SE-14, y esa casilla, cuando se marca, clasifica el caso de una manera que determina los recursos que se le asignan y el tiempo que tardará alguien en mirarlo.
— Sí, — dice Lucía. — Supongo que sí.
No es lo que cree. Es lo que sabe que tiene que decir para que el trámite avance, porque alguien en algún momento le dijo que si dices que no tienen motivos para irse por voluntad propia el papeleo tarda más, y ella solo quiere que empiece a moverse algo, lo que sea, cualquier cosa.
El agente Domínguez le da un número de expediente escrito a mano en un papel pequeño. Le dice que en un plazo de diez a quince días hábiles recibirá notificación sobre el estado de las gestiones. Le dice que si hay novedades por su parte que las comunique a través del portal electrónico.
Lucía mira el papel. Mira el número de expediente. Piensa en decir algo sobre el portal caído desde el martes pero ya está de pie y el agente Domínguez ya está mirando hacia la sala de espera y hay tres personas más en las sillas naranjas.
Sale a la calle con el papel en la mano y la foto de su hermano todavía en el bolso, sin usar.

Tres semanas después, el expediente está archivado bajo la categoría Ausencia voluntaria, adulto, sin indicios de delito. No ha sido consultado por nadie. No ha generado ninguna alerta. No ha llegado a ninguna base de datos que lo cruce con otros casos similares, porque cruzar bases de datos requiere un protocolo y el protocolo requiere una solicitud y la solicitud requiere que alguien la haga y nadie la ha hecho porque para hacerla primero tendría que saber que hay algo que cruzar.
En el servidor central de Imperium Corporation, una entrada sin nombre registra la incorporación satisfactoria de un nuevo sujeto al Proyecto ARCA. Fecha. Código de identificación. Estado: procesando.
Sin incidencias.
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Re: [Trama Principal] Eco de los Olvidados - El Hallazgo

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Punto de vista: Elena Saura

La lluvia lleva cayendo desde medianoche sobre el Puerto Libre y ha convertido el suelo de adoquines irregulares en una superficie de reflejos rotos.
Ofelia camina con una sonrisa ladina en el rostro, ama la lluvia, pero odia el frío y teme que algún loco la empiece a perseguir
Las grúas oxidadas del antiguo distrito portuario se recortan contra el cielo de Valencia como esqueletos de algo que fue importante y dejó de serlo de golpe, sin transición, de un día para otro.
Ofelia camina, buscando un lugar en el cual tomar fotos con su cámara a prueba de agua
Son las cuatro menos veinte.
Ofelia Se aleja el flequillo del rostro para ver mejor y maldice en voz baja
Elena Saura está tumbada de lado sobre el adoquín mojado, con la mejilla apoyada en el brazo como si se hubiera quedado dormida, excepto que nadie se queda dormido así, en esa postura, con esa quietud.
Ofelia observa a a una mujer dormida en la calle, saca la cámara y le hace una foto
Ofelia murmura con acento italiano: "esto vendrá genial para un cuadro"
Es una mujer de unos sesenta años. Ropa de abrigo. Buenas botas, lo cual llama la atención. Las buenas botas en el Puerto Libre siempre llaman la atención.
Ofelia se acerca para despertarla, es entonces cuando se fija en sus botas
Ofelia dice con acento italiano: "mierda, no me jodas"
Elena Saura abre los ojos.
Ofelia observa a la mujer con la mandíbula tensa
la analiza de cerca
Los ojos están desenfocados pero hay algo dentro, algo que todavía sabe dónde está y que hace un esfuerzo visible, agotador, por comunicarlo.
Ofelia le pone una mano en el rostro
Ofelia dice con acento italiano: "eh, señora, está bien? quiere que llame un médico?"
Murmuras: "Arca..."
Ofelia no puede escuchar bien por la lluvia, acerca el oído a la boca de la señora
Ofelia dice con acento italiano: "llamaré un médico, señora, qué hace en un lugar tan jodido a esta hora"
Murmuras: "Ar.... Ca...."
Luego los ojos se cierran y la respiración se vuelve lenta y regular, el tipo de respiración que no es sueño sino otra cosa, algo más profundo y más preocupante que el sueño.
Ofelia dice con acento italiano: "qué es arca!"
Ofelia observa a la señora
En el bolsillo interior de su chaqueta, cosido al forro con hilo negro y puntadas pequeñas y muy juntas, hay algo duro del tamaño de una uña.
Ofelia dice con acento italiano: "mierda"
Ofelia analiza las botas, si las bende podrá conseguir un buen dinero, falta que le hace, con lo mal que se vive siendo artista
Ofelia se acerca a la señora, mete las manos en su chaqueta buscando una cartera con dinero
Lo que encuentra es Un microchip sin marca visible, de fabricación que no corresponde a ningún estándar comercial conocido, con un número grabado en el lateral en una tipografía tan pequeña que necesita luz directa para leerse.
Ofelia se guarda el microchip, algo tensa, le quita las botas a la señor ay busca un portal vacío en el que pueda sentarse a leer lo que pone el chismecito aquel
agradece la lluvia, toda huella será borrada ¡Y sin necesidad de un guante! Tal vez sea su noche de suerte
Ofelia se guarece en el primer techo que ve, saca el móvil, enciende la linterna y señala directo al microchip
El número es: ARC-0047.
Un pensamiento cruza la mente de Ofelia: En algún lugar de la ciudad hay cuarenta y seis números anteriores a ese.
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Re: [Trama Principal] Eco de los Olvidados - El Patrón

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La pantalla principal del servidor del Puerto Libre tiene dieciséis meses de polvo acumulado en el marco y una grieta en la esquina inferior izquierda que nadie ha reparado porque nadie sabe de quién es responsabilidad repararla. Son las tres de la madrugada y la sala huele a soldadura fría y a la infusión de bolsita que Noa lleva dos horas dejándose enfriar en el borde del escritorio.
Noa tiene veintiséis años y lleva dieciocho meses mapeando la red de cámaras de la ciudad. No todas las cámaras, solo las que tienen fisuras en el protocolo de acceso, que son más de las que el Ayuntamiento reconocería públicamente. Lo hace porque le parece importante y porque no sabe hacer otra cosa cuando no puede dormir, que es casi siempre.
Esta noche ha encontrado algo.
Lo ha encontrado porque lleva semanas viendo lo que parecían anomalías menores: cortes de señal de entre cuatro y siete segundos en cámaras de zonas concretas, siempre de noche, siempre entre la una y las cuatro, siempre seguidos de la aparición de un vehículo sin matrícula registrada en los fotogramas inmediatamente posteriores al corte. Anomalías menores por separado. Un patrón cuando se ponen juntas.
Ha construido el mapa esta noche. Está en la pantalla ahora mismo.
Diecinueve localizaciones distintas en cuatro ciudades. Valencia, Madrid, Barcelona, Zaragoza. Los cortes de señal ocurren siempre en un radio de doscientos metros alrededor de zonas de alta concentración de población no censada: asentamientos informales, albergues de tránsito, zonas de ejercicio de trabajo sexual, espacios bajo puentes.
Zonas donde la gente desaparece sin que quede registro de que alguna vez estuvo.
Noa abre un archivo nuevo y empieza a escribir. Escribe durante veinte minutos sin parar. Luego se detiene, relee lo que ha escrito, y borra el nombre del archivo que había puesto, que era Informe preliminar, y lo renombra como Notas personales borrador sin terminar.
No porque no confíe en los del Puerto Libre. Confía en la mayoría de ellos. Lo hace porque si esto es lo que parece que es, un archivo llamado Informe en un servidor con dieciséis meses de polvo en el marco no es suficiente protección para nadie.
Guarda el archivo en un dispositivo externo. Esconde el dispositivo. Apaga la pantalla.
Luego se queda sentada en la oscuridad un momento, mirando donde estaba el mapa, pensando que necesita hablar con alguien pero que no sabe todavía con quién, porque la persona con quien hablas de algo así determina todo lo que ocurre después, y ese es el tipo de decisión que no se toma a las tres de la madrugada con una infusión fría en la mano.
Lo decide mañana.
Si es que mañana sigue pareciendo buena idea decidirlo.
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[Trama Principal] Eco de los Olvidados - El Negocio

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El restaurante lleva cerrado al público desde las once. Las sillas están subidas sobre las mesas y la barra está limpia y la única luz encendida es la de la trastienda, donde hay una mesa de madera oscura con tres hombres sentados y uno de pie.
El que está de pie se llama Sergio. Tiene cuarenta y tres años y lleva veinte gestionando la logística informal de media docena de negocios que en los papeles no existen y que en la práctica mueven más dinero que algunos de los que sí existen. No es un hombre de violencia innecesaria. Es un hombre de orden, que es una cosa distinta.
Esta noche está de pie porque sentarse implicaría que esto es una conversación normal y esto no es una conversación normal.
— Tres, — dice. — En dos semanas.
Los otros tres hombres no dicen nada. Saben contar.
— El Chino llevaba cuatro años. Cuatro años sin un problema. El Rubio, tres. Marta, dieciocho meses. — Hace una pausa. — Marta tenía un hijo.
Tampoco dice esto para crear ambiente. Lo dice porque es un dato relevante: alguien con un hijo no se va. Alguien con un hijo no desaparece sin decir nada, sin llevarse nada, sin dejar ningún rastro que tenga sentido.
— He preguntado en la calle. Nadie los ha visto irse. Nadie los ha visto llegar a ningún sitio. — Coge la copa que tiene en la mesa, la mira, la deja sin beber. — Lo que sí hay es gente que ha visto furgonetas blancas en los días anteriores a cada desaparición. Sin matrícula. Sin logotipo. Siempre por la noche.
Uno de los sentados, un hombre mayor con las manos de alguien que ha trabajado mucho con ellas, dice:
— ¿Imperium?
Sergio no contesta inmediatamente. La pausa es su respuesta.
— No lo sé. — Lo dice de una manera que significa que lo sospecha pero que no lo puede demostrar todavía y que la diferencia entre saber y demostrar es exactamente la diferencia entre hacer algo y no poder hacer nada. — Lo que sé es que alguien está operando en nuestro territorio sin permiso. Y que lleva haciéndolo suficiente tiempo como para que yo me haya enterado tarde.
Eso último lo dice con una calidad específica en la voz. No es vergüenza. Es algo más frío que la vergüenza.
— Quiero información. — Se sienta por fin. — Lo que sea. Quién, cómo, dónde. No me importa de dónde venga ni lo que cueste conseguirla. — Mira a cada uno de los tres. — Y quiero que quien me la traiga entienda que no le voy a preguntar con quién ha hablado para obtenerla. Mientras sea real.
La reunión termina diez minutos después. Los tres hombres salen por la puerta trasera. Sergio se queda solo en la trastienda con la copa que no ha bebido y el nombre de tres personas que ya no están.
Marta tenía un hijo.
Eso no se lo va a olvidar.
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[Trama Principal] Eco de los Olvidados - Dentro

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La instalación no tiene nombre en ningún cartel. Desde fuera parece exactamente lo que dice ser en los documentos municipales: un centro de formación y reinserción laboral, financiado parcialmente por la Fundación Imperium, con capacidad para ochenta personas y todos los permisos en regla.
La diferencia entre la planta de arriba y la de abajo es una puerta de seguridad de nivel cuatro con acceso biométrico y un tramo de escaleras que no aparece en los planos registrados en el Ayuntamiento.
La planta de abajo huele a antiséptico y a algo más difícil de nombrar, algo que no es exactamente miedo pero que podría ser la memoria del miedo, el residuo que deja cuando lleva suficiente tiempo presente en un espacio cerrado.
Hay cuarenta y siete celdas. La mayoría tienen la puerta abierta. No hace falta cerrarlas.
Los sujetos del Proyecto ARCA no intentan marcharse. No porque no puedan físicamente, sino porque el proceso en el que están inmersos actúa sobre la arquitectura de la memoria de una manera que los investigadores del proyecto describen en sus informes internos como reconfiguración de la narrativa identitaria, que es una forma técnica y limpia de decir que las personas que entran aquí, después de un tiempo, ya no recuerdan con precisión quiénes eran antes de entrar.
No lo olvidan de golpe. Lo pierden despacio, como se pierde la señal de radio al alejarse de la ciudad. Primero los detalles periféricos. Luego los nombres. Luego los rostros. Luego la certeza de que había algo que recordar.
Lo que queda no es una persona rota. Es una persona nueva, funcional, tranquila, dispuesta. Los informes internos llaman a esto fase de integración satisfactoria.
En la celda cuarenta y siete hay una mujer de unos sesenta años. Lleva tres días. Todavía recuerda su nombre, que es Elena, aunque ya no recuerda con precisión el apellido, que era Saura, aunque eso tampoco importa demasiado porque nadie aquí usa apellidos.
Todavía recuerda el Puerto Libre. Todavía recuerda por qué fue hasta allí. Todavía recuerda que cosió algo en el forro de su chaqueta antes de salir, aunque ya no recuerda exactamente qué, ni exactamente por qué, ni exactamente para quién.
Esa parte se irá mañana. O pasado. Pronto.
El técnico que hace la ronda nocturna pasa frente a la celda cuarenta y siete, mira a Elena a través del panel de cristal, anota en su tablet: Sujeto ARC-0047. Estado: procesando. Sin incidencias.
Apaga la luz del pasillo al salir.
En la oscuridad, Elena Saura mueve los labios sin emitir ningún sonido.
Está intentando recordar un nombre. El nombre de alguien a quien quería decirle algo importante. No recuerda el nombre. Recuerda que el nombre existía, que era importante, que tenía una forma específica en la boca.
Lo intenta durante un rato.
Luego se queda dormida.
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