Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Villa Borgo Segreto (Palermo).
La tarde se siente opresiva. El siroco carga el aire de polvo sahariano y una tensión eléctrica que eriza la piel.
El sonido de los neumáticos de un sedán negro triturando la grava de la entrada principal de Borgo Segreto marca el inicio del fin. Beatrice Conti aguarda tras la puerta de roble tallado, con la espalda tan rígida que parece a punto de quebrarse. Al abrir, se encuentra con la figura maciza de Francesco Fratinelli; el hombre exhala un humo denso de su cigarro directamente hacia el rostro de la mujer, una invasión territorial inmediata. Beatrice no parpadea, aunque sus dedos se hunden en la seda de su falda.
Beatrice dice con acento milanés: Mi marido lo espera en el despacho, Don Francesco. Por favor, evite dejar ceniza en la alfombra; es una pieza persa auténtica.
Sin esperar respuesta, lo conduce por el pasillo de mármol hasta una puerta de caoba pesada. Al abrirla, el ambiente cambia. El despacho de Riccardo es un mausoleo de gloria pasada: paredes forradas en cuero verde inglés, estanterías repletas de libros de contabilidad que solo registran pérdidas y un escritorio monumental desordenado con recibos de apuestas y copas de cristal con restos de brandy. El aire huele a papel viejo, tabaco rancio y al sudor frío de un hombre que sabe que ha perdido la partida antes de mover la primera pieza.
Beatrice se retira cerrando la puerta tras de sí, dejando a los dos hombres en un silencio que solo rompe el tic-tac de un reloj de péndulo que parece contar los segundos de libertad que le quedan a la familia.
Francesco se sienta sin invitación, ocupando el espacio con una brutalidad natural.
Francesco dice con acento napolitano: Riccardo, me aburren los números. Doce millones en la mesa de bacará y otros cinco en los muelles que ya no te pertenecen. Podría quitarte esta villa, dejar a tu mujer en la calle y a tu hijo Flavio pudriéndose en una zanja, pero soy un hombre de familia.
Riccardo se encoge tras su escritorio, jugueteando con un abrecartas de plata. Sus ojos, antes altivos, evitan la mirada de acero de Fratinelli.
Riccardo dice con acento milanés: Dame tiempo, Francesco. Estoy moviendo unos activos en Milán. Solo dos semanas más y tendré el efectivo.
Francesco suelta una carcajada seca que no llega a sus ojos.
Francesco dice con acento napolitano: No tienes nada, Riccardo. Solo tienes una cosa que me interesa. Mi hijo Fabrizio necesita una esposa que limpie nuestra sangre con un apellido como el tuyo. Entrégame a Dalila. Un contrato matrimonial firmado hoy mismo y tus deudas mueren con mi firma. Ella vivirá como una reina en mi casa, y tú recuperarás tu honor... o lo que queda de él.
La duda cruza el rostro de Riccardo como una sombra física. Sus labios tiemblan, pensando en su hija de catorce años, en sus libros y su risa clara. Pero luego mira la pila de deudas, el miedo a la pobreza y a la muerte violenta que Fratinelli representa. El orgullo de un Vescovi, herido y podrido, termina por ceder.
Riccardo dice con acento milanés: Un contrato formal... con garantías de que será tratada como una dama. Si firmo, ¿las deudas desaparecen?
Francesco desliza un documento de papel grueso sobre la mesa y un bolígrafo de oro.
Francesco dice con acento napolitano: Palabra de Fratinelli, Riccardo. Firma y duerme tranquilo. Tu niña va a ser la mujer más importante de Nápoles.
Riccardo toma el bolígrafo. Su mano no tiembla cuando estampa la rúbrica que condena a su hija al infierno.
Dos horas después
Salón Principal de Borgo Segreto.
La estancia huele a lujo marchito, acompañado de la luz crepuscular que presagia una tragedia.
El salón de Borgo Segreto es una estancia de techos altos con frescos que representan escenas de caza, ahora oscurecidos por el tiempo. Grandes ventanales de cristal de Murano filtran una luz anaranjada que baña los sofás de terciopelo azul y las mesas de centro de mármol. En un rincón, sentada en un diván, la pequeña Dalila de catorce años está absorta en una pantalla táctil, programando líneas de código sencillas, ajena a que su vida acaba de ser subastada unos metros más allá.
Riccardo entra en el salón. Camina como un hombre que lleva el peso del mundo sobre sus hombros. Beatrice, que lo esperaba de pie junto a la chimenea apagada, lo aborda de inmediato.
Beatrice dice con acento milanés: ¿Y bien? ¿Se ha ido ese animal? Dime que has encontrado una forma de pagarle sin que ese hombre vuelva a pisar esta casa, Riccardo.
Riccardo no la mira. Se acerca al mueble bar y se sirve una dosis generosa de whisky. El sonido del cristal chocando contra la botella resuena como un disparo en el salón silencioso. Dalila levanta la vista de su dispositivo, captando la vibración de desastre en el aire.
Riccardo dice con acento milanés: He salvado la villa, Beatrice. Y el futuro de Flavio. He firmado un acuerdo de alianza con los Fratinelli. Dalila se casará con Fabrizio cuando cumpla la edad. Es un honor... una unión de familias poderosas.
Beatrice se queda lívida. Se acerca a él y le arrebata el vaso, estrellándolo contra el suelo. El líquido se esparce como una mancha de sangre sobre la alfombra.
Beatrice dice con acento milanés: ¡Eres un cobarde! ¡Has vendido a tu propia sangre para salvar tu pellejo de jugador! Ese hombre no quiere una esposa para su hijo, quiere un trofeo para humillarnos. ¡Llama a Olimpia Benedetto ahora mismo! Ella es la única que puede detener esta locura.
Dalila se pone de pie, dejando caer su tablet. Mira a su padre con una confusión que rápidamente se transforma en un terror instintivo.
Dalila dice con acento milanés: ¿Padre? ¿De qué está hablando mamá? Yo no quiero irme con esos hombres. No me gusta cómo me mira ese señor Francesco.
Riccardo finalmente la mira, pero no hay consuelo en sus ojos, solo la frialdad del hombre que ha decidido sobrevivir a costa de otros.
Riccardo dice con acento milanés: Es por el bien de la familia, Dalila. Aprenderás a ser una mujer fuerte. Y tú, Beatrice, no vuelvas a mencionar a esa mujer, a la Benedetto. No aceptaré la caridad de la hija de un simple empleado. El trato está cerrado.
La atmósfera en el salón se vuelve gélida. Dalila retrocede, sintiendo por primera vez que las paredes de su propia casa, de su amada Borgo Segreto, se han convertido en las barras de una jaula que su propio padre acaba de cerrar bajo llave.
Vestíbulo de Borgo Segreto.
Una lluvia fina y persistente humedece los muros de piedra de la villa, mientras en el interior, el silencio sepulcral es roto solo por el crujido de la leña en la chimenea. El ambiente exhala una falsa calma, la de una presa que ignora que el cepo ya ha sido activado.
El vestíbulo de Borgo Segreto es una estancia diseñada para la intimidación aristocrática: un espacio de doble altura con suelos de mármol damero en blanco y negro que resuenan con cada paso. Una gran lámpara de cristal de Bohemia cuelga del techo abovedado, proyectando fractales de luz sobre las paredes adornadas con tapices antiguos. Sin embargo, en esta época, la seguridad es mínima; no hay escáneres, solo una cerradura de latón y la arrogancia de un apellido que Riccardo cree que aún lo protege.
El estruendo de la puerta principal al ser reventada desde fuera resuena como un cañonazo. Media docena de hombres con abrigos de cuero oscuro irrumpen, trayendo consigo el olor a asfalto mojado y pólvora. Beatrice, que bajaba la escalinata de caracol con un libro en la mano, se queda petrificada a mitad de camino. Uno de los hombres, un matón de facciones rudas, la alcanza en tres zancadas y la inmoviliza contra la barandilla de hierro forjado, hundiendo sus dedos en sus hombros con una fuerza innecesaria.
Beatrice grita con acento milanés: ¡Riccardo! ¡Flavio! ¡Fuera de esta casa, animales! ¡No tienen derecho a estar aquí!
Riccardo sale de su despacho a trompicones, con la corbata deshecha y el rostro desencajado por el pánico. Al ver a los hombres armados en su vestíbulo, intenta recuperar una autoridad que ya no posee.
Riccardo dice con acento milanés: ¿Qué significa esto? El acuerdo decía que vendrían por ella en cuatro años, cuando fuera mayor de edad. ¡Teníamos un trato con Francesco!
En lo alto de la escalera, dos hombres arrastran a Dalila fuera de su habitación. La niña, vestida con un camisón de algodón celeste, lucha desesperadamente, clavando sus talones en los peldaños mientras sus gritos de terror llenan el vacío del vestíbulo.
Flavio, de diecisiete años, aparece desde el pasillo lateral con un atizador de hierro en la mano. Sus ojos azul cian arden con una furia suicida. Se lanza contra el hombre que sujeta a su madre, pero antes de llegar, otros dos matones lo interceptan. El sonido del metal chocando contra el mármol precede al de la carne siendo golpeada. Lo lanzan contra el suelo y comienzan a patearlo con una saña rítmica; la sangre de Flavio empieza a manchar los cuadros blancos del suelo.
Nino Gianetto, la mano derecha de Francesco, entra con paso calmado, ajustándose los guantes de piel negra. Se detiene frente a Riccardo, quien tiembla como una hoja.
Nino dice con acento napolitano: El Don ha decidido que la educación de la niña debe empezar de inmediato. Los plazos han cambiado porque tu palabra, Riccardo, vale menos que el estiércol en Nápoles.
Nino saca un sobre lacrado de su bolsillo interior y lo deja caer sobre el pecho de un Flavio semiinconsciente. Luego, se gira hacia los hombres que bajan a Dalila a rastras por la escalera. La niña mira a su hermano sangrando y a su padre paralizado, y sus ojos se clavan en los de Riccardo con una acusación silenciosa que lo perseguirá hasta la tumba.
Nino dice con acento napolitano: Aquí tienes la notificación del inicio del servicio. Un solo movimiento hacia la policía, un solo susurro a cualquiera de tus supuestos aliados, y te devolveremos a la niña por piezas en bolsas de basura diferentes. Disfruta de tu deuda pagada, Vescovi.
Los hombres salen llevándose a Dalila, cuyos gritos se pierden en la noche bajo la lluvia de Palermo. El vestíbulo queda sumido en un silencio aterrador, solo roto por los sollozos de Beatrice y el sonido de la sangre de Flavio goteando sobre el mármol impasible.
Hay un contraste violento entre el calor húmedo y opresivo de una Sicilia enlutada y el frío cortante, casi quirúrgico, de los Alpes. El aire en el ático de Torino huele a café amargo, cuero nuevo y al ozono que precede a las tormentas de nieve. Es un ambiente de poder absoluto, donde el silencio no es paz, sino vigilancia.
Olimpia permanece de pie frente al ventanal sosteniendo una copa de vino mientras aguarda. Vincenzo se aproxima com paso firme como el depredador que es; apoya una mano sobre la espalda de Olimpia y asciende en una caricia posesiva que busca aliviar el fuego de la indignación que late bajo la mujer que, frente al mundo de la mafia, se convierte en un iceberg; pero que en la intimidad, solo frente a la mirada de él, muestra la humanidad que mantiene en cintura con una correa.
Vincenzo dice con acento napolitano: Moveremos cielo y tierra, no tienes de qué preocuparte.
Olimpia apenas se vuelve. Sus ojos azul acero permanecen fijos en él. Solo la blancura de esos nudillos que afianzan la copa deja entrever un reflejo de rabia contenida.
Olimpia dice con acento romano: Eso no lo pongo en duda.
Vincenzo acaricia la suave piel de la nuca con el pulgar.
Vincenzo dice con acento napolitano: Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?
Olimpia deja escapar un suspiro apenas perceptible.
Olimpia murmura con acento romano: Que lo hagamos demasiado tarde.
Al día siguiente
El trayecto desde Borgo Segreto hasta el aeropuerto de Punta Raisi es un descenso a los infiernos del silencio. Beatrice Conti no ha vuelto a mirar a Riccardo desde que la puerta se cerró tras Dalila; para ella, su marido es ahora un cadáver que aún respira. Flavio, con el rostro amoratado y un ojo inyectado en sangre, conduce el coche con una rigidez mecánica. Al llegar a la terminal, el aire acondicionado del aeropuerto parece un ensayo del frío que buscan en el norte.
Vuelan hacia Torino bajo una identidad falsa proporcionada por un viejo contacto de la familia Conti. Mientras el avión sobrevuela el Tirreno, Beatrice observa las nubes, imaginando los gritos de su hija perdiéndose en la inmensidad del mar. Flavio no duerme; sus dedos tamborilean sobre el reposabrazos, trazando líneas de fuego imaginarias. Al aterrizar en Caselle, la niebla piamontesa los envuelve como una mortaja gris. Torino no recibe a nadie con los brazos abiertos; exige una razón para existir en sus calles rectilíneas y aristocráticas.
El ático de Olimpia Benedetto corona un edificio racionalista en el Corso Vittorio Emanuele II. Es una estructura de cristal y acero que parece flotar sobre la ciudad. Al entrar, el lujo es radicalmente distinto al de Palermo: no hay frescos ni antigüedades polvorientas, solo muebles de diseño italiano en tonos ceniza y ventanales que muestran una panorámica gélida de la Mole Antonelliana.
Olimpia los recibe de pie junto a un escritorio de cristal negro. Viste un traje de sastre gris marengo que acentúa su figura imponente. Sus ojos acerados recorren las heridas de Flavio y el agotamiento de Beatrice con la precisión de un escáner médico.
Olimpia dice con acento romano: Habéis tardado tres semanas, Beatrice. Tres semanas en las que el orgullo de Riccardo ha pesado más que los huesos de su hija. En Nápoles, tres semanas son una eternidad de suciedad.
Beatrice se desploma en una silla de cuero, ocultando el rostro entre sus manos. Sus hombros se sacuden, pero no emite sonido alguno; sus lágrimas se agotaron en el vuelo.
Beatrice dice con acento milanés: Ricardo es un hombre muerto, Olimpia. No vine por él. Vine por la niña que él vendió. Te lo ruego... búscala. Usa tus contactos, tus armas, lo que sea necesario. No me queda nada más que entregarte.
Olimpia rodea el escritorio y se detiene frente a Flavio. El joven sostiene la mirada de la mujer con una intensidad que hace que el aire vibre a su alrededor.
Olimpia dice con acento romano: Sabes que yo no muevo un solo dedo por caridad, ¿verdad?. Si entro en Nápoles a arrebatarle una presa a los Fratinelli, estaré iniciando una guerra que vuestra familia no puede costear. Si salvo a Dalila, los Vescovi dejarán de existir como entidad independiente. Seréis míos. Vuestras vidas, vuestras propiedades y vuestra lealtad me pertenecerán hasta que yo decida lo contrario.
Flavio da un paso adelante, ignorando el dolor de sus costillas fracturadas. Hinca la rodilla derecha sobre el suelo de resina blanca, con una solemnidad que parece envejecerlo diez años de golpe. Toma la mano de Olimpia, una mano que huele a perfume de nicho y a decisiones implacables.
Flavio dice con acento milanés: Mi padre ha perdido el derecho a hablar por nosotros. Yo, Flavio Vescovi, acepto tus términos. Si traes a mi hermana de vuelta, te entrego mi vida. Seré tu espada, tu sombra o el perro que guarde tu puerta. Juro lealtad de sangre a los Benedetto. Que mi nombre se borre si alguna vez te traiciono.
Olimpia observa el fuego en los ojos azul cian del joven y, por primera vez, asiente con una leve sonrisa de satisfacción. Es el nacimiento de un activo valioso.
Olimpia dice con acento romano: Levántate, Flavio. No quiero perros, quiero hombres que sepan odiar con inteligencia. Empezaremos esta noche. Nápoles va a aprender que no se toca lo que yo decido proteger.
Olimpia se gira hacia un monitor de seguridad donde empiezan a aparecer flujos de datos y mapas de calor de la zona portuaria de Nápoles. Su equipo táctico ya está en posición. Beatrice mira a su hijo y luego a Olimpia, sintiendo que ha vendido el alma de la familia al diablo para salvar el cuerpo de su hija, y por primera vez en semanas, siente que ha tomado la decisión correcta.
Olimpia dice con acento romano: Quedaos aquí. Mi personal os atenderá. Flavio, mañana empezarás a aprender cómo se maneja una crisis real. Si vamos a rescatar a una Vescovi, vas a necesitar algo más que un atizador de chimenea para mantenerla a salvo después.
La siguiente escena de rol contiene descripciones gráficas de violencia física, tortura psicológica y abuso sexual sistemático a una menor de edad. Se recomienda extrema discreción. Contenido no apto para personas sensibles ni menores de edad.
Sótano y Club Privado de los Fratinelli, Nápoles.
Observas un entorno de opulencia podrida. El aire en los niveles inferiores de la mansión napolitana es denso, cargado de un olor a moho, tabaco dulce y el rastro metálico de la sangre seca. Es un espacio donde el tiempo no se mide en horas, sino en ciclos de dolor y silencios rotos por el sonido de cerraduras electrónicas.
punto de vista: Franccesco
Francesco Fratinelli observa a la joven Vescovi a través del cristal reforzado de la celda de lujo. Dalila, de catorce años, permanece ovillada en una esquina del colchón, con la mirada fija en la pared. No ha probado bocado en dos días.
Francesco entra en la estancia con la pesadez de un animal dominante, dejando que el humo de su cigarro llene el escaso espacio respirable. Se sienta en una silla de madera frente a ella, golpeando rítmicamente su rodilla con una fusta de cuero.
Francesco dice con acento napolitano: ¿Crees que el silencio te va a salvar, piccirilla? En esta casa, tu nombre no vale más que el papel del contrato que firmó tu padre. Él te cambió por su pellejo. Eres una inversión, y las inversiones deben dar frutos. Si no comes, te alimentaré con una sonda. Si no caminas, te romperé las piernas para que tengas una razón real para no hacerlo.
Él se inclina, agarrando la barbilla de Dalila con una mano que huele a pólvora y aceite de motor. La obliga a mirarlo.
Francesco dice con acento napolitano: Vas a aprender a servir, a sonreír cuando te duela y a ser el juguete que mis hijos usarán para hacerse hombres. Olvida a los Vescovi. Ahora eres propiedad de Nápoles.
Esa noche, Francesco apaga su cigarro en la clavícula de la niña para demostrarle que su piel ya no le pertenece. Es la primera marca de muchas.
(Un año después)
Punto de vista: Fulvio
Ha pasado un año. Dalila, ahora con quince, ha desarrollado una mirada vacía, una defensa psicológica donde su mente se desconecta del cuerpo. Se encuentra en la suite privada del club de los Fratinelli, un lugar de espejos en el techo y sábanas de raso rojo que esconden correas de cuero en las esquinas. Fabrizio y su hermano Fulvio, entran en la habitación .
Dices con acento napolitano: Mira cómo se queda quieta, Fabrizio. Parece una muñeca de porcelana de esas que se rompen si las aprietas demasiado. ¿Crees que hoy llore si usamos los electrodos?
Fabrizio, con una lascivia fingida y mecánica, desgarra la túnica de seda que le han obligado a vestir. La empuja contra la cama, inmovilizando sus muñecas y tobillos con las correas.
Dalila no lucha; su cuerpo es un autómata.
Fulvio aparta a su hermano. La somete con una violencia física desmedida, buscando humillar el linaje milanés en cada embestida, al tiempo que se dedica a la tortura sistemática, utilizando pequeñas descargas eléctricas en sus costillas para forzar reacciones espasmódicas.
Dices con acento napolitano: Eres mía, Vescovi. Aunque termines convertida en mi cuñada, si es que resistes y colaboras. Mi padre dice que si no es así, cuando termines aquí, te venderemos a los rusos, pero antes quiero asegurarme de que no quede ni un rastro de orgullo en esos ojos azules tuyos de fiera salvaje.
Dalila mira el techo. En su mente, está programando. Crea una arquitectura lógica donde el dolor es solo un input binario. Cero: no siento. Uno: sigo viva. Se repite los nombres de los nodos que aprendió en su tablet en Borgo Segreto. Se convierte en código para no ser carne.
dices con acento napolitano: Mírame, stronza.
Fulvio la coge por la barbilla con fuerza. El desafío de esos ojos electrizantes son una obsesión para él. En el último empellón se corre gruñendo como un león enfurecido.
Te levantas y miras el cuerpo de la chica.
Dices con acento napolitano: Toda tuya, fratello. Disfruta de ese coño prieto que todavía tiene.
Fabrizio mira a su hermano. Fulvio le da una palmada en el hombro y sale, sabe que Fabrizio detesta las exhibiciones. en eso no se parece en nada a su padre.
Punto de vista: Fabrizio.
Exhalas un hondo suspiro.
Mientras Dalila sigue tendida en la cama, sometida, Fabrizio apaga las luces. La suite queda en penumbras. Sin embargo, él puede ver cómo los ojos de Dalila lo siguen. Pese a parecer rota, él sabe (o quiere creer) que dentro de ese cuerpo juvenil el espíritu de la joven que conoció hace un año todavía sigue vivo, esperando a que su destino cambie.
Fabrizio, igual que la primera vez que yació con ella, prepara el cuerpo de la chica con delicadeza. la asea y cura sus heridas. Le da de beber y se sienta en el borde del colchón.
Dices con acento napolitano. He silenciado también los micrófonos, picolina, pero deberías fingir que gimes o algo. No tengo acceso para apagar las cámaras de vigilancia. Lo siento.
Dalila no se mueve, no abre la boca. Simplemente lo mira. En sus ojos él intuye la pregunta que, desde la primera vez que la vio, se sigue haciendo: ¿por qué?
Fabrizio se desnuda.
Fabrizio se cierne sobre ella. él cierra los ojos y evoca esa primera vez que la vio. No tras el secuestro, mucho antes. Esa tarde de verano en que le comentó a su padre si todas las mujeres eran tan bellas como esa ragazza y tuvo el mal tino de señalarla.
La imagen vital de Dalila y sus rizos al viento se la pone dura. Se enfunda en un preservativo y simula que la folla con lujuria y lascivia. El roce contra las sábanas logra su cometido y finalmente el joven Fratinelli se corre.
Te levantas de la cama.
dices con acento napolitano: "Sé que nos odias. sé que nunca vas a perdonarme y que mi alma arderá en el infierno. No quería esto, te lo juro, pero no tengo alternativas.
La habitación no tiene ventanas, solo paredes de hormigón que sudan humedad y el olor persistente a orina y desinfectante. Dalila está encadenada por las muñecas a una viga del techo, sus pies apenas rozan el suelo frío. Su camisón, alguna vez de seda celeste, es ahora un guiñapo de jirones sucios.
Francesco entra con sus dos hijos, Fulvio y Fabrizio.
Fulvio ríe con una crueldad hereditaria mientras Fabrizio permanece en silencio con el semblante adusto. Francesco se sienta en una silla de madera, observando a Dalila como quien mira una pieza de ganado que está siendo domada.
Francesco dice con acento napolitano: te empecinaste en no colaborar, ahora hazte cargo de las consecuencias, jovencita. No negaré que resulta admirable tu resistencia durante estos dos años, pero hoy aprenderás que eso no sirve de nada bajo mi mano. Miradla bien. Esta es la aristocracia de Palermo. Hoy vais a aprender que no importa cuánto azul tengan en las venas, todas sangran y gritan igual.
Fulvio se aproxima a la chica, Franccesco lo detiene con una simple mirada.
Francesco dice con acento napolitano: Fabrizio, enséñale a tu "prometida" cuál es su lugar.
Fulvio lo observa esperando que su hermano, mucho más blando que él, se niegue.
Fabrizio cierra los ojos y traga saliva. Cuando los abre, su mirada se cruza con la de Dalila. Cree distinguir un atisbo de comprensión, pero lo descarta. Aunque fuese cierto, a partir de ese día, ella lo odiaría, incluso más que a los demás.
Fabrizio se acerca. No hay rastro de afecto, solo una lujuria mecánica y violenta. Desgarra lo que queda del camisón de Dalila. Ella no grita; sus cuerdas vocales se rompieron meses atrás. Solo cierra los ojos, buscando refugio en el algoritmo mental que ha empezado a construir para no volverse loca. Mientras Fabrizio la somete con embestidas brutales que desgarran su cuerpo, Fulvio usa un cigarrillo encendido para remarcarle la clavícula, ahí donde su padre la marcó la primera vez.
Dalila piensa en silencio: Uno, cero, uno, cero. Mi cuerpo es solo datos. Esto no me pertenece. El dolor es una señal eléctrica. Puedo apagarla.
Francesco dice con acento napolitano: Mañana la quiero lista para los clientes del puerto. Si no puede caminar, arrastradla.
Doce horas después
Club Privado de los Fratinelli, Nápoles.
Es una noche asfixiante de verano napolitano. El aire vibra con el zumbido de los aires acondicionados industriales y el eco lejano de la música neomelódica que sale de los reservados. Hay un olor a jazmín nocturno que intenta, sin éxito, enmascarar el hedor a corrupción y sudor que emana de los muros de la mansión. Es el sonido de la calma antes de que el acero de los Benedetto raye el cristal de la impunidad de Francesco.
El asalto no comienza con explosiones, sino con una oscuridad súbita. Olimpia ha enviado a su unidad de élite para cortar el suministro eléctrico de la manzana, neutralizando los sistemas de vigilancia digital en un parpadeo. Flavio, ahora con diecinueve años, se mueve tras los hombres de Olimpia. Viste un equipo táctico negro que resalta su palidez aristocrática; sus manos, antes finas y dedicadas al dibujo, ahora sostienen una Beretta con una familiaridad aterradora.
Los silenciadores escupen muerte en el vestíbulo. Los guardias de los Fratinelli caen antes de poder soltar el seguro de sus armas. Olimpia camina por el centro del caos con una calma glacial, con un abrigo ligero sobre los hombros y una pistola compacta en la mano diestra. No se detiene ante los heridos que se retuercen en el suelo; su objetivo es el sótano, el lugar que sus informantes han señalado como el "jardín privado" del Don.
Olimpia dice con acento romano: Limpiad las escaleras. No quiero interrupciones. Flavio, mantente pegado a la pared. Si ves a Francesco, no le dispares a la cabeza. Lo queremos vivo para que vea lo que ha perdido.
Derriban la puerta blindada del nivel inferior con una carga de ariete hidráulico. El estruendo hace que las copas de cristal en la oficina de Francesco estallen. Nino Gianetto intenta desenfundar, pero un disparo preciso de uno de los hombres de Olimpia le atraviesa el hombro, clavándolo contra la pared de madera. Francesco Fratinelli se levanta de su sillón, con el rostro rojo de furia y desconcierto, mientras Fulvio y Fabrizio retroceden hacia las sombras, buscando una salida que ya ha sido sellada.
Francesco dice con acento napolitano: ¡Benedetto! ¿Te has vuelto loca? Estás rompiendo la paz entre familias. ¡Palermo y Torino van a arder por esto!
Olimpia se detiene a tres metros de él. La luz de las linternas tácticas crea sombras alargadas y monstruosas en el despacho.
Olimpia dice con acento romano: Palermo ya está ardiendo, Francesco, pero tú estás demasiado ocupado jugando con niñas como para oler el humo. He venido a cobrar una deuda que tu arrogancia no te permitió ver.
Flavio se adelanta, con el arma apuntando directamente al pecho de Fabrizio, el "prometido". El odio en sus ojos azul cian es tan denso que parece físico. Luego cambia de objetivo hacia Fulvio.
Fulvio tiembla, dejando caer su propia arma al suelo; la valentía que mostraba frente a una niña encadenada se ha evaporado ante el cañón de un profesional.
Flavio dice con acento milanés: Da un paso más, animal, y te juro que te sacaré los ojos antes de que Olimpia me detenga. ¿Dónde está mi hermana?
Encuentran a Dalila en la habitación del fondo. No grita ni llora cuando la puerta cede. Está sentada en el borde de la cama, vestida con un camisón de seda que le queda grande, mirando el vacío con una indiferencia que hiela la sangre de su hermano. Cuando Flavio entra, ella ni siquiera parpadea ante la luz de su linterna.
Flavio dice con acento milanés: Piccola... Soy yo. Flavio. He venido por ti. Mamá está esperando.
Se acerca y la envuelve en una manta, levantándola en vilo. Dalila pesa menos de lo que recordaba, como si los dos años de cautiverio hubieran consumido su carne hasta dejar solo la esencia de su trauma. Ella apoya la cabeza en su hombro y, por un segundo, sus dedos rozan la mejilla de su hermano. Sus ojos se clavan en los de Francesco, que es arrastrado por los hombres de Olimpia hacia el pasillo, herido en una pierna pero vivo.
Dalila dice con acento milanés: No lo mates ahora, Flavio. Déjalo que mire. Quiero que sepa que la niña que él rompió es la que va a borrar su apellido del mapa.
Olimpia observa la escena desde el umbral. Ve la fractura en el alma de Dalila, pero también ve la dureza del diamante que se ha formado bajo la presión. Se acerca a Francesco, que gime en el suelo mientras Nino sangra profusamente a su lado.
Olimpia dice con acento romano: Te dejo vivir hoy, Francesco, porque mi protegida así lo desea. Disfruta de tus hijos mientras puedas. Pero recuerda este momento cada vez que sientas una sombra a tu espalda. Los Vescovi ya no están solos.
Salen del club mientras el sol empieza a despuntar sobre el golfo de Nápoles. Dalila no mira atrás. En su mente, el algoritmo de la venganza acaba de recibir su primera variable confirmada: la supervivencia.
Clínica Privada "La Madonnina", Milán
Ves un entorno de esterilidad absoluta y lujo funcional. El aire huele a antiséptico, gardenias frescas y al ozono de las salas de servidores. No hay espacio para la autocompasión; es un taller de alta precisión donde una mujer rota está siendo ensamblada de nuevo, pieza por pieza, bit por bit.
La recuperación de Dalila no es un acto de caridad, sino una reingeniería. Bajo el ala de Olimpia, la joven pasa meses en una clínica de élite donde cirujanos plásticos borran con láser las huellas del cigarrillo, los filos y las marcas de las correas en sus muñecas. Solo una cicatriz sobrevive por orden de la propia Dalila: una marca irregular cerca de su clavícula izquierda, un recordatorio ardiente de la noche en que su padre la entregó.
Olimpia se sienta junto a su cama de hospital para colocar una computadora portátil de alta gamma sobre su regazo.
Olimpia dice con acento romano: La belleza es una herramienta, Dalila, pero el conocimiento es el arma definitiva. Mientras tus músculos sanan, quiero que tu mente aprenda a ver el mundo como un flujo de información. Si controlas los datos de un hombre, controlas su alma. Nadie podrá volver a encerrarte si tú eres la que posee las llaves de todas las puertas.
En las sesiones de terapia, Dalila permanece en silencio, pero al finalizar cada una, sus dedos vuelan sobre el teclado. Al término de su rehabilitación, decide sellar su nueva identidad con tinta. En una sesión de catorce horas, un artista del tatuaje bajo contrato de confidencialidad plasma en su cadera derecha un diseño que desafía la anatomía: un circuito integrado de líneas plateadas y cian que nace en su vientre y serpentea hacia abajo, transformándose gradualmente en las escamas vibrantes de una serpiente coral. La cabeza del reptil parece vigilar su flanco, mientras que la cola desaparece de forma sugerente y letal hacia su zona íntima. Es su armadura cutánea; un aviso de que quien intente tocarla encontrará veneno.
Dos años después
En los terrenos de entrenamiento de la Villa Benedetto en el Lago de Como, Flavio observa a su hermana. Él ha crecido hasta convertirse en un hombre de una apostura aristocrática devastadora, pero bajo su traje de sastre se adivina una musculatura felina y una letalidad que hace que incluso los veteranos de Olimpia guarden distancias.
Flavio lanza un cuchillo de entrenamiento que pasa a milímetros de la oreja de Dalila. Ella ni siquiera parpadea; se agacha y rueda, desenfundando una Glock 17 con una velocidad que roza lo inhumano.
Flavio dice con acento milanés: Lenta, piccola. Si ese fuera un hombre de Fratinelli, ya estarías muerta. No dispares al centro de masa si quieres que sufran; dispara a la pelvis. Un hombre que no puede sostenerse es un hombre que no puede luchar.
La entrena en el uso de venenos indetectables que ella misma aprende a sintetizar, sustancias que imitan paros cardíacos o derrames cerebrales. Pero su especialidad se convierte en el filamento de fibra de carbono.
Flavio coloca un maniquí de balística frente a ella.
Flavio dice con acento milanés: El filamento no es una cuerda, es una sierra molecular. No tires hacia atrás, cruza las manos y deja que la física haga el trabajo por ti. Siente cómo secciona el polímero. Imagina que es la tráquea de Fabrizio.
La prueba final llega una noche de tormenta. Olimpia entrega a un traidor que vendía rutas de suministro a los calabreses. El hombre está atado a una silla en el sótano insonorizado. Flavio le entrega a Dalila el filamento de fibra de carbono y da un paso atrás, cruzando los brazos, protegiendo la puerta como una fiera que vigila el primer festín de su cría.
Flavio dice con acento milanés: Es tuyo, Dalila. Míralo a los ojos. No veas a un traidor, ve un ejercicio de eficiencia. Haz que su última exhalación sea el sonido del hilo cortando el aire.
Dalila se acerca por la espalda. El hombre suplica, pero ella solo ve a un cerdo sin honor que merece una ejecución. Rodea el cuello del sujeto con el filamento. No hay rastro de duda en sus manos. Con un movimiento seco y preciso, cruza las muñecas. El sonido es un leve siseo, seguido del gorgoteo de la sangre del traidor salpicando el suelo .
Dalila se limpia una gota de sangre de la mejilla con el dorso de la mano. Mira a Flavio y asiente.
Flavio dice con acento milanés: Bien hecho. Ya nunca más serás la presa. A partir de hoy, somos nosotros los que cazamos.
Mansión Fratinelli, Posillipo, Nápoles, marzo de 2022.
Es una noche de bochorno asfixiante donde el Vesubio parece una sombra vigilante sobre la bahía. El aire en la oficina de Francesco huele a coñac caro, sudor rancio y al aroma floral del jardín que entra por el ventanal abierto. Es la calma de un depredador viejo que cree que los fantasmas del pasado han sido enterrados bajo el peso del dinero y el miedo.
Francesco Fratinelli está sentado tras su escritorio de nogal, contando fajos de billetes con la parsimonia de quien se siente intocable. A su lado, Fulvio se sirve una copa mientras Fabrizio revisa unos manifiestos de carga en el sofá de cuero. La seguridad exterior ha sido neutralizada en absoluto silencio; Dalila ha hackeado el servidor central de la mansión desde el perímetro, congelando las cámaras en un bucle infinito de diez segundos.
La puerta de la oficina no se abre con violencia, sino que se desliza suavemente sobre sus bisagras. Dalila entra sola, vistiendo un traje táctico de seda técnica que se adhiere a su cuerpo como una segunda piel. Flavio permanece en el umbral, apoyado contra el marco con una escopeta recortada en las manos, bloqueando la única salida. Su mirada azul cian es un muro de hielo.
Francesco levanta la vista, y el color abandona su rostro al reconocer esos ojos eléctricos que juró haber roto seis años atrás.
Francesco dice con acento napolitano: ¿Tú? ¿Cómo habéis pasado a mis hombres? ¡Nino! ¡Guardias!
Dalila dice con acento milanés: Tus hombres están durmiendo, Francesco. He inyectado un gas sedante a través del sistema de ventilación hace quince minutos. Solo ustedes tres siguen despiertos. Quería que tuvieran plena conciencia de lo que significa el honor de una sentencia Vescovi.
Fulvio intenta abalanzarse sobre ella, pero Dalila se mueve con la velocidad de un látigo. Antes de que el napolitano pueda cerrar el puño, ella desenfunda un estilete de cerámica y lo hunde con precisión quirúrgica en el hueco poplíteo de su rodilla derecha, seccionando el tendón y parte del nervio. Fulvio cae al suelo con un grito desgarrador, agarrándose la pierna que nunca volverá a sostener su peso sin el apoyo de un bastón.
Fabrizio, en un acto de supervivencia instintiva, intenta alcanzar el arma que tiene en la mesa de centro.
Flavio dispara un cartucho de sal al techo, el estruendo hace que el joven se paralice. Dalila se desliza hacia él. Con un movimiento fluido, despliega un pequeño bisturí táctico y traza una línea profunda y limpia que nace en la muñeca de Fabrizio y recorre todo el antebrazo hasta la cara interna del codo. La sangre brota con fuerza, manchando el sofá de cuero blanco.
Dalila dice con acento milanés: Esa marca es para que recuerdes cada vez que intentes tocar a una mujer indefensa lo que se siente al ser la carne que se corta. No te vas a desangrar, pero el dolor te recordará mi nombre cada vez que cambie el tiempo.
Dalila camina ahora hacia Francesco, quien se ha hundido en su sillón, balbuceando súplicas que mueren en su garganta. Ella saca el cable de fibra de carbono de su reloj. El filamento brilla bajo la luz de la lámpara de escritorio como un rayo de luna letal.
Francesco dice con acento napolitano: Por favor... Dalila... te daré lo que quieras. Dinero, territorio... tu padre aceptó el trato... ¡yo no tengo la culpa de su debilidad!
Dalila se inclina sobre él. El aroma de su perfume a sándalo, pólvora y vainilla inunda el espacio personal del capo, una fragancia de muerte limpia.
Dalila dice con acento milanés: Mi padre entregó mi cuerpo, Francesco. Pero tú intentaste destruir mi mente. Ese fue tu error de cálculo. No eres un hombre, eres un cerdo asqueroso que no merece seguir respirando. Y hoy, finalmente, te borro de la memoria de este mundo.
La joven rodea el cuello de Francesco con el hilo de carbono. Flavio observa desde la puerta, asintiendo con una satisfacción sombría; es el acto de justicia que juró el día que la vio regresar rota de Nápoles. Dalila no duda. Cruza las muñecas con una fuerza mecánica, dejando que la física y el odio hagan el resto. El siseo del filamento cortando los tejidos es el último sonido que Francesco escucha antes de que su cabeza se deslice lateralmente y la sangre caiga sobre el escritorio, tiñendo los billetes de un rojo oscuro y viscoso.
Dalila se endereza y guarda el hilo. Mira a los dos hijos, que lloran de dolor y terror en el suelo.
Dalila dice con acento milanés: Vámonos, Flavio. El mundo dormirá más limpio hoy.
Ambos salen de la mansión mientras las sirenas de la policía —avisada por un mensaje anónimo de Dalila programado para enviarse en ese instante— empiezan a escucharse a lo lejos. Dalila camina hacia el coche con la espalda recta, sintiendo que la serpiente coral de su cadera, por primera vez, ha dejado de apretarle la piel.
Salón Principal de Borgo Segreto, Palermo.
Es una madrugada de silencio absoluto, interrumpida solo por el lejano rumor del mar Tirreno. El salón, ahora recuperado y bajo la vigilancia técnica de los nuevos sistemas instalados por Dalila, exhala un aire de solemnidad antigua y orden moderno. El aroma a café recién hecho y cera de abejas se mezcla con el olor residual a ozono de los monitores de seguridad. Es el momento en que el pasado deja de ser una carga para convertirse en el pedestal de un nuevo poder.
La puerta principal de Borgo Segreto se abre sin estruendo, respondiendo al código biométrico de Dalila. Los dos hermanos entran en el vestíbulo donde, años atrás, se derramó la sangre de Flavio y se extinguió la infancia de Dalila. Ella camina con una rigidez elegante, su chaqueta de cuero aún conserva el frío de la noche napolitana. Flavio la sigue a un paso de distancia, con la mirada de un guardián que ha cumplido su misión sagrada; su rostro, habitualmente una máscara de hedonismo, muestra ahora una serenidad feroz.
Beatrice Conti los espera en el centro del salón, envuelta en una bata de seda color crema. Al verlos entrar, sus ojos recorren cada centímetro de sus hijos, buscando heridas físicas, pero lo que encuentra es algo mucho más profundo: la transformación final. Ya no son las víctimas que viajaron a Torino para rogar ayuda; son los arquitectos de su propio destino.
Beatrice dice con acento milanés: Habéis vuelto. El aire en Palermo se siente distinto esta noche, como si la presión hubiera bajado de golpe. ¿Se ha terminado, Dalila?
Dalila se acerca a su madre y, por primera vez en años, permite que sus hombros se relajen un milímetro. Saca de su bolsillo un pequeño pañuelo de seda manchado con una gota oscura y lo deja sobre la mesa de mármol.
Dalila dice con acento milanés: El imperio de los Fratinelli ha colapsado, mamá. Francesco ya no existe. Fulvio y Fabrizio vivirán lo suficiente para recordar cada día por qué no debieron tocar a una Vescovi. La deuda que padre contrajo ha sido pagada con creces.
Desde las sombras del balcón que da al jardín, Olimpia Benedetto emerge con una copa de vino tinto en la mano. Ha estado observando la entrada a través de las cámaras. Su presencia en la villa es la confirmación de que Borgo Segreto es ahora un nodo vital de su imperio. Se acerca a los hermanos, evaluando el aura de triunfo gélido que desprenden.
Olimpia dice con acento romano: Habéis limpiado la mancha con una precisión que ni yo misma habría ejecutado mejor. Flavio, has demostrado que tu lealtad vale más que cualquier ejército. Y tú, Dalila... has dejado de ser la niña que rescaté en aquel sótano para convertirte en la mujer que sostiene los hilos de esta familia.
Olimpia deja la copa y se coloca frente a Dalila, clavando sus ojos azul acero en los azules de la joven.
Olimpia dice con acento romano: Nápoles está en caos, y eso nos conviene. A partir de mañana, asumes el control total de la seguridad de los activos de nuestro creciente imperio. No solo los digitales, sino los físicos. Serás mi sombra y mi ejecución. ¿Estás lista para que tu nombre sea el que haga temblar a los Ferrari y a cualquiera que ose desafiarnos?
Dalila sostiene la mirada de Olimpia con una autoridad que iguala a la de la jefa. La serpiente coral en su cadera parece palpitar bajo la tela de su pantalón.
Dalila dice con acento milanés: Mi lealtad es para quien me dio las armas para defenderme, Olimpia. Los Fratinelli fueron solo el primer paso. Ahora que he puesto orden en el caos, nadie en Sicilia dormirá tranquilo si yo decido que es hora de despertar.
Flavio se acerca y coloca una mano en el hombro de su hermana. Mira a Beatrice y luego a Olimpia, sellando el pacto silencioso de los Vescovi con la estructura de poder de los Benedetto. Riccardo, confinado en su ala de la casa y sumido en el alcoholismo y la vergüenza, es un fantasma que ya no tiene voz en este salón.
Flavio dice con acento milanés: Somos tuyos, Olimpia. Pero recuerda que Dalila no es solo una herramienta. Es el cerebro de esta operación. Si ella dice que alguien cae, yo seré el que empuje el cuerpo.
Beatrice asiente, viendo cómo sus hijos han encontrado un propósito en la oscuridad. El sol empieza a asomar por el horizonte de Palermo, iluminando los frescos del techo. Dalila camina hacia el ventanal, observando la ciudad que alguna vez la vio partir encadenada. Ahora, la ciudad es su tablero de juego.
Dalila dice con acento milanés: Que los clanes se preparen. Es hora de que el nuevo orden empiece a ser respetado... o temido.
Ático en el Vomero, abril, 2022
Es una noche de estática y zumbidos electrónicos. La humedad de Nápoles se filtra por los conductos de ventilación, mezclándose con el olor a silicio caliente. Es una sinfonía de contrastes: la frialdad digital de los Vescovi contra el olor a sangre y fracaso de los Fratinelli.
Dalila permanece inmóvil frente a la matriz de seis monitores. El resplandor azulado de las pantallas baña su piel, dándole un matiz de porcelana eléctrica. Sus dedos no solo teclean; ejecutan un ballet de destrucción. A su lado, su terminal táctico exhala un calor constante mientras procesa el volcado de datos que extrajo de la red de Francesco.
Dalila dice con acento milanés: He terminado de inyectar el gusano en el nodo central. En menos de diez minutos, el rastro de las transacciones bancarias de los Fratinelli será un laberinto que apuntará directamente a Fulvio. La policía no buscará en Palermo, buscarán un parricidio motivado por la ambición.
Flavio se encuentra a pocos metros. Limpia su pistola de dardos con un paño de seda negra, un movimiento rítmico que calma su propia adrenalina. Se levanta y camina hacia el ventanal que domina la bahía de Nápoles. El reflejo de las luces en el cristal choca con su mirada azul cian, una mirada que ha perdido toda calidez juvenil.
Flavio dice con acento milanés: Las "migajas" ya están en la Dark Net. En los foros de la Underground, la versión oficial es que Nino Gianetto intentó un golpe de estado. Mañana, los capitanes de zona estarán demasiado ocupados cobrando venganza interna como para mirar hacia nosotros. Somos fantasmas en su propio terreno, Dalila.
Dalila no responde. Sus ojos se fijan por un segundo en una carpeta encriptada con el nombre de Fabrizio. Sabe que él no es como su padre, y esa variable es la única que no ha logrado procesar por completo en su sistema de creencias.
(Hospital San Gennaro - En paralelo)
En la sala de espera privada, el silencio es interrumpido por el pitido distante de las máquinas. Fabrizio Fratinelli está sentado con la espalda recta, ignorando el cabestrillo que sostiene su brazo derecho. El vendaje está empapado en una mancha escarlata que se expande lentamente. Sus ojos, oscuros y hundidos por el agotamiento, no miran a la puerta del quirófano, sino al vacío, recordando la fragancia a sándalo y vainilla que Dalila dejó en la oficina antes de marcharse.
Constantino Calatrava, su primo por la línea materna, se acerca con paso felino, guardando su teléfono encriptado. Su voz es un susurro cargado de urgencia.
Constantino dice con acento napolitano: Fabrizio, escucha. Los servidores centrales son ceniza. Alguien ha reescrito los permisos y las finanzas de tu padre son un agujero negro. Pero tus nodos... los que creamos en secreto para tus inversiones en cripto y logística... están intactos. Quien hizo esto sabía exactamente qué golpear y qué dejar pasar.
Fabrizio aprieta la mandíbula, sintiendo una punzada de dolor que le recorre desde la muñeca hasta el codo. Un dolor que, extrañamente, lo hace sentir conectado a ella.
Constantino dice con acento napolitano: Si los Vescovi están detrás de esto, podemos responder. Tengo a diez hombres listos para Palermo. Solo dame la orden y borramos Borgo Segreto del mapa.
Fabrizio niega con la cabeza, una sombra de melancolía oscura le cruza el rostro. Sus dedos de la mano izquierda trazan la silueta del vendaje en su brazo derecho, como si fuera una caricia.
Fabrizio dice con acento napolitano: No. No habrá represalias contra ella. No entiendes, Constantino... ella no es la enemiga, es la consecuencia. Mi padre intentó romper algo que era demasiado perfecto para sus manos sucias. Lo que ella hizo hoy es justicia. Déjala que crea que ha ganado el juego. Lo primero es recuperarnos. Lo demás... lo demás es una danza que solo nosotros dos entendemos.
Tres meses después
Jardín de Invierno, Borgo Segreto.
El atardecer de Palermo tiñe de oro los cristales de la estructura. El aire está cargado con el perfume denso de las orquídeas blancas y el aroma metálico del champán helado. Es una escena de una belleza hipnótica que oculta la tensión de un campo de minas.
Giovanna Cavalcanti se desplaza por el jardín con una elegancia que raya en lo irreal. Viste un traje sastre de seda color arena que fluye con sus movimientos, haciendo que parezca parte del entorno botánico. Se acerca a Dalila, quien revisa los protocolos de seguridad en un iPad, con una expresión de concentración absoluta.
Giovanna dice con acento milanés: Dalila, querida, respira. El servicio es una obra de arte, pero he ajustado el protocolo de los brindis. Los delegados de Calabria necesitan sentir que el suelo no va a abrirse bajo sus pies hoy. En una mesa de paz, la etiqueta es el único escudo que nos separa de la barbarie.
Dalila levanta la vista. Su mirada es una superficie pulida que no permite ver el fondo.
Dalila dice con acento milanés: Gracias, Giovanna. Tu capacidad para convertir este nido de víboras en una cena de gala es lo único que mantiene el decoro. Pero no te engañes; la etiqueta solo sirve para que el golpe sea más limpio.
Giovanna sonríe, una expresión sutilmente letal, y toca el brazo de Dalila con la punta de los dedos.
Giovanna dice con acento milanés: Por supuesto. Y hablando de golpes... los herederos de Nápoles han llegado. El aire acaba de volverse mucho más denso.
La puerta del jardín se abre y el murmullo de los invitados cesa de golpe. Fulvio Fratinelli entra en una silla de ruedas de fibra de carbono, empujado por un asistente silencioso. A pesar de la pierna rígidamente extendida, su presencia es la de un depredador herido pero no vencido. Viste un traje gris oscuro y sostiene un bastón de ébano con un pomo de plata que golpea el suelo rítmicamente.
A su lado, Fabrizio camina con una actitud altiva mientras oculta el brazo herido. Sus ojos buscan inmediatamente a Dalila entre la multitud, ignorando a Olimpia y a los demás capos. Cuando la encuentra, su respiración se entrecorta un segundo.
Fabrizio dice con acento napolitano: Estamos aquí para dejar clara la nueva estructura. Los negocios de mi padre... la suciedad que casi destruye esta alianza... se detiene conmigo. No quiero su herencia de sangre barata. Yo me deslindo de esa rama de los Fratinelli. Mis intereses miran hacia la tecnología y la logística de red. Mercados donde la inteligencia importa más que el calibre de un arma.
Fulvio golpea el suelo con su bastón, un sonido seco que reclama la soberanía del espacio. Sus ojos, cargados de odio hacia el mundo, se fijan en Dalila.
Fulvio dice con acento napolitano: Yo me quedaré con lo que queda de las calles de Nápoles. Puede que esté en esta silla, pero sigo siendo el que conoce cada alcantarilla del puerto. Si respetáis mis fronteras, habrá comercio. Si no... bueno, un hombre que ya ha perdido la capacidad de correr no tiene motivos para no quedarse y pelear hasta el final. Pero no os eqivoquéis, mi fratello puede ser un cobarde; yo estoy hecho de otro calibre.
Flavio da un paso adelante, colocándose protectoramente cerca de Dalila. Se ajusta su reloj con una calma que resulta insultante para la condición de Fulvio.
Flavio dice con acento milanés: Una división curiosa. El cerebro y el perro. Fabrizio, pareces haber desarrollado una visión empresarial muy conveniente tras la muerte de tu padre. Mientras tus "nodos" no interfieran con la red de Olimpia, sobreviviremos a este banquete.
Dalila se acerca a Fabrizio, rompiendo la distancia de seguridad. Él no retrocede; al contrario, se inclina sutilmente hacia ella, inhalando su aroma con una devoción casi religiosa.
Dalila dice con acento milanés: Giovanna, por favor, guía a los señores a su mesa. Tenemos mucho que discutir sobre el futuro del Tirreno. Y Fabrizio...
ella baja la voz, solo para él.
Dalila dice con acento milanés: deja de mirarme como si esperaras un perdón que nunca llegará. Tu brazo sanará, pero la huella que dejaste en mi es permanente.
Fabrizio le sostiene la mirada, una chispa de deseo y adoración brilla en sus pupilas. Su voz es un murmullo roto.
Fabrizio dice con acento napolitano: El perdón es para los débiles, Dalila. Yo solo espero el día en que te des cuenta de que fui el único que no movió un dedo intencionadamente para romperte. Si la huella es permanente... entonces estaré en tu vida para siempre, así como tú lo estarás en la mía.
Giovanna interviene con una elegancia diplomática, colocando una mano en el hombro de Fabrizio para conducirlo hacia el banquete, rompiendo la tensión eléctrica que amenaza con incendiar el jardín de invierno.
Media hora más tarde
Gran Comedor de Borgo Segreto.
En la estancia se respira una suntuosidad asfixiante. La mesa de madera de nogal, pulida hasta parecer un espejo negro, se extiende bajo el brillo de tres lámparas de araña cuyos cristales vibran sutilmente con el murmullo de los comensales. El aire es una mezcla embriagadora de trufas blancas, vino Barolo y el ozono de los inhibidores de frecuencia que Dalila ha instalado en las molduras del techo. Fuera, la noche de Palermo es un muro oscuro; dentro, el tintineo de la cubertería de plata suena como el chocar de espadas corteses.
Giovanna Cavalcanti se mueve entre las sillas con la fluidez de un espectro de seda. Su mirada avellana escanea la mesa, detectando cada microexpresión de los capos de Calabria y los emisarios de Milán. Se detiene junto a un delegado que parece demasiado tenso y, con un gesto casi maternal, le ajusta la servilleta mientras le susurra una broma privada que relaja sus hombros. Ella es el lubricante social que permite que este engranaje de odios no salte por los aires.
Giovanna dice con acento milanés: Disfruten del risotto, caballeros. Se ha preparado con el mismo rigor que nuestras fronteras: ingredientes puros, sin interferencias externas. En Borgo Segreto, la hospitalidad es una ley tan sagrada como el silencio.
Se acerca a la posición de Dalila, que permanece sentada a la derecha de Olimpia, sin probar bocado, con la espalda separada del respaldo. Giovanna le dedica una mirada de reojo, notando la rigidez en la mandíbula de su amiga.
Giovanna dice con acento milanés: Has hecho un trabajo excelente con la seguridad, Dalila. Pero si no relajas esa mirada de escáner, los invitados van a creer que el postre viene con una bala de regalo. Mira a Fabrizio; no ha dejado de contar los segundos que pasas sin mirarlo.
Dalila baja la vista hacia su plato vacío. En ese momento, un camarero de guantes blancos se acerca con una pequeña bandeja de plata. No trae comida, sino una caja de madera de ébano, grabada con el escudo de los Vescovi, pero con un detalle intrincado en la cerradura: un pequeño teclado numérico de seis dígitos. El hombre la deposita frente a ella con una reverencia y se retira sin decir palabra.
Al otro lado de la mesa, Fabrizio levanta su copa de cristal. Su antebrazo vendado descansa sobre su regazo, una mancha blanca que destaca contra el nogal oscuro de la silla. Sus ojos brillan con una mezcla de ansia y expectación.
Fabrizio dice con acento napolitano: Es una pieza de arqueología digital, Dalila. Sé que aprecias la estructura por encima de la estética. El código de apertura es la fecha en que tu hermano me sentó de culo en el vestíbulo de tu casa. El día en que mi mundo empezó a orbitar alrededor del tuyo.
Flavio, sentado frente a Fabrizio, aprieta los cubiertos con tal fuerza que sus nudillos se vuelven blancos. Su mirada azul cian es un disparo dirigido a la frente del Fratinelli.
Flavio dice con acento milanés: Si esa caja contiene algo más que disculpas inútiles, Fabrizio, te juro que la usaré para rellenar el hueco que tienes en el brazo. No tientes a la suerte en nuestra propia casa.
Dalila ignora a su hermano. Sus dedos largos introducen el código con una frialdad mecánica. La caja se abre con un siseo neumático. Dentro, sobre un lecho de terciopelo azul, descansa un reloj de bolsillo Patek Philippe de 1914, con la esfera de porcelana y las agujas de oro. Pero lo que la deja gélida no es el objeto, sino la inscripción en el interior de la tapa: "El tiempo no cura, Dalila. El tiempo solo nos da la oportunidad de ser los arquitectos del dolor ajeno. Yo nunca quise lastimarte. Recuérdalo."
Dalila cierra la caja con un golpe seco que resuena en todo el comedor. El silencio se vuelve absoluto. Los invitados dejan de masticar. Olimpia Benedetto observa la escena con una ceja arqueada, evaluando si debe intervenir o dejar que su protegida maneje la crisis.
Dalila se levanta lentamente. Su figura, envuelta en un vestido negro de cuello alto, seda y encaje, irradia una autoridad que silencia incluso a los capos más veteranos. Camina hacia Fabrizio, deteniéndose a escasos centímetros de su silla. Él no se inmuta; al contrario, se inclina hacia ella como una planta buscando alimentarse del sol.
Dalila dice con acento milanés: El tiempo es una variable que ya no controlas, Fabrizio. Me regalas un reloj para recordarme que me viste romperme, pero olvidas que al final he sido yo quien dijo la última palabra. No necesito tus reliquias para saber quién eres.
Ella desliza la caja por la mesa, devolviéndosela. Su voz baja a un susurro que solo él puede oír, cargado de una ponzoña aterciopelada.
Dalila murmura con acento milanés: no querer mover un dedo no es un acto de amor, es cobardía. Querías que la vida se encargara bajo justicia divina, para no mancharte las manos. Quédate con tu tiempo. Yo ya tengo el mío, y te aseguro que cada segundo que pase estaré reescribiendo tu final.
Fabrizio sonríe sin que la mirada se haga eco del gesto, mientras sus dedos acarician la madera de la caja devuelta.
Fabrizio dice con acento napolitano: Entonces seguiré siendo esa huella indeleble, Dalila. La única que no puedes borrar sin destruir la humanidad que sé que aún te queda. Disfruta de la cena; el Barolo está excelente, aunque le falta el sabor metálico que tanto nos gusta.
Giovanna interviene rápidamente, haciendo una señal a los músicos para que suban el volumen del cuarteto de cuerda que toca en el balcón. Su risa cristalina rompe el hechizo de violencia.
Giovanna dice con acento milanés: ¡Por favor! No permitamos que los negocios empañen una velada tan exquisita. Dalila, querida, los delegados de Milán preguntan por la nueva infraestructura de red. ¿Por qué no les explicas cómo Borgo Segreto se ha vuelto inexpugnable?
Dalila regresa a su sitio, pero sus ojos no dejan de vigilar la nuca de Fabrizio. Flavio la mira, buscando una señal para actuar, pero ella solo niega sutilmente. La guerra de los Fratinelli ha entrado en una fase de guerra fría, donde los sentimientos son tan letales como un filamento de carbono.
(
Horas después, finalizada la cena
Despacho de Olimpia Benedetto, Borgo Segreto.
Hay una calma gélida después de la tormenta social del banquete. El despacho es un búnker de elegancia atemporal: paredes de piedra vista iluminadas por focos indirectos, un escritorio de cristal blindado y el zumbido casi imperceptible de los purificadores de aire. El olor a gardenias de Olimpia choca con el aroma a tabaco de importación de Flavio. A través del ventanal, la luna se refleja en el Tirreno como una moneda de plata arrojada al abismo.
Olimpia está sentada en su sillón de cuero negro, observando a los hermanos Vescovi con la paciencia de una esfinge. Dalila permanece de pie junto al escritorio, con la caja de ébano que Fabrizio le entregó abierta frente a ella. El reloj de bolsillo Patek Philippe sigue marcando el tiempo con un tic-tac metálico que, en el silencio del despacho, suena como una cuenta atrás.
Dalila dice con acento milanés: Devolví el obsequio porque no quiero puertas abiertas, Olimpia. ¿Por qué lo has aceptado de vuelta?
Olimpia dice con acento romano: Ese regalo no es un fetiche romántico, Dalila. Es una declaración de vulnerabilidad y, a la vez, de espionaje. ¿Has escaneado el mecanismo?
Dalila bufa. Al final cede a la petición implícita de la pregunta. Pasa un sensor de espectro sobre la esfera de porcelana del reloj. Sus ojos azul cian reflejan los datos que fluyen en su terminal de muñeca.
Dalila dice con acento milanés: El reloj es auténtico, pero Fabrizio ha modificado la caja de resonancia. Emite una frecuencia de radio de corto alcance, inofensiva para mis inhibidores habituales porque se camufla en el ruido de fondo de los electrodomésticos. No buscaba oírnos; buscaba saber si el reloj entraba en este despacho, en cualquier estancia de la villa, en realidad. Es un marcador de posición. Quiere saber dónde duermo, dónde pienso.
Flavio suelta una carcajada seca y cargada de veneno mientras apoya la espalda contra la puerta cerrada, bloqueando cualquier salida. Sus dedos juguetean con un encendedor de oro, abriéndolo y cerrándolo con un chasquido rítmico.
Flavio dice con acento milanés: Es un enfermo, Dalila. Debería haberme ocupado de él en Nápoles. Está obsesionado con la idea de que "protegiéndote" en el pasado compró un derecho sobre tu futuro. Si vuelve a enviarte un solo objeto, le enviaré yo uno de mis prototipos... uno que explote cuando intente medir el tiempo.
Giovanna Cavalcanti entra desde la terraza, cerrando el ventanal tras de sí. Su vestido de seda ondea ligeramente con la brisa nocturna. Su expresión, antes festiva y ligera, se ha vuelto afilada. Se acerca al grupo, dejando una carpeta de cuero sobre el escritorio de Olimpia.
Giovanna dice con acento milanés: Olviden el romanticismo retorcido de Fabrizio por un momento. El verdadero problema está en la silla de ruedas. He estado escuchando los rumores durante la cena. Fulvio no ha venido a Borgo Segreto solo para marcar territorio; ha venido para ganar tiempo mientras cierra el trato que su padre dejó a medias.
Olimpia arquea una ceja, haciendo un gesto para que Giovanna continúe.
Giovanna dice con acento milanés: Mis contactos en el consulado confirman movimientos en los muelles de Gioia Tauro. Fulvio está en negociaciones avanzadas con la Vratva de San Petersburgo. Quieren reactivar la ruta del Báltico para el tráfico de precursores químicos. El enlace ruso es un hombre llamado Volkov, un carnicero que no entiende de diplomacia italiana. Si esa alianza se consolida, Fulvio tendrá el músculo financiero para ignorar nuestra red y reconstruir el imperio de Francesco sobre una montaña de cadáveres rusos.
Dalila siente un frío familiar recorriéndole la espina dorsal. La Vratva no juega para perder; juegan con tierra quemada.
Dalila dice con acento milanés: Eso explica por qué Fabrizio se ha desmarcado de la rama de su hermano. Él sabe que la alianza con los rusos es un pacto con el diablo que terminará en una purga más temprano que tarde. Fabrizio prefiere el control tecnológico bajo nuestra sombra que ser un peón de San Petersburgo.
Olimpia se levanta y camina hacia el ventanal, dándole la espalda al grupo. Su silueta se recorta contra la oscuridad de Sicilia.
Olimpia dice con acento romano: No permitiremos que el hierro ruso oxide nuestras costas. Dalila, quiero que empieces una auditoría profunda de las comunicaciones de Fulvio. Si está usando canales encriptados de la Vratva, rómpelos. Flavio, prepárate. Es hora de que "Vesubio" actúe. Necesito que el mercado negro se inunde de rumores sobre la inestabilidad de Fulvio. Que los rusos crean que están invirtiendo en un hombre que no puede controlar ni su propia silla de ruedas.
Dalila cierra la caja del reloj de un golpe seco, pero no lo entrega. Lo guarda en el bolsillo de su chaqueta.
Dalila dice con acento milanés: Lo haré. Pero Fabrizio sigue siendo la incógnita. No puedo predecir sus movimientos si actúa por instinto emocional en lugar de lógica criminal.
Olimpia se gira lentamente, con una sonrisa gélida que no llega a sus ojos.
Olimpia dice con acento romano: Usa su obsesión, Dalila. Si él quiere creer que es tu protector, dale algo que proteger. Mantenlo cerca, pero con la correa corta. Que él sea nuestra cuña dentro de los Fratinelli. Si Fulvio cae por culpa de una filtración de su propio hermano, la victoria será doblemente dulce.
Flavio mira a su hermana, preocupado por la carga que Olimpia le está imponiendo. Se acerca y le pone una mano en el hombro, apretando con firmeza.
Flavio dice con acento milanés: Si ese animal te toca, Dalila... si cruza la línea de la mirada... no habrá protocolo de Olimpia que me detenga.
Dalila asiente, pero su mente ya está procesando una estrategia. La guerra ha dejado de ser una cuestión de honor para convertirse en una de arquitectura con hilos de seda.
Dalila dice con acento milanés: No te preocupes, Flavio. Sé cómo manejar las vulnerabilidades de un hombre. Y Fabrizio Fratinelli caerá muy lentamente.
En el ambiente se percibe una transición entre la frialdad del deber cumplido y el calor sofocante de las emociones contenidas. El aire en Sicilia hoy es denso, cargado de un siroco que arrastra polvo del desierto, nublando la vista y agitando los nervios de quienes caminan bajo el sol implacable que sigue ardiendo como si fuese mediodía.
Dalila abre los ojos en la penumbra de su dormitorio. El silencio es absoluto, roto solo por el zumbido del purificador de aire. Mira el reloj de la mesita de noche. Son las cinco de la tarde. Hace tres horas que había estado con Karlo, tras haber permanecido a su lado consintiéndolo para que el hombre procesara el vacío del rescate fallido. Ella misma apretó el gatillo; ella misma terminó con la vida de la exconsigliere antes de que Santoro pudiera convertirla en un arma contra los Ferrari. No siente culpa, solo una rigidez en la nuca que la acompaña mientras se viste.
Se enfunda en unos pantalones de cuero negro que se ajustan como una segunda piel y una blusa de seda gris perla, casi transparente, que deja adivinar el encaje negro del sostén. El teléfono vibra sobre la mesita de noche. Es Giovanna.
Dalila coge el móvil y responde la llamada. activa el manos libres mientras se calza las botas.
Giovanna habla por teléfono: "Nos vemos donde siempre?"
Dalila habla por teléfono: "or supuesto, no empieces a comer sin mí."
Por el altavoz surge la risa cantarina y delicada de Giovanna.
Giovanna habla por teléfono: "Sería incapaz de dejarte sin profiterol, no quiero ser víctima de tu furia desencadenada."
Dalila habla por teléfono: "Eres una mujer brillante."
Giovanna vuelve a reír.
Giovanna habla or teléfono: "Por eso soy tu mejor amiga."
Dalila habla por teléfono: "La única, mejor dicho. Anda, cuelga, que termino de coger mis cosas y salgo para allá."
el bip de fin de llamada deja la habitación nuevamente en silencio.
Dalila frunce el entrecejo al ver su chaqueta y suspira. Enfunda su espina en la pernera y coje las llaves del todoterreno que Michele le había asignado.
Veinte minutos más tarde
El Caffè Duomo está envuelto en el aroma del tostado intenso y el azúcar glass. Giovanna ya está sentada a una mesa de mármol, luciendo impecable en un vestido de lino color crema. Dalila se sienta frente a ella y desliza un dispositivo de almacenamiento sobre el mantel, oculto bajo una servilleta. Aunque están en el reservado de siempre, ella nunca escatima en precauciones.
Dalila dice con acento milanés: Aquí tienes el informe completo para Olimpia. Los Ferrari y los Venturi están limpios; no hay rastro de conexión con los movimientos de Santoro. Alessio actúa por su cuenta con los capos menores que lo secundan.
Giovanna observa el dispositivo y luego se concentra en los profiteroles que acaban de servir. Toma uno con delicadeza, pero sus ojos no se apartan de su amiga.
Dalila la pone al día mientras disfruta del postre y el café.
Dalila dice con acento milanés: Necesito que hables con Flavio. Michele Venturi tiene los flancos descubiertos; sus padres son vulnerables. Dile que los proteja con discreción. Santoro atacará donde más duela ahora que tiene las manos vacías.
Giovanna deja el cubierto sobre el plato y se inclina hacia adelante, ignorando el dulce.
Giovanna dice con acento milanés: Has arriesgado mucho por Michele, Dalila. Primero lo sacas de las garras de Alessio y ahora pasas la tarde velando el alma de Karlo y preocupándote por la familia de un hombre que apenas conoces. Es mera curiosidad morbosa... o quizás, por primera vez, es un interés real.
Dalila sostiene la mirada, su rostro es una máscara de granito.
Dalila dice con acento milanés: No te equivoques, Giovanna. Michele y Karlo son hombres de honor, piezas clave para la estabilidad de Olimpia. Si Alessio se hubiera salido con la suya, el equilibrio de poder en la isla habría colapsado. Sabes perfectamente que yo soy incapaz de sentir nada. No hay cabida para el amor ni el placer en... mí , solo eficiencia. Me limito a ser los ojos y oídos de Olimpia.
Giovanna sonríe con una tristeza sofisticada.
Giovanna dice con acento milanés: Tus argumentos son lógicos, pero tu protección hacia los padres de Michele no lo es. Eso es personal, Dalila.
Dalila dice con acento milanés: Es estrategia. Elena Ferrari me ayudó a llegar aquí y no voy a permitir que Santoro use a los Venturi como moneda de cambio. Si no quieres entenderlo, al menos transmite el mensaje a Flavio.
Giovanna suspira, sabiendo que presionar más solo levantará muros más altos. Cambia de tema con una elegancia táctica.
Giovanna dice con acento milanés: Está bien. Pero en breve tenemos el funeral y luego el enlace de la Regina. Mi diseñadora te espera esta tarde. Necesitas algo que esté a la altura de tu cargo, no solo cuero y seda transparente.
Dalila asiente, relajando ligeramente la tensión de sus hombros.
Dalila dice con acento milanés: Iré, sabes que amo sacar de quicio a Sandra. Y dile a Olimpia que haré la sugerencia de que seas tú quien organice la boda de la Regina, por si tiene alguna... orden al respecto . Nadie mejor que tú para convertir un pacto de sangre en un evento inolvidable.
Giovanna asiente en silencio. Dalila retoma los postres ignorando deliberadamente la mirada de su única amiga. Esa capaz de desenmarañar sus secretos sin pronunciar una sola palabra.
En el estudio de la diseñadora, las paredes están cubiertas de espejos trípticos y bocetos de seda. Dalila sale del probador luciendo un traje de chaqueta negro para el funeral, de corte arquitectónico, con hombreras marcadas y una falda lápiz que resalta su porte autoritario. Es la imagen de la viuda del poder.
Minutos después, la diseñadora desliza la cortina para revelar el vestido para la boda. Es una pieza de seda líquida en color azul medianoche, con un escote profundo pero refinado y una abertura lateral que deja ver la firmeza de sus piernas. La sensualidad es explosiva, pero contenida por una clase que solo poseen quienes no necesitan gritar para ser escuchados. Dalila se mira al espejo y, por un segundo, su mirada azul cian parece dudar ante la imagen de la mujer que el mundo ve, tan distinta a la soldado que ella cree ser.
Sandra dice con acento palermitano: "Bájate de esas cosas y ven aquí, No puedes ir con semejante obra de arte sobre el cuerpo enfundada en esass..."
Sandra le señala los pies. Dalila ríe sonoramente, se descalza con agilidad y camina hacia Sandra.
Los pies de Dalila se deslizan por las perfectas sandalias de tacón de aguja.
Sandra asiente mientras la rodea buscando imperfecciones.
Sandra dice con acento palermitano: "Una pedicura y estarás perfecta."
Dalila da unos saltitos pequeños probando la resistencia de los tacones y la plataforma.
Sandra se horroriza.
Giovanna apoya una mano en el hombro de la diseñadora.
Dalila las mira.
Dalila dice con acento milanés: "Necesitaba asegurarme de que pueden resistir."
Sandra resopla y se cruza de brazos.
Sandra dice con acento palermitano: "No diseño baratijas, ¿por quien me tomas?"
Dalila estalla en otra risa sonora y contagiosa.
Dalila se acerca a Sandra y le da un achuchón.
Dalila dice con acento milanés: "Te tomo por la puta ama del jetset Siciliano."
Giovanna mira a Dalila y asiente para sí, pensando que ni la rectitud ni el honor de Venturi podrían con la erupción volcánica que sería su amiga en su vida, si bajaba la guardia.
Giovanna dice con acento milanés: "Incluye los accesorios para ambas ocasiones, Sandra."
La diseñadora hace un gesto como diciendo: eso está hecho.
Esa misma noche
En el despacho de Villa Vulcani, Flavio escucha el informe de Giovanna mientras juguetea con uno de sus cuchillos de diseño personalizado sobre el escritorio de Olimpia. Al mencionar la protección de los Venturi, Flavio se levanta bruscamente, clavando el arma en la madera.
Flavio dice con acento milanés: Me ocuparé de los padres de Venturi porque Dalila tiene razón sobre Santoro, pero que ese tipo no se confunda. Si Venturi le pone una mano encima a mi hermana, lo dejaré cantando como un castrati antes de que pueda pedir perdón.
Sale del despacho como un vendaval, dejando tras de sí un eco de furia protectora. Olimpia, sentada en su trono de cuero, hace un gesto a Giovanna para que hable con total honestidad.
Giovanna dice con acento milanés: Está cautivada por él, Olimpia. Es la primera vez que la veo honestamente interesada. Pero se mantendrá fiel a la línea que le trazaste; su lealtad y el honor son su única religión. No te va a defraudar.
Olimpia entrelaza sus dedos, mirando a través del ventanal hacia el volcán que domina el horizonte.
Olimpia dice con acento romano: La verdadera prueba no es que no me traicione a mí, sino que no se traicione a sí misma. La he visto renacer de sus cenizas, pero se ha mantenido como una orquídea que se niega a florecer por miedo al frío. Confío en que Michele Venturi sea la llama que despierte ese volcán que guarda dentro.
Giovanna observa a Olimpia, sorprendida por la vulnerabilidad en la voz de la jefa.
Olimpia dice con acento romano: Dalila es la sorellina que nunca tuve. Y por experiencia sé que una mano de hierro que no conoce la seda corre el riesgo de transformarse en una guillotina ciega. Necesito que aprenda a sentir, aunque le duela, porque solo así será realmente invencible. necesita dejar atrás la ignominia que le robó la inocencia.
Giovanna deja de lado un momento su fachada habitual.
Giovanna dice con acento milanés: "Me preocupa que él la marchite porque realmente sea un iceberg, Olimpia. Detrás de esa eficiencia gélida, de tanta estrategia y lealtad imperturbable lo que siempre se ha mostrado es un control férreo y predecible. Dalila necesita..."
Olimpia la interrumpe.
Olimpia dice con acento romano: "Algo más... Sentir la pasión abrumadora de un hombre que la necesite, pero que tenga el honor suficiente para no anularla."
Olimpia se pone de pie frente al ventanal.
Olimpia habla sin volver la cara, con los ojos fijos en el volcán.
Olimpia dice con acento romano: "No lanzaría a Dalila frente a un lobo de lealtad cuestionable, querida. Si pensara por un segundo que Michele Venturi fuese un impresentable, habría movido ficha de otra manera."
Olimpia se vuelve y clava la mirada en Giovanna.
Olimpia dice con acento romano: "Comprendo tu preocupación y el lazo que te une a ella. Y te prometo que si Michele la lastima, si llega a romperla o si quiera pensarlo, no será Flavio quien lo convierta en un castrati. ahora ve y haz lo que mejor sabes hacer."
Giovanna se levanta y camina hacia la puerta. Antes de abrir vuelve el rostro. sus ojos hablaban en silencio.
Olimpia le sostiene la mirada. Ambas se lo dijeron todo sin siquiera abrir la boca.
Olimpia dice con acento romano: "No importa cuanto la aceche, él no volverá a tocarla. Es una promesa. Y yo no incumplo nunca una cuando la hago desde el corazón. Nadie volverá a romper a mi sorellina."
Giovanna asiente y abandona el despacho.
Olimpia avanza unos pasos y coge el mango del cuchillo. La luz del techo arranca destellos a la hoja de filo quirúrgico a medida que la arranca de la madera.
Afuera, las nubes se sublevan sobre la cima del volcán, como si la fiera dormida se hiciera eco de su promesa.