La tregua de la calma.
Punto de vista: Leila.
Días después del clímax del ciclón Katy, la Villa Ferrari respiraba con la pesadez lenta de alguien que acaba de dejar de correr. La lluvia había cedido completamente, ahora apenas un murmullo distante. Afuera, el cielo era una plancha gris alta, sin sol ni amenaza directa. El viento ya no golpeaba las ventanas ni cantaba en los aleros, apenas un soplo débil que movía las ramas de los cipreses, llenas de lodo y hojas rotas.El suelo alrededor de la Villa era un mosaico irregular. El pasto había desaparecido bajo una capa de tierra mezclada con grava, pieles de hojas y barro seco que crujía bajo los pasos. Los caminos de piedra estaban agrietados, algunos hundidos donde el agua había ganado impulso y presión. Las marquesinas de hierro forjado, antes pulidas, tenían manchas de óxido nuevo donde la sal y la fuerza del viento las habían castigado. El perímetro que los hombres de Turín habían defendido frenéticamente aún estaba demarcado por sacos de arena vacíos y palos clavados en el barro, como banderines de una batalla que ya había pasado.
La costa, horas de camino hacia el este, no estaba en calma. Playas que días antes eran llanas y accesibles estaban ahora reducidas a montículos de algas, restos de madera de embarcaciones menores y boyas arrancadas de sus amarres. En las zonas más expuestas del litoral, los muros de contención estaban fracturados, como si alguien hubiera empujado con fuerza contra ellos y luego se hubieran rendido. En pueblos pequeños, casas bajas tenían las puertas y ventanas arrancadas; vehículos arrastrados por corrientes relámpago estaban abiertos, como cadáveres mecánicos, con puertas y capós que se negaban a cerrarse. Autoridades habían evacuado a cientos de residentes de zonas de riesgo, y aún se veía maquinaria pesada trabajando para restaurar carreteras y desescombrar rutas inundadas.
Dentro de la Villa, las huellas del ciclón no eran catastróficas, pero sí evidentes. Grietas finas recorrían algunos tramos del mármol en el patio interior, pequeñas fracturas que no comprometían la estructura, pero que eran suficientemente visibles como para recordar que la tierra se había sacudido bajo los pies. Las claraboyas del ala este tenían rastros de entrada de agua; había círculos irregulares en la piedra pulida donde gotas persistentes habían caído, gota a gota, llenando pequeños surcos invisibles hasta que se secaron y oscurecieron la piedra. El olor seguía siendo pesado, mezcla de humedad residual y un eco de moho que ninguna limpieza podía borrar del todo.
Leila salió de su habitación antes del amanecer, sintiendo en las manos y en los hombros el peso de la falta de descanso acumulada. La Villa estaba silenciosa, los pocos marmolistas y carpinteros que quedaban dormían o trabajaban de pie sobre andamios improvisados. La atmósfera olía a tierra húmeda mezclada con café fuerte recién colado. El vapor del café se elevaba en remolinos lentos, casi tímidos, en contraste con la violencia de los días anteriores.
El pasillo principal, normalmente fresco al tacto, estaba tibio por la primera luz del día filtrándose, tenue, a través de vidrios opacos por la lluvia. Leila caminaba con pasos medidos, sin prisa, como si cada zancada fuera una decisión consciente: avanzar, no huir, no sucumbir.
Al salir al patio interior, notó que el cielo comenzaba a aclarar en dirección al este. Hacia el oeste, nubes bajas todavía se acumulaban, pesadas como una promesa de más lluvia, aunque sin la urgencia de antes. Sus botas se hundían un centímetro en el barro seco, crujiente bajo la suela.
El sonido era diferente ahora. No había el estruendo constante de la tormenta. No había el golpeteo violento en los cristales ni el rugido del viento abofeteando las paredes. Solo el silencio denso de la ausencia de agresión, y un ocasional crujido de madera sometida a la gravedad de sus propias fisuras.
Karlo ya estaba afuera, con una radio portátil colgada del pecho y un cuaderno húmedo bajo el brazo, anotando los puntos que aún requerían atención. Tenía manchas de barro en las rodillas del pantalón y una barba que parecía más espesa por la falta de afeitado ordenado en los últimos días. Levantó la vista al ver a Leila.
Karlo dice con acento siciliano, la voz aún ronca por el cansancio: “Los diques temporales que pusimos resistieron. No hay filtraciones graves en ninguna de las alas principales. El viento dobló algunas tejas, pero no hubo derrumbes.”
Leila asintió, con sus ojos explorando cada grieta visible del patio.
Leila dice con acento siciliano, “Necesitamos asegurar los techos antes de que la próxima lluvia nos alcance. No hubo alerta meteorológica, pero no podemos confiar en nada hasta que no lo tenga bajo control.”
Karlo miró al horizonte, donde el cielo mostraba una faja clara y opaca a la vez.
Karlo dice con acento siciliano, “El mar todavía está bravo más allá de la colina. Los barcos de pesca no han regresado. Los puertos están siendo reparados por equipos de emergencia. Varias rutas siguen cortadas por deslizamientos fuera de la ciudad.”
Leila respiró hondo. La tormenta había pasado, pero la tierra seguía moviéndose en sus bordes.
Avanzó hacia el gran salón convertido en centro de operaciones. En las mesas, mapas con manchas de agua y notas adheridas con cinta indicaban tramos de drenaje aún bloqueados, zonas donde la electricidad había fallado y sectores donde algunas familias de trabajadores aún esperaban permiso para volver a sus casas fuera de la Villa. Había un orden tenso en esa sala, no calma, sino una pausa activa: gente trabajando con manos firmes y miradas cansadas, conscientes de que la recuperación era una suma de pequeños pasos, no de gestos grandiosos.
Al ver a Leila entrar, varios ojos se aliviaron un poco. Ella pasó entre ellos sin detenerse, la espalda recta pero sin ritual de autoridad teatral. Su sola presencia era una certeza: la tormenta había sido un desafío, sí, pero la Villa seguía firme. El polvo y el barro eran ahora testigos silenciosos de lo que se había vivido, marcas físicas que contaban una historia concreta de resistencia y de trabajo minucioso para volver de las fracturas del temporal.
El comedor principal de la Villa Ferrari estaba abierto desde antes del amanecer. Las ventanas altas dejaban entrar una luz gris clara, todavía sin sol directo. El vidrio conservaba marcas de agua seca y polvo fino adherido, señales del viento cargado de sal y ceniza que había pasado días antes. El aire era más limpio que durante la tormenta, pero aún denso, con un olor persistente a humedad asentada en madera y piedra.
Las mesas largas, habitualmente reservadas para reuniones formales de la Famiglia, habían sido reorganizadas sin mantel. La superficie de madera mostraba vetas oscuras donde el agua había sido secada a toda prisa. Sobre ellas había canastas con pan rústico, algunas hogazas partidas en mitades irregulares, platos con queso fresco envuelto en tela, tarros de mermelada casera y jarras grandes de café negro y leche caliente. El desayuno no era abundante, pero era sólido, suficiente y organizado.
Quedaban solo tres familias refugiadas. Nueve adultos y cinco niños en total. El resto se había marchado el día anterior, algunos antes del amanecer, otros a media tarde, con botas embarradas y mochilas improvisadas. Leila había hablado con cada uno antes de que se fueran. No hubo discursos. Solo indicaciones claras, números escritos a mano y promesas cumplibles. Apoyo económico inmediato si encontraban su casa inhabitable. Fondos para reparar pequeños negocios. Contactos logísticos si necesitaban transporte o materiales. Nadie discutió ni pidió más. Se fueron con prisa, con ansiedad contenida, con la urgencia de volver a un lugar que ya no era el mismo.
Las tres familias que quedaban habían decidido pasar una noche más bajo techo seguro. Sus casas estaban en zonas más bajas, cerca de drenajes colapsados. No querían arriesgar a los niños con el barro aún húmedo y los cables eléctricos expuestos.
Leila entró al comedor cuando ya todos estaban sentados. Vestía pantalones oscuros, una camisa sencilla y un suéter fino sobre los hombros. El cabello recogido de forma práctica. Su rostro mostraba cansancio, pero no descuido. Caminó despacio, observando el ambiente con atención real, no ceremonial.
Los niños comían en silencio inusual para su edad. El cansancio también les había llegado. Uno de ellos sostenía una taza con ambas manos, soplando con cuidado antes de beber. Otro desmenuzaba el pan con concentración, como si fuera una tarea importante.
Nana Lucía se movía entre las mesas con una cafetera grande. Sus pasos eran lentos, pero firmes. Se detenía a preguntar si alguien quería más leche, más pan. No insistía. Solo ofrecía.
Lucía dice con acento siciliano, en voz baja pero clara, El café está fuerte. Si alguien quiere más agua caliente, la traigo.
Una mujer joven, con el cabello aún húmedo por un baño reciente, asintió en silencio. Lucía volvió a la cocina sin más palabras.
Leila tomó asiento en uno de los extremos, sin colocarse en la cabecera. Karlo estaba a su derecha, revisando mentalmente listas que ya no necesitaban papel. Zoe se sentó con Maurizio más allá, con una taza de té entre las manos. Gianluca no estaba presente. Se había quedado con Chiara, que seguía en reposo. Richhi y Shawnee estaban al otro extremo de la mesa. Cada uno con una taza de café y un plato de pan y queso.
Leila observó a las familias durante unos segundos antes de hablar. No levantó la voz.
Leila dice con acento siciliano,, —Después del desayuno, los coches estarán listos. Dos de mis hombres los llevarán hasta donde la calle sea transitable. A partir de ahí, ustedes deciden el ritmo. No hay prisa impuesta desde aquí.
Un hombre de unos cincuenta años, con manos grandes y uñas aún marcadas por barro seco, levantó la mirada.
El hombre dijo con acento siciliano, Mi taller quedó bajo agua hasta las rodillas. No sé si las máquinas sirven todavía.
Leila asintió una sola vez.
Leila dice con acento siciliano, No tome decisiones hoy. Vea, limpie lo que pueda, documente los daños. Karlo le dará un contacto. Si hay que reemplazar equipo, se hará. Primero revise si la estructura está sana.
El hombre bajó la cabeza. No era sumisión. Era alivio.
Una mujer mayor, sentada junto a una niña pequeña que jugaba con una cuchara, habló después.
La mujer dijo con acento siciliano, La casa de mi hermana se vino abajo por detrás. La nuestra sigue en pie, pero no sabemos si es segura.
Leila la miró directamente.
Leila dice con acento siciliano, No se queden solas. Si necesitan alojamiento temporal, aunque sea fuera de la ciudad, se gestiona. No quiero a nadie durmiendo en una casa que pueda ceder.
La niña levantó la vista hacia Leila. No sonrió. Solo la observó con atención abierta. Leila sostuvo la mirada un instante más de lo necesario, luego volvió al resto de la mesa.
El desayuno continuó en un silencio funcional. El sonido de tazas apoyándose con cuidado. El crujir del pan. El vapor subiendo lento desde las jarras. Afuera, en el patio, se oían pasos y voces bajas de los hombres que ya retiraban restos de ramas y sacos de arena.
Cuando terminaron, nadie se levantó de inmediato. Era el tipo de pausa que ocurre cuando se sabe que el siguiente movimiento es definitivo.
Leila se puso de pie sin ruido.
Leila dice con acento siciliano, Antes de que se vayan, necesito que escuchen algo.
Las miradas se alzaron de nuevo.
Leila continuó:
Leila dice con acento siciliano, Catania no se va a reconstruir en una semana. Habrá calles cerradas, servicios irregulares, ayudas que llegarán tarde. No esperen que todo funcione. Organícense entre vecinos. Si alguien intenta aprovecharse del caos, me lo hacen saber.
Leila añadió:
Leila dice con acento siciliano, Lo que se llevaron de aquí no es caridad. Es inversión en gente que sostiene esta ciudad. Cuando puedan volver a producir, a trabajar, a vivir, eso es lo único que importa.
Uno de los hombres se levantó primero. Caminó hacia Leila con respeto contenido. No intentó besarle la mano ni exagerar el gesto. Extendió la suya.
El hombre dijo, Gracias por no cerrarnos la puerta.
Leila estrechó su mano con firmeza breve.
Leila dice con acento siciliano, Gracias por confiar en mí, y en la Famiglia Ferrari.
Las despedidas fueron sobrias. Abrazos contenidos. Manos en los hombros. Palabras cortas. Los niños recogieron sus cosas sin alboroto. Las mujeres se cubrieron con chaquetas aún húmedas por la noche.
Desde la entrada de la Villa, Leila observó cómo los coches se alejaban lentamente por el camino aún irregular. El barro seco levantaba polvo fino. El sonido de los motores se perdió pronto entre los árboles.
Cuando el último vehículo desapareció, la Villa quedó extrañamente grande. Vacía de cuerpos ajenos. Silenciosa de otra forma.
Karlo se acercó a Leila.
Karlo dice con acento siciliano, Ahora empieza lo difícil.
Leila no lo miró de inmediato.
Leila dice con acento siciliano, No. Ahora empieza lo constante.
Entró de nuevo a la casa. El comedor aún olía a café y pan. Las mesas estaban por limpiar. Nana Lucía ya recogía platos con calma metódica.
Leila se detuvo un segundo en el umbral. Sintió el cansancio acumulado asentarse en las piernas, en la espalda, en la base del cuello. No se permitió sentarse.
La tormenta había pasado. La Villa seguía en pie. La ciudad, herida pero viva, comenzaba a moverse. Y ella, sin Mássimo aún a su lado, sostenía el centro de gravedad sin romperse.
La mañana avanzaba. Catania empezaba, lentamente, a reconstruirse.
“El Puerto Tranquilo, El Mar No. ”
Punto de vista: especial Michele.
Trapani — Una mañana después de la semana de ciclón KatyLa luz de la mañana era gris y baja. El agua salada seguía en el aire. Trapani, al oeste de Sicilia, había sentido el paso de Katy como un golpe lento y constante. La lluvia había sido intensa, y los vientos llegaron con más fuerza de lo normal para la costa occidental; los servicios de emergencia declararon alerta roja en varias zonas del sur de Italia debido al ciclón y a la saturación del terreno tras días de lluvia persistente, lo que dejó suelos inestables y problemas infraestructurales generalizados en la isla.
Las calles de Trapani estaban húmedas. El olor del mar se mezclaba con tierra y barro en las aceras. En el puerto viejo los barcos pequeños habían sido asegurados con más cuerdas de las acostumbradas. Las olas eran más grandes de lo habitual, rompiendo contra los muelles de piedra con un ritmo lento, todavía marcado por la tormenta reciente.
Michele caminaba por el paseo marítimo. Llevaba una gabardina oscura —ligeramente húmeda— y una bufanda que no ocultaba completamente el frío. El sonido de las gaviotas era áspero, como si picotearan constantemente contra las olas. Sus zapatos crujían sobre el suelo mojado. Sus ojos, de un verde profundo, escanearon el horizonte con calma y atención. Después de Palermo y Catania, Trapani se veía tranquila, pero él sentía que el peligro no era solo visible.
Trapani, a diferencia de Palermo, no había tenido evacuaciones masivas ni deslizamientos catastróficos, pero las olas grandes y las inundaciones menores habían afectado edificios costeros y rutas de transporte.
Michele llegaba al Puerto de Trapani para supervisar uno de sus proyectos de turismo náutico: un plan de excursiones marítimas y rutas culturales que había promovido como actividad económica legal y sostenible. Sus negocios no eran ilegales; siempre buscaba mantener todo dentro de lo que la ley permitiera. Su fachada era empresas de turismo, restauración y logística portuaria.
Un trabajador del puerto se acercó con pasos lentos. Llevaba chaleco reflectante y botas de goma, con la cara marcada por la fatiga.
El trabajador dice con acento siciliano, “Signor Venturi, el muelle cuatro ha perdido parte del pavimento por el oleaje. El acceso está inestable.”
Michele asintió, sin perder la mirada en el agua.
Michele dice con acento trapanés, “Gracias. ¿Las embarcaciones están aseguradas?”
El hombre respondió con un gesto afirmativo.
El trabajador dice con acento siciliano, “Sí. No hubo daños graves, pero recomendamos evitar salidas al mar hoy.”
Michele caminó un poco más. Tocó con la yema de los dedos la barandilla metálica, fría, cubierta de gotas de agua que se agrupaban por gravedad y salinidad. El viento del mar golpeó su rostro con una fuerza moderada, como un recordatorio de que la naturaleza aún no se había ido del todo.
Sus pensamientos eran claros. Trapani había sufrido menos que otros lugares, pero la economía local dependía del turismo, y los turistas aún tenían miedo de viajar a Sicilia tras el ciclón. Las rutas de tren y carretera entre Trapani y Palermo estaban operativas, pero con retrasos y cierres parciales tras la lluvia intensa.
Michele entró a la pequeña oficina que tenía cerca del puerto. Allí, un tablero con mapas, datos económicos y calendarios marcaba los ingresos proyectados para la temporada. Ahora, muchas fechas estaban tachadas por cancelaciones o advertencias climáticas. Por debajo había facturas, recibos, correos de proveedores y correspondencia con empresas de seguros.
Sus dedos recorrieron una hoja con cifras que mostraban pérdidas proyectadas por el descenso del turismo tras el desastre climático en Sicilia. El gobernador de la región había declarado estado de emergencia para gestionar apoyos económicos y reconstrucción, pero los fondos iniciales apenas cubrían una fracción de las necesidades estimadas —solo un porcentaje mínimo de los daños totales que podían alcanzar hasta 2 000 millones de dólares o más en el sur de Italia— y era probable que la disponibilidad de recursos fuera limitada.
Un asistente tocó la puerta y entró con una carpeta.
El asistente dice con acento siciliano, “Los hoteles asociados reportan cancelaciones por una semana más. Y algunos vuelos a Birgi fueron reasignados o cancelados ayer.”
Michele tomó la carpeta con lentitud y la revisó en silencio. No mostró nerviosismo. Su frente no se frunció. Su voz fue precisa, sin emoción aparente.
Michele dice con acento trapanés, “Gracias. Esto lo presentaremos luego en la reunión con la cámara de comercio. Necesitamos mantener la confianza de los bancos.”
El asistente salió sin más. Michele cerró los ojos un segundo, como si registrara cada número en su mente. Sabía que la economía local no se recuperaría rápidamente sin infraestructura estable, y que las pérdidas en otros lugares de Sicilia —incluidos deslizamientos de tierra que tenían al borde del colapso a comunidades completas como Niscemi— tendrían repercusiones en todos los negocios de la región. (Wikipedia)
Desde niño, Michele siempre había sabido diferenciar entre riesgo calculado y caos irreversible. Ahora su mirada se dirigió a la línea del mar, donde las olas rompían con fuerza desigual contra las rocas. Sabía que Trapani todavía tenía puerto y turistas potenciales. Sabía que su empresa podía sostenerse si tomaba decisiones puntuales y actuaba sobre hechos, no sobre miedo ni histeria mediática.
Su proyecto de turismo estaba lejos de terminar.
Pero necesitaba aliados, recursos, y sobre todo, una estabilidad que el ciclón había puesto en duda.
Michele se levantó, fue hasta el ventanal y miró hacia la ciudad. El viento ingresó por una rendija en la ventana. El olor de agua salada y tierra húmeda le llegó a la nariz.
Michele dice con acento trapanés, “Trapani resistirá. Pero debemos trabajar más y mejor.”
Sus manos se cerraron sobre el escritorio. No había pánico.
Había estrategia.
Y allí, en la tranquila costa de Trapani, con el mar aún agitado, Michele sabía que su juego legal tenía que ser firme, más allá de los informes, más allá de los daños visibles, más allá del miedo.
“Vientos Cruzados.
”Punto de vista: Especial desde Trapani, Michele.
El viento seguía entrando desde el mar, menos violento que días atrás, pero constante. En la casa de los Venturi-Ferrari todavía olía a humedad y a madera mojada. Michele cerró la contraventana del comedor con cuidado antes de sentarse. No quería levantar la voz. No hacía falta.Su madre, Elena, estaba sirviendo café en tazas desiguales. No era una reunión formal; era una conversación que llevaba años esperando su momento. Gerónimo, su padre, permanecía de pie, mirando el jardín dañado sin decir nada.
Michele rompió el silencio con un suspiro corto.
Michele dice con acento trapanés, “No los reuní por negocios. No solo por eso.”
Elena dejó la cafetera y se sentó frente a él. Sus manos temblaban apenas, cansadas, no nerviosas.
Elena dice con acento trapanés, “Lo sé. Cuando hablas así… es porque la familia está en medio.”
Gerónimo se giró despacio y tomó asiento. Sus hombros estaban más caídos de lo habitual.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Habla, figlio. Te escuchamos.”
Michele apoyó los codos en la mesa.
Michele dice con acento trapanés, “Alessio me llamó hace unos días. Dice que fue engañado. Que la caída de la constructora lo tomó por sorpresa. Que necesita respaldo.”
Gerónimo soltó una exhalación lenta por la nariz.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Eso dicen todos cuando el suelo se les abre.”
Elena no sonrió. Bajó la mirada a la taza.
Elena dice con acento trapanés, “Matteo también decía eso. Siempre había otro culpable.”
El nombre quedó ahí, sin dramatismo, pero con peso. Michele levantó la vista hacia su madre.
Michele dice con acento trapanés, “Por eso no quiero apoyarlo. No así. No ahora.”
Elena lo observó con atención, como cuando era niño y intentaba explicar algo difícil.
Elena dice con acento trapanés, “Tu tío sabía exactamente hasta dónde llegaba. Y hasta dónde no. Pero también sabía a quién apartar.”
Gerónimo frunció el ceño.
Gerónimo dice con acento trapanés, “A ti nunca te quiso cerca, Elena. Ni a su figlia Leila.”
Elena asintió, sin rabia.
Elena dice con acento trapanés, “Porque no hacíamos lo que él quería.”
Hubo un silencio breve. Afuera, una rama chocó contra la pared con un golpe seco.
Michele tomó aire.
Michele dice con acento trapanés, “Quiero acercarme a Leila.”
Elena levantó la cabeza de inmediato.
Elena dice con acento trapanés, Que bueno Figlio, es hora de que te acerques a tu prima.
Gerónimo los miró a ambos.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Eso no es una decisión menor.”
Michele negó con la cabeza.
Michele dice con acento trapanés, “No lo es. Pero tampoco es impulsiva. Leila está sola en Catania. Siempre lo estuvo, incluso cuando Matteo vivía.”
Elena cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, su voz salió más baja.
Elena dice con acento trapanés, “Cuando me alejaron de Catania, supe que algún día eso le pasaría a ella. Matteo no soportaba a las mujeres que pensaban por sí mismas.”
Michele no la interrumpió.
Elena continuó.
Elena dice con acento trapanés, “No voy a mentir. Hay una parte de mí que está aliviada de que mi hermano ya no esté. Lo quise. Pero también lo temí.”
Gerónimo apoyó su mano sobre la de ella. Un gesto simple. Íntimo.
Gerónimo dice con acento trapanés, “Y Alessio no es distinto. Solo más pulido.”
Michele asintió.
Michele dice con acento trapanés, “Eso es lo que me preocupa. Si se acerca a Leila, no será por protegerla.”
Elena sostuvo la mirada de su hijo.
Elena dice con acento trapanés, “Entonces hazlo tú primero.”
Elena dice con acento trapanés, “ayuda a tu prima hijo, que si Alessio es como lo pensamos, corre peligro de nuevo. “
Michele tragó saliva.
Michele dice con acento trapanés, “Sí lo haré madre, no como capo. No como salvador. Como familia.”
Gerónimo reflexionó unos segundos antes de hablar.
Gerónimo dice con acento trapanés, “No vamos a respaldar a Alessio. Si cae, cae solo. Nuestros negocios no se manchan con rumores que huelen mal.”
Gerónimo añadió:
Gerónimo dice con acento trapanés, “Pero sí vamos a apoyar a Leila. Porque Sicilia no se sostiene sin memoria. Y porque la sangre, cuando se cuida, también protege.”
Michele inclinó la cabeza, agradecido.
Elena apretó la mano de Michele.
Elena dice con acento trapanés, "Gracias, figlio. No podrías darme una noticia mejor. Ella lo necesita."
Elena soltó la mano de su hijo, se enderezó y su voz tomó un matiz de urgencia práctica.
Elena dice con acento trapanés, "Lo primero es el apoyo moral. No podemos llegar con números o planes de negocios, no hoy. Lo que Leila ha vivido en Catania con ese ciclón… no es solo una cuestión de ladrillos rotos. Es el peso de la ciudad sobre sus hombros."
Gerónimo asintió, su rostro serio.
Gerónimo dice con acento trapanés, "Es cierto. Ella está conteniendo el caos sola."
Elena miró a su hijo con una decisión inquebrantable en sus ojos verdes.
Elena dice con acento trapanés, "Iremos mañana. Los tres. Iremos a Catania. Nos haremos presentes en la Villa Ferrari. Que sepa que no está sola en esto.
Michele sintió una punzada de alivio. La espera había terminado.
Michele dice con acento trapanés, "De acuerdo. Hablaré con mi asistente para que prepare el coche temprano. Y para que no seamos molestados. Iremos discretamente."
Gerónimo levantó la cabeza.
Gerónimo dice con acento trapanés, "El camino aún es irregular, pero es transitable. Es una buena decisión, Elena."
Elena se puso de pie, la tensión en sus hombros parecía haber cedido un poco. Caminó hacia la pequeña cocina integrada con el comedor.
Elena dice con acento trapanés, "Bien. Mañana es un día largo. Yo serviré algo ligero para la cena. Nadie ha comido decentemente desde que Katy nos dio un susto."
El sonido de platos y el abrir y cerrar del refrigerador llenaron el silencio mientras Gerónimo y Michele intercambiaban una mirada de entendimiento tácito. El camino a Catania no era solo geográfico; era un retorno a la historia familiar que habían postergado demasiado.