Papeles que cortan más que cuchillos.
La mañana se presentó limpia, puntual, casi amable. Demasiado.
El aula estaba llena del murmullo habitual de estudiantes medio dormidos. El proyector iluminaba la pared con imágenes de arquitectura industrial, líneas rectas, fábricas reconvertidas en espacios culturales. Vittoria estaba sentada en su lugar de siempre, espalda recta, cuaderno abierto, bolígrafo entre los dedos. A simple vista, era solo una chica más. La heredera no existía ahí.
El teléfono vibró una sola vez dentro de su bolso.
Vittoria no reaccionó de inmediato. Esperó a que la profesora terminara una frase, bajó la vista como quien revisa una anotación y entonces leyó el nombre en la pantalla.
Bianca.
No había emojis.
No había urgencia escrita.
Eso era lo que le tensó el estómago.
Guardó el teléfono sin responder. Anotó una línea que no tenía sentido. El pulso, sin embargo, ya no estaba en el aula.
Cuando sonó el timbre, Vittoria fue de las últimas en levantarse. Saludó a Giuliana con una sonrisa breve, escuchó a Allegra hablar de un trabajo pendiente y prometió verse luego. Todo automático.
En el coche, cuando el blindaje se cerró con su sonido seco, Vittoria soltó el aire que había estado reteniendo.
Vittoria dice con acento turinés, “Ahora sí. Habla.”
La voz de Bianca llegó clara, firme, con ese tono controlado que solo usaba cuando algo no estaba bien.
Bianca dice con acento genovés, “Tenemos un problema. Y no es ruidoso. Es de los que se infiltran.”
Vittoria apoyó la cabeza contra el respaldo, mirando el techo.
Vittoria dice con acento turinés, “Eso suena peor que un ataque directo.”
Bianca dejó escapar una exhalación corta.
Bianca dice con acento genovés, “El despacho Conti & Rinaldi.”
El nombre flotó entre ellas.
Vittoria frunció apenas el ceño.
Vittoria dice con acento turinés, “Nuestros auditores menores.”
Bianca dice con acento genovés, “Exacto. Los discretos. Los que nunca dan problemas.”
Vittoria cerró los ojos un instante.
Vittoria dice con acento turinés, “Cuando alguien nunca da problemas… es porque los está causando sin que lo veas.”
El coche avanzaba entre edificios grises. La ciudad seguía su rutina sin saber nada.
Bianca continuó, más despacio.
Bianca dice con acento genovés, “Detectamos filtraciones suaves. No contratos. No números grandes. Calendarios, horarios, pequeños ajustes en documentos que solo alguien interno puede mover.”
Vittoria abrió los ojos.
Vittoria dice con acento turinés, “¿Desde cuándo?”
Bianca dice con acento genovés, “Meses. Tal vez más. Se intensificó esta semana.”
Vittoria apretó el bolígrafo que aún tenía entre los dedos.
Vittoria dice con acento turinés, “¿Quién recibe esa información?”
Hubo un silencio breve.
Bianca dice con acento genovés, “No lo firman. No aparecen. Pero todo apunta al consorcio.”
Vittoria dejó escapar una risa seca, sin humor.
Vittoria dice con acento turinés, “Siempre tan elegantes. Nunca manchan sus manos.”
Bianca no rió.
Bianca dice con acento genovés, “La elegancia no los hace menos peligrosos.”
El coche se detuvo frente a una cafetería. Vittoria bajó, pidió un café cargado con demasiado azúcar y volvió al vehículo sin probarlo.
Vittoria dice con acento turinés, “¿Enrico?”
Bianca dice con acento genovés, “Está en Novara. El cargamento quedó bloqueado. Todo por vías legales. No podemos tocar nada sin exponernos.”
Vittoria miró el café entre sus manos.
Vittoria dice con acento turinés, “Entonces quieren ver si reacciono.”
Bianca dice con acento genovés, “O si pierdes el control.”
Vittoria levantó la vista hacia el reflejo del vidrio.
Vittoria dice con acento turinés, “No les voy a regalar ninguna de las dos cosas.”
De regreso en la villa, Vittoria no pasó por su habitación. Fue directo al despacho secundario. Enrico ya estaba ahí, serio, con varios documentos sobre la mesa.
Enrico dice con acento turinés, “Signorina.”
Vittoria asintió.
Vittoria dice con acento turinés, “Cuéntame todo. Sin suavizar.”
Enrico habló con precisión. Fechas, nombres, correcciones mínimas en informes, correos reenviados fuera de horario. Nada ilegal en apariencia. Todo sucio en conjunto.
Cuando terminó, Vittoria permaneció en silencio.
Vittoria dice con acento turinés, “No vamos a confrontarlos.”
Enrico parpadeó, sorprendido.
Enrico dice con acento turinés, “¿Está segura?”
Vittoria se giró.
Vittoria dice con acento turinés, “Si saben que los vimos, se esconden. Yo quiero que sigan creyendo que están ganando.”
Bianca asintió desde la pantalla del portátil.
Bianca dice con acento genovés, “Eso implica pérdidas.”
Vittoria apretó los labios.
Vittoria dice con acento turinés, “Las asumimos. El cargamento se da por perdido.”
Enrico frunció el ceño.
Enrico dice con acento turinés, “Eso duele.”
Vittoria lo miró sin dureza, pero sin ceder.
Vittoria dice con acento turinés, “Más nos dolería no saber quién más está mirando.”
Se sentó en la silla de Mássimo. No imitó su postura. Se permitió ser ella.
Vittoria dice con acento turinés, “Quiero todo el historial del despacho. Clientes, donaciones, vínculos políticos. Todo lo que sea legal encontrar.”
Bianca dice con acento genovés, “Y lo que no lo sea…”
Vittoria negó despacio.
Vittoria dice con acento turinés, “No ahora. Primero los entendemos. Después decidimos.”
Enrico asintió.
Cuando quedó sola, apoyó los codos en el escritorio y entrelazó los dedos. No sentía rabia. Sentía algo peor: claridad.
El consorcio seguía oculto.
El despacho creía estar protegido por el papel.
La tinta invisible.
2 días después.
El despacho estaba iluminado por una lámpara baja que dejaba el resto de la habitación en penumbra. El aire olía a papel, a impresora caliente y a café recalentado. Vittoria llevaba un rato largo sentada frente al escritorio, con varios documentos extendidos en abanico. Había subrayados, marcas a lápiz, pequeñas notas en los márgenes. Nada estaba fuera de lugar, y eso era precisamente lo que la inquietaba.
Bianca observaba desde un costado, con la espalda apoyada en la pared. Enrico permanecía de pie cerca de la ventana, mirando de vez en cuando la calle, atento a cualquier movimiento.
Vittoria dejó el último documento sobre la mesa y se frotó las sienes.
Vittoria dice con acento turinés, “No están robando. No todavía.”
Bianca se enderezó un poco.
Bianca dice con acento genovés, “¿Entonces qué están haciendo?”
Vittoria señaló una serie de cifras impresas.
Vittoria dice con acento turinés, “Están reorganizando nuestros contratos. Cambian plazos, recomiendan proveedores, sugieren auditorías internas. Todo parece ayuda.”
Enrico se acercó a la mesa y miró los papeles.
Enrico dice con acento turinés, “Eso lo hace cualquier despacho grande.”
Vittoria negó despacio.
Vittoria dice con acento turinés, “No cuando solo lo hacen en empresas vinculadas a nosotros.”
El silencio se volvió más denso. Afuera se escuchó el paso de un coche sobre la grava.
Bianca tomó uno de los informes.
Bianca dice con acento genovés, “Conti & Rinaldi tienen buena reputación. Trabajan para medio Piamonte.”
Vittoria asintió.
Vittoria dice con acento turinés, “Y por eso son peligrosos. Nadie sospecha de ellos.”
Se levantó y caminó hacia un panel donde habían colocado un esquema sencillo: nombres de empresas, flechas, fechas.
Vittoria tocó una de las tarjetas.
Vittoria dice con acento turinés, “Esta fundación cultural. Recibe dinero de tres sociedades relacionadas con el consorcio. Usa los mismos asesores legales.”
Enrico cruzó los brazos.
Enrico dice con acento turinés, “Están creando una red limpia alrededor de algo que no lo es.”
Vittoria lo miró con atención.
Vittoria dice con acento turinés, “Exacto. Si algo sale mal, ellos quedan protegidos. Nosotros no.”
Bianca respiró hondo.
Bianca dice con acento genovés, “Esto no es un ataque frontal.”
Vittoria regresó al escritorio y se sentó.
Vittoria dice con acento turinés, “Es presión constante. Quieren que pierda el control.”
Enrico inclinó la cabeza.
Enrico dice con acento turinés, “Creen que eres joven. Que reaccionarás mal.”
Vittoria apretó los labios antes de responder.
Vittoria dice con acento turinés, “Eso creen.”
Abrió una carpeta nueva, completamente vacía, y la colocó frente a ella.
Vittoria dice con acento turinés, “No los vamos a enfrentar. Todavía.”
Bianca alzó una ceja.
Bianca dice con acento genovés, “¿Entonces?”
Vittoria se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa.
Vittoria dice con acento turinés, “Vamos a darles más trabajo. Más acceso. Que se sientan cómodos.”
Enrico frunció el ceño.
Enrico dice con acento turinés, “Eso significa darles información.”
Vittoria sostuvo su mirada sin titubear.
Vittoria dice con acento turinés, “Y observar cómo la usan.”
Bianca reflexionó unos segundos.
Bianca dice con acento genovés, “Si se equivocan, quedará por escrito.”
Vittoria asintió.
Vittoria dice con acento turinés, “Exactamente. Nada de violencia. Nada que nos exponga.”
Enrico miró la tablet que llevaba en la mano.
Enrico dice con acento turinés, “El consorcio organiza un evento en Milán. Reunión pública, empresarios, patrocinadores.”
Vittoria levantó la cabeza.
Vittoria dice con acento turinés, “¿Cuándo?”
Enrico dice con acento turinés, “En dos semanas.”
Vittoria respiró despacio.
Vittoria dice con acento turinés, “Ahí empezamos.”
Bianca la observó con atención.
Bianca dice con acento genovés, “¿Irás tú?”
Vittoria dudó un instante. Pensó en la universidad, en las clases, en la imagen que debía mantener.
Vittoria dice con acento turinés, “Sí. Como estudiante. Como heredera discreta. Nada más.”
Enrico asintió lentamente.
Enrico dice con acento turinés, “Estás pensando a largo plazo.”
Vittoria miró sus manos, firmes, sin temblar.
Vittoria dice con acento turinés, “No puedo permitirme otra cosa.”
Su teléfono vibró sobre el escritorio. Un mensaje de Marcco. Vittoria lo leyó sin abrirlo del todo y lo guardó.
Se levantó.
Vittoria dice con acento turinés, “Recuerden esto. Mientras mi padre no está, todo pasa por mí. Sin improvisaciones.”
Bianca y Enrico asintieron al mismo tiempo.
Cuando Vittoria salió del despacho, el pasillo estaba en silencio. La casa seguía su rutina habitual, como si nada estuviera ocurriendo.
Pero ella sabía que algo ya había empezado.
No se veía.
No hacía ruido.
Y precisamente por eso era peligroso.
Un respiro fuera de la tinta.
Vittoria caminó por el pasillo. La sensación de la madera pulida bajo sus pies era un ancla. Le recordaba que, a pesar de los despachos, el consorcio y las filtraciones silenciosas, todavía existía un mundo fuera del apellido. Un mundo que olía a café y no a papel viejo.
Sacó el teléfono. El mensaje de Marcco seguía ahí, inofensivo y simple.
Marcco: ¿Dónde estás? No te vi en el descanso. ¿Todo bien con tu trabajo?
Se permitió sonreír, una sonrisa pequeña, genuina. Era extraño cuánto necesitaba esa conexión normal después de pasar dos días diseccionando mentiras elegantes. Marcco no preguntaba por números, ni por auditorías. Preguntaba por ella.
Abrió el chat para responder.
Vittoria, "Estoy en casa. Cosas aburridas, ya sabes. Pero terminamos por hoy."
Escribió otra línea, dudó, y la borró. No quería la mentira de las 'cosas aburridas'. Quería la verdad sin el peligro. Quería la pausa.
Vittoria, "Voy por ti. Dame media hora y estoy en la puerta de la facultad. No tengo ganas de pensar en nada más. Solo quiero terminar la tarde contigo, Marcco. ¿Te parece bien?"
El teléfono vibró casi al instante.
Marcco: Me parece... la mejor idea del día. Te espero. No tardes.
El mensaje era breve, pero la urgencia de su respuesta le infló el pecho de una calidez que el café cargado nunca podía darle. Era un tipo de oxígeno diferente.
Vittoria subió a su habitación. No era solo cambiarse de ropa, era un cambio de piel. Se miró en el espejo, observando los contornos demasiado tensos de su mandíbula. Había sido fría, distante, absorta en la neblina gris de las finanzas y las traiciones. Marcco merecía más que la sobra emocional de la heredera. Se lo había ganado con su paciencia, con su humor ligero y con el simple hecho de ser una persona completamente ajena a la toxicidad de su mundo.
Ella no podía darle una vida normal, no del todo, pero sí podía darle a la Vittoria que él amaba. La que reía, la que no cargaba con el peso de Turín.
Se duchó rápido, buscando la sensación del agua fría para terminar de despejar la mente. Salió envuelta en una toalla, caminó hacia el vestidor y abrió las puertas de un compartimento especial.
Para Marcco, no usaría la ropa de diseñador ni las piezas costosas. Usaría algo que fuera solo para él.
Eligió un conjunto de lencería de seda negra, sin encaje, pura. El sujetador, un balconette de corte profundo, apenas cubría lo esencial, levantando y exponiendo la curva del pecho con una audacia calculada. Las copas eran lisas, de un satén que prometía deslizarse bajo la ropa.
La parte inferior era un tanga de tiro bajo, casi una tira, que acentuaba la cadera con delicadeza. Era el conjunto de menos tela, pero de mayor intención.
Sobre la lencería, se puso un vestido sencillo. No quería la ostentación que levantaría sospechas en la facultad. Escogió un vestido lencero de satén de seda en un tono borgoña profundo. El corte era fluido, con un escote en V que no era vulgar, pero que dejaba vislumbrar el balconette de seda negra que llevaba debajo. Las tiras del vestido eran finas, dobles sobre los hombros, y la tela caía hasta la mitad del muslo. Era la antítesis de sus trajes de despacho: suave, libre, y deliberadamente revelador si la luz jugaba a su favor.
No se puso joyas, salvo su pequeño collar de oro blanco. Se ató el cabello en una coleta alta, dejando que algunos mechones enmarcaran su rostro. El maquillaje era mínimo: solo un toque de delineador y un labial color vino que hacía juego con el vestido.
No era solo vestirse. Era una declaración silenciosa: la Vittoria que salía ahora de la villa no tenía que luchar contra nadie. Solo iba a ser deseada. Y por la forma en que se movía, sabía que lo lograría.
Salió de la villa sin mirar atrás, el borgoña del vestido contrastando con el interior oscuro del coche. Ella misma condujo, un pequeño acto de rebeldía contra la rigidez de su seguridad, aunque el vehículo seguía siendo un modelo discreto pero potente.
enfrentando realidades contra el pasado doloroso.
El trayecto hacia la universidad era corto. La ciudad se movía a una velocidad que ella envidiaba: la gente iba y venía, ajena al juego de poder que se libraba en las sombras. En la periferia de la facultad, Vittoria desaceleró, buscando la silueta familiar.Lo encontró junto a las escalinatas principales. Marcco estaba apoyado contra una columna, con las manos en los bolsillos, hablando con otro chico: alto, de cabello oscuro, con el aire relajado de quien no tiene una corporación sobre sus hombros. Alexander.
Vittoria detuvo el coche a unos metros, sin acercarse demasiado, sabiendo que la presencia de un vehículo tan pulcro, aunque no ostentoso, ya era suficiente señal. Bajó la ventanilla.
Marcco la vio de inmediato. Su rostro se iluminó con una sonrisa que era la razón precisa por la que ella había venido. Se despidió de Alexander con un golpe amistoso en el hombro y caminó hacia el coche.
Marcco abrió la puerta y se deslizó en el asiento del copiloto. El olor a seda, perfume y a la propia Vittoria lo envolvió. Cerró la puerta con un clic suave.
Marcco dice con acento turinés, "Llegas en el momento justo. Alexander quería convencerme para ir a una fiesta de ex-alumnos. Tú me salvaste, gracias."
Su tono era ligero, pero Marcco se mantuvo en su lado del asiento, con el brazo apoyado en el marco de la ventanilla, mirando más la calle que a ella. Había una distancia que no era física, sino emocional, el eco de los días en que Vittoria había estado fría, ausente, viviendo solo para el peso de su herencia.
Vittoria, sintiendo el vacío entre ellos, dudó apenas un instante. Se inclinó sobre la consola central, acercándose a él, la tela borgoña del vestido susurrando contra el cuero. El perfume sutil que usaba, solo para él, alcanzó a Marcco.
Vittoria dice con acento turinés, "Marcco..." Dijo su nombre con un tono bajo, casi una súplica.
Él no se movió de inmediato. Mantuvo la mirada fija al frente, incómodo.
Marcco dice con acento turinés, "Vittoria, estoy bien, de verdad. Conduce. ¿A dónde vamos?" Su voz era plana, defensiva. Intentaba continuar con esa armadura.
Ella ignoró la pregunta. Su mano se levantó despacio y rozó la mejilla de Marcco. La piel de él estaba cálida.
Vittoria dice con acento turinés, "No me pidas que conduzca. No ahora." Retiró la mano, dejando que la cercanía hablara por sí misma. Sus ojos, antes fríos por los números y la estrategia, ahora estaban abiertos, vulnerables. "Sé que he sido una imbécil estos días. Lo siento."
Marcco giró la cabeza, su ceño ligeramente fruncido, y esa expresión de resentimiento contenido le dolió a Vittoria más que cualquier ataque empresarial.
Marcco dice con acento turinés, "No te has comportado como una imbécil. Te has comportado como... como la heredera. Distante. Ocupada. Como si yo fuera una cita que tienes que cumplir entre reuniones." Hizo una pausa, la voz un poco más áspera. "Entiendo tus responsabilidades, Vittoria, pero no me pidas que pretenda que no me duele que me trates como una nota a pie de página en tu agenda."
El aire se había ido del coche. Ella sintió un nudo en la garganta.
Vittoria dice con acento turinés, "Tienes razón. Lo tienes. Y te juro que no es porque no me importes. Es lo contrario. Es porque me importas demasiado." Se acercó de nuevo, esta vez apoyando el antebrazo en el muslo de Marcco, buscando el contacto real. "Todo este caos... las cosas que tengo que enfrentar... a veces el miedo me hace volverme fría, me encierro. No quiero que nada de esa mierda te toque."
Las yemas de sus dedos rozaron el borde de la camisa de Marcco.
Marcco dice con acento turinés, "¿No quieres que me toque? ¿O no quieres que yo te toque?" La pregunta era punzante, lanzada sin aliento. Se echó hacia atrás, separándose del contacto de Vittoria, y su mirada recorrió el vestido borgoña con una mezcla de deseo frustrado y amargo resentimiento. "Llegas con este… atuendo. Vienes y me dices que te importo, pero has estado ausente, Vittoria. Distante. Fría con el mundo y conmigo." Su voz bajó, un susurro cargado de dolor y la vieja herida. "Y no puedo evitar preguntarme si toda esta ‘mierda’ que no quieres que me toque es la empresa… o si es la Vittoria que escapa a otros sitios cuando yo no soy suficiente."
El nombre de la enfermedad que la había marcado flotó implícito en el aire denso del coche.
Vittoria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura exterior. Su cuerpo se tensó; ese era el miedo, el verdadero, el que no podía disecar en un informe. La confianza de Marcco era más frágil que cualquier acuerdo legal.
Vittoria dice con acento turinés, "Marcco. Para." Su tono era una orden suave, una súplica de respeto. "No vuelvas ahí. No he estado con nadie más. Lo juro." Sus manos, que antes lo buscaban, ahora se quedaron quietas en su propio regazo. "He estado en el despacho de mi padre, hundida en números y abogados que quieren mi cuello. He estado tomando decisiones que afectan la vida de cien personas, sin dormir, intentando no cometer un error que le cueste a mi familia el nombre."
Marcco se rió, una risa hueca.
Marcco dice con acento turinés, "¿Y te vistes así para tus guardias?" Sus ojos se clavaron en ella, ardientes. "Cuando te pones esa lencería, Vittoria, no estás haciendo un análisis de costos. Estás buscando una conexión. Dime la verdad. ¿Estás tan aburrida, tan estresada por todo eso, que la necesidad regresó? ¿La sensación de no ser suficiente? Porque sé cómo funciona. Y no quiero ser la siguiente mentira en tu agenda." Se inclinó hacia ella, el rostro cerca, la confusión y los celos luchando en sus ojos. "Dime que no. Dime que no tienes una nueva agenda oculta, y que esta vez, el juego no soy yo."
Ella sintió que las palabras de Marcco cortaban más profundamente que cualquier cuchillo empresarial. Él estaba celoso, dolido, y sobre todo, tenía miedo de perderla de la misma forma en que la había perdido antes.
Vittoria dice con acento turinés, "Mírame." Su voz era firme, obligándolo a sostenerle la mirada. "Si me puse esto, Marcco, es porque llevo dos semanass siendo una máquina fría que solo respira para una corporación. Y la única forma que tengo de sentirme real, de sentirme deseada y viva, es contigo." Inclinó la cabeza ligeramente, dejando que él viera la vulnerabilidad genuina en sus ojos. "No es una recaída. Es un ancla. Es la única forma en que puedo asegurarme de que no me convierta solo en la heredera. Eres la única persona con la que quiero ese tipo de conexión, Marcco. No hay nadie más."
La tensión en el coche no cedía, pero el dolor en los ojos de Marcco comenzó a mezclarse con una duda cautelosa. Él todavía estaba herido, pero la honestidad, la cruda verdad de Vittoria, siempre era su debilidad.
Marcco soltó un suspiro, pero no de alivio. Era el sonido de un límite que se rompía. Su mano se cerró en un puño invisible sobre su muslo.
Marcco dice con acento turinés, "Si es un ancla, ¿por qué has tardado dos semanas en darte cuenta de que te estabas hundiendo? ¿Por qué tuve que verte ahora, en un coche, vestida así, para que me miraras a los ojos y me dijeras algo real? ¿Crees que no duele, Vittoria? Creí que habíamos superado esto. Creí que cuando dijiste que querías ser diferente, que yo era suficiente, lo decías en serio." Se inclinó hacia adelante, la cabeza gacha, la voz llena de una frustración que no podía contener. "Soy tu puto ancla, ¿no? Pero me has tratado como el equipaje que dejas en el maletero mientras resuelves lo importante."
Vittoria sintió que el golpe la desarmaba. Era verdad. Había priorizado la estrategia y había descuidado la persona que la mantenía cuerda.
Vittoria dice con acento turinés, "Tienes todo el derecho a estar enfadado. Lo sé." Levantó su mano y rozó su cabello. "He sido egoísta, concentrada solo en no arruinarlo todo en el despacho. Pero no me he olvidado de ti. Y no me he olvidado de lo que soy."
Se enderezó, la mano cayendo. Ella no iba a mentirle, ni a usar la lencería como única excusa.
Vittoria dice con acento turinés, "Desde que mi padre se hizo cargo de Leila, he estado en videollamada con Karol tres veces a la semana. En Turín a nadie le importa, pero ella lo ve. Me dijo lo mismo que tú: que me estaba volviendo un témpano." Asintió, forzando la verdad a salir. "Estoy haciendo mis ejercicios, Marcco. No estoy recayendo. Estoy lidiando con todo esto de la única manera que sé, y sí, a veces me encierro. Pero no me he saltado ni una sesión. Lo he priorizado, incluso sobre el sueño. Me he obligado a escribir en mi diario. Me he obligado a comer, incluso cuando el estómago me dolía por la tensión."
Ella extendió su mano, pidiendo la suya.
Vittoria dice con acento turinés, "Esto... la lencería, el vestirme así, no es una fuga. Es una herramienta. Es la forma que tengo de recordarme a mí misma que tengo un cuerpo que desea, que siento, que soy más que la Signorina Marttini. Y quiero compartirlo contigo. Solo contigo. No con el consorcio, ni con los putos auditores. Con mi chico. Mi ancla."
Marcco dudó. Su respiración seguía siendo pesada, pero la mención de Karol, de su terapeuta, y el detalle de las sesiones y los ejercicios, era una barrera que no se podía superar con resentimiento. Ella estaba luchando.
Marcco dice con acento turinés, "Es la primera vez que me hablas de Karol en meses." Se dejó la mano en el regazo, pero su rigidez se había suavizado. "Si me hubieras dicho... 'estoy estresada, necesito un día', lo habría entendido."
Vittoria dice con acento turinés, "No. No lo habrías entendido, Marcco. Habrías pensado que estaba al borde. Y no lo estoy. Estoy fuerte. Pero necesito que me creas, no solo cuando soy blanda, sino también cuando tengo miedo y me vuelvo dura."
Marcco la miró, analizando cada línea de su rostro, buscando la mentira que no estaba ahí.
Marcco dice con acento turinés, "Vale. De acuerdo." Su tono era un compromiso, no una rendición. Dejó que Vittoria tomara su mano. Entrelazó sus dedos. "Conduce. Y no hablemos más de auditores, ni de tu maldita familia. Hablemos de mí, de ti, de cómo vamos a usar esta tarde para que no sigamos así.
Vittoria no esperó a que la rabia o la cautela de Marcco volvieran. Soltó su mano, se giró del todo sobre el asiento y se lanzó sobre la consola central, salvando la distancia entre ellos con una urgencia que no dejaba espacio para la duda.
Sus manos se aferraron al cuello de la camisa de Marcco, el satén borgoña del vestido susurró contra el denim de sus piernas, y sus bocas se encontraron. No fue un beso suave de reconciliación; fue un asalto, una declaración visceral de posesión y necesidad.
Los labios de Vittoria eran firmes, húmedos por el labial color vino, y lo besó con el desespero de quien se aferra a un salvavidas. La boca de ella se abrió apenas, invitando, exigiendo. El sabor a café y el perfume que solo usaba para él —un jazmín ahumado y vainilla— lo inundaron.
Marcco gimió bajo la sorpresa, la tensión de su cuerpo rompiéndose con la misma velocidad con que el hielo se quiebra en un vaso. Él le respondió al instante, su mano libre se deslizó detrás de la cabeza de Vittoria, enredándose en su coleta alta para atraerla más profundamente. La otra mano se aferró a su cintura, sintiendo el cuerpo delgado y fuerte bajo la seda.
Vittoria se inclinó más, su pecho, elevado por el balconette de seda negra, rozó su brazo con una fricción intencionada. Ella lo sabía: el vestido, la lencería, el beso apasionado, todo era un arma de seducción que él no podía resistir. Y a ella le encantaba. No por el poder de la vanidad, sino porque en ese contacto ardiente, en la forma en que él le respondía, se sentía completamente real y singularmente suya.
Marcco interrumpió el beso solo para jadear, sus ojos fijos en los de ella, oscuros, encendidos por el deseo y la adrenalina.
Marcco dice con acento turinés, "Dios, Vittoria. Así sigue..." La voz le salió ronca, sin aliento. Apretó su cuerpo con una posesividad que le devolvió el aliento.
Vittoria sonrió contra su boca, una sonrisa de triunfo adolescente, sin rastro de la frialdad de la heredera.
Vittoria se estremeció bajo la intensidad de la mirada de Marcco y el roce de sus manos en su cuello se detuvo cuando él se apartó suavemente, recuperando la distancia que ella había acortado con tanta urgencia. La sonrisa de triunfo adolescente se desvaneció de sus labios al instante, sustituida por la tensión de la confrontación que aún no estaba resuelta.
Marcco dice con acento turinés, "Espera. Para."
Su voz era apenas un susurro, pero la autoridad en ella era innegable. Se echó hacia atrás en su asiento, rompiendo el contacto visual por un segundo para tomar una respiración profunda, luchando por controlar la adrenalina. Su mano se levantó y cubrió la de Vittoria que aún reposaba en su pecho.
Marcco dice con acento turinés, "No. No vamos a hacer esto así." Miró el vestido, la curva de su pecho revelada, y luego la miró a los ojos, con el dolor aún flotando en sus profundidades. "Entiendo que estés estresada, entiendo que me necesites. Te creo cuando dices que no hay nadie más. Pero... sabes lo que esto significa, Vittoria."
Su tono se volvió más grave, más firme, cortando cualquier excusa que ella pudiera esgrimir.
Marcco dice con acento turinés, "Cada vez que las cosas se ponían difíciles, cada vez que tu mundo se desmoronaba por tu culpa y escapabas, regresabas y usabas esto." Su mano hizo un gesto vago hacia el cuerpo de ella, hacia la lencería que sabía que llevaba debajo. "El sexo era tu arma infalible, la moneda de cambio para que yo no te pidiera explicaciones, para que no te hiciera responsable. Era la forma en que comprabas mi silencio."
La acusación, aunque justa, la golpeó como un latigazo. El labial color vino no podía ocultar la palidez de sus labios.
Vittoria se encogió, apenas moviéndose.
Vittoria dice con acento turinés, "No es lo que estoy haciendo ahora, Marcco."
Marcco negó con la cabeza, su expresión de profunda decepción.
Marcco dice con acento turinés, "Puede que no lo sea conscientemente, pero es tu reflejo, ¿no es así? Dos semanas de frialdad y luego... apareces en el coche, vestida para que no pueda pensar en nada más que en ti. Me estás pidiendo que ignore el dolor que me causaste en las últimas semanas a cambio de esta urgencia." Respiró hondo. "Ya no puedo. Ya no soy ese chico, Vittoria."
Su mano tomó la de ella, entrelazando sus dedos con una firmeza que no era romántica, sino de contención.
Marcco dice con acento turinés, "Tienes que hacer esto diferente. Si quieres que crea que has cambiado, tienes que darme el espacio para procesar que me has tratado como una nota al pie de página. El deseo no arregla el daño." Miró los ojos de Vittoria. "Quiero esta tarde contigo. Quiero tu honestidad. Quiero saber quién eres cuando no tienes que seducirme. Quiero tu tiempo, no tu cuerpo. No ahora."
Apretó su mano una última vez, liberándola después.
Marcco dice con acento turinés, "Vamos. Conduce. Y no hablemos de esto de nuevo. Solo hablemos de lo que nos mantiene cuerdos, no de lo que nos rompe. Pero ten esto claro: Si queremos seguir, el sexo no será más el borrador de tus problemas. Tiene que ser honesto, como tú prometiste que serías honesta."
Vittoria asintió, con la garganta anudada. La había confrontado, la había desarmado y la había obligado a enfrentar su viejo patrón. Era un tipo de intimidad más profundo y más peligroso que cualquier lencería.
Vittoria dice con acento turinés, "Vale. De acuerdo." Tomó el volante. Sus manos, que momentos antes se habían aferrado a la camisa de Marcco, ahora estaban firmes sobre el cuero. "Esta tarde es tuya. Haremos lo que tú quieras. Sin hablar de trabajo... ni de nosotros. Solo seremos nosotros, Marcco."
Puso el coche en marcha. El motor ronroneó. La ciudad se movía de nuevo.
Marcco se relajó en su asiento, cerrando los ojos por un instante. Se había salvado de caer en la trampa, y la victoria no era dulce, sino necesaria. Abrió los ojos y miró a Vittoria conducir, su perfil duro suavizado por el tono borgoña del vestido.
Marcco dice con acento turinés, "Vamos al cine. Hay una nueva película en el cine de la esquina, de las que odias, pero que a mí me encantan. ¿Te parece?"
Vittoria forzó una sonrisa, una sonrisa real.
Vittoria dice con acento turinés, "Me parece una tortura gloriosa. Lo que tú digas."
Ella se obligó a concentrarse en la carretera, en la luz del sol que se colaba por el parabrisas, en la presencia silenciosa de Marcco a su lado. La tensión empresarial había sido reemplazada por la tensión emocional, pero esta era una batalla que, si la ganaba, la haría más fuerte. No iba a usar su cuerpo para escapar. Iba a usar su presencia.