Dices con acento ruso: "¿Seguridad? No hables de seguridad, Aletheia. Hablas de comodidad. Hablas de no querer soltar la mano de Deveraux. Los niños necesitan un padre, no un instructor de sombras que vive en el ala oeste. En Fresnedillas estaríamos solos. Seríamos una familia, no un proyecto de la Agencia."
Las palabras de Kalev están marcadas por la ira.
Aletheia dice con acento catalán: "Kalev, por favor, razona. Zarek e Iliana han pasado por demasiado. Aquí tienen espacio, tienen protección. Moverlos ahora a un pueblo donde cada vecino es un par de ojos extraños es una imprudencia. No es por Jeanpaul, es por su estabilidad."
Kalev tuerce el gesto al oír la compasión filtrándose una vez más en las palabras de Aletheia.
La mandíbula de Kalev se tensa. El nombre de Jeanpaul en su boca es la chispa que faltaba. Siente el tatuaje del triskel en su brazo arder, como si la sangre circulara con demasiada presión.
Gritas con acento ruso: "¡Ty nichego ne ponimayesh'! (¡No entiendes nada!) ¡Ya ne vtorosortnyy chelovek v svoyem domuy! (¡No soy un hombre de segunda clase en mi propia casa!)"
Kalev pierde el control y da un paso hacia Aletheia.
El sonido del ruso, rudo y gutural, corta el aire como un cuchillo. Sin esperar respuesta, da media vuelta y sale del salón. El portazo resuena en toda la estructura de la Serranía de Guadalajara, un estallido que pretende poner fin a una discusión que sabe que nunca ganará.
Al salir al porche, el frío de la sierra le golpea la cara, pero no es suficiente para apagar el incendio interno. A lo lejos, cerca del linde del bosque, ve la escena que confirma su veneno: Jeanpaul Deveraux está agachado junto a Zarek, ajustando la posición de sus hombros mientras el chaval sostiene un arco. Iliana ríe a su lado, señalando algo en el horizonte.
La estampa es perfecta. Demasiado perfecta. Parecen un cuadro familiar del que Kalev ha sido borrado con Photoshop. Jeanpaul levanta la vista y, aunque la distancia es grande, siente su mirada analítica, esa superioridad silenciosa del que sabe que tiene el control de la situación.
No puede soportarlo más. Sube al coche, arranca el motor con un rugido violento y sale de la Finca dejando una nube de polvo y resentimiento tras de si.
El Fantasma de Fresnedillas
El trayecto hacia Fresnedillas de la Oliva es un borrón de pinos y curvas. Su mente viaja más rápido que el vehículo, volviendo a los inviernos de San Petersburgo, al humo de los cigarrillos compartidos en portales helados y a la pérdida que nunca lloró porque la Agencia le ordenó ser de acero. Le obligaron a creer que todo lo que dejó atrás era ceniza.Kalev llega al pueblo y se dirige mecánicamente a una pequeña cafetería de techos bajos, un punto de encuentro discreto para agentes fuera de servicio. Se sienta frente al ventanal, pide un café que no va a beber y observa la calle con el vacío en el pecho.
El miedo que había visto reflejado en los ojos de Aletheia es como un hierro ardiente que le quema por dentro.
De pronto, el mundo se detiene.
Al otro lado del cristal, una mujer camina por la acera opuesta. Su paso es ligero, casi etéreo. Viste una chaqueta de punto sobre un vestido fluido que baila con la brisa. El sol de la tarde arranca destellos dorados de su cabello castaño ondulado. Kalev se queda paralizado. Ese perfil... esa forma de inclinar la cabeza mientras ajusta un medallón en su cuello.
Kalev deja un billete arrugado sobre la mesa, ignorando el cambio, y sale a la calle con el corazón martilleando contra las costillas. La sigue a una distancia prudente, temiendo que se desvanezca como un espejismo de nieve. Ella dobla una esquina y se detiene frente a una casa de piedra. Cuando saca las llaves, Se adelanta, impulsado por una fuerza que no puede controlar, y le sujeta el brazo con firmeza.
La mujer se gira bruscamente, el miedo inicial transformándose en una sorpresa absoluta que refleja la suya. Sus ojos verde intenso, profundos como bosques antiguos, se clavan en los suyos. Es ella. Es su piel pálida, sus pómulos altos, su esencia.
Dices con acento ruso: "Tú... tú estás muerta..."
A kalev se le quiebra la voz. Está temblando de pies a cabeza
De ella surge con voz melodiosa: "Mi dulce Kiev... No deberías haberme encontrado."