2 mundos, una ley

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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2 mundos, una ley

Mensaje por Larabelle Evans »

Todo comenzó en Roma.

Punto de vista: Enea.

La luz de mediados de octubre en Roma no caía: se deslizaba. Bajaba por las fachadas de travertino como una mano lenta, tiñendo de ámbar los balcones de hierro forjado y los portones negros de la Via Veneto. El aire olía a hojas húmedas, a café recién molido que escapaba de los bares todavía abiertos y a ese leve rastro de gasolina antigua que la ciudad nunca termina de expulsar. Los faroles empezaban a encenderse uno a uno, no con prisa, sino con la dignidad de quien sabe que la noche le pertenece.

Enea Rossi Venegas caminaba por la acera derecha, cerca del Hotel Excelsior. El abrigo de lana oscura le rozaba las rodillas. No tenía prisa. Nunca la tenía en esta ciudad. Roma le había enseñado que el que se apresura revela debilidad, y él había dejado de revelar cualquier cosa hace mucho tiempo.

Medía un metro ochenta y siete. La espalda recta, los hombros anchos bajo la tela, el cuello tenso. El cabello negro, corto, peinado hacia atrás con precisión. La mandíbula marcada se movía apenas cuando apretaba los dientes. Los ojos —ese verde grisáceo que a veces se volvía ámbar según la luz— no se detenían en nadie. Observaban sin parecer que lo hicieran. Era una de las pocas habilidades que había heredado de ambos lados de su sangre: mirar sin ser mirado.

A su izquierda, un grupo de turistas se detenía frente a la embajada americana, riéndose demasiado alto. Enea no giró la cabeza. El ruido de Roma nunca le había molestado; lo usaba. El rumor constante de motores, de tacones sobre el adoquín, de conversaciones en cinco idiomas distintos, formaba una capa protectora. Dentro de ese ruido él podía pensar.

Había salido de una reunión en un despacho del Parioli hacía menos de veinte minutos. Tres hombres de traje, dos de ellos con apellidos que todavía pesaban en ciertos círculos romanos, le habían hablado de permisos, de una ampliación de la ruta logística hacia el norte y de un problema menor con un funcionario de la Guardia di Finanza. Enea había escuchado en silencio, las manos cruzadas sobre la mesa de mármol negro. Cuando terminaron, dijo solo una frase:

—Que lo resuelvan antes del viernes.

No elevó la voz. No necesitó. Los tres hombres asintieron como si les hubiera puesto un arma en la mesa.

Ahora caminaba. Le gustaba hacerlo al anochecer, cuando la ciudad bajaba un tono y los escaparates empezaban a brillar. Pasó frente al Café de Paris. El olor a espresso y a pastelería salió a recibirlo un segundo y se disolvió. Un taxista levantó la mano; Enea no respondió. Prefería sus propios pasos. El suelo de la Via Veneto estaba todavía caliente del día, pero el aire ya traía el frescor de las colinas.

Pensó en el Piamonte. En las bodegas de Cascina Rossi Venegas, donde las barricas de roble olían a vainilla y a tierra mojada. Allí el dinero se volvía limpio con la misma naturalidad con la que la uva se volvía vino. Aquí, en Roma, el dinero solo se movía. Se escondía detrás de sociedades con nombres elegantes y direcciones en el centro histórico. Gruppo Rossi Holdings. Aurelia Investimenti. Colle Romano Immobiliare. Nombres que sonaban a tradición y que no eran más que capas de una misma mentira bien contada.

Cruzó hacia la Piazza Barberini. La Fontana del Tritone arrojaba agua con el mismo gesto cansado de siempre. El ruido de los chorros se mezcló con el de los scooters que giraban demasiado rápido. Enea se detuvo un segundo bajo la estatua. El agua olía a cloro y a piedra vieja. Levantó la vista. El cielo sobre Roma era de un azul oscuro, casi negro ya, atravesado por el vuelo bajo de un avión que se dirigía hacia Fiumicino.

Sacó el teléfono. Una sola notificación. El mensaje era corto, como todos los que recibía de su hermano:

*Hecho. El de Génova ya no habla.*

Enea no respondió. Guardó el aparato en el bolsillo interior del abrigo. El gesto fue preciso, casi elegante. Nadie a su alrededor notó nada. Esa era otra de las reglas: la violencia nunca debía verse en la calle. La calle era para caminar, para observar, para existir como un hombre más entre millones.

Continuó hacia la Via del Tritone y luego bajó en dirección al Corso. Las luces de los comercios se reflejaban en los cristales de los coches aparcados. Una mujer de abrigo rojo lo miró de reojo al pasar. Enea no le devolvió la mirada. Las mujeres eran un territorio que conocía bien y que controlaba mejor. No necesitaba perseguirlas. Bastaba con permanecer quieto el tiempo suficiente para que ellas se acercaran, creyendo que habían elegido.

El aire cambió al entrar en la zona más peatonal. Olor a castañas asadas de un puesto callejero, a humedad de las fuentes, a perfume caro que se escapaba de las puertas de los hoteles. Un músico tocaba el acordeón cerca de la Fontana di Trevi. La melodía era antigua, de esas que Roma parece haber inventado solo para los turistas. Enea no se detuvo. Conocía cada piedra de esa fuente, cada moneda que caía al agua. Había aprendido de niño que las monedas no traían suerte. Solo peso.

Su destino esa noche no era público. Tenía un apartamento en una de las calles tranquilas cerca de Villa Borghese, un piso alto con ventanas que daban a los pinos. Allí nadie lo esperaba. Allí podía quitarse el abrigo, verterse un vaso de Barolo de su propia bodega y quedarse en silencio hasta que el cuerpo le pidiera dormir. El silencio era el único lujo que todavía no había conseguido comprar del todo.

Subió por la Via Sistina. Las escaleras de la Trinità dei Monti quedaban a su derecha, iluminadas, llenas de gente sentada en los peldaños. Risas, flashes de móviles, el olor dulzón de los helados. Enea siguió de largo. Prefería las calles laterales, donde los portones de madera oscura guardaban patios interiores y donde el eco de los pasos sonaba más limpio.

Llegó al edificio. El portero lo saludó con una inclinación de cabeza. Enea respondió con un gesto mínimo. Subió en el ascensor de madera y espejos. El olor a cera antigua y a jazmín de algún ambientador caro lo envolvió. En el quinto piso abrió la puerta con la llave que solo él tenía.

El apartamento olía a cuero, a madera de roble y a la lluvia que todavía no había caído. Las luces estaban apagadas. No las encendió de inmediato. Se quitó el abrigo, lo dejó sobre el respaldo de una silla y caminó hasta el ventanal. Abajo, los pinos de Villa Borghese se mecían apenas. Más lejos, el tráfico de la Via Veneto seguía su ritmo constante, como una vena que no deja de latir.

Se sirvió el vino. El líquido oscuro brilló un segundo bajo la luz de la ciudad. Lo bebió despacio. El sabor era el de siempre: profundo, con ese final seco que dejaban las uvas del Monferrato. Pensó en la madre. En la forma en que ella todavía le hablaba en español cuando estaban a solas, mezclando las palabras con el italiano como si las dos lenguas fueran una sola herida que no terminaba de cerrar. Él nunca le había dicho que esa mezcla le recordaba demasiado a lo incompleto. Ella tampoco se lo había preguntado.

El teléfono vibró otra vez. Esta vez el mensaje venía de uno de los hombres del núcleo:

*El de la Finanza quiere verse. Dice que tiene algo.*

Enea miró la pantalla. El verde de los números se reflejó un instante en el cristal de la ventana. Respondió con tres palabras:

*Mañana. Mediodía. Solo.*

Apagó el teléfono. Lo dejó sobre la mesa de mármol. Se quedó de pie frente al ventanal, el vaso en la mano, el cuerpo quieto. Roma seguía ahí abajo, antigua, indiferente, hermosa en su suciedad y en su luz. Él la conocía mejor que a cualquier persona. La ciudad no pedía explicaciones. Solo pedía que uno no mostrara nunca el cuello.

Bebió el resto del vino. El sabor le quedó en la lengua como una promesa que nadie había hecho. Luego se dio la vuelta, caminó hacia el dormitorio y cerró la puerta con el mismo cuidado con el que cerraba todos los asuntos importantes: sin ruido, sin prisa, y sin dejar ninguna grieta por donde pudiera entrar algo que no controlara.

Afuera, Roma siguió respirando.
Adentro, Enea Rossi Venegas se quitó la camisa, dobló cada prenda con precisión militar y se dejó caer sobre la cama. Los ojos abiertos en la oscuridad. La mandíbula todavía tensa.

Dos mundos.
Una sola ley.

Y esa ley era él.
Larabelle Evans
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Re: 2 mundos, una ley

Mensaje por Larabelle Evans »

Recordando a mi padre.

Punto de vista: Enea.

Flashback.

El humo del copal se enredaba con el olor a flor de cempasúchil y a carne asada. El rancho de Navolato no era una mansión de revista; era tierra, adobe reforzado, portones altos y un patio central lo bastante grande para que cupieran doscientas personas sin que nadie se sintiera apretado. Esa noche, sin embargo, parecía pequeño.

Enea llegó cuando el sol ya se había ido del todo. El cielo estaba negro y limpio, de esos que solo se ven lejos de la ciudad. Chiara caminaba a su lado, el brazo enganchado al suyo con esa naturalidad que ella sabía fingir mejor que nadie. Llevaba un vestido negro de tirantes finos y el cabello suelto. Se veía bien. Enea lo sabía. Por eso la había traído.

—Respira hondo —le dijo en italiano, sin mirarla—. Aquí el aire pesa diferente.

Chiara obedeció. El humo le entró por la nariz y le hizo entrecerrar los ojos.

—Huele a muerto y a fiesta al mismo tiempo.

—Exacto.

La ofrenda principal ocupaba casi toda la pared del fondo del patio. Fotografías de Salvatore Rossi en blanco y negro, rodeadas de velas, platos de mole, tequila reposado, un paquete de cigarrillos de los que fumaba y un sombrero viejo que Rosa había insistido en poner. Enea se detuvo frente a ella unos segundos. No se santiguó. No habló. Solo miró la foto donde su padre aparecía de perfil, la mandíbula igual de tensa que la suya.

Rosa salió de la cocina con un delantal manchado de chile y los brazos abiertos.

—Llegaste tarde, mijo.

Enea se dejó abrazar. El olor de su madre —canela, cebolla frita y ese jabón barato que nunca había cambiado— lo envolvió por un segundo.

—El vuelo se atrasó.

Rosa se separó lo justo para mirar a Chiara de arriba abajo. No con juicio. Con esa evaluación rápida y precisa que solo tienen las mujeres que han sobrevivido demasiado.

—Esta es Chiara —dijo Enea en español.

—La italiana de la galería —respondió Rosa, y le dio la mano a Chiara con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos—. Bienvenida. Aquí se come de verdad. No me vengas con que no tienes hambre.

Chiara sonrió con la medida exacta de cortesía.

—Gracias, señora Rosa.

Giovanni apareció detrás de la madre, una cerveza en la mano y la camisa arremangada. Se saludaron con un abrazo corto, de esos que se dan los hombres que ya no necesitan demostrar nada.

—Cesare está adentro —dijo Giovanni en voz baja—. Llegó anoche. Livia no quiso venir. Dijo que tenía exámenes.

Enea asintió. No preguntó más. Sabía que Livia mentía. Sabía que ella prefería quedarse en Turín antes que pisar este rancho y sentir el peso de la sangre que compartían.

La fiesta ya estaba en su punto. Música norteña mezclada con corridos viejos. Mesas largas llenas de carne asada, frijoles charros, tortillas hechas a mano, pozole rojo y botellas de tequila que se abrían más rápido de lo que se vaciaban. Hombres de camisa abierta, mujeres con vestidos brillantes, niños corriendo entre las sillas. Algunos rostros los conocía desde niño. Otros eran contactos nuevos que Diego “El Chino” había traído para que vieran y se dejaran ver.

Enea se movió entre ellos sin prisa. Saludaba con la cabeza, estrechaba manos, aceptaba copas que después dejaba a medio tomar sobre cualquier superficie. Chiara se mantenía a su lado, sonriendo cuando tocaba, callando cuando convenía. Cada tanto él le ponía una mano en la cintura, no por cariño, sino para marcar territorio. Ella lo entendía.

Más tarde, cuando la banda tocó un corrido lento, Rosa lo buscó otra vez.

—Tu papá hubiera odiado todo esto —le dijo, señalando el patio lleno—. Decía que las fiestas grandes eran para los que necesitaban que los vieran.

—Y sin embargo aquí estamos.

Rosa se encogió de hombros.

—Porque a los muertos también hay que darles su lugar. Aunque sea mentira.

Enea no respondió. Miró hacia la ofrenda. La vela más cercana a la foto de Salvatore parpadeaba.

Cesare apareció entonces, con una cerveza en la mano y la misma forma de caminar que él. Veinte años y ya se notaba el peso. Se detuvo a un metro de distancia.

—Papá.

Enea lo miró de reojo.

—¿Comiste?

—Un poco.

—Come más. Aquí no se deja comida.

Cesare asintió, pero no se movió. Los dos se quedaron en silencio mirando el patio. Chiara, inteligente, se había alejado unos pasos para hablar con una de las esposas de los contactos de Diego.

—Livia mandó mensaje —dijo Cesare al cabo de un rato—. Preguntó si habías llegado.

—Dile que sí.

—Ya le dije.

Otro silencio.

—¿Vas a quedarte varios días?

—Hasta el tres.

Cesare asintió otra vez. Luego, más bajo:

—Giovanni dice que hay movimiento en el norte. Que están preguntando demasiado por Langhe.

Enea giró la cabeza con lentitud.

—Giovanni habla de más cuando toma.

—No ha tomado.

Enea lo sostuvo con la mirada un segundo más de lo necesario.

—Mañana hablamos. Hoy no.

Cesare bajó los ojos. No era miedo. Era respeto. Y algo más: esa hambre de aprender que Enea reconocía porque la había sentido él mismo a esa edad.

La noche avanzó. La banda tocó más fuerte. Alguien gritó un “¡viva Salvatore!” que se perdió entre risas y el sonido de las botellas. Enea se dejó arrastrar a una mesa donde Diego y un par de hombres del puerto de Mazatlán hablaban de contenedores y de fechas. Escuchó, asintió, dijo dos frases y se levantó cuando consideró que ya había dado lo suficiente de su presencia.

Chiara lo alcanzó cerca de los corrales.

—Estás distinto aquí —le dijo en italiano.

—¿En qué sentido?

—Más… presente. En Roma pareces siempre a medio irte. Aquí estás completo.

Enea la miró. La luz de las velas le daba a la cara de Chiara un tono dorado. Era hermosa. Y sabía que lo era. Esa era parte del problema.

—Roma es trabajo —respondió—. Aquí es sangre.

Ella se acercó un poco más.

—¿Y yo qué soy?

Enea le sostuvo la mirada sin sonreír.

—La mujer que elegí para que nadie preguntara por qué vine solo.

Chiara no se ofendió. Nunca se ofendía con las verdades. Por eso seguía ahí.

Más tarde, cuando la mayoría ya estaba borracha o bailando, Enea se apartó. Caminó hasta el límite del patio, donde la oscuridad del campo empezaba de verdad. El aire olía a tierra húmeda y a humo de leña. Detrás de él, la fiesta seguía: risas, un acordeón desafinado, el llanto lejano de un niño que no quería dormirse.

Rosa apareció a su lado sin hacer ruido. Le ofreció un vaso de tequila.

—Toma. Aunque sea uno.

Enea lo aceptó. Bebió un sorbo. El líquido le quemó la garganta con honestidad.

—Tu papá no era bueno —dijo Rosa de pronto—. Pero era nuestro.

—Lo sé.

—Y tú tampoco eres bueno. Pero eres mío. Así que cuídate, Enea. Estos hombres que vienen a comer y a brindar… mañana pueden estar del otro lado.

Él asintió.

Rosa le tocó el brazo, breve.

—Y esa italiana… tráela si quieres. O no la traigas. Pero no la dejes creer que puede quedarse.

Enea no respondió. No hacía falta.

Cuando regresó al centro del patio, Chiara lo estaba esperando cerca de la ofrenda. Se había puesto el rebozo que alguien le prestó para el frío. Se veía fuera de lugar y, al mismo tiempo, decidida a no parecerlo.

Enea le pasó un brazo por los hombros.

—Vamos adentro un rato.

Ella lo miró.

—¿A dormir?

—A estar quietos.

Chiara sonrió, pequeña, cansada.

—Está bien.

Mientras caminaban hacia la casa principal, Enea miró una última vez la foto de su padre. La vela seguía ardiendo. El humo subía torcido.

Salvatore Rossi había muerto en Ostia con una bala en el pecho y la boca llena de promesas rotas.
Enea todavía no decidía si venía a recordarlo… o a asegurarse de no terminar igual.
Larabelle Evans
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Re: 2 mundos, una ley

Mensaje por Larabelle Evans »

Tequila, placer y deseos.

Punto de vista: Enea.


La puerta de madera pesada se cerró detrás de ellos con un golpe sordo que apagó de golpe el ruido del patio. Adentro el aire era distinto: más denso, cargado del olor a cera derretida, a madera vieja y a ese rastro persistente de mole que se había metido en las paredes con los años. Las lámparas de aceite colocadas a lo largo del pasillo largaban sombras largas y temblorosas. Desde fuera todavía llegaba el acordeón y las risas, pero ya sonaban lejanas, como si pertenecieran a otra noche.

Chiara se detuvo apenas cruzaron el umbral. Se quitó el rebozo con un movimiento lento y lo dejó caer sobre el respaldo de una silla de vaqueta. El vestido negro le marcaba la espalda desnuda. Se volvió hacia Enea sin prisa, con esa media sonrisa que ya no necesitaba permiso para aparecer.

—Aquí adentro se oye menos el mundo —dijo en italiano, bajando un poco la voz—. Mejor.

Enea no contestó de inmediato. Se quitó el saco, lo colgó en el perchero de hierro forjado y se quedó mirándola mientras ella se acercaba. Chiara siempre había tenido ese don: llegar hasta él sin parecer que pedía nada. Se detuvo a un paso, lo suficientemente cerca para que él sintiera el calor de su cuerpo.

—Llevas toda la noche mirándome como si estuvieras contando los minutos —continuó ella—. Ya no estamos en la fiesta. Ya no tienes que hacer de anfitrión.

Él alzó una ceja, apenas.

—¿Y tú qué crees que quiero ahora?

Chiara soltó una risa baja, casi privada.

—Lo mismo que siempre. Callarte la cabeza un rato. Y que nadie entre.

Enea extendió la mano y le rozó la cintura con los dedos, sin apretar todavía.

—Eres demasiado directa para una mujer que vende cuadros en Trastevere.

—Y tú eres demasiado predecible para un hombre que mueve medio norte de Italia —respondió ella, subiendo las manos hasta su pecho y desabrochando el primer botón de la camisa con una naturalidad que solo da la costumbre—. Pero aquí estamos.

Desde el patio, a través de una de las ventanas abiertas del corredor, Cesare los vio entrar. Se había quedado un momento aparte, con la cerveza ya tibia entre los dedos, hablando con un primo lejano de Rosa que no paraba de preguntarle por Milán. Cuando la puerta se cerró detrás de su padre y de la italiana, el joven se quedó mirando el rectángulo de luz que se apagó.

Uno de los hombres de Diego, un tipo de bigote ralo y voz pastosa, le dio un codazo.

—Tu jefecito sabe escoger, ¿eh? Esa morra no es de por aquí.

Cesare no sonrió del todo, pero algo se le movió en la expresión. Una mezcla de orgullo y de esa molestia sorda que siempre le provocaba ver a su padre tan seguro en cualquier terreno.

—No es “morra” —contestó, sin mirarlo—. Se llama Chiara.

El hombre se encogió de hombros y se alejó hacia la mesa del tequila. Cesare se quedó un segundo más observando la casa. Sabía exactamente qué iba a ocurrir adentro. No porque fuera un experto, sino porque había aprendido a leer a Enea desde que tenía memoria: la forma en que se quitaba el saco, el modo en que bajaba la voz, esa quietud que se le instalaba en los hombros cuando ya había decidido cerrar el mundo por un rato.

Dentro, Chiara ya había logrado que Enea diera dos pasos más hacia el pasillo que conducía a las habitaciones del fondo. La casa era antigua, de techos altos y pisos de barro sellado. En las paredes había fotografías viejas de la familia Venegas mezcladas con algunas de Salvatore joven, todavía sin esa expresión dura que después le quedaría pegada al rostro.

—Tu mamá me clavó la mirada como si me estuviera pesando el alma —dijo Chiara mientras caminaban—. ¿Siempre es así?

—Siempre —respondió Enea—. No te preocupes. Si no te hubiera aceptado en la mesa, ya te lo habría hecho saber.

—Qué alivio.

Llegaron a la habitación que Enea usaba cuando venía al rancho. No era lujosa. Cama amplia con cobertor de lana, una cómoda de madera oscura, una ventana que daba al campo y un baño pequeño con azulejos antiguos. Chiara cerró la puerta con el pie y se apoyó un momento contra ella, mirándolo.

—Ven.

Él se acercó. Esta vez no hubo preámbulos largos. Chiara le tomó la cara con las dos manos y lo besó con esa mezcla de hambre y paciencia que solo tienen las mujeres que ya saben exactamente qué botones tocar. Enea respondió sin prisa, una mano en su nuca, la otra bajando por la espalda descubierta hasta detenerse en la curva de su cintura. El beso se profundizó. Ella empujó un poco con el cuerpo, buscándolo, y él la giró hasta dejarla contra la pared.

—Más despacio —murmuró él contra su boca.

—No —respondió Chiara, casi riendo—. Llevas horas tenso. Se te nota en la mandíbula. Se te nota en cómo saludas a la gente. Deja que te quite eso un rato.

Enea la miró de cerca. En la penumbra de la habitación sus ojos se veían más oscuros.

—Tú siempre crees que me conoces.

—Te conozco lo suficiente —dijo ella, deslizando las manos bajo su camisa—. Y lo que no conozco, lo adivino. Ahora cállate y bésame otra vez.

Él obedeció. Esta vez el beso fue más hondo, más posesivo. Chiara soltó un sonido bajo cuando él la levantó un poco para acomodarla mejor contra la pared. Las manos de ella se enredaron en su cabello. Afuera, muy lejos, alguien gritó un “¡otra!” y la banda arrancó de nuevo.

Mientras tanto, en el patio, Rosa se había sentado un momento en una de las sillas de plástico cerca de la ofrenda. Giovanni se acercó con dos vasos de tequila y se los ofreció.

—Toma, ma. Antes de que se acabe el bueno.

Rosa aceptó el vaso, pero no bebió de inmediato. Miraba hacia la casa.

—Se metieron ya.

—Sí.

—¿Y la italiana?

—Parece que se queda.

Rosa negó con la cabeza, cansada y un poco divertida al mismo tiempo.

—Tu hermano nunca trae a nadie aquí por casualidad. O la está probando… o se está probando a sí mismo.

Giovanni se encogió de hombros y bebió un trago.

—Mientras no se confunda, no hay problema.

—Las mujeres inteligentes siempre se confunden un poco al principio —respondió Rosa—. Después aprenden. O se van.

Cesare se acercó entonces, las manos en los bolsillos del pantalón. Se detuvo junto a ellos sin decir nada. Rosa le pasó una mano por el brazo.

—¿Y tú? ¿Ya comiste en serio o solo andas de adorno?

—Ya comí, abuela.

—Mentiroso. Te vi. Tres tacos y una cerveza. Anda, sírvete más. Estás más flaco que la última vez.

Cesare sonrió apenas, esa media sonrisa que le salía igualita a la de Enea.

—Estoy bien.

Giovanni lo miró de reojo.

—Tu papá ya se metió. Si necesitas hablarle de algo, mejor espera a mañana.

—No necesito hablarle de nada ahora.

Pero Cesare sí miró otra vez hacia la casa. Había algo en ver a su padre tan seguro, tan dueño del espacio incluso aquí, en el rancho donde la sangre pesaba más que el dinero, que le provocaba una mezcla extraña de admiración y de urgencia. Como si cada gesto de Enea fuera una lección silenciosa que él todavía estaba aprendiendo a decodificar.

DISCLAIMER

La siguiente escena de rol contiene sexo explícito que podría no ser apto para personas altamente sensibles y menores de dieciocho años. el foro, el juego, los administradores y los jugadores quedan exentos de cualquier responsabilidad sobre la lectura de la escena y las consecuencias que pueda tener sobre los lectores.

Punto de vista: Enea & Chiara.

La oscuridad de la habitación no era total. La luna, alta y clara sobre el campo sinaloense, entraba por la ventana entreabierta y dibujaba una franja plateada sobre el piso de barro y el borde de la cama. Afuera el silencio ya era casi completo; solo se oía, muy de vez en cuando, el ladrido lejano de algún perro o el crujido de la madera al enfriarse.

Chiara estaba recostada sobre el cobertor de lana, el vestido negro subido hasta la cintura, las piernas abiertas con naturalidad. Enea se mantenía sobre ella, sostenido en los antebrazos, la camisa todavía abierta y el pecho descubierto rozándole los senos cada vez que respiraba. El beso anterior se había roto, pero ninguno de los dos se había apartado del todo. Se miraban de cerca, respirando el mismo aire caliente.

—No te detengas —susurró ella en italiano, la voz ya ronca—. Llevas toda la noche conteniendo algo. Suéltalo.

Enea no respondió con palabras. Bajó la cabeza y le mordió el lóbulo de la oreja con suficiente fuerza para que ella arquease la espalda. Después deslizó la lengua por el cuello, lento, saboreando el sudor fino que ya empezaba a formarse. Chiara olió a perfume caro mezclado con el humo del patio y a piel caliente. Él inhaló profundo contra su garganta antes de bajar más.

Sus manos no tenían prisa. Le bajó los tirantes del vestido con dedos precisos y le descubrió los senos. Eran firmes, de pezones oscuros ya duros. Enea los miró un segundo, como evaluando, y después se cerró sobre uno con la boca. Chupó con fuerza, usando los dientes apenas, mientras con la otra mano apretaba el pecho contrario, amasándolo. Chiara soltó un gemido bajo y le clavó los dedos en el cabello.

—Así… más duro.

Él obedeció. Cambió de seno y repitió el mismo tratamiento: lengua, succión, un leve tirón con los dientes que le arrancó a ella un sonido más agudo. Al mismo tiempo, su mano libre bajó por el vientre plano de Chiara, pasó por encima de la tela del vestido arremangado y se metió entre sus piernas. Ella no llevaba ropa interior. Enea lo descubrió con los dedos y soltó un gruñido de aprobación contra su pecho.

Estaba mojada. Caliente. Resbaladiza.

Pasó dos dedos entre los labios hinchados, separándolos, y los frotó despacio contra el clítoris hinchado. Chiara abrió más las piernas y empujó la cadera hacia arriba, buscando más presión. Enea no se la dio de inmediato. Siguió rozándola con movimientos circulares, lentos, casi crueles, mientras volvía a subirle la boca al cuello y le hablaba al oído:

—Tan lista siempre… y mira cómo te pones cuando te toco. Abierta. Mojada. Esperando que te use.

—Entonces úsame —respondió ella, la voz entrecortada—. Deja de hablar y fóllame de una vez.

Enea sonrió contra su piel. Era una sonrisa pequeña, oscura. Se incorporó lo suficiente para quitarse la camisa del todo y después se arrodilló entre las piernas de ella. Le subió el vestido hasta dejarlo amontonado bajo los senos y la miró completa: el cuerpo tendido, las piernas abiertas, el sexo brillante de lubricación, el pecho subiendo y bajando rápido.

Se bajó el cierre del pantalón con calma. Su erección saltó pesada, gruesa, ya completamente dura. Chiara la miró con los ojos entrecerrados y lamió el labio inferior. Enea se inclinó, tomó su propia verga con una mano y la restregó despacio entre los labios de ella, mojándola con los fluidos, subiendo y bajando sin entrar todavía. Cada vez que la cabeza ancha rozaba el clítoris, Chiara soltaba un jadeo corto.

—Enea…

—Dilo —ordenó él, la voz grave, casi suave—. Dime qué quieres.

—Que me la metas. Toda. Ahora.

Él no la hizo esperar más. Alineó la punta y empujó. La entrada fue lenta, deliberada. Chiara estaba estrecha y empapada; la sensación de ser abierta centímetro a centímetro le arrancó un gemido largo y tembloroso. Enea no se detuvo hasta que estuvo completamente dentro, los huesos de la cadera presionando contra los muslos de ella. Se quedó quieto un segundo, respirando hondo, sintiendo cómo las paredes internas le palpitaban alrededor.

—Joder… —murmuró Chiara, los ojos cerrados—. Qué grueso te pones cuando estás así de tenso.

Enea empezó a moverse. Primero con embestidas largas y profundas, casi sacándose por completo antes de volver a enterrarse hasta el fondo. El sonido húmedo de la penetración llenó la habitación. Chiara levantó las piernas y se las enganchó a la cintura de él, abriéndose más. Él aprovechó para clavar más profundo, cambiando el ángulo hasta que ella soltó un grito ahogado y se arqueó.

—Ahí… justo ahí…

Enea no aceleró. Mantuvo el ritmo pesado, constante, cada embestida un golpe seco de piel contra piel. Se inclinó sobre ella, le tomó las muñecas y se las sujetó contra el colchón a ambos lados de la cabeza. Chiara forcejeó un poco, no para liberarse, sino porque le gustaba sentir la fuerza con la que él la inmovilizaba. Enea le besó la boca abierta, sucia, mientras la follaba con esa misma precisión controlada que usaba para todo en su vida.

El sudor empezó a brillar en la espalda de él. El cabello se le pegó a la frente. Chiara levantó la cabeza y le lamió el cuello, saboreando la sal. Él gruñó y embistió más fuerte, haciendo que la cama crujiera contra la pared.

—Más… no te contengas —pidió ella entre jadeos—. Quiero sentirte mañana.

Enea soltó una de sus muñecas solo para meterle dos dedos en la boca. Chiara los chupó sin dudar, mirándolo a los ojos. Él recuperó la mano, se la bajó entre los cuerpos y le frotó el clítoris con los dedos mojados al mismo tiempo que la penetraba. El doble estímulo la hizo temblar. Las piernas le empezaron a sacudirse.

—Voy a correrme —advirtió, la voz rota.

—Entonces córrete —ordenó él—. Quiero sentirlo.

Chiara se corrió con un gemido largo y agudo, el cuerpo entero tensándose bajo el de Enea. Las contracciones internas apretaron su verga con fuerza; él maldijo por lo bajo y tuvo que detenerse un segundo para no seguirla de inmediato. Cuando ella empezó a bajar del orgasmo, temblando y con la respiración desordenada, Enea se salió por completo.

Chiara abrió los ojos, confundida y todavía sensible.

—¿Qué…?

Él no contestó. La giró con facilidad, poniéndola boca abajo. Le levantó las caderas hasta dejarla arrodillada, el pecho contra el colchón y el culo en alto. Le separó los glúteos con las manos y volvió a entrar de un solo empujón profundo. Chiara gritó contra la sábana. En esa posición él llegaba todavía más adentro; cada embestida le golpeaba el punto exacto que la hacía ver estrellas.

Enea la folló con más fuerza ahora. Una mano le sujetaba la cadera, la otra le agarraba un puñado de cabello y le tiraba la cabeza hacia atrás. El sonido de los cuerpos chocando se volvió más húmedo, más obsceno. Chiara empujaba hacia atrás para encontrarlo, gimiendo sin control, el rostro semienterrado en la almohada.

—Dime de quién eres esta vez—exigió él, la voz áspera por el esfuerzo.

—Tuya… solo tuya esta noche…

—Otra vez.

—Tuya, Enea… joder, tuya…

Él soltó su cabello y le dio una nalgada seca, fuerte, que dejó la marca de la mano en la piel clara. Chiara soltó un gemido que era mitad dolor, mitad placer. Enea repitió la nalgada en el otro lado y después se inclinó sobre su espalda, cubriéndola por completo, embistiéndola con golpes cortos y profundos mientras le mordía el hombro.

El segundo orgasmo de Chiara llegó más violento que el primero. Se corrió gritando su nombre, el cuerpo sacudiéndose, los jugos resbalándole por los muslos. Enea no se detuvo. Siguió follándola a través de las contracciones, usando el cuerpo todavía sensible de ella hasta que sus propios movimientos se volvieron irregulares.

—Me corro —advirtió, la voz casi irreconocible.

—Adentro —pidió Chiara, volviendo la cara lo suficiente para mirarlo por encima del hombro—. Quiero sentirlo adentro.

Enea embistió tres veces más, profundas, y se vació con un gruñido largo y gutural. El semen caliente llenó a Chiara mientras él se quedaba enterrado hasta el fondo, la frente apoyada entre los omóplatos de ella, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Las últimas sacudidas de su orgasmo las sintió ella por dentro, calientes y espesas.

Permanecieron así un largo rato. Enea todavía dentro, Chiara todavía temblando de vez en cuando con los coletazos del placer. El sudor les resbalaba por la piel. El aire de la habitación olía a sexo, a cuerpo caliente y a la noche del campo que entraba por la ventana.

Cuando por fin él se salió, lo hizo despacio. Un hilo de semen le resbaló a Chiara por el muslo interno. Ella se dejó caer de lado, exhausta, el vestido todavía enredado en la cintura. Enea se recostó detrás, pasándole un brazo por encima del cuerpo sudoroso, la mano abierta sobre su vientre.

Chiara habló primero, la voz pastosa:

—Cada vez que creo que ya te conozco del todo… me demuestras que todavía tienes otra capa.

Enea no contestó de inmediato. Le apartó el cabello pegado a la nuca y le dejó un beso lento ahí.

—Duerme.

—¿Te vas a quedar?

—Sí.

Ella asintió, ya con los ojos cerrados. En menos de un minuto su respiración se hizo profunda y regular.

Enea permaneció despierto un rato más, mirando la franja de luna sobre el piso, sintiendo el cuerpo caliente de Chiara contra el suyo y el silencio absoluto del rancho. Afuera, la fiesta había muerto del todo. Adentro, solo quedaba el olor a sexo y la certeza de que, al menos por esa noche, había logrado apagar el ruido dentro de su cabeza. Mañana volvería a ser Enea Rossi. Pero esa noche, solo por unas horas, había sido simplemente un hombre dentro de una mujer que sabía exactamente cómo sostenerlo.
Chiara dormía profundamente.
Estaba tendida de lado, una pierna flexionada, el cabello oscuro esparcido sobre la almohada y el vestido todavía enredado en la cintura como una prueba olvidada de lo que acababa de ocurrir. Su respiración era lenta, regular. De vez en cuando un músculo de su muslo se contraía levemente, residuo del orgasmo, y después volvía a la quietud.
Enea la miró durante varios minutos sin moverse.
No sentía culpa. Tampoco ternura excesiva. Solo esa sensación limpia y física que dejaba el sexo bien resuelto: el cuerpo descargado, los músculos flojos, la mente momentáneamente en silencio. Chiara había cumplido exactamente lo que él necesitaba esa noche. Nada más. Nada menos.
Aun así, el sueño no llegaba.
Se incorporó con cuidado para no despertarla. El colchón crujió apenas. Chiara murmuró algo ininteligible y se acomodó mejor, buscando el calor que él había dejado. Enea se quedó un segundo observándola. Después se levantó, recogió el pantalón del suelo y salió desnudo de la habitación.
El pasillo estaba en penumbra. Las lámparas de aceite que Rosa insistía en mantener habían sido apagadas hacía rato. Solo quedaba la claridad fría de la luna entrando por las ventanas altas. El piso de barro le resultó fresco bajo los pies descalzos. Caminó hasta el baño del fondo, el que usaba cuando quería estar solo, y cerró la puerta sin hacer ruido.
Abrió la ducha.
El agua caliente cayó sobre su cabeza y le recorrió la espalda, arrastrando el sudor, el olor a sexo y el leve rastro de perfume de Chiara. Enea apoyó ambas manos en el azulejo y dejó que el chorro le golpeara la nuca. Cerró los ojos. No pensaba en nada concreto. Solo sentía el calor del agua y el silencio del rancho a esas horas.
Cuando salió, se secó con una toalla gruesa, se puso el pantalón sin ropa interior y bajó descalzo hasta la cocina.
La casa olía todavía a comida y a copal. Encendió solo la luz pequeña de encima de la estufa. Abrió la nevera, sacó una botella de tequila reposado que Giovanni había dejado a medio empezar y se sirvió un vaso corto. No buscaba emborracharse. Solo necesitaba el ardor limpio del alcohol bajándole por la garganta después de haber estado dentro de una mujer.
Se apoyó contra la mesa de madera, el vaso en la mano, el torso todavía húmedo. Bebió un sorbo. Después otro.
Fue entonces cuando la imagen volvió.
No como un golpe. Como algo que se desliza despacio y se instala.
Vittoria.
El vestido rojo sangre casi negro. La espalda descubierta. La forma en que había sostenido su mirada en el balcón sin bajar los ojos, incluso cuando el miedo ya le había tensado la mandíbula. La manera en que había apretado los dedos sobre la chaqueta del arquitecto al reconocerlo. Y después, en el corredor, cuando él se le acercó: esa mezcla de rechazo y atracción contenida que se le había escapado por un segundo en la respiración.
Enea dio otro trago al tequila.
Tenía dieciocho años recién cumplidos. Demasiado joven. Demasiado cercana a un mundo que él conocía demasiado bien. Y sin embargo…
No era solo el cuerpo. Aunque el cuerpo también contaba. La piel pálida contra la seda oscura, la forma de la cintura, la manera en que se movía como si ya supiera que la estaban observando. Había algo en ella que le resultaba familiar y al mismo tiempo completamente nuevo. Una inteligencia fría. Una capacidad de calcular incluso cuando estaba asustada. Esa negativa a apartar la mirada.
Quería saber más.
Quería saber cómo pensaba cuando estaba sola. Qué la mantenía despierta por las noches. Hasta dónde era capaz de llegar para proteger lo que consideraba suyo. Quería verla sin la máscara de la heredera perfecta, sin el arquitecto pegado a la cintura, sin el padre observándola desde la distancia.
La deseaba.
Como mujer.
Y como objetivo.
No de destrucción. De conquista. De posesión lenta. De esas que se construyen con paciencia, con silencios calculados y con la certeza de que, tarde o temprano, la otra persona termina acercándose por voluntad propia.
Enea terminó el vaso y lo dejó sobre la mesa.
Desde la cocina se oía apenas el sonido lejano de un grillo. El rancho dormía. Chiara dormía. Su padre seguía muerto en la foto de la ofrenda, rodeado de flores que mañana estarían marchitas.
Él, en cambio, estaba despierto.
Y por primera vez en mucho tiempo, tenía algo nuevo en qué pensar mientras el alcohol le quemaba despacio el pecho.
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