2 mundos, una ley

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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2 mundos, una ley

Mensaje por Larabelle Evans »

Todo comenzó en Roma.

Punto de vista: Enea.

La luz de mediados de octubre en Roma no caía: se deslizaba. Bajaba por las fachadas de travertino como una mano lenta, tiñendo de ámbar los balcones de hierro forjado y los portones negros de la Via Veneto. El aire olía a hojas húmedas, a café recién molido que escapaba de los bares todavía abiertos y a ese leve rastro de gasolina antigua que la ciudad nunca termina de expulsar. Los faroles empezaban a encenderse uno a uno, no con prisa, sino con la dignidad de quien sabe que la noche le pertenece.

Enea Rossi Venegas caminaba por la acera derecha, cerca del Hotel Excelsior. El abrigo de lana oscura le rozaba las rodillas. No tenía prisa. Nunca la tenía en esta ciudad. Roma le había enseñado que el que se apresura revela debilidad, y él había dejado de revelar cualquier cosa hace mucho tiempo.

Medía un metro ochenta y siete. La espalda recta, los hombros anchos bajo la tela, el cuello tenso. El cabello negro, corto, peinado hacia atrás con precisión. La mandíbula marcada se movía apenas cuando apretaba los dientes. Los ojos —ese verde grisáceo que a veces se volvía ámbar según la luz— no se detenían en nadie. Observaban sin parecer que lo hicieran. Era una de las pocas habilidades que había heredado de ambos lados de su sangre: mirar sin ser mirado.

A su izquierda, un grupo de turistas se detenía frente a la embajada americana, riéndose demasiado alto. Enea no giró la cabeza. El ruido de Roma nunca le había molestado; lo usaba. El rumor constante de motores, de tacones sobre el adoquín, de conversaciones en cinco idiomas distintos, formaba una capa protectora. Dentro de ese ruido él podía pensar.

Había salido de una reunión en un despacho del Parioli hacía menos de veinte minutos. Tres hombres de traje, dos de ellos con apellidos que todavía pesaban en ciertos círculos romanos, le habían hablado de permisos, de una ampliación de la ruta logística hacia el norte y de un problema menor con un funcionario de la Guardia di Finanza. Enea había escuchado en silencio, las manos cruzadas sobre la mesa de mármol negro. Cuando terminaron, dijo solo una frase:

—Que lo resuelvan antes del viernes.

No elevó la voz. No necesitó. Los tres hombres asintieron como si les hubiera puesto un arma en la mesa.

Ahora caminaba. Le gustaba hacerlo al anochecer, cuando la ciudad bajaba un tono y los escaparates empezaban a brillar. Pasó frente al Café de Paris. El olor a espresso y a pastelería salió a recibirlo un segundo y se disolvió. Un taxista levantó la mano; Enea no respondió. Prefería sus propios pasos. El suelo de la Via Veneto estaba todavía caliente del día, pero el aire ya traía el frescor de las colinas.

Pensó en el Piamonte. En las bodegas de Cascina Rossi Venegas, donde las barricas de roble olían a vainilla y a tierra mojada. Allí el dinero se volvía limpio con la misma naturalidad con la que la uva se volvía vino. Aquí, en Roma, el dinero solo se movía. Se escondía detrás de sociedades con nombres elegantes y direcciones en el centro histórico. Gruppo Rossi Holdings. Aurelia Investimenti. Colle Romano Immobiliare. Nombres que sonaban a tradición y que no eran más que capas de una misma mentira bien contada.

Cruzó hacia la Piazza Barberini. La Fontana del Tritone arrojaba agua con el mismo gesto cansado de siempre. El ruido de los chorros se mezcló con el de los scooters que giraban demasiado rápido. Enea se detuvo un segundo bajo la estatua. El agua olía a cloro y a piedra vieja. Levantó la vista. El cielo sobre Roma era de un azul oscuro, casi negro ya, atravesado por el vuelo bajo de un avión que se dirigía hacia Fiumicino.

Sacó el teléfono. Una sola notificación. El mensaje era corto, como todos los que recibía de su hermano:

*Hecho. El de Génova ya no habla.*

Enea no respondió. Guardó el aparato en el bolsillo interior del abrigo. El gesto fue preciso, casi elegante. Nadie a su alrededor notó nada. Esa era otra de las reglas: la violencia nunca debía verse en la calle. La calle era para caminar, para observar, para existir como un hombre más entre millones.

Continuó hacia la Via del Tritone y luego bajó en dirección al Corso. Las luces de los comercios se reflejaban en los cristales de los coches aparcados. Una mujer de abrigo rojo lo miró de reojo al pasar. Enea no le devolvió la mirada. Las mujeres eran un territorio que conocía bien y que controlaba mejor. No necesitaba perseguirlas. Bastaba con permanecer quieto el tiempo suficiente para que ellas se acercaran, creyendo que habían elegido.

El aire cambió al entrar en la zona más peatonal. Olor a castañas asadas de un puesto callejero, a humedad de las fuentes, a perfume caro que se escapaba de las puertas de los hoteles. Un músico tocaba el acordeón cerca de la Fontana di Trevi. La melodía era antigua, de esas que Roma parece haber inventado solo para los turistas. Enea no se detuvo. Conocía cada piedra de esa fuente, cada moneda que caía al agua. Había aprendido de niño que las monedas no traían suerte. Solo peso.

Su destino esa noche no era público. Tenía un apartamento en una de las calles tranquilas cerca de Villa Borghese, un piso alto con ventanas que daban a los pinos. Allí nadie lo esperaba. Allí podía quitarse el abrigo, verterse un vaso de Barolo de su propia bodega y quedarse en silencio hasta que el cuerpo le pidiera dormir. El silencio era el único lujo que todavía no había conseguido comprar del todo.

Subió por la Via Sistina. Las escaleras de la Trinità dei Monti quedaban a su derecha, iluminadas, llenas de gente sentada en los peldaños. Risas, flashes de móviles, el olor dulzón de los helados. Enea siguió de largo. Prefería las calles laterales, donde los portones de madera oscura guardaban patios interiores y donde el eco de los pasos sonaba más limpio.

Llegó al edificio. El portero lo saludó con una inclinación de cabeza. Enea respondió con un gesto mínimo. Subió en el ascensor de madera y espejos. El olor a cera antigua y a jazmín de algún ambientador caro lo envolvió. En el quinto piso abrió la puerta con la llave que solo él tenía.

El apartamento olía a cuero, a madera de roble y a la lluvia que todavía no había caído. Las luces estaban apagadas. No las encendió de inmediato. Se quitó el abrigo, lo dejó sobre el respaldo de una silla y caminó hasta el ventanal. Abajo, los pinos de Villa Borghese se mecían apenas. Más lejos, el tráfico de la Via Veneto seguía su ritmo constante, como una vena que no deja de latir.

Se sirvió el vino. El líquido oscuro brilló un segundo bajo la luz de la ciudad. Lo bebió despacio. El sabor era el de siempre: profundo, con ese final seco que dejaban las uvas del Monferrato. Pensó en la madre. En la forma en que ella todavía le hablaba en español cuando estaban a solas, mezclando las palabras con el italiano como si las dos lenguas fueran una sola herida que no terminaba de cerrar. Él nunca le había dicho que esa mezcla le recordaba demasiado a lo incompleto. Ella tampoco se lo había preguntado.

El teléfono vibró otra vez. Esta vez el mensaje venía de uno de los hombres del núcleo:

*El de la Finanza quiere verse. Dice que tiene algo.*

Enea miró la pantalla. El verde de los números se reflejó un instante en el cristal de la ventana. Respondió con tres palabras:

*Mañana. Mediodía. Solo.*

Apagó el teléfono. Lo dejó sobre la mesa de mármol. Se quedó de pie frente al ventanal, el vaso en la mano, el cuerpo quieto. Roma seguía ahí abajo, antigua, indiferente, hermosa en su suciedad y en su luz. Él la conocía mejor que a cualquier persona. La ciudad no pedía explicaciones. Solo pedía que uno no mostrara nunca el cuello.

Bebió el resto del vino. El sabor le quedó en la lengua como una promesa que nadie había hecho. Luego se dio la vuelta, caminó hacia el dormitorio y cerró la puerta con el mismo cuidado con el que cerraba todos los asuntos importantes: sin ruido, sin prisa, y sin dejar ninguna grieta por donde pudiera entrar algo que no controlara.

Afuera, Roma siguió respirando.
Adentro, Enea Rossi Venegas se quitó la camisa, dobló cada prenda con precisión militar y se dejó caer sobre la cama. Los ojos abiertos en la oscuridad. La mandíbula todavía tensa.

Dos mundos.
Una sola ley.

Y esa ley era él.
Larabelle Evans
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Re: 2 mundos, una ley

Mensaje por Larabelle Evans »

Recordando a mi padre.

Punto de vista: Enea.

Flashback.

El humo del copal se enredaba con el olor a flor de cempasúchil y a carne asada. El rancho de Navolato no era una mansión de revista; era tierra, adobe reforzado, portones altos y un patio central lo bastante grande para que cupieran doscientas personas sin que nadie se sintiera apretado. Esa noche, sin embargo, parecía pequeño.

Enea llegó cuando el sol ya se había ido del todo. El cielo estaba negro y limpio, de esos que solo se ven lejos de la ciudad. Chiara caminaba a su lado, el brazo enganchado al suyo con esa naturalidad que ella sabía fingir mejor que nadie. Llevaba un vestido negro de tirantes finos y el cabello suelto. Se veía bien. Enea lo sabía. Por eso la había traído.

—Respira hondo —le dijo en italiano, sin mirarla—. Aquí el aire pesa diferente.

Chiara obedeció. El humo le entró por la nariz y le hizo entrecerrar los ojos.

—Huele a muerto y a fiesta al mismo tiempo.

—Exacto.

La ofrenda principal ocupaba casi toda la pared del fondo del patio. Fotografías de Salvatore Rossi en blanco y negro, rodeadas de velas, platos de mole, tequila reposado, un paquete de cigarrillos de los que fumaba y un sombrero viejo que Rosa había insistido en poner. Enea se detuvo frente a ella unos segundos. No se santiguó. No habló. Solo miró la foto donde su padre aparecía de perfil, la mandíbula igual de tensa que la suya.

Rosa salió de la cocina con un delantal manchado de chile y los brazos abiertos.

—Llegaste tarde, mijo.

Enea se dejó abrazar. El olor de su madre —canela, cebolla frita y ese jabón barato que nunca había cambiado— lo envolvió por un segundo.

—El vuelo se atrasó.

Rosa se separó lo justo para mirar a Chiara de arriba abajo. No con juicio. Con esa evaluación rápida y precisa que solo tienen las mujeres que han sobrevivido demasiado.

—Esta es Chiara —dijo Enea en español.

—La italiana de la galería —respondió Rosa, y le dio la mano a Chiara con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos—. Bienvenida. Aquí se come de verdad. No me vengas con que no tienes hambre.

Chiara sonrió con la medida exacta de cortesía.

—Gracias, señora Rosa.

Giovanni apareció detrás de la madre, una cerveza en la mano y la camisa arremangada. Se saludaron con un abrazo corto, de esos que se dan los hombres que ya no necesitan demostrar nada.

—Cesare está adentro —dijo Giovanni en voz baja—. Llegó anoche. Livia no quiso venir. Dijo que tenía exámenes.

Enea asintió. No preguntó más. Sabía que Livia mentía. Sabía que ella prefería quedarse en Turín antes que pisar este rancho y sentir el peso de la sangre que compartían.

La fiesta ya estaba en su punto. Música norteña mezclada con corridos viejos. Mesas largas llenas de carne asada, frijoles charros, tortillas hechas a mano, pozole rojo y botellas de tequila que se abrían más rápido de lo que se vaciaban. Hombres de camisa abierta, mujeres con vestidos brillantes, niños corriendo entre las sillas. Algunos rostros los conocía desde niño. Otros eran contactos nuevos que Diego “El Chino” había traído para que vieran y se dejaran ver.

Enea se movió entre ellos sin prisa. Saludaba con la cabeza, estrechaba manos, aceptaba copas que después dejaba a medio tomar sobre cualquier superficie. Chiara se mantenía a su lado, sonriendo cuando tocaba, callando cuando convenía. Cada tanto él le ponía una mano en la cintura, no por cariño, sino para marcar territorio. Ella lo entendía.

Más tarde, cuando la banda tocó un corrido lento, Rosa lo buscó otra vez.

—Tu papá hubiera odiado todo esto —le dijo, señalando el patio lleno—. Decía que las fiestas grandes eran para los que necesitaban que los vieran.

—Y sin embargo aquí estamos.

Rosa se encogió de hombros.

—Porque a los muertos también hay que darles su lugar. Aunque sea mentira.

Enea no respondió. Miró hacia la ofrenda. La vela más cercana a la foto de Salvatore parpadeaba.

Cesare apareció entonces, con una cerveza en la mano y la misma forma de caminar que él. Veinte años y ya se notaba el peso. Se detuvo a un metro de distancia.

—Papá.

Enea lo miró de reojo.

—¿Comiste?

—Un poco.

—Come más. Aquí no se deja comida.

Cesare asintió, pero no se movió. Los dos se quedaron en silencio mirando el patio. Chiara, inteligente, se había alejado unos pasos para hablar con una de las esposas de los contactos de Diego.

—Livia mandó mensaje —dijo Cesare al cabo de un rato—. Preguntó si habías llegado.

—Dile que sí.

—Ya le dije.

Otro silencio.

—¿Vas a quedarte varios días?

—Hasta el tres.

Cesare asintió otra vez. Luego, más bajo:

—Giovanni dice que hay movimiento en el norte. Que están preguntando demasiado por Langhe.

Enea giró la cabeza con lentitud.

—Giovanni habla de más cuando toma.

—No ha tomado.

Enea lo sostuvo con la mirada un segundo más de lo necesario.

—Mañana hablamos. Hoy no.

Cesare bajó los ojos. No era miedo. Era respeto. Y algo más: esa hambre de aprender que Enea reconocía porque la había sentido él mismo a esa edad.

La noche avanzó. La banda tocó más fuerte. Alguien gritó un “¡viva Salvatore!” que se perdió entre risas y el sonido de las botellas. Enea se dejó arrastrar a una mesa donde Diego y un par de hombres del puerto de Mazatlán hablaban de contenedores y de fechas. Escuchó, asintió, dijo dos frases y se levantó cuando consideró que ya había dado lo suficiente de su presencia.

Chiara lo alcanzó cerca de los corrales.

—Estás distinto aquí —le dijo en italiano.

—¿En qué sentido?

—Más… presente. En Roma pareces siempre a medio irte. Aquí estás completo.

Enea la miró. La luz de las velas le daba a la cara de Chiara un tono dorado. Era hermosa. Y sabía que lo era. Esa era parte del problema.

—Roma es trabajo —respondió—. Aquí es sangre.

Ella se acercó un poco más.

—¿Y yo qué soy?

Enea le sostuvo la mirada sin sonreír.

—La mujer que elegí para que nadie preguntara por qué vine solo.

Chiara no se ofendió. Nunca se ofendía con las verdades. Por eso seguía ahí.

Más tarde, cuando la mayoría ya estaba borracha o bailando, Enea se apartó. Caminó hasta el límite del patio, donde la oscuridad del campo empezaba de verdad. El aire olía a tierra húmeda y a humo de leña. Detrás de él, la fiesta seguía: risas, un acordeón desafinado, el llanto lejano de un niño que no quería dormirse.

Rosa apareció a su lado sin hacer ruido. Le ofreció un vaso de tequila.

—Toma. Aunque sea uno.

Enea lo aceptó. Bebió un sorbo. El líquido le quemó la garganta con honestidad.

—Tu papá no era bueno —dijo Rosa de pronto—. Pero era nuestro.

—Lo sé.

—Y tú tampoco eres bueno. Pero eres mío. Así que cuídate, Enea. Estos hombres que vienen a comer y a brindar… mañana pueden estar del otro lado.

Él asintió.

Rosa le tocó el brazo, breve.

—Y esa italiana… tráela si quieres. O no la traigas. Pero no la dejes creer que puede quedarse.

Enea no respondió. No hacía falta.

Cuando regresó al centro del patio, Chiara lo estaba esperando cerca de la ofrenda. Se había puesto el rebozo que alguien le prestó para el frío. Se veía fuera de lugar y, al mismo tiempo, decidida a no parecerlo.

Enea le pasó un brazo por los hombros.

—Vamos adentro un rato.

Ella lo miró.

—¿A dormir?

—A estar quietos.

Chiara sonrió, pequeña, cansada.

—Está bien.

Mientras caminaban hacia la casa principal, Enea miró una última vez la foto de su padre. La vela seguía ardiendo. El humo subía torcido.

Salvatore Rossi había muerto en Ostia con una bala en el pecho y la boca llena de promesas rotas.
Enea todavía no decidía si venía a recordarlo… o a asegurarse de no terminar igual.
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