Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Laura Jiménez García nació y creció en Elizondo, un pueblo rodeado de montañas verdes, bosques húmedos y niebla casi permanente. Allí las mañanas olían a lluvia y a tierra mojada, y las casas de piedra parecían mantenerse iguales pasaran los años que pasaran. Era el tipo de lugar donde todo el mundo se saludaba por la calle, donde las persianas se abrían temprano y donde los rumores viajaban más rápido que cualquier otra cosa.
De pequeña pasaba muchísimo tiempo fuera de casa con su hermano mayor. Los dos se escapaban a los bosques cercanos, caminando entre árboles enormes, riachuelos helados y senderos cubiertos de barro. Él siempre iba unos pasos por delante y ella lo seguía sin protestar, convencida de que mientras estuviera con él nada malo podía pasarle. Construían refugios improvisados, recogían hojas húmedas del suelo y volvían a casa con las zapatillas llenas de tierra y las manos congeladas. Laura siempre recordaría esa sensación de seguridad absoluta que tenía entonces, como si el mundo todavía fuera pequeño y sencillo.
Aun así, nunca fue la típica chica fría o distante. Había algo muy dulce e inocente en ella. Mientras otras niñas empezaban a rebelarse, Laura seguía refugiándose en los libros, en las conversaciones tranquilas y en esa vida pequeña y ordenada que conocía desde siempre. Los profesores la adoraban porque siempre parecía responsable y correcta, aunque por dentro empezaba a sentirse cada vez más limitada por el entorno en el que había crecido.
El colegio estaba lleno de rutinas rígidas: misas, actos religiosos, disciplina constante y una idea muy concreta de cómo debía ser una chica “adecuada”. Y aunque Laura encajaba perfectamente desde fuera, con los años empezó a cansarse de vivir bajo tantas expectativas. Sentía que llevaba demasiado tiempo siendo exactamente lo que todos querían que fuese, sin llegar a preguntarse nunca quién era realmente cuando nadie la observaba.
Más adelante consiguió entrar en la Universidad de Navarra para estudiar Medicina. Allí siguió destacando por ser una alumna brillante y extremadamente responsable. Nunca necesitó llamar la atención; simplemente era buena en lo que hacía. Sus profesores confiaban en ella y sus compañeros la veían como esa chica tranquila y delicada que parecía tener la vida completamente bajo control.
Pero la realidad era distinta. Aunque quería a su familia y a la vida que había tenido, llevaba años sintiéndose atrapada dentro de la imagen que todos tenían de ella. En Elizondo siempre había sido “la niña buena”, la chica inteligente del pueblo, la hija perfecta. Y poco a poco empezó a cansarse de vivir bajo esos estigmas y expectativas. Había algo dentro de ella que necesitaba descubrir quién era lejos de las miradas conocidas, lejos de las normas con las que había crecido.
Cuando le ofrecieron una beca para trasladarse a Madrid y formarse en el Instituto Anatómico Forense, sintió miedo y alivio al mismo tiempo. Era una oportunidad enorme: especializarse en medicina forense mientras colaboraba haciendo guardias hospitalarias para completar la residencia. Madrid representaba exactamente todo lo que nunca había tenido: anonimato, libertad, exceso, decisiones propias y la posibilidad de equivocarse sin que todo un pueblo hablara de ello.
Aceptar significó dejar atrás prácticamente toda su vida. Sus padres, sus amigos, la rutina segura que conocía desde pequeña e incluso esa versión inocente y controlada de sí misma con la que todos la identificaban. Se marchó con pena, sintiendo que estaba rompiendo algo importante, pero también con la certeza de que necesitaba hacerlo. Porque por primera vez en su vida quería descubrir quién era realmente cuando nadie esperaba que fuese perfecta.
Terminal de salidas de Loiu, 'La Paloma'.
El amanecer de Bizkaia apenas se filtra por las enormes cristaleras de la terminal de salidas. La luz grisácea ilumina las costillas de acero blanco que se elevan hacia el techo aerodinámico, emulando el interior de un ave mítica. A través del vidrio, las colinas verdes de Loiu y Sondika se desdibujan bajo un manto de bruma baja. El zumbido constante de las maletas con ruedas sobre el suelo pulido y el murmullo mecánico de las pantallas de embarque rebotan en el espacio diáfano, creando una acústica fría, casi de catedral. Frente a las cintas de facturación, la tensión es palpable.
Amaia alisa por cuarta vez la solapa del abrigo de su hija, con dedos firmes que tiran de la tela hacia abajo, como si intentara anclarla al suelo de Loiu.
Amaia dice con acento navarro: "Mírate, vas hecha un adefesio con esos pantalones tan finos. Que en Madrid la gente va muy arreglada a los hospitales, Laura. Luego dirán que en el norte no sabemos vestir a las criaturas."
Dices con acento navarro: "Mamá, es un vuelo. No voy a ir vestida de gala, no tiene sentido y lo sabes. Además, en Madrid hace muchísimo más calor que aquí, recuérdalo."
La joven mira a su madre con cansancio mal disimulado. Para su madre nada es perfecto. Ella siempre ha intentado estar a la altura, pero siente que nunca lo estará y por eso decidió aceptar la beca.
Amaia la ignora deliberadamente.
Amaia abre su bolso de piel con un chasquido seco. Rebusca entre pañuelos de tela y pastillas para la garganta hasta sacar un tupper de cristal envuelto en dos bolsas de plástico anudadas.
Amaia dice con acento navarro: "Cuatro croquetas de jamón. De las buenas, de las que te gustan. No esa porquería congelada que vas a comprar en el supermercado de abajo del piso. Que ya me enteré de que no hay carnicería decente en tres manzanas a la redonda de ese barrio."
Dices con acento navarro: "Mamá, llevas enseñándome a cocinar desde que era pequeña. Además, muchos días tendré que comer en el hospital, ya lo sabes. Muchas gracias de todas formas, sabes que me encantan tus croquetas."
Amaia deja caer los hombros, entornando los ojos con una mezcla de lástima y reproche silencioso. Vuelve a guardar el tupper con una lentitud calculada, esta vez en la mochila de su hija, haciendo que cada movimiento pese.
Dices con acento navarro: "Además, sabes que al menos hoy me quedaré en la pensión de la señora Matilda. Has hablado con ella cuarenta veces. Sabes que cocina siempre lo más sano posible, que hace la colada dos veces por semana y que las sábanas están limpias."
Amaia la interrumpe con una caricia brusca en la mejilla, atrapándole la barbilla con dos dedos para obligarla a mirarla directamente. Su tono baja a un murmullo denso, que pretende ser cariñoso, pero resulta asfixiante para cualquiera.
Amaia dice con acento navarro: " Si te pasa algo... si te pones mala del estómago con esos menús de cafetería, me llamas. Da igual que sean las tres de la mañana. Yo no duermo, ya lo sabes. Cuando mis niños faltan, mis noches son un desierto, así que no me vas a despertar. Tú me llamas. No quiero enterarme por tu tía la de Pamplona de que estás con fiebre. Que parece que te da vergüenza tener madre."
Un aviso sonoro resuena en la bóveda de acero de Calatrava, anunciando la apertura del filtro de seguridad para los vuelos de la mañana. Los pasajeros comienzan a agolparse frente a los arcos detectores de metales, sacando portátiles y bandejas plásticas bajo la mirada cansada de los vigilantes.
Amaia mira la fila del control como si fuera un patíbulo. Le recoloca el mechón de pelo detrás de la oreja a Laura, apretando un poco más de la cuenta.
La chica mira a su madre con pena, pero a la vez sabe que no puede seguir así. No puede seguir enclaustrada en un mundo que se ha dado cuenta de que no es el suyo. Un mundo tan cerrado como una jaula cubierta de flores.
Amaia dice con acento navarro: "Venga, pasa ya, no sea que por mi culpa pierdas el avión y tengamos que volver a Elizondo con las maletas... Aunque bien pensado, al menos allí el aire es limpio. Llama en cuanto aterrices. Si tardas más de diez minutos desde la hora del panel, llamo yo a la oficina del aeropuerto, que tengo el teléfono aquí apuntado. Que no me cuesta nada armarles un jaleo si te pasa algo en el vuelo o la pista de aterrizaje."
Dices con acento navarro: "Mamá te prometo que te llamaré y estaré bien. Los aviones son los vehículos más seguros a la hora de viajar, ya te lo dije."
Dices con acento navarro: "Por cierto, por favor, cuida de papá, que sabes como se pone con estas cosas. Con la marcha de Héctor se tiró llorando una semana y no quiero que sufra."
Amaia asiente con los labios apretados en una línea delgadísima.
Laura se acerca al policía que le va a ayudar con el control de seguridad y cuando ve que tiene todo en regla se gira y se despide con la mano de su madre
La muchacha grita: "Os quiero a todos!"
Amaia apenas levanta la mano.
La joven no puede evitar respirar con alivio sintiendo que todo en su vida va a cambiar. No sabe si para bien o para mal, pero Alea Iacta Est.
Amaia grita: "No se te olvide ir a la iglesia! ¡Mira que ahí arriba Dios todo lo ve!"
La habitación de Laura en la pensión de la señora Matilda estaba en silencio, iluminada únicamente por la luz tenue de la pantalla del móvil. Acostada sobre la cama, con las piernas recogidas bajo la manta, deslizaba el dedo por anuncios de alquiler mientras escuchaba el ruido lejano del tráfico de Madrid filtrándose por la ventana. La señora Matilda era amable. Demasiado amable, quizá.
Laura le tenía cariño, de verdad. Pero empezaba a sentirse observada constantemente, como si aquella pensión todavía prolongara la vigilancia de su madre a cientos de kilómetros de distancia. Necesitaba algo propio. Un espacio suyo. Algo menos supervisado. Entonces apareció el anuncio.
Habitación en Plaza de España. Piso compartido. Cerca del hospital.
Laura dudó apenas unos segundos antes de copiar el número y llamar:
—¿Hola?
Laura acomodó el móvil contra la oreja.
—Hola. Llamo por el anuncio de alquiler de la habitación.
Hubo una pausa breve. Al otro lado, Jorge frunció ligeramente el ceño. Aquella voz le resultaba familiar, aunque no conseguía ubicarla del todo.
—Ah, sí… Ha llamado muy poca gente.
—Soy médico y me interesaría ver la habitación, dado que está cerca de mis dos trabajos.
Entonces la conexión apareció en la mente de Jorge como una pequeña luz encendiéndose de golpe. Sonrió.
—¿Y no preferirás ir a tomar una hamburguesa?
Laura abrió un poco más los ojos.
—Creo que… me suenas. Trabajabas en el vivero, ¿verdad?
—Eso es. El chico del vivero, no el chico que te invitó a cenar. Así me gusta que me recuerden.
Laura dejó escapar una risa corta.
—Fuiste tú el que me tiró la cena, así que…
—Buen punto.
Jorge se acomodó mejor en el sofá mientras seguía hablando por teléfono.
—En fin, la verdad es que hasta ahora solo han llamado preguntando por la habitación tres personas… y ninguna terminó de convencerme. -suspiró con dramatismo- Mejor ni te cuento. Hay cada personaje por ahí…
Laura sonrió sin darse cuenta.
—Así que, digamos que ahora mismo eres la candidata mejor cualificada.
—Oh, vaya. Eso me congratula.
—Si quieres, mañana por la tarde, cuando salga del trabajo, puedes pasarte por el piso y ver la habitación -Hizo una pausa breve antes de añadir- si te convence, podrías mudarte hoy mismo.., creo que contigo se cierra el turno de entrevistados.
Laura se mordió ligeramente el labio.
—¿Y cuál es la dirección?
—Vivo en Plaza de España.
—¿En qué parte?
—En la torre.
Laura soltó una pequeña risa incrédula.
—Pregúntale al portero. Él te ayudará a llegar.
—Gracias. Pues, si te parece, nos vemos.
—Sin problema. Mañana nos vemos.
Laura apoyó la cabeza contra la pared de la habitación.
—Encantada de volver a oír de ti. Me pareciste un chico muy majo.
Jorge sonrió solo, mirando el techo.
—Igualmente. Y cuidado por los pasillos… son traicioneros.
La llamada terminó.
Laura dejó el móvil sobre la cama y se quedó mirando el techo con una sonrisa involuntaria.
Por fin dejaría de sentir que la señora Matilda vigilaba su vida en nombre de su madre. Le tenía cariño, sí. Mucho. Pero necesitaba empezar a construir algo más suyo.
Algo más libre.
Al día siguiente, poco después de las cuatro de la tarde, el timbre sonó en el piso de Jorge.
Cuando abrió la puerta, se quedó mirándola unos segundos.
Laura estaba allí.
Y llevaba maletas.
Jorge parpadeó.
—Pero… si ni siquiera has visto la habitación.
—Hola, Jorge -Laura sonrió con cierta timidez- Lo sé, pero… era mi única opción.
Jorge arqueó una ceja.
—Imagínate que tengo un conegílope viviendo en la sala.
—Perdona… ¿un qué? –preguntó ella frunciendo el ceño.
—Un monstruo terrorífico –sonrió divertido Jorge.
Laura lo observó con curiosidad, intentando decidir si hablaba en serio o no.
Jorge se apartó para dejarla entrar.
—Bueno… no me queda mucha opción.
Laura cruzó la puerta arrastrando las maletas.
—Creo que el más terrorífico podrías ser tú…
—No deberías meterte con tu futuro casero, ¿lo sabías?
Ella levantó la vista y le sostuvo la mirada con una sonrisa que también se reflejaba en los ojos.
Dejó las maletas en el distribuidor mientras esperaba a que Jorge le enseñara el piso.
—Bueno, tenemos tres habitaciones.
Laura, guiada por pura intuición, caminó directamente hacia la habitación matrimonial.
Jorge la detuvo con un brazo antes de que entrara.
—¡Eeeeh!
Laura se quedó inmóvil.
—Esa es mi habitación -señaló la puerta- dije que teníamos tres, no que pudieras usar cualquiera.
—Ah… vale… -Laura bajó la mirada, completamente sonrojada.
Jorge soltó una pequeña risa.
—Pero sí te dejo escoger –dijo a la par que señalaba las otras dos puertas abiertas- Tienes esas dos. Una será para ti. La otra… bueno, como habitación reserva.
La miró con media sonrisa.
—Por si acaso hay algún invitado o invitada.
Laura se acercó entonces a la otra habitación con cama de matrimonio y vio el escritorio, amplio. Cómodo. Perfecto para estudiar.
—Me quedo con esta, ese escritorio me viene perfecto para trabajar en la memoria de las prácticas.
Jorge suspiró divertido.
—Tenía yo esa sensación.
Luego murmuró:
—Chámalle burro ao cabalo.
Laura lo miró sin entender.
Después frunció ligeramente el ceño.
—¿Un burro?
—En fin… pasemos al salón para hablar de las condiciones. Es un dicho de mi tierra.
Laura asintió.
El salón era amplio y luminoso. La luz del balcón llenaba la estancia y el sofá de cuero marrón oscuro ocupaba el centro de la habitación con una presencia casi elegante.
Jorge tomó una carpeta de la mesa y se la tendió.
—Bien. El contrato está claro.
Laura abrió la carpeta.
—Cuéntame.
—Son doscientos cincuenta euros al mes -Jorge fue enumerando con naturalidad- más gastos comunes: internet, agua, calefacción… -se encogió de hombros- Cada factura se divide entre dos.
Laura leyó rápidamente las hojas. No encontró ninguna trampa. Además, el piso estaba cerca del hospital y del instituto forense.
—Está bien.
—Al tercer mes de impago no me quedará más remedio que echarte.
—No creo que eso ocurra, la verdad –dijeron ambos al tiempo y estallaron en una risa divertida.
—Bien, empezamos bien.
Laura levantó ligeramente el mentón y lo miró directamente a los ojos.
—Las visitas están terminantemente prohi…
intentó terminar la frase pero le fue totalmente imposible, mientras Laura lo observaba confundida.
—¿No puede venir nadie?
Esa fue la frase que hizo que Jorge empezara a reírse de verdad y que provocó que Laura mirase alrededor sin entender qué estaba pasando.
—Si pusiera esa norma mi vida social se iría al garete. Nah… vamos a fingir que no existe.
—Vaaaale…
—Eso sí… te agradecería que si traes a algún acompañante… -Jorge hizo una pausa incómoda. bueno… no voy a pedirte que me avises, pero está terminentemente prohibido hacer cosas en los espacios comunes. ¡Y menos aquí! Que acabo de comprarlo.
La última frase fue dicha mientras acariciaba el cuero del sofá, los ojos de Laura pestañearon:
—¿Te refieres a una pareja?
Luego añadió, con total naturalidad:
—Pareja, rollo, lío… sinceramente, no es mi problema-la joven estudiante de medicina apartó la mirada, cada vez más roja- chicos, chicas, mixtos… vivir tu vida es tu vida -la pobre no sabía dónde meterse- no me voy a meter en ella. A no ser que vea un peligro inminente.
Laura no era capaz de procesar la conversación.
—O sea, si hay alguien con una pistola amenazándote en la entrada… -Jorge señaló la puerta- te defenderé-sonrió divertido- pero si escucho ruidos indecorosos saliendo de tu habitación, no voy a entrar a descubrirte y llamarte la atención.
—Gracias por esa parte, sí -respondió Laura con una sonrisa nerviosa y algo pícara.
Jorge se encogió de hombros.
—Tu vida es tu vida, Y la mía… pues la mía.
Luego señaló el baño visible desde el salón.
—Ese será tu aseo. Limpiarlo es cosa tuya -Laura seguía completamente roja y asintió rápidamente- igual que tu habitación.
Jorge continuó:
—Las zonas comunes serán una semana cosa tuya y otra mía.
—Perfecto. Eso no es inconveniente.
—En cuanto a las comidas…
—Sé cocinar, pero tengo horarios complicados.
—Aceites, sal… si quieres se pueden comprar en común.
Pensó un segundo- leche… bueno, esas cosas, el resto, cada uno se buscará la comida donde o como pueda.
—Perfecto, sin problemas. Podemos hacer una lista.
—Ah, y los domingos me gusta ver el partido con una cerveza y ganchitos. Eso es tu problema -Jorge la miró fijamente, esperando su reacción.
—Probablemente la mayoría los trabaje, así que… -Laura sonrió- Espero que los disfrutes.
Jorge soltó otra carcajada.
—Qué inocente eres. No, tranquila, no me gusta el fútbol pero sí la compañía -Laura sostuvo la mirada unos segundos- Y el mismo respeto que tengo con tu intimidad espero que lo tengas tú con la mía.
—Por supuesto que sí. ¿Por quién me tomas? No soy una cotilla -entonces Laura añadió- hoy mismo voy a comprar tapones para los oídos.
—Bien… igual no es mala idea - Jorge sonrió- —Digo… en fin -se pasó una mano por la nuca- pues creo que estaría todo.
“Madre mía… creo que no sé dónde me he metido –la voz de Laura expresaba la misma curiosidad que sus ojos Y, aun así, mientras llevaba las maletas hacia su nueva habitación, no podía evitar sentir que acababa de empezar algo importante.
Te despierta el sonido de la cerradura girando al otro lado de la puerta principal. Durante unos segundos permaneces inmóvil, con los ojos abiertos en la oscuridad de la habitación, intentando averiguar qué hora es. El resplandor tenue del despertador digital marca las dos y diecisiete de la madrugada.
Jorge acaba de llegar.
No te sorprende. Desde que os conocisteis y empezasteis a compartir piso, descubriste que el concepto de horario era algo flexible para él. Su vida parecía desarrollarse entre despachos, cenas de trabajo y reuniones que se alargaban hasta la madrugada. Era abogado en uno de esos bufetes prestigiosos que exigían más horas de las que parecía razonable pedirle a una persona.
Lo que sí te sorprende es escuchar una segunda voz.
Una mujer.
Cierras los ojos con la intención de ignorarlo. No es asunto tuyo. Ni siquiera conoces demasiado a Jorge más allá de las conversaciones en la cocina, los desayunos apresurados y los encuentros ocasionales en el salón cuando ambos regresáis agotados de trabajar.
Sin embargo, el sueño se niega a regresar.
A través de la pared llegan fragmentos dispersos de conversación y alguna risa ahogada. No distingues las palabras, solo la cercanía entre ellas. La naturalidad. La confianza.
Y eso es precisamente lo que te incomoda.
Porque mientras escuchas aquella intimidad ajena, te das cuenta de que para muchas personas aquello es completamente normal. Conocer a alguien. Gustarle. Invitarle a casa. Compartir una noche.
Para ti, en cambio, sigue pareciendo algo perteneciente a otro mundo.
Te incorporas ligeramente sobre la almohada y observas la silueta oscura de la ventana. Más allá del cristal, Madrid continúa despierta. Siempre despierta. Muy distinta de Elizondo, donde a esas horas solo existían el rumor del río y el viento entre los árboles.
Piensas en el colegio católico. En las profesoras corrigiendo la longitud de las faldas. En las homilías interminables. En las veces que te enseñaron cómo debía comportarse una mujer decente. Piensas en la universidad, en los años dedicados exclusivamente a estudiar, en los exámenes, en las prácticas, en la obsesión constante por hacerlo todo bien.
Siempre habías tenido un objetivo delante.
Siempre había existido una razón para posponer ciertas preguntas.
Ahora, por primera vez, no puedes hacerlo.
Porque aquella noche no es realmente Jorge quien ocupa tus pensamientos.
Eres tú.
Tú y todo lo que todavía desconoces sobre ti misma.
El calor que empieza a extenderse por tu pecho resulta desconcertante. No es vergüenza exactamente. Tampoco curiosidad. Es algo más profundo. La repentina consciencia de que has pasado gran parte de tu vida observando la existencia desde fuera, como si estuvieras esperando el momento adecuado para empezar a vivirla.
Y quizá ese momento nunca iba a llegar por sí solo.
Quizá por eso aceptaste la beca.
Quizá por eso dejaste atrás Elizondo, a tus padres, a tu hermano, las montañas, la lluvia y la seguridad de una vida perfectamente definida.
No porque quisieras convertirte en una gran médica forense.
O no solamente por eso.
Sino porque estabas cansada de ser siempre la misma persona.
Porque había una parte de ti que necesitaba descubrir quién era cuando nadie la conocía.
Cuando nadie esperaba nada de ella.
Cuando podía equivocarse.
Cuando podía desear.
Te das la vuelta entre las sábanas y escondes el rostro en la almohada, avergonzada incluso de tus propios pensamientos. Sin embargo, una pequeña sonrisa termina apareciendo en tus labios.
Por primera vez desde que llegaste a Madrid, comprendes que la ciudad está cambiándote.
Y, aunque eso te asusta, también es exactamente lo que llevabas años buscando.
El timbre del piso sonó, y Laura ya sabía quién era, las llaves de su compañero estaban encima de la mesa del comedor y decidió ser un poco cruel; se quedó inmóvil dejando pasar un instante de silencio antes de mover suavemente el pasador y, cuando Jorge empujó, descubrió que la puerta de entrada ya estaba abierta desde dentro.
El distribuidor estaba como siempre, un pasillo estrecho y alargado, un eje de transición entre estancias, con paredes lisas en tonos neutros que estiraban visualmente el espacio y un suelo continuo de acabado mate que amortiguaba los pasos con una discreta sensación de calidez; la iluminación, integrada en el techo, caía en puntos cálidos y regulares que evitaban cualquier sombra dura, de modo que todo quedaba reducido a una funcionalidad limpia, casi sin intención de ser recordada, aunque la geometría del lugar conducía inevitablemente hacia el salón, donde la luz natural del ventanal rompía aquella neutralidad.
En el lateral, una zapatera de roble de diseño moderno ocupaba su lugar, y allí estaba Laura.
Jorge se detuvo un segundo.
-gracias, dijo.
Laura lo miró de inmediato.
-las llaves? –preguntó ella sin dejar de sonreír mentalmente, sabedora en todo momento de donde estaban
Él asintió en silencio mientras cerraba la puerta tras de sí, y ella lo observó con una mezcla de diversión y juicio contenido.
-no me sonó la alarma y me fui a la carrera al trabajo, explicó Jorge, como si el gesto pudiera justificar la ausencia de planificación.
-y si hubiera estado ocupada?, respondió ella, sin apartar la mirada- o en la ducha, añadió.
me habría ido a comer fuera, corrigió él a medias, casi sin pensarlo; -lo siento.
Laura dejó escapar una risa breve.
-pues cocinas tú entonces.
Se rieron juntos, lo justo para aflojar la tensión.
-intentaré que no vuelva a pasar, dijo Jorge, encogiéndose de hombros.
-Solo me metía contigo, respondió ella, ya más suave.
-yo preparo algo –dijo Jorge mientras se encaminaba a la cocina.
La cocina era amplia, moderna, casi excesiva en su orden, un espacio rectangular donde los gabinetes de madera de cerezo en tono caoba, con cristal incrustado, dejaban entrever su interior; la encimera, alicatada en gris perla, devolvía una luz fría pero controlada, mientras el suelo, en mosaico de negros y grises, añadía profundidad, y las paredes blancas perladas multiplicaban la claridad sin estridencias.
Todo estaba alineado con precisión: nevera, lavadora, lavavajillas, estufa de cuatro hornillas, acero inoxidable repitiendo una misma lógica industrial de continuidad.
Laura entró tras él.
Jorge empezó a moverse por la cocina, no tanto cocinando aún como buscando un lugar donde colocar las manos, y en ese movimiento, sin mirarla del todo, dejó caer:
-necesitaba hablar contigo.
-cuéntame, respondió Laura.
-en el despacho están con rumores de reducción de presupuesto, dijo él, y siguió moviéndose como si el gesto le ayudara a sostener el tema.
Hubo un breve silencio, apenas perceptible.
-y bueno, sé que no tendría ni por qué preguntarte…, añadió, dudando, -pero…, por si acaso…, estaba pensando en alquilar también la habitación pequeña.
Laura se acercó y le apoyó una mano en el hombro, con una suavidad que no era insistencia sino sostén.
-Sin problema, es tu casa. Lo que necesites.
-ya sé, respondió él enseguida, -pero al final tú vives aquí –se detuvo un instante- no tienes voto pero sí voz.
Laura levantó la mirada.
-hay candidatos?
-puede..., dijo Jorge, dejando la palabra abierta sin querer cerrarla.
Y entonces el aire cambió apenas.
-Hoy por la mañana me llamó una chica interesada -añadió.
Laura reaccionó con un microgesto, casi imperceptible, pero suficiente para que él lo notara.
Desde aquello, desde aquella otra historia que no terminaba de quedar atrás, ese tipo de frases no eran neutrales.
-estás bien?, preguntó él.
-sí. por qué lo dices?, respondió ella demasiado rápido, bajando la mirada.
Jorge sintió el impulso de extender la mano hacia su rostro, de tocarle la mejilla, pero lo detuvo a medio camino.
-desde hace unos días estás…, rara, tristeira, morriñenta.
Laura tragó saliva.
-yo… te acuerdas de la noche de la inauguración de aquel restaurante mexicano?
-si…, claro, dijo.
Laura retorció las manos, incómoda consigo misma más que con él.
-pues estaba sentada en la terraza y una mujer se acercó; todo empezó bien, se sentó conmigo, empezamos a hablar… pero llevaba un par de copas, empecé a sentir algo que nunca había sentido y… nos besamos, se me hizo raro, pero hasta ahí… todo iba bien.
Jorge la escuchaba sin interrumpir, con una atención contenida.
-ajá, cuéntame más, dijo al fin.
Laura respiró hondo.
-cuando decidí volver a casa… se subió al taxi conmigo y… no me sentía cómoda, no quería.
La frase se rompió al salir, y con ella se rompió también Laura.
Empezó a llorar.
De golpe, sin transición.
-eeeh!, nooo, reaccionó Jorge, acercándose de inmediato mientras buscaba algo en la encimera, cualquier cosa, una servilleta, y se la tendía con torpeza contenida.
Laura hizo el amago de salir de la cocina.
-no no, dijo él, más rápido de lo que pensaba, intentando detenerla sin forzarla.
Pero ella ya se había girado y abandonado la cocina casi a la carrera.
Jorge decidió seguirla y se la encontró en la zona del comedor. Lloraba en silencio mientras la servilleta empezaba a deshacerse entre sus dedos húmedos.
-siéntate -él mismo tomó asiento primero, ocupando una de las sillas libres del juego de comedor. Laura acabó sentándose frente a él, con los hombros hundidos y la mirada perdida en algún punto de la mesa.
Durante un instante, Jorge hizo amago de extender la mano por encima de la madera para sujetar la de ella, pero se contuvo. No de primera mano, pero conocía suficientemente bien lo que podía ocurrir cuando alguien sentía invadido su espacio personal en un momento así.
-ocurrió algo con esa chica?
Mientras formulaba la pregunta, una parte de él ya se temía lo peor. ¿Un robo? ¿Una agresión? ¿Alguna situación que se hubiera complicado más de lo debido?
Laura no respondió de inmediato.
Jorge observó las lágrimas suspendidas de sus pestañas y decidió esperar. Sabía que forzar las palabras solo conseguiría que se encerrara más.
Finalmente, ella habló en un murmullo apenas audible.
-me tocó...
Jorge frunció el ceño.
-¿te tocó? –preguntó mientras negaba ligeramente con la cabeza- no entiendo.
Laura asintió.
Tomó otra servilleta mientras seguía llorando.
Jorge se levantó, fue hasta la cocina y regresó poco después con un vaso de agua que dejó cuidadosamente sobre la mesa.
Laura bebió un pequeño sorbo e intentó controlar la respiración.
-iba con minifalda y...
Jorge se tensó de inmediato.
-¿qué tiene que ver cómo fueras vestida?
Laura bajó aún más la mirada.
-la subió y... me tocó...
La expresión de Jorge atravesó varias emociones en apenas unos segundos: incredulidad, preocupación, rabia. En algún rincón de su mente apareció también el abogado, ordenando hechos y consecuencias, pero aquella no era una conversación para eso.
Todavía no.
-¿hizo algo que tú no querías hacer?
Laura asintió.
Se encogió sobre sí misma, como si intentara ocupar menos espacio.
La impotencia recorrió a Jorge. No sabía exactamente cómo reaccionar, ni qué palabras podían aliviar algo así.
-lo primero, no es tu culpa -Laura levantó la vista hacia él, llena de dudas- no, no me mires así.
Su voz se volvió más firme.
-no eres responsable de los actos de otros.
-pero no dije que parase... me bloqueé...
-eso es más normal de lo que crees -hizo una pausa antes de continuar- no deberías culparte.
-no insistí...
-no tienes que hacerlo. Decir que no siempre tiene que ser suficiente, Laura.
Ella tragó saliva.
-yo... solo quería volver a casa...
-y..., bueno, es donde estás.
Jorge apoyó una mano sobre la mesa, dejándola visible entre ambos.
-lo sé...
Laura se abrazó a sí misma buscando algún tipo de refugio.
El enfado de Jorge empezaba a manifestarse en la rigidez de sus hombros y en la tensión de la mandíbula; sin embargo, cuanto más crecía esa rabia, más serena se volvía su expresión.
-¿recuerdas algo de ella?
-sí... tenía acento mexicano.
-era la inauguración de un restaurante mexicano, así que..., bueno, eso nos descarta a toda la población de Madrid originaria.
La broma era débil, casi automática, pero buscaba aliviar la presión que se había instalado entre ellos.
Laura bajó la cabeza.
Jorge acercó una mano hasta casi rozar el brazo de la doctora.
Se detuvo justo antes de tocarla.
Entonces fue ella quien cerró la distancia.
Laura agarró la mano de su compañero buscando apoyo.
Jorge sintió aquel contacto inesperado y apretó los dedos con suavidad.
-no hay nada de lo que tengas que arrepentirte de verdad. No es culpa tuya -esperó unos segundos para asegurarse de que ella lo escuchaba y continuó- escúchame. Vamos a intentar solucionar esto.
Jorge respiró despacio.
-no te prometo que se pueda, pero vamos a intentarlo -Laura asintió con un ligero gesto casi imperceptible- creo que puedo conocer a alguien que trabaja en ese restaurante.
La mente del abogado empezaba a ordenar piezas.
-a lo mejor puede ayudarnos a saber quién fue y..., bueno, por lo menos exigirle unas disculpas.
Laura permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
-era la hermana de la jefa del restaurante, o eso me dijo.
La expresión de Jorge cambió de inmediato, se volvió dura, fría, casi podría clasificarse como metálica.
-¿has dicho la hermana?
Laura asintió lentamente.
Las manos de Jorge se endurecieron como cemento. Apenas era consciente de que seguía sosteniendo la delicada mano de Laura entre las suyas; solo cuando notó la tensión de sus propios dedos se obligó a relajarse, esperando que ella no hubiera percibido cuánto acababa de alterarle aquella información.
Laura terminó de secarse las lágrimas.
-escúchame bien -la voz de Jorge era ahora extraordinariamente calmada- yo... voy a ayudarte a arreglar esto.
Mientras bebía otro sorbo de agua, Laura levantó la vista hacia él.
-pero necesito que me dejes trabajar –el abogado se corrigió casi al instante- no es que tengas que confiar en mí; necesito que me dejes trabajar.
Laura asintió nuevamente.
-a partir de este momento soy tu representante legal –esa frase hizo que la joven parpadeara- cualquier cosa, la que sea, relacionada con este tema, deberá pasar por mí.
-pero... con el alquiler... no puedo pagar tus honorarios...
-ya solucionaremos ese problema -Jorge hizo un gesto con la mano, quitándole importancia- también podemos actuar de oficio.
Laura dudó.
-y no creo que sea para tanto... quizá lo exageré...
Jorge negó despacio.
-repasemos la historia. Conoces a alguien en una terraza, bebes, te vas a casa y, en el taxi, ella te asalta sexualmente.
Laura asintió y en cuestión de instantes volvió a romperse; las lágrimas, que parecían haber quedado atrás, regresaron con fuerza. Pero esta vez Jorge no se quedó quieto; extendió la mano y le acarició el antebrazo con suavidad.
-no me llores. Lo arreglaremos, ¿vale?
Laura asintió otra vez.
-Gracias, Jorge.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, él esbozó una pequeña sonrisa y le dio un pellizco cariñoso en la punta de la nariz.
-no me lo agradezcas hasta que terminemos.
Laura sonrió también, era una sonrisa pequeña, frágil, todavía empañada por la tristeza, pero al menos ya no estaba completamente sola.