La Perla, sal y Mezcal

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

La llamada que no debía escucharse

Punto de vista: Olivia.

La noche había caído sobre Madrid con una calma espesa, de esas que no apagaban la ciudad, pero sí la volvían más íntima.
Desde el departamento de Olivia, la calle se escuchaba como una respiración lejana: coches pasando con rumor húmedo sobre el asfalto, alguna risa subiendo desde la acera, una moto perdiéndose hacia una avenida más grande, el zumbido bajo de los edificios habitados. La luz de las farolas entraba por las ventanas en franjas amarillentas, tocando los muebles del salón, la mesa baja, las sillas de comedor y una bolsa de tela del restaurante que Olivia había dejado junto a la puerta.
El departamento olía a cena ligera, a jabón de manos, a café de la tarde y a ese perfume tenue de especias que parecía no abandonarla nunca desde que Sabores de México había empezado a funcionar bajo su mando. Había una calma doméstica en el lugar, pero no una paz completa. En la cocina quedaban un plato lavado escurriendo boca abajo, un paño húmedo junto al fregadero y una libreta abierta donde Olivia había escrito números, nombres de proveedores, reservas del fin de semana y una nota breve sobre cambiar el punto de acidez de una salsa.
Olivia estaba en el salón, descalza, sentada de lado sobre el sofá.
Llevaba un pantalón cómodo de lino oscuro y una blusa suelta color crema, con el cabello recogido en una trenza floja que le caía sobre un hombro. Tenía el teléfono en la mano desde hacía varios minutos, mirándolo sin decidirse. La pantalla se apagaba, ella la encendía otra vez, volvía a leer el nombre de Sol García en sus contactos y luego se quedaba quieta, como si llamar fuera admitir algo que todavía podía fingir que no existía.
En el otro extremo del departamento, la puerta de la habitación de Aime estaba entornada.
Aime llevaba un rato ahí dentro. O eso parecía. Había puesto música baja, una canción lenta, casi ambiental, y de vez en cuando se escuchaba el sonido de un cajón abriéndose, una percha moviéndose, el roce de tela. Olivia no sabía si estaba arreglándose para salir o simplemente probándose ropa por costumbre. Tampoco preguntó.
Volvió a mirar el teléfono.
Suspiró.
Marcó.
Sol contestó al tercer tono, con ruido de cafetería al fondo, cucharillas golpeando tazas y una máquina de espresso soltando vapor.
Sol dice con acento español, "Olivia, reina. ¿Sigues viva o ya te tragó la Gran Vía?"
Olivia soltó una risa cansada, agradecida por la naturalidad de su amiga.
Olivia dice con acento sonorense, "Sigo viva, pero apenas. Siento que traigo encima todos los turnos de la semana juntos."
Sol dice con acento español, "Normal. Inauguraste un restaurante, sobreviviste a prensa, proveedores, invitados, familia y seguramente a medio Madrid queriendo opinar de los tacos. Eso no lo cura ni el café."
Olivia se recargó mejor contra el respaldo.
Olivia dice con acento sonorense, "No me hables de café. Hoy tomé como cuatro y siento que ninguno me despertó."
Sol dice con acento español, "Eso es porque lo que tienes no es sueño."
Olivia se quedó callada.
Del otro lado, Sol pareció sonreír sin verla.
Sol dice con acento español, "Ajá. Ese silencio me interesa."
Olivia cerró los ojos un momento y se llevó una mano a la frente.
Olivia dice con acento sonorense, "No empieces."
Sol dice con acento español, "No he empezado. Solo estoy escuchando cómo respiras raro."
Olivia abrió los ojos y miró hacia la ventana. Afuera, una pareja cruzaba la acera despacio, compartiendo un cigarro. Ella los siguió con la mirada sin verlos realmente.
Olivia dice con acento sonorense, más bajo, "No he dejado de pensar en él."
Hubo una pausa al otro lado.
El ruido de la cafetería siguió, pero Sol bajó la voz.
Sol dice con acento español, "En Romero."
Olivia no contestó enseguida.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
En la habitación de Aime, la música seguía sonando. Un cajón dejó de moverse.
Olivia no lo notó.
Sol dice con acento español, "Lo imaginé."
Olivia soltó una risa mínima, sin alegría.
Olivia dice con acento sonorense, "¿Tanto se me notó?"
Sol dice con acento español, "A ti no se te nota cualquier cosa, Olivia. Ese es el problema. Cuando algo se te nota, es porque te movió de verdad."
Olivia bajó la mirada a sus manos. Las tenía entrelazadas sobre las piernas. Recordó los labios de Romero sobre sus yemas, la manera en que le dijo que esas manos transportaban. La frase volvió con una claridad casi física.
Olivia dice con acento sonorense, "No lo he vuelto a ver."
Sol no respondió de inmediato, como si estuviera eligiendo bien las palabras.
Sol dice con acento español, "¿Y quieres verlo?"
Olivia tragó saliva.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
La palabra salió sencilla. Sin defensa. Y por eso mismo la dejó más expuesta.
Olivia se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
Olivia dice con acento sonorense, "Me da coraje decirlo así, porque no tiene sentido. Lo vi una noche. Una noche, Sol. Y ni siquiera fue una noche limpia. Estaba Aime, estaba todo lo que él me dijo, estaba la inauguración, estaba yo con la cabeza partida en mil cosas."
Sol dice con acento español, "A veces una noche basta para dejar una pregunta."
Olivia sonrió apenas.
Olivia dice con acento sonorense, "Ay, no te me pongas poética, por favor."
Sol dice con acento español, "No estoy poética. Estoy siendo práctica. La pregunta es si esa sensación viene de él o de todo lo que pasó alrededor."
Olivia se quedó mirando sus manos.
Olivia dice con acento sonorense, "Viene de él."
Lo dijo con más seguridad de la que esperaba.
En el pasillo, la puerta de Aime se abrió apenas un poco más. La música bajó de volumen hasta quedar como un murmullo casi imperceptible.
Aime apareció en el umbral de su habitación sin hacer ruido. Llevaba una bata de satén sobre el cuerpo y el cabello rojo suelto, recién cepillado. No salió al salón. Se quedó a medio resguardo, en una zona donde la sombra del pasillo la mantenía fuera del campo visual de Olivia.
Olivia seguía de espaldas a ella, con el teléfono pegado a la oreja.
Sol dice con acento español, "Cuéntame."
Olivia respiró hondo.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé. Me miraba como si... como si entendiera algo sin que yo tuviera que explicarlo. No solo el restaurante. No solo la comida. Algo de mí. Y eso me dio miedo."
Sol dice con acento español, "¿Miedo por Aime?"
Olivia se tensó un poco.
Olivia dice con acento sonorense, "También."
Aime no se movió.
Solo bajó los ojos hacia sus propias manos. Tenía las uñas impecables, pintadas en un tono claro. Con el pulgar, acarició despacio el borde de una de ellas, como si revisara una imperfección inexistente.
Olivia dice con acento sonorense, "Aime lo invitó. O algo así. Él dice que no le confirmó nada, que vino porque conocía el lugar y le dio curiosidad verlo cambiado. Pero igual. Ella estaba interesada en él."
Sol dice con acento español, "¿Y él en ella?"
Olivia cerró los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "No."
La respuesta fue demasiado rápida.
Sol no necesitó señalarlo.
Olivia abrió los ojos de nuevo.
Olivia dice con acento sonorense, "Eso es lo que lo complica todo. Que no."
En el pasillo, Aime levantó lentamente la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, "Él fue claro. Brutalmente claro. Me dijo lo que pasó entre ellos, sin adornarlo. Me dijo que no tenía compromiso con ella, que no iba a disculparse por eso, pero que tuviera cuidado. Que Aime no le inspiraba confianza."
Sol dice con acento español, "¿Y tú qué sentiste cuando te dijo eso?"
Olivia se pasó una mano por la nuca.
Olivia dice con acento sonorense, "Me dolió. Me dio pena por Aime. Me dio culpa. Y al mismo tiempo... me dio miedo que tuviera razón."
Aime apretó la mandíbula.
No lo suficiente para hacer ruido. Solo lo necesario para que la línea de su rostro cambiara por un instante.
Sol dice con acento español, "Olivia, cariño, tú conoces a tu hermana mejor que Romero."
Olivia abrió los ojos con cierta tristeza.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé si eso me tranquiliza."
La frase quedó en el aire.
Aime se apartó un poco de la puerta, como si hubiera recibido un golpe muy limpio. No se fue. Solo apoyó la espalda contra la pared del pasillo y respiró despacio, sin permitir que el cuerpo delatara nada.
Sol dice con acento español, "¿Ella sabe que estás pensando en él?"
Olivia soltó una risa amarga.
Olivia dice con acento sonorense, "No. Y no pienso decírselo."
Sol dice con acento español, "Pero vives con ella ahora mismo."
Olivia dice con acento sonorense, "Temporalmente."
Sol dice con acento español, "Temporalmente puede bastar para incendiar una casa si hay cerillos cerca."
Olivia se quedó callada.
Aime miró hacia la sala con los ojos muy quietos.
Olivia dice con acento sonorense, "Por eso no he hecho nada."
Sol dice con acento español, "Pero quieres."
Olivia bajó la cabeza.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
La palabra volvió a salir sin fuerza para negarla.
Olivia dice con acento sonorense, "Tengo ganas de llamar a Stella Hazel."
Sol se quedó en silencio un segundo.
Sol dice con acento español, "¿La cantante?"
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Romero trabaja para ella. Es su guardaespaldas."
Sol dice con acento español, "¿Y tú conoces a Stella?"
Olivia dice con acento sonorense, "No de amistad, pero sí la he visto varias veces en el restaurante cuando todavía venía antes del cambio. Romero venía con ella. Por eso lo reconocí."
Sol dice con acento español, "¿Y qué vas a decirle? Hola, soy Olivia, la chef que inauguró el restaurante. ¿Me pasas el número de tu guardaespaldas porque me besó las manos y ahora no puedo dormir?"
Olivia soltó una risa, tapándose el rostro con una mano.
Olivia dice con acento sonorense, "No seas cruel."
Sol dice con acento español, "No soy cruel. Estoy ensayando para que no hagas una locura sin guion."
Olivia se recostó contra el sofá, más relajada a pesar de todo.
Olivia dice con acento sonorense, "No la voy a llamar así."
Sol dice con acento español, "¿Pero sí has pensado en llamarla?"
Olivia miró hacia el techo.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. He pensado en preguntarle por él. Como quien no quiere la cosa."
Sol dice con acento español, "Olivia."
Olivia dice con acento sonorense, "Ya sé. Suena fatal."
Sol dice con acento español, "Suena humano. Fatal sería que te mintieras diciendo que no te interesa."
Olivia guardó silencio.
Aime, desde el pasillo, se apartó de la pared y caminó sin ruido hacia la pequeña mesa que había junto al mueble de la entrada. Allí estaba el bolso de Olivia, abierto, con algunas cosas del restaurante dentro: llaves, recibos doblados, un labial, una libreta pequeña, tarjetas de presentación que le habían entregado durante la inauguración.
Aime no tocó nada todavía.
Solo miró.
Olivia dice con acento sonorense, "Me siento ridícula."
Sol dice con acento español, "No lo eres."
Olivia dice con acento sonorense, "Sol, estoy dirigiendo un restaurante que apenas empieza conmigo. Tengo mil pendientes. Estoy cansada. Aime está en mi casa. Y yo aquí, pensando en un hombre que se fue diciéndome que no me fiara de mi propia hermana."
Sol dice con acento español, "Eso no te hace ridícula. Te hace una mujer que también siente cosas fuera de la cocina."
Olivia respiró, tocada por la frase.
Sol dice con acento español, "Llevas mucho tiempo viviendo como si todo tuviera que ganarse con cansancio. Tal vez por eso te movió tanto que alguien te mirara con cuidado."
Olivia no respondió.
La garganta se le cerró apenas.
Sol bajó más la voz.
Sol dice con acento español, "¿Te gusta?"
Olivia cerró los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
Aime tomó una tarjeta de presentación del bolso de Olivia, lentamente, solo con dos dedos.
Era de una periodista. La leyó, la volvió a dejar exactamente donde estaba.
Olivia dice con acento sonorense, "Me atrae. Mucho. Y no solo físicamente. O sea, sí, claro que me parece atractivo. Muchísimo. Pero no es solo eso. Es su forma de estar. Como si todo lo viera. Como si no regalara nada. Como si cuando dice algo, aunque suene brusco, no estuviera actuando."
Sol dice con acento español, "Te gustan los hombres peligrosamente honestos."
Olivia sonrió sin abrir los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "Me gustan los hombres que no me hacen sentir tonta por ser intensa."
Sol guardó silencio un momento.
Sol dice con acento español, "Eso sí es serio."
Aime deslizó la mirada hacia la libreta de Olivia. La tapa estaba gastada en una esquina. Tenía una cinta elástica cerrándola. Aime apoyó un dedo sobre ella, pero no la abrió. Miró de nuevo hacia el salón. Olivia seguía dándole la espalda.
Olivia dice con acento sonorense, "Cuando probó los tacos, Sol... no sé cómo explicarte. Se le cambió la cara. Como si algo le hubiera pegado en el pecho. Y yo sentí que todo el trabajo, todas las desveladas, todo ese miedo de no estar haciendo suficiente, valía la pena solo por esa reacción."
Sol dice con acento español, "Entonces no estás pensando solo en Romero. También estás pensando en lo que Romero te devolvió de ti."
Olivia abrió los ojos.
La frase le llegó con demasiada precisión.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
Aime tomó el teléfono de la mesa donde Olivia lo había dejado cargando antes de usar el móvil principal. Era un teléfono viejo, secundario, que Olivia a veces usaba para revisar mensajes del restaurante cuando el otro se descargaba. La pantalla se encendió sin pedir código; solo mostraba notificaciones antiguas y un par de accesos a redes.
Aime lo miró unos segundos.
Luego lo dejó otra vez.
Exactamente igual.
Sol dice con acento español, "¿Y qué vas a hacer?"
Olivia se quedó mirando el reflejo de una lámpara en el cristal de la ventana.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé."
Sol dice con acento español, "Eso no es una respuesta."
Olivia dice con acento sonorense, "Es la única que tengo."
Sol suspiró con cariño.
Sol dice con acento español, "Mira, yo no te voy a decir que lo busques ni que no lo busques. Pero sí te voy a decir algo: no conviertas la culpa por Aime en una cárcel. Si Romero no le prometió nada, si tú no sabías nada y si él se fue precisamente para no hacerte daño, entonces lo que queda no es una traición. Es un conflicto."
Olivia se quedó muy quieta.
Sol dice con acento español, "Y los conflictos se miran. No se entierran."
Olivia dice con acento sonorense, "Tú lo haces sonar muy fácil."
Sol dice con acento español, "No. Fácil sería decirte que lo llames y ya. Yo te estoy diciendo que pienses bien desde dónde lo llamarías."
Olivia bajó la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, "Desde las ganas."
Sol soltó una risa suave.
Sol dice con acento español, "Eso ya lo sabemos."
Olivia también sonrió.
Olivia dice con acento sonorense, "Y desde la curiosidad. Y desde... no sé. Desde una parte de mí que no quiere dejar pasar algo que se sintió bonito solo porque apareció en mal momento."
Aime volvió hacia el pasillo. Antes de entrar a su habitación, se detuvo frente al espejo pequeño de la entrada. Se miró.
El reflejo le devolvió un rostro sereno, hermoso, cuidadosamente vacío.
Desde el salón, Olivia seguía hablando.
Olivia dice con acento sonorense, "No quiero lastimar a Aime."
Sol dice con acento español, "Lo sé."
Olivia dice con acento sonorense, "Pero tampoco quiero vivir tomando decisiones para que ella no se rompa, no se enoje, no se sienta fuera. A veces siento que cualquier cosa buena que me pasa tengo que esconderla para que no le duela."
Aime bajó la mirada.
Sus dedos se cerraron despacio sobre el cinturón de la bata.
Sol dice con acento español, "Eso no es vida para ti. Ni cura nada en ella."
Olivia se llevó una mano al pecho, como si la frase hubiera tocado un lugar incómodo.
Olivia dice con acento sonorense, "Me gustaría hablar con él una vez más. Solo una. Sin gente, sin Aime mirando, sin la inauguración, sin ruido. Para saber si lo que sentí fue real o nomás me agarró vulnerable."
Sol dice con acento español, "Eso sí me parece sensato."
Olivia dice con acento sonorense, "¿Sensato querer llamar a su jefa para encontrarlo?"
Sol dice con acento español, "No tanto."
Olivia rió por lo bajo.
Sol dice con acento español, "Pero puedes esperar. Tal vez él aparezca. Tal vez Stella vuelva al restaurante. Tal vez Madrid haga una de esas coincidencias suyas."
Olivia dice con acento sonorense, "O tal vez no."
Sol dice con acento español, "También."
La respuesta honesta le dolió más que una falsa esperanza.
Olivia miró la pantalla apagada de su teléfono.
Olivia dice con acento sonorense, "No sé si él quiera verme."
Sol dice con acento español, "Por cómo te miró, yo diría que sí. Otra cosa es que se permita hacerlo."
Olivia cerró los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, "Eso es lo que me da vuelta en la cabeza."
Sol dice con acento español, "Entonces no tomes una decisión esta noche. Estás cansada. Es viernes, vienes de una semana brutal, y con cansancio una confunde intuición con urgencia."
Olivia respiró mejor.
Olivia dice con acento sonorense, "Tienes razón."
Sol dice con acento español, "Casi siempre."
Olivia sonrió.
Olivia dice con acento sonorense, "No te emociones."
Sol dice con acento español, "Imposible. Soy insoportable con fundamento."
Olivia se rió de verdad, suave, con el cansancio rompiéndose apenas.
Desde el pasillo, Aime escuchó esa risa.
La risa le molestó más que la confesión.
Porque no era una risa social. No era la risa medida de Olivia frente a invitados. Era una risa confiada, de esas que se entregaban a alguien sin pedir permiso. Aime no se movió durante unos segundos. Luego entró a su habitación y dejó la puerta abierta lo suficiente para seguir oyendo.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias por escucharme."
Sol dice con acento español, "Para eso estoy. Y porque si no me cuentas estas cosas, luego haces tonterías gastronómicas como ponerle demasiada sal a una salsa por frustración emocional."
Olivia dice con acento sonorense, "Jamás."
Sol dice con acento español, "Mentira. El martes pasado esa salsa estaba furiosa."
Olivia volvió a reír.
Olivia dice con acento sonorense, "Era una salsa con carácter."
Sol dice con acento español, "Era una salsa con ganas de mandar un mensaje."
Olivia se hundió un poco más en el sofá, ya menos rígida.
Olivia dice con acento sonorense, "Bueno. No voy a llamar a Stella. No hoy."
Sol dice con acento español, "Eso me gusta más."
Olivia dice con acento sonorense, "Pero si la veo en el restaurante..."
Sol dice con acento español, "Ahí improvisas con dignidad."
Olivia dice con acento sonorense, "No prometo tanta dignidad."
Sol dice con acento español, "Promete al menos no parecer desesperada."
Olivia dice con acento sonorense, "Eso sí puedo."
Sol dice con acento español, "Bien. Y duerme."
Olivia miró hacia el pasillo. No vio a Aime.
Olivia dice con acento sonorense, más baja, "Voy a intentarlo."
Sol dice con acento español, "Y Olivia..."
Olivia dice con acento sonorense, "¿Sí?"
Sol dice con acento español, "No eres mala hermana por sentir algo."
Olivia se quedó callada.
La frase le aflojó algo dentro.
Olivia dice con acento sonorense, casi en un susurro, "Gracias."
Sol dice con acento español, "Buenas noches, chef."
Olivia dice con acento sonorense, "Buenas noches, Sol."
Cortó la llamada.
El departamento quedó de nuevo en silencio, pero ya no era el mismo. Olivia mantuvo el teléfono en la mano durante unos segundos, mirando la pantalla oscura. Después lo dejó sobre el sofá y se cubrió el rostro con ambas manos.
No iba a llamar a Stella Hazel.
No esa noche.
Pero la idea seguía allí, viva, respirando bajo la piel.
En la habitación, Aime estaba sentada frente al tocador. La luz de una lámpara pequeña le iluminaba la mitad del rostro. Sobre la superficie había maquillaje, un frasco de perfume, aretes, una libreta fina y su teléfono. Con movimientos lentos, casi distraídos, abrió una aplicación y buscó las publicaciones recientes de Sabores de México.
Fotos del restaurante.
Fotos de Olivia.
Comentarios sobre la inauguración.
Una historia compartida por Sol donde Olivia aparecía sonriente junto a la barra.
Aime tocó la pantalla con la uña.
La historia pasó.
Otra publicación.
Romero no aparecía claramente en casi ninguna imagen. En una, apenas se veía de espaldas, cerca de una mesa. En otra, su perfil quedaba borroso, pero suficiente para reconocer la línea de su mandíbula y la postura vigilante.
Aime guardó esa imagen.
Después abrió sus mensajes.
El chat de Jorge seguía ahí. También el contacto de Laura, guardado desde aquella servilleta como una pequeña pieza que todavía no había decidido dónde colocar. Aime miró ambos nombres sin escribir nada.
Luego dejó el teléfono sobre el tocador.
Se levantó y salió al pasillo.
Olivia seguía en el sofá, mirando hacia la ventana, perdida en sus propios pensamientos. Aime caminó hasta la cocina y abrió el refrigerador.
Aime dice con acento jalisciense, desde la cocina, "¿Quieres agua?"
Olivia giró la cabeza, sorprendida por la voz.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí, gracias."
Aime sirvió dos vasos. Su mano no tembló. Su rostro no mostró nada. Volvió al salón con una calma suave y le entregó uno a Olivia.
Olivia lo tomó.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias."
Aime se sentó en el sillón individual, cruzando una pierna sobre la otra.
Aime dice con acento jalisciense, "¿Hablabas con Sol?"
Olivia sostuvo el vaso con ambas manos.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí."
Aime asintió despacio.
Aime dice con acento jalisciense, "Se nota que te quiere mucho."
Olivia la miró, intentando leer el tono.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Es buena amiga."
Aime bebió un poco de agua.
Aime dice con acento jalisciense, "Eso es bonito. Tener gente así cerca."
Olivia sintió una pequeña punzada de culpa, aunque no supo bien por qué.
Olivia dice con acento sonorense, "Tú también puedes tenerla."
Aime sonrió apenas.
Aime dice con acento jalisciense, "No todo el mundo entra tan fácil en esos lugares."
Olivia bajó la mirada al vaso.
Olivia dice con acento sonorense, "A veces solo hay que dejarse querer."
Aime la observó.
La frase quedó entre ellas con una ternura peligrosa.
Aime dice con acento jalisciense, "Tal vez."
Olivia bebió agua. Estaba fría, limpia, demasiado simple después de todo lo que acababa de confesar por teléfono.
Aime apoyó su vaso sobre la mesa baja.
Aime dice con acento jalisciense, "Estuve pensando en lo del restaurante."
Olivia levantó la vista.
Olivia dice con acento sonorense, "¿Qué cosa?"
Aime acomodó un mechón rojo detrás de su oreja.
Aime dice con acento jalisciense, "En la pared vacía."
Olivia no respondió de inmediato.
Aime continuó con naturalidad.
Aime dice con acento jalisciense, "No para ahora. No quiero presionarte. Pero creo que podríamos pensarlo bien. Algo que no robe atención. Algo sobrio. Una pieza que dialogue con Guaymas, con el desierto, con tu idea de memoria."
Olivia la observó con cansancio, pero también con interés.
Olivia dice con acento sonorense, "Eso suena mejor que imponer una escultura dos horas antes de inaugurar."
Aime sonrió, aceptando el golpe pequeño.
Aime dice con acento jalisciense, "Estoy aprendiendo."
Olivia suavizó la expresión.
Olivia dice con acento sonorense, "Podemos hablarlo. Con calma."
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, "Me gustaría enseñarte unos bocetos. No ahora. Cuando tú puedas."
Olivia dio otro sorbo de agua.
Olivia dice con acento sonorense, "Está bien."
Aime miró hacia la ventana, como si la conversación hubiera terminado para ella.
Pero sus dedos, apoyados sobre el brazo del sillón, se movían apenas. Una vez. Dos. Tres. Como si llevara una cuenta silenciosa.
Olivia no lo notó.
Aime volvió la mirada hacia ella.
Aime dice con acento jalisciense, "¿Mañana irás temprano al restaurante?"
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Hay reservas fuertes. Y quiero revisar cocina antes del servicio."
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, "Puedo pasar en la tarde. Llevarte los bocetos. O dejarlos ahí para que los veas cuando tengas tiempo."
Olivia dudó.
Aime no insistió. Solo esperó.
Olivia dice con acento sonorense, "Pásate si quieres. Pero no prometo sentarme mucho rato."
Aime sonrió con una suavidad impecable.
Aime dice con acento jalisciense, "No necesito mucho rato."
La frase fue sencilla.
Demasiado sencilla.
Olivia no encontró motivo para desconfiar de ella en ese instante. Estaba cansada, sensible, con la cabeza todavía llena de Romero y la voz de Sol diciéndole que no era mala hermana por sentir algo. Quería creer que Aime estaba intentando acercarse de una manera menos invasiva. Quería creer que la noche anterior, con todo su desorden, no había roto lo poco que estaban empezando a construir.
Aime se levantó con su vaso.
Aime dice con acento jalisciense, "Voy a dormir. Tú deberías hacer lo mismo."
Olivia asintió.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Ahorita voy."
Aime caminó hacia el pasillo. Antes de desaparecer, se detuvo.
Aime dice con acento jalisciense, "Olivia."
Olivia la miró.
Aime sonrió con una dulzura apenas visible.
Aime dice con acento jalisciense, "Me alegra que el restaurante esté funcionando."
Olivia recibió la frase como algo frágil.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias."
Aime entró a su habitación y cerró la puerta.
Esta vez sí.
Dentro, dejó el vaso sobre el tocador y tomó el teléfono de nuevo. Abrió la imagen borrosa donde Romero aparecía en el fondo de la inauguración. Luego abrió la foto de Olivia sonriendo con Sol.
No escribió.
Todavía no.
Solo miró las piezas disponibles, una por una, con la misma concentración con la que antes observaba el lugar exacto donde quería colocar una escultura.
En el salón, Olivia apagó una lámpara y se quedó unos segundos en la penumbra, con el teléfono en la mano.
Pensó en Stella Hazel.
Pensó en Romero.
Pensó en Aime.
Luego dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si con eso pudiera impedirse hacer algo imprudente.
En la habitación cerrada, la pantalla del móvil de Aime iluminó su rostro.
Sus ojos no tenían prisa.
La noche de viernes siguió respirando sobre Madrid, cálida, urbana, llena de ventanas encendidas y secretos pequeños. En el departamento, nada parecía haberse roto. No había gritos, ni lágrimas, ni amenazas. Solo dos hermanas separadas por una puerta, una pensando en un hombre que no había vuelto a ver, la otra ordenando en silencio los caminos por donde podía empezar a moverse.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave

La puerta propia


El Lunes 25 de mayo de 2026 04:51:21 apuntaste lo siguiente:

Punto de vista: Aime

El lunes llegó con una luz apagada sobre Madrid.
No era un día frío, pero el cielo estaba cubierto y la claridad entraba por las ventanas del departamento con un tono gris, tranquilo, casi cansado. La mesa del comedor todavía tenía señales de los días anteriores: una libreta de Olivia abierta por una página llena de pendientes del restaurante, una pluma sin tapa, un recibo doblado, una servilleta de lino que había terminado allí sin que nadie recordara haberla traído, y un pequeño ramo de flores bajas en un vaso ancho.
Olivia estaba en la cocina, descalza, con el cabello recogido de cualquier manera y una camiseta blanca amplia. Preparaba café en silencio. No se movía con la velocidad de los días previos a la inauguración. Su cuerpo parecía haber entendido por fin el cansancio de toda la semana, pero su rostro todavía conservaba algo de la noche de Sabores de México: una alegría agotada, un orgullo discreto, y una sombra que no conseguía quitarse del todo desde que Romero se había ido.
Aime estaba sentada a la mesa.
Llevaba una bata de seda color marfil, el cabello rojo suelto sobre un hombro y el rostro limpio. Tenía una carpeta negra a un lado, el teléfono junto a la taza vacía y varias llaves nuevas dentro de un sobre blanco. No las había escondido. Tampoco las había puesto en el centro. Las había dejado donde Olivia pudiera verlas tarde o temprano.
Olivia sirvió café en dos tazas.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quieres?'
Aime levantó la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí, gracias.'
Olivia dejó la taza frente a ella y se sentó al otro lado de la mesa. Bebió un sorbo largo, cerrando los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, miró el sobre blanco.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Eso qué es?'
Aime no respondió de inmediato. Rodeó la taza con ambas manos, como si el café fuera lo único importante en la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Las llaves.'
Olivia la miró con atención.
Olivia dice con acento sonorense, '¿De qué?'
Aime alzó apenas una ceja, sin dureza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Del departamento.'
La frase quedó entre las dos con una calma incómoda.
Olivia bajó la vista hacia el sobre y luego volvió a mirar a Aime.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Ya te las dieron?'
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Ayer quedó todo cerrado. Hoy pasan a revisar unos detalles finales. Mañana puedo mudarme.'
Olivia se quedó quieta.
La taza seguía entre sus manos, pero ya no bebió. La noticia no llegó como una sorpresa completa; algo en los últimos días le había avisado que Aime estaba tomando distancia. Aun así, escucharlo con fecha exacta le apretó el pecho de una manera que no supo disimular.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Mañana?'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia bajó la mirada al café.
Olivia dice con acento sonorense, 'Pensé que ibas a quedarte más tiempo.'
Aime bebió un sorbo antes de contestar.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quería abusar de tu espacio.'
Olivia levantó la cara de inmediato.
Olivia dice con acento sonorense, 'No estás abusando de nada.'
Aime dejó la taza sobre el plato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso dices ahora.'
Olivia frunció el ceño, herida por la suavidad de la frase.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Por qué me dices eso?'
Aime miró hacia la ventana. La calle se movía abajo con coches, pasos, un repartidor cargando una caja y una mujer mayor caminando con una bolsa de pan. Todo parecía normal. Demasiado normal para lo que estaba haciendo.
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque no quiero que un día sientas que llegué a instalarme en tu vida sin pedir permiso.'
Olivia soltó aire despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo te pedí que vinieras, Aime.'
Aime volvió a ella.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo sé.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Entonces no lo pongas como si yo te estuviera sacando.'
Aime no respondió. Esa pausa hizo más daño que una respuesta directa.
Olivia apretó la taza con las dos manos.
Olivia dice con acento sonorense, más bajo, '¿Es por lo del restaurante?'
Aime ladeó apenas la cabeza.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Por qué tendría que ser por eso?'
Olivia se quedó mirándola.
No quería decir el nombre de Romero. No quería ponerlo en medio de la mesa, junto al café, junto a las llaves, junto a esa distancia nueva. Pero desde la inauguración lo sentía allí, aunque nadie lo mencionara. Romero felicitando a Olivia. Romero mirándola como si la hubiera entendido demasiado rápido. Romero besándole los dedos. Romero yéndose. Aime marchándose sin despedirse.
Olivia dice con acento sonorense, 'Porque desde esa noche estás rara conmigo.'
Aime sonrió apenas, sin alegría.
Aime dice con acento jalisciense, 'Estoy igual.'
Olivia negó despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'No.'
Aime tomó la cucharilla y la movió dentro de la taza. El sonido metálico fue bajo, seco, repetitivo.
Aime dice con acento jalisciense, 'Quizá estás cansada y estás viendo cosas.'
Olivia bajó los ojos.
La frase le entró mal. No como un golpe abierto, sino como una duda puesta dentro de ella. Desde niña había aprendido a preguntarse si estaba exagerando con Aime, si debía tener más paciencia, si la menor cargaba heridas que ella no alcanzaba a entender. Aime era hija de José Fuentes también, pero no había nacido dentro del mismo lugar seguro que Olivia había tenido en la infancia.
Olivia había sido la hija del matrimonio visible.
La hija de la casa reconocida.
La hija que podía decir “papá” sin que nadie bajara la voz.
Aime, en cambio, había nacido en Tequila, Guadalajara, de Rosalinda Montalvo, la mujer que durante años fue mencionada en murmullos, en silencios incómodos, en frases cortadas cuando Olivia entraba a una habitación. Rosalinda había sido la tercera discordia en el matrimonio de José Fuentes y la madre de Olivia. Aime había sido reconocida a medias, aceptada en papeles, en ciertos gestos, en algunas visitas, pero siempre con una frontera alrededor. No completamente afuera. Nunca completamente dentro.
Olivia no tenía la culpa de eso.
Pero lo había sabido siempre.
Y por eso, cada vez que Aime se alejaba, Olivia sentía que volvía a fallarle a una niña que nunca había tenido una mesa entera para ella.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo no quiero que te sientas fuera.'
Aime levantó la vista.
Aime dice con acento jalisciense, 'No me siento fuera.'
Olivia la miró.
Aime sostuvo la mirada con una calma perfecta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Ya compré mi lugar.'
Olivia se quedó callada.
Esa frase sí la alcanzó.
Aime tomó el sobre blanco y sacó una de las llaves. Era brillante, nueva, con una tarjeta pequeña de acceso a la torre. La dejó sobre la mesa, entre ambas.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está en Plaza España. Es alto, luminoso. Tiene buenos ventanales, seguridad, conserjería, ascensores privados. Está casi listo. Solo quiero traer algunas decoraciones de México para que no parezca departamento de catálogo.'
Olivia intentó sonreír.
Olivia dice con acento sonorense, 'Suena bonito.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo es.'
Olivia tocó el borde de la taza con el pulgar.
Olivia dice con acento sonorense, 'Me hubiera gustado verlo contigo.'
Aime volvió a guardar la llave en el sobre.
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedes verlo cuando esté listo.'
Olivia sintió la diferencia.
No era lo mismo ver el lugar cuando ya estuviera terminado, elegido, cerrado, ordenado bajo el gusto de Aime. No era lo mismo acompañarla en el proceso que recibir permiso después. Pero si lo decía, sonaría exigente. Y Aime la miraba con esa serenidad que parecía decirle que cualquier tristeza sería una carga injusta.
Olivia dice con acento sonorense, 'Claro.'
Aime acomodó el sobre junto a su carpeta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Además, con el restaurante estás muy ocupada.'
Olivia levantó la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, 'No tanto como para no acompañarte.'
Aime la miró con suavidad.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quería quitarte tiempo.'
Otra vez.
Olivia bajó la mirada.
Era una frase amable, en apariencia. Justa. Considerada. Pero en la boca de Aime dejaba algo más: la sensación de que Olivia había estado ausente, de que no había visto lo suficiente, de que Aime había tenido que resolver sola porque nadie le hizo espacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'No me quitas tiempo.'
Aime no contestó.
El teléfono de Aime vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó con notificaciones de Instagram. Aime lo tomó, deslizó el dedo y abrió la aplicación. Olivia intentó no mirar, pero estaba demasiado cerca.
Aime seleccionó una foto tomada unos minutos antes: el borde de su taza de café, la carpeta negra de la galería, el sobre blanco con la tarjeta de acceso apenas visible, su mano apoyada junto a la llave. No aparecía su rostro. No aparecía Olivia. No aparecía el departamento.
Escribió una frase.
“Hay lugares donde una aprende que no debe pedir sitio. Solo comprar su propia puerta.”
Olivia alcanzó a leer parte antes de que Aime publicara.
No dijo nada al principio.
Aime subió la historia.
Dejó el teléfono boca arriba, como si la publicación no tuviera peso.
Olivia miró su café.
La frase quedó pegada en ella de inmediato.
No debe pedir sitio.
Comprar su propia puerta.
Era demasiado fácil sentirse aludida. Y precisamente por eso Olivia se obligó a no reaccionar demasiado rápido. No quería darle a Aime una escena. No quería parecer culpable de algo que no sabía cómo nombrar. Pero sintió que el pecho se le apretaba, como si la historia hubiera sido escrita para una sola lectora, aunque pudiera verla cualquiera.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Eso era necesario?'
Aime levantó la mirada del teléfono.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Qué cosa?'
Olivia señaló la pantalla con un movimiento leve.
Olivia dice con acento sonorense, 'La historia.'
Aime miró su propio teléfono como si revisara algo común.
Aime dice con acento jalisciense, 'Solo es una frase.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Una frase que suena a reclamo.'
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'No todo es por ti, Olivia.'
Olivia se quedó callada.
No todo es por ti.
La frase tenía la forma de una defensa razonable, pero le dejó una vergüenza inmediata. Como si hubiera sido egoísta por sentirse aludida. Como si el cansancio, la preocupación y lo ocurrido en el restaurante la hubieran vuelto demasiado sensible.
Olivia apartó la taza.
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije que todo fuera por mí.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Pero lo preguntaste así.'
Olivia respiró hondo.
No quería llorar. No delante de Aime. No por una historia de Instagram. No por una mudanza que, en teoría, era una buena noticia. Su hermana menor había comprado un departamento en Madrid. Eso debía alegrarla. Debía sentirse orgullosa, no triste.
Pero no podía evitarlo.
Era lunes. El fin de semana había terminado. La inauguración había sido un éxito. Romero se había ido dejándole una inquietud que aún no sabía dónde poner. Y ahora Aime estaba frente a ella, con una llave nueva, una puerta propia y una frase pública que sonaba como despedida antes de haber terminado de llegar.
Olivia dice con acento sonorense, muy bajo, 'Siento que estás enojada conmigo.'
Aime se quedó quieta.
No respondió de inmediato.
Luego suavizó el rostro.
Aime dice con acento jalisciense, 'No estoy enojada.'
Olivia la miró.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Segura?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia apretó los labios.
Olivia dice con acento sonorense, 'Desde la inauguración siento que... no sé. Como si hubiera hecho algo.'
Aime inclinó apenas la cabeza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Fue tu noche. No había mucho que yo pudiera hacer ahí.'
Olivia cerró los ojos un instante.
Ahí estaba.
La puerta se abría otra vez hacia lo mismo.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime, yo quería que estuvieras. Me dio gusto verte ahí.'
Aime la miró con una expresión tranquila, casi cansada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo sé. Me lo dijiste.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Pero no me crees.'
Aime bajó la vista hacia sus manos.
Aime dice con acento jalisciense, 'No es eso.'
Olivia esperó.
Aime dejó pasar el silencio.
Luego habló con una voz más suave.
Aime dice con acento jalisciense, 'Es que tú tienes una vida muy completa aquí.'
Olivia no respondió.
Aime continuó, despacio, como si estuviera eligiendo cada palabra con cuidado.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tus amigos. Tu cocina. Tu restaurante. Tu gente. Hasta cuando estás agotada, todo el mundo sabe dónde ponerse alrededor de ti.'
Olivia la miró con los ojos más brillantes.
Aime dice con acento jalisciense, 'Yo todavía estoy viendo dónde no estorbo.'
Olivia se levantó de la silla.
No de golpe. Solo necesitó moverse. Fue hasta la encimera y apoyó ambas manos en el borde. Miró el fregadero vacío, las tazas limpias, la cafetera tibia. Intentó ordenar la frase antes de decirla.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo no quiero que pienses eso.'
Aime dice con acento jalisciense, desde la mesa, 'No es algo que tú puedas decidir por mí.'
Olivia volvió el rostro hacia ella.
La frase era cierta.
Y por eso dolía más.
Olivia dice con acento sonorense, 'No. Pero puedo intentar demostrarte lo contrario.'
Aime la miró.
Aime dice con acento jalisciense, 'No tienes que demostrarme nada.'
Olivia soltó una risa breve, sin alegría.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso suena muy bonito, pero no es verdad.'
Aime no respondió.
Olivia se volvió hacia ella con los ojos húmedos, aunque la voz se mantuvo baja.
Olivia dice con acento sonorense, 'Desde que llegaste siento que cada cosa que hago puede ser una prueba que repruebo sin saberlo.'
Aime la observó.
Esa frase sí tuvo algo de filo inesperado.
Olivia siguió, sin levantar la voz.
Olivia dice con acento sonorense, 'Si te doy espacio, parece que te abandono. Si quiero acercarme, parece que te invado. Si te pregunto, parece que te controlo. Si no te pregunto, parece que no me importas.'
Aime tomó la taza.
Aime dice con acento jalisciense, 'No sabía que mi presencia te resultaba tan complicada.'
Olivia se quedó paralizada un segundo.
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije eso.'
Aime levantó la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sonó a eso.'
Olivia negó con la cabeza, afectada.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime...'
Aime se puso de pie.
La seda de la bata cayó con suavidad sobre su cuerpo. Caminó hasta la encimera, no demasiado cerca de Olivia. La distancia exacta para parecer contenida, no fría.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está bien. Por eso es mejor que tenga mi espacio. Así no tienes que sentir que todo lo haces mal conmigo.'
Olivia se cubrió la boca un segundo con la mano y luego la bajó.
Olivia dice con acento sonorense, 'No quiero que te vayas así.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No me voy mal.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí.'
Aime sostuvo su mirada.
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí te vas mal. Aunque lo digas bonito.'
Aime se quedó callada.
Por un momento, el departamento pareció demasiado pequeño para las dos. En esa cocina estaban todas las versiones anteriores de la misma historia: Olivia intentando reparar lo que nació roto antes de que ella pudiera decidir nada; Aime sosteniendo una herida antigua como si fuera una propiedad; José Fuentes entre las dos, aunque llevara años convertido en nombre incómodo; Rosalinda Montalvo como sombra en las conversaciones familiares; la madre de Olivia como la esposa legítima que jamás dejó de serlo del todo; y Aime, hija reconocida a medias, aprendiendo a entrar a las casas como si tuviera que demostrar que nadie podía echarla.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo sé que no fue fácil para ti.'
Aime apartó la mirada.
Olivia continuó con cuidado.
Olivia dice con acento sonorense, 'Lo de mi papá. Lo de tu mamá. Todo eso.'
Aime volvió a mirarla.
Sus ojos cambiaron.
No fue un estallido. Fue más pequeño. Una dureza inmediata.
Aime dice con acento jalisciense, 'No hables de mi mamá.'
Olivia tragó saliva.
Olivia dice con acento sonorense, 'No lo digo mal.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No importa.'
Olivia asintió despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Está bien.'
Aime mantuvo la mirada fija unos segundos más. Después suavizó el rostro, como si cerrara una puerta interna.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quiero pelear.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo tampoco.'
Aime volvió a la mesa, tomó el sobre de las llaves y lo guardó dentro de la carpeta negra.
Aime dice con acento jalisciense, 'Mañana me mudo. Solo me faltan unas piezas decorativas de México, unas cerámicas, quizá un textil de Jalisco y algo de la hacienda. Lo demás ya está a mi gusto.'
Olivia recibió la información con una tristeza muda.
A mi gusto.
Como si nada de lo que habían compartido en ese departamento pudiera tener ya un lugar.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quieres que te ayude con algo?'
Aime cerró la carpeta.
Aime dice con acento jalisciense, 'No hace falta.'
Olivia asintió.
Olivia dice con acento sonorense, 'Claro.'
Esa palabra volvió a salir pequeña.
Aime la escuchó.
El teléfono de Aime vibró de nuevo. Varias reacciones a la historia. Lo tomó con naturalidad. Abrió la lista.
Olivia la había visto.
Aime no dijo nada.
Olivia vio su propio nombre reflejado en la pantalla durante un segundo. No hizo falta leer más. Entendió que Aime sabía que la había visto. Y que, aun así, no iba a explicar nada.
Olivia tomó su taza y la llevó al fregadero.
Lavó más despacio esta vez. El agua cayó sobre la cerámica con un sonido constante. Su espalda estaba recta, pero los hombros se le veían bajos.
Olivia dice con acento sonorense, sin volverse, 'Tengo que ir al restaurante.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia apagó el grifo.
Se secó las manos.
Luego se quedó quieta un momento antes de hablar.
Olivia dice con acento sonorense, 'De verdad quería que esto funcionara.'
Aime la miró desde la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Y quién dijo que no funciona?'
Olivia se volvió.
Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba.
Olivia dice con acento sonorense, 'Tú. Con todo menos con la boca.'
Aime no respondió.
Olivia tomó aire, como si se arrepintiera de haberlo dicho, pero ya no pudiera recogerlo.
Olivia dice con acento sonorense, 'Perdón. Estoy cansada.'
Aime suavizó la expresión.
Aime dice con acento jalisciense, 'No tienes que disculparte por estar cansada.'
Olivia sonrió con tristeza.
Olivia dice con acento sonorense, 'Contigo nunca sé por qué tengo que disculparme.'
Aime se quedó inmóvil.
Esa frase fue inesperada.
Olivia tomó las llaves del restaurante, el bolso y el móvil. Se acercó a la puerta. Antes de salir, miró a Aime una última vez.
Olivia dice con acento sonorense, 'Avísame si necesitas algo para mañana.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Te aviso.'
Olivia asintió.
Dudó un segundo, luego se acercó y le dio un beso breve en la mejilla. El gesto fue suave, casi triste.
Olivia dice con acento sonorense, 'Cuídate.'
Aime permitió el beso sin moverse demasiado.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tú también.'
Olivia salió.
La puerta se cerró con cuidado.
Aime quedó sola en el departamento.
El silencio que dejó Olivia no fue inmediato. Tardó unos segundos en asentarse. Primero se oyó el ascensor abriéndose al fondo del pasillo. Luego la puerta metálica. Luego nada.
Aime tomó el teléfono.
La historia seguía recibiendo reacciones.
Abrió la lista de vistas.
El nombre de Olivia estaba allí.
Aime lo miró unos segundos.
Después bloqueó la pantalla.
No sonrió de manera evidente. Solo respiró hondo, tomó la taza de café ya fría y bebió un último sorbo. Hizo una pequeña mueca por el sabor amargo.
Caminó hacia la ventana y miró Madrid.
En algún punto, la Torre Plaza España la esperaba con sus ventanales altos, su seguridad, sus ascensores limpios, sus paredes nuevas y su silencio todavía sin historia. Un departamento a su gusto. Una puerta que no tendría que compartir. Un lugar donde Olivia tendría que pedir permiso para entrar.
Aime apoyó dos dedos sobre el cristal.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Mañana.'
La palabra quedó en el aire.
No como despedida.
Como inicio.
Indira
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Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave

el precio de la manipulación

Punto de vista:Aime.

Club Slainte.
Tras buscarla durante unos instantes entre la multitud que abarrotaba el local, Jorge localizó por fin a Aime. El ambiente del club nocturno era un hervidero de murmullos, risas ahogadas y el constante deambular de los clientes que se movían por la planta principal. El DJ jugaba con las luces y hacía sonar música actual a todo volumen, envolviendo el espacio en una atmósfera cargada y sofisticada.
Aime permanecía de pie junto a la barra, con una sutil sonrisa dibujada en los labios. Jorge se acercó a ella con paso firme y decidido; su porte pulcro de abogado destacaba entre la clientela ociosa. De su mano derecha colgaba un maletín rígido y, bajo el brazo izquierdo, presionaba con celo una carpeta de cuero.
Al sentir su presencia, la mujer giró la cabeza para mirarlo. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja sin perder la sonrisa, saludándolo con ese deje suave y melódico, inconfundiblemente jalisciense:
—Hola, Abogado.
—Buenas noches, escultora —respondió Jorge, midiendo cada palabra—. No esperaba que me dejaran pasar a un sitio tan... refinado.
—Para que veas —replicó ella, encogiéndose de hombros con una confianza natural.
—¿Nos sentamos? —sugirió Aime, señalando con la mirada los taburetes altos de la barra principal, donde un par de bartenders despachaban copas a ritmo frenético.
Ambos tomaron asiento en dos de los banquetas libres, justo cuando varias parejas se desplazaban hacia la pista para perderse en el baile. Jorge, manteniendo un semblante imperturbable, pidió un vodka blanco y sin hielo. Aime, por su parte, solicitó un tequila al barman.
—Eres una chica difícil de encontrar en persona —comentó el abogado, clavando sus ojos en ella—. Parece que has estado atareada.
—Muchos pendientes de la galería y de mi hacienda —explicó ella, arrastrando las vocales con el orgullo propio de su tierra—. Estamos por sacar una nueva edición de tequila.
—Ah, es verdad... ¿Cómo era? La Rosa, en Tequila, Jalisco, ¿verdad?
Aime lo miró fijamente, permitiendo que un leve destello de sorpresa rompiera la calma de sus facciones. El murmullo del local aumentó cuando un grupo de personas se dirigió al fondo para jugar al billar. Ella se inclinó sutilmente hacia él, invadiendo su espacio personal con calculada parsimonia.
—Así es. La Rosa es mi hacienda —asintió, bajando el tono de voz a un murmullo—. No recuerdo haberte dicho el nombre... ¿Me investigaste, abogado?
—Y no lo hiciste —admitió Jorge con frialdad, mientras colocaba la carpeta de cuero sobre la madera de la barra—. En realidad... he tenido que buscarte. He tenido que hacerlo, pero los motivos no son los que piensas.
Aime alargó la mano y, con una lentitud casi felina, le rozó el cuello con la yema de los dedos. Jorge sintió un pequeño calambrazo eléctrico recorrerle la espina dorsal, pero recuperó la compostura de inmediato, congelando su expresión. Ella alejó la mano para tomar su copa de tequila, dio un trago corto y sonrió con total tranquilidad.
—Bien, entonces ¿cuáles son los motivos?
—En realidad, nada me gustaría más que esta copa fuese el inicio de una noche loca —confesó Jorge con una leve mueca—, pero dudo que eso vaya a pasar.
El abogado abrió la carpeta. Aime desvió la mirada hacia los documentos antes de volver a clavar sus ojos en él.
—Lo cierto es que te he tenido que buscar porque represento a una persona —continuó él—. Y el tema es... delicado.
—¿A qué persona? —cuestionó ella, endureciendo un poco el gesto mientras los camareros esquivaban clientes para atender las mesas contiguas.
—De momento, la identidad de mi cliente va a permanecer oculta. Pero lo sabrás, seguramente en poco tiempo. Antes... quiero dejar claro que ella no sabe lo que yo sé de ti.
Aime soltó una risa seca, cruzándose de brazos.
—A ver, abogado. ¿Me estás acusando de algo y no quieres decirme quién me acusa?
—Ella no sabe quién eres, ni el peso y la fuerza que puedes tener —insistió Jorge, ignorando la interrupción mientras ella intentaba hacer memoria de las pocas personas que había conocido desde su llegada a Madrid—. Aún no te he acusado de nada. ¿Crees que hay algo de lo que podría acusarte?
Aime dio otro trago a su copa, asimilando las palabras. Negó con la cabeza con una parsimonia absoluta, manteniendo la calma.
—La verdad es que no.
—Vale, yo te voy a exponer una serie de hechos —dijo Jorge, adoptando un tono estrictamente profesional—. Y después... intentaré llegar contigo a un tipo de acuerdo. No me interesa mancharte, ni que ella salga perjudicada. Ambos sabemos, repito, la fuerza que tienes y, teniendo en cuenta de dónde vienes y tus negocios... la presión que puedes ejercer sobre alguien que no está preparado para jugar a tu juego.
Aime se encogió de hombros, restándole importancia con un gesto displicente.
—El domingo, al salir del restaurante de tu hermana... ¿pasó algo? —soltó el abogado a bocajarro.
—¿Estás insinuando que uso mi poder para amedrentar a alguien en especial, abogado?
—Estoy insinuando que eres muy buena usando tu poder —replicó él sin parpadear—. Solo una persona con mucha capacidad sería capaz de controlar un negocio en México como lo haces tú.
Aime guardó silencio un instante. El recuerdo de aquella noche cruzó por su mente y dejó escapar un suspiro contenido. Sin embargo, enderezó la espalda y lo miró con una seriedad imponente, decidida a no dejarse intimidar en mitad de aquel bar.
—Eso es administración y estrategia empresarial —respondió con firmeza jalisciense—. Pero ya entiendo a quién te refieres, abogado. Si su representada me acusa de algo en concreto, espero pruebas. De lo contrario, déjeme decirle que no tengo un interés especial en ella.
La expresión de Jorge se volvió de piedra; su semblante mostraba una concentración digna de las negociaciones más encarnizadas en los tribunales.
—Tengo, por ahora, el testimonio del taxista, y el de la joven que dice que se negó a esa relación. Aime, no queremos destruirte, ni dañar tu reputación en Madrid. Además, ambos sabemos que tienes al número suficiente de abogados para hacer más daño del que ella merece. Pero un escándalo como este... arruinaría tus negociaciones con las galerías de España. Ella no estaba en condiciones de aceptar, y tú lo sabes.
—¿Se negó? —interrumpió Aime, asintiendo con una frialdad cortante antes de beber de nuevo—. Bueno, si ella por sus prejuicios quiere decir que se negó, está bien.
—¿Te quieres arriesgar al juicio mediático? —presionó Jorge, inclinándose hacia delante—. «Joven escultora mexicana que inicia su carrera en España es acusada de acoso sexual». No suena bien.
Aime plantó la copa sobre la barra y lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Hábleme claro, abogado. ¿Qué quiere?
—Una disculpa. Y que la ayudes a costearse un psicólogo que le haga entender que ella no hizo nada malo.
—¿A pesar del trauma, quiere verme? —soltó ella con ironía—. No suena muy lógico eso, pero está bien.
—No he dicho eso —corrigió Jorge—. No sé si quiere verte; sinceramente, ¿ahora mismo? Lo dudo, y mucho. Pero hay otras formas de disculparse —el abogado la sostuvo con una mirada intensa—. ¿O acaso tú quieres verla?
—No tengo interés en ella —negó Aime de inmediato.
—¿Entonces? ¿Por qué la usaste?
Aime soltó una risa baja, cargada de incredulidad.
—¿Yo la usé?
—No intentarás tergiversar la historia diciendo que ella te usó a ti, ¿verdad?
—A ver, ella me coqueteó. Ella quería experimentar —replicó ella, defendiendo su posición con vehemencia.
—Ella estaba alcoholizada —sentenció Jorge—. Venga, ambos sabemos que lo puedes hacer mejor.
—¿Decirme que quería besarme es usarla?
—Continuar cuando ella te pidió que parases en el taxi, sí lo es.
—Yo no tengo la culpa de que sea una chica llena de prejuicios y reprimida —soltó Aime, sosteniéndole la mirada con frialdad.
El rostro de Jorge no mostró ni un ápice de afectación; parecía una estatua tallada en mármol, ajena al estrépito de la música que el DJ cambiaba en ese instante.
—Aime, aquí las cosas funcionan distinto —explicó con paciencia quirúrgica—. No siempre es no. Y solo sí es sí.
—Es su palabra contra la mía —zanjó ella, desviando la mirada—. Si quiere terapia, la tendrá.
—¿Anduviste de llamadas sin consentimiento? —murmuró Jorge, bajando aún más la voz—. Aime, eres buena, pero yo tampoco soy tonto. ¿Y las disculpas? Sea o no cierto, si ella se sintió violentada... creo que es algo que podrías hacer. No creo que la magnífica Aime sea menos por pedir disculpas.
—Si quiere que le mienta para que lo supere, está bien —cedió ella con desdén—, pero yo sé que no hice nada que ella no quisiera. No espere que me arrepienta, abogado.
Jorge guardó silencio y ojeó unos papeles dentro de la carpeta. La densidad del club parecía ajena a la tensión que se respiraba en esa esquina de la barra.
—¿Me disculpas un segundo? —pidió él.
Sacó su teléfono y marcó un número. Aime asintió con el rostro completamente inexpresivo, observándolo mientras el abogado hablaba con alguien al otro lado de la línea.
—Estoy con ella —dijo Jorge al auricular—. Está de acuerdo en la segunda parte pero... no en la primera... No estoy seguro... Sí, eso está claro, ya se lo dije... Pero bueno, su opinión es la misma. La decisión final es tuya... La que sospechábamos... Vale, lo intentaré... Te llamo después.
Jorge colgó y guardó el dispositivo.
—¿Y bien? —quiso saber ella.
—Vale. Dado que no estás dispuesta a ofrecer una disculpa, que es lo que realmente mi clienta más quería... creo que podrías ayudarla un poco con su carrera profesional. Es doctora, futura forense. Estoy segurísimo de que tienes ciertos contactos que la pueden ayudar, y eso para ti no es nada.
Aime dejó escapar una mueca de desprecio, asimilando la propuesta.
—¿Sabe lo que pienso, abogado? Que ella lo único que quiere es mi dinero. Me mandaron a investigar, saben que tengo dinero y ahora vienen con este cuento del trauma. Pero tenga cuidado, porque si de escándalos hablamos, no creo que la familia de su clienta quiera enterarse que ella estuvo esa noche sola en el restaurante de mi hermana. Por lo que se ve, su clienta viene de una familia conservadora. Y tengo contactos del medio, pero no en España. No creo que quiera irse a México.
Aime rió con amargura. Jorge se aproximó un poco más para evitar elevar la voz, invadiendo el espacio justo para que sus palabras sonaran como una advertencia privada.
—Esa excusa es malísima y lo sabes. Esos contactos tienen contactos. Y tú tienes la capacidad suficiente para... hacer que las cosas se muevan. Y a ti no creo que te interese que se filtren a la prensa ciertas fotos íntimas.
—Si las filtras, puedo demandarte, abogado, y vas a perder —amenazó ella, clavándole los ojos.
—¿En serio crees que vas a ganar más de lo que puedes perder? Eres lo suficientemente inteligente para saber qué puede significar para ti un escándalo así.
—Sí, lo sé —asintió Aime con orgullo—. Pero al final quien acabará peor es tu clienta. Una futura doctora forense en este escándalo...
—Tal vez, pero ella no tiene una reputación de escultora que mantener. Tú te mueves en los círculos sociales. ¿Ella? Lo más social que ha tenido es esa inauguración. Sí, a ella puedes estropearle el futuro; tú te estropearás el presente. Y creo que andabas buscando entrar en una galería de arte, ¿no? ¿Crees que te lo van a permitir?
—Ay, abogado —suspiró Aime, recostándose en el taburete—. La gente hablará de mí, sí. Pero yo también puedo defenderme. Tengo millones de seguidores en redes, ¿crees que no me van a apoyar? Y cuando el escándalo pase y otro se ponga de moda, volveré a empezar. Tú sabes cómo son las redes sociales y la sociedad en general. Vuelvo y digo: tu clienta va a quedar peor.
—¿Te compensa? —inquirió Jorge, mirándola con fijeza—. Es tirar una moneda al aire. Esas redes podrían abandonarte. Perderías tu imagen, tu reputación, contratos de importación de tequila... ¿Todo por no ayudarla? ¿Todo por no hacer algo de lo que nadie se va a enterar?
—Es tirar una moneda al aire, abogado —repitió ella, midiendo el riesgo—. No me he negado. Solo que sus formas son poco éticas, si a esas vamos.
Jorge dio un largo trago a su copa de vodka, saboreando el final de la negociación.
—Lo ha puesto en manos de un abogado, no te ha ido a gritar a la puerta de tu casa. Lo estamos negociando aquí, solos, sin prensa, sin cámaras... sin testigos. Si quisiera destruirte, si quisiera hacerte daño de verdad, habríamos ido por la vía dura. No lo ha hecho.
Aime guardó silencio, sopesando el panorama. La música del DJ cambió de ritmo una vez más, marcando el final de la tregua.
—¿Dónde quiere que firme mi compromiso de ayuda a su clienta? —preguntó finalmente, con el tono cortante—. Acabemos con esto de una vez.
—Te enviaré los papeles mañana por correo electrónico —respondió Jorge, cerrando la carpeta de cuero—. Los firmas, me los devuelves, y aquí se termina esta historia.
—De acuerdo.
Aime asintió, dejó la copa vacía sobre la barra y se levantó del taburete. Sacó su tarjeta de crédito y se la extendió al barman para liquidar la cuenta. Cuando el empleado se la devolvió, la guardó en el bolso y se giró para marcharse.
—Y Aime —la llamó Jorge, obligándola a detenerse. Él también se puso en pie, acomodándose la chaqueta—. Ten cuidado. Y no es una amenaza, no es mi estilo.
—Tendré más cuidado de no cruzarme con oportunistas como ustedes —replicó ella con una sonrisa gélida.
—Creo que ha habido gente que se ha aprovechado más de ti —concluyó el abogado, mirándola alejarse—. Más que ayudar a una chica a superar un trauma de una mala noche.
Aime le dedicó una última mirada cargada de desinterés y, dándole la espalda, se perdió entre la multitud en dirección a la salida del local.
Indira
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Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave.

La aprovación de Latifa ttrae un reencuentro.

Punto de vista:Aime.

El viernes por la tarde, Madrid se veía limpia desde la altura.
La luz entraba por los ventanales del departamento de Aime con un tono dorado, más suave que el del mediodía, y caía sobre el piso claro, sobre las paredes nuevas, sobre la mesa de centro todavía sin demasiados objetos y sobre las cajas abiertas que seguían esperando ser vaciadas. La Torre Plaza España tenía ese silencio caro de los edificios recién ocupados: pasillos alfombrados, ascensores suaves, puertas pesadas, vecinos que no se oían, cristales gruesos que separaban el ruido de la ciudad sin borrarlo del todo.
Desde allí arriba, Madrid parecía más manejable.
Aime estaba de pie junto al ventanal, descalza, con una copa baja de tequila en la mano. No bebía todavía. Solo sostenía el vaso y observaba cómo el líquido ámbar atrapaba la luz de la tarde.
El departamento ya era suyo.
No completamente. Todavía faltaban piezas. Las paredes necesitaban algo de México, pero no cualquier cosa. Nada comprado en tiendas de decoración para turistas. Aime quería una cerámica de Tonalá colocada en el lugar exacto, un textil sobrio de Jalisco sobre el respaldo de una butaca, una pieza pequeña de cantera volcánica cerca de la entrada y quizá una fotografía en blanco y negro de la hacienda, pero sin trabajadores, sin sonrisas, sin postal. Quería que el lugar hablara de origen sin parecer museo familiar.
En la sala había un sofá color marfil, una mesa de centro de mármol claro, dos sillones bajos en tono arena y una lámpara de pie con pantalla de lino. Todo era nuevo, contenido, elegante. Aime ya había movido tres veces una mesa auxiliar porque no soportaba que el ángulo interrumpiera la línea visual hacia la ventana. Sobre la barra de la cocina descansaban documentos de la hacienda, una libreta negra, el ordenador abierto y un pequeño sobre con tarjetas de contactos obtenidos en Madrid.
El departamento olía a madera nueva, perfume, café frío y al tequila que acababa de servirse.
También olía a distancia.
Esa distancia la tranquilizaba.
No estaba en casa de Olivia. No había notas pegadas a la cafetera. No había tazas ajenas. No había flores bajas del restaurante ni esa presencia afectiva de su hermana ocupando hasta los silencios. Allí, si alguien entraba, era porque Aime lo permitía. Si alguien se sentaba, era porque ella lo señalaba. Si alguien miraba alrededor, veía el mundo ordenado a su gusto.
Tomó un sorbo de tequila.
La nota de agave cocido le llenó la boca primero. Después vino la madera, algo de vainilla seca, un golpe leve de pimienta y ese fondo mineral que le recordaba la tierra de Jalisco en los días de calor. Aime cerró los ojos un segundo, no por nostalgia sino por reconocimiento. Aquello sí le pertenecía. No como una emoción heredada a medias, sino como una propiedad que podía tocarse, facturarse, exportarse, defenderse.
El teléfono estaba sobre la mesa de centro.
No vibraba.
Aime lo miró desde lejos.
Había decidido no revisar mensajes cada cinco minutos. No esa tarde. El viernes era de Latifa. O debía serlo.
Había enviado todo lo que la directora de Jannah al-Fan le había pedido: dossier actualizado, fotografías profesionales de las siete piezas, fichas técnicas completas, precios revisados, currículum artístico sin adornos, statement de una página, propuesta de transporte especializado para “Agave bajo la lengua del fuego”, condiciones de conservación, embalaje, seguro, tiempos estimados de traslado desde Guadalajara y revisión física de la obra en Madrid.
Lo había hecho bien.
No perfecto.
Bien.
Y eso, viniendo de Latifa Mubarak, tendría que bastar hasta que llegara la respuesta.
Aime dejó la copa sobre la mesa y caminó hacia el ordenador. Llevaba un pantalón amplio negro, una blusa de seda color hueso y el cabello rojo recogido en una coleta baja. No estaba arreglada para salir, pero tampoco estaba informal. En su mundo, incluso esperar una respuesta por correo tenía una estética.
Abrió el PDF del dossier por quinta vez esa tarde.
Pasó las páginas.
“Agave bajo la lengua del fuego” aparecía con una fotografía limpia, fondo neutro y luz lateral. La piedra volcánica negra se veía porosa, densa, sin necesidad de ser explicada. El bronce patinado abría sus formas en verdes oscuros y azul petróleo. El vidrio ámbar del centro retenía una claridad cálida, casi líquida, atravesada por vetas rojizas. El cobre pulido marcaba los bordes con precisión. La resina color caramelo en las grietas ya no parecía decorativa; parecía parte del lenguaje de la pieza.
Aime acercó los dedos a la pantalla sin tocarla.
Latifa había dicho que esa obra podía funcionar.
Ese “podía” todavía le molestaba.
El teléfono vibró.
Aime no se movió de inmediato.
Miró la pantalla desde donde estaba.
Correo nuevo.
Remitente: Latifa Mubarak.
La sala quedó demasiado quieta.
Aime cerró el PDF.
Tomó el teléfono.
No abrió el correo todavía. Fue hasta la ventana, recuperó la copa de tequila, bebió un sorbo pequeño y dejó que el calor bajara antes de desbloquear la pantalla.
Entonces abrió el mensaje.
“Señorita Fuentes Montalbo:
He revisado el dossier junto con mi equipo curatorial. El material enviado cumple con los requisitos iniciales de evaluación y muestra una evolución clara respecto a la primera presentación.
La obra Agave bajo la lengua del fuego ha sido aprobada para avanzar a revisión física y posible incorporación en la presentación privada de Jannah al-Fan programada para finales de junio.
Necesitaremos coordinar recepción, seguro, transporte, montaje y documentación de autenticidad. También solicitaremos una reunión presencial la próxima semana para revisar discurso curatorial, condiciones de venta y alcance de representación temporal.
Su statement funciona mejor en esta versión. La obra gana fuerza cuando no intenta imponerse mediante dramatismo verbal. Mantenga esa línea.
Mi asistente le enviará opciones de horario.
Atentamente,
Latifa Mubarak.”
Aime leyó el correo sin respirar del todo.
Luego lo leyó otra vez.
Y una tercera.
Aprobada.
La palabra estaba ahí.
No “considerada”.
No “en revisión”.
No “interesante”.
Aprobada para avanzar.
Aime bajó lentamente el teléfono.
La ciudad seguía abajo, indiferente. Coches, peatones, fachadas, semáforos, autobuses moviéndose alrededor de Plaza España. Nadie en la calle sabía que algo acababa de acomodarse en su vida con un clic silencioso. Nadie escuchaba el pulso que le había subido al cuello. Nadie veía cómo sus dedos se cerraban un poco más alrededor del vaso.
Aime dejó escapar una respiración breve.
No fue una risa.
Tampoco un suspiro.
Fue algo más contenido.
Una descarga limpia.
Caminó hacia el espejo grande del recibidor. Se miró.
La luz de la tarde le tocaba la cara de lado. Los ojos miel tenían un brillo más duro, más despierto. La boca estaba quieta, sin sonrisa completa. Una parte de ella quería verse celebrando. Otra parte no quería concederle a nadie, ni siquiera al espejo, el espectáculo de la emoción.
Aime dice con acento jalisciense, muy bajo, 'Aprobada.'
La palabra sonó mejor en su voz.
Se acercó al ordenador y abrió el correo en pantalla grande. Lo copió en una carpeta. Guardó una captura. Después hizo otra captura solo del párrafo donde aparecía el nombre de la obra y la aprobación. No la subió. No todavía. Las noticias importantes no siempre debían salir completas. A veces convenía dosificarlas.
Abrió Instagram.
Luego lo cerró.
No.
Primero había que elegir qué versión de Aime iba a recibir esa noticia.
La artista seria.
La heredera sofisticada.
La recién llegada a Madrid que empezaba a abrirse paso sin pedir permiso.
Todas servían.
Ninguna debía parecer demasiado desesperada.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez no era Latifa.
Era la asistente de la galería.
“Estimada señorita Fuentes Montalbo, por indicación de la señora Mubarak, le comparto disponibilidad para reunión presencial la próxima semana...”
Aime abrió el mensaje.
Martes a las once.
Miércoles a las cinco.
Jueves a las doce treinta.
Aime eligió martes.
No quería esperar.
Respondió con brevedad profesional.
Aime: “Martes a las 11:00 me resulta conveniente. Confirmo asistencia. Saludos, Aime Fuentes Montalbo.”
Envió.
Luego dejó el teléfono en la mesa.
Por primera vez en toda la tarde, sonrió.
La sonrisa no duró demasiado.
No porque la alegría se fuera.
Sino porque otra sensación entró detrás.
El club.
Jorge.
La negociación.
La forma en que la noche había cambiado de textura cuando él dejó de ser un hombre deseoso y se convirtió en abogado. La manera en que había puesto sobre la mesa palabras como compensación, terapia, acuerdo, privacidad, imágenes, escándalo. La forma en que había usado lo ocurrido con Laura como una cuerda alrededor de su cuello justo cuando Aime empezaba a entrar en el circuito de Latifa.
Aime tomó la copa, pero no bebió.
La sostuvo con fuerza.
Laura.
La chica de ojos verdes, la de Navarra, la que en el taxi había temblado con deseo y confusión. Aime no quería pensarla como víctima. No le nacía. En su recuerdo, Laura se había acercado, había dado su número, había besado, había permitido, había respondido. Aime seguía convencida de que la joven había querido cruzar ese límite aunque después no supiera qué hacer con lo que sintió.
Pero el problema no era lo que Aime creyera.
El problema era lo que podía contarse.
Lo que podía escribirse.
Lo que podía filtrarse.
Lo que podía llegar a Latifa convertido en ruido.
Eso era lo intolerable.
Aime dejó la copa sobre la mesa con un golpe más seco de lo necesario.
No había cedido por culpa.
Había cedido por control de daños.
El acuerdo económico se firmaría. La ayuda psicológica se cubriría. Los términos quedarían por escrito. Jorge y Laura tendrían lo que pidieron. Y después, para Aime, dejarían de existir.
No merecían más espacio.
No en su teléfono.
No en su cabeza.
No en Madrid.
Aime pensó en contratar Seguridad personal.
Hasta hacía poco, le habría parecido excesivo. Propio de alguien con miedo o de alguien demasiado importante. Ahora le parecía práctico. Madrid era una ciudad elegante, pero también estaba llena de gente que podía acercarse con una sonrisa, una copa, una fragilidad bonita o una amenaza bien vestida. Aime había confiado demasiado en su capacidad de leer a todos.
No volvería a hacerlo.
Primero Latifa.
Luego seguridad.
Después el resto.
El orden importaba.
Aime volvió al ventanal.
La tarde comenzaba a inclinarse hacia la noche. El cielo tenía franjas de azul pálido y naranja suave. Las ventanas de otros edificios empezaban a encenderse. El tráfico bajaba por las avenidas como una corriente constante de luces rojas y blancas.
El departamento estaba limpio, demasiado nuevo todavía.
Eso le gustaba.
No había recuerdos ajenos.
No había voces familiares pegadas a los muebles.
No había olor a comida de Olivia ni rastros de conversaciones que empezaran con cariño y terminaran en culpa. Allí no era hija reconocida a medias, ni media hermana, ni invitada temporal, ni la presencia incómoda nacida de Rosalinda Montalvo y José Fuentes. Allí era la dueña. La artista que acababa de recibir aprobación de Jannah al-Fan. La mujer que podía decidir quién entraba, quién esperaba y quién se quedaba fuera.
Tomó una fotografía de la mesa.
No del correo completo.
Solo un fragmento: el borde del ordenador abierto, una esquina del dossier impreso con su nombre, la copa de tequila a un lado y el reflejo de la ciudad en el cristal. En la pantalla, desenfocado pero legible para quien mirara con atención, se alcanzaban a distinguir las palabras “Jannah al-Fan” y “Agave bajo la lengua del fuego”.
Escribió una historia.
“Hay puertas que no se piden. Se trabajan.”
La miró.
Demasiado directa.
La borró.
Escribió otra.
“Materia, espera y fuego. Madrid empieza a escuchar.”
Mejor.
No mencionaba aprobación. No daba detalles. Dejaba suficiente espacio para que preguntaran.
La subió.
Las reacciones comenzaron en menos de un minuto.
Corazones.
Fuego.
“¿Ya hay noticia?”
“Necesito saber más.”
“Esa obra es brutal.”
Aime observó las notificaciones acumularse. No respondió a ninguna. Las dejó subir como una temperatura.
Luego abrió el chat de Olivia.
No había mensajes nuevos.
Aime pudo escribirle.
Pudo decirle: “Latifa aprobó la obra.”
Pudo recibir un “estoy orgullosa de ti” o un audio emocionado desde Sabores de México. Pudo permitir que Olivia entrara en la noticia antes que el resto.
No lo hizo.
Dejó que Olivia lo viera como los demás.
Desde una historia.
Desde fuera.
Unos minutos después, apareció la visualización.
Olivia Fuentes Guerra ha visto tu historia.
Aime se quedó mirando el nombre.
Esperó.
No llegó mensaje.
Aime dejó el teléfono sobre la mesa, boca arriba.
Esta vez sí bebió el tequila.
El sabor fue más fuerte que antes.
A las siete y diez, el correo de la asistente de Latifa quedó confirmado.
Reunión el martes a las once.
Jannah al-Fan.
Aime anotó la cita en su calendario. Después abrió una carpeta nueva en el ordenador.
“Jannah — Presentación privada.”
Dentro creó subcarpetas.
“Transporte.”
“Certificado autenticidad.”
“Seguro.”
“Statement oral.”
“Vestuario reunión.”
La última carpeta la hizo sonreír apenas.
El vestuario también era información.
Para Latifa no podía parecer una mujer intentando seducir a la galería. Tampoco una heredera jugando a artista. Tenía que parecer lo que Latifa empezaba a reconocer: una escultora capaz de corregir, sostener y negociar sin perder fuerza.
Aime abrió un documento y escribió ideas para la reunión.
Leyó la última línea.
Latifa había hablado de cincuenta por ciento de comisión.
La galería podía pedirlo.
Aime podía aceptarlo.
Pero no sin entender exactamente qué recibía a cambio: coleccionistas, montaje, prensa, reputación, circulación, venta. No iba a entregar margen solo por agradecimiento. Eso sería propio de alguien demasiado ansiosa por entrar. Ella quería entrar, sí. Pero no arrastrándose.
El teléfono vibró.
Esta vez era Olivia.
“¿Lo de la historia es por la galería?”
Aime miró el mensaje.
No respondió de inmediato.
Dejó pasar un minuto.
Luego otro.
Finalmente escribió:
Aime: “Sí.”
Olivia respondió rápido.
Olivia: “¿Buenas noticias?”
Aime miró la pantalla.
Podía castigarla con silencio.
Podía decirle que no era momento.
Podía hacerla preguntar más.
Pero la noticia era demasiado buena como para no mostrarla con una elegancia controlada.
Aime: “Latifa aprobó Agave bajo la lengua del fuego para avanzar a revisión física y posible presentación privada.”
Olivia tardó unos segundos.
Luego llegó un audio.
Aime no lo abrió.
Esperó.
Después lo reprodujo.
La voz de Olivia sonaba cansada, con ruido de restaurante al fondo, platos, una puerta, alguien diciendo “chef” desde lejos.
Olivia dice en audio, con acento sonorense, 'Aime, eso es enorme. De verdad. Qué orgullo. Sabía que esa obra tenía algo muy fuerte. Felicidades. Me da muchísimo gusto por ti. Cuando llegue a casa... bueno, a tu casa, o cuando puedas, lo celebramos. Perdón, estoy en medio de servicio, pero quería decírtelo bien.'
El audio terminó.
Aime se quedó con el teléfono en la mano.
“Qué orgullo.”
Otra vez.
Olivia tenía esa habilidad irritante de decir cosas que podían sonar verdaderas incluso cuando Aime no estaba segura de querer recibirlas.
Aime escribió:
Aime: “Gracias. Estoy organizando lo de la próxima reunión.”
Olivia: “Claro. No te distraigo. Pero felicidades otra vez.”
Aime dejó el móvil.
No contestó más.
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
La noche terminó de caer sobre Madrid.
Aime encendió solo dos lámparas, una junto al sofá y otra cerca del pasillo. El departamento quedó envuelto en una luz baja, cálida, calculada. Desde los ventanales, las luces de Plaza España y los edificios cercanos parecían suspendidas en capas. Abajo, los coches seguían moviéndose. Arriba, el silencio del piso alto daba una sensación de separación limpia.
Preparó una cena sencilla: queso, aceitunas, pan, un poco de fruta, una ensalada pequeña con aceite de oliva. No tenía hambre real. Comió de pie al principio, luego se obligó a sentarse.
Abrió el correo de Latifa una vez más.
“Aprobada para avanzar a revisión física...”
Lo leyó como quien toca una superficie para comprobar que no desaparece.
Después abrió la galería de fotos de “Agave bajo la lengua del fuego”. Pasó una imagen tras otra. Detalles del vidrio, la base, el bronce, el cobre, las grietas selladas. La obra parecía más paciente que ella. Había esperado en Guadalajara hasta que Madrid tuviera una sala posible. Ahora tendría que viajar. Tendría que entrar en Jannah al-Fan y resistir la mirada de Latifa, de su equipo, de coleccionistas, de personas que no sabían nada de Aime pero sabrían si una pieza tenía o no presencia.
Aime dejó el móvil junto al plato.
Por primera vez en horas, el recuerdo del club con Jorge no logró ocupar toda la habitación. Seguía ahí, como una mancha que necesitaba cerrarse con dinero, abogados y distancia. Pero ya no mandaba.
Latifa había aprobado la obra.
El martes tendría reunión.
Madrid empezaba a organizarse alrededor de nuevas puertas.
Aime tomó la copa de tequila y se acercó otra vez al ventanal. La ciudad reflejó su figura en el vidrio: cabello rojo recogido, blusa clara, rostro serio, copa en mano, la sala elegante detrás de ella. Parecía una imagen lista para publicarse.
No la publicó.
Algunas cosas eran mejores cuando nadie las veía todavía.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Primero la galería.'
Bebió.
El tequila bajó cálido, firme, conocido.
El teléfono vibró sobre la mesa con nuevas reacciones a la historia. Aime no se giró de inmediato. Las dejó esperar.
Abajo, Madrid siguió encendida.
Arriba, en su departamento nuevo, Aime sostuvo la copa con calma.
No estaba limpia de rabia.
No estaba libre de amenazas.
No estaba arrepentida de nada.
Pero tenía una obra aprobada, una cita con Latifa, una puerta propia y la decisión de no volver a quedarse expuesta por confiar en la fragilidad de nadie.
Eso, por ahora, era suficiente.
Aime dejó que las notificaciones siguieran acumulándose sobre la pantalla.
No tenía prisa.
La historia que había subido seguía funcionando. La copa de tequila, el dossier, el reflejo de Madrid y la frase medida habían hecho su trabajo. No decía demasiado, pero sugería lo suficiente para que la gente quisiera completar lo que faltaba. Había respuestas de conocidos de Guadalajara, de dos contactos de la inauguración, de una mujer que había comprado una pieza pequeña suya meses atrás y de varios seguidores que no tenían importancia concreta, pero sí servían para sostener esa corriente de admiración silenciosa que Aime revisaba sin admitir que la necesitaba.
El departamento estaba casi en penumbra.
Solo dos lámparas encendidas dejaban una luz cálida sobre la sala. Las cajas abiertas junto a la pared proyectaban sombras ordenadas. Una de ellas contenía textiles envueltos en papel de seda; otra, piezas de cerámica que aún no encontraba dónde colocar. En la cocina, el vaso bajo conservaba una línea ámbar de tequila en el fondo. La ciudad, al otro lado del ventanal, brillaba con una distancia elegante.
Aime estaba sentada en el sofá, con una pierna recogida bajo el cuerpo, el móvil en la mano y el cabello rojo suelto después de haberse quitado la coleta. Había abierto de nuevo el correo de Latifa, solo para leer una vez más la palabra que le interesaba.
Aprobada.
El martes iría a Jannah al-Fan.
El martes entraría no como una aspirante insistente, sino como una artista en proceso formal de incorporación.
Eso le acomodaba la respiración.
El teléfono vibró otra vez.
Una reacción nueva a la historia.
Aime bajó la mirada con desinterés inicial.
Después se quedó quieta.
Julián.
El nombre apareció acompañado de una reacción sencilla: un corazón oscuro y una frase enviada casi enseguida.
Julián: “Sabía que Madrid terminaría mirándote.”
Aime no abrió el mensaje de inmediato.
Se quedó mirando la notificación en la pantalla bloqueada, con la copa olvidada sobre la mesa y el ruido lejano del tráfico filtrándose por los cristales. El nombre de Julián no pertenecía a esa etapa de Madrid. Pertenecía a Tequila. A tardes secas, a caminos de tierra, a cascos de hacienda, a obras a medio construir, a una época en la que él todavía creía que entenderla era cuestión de paciencia.
Aime desbloqueó el teléfono.
Julián había enviado otro mensaje.
Julián: “Estoy en Madrid.”
Debajo apareció una fotografía.
Aime la abrió.
La imagen estaba tomada desde una habitación de hotel con ventanales altos. Se veía parte de Plaza Mayor al fondo, las fachadas rojizas iluminadas por la noche, los soportales oscuros y las mesas de terraza recogidas bajo la luz amarilla. En primer plano estaba Julián, reflejado parcialmente en el cristal. Llevaba camisa negra abierta en el cuello, chaqueta ligera y el cabello oscuro peinado con ese descuido cuidado que nunca había necesitado demasiado esfuerzo. La piel trigueña le resaltaba bajo la luz cálida del cuarto. La mandíbula fuerte, los pómulos marcados y los ojos café oscuro le daban una seguridad seria, casi desafiante, aunque en la foto había también algo más blando. Algo que Aime reconoció antes de leer el siguiente mensaje.
Julián: “Llegué por un proyecto de arquitectura. Un hotel boutique cerca de Las Letras. Voy a estar unas semanas.”
Otro mensaje.
Julián: “Me gustaría verte, Aime.”
Aime apoyó la espalda contra el sofá.
La sorpresa le duró poco.
Luego vino algo más cómodo: una sensación de recuperación. Como si una pieza antigua, guardada en un cajón de Guadalajara, hubiera aparecido de pronto en su sala nueva de Madrid, todavía útil, todavía sensible al tacto correcto.
Julián.
Lo había conocido en Tequila casi dos años antes.
Había llegado a la hacienda para revisar una propuesta de rehabilitación de unas bodegas antiguas que José Fuentes había dejado sin concluir. Era joven, pero ya tenía nombre en ciertos círculos. Arquitecto con carrera en expansión, mirada precisa para los espacios, cuerpo trabajado sin alarde y una manera de escuchar que al principio a Aime le pareció demasiado limpia para ser interesante.
Se equivocó.
Julián tenía paciencia.
Eso lo volvió útil.
No paciencia débil, no falta de carácter. Era paciente porque creía en los procesos, en las estructuras que necesitaban tiempo, en las grietas que podían reforzarse sin destruir el muro completo. Aime recordaba su primera conversación en el patio de la hacienda: él hablándole de orientación de luz, ventilación cruzada, muros de adobe, piedra original, estructura y memoria. Ella escuchándolo con una copa de tequila en la mano, divertida por lo serio que sonaba cuando hablaba de conservar.
Julián la había mirado como si ella también fuera algo que se podía restaurar.
Eso fue su error.
Su historia no había empezado con escándalo. Había empezado con largas caminatas por la hacienda, con él mostrándole planos y ella corrigiendo materiales aunque no le correspondiera, con cenas donde él se sentaba demasiado cerca, con mensajes por la noche sobre detalles de obra que terminaban convertidos en conversaciones personales. Aime lo había dejado acercarse porque le gustaba la forma en que Julián combinaba firmeza y devoción. No se arrastraba. No al principio. Pero la miraba como si ella pudiera ser más que su propia vanidad.
Eso también le gustaba.
Durante meses, Julián fue presencia constante.
La recogía en la hacienda para ir a revisar proveedores. Le llevaba libros de arquitectura y catálogos de diseño. La escuchaba hablar de escultura con atención real, no con deseo disfrazado de interés. Cuando Aime se enfadaba porque un trabajador no seguía sus instrucciones o porque alguien de la familia la trataba como hija secundaria, Julián no le decía que exageraba. La dejaba hablar. A veces le decía que tenía razón. A veces, con cuidado, le decía que estaba siendo injusta.
Aime odiaba eso.
Y lo buscaba después.
Lo había castigado con silencios de varios días. Lo había hecho esperar respuestas. Había subido fotografías sabiendo que él las vería. Había permitido que otros hombres la rodearan en eventos de Guadalajara solo para medir si Julián apretaba la mandíbula. Luego volvía a él con una frase suave, un “me acordé de ti”, una visita inesperada a su estudio, una mano en la nuca, una noche intensa y una mañana fría.
Julián soportó más de lo razonable porque no lo llamaba maldad.
Lo llamaba intensidad.
Capricho.
Herida.
Miedo a confiar.
Una vez, después de una discusión fuerte en la terraza de la hacienda, le dijo con voz baja que ella no era cruel, solo estaba acostumbrada a defenderse antes de que alguien pudiera quedarse. Aime recordaba haberlo mirado durante varios segundos, casi fascinada por la ingenuidad elegante de esa frase.
No era tonto.
Ese era el problema.
Era inteligente para todo, menos para verla sin esperanza.
La relación terminó sin un final limpio.
Aime se cansó de su forma de pedir verdad. Julián se cansó de sentirse cerca y lejos en la misma semana. Hubo una escena en Guadalajara, una cena cancelada, una llamada que ella no respondió y una fotografía subida a redes desde un evento de tequila con un hombre demasiado cerca de su hombro. Julián no gritó. No hizo espectáculo. Solo se apartó.
Pero nunca del todo.
Aime lo supo por sus reacciones. Por las veces que veía sus historias sin escribir. Por un mensaje en cumpleaños. Por un comentario discreto cuando ella publicó una fotografía de una escultura nueva. Por el modo en que su nombre aparecía de vez en cuando, como si Julián se negara a cerrar una puerta que ella tampoco había terminado de bloquear.
Ahora estaba en Madrid.
En Plaza Mayor.
A unas calles de la ciudad donde ella acababa de empezar a ordenarse.
Aime volvió a mirar la foto.
Julián se veía mejor que en su recuerdo. Más ancho de hombros. Más seguro. La mandíbula más marcada. Los ojos con esa calma oscura que siempre parecía desafiarla sin llegar a soltarle la mano. Había madurado sin perder la parte que lo hacía vulnerable con ella.
Eso podía servir.
Aime dejó el teléfono sobre el sofá y se levantó.
Caminó hasta el ventanal. La ciudad seguía encendida abajo. Por un momento, imaginó a Julián en su habitación de hotel, quizá dejando la maleta abierta, quizá revisando planos sobre una mesa, quizá dudando antes de enviar el mensaje. Lo vio mirando la foto de su historia. Vio la palabra Jannah al-Fan en la pantalla. Vio la copa de tequila, el dossier, la ciudad. Y luego el impulso de escribirle.
Aime sonrió apenas.
Julián no llegaba por casualidad.
Nadie llegaba a su vida sin poder ser ubicado en alguna parte.
Aime tomó el móvil y abrió el chat.
No respondió enseguida.
Primero escribió:
Aime: “Madrid está recibiendo demasiada gente de Jalisco últimamente.”
Lo leyó.
No.
Demasiado ligera.
Borró.
Escribió otra cosa.
Aime: “No sabía que estabas aquí.”
Eso era más limpio.
Pero todavía demasiado disponible.
Borró también.
Se sentó en el borde del sofá, cruzó las piernas y observó la foto una vez más. Julián no debía sentir que ella lo estaba esperando. Tampoco debía sentir que lo rechazaba. Había que dejarlo justo en el punto donde su esperanza trabajara sola.
Aime escribió al fin.
Aime: “Así que Plaza Mayor. Elegiste una entrada bastante teatral.”
Envió.
Julián respondió rápido.
Julián: “Tú me enseñaste que las entradas importan.”
Aime leyó y soltó una risa baja.
Seguía siendo Julián.
Aime: “Yo enseñé muchas cosas.”
Julián: “Sí. Algunas todavía me pesan.”
La frase quedó en la pantalla con una honestidad que Aime encontró incómoda y atractiva a la vez.
No respondió de inmediato.
Julián continuó.
Julián: “Perdón. No quería empezar así. Vi tu historia. Lo de la galería parece importante. Me dio gusto.”
Aime apoyó el teléfono contra la palma.
Aime: “Es importante.”
Julián: “Lo sabía.”
Aime miró la frase.
Aime: “No sabías nada. Hace mucho que no hablamos.”
Julián tardó un poco más.
Julián: “No necesito hablar contigo todos los días para saber cuándo algo significa mucho para ti.”
Aime se quedó quieta.
Ese tipo de frases eran precisamente la razón por la que Julián seguía siendo peligroso de una manera distinta. No peligroso como Romero, que resistía. No peligroso como Jorge, que negociaba con amenazas. Julián era peligroso porque todavía creía que podía leer algo verdadero en ella y no salir corriendo.
Aime dejó el móvil sobre la mesa y fue a servirse más tequila.
No debía responder desde la incomodidad.
Volvió con la copa y se sentó junto al ventanal. Afuera, Madrid brillaba en capas de luz. Pensó en la decisión que había tomado horas antes sobre la seguridad.
No necesitaba un desconocido con protocolos.
Necesitaba a alguien suyo.
Alguien de la hacienda.
Alguien que conociera sus silencios, sus gestos, su forma de pedir sin pedir. Alguien que la hubiera visto crecer entre bodegas, eventos, proveedores y discusiones familiares. Alguien capaz de moverse en Madrid sin hacer preguntas de más. Alguien que no solo la cuidara por contrato, sino porque no podía evitar deshacerse por ella.
Pensó en Emiliano Ríos.
Treinta y dos años. Encargado de seguridad logística de la hacienda desde hacía tiempo, hijo de un antiguo capataz de confianza. Fuerte, discreto, acostumbrado a moverse entre trabajadores, cargamentos, rutas y eventos privados. No era guardaespaldas de traje oscuro, pero sabía mirar puertas, manos, coches detenidos demasiado tiempo, hombres que se acercaban con sonrisas falsas. Había acompañado traslados de tequila, reuniones con distribuidores y noches complicadas en Guadalajara.
Y, sobre todo, Aime sabía cómo reaccionaba cuando ella lo llamaba por su nombre.
Emiliano no le discutía demasiado.
No porque fuera débil.
Porque con ella perdía cierto filo.
La miraba con una devoción contenida, casi avergonzada, que Aime había notado desde hacía años. Nunca se había atrevido a cruzar una línea. Jamás le había dicho nada inapropiado. Pero siempre estaba un segundo antes de que ella necesitara algo. Abría puertas. Cargaba cajas. Revisaba autos. Se quedaba cerca en eventos donde había demasiado alcohol. Bajaba la mirada cuando ella lo provocaba con alguna frase innecesaria.
Sí.
Emiliano podía venir a Madrid.
Aime tomó el teléfono y escribió un mensaje breve a su administrador de Guadalajara.
Aime: “Necesito que revises disponibilidad de Emiliano para viajar a Madrid una temporada. Motivo: apoyo logístico y seguridad personal discreta durante reuniones de galería y asuntos de exportación. No lo comentes con nadie hasta que yo confirme.”
Envió.
Luego volvió al chat de Julián.
Él había escrito otra vez.
Julián: “No quiero incomodarte. Solo quería que supieras que estoy aquí.”
Aime miró el mensaje, tomó un sorbo de tequila y respondió:
Aime: “Si no quisieras incomodarme, no habrías mandado una foto desde Plaza Mayor.”
La respuesta de Julián llegó casi al instante.
Julián: “Quería que sonrieras.”
Aime bajó la mirada.
No sonrió.
O no del todo.
Aime: “Qué seguro estás de conocer mis reacciones.”
Julián: “No. Ya no estoy seguro de nada contigo.”
Esa frase le gustó más.
La inseguridad, cuando no era patética, podía ser un punto de entrada.
Aime: “Entonces has aprendido algo.”
Julián: “He aprendido muchas cosas. No todas me sirvieron para alejarme.”
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
La sala quedó en silencio unos segundos.
La luz de las lámparas le rozaba la piel. La Torre Plaza España seguía aislándola del ruido exterior.
Todo podía organizarse.
Todo podía usarse.
Pero Julián requería más cuidado.
No era un contacto nuevo al que bastara con seducir. Ya conocía partes de ella. No todas. No las peores, quizá, o no las reconocía como tales. Pero sí había visto su frialdad después de la ternura. Sus silencios. Su manera de borrar a alguien por días y volver como si nada. Su facilidad para hacer que el otro pidiera perdón incluso cuando ella había herido primero.
Y aun así estaba en Madrid.
Deseando verla.
Aime abrió el chat.
Aime: “¿Qué proyecto te trajo?”
Julián respondió con más detalle esta vez.
Julián: “Rehabilitación interior de un hotel boutique. Edificio antiguo, estructura protegida, quieren conservar elementos originales pero hacerlo rentable. Estaré entre el estudio, la obra y reuniones con inversionistas.”
Aime leyó con interés real.
Arquitectura, hotel, inversionistas.
Círculos útiles.
Aime: “Eso sí suena a ti. Rescatar edificios que otros ya habrían reemplazado por algo sin alma.”
Julián: “Tú te burlabas de mí por decir cosas así.”
Aime: “Me burlaba porque las decías demasiado serio.”
Julián: “Y aun así te quedabas escuchando.”
Aime se quedó con el dedo sobre la pantalla.
Era verdad.
A veces se quedaba.
No por amor, se dijo.
Por curiosidad.
Porque Julián hablaba de los espacios como si cada grieta tuviera una razón. Porque miraba una pared y encontraba historia. Porque tocaba materiales con una concentración que a Aime le resultaba más sensual de lo que admitió en su momento.
Aime: “A veces eras entretenido.”
Julián: “Solo a veces.”
Aime: “No te emociones.”
Julián: “Ya es tarde para eso.”
Aime leyó la frase con una quietud más intensa.
Podía cortar ahí.
Podía dejarlo esperando hasta mañana.
Podía darle una mínima respuesta y medir si insistía.
Le convenía no verlo esa noche. Latifa acababa de aprobar su obra. La noticia debía permanecer limpia. Julián podía entrar después, no como urgencia sino como posibilidad.
Aime: “No voy a verte hoy.”
Julián tardó.
Julián: “No te lo pedí para hoy.”
Aime: “Pero lo pensaste.”
Julián: “Sí.”
Aime sonrió.
Aime: “Martes tengo reunión con Jannah al-Fan. Esta semana estaré ocupada.”
Julián: “Entonces después del martes.”
Aime no respondió enseguida.
Fue hasta el espejo del recibidor con el teléfono en la mano. Observó su reflejo: blusa clara, pantalón negro, cabello suelto, ojos miel atentos, copa de tequila olvidada en la mesa. Se imaginó frente a Julián después de casi dos años. Él de pie en algún café sobrio, alto, atlético, oliendo a madera, hotel y planos. Mirándola con esa mezcla de deseo, reproche y esperanza que tan bien le sentaba.
Sí.
Podía ser útil.
No solo por él.
Por lo que traía.
Arquitectura. Inversionistas. Madrid. Sensibilidad estética. Un pasado que podía activarse cuando ella quisiera sentirse deseada sin empezar de cero.
Aime escribió:
Aime: “Quizá.”
Julián: “Eso antes significaba que sí, pero querías hacerme esperar.”
Aime dejó escapar una risa breve.
Aime: “Antes hablabas menos.”
Julián: “Antes tú me dejabas hablar menos.”
Aime miró la pantalla con una satisfacción lenta.
El hombre seguía ahí.
No intacto.
Pero ahí.
Aime: “Descansa, Julián. Madrid exige más de lo que parece.”
Julián: “Lo sé. Tú también.”
Aime no respondió.
Bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.
La conversación quedaba abierta.
Exactamente donde debía.
El administrador de Guadalajara respondió media hora después.
Lucas: “Emiliano puede viajar si usted lo solicita. Habría que reorganizar dos rutas de supervisión y avisarle directamente. ¿Desea que él se comunique con usted?”
Aime leyó el mensaje mientras caminaba por la sala.
A través del ventanal, Madrid ya era noche completa. El reflejo de su cuerpo se mezclaba con las luces de la ciudad. Le gustó verse así: suspendida entre el interior nuevo y una capital que todavía no conocía todas sus formas.
Aime escribió:
Aime: “Sí. Que me llame mañana a primera hora. Quiero discreción absoluta. No es un traslado de la hacienda; es un asunto mío.”
Lucas : “Entendido.”
Aime dejó el teléfono sobre la mesa.
Aime se acercó a una de las cajas abiertas y sacó una pieza de cerámica envuelta en papel. Era un cuenco bajo, de barro oscuro, con una línea irregular color crema en el borde. Lo había traído de Jalisco sin decidir dónde colocarlo. Caminó por la sala hasta encontrar el lugar: una mesa auxiliar cerca del ventanal, donde la luz de la mañana podría tocarlo sin volverlo protagonista.
Lo acomodó.
Dio un paso atrás.
No estaba perfecto, pero funcionaba.
Como casi todo en esa etapa.
Aime tomó el teléfono una vez más y abrió Instagram. No publicó nada sobre Julián. No reaccionó a su foto. No subió una indirecta que pudiera delatar demasiado pronto su regreso.
Solo revisó quién había visto su historia.
El nombre de Julián estaba ahí.
También el de Olivia.
Aime miró ambos nombres durante unos segundos.
Luego cerró la aplicación.
No todo tenía que moverse la misma noche.
Algunas presencias convenía dejarlas madurar.
Apagó una de las lámparas.
Aime tomó la copa y bebió el último sorbo de tequila.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Bienvenido a Madrid, Julián.'
No sonó a recibimiento.
Sonó a cálculo.
La sala quedó más oscura, más íntima. En el teléfono, la conversación con Julián quedaba suspendida. En Guadalajara, Emiliano recibiría instrucciones para llamarla. En Madrid, el hotel de Plaza Mayor guardaba a un hombre del pasado que todavía pensaba que verla podía significar algo más que volver a entrar en su juego.
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