ÁNGULO MUERTO: NEGATIVO DE UNA CIUDAD INVISIBLE

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Aletheia
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ÁNGULO MUERTO: NEGATIVO DE UNA CIUDAD INVISIBLE

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EPISODIO 1: EL REVELADO DEL DESTINO

Punto de vista: Bárbara y Carlota

De Maracaibo a Barajas, NeoMadrid
El aire pesado, denso y cargado de combustible del Aeropuerto Internacional La Chinita en el Zulia se transforma, tras interminables horas de zumbido presurizado sobre el Atlántico, en la corriente gélida y climatizada de la Terminal 4 de Barajas. El Madrid de 2026 recibe al visitante con una arquitectura monumental de techos ondulados de bambú y columnas de acero que ahora sostienen paneles dinámicos de Imperium, proyectando publicidad holográfica sobre una masa de viajeros indiferentes. El olor a café recalentado de máquina se mezcla con el ozono que desprenden los arcos de seguridad y los ojos ópticos de los agentes aduaneros. Fuera, tras los enormes cristales templados, el cielo de la meseta se tiñe de un gris plomizo y opaco, muy lejos del sol cegador del Caribe que Bárbara deja atrás.

Bárbara arrastra su maleta con una mezcla de cansancio físico y una vibrante expectación que le oprime el pecho. Dejar Venezuela es una amputación emocional, pero la llamada de El Bitácora Digital y la promesa de capturar la verdad con su lente actúan como un motor implacable. La tensión en el aeropuerto es palpable bajo la superficie de aparente normalidad; la gente camina deprisa, con la mirada fija en sus terminales, ignorando los sutiles escáneres corporativos que barren sus cuerpos al pasar. Es la calma tensa de una sociedad que ha aceptado la vigilancia invisible a cambio de una falsa sensación de seguridad.

Bárbara ajusta la correa de su cámara réflex, asegurándola bajo el brazo izquierdo para protegerla del vaivén de la multitud. Cruza el umbral de la zona de equipajes, entrega su pasaporte al lector biométrico que emite un pitido verde de conformidad y avanza hacia la zona de llegadas. Al fondo, entre el gentío que espera, una mujer de mirada afilada y cabello corto sostiene un cartel digital que reza: MÜLLER - EL BITÁCORA. Es Carlota. Bárbara apresura el paso, extendiendo la mano derecha mientras acomoda con la otra el pañuelo tradicional que lleva al cuello.

La mirada felina de Bárbara se clava en la periodista madrileña. Siente los dedos ligeramente fríos por el aire acondicionado del avión, pero su postura se mantiene firme y elegante.

Carlota sonríe levemente, apagando la pantalla del cartel con un movimiento del pulgar.

Carlota dice: "Bienvenida a Madrid, Bárbara. Tenía muchas ganas de tener tus ojos aquí en la redacción. El viaje ha debido de ser una paliza, pero tenemos mucho trabajo por delante."

Bárbara suelta la maleta y estrecha la mano de su nueva compañera. Una ráfaga de su perfume de sándalo, canela y mandarina verde se libera con el movimiento de sus rizos azabache.

Bárbara dice con acento marabino-teutón: "Gracias, Carlota. De verdad que el viaje fue eterno, pero ya estoy aquí. Mirá, chama, casi no me creo que hayamos burlado los filtros de datos corporativos para este contrato. Estoy lista para lo que sea."

Carlota asiente con complicidad, haciéndole una seña para dirigirla hacia el estacionamiento subterráneo.

Carlota habla con tono serio y confidencial mientras caminan hacia el coche.

Carlota dice: "Aquí las cosas están poniéndose feas. Imperium ha desplegado una nueva IA en el sector de comunicaciones y nos están pisando los talones a los medios independientes. El Bitácora es el único muro que queda antes de que invisibilicen del todo lo que pasa en los suburbios. Vámonos, te llevaré a tu piso en la Torre de Madrid para que dejes las cosas."

Torre de Madrid, NeoMadrid
El ascensor de alta velocidad de la Torre de Madrid sube de forma casi instantánea, provocando un sutil taponamiento en los oídos al alcanzar la planta 27. Al abrirse las puertas de madera noble, el vestíbulo del apartamento recibe a Bárbara con una atmósfera de diseño limpio, sobrio y minimalista. El suelo de tarima flotante oscura conduce hacia una suite principal espaciosa, donde una cama king-size se viste con sábanas de lino gris. Adjunto, el baño principal brilla con azulejos de piedra pizarra y una ducha de efecto lluvia. Al fondo, el estudio cuenta con una amplia mesa de roble equipada con conexiones de fibra óptica puras, libre de las interfaces inalámbricas de Imperium, conectada directamente a un salón de techos altos y una cocina americana integrada con electrodomésticos de acero inoxidable. El olor a pintura fresca y el silencio monacal del piso contrastan con el bullicio de la Plaza de España que late muchos metros abajo.

La inmensidad del apartamento no alivia la opresión que Bárbara siente en el pecho; al contrario, la altura acentúa la sensación de aislamiento y la magnitud del monstruo urbano al que se enfrentan. Carlota observa el lugar con una mezcla de envidia sana y la gravedad de quien sabe que ese piso es un refugio temporal, una burbuja de privilegio en mitad de una ciudad que devora a los suyos en los callejones oscuros.

Bárbara deposita la maleta junto al sofá de cuero del salón. Camina con paso lento hacia el imponente ventanal que cubre toda la pared frontal, dejando que sus botas militares resuenen sobre la madera. Apoya las palmas de las manos contra el vidrio templado, sintiendo el sutil temblor que provoca la vibración de los sistemas de ventilación del edificio. Carlota se acerca a su lado, guardando las manos en los bolsillos de su gabardina.

Los ojos azul grisáceos de Bárbara se dilatan al enfrentarse por primera vez a la panorámica de la urbe. Su respiración se vuelve más pausada, analizando los puntos de luz que parpadean en la lejanía.

Bárbara junta los dedos pulgares e índices formando un marco rectangular frente a sus ojos, encuadrando la vista exterior de forma inconsciente.

Bárbara dice con acento marabino-teutón: "Es enorme... Pero mirá cómo se ve todo desde aquí. Parece una maqueta muerta."

Carlota exhala un suspiro largo, fijando la vista en la neblina que envuelve los rascacielos de la Castellana a lo lejos.

Carlota habla con tono sombrío y reflexivo.

Carlota dice: "No está muerta, Bárbara. Está adormecida. Lo que ves no es niebla común; es una calima densa provocada por las emisiones de las subestaciones de Imperium. Bajo esa capa gris es donde la gente desaparece, donde los crímenes se borran del mapa y donde tú y yo vamos a tener que meter la cámara. Mañana empieza tu verdadero revelado."

Ambas se quedan en silencio, unidas por la mirada fija en el ventanal, mientras la calima densa y amarillenta devora lentamente los tejados del viejo Madrid, ocultando los secretos de la ciudad invisible que han venido a rescatar.
Aletheia
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EPISODIO 2: EL ECO DE LOS SUBURBIOS

Punto de vista: Bárbara | Carlota | Vilma

Lavapiés, NeoMadrid

Un pasadizo angosto conduce hacia el antiguo almacén de imprenta reconvertido en la redacción oculta de El Bitácora Digital en el corazón de Lavapiés. La atmósfera huele a humedad vieja, tinta estancada y al aroma rancio del café de filtro que se quema en una esquina. Las paredes de ladrillo visto están cubiertas por pantallas planas desparejadas que parpadean con cables de agencias internacionales y mapas de tráfico de Globalnet, ensombrecidas por el humo flotante de los cigarrillos que Vilma consume sin tregua. El zumbido sordo de dos servidores antiguos refrigerados por ventiladores ruidosos amortigua el jaleo exterior de la calle de Miguel Servet. Es un espacio claustrofóbico pero vivo, una trinchera de papel y código que se resiste a la estandarización cromada de los distritos financieros de Imperium.

La tensión en la pequeña sala de juntas es densa, agudizada por el parpadeo de una bombilla halógena expuesta que proyecta sombras alargadas sobre la mesa de madera rústica. Vilma Otero observa a Bárbara con una fijeza incómoda, manteniendo el Zippo plateado entre los dedos pulgar e índice, haciéndolo chasquear en un bucle rítmico que crispa los nervios. Carlota permanece sentada a un lado, con las piernas cruzadas y los brazos flojos sobre el pecho, mostrando la fatiga habitual de quien ha pasado la noche vigilando las frecuencias de la policía municipal. El ambiente es el de un tribunal de guerra improvisado; la llegada de la fotógrafa venezolana altera el equilibrio cerrado del periódico, aportando una energía trigueña y exótica que choca contra la sobriedad madrileña de la redacción.

Vilma se quita las gafas de carey con un movimiento seco, dejando ver la profundidad marrón de sus ojos inquisitivos. Limpia las lentes con el borde de su camisa blanca antes de hablar.

Vilma habla con tono escéptico y directo, clavando la mirada en la nueva redactora visual.

Vilma dice: "Tu portafolio del Zulia es impecable, Müller, pero Madrid en 2026 no es Maracaibo. Aquí la censura no te rompe la cámara; te borra la identidad de los servidores aduaneros y te convierte en un fantasma antes de que termines de revelar el archivo. Carlota me dice que estás lista, así que vamos a saltarnos los discursos de bienvenida."

Bárbara acomoda la correa de su réflex sobre el hombro de su chaqueta de cuero, sosteniendo la mirada de la jefa sin pestañear. Siente una ligera vibración en la boca del estómago, pero su postura se mantiene firme.

Bárbara dice con acento marabino-teutón: "Mirá, jefa, no vine desde tan lejos para que me asusten los neones de Imperium ni de esas corporaciones que están mandando todo a la verga. Dame el objetivo y yo te pongo las fotos en la mesa. Vos decís por dónde empezamos."

Vilma desliza una carpeta de papel químico rugoso sobre la mesa, un formato físico obsoleto que las IAs autónomas no pueden interceptar en la red.

Vilma dice: "Una mujer del barrio. Manuela Torres. Puso una denuncia formal en la comisaría del distrito hace cinco días por la desaparición de su hija de diecinueve años, que trabajaba en un laboratorio secundario de prótesis que, se supone, no es de Imperium. Ayer la policía archivó el caso como 'fuga voluntaria'. Manuela limpia los suelos de una peluquería en la calle Ave María. Id allí, hablad con ella y traedme el negativo de lo que la policía ha querido tapar."

Diez minutos después

El interior de la peluquería de la calle Ave María se reduce a un local lúgubre de techos bajos, donde el olor a amoníaco, tintes baratos y laca quemada satura el aire caliente. Manuela, una mujer de cincuenta años con las manos agrietadas y los ojos hinchados por el llanto, estruja una bayeta húmeda contra el cubo de fregar mientras relata los detalles entre susurros ahogados. Fuera, el callejón se oscurece bajo la sombra de los viejos edificios madrileños, cuyas fachadas sostienen terminales de datos municipales que parpadean con una luz azulada e intermitente. La conversación se corta en seco cuando un zumbido agudo y metálico resuena en la entrada: dos agentes vestidos de paisano, con los rostros ocultos tras visores cromados de escaneo térmico, bloquean el acceso al local con las porras de descarga desplegadas.

El pánico se apodera del espacio en un segundo; la respiración de Manuela se corta y Carlota reacciona por puro instinto de supervivencia urbana, aferrando a Bárbara por el antebrazo con una fuerza que le deja marca. Los agentes avanzan sin mediar palabra, con los visores parpadeando en rojo al detectar los sistemas de almacenamiento físico de la cámara réflex de la fotógrafa.

Carlota habla con tono urgente y cortante mientras retrocede hacia la puerta trasera del local.

Carlota dice: "¡Muévete, Bárbara! Si te pillan con ese equipo especializado te meten en un centro de detención antes de que Vilma pueda enterarse."

Bárbara reacciona con la velocidad de un felino, protegiendo la cámara bajo su chaqueta de cuero mientras esquiva el revés de una de las porras eléctricas que impacta contra un espejo de la peluquería, haciéndolo añicos con un estallido de chispas. Cruza el umbral de la cocina junto a Carlota, empujando una pesada puerta de metal hacia el callejón trasero. Corren con el corazón desbocado sobre el asfalto húmedo de Lavapiés, escuchando las pisadas pesadas y el eco metálico de los perseguidores detrás de ellas, logrando deslizarse por la verja entreabierta de un almacén de frutería justo cuando los drones de barrido barren la bocacalle con sus luces estroboscópicas. Se salvan por los pelos, agazapadas entre cajas de madera exhalando el aroma denso de su perfume de sándalo mezclado con el sudor del miedo.

Minutos después, resguardadas en el portal de un edificio de viviendas de la calle de la Fe, ambas intentan recuperar el aliento. Las luces de los coches patrulla de Imperium tiñen de azul las paredes desconchadas del recibidor.

Carlota se pasa una mano por el pelo corto, apoyando la espalda contra la pared de yeso.

Carlota dice: "Esto es una locura, tia. No podemos operar si tienes que cruzar medio Madrid desde la Plaza de España cada vez que salte una alarma. La Torre de Madrid es segura, sí, pero logísticamente es un suicidio para el trabajo de campo."

Bárbara asiente de forma pausada, limpiando con el pulgar una mota de polvo de la lente de su réflex. Sus dedos aún tiemblan levemente por la adrenalina de la persecución.

Bárbara dice con acento marabino-teutón: "Tenéis razón, Carlota. El trayecto es eterno y esos malditos guardias tienen controlado cada nodo del centro. Necesito estar donde las papas queman, aquí mismo."

Carlota saca su terminal de datos encriptada y revisa un mensaje de texto que acaba de entrar desde la central de El Bitácora.

Carlota habla con tono aliviado pero serio.

Carlota dice: "Vilma dice que en su propio edificio hay un piso libre en alquiler. El casero es de la vieja guardia, no pide registro biométrico ni vuelca los datos en la red de Imperium. Si quieres, nos mudamos esta misma noche."

El edificio de la plaza de Lavapiés es una corrala madrileña tradicional de finales del siglo XIX que resiste como un bastión de piedra y madera entre la marea tecnológica del barrio. El patio interior, de vigas de madera vista pintadas de un verde desgastado y barandillas de hierro forjado, huele a guiso de cocina, tabaco negro y a la humedad limpia de la ropa tendida que cuelga de piso a piso. Al subir las escaleras de piedra crujiente, se accede a la planta tercera donde se ubica el apartamento. El piso es un espacio modesto pero con carácter: un pasillo corto de paredes blancas desconchadas conduce a un salón pequeño iluminado por un balcón estrecho que da directamente a la calle, una cocina de gas antigua con azulejos blancos y un baño con bañera de patas de hierro. El dormitorio principal cuenta con el espacio justo para una cama y un armario de pino, conservando un silencio denso que parece aislarlo del ruido de los neones de la ciudad.

Bárbara deja caer su maleta sobre el suelo de baldosas hidráulicas del salón, contemplando el espacio con una mezcla de fatiga y alivio. Carlota cierra la puerta de madera maciza, echando el cerrojo de hierro con un chasquido rotundo.

Bárbara camina hacia el balcón, abriendo los porticones de madera para dejar entrar el aire de la noche madrileña.

Bárbara junta los dedos formando su encuadre manual, mirando hacia la silueta de los tejados bajos de Lavapiés.

Bárbara dice con acento marabino-teutón: "Es pequeño... pero este sitio tiene alma, Carlota. No como la caja de cristal de la torre."

Carlota se acerca, apoyándose en la barandilla de hierro del balcón mientras observa la calle vacía abajo.

Carlota habla con tono sombrío y premonitorio.

Carlota dice: "Aquí abajo es donde empezó todo, Bárbara. Manuela no va a ser la única madre que llame a nuestra puerta. Ahora estás en el ángulo muerto de NeoMadrid. Bienvenida al barrio."

Ambas permanecen en el balcón en silencio, observando cómo la calima densa e industrial de la medianoche empieza a descender sobre las chimeneas de Lavapiés, tiñendo las calles de un amarillo opaco que oculta los secretos de la ciudad invisible que han empezado a desenterrar.
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