La Perla, sal y Mezcal

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Indira
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La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

El día que la Perla salio del mar.

Punto de vista: OliviaFuentes Guerra.


Madrid amaneció en mayo con esa luz dorada que no caía de golpe, sino que se iba derramando poco a poco sobre las fachadas antiguas de la Gran Vía, acariciando balcones de hierro, cornisas gastadas, cristales de tiendas recién abiertas y marquesinas donde la ciudad parecía despertar con prisa, pero sin perder del todo su elegancia. Los autobuses pasaban dejando un rumor grave sobre el asfalto. Los taxis blancos con franja roja se detenían frente a hoteles, cafeterías y portales donde la gente salía con gafas oscuras, bolsos al hombro, teléfonos en la mano y el paso decidido de quien ya había sido tragado por la jornada.

Entre ese movimiento constante, casi teatral, se encontraba **Sabores de México**, un restaurante mexicano de fachada cálida y discreta que parecía resistirse a ser solamente otro local más en medio del bullicio madrileño. Desde fuera, sus cristales dejaban ver un interior cuidado, íntimo, lleno de detalles que no caían en el folclor barato ni en la decoración excesiva. Había madera oscura, barro bruñido, textiles en tonos tierra, lámparas de fibras naturales y pequeños objetos traídos de México con gusto y memoria: una máscara de jaguar en una pared lateral, fotografías en blanco y negro de mercados, cocineras tradicionales, campos de agave, costas norteñas y mesas familiares.

El nombre del restaurante, escrito en letras firmes sobre la entrada, parecía tener peso propio. **Sabores de México** no era solamente un negocio. Era una promesa. Una manera de decirle a Madrid que México no cabía en una postal ni en un plato mal entendido con exceso de color. Allí, México olía a maíz tostado, a chile seco abriéndose en aceite caliente, a cilantro recién picado, a limón partido, a ajo machacado, a mantequilla dorándose sobre una sartén, a caldo profundo y lento, a tortilla hecha con paciencia.

A esa hora de la mañana, antes de abrir al público, el restaurante tenía un silencio distinto. No era vacío. Era preparación.

Desde la cocina llegaba el golpe seco de los cuchillos contra las tablas, el silbido breve del vapor al escapar de una olla, el murmullo del personal organizando mise en place, el roce de las cazuelas, el tintineo de cucharas contra recipientes metálicos. El aire estaba cargado de aromas superpuestos: tomates asados, cebolla tatemada, chile ancho hidratándose en agua caliente, vainilla mexicana, canela, piloncillo y un fondo marino casi imperceptible proveniente del pescado fresco que Olivia había pedido revisar desde temprano.

Olivia Fuentes Guerra estaba en su territorio.

Se movía por la cocina con una seguridad natural, sin necesidad de alzar la voz para que todos entendieran quién llevaba el ritmo. Su estatura notable y su porte atlético le daban una presencia inmediata, pero era su manera de mirar, de probar, de corregir y de tocar los ingredientes lo que imponía respeto. Llevaba el cabello recogido de forma práctica, aunque algunas ondas densas de castaño profundo con destellos cobrizos escapaban alrededor de su rostro, encendiéndose cada vez que la luz de la mañana entraba por la puerta de servicio. Su piel bronceada conservaba algo del sol de Sonora, de esa mezcla de desierto y mar que no se borra aunque una mujer cruce océanos.

El uniforme blanco de chef le quedaba impecable, ajustado con sobriedad a su cintura firme. En el cuello, apenas visible cuando se inclinaba sobre una preparación, llevaba un collar fino con pequeñas conchas marinas. No era un adorno elegido al azar. Era Guaymas. Era infancia. Era sal. Era memoria. Era una forma silenciosa de recordar que, aunque Madrid le hubiera abierto una puerta inmensa, ella venía de otro azul, de otro calor, de otra manera de entender la vida.

Olivia probó con la punta de una cuchara una salsa de chile pasilla y ciruela. Cerró los ojos apenas un segundo. La acidez estaba bien. El dulce no invadía. El ahumado permanecía al final, elegante, como una sombra.

Olivia dice con acento sonorense, "Le falta una pizca de sal, nada más. No me la mates, nomás despiértamela."

Uno de los cocineros asintió de inmediato. Ella dejó la cuchara en el recipiente correspondiente, se limpió las manos con un paño y miró hacia el pasillo que comunicaba con el comedor. Sabía que James ya estaba allí. Lo había visto entrar quince minutos antes, con sombrero en la mano, camisa de lino oscuro, botas bien cuidadas y esa mezcla de estrella cansada y hombre sentimental que no siempre conseguía esconder bajo la sonrisa.

James de Los Santos estaba de pie junto a la barra principal.

No parecía el dueño de un restaurante revisando cuentas antes de vender. Parecía un hombre despidiéndose de una etapa completa de su vida.

Su carrera musical había tomado un impulso difícil de ignorar. La gira que lo esperaba en México no era una serie de fechas improvisadas. Era un regreso grande, con escenarios importantes, entrevistas, compromisos de promoción, familia esperando, amigos de la industria abriéndole puertas y un público que lo reclamaba desde hacía tiempo. La música regional mexicana lo había formado, lo había sostenido y ahora lo estaba llamando de vuelta con fuerza. Madrid le había dado calma, un refugio, cierta distancia de los excesos de la fama y la posibilidad de construir algo con las manos, aunque fuera a través de otros. Pero México seguía siendo México. Y cuando el país de uno llama desde el pecho, tarde o temprano se responde.

Aun así, dejar **Sabores de México** le dolía.

James pasó los dedos por el borde de la barra, como si reconociera la textura de la madera por última vez. Allí había brindado con amigos después de conciertos pequeños. Allí había visto llorar a mexicanos expatriados al probar un mole que les recordaba a sus madres. Allí había escuchado a españoles descubrir que un taco podía ser fino, complejo y profundo sin perder calle. Allí había apostado dinero, tiempo y terquedad. Allí había aprendido que un restaurante no se mantiene solo con nostalgia, sino con disciplina diaria.

Y por eso Olivia era la única opción real.

James no quería venderle el restaurante a un inversor frío, ni a una cadena que convirtiera el lugar en una caricatura rentable. Quería entregárselo a alguien que entendiera el fuego desde adentro. Alguien que respetara el maíz, la sal, las manos de las cocineras, la memoria de los ingredientes y también la exigencia de Madrid, una ciudad capaz de abrazar un concepto con entusiasmo y olvidarlo con la misma velocidad si dejaba de sorprender.

Olivia salió de la cocina secándose las manos. Su caminar tenía ese ritmo firme y natural que hacía voltear discretamente a quien la veía pasar. No era una sensualidad buscada. Era presencia. Era cuerpo habitado sin disculpa. Sus hombros se mantenían erguidos, su mirada café almendrada iba directa hacia James y su sonrisa, amplia pero contenida, suavizó por un momento la solemnidad de la mañana.

James levantó la vista.

James dice con acento mexicano, "Mira nomás, jefa. Hasta parece que el restaurante ya sabe que hoy se decide su destino."

Olivia se acercó a la barra y apoyó una mano sobre la madera.

Olivia dice con acento sonorense, "Pues más le vale portarse bonito. Porque si me lo quedo, lo voy a traer derechito."

James soltó una risa baja, nostálgica, mirando alrededor.

James dice con acento mexicano, "Eso es justo lo que me da paz, Olivia. Que contigo este lugar no se va a dormir. Al contrario. Me da la impresión de que apenas va a ponerse bueno."

Olivia no respondió de inmediato. Miró el comedor, las mesas aún vacías, las sillas perfectamente alineadas, los vasos limpios capturando destellos de luz, las paredes donde México aparecía sin gritar. Había trabajado allí un año y medio. Un año y medio de turnos largos, proveedores españoles aprendiendo a distinguir los chiles, clientes pidiendo menos picante, críticos gastronómicos entrando con desconfianza, noches llenas, noches flojas, platos que cambiaban, menús de temporada, discusiones con cocina, risas con sala, cansancio en los pies y una certeza creciendo dentro de ella: aquel restaurante podía ser más.

Mucho más.

Olivia dice con acento sonorense, "No te voy a mentir, James. Me emociona. Me emociona un chorro. Pero también me pesa. Porque no estoy comprando cuatro paredes, ni una cocina equipada, ni una marca que ya camina. Estoy comprando una responsabilidad."

James la observó con atención. Le gustaba esa forma que tenía Olivia de no adornar demasiado las cosas. Era ambiciosa, sí. Tenía fuego. Tenía carácter. Pero no era ingenua. Sabía que la emoción no pagaba nóminas, que el talento no bastaba si las cuentas no cerraban, y que un restaurante en la Gran Vía podía devorarse a cualquiera que confundiera pasión con improvisación.

James dice con acento mexicano, "Por eso quería hablarlo contigo sin prisas. Nada de rodeos, nada de jugarle al vivo. Yo quiero un trato justo. Para ti y para mí. Me voy a México, sí. Viene una gira que puede cambiarme la vida otra vez. Pero no quiero irme sintiendo que abandoné esto como si no valiera."

Olivia asintió despacio. Tomó aire. El olor del café recién hecho venía desde la barra; alguien del equipo lo había preparado para ellos. También llegaba, más profundo, el aroma del fondo de res con especias que hervía en cocina. Ese olor le recordó a Olivia los caldos de casa, las mañanas calientes, la paciencia de las mujeres que cocinan sin medirlo todo pero sabiendo exactamente cuándo algo está listo.

Olivia dice con acento sonorense, "Yo tampoco quiero aprovecharme de que te vas. Sería una falta de respeto. A ti, al equipo y al restaurante. Pero también tengo que ser clara: si compro, necesito margen para invertir. Hay cosas que quiero cambiar."

James ladeó la cabeza, interesado.

James dice con acento mexicano, "¿Como qué?"

Olivia caminó unos pasos hacia el centro del comedor. Su mirada recorrió el lugar con precisión de chef y de futura dueña. Ya no lo veía solamente como empleada. Lo veía como territorio creativo, como empresa, como casa.

Olivia dice con acento sonorense, "La carta necesita respirar más. Hay platos muy buenos, pero algunos ya se sienten pesados para esta ciudad. Madrid está comiendo diferente, James. Quiere historia, sí, pero también técnica, ligereza, sorpresa. Quiero meter más producto de temporada español trabajado con alma mexicana. Pescado del norte, mariscos bien tratados, salsas limpias, maíces especiales, cenas de degustación. Y quiero que Sonora entre en la carta sin pedir permiso."

James sonrió con una mezcla de orgullo y curiosidad.

James dice con acento mexicano, "Ahí está. Ya salió Guaymas."

Olivia sonrió también, pero su mirada se mantuvo firme.

Olivia dice con acento sonorense, "Pues claro que salió. Yo no crucé medio mundo para cocinar como si no tuviera tierra. Quiero traer el mar de Guaymas, el desierto, la carne asada bien entendida, la tortilla de harina hecha con respeto, el chiltepín, el bacanora aunque sea con cuidado, porque aquí las licencias son otra historia. Quiero que la gente pruebe Sonora y entienda que México no es una sola voz."

James se quedó callado un momento.

La emoción de la gira seguía allí, vibrándole bajo la piel. Se imaginaba los aeropuertos, los camerinos, los gritos del público, los acordes de la banda abriéndose paso en la noche mexicana. Se imaginaba cantando de nuevo cerca de los suyos, comiendo después del concierto en alguna mesa llena de primos, músicos, amigos viejos y botellas medio vacías. Pero mientras Olivia hablaba, también se imaginaba aquel restaurante sobreviviendo a su ausencia. No como una reliquia suya, sino como algo vivo.

Eso le dolió un poco menos.

James dice con acento mexicano, "¿Sabes qué me gusta de ti, Olivia? Que no hablas como alguien que quiere tener un restaurante para sentirse importante. Hablas como alguien que ya está escuchando lo que el restaurante quiere ser."

Olivia bajó la mirada apenas un segundo. No por timidez, sino porque la frase le tocó una zona íntima.

Olivia dice con acento sonorense, "Yo he querido esto desde hace mucho. No exactamente este lugar, no exactamente Madrid, pero sí una cocina mía. Una donde pueda mandar sin volverme injusta. Crear sin perder el piso. Darle trabajo digno a la gente. Hacer que un cliente se siente y sienta que comió algo con raíz, no nomás algo bonito para la foto."

James asintió.

James dice con acento mexicano, "Entonces hablemos de números."

La frase cambió el aire. No lo volvió frío, pero sí más concreto.

Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Desde allí la Gran Vía seguía pasando como una corriente: turistas con mapas, trabajadores, repartidores, parejas, señoras elegantes, jóvenes con audífonos. Dentro, el restaurante parecía suspendido en una burbuja de madera, chile y café.

James sacó una carpeta de piel café. Olivia llevó consigo una libreta negra, algunas hojas impresas y un bolígrafo. No era la primera vez que revisaban cifras, pero sí era la conversación definitiva. Sobre la mesa fueron apareciendo balances, inventario, valor del mobiliario, contratos con proveedores, licencias, estado de la cocina, proyección de ingresos, deudas pendientes y estimación del fondo de comercio. James había sido ordenado. Olivia también.

James dice con acento mexicano, "Te dejo todo transparente. No hay deudas escondidas. Hay pagos normales de proveedores, nómina al corriente y el contrato del local está en condiciones estables. La marca tiene buen nombre, pero tampoco te voy a vender humo. Hay meses fuertes y meses donde se sufre."

Olivia hojeó los documentos con atención. Sus dedos, fuertes y cuidados, pasaban página sin prisa. No se dejó impresionar por las cifras positivas ni asustar por las complicadas. Había aprendido que un restaurante se lee como una salsa: no basta con probar lo dulce; hay que encontrar la acidez, el amargo, la grasa, el punto donde puede cortarse.

Olivia dice con acento sonorense, "El verano puede ponerse bueno si trabajamos bien las reservas y los menús para turistas. Pero septiembre va a ser clave. Ahí se ve si el cambio pega o si nomás fue novedad."

James dice con acento mexicano, "Exacto. Por eso pensé en un precio que reconozca lo que ya vale, pero que no te deje ahorcada antes de empezar."

Olivia levantó la mirada.

Olivia dice con acento sonorense, "Dímelo."

James respiró hondo. Por primera vez en la mañana, su expresión perdió el brillo de cantante y quedó solamente el hombre de negocios, aunque con un fondo sentimental imposible de ocultar.

James dice con acento mexicano, "Por el traspaso completo, marca, mobiliario, equipamiento, cartera de proveedores, inventario inicial y cesión de operación, yo había pensado en trescientos veinte mil euros."

Olivia no reaccionó de inmediato. Miró el papel, luego la barra, luego la cocina. No era una cifra absurda. Tampoco era cómoda. Sabía que James podía pedirla sin sentirse ladrón, pero también sabía que ella tendría que reformar, actualizar carta, reforzar comunicación, invertir en producto, mejorar la cava, cambiar parte de la vajilla y preparar una nueva identidad sin romper la anterior.

Olivia dice con acento sonorense, "Es una cifra seria."

James dice con acento mexicano, "Lo es."

Olivia apoyó el bolígrafo sobre la mesa.

Olivia dice con acento sonorense, "Y no está fuera de la realidad. Pero si pago eso, entro apretada. Y si entro apretada, el restaurante lo siente. No quiero comprar para sobrevivir, James. Quiero comprar para hacerlo crecer."

James entrecerró los ojos, no con molestia, sino con concentración.

James dice con acento mexicano, "¿Qué propones?"

Olivia tomó una hoja donde había hecho sus propios cálculos. La deslizó hacia él.

Olivia dice con acento sonorense, "Doscientos ochenta mil. Con una entrada fuerte al firmar y el resto en pagos acordados durante dieciocho meses. Sin regatearte por deporte. Es lo que me permite quedarme con aire para invertir desde el primer trimestre."

James miró la hoja. Leyó despacio. Olivia había incluido una proyección de reforma gradual, inversión en cocina, comunicación, eventos privados y actualización de carta. No era capricho. Era plan.

El cantante se recargó en la silla. Desde la cocina llegó una risa breve, luego el sonido de una licuadora encendiéndose. La vida del restaurante seguía, indiferente al peso simbólico de esa mesa.

James dice con acento mexicano, "Doscientos ochenta se me queda corto."

Olivia no se ofendió.

Olivia dice con acento sonorense, "Lo sé."

James la miró.

James dice con acento mexicano, "Y trescientos veinte te ahorca."

Olivia sostuvo su mirada.

Olivia dice con acento sonorense, "También lo sabes."

Hubo un silencio honesto. De esos que no necesitan llenarse con frases bonitas.

James se frotó la mandíbula. Pensó en sus años allí. Pensó en las noches en que el restaurante había estado vacío y él había dudado de todo. Pensó en la primera crítica buena. Pensó en Olivia llegando al equipo con esa mezcla de disciplina y carácter, corrigiendo caldos, elevando platos, ganándose al personal sin comprar simpatías. Pensó en lo que pasaría si le vendía a otro. Pensó en México esperándolo.

James dice con acento mexicano, "Trescientos mil."

Olivia respiró despacio.

James levantó una mano antes de que ella hablara.

James dice con acento mexicano, "Trescientos mil, pero con condiciones que te ayuden. Entrada al firmar, el resto en veinte meses. Te dejo dos contactos de patrocinio gastronómico que pueden servirte para eventos. Y durante los primeros tres meses, si necesitas que aparezca una noche para una inauguración de nueva etapa o algo especial antes de irme de lleno, lo hago. Sin cobrarte."

Olivia lo observó en silencio.

La propuesta era justa. Más que justa. No era solamente una venta. Era una entrega cuidada.

Olivia dice con acento sonorense, "¿Y tú qué pides además del precio?"

James miró hacia la pared donde colgaba una fotografía de un mercado mexicano. Una mujer mayor aparecía sirviendo comida en un puesto, con las manos firmes y el rostro serio. Esa foto siempre le había gustado.

James dice con acento mexicano, "Que no lo conviertas en una cosa sin alma."

Olivia suavizó la expresión.

James dice con acento mexicano, "Cámbiale lo que tengas que cambiarle. Métele Sonora, métele tu historia, hazlo más fino, más bravo, más tuyo. Pero no dejes que se vuelva un restaurante mexicano hecho para gente que no quiere entender México."

Olivia sintió que algo se le acomodaba en el pecho. Había esperado una condición de negocio, una cláusula, una exigencia sobre el nombre o la imagen. En cambio, James le estaba pidiendo respeto. Y eso ella sí podía prometerlo sin dudar.

Olivia dice con acento sonorense, "Eso no va a pasar."

James la miró con seriedad.

Olivia dice con acento sonorense, "Te lo digo bien claro. Este lugar va a cambiar, porque tiene que cambiar. Pero no va a perder raíz. Si algo quiero es que huela más a México, no menos. Que se sienta más verdadero. Más elegante, sí. Más preciso. Pero también más profundo."

James sonrió apenas.

James dice con acento mexicano, "Entonces estamos hablando el mismo idioma."

Olivia extendió la mano hacia la carpeta, tomó el bolígrafo y anotó la cifra en una hoja limpia: **300.000 euros**. Debajo escribió las condiciones generales: entrada al firmar, pagos durante veinte meses, traspaso completo, acompañamiento simbólico de James durante la transición y revisión legal final antes de notaría.

No era todavía la firma definitiva, pero era el acuerdo. El momento en que dos voluntades dejaban de rondarse y se encontraban en un punto concreto.

James miró la cifra escrita por Olivia. Luego miró sus manos. Manos de cantante, de hombre acostumbrado al micrófono, al aplauso, al escenario. Manos que habían sostenido contratos, botellas, guitarras, sueños. Olivia miró las suyas: manos de chef, de fuego, de cuchillo, de masa, de sal, de quemaduras pequeñas y precisión. Dos mundos distintos unidos por una misma nostalgia.

James se levantó primero.

James dice con acento mexicano, "Pues entonces, Olivia Fuentes Guerra, si los abogados no encuentran ninguna cosa rara y Dios no se pone creativo, Sabores de México es tuyo."

Olivia también se puso de pie. Su altura, su porte y esa mirada directa llenaron el pequeño espacio entre ambos. No sonrió de inmediato. Había emoción en ella, sí, pero también una conciencia profunda de lo que acababa de aceptar. Comprar un restaurante en la Gran Vía no era un sueño romántico. Era una batalla. Era despertarse antes que todos, acostarse con números en la cabeza, cargar con empleados, clientes, críticas, impuestos, proveedores y expectativas. Era poner su nombre en la puerta aunque todavía no estuviera escrito allí.

Luego sonrió.

Y esa sonrisa blanca, amplia, honesta, iluminó su rostro con la fuerza de una mujer que acababa de tomar posesión de su destino.

Olivia dice con acento sonorense, "Entonces lo voy a cuidar. Pero también lo voy a hacer mío."

James extendió la mano.

Olivia la tomó.

El apretón fue firme, sin exageración, sin teatro. Un acuerdo entre dos mexicanos en Madrid, rodeados por el aroma del chile, el café y el maíz; dos personas entendiendo que a veces vender no significa abandonar, y comprar no significa borrar. Afuera, la Gran Vía siguió rugiendo con su prisa elegante. Dentro, **Sabores de México** pareció contener la respiración durante un instante.

James apretó un poco más la mano de Olivia, con una emoción que no quiso disfrazar del todo.

James dice con acento mexicano, "Haz que valga la pena, chef."

Olivia sostuvo su mirada.

Olivia dice con acento sonorense, "Va a valerla."

Desde la cocina, alguien llamó a Olivia para revisar una preparación. La voz llegó mezclada con vapor, metal y el perfume profundo de los chiles tostados. Ella soltó la mano de James despacio, como quien termina un pacto y comienza otro. Antes de volver a su cocina, miró una vez más el comedor.

Las mesas vacías ya no le parecieron mesas esperando clientes.

Le parecieron territorio.

Le parecieron futuro.

Le parecieron fuego.
Indira
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Re: La Perla, sal y Mezcal

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Perlas de sangre y agave

Punto de vista: Aime Fuentes Montalbo

La casa de las hermanas

Madrid amanecía con esa luz de mayo que no terminaba de ser suave ni del todo insolente. Entraba por los balcones del piso de Olivia Fuentes Guerra como una sábana dorada, extendiéndose sobre el suelo de madera clara, las macetas de albahaca junto a la ventana, los libros de cocina abiertos sobre la mesa del comedor y una taza olvidada con restos de café frío.
El apartamento estaba en una zona tranquila, no demasiado lejos del movimiento de la Gran Vía, pero lo bastante apartado para que el ruido llegara filtrado, reducido a un rumor urbano de motores, pasos y conversaciones tempranas. Era un hogar vivido, no una casa de revista. Tenía fotografías pequeñas de Sonora, una manta tejida sobre el respaldo del sofá, cerámicas mexicanas en una repisa y un par de cuchillos profesionales perfectamente limpios sobre la isla de la cocina. Había orden, pero no rigidez. Calidez, pero no exceso.
Aime Fuentes Montalbo lo había notado desde el primer día.
Y también había notado lo fácil que sería usarlo.
La puerta se abrió poco después de las ocho de la mañana.
Aime entró con los tacones en la mano, el cabello rojo ligeramente revuelto sobre los hombros y el abrigo beige doblado sobre un brazo. No parecía avergonzada. Tampoco cansada de una forma vulgar. Su cansancio tenía una coreografía calculada: los labios apenas hinchados, la mirada miel todavía húmeda de una noche prolongada, el cuello largo sosteniendo la cabeza con esa altivez que convertía cualquier regreso en una aparición.
Vestía la misma blusa satinada color marfil con la que había salido la tarde anterior, aunque ahora llevaba los primeros botones abiertos con una naturalidad peligrosa. La falda negra, estrecha y elegante, seguía marcando su cintura con precisión. Sus pecas café con leche, dispersas sobre el puente de la nariz y la parte alta de los pómulos, daban a su rostro una inocencia que no tenía nada que ver con sus intenciones.
Cerró la puerta con cuidado.
No porque quisiera respetar el descanso de Olivia.
Sino porque le gustaba entrar sin pedir permiso, como si la casa ya hubiera empezado a pertenecerle.
Desde la cocina, el sonido de una cuchara contra una taza se detuvo.
Olivia apareció unos segundos después, descalza, con unos pantalones amplios de lino y una camiseta blanca sencilla. Llevaba el cabello recogido en un moño imperfecto y el rostro limpio, todavía marcado por la serenidad doméstica de quien había dormido poco, pero bien. En sus manos sostenía una taza de café recién hecho.
La miró de arriba abajo.
No con juicio.
Con preocupación.
Eso fue lo primero que irritó a Aime.
Olivia dice con acento sonorense, 'Buenos días.'
Aime levantó apenas la comisura de los labios.
Aime dice con acento jalisciense, 'Buenos días, hermana.'
La palabra hermana salió dulce, pulida, casi afectuosa. Pero no tocó el centro de la frase. Se quedó en la superficie, como una joya falsa sobre terciopelo caro.
Olivia se apoyó en el marco de la cocina.
Olivia dice con acento sonorense, 'No sabía si ibas a volver anoche o hasta mediodía.'
Aime dejó los tacones junto a la entrada con una delicadeza estudiada. Luego se quitó el abrigo lentamente, como si no hubiera sido sorprendida regresando de una noche ajena, sino entrando a un salón donde todos debían esperar a que ella terminara de acomodarse.
Aime dice con acento jalisciense, 'Volví a una hora razonable para Madrid.'
Olivia arqueó una ceja.
Olivia dice con acento sonorense, 'Son las ocho y cuarto de la mañana.'
Aime caminó hacia la sala. Sus pies descalzos tocaron la madera con ligereza. Incluso sin tacones mantenía esa postura vertical, impecable, como si una línea invisible la sujetara desde la coronilla.
Aime dice con acento jalisciense, 'Exacto. La mañana apenas empieza.'
Olivia respiró hondo. No sonrió, pero su rostro tampoco se endureció. Esa era una de las cosas que Aime encontraba más útiles y más desesperantes en ella: Olivia tardaba en ofenderse. Antes de hacerlo, intentaba comprender.
Aime lo veía como una debilidad.
Y como una herramienta.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quieres café?'
Aime giró la cabeza hacia ella. Sus ojos miel, todavía cargados de una luz espesa, se detuvieron en la taza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Negro. Sin azúcar.'
Olivia asintió y regresó a la cocina.
Aime la siguió sin prisa, observando cada detalle como si estuviera evaluando una propiedad. La encimera limpia. La libreta con anotaciones del menú de Sabores de México. Una carpeta con presupuestos de proveedores. Un ramo pequeño de flores frescas en un vaso ancho. La vida de Olivia estaba sobre esa mesa con una confianza casi obscena.
Aime se acercó a la libreta.
Leyó una línea sin tocarla.
Mole blanco con piñón. Tostada de callo estilo Sonora. Tamal de elote con crema ahumada.
Sus labios se afinaron.
Olivia no era una chef improvisada. Eso Aime ya lo sabía. Pero verlo escrito, verlo materializado en decisiones, en costos, en proveedores, en platos con intención, le produjo una incomodidad sorda. Olivia tenía algo que ella no había conseguido del todo: un mundo propio que no dependía de la herencia de José Fuentes.
Aime tenía la hacienda. Tenía el apellido. Tenía las tierras de agave, los hornos, las bodegas, los contactos, los números, las esculturas y la belleza feroz que sabía convertir en ventaja. Pero Olivia tenía algo más irritante: legitimidad ganada.
Y la gente solía confundirse ante esas cosas.
Olivia puso una taza frente a ella.
Olivia dice con acento sonorense, 'Toma.'
Aime rodeó la taza con ambas manos. Sus uñas largas, perfectamente limadas, brillaron contra la cerámica blanca.
Aime dice con acento jalisciense, 'Gracias.'
Olivia se sentó del otro lado de la isla. La observó un momento.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Estás bien?'
Aime bebió un sorbo de café antes de responder. Le gustó. Era fuerte, aromático, sin amargura excesiva.
Aime dice con acento jalisciense, 'Estoy perfecta.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso no fue lo que pregunté.'
Aime levantó la mirada.
Ahí estaba. Esa pequeña firmeza inesperada en Olivia. No era dominante, no era arrogante, no intentaba imponerse. Pero tenía raíz. Como los árboles del desierto que parecían secos hasta que uno intentaba arrancarlos.
Aime sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Conocí a alguien.'
Olivia bajó la taza despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Ajá.'
Aime cruzó una pierna sobre la otra. El gesto fue simple, pero exacto; una apertura mínima del cuerpo, una forma silenciosa de recordar que la conversación giraba alrededor de ella.
Aime dice con acento jalisciense, 'En una cafetería cerca de Chamberí. Yo estaba revisando unos correos de la hacienda y acomodando unas notas para la entrevista de mañana.
Aime dice con acento jalisciense, Se llamaba Jorge. O eso dijo. Español, abogado, veintitantos años, manos lindas, conversación aceptable y una necesidad muy transparente de impresionar.'
Olivia la miró con una mezcla de paciencia y cansancio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime.'
Aime bebió otro sorbo.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Qué?'
Olivia dice con acento sonorense, 'Tienes entrevista mañana con una directora de galería importante. Llegaste hace dos días. Estás en una ciudad que no conoces bien. Y te fuiste con un desconocido.'
Aime dejó la taza sobre la isla sin hacer ruido. Sus ojos se aclararon un poco, adquiriendo ese ámbar eléctrico que en otra mujer habría parecido ternura. En ella era una cortina.
Aime dice con acento jalisciense, 'No me fui con un desconocido. Me fui con una oportunidad de entretenimiento.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso no lo vuelve más seguro.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Olivia, no soy una niña.'
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije que lo fueras.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo insinuaste.'
Olivia apoyó los antebrazos sobre la isla.
Olivia dice con acento sonorense, 'Insinué que me preocupas.'
La frase quedó ahí.
Sencilla. Directa. Sin defensa.
Aime sintió un pequeño tirón interno, no de culpa, sino de fastidio. La preocupación de Olivia tenía una textura incómoda. No era posesiva ni útil como la de otros. No venía con demanda inmediata. No parecía querer comprar obediencia. Solo estaba ahí, expuesta, honesta.
Y Aime detestaba las emociones que no podía convertir de inmediato en deuda.
Durante un segundo, su rostro se suavizó. No porque la hubiera conmovido, sino porque supo que eso funcionaría mejor.
Aime bajó la mirada hacia la taza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Perdón. No quise preocuparte.'
Olivia parpadeó. La dureza de sus hombros cedió un poco.
Aime lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Olivia dice con acento sonorense, 'Nomás avísame la próxima vez, ¿sí? No para controlarte. Para saber que estás bien.'
Aime asintió lentamente.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está bien. Te aviso.'
Mentirle fue fácil.
Lo difícil fue que Olivia pareciera aliviada.
La chef se levantó y fue hacia el refrigerador. Sacó fruta cortada, yogur natural y un recipiente con algo que olía a salsa tatemada.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Has desayunado?'
Aime dice con acento jalisciense, 'No.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Siéntate. Te preparo algo rápido.'
Aime la observó moverse por la cocina con esa seguridad que no necesitaba adornos. Olivia no cocinaba para lucirse en su propia casa. Cocinaba como quien respira, como quien traduce afecto en fuego, sal y cuchillo. Cortó pan, calentó una tortilla, revisó unos frijoles, exprimió limón sobre aguacate.
Aime pensó en Sabores de México.
Pensó en los invitados de la inauguración.
Pensó en la posibilidad de que aquella cocina, ese restaurante y el apellido Fuentes empezaran a asociarse más con Olivia que con la hacienda de Guadalajara.
No.
Eso no podía permitirse.
Aime apoyó la barbilla sobre una mano.
Aime dice con acento jalisciense, 'Ayer estuve revisando algunas cosas del restaurante.'
Olivia giró apenas.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Qué cosas?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo que me has contado. El concepto. La ubicación. La inauguración. La prensa que quieres invitar.'
Olivia volvió a la sartén.
Olivia dice con acento sonorense, 'Todavía estoy afinando eso.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Precisamente.'
Olivia se quedó quieta un instante.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Precisamente qué?'
Aime sonrió con suavidad.
Aime dice con acento jalisciense, 'Creo que podríamos hacerlo más grande.'
Olivia apagó el fuego. Puso el plato frente a Aime: huevos con salsa tatemada, aguacate, frijoles y una tortilla caliente envuelta en servilleta de tela. Un desayuno sencillo, pero impecable.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Podríamos?'
Aime tomó el tenedor.
Aime dice con acento jalisciense, 'No te pongas territorial. Estoy pensando en ayudarte.'
Olivia se cruzó de brazos.
Olivia dice con acento sonorense, 'No me estoy poniendo territorial. Estoy preguntando qué quieres decir.'
Aime cortó un trozo de huevo y lo probó. Se tomó un momento antes de hablar. Sabía que a Olivia le importaba su comida, y también sabía que el silencio después del primer bocado le daría poder.
Luego sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está muy bueno.'
Olivia la miró con desconfianza.
Olivia dice con acento sonorense, 'Gracias.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo digo en serio. Tienes mano. Mucha.'
La defensa de Olivia bajó apenas. Otro punto exacto.
Aime continuó.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sabores de México no debería presentarse solo como un restaurante. Debería presentarse como una experiencia cultural mexicana contemporánea. Gastronomía, arte, tequila, diseño, territorio. México sin folclor barato. México con poder.'
Olivia la escuchó.
Eso bastaba por ahora.
Aime dice con acento jalisciense, 'Yo tengo la hacienda. Tengo la historia del agave. Tengo piezas escultóricas que dialogan con la tierra, con el fuego, con la transformación. Tú tienes la cocina. Si lo hacemos bien, la inauguración podría convertirse en algo que la prensa de Madrid no trate como una apertura más, sino como una declaración.'
Olivia tardó en responder.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Y casualmente tus esculturas estarían ahí?'
Aime no se ofendió. Al contrario, sus ojos se encendieron un poco.
Aime dice con acento jalisciense, 'No casualmente. Estratégicamente.'
Olivia suspiró.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime.'
Aime dice con acento jalisciense, '¿Qué? Es una buena idea.'
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije que fuera mala.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces no pongas esa cara.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Pongo esta cara porque me estás vendiendo una colaboración como si ya la hubieras decidido tú sola.'
Aime dejó el tenedor sobre el plato.
La frase le molestó.
No por injusta.
Por precisa.
Su rostro permaneció tranquilo, pero el tono de sus ojos cambió, volviéndose más denso, más ocre. Esa mirada suya podía parecer herida cuando en realidad estaba calculando el ángulo de entrada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Pensé que te daría gusto que quisiera involucrarme.'
Olivia no respondió de inmediato.
Aime vio el golpe entrar.
Había elegido bien.
Olivia quería una hermana. No una socia. No una rival. No una visitante de paso. Quería algo que Aime no tenía intención de ofrecerle por completo, pero sí podía administrar en dosis pequeñas.
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí me da gusto que quieras estar aquí.'
Aime bajó la mirada otra vez.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces déjame estar.'
El silencio siguiente fue breve, pero delicado.
Olivia se apoyó contra la encimera. Su rostro se suavizó de una manera que a Aime le pareció casi ingenua.
Olivia dice con acento sonorense, 'No tienes que demostrarme nada para quedarte, Aime.'
Aime sintió una punzada leve en el estómago.
No era ternura. No exactamente.
Era el desconcierto de escuchar una frase que no traía trampa visible.
Aime tomó la taza y bebió café para ocultar cualquier reacción.
Aime dice con acento jalisciense, 'Todas las personas dicen eso hasta que empiezan a llevar cuentas.'
Olivia la miró con más atención.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quién te enseñó eso?'
La pregunta fue demasiado directa.
Aime sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'La vida. Los abogados. Los trabajadores de la hacienda. Los proveedores. Los parientes. Mi padre.'
Olivia bajó la mirada.
José Fuentes era un nombre que, entre ellas, no terminaba de quedarse quieto. Para Olivia, había sido una ausencia con visitas. Para Aime, una presencia exigente, pesada, llena de expectativas y favoritismos que cambiaban según la conveniencia. El mismo hombre había dejado heridas distintas en cada hija.
Y también una herencia desigual.
Olivia dice con acento sonorense, 'Mi papá no fue fácil.'
Aime alzó una ceja.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tu papá.'
Olivia levantó la vista.
Olivia dice con acento sonorense, 'Nuestro papá.'
Aime sonrió sin calidez.
Aime dice con acento jalisciense, 'Qué generosa.'
Olivia apretó los labios. Por primera vez esa mañana, algo en ella se cerró.
Olivia dice con acento sonorense, 'No vine a pelear contigo.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Estamos desayunando.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Contigo a veces las dos cosas se parecen mucho.'
Aime soltó una risa baja.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso fue casi gracioso.'
Olivia se sirvió más café. No le ofreció más a Aime. El gesto fue pequeño, pero Aime lo registró como una resistencia.
La casa ya no estaba tan dócil.
Aime decidió cambiar de terreno.
Aime dice con acento jalisciense, 'La entrevista de mañana es a las once.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Con la directora de Jannah al-Fan.'
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, Latifa Mubarak. Árabe, formada en París, instalada en Madrid. Tiene fama de elegir artistas con discurso político y estética impecable. No compra solo belleza. Compra narrativa.'
Olivia dice con acento sonorense, '¿Y tú qué vas a venderle?'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Transformación. Herencia. Fuego. Materia domesticada. El agave como memoria familiar y como violencia elegante.'
Olivia permaneció callada unos segundos.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso sí suena a ti.'
Aime sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Lo dices como elogio?'
Olivia dice con acento sonorense, 'Lo digo como observación.'
Aime volvió a tomar el tenedor. Comió otro bocado, despacio.
Aime dice con acento jalisciense, 'Necesito que me acompañes mañana.'
Olivia parpadeó.
Olivia dice con acento sonorense, '¿A la galería?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia dice con acento sonorense, '¿Por qué?'
La pregunta llegó demasiado rápido para el gusto de Aime.
Aime no dejó que se le notara.
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque eres mi hermana. Porque vives aquí. Porque conoces Madrid mejor que yo. Y porque una chef mexicana a punto de abrir un restaurante en la Gran Vía complementa muy bien mi discurso.'
Olivia soltó aire por la nariz.
Olivia dice con acento sonorense, 'Ahí está.'
Aime dice con acento jalisciense, '¿Ahí está qué?'
Olivia dice con acento sonorense, 'La parte real.'
Aime se echó hacia atrás en la silla. Su cuello largo se tensó apenas, elegante incluso en la incomodidad.
Aime dice con acento jalisciense, 'No finjas que la estrategia te ofende. Tú también estás abriendo un negocio. Sabes cómo funciona esto.'
Olivia dice con acento sonorense, 'La estrategia no me ofende. Me ofende que escondas el cariño detrás de la estrategia y la estrategia detrás del cariño.'
La frase cayó limpia.
Aime no respondió.
Durante un segundo, la cocina pareció demasiado clara, demasiado silenciosa, demasiado íntima para una mujer acostumbrada a convertir cada habitación en escenario. Afuera, Madrid seguía moviéndose. Un claxon lejano. Una persiana metálica subiendo en algún local. Voces en la calle. La ciudad no sabía que, dentro de ese piso, dos hijas de José Fuentes estaban midiendo la herencia invisible que él les había dejado.
Aime fue la primera en sonreír.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eres más lista de lo que pareces.'
Olivia no se rio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Y tú más triste de lo que quieres parecer.'
Aime sintió la frase como una mano entrando sin permiso.
Su mirada cambió. El ámbar se endureció hacia un miel cobrizo, metálico. Ya no había falsa calidez en sus ojos. Solo una quietud fría, contenida, peligrosa.
Aime dice con acento jalisciense, 'No vuelvas a hacer eso.'
Olivia sostuvo la mirada.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Hacer qué?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Hablar como si me conocieras.'
Olivia bajó la voz.
Olivia dice con acento sonorense, 'Entonces déjame conocerte.'
Aime se levantó.
La silla no rechinó. Ella jamás permitía que sus movimientos sonaran torpes. Tomó su taza, caminó hasta el fregadero y la dejó ahí con una calma tan perfecta que parecía fabricada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo que ducharme. Después voy a revisar unas llamadas de Guadalajara.'
Olivia no intentó detenerla.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Todo bien en la hacienda?'
Aime se detuvo de espaldas.
Pensó en los correos pendientes. En el administrador solicitando autorización para reparar una fuga en el sistema de riego. En los números de exportación. En las quejas de un proveedor. En el capataz que llevaba dos semanas pidiendo una reunión directa porque no confiaba en las órdenes enviadas desde Madrid.
Pensó también en Jorge, el abogado español de manos lindas, dormido cuando ella se marchó de su apartamento sin dejar nota. Había sido amable. Demasiado fácil. La había mirado como muchos hombres la miraban: creyendo descubrir algo espontáneo en una mujer que no hacía nada sin medir el efecto.
Aime dice con acento jalisciense, 'Todo está bajo control.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso tampoco fue lo que pregunté.'
Aime giró apenas el rostro.
Aime dice con acento jalisciense, 'Pero es la respuesta que tengo.'
Luego salió de la cocina.
Caminó por el pasillo hacia la habitación de invitados que Olivia le había preparado. La puerta estaba entreabierta. Dentro, sus maletas seguían ordenadas con precisión casi militar. Ropa colgada por colores. Estuche de maquillaje sobre la cómoda. Una carpeta negra con fotografías de sus esculturas. Una libreta de piel con notas para la entrevista. Dos pequeños frascos de tequila premium de la hacienda, traídos no como regalo, sino como símbolo.
Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero.
La mujer que le devolvió la mirada parecía intacta.
Cabello rojo carmesí cayendo como seda salvaje. Piel pálida. Pecas dulces. Boca serena. Cuerpo firme, construido con disciplina y vanidad. Ojos de miel endurecida.
Aime levantó una mano y acomodó un mechón junto a su cuello. Luego inclinó la cabeza, estudiándose con la misma severidad con la que evaluaba una escultura antes de decidir si merecía existir.
Mañana tendría a Latifa Mubarak frente a ella.
El viernes sería una puerta.
Madrid podía abrirse.
Olivia podía servirle de puente.
Sabores de México podía convertirse en escaparate.
Y la ternura de su hermana, bien administrada, podía ser más útil que cualquier recomendación formal.
Aime sonrió al espejo.
No era una sonrisa feliz.
Era una promesa.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Una cosa a la vez.'
Al otro lado de la puerta, en la cocina, Olivia permaneció sola con el desayuno a medio recoger. Miró hacia el pasillo por donde Aime se había ido y luego bajó la vista a la libreta del restaurante.
Durante años había imaginado a su media hermana como una figura lejana, casi abstracta: la hija menor, la de Guadalajara, la heredera de la hacienda, la muchacha del cabello rojo de la que José hablaba con una mezcla de orgullo y cansancio.
Ahora la tenía en su casa.
Y comprendía, con una claridad incómoda, que acercarse a Aime no sería como recuperar una parte perdida de la familia.
Sería como aprender a sostener fuego sin quemarse.
Olivia tomó la taza de Aime del fregadero, la lavó en silencio y la dejó escurrir junto a la suya.
Olivia murmura con acento sonorense, 'Ay, muchacha.'
No había rabia en su voz.
Todavía no.
Solo una tristeza prudente.
Y, debajo de esa tristeza, una decisión lenta: Olivia quería a Aime cerca, sí. Pero no estaba dispuesta a dejar que su hermana menor convirtiera su casa, su restaurante y su vida en otro territorio heredado.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de Sangre y Agave.

La piedra no se inclina

Punto de vista: AIme.

Aime Fuentes Montalbo llegó sola a la galería Jannah al-Fan a las diez con cuarenta y dos de la mañana.
Olivia no había confirmado si la acompañaría.
No había mandado mensaje. No había llamado. No había dejado una nota sobre la mesa del desayuno. Nada.
Aime tampoco había preguntado dos veces.
No iba a rogar.
Esa idea le había acompañado durante el trayecto en taxi desde el departamento hasta el barrio donde se encontraba la galería, una zona de Madrid de calles limpias, fachadas sobrias y escaparates diseñados para parecer discretos aunque todo en ellos costara demasiado. A través de la ventanilla, la ciudad pasaba con su ruido de viernes: motos entre carriles, gente con café en mano, turistas mirando mapas en el móvil, señoras bien vestidas saliendo de portales antiguos, repartidores descargando cajas frente a restaurantes que todavía no abrían.
Aime iba sentada en el asiento trasero con la espalda recta, las piernas cruzadas, una carpeta negra sobre el regazo y el teléfono en la mano. No miraba la pantalla porque esperara un mensaje de Olivia. Eso se repetía a sí misma con cierta dureza. Miraba la pantalla porque tenía pendientes de la hacienda, porque un correo de Guadalajara había llegado de madrugada, porque el administrador insistía en hablar con ella antes de autorizar un ajuste de presupuesto para mantenimiento.
Pero cada vez que el teléfono vibraba, sus ojos bajaban demasiado rápido.
Ninguna notificación era de Olivia.
Aime bloqueó la pantalla y la dejó boca abajo.
Llevaba un traje de lino color hueso, entallado en la cintura, con pantalón recto y chaqueta abierta sobre una blusa de seda color vino oscuro. El rojo carmesí cobrizo de su cabello caía peinado en ondas limpias sobre un hombro, brillante, denso, trabajado con una precisión que parecía natural solo para quien no supiera cuánto tiempo requería fabricar esa impresión. En los labios llevaba un tono suave, casi desnudo, para que sus pecas café con leche conservaran esa apariencia juvenil que le convenía. Los ojos, grandes y almendrados, tenían una luz miel más clara de lo habitual.
Había decidido entrar como una artista seria.
No como una heredera.
No como una hermana de nadie.
No como una muchacha mexicana pidiendo una oportunidad.
El taxi se detuvo frente a un edificio de piedra clara con balcones de hierro negro y una puerta amplia de cristal ahumado. Sobre una placa de latón cepillado se leía el nombre de la galería en letras sobrias:
Jannah al-Fan.
Paraíso del Arte.
Aime pagó, bajó sin prisa y esperó a que el conductor sacara del maletero la caja rígida donde viajaba la pieza de muestra. No era la obra completa en su escala original; esa permanecía en resguardo en un taller especializado, preparada para transporte. Lo que llevaba era una versión reducida, autorizada por ella misma, elaborada con los mismos materiales, más un dossier fotográfico completo de la escultura principal.
El conductor dejó la caja sobre la acera.
Taxista dice con acento español, '¿Quiere que se la acerque a la puerta? Pesa un poco.'
Aime lo miró.
No con dureza.
Con esa cortesía distante que colocaba a la otra persona justo donde ella quería.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí, por favor. Hasta recepción.'
El hombre obedeció.
Aime no cargaba cosas pesadas cuando podía lograr que alguien más lo hiciera sin pedirlo demasiado.
Entró a la galería con una calma controlada. Lo primero que la recibió fue el olor: piedra fría, madera encerada, pintura reciente y un leve rastro floral que venía de algún difusor caro, apenas perceptible. El vestíbulo era amplio, con muros blancos de acabado mate, piso de microcemento gris claro y una iluminación precisa, fría sin ser hospitalaria. Las obras expuestas en la sala principal no competían entre sí. Había espacio alrededor de cada una. Silencio suficiente para que el visitante se sintiera obligado a bajar la voz.
Aime reconoció de inmediato una intención curatorial fuerte.
Nada estaba ahí por decoración.
Eso le gustó.
Y la irritó.
Una recepcionista joven, vestida de negro, levantó la vista desde el mostrador.
Recepcionista dice con acento español, 'Buenos días.'
Aime se acercó. El taconeo sobre el suelo pulido sonó limpio, medido, imposible de ignorar.
Aime dice con acento jalisciense, 'Buenos días. Tengo cita con la señora Latifa Mubarak a las once. Aime Fuentes Montalbo.'
La recepcionista revisó la agenda en una tableta.
Recepcionista dice con acento español, 'Sí, la tenemos registrada. La señora Mubarak está terminando una llamada. Puede esperar unos minutos. ¿Quiere agua, café o té?'
Aime dejó que pasara un segundo antes de responder.
Aime dice con acento jalisciense, 'Agua natural, gracias.'
La recepcionista asintió y miró la caja rígida.
Recepcionista dice con acento español, '¿La pieza viene ahí?'
Aime volvió apenas el rostro hacia la caja.
Aime dice con acento jalisciense, 'Una versión de estudio. La obra principal no se transporta sin condiciones técnicas adecuadas.'
La recepcionista recibió el comentario con una sonrisa profesional.
Recepcionista dice con acento español, 'Claro. Puede dejarla aquí junto al mostrador por ahora.'
Aime no respondió de inmediato. Miró el lugar exacto donde la joven señalaba. Era seguro, sí. Limpio, también. Pero estaba demasiado cerca del paso.
Aime dice con acento jalisciense, 'Prefiero que permanezca a la vista y lejos del tránsito.'
La recepcionista parpadeó una vez.
Recepcionista dice con acento español, 'Por supuesto. La colocamos al lado de ese muro.'
El taxista, que aún aguardaba una instrucción final, movió la caja hacia el lugar indicado.
Aime le dio las gracias con una sonrisa breve. Luego recibió el vaso de agua y se sentó en una banca baja, tapizada en tela gris perla, frente a una escultura abstracta de mármol blanco y hierro oxidado.
No sacó el teléfono.
No quería parecer ansiosa.
Mientras esperaba, observó la sala. Había tres visitantes en silencio, una pareja mayor y un hombre con gafas de montura gruesa. Más al fondo, un asistente ajustaba la ficha técnica de una obra. Los sonidos eran pequeños: el roce de suela sobre el piso, una tos contenida, el zumbido bajo del sistema de climatización, una puerta cerrándose en algún pasillo interno.
Aime bebió agua.
A las once en punto, una mujer apareció desde el corredor que conducía a las oficinas.
Latifa Mubarak no necesitaba alzar la voz para dominar el espacio.
posee una fisonomía que evoca los paisajes serenos de las islas de Baréin, manifestando una belleza que reside en la salud y la honestidad de su forma. Su cabeza está coronada por una cabellera azabache, densa y de una textura generosa que fluye como el petróleo crudo, la cual suele recoger con una sencillez pragmática, dejando al descubierto una frente despejada y una mandíbula de líneas suaves pero definidas. Su rostro es un lienzo de calidez; sus ojos, grandes y almendrados con el color de los dátiles maduros, poseen una claridad que sugiere una observación profunda del mundo, enmarcados por cejas naturales que no conocen la rigidez del diseño artificial. Su nariz es recta y fina, descendiendo hacia unos labios de color arcilla, carnosos de forma natural y habituados a una expresión de tranquilidad que prescinde de cualquier cosmético. Su cuello es esbelto y firme, sirviendo de transición hacia unos hombros de notable presencia; no son hombros frágiles, sino la base de una estructura atlética forjada por horas de cincelar piedra y amasar volúmenes de barro. Esta fuerza se extiende por sus brazos, donde la musculatura es magra y funcional, culminando en unas manos que son el testimonio vivo de su oficio: palmas amplias, dedos largos de gran destreza y una piel que, aunque suave, revela la callosidad sutil de quien domina la materia. El torso de Latifa mantiene una elegancia orgánica, con una postura erguida que nace de una columna vertebral acostumbrada al equilibrio y una cintura que se mueve con la fluidez del agua del Golfo. Sus piernas son largas y de pisada segura, terminando en pies que prefieren la libertad de unas sandalias abiertas o el contacto directo con el suelo del taller. En conjunto, su cuerpo no es un objeto de exhibición, sino un instrumento de creación, irradiando una vitalidad joven y una sobriedad estética que convierte su simple presencia en una forma de arte en sí misma.
El rostro de Latifa es una síntesis de armonía y autenticidad, donde cada rasgo parece haber sido tallado con la misma paciencia con la que ella trata sus esculturas. Su estructura ósea presenta una suavidad ovalada que se acentúa en una mandíbula limpia y unos pómulos sutilmente marcados, proporcionándole una simetría natural que no requiere de artificios para destacar. La piel, de un tono bronce cálido que recuerda a la arena de las costas de Manama al atardecer, posee una textura vibrante y mate, libre de maquillajes pesados, permitiendo que la frescura de su juventud brille a través de una superficie limpia y bien cuidada. Sus ojos son, sin duda, el centro gravitacional de su expresión. De forma almendrada y amplia, están enmarcados por unas pestañas negras, densas y naturalmente curvas que proyectan sombras suaves sobre sus iris de color café moca profundo. Estos ojos poseen una claridad excepcional, una mirada "limpia" que transmite una inteligencia serena y una capacidad de observación casi táctil, como si pudiera medir el volumen de los objetos solo con verlos. Sus cejas, oscuras y de arco orgánico, mantienen su grosor natural sin seguir modas rígidas, aportando una fuerza de carácter que equilibra la dulzura de su boca. Los labios, de un tono rosado terroso, tienen una curva definida y relajada, habituados más a la concentración del trabajo que a la tensión, completando una fisonomía que proyecta una belleza atemporal, equilibrada y profundamente humana.
Aime las miró primero.
Latifa lo notó.
Eso fue lo segundo que Aime entendió.
Lo primero fue que esa mujer no iba a impresionarse con facilidad.
Latifa se acercó con una sonrisa sobria.
Latifa dice con acento árabe, 'Señorita Fuentes Montalbo.'
Aime se puso de pie.
Aime dice con acento jalisciense, Señorita Mubarak. Gracias por recibirme.'
Se dieron la mano.
El apretón de Latifa fue firme, seco, sin agresividad. No intentaba imponerse; no lo necesitaba.
Latifa miró la caja rígida.
Latifa dice con acento árabe, 'Veo que ha traído una pieza.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Una versión de estudio. La obra principal está documentada en el dossier y disponible para revisión técnica cuando usted lo considere necesario.'
Latifa volvió los ojos hacia ella.
Latifa dice con acento árabe, 'Bien. Me gusta cuando un artista sabe distinguir entre presentación y transporte.'
Aime sonrió, apenas.
Aime dice con acento jalisciense, 'La escultura no se improvisa en una maleta.'
Latifa sostuvo la mirada un segundo más.
Latifa dice con acento árabe, 'No. No se improvisa.'
No hubo halago claro. Tampoco rechazo. Solo una puerta entreabierta.
Latifa indicó el pasillo con una mano.
Latifa dice con acento árabe, 'Venga conmigo. Hablaremos en mi despacho. Nadia, por favor, que lleven la caja con cuidado.'
La recepcionista llamó a un asistente. Dos personas tomaron la caja con correas y la siguieron por el pasillo.
Aime caminó junto a Latifa.
El corredor era más estrecho que la sala principal, pero mantenía la misma limpieza visual. En las paredes había fotografías en blanco y negro de procesos artísticos: manos cubiertas de polvo, moldes abiertos, metal fundido, piedra tallada, arcilla húmeda. Aime miró una imagen de una mujer golpeando mármol con cincel. La fotografía capturaba el instante exacto en que el cuerpo se inclinaba hacia la materia.
Latifa dice con acento árabe, 'Esa pieza fue mía.'
Aime giró la cabeza hacia ella.
Aime dice con acento jalisciense, '¿La del mármol?'
Latifa dice con acento árabe, 'Sí. Hace dieciocho años. Pesaba casi tres toneladas. Tardé ocho meses en terminarla y dos años en venderla.'
Aime no supo si aquello era una advertencia o una cortesía.
Aime dice con acento jalisciense, 'Las obras pesadas piden paciencia.'
Latifa dice con acento árabe, 'Y dinero. Mucho dinero. Espacio, seguro, montaje, mantenimiento, compradores adecuados. La paciencia sola no paga una grúa.'
Aime aceptó el golpe sin bajar el rostro.
Aime dice con acento jalisciense, 'Por eso vine con números.'
Latifa abrió la puerta de su despacho.

El despacho de Latifa

El despacho administrativo de Latifa Mubarak no tenía la frialdad de una oficina común. Era funcional, pero cada elemento parecía elegido por alguien que pensaba con las manos. La mesa principal era de madera oscura, amplia, con vetas visibles bajo una capa mate. Sobre ella había una computadora, una libreta abierta, un portaminas metálico, varias fichas de artistas y una pequeña escultura de arcilla sin esmaltar que parecía un fragmento de torso.
El olor era distinto al de la sala: café árabe, papel, madera y un rastro mineral que venía de una repisa donde descansaban muestras de piedra, metal y cerámica. Junto a la ventana había una mesa auxiliar cubierta con catálogos de exposiciones. En una pared lateral, un tablero reunía planos de montaje, fotografías de obras y notas adhesivas colocadas con orden riguroso. No era un espacio decorativo. Era un lugar de decisiones.
Latifa señaló una silla frente al escritorio.
Latifa dice con acento árabe, 'Siéntese, por favor.'
Aime se sentó sin apresurarse. Cruzó las piernas y colocó la carpeta sobre sus rodillas. No dejó que la silla la hiciera parecer pequeña. Enderezó la espalda, alargó el cuello y mantuvo los hombros relajados. Si Latifa quería evaluarla, vería control.
Los asistentes entraron con la caja.
Latifa dice con acento árabe, 'Aquí, sobre la mesa de revisión.'
La mesa de revisión estaba a un lado del despacho, cubierta con fieltro gris. Los asistentes colocaron la caja encima. Aime se levantó de inmediato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Yo la abro.'
No pidió permiso.
Latifa tampoco la detuvo.
Aime liberó los cierres con movimientos precisos. Dentro, la versión de estudio de la escultura descansaba protegida por espuma cortada a medida y tela de algodón crudo. Antes de tocar la pieza, Aime se quitó los anillos y los dejó junto a la carpeta. Luego sacó unos guantes negros de algodón del bolsillo interior de la caja.
Latifa observó en silencio.
Aime notó esa mirada.
Le agradó que Latifa observara los detalles correctos.
Con cuidado, extrajo la escultura.
“Agave bajo la lengua del fuego” apareció bajo la luz blanca del despacho.
Era más pequeña que la obra final, pero conservaba su tensión. La base ovalada de piedra volcánica negra tenía un peso visual inmediato, una presencia porosa, oscura, casi áspera al ojo. De ella ascendían formas inspiradas en el corazón del agave, trabajadas en bronce patinado, abiertas hacia arriba con una mezcla de filo y curva. No parecían hojas naturales, sino estructuras tensas, casi defensivas. Algunas superficies tenían un verde grisáceo apagado; otras se hundían en un azul petróleo ennegrecido. En el centro, la pieza de vidrio soplado en tonos ámbar, miel y dorado atrapaba la luz del despacho y la devolvía en reflejos cálidos. Las vetas rojizas dentro del vidrio parecían suspendidas, detenidas en mitad de una combustión.
Los bordes de cobre pulido marcaban ciertas líneas como cicatrices limpias. Las grietas rellenas de resina color caramelo no ocultaban la fractura; la hacían parte del lenguaje de la obra.
Latifa se acercó.
No dijo nada durante casi un minuto.
Aime permaneció al lado de la mesa, quieta, permitiendo que la obra trabajara por ella. Esa era una disciplina difícil para alguien como ella. Aime prefería conducir las impresiones, no esperar a que nacieran. Pero sabía que hablar demasiado pronto podía abaratar la pieza.
Latifa inclinó un poco el rostro. Miró la base. Después el vidrio. Después las uniones.
Latifa dice con acento árabe, '¿Quién fundió el bronce?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Un taller en Tlaquepaque. Yo trabajé el modelo, supervisé la cera, la fundición, la pátina y los acabados.'
Latifa dice con acento árabe, '¿La piedra?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Volcánica. Jalisco. La pieza final usa un bloque más estable, tratado para evitar desprendimiento superficial. Esta versión conserva más textura porque quería que la muestra hablara con menos corrección.'
Latifa tomó una lámpara pequeña de revisión y dirigió la luz hacia una de las grietas rellenas con resina.
Latifa dice con acento árabe, 'La resina puede envejecer mal si no se protege de ciertos cambios de temperatura.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo sé. Uso resina epóxica con estabilizador UV. En la pieza final va sellada en capas finas, no en volumen profundo. Tengo ficha técnica del material y recomendaciones de conservación.'
Latifa miró hacia ella.
Latifa dice con acento árabe, 'Tráigamela.'
Aime abrió la carpeta negra y sacó una hoja impresa. Se la entregó.
Latifa leyó de pie. No hacía gestos. Sus ojos iban de una línea a otra con rapidez.
Latifa dice con acento árabe, 'Peso de la obra final.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Ciento dieciocho kilos con base incluida.'
Latifa dice con acento árabe, 'Dimensiones.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Ciento diez centímetros de alto, ochenta y dos de ancho, cincuenta y seis de profundidad.'
Latifa dice con acento árabe, '¿Edición única?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Pieza única. Esta versión de estudio no se vende como obra independiente. Puede permanecer como apoyo curatorial, pero no entra al mercado.'
Latifa dejó la hoja sobre la mesa.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso es una decisión fuerte para una artista nueva.'
Aime sostuvo la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'No estoy construyendo volumen. Estoy construyendo valor.'
Latifa no sonrió, pero algo en sus ojos cambió.
Latifa dice con acento árabe, 'Todos los artistas que entran aquí dicen alguna versión de eso.'
Aime no se movió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces algunos lo dirán mejor que otros.'
El silencio fue breve.
Latifa regresó a su silla. Aime también se sentó, aunque dejó la escultura descubierta sobre la mesa de revisión.
Latifa dice con acento árabe, 'Hábleme de usted. No del apellido. De usted.'
Aime dejó la carpeta sobre el escritorio, abierta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo veintiséis años. Me formé primero en talleres privados en Guadalajara y después tomé cursos especializados en modelado, fundición y materiales mixtos. No vengo de una academia europea, si eso es lo que pregunta. Vengo de una hacienda tequilera, de bodegas, de hornos, de tierra roja y de una familia donde la materia siempre ha tenido valor económico antes que valor simbólico. Mi trabajo nace de ahí.'
Latifa apoyó los codos en los brazos de la silla.
Latifa dice con acento árabe, '¿Y eso le pesa o le conviene?'
Aime respiró despacio.
Buena pregunta.
No decorativa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Las dos cosas. Me conviene porque tengo acceso a materiales, historia, paisaje, trabajadores, procesos. Me pesa porque la gente cree que eso me vuelve menos artista. Como si la herencia cancelara la disciplina.'
Latifa dice con acento árabe, 'A veces la herencia cancela la necesidad.'
Aime sonrió con frialdad ligera.
Aime dice con acento jalisciense, 'La necesidad no siempre produce talento. A veces solo produce prisa.'
Latifa la observó con más atención.
Latifa dice con acento árabe, 'Usted habla con mucha seguridad.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque conozco mi trabajo.'
Latifa dice con acento árabe, 'No. Muchos conocen su trabajo y aun así dudan. Usted habla como alguien que no quiere permitir que la contradigan.'
Aime sintió una tensión en la mandíbula, pequeña, casi invisible.
Latifa la había tocado donde no había pedido permiso.
Aime mantuvo la sonrisa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Me pueden contradecir con argumentos.'
Latifa dice con acento árabe, 'Bien. Entonces empecemos.'
Aime inclinó apenas la cabeza.
Latifa tomó un lápiz y miró otra vez la escultura.
Latifa dice con acento árabe, 'La pieza tiene fuerza formal. Eso es evidente. El equilibrio entre piedra, bronce y vidrio está bien resuelto. No veo una obra inmadura en ejecución. Pero sí veo una artista que corre el riesgo de explicar demasiado su propia herida.'
Aime parpadeó una sola vez.
Aime dice con acento jalisciense, 'No trabajo desde la herida.'
Latifa dice con acento árabe, 'Todos trabajamos desde alguna herida. La diferencia está en si la obra la transforma o solo la exhibe.'
Aime mantuvo la espalda recta.
El impulso inicial fue defenderse. Decir que su obra no era confesional, que hablaba de proceso, de territorio, de destilación, de materia sometida al fuego. Pero Latifa no era una visitante de inauguración ni una periodista buscando frases bonitas. Era escultora. Sabía leer peso, unión, tensión, decisión. No bastaba con seducirla.
Había que responderle bien.
Aime dice con acento jalisciense, 'La pieza no pide compasión. No me interesa que el espectador piense en mi familia y sienta ternura. Me interesa que entienda que todo legado exige una forma de violencia. La tierra se corta, el agave se arranca, el corazón se cuece, el líquido se destila. Después alguien lo sirve en una copa y lo llama celebración. Yo trabajo sobre esa contradicción.'
Latifa anotó algo.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso está mejor.'
Aime no agradeció.
No quería parecer alumna.
Latifa levantó la vista.
Latifa dice con acento árabe, '¿Tiene más obra?'
Aime sacó varias fotografías impresas. Las colocó sobre el escritorio en orden. No las deslizó al azar. Cada imagen tenía una función: primero la obra más limpia, luego la más agresiva, después la más íntima, finalmente la que tenía mayor presencia comercial.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo una serie de siete piezas terminadas y tres en proceso. Todas giran alrededor de materia, herencia y transformación. No todas hablan del tequila de forma directa. Algunas trabajan con metal oxidado, barro bruñido, fibra de agave y vidrio.'
Latifa tomó las fotografías una por una.
El despacho se llenó del sonido seco del papel al moverse.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta tiene un problema de proporción.'
Aime miró la imagen.
Era una pieza vertical de barro oscuro y cobre.
Aime dice con acento jalisciense, 'Fue intencional.'
Latifa dice con acento árabe, 'No dije que fuera accidental. Dije que tiene un problema.'
Aime sintió calor en la nuca.
Su rostro no cambió.
Latifa continuó.
Latifa dice con acento árabe, 'La base no soporta visualmente la parte superior. No hablo de estabilidad física. Hablo de peso visual. Se siente vanidosa. Quiere elevarse antes de merecerlo.'
La frase molestó a Aime más de lo razonable.
Porque no hablaba solo de la obra.
O quizá sí.
Latifa no apartó la mirada.
Aime tomó la fotografía y la observó. Podía negarlo. Podía argumentar que la intención era precisamente generar incomodidad, un ascenso demasiado tenso, una forma que desafiara su propio soporte. Podía sostenerlo con seguridad suficiente para que otra persona dudara.
Pero Latifa no iba a dudar.
Aime dejó la fotografía sobre la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedo revisar la base.'
Latifa asintió una vez.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso también está mejor.'
Aime sintió el deseo de borrarle esa calma del rostro.
No de forma vulgar. No con un arrebato. Solo quería obligarla a admirar. A conceder. A inclinarse un poco.
Era una necesidad antigua, conocida. Una presión interna que le decía que si alguien no la admiraba rápido, había que encontrar el modo de colocarse en el centro de su mirada.
Aime bajó la mano a su carpeta, tocó el borde y respiró.
No aquí.
No todavía.
Latifa revisó las demás imágenes.
Latifa dice con acento árabe, '¿Ha vendido obra antes?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. A coleccionistas privados en México. Tres piezas de mediano formato y dos encargos.'
Latifa dice con acento árabe, '¿Facturación?'
Aime abrió otra sección del dossier.
Aime dice con acento jalisciense, 'Aquí están los rangos de venta, fechas y datos generales. No incluyo nombres completos por confidencialidad, pero puedo proporcionar referencias si avanzamos a una segunda etapa.'
Latifa tomó la hoja.
Latifa dice con acento árabe, 'Sus precios son altos para su trayectoria pública.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Son adecuados para materiales, proceso y posicionamiento.'
Latifa dice con acento árabe, 'El mercado no paga solo materiales y proceso. Paga deseo, confianza y trayectoria.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Por eso estoy aquí.'
Latifa apoyó la hoja en el escritorio.
Latifa dice con acento árabe, 'Jannah al-Fan no es una tienda de prestigio instantáneo, señorita Fuentes Montalbo.'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'No vine a comprar prestigio.'
Latifa dice con acento árabe, '¿No?'
Aime sonrió apenas.
Aime dice con acento jalisciense, 'Vine a negociar una entrada seria.'
Latifa se recostó en la silla.
Latifa dice con acento árabe, 'Entonces hablemos seriamente. Una artista nueva en nuestra programación no entra con una individual completa, salvo casos muy excepcionales. Podemos considerar una participación en muestra colectiva, una presentación privada para coleccionistas o una exhibición de una sola pieza dentro de un diálogo curatorial más amplio. Si hay interés real, se trabaja a partir de ahí.'
Aime escuchó sin interrumpir.
Latifa dice con acento árabe, 'La comisión de la galería es del cincuenta por ciento sobre venta. Los costos de transporte, seguro y embalaje especializado se negocian según proyecto. Para obra internacional, necesitamos documentación completa, certificado de autenticidad, ficha técnica, condiciones de conservación y una propuesta clara de precio. Además, la obra debe pasar por revisión física antes de cualquier compromiso.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso es razonable.'
Latifa dice con acento árabe, 'Todavía no he terminado.'
Aime se quedó quieta.
Latifa dice con acento árabe, 'También necesito saber si usted es capaz de trabajar con una curaduría sin intentar controlar todo el relato. Una galería no sirve solo para poner una obra en una sala bonita. Nosotros construimos contexto, mercado y lectura crítica. Si una artista exige admiración pero no acepta edición, se vuelve muy difícil trabajar con ella.'
Aime sintió cómo la frase se instalaba entre ambas.
Esta vez no fingió no entender.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Esa es una pregunta o una advertencia?'
Latifa dice con acento árabe, 'Las dos.'
Aime se permitió una sonrisa lenta.
Aime dice con acento jalisciense, 'Acepto dirección cuando viene de alguien que sabe mirar.'
Latifa dice con acento árabe, 'Eso suena elegante. No responde.'
Aime inclinó la cabeza.
Sus ojos adquirieron un brillo denso, una mezcla de desafío y encanto. Era el gesto que usaba cuando quería que la dureza pareciera personalidad, no defensa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedo trabajar con curaduría. No me interesa entregar una obra para que la vuelvan otra cosa, pero sí entiendo que una exposición necesita conversación. Si usted me dice que una pieza no está lista, la escucho. Si me dice que una idea está débil, la discuto. Si me pide que rebaje mi obra para hacerla más cómoda, no.'
Latifa la observó unos segundos.
Latifa dice con acento árabe, 'Eso sí responde.'
Aime no bajó la mirada.
Latifa tomó la fotografía de “Agave bajo la lengua del fuego” en su versión final y la colocó junto a la pieza de estudio.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta obra puede funcionar. No en la sala principal todavía. No como centro de la temporada. Pero puede funcionar en una presentación cerrada si se articula bien.'
Aime sintió una satisfacción inmediata, filosa.
No la mostró completa.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Con qué tipo de coleccionistas?'
Latifa dice con acento árabe, 'Personas interesadas en arte latinoamericano contemporáneo, materiales nobles, piezas con discurso territorial. También algunos compradores de diseño escultórico, aunque yo tendría cuidado con eso. Su obra no debe parecer decoración de lujo.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No lo es.'
Latifa dice con acento árabe, 'Lo sé. Pero el dinero a veces intenta convertirlo todo en decoración.'
Aime pensó en la hacienda. En salones con muebles caros, en botellas de edición limitada colocadas como símbolos de buen gusto, en personas que hablaban de tradición mientras regateaban salarios. Pensó en su propia tendencia a usar belleza como arma. Pensó en lo fácil que sería vender una parte de su obra a alguien que solo quisiera colocarla junto a una barra de tequila premium.
Aime dice con acento jalisciense, 'No quiero que mi trabajo termine adornando la ignorancia de nadie.'
Latifa la miró con una expresión que por primera vez se acercó a la aprobación.
Latifa dice con acento árabe, 'Entonces tendrá que aprender a decir que no a compradores con dinero.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso sé hacerlo.'
Latifa dice con acento árabe, 'No siempre. Muchos artistas creen que saben hasta que llega la primera oferta grande.'
Aime no respondió de inmediato.
Latifa tomó su taza de café, bebió un sorbo y volvió a dejarla sobre un plato pequeño de cerámica azul oscuro.
Latifa dice con acento árabe, '¿Por qué Madrid?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Porque México ya me mira con demasiadas referencias familiares.'
Latifa dice con acento árabe, '¿Y cree que Madrid no lo hará?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Madrid no conoció a mi padre.'
Latifa dice con acento árabe, 'Madrid conoce el dinero. Con eso le basta para inventar historias.'
Aime sonrió con una dureza breve.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces le daré una historia mejor.'
Latifa dice con acento árabe, 'Cuidado con eso.'
Aime dice con acento jalisciense, '¿Con qué?'
Latifa dice con acento árabe, 'Con confundir historia con personaje. El personaje atrae. La obra sostiene. Si el personaje pesa más que la obra, la carrera se rompe muy rápido.'
Aime se quedó callada.
Esa frase no le gustó.
No porque fuera falsa.
Sino porque Latifa parecía haberla visto entrar desde el primer minuto. El cabello, la postura, el traje, la forma de hablar, el modo en que había colocado cada fotografía. Todo en Aime era control. Todo estaba diseñado para producir una reacción. Incluso su honestidad tenía una puesta en escena.
Latifa no lo condenaba.
Solo lo veía.
Y eso era peor.
Aime dice con acento jalisciense, 'Mi obra sostiene.'
Latifa dice con acento árabe, 'Puede sostener. No es lo mismo.'
Aime apoyó una mano sobre la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces déjeme demostrarlo.'
Latifa entrelazó los dedos.
Latifa dice con acento árabe, 'Le propongo esto. Envíeme en una semana el dossier completo actualizado: fotografías profesionales de las siete piezas, fichas técnicas, precios revisados, currículum artístico sin adornos innecesarios, statement de máximo una página y propuesta de transporte para la obra principal. Yo revisaré el material con mi equipo. Si mantiene el nivel, podemos considerar incluir una pieza en una presentación privada a finales de junio.'
Aime calculó rápido.
Una presentación privada no era una exposición. Pero tampoco era una negativa. Era una puerta real, con condiciones reales.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Finales de junio de este año?'
Latifa dice con acento árabe, 'Sí. Dos coleccionistas de Londres estarán en Madrid. También una curadora de Lisboa y un asesor de una fundación cultural. No prometo venta. Prometo mirada seria.'
Aime sintió que la palabra mirada le tocaba algo más profundo que venta.
Mirada seria.
Eso era, en el fondo, lo que exigía desde niña sin admitirlo. Que la miraran sin reducirla a hija, a cuerpo, a heredera, a capricho, a adorno. Que miraran algo hecho por ella y no solo a ella.
Pero ese pensamiento le pareció demasiado vulnerable.
Lo cerró de inmediato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Acepto.'
Latifa levantó una ceja.
Latifa dice con acento árabe, 'Todavía no hemos hablado de ajustes.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Los escucho.'
Latifa tomó la fotografía de la pieza con problema de proporción y la separó.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta no entra en el dossier principal hasta que la revise.'
Aime apretó los dedos bajo la mesa.
Aime dice con acento jalisciense, 'De acuerdo.'
Latifa señaló otra imagen.
Latifa dice con acento árabe, 'Esta tiene potencial, pero necesita mejores fotografías. La luz actual la vuelve más decorativa de lo que es.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedo rehacerlas.'
Latifa tomó una tercera.
Latifa dice con acento árabe, 'Y aquí el texto no debe hablar de “sangre familiar”. Suena demasiado teatral. Hable de linaje productivo, transmisión material, estructuras de propiedad, trabajo invisible. Sea concreta. La emoción entra mejor cuando no se le empuja.'
Aime sintió un roce de molestia.
Aime dice con acento jalisciense, 'La sangre es concreta.'
Latifa dice con acento árabe, 'Sí. Pero en un statement de artista joven puede sonar a recurso fácil.'
Aime sostuvo la mirada.
Quiso decirle que fácil era hablar de trabajo invisible desde una galería impecable de Madrid. Quiso recordarle que ella venía de una tierra donde los apellidos decidían quién mandaba, quién obedecía y quién era recordado. Quiso defender la palabra sangre porque le gustaba su fuerza, su dramatismo, su capacidad de incomodar.
Pero Latifa tenía razón en una cosa: el dramatismo podía traicionarla.
Aime respiró.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo revisaré.'
Latifa asintió.
Latifa dice con acento árabe, 'Bien.'
El teléfono de Aime vibró dentro de su bolso.
No lo miró.
Latifa sí notó que no lo miraba.
Latifa dice con acento árabe, 'Puede revisar si es urgente.'
Aime dice con acento jalisciense, 'No lo es.'
No sabía si era cierto.
Pero no iba a darle a nadie, ni siquiera a un teléfono, el poder de interrumpirla en ese momento.
Latifa cerró el dossier con cuidado.
Latifa dice con acento árabe, 'Hay algo más que debo decirle.'
Aime levantó un poco el mentón.
Aime dice con acento jalisciense, 'La escucho.'
Latifa dice con acento árabe, 'Tiene talento. Tiene materiales. Tiene una presencia que puede abrirle puertas. Pero también tiene una energía que puede cerrárselas. En una entrevista, eso puede parecer seguridad. En un montaje, puede convertirse en conflicto. En una venta, puede parecer misterio. En una relación profesional larga, puede cansar.'
Aime se quedó inmóvil.
No era una crítica técnica. Era una lectura personal.
Y Aime odiaba ser leída sin haber entregado el libro.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Suele hablar así con los artistas que apenas conoce?'
Latifa no se inmutó.
Latifa dice con acento árabe, 'Solo con los que creo que podrían durar.'
La respuesta la desarmó apenas.
No lo suficiente para mostrarlo.
Aime miró la escultura sobre la mesa de revisión. La luz atravesaba el vidrio ámbar y proyectaba una mancha dorada sobre el fieltro gris. La pieza parecía más quieta que ella. Más paciente. Más dispuesta a soportar la mirada ajena sin tener que dominarla.
Eso también le molestó.
Aime dice con acento jalisciense, 'Duraré.'
Latifa dice con acento árabe, 'Eso lo decide el trabajo. No la voluntad.'
Aime se levantó.
Latifa también.
Durante unos segundos, las dos mujeres quedaron de pie frente a la mesa de revisión, separadas por la escultura. No había enemistad entre ellas. Tampoco confianza. Había algo más útil: reconocimiento profesional, todavía frío, todavía vigilado.
Latifa extendió la mano.
Latifa dice con acento árabe, 'Envíeme el material el próximo viernes, antes de las seis de la tarde.'
Aime estrechó su mano.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo tendrá.'
Latifa dice con acento árabe, 'Y señorita Fuentes Montalbo.'
Aime la miró.
Latifa dice con acento árabe, 'No traiga solo una obra bella. Traiga una obra que pueda defender incluso cuando nadie la esté mirando a usted.'
Aime sintió que la frase le entraba despacio, no como herida abierta, sino como presión sobre una zona ya sensible.
Sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Eso no será un problema.'
Latifa no le devolvió la sonrisa.
Latifa dice con acento árabe, 'Veremos.'

La salida

Los asistentes volvieron a guardar la pieza de estudio bajo la supervisión directa de Aime. Ella revisó cada protección, cada esquina, cada cierre. No permitió que nadie se apresurara. Latifa observó desde su escritorio, sin intervenir.
Cuando la caja quedó lista, Aime tomó su carpeta, sus anillos y su bolso.
Latifa la acompañó hasta el inicio del pasillo.
Latifa dice con acento árabe, 'Mi asistente le enviará un correo con los requisitos formales.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Perfecto.'
Latifa dice con acento árabe, 'Y busque un fotógrafo que entienda volumen. No uno que trate sus piezas como producto.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Tengo uno en Guadalajara.'
Latifa dice con acento árabe, 'Si entiende volumen, úselo. Si solo entiende lujo, no.'
Aime sostuvo la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entendido.'
Se despidieron sin beso, sin cortesía excesiva. Solo otro apretón de manos.
Aime salió al vestíbulo con el rostro tranquilo y la sangre acelerada.
La recepcionista le abrió la puerta. Afuera, Madrid seguía luminosa, más cálida que al entrar. El ruido de la calle la recibió de golpe: motores, pasos, una conversación rápida en español, el tintineo de una bicicleta pasando cerca de la acera.
El asistente dejó la caja junto a ella.
Recepcionista dice con acento español, '¿Quiere que llamemos un taxi?'
Aime iba a decir que sí.
Entonces miró el teléfono.
Tenía tres mensajes.
Dos eran de la hacienda.
Uno era de Olivia.
Olivia: “Perdón por no contestarte antes. Se me complicó la mañana en el restaurante. ¿Cómo te fue?”
Aime leyó el mensaje una vez.
Luego otra.
La disculpa no era suficiente.
Pero era útil.
Guardó el teléfono sin responder de inmediato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Llámeme un taxi, por favor.'
Mientras esperaba, se colocó los lentes de sol. No porque el sol fuera insoportable, sino porque necesitaba recuperar el control de su rostro antes de volver al mundo.
Latifa Mubarak no la había rechazado.
Tampoco la había adorado.
Eso era lo intolerable.
Y lo interesante.
Aime miró la placa de latón de la galería. Jannah al-Fan. Paraíso del Arte. El nombre le pareció pretencioso, hermoso y conveniente. Un lugar así podía convertir una obra en conversación. Una conversación en venta. Una venta en reputación. Una reputación en poder.
El taxi llegó.
El asistente colocó la caja en el maletero. Aime subió al asiento trasero, cruzó las piernas y sacó el teléfono. Abrió el mensaje de Olivia.
Durante unos segundos pensó en responder con frialdad.
“Bien.”
Solo eso.
Una palabra seca, suficiente para castigar.
Pero luego imaginó a Olivia leyendo el mensaje, preocupándose, queriendo compensar su ausencia. Imaginó su rostro sonorense, honesto, abierto de esa manera que todavía no sabía protegerse del todo.
Aime escribió despacio.
Aime: “Me fue bien. Latifa está interesada, aunque fue bastante dura. Te cuento en casa.”
Miró la frase.
Añadió otra línea.
Aime: “Me hubiera gustado que estuvieras.”
No era completamente mentira.
Tampoco era completamente verdad.
Era mejor.
Envió el mensaje y apoyó la cabeza contra el respaldo.
El taxi avanzó por Madrid.
Aime cerró los ojos detrás de los lentes oscuros. Todavía podía escuchar la voz de Latifa, seca y clara, atravesada por ese acento árabe que no suavizaba las críticas.
“No traiga solo una obra bella. Traiga una obra que pueda defender incluso cuando nadie la esté mirando a usted.”
Aime apretó la mandíbula.
Ella podía defender su obra.
Podía defender su nombre.
Podía defender su belleza, su herencia, su lugar, su derecho a entrar donde quisiera.
Lo que todavía no sabía era si podía soportar una sala donde la miraran menos a ella que a lo que había creado.
Y esa duda, pequeña y humillante, la acompañó todo el camino de regreso.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de Sangre y Agave.

Placer y control perdido.

Disclaimer.

Escena con contenido sexual explícito. UNicamente para mayores de 18 años. Queda bajo su responsabilidad la lectura de este rol.

Punto de vista: AIme & Romero.

Slainte Social Club
Aime va Llegando al club más popular de Madrid. Había pasado el resto de la tarde en la casa resolviendo asuntos de la hacienda . Esa noche se sentía con ganas de fiesta, y un buen entretenimiento.

Ves una barra con dos bartenders atendiendo aquí.
Te encuentras con Romero.
Romero está apoyado contra la pared del club junto a la barra, fumándose un cigarrillo con esa parsimonia pesada y vigilante de quien está acostumbrado a cuidar perímetros, aunque esa noche el perímetro fuera solo suyo. Llevaba una chaqueta de cuero oscuro y los ojos entrecerrados, fijos en el vaivén de la pista.
Personas van y vienen, entrando y saliendo del cafe.
Cuando sus miradas se cruzaron, Aime no vio la típica sumisión del hombre que se deslumbra. Vio una lascivia fría, del norte, una radiografía directa que le recorrió las piernas y el escote sin pedir permiso ni ofrecer disculpas. Ese fue el anzuelo. Ella, incapaz de dejar pasar a alguien que no se doblegaba al instante, frenó el paso, sacó un encendedor de su bolso y se le plantó a dos centímetros, invadiendo su aire con el aroma dulce de su perfume.
Romero te mira.
Aime mira al hombre con curiosidad y evaluación.
Romero
Este espécimen de la sierra sinaloense posee una fisonomía que parece diseñada bajo la premisa de una eficiencia letal envuelta en un envoltorio de elegancia salvaje. Su cuerpo es un manifiesto de la potencia aerodinámica, una estructura de un metro con ochenta y ocho centímetros que se mueve con una fluidez líquida, casi silenciosa. El torso es un lienzo de músculo fibroso y funcional, con hombros anchos pero de una flexibilidad sorprendente que le permite reaccionar con la velocidad de un resorte. Sus pectorales son firmes y chatos, sin el volumen estorboso del culturismo, permitiendo que su caja torácica se expanda con una respiración rítmica y controlada. El abdomen es una pared de nervio puro, con la línea de los oblicuos descendiendo de forma pronunciada hacia una cintura estrecha y ágil, donde la piel se vuelve más clara y revela la tensión constante de su núcleo. Sus caderas son estrechas y fibrosas, diseñadas para el giro rápido y el avance explosivo, conectando con unas piernas que son auténticos resortes de anatomía masculina. Los muslos poseen una musculatura alargada y potente, mientras que sus pantorrillas son magras y nervudas, terminando en pies de pisada firme y planta segura que parecen aferrarse al terreno con una autoridad instintiva. La presencia de este hombre es magnética y profundamente carnal, una mezcla de guardaespaldas leal y seductor implacable. Cada movimiento que realiza tiene un propósito protector: su cuerpo se inclina sutilmente hacia lo que valora, interponiéndose como un escudo humano sin perder jamás la gracia de un felino al acecho. Sus manos son de dedos largos y diestros, con una piel que alterna la suavidad de quien cuida los detalles con la dureza táctica en las palmas, capaces de una caricia electrizante o de un agarre de acero en fracciones de segundo. Emana un aroma a tabaco fino, cuero y una nota cítrica persistente que se mezcla con el calor natural de su piel, creando una estela que invita a la proximidad mientras su mirada advierte el riesgo. Es una contradicción viviente: la promesa de una seguridad absoluta bajo la amenaza latente de una naturaleza indomable, un hombre que no necesita alzar la voz para dominar el espacio, pues su sola silueta proyecta el peso de una protección que es, al mismo tiempo, una invitación al peligro del placer.
Su rostro es un despliegue de ángulos agresivos y simetría inquietante; posee pómulos altos y cortantes que proyectan sombras profundas sobre sus mejillas hundidas, dándole un aire de ave de presa. Sus ojos, de un tono miel quemado que resplandece con una claridad casi animal bajo la luz del sol, están enmarcados por pestañas densas y oscuras que suavizan su mirada solo lo suficiente para resultar hipnótica, aunque en su interior arde una chispa de alerta constante, propia de quien ha hecho de la vigilancia su religión. Su boca es ancha, de labios definidos que suelen curvarse en una media sonrisa ladeada, un gesto cargado de una coquetería arrogante que sugiere que sabe exactamente el efecto que provoca. La piel de su cara, de un bronceado oliva impecable, se tensa sobre una mandíbula de hierro, siempre impecablemente rasurada para no ocultar la hoyuela que se forma en su mentón, un contraste juguetón frente a la intensidad peligrosa de su expresión.
Lleva cazadora de algodón en color gris pizarra marca horizonte libre sobre los hombros.
Viste camiseta manga larga de algodón en color crema marca horizonte libre.
Viste pantalones de pana en color verde oliva ahumado marca horizonte libre.
Calza botas de gamuza en color marrón tavaco marca horizonte libre.
Aime Dice con acento jalisciense: "¿Te gusta lo que ves?"
Aime lo mira y se muerde los labios con probocación.
en principio, Romero ni se inmuta frente a la mirada de la mujer. Suelta el humo despacio, de lado, y la ve desde su altura con una sonrisa apenas dibujada en la comisura de los labios, una mueca cargada de una madurez peligrosa.
Dices con acento jalisciense: "Porque a mí. Sí, y mucho."
Aime se queda quieta, observándolo.
El DJ anima a los presentes.
Romero dice con acento sinaloense: "Puede que me guste lo que veo, plebe. Tendría que ver más de cerca, tocar, a ver si lo que mis ojos tienen delante es tan bueno como parece o si es puro humo."
Aime ríe acomodándose el cabello sin dejar de mirarlo.
Aime se acerca acortando la distancia entre ambos.
El DJ juega con las luces del local.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Del Norte. ¿Sinaloa tal vez? MM, Me encantan los hombres cómo tú..."
Aime le acaricia el pecho con suavidad.
Romero la mira de arriba abajo con los ojos brillantes y la mirada del depredador que solo aguarda a que la presa se acerque.
Camareros van atendiendo clientes sentados en las mesas.
Aime se arquea lo justo para ofrecerle los pechos con travesura.
Personas charlan sentadas en algunos sillones.
Romero le mira los pechos y asciende despacio, muy despacio.
Aime sonríe satisfecha al ver esa mirada de deseo.
Romero se inclina hacia ella después de apagar el cigarrillo.
Gente se va moviendo por toda la planta principal.
Romero habla con rudeza sin ceder del todo a la provocación.
Varias parejas se desplazan hasta la pista para bailar.
Romero dice con acento sinaloense: "Qué buscas? Porque yo solo estoy disponible para culearte y no para exhibirme contigo en una pista."
Aime ríe divertida.
Aime se acerca a susurrarle al oído.
El DJ juega con las luces del local.
Aime respira cálidamente en su cuello.
Romero aprovecha la cercanía que ella misma le proporciona y la agarra con firmeza por el cuello en un gesto claramente dominante.
Susurras a Romero: "Y, si quiero culiar. ¿Eres tan bueno cómo lo pareces?"
La mano de romero se desliza sin pedir permiso y se hunde en la melena cobriza. Tira del pelo con firmeza para echarle la cabeza hacia atrás y hablarle al oído.
Aime gime con la mirada encendida de lujuria pura.
romero le susurra con tono autoritario: "No hablo de lo que soy, lo demuestro porque eso es mil veces mejor que palabras huecas. ahora, tú, estás dispuesta a irte con un desconocido? Porque delante de todos no te voy a culear.
Romero mantiene la sujeción firme, sin lastimarla. Su propósito no es ocasionarle dolor, es marcar sus límites con claridad.
Aime no se doblega ante su voz, sino que se humedece por sus palabras y por la sujeción.
Romero se fija en que las pupilas de la mujer se dilatan.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Si me ofreces algo más que sugetarme del pelo, sí. Me voy contigo."
Romero murmura con acento sinaloense: "así que te gusta el culeo duro. Eso lo verás en breve."
Aime Murmura con acento jalisciense: "Me gusta el sexo en todos los sentidos, no solo salvaje."
Romero sin mediar palabra la agarra con firmeza de la muñeca y sale de la pista en dirección a un hotel.
“20 Minutos después.
Romero entra en el hotel.
Romero pasa por la recepción, entra en el elevador y marca su planta.
Aime entra junto a él.
el ascensor llega como si en el fondo sintiera la urgencia de ambos de llegar y soltar la correa del deseo.
Las puertas del ascensor se abren. romero tira de la mujer sin mediar palabra, saca la llave magnética y abre.
La puerta de la habitación se cierra con un golpe seco, aislando el ruido de Madrid. La penumbra del cuarto apenas estaba rota por las luces de los carteles de neón que se filtraban a través del ventanal.
Romero la devora con la vista apenas un segundo.
Aime lo nota y deshinivida comienza a desvestirse con sensualidad.
Te desnudas.
Aime desliza el vestido con movimientos deliberados para que él se excite.
Romero da un paso largo, eliminando la distancia. Su cuerpo masivo acorrala a Aime contra la puerta antes de que ella pudiera siquiera recalcular su postura. La mano derecha del sinaloense sube con una velocidad limpia, enterrando los dedos en el vello de la nuca de ella, agarrándole el cabello con la firmeza justa para obligarla a inclinar la cabeza hacia arriba. Su olor a tabaco, cuero y sudor limpio inunda las fosas nasales de la jalisciense.
Aime se aferra a la espalda de Romero clabando los dedos en la camisa.
Romero le habla al oído con su tono autoritario habitual.
Romero murmura con acento sinaloense: "Traes una calentura que se te sale por los poros, pero si crees que vas a llevar las riendas y provocarme para que te ruegue o me rinda a eso, estás perdida porque yo ni me rindo ni ruego."
esa determinación la irritó y excitó a partes iguales.
Romero baja la izquierda y le alcanza el clítoris. Sin darle tiempo a reaccionar, le separa los labios y le masajea el punto sensible para inflamarlo.
Un gemido gutural escapa de los Labios de la escultora. Ella separa las piernas para darle más acceso.
Los dedos castigan el clítoris de Aime con un ritmo tortuoso que solo la moja y fomenta el anhelo.
Romero murmura con acento sinaloense: "Eso, aquí eres tú quien te rindes, bonita. así, ábrete más."
Aime se retuerce placenteramente bajo él.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Qué rico. Así, así."
Los dedos se deslizan frotando la hendidura, hurgando hasta encontrar la entrada prieta de Aime y avanzar sin pedirle permiso.
Romero murmura con acento sinaloense: "Voy a culearte como nadie te ha culeado antes y no es alarde. Es afirmación."
Aime gimotea y lujuriosa busca desabrocharle la camisa.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Quiero comprobarlo."
Romero usa la derecha para cogerle las muñecas delgadas y le sube los brazos sobre la cabeza.
Aime lo mira no con rendición, más bien con lujuria.
Aime está más que empapada.
Romero murmura con acento sinaloense: "lo que tú vas a querer es acabar. Y te tengo una sorpresa. Lo harás cuando yo te lo diga. No antes, no después. "
AIme Murmura con acento jalisciense: "Me vas hacer suplicar?"
Romero hunde los dedos un poco más hasta alcanzar el bulto rugoso de Aime. A sabiendas de que la mujer está ardiendo, dobla las falanges y comienza a pulsar con intensidad.
Romero hace el amago de besarla, pero solo le lame los labios y se los mordisquea.
Romero vuelve a clavar la mirada en ella.
Aime jadea y gime descontrolada. empuja las caderas buscando más contactos de los dedos que la torturan.
Romero murmura con acento sinaloense: "voy a hacerte sollozar de placer que no es lo mismo."
Aime Murmura con acento jalisciense: "sí, así. "
A medida que romero entra cada vez más hondo, su mano choca contra el clítoris de aime provocando una estimulación intensa y sostenida.
Los ojos de aime están oscurecidos de lujuria.
La vagina de la escultora se va cerrando alrededor de los dedos de Romero.
Romero murmura con acento sinaloense: "No te vengas, pelirroja. Si dejas que el orgasmo te arrase ahora, salgo por esa puerta. así que aguanta porque tú quisiste venir aquí."
Romero le suelta las manos y desliza la palma callosa por su rostro, dejándola sobre su pecho, pellizcándole el pezón iniesto.
Aime jadea ansiosa por correrse, odiando esos dedos que la están empujando al límite. Pero no quiere parar.
Aime respira un par de veces controlando sus ganas de correrse. Lo mira con necesidad.
Romero saca los dedos de ella y se los lleva a la boca.
Romero dice con acento sinaloense: "saboréate, pelirroja. chupa para ver qué tan hábil es esa boca tuya."
Aime le chupa los dedos con deleite y lujuria.
Aime le mantiene la mirada.
Romero la observa determinando con precisión qué tan cerca está de acabar. Cuando ve que sus pupilas se ensanchan un poco más, saca los dedos y baja la cabeza y le planta un beso espeso, carnal, desprovisto de cualquier delicadeza romántica, devorándole la boca mientras la derecha, ahora en su cuello la mantenía fija, anulando cualquier intento de Aime por dictar el compás. Ella gime entre sus labios, desarmada, sintiendo cómo las manos de Romero la levantan del suelo por los muslos, obligándola a enredar las piernas alrededor de su cintura mientras él camina con paso pesado hacia la cama, listo para el quiebre absoluto.
La suelta sobre el colchón y se cierne sobre ella separándole los muslos, exponiendo su sexo caliente y mojado.
Aime se frota contra él.
Romero inicia un ataque sin tregua sobre su clítoris mientras la vuelve a invadir con los mismos dos dedos. él la saborea con fruición sosteniendo un ritmo que, sabía, la volvería loca.
Romero separa la boca a menos de un centímetro y le habla autoritario.
Aime se arquea aferrándose a las sábanas entre gritos y jadeos.
Romero dice con acento sinaloense: "ábrete bien para mí, sostén tus muslos con las manos y no subas las caderas o te quedarás sin esa recompensa que tanto quieres, pelirroja."
Aime asiente y se abre más para Él.
Romero se mantiene a menos de un centímetro del clítoris de la mujer. Era consciente de que la necesidad la obligaría.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Más, más. "
Aime aferra sus muslos como él le dijo.
Romero reanuda su tarea ignorando los jimoteos de la mujer. la fricción aumenta de manera gradual. Los dedos masculinos se abren paso en esa vagina cerrada casi al máximo a punto de alcanzar el clímax.
Las contracciones aumentan la frecuencia, aunque todavía no llegan a ser espasmódicas.
Aime se pierde en el placer y dominio que su amante le proporciona.
Romero mantiene la intensidad de su lengua sobre el clítoris mientras saca los dedos despacio, solo para desabrocharse el vaquero y bajarse el bóxer con una urgencia pesada, visceral, revelando su erección turgente y oscura.
AIme Murmura con acento jalisciense: "Quiero que me culeés... "
Romero saca el preservativo de la cartera, rompe el empaque y se enfunda.
AIme Murmura con acento jalisciense: "Quiero sentirme llena de ti..."
Las respiraciones de la mujer son irregulares. él sabe que está a punto de acabar y se levanta, tira de sus tobillos y le pone una almohada bajo las caderas para levantarle la pelvis y hundirse hasta el fondo.
Romero clava los ojos en ella mientras siente cómo lo aprieta cerrándose con firmeza en contracciones espasmódicas e involuntarias.
él no aguarda, inicia un vaivén feroz, hundiéndose al mismo ritmo de sus jadeos y los gemidos femeninos.
El encuentro se vuelve puramente físico, un oleaje de carne contra carne donde el sinaloense impuso un ritmo seco, duro, marcando cada embestida con el peso de su cuerpo. Aime, atrapada por su propia naturaleza liberal, intentó arquear la espalda para buscar su propio ángulo y dominar la fricción, pero las manos de Romero se clavaron en sus costillas, manteniéndola fija contra el colchón, recordándole con cada impacto quién dictaba las reglas.
Romero no la besa con ternura; le mordisquea el cuello, devorándole la piel mientras sus propios jadeos ásperos llenan la habitación. En su mente, la silueta de Stella Hazel operaba como el motor de esa furia contenida, pero sobre el cuerpo de Aime, esa obsesión se traducía en una posesión absoluta, carnal y desprovista de romance.
Aime le rasguña la camisa y le responde a los besos con fiereza y pasión.
Aime no deja de gemir y de entregarse a esa posesión carnal y salvaje.
Las nuevas contracciones de los músculos vaginales comenzaron a volverse espasmódicas, rítmicas, respondiendo a la presión brutal del clítoris chocando contra el pubis del escolta. El orgasmo le llegó como un latigazo que le nubló la vista.
Aime se pierde en su mirada lujuriosa y autoritaria, algo que para Aime se vuelve un desafío.
Aime se corre entre gritos. Su vagina se cierra con fuerza ordeñando a su amante mientras ella se aferra a las sábanas.
Romero murmura con acento sinaloense: "voy a castigarte por haberte venido sobre mi verga sin permiso, pelirroja. Prepárate."
Aime lo invita con la mirada a que la castigue.
Romero se arrodilla en el colchón y apoya las palmas callosas sobre las suaves rodillas femeninas. Los músculos abdominales de aime se contraen por la tensión y la postura.
Aime lo mira espectante.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Culéame rico, castígame. "
Romero se reubica de tal manera que su pubis le presione el clítoris cuando la embista.
Un grito aogado sale de sus labios. La oleada de placer la recorre de pies a cabeza.
Romero empieza a empujar sin parar.
Aime se aferra a Romero con necesidad y lujuria. Su vagina lo aprieta fuerte.
Romero murmura con acento sinaloense: "no te vengas hasta que te lo ordene, pelirroja."
Aime Murmura con acento jalisciense: "No quiero que pares. Dame más."
Aime lo mira entregada mientras sus gemidos son un ruego inarticulado por más.
Romero suda copiosamente. La rebeldía de la mujer lo exacerba a querer dominar su voluntad.
Aime le busca los labios para morderlos con fiereza.
Romero la esquiva y no le permite alcanzar su boca.
Romero sale de ella y le da la vuelta dejándola boca abajo sobre el colchón.
Sin darle tiempo a nada le separa los muslos y se vuelve a hundir en ella.
La rudeza de su amante y la pérdida del dominio la irritan, pero la incitan a querer tenerlo. ese pensamiento junto con el placer se mezclan volviéndose para la escultora un capricho.
Aime empuja las caderas hacia él. Las penetraciones son más profundas.
el ángulo con la almohada ahora bajo ella es el perfecto para que romero alcance ese punto donde el dolor se vuelve placentero.
Romero la inmoviliza con las manos.
Romero murmura con acento sinaloense: "aquí no mandas tú, reina, aquí tu te doblegas a lo que mi cuerpo quiere."
Aime se excita por sus palabras y se entrega.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Me encanta rendirme a lo que tu cuerpo quiere."
Romero dice con acento sinaloense: "pues ríndete ahora, pelirroja."
Aime gimotea, deja de buscar imponerse, se entrega a las envestidas de Romero que la empujan a otro orgasmo.
Romero dice con acento sinaloense: "así, vente ahora, acaba, pelirroja. siénteme bien dentro y vente."
Con un grito aogado, AIme se deja ir. SU vagina ordeña a Romero con una lujuria salvaje.
Romero siente el ordeño interno, el calor húmedo que lo envolvía con fuerza. Aprieta los dientes, los trapecios se le tensan como cuerdas y acelera las últimas tres embestidas, hundiéndose hasta el fondo del cérvix de Aime mientras suelta un gruñido gutural, denso, vaciándose en su interior en una descarga caliente que la hace temblar de pies a cabeza.
Aime temblorosa y satisfecha se deja caer en la cama.
Aime respira entre cortado.
Aime intenta recobrar el aliento. Su mente aún sigue en esa nube de lujuria y placer.
Minutos después, Romero se retira despacio, dejando que el aire acondicionado enfríe la piel sudada de ambos. Se sienta al borde de la cama, dándole la espalda, mientras se limpia con parsimonia, recuperando la distancia del escolta silencioso.
AIme Dice con acento jalisciense: "Fue, delicioso."
Aime habla con más calma desde la cama.
Romero se guarda la verga en el bóxer y se abrocha el pantalón.
Romero enciende un cigarrillo.
Aime se incorpora y se sienta a su lado.
Aime lo mira con curiosidad analizando sus gestos.
Aime Murmura con acento jalisciense: "eres un misterio, sinaloense. "
Aime le acaricia la espalda.
Romero da una calada profunda y expulsa el humo, despacio.
el sinaloense se levanta y se dirige a la ventana, la abre y luego se vuelve hacia la mujer.
Aime lo observa.
Romero dice con acento sinaloense: "tú, en cambio, eres casi tan clara como el agua, pelirroja."
Romero fuma con parsimonia sin dejar de mirarla.
Aime sonríe y se levanta para ir al baño a asearse.
Romero termina el cigarrillo y lo lanza por la ventana.
El ruido del agua se filtra hasta la habitación.
Aime se da una ducha rápida sin dejar de pensar en lo sucedido, en el placer y cómo la hizo rendirse, eso era algo a lo que ella no estaba acostumbrada.
Romero camina hacia el baño, pero no entra.
Romero la mira ducharse.
Aime termina la ducha y se seca con rapidéz.
Aime sale del baño, encontrándose con él y lo mira.
Romero dice con acento sinaloense: "Puedes quedarte el tiempo que quieras aquí. fue un gusto culearte, pelirroja."
Aime Dice con acento jalisciense: "Yo también tengo que irme."
Romero se dirije a la puerta.
Romero dice con acento sinaloense: "Pues que tengas buenas noches."
Aime se viste y lo detiene antes de salir.
Romero la mira con intensidad y le aparta la mano con firmeza.
Romero dice con acento sinaloense: "¿qué quieres?"
Aime Dice con acento jalisciense: "que nos volvamos a ver. Te invito a la inauguración del restaurante de mi hermana."
Romero la mira sin responder de inmediato.
Romero dice con acento sinaloense: "tengo un trabajo exigente. No aseguro ir. dime donde es y si tengo tiempo, me paso por ahí."
Romero la suelta.
Romero dice con acento sinaloense: "Una cosa, pelirroja. No te hagas expectativas conmigo. Culearte estuvo bien, pero solo eso. No me comprometo, no me involucro."
Aime se encoge de hombros.
Aime Dice con acento jalisiense: "Tranquilo, no te estoy presentando a mi familia para casarme. Solo es un plan, y ya está"
Aime Dice con acento jalisciense: "Sabores de México, en la gran vía."
Romero asiente con la cabeza.
El sinaloense omite revelar que sabe perfectamente que sitio es.
Romero dice con acento sinaloense: "Simplemente dejo las cosas claras."
Aime asiente.
Romero dice con acento sinaloense: "No te garantizo ir, pero agradezco la invitación."
Aime Dice con acento jalisciense: "De acuerdo."
Aime se regresa al buró por su bolso.
Romero atraviesa el umbral de la puerta y cierra tras de sí sin volverse a verla ni una sola vez.

El eco de una rendición

Plaza Mayor, 1:17 a. m.

Aime salió del hotel con el cabello todavía ligeramente húmedo en las puntas y la piel envuelta en una tibieza que no pertenecía al aire de Madrid.
La puerta giratoria la devolvió a la calle con una suavidad impersonal. Detrás de ella quedaba el vestíbulo silencioso del hotel, el brillo discreto del mármol, el recepcionista nocturno fingiendo no mirar demasiado, el ascensor que había subido minutos antes con dos cuerpos cargados de una urgencia demasiado clara. Afuera, la madrugada tenía otra textura. Más fresca. Más real. Menos obediente.
Plaza Mayor se abría a pocos pasos con su amplitud antigua, sus fachadas rojizas y sus soportales en penumbra. Las luces amarillas de los faroles bañaban las piedras del suelo con un resplandor cansado, como si la ciudad hubiera terminado de representar su papel turístico y ahora respirara para sí misma. Todavía había grupos dispersos: dos parejas extranjeras caminando con abrigos ligeros, un hombre cerrando la terraza de un bar, tres jóvenes riéndose demasiado fuerte cerca de un arco, una mujer con tacones en la mano esperando un taxi junto a la esquina.
Aime caminó despacio.
No porque le faltaran fuerzas.
Porque necesitaba recuperar la forma de su cuerpo en el mundo.
Los tacones golpeaban la piedra con un ritmo limpio, más lento del habitual. Llevaba el bolso sujeto bajo el brazo, el vestido acomodado con precisión y el abrigo sobre los hombros. A simple vista no parecía una mujer que acabara de salir de una habitación donde había perdido, por unos minutos, el control que tanto cultivaba. Parecía lo que siempre procuraba parecer: una presencia segura, hermosa, difícil de tocar de verdad.
Pero por dentro algo se movía con torpeza.
No era arrepentimiento.
Aime no se arrepentía del deseo cuando le convenía.
Tampoco era vergüenza. La vergüenza le parecía una emoción vulgar cuando no podía utilizarse para obtener algo.
Era otra cosa.
Una especie de irritación íntima, baja, persistente, instalada en el pecho y no en la piel. Su cuerpo estaba satisfecho. Eso era indiscutible. Lo sentía en la pesadez agradable de los muslos, en la sensibilidad tibia de la cintura, en la forma en que el aire fresco le rozaba el cuello y le recordaba el calor de otra respiración. El sinaloense había sido eficaz, rudo, directo. No había pedido ternura ni prometido nada. No había intentado quedarse con ella a través de palabras dulces. No había caído en el error de mirarla como si fuera una aparición destinada a cambiarle la vida.
Ese era el problema.
Aime cruzó bajo uno de los arcos de la plaza y salió hacia una calle más estrecha. El ruido cambió de inmediato. La amplitud quedó atrás y Madrid se volvió corredor de piedra, balcones oscuros, persianas bajas, olor a humedad antigua, cerveza derramada y detergente de algún local recién fregado.
Sacó el teléfono.
No tenía mensajes de el sinaloense.
Por supuesto que no los tenía.
Ni siquiera le había pedido el número.
Aime se detuvo un segundo junto a una pared de ladrillo y miró la pantalla bloqueada. El reflejo negro le devolvió parte del rostro: ojos oscuros por la madrugada, labios todavía algo inflamados, pecas suavizadas por la luz amarilla de la calle. Se vio hermosa. Eso debía bastar.
No bastó.
Apretó la mandíbula y guardó el móvil.
Aquel hombre no le había pedido nada.
Ni su número.
Ni una foto.
Ni una promesa.
Ni una segunda noche.
Había aceptado la invitación al restaurante con una distancia casi ofensiva, como si la posibilidad de verla otra vez fuera una opción menor dentro de una agenda más importante. “Si tengo tiempo, me paso por ahí.” La frase seguía ahí, seca, con ese acento sinaloense áspero que no suplicaba ni adornaba. Aime la recordaba con una claridad molesta.
Si tengo tiempo.
Como si ella fuera una nota al margen.
Como si su cuerpo, su cabello, su boca, su manera de mirar, su forma de entrar en una habitación y alterar el aire no hubieran bastado para colocarse en el centro.
Aime volvió a caminar.
A esa hora, los taxis pasaban con menos frecuencia. Pudo pedir uno desde la aplicación, pero decidió avanzar un poco antes. Necesitaba moverse. Necesitaba que la calle le devolviera una versión de sí misma más ordenada. Cada paso era una pequeña corrección. La espalda recta. Los hombros suaves. El mentón en su lugar. La respiración medida.
No había perdido nada, se dijo.
Había querido placer y lo había obtenido.
Había querido comprobar si ese hombre era tan bueno como parecía y lo había comprobado.
Había querido entretenimiento y lo había tenido.
Entonces, ¿por qué le ardía esa zona invisible donde normalmente colocaba su superioridad?
La respuesta apareció sin pedir permiso.
Porque él no había terminado rindiéndose.
Aime frunció apenas los labios.
No le gustó pensarlo así. Sonaba demasiado simple, demasiado adolescente, demasiado transparente. Ella no necesitaba que todos se rindieran. No de forma evidente. No siempre. Pero sí necesitaba notar el momento exacto en que una persona empezaba a girar alrededor de ella. Ese cambio en la respiración. Esa mirada más larga de lo prudente. Esa necesidad de agradarle. Esa rendija por donde podía meter los dedos y mover la voluntad ajena.
Con el sinaloense no había encontrado rendija.
Había encontrado muro.
Un muro caliente, físico, deseoso, sí. Pero muro.
Y lo peor era que parte de ella había disfrutado estrellarse contra él.
Aime llegó a una avenida con más luz. Un autobús nocturno pasó casi vacío, iluminado por dentro como una caja triste. Una mujer mayor caminaba con un perro pequeño envuelto en un abrigo ridículo. Dos hombres hablaban en voz baja frente a un bar que ya cerraba. La ciudad no estaba dormida del todo, pero tampoco estaba despierta. Madrid a esa hora parecía un cuerpo después de una fiesta: maquillado a medias, cansado, aún capaz de resultar bello si se miraba desde el ángulo correcto.
Aime pidió un coche.
Mientras esperaba, abrió la cámara frontal del móvil. Se revisó sin sonreír. Peinó con los dedos una onda roja junto a la sien. Se limpió una sombra mínima bajo el labio inferior. Acomodó el escote para que no pareciera descuido, sino intención. Sus ojos miel, bajo la luz blanca de la pantalla, no tenían la suavidad falsa de otras ocasiones. Estaban más duros.
Más despiertos.
Aime murmura con acento jalisciense, 'No eres tan importante.'
Lo dijo en voz baja, como si el sinaloense pudiera escucharla desde alguna parte de la ciudad.
Pero la frase no iba dirigida a él.
Iba dirigida a la parte de sí misma que seguía pensando en su espalda, en su forma de apartarle la mano, en la manera en que había cerrado la puerta sin volverse a verla.
No eres tan importante.
El coche llegó a los pocos minutos. Era un sedán oscuro, limpio, con olor a ambientador cítrico y tapicería recién aspirada. Aime subió al asiento trasero y dio la dirección del departamento de Olivia.
Conductor dice con acento español, '¿Todo bien con la temperatura?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Está bien, gracias.'
El conductor asintió y arrancó.
Aime apoyó la cabeza contra el respaldo, mirando por la ventanilla. Madrid empezó a deslizarse hacia atrás en fragmentos: callejones estrechos, semáforos en ámbar, fachadas cerradas, una farmacia iluminada, motos aparcadas en fila, bolsas de basura junto a portales antiguos. La ciudad tenía una elegancia más honesta de madrugada, sin tanto esfuerzo por gustar.
Eso también le molestó.
Aime estaba acostumbrada a que las cosas tuvieran que esforzarse para merecer atención.
El silencio del coche le dejó demasiado espacio para pensar.
Jorge había sido distinto.
Jorge, el abogado, había tenido esa educación española ligeramente presumida, esa manera de explicarle cosas como si ella fuera a impresionarse.

Flash back.


Aime entra a la cafetería Cervantes. Es un local que ha pasado de padres a hijos desde hace casi cien años. Pese a la antigüedad, está totalmente reformado aunque conserva aires de mediados del siglo XX. Tiene mesas cuadradas rodeadas por cómodos sillones imitación piel y taburetes en la barra de madera oscura. La decoración está compuesta por fotografías de portadas de clásicos de la literatura universal. Sonríe mirando el lugar mientras una camarera le deja la carta.
Luego de echarle un vistazo rápido, la joven se decide por un expreso.
En la mesa contigua Jorge teclea furioso en su portátil sin apenas levantar la vista de la pantalla sin hacer mucho caso a lo que lo rodea, sin embargo, al escuchar una voz pedir su consumición se sobresalta y levanta la vista encontrándose con Aime. Una mujer que posee una presencia que se siente antes de verse, una fuerza gravitacional que altera el aire de la habitación mucho antes de que sus tacones golpeen el suelo. Es una combinación embriagadora de juventud vibrante y una autoridad narcisista que emana de cada poro de sus 1.66 metros de estatura, una altura que ella proyecta como si fuera monumental gracias a una postura impecable y un cuello largo, de cisne, que sostiene su cabeza con la altivez de una reina absoluta. Su cabello es una densa cascada de un rojo encendido que cae con el peso de la seda salvaje sobre sus hombros; no es un tono apagado, sino un carmesí cobrizo que parece atrapar la luz y retenerla, enmarcando su figura con un aura de fuego constante. Ella suele atusar los mechones con dedos posesivos, de uñas largas y perfectamente limadas, realizando gestos calculados para que el brillo de su melena actúe como un faro. Bajo este marco ardiente, su rostro en forma de corazón es su mejor trampa. Bajando por su figura, se revela un torso de proporciones atléticas y puramente femeninas. Sus pechos son firmes y de tamaño medio, siempre presentados con un orgullo que roza la soberbia, acentuados por una clavícula pronunciada que añade una nota de refinamiento a su sensualidad. Su abdomen es un testimonio de disciplina férrea; la piel, de una palidez cremosa, se tensa sobre una musculatura trabajada que se hunde en una cintura estrecha y flexible. Este es el punto de giro, el eje de su cuerpo donde comienza su despliegue más agresivo. Desde esa cintura mínima, su cuerpo se expande con una urgencia casi arquitectónica hacia unas caderas amplias y poderosas. Su caminar no es azaroso; es un contoneo rítmico, deliberado, que parece dictar el pulso de quienes la observan. Sus nalgas, grandes y voluminosas, constituyen el remate de su silueta de reloj de arena; son el atributo que ella considera más funcional para subyugar la voluntad ajena a través del deseo, una herramienta de control que maneja con total consciencia de su impacto. Sus extremidades inferiores completan este monumento a la vanidad. Muslos torneados: Posee una firmeza que denota fuerza y agilidad, sugiriendo una potencia física que iguala su ambición. Piernas infinitas: Se extienden con gracia hasta llegar a unos tobillos finos. Sus pies, meticulosamente cuidados, presentan una piel suave y una pedicura perfecta, a menudo en tonos que contrastan con su cabello. Ella se siente perfecta de la cabeza a los pies. No busca la aprobación, busca la adoración absoluta, disfrutando del silencio reverencial que deja a su paso, convencida de que el mundo no es más que el escenario diseñado para sostener su figura.
Sus ojos grandes y almendrados son el centro de gravedad de su rostro, una trampa de miel dorado enmarcada por pestañas densas que funcionan como un telón calculado. Este pigmento no es estático, sino un espectro reactivo a su psique: cuando busca adoración, el iris se aclara hacia un ámbar eléctrico que proyecta una falsa calidez; cuando manipula, se torna un ocre profundo y denso como el almíbar; y ante el desafío, se transforma en un miel cobrizo metálico que revela la maldad gélida que esconde. Justo debajo de esta mirada hipnótica, una constelación de pecas café con leche se dispersa estratégicamente sobre el puente de su nariz respingona y la parte alta de sus pómulos. Este detalle es su mayor engaño, pues dota a su rostro de una inocencia sensual y juvenil que desarma al espectador, ocultando la autoridad narcisista que emana de su estructura ósea. Su cara, de una geometría perfecta en forma de corazón, presenta una piel de porcelana traslúcida que se tensa sobre pómulos altos y definidos, descendiendo en líneas elegantes hacia una barbilla fina y altiva. Todo en su rostro, desde la dulzura aparente de sus pecas hasta la profundidad cambiante de sus ojos, está diseñado como un monumento a la vanidad, donde la frescura natural es solo el disfraz de una voluntad depredadora .
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Los ojos de ambos jóvenes se encuentran y, cuando en la boca de Aime se dibuja una sonrisa Jorge se siente descubierto y vuelve a intentar concentrarse en el documento que tiene abierto en su portátil
aunque lo intenta, constantemente desvía la mirada hacia la mesa donde la joven da vueltas a un café
Aime se levanta, y camina hasta la otra mesa.
-Hola... –el acento jalisiense es claramente perceptible en cuanto habla.
-Hola... –dice Jorge al tiempo que se levanta de su silla cortésmente-, no te había visto antes por aquí…, tampoco es que venga mucho pero me acordaría de ti.
-Apenas llevo pocos días en Madrid.
-Aime le tiende la mano y Jorge se la estrecha mientras sonríe divertido.
-Mira, eso lo tenemos en común, yo también soy un recién llegado, si es que al final va a ser cierto el dicho de que no hay nada más madrileño que no ser de Madrid. ¡Pero disculpa mi torpeza! –dice mientras separa la silla que tiene enfrente de él-, ¿te gustaría sentarte?
-Soy Aime, y tu? –pregunta ella curiosa mientras toma asiento.
-Me llamo Jorge –dice él imitándola y volviendo a sentarse.
-bienes por trabajo?"
Jorge suspira profundamente mientras busca la forma más sencilla de explicarlo
-es..., una forma de verlo, si"
Mientras la hermosa joven lo mira atenta, Jorge mira fugazmente la puerta, y los alrededores
-no lo dices muy convencido"
después de comprobar que nadie lo escucha apolla sus manos encima de la mesa
-es..., complicado…, digamos que las cosas en mi pueblo se torcieron y tuve que salir a escape –mientras habla Jorge se acaricia nerviosamente la muñeca-, me junté con ciertas personas que no debí juntarme y ahora tengo que..., ganarme la vida aquí"
-comprendo. Bueno, es un nuevo comienzo."
-eso dicen de todo, verdad? siempre estamos empezando"
Aime asiente afirmativamente, momento que Jorge aprovecha para bajar la tapa de su ordenador, sabe perfectamente que hoy no va a trabajar más
-y tú?, estás aquí por trabajo?"
Aime lo mira con interÉs, y da un sorbo a su taza de cafÉ.
-soy escultora, y vengo a buscar oportunidad en una galería –dice ella antes de darle un sorbo a su taza.
Mientras hablan, la mirada de Jorge está fija en ella, sin embargo, el comentario de su profesión hace que desplace la mirada de sus ojos a su manos.
-siempre pensé que las escultoras tendrían las manos..., encallecidas –mientras habla vuelve a subir la mirada de la mesa a la cara de su, imprevista, compañera de mesa pero se detiene brevemente en sus pechos procurando que Aime no se dé cuenta
-me gusta cuidarme -dice ella mientras lo mira coqueta.
-y ya has conseguido hablar con algún representante de alguna galería?"
-el viernes voy a hablar con uno"
-oh! el viernes? y estás nerviosa?
Aime se muerde el labio y asiente.
-Tienes fotos de alguna de tus esculturas? Me encantaría verlas.
Aime da otro trago a su expreso.
-si."
Jorge se queda mirando las manos de la escultora revolver el café como si fueran imnóticas
Aime saca su celular y le muestra fotos, Jorge se queda impactado por una escultura de formato mediano, imponente sin ser monumental, trabajada sobre una base ovalada de piedra volcánica negra traída de Jalisco, rugosa, porosa y pesada, como si conservara todavía el aliento mineral de la tierra caliente. Desde esa base asciende una estructura orgánica inspirada en el corazón del agave: no reproduce la planta de manera literal, sino que la descompone en formas afiladas, curvas y casi corporales, con pencas estilizadas de bronce patinado que se abren hacia arriba como cuchillas elegantes, algunas teñidas con veladuras verde grisáceas y otras oscurecidas hasta un tono azul petróleo, como si hubieran sido quemadas lentamente. En el centro, la artista incrustó una pieza alargada de vidrio soplado en tonos ámbar, dorado y miel, atravesada por vetas rojizas que parecen moverse con la luz; -Esa parte representa el mosto, el tequila, la sangre familiar y la dulzura transformada por el calor –explica Aime señalando un punto de la fotografía.
La escultura tiene detalles de cobre pulido en los bordes, finos como cicatrices luminosas, y pequeñas grietas rellenas con resina traslúcida color caramelo, que dan la sensación de una herida sellada con lujo. La obra transmite una mezcla inquietante de belleza, herencia y violencia contenida: habla del agave como raíz, del fuego como castigo y purificación, y de la familia como una materia que puede destilarse hasta volverse orgullo, veneno o legado. No es una pieza cálida, aunque use tonos dorados; es seductora y dominante, igual que la autora, porque obliga al espectador a acercarse para admirar sus brillos, pero al hacerlo lo enfrenta con sus filos."
-y esto es lo que vas a presentar? no entiendo por qué estás nerviosa, son..., hermosas, ciertamente hermosas –cuando pronuncia la palabra hermosas los ojos de Jorge se desvían ligeramente hacia el cuerpo de Aime.
-sí. y espero les guste"
-estoy seguro de que no vas a tener problema"
-gracias, que lindo eres."
-es una pena -los ojos del joven parecen aguarse brevemente-, mi hermana es artista..., ella seguro podría darte una mejor opinión que la mía pero..., no debo ponerme en contacto con ellos, por su seguridad -la mano con la que Jorge sujeta su taza parece temblar un poco antes de reponerse momento que Aime aprovecha para acercarse y tomársela.
-ay, no… nada de tristeza, eres lindo cuando sonríes - El contacto de la piel de Aime hace que Jorge sienta un latigazo.
-vaya, igual esa es otra cosa que podemos tener en común? tú también eres..., linda? -Jorge sonríe francamente mientras aprieta la mano de Aime y desliza su dedo pulgar por la muñeca de la joven que, aparentemente, no tiene interés en separarse
-en serio lo crees?"
-Infinitamente más que tus esculturas –murmura Jorge tiernamente.
Mientras los dedos de ambos se mantiene entrelazados un ligero sonrojo aparece en las mejillas de Aime
-y dÓnde vives? –pregunta ella al tiempo que se separa simplemente para cambiarse de lado en la mesa y sentarse al lado de Jorge
-de momento en un pequeño apartamento –mientras hablan Jorge decide acercar su silla hasta que sus piernas entran en contacto- espero pronto poder mudarme a algo más grande pero..., bueno, ya sabes, las cosas están difíciles"
-lo imagino. yo vivo con mi hermana, que es Chef."
-sois una familia de artistas entonces, una engrandece el alma y otra el estómago –la sonrisa que se dibuja en la boca de Jorge es de una cordialidad adulante- ambas son igual de necesarias"
-eso nos dicen -Aime lo mira con intensidad y una sonrisa coqueta
Mientras la conversación progresa Jorge desplaza su mirada intermitentemente de los ojos a los labios de Aime, incluso, en un momento dado le retira un mechón de pelo y se lo coloca detrás de la oreja, momento que la joven aprovecha para acortar la distancia, lo justo para que su perfume fresco inunde las fosas nasales del muchacho.
-Quieres que vayamos a dar un paseo? –susurra él seductoramente cerca del oído de Aime.
-Me gusta la idea... –murmura ella, con ese acento que a Jorge empieza a enloquecerle.
Muy a su pesar por tener que separarse, Jorge se levanta y se dirige a la barra para pagar las consumiciones mientras Aime se incorpora de la silla con sensualidad y elegancia. En cuanto la pantalla del datáfono muestra el mensaje de transacción autorizada Jorge se gira y vuelve a quedarse observando con auténtica admiración el cuerpo de su acompañante que ya lo espera para salir del lugar. Con pasos medidos y cautos Jorge se coloca al lado de Aime y le ofrece el brazo que ella acepta y así los dos se dirigen a la salida del local.
-dónde vamos? –murmura Aime con voz suave y melosa mientras atraviesan la puerta y salen al exterior.
Fuera la plaza de España los espera, un amplio espacio ajardinado en el casco histórico de la ciudad, concretamente en el distrito moncloa-Aravaca. Esta plaza une la Gran Vía con la Calle de la Princesa. Se trata de un lugar bastante concurrido
-y que tienes previsto hacer en cuanto triunfes en Madrid? –pregunta Jorge cuando ambos están ya en la acera.
Los tacones de Aime golpean rítmicamente el cemento mientras las luces de las farolas proyectan sus sombras sobre el pavimento
-comprarme una casa, y viajar mucho.
El comentario hace que Jorge dibuje una sonrisa que se acaba convirtiendo en una risa aparentemente honesta.
-viajar, ese siempre es un buen plan –mientras habla Jorge decide cambiar su posición y pasar un brazo por la cintura de Aime para tenerla más cerca y se llena los ojos con ella, Aime se deja hacer y sonríe.
La posición favorece que Jorge note la piel de su cintura y decide acariciarla suabemente para hacer que se herice
-yo..., en realidad no tengo planes, es decir, supongo que me gustaría fichar por un buen despacho…, ganar casos..., que mi nombre se pronuncie con cierto temor en los juzgados -Jorge sonríe mientras desliza su dedo pulgar cada vez más hacia arriba lo que provoca que Aime se erice y lo mire con un brillo de picardía- pero de momento el único lugar en el que se pronuncia mi nombre es en el del vivero cuando se me cae algo al suelo, así que supongo que aún falta
la pareja sigue recorriendo las calles de Madrid que a estas horas empiezan a estar casi desiertas
-trabajas en un vivero?"
-en realidad..., donde se pueda. Cuando uno lo pierde todo no puede cerrarse a nada –la voz de Jorge suena firme- en realidad soy abogado"
-interesante, ya tengo quien me defienda"
Mientras hablan Jorge ha introducido ligeramente su mano por debajo del TOP de Aime
-eso significa que tengo mi primera clienta? –pregunta Jorge, mientras que vuelve a acercarse a su oído y le susurra- puedo hacerte el descuento de clienta especial"
-Sí, hazlo –murmura Aime con su acento jalisiense que, quizá por el momento o quizá por su propia imaginación Jorge nota más marcado y que lo está volviendo loco.
La posición en la que se han quedado hace que Jorge no pueda contenerse y mordisquee suavemente el lóbulo de la oreja provocando un bajo gemido de la mexicana.
-Quieres que nos vayamos a un lugar más tranquilo? –susurra Jorge.
-Vamos."
Aunque la vivienda de Jorge está cerca de la cafetería donde se han conocido, el paseo que ahora termina los ha alejado lo suficiente como para que sea una mejor idea levantar la mano y parar un taxi. La pareja se sube junta en el asiento trasero y Jorge le indica al taxista del lugar al que ir.
Bajarse del taxi, subir en el ascensor y entrar en el piso es cuestión de segundos; sin apenas tiempo de cerrar la puerta Aime lo mira con deseo y lo acaricia. Ese es el momento que Jorge aprovecha para apretarse a su cuerpo y juntar sus labios con una pasión que deja poco a la imaginación.
La temperatura de la habitación no hace más que subir, Aime lo besa apasionada y le muerde los labios a la vez que Jorge introduce su lengua en la boca de ella mientras desliza sus manos por su espalda para quitarle la ropa
-Eres bella, eres preciosa –susurra Jorge con la voz cargada de deseo.
-y tu eres guapo –murmura ella al tiempo que le desabotona la camisa y le baja el cierre de los pantalones.
Jorge da un paso atrás para observarla detenidamente, no puede parar de llenarse los ojos con su cuerpo, momento que Aime aprovecha para desnudarse.
El frenesí reina en la habitación así que Jorge termina de sacarse la ropa y se abalanza sobre el cuerpo de Aime agarrando con fuerza su cintura, caen en la cama, donde empieza a morderle los pechos que ahora quedan a la altura de su boca provocando que de la boca de ella se escapen ligeros gemidos y que su cuerpo se arquee de placer.
-mas….
La voz de la chica incita a Jorge a seguir así que desciende por su vientre, marcando con suabes movimientos de lengua el camino hacia su sexo lo que lleva a Aime a levantar las caderas hacia su boca.
Jorge juega con su lengua velozmente en el sexo de la joven
-asi, mas, que rico –gime Aime aferrándose a las sábanas- ¡asi ¡
Jorge desplaza las manos hasta los turgentes pechos de la chica para estirar firmemente de sus pezones, al mismo tiempo Aime le acaricia el cabello. sus gemidos de placer resuenan en el cuarto.
Jorge se separa de Aime dejándola tirada en la cama, se levanta a por un preservativo y, después de colocárselo, nuevamente le separa las piernas y se introduce entre ellas buscando sus labios para fundirse en un beso salvaje. Mientras sus sexos casi se tocan Jorge busca en los ojos de Aime alguna señal de duda
Aime lo recibe con ganas, su vagina lo aprieta, el movimiento de ambos cuerpos es salvaje, las manos de Jorge se desplazan por todo el cuerpo de la mujer buscando abarcar el mayor número de sensaciones posibles
Aime lo acaricia y sus caderas se mueven salvaje. su interior se contrae, estimulándolo. Al tiempo que la penetra Jorge desliza una mano hasta el clítoris de ella y lo acaricia, quiere conseguir llevarla al éxtasis
la pareja acelera sus movimientos hasta que, primero ella y después él, explotan en oleadas intensas de placer que los hacen morderse los lavios hasta casi hacerse sangre.
El grito y los espasmos de Aime dejan claro que ha llegado al orgasmo, y son estos los que provocan que Jorge no dure más de dos envestidas antes de venirse dentro de ella.
Con la espalda perlada de sudor Jorge se deja caer sobre el cuerpo de Aime, y sin soltarla atrae las sábanas y mantas que han quedado desordenadas para, sin saber muy bien como, taparse ambos
-No hace falta que te marches, quédate a dormir esta noche y descansa –susurra Jorge mientras sus extremidades están aún entrelazadas a lo que Aime asiente aún con el aliento entrecortado.

De vuelta al presente.

Con Jorge, su belleza había funcionado como siempre.
Con el sinaloense , no.
Él la había deseado sin convertir ese deseo en obediencia.
Eso era nuevo.
No completamente nuevo, quizá, pero sí raro. Raro de una forma que la obligaba a mirarse con más honestidad de la que le gustaba.
Aime giró el rostro hacia la ventana.
Su reflejo la acompañaba sobre el vidrio oscuro, superpuesto a las luces de Madrid. Dos Aimes viajaban en el asiento trasero: la de fuera, impecable, satisfecha, con el cabello rojo cayendo sobre los hombros; y la de dentro, irritada porque un hombre que no pertenecía a sus planes había atravesado su noche y se había marchado sin pedir un lugar en ella.
Le pareció intolerable.
También le pareció interesante.
Eso era lo peligroso.
Cuando algo la desafiaba, Aime tendía a convertirlo en objetivo.
No siempre por deseo. A veces por orgullo. A veces por hambre de confirmación. A veces porque no soportaba que alguien conservara una parte de sí fuera de su alcance. El sinaloense había dejado claro que no se involucraba, no se comprometía, no esperaba nada. Esa distancia, en otro hombre, habría sido una pose. En él había sonado como un hecho.
Y Aime no sabía todavía qué hacer con los hombres que no estaban actuando para ella.
El coche dobló por una avenida más amplia. El conductor llevaba una emisora baja, apenas audible. Una voz hablaba de tráfico nocturno y luego entró una canción antigua, suave, demasiado romántica para la escena. Aime sintió ganas de pedirle que la quitara, pero no lo hizo. No quería parecer alterada por algo tan mínimo.
Sacó de nuevo el teléfono.
Abrió la conversación con Olivia.
Nada.
Su hermana no le había escrito.
Aime miró la hora. 1:36 a. m.
Olivia probablemente dormía. O quizá estaría despierta revisando pendientes del restaurante, preocupada por proveedores, por menús, por la inauguración, por esa vida que parecía estar armando con sus propias manos sin pedir permiso a nadie.
Aime sintió otra molestia distinta.
Más fina.
Olivia tampoco la había buscado.
No tenía obligación, se dijo. Ella era adulta. Había salido sola. No había avisado demasiado. No había prometido hora de regreso. Pero aun así, una parte de Aime esperaba encontrar un mensaje. Algo que confirmara preocupación. Algo que pudiera usar para entrar al departamento con una mezcla de reproche y cansancio, obligando a Olivia a sentirse culpable por no haberla acompañado, por no haber preguntado, por no haber estado.
Nada.
El vacío de la pantalla la dejó sin herramienta.
Aime bloqueó el teléfono.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Perfecto.'
El conductor la miró por el retrovisor, quizá pensando que hablaba con él, pero no dijo nada.
Aime volvió a guardar el móvil en el bolso.
De pronto pensó en Latifa Mubarak.
La entrevista del día anterior seguía pesando de otra forma. Latifa la había mirado como el sinaloense , aunque desde un lugar completamente distinto: sin rendirse. Sin darle admiración gratuita. Sin dejarse arrastrar por el personaje. Aime había salido de aquella galería con una oportunidad real y una incomodidad parecida a la que ahora le dejaba aquel hombre en el cuerpo.
Latifa había desafiado su obra.
El sinaloense había desafiado su control.
Olivia, quizá sin querer, desafiaba su capacidad de convertir el afecto en moneda segura.
Madrid estaba resultando menos dócil de lo previsto.
Aime cerró los ojos un momento.
En Guadalajara, todo tenía un mapa conocido. La hacienda, los trabajadores, los proveedores, los viejos apellidos, los hombres que creían poder subestimarla hasta que descubrían que ella sabía leer contratos, cuentas y debilidades. Incluso quienes no la querían la ubicaban. Sabían quién era. Hija de José Fuentes. Nieta de un hombre de campo con dinero y carácter. La pelirroja de la hacienda. La escultora. La muchacha complicada. La que no pedía lugar porque entraba como si ya lo tuviera.
En Madrid, en cambio, tenía que construir la escena desde cero.
Eso la excitaba.
Y la enfurecía.
El coche se detuvo en un semáforo. Aime abrió los ojos. En la acera, un grupo de chicas jóvenes reía junto a la entrada de un local cerrado. Una de ellas llevaba un vestido plateado y el maquillaje corrido. Otra la abrazaba por los hombros. Había una intimidad simple en esa imagen, una confianza sin cálculo, una torpeza compartida.
Aime las observó hasta que el coche avanzó.
No las envidió.
Eso se dijo.
Ella no necesitaba ese tipo de vínculos. Eran frágiles, demandantes, llenos de pequeñas deudas emocionales. Mejor la admiración. Mejor el deseo. Mejor la utilidad. Mejor los vínculos donde cada quien sabía qué podía obtener del otro.
Pero entonces recordó a Olivia lavando una taza en silencio, preguntándole si estaba bien, preparando desayuno sin exigir nada.
Y el pensamiento le incomodó más que el recuerdo de aquel hombre.
Porque el sinaloense la desafiaba desde el deseo.
Olivia la desafiaba desde una ternura que no sabía cómo cobrar.
El coche se acercó al edificio. Las calles eran más tranquilas. Algunos balcones seguían iluminados, pero la mayoría de las ventanas estaban oscuras. El conductor se orilló frente al portal.
Conductor dice con acento español, 'Aquí es.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Gracias.'
Pagó desde la aplicación, bajó del coche y esperó a que arrancara antes de buscar las llaves. No quería que nadie viera si tardaba en entrar. Ese tipo de detalles le parecían absurdos, pero los cuidaba. La imagen no se sostenía solo en grandes apariciones. También en pequeños controles.
El portal olía a piedra fría, metal y limpiador. Aime entró, cerró detrás de sí y subió en el ascensor sin encontrarse con nadie.
En el espejo estrecho del elevador volvió a mirarse.
Ahora la luz era más cruel.
Mostraba el cansancio alrededor de los ojos, el leve enrojecimiento de la piel del cuello, una marca mínima cerca de la clavícula que el abrigo no cubría del todo. Aime la tocó con dos dedos. No sintió ternura ni nostalgia. Sintió propiedad invadida.
el sinaloense había dejado una señal.
Eso no le gustó.
O sí.
Su boca se tensó.
Aime dice con acento jalisciense, apenas audible, 'Maldito sinaloense.'
El ascensor se abrió.
El pasillo del piso estaba en silencio. Aime caminó hasta la puerta de Olivia, introdujo la llave con cuidado y entró.
El departamento estaba oscuro, salvo por una luz pequeña encendida en la cocina. Olivia había dejado una lámpara baja sobre la encimera. No había nota. No había reproche. No había escena.
Solo luz suficiente para que Aime no tropezara al regresar.
La suavidad de ese gesto la detuvo en la entrada.
Aime cerró la puerta muy despacio.
El silencio del departamento era distinto al del hotel. En el hotel todo había sido tránsito, anonimato, cuerpo, humo, aire acondicionado, sábanas ajenas. Aquí olía a casa de alguien: jabón de platos, café viejo, madera, una vela apagada, especias guardadas en frascos. En la sala había una manta doblada sobre el sofá y, sobre la mesa, algunos papeles del restaurante con anotaciones de Olivia.
Aime dejó el bolso sobre una silla.
Se quitó los tacones.
El alivio en los pies le subió hasta las rodillas. Apoyó una mano en la pared y respiró hondo. Por primera vez en toda la noche, su cuerpo dejó de actuar.
No había nadie mirándola.
Y aun así, no sabía cómo descansar.
Caminó hasta la cocina y encontró un vaso limpio junto al fregadero. Se sirvió agua. Bebió despacio, mirando hacia el pasillo donde estaba la habitación de Olivia. La puerta estaba cerrada.
Aime imaginó a su hermana dormida, quizá de lado, con el cuerpo agotado por las horas en el restaurante, sin maquillaje, sin defensa, confiando en que su media hermana volvería en algún momento.
Esa confianza era casi ofensiva.
Aime dejó el vaso sobre la encimera.
Pudo irse directo a dormir.
No lo hizo.
Se acercó a los papeles de Olivia y los miró sin tocarlos. Lista de proveedores. Confirmación de mobiliario. Pendientes de inauguración. Nombre de invitados. Menú tentativo. Cada hoja era una prueba de trabajo real, constante, silencioso. Aime pasó los ojos por las líneas y sintió que el placer físico de la noche se alejaba un poco, sustituido por una claridad más fría.
La inauguración de Sabores de México sería importante.
El sinaloense podía aparecer.
Latifa podía convertirse en puerta.
Olivia podía ser aliada, obstáculo o instrumento, según cómo se movieran las cosas.
Aime apoyó los dedos sobre el borde de la mesa.
No estaba satisfecha.
No del todo.
Su cuerpo sí.
Su orgullo no.
Su vanidad tampoco.
Había querido una noche de placer y había terminado con dos certezas desagradables: que el sinaloense no estaba bajo su control, y que ella quería volver a verlo precisamente por eso.
Aime apagó la luz pequeña de la cocina.
El departamento quedó casi a oscuras.
Antes de ir a su habitación, miró una última vez hacia la puerta cerrada de Olivia.
Luego caminó por el pasillo, entró a la habitación de invitados y cerró la puerta sin hacer ruido. Se quedó de pie en medio del cuarto, envuelta en la penumbra, con Madrid latiendo lejos al otro lado de la ventana.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave.

La víspera de los reflectores

El sábado entró en el departamento de Olivia con una luz clara y seca, una luz de Madrid que no acariciaba tanto como exponía. Caía sobre la mesa del comedor, sobre las carpetas del restaurante, sobre las notas escritas a mano por Olivia y sobre una taza olvidada junto a la cafetera. El departamento estaba en silencio. No era un silencio de abandono, sino de trabajo: Olivia ya se había ido a Sabores de México antes de que Aime despertara.
Aime abrió los ojos tarde, estirada sobre la cama de la habitación de invitados, con el cabello rojo carmesí derramado sobre la almohada y una pierna descubierta entre las sábanas. Durante unos segundos no se movió. Escuchó la casa. Nada. Solo el zumbido leve de la ciudad detrás del cristal, el paso de algún vecino en el pasillo y el ruido distante de una moto perdiéndose calle abajo.
Se incorporó despacio.
La camiseta de seda con la que había dormido se había deslizado por un hombro, dejando al descubierto la línea pálida de la clavícula. Caminó descalza hasta el espejo, con el rostro limpio, las pecas café con leche más visibles y los ojos miel todavía espesos por el sueño. La noche anterior le había dejado al cuerpo una satisfacción pesada, una memoria física que todavía se alojaba en sus muslos, en la espalda baja, en la sensibilidad de la piel.
Romero había sido eficaz.
Demasiado eficaz.
Aime se miró al espejo con una calma fría.
No pensó en él como una herida. No le concedió ese lugar. Pero sí sintió, en algún punto incómodo de su orgullo, que el sinaloense había logrado algo que pocos hombres conseguían: hacerla reaccionar sin pedirle permiso a su vanidad. No había rogado. No había prometido. No había preguntado si podía verla de nuevo con esa urgencia masculina que a Aime solía resultarle tan útil.
Había cerrado la puerta.
Sin mirar atrás.
Aime tomó el móvil de la mesa de noche.
Había mensajes de Guadalajara. El administrador de la hacienda preguntaba por la edición limitada de tequila. El encargado de producción insistía con el presupuesto del embalaje. También había notificaciones de redes sociales y un par de mensajes sin importancia.
Aime dejó el teléfono sobre la cama con una sonrisa mínima, casi despectiva.
Aime murmura con acento jalisciense, 'No eres tan importante.'
Pero la frase no le sirvió como esperaba.
Fue al baño y se duchó con agua caliente. Dejó que el vapor llenara el espejo, que el jabón floral recorriera su piel, que el calor le devolviera una sensación de dominio sobre su propio cuerpo. Al salir, se envolvió en una toalla, secó el cabello con paciencia y luego regresó a la habitación.
La casa seguía vacía.
Ese vacío, al principio, pareció agradable.
Luego empezó a molestarle.
No había nadie para verla salir del baño con la piel húmeda. Nadie para notar el cabello cayendo sobre sus hombros. Nadie para seguir con la mirada la línea de sus piernas mientras caminaba hacia la cama. Nadie para devolverle el reflejo de su propia presencia.
Aime abrió el armario improvisado. Eligió unos shorts de seda de corte alto y una blusa de punto fino, de tono neutro, ligera, casi transparente bajo cierta luz. No se puso sujetador. Se vistió sin prisa, consciente de cómo la tela se ajustaba al cuerpo, de cómo cada movimiento podía convertirse en imagen si alguien lo miraba desde el ángulo correcto.
Después fue a la cocina.
Sobre la encimera encontró una nota de Olivia.
“Me fui a Sabores. Hay café. Vuelvo en la tarde, o nos vemos allá si te das una vuelta. Avísame si sales. —O.”
Aime leyó la nota.
No había reclamo. No había pregunta por la noche anterior. No había reproche por la hora. Solo esa forma práctica y cálida que Olivia tenía de cuidar sin invadir.
Aime dejó la nota donde estaba.
Se sirvió café negro y caminó hasta el sofá. Se arrodilló en el borde del asiento, con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra estirada de lado. Tomó el teléfono y revisó contactos recientes.
Jorge.
El abogado español.
Jorge no era Romero. Y precisamente por eso servía.
Jorge era más limpio, más social, más accesible. Un hombre de frases correctas, de traje bien cortado, de manos cuidadas, de ambición con buenos modales. Aime no lo buscó porque lo extrañara. Lo buscó porque necesitaba comprobar algo. Necesitaba sentir otra vez esa respuesta inmediata del deseo masculino doblándose hacia ella. Necesitaba recuperar el punto exacto donde una frase suya alteraba el día de alguien.
Abrió el chat.
No escribió de inmediato.
Primero miró su propia imagen en la cámara frontal.
Estaba arrodillada en el borde del sofá, con el torso levemente erguido. La blusa de punto fino se pegaba al cuerpo con una transparencia insinuada por la luz de la tarde temprana. Su cabello rojo oscuro, ya seco en las puntas, caía sobre un hombro y sobre parte del escote. Giró la cabeza hacia la cámara por encima del hombro, con los ojos entrecerrados y una media sonrisa perezosa, como si acabara de guardar un secreto. El encuadre favorecía la línea del cuello, la clavícula apenas sonrosada por la ducha y el gesto de una mano jugando con el borde del short. Su espalda baja se arqueaba lo suficiente para sugerir la curva de las caderas y la longitud firme de las piernas.
Tomó la foto.
La revisó.
No era vulgar.
Era peor.
Parecía accidental sin serlo.
Aime escribió.
Aime: “Buenos días, guapo. ¿Cómo va tu sábado? Tengo que ir a buscar unas cosas por Plaza España. Me acordé de ti y del Café Cervantes. Un lugar muy inspirador.”
Envió.
Esperó con la taza de café entre los dedos.
El mensaje no tardó demasiado.
Jorge: “¿Hola? No tengo tu número agendado, ¿quién eres?”
Aime soltó una risa baja.
Eso fue mejor de lo que esperaba.
No la tenía guardada.
Podía sentirse insultada. Podía responder con frialdad. Podía castigarlo.
Pero también podía usarlo.
Aime: “Soy Aime.”
Adjuntó la foto.
No añadió nada más.
Dejó el teléfono boca arriba sobre el sofá y bebió café. No pasaron ni veinte segundos antes de que la pantalla se iluminara.
Jorge: “Ah, claro. No te preocupes, corregiremos el gran error de no guardarte. ¿Cómo estás? La verdad es que esa cafetería siempre me traerá grandes recuerdos, sí.”
Aime sonrió.
Otro mensaje llegó enseguida.
Jorge: “Por cierto, con fotos así me alegrarías cada día con el que nos encontremos.”
Aime leyó la frase despacio. Ahí estaba. La corrección. La necesidad de compensar. El deseo entrando con cuidado, tratando de no parecer demasiado evidente.
Luego llegó otro mensaje.
Jorge: “Uy, pues hoy tengo bastante trabajo en el vivero.”
Aime levantó una ceja.
¿Vivero?
Jorge: “Además, hoy con el calor que hace tendría que pasarme por casa a darme una ducha. Aún voy a tardar.”
Aime apoyó la taza en la mesa baja.
El hecho de que estuviera ocupado no la detuvo.
La estimuló.
Lo ocupado se vuelve más interesante cuando puede interrumpirse.
Aime escribió con calma.
Aime: “¿En verdad te alegraría? ¿Por qué? Me gustaría que fueras más específico.”
La respuesta tardó un poco más.
Aime aprovechó para cambiar de posición. Se sentó de lado en el sofá, arqueando la espalda, dejando que la luz se deslizara sobre la curva de la cadera y la línea de la cintura. Tomó otra foto, más atrevida, centrada en el contorno de su cuerpo, en la forma en que el short de seda insinuaba la cadera y en cómo el cabello carmesí caía estratégicamente sobre un hombro, dejando el otro expuesto. La imagen tenía un filtro tenue, con contraste alto, una textura ligeramente granulada que la hacía parecer más íntima, más privada, como un fragmento robado a una escena que no debía ser compartida.
El teléfono vibró.
Jorge: “Porque eres más preciosa que cualquiera de tus esculturas.”
Aime se quedó mirando la pantalla.
La frase era exagerada. Algo torpe. Pero eficaz.
Le gustó que pusiera su cuerpo por encima de su obra.
No porque lo creyera justo.
Sino porque mostraba dónde tenía a Jorge en ese momento.
Aime adjuntó la segunda foto.
Jorge respondió rápido.
Jorge: “¿Te han dicho alguna vez que eres muy sensual?”
Aime escribió con una lentitud calculada.
Aime: “Sí. Pero no con la sinceridad en que me lo dices tú.”
Jorge: “Estoy seguro de que más de uno te lo ha dicho como te lo digo yo, pero lo cierto es que estás para comerte.”
Aime dejó escapar una respiración suave por la nariz.
El juego ya estaba abierto.
Se levantó del sofá y caminó hacia el ventanal. Afuera, Madrid se movía con su mediodía claro, ajeno a la tensión privada que ocurría en la pantalla de su móvil. Aime giró el cuerpo, se apoyó en el respaldo del sofá y tomó una nueva imagen. Esta vez el encuadre subía hacia el torso, con la blusa ligera insinuando más de lo que una prenda cotidiana debía mostrar. La postura era inclinada hacia adelante, con una mano apoyada, la clavícula marcada y el abdomen tenso bajo la sombra dorada de la habitación.
Aime: “Qué mal que tengamos ambos el día tan ocupado. Y no puedas hacerlo.”
Envió la foto.
La respuesta de Jorge tardó un poco más.
Aime imaginó al abogado mirando el teléfono en mitad de su jornada, intentando decidir si seguir el juego o fingir prudencia. Esa imagen la complació. Lo imaginó distraído, con el pulso alterado, mirando alrededor antes de contestar. Un hombre serio convertido en espectador privado.
Jorge: “Cómo me gustaría ser yo el que te hiciera esas fotos.”
Aime sonrió.
Aime: “¿Y solo las fotos me quieres hacer?”
No envió la imagen más cruda que pudo haber enviado. Eligió otra cosa: una fotografía más cerrada, más íntima en intención que en exposición directa. El encuadre mostraba el borde de la blusa, el nacimiento de los muslos, una mano larga y manicurada descansando sobre la piel con una lentitud calculada. Era una provocación sin ornamentación. No mostraba todo; hacía que Jorge completara el resto. Y eso, para Aime, era más eficaz.
El mensaje de Jorge llegó con rapidez.
Jorge: “Te propongo un plan. Si eres capaz de enviarme tres fotos igual de sensuales, intento salir hoy antes del trabajo y paso a buscarte para que nos tomemos una copa.”
Aime leyó el mensaje y se reclinó en el sofá.
Ahí estaba.
La oferta.
El movimiento.
La confirmación.
Pero no le convenía aceptar de inmediato. Jorge no debía tenerla hoy. Tenía que llegar al domingo con la expectativa acumulada. Tenía que entrar a Sabores de México buscándola, no recordándola como algo ya obtenido.
Aime escribió:
Aime: “Las fotos te las regalo de igual manera. La copa podría ser mañana. Olivia, mi hermana, me acaba de mandar mensaje. Quiere ayuda con su restaurante.”
No era del todo cierto.
Pero era útil.
Jorge: “Está bien, dejaremos la copa para mañana entonces. Además hoy con todo el trabajo... digamos que no estoy muy presentable.”
Aime se levantó del sofá y fue al dormitorio. Sacó una camisa suya, amplia, de tela fina, y se la puso abierta sobre el cuerpo. La prenda caía hasta medio muslo, dejando que la silueta siguiera insinuándose bajo la tela. Se colocó frente al espejo, mordió apenas el labio inferior y tomó una foto con una expresión de falso arrepentimiento, como si se le hubiera escapado algo que en realidad controlaba hasta el último milímetro. La camisa abierta sugería el espacio entre sus senos, las piernas largas, la piel todavía luminosa por la ducha.
Envió la foto.
No escribió nada.
Jorge respondió con una imagen.
Aime la abrió.
Jorge estaba de pie en un espacio de trabajo. No era un despacho. No era una cafetería elegante. Había sacos de tierra cerca, herramientas, algo de desorden funcional. El torso aparecía descubierto, perlado de sudor por el esfuerzo, con los músculos de los brazos y el abdomen marcados no por pose de gimnasio, sino por trabajo físico reciente. Tenía el cabello mojado, quizá porque se había echado agua encima para refrescarse. El pantalón de trabajo, bajo en la cadera, dejaba ver con claridad que la provocación de Aime había tenido efecto.
Aime observó la foto más de lo que había previsto.
Jorge no era Romero.
Pero el sudor real le sentaba bien.
Aime: “Creo que necesitas ayuda. Y no precisamente con las plantas.”
Jorge: “La culpa es de alguien que yo me sé. Como el jefe me riña por poco rendimiento tendrás que pagar tú mi alquiler.”
Aime se rio en voz baja.
Fue una risa corta, satisfecha.
Se arrodilló sobre una alfombra oscura junto al sofá, colocando el móvil por encima, con un ángulo que alargaba la línea del cuerpo. La postura parecía sumisa a primera vista, pero no lo era. Aime sabía exactamente lo que hacía. El cuello arqueado, la cabeza inclinada, una mano descansando sobre el vientre bajo, la otra sosteniendo el equilibrio. La luz lateral dibujaba sombras sobre su anatomía, volviendo la imagen más escultórica que improvisada. Era una escena de placer insinuado y controlado, destinada a un solo espectador, obligándolo a mirar sin poder intervenir.
Aime envió la foto.
Aime: “Solo envío el regalo que me pediste.”
Luego tomó otra, frente al espejo, desde un ángulo alto. El móvil le cubría el rostro, dejando el protagonismo al cuerpo: cintura estrecha, caderas marcadas, piernas tensas al ponerse de puntillas, el borde de la camisa apenas cubriendo lo necesario. El fondo no era perfecto; había una toalla mal doblada, un producto de higiene personal junto al lavabo, restos de vapor en el espejo. Esa imperfección hacía la foto más íntima, menos editorial, más peligrosa.
Aime: “Aquí está la última.”
La respuesta de Jorge no fue inmediata.
Aime esperó.
El silencio le gustó.
Significaba que la imagen había hecho su trabajo.
Al cabo de unos minutos, llegó un mensaje largo.
Jorge le describió que estaba apoyado contra una estantería metálica del almacén del vivero, mientras una transpaleta pasaba al otro lado de la pared. La humedad del invernadero todavía le pegaba la camiseta a la espalda y tenía restos de tierra oscura bajo las uñas pese a haberse lavado las manos. Contó que había guardado el móvil cuando escuchó voces acercándose por el pasillo, que esperó a que dos compañeros cruzaran hacia la zona de carga hablando de fertilizantes y pedidos atrasados. Después entró al pequeño vestuario del personal y cerró la puerta.
Aime leyó con los labios apenas entreabiertos.
Jorge continuó. El vestuario era estrecho, iluminado por un fluorescente blanco, con taquillas grises, bancos de plástico, olor a humedad, tierra mojada y desodorante barato. No intentaba competir con la provocación de Aime enseñando más de la cuenta. Su foto, decía, era de otro tipo. Se había desabrochado lentamente la camisa de trabajo, dejando el torso parcialmente descubierto, todavía húmedo de sudor y marcado por el esfuerzo físico. El pantalón caía apenas sobre las caderas y una mano descansaba en el borde del banco mientras la otra sostenía el móvil frente al espejo manchado. No parecía preparado. Y precisamente por eso funcionaba.
Luego envió la imagen.
Aime la abrió.
Esta vez sí se quedó en silencio.
Había algo en la suciedad leve del antebrazo, en la respiración contenida, en el cansancio de la mirada, que le daba a Jorge una masculinidad distinta de la que había mostrado en la cafetería. Menos pulida. Más inmediata. Más disponible para el juego de Aime.
Debajo de la foto, Jorge escribió:
Jorge: “Te vuelvo a decir, cuidado con seguir mandándome cosas así mientras estoy trabajando.”
Luego añadió:
Jorge: “No sabes las ganas que me están entrando de cerrar antes de hora.”
Aime se mordió la comisura del labio.
Aime: “Aw, estás como para consentirte.”
Pausa.
Luego escribió lo que realmente quería probar.
Aime: “Ahora yo te reto. Pero a que te des placer en ese vestidor. Imagina la adrenalina mezclada con el placer.”
La respuesta tardó.
Aime esperó con el teléfono en la mano, sintiendo la emoción exacta del límite. No era solo deseo. Era poder. El placer estaba en intentar empujarlo hacia una conducta imprudente, en ver hasta dónde alcanzaba su influencia a distancia.
Jorge: “Tienes una mente perturbada, mi mexicana, y eres más picante que ninguna chica que conozca. Pero eso de darme placer aquí... no. Prefiero que sea en un entorno más higiénico, y sin riesgo de que el jefe entre y me descubra.”
Aime leyó dos veces una parte.
Mi mexicana.
Sonrió despacio.
Eso sí le gustó.
La posesión verbal podía ser útil cuando ella decidía permitirla.
Aime: “Se lee bien eso de: mi mexicana. Me gustaría que me lo digas mientras estás hundiéndote en mí.”
Jorge: “Me temo que tendrás que quedarte con las ganas hasta mañana. ¿No se supone que tienes trabajo?”
Aime soltó una risa baja.
Aime: “Yo sí puedo resolverlo. El problema es que a ti te dolerán los huevos por no acabar como quieres.”
Añadió emojis de beso y fuego.
Jorge respondió con otra imagen.
Esta vez no era de vestuario. Era una zona lateral del jardín exterior del vivero. Las plantas altas proyectaban sombras irregulares sobre el suelo. Jorge apoyaba una mano en una mesa de trabajo de madera con restos de agua y hojas. La camiseta de trabajo estaba empapada por el calor y se pegaba al torso. En la otra mano sostenía una manguera que seguía goteando lentamente sobre la tierra. No parecía una foto preparada. El fondo estaba lleno de macetas grandes, herramientas y sombras vegetales movidas por el viento. Su expresión no buscaba seducir, pero tampoco se escondía. Había cansancio, control y una calma tensa.
Jorge: “Aquí no hay espejos.”
Aime se levantó del sofá.
La respuesta de Jorge la había excitado de una forma más compleja de lo que quería admitir. No porque él dominara el juego. No. Jorge seguía dentro del marco que ella había construido. Pero se resistía lo suficiente para no volverse aburrido. Obedecía a medias. Contestaba. Se calentaba. Pero no cruzaba todos los límites.
Eso lo hacía más entretenido.
Aime tomó una nueva fotografía, esta vez más teatral. Se colocó de rodillas sobre el fondo oscuro de la alfombra, con el cuerpo arqueado y el cabello cobrizo desordenado sobre los hombros. Echó la cabeza hacia atrás, entreabrió los labios y sostuvo una expresión de placer ensayado, provocadora, casi insolente. No era una imagen de entrega real. Era rendimiento. Una escena construida para hacer que Jorge imaginara una acción sin recibirla, para convertir la sugerencia en una orden silenciosa.
Aime: “Imagina cómo haría esto ahora mismo para ayudarte a resolver tu problema.”
La respuesta de Jorge llegó como un golpe de orgullo masculino.
Jorge: “Igual me estás calentando tanto que tengo que buscar esta noche a alguien que haga lo que tú no vas a poder porque estás trabajando.”
Aime miró el mensaje.
No se ofendió.
Sonrió.
Jorge había intentado devolverle el juego.
Mal, pero con intención.
Aime: “No tengo problema con que la busques. El problema es que no será como yo.”
Luego envió una última foto.
Estaba sentada en el borde del sofá de cuero, con el cuerpo girado lo suficiente para que la luz capturara la tensión del vientre, la curva de los muslos y la respiración detenida a mitad de un gesto íntimo. Su cabeza se inclinaba hacia el hombro, los ojos miel oscurecidos por una concentración sensual, la boca entreabierta. Una de sus manos desaparecía bajo el borde de la prenda de seda, sin mostrar de más, dejando que la tensión del antebrazo y la postura narraran lo que no necesitaba exhibirse. Era una imagen de autosuficiencia deliberada: Aime no pidiendo placer, sino demostrando que podía producirlo, administrarlo y negarlo al mismo tiempo.
Aime: “Si no estás muy cansado esta noche, mañana me escribes y te acepto una copa. Que tengas un excelente sábado laboral.”
Añadió emojis de fuego.
Después dejó el teléfono sobre la mesa.
El departamento volvió a quedar en silencio.
Aime respiró hondo, con el cuerpo tibio y la mirada fija en la pantalla apagada. Había logrado lo que quería. Jorge estaba alterado. Jorge llegaría al día siguiente con deseo acumulado, con la sensación de haber sido elegido y castigado a la vez. Se vestiría bien. Intentaría agradarle. Buscaría su mirada en la inauguración de Olivia.
Eso era útil.
Eso era orden.
Aime se levantó y caminó hacia el espejo del salón. Se observó con la camisa abierta, el cabello rojo cayendo sobre los hombros, las pecas suaves, los ojos encendidos por una satisfacción que no era ternura ni alegría.
Era control recuperado.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Así sí.'

La casa de Olivia no era suficiente

Después de aquel intercambio, Aime no pudo quedarse quieta.
La energía que había provocado en Jorge se le había devuelto al cuerpo como una corriente inquieta. Se vistió con más cuidado del necesario: pantalón marfil de caída recta, blusa satinada color champagne, cinturón delgado color coñac, pendientes discretos de oro viejo y tacones claros. Se maquilló con precisión, dejando la piel luminosa y los labios suaves. El cabello rojo, ya completamente seco, cayó en ondas pulidas sobre la espalda.
Antes de salir, grabó una historia frente al espejo del pasillo.
No mostró demasiado. Solo el reflejo parcial del cuerpo, la mano ajustando el pendiente, la luz sobre el cabello, el borde de la blusa.
Aime dice con acento jalisciense, en voz baja, 'Sábado de pendientes, Madrid y decisiones bonitas. Mañana será un día importante para la familia Fuentes.'
Subió el video.
Las reacciones comenzaron casi de inmediato.
“Divina.”
“Madrid te queda perfecto.”
“¿Qué evento?”
“Ese cabello.”
“Necesito saber más.”
Aime bajó en el ascensor con el teléfono en la mano, dejando que las notificaciones se acumularan. El deseo de Jorge había sido más privado. Las redes le daban otra clase de confirmación, más amplia, más superficial, más rápida. Una lluvia fina de admiración sin obligación de responder a nadie.
Al salir a la calle, Madrid la recibió con calor, tráfico y luz fuerte. El aire olía a asfalto caliente, café de cafetería cercana y perfume de gente que pasaba deprisa. Aime caminó hasta la avenida principal y pidió un coche.

La boutique

Aime pasó parte del mediodía en una boutique de lujo, cerca de una zona donde Madrid sabía ser cara con naturalidad. El local olía a telas nuevas, madera encerada y perfume blanco. Las prendas colgaban separadas entre sí, con espacio suficiente para que cada una pareciera más importante de lo que era. Había espejos altos, sillones bajos de terciopelo gris y una mesa de centro con flores frescas.
Una dependienta se acercó con una sonrisa profesional.
Dependienta dice con acento español, 'Buenos días. ¿Busca algo especial?'
Aime se quitó los lentes de sol.
Aime dice con acento jalisciense, 'Algo para una inauguración mañana por la noche. Elegante. Con presencia. Nada desesperado.'
Dependienta dice con acento español, 'Claro. ¿Prefiere vestido o conjunto?'
Aime recorrió la tienda con la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Prefiero que me muestres opciones que no parezcan elegidas por alguien con miedo.'
La dependienta entendió rápido.
Le mostró un vestido verde profundo, uno negro de corte columna, una falda de seda marfil y un conjunto color champán. Aime tocó las telas con la yema de los dedos, evaluando caída, peso y textura.
Se probó el verde primero.
Cuando salió del probador, la dependienta no pudo evitar mirarla de arriba abajo.
Dependienta dice con acento español, 'Le queda espectacular. El color le resalta muchísimo el cabello.'
Aime se colocó frente al espejo de tres cuerpos. Giró lentamente, observando cómo la tela se adaptaba a la cintura y a las caderas.
Aime dice con acento jalisciense, 'El color acompaña. Yo hago el resto.'
La dependienta sonrió con cuidado.
Dependienta dice con acento español, 'Por supuesto.'
Aime se miró unos segundos más.
El vestido era hermoso.
Demasiado hermoso.
Demasiado evidente.
Aime dice con acento jalisciense, 'No.'
Dependienta dice con acento español, '¿No le convence?'
Aime dice con acento jalisciense, 'Me convence demasiado. Eso lo vuelve predecible.'
Al final compró una blusa de seda color marfil y unos pendientes de oro viejo, irregulares, casi escultóricos. No los necesitaba. Pero le gustaba que las cosas bellas quedaran bajo su propiedad aunque no tuvieran uso inmediato.

Sabores de México

A media tarde, Aime llegó a la Gran Vía con el cabello rojo suelto sobre los hombros y la bolsa de la boutique colgando de una mano como si no pesara nada.
Madrid estaba encendida en ese punto exacto del sábado donde la ciudad ya no distinguía entre turistas, trabajadores y gente que salía a dejarse mirar. Los autobuses pasaban pesados, los taxis frenaban con impaciencia, las maletas rodaban sobre la acera y las voces se cruzaban en español, inglés, francés, italiano. Desde alguna cafetería cercana salía olor a pan caliente y café tostado; desde un restaurante de la esquina, aceite, ajo y mariscos. Todo se mezclaba con el humo de los coches y el perfume de quienes pasaban demasiado cerca.
Aime caminaba sin prisa.
Al llegar frente a Sabores de México, se detuvo.
El restaurante seguía cerrado al público, pero desde fuera se veía lleno de movimiento. La fachada tenía una elegancia cálida, más sobria de lo que Aime habría esperado de Olivia. No había exceso de colores ni una decoración mexicana fácil. La madera, el barro, las fibras naturales y las lámparas doradas componían una imagen cuidada, íntima, con una dignidad que no pedía permiso.
Aime leyó el nombre sobre la puerta.
Sabores de México.
El proyecto de Olivia.
El territorio de Olivia.
Por un instante, una tensión fina le apretó la boca. No era rabia abierta. Era algo más silencioso: la molestia de estar frente a un espacio donde su hermana había logrado construir una voz propia sin necesitarla.
Luego sonrió.
Entró.
El olor la recibió primero: chile seco tostado, cítricos recién cortados, cilantro fresco, masa caliente, madera nueva, flores húmedas y una base dulce de canela o piloncillo que venía de la cocina. Había cajas abiertas en una esquina, copas alineadas sobre la barra, servilletas dobladas sobre una mesa larga, velas aún apagadas y arreglos florales esperando ser colocados.
El equipo iba y venía con una concentración ansiosa. Una mujer limpiaba copas con un paño blanco. Dos empleados movían una mesa unos centímetros hacia la izquierda. Al fondo, desde la cocina, llegaba el sonido de cuchillos sobre tabla, ollas golpeando superficies metálicas y voces que respondían a instrucciones rápidas.
Olivia estaba junto a la barra, con una carpeta en la mano.
Llevaba una camisa blanca arremangada, pantalón negro y el cabello recogido en un moño bajo, algo desordenado por las horas de trabajo. Tenía una pequeña mancha de salsa cerca del puño y ojeras leves bajo los ojos, pero su postura seguía firme. No lucía como una mujer intentando impresionar. Lucía como alguien que llevaba horas sosteniendo el peso real de una apertura.
Olivia dice con acento sonorense, 'No quiero las flores tapando la vista de los platos. Bajitas, por favor. Todo bajito. La comida tiene que verse.'
Empleado dice con acento español, 'Sí, chef.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Y las velas no van tan cerca de las servilletas. Muévanlas un poco. No quiero accidentes mañana.'
Aime se quedó mirándola desde la entrada.
Olivia no levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. Daba indicaciones concretas, revisaba, corregía, volvía a mirar. El equipo la escuchaba con respeto porque sabía exactamente qué estaba pidiendo.
Eso le provocó a Aime una incomodidad precisa.
Olivia levantó la vista y la vio.
Por un segundo, su rostro cansado se suavizó.
Olivia dice con acento sonorense, 'Llegaste.'
Aime avanzó entre las mesas.
Aime dice con acento jalisciense, 'Dijiste que quizá nos veíamos aquí.'
Olivia cerró la carpeta y la dejó sobre la barra.
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí. Qué bueno que viniste.'
Aime recorrió el salón con la mirada. No respondió de inmediato. Caminó hacia una mesa, pasó los dedos por el borde de madera, observó la caída de la luz sobre las copas, el ángulo de la barra, la distancia entre la entrada y el primer grupo de mesas.
Aime dice con acento jalisciense, 'El lugar se ve mejor con luz de tarde.'
Olivia la miró con cautela.
Olivia dice con acento sonorense, 'Gracias. Creo.'
Aime giró apenas hacia ella.
Aime dice con acento jalisciense, 'Era un cumplido.'
Olivia soltó aire por la nariz, casi una risa cansada.
Olivia dice con acento sonorense, 'Contigo nunca sé si vienen solos o con filo.'
Aime sonrió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Qué desconfiada estás.'
Olivia se cruzó de brazos.
Olivia dice con acento sonorense, 'Qué entrenada me tienes.'
La frase cayó con naturalidad, pero no era ligera.
Aime la recibió sin pestañear.
Durante un instante, su primera reacción fue la de siempre: devolver algo más fino, más elegante, más hiriente. Podía hacerlo. Podía decirle que estaba sensible, que el cansancio la estaba volviendo dramática, que quizá Madrid la había hecho creer demasiado en su propia importancia. Podía tocar justo donde doliera.
Pero no lo hizo.
Observó a Olivia.
La vio cansada. La vio aferrada a ese restaurante como si fuera más que un negocio. Como si Sabores de México fuera una forma de demostrar que podía sostenerse sin José Fuentes, sin la hacienda, sin la sombra de una familia partida. Olivia no estaba resistiéndose solo a una sugerencia. Estaba defendiendo algo que sentía suyo.
Entonces Aime cambió de estrategia.
No empujó.
Bajó la mirada hacia la mesa más cercana, dejó que sus dedos descansaran sobre el borde de madera y suavizó la voz.
Aime dice con acento jalisciense, 'No vine a pelear contigo.'
Olivia no respondió de inmediato.
Su expresión cambió apenas, como si esa frase no fuera la que esperaba.
Olivia dice con acento sonorense, 'No dije que vinieras a eso.'
Aime levantó la vista despacio.
Aime dice con acento jalisciense, 'Pero lo piensas.'
Olivia apretó los labios.
Desde la cocina, alguien preguntó por unas charolas. Olivia volvió la cabeza un segundo, dio una indicación rápida con la mano y luego regresó la atención a Aime.
Olivia dice con acento sonorense, 'A veces siento que quieres entrar a todo como si todo ya te perteneciera.'
Aime recibió la frase sin defenderse. Eso, en ella, fue más calculado que cualquier réplica.
Aime dice con acento jalisciense, 'Tal vez porque no sé entrar de otra forma.'
Olivia se quedó quieta.
Aime notó el efecto.
Ahí estaba.
La pequeña apertura.
No era compasión todavía. Era atención. Una pausa emocional.
Aime dio un paso lento hacia ella, sin invadirla del todo. Su rostro se mantuvo sereno, pero los ojos miel tomaron una claridad más vulnerable, más cálida. Era una expresión que podía parecer verdad porque usaba materiales reales: una soledad antigua, una necesidad de reconocimiento, una herida convertida en actuación.
Aime dice con acento jalisciense, 'En Guadalajara, si no entras fuerte, te borran. En la hacienda, si dudas, deciden por ti. Si pides permiso, alguien más firma. Si te muestras blanda, te tratan como una niña caprichosa que heredó algo demasiado grande.'
Olivia la escuchó en silencio.
Aime bajó la mirada hacia sus propias manos.
Aime dice con acento jalisciense, 'Y aquí llego a tu casa, a tu restaurante, a tu vida... y no sé bien dónde ponerme.'
La frase fue precisa.
No demasiado dramática. No tan evidente como para parecer falsa.
Olivia se suavizó.
Aime lo vio en los hombros, en la boca, en los ojos. Olivia quería creerle. No por ingenua, sino porque una parte de ella llevaba años esperando que Aime le ofreciera algo parecido a una grieta.
Olivia dice con acento sonorense, más bajo, 'Podrías empezar por no intentar ocuparlo todo.'
Aime sonrió apenas, con una tristeza delicada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Ya sé.'
Olivia parpadeó.
La respuesta la descolocó.
Aime continuó antes de que Olivia pudiera endurecerse de nuevo.
Aime dice con acento jalisciense, 'Y no digo que sea culpa tuya. Este lugar es tuyo. Lo veo. Se nota en todo. En las mesas, en los olores, en la cocina, en cómo te escuchan. No necesitas que yo venga a decirte qué falta.'
Olivia bajó los brazos lentamente.
La defensa cedió un poco más.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime...'
Aime negó suavemente con la cabeza.
Aime dice con acento jalisciense, 'Déjame terminar.'
Olivia calló.
Aime miró alrededor. El salón estaba lleno de detalles que podía criticar y admirar al mismo tiempo: las copas demasiado brillantes, las flores todavía sin acomodar, la barra cálida, la pared lateral vacía donde habría quedado perfecta una de sus esculturas, la cocina abierta respirando trabajo.
Aime dice con acento jalisciense, 'Cuando te dije lo de la pieza no era solo por mí.'
Eso no era completamente cierto.
Pero tampoco era completamente mentira.
Aime dice con acento jalisciense, 'Pensé que quizá podía haber algo de las dos aquí. Algo tuyo y algo mío. No como competencia. Como... no sé. Como una forma de que esto también dijera que somos familia.'
Olivia la miró conmovida, aunque intentó contenerlo.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Eso querías?'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'También.'
La palabra era perfecta porque no negaba lo otro. No negaba su vanidad. No negaba el interés. Pero dejaba suficiente espacio para que Olivia completara la parte afectiva.
Y Olivia la completó.
La chef respiró hondo. Sus ojos bajaron un instante hacia el piso, luego volvieron a Aime con una suavidad nueva.
Olivia dice con acento sonorense, 'Yo sí quiero que haya algo de las dos, Aime. Pero no así, de último momento. No con presión. No cuando estoy intentando que mañana no se me caiga todo encima.'
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo entiendo.'
Olivia dio un paso hacia ella.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Lo entiendes de verdad?'
Aime la miró con una quietud casi dulce.
Aime dice con acento jalisciense, 'Estoy intentando.'
Olivia tragó saliva.
El ruido del restaurante continuaba alrededor de ellas. Un empleado pasó con una caja de vasos. Alguien preguntó desde la cocina por el cilantro. Un teléfono sonó cerca de la barra. Pero entre las dos se formó un espacio aparte, más íntimo, más lento.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso para mí ya es mucho.'
Aime bajó los ojos en el momento justo.
No sonrió.
No todavía.
Olivia se acercó y le tocó el brazo con cuidado, como si no supiera si Aime iba a permitirlo.
Aime dejó que la tocara.
Eso también era una concesión calculada.
Olivia dice con acento sonorense, 'Mira, después de la inauguración podemos hablar bien. Con calma. Tal vez no una pieza para mañana, pero sí para más adelante. Una colaboración pensada. Algo que tenga sentido para las dos.'
Aime levantó la mirada.
Aime dice con acento jalisciense, '¿Lo dices en serio?'
Olivia asintió.
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí. Pero necesito que respetes mis tiempos.'
Aime dejó pasar un segundo.
Aime dice con acento jalisciense, 'Está bien.'
Olivia pareció aliviarse.
Aime la observó con una ternura aparente que supo sostener sin exagerarla. Había funcionado. Olivia ya no estaba cerrada. Ya no hablaba desde el límite, sino desde la esperanza. La diferencia era fundamental.
Aime cambió de tema con suavidad.
Aime dice con acento jalisciense, 'Invité a alguien mañana.'
Olivia no se tensó de inmediato. La conversación anterior la había dejado más abierta.
Olivia dice con acento sonorense, '¿A quién?'
Aime caminó hacia la barra, tomó uno de los menús impresos y lo miró sin leerlo realmente.
Aime dice con acento jalisciense, 'A un hombre que conocí anoche.'
Olivia frunció apenas el ceño.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Anoche?'
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sinaloense. Reservado. Algo rudo. No sé si vendrá. Dijo que si tenía tiempo pasaría.'
Olivia la observó, intentando leer más de lo que Aime decía.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Lo conociste dónde?'
Aime levantó la vista del menú.
Aime dice con acento jalisciense, 'En ese club de Independencia.'
Olivia dice con acento sonorense, '¿Y lo invitaste a la inauguración?'
Aime dejó el menú sobre la barra con calma.
Aime dice con acento jalisciense, 'No lo invité como si fuera parte de la familia. Solo le mencioné el lugar. Me preguntó dónde era. Le dije.'
Olivia sostuvo su mirada.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Quién es?'
Aime sonrió apenas, como si la pregunta le divirtiera.
Aime dice con acento jalisciense, 'No lo sé del todo. Eso lo hace interesante.'
Olivia no sonrió.
Olivia dice con acento sonorense, 'Aime.'
La advertencia fue suave, pero clara.
Aime cambió otra vez el tono. No desafiante. No arrogante. Más íntimo.
Aime dice con acento jalisciense, 'No te preocupes. No va a hacer nada. Y quizá ni vaya.'
Olivia dice con acento sonorense, 'No es eso. Es que mañana habrá gente importante para mí, prensa, proveedores, amigos. No quiero sorpresas raras.'
Aime dio un paso hacia ella.
Aime dice con acento jalisciense, 'Lo sé. Y no quiero complicarte la noche.'
Olivia la miró con más calma gracias a la conversación anterior.
Aime dice con acento jalisciense, 'Si aparece y te incomoda, lo manejo yo. Te lo prometo.'
Olivia la estudió unos segundos.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Es alguien de confianza?'
Aime pensó en el sinaloense apoyado contra la pared del club, fumando con esa parsimonia vigilante. Pensó en su mirada fría, en su manera de no entregarle nada, en cómo había dicho que no se comprometía ni se involucraba. Pensó en que no le había preguntado la dirección de Sabores de México.
Aime dice con acento jalisciense, 'No es un hombre que haga escándalos.'
Eso, al menos, le pareció cierto.
Olivia suspiró.
Olivia dice con acento sonorense, 'Está bien. Si viene, lo saludas tú. Y si algo se pone raro, tú te encargas.'
Aime asintió con una obediencia suave.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí.'
Olivia pareció sorprendida por la falta de resistencia.
Aime dejó que esa sorpresa trabajara a su favor.
Luego miró el salón.
Aime dice con acento jalisciense, 'De verdad se ve bonito.'
Olivia bajó un poco la guardia.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Sí?'
Aime asintió.
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Huele a México sin parecer postal. Eso es difícil.'
Olivia sonrió, cansada y genuinamente tocada.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso era lo que quería.'
Aime sostuvo su mirada.
Aime dice con acento jalisciense, 'Se nota.'
La frase fue sencilla.
Y por eso funcionó mejor.
Olivia se acercó y, esta vez, se permitió abrazarla.
Fue un abrazo breve, cuidadoso, como si temiera que Aime lo rechazara. Aime permaneció rígida apenas un instante. Después levantó una mano y la apoyó en la espalda de Olivia, lo justo para devolver el gesto.
El olor de Olivia era una mezcla de cocina, jabón, café y cansancio.
Olivia murmura con acento sonorense, 'Me da gusto que estés aquí.'
Aime cerró los ojos un segundo.
No por emoción.
Para ajustar la expresión antes de separarse.
Aime dice con acento jalisciense, más bajo, 'A mí también.'
Olivia se apartó con los ojos un poco brillantes, aunque sonrió para disimularlo.
Olivia dice con acento sonorense, 'Tengo que volver a la cocina. Quédate si quieres. Pero no muevas nada.'
Aime soltó una risa suave.
Aime dice con acento jalisciense, 'No voy a mover nada.'
Olivia la señaló con una mirada de advertencia amable.
Olivia dice con acento sonorense, 'Lo digo en serio.'
Aime levantó ambas manos con fingida inocencia.
Aime dice con acento jalisciense, 'Estoy siendo buena.'
Olivia negó con la cabeza, pero esta vez sonrió.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso sí me preocupa.'
Aime la vio alejarse hacia la cocina.
Cuando Olivia desapareció tras la puerta vaivén, la sonrisa de Aime cambió. No se volvió cruel. Solo perdió la suavidad.
Miró el restaurante otra vez.
La pared vacía seguía ahí.
La voz de Olivia también.
Por ahora.
Aime tomó el teléfono de su bolso. La pantalla estaba llena de notificaciones, pero no abrió ninguna. Se quedó observando el reflejo tenue de su propio rostro sobre el cristal negro.
él podía venir.
Olivia ya lo sabía.
La puerta estaba abierta.
Y Aime había conseguido algo mejor que imponer una escultura: había tocado el punto donde Olivia bajaba la defensa.
Guardó el teléfono.
Luego se acercó a una mesa y acomodó apenas una servilleta torcida. Un gesto mínimo. Casi invisible.
No era mover nada.
No realmente.
Era solo dejar una huella.

La huella mínima

Aime se quedó todavía unos minutos en Sabores de México después de que Olivia volvió a la cocina.
No hizo nada evidente.
No movió centros de mesa. No corrigió flores. No tocó las copas alineadas sobre la barra ni se permitió acomodar otra servilleta torcida. Solo caminó despacio por el salón, como si estuviera memorizando el lugar desde todos sus ángulos. El restaurante respiraba preparación: olor a chile seco, cilantro lavado, madera nueva, cítricos abiertos, flores húmedas y ese fondo de masa caliente que salía desde la cocina como una promesa.
En la barra había una libreta pequeña de Olivia, abierta junto a un bolígrafo. Aime la miró sin tocarla al principio.
Desde la cocina llegaba la voz de su hermana.
Olivia dice con acento sonorense, 'No, ese mole no lo tapes todavía. Déjalo respirar un poco. Y revisen otra vez la lista de alergias, por favor.'
Aime escuchó la firmeza en su tono.
No era una firmeza dura. Era una firmeza ganada por cansancio, por oficio, por horas de prueba, por errores corregidos sin testigos. Esa autoridad tranquila volvía el restaurante más de Olivia que cualquier letrero en la fachada.
Aime apoyó los dedos sobre la barra.
La escena anterior había funcionado.
Olivia se había suavizado. Había aceptado hablar de una colaboración. Había permitido la idea de algo de las dos, aunque no al ritmo que Aime quería. Había recibido a su amante como una posible incomodidad, pero no como una amenaza inmediata. Había abrazado a Aime.
El abrazo todavía le quedaba sobre la piel como una tela tibia que no sabía si conservar o arrancarse.
Aime tomó el bolígrafo.
Miró hacia la cocina. Olivia estaba de espaldas, dando instrucciones a un cocinero joven que sostenía una bandeja. Nadie la observaba.
Aime escribió en una hoja limpia, con su letra elegante, inclinada, demasiado cuidada incluso para una nota breve.
“Olivia: no voy a mover nada, como prometí. Solo quería decirte que el restaurante huele a casa sin parecer recuerdo viejo. Eso no lo logra cualquiera. Mañana va a salir bien. Y si no todo sale perfecto, igual va a ser tuyo. A.”
No puso “hermana”.
No puso “te quiero”.
No escribió nada que pudiera parecer una rendición afectiva demasiado abierta.
Pero sabía exactamente dónde podía tocar.
Arrancó la hoja con cuidado, la dobló una sola vez y la dejó junto a la libreta de Olivia, bajo el bolígrafo, para que no se moviera con el aire.
Luego tomó su bolsa de compras y caminó hacia la salida.
Antes de abrir la puerta, volvió la mirada hacia el salón. La pared lateral seguía vacía. Las mesas esperaban. Las copas brillaban. La cocina seguía viva detrás de la puerta vaivén. El restaurante era de Olivia, sí. Pero Aime había dejado algo allí. Una frase. Una concesión. Una pequeña marca emocional.
Una huella leve.
Eso bastaba por ahora.
Salió a la Gran Vía con el cabello rojo moviéndose sobre la espalda y la luz de la tarde encendida sobre los cristales de los edificios.
Madrid estaba ruidosa, llena de turistas, taxis, maletas, voces y pasos. Aime caminó entre la gente sin apresurarse. Tenía la sensación limpia y agradable de haber tocado una fibra precisa. No había ganado el restaurante. No había colocado su escultura. No había impuesto su criterio.
Pero Olivia la había mirado distinto.
Aime sonrió apenas.
A veces, entrar por la puerta sentimental era más eficaz que empujar la principal.

Cena ligera

Cuando llegó al departamento, la casa estaba vacía.
El silencio tenía otro peso ahora. No era el silencio de la mañana, lleno de posibilidades, sino uno más doméstico, suspendido entre el final de la tarde y el cansancio que todavía no llegaba. Aime dejó el bolso en una silla, se quitó los tacones y caminó descalza hasta la cocina.
Abrió la nevera.
Olivia tenía verduras, queso fresco, yogur natural, hierbas, tortillas envueltas, fruta cortada y algunos recipientes con preparaciones del restaurante. Nada estaba dejado al azar. Incluso su cansancio parecía organizado.
Aime se quedó mirando los estantes.
Podía pedir algo.
Podía servirse una copa de vino y esperar.
Podía no hacer nada.
En cambio, sacó tomates cherry, pepino, un poco de queso, aguacate, hojas verdes y tortillas. No era una cena elaborada. No pretendía competir con Olivia en su terreno. Precisamente por eso funcionaba. Algo ligero. Cuidado. Una extensión de la nota. Una manera de hacer visible la supuesta intención de no ocupar demasiado espacio.
Preparó una ensalada con limón, sal, aceite de oliva y un toque de chile seco. Calentó dos tortillas en sartén. Cortó aguacate en láminas finas. Sirvió agua con rodajas de limón en una jarra de vidrio.
Mientras trabajaba, revisó el teléfono varias veces.
Ningún mensaje de número desconocido.
Un mensaje de Jorge que no abrió.
Varias reacciones a sus historias.
Aime dejó el móvil boca abajo sobre la encimera.
No necesitaba responderle a nadie todavía.
Un par de horas después, la puerta del departamento se abrió.
Olivia entró despacio, con el cuerpo vencido por el cansancio. Traía el cabello más suelto que antes, algunos mechones pegados a la frente, la camisa arrugada y los ojos enrojecidos por las horas de trabajo. Cerró la puerta con el pie, dejó las llaves en el recibidor y se quedó quieta al oler la comida.
Olivia dice con acento sonorense, '¿Cocinaste?'
Aime estaba junto a la mesa, acomodando los platos.
Aime dice con acento jalisciense, 'No lo llames cocinar frente a una chef. Preparé algo ligero.'
Olivia se acercó con una sorpresa suave en el rostro.
Olivia dice con acento sonorense, 'A estas alturas, si alguien me pone algo comestible enfrente, yo lo considero cocina.'
Aime dejó una tortilla doblada junto al plato de Olivia.
Aime dice con acento jalisciense, 'Entonces siéntate antes de que cambie de opinión.'
Olivia soltó una risa baja, cansada, y se sentó.
Durante unos minutos comieron casi en silencio. La ensalada estaba fresca, ácida, sencilla. El aguacate tenía el punto justo. Las tortillas estaban calientes. No había nada espectacular, pero sí una intención clara. Olivia comió con hambre real, de esa que ya no conversa al principio porque el cuerpo necesita antes que el ánimo.
Aime la observó sin parecer demasiado pendiente.
Olivia dice con acento sonorense, después de beber agua, 'Gracias.'
Aime levantó la vista.
Aime dice con acento jalisciense, 'Por favor. No hagas que parezca un milagro.'
Olivia sonrió con la mirada baja.
Olivia dice con acento sonorense, 'No. Solo... gracias.'
Aime sostuvo el vaso entre los dedos.
Aime dice con acento jalisciense, 'Leíste la nota.'
Olivia asintió despacio.
Olivia dice con acento sonorense, 'Sí.'
Aime mantuvo el rostro sereno.
Aime dice con acento jalisciense, 'No sabía si la ibas a encontrar antes de que alguien la tirara.'
Olivia dice con acento sonorense, 'La encontré. La guardé.'
Esa respuesta no estaba prevista.
Aime parpadeó apenas.
Olivia tomó otro bocado, como si necesitara hacer algo con las manos antes de seguir.
Olivia dice con acento sonorense, 'Me gustó lo que escribiste. Sobre que huele a casa sin parecer recuerdo viejo.'
Aime bajó la mirada hacia su plato.
Aime dice con acento jalisciense, 'Era verdad.'
Olivia la miró.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso lo hizo mejor.'
El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí delicado. Aime sintió que Olivia estaba demasiado cerca de creer en ella. Cerca de verdad. Eso podía ser útil. También podía volverse molesto si Olivia empezaba a pedir más de lo que Aime estaba dispuesta a entregar.
Aime tomó un poco de agua.
Aime dice con acento jalisciense, 'Mañana va a salir bien.'
Olivia exhaló con una risa casi seca.
Olivia dice con acento sonorense, 'Mañana pueden salir mal como treinta cosas.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Pero ninguna va a hundirte.'
Olivia la miró un momento, conmovida por esa seguridad que, viniendo de Aime, parecía un regalo raro.
Olivia dice con acento sonorense, 'Ojalá tengas razón.'
Aime dice con acento jalisciense, 'La tengo seguido.'
Olivia se rio de verdad, aunque breve.
Olivia dice con acento sonorense, 'Ahí estás otra vez.'
Aime sonrió.
La cena terminó sin grandes confesiones. No hubo abrazo esa vez. No hizo falta. Olivia ayudó a levantar los platos, pero Aime le quitó uno de las manos.
Aime dice con acento jalisciense, 'Vete a dormir.'
Olivia dice con acento sonorense, 'Puedo lavar dos platos.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Puedes caerte dormida sobre el fregadero también. Prefiero evitar el drama.'
Olivia la miró con cansancio agradecido.
Olivia dice con acento sonorense, 'Está bien. Pero mañana no me dejes hacer todo sola si ves que estoy enloqueciendo.'
Aime apoyó el plato en la encimera.
Aime dice con acento jalisciense, 'Mañana voy a observar primero.'
Olivia entrecerró los ojos.
Olivia dice con acento sonorense, 'Eso me preocupa más.'
Aime dice con acento jalisciense, 'Debería.'
Olivia negó con la cabeza, sonriendo apenas, y caminó hacia su habitación.
Olivia dice con acento sonorense, desde el pasillo, 'Buenas noches, Aime.'
Aime se quedó junto al fregadero.
Aime dice con acento jalisciense, 'Buenas noches, Olivia.'
La puerta de la habitación de Olivia se cerró unos segundos después.
Aime lavó los platos en silencio.
El agua tibia le corrió por las manos. Afuera, Madrid empezaba a oscurecer. La inauguración ya no era una idea lejana. Estaba a unas horas. El restaurante, Olivia, él quizá entrando sin prometer nada, las miradas, los saludos, los elogios, la posibilidad de ocupar el aire aunque el lugar no fuera suyo.
La anticipación le erizó la piel.

El cuerpo y el capricho

Aime entró a su habitación y cerró la puerta con suavidad.
No encendió la luz principal. Dejó solo la lámpara de la mesa de noche, que bañaba el cuarto con un tono dorado y bajo. La habitación de invitados parecía más suya que el primer día. Había ropa ordenada sobre una silla, una bolsa de boutique junto al armario, su neceser abierto en la cómoda, el perfume sobre la mesa y las carpetas de la galería apiladas con precisión.
Se quitó los pendientes primero.
Luego el cinturón.
Después desabotonó la blusa lentamente, frente al espejo. La tela resbaló por sus hombros y cayó sobre la silla. Aime se quedó mirando su reflejo, con el torso cubierto apenas por la ropa interior, el cabello rojo cayéndole sobre el pecho y los ojos miel oscurecidos por el cansancio y la expectativa.
Pensó en el sinaloense.
No quiso hacerlo.
Pero pensó en él.
En su forma de fumar. En la mano apartándole la suya sin pedir disculpas. En la manera en que había dejado claro que no se comprometía, no se involucraba, no prometía regresar. En el tono de su voz sinaloense, áspero, sin adornos. En lo poco que parecía necesitar ser visto por ella.
Eso la irritaba.
La irritaba más porque la desafiaba.
él no le daba la clase de deseo que se dobla. No ofrecía esa entrega masculina que Aime sabía administrar. La había deseado, sí. La había tomado con hambre, sí. La había satisfecho de una manera que el cuerpo recordaba todavía con una precisión molesta. Pero no había sido bajo sus condiciones. No había seguido su ritmo. No había terminado pidiendo algo más.
Y eso lo convertía en capricho.
Uno peligroso.
Aime se quitó el pantalón y lo dobló con cuidado sobre la silla, como si ese orden exterior pudiera corregir la inquietud interna.
Aime murmura con acento jalisciense, 'No te voy a regalar tanto espacio.'
Jorge era otra cosa.
Jorge respondía. Jorge se encendía. Jorge buscaba. Jorge intentaba tentar, pero desde dentro del juego que ella había abierto. Aime podía provocarlo desde una distancia segura y sentir cómo él se acomodaba a su temperatura. Jorge le daba esa confirmación inmediata que su necesidad pedía con insistencia: la sensación de ser deseada, de alterar, de dominar el pensamiento de otro.
el sinaloense era resistencia.
Jorge era reflejo.
Y esa noche, después de haber tocado el corazón de Olivia con una nota calculada y una cena ligera, Aime quería reflejo.
Se quitó la última prenda con calma y tomó una bata ligera del respaldo de la silla. Antes de ponérsela, el teléfono sonó.
Aime se quedó inmóvil.
Miró la pantalla.
Jorge.
La llamada entrante vibraba sobre la cama.
Aime sonrió despacio.
Dejó la bata sobre la silla y tomó el teléfono. Contestó.
Aime dice por teléfono, con acento jalisciense, '¿Hola?'
No hubo respuesta inmediata.
Solo ruido.
Un sonido confuso, amortiguado, como si el móvil estuviera cerca de una superficie blanda o dentro de una prenda. Aime frunció apenas el ceño. Iba a colgar, pensando que había sido una llamada accidental, cuando escuchó la voz de Jorge.
No hablaba con ella.
Jorge dice por teléfono, con voz entrecortada, 'Joder... si parece que tienes más ganas que yo.'
Aime se quedó quieta.
Luego su sonrisa se abrió apenas.
Puso el manos libres y dejó el teléfono sobre la cama.
Del otro lado se escuchaba una voz femenina lejana, indistinta, mezclada con respiraciones agitadas y movimientos que no necesitaban explicación. No se entendían bien sus palabras, pero el tono era claro: provocador, complacido, animándolo.
Aime no sintió celos.
No se ofendió.
No tuvo esa punzada ridícula de posesión herida que otra mujer quizá habría sentido. Al contrario. Una risa baja, picante, le subió por la garganta.
Jorge estaba con otra.
Y aun así la había llamado.
Accidentalmente, quizá.
O quizá no tanto.
El detalle importante no era la otra mujer. La otra mujer no tenía rostro, no tenía nombre, no tenía peso. El detalle importante era que Jorge, incluso en brazos ajenos, arrastraba hacia Aime una parte del juego. La llamada era un error o una maniobra torpe, pero en ambos casos la colocaba a ella como testigo.
Como centro invisible.
Jorge dice por teléfono, con voz ansiosa, 'Qué ganas teng...'
La frase se perdió entre respiraciones y ruido de movimiento. Aime se sentó al borde de la cama, con los ojos fijos en el teléfono. Había algo indecente y absurdo en escucharlo sin que él lo supiera. Algo que podía haberla hecho colgar por dignidad.
No colgó.
La voz de Jorge volvió, más baja, más cargada.
Jorge dice por teléfono, 'Dios...'
La mujer respondió con una risa coqueta, lejana.
Aime apoyó una mano sobre su propio muslo. No era solo excitación. Era evaluación. Imaginó a Jorge intentando demostrar algo con esa desconocida, usando quizá la tensión que ella misma le había dejado durante la tarde. Imaginó su cuerpo sudado por el trabajo, la mirada alterada, las ganas acumuladas buscando salida en alguien que no era ella.
Eso la divirtió.
Eso la encendió.
Eso la confirmó.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Pobrecito.'
El ruido al otro lado se volvió más claro por momentos, después se perdía de nuevo. La mujer reía, jadeaba, decía frases que Aime no alcanzaba a distinguir del todo. Jorge hablaba con esa urgencia masculina que ya no intentaba parecer educada.
Jorge dice por teléfono, 'Móntate sobre mí... quiero verte la cara.'
Aime cerró los ojos.
La imagen se reorganizó en su mente.
No era la desconocida quien se movía sobre él.
Era ella.
Ella con el cabello rojo cayendo hacia adelante. Ella sujetando el ritmo. Ella obligándolo a mirarla. Ella devolviéndole cada palabra de la tarde con una calma más cruel.
Aime deslizó la mano lentamente sobre su vientre, respirando con mayor profundidad. No había prisa. Le gustaba la manera en que el sonido ajeno se convertía en combustible privado. Le gustaba aún más que Jorge no supiera si ella estaba escuchando.
O quizá sí.
Quizá ese era el intento.
Buen intento, abogado.
Del otro lado, la voz de la mujer se volvió más intensa. Jorge soltó una frase rota, mezclada con elogios físicos que Aime recibió sin molestarse. No le importaba que describiera otro cuerpo. Aime sabía que los hombres podían tocar una piel y pensar en otra. Sabía también que, si ella decidía entrar de verdad, la comparación quedaría deshecha.
La respiración de Aime se volvió más lenta y profunda. Su espalda se arqueó apenas contra la cabecera. No narró el placer en voz alta al principio. Lo dejó crecer con el sonido del teléfono, con el eco de Jorge, con la idea de que él usaba a otra mujer para resolver una tensión que ella le había sembrado.
Jorge dice por teléfono, casi sin control, 'Me voy a correr...'
La voz femenina, lejana y agitada, respondió algo que Aime entendió a medias. Una invitación. Una urgencia. Una petición.
Aime abrió los ojos.
La lámpara dorada hacía brillar su cabello sobre la almohada. La habitación parecía cerrarse alrededor de ella, íntima, tibia, ajena al resto del departamento donde Olivia dormía agotada al otro lado del pasillo.
Aime dejó escapar un gemido bajo, sensual, no demasiado fuerte, pero lo bastante claro para que, si el móvil de Jorge estaba cerca, pudiera colarse al otro lado.
Aime dice con acento jalisciense, con voz suave y provocadora, 'Sí... termina con ella, abogado. Pero lo haces pensando en mí.'
Los sonidos del teléfono se aceleraron. La línea se saturó por momentos con respiraciones, movimiento y voces mezcladas. Aime cerró los ojos otra vez, atrapada no por los celos, sino por la escena mental que ella misma había construido: Jorge perdiendo el control por una tensión que no le pertenecía del todo, una mujer sin nombre convertida en sustituta, ella al otro lado, invisible, usando la llamada como espejo.
Su cuerpo respondió con fuerza.
El placer la atravesó en una oleada intensa, privada, desordenando por un instante la postura siempre cuidada. La espalda se arqueó sobre la cama, los dedos se aferraron a la sábana, la boca se abrió en un sonido bajo que no intentó contener del todo.
Cuando la sensación empezó a ceder, Aime quedó inmóvil unos segundos, respirando con los ojos entrecerrados.
Del otro lado, las voces también comenzaron a calmarse.
Luego escuchó a Jorge, más lejos, con una ternura agotada que no iba dirigida a ella.
Jorge dice por teléfono, 'No te vayas esta noche. Quédate y descansa.'
Aime abrió los ojos.
La frase, dirigida a otra, le produjo una reacción extraña.
No celos.
No dolor.
Algo más parecido a una burla fría.
Así que Jorge también sabía sonar tierno después.
Qué conveniente.
Aime tomó el teléfono y colgó.
La habitación quedó en silencio.
Por unos segundos, solo se escuchó su respiración y el rumor de Madrid más allá de la ventana. Aime miró la pantalla apagada, luego la cámara del móvil. Su cuerpo aún temblaba apenas por la descarga de placer y por la risa contenida que le subía desde el pecho.
No iba a dejar que Jorge pensara que había ganado algo.
No iba a dejar que esa llamada quedara como un accidente sin respuesta.
Se acomodó sobre la cama, cuidando el ángulo, dejando que la luz dorada mostrara lo justo: el cabello revuelto, la piel encendida, la curva del cuerpo todavía marcada por el temblor reciente. Tomó una fotografía íntima y provocadora, no limpia ni perfecta, sino deliberadamente posterior al placer. Una imagen que no pedía, no suplicaba, no reclamaba. Solo mostraba consecuencia.
La envió.
Luego escribió:
Aime: “Qué rico. Gracias por relajarme esta noche a la distancia.”
Añadió emojis de fuego.
Después mandó otro mensaje:
Aime: “Buen intento, abogado. Vamos a ver quién gana este juego.”
Dejó el móvil sobre la mesa de noche.
No esperó respuesta.
Se levantó despacio, tomó la bata y se la puso sobre los hombros. Caminó hasta el espejo y se miró. El cabello desordenado, los ojos brillantes, la boca suave, el cuello largo, la piel todavía tibia. No parecía una mujer herida por haber escuchado a un hombre con otra.
Parecía una mujer que acababa de convertir una escena ajena en alimento propio.
Aime sonrió a su reflejo.
Aime murmura con acento jalisciense, 'Mañana llegas pensando en mí.'
Apagó la lámpara.
La habitación quedó en penumbra.
Aime se metió en la cama.
Cerró los ojos.
La anticipación de la inauguración le erizó la piel otra vez.
Mañana habría comida, familia, cámaras, deseo y miradas cruzadas.
Olivia tendría su restaurante.
Él tal vez aparecería.
Y Aime, incluso sin escultura en la pared, ya había encontrado varias formas de entrar en la sala.
Indira
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Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y agave.

La mañana de domingo en que todo empezaba.

Punto de vista: Aime.

Aime despertó con el sonido lejano de Olivia moviéndose por el departamento.

No abrió los ojos enseguida. Se quedó quieta, boca arriba, con el cabello rojo carmesí extendido sobre la almohada y una mano descansando sobre el vientre. La habitación de invitados estaba en penumbra, apenas tocada por una línea de luz que se colaba entre las cortinas. El aire olía a sábanas limpias, perfume suyo y al café que Olivia ya había preparado en la cocina.

Desde el pasillo llegaban sonidos cortos: una puerta de armario, el agua del grifo, el roce de unas llaves sobre la encimera, pasos apresurados que se detenían y volvían a moverse. Olivia no caminaba igual cuando estaba tranquila. Esa mañana tenía un ritmo distinto, más cortado, más atento. Aime la imaginó revisando mentalmente cada pendiente de Sabores de México: flores, copas, hielo, prensa, platos, proveedores, amigos.

La inauguración estaba dentro de la casa antes de estar en el restaurante.

Unos minutos después, alguien tocó suavemente la puerta.

Olivia dice con acento sonorense, desde fuera, 'Aime, me voy al restaurante. Dejé café. Hay fruta y pan si quieres. No tienes que ir temprano, pero si pasas antes, mándame mensaje.'

Aime abrió los ojos.

Miró la puerta cerrada.

Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Te aviso.'

Olivia permaneció un segundo más del otro lado.

Olivia dice con acento sonorense, 'Está bien. Descansa.'

Aime escuchó cómo se alejaba. Luego la puerta principal se abrió, el sonido de las llaves se movió una vez más y el departamento quedó en silencio.

Entonces Aime se incorporó.

Se sentó al borde de la cama, con la camiseta de seda clara cayéndole de un hombro y el cabello desordenado sobre la espalda. El vestido marfil para la noche colgaba en una silla, listo, silencioso, como una promesa. Los pendientes de oro viejo descansaban sobre la cómoda. La bolsa de la boutique estaba junto al armario. Todo parecía esperar su turno.

Aime tomó el móvil de la mesa de noche.

Tenía mensajes.

El de Jorge estaba arriba.

“Hola, acabo de volver a casa y me encontré con esto..., hay algún tipo de clave secreta que deba interpretar?, que hice anoche contigo?”

Aime sostuvo el teléfono unos segundos sin responder.

La noche anterior volvió con una claridad cómoda: la llamada accidental, el silencio inicial, la voz de Jorge apareciendo de pronto entre sonidos íntimos, la presencia borrosa de otra mujer, la confusión del momento transformándose en algo más útil. Aime no se había sentido desplazada por aquella desconocida. La desconocida no significaba nada. El punto era otro: Jorge había terminado llevándola consigo incluso cuando no estaba con ella.

La había llamado.

Sin querer, quizá.

Pero la había llamado.

Aime sonrió apenas y apoyó la espalda contra la cabecera. Escribió con una calma casi perezosa.

Aime: "Hola guapo, revisa tus llamadas salientes. y tienes la respuesta."

Envió.

Dejó el teléfono sobre la sábana y esperó.

No tardó.

Jorge: “Acabo de verlo..., no recuerdo haberte llamado ayer, juraría que no bebí tanto..., que te dije?”

Aime bajó la mirada hacia la pantalla.

Había desconcierto en esa pregunta. Y algo más. Una incomodidad que no sabía todavía si disfrazarse de broma o volverse reproche. Aime pudo imaginárselo en su casa, recién llegado, quizá de pie en la cocina, revisando el historial de llamadas con el ceño fruncido.

Respondió sin adornar.

Aime: "me diste un show de sexo virtual."

El silencio posterior fue mejor que cualquier respuesta rápida.

Aime se levantó de la cama y caminó hasta el espejo. La luz de la mañana le tocó las piernas desnudas y el borde de la camiseta. Se miró de perfil. El cabello rojo, todavía despeinado, le caía sobre un pecho; las pecas se le veían más suaves sin maquillaje; los ojos miel estaban tranquilos.

El móvil vibró.

Jorge: “hay madre..., yo...”

Otro mensaje.

Jorge: “espera un momento, la duración de la llamada son 25 minutos...”

Y después:

Jorge: “Sabes que eso podría considerarse como una invasión de mi intimidad, verdad?”

Aime ladeó la cabeza.

Ahí estaba.

La corrección.

El intento de recuperar el marco.

No respondió al reproche. Lo rodeó.

Aime: "te dejaron muy caliente mis fotos por lo que veo."

Envió y fue hacia la cocina.

El departamento estaba vacío, pero seguía lleno de Olivia. La cafetera preparada. La fruta cortada en un plato. Pan tostado bajo una servilleta. Una nota escrita deprisa junto a la taza limpia.

“Me fui a Sabores. Come algo. Nos vemos más tarde. —O.”

Aime levantó la servilleta y tomó una uva. La comió de pie, mirando las carpetas de Olivia abiertas sobre la mesa: listas de invitados, proveedores, horarios, nombres del equipo, confirmaciones. La letra de Olivia aparecía en varias hojas, rápida y práctica, con pequeños recordatorios al margen.

“Camila — bebidas.”

“Bruno — platos principales.”

“Flores bajas.”

“No saturar entrada.”

Aime pasó los dedos cerca del papel, sin tocarlo.

Su hermana había construido una noche entera con listas, llamadas, cansancio y terquedad. Esa noche iba a abrirse ante todos como si fuera inevitable, pero Aime veía las costuras. Veía el esfuerzo.

El teléfono vibró en la habitación.

Aime no fue enseguida. Se sirvió café primero. Negro. Sin azúcar. Luego regresó al dormitorio con la taza en la mano.

Jorge había contestado.

Jorge: “Vaya, además de estar buena te lo tienes creído eh?”

Jorge: “No voy a negarlo, estás muy buena mexicana, pero eso no te da permiso de quedarte a la escucha”

Aime leyó la frase dos veces.

Mexicana.

La palabra le sonó bien en ese contexto: entre deseo, reproche y una familiaridad que él no tenía derecho a reclamar pero que aun así usaba. Se sentó frente al espejo de la cómoda, cruzó una pierna sobre la otra y bebió un sorbo de café.

Luego escribió:

Aime: "no, porque tú me buscaste a mí. pensaste en mi, con otra."

El mensaje salió limpio.

No acusaba de celos.

No pedía explicación.

Solo reordenaba la escena.

Si Jorge quería hablar de invasión, ella hablaba de elección. Si él hablaba de intimidad, ella hablaba de deseo. Si él quería poner distancia, ella le recordaba que la había metido en la noche por una llamada que salió de su teléfono.

Jorge tardó más.

Aime aprovechó para abrir las cortinas. Madrid entró en la habitación con luz de domingo, menos agresiva que la del sábado, pero más clara. Abajo, la calle empezaba a moverse. Una mujer caminaba con una bolsa de pan. Un hombre paseaba un perro pequeño. Un taxi se detenía frente al portal. Nada parecía saber que esa noche Olivia tendría el restaurante lleno, que Romero podía aparecer, que Jorge estaba escribiendo desde la incomodidad de una llamada mal cerrada.

El móvil vibró.

Jorge: “no soy de esa clase de tíos, pelirroja, no saco un clavo con otro clavo”

Luego otro:

Jorge: “estás buena, follas genial, pero no eres única en mi vida”

Aime soltó una risa baja, casi muda.

No eres única en mi vida.

La frase quería colocarse como límite. Como orgullo. Como advertencia.

Aime no se molestó.

La exclusividad no era lo que buscaba en Jorge. Jorge le servía de otra manera: era respuesta, tensión, facilidad, una forma de comprobar que podía afectar el día de un hombre incluso sin tocarlo. Que él insistiera en decir que ella no era única solo confirmaba que necesitaba recordárselo a sí mismo.

Aime dejó la taza sobre la cómoda.

Aime: "imaginé que…, deseabas que te escuchara."

Envió.

Se miró de nuevo en el espejo. No había culpa en su rostro. Tampoco ansiedad. Solo una atención fina, casi divertida, como si estuviera observando una pieza que todavía no decidía cómo terminar.

Jorge respondió.

Jorge: “porque me sorprende que te quedaras escuchando, no es una reacción que tendría alguien con quien solo te acuestas”

Aime leyó la frase con más calma.

Ahí sí había algo interesante.

Jorge intentaba hacerla entrar en una contradicción: si solo eran cuerpos, ¿por qué se quedó escuchando? Si no esperaba nada, ¿por qué no colgó? Si no había vínculo, ¿por qué cruzó ese límite?

Aime no iba a responder desde donde él quería.

Aime: "entonces, para que tantas explicaciones, yo no espero nada de ti. solo lo mismo que tu"

La falta de acento en “tu” quedó como estaba. No corrigió nada.

Le gustaba que el mensaje pareciera escrito sin esfuerzo, casi con indiferencia. Como si no necesitara pulirlo porque no estaba intentando convencerlo.

Se levantó y fue al baño.

Mientras se lavaba la cara, dejó el teléfono sobre el lavabo. El agua fría le despertó la piel. Usó una toalla blanca, se secó con pequeños toques y se observó bajo la luz directa. Su rostro parecía más joven así, con las pecas visibles y la boca sin pintar. Esa mañana podía elegir cualquier versión de sí misma: la hermana discreta, la artista sofisticada, la heredera de Guadalajara, la mujer que entra a una inauguración sin pedir lugar.

El móvil vibró.

Jorge: “En fin, lo hecho hecho está, pero la próxima vez que pase, que tendré cuidado para que no sea así, por favor, cuelga, por respeto a tanto a mí como a la otra persona”

Aime no respondió enseguida.

Apoyó ambas manos en el lavabo.

El mensaje venía con una seriedad que buscaba cerrar la conversación. Respeto. Intimidad. La otra persona. Jorge intentaba poner orden después de haber perdido el control de la escena. Era comprensible. Incluso razonable.

Aime no tenía interés en discutir razonamientos.

Tomó el móvil.

Aime: "me parecio entretenido, y muy, estimulante. mi foto final te lo demuestra."

Envió primero eso.

Dejó que el mensaje cayera como una última provocación, como una forma de decirle que, para ella, lo ocurrido no había sido ofensa ni accidente sucio, sino material. Una escena útil. Un estímulo.

Después de unos minutos, cuando él insistió en el límite, Aime escribió lo único necesario:

Aime: "ok"

No puso más.

Ni promesa.

Ni disculpa.

Ni defensa.

Solo “ok”.

Era una palabra pequeña, cerrada, casi lisa. Permitía que Jorge creyera que había puesto una frontera. También le permitía a ella no gastar energía en concederle demasiado.

La conversación quedó suspendida.

Aime volvió al dormitorio, tomó el café ya tibio y bebió otro sorbo. En la silla, el vestido marfil parecía más presente que antes. Se acercó y tocó la tela entre los dedos. La noche de Olivia se acercaba con una lentitud irritante. Había algo en esa espera que le erizaba la piel.

El teléfono vibró otra vez.

Jorge cambiaba de tema.

Jorge: “Por cierto, hoy en el metro escuché a un par de personas hablando de la apertura de un restaurante mexicano..., vas a ir?”

Aime levantó la mirada hacia la puerta cerrada del cuarto.

El restaurante ya estaba en el metro.

La gente hablaba de Sabores de México sin conocer a Olivia, sin haber comido allí todavía, sin saber la cantidad de horas que su hermana había metido en ese lugar. Eso podía ser bueno. Debía ser bueno. Pero Aime sintió una incomodidad breve al imaginar el nombre del restaurante circulando por Madrid como algo que no necesitaba de ella para hacerse visible.

Respondió:

Aime: "es el restaurante de mi hermana"

Envió.

No escribió “sí”.

No escribió “claro”.

No escribió “voy a ir”.

Es el restaurante de mi hermana.

La frase le servía más.

Jorge contestó:

Jorge: “Deséale suerte, espero que os salga todo redondo”

Otro mensaje:

Jorge: “entiendo que deberemos dejar la copa para otro día entonces”

Aime miró el vestido.

Luego miró su reflejo.

La copa con Jorge podía esperar. Convenía que esperara. Jorge ya tenía suficiente tensión acumulada, suficiente incomodidad, suficiente recuerdo de la noche anterior. Forzarlo ese día sería gastar demasiado pronto algo que podía serle útil después.

Escribió:

Aime: "si"

El mensaje fue breve.

Seco.

Suficiente.

Jorge todavía envió una última línea deseando suerte. Aime la leyó, pero ya no respondió. Dejó el teléfono sobre la cama, boca abajo, y se quedó de pie unos segundos en medio del cuarto.

El silencio volvió.

Pero no era el mismo silencio de cuando Olivia se había ido. Ahora la mañana tenía varias capas: la llamada de Jorge convertida en juego, el restaurante de Olivia convertido en conversación pública, la noche por venir, la posibilidad de que Romero apareciera, la entrevista con Latifa todavía reciente, la hacienda esperando decisiones al otro lado del océano.

Aime se movió hacia la cómoda y abrió su neceser.

Colocó sobre la superficie los productos que usaría después: crema, base ligera, delineador, labial, perfume, aceite para el cabello. Ordenó todo con precisión. Le gustaba preparar una imagen desde antes de usarla. Cada cosa en su sitio. Cada paso anticipado. Cada efecto calculado.

Fue a la cocina por el plato que Olivia había dejado.

Comió un poco de fruta, un bocado de pan tostado y queso fresco. No tenía demasiada hambre. El café le bastaba casi siempre en las mañanas en que necesitaba mantener el cuerpo ligero y la mirada despierta.

Mientras comía, revisó los mensajes de Guadalajara.

Respondió dos correos sobre la edición limitada de tequila. Rechazó otra vez la propuesta de empaque reducido. Pidió un ajuste en el relieve de la etiqueta. Preguntó por el estado de unas barricas. Marcó un mensaje para contestarlo más tarde, cuando tuviera menos ruido mental.

Luego abrió la cámara del móvil.

No tomó foto.

Solo miró su rostro en la pantalla.

Podría subir una historia. Algo discreto. La taza de café, un borde de tela marfil, una frase sobre noches importantes. No lo hizo todavía. Demasiado temprano. La anticipación funciona mejor cuando se dosifica.

Regresó al dormitorio.

La ducha fue larga. El agua caliente le corrió por el cabello, por la nuca, por la espalda. Aime cerró los ojos y dejó que el vapor llenara el baño. Pensó en Jorge solo lo justo. En su intento de regañarla. En su incomodidad. En la frase “no eres única en mi vida”. Pensó en cómo él había necesitado decir eso después de preguntarle qué había pasado. Pensó en cómo, incluso poniendo límites, seguía dentro del hilo.

Al salir, se envolvió en una bata y limpió el espejo empañado con la mano.

Su reflejo apareció fragmentado primero, luego completo.

Aime Fuentes Montalbo, veintiséis años, cabello rojo intenso, piel clara, ojos de miel, boca tranquila.

La hermana de Olivia.

La artista de Jalisco.

La mujer que esa noche no iba a quedarse en un rincón esperando ser incluida.

Volvió al cuarto, tomó el teléfono y abrió de nuevo el chat de Jorge. Leyó sus propias respuestas desde arriba, una por una.

Las frases quedaban en la pantalla como pequeñas piezas colocadas en orden. Ninguna pedía demasiado. Ninguna ofrecía demasiado. Todas dejaban algo detrás.

Aime bloqueó el teléfono.

Se acercó al vestido marfil y lo descolgó de la silla. Lo sostuvo frente a sí, mirando cómo la tela caía bajo la luz de la habitación. Olivia tendría su noche. Su discurso. Su comida. Sus amigos. Sus elogios.

Aime tendría su entrada.

Y una entrada, bien hecha, podía alterar cualquier sala.

Aime dejó el vestido sobre la cama con cuidado.

Aime murmura con acento jalisciense, 'Vamos a ver cuánto dura el centro.'

No sonó como una amenaza.

Sonó como un plan.
Indira
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Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Noche de apertura y de un encuentro Agridulce

Punto de vista: Olivia.

La Gran Vía, de noche, dejaba de ser una avenida para convertirse en una corriente viva.
Madrid brillaba con esa luz eléctrica y teatral que hacía que los edificios parecieran más altos, las fachadas más antiguas y los pasos de la gente más urgentes. Los carteles luminosos de los teatros encendían la acera con reflejos rojos, dorados y azules; los taxis avanzaban despacio entre autobuses, motos, turistas que cruzaban donde no debían y parejas que caminaban como si la ciudad entera hubiera sido puesta allí para acompañarles la noche.
El aire de mayo conservaba una suavidad agradable. No era frío, pero tampoco pesado. Traía olor a perfume caro, asfalto tibio, café de cafeterías cercanas, humo de coches y, desde ciertos portales abiertos, ese rastro a vino, pan, ajo y aceite que en Madrid parecía aparecer siempre cuando caía el sol.
Frente a todo ese movimiento, Sabores de México resplandecía con una sobriedad distinta. No había globos, ni papel picado exagerado, ni una acumulación de símbolos puestos para complacer una idea turística de México. Olivia Fuentes Guerra había sido clara desde el primer día: quería raíz, no disfraz. Quería memoria, no postal. Por eso la entrada estaba iluminada con luz cálida, baja, casi dorada, que acariciaba la madera oscura de la fachada y hacía que el nombre del restaurante pareciera grabado con intención, no solamente colocado como una marca.
Dentro, el salón había cambiado. No de forma brusca, sino con una precisión que hablaba de muchas horas de revisión, dudas y pequeñas decisiones. Las mesas estaban vestidas con manteles de lino crudo, copas delgadas y platos de cerámica artesanal en tonos arena, sal, barro y azul profundo. Las servilletas, dobladas con sencillez, descansaban junto a cubiertos de líneas limpias. En el centro de cada mesa había arreglos bajos con flores blancas, ramas secas, pequeñas hojas verdes y detalles mínimos de conchas marinas pulidas, como una referencia íntima al origen costero de Olivia.
Sonora estaba presente sin anunciarse a gritos. Estaba en las texturas ásperas, en la paleta cálida, en los reflejos de cobre sobre algunas lámparas, en la selección de maderas, en el aroma a carne sellándose con carbón controlado, en el perfume leve del chiltepín, en las tortillas de harina hechas a mano y guardadas bajo paños limpios. Estaba también en una pared lateral donde, sin ocupar demasiado espacio, se había colocado una fotografía en blanco y negro del mar de Guaymas al amanecer. No era grande. No buscaba imponerse. Pero quien la miraba con atención podía sentir que aquella imagen era una grieta abierta hacia la memoria de la dueña.
La cocina trabajaba con una energía contenida. El olor era profundo, complejo, casi emocional. Chile seco tostándose hasta soltar un humo elegante y apenas picante. Mantequilla dorada. Limón verde recién partido. Cilantro. Masa caliente. Carne al carbón. Caldo de camarón reducido con paciencia. Vainilla, canela, piloncillo. Una salsa de tomate tatemado respirando en una olla amplia. El dulzor tostado del maíz. El filo fresco de la cebolla morada curtida. Cada aroma parecía ocupar su lugar sin pelearse con los demás.
Olivia estaba en medio de todo. Esa noche no llevaba uniforme de cocina completo. Había elegido un atuendo que respetaba su oficio sin esconder a la mujer que lo sostenía. Vestía una blusa de seda color perla, de caída limpia, con mangas ligeramente recogidas para permitirle moverse, y un pantalón negro de corte elegante que acentuaba su cintura firme y su porte atlético. El cabello castaño, abundante, caía en ondas densas sobre sus hombros, con destellos cobrizos que se encendían bajo la luz cálida del salón. En el cuello llevaba sus collares finos de conchas, más visibles esa noche, como una declaración íntima de procedencia.
No parecía una chef disfrazada de anfitriona. Parecía una mujer entrando, por fin, en el centro de su propia historia. Sus ojos café almendrados recorrían el salón con atención: las mesas, la barra, la entrada, el equipo, la distancia entre los invitados, la posición de los camareros, las charolas que salían de cocina. Sonreía cuando saludaba, pero su mirada seguía trabajando. Allí estaba su alegría, sí, amplia y luminosa; pero debajo estaba la vigilancia de quien sabe que una inauguración puede ser hermosa y desastrosa al mismo tiempo si se descuida un solo detalle.
Del otro lado de la barra, Camila Duarte, la encargada de bebidas, estaba revisando una fila de copas. Era colombiana, de cabello recogido y mirada despierta, con una calma precisa que Olivia valoraba porque detrás de la barra no había espacio para el nervio torpe.
Camila dice con acento colombiano, "Olivia, el coctel de bienvenida ya está saliendo. Mezcal, toronja, sal de gusano aparte y el toque de chiltepín como dijiste. Sin exagerarlo. "
Olivia se acercó y tomó una de las copas pequeñas. La observó primero. El color era limpio, con un tono rosado tenue y una rodaja mínima de toronja seca flotando como un detalle elegante. Probó apenas.
El mezcal entró ahumado, pero no agresivo. La toronja levantaba el trago. La sal y el chiltepín llegaban al final, como un recuerdo.
Olivia sonrió.
Olivia dice con acento sonorense, "Así. Exactamente así. Que sepa a fiesta, no a borrachera. "
Camila sonrió con alivio.
Olivia le tocó el hombro con cariño breve.
Olivia dice con acento sonorense, "Estás haciendo un trabajo precioso."
Luego, Olivia se dirigió a la cocina para supervisar los últimos detalles de la comida.
Minutos después:
Olivia volvió al salón justo cuando los primeros invitados terminaban de acomodarse. Algunos eran clientes habituales que habían seguido la transformación del restaurante con curiosidad. Otros eran proveedores, conocidos del medio gastronómico, vecinos de la zona, amigos mexicanos en Madrid, algunos españoles con sensibilidad culinaria y periodistas que miraban el lugar con esa mezcla de interés y juicio silencioso propia de su oficio.
Entonces, desde el otro extremo del salón, Aime Fuentes Montalbo apareció como una nota distinta dentro de la composición.
No llegó tarde, pero sí en el momento exacto para ser vista. Llevaba un vestido marfil de líneas limpias, ceñido con elegancia a su figura, sin caer en lo ostentoso. El cabello rojo carmesí caía suelto, brillante, sobre sus hombros y espalda, encendiendo su piel clara bajo las luces cálidas del restaurante. Sus ojos miel recorrieron el salón con una calma estudiada. No necesitaba moverse demasiado para atraer miradas. Lo hacía con esa presencia suya que parecía pedir admiración incluso cuando fingía no buscarla.
Aime permanece cerca de uno de los fotógrafos de prensa mientras no quita los ojos de la entrada. Disimula paseando la vista por todo el local hasta que deja la mirada fija en Olivia. Una punzada rara se le asienta en el estómago.
Olivia los vio desde lejos, pero no se precipitó. Sabía que la prensa podía esperar unos minutos. Primero estaba el pulso del lugar.
Cerca de la barra ya estaban presentes los amigos de olivia. Los tres la miraban con un afecto que no necesitaba grandes gestos.
Olivia sintió que algo se le apretaba en el pecho.
Sol se acercó primero y la abrazó con cuidado para no arrugarle la blusa.
Sol dice con acento español, "Mírate. Sabía que este sitio iba a terminar pareciéndose a ti.
Olivia soltó una risa breve, conmovida.
Olivia dice con acento sonorense, "No me hagas llorar ahorita, Sol, porque te saco a lavar copas. "
Otro de sus amigos de nombre Axel se inclinó para saludarla con un beso en la mejilla.
Axel dice con acento español, "Hoy Madrid huele distinto por tu culpa. "
Su amiga Zahara le apretó ambas manos.
Zahara dice con acento español, "Estamos muy orgullosos de ti. "
Olivia no respondió de inmediato. Solo los miró, uno por uno, y sonrió con una honestidad que le suavizó todo el rostro.
Los ojos de la escultora se dirigen directo a la pared vacía. la sensación en el estómago hace amagos de crecer, pero la anula enseguida. Acostumbrada a entenderse con la prensa jalisciense le ofrece una mirada seductora al periodista; una promesa no dicha con palabras que no decía nada y lo decía todo al mismo tiempo. Se disculpa y vuelve a fijar sus ojos en Olivia. El regusto amargo de ver esa sonrisa, de presenciar ese intercambio entre ella y aquel trío sin que siquiera contara con ella, es algo que decidió apuntarse mentalmente para más tarde.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias por venir. De verdad. "
Olivia vio a Aime acercarse y, por un instante, recordó la conversación de la tarde anterior. La posibilidad de que, quizá, Aime quisiera realmente encontrar un lugar sin invadirlo todo.
Aime se acercó a ella con una sonrisa moderada.
Aime dice con acento jalisciense, "Está precioso todo. "
Olivia la miró con cautela, pero también con una suavidad que antes no habría estado allí.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias."
Aime observó la fotografía del mar de Guaymas, las flores bajas, las conchas sobre las mesas, las copas, la luz.
Aime dice con acento jalisciense, "Se siente tuyo. No como una decoración. Como una memoria. "
Olivia no esperaba esa frase.
Olivia dice con acento sonorense, más bajo, "Eso quería."
Aime inclinó apenas la cabeza.
Aime dice con acento jalisciense, "Se nota. "
Durante unos segundos, entre las dos no hubo ataque. Tampoco reconciliación plena. Solo una tregua elegante, sostenida por la noche y por la necesidad de Olivia de creer que algo podía acomodarse entre ambas.
Un asistente anunció que los bocados comenzarían a circular con más ritmo. Los camareros salieron con charolas. El salón se llenó de pequeños sonidos: copas tomadas con cuidado, exclamaciones contenidas al probar algo, preguntas sobre ingredientes, risas, pasos suaves, cámaras discretas.
Laura se enteró de que había una inauguración en un restaurante y como libraba decidió pasarse. Nada mas atraviesa las puertas, se queda boquiabierta.
Laura dice: "Esto es... increíble"
Aime observaba desde cierta distancia. No intervenía. Esa era su inteligencia esa noche: saber cuándo no ocupar el centro. Vio cómo Olivia hablaba con periodistas, cómo respondía sin ponerse servil ni arrogante, cómo el salón giraba alrededor de ella sin que ella tuviera que exigirlo. Aime sonrió con elegancia cuando alguien la saludó, aceptó una copa de mezcal con toronja, hizo un comentario medido sobre la decoración y dejó que varias miradas se quedaran en su cabello, en su vestido, en su forma de sostener la copa. Pero su atención regresaba una y otra vez a la puerta. Su invitado no había llegado todavía.
Bruno el cocinero apareció de nuevo desde cocina y le hizo una señal discreta.
Olivia se acercó.
Laura coge una de las copas que hay y da un sorbo
Bruno dice con acento mexicano, "Chef, estamos listos para sacar el plato fuerte de degustación a las mesas principales."
Laura murmura: "Esto es increíble. Nunca he probado nada igual"
Romero entra al restaurante con su habitual paso alerta, mirándolo todo con una mezcla de sorpresa y curiosidad bien disimulada. el cambio era notable.
Olivia asintió.
Olivia dice con acento sonorense, "Que salga caliente. Ni tibio ni esperándome. Caliente. "
La noche avanzó con una belleza cada vez más segura. Los platos salían con ritmo. La gente hablaba más alto. Las copas se rellenaban. Sol, Axel y Zahara miraban a Olivia desde una mesa cercana con una mezcla de orgullo y ternura. Aime permanecía cerca, elegante, atenta, leyendo cada gesto.
Romero se mueve entre la gente y ubica un lugar desocupado desde donde puede ver casi todo el local y también la puerta.
Aime Observa a Romero y sonríe, satisfecha. Camina elegante hasta su mesa.
Romero rechaza la copa que le ofrece uno de los camareros.
Aime dice con acento jalisciense, "Hola, Me alegra verte. "
Romero tarda más de lo acostumbrado en mirar a la mujer que le habla.
Laura se acerca a la que parece ser la dueña del restaurante para darle su enhorabuena
Romero mira por fin a la mujer y reconoce a la pelirroja que se culeó la otra noche.
Aime le sonríe.
Romero dice con acento sinaloense: "Pelirroja."
Olivia mira a la joven que se acerca y le sonríe con calidés.
Aime dice con acento jalisciense, "Soy AIme. Bienvenido a sabores de México. "
Aime Se sienta frente a él.
Romero dice con acento sinaloense: "¿Eres la anfitriona del restaurante, pelirroja?"
AIme sonríe.
Romero dice con acento sinaloense: "porque la dueña no eres, eso se nota."
Aime dice con acento jalisciense, "Algo así, mi hermana es la dueña de este lugar. "
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias por tus felicitaciones, espero que la comida te guste. "
Romero asiente apenas con un movimiento de cabeza.
Olivia agradece a la chica que se acercó a felicitarla.
Romero dice con acento sinaloense: "¿Quién es tu hermana, pelirroja?"
AIme estaba apunto de señalarle a Olivia sin mucho ánimo, pero fingía bien. Y, Justo antes. Olivia decidió hacer el brindis.
Laura dice: "Está todo exquisito"
Un asistente bajó un poco la música. Las conversaciones fueron apagándose por capas. Camila sostuvo una bandeja con copas listas. Aime quedó entre los invitados, lo bastante cerca para ser parte de la imagen, lo bastante lejos para no parecer indispensable.
Olivia se situó junto a la barra.
Romero no tiene demasiado interés en la pelirroja, pero sí le gustaría conocer a la mujer que logró convertir aquel lugar en un rincón de méxico con tanta fidelidad sin que pareciera una caricatura.
Romero no pierde de vista el transcurrir del evento.
Por primera vez en la noche, no revisó nada. Solo miró el salón. Vio a su equipo cansado y firme. Vio a periodistas con libretas y copas. Vio a amigos que la querían sin pedirle que demostrara nada. Vio a Aime, hermosa y peligrosa de una manera todavía íntima. Vio las mesas, las flores bajas, las conchas pequeñas, la fotografía de Guaymas. Y durante un segundo, detrás de todo, vio el mar.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias por estar aquí esta noche. "
Su voz salió firme, cálida, con ese acento norteño que en Madrid sonaba distinto, lleno de tierra seca y costa.
Romero fija los ojos en la mujer que habla.
Olivia dice con acento sonorense, "Sabores de México no empieza hoy desde cero. Este lugar ya tenía historia antes de mí. Alguien lo levantó con cariño, con terquedad y con una idea muy clara: que México podía tener una casa digna en plena Gran Vía. "
Olivia dice con acento sonorense, "Hoy me toca a mí cuidarlo. Y también me toca hacerlo crecer. Yo vengo de Guaymas, Sonora. Vengo de un lugar donde el mar y el desierto se miran de frente. Donde la comida tiene sal, fuego, paciencia y carácter. Eso quiero traer a esta mesa. No un México de adorno. Un México vivo. Un México que se cocina, que se recuerda, que se trabaja y que se comparte."
El salón quedó en silencio.
Olivia alzó su copa.
Olivia dice con acento sonorense, "Por quienes cruzamos lejos sin dejar de venir de donde venimos. Por el equipo que sostiene esta cocina. Y por lo que empieza esta noche."
Las palabras de la mujer vibraron dentro de romero con contundencia; pero sus ojos, esos ojos se le metieron bajo la piel de una manera que no podía explicar.
Sol, Axel y Zahara levantaron las copas con especial ternura. Bruno, desde la puerta de cocina, también lo hizo con una copa de agua. Camila sonrió detrás de la barra. Aime alzó su copa despacio, mirando a Olivia con una expresión difícil de leer.
Todos bebieron. El mezcal dejó en la boca un rastro ahumado y cálido.
Romero miraba a la que intuyó era la nueva dueña del restaurante.
Olivia sonreía a todos los invitados con calidés.
Aime dice con acento Jalisciense, "Como ves, Ella es la dueña de este lugar. "
Aime fija los ojos en el sinaloense y nota que está envelezado con Olivia.
Romero se puso de pie porque su cuerpo iba a más velocidad que su propia mente. Las palabras femeninas le llegaron en cámara lenta, como si en ese lugar solo estuviera esa mujer iluminándolo todo.
Romero ignoró a la pelirroja y echó a andar hacia la dueña del restaurante.
Olivia estaba de pie junto a la barra terminándose su copa.
Romero se abrió paso entre invitados, periodistas, camareros.
Olivia miró al joven que benía hacia ella, y lo recordó. Era el guardia de la cantante StellaHazel.
A dos zancadas de ella, el perfume femenino lo alcanzó. fue un latigazo a sus sentidos.
Romero acorta la distancia.
Romero dice con acento sinaloense: "Buenas noches, señorita. Quería felicitarla por todo su trabajo."
Romero señala el local con un gesto.
Olivia dice con acento sonorense, "Hola. Bienvenido. "
Romero dice con acento sinaloense: "Conocí el restaurante antes y el cambio es, notable."
Olivia dice con acento sonorense, Tu eres el guardia de Stella, verdad? Te ví algunas veces. "
Romero baja un momento la vista.
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias por tus felicitaciones, Me alegra que te guste. "
Olivia le sonríe con la mirada iluminada de felicidad.
Romero clava los ojos en ella sin poder evitarlo. esos ojos y la felicidad que transmiten lo atrapan como en una red de la que, curiosamente, no se quiere zafar.
Aime los observaba desde la mesa donde estaba antes con él. Su mirada ya no era de hermana intentando acercarse, era de una repulsión que le carcomía por dentro, una envidia que la estaba consumiendo.
Romero dice con acento sinaloense: "sí, soy su guardaespaldas."
Romero dice con acento sinaloense: "No sé si me permite tutearla."
Olivia se encoge de hombros con naturalidad.
Romero dice con acento sinaloense: "en todo caso, solo quería felicitarla, señorita..."
Olivia dice con acento sonorense, "Sí, claro. Perdón, Soy. Olivia. Mucho gusto. "
Romero toma la mano de Olivia con delicadeza y, le besa los nudillos.
Romero dice con acento sinaloense: "tus manos hacen magia, traen a México aquí, y es imposible no sentirse en casa."
Olivia se estremece apenas perceptiblemente.
Olivia lo mira a los ojos y no puede evitar sonrojarse un poco.
Romero murmura con acento sinaloense: "Huele a hogar, no sé si me entiendes."
Olivia Murmura con acento sonorense: "Sí. Te entiendo. Y, ese es mi propócito aquí."
Romero murmura con acento sinaloense: "Lo has alcanzado a la perfección Olivia."
Romero pronuncia el nombre femenino con calidez, saboreando como suena en su boca.
Olivia dice con acento sonorense, "Pués disfruta de la comida y de la noche, ¿Romero, verdad? "
Romero se sorprende de que ella sepa su nombre.
Olivia lo mira a los ojos.
Romero dice con acento sinaloense: "sí, romero."
La mirada de ambos se engancha con naturalidad.
Olivia se sonroja.
Romero dice con acento sinaloense: "no suelo beber, pero no me iré sin probar lo que crean esas manos tuyas porque debe saber a gloria."
Olivia dice con acento sonorense, "¿Ya provaste la comida? "
Romero niega con suavidad.
Romero dice con acento sinaloense: "quise felicitarte primero "
Romero murmura con acento sinaloense: "me parecía una descortesía por mi parte."
Olivia dice con acento sonorense, "Pues no se diga más, a comer que todo está delicioso. "
Olivia dice con acento sonorense, "Que caballero, gracias. "
Olivia se fija en que es muy atractivo, con los nervios y la emoción no se había fijado detenidamente en él.
Romero dice con acento sinaloense: "una mujer como tú no se merece menos."
Romero disfruta de la manera en que ella lo mira.
Olivia se vuelve a ruborizar, no está acostumbrada a tantos alagos masculinos.
Olivia dice con acento sonorense, "Ven, te acompaño a una mesa, y pediré que te traigan el menú de hoy. "
Romero murmura con acento sinaloense: "No quiero incomodarte, Olivia."
Olivia niega con suavidad.
Olivia dice con acento sonorense, "No me incomodas, en serio. "
Romero dice con acento sinaloense: "Pero no negaré que si puedo disfrutar más de tu compañía sería todo un honor."
Romero deja que olivia lo guíe.
Olivia lo guía hasta una mesa cercana a la barra.
Romero la mira.
Romero dice con acento sinaloense: "Me acompañarías un rato? O tienes que ocuparte de muchos detalles."
Romero le aparta una silla para que se siente.
Olivia observa el lugar y comprueba que todo marcha bien.
Olivia vuelve su mirada hacia romero.
Romero aguarda por la decisión de Olivia.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí te acompaño. Además creo que todo marcha en órden. "
Olivia se sienta.
Romero sonríe
Romero se sienta en otra silla junto a ella.
Romero dice con acento sinaloense: "sí, todo parece ir de maravillas. Te has lucido"
Romero la mira de nuevo y se fija en sus labios.
Romero luego le mira esos bonitos ojos café.
Romero dice con acento sinaloense: "qué me recomiendas tú."
Olivia dice con acento sonorense, "No te creas, has sido un trabajo arduo. Si que me llebó buenas desveladas. "
Olivia sonríe.
Romero murmura con acento sinaloense: "no lo pongo en duda, se nota el detalle y el cariño que le pusiste."
Romero dice con acento sinaloense: "Pero dime, qué me recomiendas tú. Imagina que no soy compatriota y que quieres deslumbrarme porque soy un ... no sé un turista de esos gringos."
Olivia dice con acento sonorense, "Para que te acuerdes de tu tierra. Los tacos estilo Sinaloa. No sé que tan bien puedo replicar el sasón de tu tierra, pero me esfuerzo. "
Olivia ríe.
a romero se le acelera el pulso al escucharla reír.
Olivia niega ante su comentario.
Olivia dice con acento sonorense, "No, nada que ver con un turista gringo, tú eres más sinaloense que el aguachile. "
Romero dice con acento sinaloense: "tienes una risa muy... agradable."
Romero ríe y él mismo se sorprende de haberlo hecho.
Romero dice con acento sinaloense: "sí, pero era un simulacro."
Olivia dice con acento sonorense, "Gracias. tú te ves mejor sin esa ceriedad de Guarura. "
Romero dice con acento sinaloense: "te parece?"
Olivia dice con acento sonorense, "No me digas que Stelilla no te deja sonreír? "
Romero dice con acento sinaloense: "Stella se empeña mucho en que deje la seriedad, pero es parte de mi formación. sin embargo, contigo me ha salido natural."
Romero pide los tacos a la sinaloa que Olivia le ha recomendado.
Olivia dice con acento sonorense, "Pues me alegra, está chilo que dejes tu carita de querer matar a alguien. "
Olivia mira su rostro con detenimiento y sonríe.
Romero la mira y ladea un momento la cabeza.
Romero dice con acento sinaloense: "si anduviera de fiesta, hacer mi trabajo sería un desafío todavía más difícil."
Olivia dice con acento sonorense, "Sí, pero no todo es el trabajo. "
Romero dice con acento sinaloense: "De todas maneras, solo es parte del trabajo. No es que fuera de mi trabajo tenga que ser así."
Olivia dice con acento sonorense, "Me alegra que lo tengas en cuenta. "
Romero dice con acento sinaloense: "yo lo tengo en cuenta, y tú? No lo digo por mal, pero atender un lugar como este, de la manera en que tú quieres hacerlo, es como... es como vivir en el trabajo, no?"
Romero dice con acento sinaloense: "Perdona, soy torpe para explicarme."
el camarero que le tomó la órden a Romero se acerca amable dejándo el plato de los tacos y una copa del coctel de bienvenida.
Romero dice con acento sinaloense: "me refería a si te das el tiempo de ser otra cosa que no sea la dueña de este lugar."
Romero le agradece con un gesto al camarero
Romero mira la comida y solo la apariencia le despierta la nostalgia
Romero mira a Olivia.
Olivia dice con acento sonorense, "Sí. Tengo mis ratos libres, me gusta salir a caminar. Me gusta el dibujo. "
Olivia dice con acento sonorense, "La buena música regional mexicana. "
Olivia dice con acento sonorense, "Y estando en Guaimas, me gusta ir a bucear. "
Olivia dice con acento sonorense, "anda come, y dime si lo hago bien. "
Olivia mira el plato y luego a Romero.
Romero dice con acento sinaloense: "Aquí no hay costa, pero sí hay un sitio con lago y caminerías. ¿Aceptarías ir conmigo alguna vez?"
Romero asiente y empieza a comer.
el rostro del guardaespaldas lo dice todo.
Olivia se sorprende un poco por la invitación. Realmente no se lo esperaba.
Romero traga y se relame un poco las comisuras.
Romero dice con acento sinaloense: "Carajo, Olivia. Esto está ... es el sabor de mi tierra."
Olivia lo mira comer.
Olivia dice con acento sonorense, "¿De verdad te gusta? "
Romero le toma la mano en un impulso inconsciente.
Olivia entrelaza los dedos con los suyos.
Romero dice con acento sinaloense: "Gracias. hacía mucho que no comía algo tan rico."
Romero sigue comiendo y asiente con la cabeza.
Olivia lo mira con emoción.
su rostro refleja el gusto y la remembranza
Romero traga despacio.
Olivia dice con acento sonorense, "Ves, eso es justo lo que quiero transmitir con mi comida. Me alegra que lo haya logrado. "
Romero la mira fijamente y atrae las manos unidas hacia sus labios. Le besa las yemas y suspira.
Romero dice con acento sinaloense: "Perdona, pero esas manos tuyas hay que asegurarlas."
Olivia se siente agusto con él.
Olivia ríe bajo.
Olivia dice con acento sonorense, "¿y qué sugieres para asegurarlas? "
Romero sigue comiendo con la mano libre.
Romero piensa un momento.
Aime está bebiendo una copa de tequila cerca de la terraza.
Romero dice con acento sinaloense: "Le preguntaré al manager de la Stella, ese debe saber si hay empresas de seguros que hagan algo así."
Romero la mira
Olivia lo mira interesada.
Romero murmura con acento sinaloense: "claro, yo las aseguraría solo que no con una póliza."
Olivia murmura con acento sonorense, "¿Entonces cómo? "
Romero termina de comer.
Romero murmura con acento sinaloense: "sí quieres saber? voy a parecerte un loco desquiciado, pero yo me aseguraría de que nunca nadie las toque, ni las lastime. tus manos son valiosas porque no solo cocinan, transportan."
Romero murmura con acento sinaloense: "yo no dejaría que una mujer como tú fuese lastimada nunca, por nadie."
Las palabras de Romero hacen que Algo en olivia se remueva.
Romero da un solo sorbo a la copa y la devuelve a la mesa.
Olivia lo mira conmovida por sus palabras.
Olivia murmura con acento sonorense, "Romero. Yo, no sé qué decirte... "
Romero dice con acento sinaloense: "No sé cómo ni por qué, pero contigo me siento cómodo, ¿sabes? hacía mucho que no me daba permiso de disfrutar de la compañía de una mujer. No me malentiendas, me refiero a que puedo sentirme libre de decir lo que pienso o de reír y es curioso."
Romero murmura con acento sinaloense: "si Stella me viera se pondría intensa. A decirme que si me cambiaron y no sé cuanta cosa."
Olivia ríe divertida.
Olivia dice con acento sonorense, "Tanto así? "
Romero asiente y sonríe de lado imaginando a Stella.
Romero dice con acento sinaloense: "Desde que trabajo para ella está con la insistencia de que la tutee, de que me relaje. ella y la señorita eliana, su maquilladora."
Olivia dice con acento sonorense, "Pués brindemos por más días así, que sonrías y te sientas cómodo. "
Romero coge la copa y brinda con Olivia.
Olivia hace un gesto a su personal y una camarera le lleba una copa.
Olivia dice con acento sonorense, "gracias. "
Olivia dice con acento sonorense, "Salud. "
Romero dice con acento sinaloense: "Pues sí, porque hasta yo estoy sorprendido de mí mismo."
Olivia levanta su copa.
Romero levanta la suya y la choca con sutileza con Olivia.
Romero murmura con acento sinaloense: "Por ti, Olivia y tu éxito en este lugar."
Romero dice con acento sinaloense: "que me lleve la chingada si no te conviertes en la mejor chef de esta ciudad."
Olivia da un trago al mezcal.
Romero da otro trago y vuelve a dejar la copa en la mesa.
Romero la mira
Olivia dice con acento sonorense, "Que nos llebe a los dos me gusta más, "
Romero murmura con acento sinaloense: "Carajo, eres tan diferente a esa jovencita pelirroja que dice que es tu hermana."
Olivia deja la copa en la mesa y abre mucho los ojos sorprendida.
Romero murmura con acento sinaloense: "que nos lleve a ambos suena bien, sí."
Olivia se recuerda del invitado que Aime le dijo que vendría. Cae en cuenta del porque Aime no se ha acercado a ella.
Romero nota el cambio en Olivia y frunce el entrecejo.
Romero murmura con acento sinaloense: "¿qué pasa?"
Olivia murmura con acento sonorense, "Tú, eres el invitado de mi hermana? "
Romero la mira un momento a los ojos. algo en su expresión no le gusta.
Olivia se aparta de él con suavidad.
Romero suspira y no hace el amago por acercarse.
Olivia dice con acento sonorense, "Aime y tú se conocen? Ella te invitó, cierto? "
Romero murmura con acento sinaloense: "conocernos, no."
Romero dice con acento sinaloense: "voy a hablarte claro, Olivia, porque no soy un hombre de medias tintas ni mentiras."
Olivia se siente culpable de estar aí con él sin saber porqué.
Olivia lo mira a los ojos.
Romero dice con acento sinaloense: "hace no sé cuantos minutos que supe como se llamaba tu hermana."
Romero dice con acento sinaloense: "Mírame, por favor. te prometo que voy a serte franco y luego me iré, esa mirada de culpable que veo en tu cara me confirma muchas cosas y lo menos que quiero es arruinarte la noche."
Olivia lo mira a los ojos con cierta tristeza.
La cercanía de Romero le gustaba, la hacía sentir especial. Iva decirle que sí al paseo, pero ahora se sentía mal.
Romero dice con acento sinaloense: "las cosas están así. anoche la conocí en el club de ahí de independencia. Se me aventó y yo aproveché. soy libre, no tengo compromisos y si una mujer se me ofrece la tomo y eso hice."
Romero dice con acento sinaloense: "No voy a disculparme por eso."
Olivia dice con acento sonorense, "No quiero que lo hagas tampoco. "
Romero dice con acento sinaloense: "Lo único que voy a hacer es advertirte que tengas cuidado con tu hermana, Olivia."
Olivia dice con acento sonorense, "¿por qué? "
Romero dice con acento sinaloense: "No sé ni me importa que haya pasado en la vida de ella, pero no es trigo limpio, y si me invitó no fue por otra cosa que intentar engancharme con ella. es caprichosa y manipuladora. Y a mí la gente así no me gusta, no me inspira porque sus ojos no son limpios."
Olivia suspira mientras lo escucha.
Romero dice con acento sinaloense: "vine porque conozco el lugar y me dio curiosidad saber cómo lo habían cambiado, si para bien o para mal."
Romero dice con acento sinaloense: "a ella ni le dije que había estado aquí antes."
Romero dice con acento sinaloense: "Esa culpabilidad que vi en tu mirada, Olivia, me dice que tengo razón."
Olivia asiente.
Olivia dice con acento sonorense, "Ella me dijo que vendrías, que está interesada en tí... "
Romero dice con acento sinaloense: "ella no sabía si vendría o no porque no le di certeza."
Olivia dice con acento sonorense, "Y, ahora seguramente está sentida conmigo. Aime no tiene a nadie sabes, solo a mí. "
Romero la mira
Romero baja la voz
Romero murmura con acento sinaloense: "ella se tiene a sí misma y a su ego, Olivia. Y a todo aquel que se deje manipular y caiga en su red."
Olivia se siente contrariada.
Olivia suspira.
Romero murmura con acento sinaloense: "Y a mí, no va a tenerme. La culeé anoche porque eso quería yo y porque se me sirvió en bandeja."
Murmuras con acento sonorense: "Romero."
Romero murmura con acento sinaloense: "y lo digo así, suene como suene."
Romero murmura con acento sinaloense: "porque es la verdad."
Romero murmura con acento sinaloense: "y no me voy a andar con sutilezas con respecto a ella por mas hermana tuya que sea."
Olivia dice con acento sonorense, "Agradezco tu franqueza. "
Romero dice con acento sinaloense: "no pretendo nada más que advertirte. Intuyo que en cuanto salga por la puerta del local no volveremos a vernos. Pero te diré una cosa, Olivia. Si tuviera el poder de cambiar el tiempo, echaría atrás, y con quien habría querido estar esa noche y todas las que me diera la vida, sería contigo"
Olivia da otro trago a su copa.
La idea de no volver a ver a Romero, le hizo estremecer.
Olivia levanta la vista hacia sus ojos.
Romero dice con acento sinaloense: "No me la agradezcas. Yo mismo me estoy poniendo la soga al cuello porque sé lo que significa la sangre, Olivia y no voy a ponerte a escoger ni a que ella tenga el gusto de joderte por mi causa."
La mirada de romero refleja una mezcla de rabia, frustración, tristeza y determinación.
Romero se levanta muy a su pesar.
Lo cierto es que a Olivia también le gustaba Romero, y no lo quería lejos de ella por culpa de Aime.
Romero le acaricia el rostro porque su cuerpo va mucho más rápido que su mente.
Olivia lo mira.
Romero murmura con acento sinaloense: "Cuídate, Olivia. Y no te fíes de esa pelirroja."
Murmuras con acento sonorense: "Romero."
Romero murmura con acento sinaloense: "me llevo el gusto de mi tierra en la boca "
Romero murmura con acento sinaloense: "gracias, bonita."
Romero contiene el deseo de besarla y se da media vuelta.
Romero camina a zancadas en dirección a la salida
Romero se detiene un instante junto a la pelirroja
Olivia quería decirle que se quedara. Que podía ir con él a ese paseo en el lago. Pero Aime también estaba en su mente. Olivia lo miraba marcharse con una gran tristeza, la cual estaba por opacar su éxito profesional.
Romero murmura con acento sinaloense: "No te atrevas a buscarme ni a fastidiar a tu hermana, pelirroja. búscate otro capricho."
Romero mira a la pelirroja con gelidez y se termina de largar a paso vivo.
Aime lo mira con fingida inosencia mientras ya planea como hacer pagar a Olivia, aunque fuera su sangre.
Olivia se termina el mezcal para lograr calmarse un poco y terminar la noche.
Aime sale del restaurante casi después de que Romero se fuera.
Olivia se recompone. Va y habla con sus amigos un rato. Luego de varios minutos en los que la hacen reír. Se toma un tiempo para Saludar personalmente a los invitados y comenzales.
Y mientras las conversaciones retomaban su curso con aparente normalidad, mientras los periodistas probaban otro bocado y el equipo seguía moviéndose con disciplina, Sabores de México continuó respirando entre aromas de chile, mezcal, sal y fuego.
Pero algo había cambiado.
La inauguración seguía siendo de Olivia.
La puerta, sin embargo, ya estaba abierta.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

Re: La Perla, sal y Mezcal

Mensaje por Indira »

Perlas de sangre y Agave.

Perdiendo la atensión y robando una inosencia

Punto de vista: Aime


Aime no se dio cuenta de inmediato de que algo había cambiado.
Al principio, solo vio a Romero ponerse de pie.

Había sido un movimiento sencillo: la silla desplazándose apenas hacia atrás, la servilleta quedando junto al plato, la copa a medio tocar sobre la mesa. Nada dramático. Nada que pudiera llamar la atención de los demás invitados. En el salón de Sabores de México seguían sonando las conversaciones, el tintineo de copas, el paso de los camareros entre mesas, la música baja que llenaba los huecos con una elegancia discreta.

Pero Aime lo vio.

Vio cómo Romero dirigía la mirada hacia Olivia.

No hacia la barra. No hacia la salida. No hacia la gente que seguía llegando.

Hacia Olivia.

La inauguración estaba en su punto más cálido. El discurso de su hermana todavía flotaba en el restaurante, mezclado con el olor de los tacos estilo Sinaloa que acababan de servirle a Romero, el mezcal con toronja y chiltepín, la mantequilla dorada, el cilantro fresco y la masa caliente. Aime tenía una copa en la mano y una sonrisa todavía bien colocada en los labios, esa sonrisa de mujer que no pide atención porque está acostumbrada a recibirla.

Aime quedó sola en la mesa.
Romero se acercó.

Olivia levantó la vista.

Y sonrió.

No era una sonrisa de anfitriona únicamente. Al principio, sí: cordial, sorprendida, educada. Pero cuando Romero habló, algo en el rostro de Olivia se movió. La sonrisa se volvió más íntima, menos automática.

Aime tomó un sorbo de su copa.

El mezcal le raspó apenas la garganta.

Desde la mesa no podía escuchar todo, solo fragmentos entre el ruido del salón. Pero podía leer cuerpos. Eso se le daba mejor que escuchar palabras.

Romero se inclinó un poco hacia Olivia. No demasiado. Lo suficiente para que la conversación quedara entre los dos. Olivia sostuvo la copa con ambas manos. Aime vio cómo sus dedos se tensaban apenas cuando él dijo algo.

Luego, por un segundo, Olivia bajó la mirada.

Aime dejó la copa sobre la mesa.

Ese gesto, esa mirada baja, esa manera de recibir una frase como si le hubiera tocado una parte secreta, no le gustó.

No le gustó nada.

Una camarera pasó cerca y se detuvo al ver su copa casi vacía.

Camarera dice con acento español, '¿Le traigo otra?'

Aime giró hacia ella con una sonrisa inmediata, impecable.

Aime dice con acento jalisciense, 'Sí, por favor. Con poca sal.'

Camarera dice con acento español, 'Ahora mismo.'

La camarera se fue.

Aime volvió la mirada hacia Olivia y Romero.

Olivia reía.

No era una carcajada. Era una risa pequeña, sorprendida, casi tímida. Una risa que no pertenecía al protocolo de la noche. Romero la miraba de una forma que Aime reconoció y no reconoció a la vez. Había deseo, sí. Romero no sabía mirar sin cuerpo. Pero ahí no estaba la misma dureza que le había entregado a ella en el club. No estaba esa intención de tomar, dominar, probar resistencia. Había otra cosa.

Cuidado.

Atención.

Algo más lento.

Aime apoyó la lengua contra el interior de la mejilla.

La camarera regresó con otra copa. Aime tomó el vaso sin mirarla demasiado.

Aime dice con acento jalisciense, 'Gracias.'

Camarera dice con acento español, 'Que la disfrute.'

Aime dice con acento jalisciense, 'Eso intento.'

La camarera no entendió el fondo de la frase y se marchó.

Aime bebió.

La nueva copa estaba mejor. Más fría. Más limpia. Pero no le acomodó el cuerpo.

En la barra, Olivia hizo un gesto hacia una mesa cercana, una mesa más pequeña, semiapartada, desde donde se veía la puerta y parte del salón. Romero aceptó sentarse. Olivia no se quedó de pie. No lo atendió como a un invitado más para luego seguir circulando. Se sentó con él.

Aime sintió una presión breve en el pecho.

No era dolor.

Era cálculo descompuesto.

Olivia tenía invitados importantes. Tenía prensa. Tenía proveedores. Tenía amigos. Tenía una inauguración que vigilar. Y aun así se sentaba con Romero. El hombre que Aime había invitado. El hombre que había entrado por una puerta abierta por ella. El hombre que la noche anterior había dejado una marca sobre su orgullo sin siquiera molestarse en reclamarla después.

Aime levantó la vista cuando Sol García se acercó a su mesa.

Sol llevaba una copa en la mano y un vestido color mostaza que la hacía ver cálida, luminosa, como una de esas personas capaces de llegar a un lugar y hacerlo menos rígido. Se acercó con una sonrisa franca.

Sol dice con acento español, '¿Aime, verdad? Soy Sol. Amiga de Olivia.'

Aime se volvió hacia ella.

Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Olivia me habló de ti. La barista creativa.'

Sol se rio.

Sol dice con acento mexicano, 'Ay, qué bonito suena cuando lo dice alguien más. Sí, esa mera.'

Aime señaló la silla libre frente a ella.

Aime dice con acento jalisciense, 'Siéntate un momento.'

Sol lo hizo con naturalidad, sin detectar que esa silla había quedado vacía por Romero.

Sol dice con acento español, 'Tu hermana está feliz. Se le nota aunque ande con cara de que va a revisar hasta la temperatura de las velas.'

Aime miró hacia Olivia y Romero.

Olivia hablaba con las manos, explicándole algo del plato. Romero escuchaba con una concentración fija. No miraba alrededor. No vigilaba la entrada. No parecía el guardaespaldas frío que se había plantado en el club con un cigarrillo y una pared a la espalda.

Parecía un hombre sentado frente a alguien que le interesaba.

Aime devolvió la atención a Sol.

Aime dice con acento jalisciense, 'Olivia siempre ha tenido ese modo de preocuparse por todo.'

Sol sonrió.

Sol dice con acento español, 'Sí, pero hoy se lo ganó. Este lugar le costó un montón.'

Aime dejó que la copa reposara entre sus dedos.

Aime dice con acento jalisciense, 'Eso parece.'

Sol la miró, quizá intentando decidir si la frase era seca o solo sobria.

Aime sonrió un poco más.

Aime dice con acento jalisciense, 'Lo digo bien. Se nota que trabajó mucho.'

Sol se relajó.

Sol dice con acento español, 'Sí. Y qué bueno que estés aquí. Creo que le importaba mucho.'

Aime sostuvo la sonrisa.

Aime dice con acento jalisciense, 'Eso me dijo.'

Sol dice con acento español, 'Olivia no siempre pide lo que necesita, pero cuando quiere a alguien cerca se le nota.'

Aime miró otra vez hacia su hermana.

Sol seguía hablando, pero su voz quedó lejos durante un instante.

Romero sonrió.

No con burla.

No con superioridad.

Sonrió como alguien a quien le habían devuelto un recuerdo.

Aime sintió una rabia fina, limpia, subirle desde el estómago hasta la garganta.

No podía mostrarla.

Sol dice con acento español, '¿Y tú cuánto te quedas en Madrid?'

Aime parpadeó y volvió a ella.

Aime dice con acento jalisciense, 'Depende.'

Sol dice con acento español, '¿De la galería? Olivia me contó algo.'

Aime apoyó el codo en la mesa con elegancia.

Aime dice con acento jalisciense, 'Tuve una entrevista en Jannah al-Fan.
Sol abrió los ojos con interés sincero.

Sol dice con acento español, 'Eso suena importante.'

Aime dice con acento jalisciense, 'Lo es.'

Y ahí, por unos minutos, Aime recuperó una parte del terreno.

Habló de escultura, de piedra volcánica, de bronce patinado, de vidrio ámbar, de cómo el agave podía traducirse en una forma sin volverse literal. Sol escuchaba de verdad, no como quien solo espera su turno para hablar. Esa atención le sirvió a Aime para afinar la voz, para sostener la postura, para recordar que el salón también podía abrirse hacia ella si elegía bien la frase.

Luego Axel Vega llegó con una copa y una sonrisa amplia.

Axel dice con acento español, '¿Aquí está la famosa escultora?'

Sol dice con acento español, 'Estábamos hablando de su entrevista en la galería.'

Aime levantó la mirada hacia Axel.

Aime dice con acento jalisciense, 'Espero que Olivia no haya exagerado.'

Axel dice con acento español, 'Olivia exagera poco. Eso es lo desesperante. Cuando dice que algo está bueno, casi siempre está bueno.'

Aime soltó una risa suave.

Aime dice con acento jalisciense, 'Qué defensa tan leal.'

Axel se encogió de hombros.

Axel dice con acento español, 'Se lo ganó.'

Otra vez.

Se lo ganó.

Esa frase empezó a repetirse alrededor de Olivia como una moneda que todos estaban dispuestos a pagarle.

Zahara Mistral se sumó poco después, con ojos atentos, pendientes grandes y una manera de mirar los espacios como si estuviera seleccionando colores invisibles. Habló con Aime sobre textura, sobre el contraste entre piezas orgánicas y metales fríos, sobre el cuerpo femenino en la escultura contemporánea. Zahara era más aguda de lo que Aime esperaba, y eso volvió la conversación más entretenida.

Aime mostró una fotografía de “Agave bajo la lengua del fuego”.

Zahara dice con acento español, 'Tiene algo agresivo, pero no es violenta. Es como si estuviera a punto de abrirse o cerrarse, no sé.'

Aime la miró con más interés.

Aime dice con acento jalisciense, 'Eso está bien visto.'

Axel se inclinó para mirar la imagen.

Axel dice con acento español, 'Parece música dura detenida en metal.'

Aime sonrió, esta vez con algo parecido a satisfacción real.

Aime dice con acento jalisciense, 'Eso también me sirve.'

Sol dice con acento español, 'Tienes que traerla. Olivia debería poner una obra tuya aquí.'

La frase cayó en la mesa con una inocencia perfecta.

Aime no miró a Olivia de inmediato.

Se permitió un segundo de silencio.

Aime dice con acento jalisciense, 'Quizá algún día.'

Sol dice con acento español, 'Sería bonito. Algo de las dos.'

Aime bebió un sorbo.

Aime dice con acento jalisciense, 'Sí. Algo de las dos.'

Al otro lado, Romero tomó la mano de Olivia.

Aime lo vio.

Nadie en la mesa pareció notarlo. O quizá sí, pero no con el mismo peso. Para los demás podía ser una cortesía, un gesto impulsivo de agradecimiento, una escena amable entre invitado y anfitriona. Para Aime fue otra cosa.

Romero sostuvo los dedos de Olivia con una delicadeza que no le correspondía.

Luego inclinó la cabeza y besó las yemas de sus dedos.

Aime dejó de escuchar.

El restaurante siguió moviéndose, pero durante un instante todo se volvió nítido y silencioso. La luz dorada sobre la mesa de Olivia. El rubor en su rostro. La forma en que ella pareció quedarse sin aire. La seriedad de Romero después de besarle la mano, como si no hubiera hecho un gesto de seducción superficial sino una confesión breve.

Aime no apretó la copa.

No frunció la boca.

No se levantó.

Solo giró un poco el rostro hacia Zahara y le hizo una pregunta sobre ilustración, con la voz perfectamente estable.

Aime dice con acento jalisciense, '¿Tú trabajas más con color o con línea?'

Zahara respondió con entusiasmo.

Aime escuchó.

O fingió hacerlo.

Por dentro, algo se había acomodado de una manera distinta. Ya no era simple molestia. Era una claridad fría.

Romero no estaba jugando con Olivia como había jugado con ella.

Y eso era mucho peor.

Aime permaneció con Sol, Axel y Zahara el tiempo suficiente para no parecer afectada.

Rió cuando debía.

Comentó una anécdota de Guadalajara sobre un proveedor que había querido venderle piedra falsa como si fuera volcánica original.

Aceptó otra copa.

Permitió que dos personas más se sumaran a la conversación. Una asesora cultural española, Teresa Valcárcel, se interesó por la hacienda y le pidió contacto para futuras catas privadas. Un periodista gastronómico preguntó si la familia Fuentes exportaba tequila a España. Aime contestó con precisión, sin entregar más información de la necesaria. Cada frase dejaba una puerta abierta y una distancia marcada.

Era buena en eso.

Podía conversar con medio salón mientras una parte de ella seguía sentada en la mesa abandonada.

Podía sonreír mientras medía cada movimiento de Olivia.

Podía parecer tranquila mientras Romero seguía siendo una línea oscura al otro lado del restaurante.

La conversación entre Olivia y Romero cambió cuando Olivia se apartó un poco.

Aime lo vio.

Romero hablaba con más seriedad. Olivia ya no sonreía igual. Tenía el rostro dividido entre la culpa, la atracción y una incomodidad nueva. Aime se movió hacia la barra con la excusa de dejar la copa. Desde allí, las voces llegaban en fragmentos.

Aime sintió una satisfacción breve.

Aime fingió revisar una bandeja de copas.

Romero siguió hablando, más bajo. No alcanzó a escuchar todo, pero sí lo suficiente.

Romero dice con acento sinaloense, 'No quiero ponerte a escoger entre sangre y deseo.'

Aime sintió que el pecho se le endurecía.

Olivia no respondió de inmediato.

Romero dice con acento sinaloense, 'Cuídate. No te fíes tan fácil.'

Aime dejó la copa sobre la barra.

Ese hombre.

Ese hombre que no le había pedido nada, que no había prometido nada, que no se había dejado manejar, ahora se permitía advertir a Olivia sobre ella.

En su restaurante.

En su noche.

Después de besarle las manos.

Aime sonrió cuando Camila se acercó.

Camila dice con acento colombiano, '¿Quieres otra copa?'

Aime dice con acento jalisciense, 'Todavía no. Gracias.'

Camila miró hacia Olivia y Romero, pero enseguida volvió al trabajo. Aime permaneció un momento junto a la barra, erguida, con los hombros relajados.

Romero se levantó.

Olivia se quedó sentada.

Aime vio cómo él le acarició el rostro a su hermana, breve, con una intensidad contenida que no necesitaba público. Olivia lo miró como si quisiera decir algo y no se atreviera.

Romero se apartó.

Caminó hacia la salida.

Aime se mantuvo en su lugar.

Romero pasó junto a ella.

Se detuvo.

La música seguía baja. Las conversaciones seguían llenando el salón. Nadie alrededor entendió la tensión que se formó en ese pequeño espacio junto a la barra.

Aime giró hacia él con una sonrisa suave.

Aime dice con acento jalisciense, '¿Tan pronto?'

Romero la miró con frialdad.

Romero dice con acento sinaloense, 'No me busques.'

Aime sostuvo la sonrisa sin pestañear.

Aime dice con acento jalisciense, 'No suelo perseguir hombres.'

Romero se acercó apenas, sin tocarla.

Romero dice con acento sinaloense, 'Ni fastidies a tu hermana por esto.'

Aime ladeó la cabeza.

Aime dice con acento jalisciense, 'No sé de qué hablas.'

Romero la miró como si no tuviera paciencia para sus disfraces.

Romero dice con acento sinaloense, 'Sí sabes. Búscate otro capricho.'

Aime dejó que la frase quedara entre los dos.

No respondió de inmediato.

Si hablaba en ese instante, iba a decir algo demasiado preciso. Algo que no convenía decir allí. Algo que podía romper el personaje suave que había construido con Olivia desde el día anterior. Así que solo sonrió un poco más.

Aime dice con acento jalisciense, 'Buenas noches, Romero.'

Él no contestó.

Salió del restaurante.

Sin mirar atrás.

Otra vez.

Aime sintió que esa repetición la rozaba como una bofetada.

Se giró hacia el salón antes de que alguien pudiera leerle la cara. Una camarera se acercó con una bandeja de bocados.

Camarera dice con acento español, '¿Desea probar?'

Aime tomó uno sin saber qué era.

Aime dice con acento jalisciense, 'Gracias.'

Lo llevó a la boca.

No distinguió el sabor.

Olivia seguía sentada en la mesa.

Durante unos segundos, pareció más pequeña. No débil. Solo sorprendida por el golpe de una emoción que había llegado en medio de su propia inauguración. Tenía los dedos apoyados junto a la copa, la mirada baja, los labios juntos.

Aime pudo acercarse.

Pudo preguntarle si estaba bien.

Pudo tocarle el hombro.

Pudo hacerlo con la misma voz suave que había usado en el restaurante vacío cuando decidió entrar por el camino del cariño.

No lo hizo de inmediato.

Esperó.

Olivia respiró hondo.

Tomó su copa.

Bebió un trago.

Luego se levantó.

Se acomodó la blusa color perla, alisó el cabello detrás de una oreja y volvió al salón con una sonrisa todavía triste, pero funcional. Saludó a un invitado. Agradeció un comentario sobre los tacos. Llamó a Bruno desde la cocina para que recibiera un aplauso por un plato que había gustado especialmente. Sonrió a Sol cuando esta la abrazó por la cintura. Se recompuso.

Aime la observó desde la barra.

Eso también le molestó.

La caída habría sido más cómoda si Olivia se hubiera roto un poco más.

Pero no.

Su hermana seguía de pie.

La noche seguía siendo suya.
Hace una noche preciosa y Laura aún sigue con su primera copa de mezcal. Busca una mesa libre y se sienta observando a los demás.
Aime cansada de ver a Olivia reynar la noche. Se dirige a la terraza para cojer aire y tomar otra copa.
Aime llega a la barra y pide un tequila. Luego de recibirlo camina buscando una mesa.
Laura mira de lejos a una pelirroja despampanante que le llama la atención
Aime se acerca a una mesa, y se percata que hay una chica ocupándola.
Aime Dice con acento jalisciense: "¿Te importa si compartimos mesa?"
Laura murmura: "ojalá tener una apariencia y seguridad como ella"
Aime mira a la joven.
Laura
Tiene una belleza delicada y elegante, con rasgos suaves y una expresión tranquila que le da un aire casi inocente. Su pelo oscuro suele caer cuidadosamente sobre los hombros, enmarcando un rostro de facciones finas y piel clara. Sus ojos verdes son grandes y expresivos, con una mirada dulce y sensible que rara vez consigue esconder lo que siente realmente. Siempre va arreglada, con un estilo femenino y refinado. Le gustan las prendas que dejan ver algo de piel -escotes suaves, vestidos ajustados, faldas cortas o camisas ligeramente abiertas-, pero sin llegar a verse realmente provocativa. Hay algo contenido incluso en la manera en la que enseña más de sí misma, como si todavía conservara esa educación estricta que le impide excederse demasiado. Tiene buenas curvas y una figura especialmente llamativa, aunque la lleva con cierta timidez, casi sin ser consciente del efecto que provoca. Tiene movimientos suaves, voz calmada y esa educación impecable de niña modosita que parece imposible de quitar. Sonríe con cierta timidez y suele bajar un poco la mirada cuando se siente observada demasiado tiempo. Desde fuera transmite dulzura, sensibilidad y una inocencia que contrasta con la imagen ligeramente más madura que intenta proyectar.
Viste TOP DE SEDA Champagne CON CUELLO DE ESCULTURA ASIMÉTRICa Marca Bella Donna.
Lleva MINIFALDA ESTRUCTURADA DE VINILO ESPEJO Marca Noche de Obsidiana sobre las caderas.
Calza SANDALIAS STILETTO CON TIRAS DE PVC TRANSPARENTE Marca Vertical Aurora.
Laura dice: "En absoluto, hay sitio de sobra"
Laura dice sonriendo
Laura te mira.
Laura se queda unos segundos obnubilada mirando a su acompañante
Laura dice: "Me llamo Laura, encantada"
Aime aparta una silla y se sienta frente a la chica.
Aime Dice con acento jalisciense: "Aime."
Aime sonríe y da un trago.
Laura dice: "Encantada, Aime."
Le das un sorbo a Tequila Sunrise
Laura da un sorbo a la copa de mezcal
Laura dice: "cómo has acabado aquí?"
Laura mira con curiosidad a Aime
Aime la mira con una sonrisa tranquila.
Laura se retuerce un mechón del pelo algo nerviosa
Aime Dice con acento jalisciense: "La chef de este sitio es,mi, hermana..."
Laura dice: "Ah vaya. Estarás orgullosa entonces..."
eso último lo dijo con cierta molestia en su voz.
Laura arquea la ceja al notar el tono de voz de la mujer
Aime aciente.
Aime juega con la copa entre sus manos.
Laura dice: "la relación entre hermanos es... complicada"
Aime Dice con acento jalisciense: "Totalmente."
Laura agacha la mirada durante unos segundos, después mira a aime a los ojos con un sentimiento que no reconoce
Aime Dice con acento jalisciense: "¿Y tú, eres invitada de alguien, o estás aquí por curiosidad?"
Aime la mira a los ojos.
Laura dice: "Estoy como clienta, me invitó tu hermana."
Aime aciente.
Laura no quiere ofender a Aime
Aime Dice con acento jalisciense: "¿De donde eres? Tu timbre de voz no suena a Madrid."
Laura dice: "Soy de Elizondo, Navarra. Está en el norte"
Laura dice: "y tú?"
Le das un sorbo a Tequila Sunrise
La chica no puede parar de mirar a Aime
Aime Dice con acento jalisciense: "Soy de Jalisco. México."
Laura dice: "Eso está lejos, sí."
Aime lo nota y le sonríe con un brillo pícaro en los ojos.
Aime Dice con acento jalisciense: "Del otro lado del mundo."
Aime Dice con acento jalisciense: "O eso dicen."
Laura dice: "Más o menos, sí"
Aime Dice con acento jalisciense: "¿Y a qué te dedicas?."
Laura mira como la copa está a punto de acabársele
Laura dice: "He venido a hacer las prácticas de forense mientras ayudo en urgencias"
Laura mira a Aime orgullosa de sí misma
Aime Dice con acento jalisciense: "Médico. Qué interesante."
Aime mira a Laura con intensidad.
Laura dice: "Y tú, a qué te dedicas? "
Aime dice con acento jalisciense, Soy escultora.
Aime se inclina hacia ella.
Aime Murmura con acento jalisciense: "¿Quieres otra copa?"
Laura se pone colorada pero no le importa la cercanía de la mujer
Laura murmura: "quizá sí..."
El perfume de Aime llega a laura como una brisa impocible de ignorar.
Laura dice: "Por cierto, de donde es tú perfume?"
Laura murmura: "hueles muy bien..."
Aime sonríe.
Laura nunca había sentido nada parecido, ni siquiera sae bien lo que está haciendo. Si su ama la viera le diría de todo. O la abuela...
Aime Murmura con acento jalisciense: "Es un perfume que mandé a personal para mí. Conozco a un amigo perfumista."
Aime Murmura con acento jalisciense: "¿Te gusta?"
Aime le habla suave y sensual.
Laura murmura: "La verdad es que te sienta genial... huele muy bien"
Laura baja el tono de voz a casi un susurro
Aime sonríe complacida y se acomoda en la silla, hace un gesto a un camarero y pide otra copa para Laura.
el camarero deja la copa y se marcha.
Laura mira agradecida a Aime
Laura murmura: "gracias"
Laura da un sorbo a la nueva copa mientras juguetea con ella
Aime da otro sorbo mientras mira a Laura. Nota su nerviosismo y su picardía inocente y eso le gusta.
Le das un sorbo a Tequila Sunrise
Laura le da un sorbo a Mezcal mule.
Aime Dice con acento jalisciense: "¿Y qué tal es la vida de una doctora como tú?"
Laura dice: "Estresante, muy estresante. Aunque... es divertido"
le brillan los ojos cuando habla de su pasión
Aime nota ese brillo y sonríe.
Aime Dice con acento jalisciense: "Hay qe tener estómago para lidiar con muertos. Yo no podría. "
Laura dice: "Son menos cansinos que muchos vivos"
Aime ríe bajo y aciente.
Laura dice: "Ellos cuentan historias, sabes?"
Aime Dice con acento jalisciense: "¿así?"
Laura dice: "viéndolos te fijas en quienes fueron y por qué les pasó los q que les pasó"
Aime Murmura con acento jalisciense: "Hay gente que se merece morir. Sí."
Laura Se acerca a la jaliciense
Laura murmura: "bueno... tanto como eso"
Aime la deja acercarse.
Laura la mira cada vez más curiosa. Esta mujer guarda muchos secretos y Lella quiere saer más
Aime da otro trago y se relame los labios el resto del tequila.
Mientras lo hace mira fijo a Laura.
Laura no puede evitar mirar los labios de Aime
Aime Dice con acento jalisciense: ""Tus ojos, Laura... son demasiado honestos. Es peligroso en una ciudad como Madrid. Y aún más peligroso en una noche como esta, donde la gente viene a pretender ser lo que no es. ¿Eres tan transparente como pareces? ¿O también guardas tus secretos para el forense?". "
El brillo de sus ojos miel se intensificó, un reto abierto, midiendo la pausa, el temblor leve en la mano de Laura que sostenía la copa, esperando ver hasta dónde se doblaría esa fragilidad elegante que ella proyectaba.
Laura murmura: "Cada vez lo tengo menos claro, la verdad"
Aime Dice con acento jalisciense: "¿porqué?"
Aime la sigue mirando con intensidad.
Laura Mira a la mujer cada vez con más certeza. El mezcal está haciendo mella en ella y le está dando una valentía de la que siempre ha carecido
Le das un sorbo a Tequila Sunrise
Laura murmura: "Todos cambiamos cuando llegamos a esta ciudad, no es así?"
Aime ríe cantarina.
Laura juega con su pelo
Aime se acomoda el cabello.
Aime Dice con acento jalisciense: "¿No es necesario cambiar de ciudad para cambiar."
Aime Dice con acento jalisciense: "Pero deduzco que eso te está pasando a tí."
Laura dice: "Hay sitios que te obligan a ser quien no eres, esa es mi sensación"
Aime capta la idea.
Aime Dice con acento jalisciense: "Y madrid es el sitio donde pretendes ser diferente?"
Laura asiente afirmativamente.
Aime se recargó un poco más en la silla, sosteniendo la mirada de Laura con una fijeza que no era agresiva, sino evaluativa. Su cuerpo, envuelto en el vestido marfil y el vinilo, se movió con una languidez calculada, atrayendo la atención de la joven doctora sin necesidad de un gesto brusco.
Aime Dice con acento jalisciense: ""¿Y esa persona que pretendes ser... te gusta?"
Aime acercó la copa a sus labios, bebiendo lentamente mientras esperaba la respuesta. Había algo en la timidez de Laura, en esa honestidad peleando contra una nueva audacia, que la entretenía. No era la resistencia de Romero era una tensión más blanda, una arcilla que podía moldearse con la presión correcta.
Laura dice: "Eso creo"
Aime sonrió, un movimiento lento que no alcanzaba a ser completo, pero que tenía la justeza de una promesa. Su mano se movió desde la copa hasta el borde de la mesa. No tocó a Laura, pero acortó la distancia física con un movimiento imperceptible.
aime Dice con acento jalisciense: ""La libertad es cara, Laura. A veces es más fácil convencer a la gente de que eres lo que no eres, que serlo de verdad."
Aime Dice con acento jalisciense: "¿O es, que estás dispuesta a pagar por ella?"
Laura dice: "Estoy dispuesta a adivinar quien soy de verdad"
Laura dice con convicción acercándose más a aime
Aime miró hacia el salón por un segundo, como si la frase no fuera para Laura, sino para el aire. Vio a Olivia reír con un invitado de prensa, todavía recomponiéndose de la visita de Romero. Luego regresó la atención a la doctora con una intensidad renovada.
Aime Murmura con acento jalisciense: ""Dime un secreto, algo que la 'chica de siempre' nunca haría en Elizondo."
Aime inclinó la cabeza hacia un lado, permitiendo que el cabello rojo cayera sobre su hombro. La cercanía del perfume era ahora más evidente.
Aime aguarda su respuesta.
Laura murmura: "Beber alcohol, irme a vivir con un chico, estar tan cerca de una desconocida..."
Laura le da un sorbo a Mezcal mule.
Laura murmura: "aunque... igual mejor te lo muestro"
Laura coge una servilleta y le da su número de teléfono a aime
Aime se inclinó un poco más sobre la mesa. el vestido marfil resbaló apenas, atrayendo la mirada de Laura hacia el hueco asimétrico del cuello. Aime sabía exactamente lo que su cuerpo proyectaba en ese momento: control, sofisticación, pero con un borde de peligro calculado.
Aime Murmura con acento jalisciense: ""¿Y qué te detiene, Laura? ¿El pudor... o la educación?"
Aime mira la servilleta y la coje.
Laura empieza a tener los ojos vidriosos y cree que debería ir a casa, pero no sin un acto más
Aime, con una suavidad que contrastaba con la intensidad de la pregunta, levantó su mano y rozó apenas el borde de la falda de vinilo de Laura, justo en la costura que se ajustaba a su cadera. El toque fue breve, apenas un roce con la yema de los dedos, pero dejó una sensación eléctrica.
Laura se acerca cada vez más a aime, poco a poco, oliendo su perfume y fijándose en todos los detalles sin estar segura del todo de lo que ibba a hacer
Aime la deja hacer.
Laura se acerca hasta que sus labios están a centímetros de os de la mexicana.
Aime la toma de la nuca con suavidad apenas para terminar de atraérla hacia ella.
Aime rosas sus labios tanteando primero, luego los saborea con más intensidad.
Laura la besa con ganas, con atracción pero de esa forma inocente de las primeras veces
De repente, Laura se levanta nerviosa por lo que ha hecho
Laura dice: "Creo que... debería de irme"
Laura dice: "Encantada de... conocerte"
Laura coge su bolso tambaleándose ligeramente
Aime se levanta también.
Aime la toma de la cintura con firmesa.
Aime le habla al oído.
Laura mira a aime con nerviosismo
Aime Murmura con acento jalisciense: "¿A que le tienes miedo?"
Laura murmura: "yo... Yo no..."
Laura murmura: "Yo nunca he sentido esto, nunca he estado con nadie..."
Laura mira a aime sin saber que hacer. otea los alrededores intentando ver si alguien las mira, pero no es así
Aime Murmura con acento jalisciense: "Pero quieres estarlo. Lo noto en tus ojos, en tu piel que lo deseas."
Aime la mantiene pegada a ella.
Laura murmura: "Puede. pero creo que debería irme..."
Aime Murmura con acento jalisciense: "Te llebo. "
Laura murmura: "vivo en plaza españa..."
Aime Murmura con acento jalisciense: "Pediremos un taxi y te llebo. Ya es algo tarde para que te vallas, y estás un poco mareada."
Aime le acaricia la cintura con suavidad.
Laura la mira con deseo contenido
se acercan a la salida del restaurante
Aime sale con laura del restaurante. La gran via las recibe con algo de frío.
Aime saca el teléfono para pedir un taxi en la aplicación.
Laura murmura: "ha refrescado, sí"
Laura se frota los brazos con fuerzza intentando entrar en calor
Aime Murmura con acento jalisciense: ""Un taxi estará aquí en un minuto. Vamos a la esquina, hay menos gente."
Aime guio a Laura con la mano todavía en su cintura, el contacto era firme pero sutil, no para restringirla, sino para anclarla. La Gran Vía estaba llena de un bullicio tardío, el aire más fresco después de la fiesta, el olor a comida y perfume mezclándose con el escape de los coches.
Laura ve al taxi llegar de lejos
Laura dice: "bueno, gracias por acompañarme. Ha sido un placer..."
El taxi se detuvo frente a ellas. Aime abrió la puerta y cedió el paso.
Laura se sonroja pese al frío que hace
Aime sube detras de laura sin responderle.
Laura dice: "a la Torre de Plaza españa, por favor"
Dice laura al conductor
El taxi arrancó. Aime se inclinó hacia Laura. Su voz era ahora solo para ella, un murmullo de acento suave y sensual que acortaba la distancia más que cualquier toque.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Tu sonrojo te hace ver muy sensual..."
Laura murmura: "Tú lo eres sin necesidad de nada..."
Laura agacha la cabeza muy avergonzada
Aime sonrió, un movimiento lento y satisfecho en la oscuridad del taxi. La mano que no estaba en su cintura se movió, guardando la servilleta con el número de Laura y doblándola con cuidado, como si el papel fuera un contrato.
Luego de guardarlo subió la mano hasta rosar su muslo con suavidad.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Cuéntame Laura, cuéntame lo que sientes aquí. Haora mismo."
Laura murmura: "Yo... yo quiero... besarte"
Laura se pone roja cual tomate
Laura murmura: "A mi no... no me gustan las mujeres, pero... tú..."
Aime la mira como quien está cazando a su presa.
Aime rosa el cuello de Laura provocándola a que siga hablando.
Laura murmura: "tú me atraes... nunca había sentido algo así"
Laura murmura: "nunca estuve con nadie antes"
Laura gira la caeza unos centímetros mirando al cefrente
Aime con los dedos recorre el muslo de Laura. Sube lentamente hasta deslizarse dentro de la minifalda, No acaricia aún su intimidad pero si se acerca tentánndola.
Laura murmura: "Creo que ya estamos llegando..."
Laura se estremece al sentir el toque de Aime
Aime Murmura con acento jalisciense: "¿Te gusta esto?"
Aime besa su cuello manteniendo la mano en su interior.
Laura gime levemente
Laura murmura: "sí..."
Aime levanta la vista un momento observando que faltan un par de calles para llegar a la torre. Aprovecha para rosar el sexo de Laura que la delata pues ya está húmeda.
Aime la rosa por encima de la ropa interior.
Aime Murmura con acento jalisciense: "Estás suave y caliente como un caramelo."
Aime le habla al oído.
Aime la mantiene abrazada por la cintura.
Laura murmura: "nunca he estado así antes..."
Aime Murmura con acento jalisciense: "¿Y te gusta estarlo? Quieres mojarte más?"
Laura gime con algo más de ruido
Aime desliza a un lado su ropa interior.
Laura murmura: "y tú?"
Aime Murmura con acento jalisciense: "ASí, ábrete para mí. Te haré sentir placer como nadie."
Laura murmura: "pero tengo que irme a casa..."
Aime la toca con 2 dedos frotando su clítoris.
AIme Murmura con acento jalisciense: "Tienes que irte, pero la pregunta es ¿quieres en verdad irte?"
Laura gime respirando fuerte cerca del cuello de la mujer
Laura murmura: "mañana trabajo... tengo que irme"
Aime Murmura con acento jalisciense: "Mírame a los ojos y dime que quieres bajarte he irte sola."
Aime hace presión en su clítoris.
Aime da toques constantes en su clítoris.
Laura la mira fijamente pero no es capaz de hablar
Laura gime llegando a un climax inesperado
Aime la ciente temblar y la mira satisfecha.
Aime la besa de nuevo en el cuello y dando un rose más. Saca la mano de su falda.
Aime se lleba los dedos a la boca mientras la mira y la suelta.
Aime Dice con acento jalisciense: "Deliciosa."
Laura se sonroja
Laura dice: "Gracias, supongo?"
el taxi para frente a la torre.
Aime Dice con acento jalisciense: "Anda, ve a descansar Doctora."
Aime Dice con acento jalisciense: "Fue un placer."
Aime sonríe sabiendo que ha dejado Güella en Laura.
Aime le abre la puerta a la chica.
Laura sale del taxi y se dirige a su piso en la torre
Laura no sabe qué pensar de todo lo que ha pasado
Aime sonríe mientras la ve alejarse y le pide al conductor que la llebe al apartamento de Olivia.
El taxi se reintegró al tráfico de la Gran Vía. Aime se recostó contra el asiento de cuero, el cuerpo relajado y la respiración suave. Miró por la ventana el desfile de luces de Madrid: farolas doradas, escaparates tardíos, el rojo de los semáforos. La ciudad parecía latir con una prisa que a ella ya no le importaba.

La mano que había estado en el muslo de Laura se posó ahora sobre el suyo, tibia y con un rastro de humedad dulce que no intentó limpiar.

Aime sonrió, un gesto de autocomplacencia.

Laura.

La doctora de Navarra, de ojos verdes demasiado honestos, con su minifalda atrevida y su timidez antigua. El beso había sido casi un experimento, una pregunta silenciosa que Aime había forzado a volverse respuesta física. La inocencia de Laura no era un obstáculo; era la herramienta. La arcilla. La demostración de hasta dónde podía llegar su influencia.

El miedo de Laura, su vergüenza, su rápida sumisión al placer, todo eso se había sentido como un premio pequeño, limpio, sin las complicaciones ni las defensas que ponían los hombres entrenados como Jorge o la indiferencia fría de Romero.

Y ese era el verdadero punto.

Laura había sido un mitigante perfecto.

Había llegado a la inauguración sintiendo esa rabia fina: rabia por Olivia, por su restaurante lleno de éxito genuino, por la forma en que el esfuerzo de su hermana se había convertido en una moneda válida en Madrid. Rabia por Romero, por su desprecio, por la manera en que había besado la mano de Olivia y le había advertido sobre ella. Esa escena en la barra le había quitado el centro a Aime de una manera inaceptable.

Pero ahora la sensación era otra.

Aime pensó en el gemido ahogado de Laura en el taxi. En la forma en que sus ojos, llenos de culpa y deseo, se habían cerrado ante el toque. En la confesión susurrada: "nunca estuve con nadie antes".

No era solo sexo. Era una iniciación.

Aime había tomado una pieza ajena, la había desordenado, la había hecho sentir un placer que no sabía que podía tener y la había devuelto a su torre de Plaza España, húmeda, temblorosa, con el número en una servilleta y una pregunta abierta sobre su propia sexualidad.

Era una huella. Una marca más profunda que Cualquier otra cosa.


Qué divertido.

La satisfacción le acallaba la rabia. La frustración por Olivia y Romero se disolvía en el recuerdo de la mano dentro de la minifalda de vinilo. Aime había demostrado que su poder no dependía de la cocina de su hermana ni del juicio de un guardaespaldas. Podía entrar a una sala, tomar a una desconocida, romperle el guion y marcharse.

Miró el número de Laura en la servilleta que había guardado en su bolso. No pensaba llamar de inmediato. Laura necesitaba tiempo para cocinarse en esa vergüenza placentera. Necesitaba que el recuerdo del beso y el clímax se mezclara con la disciplina de su vida en urgencias.

Ya veremos qué haces con eso, doctora.

Aime se preguntó qué estaría haciendo Olivia en ese momento. Quizá seguía sonriendo con los invitados, hablando de mole y mezcal, con la incomodidad de Romero aún pegada a la piel. Aime no la había visto al salir. No hizo falta. La victoria de la noche ya no estaba en el restaurante. Estaba en el taxi.

La artista de Jalisco sonrió de nuevo, más amplia. Había reordenado la noche a su conveniencia. Había probado que el desorden no siempre viene del exterior. A veces, la mejor manera de recuperar el control es elegir dónde provocar el caos.

El taxi se detuvo frente al portal del edificio.

Aime pagó y se deslizó fuera. El aire de la noche era frío, pero su cuerpo estaba cálido.

Subió al apartamento.

El departamento estaba en silencio. La luz de la cocina estaba apagada. Olivia no había regresado todavía. Aime caminó descalza sobre la madera oscura. Dejó el bolso sobre la mesa del salón. El teléfono estaba dentro. Podía responder los mensajes de Jorge, pero no quiso. El abogado podía esperar su turno.

Se acercó a la nevera, sirvió un vaso de agua y bebió despacio.

Mañana sería un día de calma. Olivia estaría agotada por el éxito y las horas sin dormir. Jorge le enviaría un mensaje intentando reanudar el juego. Y Laura, en su torre, estaría intentando decidir si había pasado de ser una chica modosita a ser una mujer que besaba a otras en un taxi.

Aime se apoyó contra la encimera.

La inauguración no había sido solo de Olivia.

Había sido de las dos. Y una parte importante, la más deliciosa, Aime se la había llevado a casa.

Fue a su habitación. Cerró la puerta con la misma suavidad con que la había abierto.

La luz de la luna apenas entraba por la ventana. Aime se quedó de pie.

Romero le había advertido: "No me busques". "Búscate otro capricho".

Aime sonrió al reflejo invisible en el cristal.
No lo Busqué yo, me encontró.

Pero eso no Hará que los deje tranquilos a tí y a mi hermana.
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