Capítulo 1: el tablero de Madrid.
Punto de vista:Flor Mendoza Iturbide
El silencio en el piso 25 de la Torre de Madrid era absoluto, roto únicamente por el siseo de la cafetera de prensa francesa que Flor manejaba con movimientos mecánicos. A diferencia de otros directivos que buscaban la validación de un despacho acristalado en el Barrio de Salamanca, Flor había negociado una cláusula innegociable en su contrato de expansión: su centro de operaciones sería su hogar. Había convertido el salón de su lujoso apartamento en una extensión minimalista y técnica de su psique. Dos pantallas de treinta pulgadas dominaban una mesa de nogal macizo situada frente al ventanal que encuadraba la Plaza de España; a sus espaldas, una estantería de diseño brutalista albergaba los códigos civiles españoles flanqueados por sus viejos tratados de la UNAM.
Flor no estaba en Madrid por un simple ascenso. El bufete Garrido & Asociados, un titán de la abogacía española con sedes en Londres y Bruselas, agonizaba en su división latinoamericana tras una serie de negligencias éticas en sus oficinas de Ciudad de México. El consejo de administración, desesperado por no perder la cartera de clientes de la Alianza del Pacífico, había reclutado a la mujer que más veces los había derrotado en los tribunales mexicanos. Flor era el "Caballo de Troya" a la inversa: la habían traído para limpiar la casa, reestructurar la expansión hacia el Cono Sur y, sobre todo, para imponer un régimen de terror técnico que blindara la firma contra futuras demandas.
Eran las 7:15 de la mañana. Flor vestía una bata de seda color perla que ocultaba el abdomen firme y los hombros rectos que tanto cuidaba. Sus ojos, de un marrón miel encendido por la falta de sueño, leían un informe de auditoría mientras el sol comenzaba a bañar los edificios de la Gran Vía.
Un timbrazo seco en la puerta principal interrumpió su lectura. Flor no se apresuró. Dejó la taza de café sobre un posavasos de mármol y caminó con la espalda impecablemente recta hacia la entrada. Al abrir, se encontró con René Expósito, el asociado senior que la firma le había asignado como "enlace cultural", una forma elegante de decir que René debía vigilar que la mexicana no rompiera demasiadas porcelanas tradicionales.
—Son las siete y cuarto, René —dijo Flor, sin hacerse a un lado—. En Madrid la gente apenas está pidiendo el primer café en la barra.
—Lo sé, Flor, pero el furgón con los archivos sellados de la constructora Solener acaba de llegar a la base de la torre —René entró, visiblemente incómodo al ver el despacho privado de su jefa. Miró de reojo la cama de diseño al fondo del loft, separada solo por un panel de vidrio ahumado—. Borja de la Torre está en el coche. Quiere subir. Quiere ver "el búnker".
—Borja puede esperar en la recepción de la torre —respondió ella, dándose la vuelta y caminando hacia su mesa de nogal—. Este apartamento es territorio soberano. No mezclo el café con las jerarquías innecesarias. Trae las cajas tú mismo.
René asintió, acostumbrado ya a la autoridad gélida de Flor. Mientras él bajaba, Flor se despojó de la bata de seda con un movimiento fluido, revelando un vestido de punto color carbón que ya tenía preparado. Se calzó sus stilettos negros, sintiendo cómo esos diez centímetros de tacón la ponían, una vez más, en posición de ataque.
Quince minutos después, René reapareció con dos cajas de archivo. Las dejó sobre la alfombra persa que Flor había traído desde México.
—¿Por qué aquí, Flor? —preguntó René , secándose el sudor de la frente—. La firma te puso un despacho con maderas nobles en la calle Jorge Juan. Tienes secretaria, tienes vistas al Retiro...
—En Jorge Juan hay oídos en las paredes y gente que confunde el derecho con la vida social —Flor se sentó frente a sus monitores, abriendo la primera caja—. Aquí, en la Torre de Madrid, estoy por encima del ruido. En México trabajaba así: mi casa es mi búnker táctico. Si quieres ganar una guerra de expansión, René , no puedes permitirte el lujo de ser amable con tus colegas en la máquina de agua.
Abrió el expediente de Solener SA. El proyecto de expansión que lideraba consistía en absorber las operaciones de esta constructora en Panamá y Chile, pero Flor había detectado un "agujero negro" contable que amenazaba con arrastrar al bufete Garrido al fango.
—Mira esto —dijo Flor, señalando una de las pantallas. René se acercó—. Borja cree que me trajo para firmar la fusión. Yo estoy aquí para decidir quién va a la cárcel y quién se queda con el imperio. Si firmo esto hoy, la firma Garrido desaparece en dos años por blanqueo de capitales.
—Borja no te perdonará que detengas la operación —advirtió rené en un susurro—. Es su proyecto estrella para ser socio global.
Flor giró su silla. La luz ámbar de sus ojos brilló con una intensidad peligrosa mientras jugueteaba con su anillo de oro.
—Borja de la Torre es un hombre que heredó un apellido y cree que eso es talento. Yo no heredé nada, René . Yo construí mi nombre sobre las cenizas de hombres como él. Llama a la fiscalía de delitos económicos. Dile que Flor Mendoza quiere una reunión informal en la cafetería del Hotel Palace a las once.
—¿Vas a traicionar a la firma que te contrató? —René estaba pálido.
Flor se levantó, caminó hacia él y le ajustó la corbata con una presión que rozaba la amenaza. El aroma a almendras y éxito que desprendía su piel inundó el espacio.
—No voy a traicionarlos. Voy a salvarlos de su propia estupidez. Y de paso, voy a demostrarles por qué la abogada más letal de México ahora vive en Plaza de España. Ahora, vete. Tengo que terminar de diseccionar este cadáver.
Cuando René salió, Flor no regresó al expediente. Se acercó al ventanal y apoyó la frente contra el cristal frío. Madrid se extendía ante ella como un tablero de ajedrez que aún no conocía a su reina. Sacó su teléfono personal del cajón. Un mensaje de texto iluminó la estancia: "Flor, me siguen. Necesito dinero. No le digas a papá".
Cerró los ojos un segundo, sintiendo el peso de su talón de Aquiles. Luego, con una exhalación controlada, borró el mensaje y volvió a la pantalla. La ambición requería sacrificios, y Flor Mendoza estaba dispuesta a incinerarlo todo con tal de no bajar la mirada.