El ajedrez de cacao y Seda

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Indira
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El ajedrez de cacao y Seda

Mensaje por Indira »

Días de Ceniza y Cacao. La Losa del Marttini.

Punto de vista: Vittoria.

La Vittoria que amaneció esa mañana era un cascarón vacío. El dolor de la ruptura no era una herida abierta, sino una losa de mármol depositada sobre su pecho, tan pesada y fría como las losas que cubrían las tumbas antiguas en el Piamonte. Habían pasado varios días desde la última vez que vio a Marcco. Días desde que el sonido suave del cierre de la puerta se convirtió en el eco violento de su decisión. Él se había marchado a primera hora de la mañana siguiente, llevándose sus pertenencias sin una sola palabra, sin dejar una nota, sin una última mirada. Un borrado absoluto, tan limpio y metódico como la aniquilación de los Rinaldi.

Ella lo había querido así: la brutalidad en lugar de la piedad. Pero la liberación que buscaba no llegó. En lugar de fuego, encontró ceniza; la libertad que ganó al romper la atadura emocional era solo el vasto, helado vacío que ahora la rodeaba.

La fábrica, la guerra financiera, los fiscales... todo era un ruido molesto que apenas lograba distraerla del silencio de la suite que solía compartir. Había dormido en el sofá de la oficina, envuelta en un sudario de trabajo, ignorando el dormitorio que olía a él. El aroma a sándalo y código de programación se había quedado adherido a las sábanas, una tortura silenciosa que la obligaba a revivir la frialdad de su rechazo.

La Carga del Anillo y el Diario.

El golpe de gracia había llegado el mismo día que Marcco se fue.

La Villa Martini había sido invadida por una visita inesperada, un fantasma del sur que portaba verdades devastadoras. Raffaele, el hombre enigmático de la Villa Ferrari, el guardián silencioso de Leila, había viajado a Turín. Su presencia era un decreto, no una visita.

Le había entregado a Mássimo un pequeño estuche de terciopelo. Dentro, el anillo de compromiso de Leila, sobrio y antiguo, que ahora se sentía como una bala de plomo.

La confirmación de la muerte de Rodrico y sus hombres, que Mássimo había temido pero no se había atrevido a aceptar, se hizo carne con el testimonio impasible de Raffaele: el avión no había fallado; había sido borrado.

Pero el segundo objeto había sido el veneno puro: el diario personal de Chiara.

Leila había encontrado la verdad. La traición de Mássimo, su padre, acostándose con Chiara, la mejor amiga y ex Consigliere de Leila, había quedado expuesta en tinta. No era solo una infidelidad; era la violación del santuario de confianza de Leila, un error que ella también había cometido y que ahora su padre replicaba con una crueldad de la que ni siquiera ella se sentía capaz.

Mássimo había entrado en la oficina esa noche como un hombre al que acaban de despojar de su piel. Se había derrumbado sobre el escritorio, su rostro oculto en las manos, el pesado anillo de compromiso de Leila brillando solitario sobre la caoba.

"Se acabó, Vittoria. Se acabó todo. la fábrica, mi boda con Leila… todo es ceniza," había susurrado Mássimo, y por primera vez, Vittoria vio a su padre no como el León de Turín, sino como un hombre viejo y roto por el peso de sus pecados.

El silencio de la villa ahora era la peor condena. Estaban solos, devorados por sus respectivas culpas: la de Mássimo, por traicionar el amor y la decencia; la de Vittoria, por creer que su amor con Marcco era inmune al caos, y por la brutalidad con la que lo había dejado ir.

La fría losa que oprimía el pecho de Vittoria no era el único peso en la Villa Marttini. El jueves, con el sol turinés escondido tras una cortina de nubes grises, el silencio se rompió con el sonido inesperado de una maleta rodando sobre el mármol del recibidor.

Vittoria, que intentaba concentrarse en un informe de pérdidas sobre la mesa del comedor, levantó la cabeza. La figura que entraba no era un fiscal, ni un abogado, ni un fantasma de la corporación. Era Mirabella.

Su mejor amiga, una pintora de aura caótica y espíritu libre, se había materializado sin aviso, sin llamada, como siempre lo hacía en los momentos de desastre. Mirabella vestía una sudadera de lana color azafrán y unos pantalones de mezclilla salpicados de pintura, un manifiesto de arte y despreocupación que contrastaba con la rígida pulcritud en duelo de la villa. Sus ojos, profundos y oscuros, que habían visto todas las versiones de Vittoria—la de Madrid, la de Turín, la caída y la redimida—, la estudiaron con una mezcla de reproche silencioso y afecto incondicional.

Mirabella dice con acento ferrarés, dejando caer la maleta junto al perchero, "Ciao, Vitto. No me dijiste que habías cambiado las cerraduras, pero supuse que la reina del cacao necesitaría un poco de compañía después de borrar a su novio y a la competencia."

Vittoria se levantó, incapaz de articular una palabra, y se dirigió a su amiga. El abrazo que se dieron no fue un saludo, sino una descarga eléctrica de dolor compartido. Se aferró a Mirabella, sintiendo por fin cómo la máscara de acero se agrietaba.

Esa noche, Mirabella tomó el mando del desorden doméstico. Ignoró la cocina industrial de la villa, optando por una ligereza que el ambiente necesitaba. Preparó una cena sencilla en la cocina auxiliar, lejos del despacho donde Mássimo seguía atrincherado en su propia culpa: pasta con pesto fresco y una simple ensalada de tomate y albahaca.

Se sentaron en el sofá, frente a un televisor que proyectaba una comedia italiana antigua en Netflix, un ruido de fondo que no requería atención, solo presencia.

Mirabella dice con acento ferrarés, "La pasta necesita más sal, pero tú necesitas más que sal, Vitto. Come. La tragedia sabe mejor con carbohidratos."

Vittoria comió en silencio, sintiendo cómo el calor de la comida y la presencia inmutable de su amiga comenzaban a descongelar la losa en su pecho. Después de la cena, Mirabella apagó el televisor y se dirigió a su maleta. Sacó un cuaderno de dibujo de tapas duras, cubierto de manchas de pintura, y una caja de carboncillos.

Mirabella dice con acento ferrarés, "Vale. Basta de evasión. El caos no se combate con pasta. Se combate con más caos, pero en papel. Mira esto. Son mis bocetos de Ferrera, el arte abstracto que estoy intentando armar para la galería Vellini."

Deslizó el cuaderno hacia Vittoria. Eran trazos salvajes, explosiones de color y geometría rota: una representación visceral de emociones sin forma. Vittoria, la diseñadora de la línea precisa y el corte limpio, observó el arte del desorden de su amiga.

Vittoria dice con acento turinés, "Son hermosos, Mirabella. Y caóticos. Me recuerdan a mí misma, antes de que Marcco intentara ponerme en un envase de cristal."

Mirabella le dedicó una media sonrisa, recogiendo los platos.

Mirabella dice con acento ferrarés, "Marcco intentó hacerte bien, Vitto. Él quería que fueras calma, no caos. Es un buen hombre, con un juicio moral demasiado grande para este circo. Te ha rechazado porque te ama, y tú lo has echado por la misma razón. Es el ciclo Marttini. La autosabotage es tu único arte perfecto."

La cruda honestidad de Mirabella golpeó a Vittoria con la fuerza que solo una amiga puede permitirse. Vittoria se levantó y caminó hasta el ventanal, contemplando el perfil industrial de Turín. Las palabras se acumularon en su garganta, pesadas y amargas.

Vittoria dice con acento turinés, "Lo eché, Mirabella. Lo eché porque me estaba pidiendo que eligiera: la bondad o la supervivencia. Me pidió que dejara de ser una Marttini, y no pude. Me juzgó por lo que hizo mi padre, por la brutalidad con la que tuvimos que responder a los Rinaldi. Y lo último que necesito en este infierno es un predicador a mi lado. Pero, Dio mio, duele. Duele más que cualquier otra caída. Es el primer amor que me niega el refugio, y por eso lo amo más. ¿Lo arruiné?"

Mirabella se acercó a ella, abrazándola por la espalda, sintiendo la tensión en los hombros de su amiga.

Mirabella dice con acento ferrarés, "Lo arruinaste porque eres tú, Vitto. Y él lo arruinó porque es él. Vosotros sois fuego y hielo. Y ahora la fábrica necesita fuego. Y tu padre necesita ceniza. Y tú necesitas a alguien que no te pida que te calmes, sino que te permita arder un poco antes de apagarte."

Vittoria se giró, y las lágrimas que había contenido durante días finalmente se liberaron. El llanto no fue histérico, sino un lamento silencioso y profundo, un desgarro que resonó en el silencio de la villa. Mirabella no intentó detenerla, solo la sostuvo.

Mirabella dice con acento ferrarés, "Llora, cara. Llora al hombre que te amó tanto que te dejó ir. Llora por Rodrico, y por el puto cacao adulterado. Y mañana, te levantas y quemas todo lo que no te sirva. Incluido el recuerdo de Marcco, si es necesario, hasta que encuentres el próximo caos."

Durante horas, compartieron el silencio, roto solo por los sollozos y las promesas de un nuevo mañana.

Vittoria dice con acento turinés, "Gracias, Mirabella. Siempre estás aquí, en las peores caídas."

Mirabella dice con acento ferrarés, "Tú eres mi caos favorito, Vitto. Y ahora, a dormir. Mañana, eres la CEO temporal de Marttini. Y tu única misión es destruir al enemigo. La introspección y el amor esperan a que la guerra termine."

Se acostaron en el sofá del salón, envueltas en una manta de lana, la luz tenue de una lámpara de lectura proyectando largas sombras. Por primera vez en días, Vittoria durmió, protegida no por la fuerza de un imperio, sino por la lealtad incondicional de una amiga que había aceptado su naturaleza inestable sin intentar cambiarla.

rebeldía del rescate.

Punto de vista: Vittoria y sus amigas.

Miércoles por la noche en la villa Marttini.
Por la noche, la Suite de Vittoria, que había sido un mausoleo de silencio y culpa, se transformó en un camerino de caos femenino. El aroma a
sándalo y código de programación fue barrido por una ráfaga de perfumes caros, laca, y el penetrante dulzor del Moscato d'Asti.

Las cinco amigas, un consorcio de risas, afecto y caos puro, se habían reunido para una intervención táctica.

Serena y Giuli, ambas turinesas de cuna, estaban a cargo del 'Proyecto Resurrección'. Serena, práctica y con un sentido de la moda que rozaba lo militar, movía las manos expertamente sobre el cabello de Vittoria, forzándola a mirar su reflejo en el espejo. Giuli, con una copa de vino en la mano, criticaba la palidez de su amiga con la honestidad brutal que la caracterizaba.

Serena dice con acento turinés, "Te ves terrible, Vitto. Tus ojeras son más oscuras que el cacao de la Línea Tres. Pero lo voy a arreglar. Vas a brillar, aunque solo sea por la luz de este glitter."

Giuli dice con acento turinés, "¡Y por favor, sonríe! Pareces la viuda de un capo. Marcco ya se fue, y la fábrica no se va a quemar si te ríes por una noche. ¡Hay que celebrar el divorcio emocional!"

Allegra, la más efervescente del grupo, iba y venía de la nevera a la sala, distribuyendo copas llenas de un Barolo tinto, intentando calentar el ambiente de la suite con una dosis de imprudencia.

Allegra dice con acento turinés, "¡Tenemos que calentar el ambiente, chicas! ¡Música! ¡Y bebe, Vittoria! ¡El vino es el único antidepresivo legal que no te pide explicaciones!"

Mirabella, con su habitual calma caótica, estaba sentada en el suelo, dibujando trazos abstractos en un bloc de notas. Ella era el ancla silente, observando cómo sus amigas intentaban reanimar a la Reina del Cacao.

Mirabella dice con acento ferrarés, "No la ahoguen en vino. Solo necesita un empujón. Un poco de caos controlado. ¿Recuerdas cómo te gustaba el desorden antes de que tu ex ragazzo te convenciera de ser 'calma', Vitto?"

Vittoria, vestida con un LBD de seda negra que resaltaba la tensa línea de sus hombros, se permitió una risa hueca. Estaba exhausta de ser la estratega, la hija leal, la ejecutiva.

Vittoria dice con acento turinés, "Marcco tenía razón. Yo uso el caos para evadirme. Y Mirabella, la introspección ha terminado. Necesito evasión, no más introspección. Necesito algo estúpido y ruidoso."

Serena, aprovechando la debilidad momentánea, se colocó frente a ella, las manos en las caderas, su expresión una mezcla de súplica y ultimátum.

Serena dice con acento turinés, "¡Perfecto! ¡Porque tengo la solución ideal! Es el cumpleaños de mi prima, Francesca. La fiesta es en su casa de las afueras. Música, demasiado alcohol, y una multitud de desconocidos que no saben que eres la Marttini en guerra. Es el lugar perfecto para un borrado mental de 12 horas."

Giuli asintió con entusiasmo, chocando su copa con la de Allegra.

Giuli dice con acento turinés, "¡Serena tiene razón! Es el momento de volver a ser la chica de diecisiete años que brilla en la Toscana. Sin preocupaciones, sin responsabilidades y sin el peso del apellido. ¡Solo Vittoria y el baile!"

Allegra le entregó a Vittoria una copa de vino tinto, ya casi llena.

Allegra dice con acento turinés, "¡A bailar y a reír, Vitto! ¡Salgamos de esta jaula de oro y volvamos a ser felices!"

Vittoria miró el reflejo de la mujer que le devolvía la mirada: el maquillaje era impecable, el vestido elegante, pero los ojos seguían brillando con una pena reciente. Sin embargo, sintió un pinchazo de la antigua Vittoria, la que se lanzaba a los problemas con la misma despreocupación con que se lanzaba a una cama ajena.

Vittoria tomó un trago largo del vino, sintiendo el calor recorrer su garganta, quemando el frío de la losa de mármol. El sabor amargo era un bienvenido contraste con la dulzura artificial de la vida corporativa.

Vittoria dice con acento turinés, "Bien. Que así sea. Necesito dejar de pensar en abogados, en fianzas y en traidores. ¡Vamos a esa fiesta!

Serena y Giuli estallaron en gritos de alegría. La operación había sido un éxito. Serena le dio los últimos toques a su cabello y Giuli le pasó un pequeño bolso de mano.

Serena dice con acento turinés, "¡Esa es mi chica! ¡Ahora, vamos! ¡Francesca nos espera! ¡Y ya verás que hay una gran diferencia entre ser la Marttini en guerra y ser la Marttini que sabe bailar en la pista!"

Mientras salían de la suite, Mirabella se quedó un momento, sonriendo para sí misma. La Reina del cacao había aceptado su naturaleza. El fuego había vuelto.
Indira
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Re: El ajedrez de cacao y Seda

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Luces Fuera de la Jaula.

Punto de vista: Vittoria y sus amigas.

La noche de Turín respiraba húmeda y fría cuando las cinco salieron de la Villa Marttini. El contraste entre el interior silencioso de la mansión y el exterior vibrante de la ciudad golpeó a Vittoria como una descarga eléctrica. Durante días, la villa había sido un mausoleo de mármol y culpa; ahora, el aire olía a gasolina, perfume y lluvia reciente sobre el asfalto.
El convoy esperaba frente a la entrada principal.
El coche de Vittoria —un sedán negro elegante pero discreto— permanecía encendido, expulsando pequeñas nubes de vapor por el escape. Detrás, otro vehículo oscuro con cristales polarizados alojaba a los hombres de seguridad asignados por Bianca. La escolta no era negociable. No después de los Rinaldi. No después de Rodrico.
Serena observó el segundo vehículo y soltó una risa corta mientras se acomodaba el abrigo.
Serena dice con acento turinés, "Es oficialmente la primera vez que voy a una fiesta universitaria con guardaespaldas detrás."
Allegra levantó la copa de plástico que aún llevaba en la mano.
Allegra dice con acento turinés, "Eso solo hace que parezcamos más interesantes."
Giuli miró el convoy con una mezcla de fascinación y resignación.
Giuli dice con acento turinés, "Mi madre me mataría si supiera que estoy entrando a una fiesta protegida como si fuera la hija de un ministro."
Mirabella cerró la puerta de la villa detrás de ellas y guardó las manos en los bolsillos de su abrigo mostaza.
Mirabella dice con acento ferrarés, "No exageren. Son solo hombres armados siguiendo a una heredera mafiosa emocionalmente inestable. Cosas normales de Turín."
Eso arrancó la primera carcajada real de Vittoria en días.
La risa le salió áspera al principio, oxidada por el llanto y el estrés, pero después simplemente fluyó. Se llevó una mano al pecho mientras negaba con la cabeza.
Vittoria dice con acento turinés, "Gracias por recordarme que mi vida no es normal ni por cinco minutos."
Allegra abrió la puerta del copiloto inmediatamente.
Allegra dice con acento turinés, "No conduzcas triste. Las chicas tristes conducen demasiado rápido."
Vittoria alzó una ceja.
Vittoria dice con acento turinés, "Yo siempre conduzco rápido."
Serena señaló el asiento trasero.
Serena dice con acento turinés, "Precisamente por eso hoy no decides nada. Yo adelante. Las deprimidas atrás con supervisión."
Giuli soltó una risa mientras empujaba suavemente a Vittoria hacia los asientos traseros.
Giuli dice con acento turinés, "Anda, CEO. Hoy eres solo una chica rica con problemas afectivos."
El interior del coche olía a cuero oscuro, perfume dulce y el vino que Allegra había llevado consigo dentro de un termo metálico sospechoso. La calefacción estaba encendida y empañaba ligeramente los bordes de las ventanas.
Vittoria terminó sentándose entre Mirabella y Giuli. Serena tomó el volante sin pedir permiso y Allegra se acomodó delante, controlando la música desde el teléfono conectado al sistema del auto.
Apenas arrancaron, comenzó a sonar un viejo tema pop italiano de principios de los dos mil. Algo pegajoso, vergonzosamente adolescente y perfecto para destruir cualquier intento de solemnidad.
Allegra empezó a cantar inmediatamente.
Allegra canta con acento turinés, desafinada:
"Tu sei... la mia ossessione—"
Giuli le lanzó una servilleta arrugada.
Giuli dice con acento turinés, "¡Dios mío, cállate! Pareces una tía borracha en karaoke."
Serena se rio mientras tomaba la autopista que salía hacia las afueras.
Serena dice con acento turinés, "No critiques hasta que tú cantes ABBA otra vez."
Las luces de Turín comenzaron a quedarse atrás poco a poco. Los edificios industriales fueron sustituidos por zonas residenciales más abiertas y después por caminos rodeados de árboles.
El coche de escolta mantenía una distancia prudente detrás de ellas.
Vittoria observó las luces reflejarse en el cristal mientras Giuli le acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja.
Giuli dice con acento turinés, más suave, "¿Cómo estás de verdad?"
La pregunta le pinchó el pecho.
Vittoria apoyó la cabeza contra el asiento.
Vittoria dice con acento turinés, "No lo sé."
Hubo un pequeño silencio.
Ni siquiera Allegra bromeó esta vez.
Vittoria tragó saliva antes de continuar.
Vittoria dice con acento turinés, "Es raro. Pensé que después de terminar con él me sentiría más fuerte. Más... funcional." Soltó una risa amarga. "Pero la suite está vacía todo el tiempo. Hasta cuando hay gente."
Mirabella observaba el paisaje oscuro fuera de la ventana.
Mirabella dice con acento ferrarés, "Porque Marcco era tu rutina emocional. Y las rutinas pesan más cuando desaparecen."
Serena disminuyó ligeramente la velocidad al tomar una curva.
Serena dice con acento turinés, "Pero también estabas agotándote, Vitto. Todas lo vimos."
Allegra giró medio cuerpo desde el asiento delantero.
Allegra dice con acento turinés, "Además, si un hombre me rechaza durante semanas, yo también lo mando al infierno."
Giuli negó inmediatamente.
Giuli dice con acento turinés, "No ayudes."
Allegra levantó las manos.
Allegra dice con acento turinés, "¿Qué? Solo digo que ella también tiene orgullo."
Vittoria sonrió apenas.
El coche avanzó entre caminos más oscuros, rodeados por villas privadas escondidas entre árboles y muros altos. El cielo estaba completamente negro ahora, sin rastros del gris industrial de la ciudad.
La música cambió a algo más suave, indie italiano, casi melancólico.
Mirabella miró de reojo a Vittoria.
Mirabella dice con acento ferrarés, "¿Lo extrañas o extrañas cómo te hacía sentir?"
La pregunta fue directa. Brutalmente directa.
Vittoria tardó unos segundos en responder.
Vittoria dice con acento turinés, "Ambas."
Bajó la mirada hacia sus manos.
Vittoria dice con acento turinés, "Extraño cómo me abrazaba cuando todo estaba mal. Extraño cómo me miraba como si yo no fuera una amenaza para nadie." Respiró hondo. "Pero también extraño sentirme... limpia cerca de él."
El silencio dentro del auto se volvió más pesado.
Serena aferró el volante un poco más fuerte.
Giuli se mordió el labio.
Mirabella fue la única que no apartó la mirada.
Mirabella dice con acento ferrarés, "Y ahora vuelves a sentirte peligrosa."
Vittoria asintió lentamente.
El ruido de los neumáticos sobre el asfalto mojado llenó el espacio durante unos segundos.
Después Allegra, incapaz de soportar demasiada tristeza seguida, volvió a subir el volumen de la música.
Allegra dice con acento turinés, "Vale, basta de terapia emocional o voy a lanzarme del coche."
Eso provocó algunas risas otra vez.
Serena señaló hacia adelante.
Serena dice con acento turinés, "Ya casi llegamos."
A lo lejos comenzaron a aparecer luces cálidas entre los árboles.
La villa de Francesca emergía en medio de la oscuridad como una pequeña isla dorada: música amortiguada, coches estacionados a ambos lados del camino privado, humo de cigarrillos flotando en el aire frío y grupos de jóvenes reunidos cerca de la entrada.
No era una fiesta glamorosa de alta sociedad.
Era peor.
Era una fiesta real de chicos ricos del norte italiano: demasiado alcohol, música demasiado fuerte, gente intentando parecer adulta mientras aún actuaban como adolescentes.
Y justamente por eso, Vittoria sintió algo parecido al alivio.
No había fiscales aquí.
Ni fábricas.
Ni cadáveres.
Solo ruido.
Serena sonrió mientras apagaba el intermitente.
Serena dice con acento turinés, "Bienvenidas al desastre, chicas."
Detrás de ellas, el coche de seguridad redujo velocidad también.
Vittoria observó la villa iluminada y, por primera vez en semanas, sintió algo distinto al dolor. Adrenalina.

Ruido, alcohol y luces cálidas.

Apenas cruzaron la entrada de la villa, el sonido las envolvió por completo.
La música golpeaba desde el interior con bajos profundos que hacían vibrar ligeramente el suelo de piedra bajo los tacones de Vittoria. El aire estaba cargado de demasiadas cosas mezcladas: perfume caro, humo dulce de vapeadores, alcohol derramado, pizza recién horneada y el olor húmedo de los abrigos mojados por el frío exterior.
La villa de Francesca era enorme, moderna, claramente perteneciente a una familia con demasiado dinero y poca supervisión parental. Techos altos, cristales enormes, muebles minimalistas y una iluminación tenue azulada que hacía que todo pareciera una fotografía nocturna.
Había jóvenes por todas partes.
Algunos bailaban en el salón principal. Otros estaban sentados en las escaleras con vasos rojos en las manos. Varias parejas se besaban sin demasiada discreción cerca de la cocina abierta. Un grupo jugaba cartas en el comedor mientras gritaban apuestas absurdas.
El volumen de la música obligaba a acercarse mucho para hablar.
Francesca apareció casi inmediatamente entre la multitud.
Era alta, rubia, con delineado oscuro y un vestido plateado demasiado elegante para una fiesta improvisada. En cuanto vio a Serena abrió los brazos.
Francesca dice con acento turinés, "¡Finalmente! Pensé que ibas a dejarme morir sola con estos idiotas."
Serena se lanzó a abrazarla.
Serena dice con acento turinés, "Tu drama siempre es exagerado."
Francesca se apartó apenas y sus ojos se movieron inmediatamente hacia Vittoria.
La reconoció al instante.
Todo el mundo en ciertos círculos de Turín reconocía a una Marttini aunque fingieran que no.
Pero para alivio de Vittoria, Francesca no hizo comentarios incómodos sobre la fábrica, los Rinaldi o los escándalos recientes.
Solo sonrió.
Francesca dice con acento turinés, "Vittoria Marttini en mi casa. Ahora sí esta fiesta tiene presupuesto."
Eso arrancó risas alrededor.
Vittoria alzó una ceja con una pequeña sonrisa cansada.
Vittoria dice con acento turinés, "Prometo no demandarte si alguieN me tira una copa."
Francesca soltó una carcajada y le tomó la mano.
Francesca dice con acento turinés, "Perfecto. Entonces ven. Hay alcohol, música y estudiantes de arquitectura intentando parecer interesantes."
Allegra levantó una mano inmediatamente.
Allegra dice con acento turinés, "¿Hay también chicos guapos emocionalmente irresponsables?"
Francesca señaló el salón.
Francesca dice con acento turinés, "Toda la casa está llena."
Eso bastó para que Allegra desapareciera prácticamente de inmediato entre la multitud.
Giuli negó con la cabeza mientras se quitaba el abrigo.
Giuli dice con acento turinés, "Un día va a terminar casándose accidentalmente en Las Vegas."
Mirabella ya observaba las paredes llenas de cuadros modernos y esculturas minimalistas.
Mirabella dice con acento ferrarés, "La decoración parece hecha por alguien que descubrió Pinterest y heredó una fortuna."
Serena agarró dos vasos de una bandeja que pasaba cerca.
Serena dice con acento turinés, "Y aun así me encanta."
Le entregó uno a Vittoria.
El líquido ámbar olía fuerte. Whisky barato mezclado con cola.
Vittoria dio un pequeño trago.
El alcohol le quemó la garganta agradablemente.
Por primera vez en semanas no sentía el silencio de la villa Marttini aplastándole el pecho.
Aquí había demasiado ruido para pensar.
Demasiada gente.
Demasiadas luces.
Y lentamente, empezó a relajarse.
Una hora después, la fiesta ya había crecido.
La música cambió varias veces entre techno suave, pop italiano y canciones estadounidenses que todos coreaban aunque nadie supiera bien el inglés.
Vittoria estaba sentada sobre el borde ancho de una ventana abierta junto a Giuli y Serena. El aire frío entraba desde el jardín, enfriándole la piel caliente por el alcohol y el ambiente cargado del interior.
Un chico de cabello rizado y camisa negra se acercó con una cerveza en la mano.
Andrea.
Serena lo reconoció primero.
Serena dice con acento turinés, "¡Andrea! Pensé que estabas en Milán."
Andrea se inclinó para saludarla con un beso en la mejilla.
Andrea dice con acento turinés, "Suspendieron clases otra vez. Protestas."
Después miró a Vittoria con una mezcla de reconocimiento y cautela.
Andrea dice con acento turinés, "Tú eres Vittoria, ¿no? Diseño de modas."
Ella asintió.
Vittoria dice con acento turinés, "Y tú eres el chico que Serena describe como 'demasiado consciente políticamente para una fiesta'."
Andrea soltó una risa sorprendido.
Andrea dice con acento turinés, "Vale, eso dolió un poco."
Serena se encogió de hombros.
Serena dice con acento turinés, "No dije que fuera mentira."
Andrea terminó quedándose con ellas.
La conversación derivó rápido hacia universidad, profesores insoportables y la reciente crisis financiera que había golpeado varias empresas del norte.
Nadie mencionó directamente a los Marttini.
Pero Vittoria notaba las miradas ocasionales.
La curiosidad.
La prudencia.
La reputación de su apellido entrando a las habitaciones antes que ella.
Y aun así... nadie la trataba como heredera esa noche.
Solo como una chica más en una fiesta.
Eso era nuevo.
Eso era peligrosamente agradable.
Más tarde, en la cocina, Vittoria ayudaba a Francesca a abrir otra botella de vino mientras varias personas fumaban cerca de la isla central.
El mármol estaba pegajoso por bebidas derramadas.
Olía a cítricos, alcohol y humo dulce.
Un chico alto apoyado cerca del fregadero la observaba desde hacía rato.
Tenía el cabello oscuro, mandíbula marcada y una camisa blanca abierta en el cuello. Claramente atractivo. Claramente consciente de ello.
Finalmente se acercó.
Tommaso dice con acento turinés, "No pareces disfrutar mucho las fiestas."
Vittoria levantó la vista hacia él mientras giraba el sacacorchos.
Vittoria dice con acento turinés, "Depende de la fiesta."
Tommaso sonrió apenas.
Tommaso dice con acento turinés, "¿Y esta?"
Ella pensó unos segundos.
La música vibrando desde el salón.
Las risas.
Las discusiones absurdas.
El calor.
El alcohol.
La sensación extraña de volver a tener diecisiete años por unas horas.
Vittoria dice con acento turinés, "Todavía no lo decido."
Tommaso soltó una pequeña risa.
Había interés en sus ojos. Claro. Visible.
Y Vittoria lo notó inmediatamente.
La vieja Vittoria habría jugado con eso sin pensarlo.
Habría disfrutado la tensión.
La validación.
El caos.
Pero ahora solo sentía el estrés de su vida.
Tommaso tomó dos vasos de plástico.
Tommaso dice con acento turinés, "Pues deberías bailar antes de decidir."
Le ofreció uno.
Ella lo aceptó por educación.
Y, sorprendentemente, sonrió.
Una sonrisa real esta vez.
No manipuladora.
Solo ligera.
Vittoria dice con acento turinés, "Quizá."
En el salón principal, Allegra ya estaba bailando encima de una pequeña plataforma improvisada junto a otros estudiantes mientras Giuli grababa videos entre carcajadas.
Serena apareció agarrando a Vittoria de la muñeca.
Serena dice con acento turinés, "¡Ven aquí ahora mismo! Llevas una hora actuando como adulta funcional y eso es ilegal esta noche."
Vittoria intentó resistirse.
Terminó riéndose.
Y acabó arrastrada al centro del salón.
Las luces cálidas y azules giraban lentamente sobre los cuerpos.
La música electrónica vibraba dentro del pecho.
Había sudor, risas, vasos chocando, alguien cantando terriblemente cerca del DJ improvisado.
Y Vittoria... simplemente se soltó.
No como la chica rota de Madrid.
No como la heredera fría de la fábrica.
Solo como ella.
Bailó con Serena y Giuli entre empujones y carcajadas.
Mirabella incluso terminó sonriendo mientras observaba desde el sofá con una copa en la mano.
El vestido negro de Vittoria se movía con libertad alrededor de sus piernas mientras levantaba el cabello del cuello por el calor.
Varias personas la miraban.
No solo por ser hermosa.
Había algo más.
Presencia.
Seguridad.
La clase de energía peligrosa que atraía incluso cuando intentaba pasar desapercibida.
Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Vittoria no estaba intentando evadir su realidad.
Ni destruirse.
Solo quería sentir el ruido.
Y durante unos minutos exactos, mientras la música llenaba la villa y sus amigas gritaban desafinadas alrededor de ella, lo consiguió.

El peso de dejarse llevar.

La música había bajado un poco de intensidad.
Seguía siendo fuerte, claro, pero ya no era el caos del inicio de la fiesta. Ahora la gente estaba más repartida por la villa. Algunos bailaban todavía en el salón principal, otros hablaban en grupos pequeños cerca de las ventanas abiertas o en la terraza que daba al jardín.
El aire estaba cargado de perfume, alcohol, humo dulce y comida caliente que seguía saliendo desde la cocina.
Vittoria estaba apoyada contra una pared cerca del arco que conectaba el salón con el comedor. Tenía un vaso de gin tonic en la mano y las mejillas ligeramente cálidas por el alcohol y el ambiente.
Veía a Serena bailar ridículamente con un chico alto que intentaba seguirle el ritmo mientras Giuli los grababa muerta de risa.
Allegra discutía algo sobre música con dos chicos sentados en el suelo.
Mirabella estaba sentada sobre el respaldo de un sofá observando a todo el mundo como si estuviera estudiándolos.
—Creo que tu amiga del sofá me intimida.
Vittoria giró la cabeza.
Tommaso había vuelto.
Llevaba dos vasos nuevos en la mano y una sonrisa tranquila. Se acercó despacio, sin invadirle espacio.
Tommaso dice con acento turinés, "El primero ya estaba demasiado aguado."
Ella tomó el vaso que le ofrecía.
Vittoria dice con acento turinés, "Gracias."
Sus dedos se rozaron apenas.
Tommaso miró hacia Mirabella.
Tommaso dice con acento turinés, "Habla poco pero siento que sabe demasiadas cosas."
Vittoria soltó una risa pequeña.
Vittoria dice con acento turinés, "Bella siempre parece estar pintando gente en su cabeza."
Tommaso asintió como si eso tuviera sentido.
Y extrañamente lo tenía.
Se quedaron uno al lado del otro mirando el movimiento de la fiesta. Cerca de ellos pasó un grupo riéndose demasiado fuerte mientras alguien tropezaba con una alfombra y otro chico lo sujetaba antes de caer.
La música cambió a algo más lento, más bailable.
Tommaso miró a Vittoria de reojo.
Tommaso dice con acento turinés, "Ahora sí pareces relajada."
Ella bebió un poco antes de responder.
Vittoria dice con acento turinés, "Un poco."
Tommaso dice con acento turinés, "Hace rato estabas como... tensa."
Ella lo miró divertida.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Me estabas observando tanto?"
Tommaso sonrió sin molestarse en negarlo.
Tommaso dice con acento turinés, "Sí."
La sinceridad le hizo gracia.
No parecía estar intentando impresionarla. Solo decía las cosas como le salían.
Tommaso apoyó el hombro contra la pared cerca de ella.
Tommaso dice con acento turinés, "Pensé que ibas a ser imposible de tratar."
Vittoria levantó una ceja.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Y ahora?"
Tommaso la recorrió con la mirada apenas un segundo. No de manera desagradable. Solo clara.
Tommaso dice con acento turinés, "Ahora creo que eres peligrosa, pero simpática."
Ella soltó una carcajada breve.
Real.
Vittoria dice con acento turinés, "Eso suena peor."
Tommaso se encogió de hombros.
Tommaso dice con acento turinés, "Depende para quién."
Hubo unos segundos cómodos entre ellos.
Desde el jardín llegaba el aire frío mezclado con el olor húmedo de la noche. Vittoria apoyó la cabeza un instante contra la pared.
El alcohol le había soltado los músculos.
Y la atención de Tommaso... también.
No porque necesitara validación.
No porque quisiera autodestruirse.
Solo porque se sentía bien que alguien la mirara así.
Sin miedo.
Sin expectativas enormes.
Sin tratarla como un problema que resolver.
Tommaso volvió a hablar más bajo esta vez.
Tommaso dice con acento turinés, "¿Tienes novio?"
La pregunta fue directa, pero tranquila.
Vittoria bajó la vista al vaso.
Marcco apareció inmediatamente en su cabeza.
Su sonrisa cansada.
La distancia.
Las conversaciones tensas.
Las semanas sin tocarse.
El amor seguía ahí.
Pero dolía.
Vittoria giró lentamente el vaso entre sus dedos.
Vittoria dice con acento turinés, "Es complicado."
Tommaso asintió despacio.
No insistió.
Eso le gustó todavía más.
Tommaso dice con acento turinés, "Vale."
Ella levantó la vista hacia él.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Eso es todo? ¿No vas a hacer preguntas incómodas?"
Tommaso sonrió un poco.
Tommaso dice con acento turinés, "Si quisieras contármelo, ya lo habrías hecho."
Otra vez eso.
Esa calma.
Esa forma tan sencilla de hablarle.
Vittoria lo observó unos segundos.
El ruido de la fiesta seguía alrededor de ellos, pero por momentos parecía lejano.
Tommaso dio un pequeño paso más cerca.
No demasiado.
Solo lo suficiente para que ella pudiera notar el olor limpio de su colonia y el calor de su cuerpo entre toda la gente moviéndose alrededor.
Tommaso dice con acento turinés, "Igual voy a decirte algo."
Ella sostuvo su mirada.
Tommaso dice con acento turinés, "Me gustas."
Directo.
Sin juegos raros.
Sin dramatismo.
Vittoria sintió un calor suave subirle por el pecho.
Y, para su sorpresa, no sintió culpa inmediata.
Solo nervios.
Como una chica normal de diecisiete años en una fiesta.
Vittoria dice con acento turinés, "No me conoces."
Tommaso sonrió apenas.
Tommaso dice con acento turinés, "Lo suficiente para querer seguir hablándote."
Ella bajó la mirada un segundo intentando esconder la sonrisa que le salió sola.
Tommaso la observó hacerlo.
Tommaso dice con acento turinés, "Ahí está. Esa sonrisa la escondes mucho."
Vittoria lo miró divertida.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Siempre coqueteas así?"
Tommaso negó con una pequeña risa.
Tommaso dice con acento turinés, "No. Normalmente me sale peor."
Ella volvió a reír.
Y esta vez él también se relajó más al verla hacerlo.
Desde el salón, Serena gritó el nombre de Vittoria junto con un exagerado:
—¡VITOOO, TE ESTÁS DEMORANDO MUCHO CON EL CHICO GUAPO!
Vittoria cerró los ojos un segundo avergonzada mientras Tommaso soltaba una risa genuina.
Vittoria dice con acento turinés, "Voy a matar a mis amigas."
Tommaso dice con acento turinés, "Yo les agradezco."
Ella negó con la cabeza riéndose.
Y por primera vez en semanas, sintió algo ligero dentro del pecho.
No amor.
No obsesión.
No necesidad desesperada.
Solo el alivio simple de volver a sentirse viva entre otras personas.
La música seguía sonando desde el salón principal, pero Vittoria y Tommaso se habían quedado en ese punto intermedio entre la cocina y el comedor, donde el ruido llegaba más bajo y se podía hablar sin gritar demasiado.
Vittoria sostenía el vaso con ambas manos, no porque tuviera frío, sino porque necesitaba hacer algo con los dedos. Tommaso estaba frente a ella, apoyado de lado contra la pared, con una postura relajada. No parecía tener prisa. Tampoco intentaba tocarla cada dos segundos, y eso le resultaba extrañamente cómodo.
Tommaso dice con acento turinés, "Tus amigas acaban de señalarme otra vez."
Vittoria giró la cabeza hacia el salón.
Serena, Giuli y Allegra estaban claramente fingiendo que no miraban. Mirabella ni siquiera disimulaba. Estaba sentada en el sofá con una copa en la mano, observándolos con una sonrisa pequeña.
Vittoria dice con acento turinés, "Son muy discretas. Casi profesionales."
Tommaso sonríe.
Tommaso dice con acento turinés, "La de pelo corto me da miedo."
Vittoria dice con acento turinés, "Giuli parece dulce, pero sí. Puede destruirte con una frase."
Tommaso mira hacia Giuli y levanta apenas el vaso en señal de saludo. Giuli le responde con dos dedos y una sonrisa exagerada.
Tommaso dice con acento turinés, "Creo que estoy siendo evaluado."
Vittoria se ríe, bajando la mirada al vaso.
Vittoria dice con acento turinés, "Definitivamente."
Tommaso vuelve a mirarla.
Tommaso dice con acento turinés, "¿Y voy bien?"
La pregunta era juguetona, pero tenía una intención clara. Vittoria lo notó. También notó que no se sentía presionada.
Lo miró unos segundos. Él tenía una sonrisa tranquila, ojos atentos, camisa algo arrugada por la fiesta y el cabello ligeramente despeinado. Era guapo, sí, pero no de esa forma arrogante que solía cansarla rápido. Había algo más reservado en él. No parecía necesitar llenar cada silencio.
Vittoria dice con acento turinés, "No lo sé. Todavía estoy decidiendo."
Tommaso dice con acento turinés, "Eso suena mejor que un no."
Vittoria dice con acento turinés, "No te emociones."
Tommaso se ríe bajo.
Tommaso dice con acento turinés, "Demasiado tarde."
Ella se muerde apenas el interior de la mejilla para no sonreír demasiado. El gesto le sale natural, sin cálculo. Esa era la parte que más la sorprendía: no estaba construyendo una escena, no estaba midiendo cómo manipular la atención de él. Solo estaba hablando.
Del salón llega la voz de Serena, más fuerte que la música.
Serena dice con acento turinés, "¡Vitto! Ven un segundo."
Vittoria suspira.
Vittoria dice con acento turinés, "Ya empezó."
Tommaso dice con acento turinés, "Puedo fingir que no escuché."
Vittoria dice con acento turinés, "No serviría de nada. Si no voy, vienen las cuatro."
Tommaso levanta las manos en gesto de rendición.
Tommaso dice con acento turinés, "Entonces ve. Yo estaré aquí intentando sobrevivir al juicio social."
Vittoria sonríe y camina hacia sus amigas. Al llegar al grupo, Serena la toma de la muñeca y la acerca al sofá, donde Giuli, Allegra y Mirabella están reunidas con expresiones demasiado interesadas.
Serena dice con acento turinés, "Está guapísimo."
Vittoria dice con acento turinés, "Serena."
Giuli dice con acento turinés, "No, tiene razón. Y además no parece idiota, que ya es muchísimo en esta fiesta."
Allegra se inclina hacia Vittoria con una copa en la mano.
Allegra dice con acento turinés, "Te está mirando como si fueras el único tema interesante de la noche. Y tú estás sonriendo. Hace días no sonríes así."
Vittoria cruza los brazos, intentando parecer molesta.
Vittoria dice con acento turinés, "Solo estamos hablando."
Mirabella dice con acento ferrarés, "Sí. Y tú no estás actuando. Eso es lo raro."
Vittoria mira a Mirabella.
Mirabella sostiene su mirada sin burlarse. Su tono es más suave que el de las otras.
Mirabella dice con acento ferrarés, "No tienes que acostarte con nadie para demostrar nada. Tampoco tienes que encerrarte por Marcco. Puedes hablar con un chico guapo y pasarla bien. No todo tiene que ser un juramento o una tragedia."
Serena asiente enseguida.
Serena dice con acento turinés, "Exacto. Déjate fluir, Vitto. Sin compromiso. Si quieres bailar con él, baila. Si quieres hablar toda la noche, habla. Si quieres irte en diez minutos, te vas. Nadie está firmando nada."
Giuli dice con acento turinés, "Y si resulta ser raro, lo espantamos. Somos varias."
Allegra levanta su copa.
Allegra dice con acento turinés, "Yo puedo fingir un desmayo. Siempre funciona."
Vittoria se ríe, esta vez sin poder evitarlo.
Vittoria dice con acento turinés, "Están completamente locas."
Serena le acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja.
Serena dice con acento turinés, "Sí, pero también tenemos razón. Te mereces una noche sin sentir culpa por respirar."
La frase le toca algo. Vittoria baja la mirada un momento. El recuerdo de Marcco aparece, pero no la destruye como antes. Duele. Sigue doliendo. Pero no la paraliza.
Mirabella le da un pequeño empujón en el hombro.
Mirabella dice con acento ferrarés, "Ve. Y por favor no le hables de fábricas, fiscales ni desapariciones. Pregúntale algo normal. Como qué estudia, qué música escucha o si sabe preparar pasta sin quemar la cocina."
Allegra dice con acento turinés, "Eso último es importante."
Vittoria niega con la cabeza, divertida.
Vittoria dice con acento turinés, "Bien. Voy. Pero si vuelven a gritar mi nombre desde el salón, las desconozco."
Giuli dice con acento turinés, "No prometo nada."
Vittoria vuelve hacia Tommaso, que sigue en el mismo sitio. Él la ve regresar y se incorpora un poco, atento.
Tommaso dice con acento turinés, "¿Sobreviví?"
Vittoria se coloca frente a él.
Vittoria dice con acento turinés, "Por ahora."
Tommaso mira hacia el sofá de las chicas.
Tommaso dice con acento turinés, "Eso no suena muy tranquilizador."
Vittoria toma un sorbo de su vaso.
Vittoria dice con acento turinés, "Deberías sentirte halagado. Normalmente no aprueban a nadie."
Tommaso arquea una ceja.
Tommaso dice con acento turinés, "¿Y me aprobaron?"
Vittoria se queda pensándolo con una expresión seria fingida.
Vittoria dice con acento turinés, "Digamos que sigues en revisión."
Tommaso se ríe, mirando al suelo un segundo antes de volver a ella.
Tommaso dice con acento turinés, "Me parece justo. ¿Puedo hacer algo para mejorar mi evaluación?"
Vittoria dice con acento turinés, "Podrías empezar diciéndome qué estudias. O a qué te dedicas cuando no apareces misteriosamente en cocinas con gin tonic."
Tommaso sonríe.
Tommaso dice con acento turinés, "Arquitectura. Tercer año. Aunque últimamente siento que paso más tiempo peleando con maquetas que estudiando edificios."
Vittoria dice con acento turinés, "Eso explica la camisa arrugada."
Él mira su camisa y se ríe.
Tommaso dice con acento turinés, "Esto es culpa de una maqueta de cartón pluma y de no tener tiempo para volver a casa antes de venir."
Vittoria dice con acento turinés, "Entonces viniste así improvisado."
Tommaso dice con acento turinés, "Sí. No esperaba conocer a nadie interesante."
Vittoria lo mira con una sonrisa pequeña.
Vittoria dice con acento turinés, "Eso casi sonó bien."
Tommaso dice con acento turinés, "Era la intención."
Ella se acomoda contra la pared, más tranquila. Tommaso mantiene una distancia respetuosa, pero su atención está completamente puesta en ella.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Y te gusta? Arquitectura."
Tommaso mueve la cabeza de lado a lado.
Tommaso dice con acento turinés, "A veces. Me gusta pensar espacios. Me gusta imaginar cómo se siente una persona al entrar en un lugar. Pero odio cuando todo se vuelve números, permisos, renders para impresionar profesores que no duermen desde 1998."
Vittoria se ríe.
Vittoria dice con acento turinés, "Te entiendo más de lo que crees."
Tommaso dice con acento turinés, "¿Diseño de modas, verdad?"
Vittoria asiente.
Vittoria dice con acento turinés, "Sí. Me gusta construir ropa como si fuera un espacio para el cuerpo. Que no solo se vea bien, que se sienta bien."
Tommaso la escucha con interés real.
Tommaso dice con acento turinés, "Eso me gusta. Nunca lo había pensado así."
Vittoria se sorprende de estar explicándolo con calma. En otra vida, habría usado la conversación para seducir rápido. Ahora le agrada hablar de algo que ama sin convertirlo en una máscara.
Tommaso dice con acento turinés, "Tienes cara de que sabes exactamente lo que quieres hacer."
Ella suelta una risa suave.
Vittoria dice con acento turinés, "No siempre. Pero intento parecerlo."
Tommaso dice con acento turinés, "Te sale bastante bien."
Vittoria lo mira.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Eso fue un cumplido?"
Tommaso dice con acento turinés, "Sí. Uno discreto."
Vittoria dice con acento turinés, "Puedes hacerlo mejor."
Tommaso se queda mirándola unos segundos. Su sonrisa cambia apenas. Más segura, más coqueta.
Tommaso dice con acento turinés, "Está bien. Me gusta cómo miras a la gente cuando decides si vale la pena hablar con ellos. Y me gusta que cuando sonríes parece que te sorprende hacerlo."
Vittoria no esperaba eso.
Se queda quieta un instante, con el vaso a medio camino de sus labios.
Luego baja la mirada y sonríe, más suave.
Vittoria dice con acento turinés, "Eso fue mejor."
Tommaso dice con acento turinés, "Estoy aprendiendo rápido."
La música vuelve a cambiar, ahora con un ritmo más marcado. Varias personas empiezan a moverse hacia el salón. Serena alza los brazos desde la pista improvisada.
Serena dice con acento turinés, "¡Vitto, baila!"
Tommaso deja su vaso sobre una mesa cercana y extiende una mano hacia ella.
Tommaso dice con acento turinés, "Entonces, ¿bailamos? Prometo no pisarte mucho."
Vittoria mira su mano. Luego lo mira a él.
Durante un segundo piensa en Marcco. En lo que él habría dicho. En su mirada seria, en su negativa, en la forma en que la había amado con límites que a ella le dolían demasiado.
El dolor sigue ahí, pero esa noche no quiere obedecerle.
Quiere moverse.
Quiere reírse.
Quiere sentir que no todo en su vida es consecuencia.
Así que deja el vaso en la mesa y toma la mano de Tommaso.
Vittoria dice con acento turinés, "Más te vale. Estos zapatos son caros."
Tommaso sonríe y la guía hacia el salón.
Sus amigas gritan como si acabara de ocurrir algo histórico.
Serena aplaude mientras baila.
Serena dice con acento turinés, "¡Eso, Vitto!"
Mirabella no grita. Solo sonríe desde el sofá, con una expresión tranquila.
En la pista, Tommaso no intenta acercarla demasiado al principio. Bailan con espacio, riéndose cuando él pierde el ritmo y ella lo corrige con un gesto de la mano.
Vittoria dice con acento turinés, "Arquitectura sí, baile no."
Tommaso dice con acento turinés, "Soy mejor en planos."
Vittoria dice con acento turinés, "Eso espero."
Él se ríe y esta vez se acerca un poco más. No la toma sin permiso; espera a que ella no se aparte. Vittoria no se aparta. Deja que su mano repose en la cintura de ella, ligera, sin apretar.
El contacto no la hace sentir atrapada.
Le gusta.
Y esa simpleza la calma.
Tommaso dice con acento turinés, cerca de su oído para que pueda escucharlo, "¿Está bien?"
Vittoria lo mira.
La pregunta le importa más de lo que esperaba.
Asiente.
Vittoria dice con acento turinés, "Sí. Está bien."
Entonces se permite bailar con él de verdad.
No como una fuga.
No como una recaída.
Como una elección pequeña y consciente dentro de una noche que, por primera vez en mucho tiempo, no le exige ser fuerte.

El juego que ella eligió.

La música cambió de golpe.
El tema anterior terminó con una bajada suave y, por un segundo, se escucharon solo risas, vasos chocando y alguien gritando desde la cocina que se había acabado el hielo. Luego empezó una canción más pegajosa, con un ritmo marcado y fácil de seguir. Varias personas reaccionaron al instante. Algunos volvieron al centro del salón, otros levantaron los brazos, y Serena gritó desde la pista como si hubieran puesto su canción favorita.
Serena dice con acento turinés, "¡No, esta no se baila sentada!"
Allegra dejó su vaso sobre una mesa auxiliar y tiró de Giuli hacia el centro.
Allegra dice con acento turinés, "Vamos, que esto cura traumas."
Giuli dice con acento turinés, "No sé si cura traumas, pero seguro empeora la dignidad."
Mirabella se quedó unos segundos observando a Vittoria y Tommaso desde el borde del sofá. No intervino. Solo sonrió un poco, como si entendiera que esa vez Vittoria no necesitaba que la frenaran.
En la pista improvisada, Tommaso intentaba seguir el ritmo sin demasiado éxito. No era torpe, pero tampoco parecía alguien acostumbrado a bailar con seguridad. Vittoria lo notó enseguida. Eso le dio gracia.
Vittoria dice con acento turinés, "No estás cómodo."
Tommaso dice con acento turinés, "Estoy cómodo. Solo que mi cuerpo no recibió el memo."
Vittoria se rió y negó con la cabeza.
Vittoria dice con acento turinés, "Eres arquitecto. Deberías entender estructuras."
Tommaso miró sus propios pies y luego volvió a ella.
Tommaso dice con acento turinés, "Las estructuras no se mueven así."
Vittoria dio un paso más cerca. La música le marcaba el ritmo en las piernas, en los hombros, en la respiración. Ya no se sentía rígida. Ya no sentía esa obligación constante de estar alerta.
Extendió una mano y tomó la de Tommaso.
Él la miró, sorprendido, pero no se apartó.
Vittoria dice con acento turinés, "Deja de pensar."
Tommaso dice con acento turinés, "No es tan fácil."
Vittoria le colocó la mano en su cintura, con un gesto tranquilo y seguro. No fue brusca. No fue provocación vacía. Fue una invitación clara.
Vittoria dice con acento turinés, "Entonces mírame."
Tommaso tragó saliva, pero sonrió.
Tommaso dice con acento turinés, "Eso tampoco ayuda a pensar menos."
Vittoria se acercó un poco más, lo justo para que él tuviera que concentrarse en ella y no en el suelo. Sus dedos rozaron el cuello de la camisa de él, acomodándolo con una lentitud deliberada. La tela estaba tibia por el calor de la fiesta y un poco arrugada.
Vittoria dice con acento turinés, "No vinimos a pensar."
Tommaso bajó la mirada a sus dedos, luego a sus ojos.
Tommaso dice con acento turinés, "Eso suena peligroso."
Vittoria sonrió, pero esta vez no escondió la intención.
Vittoria dice con acento turinés, "Solo si no sabes seguir instrucciones."
Tommaso soltó una risa baja. Había nervios en él, pero también ganas. Y eso le gustó a Vittoria. Le gustó que no intentara hacerse el experto, que no invadiera, que no tomara la iniciativa como si ella le debiera algo por haberle sonreído.
Él esperaba.
Ella decidía.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa diferencia le dio calma.
Vittoria comenzó a moverse con más seguridad. No de forma exagerada. No como espectáculo para toda la sala. Solo dejó que el cuerpo recordara cómo disfrutar una canción. La mano de Tommaso seguía en su cintura, ligera, cuidadosa. Ella apoyó una mano en su hombro y lo guio despacio, marcándole el ritmo con pequeños movimientos.
Tommaso dice con acento turinés, "Creo que me estás dando una clase."
Vittoria dice con acento turinés, "Y gratis."
Tommaso dice con acento turinés, "Entonces soy afortunado."
Vittoria lo miró de cerca.
Vittoria dice con acento turinés, "Todavía no."
Tommaso se quedó mirándola unos segundos, con una sonrisa que ya no era solo divertida. Había atracción. Clara. Pero seguía siendo contenida.
Tommaso dice con acento turinés, "¿Eres siempre así?"
Vittoria dice con acento turinés, "¿Así cómo?"
Tommaso dice con acento turinés, "Como si supieras perfectamente qué efecto causas."
La pregunta no la incomodó. Antes habría usado eso como arma. Como prueba de poder. Esa noche solo lo recibió como parte del juego.
Vittoria bajó la mirada un instante, sonriendo.
Vittoria dice con acento turinés, "No siempre. A veces finjo."
Tommaso dice con acento turinés, "Ahora no parece fingido."
Vittoria levantó los ojos hacia él.
Vittoria dice con acento turinés, "Porque no lo es."
La frase quedó entre los dos unos segundos. Alrededor, la fiesta seguía: Serena bailaba con Giuli, Allegra cantaba mal una parte de la canción, varias personas pasaban riendo detrás de ellos. Pero Tommaso y Vittoria se quedaron pendientes el uno del otro.
Tommaso bajó un poco la voz para que solo ella lo escuchara.
Tommaso dice con acento turinés, "Me gusta esta versión tuya."
Vittoria dice con acento turinés, "No conoces las otras."
Tommaso dice con acento turinés, "No dije que no quisiera conocerlas."
Vittoria respiró despacio. El comentario fue directo, pero no pesado. No tenía esa prisa vulgar de algunos chicos. Había curiosidad, deseo y cuidado.
Ella apoyó las dos manos en su pecho un segundo, sintiendo el calor de su cuerpo bajo la camisa. Tommaso no se movió. Solo la miró, atento a su reacción.
Vittoria dice con acento turinés, "Tienes buena paciencia."
Tommaso dice con acento turinés, "Contigo parece necesaria."
Vittoria soltó una carcajada breve.
Vittoria dice con acento turinés, "Eso fue inteligente."
Tommaso dice con acento turinés, "Estoy intentando no arruinarlo."
Vittoria dice con acento turinés, "Vas bien."
Desde un lado de la sala, Allegra apareció de pronto, bailando cerca de ellos con una sonrisa demasiado evidente.
Allegra dice con acento turinés, "¡No quiero interrumpir, pero esto se ve muy interesante!"
Vittoria cerró los ojos un segundo, intentando no reír.
Vittoria dice con acento turinés, "Allegra, por favor."
Allegra levantó ambas manos, retrocediendo mientras seguía moviéndose al ritmo.
Allegra dice con acento turinés, "Ya me voy. Solo vine a verificar que el arquitecto siga con vida."
Tommaso miró a Vittoria, divertido.
Tommaso dice con acento turinés, "¿Arquitecto?"
Vittoria dice con acento turinés, "Ya tienes nombre oficial."
Tommaso dice con acento turinés, "Podría ser peor."
Vittoria dice con acento turinés, "Dales tiempo."
Allegra se alejó riéndose y se unió de nuevo a Serena y Giuli, quienes fingieron mirar hacia otro lado de manera muy poco convincente.
Serena dice con acento turinés, desde lejos, "¡Sigue, Vitto! ¡No estamos mirando!"
Giuli dice con acento turinés, "Estamos mirando muchísimo."
Vittoria se rió con más ganas. Se tapó la cara un momento con una mano y luego volvió a mirar a Tommaso.
Vittoria dice con acento turinés, "Son insoportables."
Tommaso dice con acento turinés, "Son buenas amigas."
Ella asintió, más tranquila.
Vittoria dice con acento turinés, "Sí. Lo son."
La canción continuó. Vittoria volvió a acercarse un poco, esta vez por iniciativa propia. La mano de Tommaso seguía en su cintura, pero ella fue quien redujo la distancia. Fue ella quien decidió apoyar la frente un instante cerca de su mejilla, sin llegar a besarla. Fue ella quien dejó que su perfume quedara entre ambos.
Tommaso respiró hondo. No hizo ningún gesto brusco.
Tommaso dice con acento turinés, "Vittoria..."
Ella se apartó lo suficiente para mirarlo.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Qué?"
Tommaso dice con acento turinés, "Solo quería decir tu nombre."
La respuesta la tomó desprevenida.
No era una frase espectacular. No era una promesa. Pero tuvo algo simple que le gustó.
Vittoria sonrió despacio.
Vittoria dice con acento turinés, "Eso fue bastante cursi."
Tommaso dice con acento turinés, "Lo sé."
Vittoria dice con acento turinés, "Y aun así funcionó un poco."
Tommaso sonrió más.
Tommaso dice con acento turinés, "Entonces no fue tan malo."
Ella negó con la cabeza, divertida. La música seguía pegajosa, el calor de la sala le subía por la piel, el alcohol estaba presente sin nublarla del todo. Se sentía consciente. Presente. Capaz de decidir hasta dónde quería ir.
Y esa era la diferencia.
No estaba reaccionando al dolor de Marcco. No estaba buscando castigo. No estaba intentando probarle nada a nadie.
Le gustaba Tommaso.
Le gustaba cómo la miraba.
Le gustaba que preguntara con el cuerpo antes de tocar de más.
Le gustaba que no tuviera miedo de ella.
Vittoria tomó la mano que él tenía en su cintura y la sostuvo entre las suyas. Después se inclinó un poco hacia su oído para que pudiera escucharla mejor.
Vittoria dice con acento turinés, "No quiero complicaciones esta noche."
Tommaso giró apenas el rostro hacia ella.
Tommaso dice con acento turinés, "No te voy a dar complicaciones."
Vittoria dice con acento turinés, "Tampoco promesas."
Tommaso dice con acento turinés, "No las estoy pidiendo."
Ella se quedó mirándolo. Buscó presión, impaciencia, orgullo herido. No encontró nada de eso.
Tommaso dice con acento turinés, "Solo quiero seguir contigo un rato. Bailar, hablar, lo que quieras."
Vittoria bajó la mirada a sus labios un instante. Fue breve, pero él lo notó. No se acercó más. Esperó.
Ella sonrió, casi agradecida por eso.
Vittoria dice con acento turinés, "Eres más listo de lo que pareces."
Tommaso dice con acento turinés, "Eso espero. Parezco bastante perdido ahora mismo."
Vittoria dice con acento turinés, "Un poco."
Tommaso dice con acento turinés, "Pero estoy bien perdido."
Esa frase le sacó otra risa.
La canción terminó y comenzó otra, menos intensa, aunque igual bailable. Vittoria no se apartó de inmediato. Dejó que el cambio de ritmo bajara un poco la tensión. Tommaso tampoco la soltó, pero aflojó el contacto lo suficiente para que ella pudiera decidir.
Vittoria miró hacia sus amigas.
Serena levantó una ceja con una sonrisa enorme.
Giuli le hizo un gesto con el pulgar arriba.
Allegra le mandó un beso exagerado.
Mirabella, desde el sofá, solo asintió una vez.
No como permiso.
Como confianza.
Vittoria volvió a mirar a Tommaso.
Vittoria dice con acento turinés, "Vamos a tomar aire."
Tommaso dice con acento turinés, "¿Seguro?"
Vittoria dice con acento turinés, "Sí. Aire. No drama."
Tommaso sonríe y toma su vaso de una mesa cercana, luego le ofrece el brazo de manera exageradamente educada.
Tommaso dice con acento turinés, "Entonces, aire sin drama."
Vittoria mira su brazo, divertida.
Vittoria dice con acento turinés, "No abuses del encanto."
Tommaso dice con acento turinés, "Todavía estoy en evaluación."
Vittoria toma su brazo.
Vittoria dice con acento turinés, "Exacto. Compórtate."
Caminaron juntos hacia la terraza, no escondiéndose, no escapando. Solo alejándose del ruido por unos minutos.
Y Vittoria, con el calor de la música todavía en la piel y la mano de Tommaso cerca de la suya, sintió que podía permitirse algo sencillo.
Una noche.
Un coqueteo.
Un chico que le gustaba.
Sin convertirlo en ruina.
Indira
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Re: El ajedrez de cacao y Seda

Mensaje por Indira »

La química sin promesas.

Disclaimer.

Escena con contenido sexual explícito. Apto solo para mayores de 18 años. Queda bajo su responsabilidad la lectura de este rol.

Punto de vista: Vittoria.

La terraza era una extensión del salón principal, un espacio semicubierto con techo de cristal que protegía de la llovizna fina y constante que había comenzado a caer. El aire exterior era fresco y limpio, una bienvenida tregua después del calor y el perfume cargado del interior.

En una esquina de la terraza, bajo el techo, había un sofá de exterior bajo y profundo, con cojines grises que invitaban a sentarse. Una lámpara de pie, con luz cálida, iluminaba apenas la zona, dejando el resto del jardín sumido en la oscuridad punteada por las gotas de lluvia sobre las hojas.

Vittoria se sentó primero, hundiendo la espalda en el cojín. El cuerpo se sentía relajado por el baile y el vino, pero la mente estaba clara, concentrada en el momento. Tommaso se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre ellos, un gesto que ella apreció.

Tommaso dice con acento turinés, "Esto es mejor. Demasiado ruido ahí dentro."

Vittoria dice con acento turinés, "El ruido es necesario a veces. Distrae."

Tommaso dice con acento turinés, "¿De qué te distrae?"

Ella lo miró de reojo.

Vittoria dice con acento turinés, "De pensar demasiado en el silencio."

Tommaso asintió, mirando hacia la oscuridad del jardín donde las luces de la villa se reflejaban en la llovizna.

Tommaso dice con acento turinés, "El silencio es peligroso."

Vittoria dice con acento turinés, "El más peligroso es el que suena en tu cabeza cuando el de fuera se apaga."

Hubo un silencio más largo, cómodo, roto solo por el suave murmullo de la música que llegaba amortiguado desde el interior y el tap-tap-tap constante de la lluvia sobre el cristal.

Tommaso se giró hacia ella, con una sonrisa pequeña.

Tommaso dice con acento turinés, "¿Eres una filósofa de la fiesta, entonces?"

Vittoria dice con acento turinés, "Solo estoy siendo honesta. Es más fácil cuando nadie te conoce de verdad."

Tommaso dice con acento turinés, "Yo quiero conocerte de verdad."

Vittoria sintió un pinchazo de esa vieja cautela, la que le recordaba que la honestidad real venía con un precio que casi siempre terminaba pagando.

Vittoria dice con acento turinés, "No me conoces."

Tommaso dice con acento turinés, "Me estás dando la oportunidad, ¿no?"

Vittoria se mordió el labio para reprimir una sonrisa.

Vittoria dice con acento turinés, "Quizá. Pero soy un riesgo, arquitecto."

Tommaso dice con acento turinés, "Lo sé. Pero me gustan los retos de ingeniería emocional."

Ella soltó una carcajada suave, empujándolo apenas con el hombro.

Vittoria dice con acento turinés, "Esa fue una frase pésima."

Tommaso dice con acento turinés, "Lo sé. Pero me miras con tanta intensidad que me pones nervioso. ¿Qué tengo que decir para que dejes de evaluarme?"

Vittoria apoyó un codo en el respaldo del sofá y se inclinó un poco hacia él. Su cuerpo, sin la rigidez de antes, se movía con una confianza nueva.

Vittoria dice con acento turinés, con voz más baja, más cerca de su oído, "Me gusta que te pongas nervioso. Me gusta que no sepas qué decir. Y me gusta que, a pesar de eso, sigas aquí."

Tommaso se quedó mirándola. Sus ojos oscuros tenían una luz clara, sin sombra. Estaba fascinado, y no intentaba esconderlo.

Tommaso dice con acento turinés, casi un susurro, "No me iría si me lo pidieras. De hecho, si no quieres que te evalúe... tendrás que hacer algo para distraerme de todo esto."

La frase fue el click. Fue la invitación clara, juguetona, y Tommaso se quedó quieto, dándole a ella la rienda.

Vittoria no lo dudó.

El dolor por Marcco seguía ahí, un eco distante, pero ya no era un ancla. La losa de mármol se había agrietado. Necesitaba quemar la culpa, encender algo nuevo, aunque fuera por una noche. Necesitaba acción, no más juicio.

Vittoria sonrió. Una sonrisa depredadora, pero también liberada.

Vittoria dice con acento turinés, "Distraerte es mi especialidad, ragazzo."

Sin darle tiempo a responder, Vittoria se inclinó por completo y lo besó.

No fue un roce tentativo. Fue un beso directo, hambriento, un incendio repentino que encendió la sangre de Tommaso al instante. Él tardó solo un segundo en soltar el aire y responder con la misma urgencia.

Su mano se posó en el cuello de ella, atrayéndola más. El sabor a gin tonic y perfume de la fiesta se mezcló con el calor de su aliento. Vittoria sintió cómo el deseo, reprimido y doloroso, se convertía en una descarga eléctrica, recorriendo su cuerpo con una intensidad explosiva.

Ella se movió sobre el sofá, buscando mejor ángulo, apoyando una mano en el pecho de él. El corazón de Tommaso latía fuerte, rápido, bajo su palma. Estaba tan nervioso como parecía, y eso solo la encendió más.

El beso se volvió más profundo, más urgente. Tommaso usó la distancia que ella le había dado, explorando con una mezcla de deseo y respeto que Vittoria notó incluso en medio de la embriaguez del momento. Su otra mano se deslizó por el hombro de ella, sintiendo la tela suave del vestido, acunando su cabeza.

Vittoria se separó apenas, respirando, sus labios húmedos.

Vittoria dice con acento turinés, con voz rota, "¿Ya te distraje?"

Tommaso estaba jadeando. Sus ojos brillaban en la penumbra.

Tommaso dice con acento turinés, "Estoy... completamente distraído."

Ella sonrió. Esta vez la sonrisa era pura Vittoria Marttini, la que jugaba a la guerra y siempre ganaba, la que no aceptaba un no.

Vittoria tomó la mano de él y la colocó suavemente sobre su pierna, justo donde la seda del vestido se abría un poco.

Vittoria dice con acento turinés, "Bien. Entonces deja de pensar, arquitecto. Y solo siente."

Tommaso cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, la contención había desaparecido. Solo quedaba la atracción.

Tommaso dice con acento turinés, "Dime qué quieres que haga."

Vittoria dice con acento turinés, "Lo que te dicte tu instinto."

Y se volvieron a besar, pero esta vez, el juego se había acabado. Ahora era pura seducción. El instinto se impuso. Tommaso la atrajo por completo, cerrando la distancia entre ellos. La música y la lluvia se convirtieron en un telón de fondo para el calor que crecía rápidamente entre los dos.
El beso se profundizó, convirtiéndose en un laberinto de exploración mutua. La mano de Vittoria, que antes se había posado en el pecho de Tommaso, se deslizó por su cuello, enredándose en el cabello oscuro de la nuca para asegurar la cercanía. No era solo lujuria; era la necesidad violenta de borrar la frialdad de los últimos días. El placer negado por Marcco regresaba ahora, multiplicado y distorsionado, una dosis letal de adrenalina y deseo que la hacía temblar.

Tommaso entendió el mensaje no verbal al instante. Su respuesta no fue la de un cazador, sino la de un cómplice. Con una fluidez sorprendente para alguien que se había declarado nervioso, su boca se movió con una mezcla de impaciencia y deliberación, buscando el placer de ella, la intensidad que ella le pedía con sus manos, con sus labios.

La mano de Tommaso que reposaba en la pierna de Vittoria se movió lentamente, acariciando la seda del vestido que se sentía helada por el contacto con el aire de la terraza. La caricia fue subiendo con lentitud, rozando la piel expuesta de su muslo justo donde el corte de la tela terminaba. Ella contuvo un gemido, mordiéndose el labio inferior. La lentitud, la pausa, el hecho de que él no se apresurara, la excitó más que cualquier acción rápida.

Vittoria se separó del beso, buscando aire, sus mejillas enrojecidas, sus ojos brillando con una luz oscura y eléctrica. Se inclinó sobre el hombro de Tommaso, su aliento caliente contra el lóbulo de su oreja.

Vittoria dice con acento turinés, con un susurro ronco, "No te detengas. No pienses."

Tommaso no respondió con palabras, sino con la acción que ella le había pedido. Dejó el cuello de ella y su boca se movió, bajando por la mandíbula hasta su clavícula expuesta. La mano en la pierna de Vittoria dejó de ser una caricia para volverse una presión firme y decisiva, que la hizo arquearse.

Tommaso dice con acento turinés, con voz grave, cerca de su oído: "No me voy a detener, principessa. Te voy a dar lo que me pidas."

La frase la golpeó, clara y precisa, confirmando que él no era solo un chico guapo; era el vehículo que necesitaba para su liberación. No pensaba en sí mismo; su única misión era responder a la brutalidad de su deseo.

El beso volvió, más caliente y voraz que antes. El mundo de la fiesta desapareció. Solo existía el sofá oscuro, el sonido de la lluvia y la necesidad explosiva que crecía entre ellos. Vittoria ya no sentía la losa de mármol. Sentía el fuego, y era Tommaso quien lo estaba alimentando con cada movimiento, con cada beso, con cada caricia calculada para provocarla.

Ella tomó el bajo de la camisa de él y tiró sin pensar, queriendo sentir la piel bajo la tela arrugada. Tommaso se separó apenas para ayudarla, quitándose la camisa en un movimiento rápido, revelando un torso tonificado y firme. La vista solo disparó más la adrenalina.

Vittoria apoyó ambas manos sobre su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón. El contacto piel con piel se sintió como una rendición. Ya no había vuelta atrás.

Vittoria dice con acento turinés, jadeando, "Ahora. Hazlo ahora."

La orden no era solo para Tommaso. Era para la antigua Vittoria, la que se atrevía a tomar lo que quería sin disculpa. Tommaso la miró un instante, con una mezcla de asombro y adoración. No era solo deseo; era la conciencia de que esa mujer peligrosa lo había elegido en ese momento.

Tommaso dice con acento turinés, "Tú mandas."

Y se inclinó sobre ella. La desesperación de ella se encontró con la voracidad de él, en un coctel explosivo de cuerpos que ya no pedían permiso, solo exigían el placer negado.
Tommaso le levantó el vestido lo suficiente para hacerle a un lado el tanga y acariciar su intimidad con deseo y un ritmo lento que la hacía gemir bajito y separar más las piernas para que siguiera.
Tommaso se apartó apenas, solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Su respiración era agitada, pero sus ojos estaban claros, fijos en los de ella. La urgencia era palpable, pero no la consumía. Él notó la rendición absoluta en el rostro de Vittoria, la necesidad cruda que ella no se molestaba en ocultar, y eso lo hizo ir más despacio, incluso en medio de la vorágine.

Su mano firme dejó el muslo de ella y se deslizó hacia el bolsillo trasero de sus pantalones. Con una rapidez entrenada, pero sin quitarle la mirada a Vittoria, sacó una cartera de piel fina. Los movimientos fueron deliberados, una pausa en el torrente que solo incrementó la tensión entre ellos.

Vittoria observó cada gesto, cada segundo de espera. No había vergüenza. Solo expectación. La honestidad de ese momento, la falta de egoísmo en Tommaso que priorizaba su seguridad y su placer incluso en el límite, era un afrodisíaco inesperado.

Tommaso extrajo el paquete de su interior, lo abrió, y se preparó, todo mientras sus ojos se mantenían conectados a los de ella. No era una interrupción; era un acto de intimidad consciente, una silenciosa pregunta de consentimiento que Vittoria respondió con un asentimiento casi imperceptible, pero cargado de deseo.

Tommaso dice con acento turinés, con la voz grave y controlada: "Tú me guías, principessa."

Vittoria sonrió, con una mezcla de poder y necesidad que lo desarmo.

Vittoria dice con acento turinés, jadeando: "Solo hazme tuya, arquitecto."

Tommaso no esperó más. Se inclinó, su cuerpo ahora seguro, y la penetró en un movimiento que fue profundo y completo. No fue salvaje, pero sí implacablemente apasionado. No hubo dudas ni titubeos. Fue la culminación de la necesidad mutua, el encuentro del caos con la paciencia.

Vittoria arqueó la espalda sobre el cojín del sofá, un gemido de puro placer y alivio escapando de sus labios. El impacto no fue un castigo, sino el ancla físico que había estado buscando. El dolor de la losa de mármol se desvaneció, sustituido por una corriente eléctrica que comenzaba en su centro y se expandía por cada nervio.

Ella respondió al instante. Sus manos, que descansaban en el pecho desnudo de él, se aferraron a sus hombros, atrayéndolo más. Sus piernas se cerraron alrededor de la cadera de él, marcando el ritmo, exigiendo más.

El ritmo de Tommaso era intenso, pero controlado por la respuesta de ella. No era el ego el que lo movía, sino la necesidad de escuchar sus gemidos, de sentir cómo el placer la consumía. Se inclinó para besarla, un beso profundo y húmedo, donde la pasión del movimiento se fusionó con la urgencia de su boca.

Tommaso dice con acento turinés, entre jadeos: "Mírame, Vittoria. Mírame."

Ella abrió los ojos, su mirada ya no era oscura ni atormentada, sino brillante, encendida por el deseo. Vio el rostro de Tommaso, tenso por el esfuerzo, concentrado en su placer. Vio la adoración y la euforia en sus ojos, la prueba de que, en ese momento, ella era todo lo que importaba.

Vittoria dice con acento turinés, la voz un murmullo roto: "Más... no te detengas."

El beso se hizo más urgente. Tommaso obedeció, acelerando las embestidas con una fuerza que la llevó al límite. Vittoria soltó un grito ahogado contra su boca, su cuerpo vibrando bajo la intensidad. El orgasmo fue una descarga eléctrica, una violenta liberación que la hizo temblar y aferrarse a él con la fuerza de un naufrago que encuentra tierra.

Tommaso sintió su respuesta, y eso lo lanzó a su propio éxtasis, un jadeo gutural mientras su cuerpo se tensaba. Se detuvo un instante, apoyando su frente contra la de ella, sus respiraciones mezcladas, el sonido de la lluvia y la música lejanos. La terraza se había convertido en un santuario temporal, un lugar donde el caos de la fábrica no podía penetrar.

Tommaso se quedó sobre ella un instante, el corazón latiéndole desbocado contra el pecho.

Tommaso dice con acento turinés, con voz sin aliento: "Esto... ¿esto era lo que querías?"

Vittoria no respondió con palabras. Solo sonrió, una sonrisa agotada y satisfecha, y lo besó en el hombro, el sabor salado de la piel recién sudada. Por primera vez en muchos días, se sintió ligera. No por el amor, sino por el fuego que había elegido. El juicio se había apagado. Solo quedaba el calor.
Tommaso se quedó un instante más sobre ella, el peso de su cuerpo una presión reconfortante contra el cojín húmedo. El aliento seguía entrecortado, sus frentes juntas, el mundo exterior reducido al tap-tap-tap constante de la lluvia sobre el techo de cristal. Vittoria sintió su corazón, que lentamente bajaba la intensidad de su carrera, mientras el calor y el placer se asentaban en su cuerpo.

Tommaso se apartó con cuidado, saliendo de ella en un movimiento suave y respetuoso. La sensación del vacío inmediato fue un recordatorio de lo recién vivido. Ella no sintió la incomodidad habitual; solo un profundo suspiro de liberación.

Él se sentó a su lado, la mano en su muslo aún firme y protectora por un segundo. Luego, con la misma calma y sin mirarla a los ojos —un gesto de respeto por su privacidad que ella apreció—, Tommaso se acomodó los pantalones y se puso de pie. Tiró el envoltorio y el condón usado en un pequeño bote de basura de metal que había cerca de la pared. El sonido seco fue el único vestigio de la explosión que acababa de ocurrir.

Cuando se giró, Vittoria lo miró con una sonrisa. No era una sonrisa manipuladora ni triste; era genuinamente feliz y pícara.

Vittoria dice con acento turinés: "Fue un placer, arquitecto."

Tommaso sonrió, recogiendo su camisa arrugada del suelo.

Tommaso dice con acento turinés: "El placer fue completamente mío, principessa."

No había culpa ni remordimiento entre ellos, solo una complicidad compartida. Habían sido socios en la destrucción del silencio y la losa de mármol.

Tommaso extendió una mano y la ayudó a levantarse. Vittoria se enderezó, sintiendo el cuerpo ligero. Se acomodó el vestido, que estaba ligeramente subido, y pasó una mano por su cabello oscuro sin demasiada preocupación por la perfección. Se veía despeinada, un poco húmeda por el calor, y radiante.

Tommaso se puso la camisa, abotonándola con calma.

Tommaso dice con acento turinés: "Creo que estamos listos para volver al ruido."

Vittoria asintió.

Vittoria dice con acento turinés: "Vamos. Ya recuperé mi calma."

Tommaso la miró un instante.

Tommaso dice con acento turinés: "Tu calma es el fuego, no el hielo."

Ella le guiñó un ojo y caminaron juntos de vuelta al salón principal.

El ambiente dentro de la villa ya estaba culminando. Eran más de las cuatro de la mañana. La música seguía sonando, pero la gente se había dispersado. Muchos estaban recogiendo sus cosas, buscando abrigos o esperando taxis en la entrada.

Serena, Giuli, Allegra y Mirabella estaban agrupadas cerca de la entrada, listas para irse. Al ver a Vittoria y Tommaso regresar juntos, sus conversaciones se detuvieron al instante. Hubo miradas de picardía, sonrisas cómplices y un mutuo asentimiento de curiosidad femenina satisfecha.

Serena fue la primera en hablar, con una sonrisa amplia.

Serena dice con acento turinés: "Volvió la CEO de la diversión. Pensé que te habías fugado a Milán."

Vittoria se encogió de hombros con una risa.

Vittoria dice con acento turinés: "Solo estaba tomándome un poco de aire. Demasiado humo."

Giuli miró a Tommaso de arriba abajo, luego a Vittoria.

Giuli dice con acento turinés: "Mucho aire. Ya nos íbamos, Vitto. Serena está a punto de dormirse."

Allegra se acercó a Vittoria con un tono exageradamente bajo.

Allegra dice con acento turinés: "¿Y? Dame un resumen de un segundo."

Vittoria la miró con una ceja levantada.

Vittoria dice con acento turinés: "No te lo voy a decir."

Allegra suspiró dramáticamente.

Allegra dice con acento turinés: "Valió la pena el riesgo, entonces."

Mientras Giuli y Serena se despedían de Francesca y Mirabella revisaba su maleta, Vittoria se giró hacia Tommaso, que estaba hablando tranquilamente con Andrea.

Vittoria se acercó a él.

Vittoria dice con acento turinés: "Ya me tengo que ir, arquitecto."

Tommaso asintió.

Tommaso dice con acento turinés: "Ha sido la mejor evaluación que he tenido."

Vittoria sonrió.

Vittoria dice con acento turinés: "Asegúrate de que no se te olvide."

Tommaso sacó su teléfono del bolsillo trasero.

Tommaso dice con acento turinés: "Dame tu número. Y así no se me olvida."

Intercambiaron sus contactos. Vittoria lo agregó con un emoji de llama. Tommaso la agregó como Vittoria Marttini - Fuego.

Tommaso dice con acento turinés: "Un café un día de estos. O un concierto. Algo ruidoso."

Vittoria dice con acento turinés: "Algo ruidoso. Me gusta."

No hubo promesas. No hubo drama. Solo la certeza compartida de que se volverían a ver. Ella no le pedía fidelidad; él no le prometía amor. Era una complicidad temporal, la única que ella podía permitirse en medio de su guerra.

Vittoria le dio un beso rápido en la mejilla, justo al lado de la boca, y se dirigió a la puerta donde sus amigas la esperaban.

Serena dice con acento turinés: "¡Vamos, Vitto! ¡El coche está helado!"

Vittoria se despidió con un gesto a Tommaso y salió al aire frío de la madrugada. El convoy la esperaba, sus guardaespaldas abriéndole la puerta del sedán.

Mientras el coche se alejaba de la villa, Vittoria miró por la ventana el reflejo de las luces. Ya no veía la penumbra; veía la llama que acababa de encender. El dolor por Marcco seguía ahí, un latido sordo, pero ahora tenía un propósito: no paralizarla, sino impulsarla.
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