La reconquista del Piamonte

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Indira
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Registrado: Vie Oct 04, 2024 11:44 pm

La reconquista del Piamonte

Mensaje por Indira »

Una semana sin norte.

Punto de vista: Mássimo Martini.

La Villa Marttini no cambió de forma después de que Raffaele Vescovi cruzó el umbral y se marchó.
Las columnas siguieron en su sitio. El mármol continuó limpio, frío, cuidadosamente pulido. Los ventanales conservaron su altura imponente frente al jardín de invierno. Las lámparas de cristal siguieron prendidas con esa luz cálida que había sido elegida para suavizar la severidad de la casa sin lograrlo del todo.
Nada se rompió a simple vista.
Y, sin embargo, para Mássimo, toda la villa había quedado torcida.
El sonido del helicóptero se fue perdiendo sobre el cielo gris de Turín hasta volverse apenas una vibración lejana, luego nada. Ese vacío fue peor que el ruido. Lo dejó de pie en el vestíbulo con el sobre abierto en una mano, las hojas rotas del diario de Chiara esparcidas sobre el suelo como piel arrancada, y una frase golpeándole por dentro con una precisión insoportable.
Leila no quiere verte ni hablarte.
No volverás a acercarte a Leila.
Tus hombres ya no existen.
Durante varios segundos, Mássimo no se movió. Tenía la boca seca, la respiración corta, el cuerpo entero rígido con una violencia que no encontraba salida. Sus ojos no estaban en la puerta por donde Raffaele se había ido, sino en el mármol, donde las hojas rasgadas habían caído boca arriba y boca abajo. Fragmentos de tinta. Fragmentos de confesión. Fragmentos de una noche que él había querido mantener enterrada bajo poder, promesas y control.
La casa olía a café frío, a cuero antiguo, a tabaco apagado en algún cenicero olvidado del despacho. También olía a humedad de madrugada, esa humedad fina del Piamonte que se filtraba incluso en las casas mejor selladas. Todo parecía demasiado limpio para la cantidad de destrucción que acababa de ocurrir.
Una empleada apareció al fondo del pasillo y se detuvo al verlo. No dijo nada. No se atrevió.
Mássimo no la miró.
Mássimo dice con acento turinés, "Nadie entra aquí."
La mujer inclinó la cabeza y desapareció con pasos rápidos, casi sin sonido.
Mássimo siguió mirando las hojas.
Chiara.
Por primera vez desde que había sabido de su muerte, no la pensó como problema, ni como variable, ni como grieta política. La pensó como cuerpo. Como voz. Como piel. Como esa vulcaneza que no había suplicado, no había pedido, no había construido una trampa evidente. Había estado ahí, con esa intensidad quieta que lo había desordenado de una manera que él no supo admitir a tiempo.
Y después pensó en Leila.
No en la Regina.
No en la capo de tutti capo de Catania.
No en la pieza estratégica que legitimaba la unión del norte y el sur.
Pensó en Leila diciendo por teléfono, con la voz partida y fría, que Chiara estaba muerta.
Pensó en Leila pidiéndole que fuera.
Ven… por favor.
Y él había ido creyendo que todavía existía un lugar para él junto a su dolor. Había ido creyendo que podría sostenerla, que podría ser columna, que podría poner orden alrededor de ella, arreglar lo político, custodiar lo emocional, cubrir el desastre con presencia, nombre y poder.
Pero Leila ya sabía.
Leila había recibido el diario.
Leila había leído la confesión.
Leila había unido la muerte de Chiara con la traición de Mássimo y con el ruido de guerra que él había traído a su vida como una sombra pesada.
La había perdido antes de tenerla.
Mássimo bajó la mano lentamente hasta dejar caer el sobre sobre una consola de mármol negro. El golpe fue pequeño, casi elegante. Luego se inclinó, recogió una hoja rota del suelo y la sostuvo entre los dedos.
La letra de Chiara parecía más cruel por lo íntima.
No era un informe.
No era un expediente.
No era una acusación construida por enemigos.
Era una mujer muerta hablando desde el papel.
Mássimo cerró el puño y arrugó el fragmento.
Mássimo murmura con acento turinés, "Maldita sea."
No gritó.
Hubiera sido más fácil gritar.
El primer día no durmió.
Tampoco comió. No por decisión dramática, sino porque el cuerpo dejó de obedecer las rutinas mínimas. El chef preparó desayuno, almuerzo y cena. Bandejas discretas, porcelana fina, café recién molido, pan tibio, fruta cortada con una precisión inútil. Todo regresó casi intacto a la cocina.
En el despacho, las pantallas no descansaban.
La Stampa. Il Sole 24 Ore. Corriere della Sera. Canales financieros. Columnas de opinión. Analistas con trajes sobrios hablando de riesgos reputacionales, caída de confianza, vínculos opacos entre familias industriales y desapariciones imposibles de explicar con lenguaje corporativo.
La palabra Marttini se repetía demasiado.
Cada repetición le parecía una mancha nueva sobre el apellido.
Mássimo observaba los titulares desde el sillón de cuero de su despacho, sin chaqueta, con la camisa blanca abierta en el cuello y las mangas dobladas hasta los antebrazos. Tenía barba de un día, luego de dos, después de tres. La pulcritud habitual de su imagen empezó a resentirse en detalles pequeños: el nudo de la corbata ausente, el reloj colocado tarde, el cabello peinado con los dedos en lugar de por costumbre impecable.
No era abandono.
Era desgaste.
Vittoria entró la primera noche sin pedir permiso. Llevaba una carpeta bajo el brazo, el cabello recogido con severidad y una mirada demasiado firme para su edad. Ella también había cambiado. No se permitía temblar, pero el cansancio le oscurecía los ojos.
Vittoria dice con acento turinés, "Padre, la fiscalía de Milán pidió información sobre Montevecchio Securities. No tienen nada directo, pero están pescando alrededor de los movimientos."
Mássimo no apartó la vista de la pantalla.
En el televisor, un periodista repetía una fotografía de Silvano Meinardi y Daniele. Padre e hijo. Muertos. Convertidos ya no en advertencia, sino en duda pública.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Bianca?"
Vittoria dice con acento turinés, "Conteniendo. Ella dice que podemos sostener la versión de venta preventiva y protección de activos, pero cada hora que pasa sin que aparezcan los Rinaldi la narrativa se vuelve más venenosa."
Mássimo soltó una exhalación lenta.
Mássimo dice con acento turinés, "Porque no hay cadáveres."
Vittoria no respondió de inmediato.
Mássimo giró la cabeza hacia ella.
Mássimo dice con acento turinés, "Cuando no hay cadáveres, la gente inventa fantasmas."
Vittoria dice con acento turinés, "Y alguien les está dando forma."
Él entendió el nombre que ella no dijo.
Raffaele.
El Fantasma.
La Cúpula.
Catania.
Leila.
El pensamiento se encadenó sin piedad. Todo llevaba a ella, incluso lo que no debía.
Mássimo cerró los ojos. Vio a Rodrico bajando la mirada con respeto antes de obedecer una orden. Vio a Rodrico caminando medio paso detrás de él en la fábrica. Vio su mano marcando el teléfono para preparar el jet. Lo vio vivo en el último momento en que había sido útil, leal, entero.
Después solo el mar.
El Tirreno.
Un avión reescrito por alguien que no necesitó ensuciarse las manos.
Mássimo abrió los ojos con un dolor seco detrás del esternón.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Encontraron restos?"
Vittoria bajó apenas la mirada.
Vittoria dice con acento turinés, "Piezas del fuselaje. Combustible. Fragmentos. Nada que permita recuperar cuerpos completos todavía."
La frase fue correcta. Técnica. Misericordiosa a su manera.
Mássimo asintió una sola vez.
Pero por dentro algo cedió.
Rodrico no tendría cuerpo limpio. No tendría rostro para el ataúd. No tendría despedida digna según los códigos antiguos que aún importaban en una familia como la suya. Sus hombres serían nombres, placas, viudas, compensaciones generosas, silencios comprados y una misa privada donde nadie diría la verdad.
Mássimo dice con acento turinés, "Sus familias."
Vittoria respondió de inmediato.
Vittoria dice con acento turinés, "Ya están cubiertas. Fondos discretos. Casas pagadas. Educación de los hijos garantizada. Nadie va a quedar expuesto."
Mássimo miró la pantalla de nuevo.
Mássimo dice con acento turinés, "Eso no los devuelve."
Vittoria no tuvo respuesta para eso.
El segundo día llegaron los abogados.
Tres hombres y una mujer de Milán, todos con el rostro serio, portafolios de cuero y esa prudencia que adoptaban los profesionales cuando sabían que estaban dentro de una casa peligrosa. Hablaron de citaciones, auditorías, cooperación estratégica, distancia formal con Montevecchio, blindaje documental, declaraciones preparadas.
Mássimo los escuchó desde la cabecera de la mesa.
El comedor de la villa se había convertido en sala de guerra. El mantel había desaparecido. En su lugar había expedientes, computadoras, teléfonos seguros, tazas de espresso abandonadas a medio beber. La luz del mediodía entraba por los ventanales con una claridad cruel, iluminando cada ojeriza, cada gesto de cansancio, cada línea tensa en los rostros.
La situación era mala.
No imposible.
Pero mala.
El apellido Marttini había sobrevivido a guerras de mercado, disputas internas, amenazas de clanes y crisis económicas. Pero la sospecha pública era una bestia distinta. No se compraba tan fácilmente. No obedecía como un hombre armado. No se encerraba en un sótano. La sospecha se filtraba en bancos, juntas directivas, teléfonos privados, conversaciones de esposas, cenas de inversionistas, correos de fiscales. Olía a podredumbre incluso antes de encontrar carne.
Y encima estaba la fábrica.
La Línea Tres seguía parada.
Cada vez que Mássimo entraba en la nave, el silencio de esa sección lo golpeaba con una humillación particular. Las otras líneas trabajaban, sí. Pero el hueco de la Línea Tres parecía un miembro amputado. Cinta inmóvil. Acero apagado. Tableros sin pulso. El olor del cacao era el mismo, pero ya no le resultaba amable. Había debajo una nota amarga, casi metálica, que tal vez solo existía en su cabeza.
Los empleados lo miraban menos de lo habitual.
No por falta de respeto.
Por miedo a no saber qué rostro poner.
Mássimo caminaba entre ellos con la espalda recta y la expresión cerrada. Nadie habría dicho, viéndolo desde lejos, que se estaba desmoronando. Daba órdenes exactas. Revisaba informes. Preguntaba por lotes, auditorías, distribución, seguros. Su mente seguía funcionando con una lucidez brutal.
Ese era el problema.
Nada de su dolor lo volvía inútil.
Solo lo volvía más solo.
El tercer día, Enrrico le llevó el informe completo del jet.
No al despacho. A la capilla privada de la villa, donde Mássimo se había sentado sin rezar.
Era una estancia pequeña en comparación con el resto de la casa. Piedra clara, madera oscura, velas sin perfume. Un crucifijo antiguo presidía el muro con una expresión de sufrimiento sobrio, casi piamontés. El aire olía a cera caliente, polvo limpio y flores blancas que alguien había cambiado esa mañana.
Mássimo estaba en el primer banco, los codos sobre las rodillas, las manos juntas frente a la boca.
Enrrico entró despacio.
Enrrico dice con acento piamontés, "Signore."
Mássimo no se giró.
Mássimo dice con acento turinés, "Habla."
Enrrico permaneció de pie a unos pasos.
Enrrico dice con acento piamontés, "No fue fallo mecánico. Tampoco sabotaje físico previo al despegue. La intrusión se produjo en vuelo. Control de navegación, comunicaciones y respuesta de cabina. Quien lo hizo conocía los protocolos del avión y sabía cómo encerrar al piloto dentro de su propio sistema."
Mássimo cerró los ojos.
Enrrico dice con acento piamontés, "El patrón técnico coincide con lo que se atribuye al Fantasma. No hay firma directa. Solo ausencia de errores."
Mássimo soltó una risa breve, sin humor.
Mássimo dice con acento turinés, "La perfección también es una firma."
Enrrico guardó silencio.
Mássimo abrió los ojos y miró el crucifijo.
Mássimo dice con acento turinés, "Rodrico murió obedeciendo una orden mía."
Enrrico dice con acento piamontés, "Murió sirviendo a la casa."
Mássimo giró lentamente la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "No me des consuelo de soldado."
Enrrico sostuvo la mirada, serio.
Enrrico dice con acento piamontés, "Entonces no se lo doy. Usted lo envió porque no podía moverse. Porque Rinaldi lo había inmovilizado. Porque la Signorina Ferrari estaba expuesta. La decisión era lógica."
Mássimo dice con acento turinés, "La lógica no entierra hombres."
Enrrico bajó apenas la vista.
No había nada que decir.
Esa noche, Mássimo entró en la habitación que había preparado para Leila.
No era la principal. Esa seguía siendo suya, austera, oscura, demasiado masculina. La habitación de Leila estaba en el ala privada, orientada hacia el jardín. La había mandado disponer semanas antes con una mezcla de precisión y secreto. No como jaula, aunque ahora esa palabra lo perseguía, sino como ofrenda.
Las paredes tenían un tono marfil cálido. Las cortinas eran de lino pesado, suaves al tacto. En una cómoda baja descansaba un jarrón vacío que Vittoria había elegido porque Leila prefería flores vivas y no arreglos demasiado perfectos. En el armario, aún colgados bajo fundas, había vestidos que nadie había estrenado. No muchos. Mássimo había aprendido que Leila no era una mujer que necesitara abundancia para sentirse poderosa. Necesitaba intención.
Sobre una silla estaba una manta de cachemira color arena.
Él la tocó con la punta de los dedos.
La habitación no olía a Leila.
Eso fue lo que más le dolió.
Olía a casa cerrada. A tela nueva. A madera limpia. A una promesa que nunca había llegado a ocupar espacio real.
Mássimo permaneció allí largo rato, de pie en medio de la habitación, con una inmovilidad que no tenía nada de paz. Pensó en lo que Raffaele le había dicho.
La rescataste y la metiste en otra jaula.
La dominaste, la hiciste que se rindiera en tu cama, pero nunca te ocupaste de ella como mujer.
Mássimo quiso rechazarlo.
Por orgullo.
Por rabia.
Por necesidad.
Pero la frase se quedó.
No porque Raffaele tuviera derecho a decirla.
Sino porque tal vez había algo de verdad escondido en la crueldad.
Mássimo había amado a Leila con una intensidad real. De eso no dudaba. La había deseado, protegido, elegido, planeado. Había visto en ella no solo una alianza sino una forma de futuro. Una mujer capaz de caminar a su lado sin volverse sombra. Una reina que no necesitaba permiso para existir.
Pero también había querido colocarla bajo su nombre como se coloca un territorio bajo bandera. Había llamado amor a una parte de su necesidad de control. Había confundido protección con posesión en más de una ocasión. Había pensado que, una vez prometida, una vez encaminada la boda, una vez aceptada la unión, ella estaba asegurada.
Como si Leila Ferrari pudiera asegurarse.
Esa fue la estupidez.
No Chiara únicamente.
No el sexo.
No la noche de fin de año.
La estupidez fue creer que Leila lo amaría por encima de su propia dignidad.
Mássimo cerró los ojos.
Mássimo murmura con acento turinés, "Piccolina…"
La palabra salió rota.
Y la habitación no respondió.
El cuarto día, Vittoria lo encontró en el estudio de diseño.
No debía estar ahí. No en medio de aquel caos. Pero allí estaba, frente a los dos maniquíes cubiertos con telas protectoras. El traje gris pizarra seguía bajo su funda. El vestido perla también. La luz de la tarde entraba suave, polvorienta, sobre las mesas de costura, los carretes de hilo, los bocetos ordenados con disciplina.
Vittoria se detuvo en la puerta.
No habló al principio.
Mássimo tenía una mano sobre la funda del vestido de Leila. No la retiró.
Vittoria dice con acento turinés, "Padre."
Él no se giró.
Mássimo dice con acento turinés, "Leila Iba a vestirlo."
Vittoria tragó saliva.
Mássimo dice con acento turinés, "El color perla. No blanco. Porque ella nunca quiso fingir inocencia."
Vittoria se acercó despacio.
Vittoria dice con acento turinés, "Lo diseñamos para ella."
Mássimo dice con acento turinés, "No. Lo diseñamos para una idea de ella."
La frase dejó a Vittoria quieta.
Él apartó la mano de la funda.
Mássimo dice con acento turinés, "Una idea mía. Tuya. Nuestra. De lo que convenía. De lo que consolidaba. De lo que curaba."
Se giró entonces. Tenía los ojos enrojecidos, no de llanto reciente, sino de demasiadas horas sin dormir.
Mássimo dice con acento turinés, "Ella no era redención, Vittoria. Era una mujer."
Vittoria sostuvo la mirada de su padre con una dureza que empezó a quebrarse en los bordes.
Vittoria dice con acento turinés, "Tú la amabas."
Mássimo respondió sin demora.
Mássimo dice con acento turinés, "Sí."
Una pausa.
Mássimo dice con acento turinés, "Y aun así le fallé."
Vittoria no intentó discutirlo.
Ese fue su gesto de amor.
No defenderlo donde no había defensa.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Qué vas a hacer?"
Mássimo miró el vestido cubierto.
Durante un segundo, pareció un hombre más viejo. No derrotado del todo, pero sí alcanzado por algo que no podía comprar, amenazar ni corregir con estrategia.
Mássimo dice con acento turinés, "No voy a ir a Catania."
Vittoria parpadeó.
Mássimo dice con acento turinés, "No voy a llamarla. No voy a mandar hombres. No voy a tocar sus fronteras."
Vittoria dice con acento turinés, "¿Porque Raffaele lo dijo?"
La mirada de Mássimo se enfrió.
Mássimo dice con acento turinés, "Porque Leila lo decidió."
Esa fue la primera vez que lo dijo así.
Sin discutirlo.
Sin corregirlo.
Sin traducirlo a orgullo herido.
Leila lo había decidido.
Y por primera vez en muchos años, Mássimo Martini obedeció algo que no venía del poder, sino del daño que había causado.
El quinto día se celebró la misa por Rodrico y los hombres del jet.
No fue pública.
No podía serlo.
La capilla de la villa se llenó de trajes oscuros, rostros tensos, mujeres vestidas de negro que no lloraban demasiado fuerte porque sabían en qué casa estaban. Algunos niños pequeños no comprendían por qué sus madres les apretaban tanto la mano. En los bancos laterales estaban los nombres de los muertos, escritos con una sobriedad que parecía insuficiente.
Rodrico Moretti.
Paolo.
Emiliano.
Ocho hombres más.
Once ausencias.
Once silencios.
El sacerdote habló de servicio, de destino, de descanso eterno. Sus palabras fueron correctas. Limpias. Demasiado pequeñas para lo que había ocurrido.
Mássimo permaneció de pie al frente, con un traje negro impecable y el rostro tallado en piedra. Recibió a cada viuda, a cada madre, a cada hermano. Les habló bajo, sin promesas falsas.
A la esposa de Paolo le dijo que sus hijos estudiarían donde ella eligiera.
A la madre de Emiliano le besó la mano y no supo qué decir durante un segundo demasiado largo.
Cuando llegó la familia de Rodrico, el aire cambió.
La madre de Rodrico era una mujer pequeña, de cabello gris recogido y ojos secos. No lloraba. Miró a Mássimo con una dignidad que le hizo daño.
Ella no lo acusó.
Eso fue peor.
La señora dice con acento turinés, "Mi hijo lo quería."
Mássimo inclinó la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "Y yo a él."
La mujer sostuvo su mirada.
La señora dice con acento turinés, "Entonces haga que haya valido algo."
Mássimo no respondió enseguida.
Porque no sabía cómo.
Porque vengarlo era fácil de imaginar, pero no bastaba. Porque destruir a Raffaele no devolvería a Rodrico. Porque tocar Sicilia significaba tocar el mundo de Leila. Porque cada impulso de guerra era también una manera de seguir arrastrándola a su desastre.
Finalmente, Mássimo dijo lo único que podía sostener.
Mássimo dice con acento turinés, "Lo haré."
Pero no estaba seguro de qué significaba.
Esa noche lloró.
No frente a nadie.
No en la capilla.
No en el despacho.
No en la habitación de Leila.
Fue en el baño de su dormitorio, con la puerta cerrada, el agua de la ducha corriendo para cubrir cualquier sonido. Se apoyó con ambas manos en el lavabo de mármol y se miró al espejo hasta que su propio rostro le resultó extraño.
No lloró con descontrol. No cayó al suelo. No rompió nada.
Solo se le quebró la respiración.
Una vez.
Luego otra.
El dolor le salió como algo físico, profundo, antiguo. No era solo Leila. No era solo Rodrico. No era solo Chiara. Era la suma. Era haber construido una vida entera alrededor de la convicción de que todo podía sostenerse si él era lo bastante fuerte, lo bastante rico, lo bastante temido, lo bastante necesario.
Y esa semana le había demostrado que no.
Leila se había ido.
Rodrico estaba muerto.
Chiara hablaba desde un diario.
Los Rinaldi habían desaparecido dejando una sombra que ahora caía sobre Turín.
La fábrica estaba rota.
Su hija estaba bajo presión.
Su apellido olía a fiscalía y sangre.
Mássimo apoyó la frente en el espejo frío.
Mássimo murmura con acento turinés, "Mia Piccolina No estaba asegurada."
La frase salió apenas audible.
No estaba asegurada.
Leila nunca lo estuvo.
Ni por anillo.
Ni por promesa.
Ni por deseo.
Ni por nombre.
Ni por cama.
Ni por deuda.
El sexto día, la casa empezó a hablar en susurros.
No los sirvientes. Ellos sabían demasiado bien cómo sobrevivir dentro de una villa de poder. Eran los espacios los que hablaban. La silla vacía en la mesa. El teléfono que Mássimo miraba y no tocaba. El despacho con las pantallas encendidas hasta la madrugada. El estudio de diseño cerrado con llave. La habitación de Leila intacta. El abrigo que él había usado el día que recibió la llamada de su muerte aún colgado en el respaldo de una silla, como si nadie se atreviera a moverlo.
La soledad no era silencio.
Era acumulación.
A media tarde, Bianca llegó con nuevos números.
Bianca dice con acento genovés, "La retirada de inversores se estabilizó, pero la confianza sigue dañada. Dos bancos quieren renegociar condiciones. La expansión en Asia no está muerta, pero queda congelada."
Mássimo estaba sentado detrás del escritorio, revisando documentos con un lápiz entre los dedos. Había vuelto a afeitarse. La camisa estaba impecable. El cabello también.
La armadura regresaba.
Pero debajo seguía abierto.
Mássimo dice con acento turinés, "¿La fábrica?"
Bianca dice con acento genovés, "Línea Tres puede reiniciar en diez días si aceptamos supervisión externa. Si nos negamos, parecerá encubrimiento."
Mássimo levantó la vista.
Mássimo dice con acento turinés, "Aceptamos."
Bianca no ocultó su sorpresa.
Bianca dice con acento genovés, "Eso dará acceso a terceros a procesos internos."
Mássimo dice con acento turinés, "Procesos legales. Lo demás ya estará fuera de su alcance."
Bianca asintió lentamente.
Bianca dice con acento genovés, "Es una concesión pública."
Mássimo dejó el lápiz sobre la mesa.
Mássimo dice con acento turinés, "Es una amputación pequeña para salvar el cuerpo."
Bianca entendió que no hablaba solo de la empresa.
El séptimo día amaneció con niebla.
Turín quedó cubierta por una capa gris, espesa, que borraba los bordes de los edificios y hacía que la villa pareciera suspendida fuera del tiempo. El jardín estaba húmedo. Las ramas de los árboles goteaban lentamente sobre la grava. El aire olía a tierra fría, piedra mojada y hojas aplastadas.
Mássimo salió solo.
Sin abrigo al principio.
El frío le mordió la piel a través de la camisa, pero no regresó a buscar uno. Caminó hasta el borde del jardín, donde la propiedad descendía en una línea suave hacia los árboles. Desde ahí no se veía la fábrica, ni la ciudad, ni las cámaras apostadas lejos de la entrada principal esperando una fotografía del capo caído.
Solo niebla.
Por primera vez en una semana, no había nadie hablándole.
Ni abogados.
Ni Vittoria.
Ni Bianca.
Ni Enrrico.
Ni periodistas en pantallas.
Ni muertos en informes.
Solo él.
Y eso tampoco era paz.
Sacó el teléfono.
Lo sostuvo en la mano.
El nombre de Leila seguía ahí. No borrado. No bloqueado. Presente con una crueldad simple. Podía tocar la pantalla y romper la orden. Podía llamar. Podía enviar un mensaje. Podía escribir una frase desesperada, una explicación, una disculpa, una súplica impropia de su nombre.
No lo hizo.
No por miedo a Raffaele.
Por primera vez, no fue por eso.
No lo hizo porque imaginó a Leila viendo su nombre aparecer en la pantalla y sintiendo dolor antes que amor.
Y no quiso ser otra herida.
Guardó el teléfono.
La niebla le humedecía el cabello. La camisa empezaba a pegarse a su espalda.
Mássimo cerró los ojos.
Había amado a Leila con todo lo que sabía ser.
Ese era el problema.
Lo que sabía ser no había sido suficiente.
Y ahora tenía que aprender otra forma de existir sin ella.
No para olvidarla.
Eso sería una mentira barata.
Sino para no destruir lo que quedaba de ambos en nombre de una reparación que ella no había pedido.
A sus espaldas, Vittoria apareció en la terraza. No bajó de inmediato. Lo observó unos segundos, envuelta en un abrigo oscuro, con el rostro pálido por el frío y por la semana.
Vittoria dice con acento turinés, "Padre."
Mássimo abrió los ojos.
No se giró.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Qué ocurre?"
Vittoria bajó los escalones despacio.
Vittoria dice con acento turinés, "La fiscalía aceptó recibir nuestra documentación voluntaria. Bianca cree que eso nos da aire."
Mássimo asintió.
Vittoria dice con acento turinés, "Y Enrrico confirmó que no hay movimiento directo desde Sicilia hacia Turín."
Una pausa.
Vittoria dice con acento turinés, "Por ahora."
Mássimo miró la niebla.
Mássimo dice con acento turinés, "Sicilia no necesita moverse para hacernos sentir cercados."
Vittoria se quedó a su lado.
Durante un momento fueron solo padre e hija, no capo y heredera, no estrategas, no sobrevivientes de un tablero que se había vuelto venenoso.
Vittoria dice con acento turinés, "¿La sigues esperando?"
Mássimo tardó en responder.
No porque no supiera.
Sino porque decirlo en voz alta lo volvía más real.
Mássimo dice con acento turinés, "No."
Vittoria lo miró.
Él siguió con la vista al frente.
Mássimo dice con acento turinés, "La sigo amando."
El silencio entre ambos se llenó de frío.
Mássimo dice con acento turinés, "Esperarla sería otra forma de no respetar lo que decidió."
Vittoria bajó la mirada.
Vittoria dice con acento turinés, "¿Y ahora?"
Mássimo respiró hondo.
El aire frío le entró en los pulmones con una limpieza dolorosa.
Mássimo dice con acento turinés, "Ahora enterramos a nuestros muertos."
"Limpiamos la fábrica."
"Salvamos el apellido."
Vittoria asintió lentamente.
La respuesta era la de un capo.
Pero la voz no.
La voz era la de un hombre que seguía de pie porque caerse no cambiaría nada.
Mássimo giró al fin hacia la villa.
La casa lo esperaba con sus mármoles, sus sombras, sus llamadas pendientes, sus carpetas legales, sus habitaciones vacías y sus promesas muertas. Ya no era refugio. Era frente de batalla.
Antes de entrar, miró una última vez hacia el jardín cubierto de niebla.
No había sol.
No había claridad.
No había absolución.
Solo una semana sobrevivida.
Y el comienzo de algo más duro: vivir después de haber perdido lo que creyó suyo, lo que nunca debió dar por seguro, y lo que quizá amaría durante años sin volver a tocar.
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