EPISODIO 01 - EL FILO DEL SILENCIO
Punto de vista: Flavio y Raffaele
Villa de Flavio — Laboratorio de Armamento PersonalizadoLa atmósfera en el laboratorio subterráneo es una mezcla opresiva de precisión industrial y herencia volcánica, donde el olor metálico del acero templado se funde con el aroma seco del ozono y el aceite de limpieza de armas. La luz halógena, fría y potente, rebota sobre las paredes de piedra basáltica, iluminando los tornos de precisión y las vitrinas que exhiben prototipos de balística avanzada. El espacio se siente como una cámara de descompresión; aquí, el tiempo se mide en micras y la tensión se canaliza en la forja de herramientas destinadas a decidir quién vive y quién muere. Raffaele se mueve entre las máquinas con una calma gélida, pero su mente es un campo de batalla donde el zumbido de los motores apenas logra acallar los ecos de una tragedia que lo acompaña como una sombra deforme.
Raffaele ajusta el microscopio sobre una lámina de circonio negro, examinando la integridad molecular del material que cortará el aire sin ser detectado por ningún escáner.
Raffaele dice con acento milanés: "La espina que le hiciste a Dalila es una obra maestra de la discreción, Flavio, pero la Regina necesita algo más que una aguja. Necesita un equilibrio entre la elegancia y la detención inmediata. Quiero circonio, sí, pero el mango debe ser de piedra volcánica pura del Etna, con zafiros incrustados que le den el peso justo para un tajo descendente".
Flavio deja a un lado una culata de Kevlar y observa a su primo, notando la obsesión casi religiosa con la que manipula los materiales.
Flavio dice con acento milanés: "Un mango de basalto es difícil de trabajar, stronzo, y los zafiros son un capricho caro incluso para tus estándares. Pero la funda de nobuk es buena idea; podré diseñarla para que se adhiera al muslo con un sistema de liberación por presión. Podrá llevar un vestido de Versace y nadie sabrá que lleva la muerte atada a la pierna".
Raffaele no responde, sumergido en el tallado de la piedra volcánica. De pronto, el tacto rugoso del basalto lo arrastra al pasado, al sonido de los gritos ahogados tras la puerta de la villa en el Lago de Como.
El joven Raffaele cruza el umbral de su casa y el silencio le pesa como el plomo. En la habitación de su hermana Elena, el aire huele a flores marchitas y a la locura de su padre, Lorenzo Altieri. Encuentra a su madre y a Elena abrazadas en la cama, pálidas, vacías por el veneno que prefirieron antes que seguir siendo el juguete roto de un monstruo.
Raffaele aprieta el cincel con tal fuerza que sus nudillos blanquean, pero su rostro permanece como una máscara de mármol frente a Flavio.
Flavio se apoya en el banco de trabajo, cruzándose de brazos mientras estudia el perfil plateado de los ojos de su primo.
Flavio dice con acento milanés: "Háblame de ella, Raffaele. Me han dicho que no te separas de su sombra. Normalmente a estas alturas ya habrías hecho un chiste sobre el sabor de su boca o la curva de su espalda, pero estás... callado. Demasiado callado para ser solo un trabajo".
Raffaele sigue puliendo el mango de la daga, ignorando la provocación con una eficiencia que resulta insultante.
Raffaele dice con acento milanés: "El diseño requiere concentración, Flavio. No estoy aquí para intercambiar anécdotas de alcoba. Asegúrate de que los zafiros no sobresalgan; no quiero que le rocen la piel si tiene que correr".
Flavio exhala un suspiro cargado de preocupación, detectando la promesa implícita que brilla en el iris de su primo, una lealtad que va mucho más allá de lo profesional.
Flavio dice con acento milanés: "Escúchame bien, fratè. Ella está prometida con Mássimo Martini. El turinés es un animal celoso y hará todo por tener a la Cúpula de su lado. No te enamores de la Regina Ferrari, porque ese camino solo termina en cenizas. ¿Y qué vas a hacer con la verdad? ¿Vas a decirle que eres un Altieri? ¿Que el ingeniero que le cuida la espalda es el parricida más buscado por la conciencia de Milán?".
Raffaele se detiene. En su mente, la imagen de su padre Lorenzo aparece suplicando por aire en aquel búnker sellado, mientras Raffaele lo observaba morir sin mover un solo músculo.