LECCIONES DE SANGRE
Villa "L'Ombra del Vulcano", San Gregorio di Catania.
La atmósfera en la villa tras el estruendo de la noche en Catania es de una frialdad eléctrica. El aire huele a ozono, a neumáticos quemados y al aroma persistente del perfume caro de Gianna que aún se aferra a la ropa de Valentino. El silencio del Etna, que antes parecía protector, ahora se siente como una losa de basalto sobre los hombros. La iluminación del atrio es mínima, apenas unos haces de luz led azulada que recortan la silueta de Fabrizio, cuya inmovilidad es más aterradora que cualquier grito. Emocionalmente, la estancia es un campo de tiro; el orgullo herido de un primo consentido choca frontalmente con la paciencia agotada de un hombre que controla satélites pero no puede controlar a su propia sangre.
Fabrizio permanece de pie junto a la consola central, con la mirada fija en los registros de daños del Maserati. Al entrar Valentino, escoltado por un Constantino cuya expresión es de puro hartazgo, el ambiente se congela.
Fabrizio habla con furia contenida, sin mirarlo.
Fabrizio dice con acento napolitano: "O' vide, Valentino? Te creías que Catania era tu patio de recreo. Has expuesto mi red, has usado mi coche para exhibirte como un pavo real y has atraído a los Ferrari a mi puerta antes de que terminara de limpiar el rastro de Dalila. Eres como un error de sistema que estoy empezando a considerar eliminar."
Valentino se deja caer en uno de los sofás de cuero con una elegancia perezosa, pasándose una mano por el pelo revuelto y soltando una risotada que resuena en el cristal.
Valentino habla con una insolencia que ignora el peligro
Valentino dice con acento napolitano: "Ué, Fabrizio, ¡qué tragedia! La rubita italoamericana... Gianna... esa sí que es una máquina de fuego, no como tus ordenadores. Me ha dado más vida en una hora que tú en todo este exilio de cemento. ¿Qué pasa? ¿Te molesta que yo sí sepa qué hacer con una mujer de verdad mientras tú te quedas aquí oliendo el perfume que dejó la morena de los Ferrari?"
Fabrizio se gira lentamente. Sus ojos son dos rendijas de acero. Camina hacia su primo con una parsimonia que hace que incluso Constantino dé un paso atrás.
Fabrizio dice con acento napolitano: "A partir de este instante, no sales de esta habitación. He bloqueado tus cuentas y he inhabilitado tu teléfono. Si vuelves a acercarte a esa chica que, te recuerdo, es menor de edad; o a cualquier lugar que no sea este búnker, te enviaré de vuelta a Nápoles en un saco de basura. No eres útil, Valentino. Eres un estorbo ruidoso."
Valentino se levanta, encarando a su primo con una sonrisa burlona que destila veneno. Su observación es certera, y sabe dónde golpear.
Valentino dice con acento napolitano: "Estás rabioso porque ella se fue con los Ferrari, ¿verdad? Porque sabes que Dalila prefiere el acero siciliano al cristal de tu villa. Gianna, al menos, no me mira como si fuera un bicho raro de laboratorio. Ella busca un hombre, no un fantasma que se esconde tras una pantalla. Quizá deberías aprender de mí, fratè, antes de que tu supuesta 'propiedad' termine en la cama de otro. Si no, puedes consolarte con la sorella de Gianna. Si la picola es puro fuego, la mayor va a ser como la lava del Etna, ¿no crees?"
La mención de Dalila, la comparación con el Consigliere y esa manera de expresarse de las mujeres le recuerdan demasiado a Franccesco y rompen el último dique de la compostura de Fabrizio. Con un movimiento tan rápido que la vista apenas lo sigue, lanza un revés seco y brutal que impacta de lleno en la mandíbula de Valentino. El sonido del hueso chocando con el nudillo y el estallido de la piel al romperse corta el aire.
Valentino sale despedido contra el sofá, con la boca bañada en sangre y la mirada desorientada. Fabrizio se limpia la mano en el pantalón, sin una pizca de remordimiento, y se encamina hacia su despacho.
Fabrizio habla antes de cerrar la puerta.
Fabrizio dice con acento napolitano: "Límpiate esa boca antes de que decida que no necesitas una para comer."
El silencio vuelve a caer, pesado y amargo. Constantino se acerca a Valentino, quien se incorpora escupiendo un coágulo de sangre sobre el suelo de basalto, con la rabia ardiendo en sus ojos verdes. El primo mayor lo mira con una mezcla de lástima y advertencia seria.
Constantino habla con voz baja y firme
Constantino dice con acento napolitano: "Escúchame bien, Valentino. El tema de la signiorina Dalila no es un juego de adolescentes. Es el nervio expuesto de Fabrizio. Si quieres seguir disfrutando del aire de Sicilia, aprende a cerrar esa boca de oro que tienes. Aquí no estamos en Posillipo; aquí un comentario fuera de lugar te convierte en un desecho antes de que te des cuenta. Usa la inteligencia esa que desperdicias para ser útil a la famiglia, o juro que yo mismo abriré la verja para que los Ferrari terminen el trabajo."
Valentino no responde, pero se toca la herida de la boca con un dedo tembloroso. El debut en Catania ha terminado, y el sabor de su propia sangre es la primera lección de que en la sombra del Etna, la irreverencia tiene un precio que se paga con la vida.