EL INTERRUPTOR DEL ALIENTO
Horas previas al funeral.
La mañana se presenta con una frialdad quirúrgica. La luz de Catania entra filtrada por las persianas, dibujando rayas de cebra sobre la colcha de seda. Hay un silencio pesado, solo interrumpido por el roce de la tela y el latido acelerado de una mujer que intenta domesticar su propio caos. El aire huele a café amargo y al metal de las armas limpias.Dalila observa el traje de corte arquitectónico extendido sobre la cama. A su lado, los stilettos de Gianvito Rossi parecen dos dagas de charol negro esperando su turno. Se mira al espejo, todavía en ropa interior de encaje, y nota la tensión en sus hombros. Las palabras de Giovanna en el café actúan como un eco persistente: tu protección hacia los padres de Michele no lo es. Eso es personal.
Dalila niega con la cabeza, una punzada de rabia recorriéndole la columna. Recuerda la frialdad de Michele, su dedicación absoluta al deber que la excluía de cualquier plano personal. ¿Por qué le dolía? Él era el Consigliere; ella, la Jefa de Seguridad. El honor y la lealtad eran el único lenguaje permitido. Recordó a Karlo, su comentario tentador: "Soy perfecto para ti, pero tú me cambias por el Consigliere".
Dalila habla en voz baja.
Dalila dice con acento milanés: ¿Será que tienes razón, cabrito? Maledizione... No tengo permitido sentir. Soy los ojos de mi sorella.
Un nudo se le forma en la garganta y se reprocha porque hacía doce años que no se sentía así.
Dalila murmura con acento milanés: "Eficiencia, Honor, Lealtad. Merda, Dalila. No puedes sentir, recuérdalo.
Se pone las medias de cristal con una calma forzada. Cada movimiento es una pieza de una fachada que construye para sobrevivir al funeral. Recuerda la llamada, los encargos de obsequios que ella misma tuvo que presenciar. La figura de Michele, tan atractivo como distante, se le clava como una astilla. Él tiene sus necesidades, es un hombre libre. No debería importarle, pero la furia estalla en su pecho, la misma que la llevó a machacarse en el gimnasio hasta que sus nudillos le dolieron. Es esa fibra de humanidad que Fabrizio juraba ver en ella y que ella aplasta con desprecio.
Dalila susurra para sí.
Dalila susurra con acento milanés: "No, no, no. Michele Venturi está prohibido"
Incapaz de contener la tormenta, activa la videollamada cifrada. La imagen de Giovanna aparece en la pantalla. Su amiga no dice nada; observa el rostro de Dalila, las ojeras sutiles, el brillo febril de sus ojos azul cian. El silencio entre ambas es un puente.
Dalila cuenta todo en un torrente de palabras contenidas: la indiferencia de Michele, el coqueteo de Karlo, el miedo a que Alessio Santoro encuentre un flanco débil. Habla de su frustración, de cómo se siente una extraña en su propio cuerpo, un motor que se revoluciona sin llegar a ninguna parte.
Dalila habla por teléfono: Cáspita, Giachetta, no entiendo qué me está pasando. Yo, yo no soy así.
Giovanna la mira con una compasión infinita y solo articula una palabra.
Giovanna dice con acento milanés: Respira.
Esa palabra actúa como un interruptor. El presente se desvanece y el flashback la golpea con la fuerza de un impacto. Nápoles, años atrás. Dalila está de pie sobre el cuerpo de un soldado de los Fratinelli. Sus manos sostienen el filamento de fibra de carbono que acaba de hundirse en la garganta del hombre que intentaba arrastrar a Giovanna a una red de trata. La sangre caliente le salpica el rostro, mezclándose con sus lágrimas. Giovanna, temblando en el suelo tras la purga de los Cavalcanti, la mira con horror.
Dalila dice con acento milanés: Respira, Giovanna. Respira.
Volviendo al presente.
La pantalla se queda en negro. La llamada ha terminado, pero el comando permanece. Dalila inhala profundamente, llenando sus pulmones de ese aire viciado de poder. Se termina de vestir, ajusta la chaqueta para asegurarse de que la funda en su antebrazo está bien oculta y sale de la habitación. La fachada está completa.
Dalila camina por los pasillos de la Villa Ferrari hasta llegar al despacho de Michele. Él no está, pero el espacio exhala su presencia: el olor a papel antiguo y tabaco caro. Se sienta tras el escritorio un instante, sintiendo la frialdad del cuero. Dos hombres de su equipo llaman y entran tras su orden.
Dalila dice con acento milanés: Escúchame bien. Quiero que vigiles a Shawnee con una discreción absoluta. Si da un solo paso fuera de la línea de la Regina, si altera la calma de este nido una vez más... la orden es eliminarla. Senza esitazione.
El primer hombre asiente, fascinado por la determinación acerada en la voz de su jefa, y se retira. Dalila se gira hacia el segundo operativo, su sombra más fiel, razón por la cual lo había reclutado. No solo servía para aplacar la necesidad asfixiante de Flavio, servía para guardar sus espaldas en un nido que no era el suyo.
Dalila dice con acento milanés: Tú vas a ser la sombra del Consigliere. Quiero una protección eficaz, pero invisible. Sé su escudo, lo necesite él o no. No le quites el ojo de encima ni un segundo. Vai.
El hombre hace una reverencia y sale. Dalila se queda sola en el despacho. Pasa la mano por la superficie de madera, sintiendo que está profanando un santuario donde se le ha cerrado la puerta antes de abrirla. No puede quedarse allí; el aire le falta de nuevo. Se levanta y sale con paso firme, lista para el funeral, ocultando bajo el traje arquitectónico el volcán que, a pesar de sus esfuerzos, ha empezado a despertar.