Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
EL PACTO DE LA REINA: CIMIENTOS DE PIEDRA Y SANGRE
Terraza cubierta de Villa Vulcani, Catania.
Un espacio de arquitectura barroca con vistas directas al perfil humeante del Etna.
En la estancia se respira una solemnidad gélida y triunfal. El aire vibra con la electricidad de las grandes decisiones; no hay espacio para la duda, solo para el cálculo milimétrico. El aroma del café ristretto se mezcla con el perfume a azahar de los jardines y el olor metálico de las armas limpias que portan los guardias en el perímetro. Es el silencio que precede a la coronación, un momento donde el poder deja de ser una ambición para convertirse en una estructura física.
Olimpia permanece sentada en un sillón de mimbre oscuro, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en la columna de humo que el volcán exhala contra el cielo de la tarde. Viste una túnica de seda negra que fluye con la brisa, dándole un aire de deidad antigua. Flavio entra en la terraza con el paso pesado de quien viene de las trincheras; su chaqueta de cuero todavía conserva el frío de la costa calabresa y sus ojos reflejan una fatiga satisfecha.
Flavio dice con acento milanés: Santo Versace ha hablado, Olimpia. Estuve en Gioia Tauro esta madrugada. La 'Ndrangheta le ha retirado el respirador a Santoro. Dicen que es un animal rabioso que atrae demasiada luz hacia los muelles. Si Alessio intenta cruzar el Estrecho buscando refugio, se encontrará con un muro de plomo. Versace te da vía libre: limpia el patio, pero hazlo rápido. Si el caos llega a sus contenedores, nosotros seremos los siguientes en la lista.
Olimpia asiente lentamente, una pequeña sonrisa de satisfacción asomando en la comisura de sus labios. No hay alegría en su gesto, solo la confirmación de una jugada maestra de ajedrez.
Olimpia dice con acento romano: Sabía que Santo no arriesgaría sus rutas por un demente como Alessio. La codicia de Santoro ha sido su soga; ahora solo falta que alguien patee el taburete.
En ese momento, Giovanna Cavalcanti aparece en el umbral de la terraza. Camina con la elegancia de una pantera, sosteniendo entre sus manos enguantadas un sobre de papel de alto gramaje, sellado con un lacre rojo sangre que lleva la impronta de la Cúpula de la Cosa Nostra. Se acerca a Olimpia y le entrega el documento con una reverencia casi imperceptible.
Giovanna dice con acento milanés: Ha llegado por mensajero especial desde Palermo. Es la respuesta oficial del Consejo.
Olimpia toma un abrecartas de plata y rompe el sello con una precisión quirúrgica. Extrae la tarjeta y sus ojos recorren las líneas caligrafiadas. El silencio se prolonga mientras Flavio y Giovanna aguardan, conteniendo el aliento.
Olimpia dice con acento romano: Es oficial. Los Bragantti Benedetto entramos en el Consejo con pleno derecho. La Cúpula ha dictado sentencia contra la gestión de Santoro. Reconocen que nuestra disciplina es lo que Sicilia necesita ahora que la sangre civil ha manchado las calles de Trapani.
Olimpia le tiende la invitación a Giovanna, quien la recibe con dedos firmes.
Olimpia dice con acento romano: Giovanna, quiero que organices la reunión de aceptación. El consejo así lo ha sugerido. Los Ferrari no estarán por el luto, así que el escenario debe ser neutral y sagrado. Busca el monasterio abandonado en las afueras. Quiero una cena que respire tradición pero que huela a nuestro nuevo orden. Tú te encargas de la logística, del protocolo y de que cada Capo se sienta respetado y vigilado a partes iguales. Es tu momento de demostrar por qué eres la arquitecta de esta familia.
Giovanna asiente, guardando el sobre con celo profesional.
Giovanna dice con acento milanés: Estará todo listo, Olimpia. Será un evento que Palermo no olvidará en décadas.
Olimpia se levanta y camina hacia la barandilla, mirando hacia la ciudad de Catania que se extiende a sus pies. Se gira hacia Flavio, quien la observa con una mezcla de orgullo y preocupación fraternal.
Olimpia dice con acento romano: Ya no somos visitantes, Flavio. Ya no somos los milaneses que vienen a hacer negocios de temporada. Esta tierra nos ha aceptado porque hemos demostrado ser más fuertes y honorables que sus propios hijos traidores. Por eso, quiero que eches raíces.
Flavio arquea una ceja, cruzándose de brazos sobre el pecho.
Olimpia dice con acento romano: No quiero más hoteles ni villas alquiladas. Flavio, busca una propiedad para ti aquí en Catania, una fortaleza que esté a tu altura. Y para Giovanna, quiero el mejor ático de la ciudad, con la seguridad más avanzada que el dinero pueda comprar. Quiero que ambos tengan un lugar seguro donde descansar la cabeza, porque lo que viene ahora contra Santoro no será una escaramuza, será una purga. Necesito que estéis instalados, que seáis parte del paisaje.
Flavio mira a Giovanna y luego a Olimpia, asintiendo con una determinación renovada. El peso de la permanencia se asienta sobre sus hombros.
Flavio dice con acento milanés: Me encargaré personalmente. Mañana mismo tendré las llaves. Si vamos a reinar en este volcán, mejor tener un balcón desde donde ver cómo arden nuestros enemigos.
Olimpia vuelve a mirar al Etna, cuya lava interna parece palpitar en sintonía con su propio pulso. El tablero está dispuesto, las piezas en posición, y la Reina finalmente ha reclamado su trono de piedra volcánica.
Horas después
Flavio observa desde un ventanal de cristal blindado una propiedad señorial en las colinas de Catania. Es una fortaleza de piedra y domótica avanzada, con túneles de escape y un helipuerto oculto. Su traje oscuro parece fuera de lugar en la estancia vacía, pero su mirada ya está midiendo los ángulos de tiro.
Flavio dice con acento milanés: Esta será mi base. Desde aquí, Santoro no tendrá un solo respiro.
Esa misma noche
Flavio entrega a Giovanna las llaves de un ático en el edificio más exclusivo de la ciudad. El complejo cuenta con seguridad privada las veinticuatro horas, escáneres biométricos en el ascensor y una vista que domina todo el puerto.
Flavio dice con acento milanés: Es para ti, Giovanna. Un refugio de lujo para la mujer que mueve los hilos. Aquí estarás segura, lejos de los ojos de los Ferrari y de las garras de cualquiera que intente usar nuestra amistad como arma. Te lo mereces por mantener la cordura en este nido de víboras.
Giovanna toma las llaves, sintiendo el peso del metal frío. Por primera vez en mucho tiempo, ve en los ojos de Flavio algo más que la ferocidad del soldado: ve la necesidad de proteger lo único que todavía siente como propio en medio del caos siciliano.
EL JUICIO DE LA CÚPULA: LA SANGRE DE LOS INOCENTES
En la planta superior de una villa señorial en las afueras de Palermo, protegida por hombres con fusiles de asalto, se reúne la Cúpula. La habitación está en penumbra, iluminada solo por candelabros de plata. El olor a incienso y tabaco es denso. Don Calogero golpea la mesa de mármol con una carpeta de piel roja: los informes de Olimpia sobre la trata de menores de Alessio.
Don Calogero dice con acento siciliano: Hay límites que ni la noche puede ocultar. Alessio Santoro está vendiendo niños, vendendo bambini. Y tú, Don Pietro, has permitido que esto crezca bajo tu ala a cambio de un porcentaje de fango.
Don Pietro, un hombre de aspecto pulcro y ojos huidizos, se ajusta el anillo de sello, manteniendo una postura de falsa indignación mientras el sudor brilla en su frente.
Don Pietro dice con acento siciliano: Son negocios de la nueva era, Calogero. No podemos vivir del pasado. Alessio trae beneficios que mantienen a nuestras familias alimentadas. No voy a ceder mis rutas por un arrebato de moralidad tardía.
Don Calogero se levanta, su sombra proyectándose gigante sobre la pared. Su voz desciende a un susurro gélido que hace que los escoltas en la puerta tensen los hombros.
Don Calogero dice con acento siciliano: Si Alessio no cae, caerás tú con él. No es moralidad, Pietro, es supervivencia. La policía nos ignoraba con la droga, pero por esto nos quemarán a todos. Tienes veinticuatro horas para retirar tu protección o tu nombre será borrado de este consejo con sangre.
Don Pietro aprieta los dientes, su resistencia es visible en la vena que late en su sien, pero guarda silencio, sabiendo que la sentencia ha sido dictada.
Suite Presidencial del San Domenico Palace, Taormina.
Una estancia de techos altos con frescos restaurados y ventanales que enmarcan el teatro griego y el mar Jónico.
El ambiente está cargado de una tensión estática, como el aire antes de un rayo. No hay espacio para el error humano; la belleza del entorno es solo un camuflaje para una operación de inteligencia de alto nivel. El sonido predominante es el tecleo rápido sobre dispositivos cifrados y el murmullo constante de ventiladores de servidores portátiles.
En una suite de hotel en Taormina, Giovanna Cavalcanti coordina la reunión formal de aceptación de los Bragantti. Viste un traje sastre de seda color crema que resalta su palidez aristocrática y maneja tres teléfonos cifrados con una calma envidiable, moviéndose entre ellos con la destreza de un director de orquesta. El mapa de la villa fortificada, antiguo monasterio donde se llevará a cabo el encuentro está desplegado sobre una mesa de caoba, cubierto de anotaciones en rojo y azul; cada entrada, cada cámara térmica y cada plato del menú ha pasado por su filtro implacable.
Giovanna dice con acento milanés: No quiero errores, Guido. Los Ferrari no asistirán debido al luto y la crisis en Trapani, pero su ausencia debe ser honrada con una silla vacía en la cabecera y un ramo de nardos negros atados con seda de luto; ya he redactado el comunicado que recibirán por parte del consejo, solo estoy esperando la aprobación para enviarlo. Olimpia entrará como la Regina que ya es. Que el servicio sea invisible y la seguridad sea impenetrable, tal como lo hubiera dispuesto Dalila. Hoy no solo aceptamos a una familia; estamos cambiando el ADN de la organización.
Guido, su jefe de logística, un hombre de rostro anodino vestido con un traje que no llama la atención, asiente mientras ajusta un auricular.
Guido dice: Los proveedores de catering han sido investigados hasta la tercera generación, Signorina. El personal de servicio llegará en vehículos blindados dos horas antes. Nadie entra con dispositivos móviles, y los inhibidores de señal de frecuencia 5G ya están instalados en el perímetro del comedor.
Giovanna se inclina sobre el mapa, señalando con una uña perfectamente manicurada un punto ciego en el jardín trasero, cerca de la cripta. Sus ojos avellana brillan con una inteligencia fría; sabe que Alessio Santoro es un animal herido, y los animales heridos suelen atacar los santuarios.
Giovanna dice con acento milanés: Aquí, en el acceso lateral de la cripta. Quiero un equipo de contramedidas electrónicas. Si Santoro intenta interceptar las comunicaciones de los Capos durante la cena, quiero que lo detectemos antes de que el primer plato llegue a la mesa. Y respecto al menú... nada de ostentaciones vulgares. Serviremos farsu magru y un Etna Rosso de reserva. Que la comida sea un recordatorio de la tierra que estamos reclamando.
Giovanna se levanta y camina hacia el ventanal, observando la costa siciliana que se extiende bajo el sol de la tarde. La ironía de organizar un banquete de paz en medio de una cacería humana no se le escapa.
Giovanna dice con acento milanés: Cada invitado será escoltado por dos de nuestros hombres desde el punto de control de la carretera principal. No quiero armas dentro del salón, a excepción de los hombres de confianza de Don Calogero. La confianza se construye sobre la apariencia de vulnerabilidad, Guido. Pero si alguien intenta levantarse de su silla sin permiso, quiero que los tiradores en el nivel superior tengan luz verde inmediata.
Guido toma nota en una tableta encriptada, su rostro permanece impasible ante la letalidad de las instrucciones.
Guido dice: ¿Y qué hay de la prensa local y los rumores en el pueblo? La explosión en el restaurante de Venturi tiene a todos los informantes de la policía en la calle.
Giovanna se gira, con una sonrisa gélida que no llega a sus ojos.
Giovanna dice con acento milanés: Deja que hablen de una guerra interna. Que piensen que los Ferrari se desmoronan. Mientras ellos miran el humo en Trapani, nosotros estaremos sellando el destino de Santoro bajo el mármol de Palermo. Asegúrate de que los nardos negros sean frescos, Guido. La muerte debe oler a vida nueva para que el mensaje sea claro: los Bragantti no vienen a servir, vienen a heredar y sabemos respetar y honrar a la famiglia.
Giovanna vuelve a sus teléfonos, cerrando una llamada con un contacto en Suiza para asegurar los fondos de la operación. En su mente, la reunión ya ha ocurrido y ha sido un éxito; en la realidad, sabe que está caminando sobre el filo de una navaja, y que un solo paso en falso de Guido o de la seguridad podría convertir la cena de aceptación en un funeral masivo.
La cripta subterránea es un espacio de arcos góticos de piedra volcánica negra y suelos de losa desgastada por siglos de oración silenciosa.
El aire es frío y húmedo, saturado por el olor a cera de abeja virgen de los cirios altos y el aroma terroso del vino tinto que respira en los decantadores de cristal. No hay música, solo el eco de los pasos sobre la piedra y el crujido metálico de los cerrojos de seguridad que Giovanna ha dispuesto en cada nivel del complejo.
El despliegue de seguridad en los alrededores de San Benedetto es una coreografía invisible. Tres anillos de hombres armados, seleccionados personalmente por Flavio, custodian las sinuosas carreteras de acceso. Los Capos llegan en vehículos blindados de vidrios opacos; cada coche es detenido en el primer control, donde los conductores deben apagar los motores y permitir que escáneres de frecuencia detecten cualquier dispositivo de transmisión.
Giovanna Cavalcanti aguarda en el atrio superior, trajeada con un vestido de seda gris plomo de corte impecable, sosteniendo una tablilla de plata donde tacha nombres con un estilete. Su presencia es el primer filtro del protocolo.
Don Calogero es el primero en descender de su berlina. Camina con la lentitud de un monarca antiguo, apoyado en un bastón de madera de olivo. Al ver a Giovanna, se detiene y la observa con una aprobación que rara vez concede a los de fuera de la isla.
Don Calogero dice con acento siciliano: Has convertido esta ruina en un santuario de orden, picciridda. El aire aquí arriba huele a respeto, algo que se ha perdido en las calles de Trapani. Dime, ¿están todos desarmados como pediste?
Giovanna dice con acento milanés: Sin excepciones, Don Calogero. Sus hombres de confianza custodian el vestíbulo exterior, pero en la cripta solo entrarán las palabras y la ley. Todo está dispuesto según sus deseos: los nardos negros custodian la silla vacía de los Ferrari y el vino ha sido catado por mi propio equipo.
Don Calogero asiente, su mirada se pierde en la oscuridad de la escalera que desciende a la cripta.
Don Calogero dice con acento siciliano: La disciplina de los Bragantti es un bálsamo para mis ojos cansados. Si Alessio Santoro tuviera la mitad de tu rigor, no estaríamos hoy enterrando a nuestra propia gente.
Tras él, llegan otros miembros del Consejo: Don Pietro, con el rostro aún lívido tras la reprimenda en Palermo, y los representantes de las familias de Catania y Messina. Cada uno pasa por el detector de metales manual de los hombres de Giovanna y entrega su teléfono en una caja de plomo acolchada. El ritual de despojo es necesario; en la cripta, la tecnología no tiene lugar, solo la verdad desnuda.
El vehículo de los Ferrari avanza y traspasa el primer control. Minutos después, Michele venturi Ferrari baja del coche y tiende una mano.
Leila Ferrari baja asida de la mano de su consigliere.
Leila viste un diseño de alta costura de Schiaparelli en seda color vino tinto, tan oscuro que en la penumbra de la cripta parece negro. El vestido tiene un cuello arquitectónico que enmarca su rostro como una corona de tela y mangas largas que terminan en puños cerrados con botones de rubíes. No lleva encaje; su elegancia es lisa, afilada y pesada.
Sobre su pecho descansa el legendario collar de la familia: una cascada de diamantes negros y oro viejo que perteneció a su abuela. Sus manos, de uñas cortas y pulidas en un tono natural, portan únicamente el anillo de sello de los Ferrari.
Michele, de pie a su derecha, opta por un traje a medida de Brioni en un tejido de lana y seda de color azul medianoche, casi indistinguible del negro bajo los cirios. La chaqueta, de solapas de pico en raso, se ajusta perfectamente a sus hombros anchos, resaltando su porte atlético. Viste una camisa de algodón egipcio blanco inmaculado con gemelos de platino y una corbata de seda del mismo tono del traje, anudada con una precisión matemática.
Por último, Karlo baja del coche y se posiciona al lado contrario de Michele, cerrando los flancos de la regina.
Karlo viste un smoking clásico de tres piezas en negro absoluto. A diferencia de Michele, su estilo es más tradicional y sobrio, diseñado para no llamar la atención sobre sí mismo, sino para servir de marco a la familia. El chaleco se ciñe a su torso potente, y la pajarita de seda está atada a mano con rigor militar.
Su rostro es un mapa de lealtad, con las líneas de expresión marcadas por días de tensión. Sus ojos azul grisáceo no descansan; mientras Leila y Michele interactúan, Karlo escanea constantemente el atrio, los puntos ciegos y las manos de los presentes. Su postura es siempre ligeramente defensiva, un escudo humano listo para activarse.
Karlo no está allí para disfrutar de la cena, sino para ser el recordatorio físico de que cualquier afrenta contra los Ferrari tendrá una respuesta inmediata y letal. Su lenguaje no verbal es mínimo; es una roca de granito en medio de la seda, cuya sola presencia física impone un perímetro de seguridad invisible alrededor de Michele y Leila.
Giovanna apenas levanta las cejas al ver a la regina y su consigliere. Pese a la llegada inesperada, ofrece la sonrisa profesional que tanto la caracteriza.
Leila sonríe profesional y acorde a la ocasión.
Giovanna dice con acento milanés: Buona note, signiora, consigliere. Es un grato placer que nos acompañen esta noche.
Leila dice con acento Siciliano: "Buona Notte. Gracias, signorina. "
Giovanna se fija en Karlo. Sus ojos brillan un instante.
Michele dice con acento trapanés: Buona notte. Gracias.
Giovanna dice con acento milanés: Per favore, avanti. Todo está listo para recibirlos.
Karlo mira a Giovanna y le sonríe.
Giovanna le devuelve la sonrisa.
giovanna se comunica en un tono apenas audible por el pinganillo que tiene en la oreja, oculto discretamente por su cabello.
Giovanna dice con acento milanés: Avanti, signiore. Enseguida iniciará la cena.
Leila entra con Michele y Karlo.
Tras la orden de Giovanna, todo se prepara para recibir a los Ferrari.
Un anfitrión guía a los Ferrari hasta la mesa y sus asientos, reorganizados rápidamente, pese a la asistencia sorpresiva.
Leila se sienta en su lugar asignado.
Don Calogero observa avanzar a los Ferrari. El brillo de satisfacción por su presencia es fugaz.
Michele y Karlo toman sus lugares junto a Leila.
Don Calogero mira a Leila y asiente con un movimiento leve. Su expresión dice lo que no pronuncia: una regina no se deja doblegar por el duelo.
Leila mira a los presentes con discreción y calma. Se siente parte de ellos y le tranquiliza contar con su respaldo y respeto.
La cena da inicio en un silencio casi monástico, roto únicamente por el tintineo de los cubiertos de plata sobre la porcelana blanca. En el centro de la mesa larga, tallada en una sola pieza de roble oscuro, brilla el ramo de nardos negros frente al asiento de Leila: el lugar de la Regina Leila Ferrari, un recordatorio de que, la famiglia ofrece respeto ante el luto.
El servicio, compuesto por hombres mudos y discretos, sirve el farsu magru —carne rellena a la siciliana— y rellena las copas con un Etna Rosso tan denso que parece tinta. No se habla de negocios hasta que los platos son retirados. Es entonces cuando el protocolo dicta el momento de la verdad.
Don Calogero se pone en pie, haciendo que las sombras de los cirios se alarguen contra las paredes de piedra volcánica. El silencio se vuelve absoluto, denso como el plomo.
Don Calogero dice con acento siciliano: Ante la presencia de los Ferrari, que aún lloran a su gente, y ante la evidencia de que los Bragantti Benedetto han actuado con más honor que nuestra propia sangre traidora, los reconozco como miembros de pleno derecho. Olimpia, tu palabra es ahora ley en este consejo.
Olimpia inclina la cabeza, su mirada azul acero recorre a cada hombre en la sala, deteniéndose un segundo más en Don Pietro, cuya resistencia parece desmoronarse bajo esa presión gélida. No hay sonrisa en sus labios, solo la aceptación de una carga que planea usar para aplastar a Santoro.
Olimpia observa a Leila Ferrari. Un simple gesto de cabeza y una sonrisa tenue como reconocimiento de una regina a otra.
Leila le deuelve la sonrisa a Olimpia.
Michele y Leila miran a Olimpia con respeto y reconocimiento.
Vincenzo, sentado a la izquierda de Olimpia no deja de mirar a don Pietro; su mirada de halcón ve, debajo del traje de diseñador, a un traidor al que mantendrá vigilado, aunque Olimpia no le dé la orden expresa.
Don Calogero levanta su copa de cristal tallado, llenándola hasta el borde con el vino tinto espeso.
Don Calogero dice con acento siciliano: Por la sangre que se queda y por la que debe ser derramada para limpiar el honor de la isla. Salute.
Olimpia levanta su copa con una mano firme que no tiembla. El pacto se sella con un brindis de vino tinto espeso, un bautismo de poder en medio del silencio sepulcral del monasterio. Al beber, Olimpia siente el calor del alcohol en su garganta, pero su mente ya está kilómetros atrás, visualizando cómo cada una de las naves de Santoro empezará a arder mañana mismo bajo el nuevo mandato de la Cúpula.
Giovanna se mueve con eficiencia y profesionalismo. La organizadora se inclina sutilmente para escuchar a los diferentes comensales mientras la cena finaliza.
Karlo no pierde oportunidad de mirar a Giovanna.
Giovanna se inclina hacia Olimpia, asiente y luego responde a Vincenzo.
Michele lo pilla y se miran con complicidad.
Giovanna avanza hacia los Ferrari. Su sonrisa profesional acentúa el brillo de sus ojos avellana.
Giovanna dice con acento milanés: Signiora, consigliere, signiore Romagnoli, esperamos que haya sido de su agrado la cena y el vino.
Karlo sonríe con un brillo de coquetería en los ojos.
Giovanna entrega el ramo de nardos a leila.
Leila dice con acento Siciliano: "Todo fue excelente Signorina, muchas gracias por sus atenciones."
Michele dice con acento trapanés: "Todo excelente, muchas gracias. "
Giovanna asiente, complacida.
Giovanna dice con acento milanés: Reciba nuestros respetos signiora. De parte de la signiora Olimpia y don Vincenzo.
Leila sonríe.
Giovanna mira discretamente a Karlo y sus ojos brillan en un destello sutil.
Leila dice con acento Siciliano: "Gracias. mis respetos también para la signiora Olimpia y a don Vincenzo. "
Giovanna dice con acento milanés: Se los haré llegar, signiora.
Karlo dice con acento siciliano, "es usted una muy bella amfitriona signiorina. "
Algunos de los presentes emprenden la retirada. Pese a que Giovanna ha procurado un ambiente distendido, la tensión en la isla no cede con facilidad.
Giovanna amplía la sonrisa.
Karlo sonríe con un brillo de coquetería en la mirada.
Giovanna dice con acento milanés: Gracie, signiore. Y usted es un caballero muy galante. Si me disculpa, debo atender a los demás asistentes.
Karlo asiente afirmativamente.
Giovanna camina detrás de los asientos y deliberadamente roza un hombro de Karlo antes de dirigirse al siguiente comensal.
Karlo se queda fascinado por la cercanía de Giovanna.
Michele mira divertido a Karlo, al notar su expresión por la anfitriona.
Don Pietro se marcha entre los primeros asistentes. Vincenzo se inclina hacia Olimpia. Ella asiente con suavidad y Vincenzo se marcha tras despedirse de don Calogero.
De cuando en cuando, Giovanna lanza una que otra mirada al lugarteniente de la Regina Ferrari.
Leila nota la tensión que había por parte de don Pietro.
Karlo se inclina hacia Michele y le habla bajito.
Karlo murmura con acento siciliano, "Es una donna hermosa. "
Michele sonríe.
Don Calogero se levanta. Olimpia deja su asiento, intercambia una mirada con Giovanna y acompaña al signiore, ambos seguidos por los hombres de seguridad.
Giovanna acompaña a Don Caruso. Van hablando amenamente en dirección a las escaleras de la cripta. Antes de subir, el hombre le besa los nudillos.
Giovanna se pierde temporalmente de la vista. En uno de los pasillos transversales intercepta a uno de los hombres que ha trabajado sirviendo la cena.
Leila se da cuenta de cómo miraba Karlo a Giovanna y le lanza una mirada de advertencia.
Giovanna escribe rápidamente sobre el reverso de una de sus tarjetas de presentación
"Café Duomo, domani 4:00 pm."
Giovanna murmura con acento milanés: Ve, entrega esto con la mayor discreción al caballero del smoking sentado junto a la Regina Ferrari.
El hombre asiente y se guarda de sonreír, sabe que la signiorina Cavalcanti detesta las indiscreciones.
Leila se acerca a Karlo y le habla.
Leila murmura con acento Siciliano: "Acércate a ella solo si estás listo. No quiero a la fiera De Shawnee molestando a esa Signiorina. "
Karlo se encoge de hombros restándole impotancia a Shawnee.
El hombre llega hasta Karlo y se inclina lo bastante para hablarle en voz baja.
El hombre dice con acento milanés: Tiene un mensaje, signiore.
Karlo dice con acento siciliano, "Qué mensaje. "
Leila observa y luego se vuelve a Michele para hablar con él.
El hombre le entrega discretamente la tarjeta a Karlo y sigue hacia la siguiente mesa.
Karlo mira la tarjeta y por instinto lee el anverso y el reverso.
Michele mira a Karlo con curiosidad.
Michele murmura con acento trapanés, "Qué es? "
Karlo niega con la cabeza.
Algunos de los capos restantes le presentan sus respetos a la Regina antes de marcharse.
Leila los saluda con cordialidad.
Karlo murmura con acento siciliano: "Lo siento, consigliere, Es... confidencial... "
Karlo lo mira divertido.
La cena llega a su fin, y el sabor del vino ha cambiado. La entrada de los Ferrari ha dejado claro que, aunque los Bragantti tengan el sello de la Cúpula, todavía no tienen el alma de la isla.
La cripta del Monasterio de San Benedetto.
Tras la partida de los Capos.
En la estancia reina un silencio denso, casi sagrado, que se asienta tras el estruendo de las decisiones de vida o muerte. Hay una calma gélida en el aire, interrumpida solo por el chisporroteo de los cirios que se consumen y el eco de la lluvia golpeando las rejillas de ventilación superiores. Es el momento de la ejecución administrativa, el paso previo al fuego real, donde el alivio de la victoria política se mezcla con la sobriedad de la guerra que comienza.
El eco de los motores de los blindados alejándose por las laderas del Etna se desvanece, dejando la cripta sumergida en una quietud absoluta. Los sirvientes mudos han retirado la vajilla de porcelana y los restos del banquete, dejando únicamente la mesa de roble desnuda, con la silla vacía de los Ferrari y el ramo de nardos negros como testigos mudos de lo pactado.
Olimpia permanece sentada en la cabecera, con la copa de vino tinto todavía a medio llenar frente a ella. Su figura, envuelta en el negro absoluto de su vestido, parece fundirse con las sombras de los arcos góticos. Se despoja de la máscara de rigidez que mantuvo durante el brindis y exhala un suspiro lento, dejando que la tensión acumulada en sus hombros se disipe ligeramente. Giovanna se acerca desde la penumbra del fondo, portando un maletín de cuero negro con cierres de titanio. Sus pasos sobre las losas de piedra volcánica suenan como sentencias.
Giovanna se detiene al lado de Olimpia y coloca el maletín sobre la mesa. Con un movimiento preciso, introduce la clave y despliega el contenido: una serie de folios de papel de alto gramaje, impresos con sellos de lacre que identifican las propiedades, laboratorios y almacenes de Alessio Santoro en toda Sicilia y el Estrecho.
Giovanna dice con acento milanés: Aquí está el mapa del fin de su era, Olimpia. Los Capos han validado cada coordenada. Ya no hay protección oficial, ni de la Cúpula ni de la 'Ndrangheta. A partir de este momento, Alessio Santoro es un fantasma que camina entre ruinas que todavía no sabe que han caído.
Olimpia toma uno de los documentos, el que detalla la ubicación del laboratorio principal en las afueras de Messina, una nave industrial que mueve millones en sintéticos cada mes. Sus ojos recorren las cifras con un desprecio gélido.
Olimpia dice con acento romano: No solo vamos a quitarle el dinero, Giovanna. Vamos a quitarle la memoria. Mañana, cuando el sol alcance el cenit, estas direcciones dejarán de existir. Quiero que Flavio coordine los equipos de demolición técnica. Nada de robos, nada de saqueos. Quiero fuego purificador. Que el mensaje sea que lo que Alessio construyó con sangre de inocentes, nosotros lo borramos con el fuego de la ley de la Cúpula.
Giovanna saca de un rincón de la cripta un brasero de hierro forjado, antiguo y pesado, y lo coloca sobre el suelo de piedra, entre ambas mujeres. Con un encendedor de plata, prende una pequeña hoguera con astillas de madera de cedro impregnadas en aceite. Las llamas anaranjadas iluminan sus rostros, devolviéndoles un brillo febril y ancestral.
Olimpia se levanta y camina hacia el brasero. Toma el primer folio —la lista de testaferros de Santoro— y lo deja caer sobre el fuego. El papel se riza, se ennegrece y estalla en una llama azulada antes de convertirse en ceniza volátil.
Olimpia dice con acento romano: Por la traición a la sangre propia.
Giovanna le entrega el siguiente documento: el registro de las rutas de trata de menores que Don Pietro intentó defender.
Giovanna Cavalcanti dice con acento milanés: Por los que no tenían voz y fueron vendidos en los muelles.
El papel arde con fuerza, llenando la cripta de un olor a celulosa quemada que se mezcla con el incienso residual. Una a una, las posesiones de Santoro son entregadas al fuego en un ritual de eliminación sistemática. Las dos mujeres observan el proceso en un silencio compartido, una sororidad forjada en la ambición y la necesidad de orden. No hay júbilo en sus gestos, solo la eficiencia de quien limpia una herida infectada.
Olimpia dice con acento romano: ¿Está todo listo para la mudanza, Giovanna? Necesito que estés instalada en ese ático antes de que caiga la primera bomba en Messina. Flavio ya tiene las llaves de su fortaleza. Quiero que el centro de mando sea inexpugnable.
Giovanna dice con acento milanés: Los sistemas de seguridad biométricos están activos desde esta tarde. Mañana mis servidores se trasladarán al nuevo complejo. Desde mi balcón podré ver el humo de los laboratorios de Alessio, Olimpia. Será una vista refrescante después de tantos meses de sombras.
Olimpia arroja el último papel —el mapa de la residencia personal de Santoro en Palermo— al brasero. Las llamas lamen el papel hasta que solo queda un rastro grisáceo que el aire de la cripta dispersa.
Olimpia dice con acento romano: Se acabó el tiempo de la diplomacia. Mañana, Sicilia despertará con un nuevo dueño y Santoro despertará en un mundo donde su nombre ya no significa nada. Vamos, Giovanna. El fuego ya ha hecho su trabajo aquí. Ahora nos toca a nosotras hacer el nuestro en la superficie.
Salen de la cripta juntas, dejando atrás el brasero agonizante y el aroma de los nardos negros, mientras en el exterior, el Etna retumba suavemente, como si el volcán mismo aprobara la sentencia que acaba de ser ejecutada en sus entrañas.