Operazione- Sirene Fenice

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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Operazione- Sirene Fenice

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El Refugio de la Ceniza.

La Habitación Silenciosa.


Olivia se sentó en el borde de la cama, el sobre de papel manila con su nueva identidad —Olivia Lisama— sobre la mesita de noche. La puerta se había cerrado tras Jeanpaul con un clic final, y el silencio de la habitación, roto solo por el murmullo del sistema de ventilación, se sintió como un sarcófago. El ventanal holográfico proyectaba una imagen serena de la costa de Siracusa, pero para ella, solo reflejaba el gris acero del Mediterráneo.
Se llevó las manos al rostro, sintiendo el calor residual de un encuentro que ya parecía lejano, irreal. El sexo con Jeanpaul había sido voraz, un huracán controlado, la descarga perfecta para su cuerpo en tensión. Pero ahora, en el vacío que había dejado la adrenalina, no había satisfacción, solo una ceniza fría y pegajosa que le recordaba lo que acababa de hacer.
¿Qué estoy haciendo?
La pregunta le taladró la mente sin piedad. Acababa de tener sexo con un desconocido, un hombre que no le prometió nada, que le advirtió que solo la quería por su cuerpo. Y ella, la MiaFiemma Leyva que juró no volver a equivocarse, la mujer que había elegido la estabilidad, se había rendido con la misma facilidad con la que había desarmado un rifle. No fue deseo. Fue escape. Fue la necesidad brutal de sentirse viva en el único lugar donde no podía mentirse: en el éxtasis del cuerpo, donde el dolor de la traición y la culpa se ahogaban temporalmente.
Pero la culpa regresaba, implacable, con el olor a sudor ajeno y el recuerdo de sus propias lágrimas de hacía solo unas horas.

El Precio de la Supervivencia.


Alexey. Su pequeño. Su ancla.
Cerró los ojos y pudo verlo durmiendo en su cuna, con sus seis meses de inocencia ajena a la guerra que libraban sus padres. La imagen le desgarró el pecho. Lo había dejado. Había caminado hacia la puerta de la casa de Tallana, entregando a su hijo a la única persona que podía darle una vida normal, una vida sin escoltas ni códigos cifrados.
Fuiste valiente, Mía. Fue por él.
Intentó convencerse, pero la voz de Jay, seca y medida, resonaba en su memoria: "Yo no voy a ser tu ancla mientras él es tu aventura... Esto es por él."
Jay. La otra herida abierta. La traición con James había sido el clavo final en el ataúd de su relación. No solo lo había engañado, sino que lo había humillado, forzándolo a cargar con la verdad de un amor que ella era incapaz de matar. La frialdad de Jay, ese desprecio helado en la sala de Fresnedillas, era un castigo que merecía. Él sentía asco. Asco por la debilidad, por la mentira, por ver cómo el 'fuego de verdad' ardía por otro hombre.
Y no podía culparlo. Él había dejado su vida, su carrera, su país por ella. Y ella le había pagado con una noche de pasión prohibida, buscando en James la parte salvaje de sí misma que la vida con Jay había domesticado.
James. El huracán. El hombre que, incluso en la distancia, seguía siendo su perdición. La llamada de despedida. El 'Adiós, James' que había sonado tan final, tan absoluto. Una mentira. Sabía que él la buscaría, que no se rendiría. Y por eso había tenido que cortar de raíz, no dejarle ni una migaja de esperanza. No por Jay, ni por Larabelle, sino por James mismo. Él merecía la estabilidad. Ella solo ofrecía la hoguera.

La Soledad Elegida.


Se levantó y caminó hasta el ventanal holográfico, tocando el cristal frío. Ahí fuera estaba Sicilia, un nuevo inicio bajo un nuevo nombre. Olivia Lisama. Una mujer que no tenía pasado, que no tenía hijos, que no tenía amantes. Una agente. Un arma.
Se sintió vacía, despojada de todo lo que la definía. Jay se había ido, James estaba 'a salvo' y Alexey estaba cuidado. Había cumplido con su deber. Había protegido a su gente dejando de ser su gente.
¿Y ahora? Ahora solo quedaba la misión. Entrenar. Pulir la temeridad. Ser la Sirena y la Mamba, la chica de la calle y la siciliana de ojos fríos.
Se miró al espejo del baño. Los ojos estaban secos. Las lágrimas se habían agotado.
El encuentro con Jeanpaul no había sido nada más que un analgésico de emergencia. Sin promesas. Sin ataduras. Solo dos cuerpos buscando el olvido mutuo en el placer de un instante. No era amor, no era consuelo, ni siquiera era un nuevo inicio. Era solo un efecto colateral. Un modo de sobrevivir sin dejar de amar a los hombres que había roto y al hijo que había abandonado.
La soledad que sentía no era impuesta. Era la jaula que ella misma había construido para proteger a quienes amaba. Y en esa jaula, no había espacio para la ternura, solo para el acero.

Un Nuevo Amanecer en la Jaula.


Olivia despertó con el sol apenas insinuándose en la ventana holográfica, tiñendo el falso paisaje de Siracusa de un gris azulado y frío. Eran las 05:00 de la mañana. Su cuerpo se sentía pesado, como si la pasión de la noche anterior se hubiera solidificado en sus músculos, pero su mente estaba despierta y acelerada, una maquinaria que se negaba a descansar. Había dormido menos de tres horas, y cada minuto había estado plagado de imágenes fugaces: el rostro herido de Jay, los ojos suplicantes de James, y la carita dormida de Alexey.
No había espacio para la debilidad.
Se levantó de la cama, evitando mirar el lugar exacto donde había estado Jeanpaul. La memoria del encuentro era una mancha que debía borrar. El placer era un distractor peligroso; la excelencia, su única redención.
Se dirigió al pequeño baño. El agua fría de la ducha fue un shock que le devolvió la lucidez. Se restregó la piel con vigor, intentando arrancar no solo el cansancio, sino también el aroma de la aventura y el rastro de sus lágrimas recientes. La MiaFiemma que buscaba consuelo en el placer ya no existía. Solo quedaba Olivia Lisama, una hoja en blanco lista para ser escrita con tinta de peligro.
Al salir, se secó con prisa. Su uniforme no era el de agente aún, sino ropa de entrenamiento: licras negras ajustadas, una camiseta sin mangas del mismo color y zapatillas deportivas. Era funcional, cómodo, y le permitía moverse sin restricciones. Se recogió el cabello oscuro en una cola de caballo alta, tirante, sintiendo el jalón como un recordatorio de que debía estar tensa, alerta.
Frente al espejo, no vio a una mujer en duelo. Vio un arma que necesitaba calibración. El precio de su libertad era la excelencia. Había abandonado a su hijo para garantizar su seguridad, y la única forma de honrar ese sacrificio era convertirse en la mejor agente que Firme Unidad pudiera tener. Si iba a pagar con su vida, sería una vida bien utilizada.
Salió del Refugio de Tránsito. El silencio del cuartel subterráneo era profundo, roto solo por el zumbido de los servidores. Se dirigió directamente a la Zona de Entrenamiento.

Rutina de Acero.


La Zona de Entrenamiento estaba desierta a esa hora. Olivia encendió las luces, llenando el espacio con una luz blanca y dura. El olor a goma, cuero y sudor se sentía acogedor. Este era su templo.
Comenzó con un calentamiento brutal. Flexiones dinámicas, burpees y estiramientos que llevaban sus articulaciones al límite. Necesitaba que su cuerpo respondiera al instante, sin el titubeo que le había costado un par de flechas de advertencia de Jeanpaul.
Después de veinte minutos, sus músculos ardían. Se dirigió a los sacos de boxeo. Se calzó las vendas con manos firmes, concentrada en el ritual. Se imaginó en el centro de un ataque, y el saco se convirtió en su única meta. Golpeó con rabia controlada, sus puños moviéndose con una velocidad y precisión aterradoras. No era un entrenamiento de boxeo; era una liberación táctica de la frustración acumulada.
Cada jab, cada gancho, llevaba un nombre:
El izquierdo era la traición a Jay.
El derecho, la culpa por Alexey.
El gancho al cuerpo, la despedida final a James.
Media hora después, el saco se balanceaba violentamente y sus nudillos dolían, pero su respiración era profunda y controlada. Se detuvo, apoyando la frente en el cuero frío. La energía negativa se había disipado.
Recuperó el aliento y caminó hacia el simulador de tiro virtual. Lo activó, seleccionando un escenario urbano de alto riesgo en un idioma que ya era suyo: el siciliano.
"Inizio simulazione: Operazione Fénice. Obiettivo: Estrazione silenziosa. Zona di copertura: Basso profilo, Alto rischio."
El simulador proyectó la imagen tridimensional de un mercado nocturno abarrotado. Olivia tomó un rifle de asalto virtual del rack. Sus ojos se volvieron fríos, evaluando cada rostro digital, cada sombra. La excelencia en Firme Unidad significaba no dejar rastro, no fallar el tiro, ser invisible hasta el momento del impacto.
Se movía con la gracia letal que la caracterizaba. La agente Olivia Lisama no tenía miedo; había dejado todo atrás.
Debo ser la mejor.
Sus dedos se movieron por el gatillo. El primer objetivo cayó con un pop silencioso en el simulador. Y ella siguió avanzando, con una determinación inquebrantable, lista para pagar el alto precio de la supervivencia. En Siracusa, no había lugar para el amor; solo para el acero.
Larabelle Evans
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Re: Operazione- Sirene Fenice

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El ciclón por fuera y por dentro.

Punto de vista: Olivia.


Habían transcurrido semanas desde la llegada de Olivia a Siracusa. semanas de confinamiento autoimpuesto en el refugio, semanas de entrenamiento brutal y metódico, y semanas de silencio absoluto de Madrid. El entorno, diseñado para la discreción, se había convertido en una celda de hormigón y kevlar.
Durante los primeros días, la rutina de acero la había sostenido. Olivia se levantaba a las 05:00, entrenaba hasta el agotamiento físico, y luego se sumergía en los manuales de su nueva identidad, memorizando fechas, códigos bancarios y la biografía de Olivia Lisama. Era una forma de autodestrucción controlada, una manera de silenciar la MiaFiemma culpable bajo el peso de la agente eficiente. No había espacio para el duelo.
Pero la disciplina, por más férrea que fuese, no podía contener la marea negra que subía. La depresión no llegaba como un golpe, sino como una erosión lenta. Comenzó con insomnio. Luego, con una falta de apetito que la obligaba a forzarse a comer las raciones frías. El falso ventanal que proyectaba la costa serena se burlaba de su encierro, recordándole que había entregado su vida exterior por un simulacro de seguridad.
La culpa por Alexey era un dolor físico, una presión constante en el pecho. Extrañaba su peso diminuto, el olor a leche y a bebé, el sonido de su respiración. Se forzaba a no pensar en él, pero el recuerdo era un interruptor que se encendía sin previo aviso: el eco de un llanto en el pasillo, el reflejo de una pequeña mano en una mesa pulida. No podía llamar, no podía preguntar. La seguridad de la operación lo exigía.
El huracán golpeó Siracusa con una ferocidad inusual. Los protocolos de seguridad del cuartel se activaron, y aunque el refugio estaba preparado, la violencia del clima exterior se filtró. El zumbido constante de los servidores se volvió intermitente. La luz parpadeó y el generador de emergencia se encendió con un gruñido. Lo peor fue el sonido: un rugido incesante y aterrador del viento que golpeaba el hormigón, un recordatorio de que, incluso en su jaula de seguridad, ella no tenía control sobre nada.
Olivia permaneció sola en la sala de entrenamiento durante las horas más intensas del ciclón. No tenía miedo de la tormenta, pero el aislamiento físico la devolvió a su vulnerabilidad emocional. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando las luces rojas de alerta del simulador. El mundo exterior se desmoronaba y ella no podía hacer nada.
El ciclón cortó casi todas las comunicaciones por tres días. El silencio que siguió al paso de la tormenta fue tan pesado como el rugido. La infraestructura de Firme Unidad se había mantenido, pero la red global se había ralentizado a paso de tortuga. Era imposible obtener reportes fiables o enviar mensajes con la codificación requerida. El aislamiento se hizo absoluto.
En esos días, la depresión se afianzó. Olivia dejó de entrenar. Se dedicó a caminar en círculos por la sala de reuniones, el paso lento y errático. Su rostro, habitualmente tenso, se había vuelto inexpresivo. No lloraba; la angustia era demasiado grande y fría para las lágrimas. Era un proceso químico de autocastigo. La traición a Jay se sentía ahora como un acto de locura inexplicable. ¿Cómo pudo ser tan egoísta? ¿Cómo pudo poner la pasión de una noche por encima de la estabilidad de su hijo?
Se sentía como una mala madre, una pésima pareja, y una agente demasiado impulsiva. Miraba el sobre de 'Olivia Lisama' y sentía náuseas. Ese nombre era el monumento a su fracaso personal.
Cinco días después de la tormenta, los técnicos de la base lograron restablecer las comunicaciones satelitales parciales. La red no era estable, pero al menos el protocolo de emergencia estaba activo.
Olivia sintió un impulso primario, no táctico. Era la necesidad urgente de saber. Ignoró la directriz de Jay de no buscarlo y el protocolo de seguridad de no contactar a personas civiles de Neo-Madrid. Caminó hacia el centro de datos.
Activó su viejo teléfono satelital, que había guardado cifrado en la caja fuerte de su habitación. Tardó casi diez minutos en obtener una señal lo suficientemente fuerte para establecer un enlace de baja calidad. Marcó el número de la casa de Tallana.
Esperó, con el corazón latiéndole como un tambor en el pecho. El aire del Centro de Datos se sentía electrificado.
El sonido monótono del tono de espera se interrumpió abruptamente.
Tallana dice con acento ensenadense, la voz sonando lejana y con una cautela instintiva, "¿Sí? ¿Quién habla?"
Olivia cerró los ojos un instante, sintiendo la oleada de emoción al escuchar la voz de su mejor amiga. La cautela de Tallana era comprensible; la comunicación debía ser esporádica y altamente insegura.
Dices con acento siciliano, "Soy yo, Tally. Mia. Estoy bien."
Un silencio del otro lado, seguido por un suspiro profundo y audible de alivio.
Tallana dice con acento ensenadense, bajando la voz, "¡Mía! ¡Ay, cabrona! ¿Por qué chingados tardaste tanto en llamar? Me tenías con preocupación."
Dices con acento siciliano, "Hubo un ciclón. Se cayeron las comunicaciones por días. Apenas pude hacer esto ahora. ¿Cómo está todo por allá? ¿Cómo está Alexey?"
La urgencia en la voz de Olivia era palpable, el control que había mantenido por semanas se desvanecía ante la oportunidad de preguntar.
Tallana dice con acento ensenadense, con una pausa medida, "Alexey... está bien, mi vida. Físicamente. Ha crecido un montón. Come como un campeón, puro biberón y ya le metimos sus primeras papillas de frutas. Le encanta el plátano, se ríe solo cuando se lo das."
Una punzada dulce y amarga golpeó a Olivia. Se mordió el labio para no sollozar.
Dices con acento siciliano, "Qué bueno... qué bueno, Tally. ¿Y... se ha dado cuenta? ¿Me extraña?"
Tallana dice con acento ensenadense, su tono se vuelve suave, honesto, "Mira, Mía, es un bebé, pero sí. Al principio, los primeros días, estaba más irritable. Buscaba tu olor. Lloraba a mitad de la noche de repente, sin consuelo. Jay y yo nos turnábamos. Pero ya pasó lo peor. Se está acostumbrando a la rutina de acá. Jay... Jay lo tiene pegado a él todo el tiempo."
Dices con acento siciliano, "Eso me da paz. Jay es el mejor padre que podría tener. ¿Y él? ¿Cómo está Jay?"
El cambio de tema no engañó a Tallana, pero la agente respetó el dolor de su amiga.
Tallana dice con acento ensenadense, la voz se tensa un poco, "Jay... sigue igual. Es un robot, Mía. Vive en la casa, pero no vive. Está con el niño, sí. Lo carga, lo baña, le canta esas canciones rusas que nadie entiende. Pero fuera de Alexey... está hecho de hielo."
Dices con acento siciliano, "Sigue molesto."
Tallana dice con acento ensenadense, con una amarga sinceridad, "Molesto no es la palabra. Es odio. Odio puro, Mía. En sus ojos. Es como si te hubiera borrado. Si le hablo de ti, de lo que pasó, solo dice 'es por el bien de Alexey' y se encierra en su oficina improvisada. Trabaja sin parar. Está más delgado, más pálido. Solo tiene esa paz cuando ve al niño."
Dices con acento siciliano, en un susurro cargado de culpa, "Merecido lo tengo. Yo lo arruiné todo. Lo sé."
Tallana dice con acento ensenadense, “Quiero que sepas que estamos bien. Que nadie ha preguntado por ti. Que la casa es segura y Jay se mantiene oculto. No sale si no es para ir al súper o a la farmacia, y eso, con mil precauciones."
Dices con acento siciliano, "Gracias, Tally. Por cuidarlos. Por todo. Ya tengo mi nueva identidad. Estoy en Siracusa. Es... seguro."
Tallana dice con acento ensenadense, un poco de su jovialidad regresando, "¿Sicilia? Órale, la Sirenita en casa. Ya me imagino. No te castigues, Mía. Sobrevive. Por Alexey."
Dices con acento siciliano, sintiendo el ancla de la amistad, "Lo haré. Prometo que en cuanto pueda, haré otra llamada. Cuídalo, por favor.
Tallana dice con acento ensenadense, "Y tú cuídate. Y no te desaparezcas más de cinco semanas, ¿me oíste? Te quiero, cabrona."
Dices con acento siciliano, "Te quiero, Tally. Mucho. Adiós."
La conexión se cortó con un sonido seco, dejando a Olivia con la mano temblándole sobre el aparato. La información era un cuchillo de doble filo: Alexey estaba a salvo y feliz, pero el odio de Jay era una verdad fría e irrefutable. Había pagado el precio, y ahora solo quedaba la supervivencia.
Se quedó de pie en el Centro de Datos, el teléfono satelital aún en la mano. Las palabras de Tallana, simples y directas, resonaban en el silencio electrónico del lugar: "Odio puro, Mía. En sus ojos".
Olivia dejó el aparato sobre la consola de monitoreo. No era un arma, pero dolía más que un tiro en el pecho.
El odio de Jay. Era la consecuencia lógica y brutal de su egoísmo. Había jugado con el fuego de James y había quemado el futuro que Jay, con su calma y su amor, le había construido. Su impulsividad, esa necesidad enfermiza de probar que no estaba muerta, de buscar el riesgo en lugar de la paz, había destrozado la vida de un hombre bueno. Se había comportado como una bandida emocional, tomando lo que quería de ambos sin considerar el costo.
La traición, el sexo con James, el 'ciclo cerrado' que no era más que una mentira autoimpuesta, ahora se sentía como el acto de una adolescente irresponsable, no de una agente de élite. La MiaFiemma criminal, la que no tenía miedo de romper las reglas de la moral, había arruinado a la MiaFiemma madre, a la mujer que buscaba redención.
La tristeza se asentó en su estómago, pesada y corrosiva. No era una tristeza por la pérdida, sino por el daño irreversible que había causado. Había lastimado a Jay de una forma que ni mil balas podrían replicar, y había condenado a James a una distancia que lo torturaría a él y a su familia.
Pero junto a esa tristeza, una voz seca y fría le recordó la única razón por la que seguía respirando: Alexey. Sobrevive. Por Alexey. La promesa de verlo una vez más, de asegurarse de que estuviera bien, era el motor que impedía que se desmoronara. Un anhelo que no servía para enmendar nada, pero sí para mantenerla operativa.
Dices con acento siciliano, en un susurro sin volumen, "No puedo seguir escondida."
El refugio se había convertido en una trampa. El aislamiento ya no era una estrategia de seguridad, sino una forma de evitar la realidad. La rutina del cuartel era insuficiente. Olivia Lisama necesitaba ser funcional en la superficie, mezclarse, construir la tapadera que Firme Unidad necesitaba y que Alexey, indirectamente, le había exigido.
El miedo no era a la misión; era al mundo normal. Tenía que salir, usar su nueva identidad, buscar un trabajo ficticio, enfrentar las calles de Siracusa como una civil. Tenía que volver a fingir una vida, y el agotamiento de la mentira la paralizaba. No quería crear nuevos lazos, no quería conocer a nadie más, porque sabía el resultado: todo lo que tocaba, lo dañaba.
No quería volver a lastimar. Ni a un Jay que intentó salvarla, ni a un James que era su propia destrucción, ni a un hijo que la había anclado a una vida que no supo valorar.
Se obligó a caminar hacia las escaleras que llevaban al Vestíbulo de Seguridad. El ascenso le costó cada gramo de voluntad. Tenía que empezar a vivir como Olivia Lisama, por Alexey. No por un nuevo amor, ni por una nueva aventura. Solo por la supervivencia, el silencio y la promesa de no volver a cometer los mismos errores.

Exploración y reconocimiento de daños.


Llegó al Vestíbulo, la luz artificial le pareció cegadora. El guardia, el mismo de hace semanas, la saludó con un gesto de cabeza.
El guardia dice con un marcado acento siciliano, "Buongiorno, Signorina Lisama. ¿Sale a tomar el aire?"
Olivia se irguió, forzando la inexpresión en su rostro. Solo quedaba la agente, fría y cautelosa.
Dices con acento siciliano, la voz plana, profesional, "Buongiorno. Es hora de empezar a construir mi tapadera en la superficie. Buscaré un departamento y trabajo. Lo que sería normal."
El guardia asintió, su rostro impasible.
El guardia dice con un marcado acento siciliano, "La fachada de 'ciudadana normal' es vital. Aunque no se espere una bienvenida fácil."
Dices con acento siciliano, "¿A qué se refiere?"
El guardia dice con un marcado acento siciliano, "El ciclón. El ciclón Katy golpeó fuerte, Signorina. La superficie no es el refugio. En Siracusa, la gente está... tensa. No hay normalidad. Tenga cuidado. Y mantenga el perfil bajo."
Olivia asintió, su mente registrando la nueva variable: el caos post-desastre. La seguridad del cuartel no se había traducido en la seguridad de la ciudad. El ciclón Katy, que había cortado sus comunicaciones, había dejado una cicatriz en su nuevo territorio.
Salió por la puerta de servicio camuflada, que daba a un callejón estrecho cerca del puerto de Ortigia. El contraste con el aire filtrado del cuartel fue brutal. El viento, aunque ya no huracanado, seguía siendo frío y salino. Pero lo que la golpeó no fue el clima, sino la imagen.
La luz de la mañana revelaba una ciudad herida. No era la Sicilia turística de postal, sino un escenario de desastre.
El ciclón Katy había tocado tierra con la fuerza de un huracán, y sus consecuencias eran evidentes en cada rincón. Las calles adoquinadas estaban cubiertas de escombros: fragmentos de tejas rotas, ramas de árboles arrancadas y lo que parecían ser trozos de embarcaciones destrozadas arrastrados desde el puerto. El olor era una mezcla acre de sal, humedad y lodo podrido.
Al avanzar por Via Loggia, Olivia vio la magnitud del daño. En el puerto, gran parte de las instalaciones portuarias estaban inutilizables, con grúas torcidas y muelles parcialmente colapsados. Las embarcaciones de recreo, que antes bailaban en el agua, ahora yacían volcadas o encalladas en la costa, testimonio de las olas que superaron los 6 metros de altura durante el pico de la tormenta.
La arquitectura barroca de Ortigia, tan orgullosa en los folletos, estaba desfigurada. Muchos edificios históricos mostraban graves daños estructurales en los tejados y fachadas, producto de los vientos que, según los reportes filtrados a Firme Unidad, habían superado los 120 km/h en ráfagas sostenidas. Las ventanas rotas y los andamios caídos eran algo común.
La vida civil, en lugar de recuperar la normalidad, bullía con frustración. El suministro eléctrico seguía siendo intermitente en muchos barrios, y se veían largas colas de ciudadanos en las pocas fuentes públicas que aún funcionaban. Los servicios esenciales estaban sobrepasados. Vio grupos de personas limpiando sus casas con una resignación amarga, mientras que camiones militares, no de la policía, ayudaban en la remoción de los desechos, evidenciando el nivel de emergencia.
La normalidad que Olivia tenía que simular estaba rota. Este no era un lugar para pasar inadvertido, sino un polvorín social. El ciclón no solo había dañado la infraestructura; había desmantelado la calma social.
Se detuvo frente a un muro de piedra que había sido derribado. Sacó un mapa turístico de su bolso, el único elemento que encajaba con la tapadera de recién llegada, y fingió orientarse.
Olivia dobló el mapa con un movimiento limpio y lo guardó. El instinto la obligó a no quedarse estática. Caminó con paso medido, adoptando la cadencia de alguien que evalúa el daño, no que lo causa. Se dirigió hacia el puerto de Ortigia.
La zona que antes había sido un vibrante mercado de pescado, cerca del Porto Grande, era ahora un amasijo de lonas rasgadas, cajas de madera rotas y el hedor a marisma podrida. Los puestos metálicos yacían volcados, y los restos de la mercancía, en su mayoría mariscos y verduras, se mezclaban con el lodo y la basura.
Se acercó a un grupo de hombres mayores que intentaban, con herramientas rudimentarias, levantar un toldo colapsado. Sus rostros estaban curtidos por el sol y la fatiga. Uno de ellos, con una boina de lana empapada, golpeaba la estructura con un martillo, la frustración dibujada en cada movimiento.
—Maledizione! Tre giorni! Tre giorni senza luce e i pesci marciscono tutti! —gruñó el hombre, refiriéndose a los tres días sin electricidad que arruinaron su mercancía.
Otro, más joven, escupió en el suelo y miró al cielo plomizo. —Dove sono i soldi, eh? Dicono che Roma manderà gli aiuti. Ma per ora, solo promesse e fango. (¿Dónde está el dinero, eh? Dicen que Roma enviará ayuda. Pero por ahora, solo promesas y lodo).
Olivia captó el mensaje: resentimiento por la lentitud de la ayuda gubernamental y la palpable desesperación económica. La gente no estaba preocupada por el turismo o la belleza, sino por el pan y el pescado perdido.
Continuó bordeando la costa dañada. Vio una fila de mujeres, algunas jóvenes y otras ancianas, llenando bidones de agua de un camión cisterna municipal. El rumor viajaba rápido entre ellas, como un reguero de pólvora.
—Dicono che la mafia ne approfitterà. Prezzi più alti per il cemento, per i tetti. (Dicen que la mafia se aprovechará. Precios más altos para el cemento, para los techos).
—E le assicurazioni? I danni non li pagheranno. Era un atto di Dio, dicono. (¿Y los seguros? No pagarán los daños. Fue un acto de Dios, dicen).
Olivia se quedó quieta, fingiendo observar el mar. El caos post-ciclón era el escenario perfecto para el crimen organizado. La interrupción de la ley, la presencia militar encubierta, y el colapso de la infraestructura abrían una ventana de oportunidad para el contrabando o, peor aún, para la reestructuración de rutas. El 'ciclón Katy' era mucho más que un desastre natural; era un catalizador táctico.
Sus ojos, fríos y analíticos, hicieron un barrido. ¿Cómo encajaría 'Olivia Lisama' en este escenario de emergencia?
La idea se formó en su mente con la claridad del acero. La supervivencia de su tapadera, y por ende, la seguridad de la misión y de Alexey, dependía de su mimetismo. Tenía que ser útil. Tenía que ser parte de la reconstrucción.
Se acercó a la pila de escombros más grande, donde los hombres luchaban. El hombre de la boina, sudando profusamente, intentaba atar una cuerda a un trozo de hormigón demasiado pesado para mover.
Olivia se quitó la chaqueta y la dejó a un lado. Las licras de entrenamiento y la camiseta sin mangas no eran ropa de civil, pero eran funcionales. Se acercó sin preguntar, evaluando la carga. Sus brazos, curtidos por años de entrenamiento con peso y combate, eran su única tarjeta de presentación en ese momento.
Olivia dice con acento siciliano, Lasciate stare così. Non serve la corda.
El hombre de la boina se giró, mirándola con recelo y cansancio. —¿E chi saresti tu, signorina? (¿Y quién serías tú, señorita?)
Olivia se limitó a extender la mano y agarró el borde del hormigón. Sus músculos se tensaron, y con un esfuerzo controlado y técnico, lo levantó apenas lo suficiente para que el joven pudiera deslizar una tabla por debajo, creando una palanca improvisada. El movimiento fue inesperado, la fuerza silenciosa.

—Qualcuno che ha bisogno di un lavoro onesto —respondió ella, sin sonreír. (Alguien que necesita un trabajo honesto).

Se unió al esfuerzo, moviendo escombros. La agenta más letal de Firme Unidad, con una nueva identidad en el bolsillo, acababa de iniciar su tapadera como obrera de la reconstrucción post-ciclón en Siracusa. El caos exterior se convertía en su mejor camuflaje. Era sucio, era peligroso, pero era creíble.
Larabelle Evans
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Re: Operazione- Sirene Fenice

Mensaje por Larabelle Evans »

Aguas Oscuras y Redes Llenas.

Punto de vista: Olivia.

La Nereida se detuvo en medio de la negrura líquida del Jónico. Regina apagó los motores, y el silencio que siguió fue vasto, roto solo por el suave chapoteo de las olas contra el casco y el lamento distante del viento. Diez millas mar adentro, las luces de Siracusa eran apenas una vaga promesa en el horizonte, lo suficientemente lejos para la pesca, lo suficientemente cerca para el pánico.
Regina dice con acento siciliano, encendiendo un foco potente que barrió la superficie del mar, Este es el lugar. Ahora, a trabajar. No queda tiempo para presentaciones. ¿Sabes tirar la red de cerco?
Olivia dice con acento siciliano, ajustándose en el cuello del impermeable que Regina le había prestado, Sé usar todo lo que no esté atornillado. Enséñame la primera vez.
Regina sonrió ligeramente, una expresión fugaz de alivio y diversión ante la calma de la desconocida. Abrió el compartimento de la cubierta y extrajo una pila de red de nailon, gruesa y pesada, con plomos en el borde inferior y boyas de corcho en el superior.
Regina dice con acento siciliano, instruyendo con rapidez, El cerco es pequeño, se lanza desde aquí, formando un círculo. Hay que coordinar el lado. Yo marco el ritmo. Tú, asegúrate de que el plomo se hunda rápido. Y mantente atenta a cualquier sonido de motor. No queremos que los amigos de ese nos encuentren.
Trabajaron en tándem, sin necesidad de muchas palabras. Regina, a pesar de su pequeño tamaño, manejaba la red con una fuerza sorprendentemente eficaz, producto de años de bregar con el mar. Olivia, en cambio, usó una técnica más limpia, distribuyendo el peso de la red con movimientos precisos y utilizando la fuerza central de su cuerpo en lugar de la tensión del hombro. En poco tiempo, la primera red estaba en el agua, formando una barrera invisible.
Mientras esperaban, Regina se sentó en un banco bajo, observando a Olivia. La luz de la luna, ahora menos obstaculizada, revelaba las líneas duras de su rostro, la intensidad de sus ojos.
Regina dice con acento siciliano, Eres fuerte. ¿Trabajabas en el puerto antes del ciclón? Nunca te había visto.
Olivia dice con acento siciliano, con una voz que flotaba entre la mentira y la verdad, No. Acabo de llegar a Siracusa. Buscaba un lugar tranquilo para empezar de nuevo.
Regina dice con acento siciliano, riendo amargamente, ¿Tranquilo? Siracusa no es tranquilo. Y mucho menos después de Katy. Yo he vivido aquí toda mi vida. Toda. No sé hacer otra cosa que pescar. Esta casa, este mar... es todo lo que mi madre y yo tenemos.
Regina señaló una boya con el dedo.
Regina dice con acento siciliano, Ahí es donde tenemos que empezar a recoger. Lo que te dije en el muelle es cierto. No sé quién eres, pero me has dado una noche más. Yo no tengo secretos; soy lo que ves.
Olivia observó a Regina. El agotamiento en su rostro, la honestidad brutal de su vida. Regina no tenía secretos porque no tenía el lujo de tenerlos. Su vida era lineal: el mar, la familia, la lucha por el sustento. Era una existencia que, a pesar del peligro constante del mar y de la mafia, poseía una estabilidad que MiaFiemma había arruinado. No había vidas dobles, ni identidades falsas, ni amores que quemaban. Solo la necesidad diaria.
Olivia dice con acento siciliano, con una pizca de envidia en su voz, Tienes un hogar, una familia que te espera. Yo no.
Regina dice con acento siciliano, ¿Y por eso andas deambulando por los muelles de noche buscando peleas con cobradores? No lo entiendo. Una mujer con tu fuerza podría conseguir un buen trabajo en la reconstrucción.
Olivia dice con acento siciliano, Me gusta el mar. Y me gusta la gente que sabe por lo que lucha.
La boya se hundió abruptamente, rompiendo la tensión de la conversación.
Regina dice con acento siciliano, con un repentino brillo en los ojos, ¡Ya está! Tira de la boya. ¡Vienen cargados!
El trabajo de recoger la red fue mucho más extenuante que el de lanzarla. Ambas se inclinaron sobre la borda, tirando del nailon húmedo, metro a metro. Los plomos rompían la superficie con un ruido sordo, y pronto, los peces plateados comenzaron a luchar y a saltar en la bolsa de la red.
La red estaba llena de dorada y pargo rojo, la mejor pesca para el mercado de Catania. El valor era alto. Regina no pudo evitar que se le escapara un grito de júbilo.
Regina dice con acento siciliano, extasiada, ¡Mamma mia! ¡Esto es oro, mujer! ¡Oro puro! Con esto puedo pagar la renta de la barca y sobra para el tejado.
Olivia la ayudó a vaciar la red en los compartimentos del suelo, el pescado fresco resbalando bajo sus botas. El olor a mar y a sangre era intenso, pero Olivia lo encontró reconfortante. Era un trabajo real, con un resultado tangible e inmediato. No como las misiones de Firme Unidad, donde el éxito era un fantasma y el fracaso una explosión silenciosa.
Olivia dice con acento siciliano, Acelera. El sol sale en dos horas y media. Necesitas otra tanda.
Regina asintió, su fatiga olvidada por la euforia de la pesca.
Regina dice con acento siciliano, Tienes razón. La suerte no dura.
Tiraron una segunda red en un caladero cercano. Esta vez, mientras esperaban, la conversación se hizo más íntima, más distendida.
Regina dice con acento siciliano, ¿Tienes hijos?
La pregunta golpeó a Olivia como una ola de seis metros. Se volvió hacia el horizonte, su rostro inexpresivo.
Olivia dice con acento siciliano, Sí. Un niño. Es muy pequeño todavía.
Regina dice con acento siciliano, con una dulzura inesperada en su voz, Ah, bellissimo. ¿Cuántos años?
Olivia dice con acento siciliano, su voz se vuelve un hilo, Meses. nueve meses. Lo dejé con su padre.
Regina detuvo sus movimientos, mirándola con comprensión y sin juicio. Su propia vida, marcada por la dificultad, le había enseñado a no hacer preguntas intrusivas sobre las heridas de otros.
Regina dice con acento siciliano, con un tono simple y sin dramatismo, — Tuviste tus razones, entonces. La vida de madre no es fácil, y a veces, para que los hijos estén bien, tienes que hacer cosas que te rompen el alma. No tienes que darme explicaciones.
Regina le dio una palmada ligera y áspera en el hombro. Era un gesto de camaradería silenciosa, de entendimiento mutuo.
Regina dice con acento siciliano, — Pero mira. No te puedes quedar ahí, mirando al mar y pensando en lo que ya fue. El mar es para los peces, no para los lamentos. Eres fuerte, ragazza. Lo vi en el muelle. Tienes el fuego. Úsalo. No dejes que la culpa te hunda. Si ese niño te espera, tienes que volver como una reina, no como una mendiga de tristeza.
Olivia dice con acento siciliano, girándose para mirarla, una sonrisa minúscula y genuina por primera vez en semanas asomándose en sus labios, — No soy de las que se ahogan, Regina.
Regina dice con acento siciliano, con el carácter costeño vibrando, — ¡Pues claro que no! ¡Eres una mamba, no una sirena tonta! Ahora, ayúdame a llenar esta barca. Si el mar nos está dando esta oportunidad, la tomamos. Y cuando lleguemos a Catania, con esta pesca, nos vamos a tomar un café, aunque sea de máquina, y me cuentas dónde aprendiste a golpear así a los chulos.
Olivia asintió, sintiendo cómo una capa de hielo se resquebrajaba dentro de ella. No era consuelo, era acción. No era terapia, era la cruda y honesta aceptación de una desconocida. Una amistad había prendido fuego en las aguas oscuras del Jónico, basada en la necesidad mutua y en la adrenalina.
Olivia dice con acento siciliano, con un tono más ligero, — Hecho. Pero el café me lo debes. Y te mostraré un par de trucos para que no tengas que usar la cuerda la próxima vez.
La boya, en ese momento, volvió a hundirse. Ambas se inclinaron sobre la borda, preparadas para recoger la red. El amanecer estaba a punto de romper, y el futuro de Olivia, aunque peligroso, ya no parecía tan solitario.
Larabelle Evans
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Re: Operazione- Sirene Fenice

Mensaje por Larabelle Evans »

El Retiro Táctico.

Punto de vista: Delta Sirena.

Olivia observó la furgoneta de Paolo y Regina desaparecer a toda velocidad, llevándose consigo la promesa de una venta exitosa en Catania y, lo que era más importante, el caos inmediato. El muelle, vacío de las figuras de sus agresores, se sentía repentinamente silencioso. Solo el chapoteo ocasional en el agua helada, donde los cuerpos de los dos matones de Messina flotaban a merced de la marea, rompía la quietud. No se había detenido a mirar, pero la ausencia de chapoteos desesperados era suficiente. La ropa empapada, el frío, el golpe y la incapacidad de encontrar agarre en el hormigón resbaladizo habían hecho el trabajo por ella. Dos problemas menos, dos cadáveres más en el haber de MiaFiemma.
Se pasó la mano por el pelo, ajustándose la cola de caballo que se había soltado parcialmente durante la reyerta. La adrenalina se estaba retirando, dejándola con un temblor fino en las manos y la sensación de ceniza fría en el estómago que conocía bien. La furia de Paolo había sido un espejo, reflejando su propia imprudencia. Tenía razón: no era de allí, y su intervención había escalado un simple cobro a una situación de doble homicidio. El juego no era salvar a Regina; el juego era la supervivencia, y había fallado al exponerse.
El rechazo de Paolo, aunque cargado de miedo, había sido la bofetada de realidad que necesitaba. No era la heroína. Era un imán para el desastre. La MiaFiemma había disfrutado de la pelea, del golpe seco en el muelle, de la sensación de control. Pero la Olivia Lisama, la agente que debía ser invisible y estratégica, acababa de crear un problema de seguridad masivo para su misión.

Retorno a la Jaula.


La prioridad era la invisibilidad. Olivia caminó de regreso hacia el Vestíbulo de Seguridad con una velocidad controlada, adoptando de nuevo la cadencia de la agente. Evitó las avenidas principales, moviéndose por callejones y callejas estrechas. Se detuvo en un nicho sombrío para revisar su atuendo. El barro del muelle manchaba sus licras y su sudadera, la suciedad era evidente. Se limpió el rostro, borrando cualquier rastro de la pelea, y se puso la chaqueta que había abandonado antes de unirse a la reconstrucción, intentando camuflar el lodo de la parte baja de su cuerpo.
Llegó a la puerta de servicio camuflada y deslizó la tarjeta de acceso con una precisión mecánica.
El guardia dice con un marcado acento siciliano, "Bentornata, Signorina Lisama. No ha estado mucho en la superficie. ¿Todo en orden? El sol está saliendo."
Olivia Dice con acento siciliano, su voz ya recuperando la planitud profesional, "El caos es peor de lo que se reportó. La reconstrucción será lenta. Necesito dos semanas para digerir los manuales y establecer un protocolo de contacto civil. El riesgo en la calle es muy alto en este momento."
El guardia asintió, su rostro impasible. No preguntó. No tenía por qué. El razonamiento era lógico en un entorno de inteligencia: el caos social era un campo minado.
Olivia regresó al búnker. No se dirigió a su habitación, sino al Centro de Datos. Primero, tenía que evaluar el daño colateral.

Análisis y Contención.

Punto de vista: Delta sirena.

Se sentó frente a una consola vacía y sacó su viejo teléfono satelital, ahora envuelto en una bolsa de plástico para evitar que el agua salada y la humedad del muelle estropearan el cifrado. Lo conectó y accedió a la red interna de Firme Unidad.
Su primer paso fue la contención del riesgo. Usó sus viejas credenciales para acceder a los dark nets y a los foros de chismes criminales de Messina y Siracusa. El muelle era un punto ciego, pero un doble homicidio en el puerto, incluso si era de dos matones de bajo nivel, siempre generaba olas.
Comenzó a escribir un informe cifrado que no saldría de Firme Unidad hasta que el riesgo se diluyera.

Protocolo
Acción
Justificación
Encubrimiento
Crear un rastro digital de "huida" para los dos matones de Messina.
Simular que huyeron por mar debido a una deuda de juego, no por un asesinato.
Ruta de Desvío
Generar reportes falsos de avistamiento de la Nereida cerca de Malta y las Islas Eolias.
Desviar la búsqueda de la mafia de Messina lejos de Catania y Ortigia.
Acción Personal
Dos semanas de confinamiento autoimpuesto en el búnker de Firme Unidad.
Evitar que su rostro, ya conocido por el tercer matón que huyó, fuera visto.
La necesidad de actuar la ancló de nuevo al presente. La culpa por Jay y Alexey se desdibujó ante el peligro real. Si la mafia de Messina la atrapaba, no solo moriría ella, sino que Firme Unidad sería comprometida, y la operación Fénice, diseñada para proteger a su hijo, se vendría abajo.
Durante las siguientes horas, Olivia se convirtió en un fantasma digital. Infiltró el tráfico de la Guardia Costera para hacer que las coordenadas de los dos matones perdidos señalaran alta mar, no el muelle de Ortigia. Plantó rumores cifrados sobre una disputa interna por el control del tráfico de drogas entre Messina y Palermo, usando a los dos hombres como bajas de esa "guerra".
Cuando terminó, la historia de la muerte de los matones en el muelle estaba enterrada bajo un aluvión de desinformación.

El Confinamiento de Dos Semanas.

Punto de vista: Delta Sirena.


Las dos semanas siguientes fueron un descenso forzoso a la rutina que había abandonado. El cuartel subterráneo, que antes le había parecido una jaula, se convirtió en un refugio necesario.
Día 1-3: La Desintoxicación
Olivia se dedicó al entrenamiento físico más brutal. Cuatro horas al día en la Zona de Entrenamiento, castigando su cuerpo hasta el punto de la náusea. No era un ejercicio; era una penitencia. Intentaba exorcizar la MiaFiemma que había disfrutado matando. Se enfocó en la precisión, en el tiro, en el protocolo de la agente. Por la noche, leía el manual de Olivia Lisama: aprendía los hábitos de su nueva identidad, cómo miraría, cómo hablaría, cómo reaccionaría ante una pregunta inesperada. Se obligó a comer las raciones frías para mantener el peso, pero el hambre se había convertido en un concepto abstracto, secundario a la urgencia de estar lista.
Día 4-7: El Silencio y la Obsesión
El silencio del cuartel la empezó a torturar de nuevo. La ausencia de contacto era su castigo. Se encontró pasando horas en el Centro de Datos, observando en modo pasivo la actividad de Neo-Madrid. No podía contactar a Tallana, pero podía monitorear la red. Buscó patrones de tráfico que indicaran un riesgo para Jay y Alexey. No encontró nada. Jay había seguido el protocolo al pie de la letra, su vida era un fantasma de códigos cifrados. El silencio de su ancla era la prueba de su seguridad, pero también el recordatorio constante de su pérdida.
El rostro de Paolo y la desesperación de Regina regresaban a ella. Sentía un respeto forzado por ellos, por su lucha sencilla y honesta. Ellos luchaban por pescado y cemento; ella, por fantasmas y culpa.
Día 8-14: La Estrategia y la Calma Fría
La última semana, Olivia emergió de la depresión con una frialdad calculada. Aceptó la nueva realidad: era una asesina eficiente que había salvado a dos inocentes. El incidente de Messina se había desvanecido de la superficie de las noticias, reemplazado por la crisis de reconstrucción. La desinformación de Olivia había funcionado.
Comenzó a planificar su reentrada a la superficie. Su tapadera como obrera de la reconstrucción era creíble gracias a las cicatrices del ciclón, y su breve encuentro con Regina y Paolo le había dado un contexto: era una forastera que buscaba trabajo. Tenía que volver a Siracusa, pero esta vez, con un nivel de cautela más alto.
El miedo a ser descubierta no la paralizaba; la motivaba. La MiaFiemma había sido silenciada, reemplazada por la Olivia Lisama: un arma fría, paciente y, sobre todo, invisible.
Se dirigió al espejo de su habitación. Sus ojos eran duros, vacíos de la desesperación de las primeras semanas, pero llenos de una intensidad táctica. Ya no había lágrimas. La culpa estaba encapsulada, guardada.
Olivia Dice con acento siciliano, en un susurro inaudible, "Se acabó el luto. Es hora de empezar a trabajar."
Dos semanas de confinamiento habían cumplido su propósito. Había evitado la retaliación inmediata de la mafia de Messina y había reorientado su mente hacia la misión. Estaba lista para salir de nuevo a la superficie de Siracusa, no como una mujer en duelo, sino como una agente que sabía que la supervivencia exigía la excelencia brutal.
Larabelle Evans
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Re: Operazione- Sirene Fenice

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La llamada que lo rompe todo.

Punto de vista: Olivia.

La llamada era una estupidez. Olivia lo sabía. Había regresado al cuartel en las horas más oscuras de la madrugada, arrastrando el hedor a mar, lodo y la tenue resaca del vino que se había bebido con Regina en algún bar de mala muerte de Ortigia, antes de que el sol saliera. El alcohol había sido el catalizador, pero la desesperación era la verdadera toxina. Después de la pelea en el muelle y la frialdad de Paolo, el hielo de la agente Olivia Lisama se había roto. La MiaFiemma había tomado el control.
Se encerró en su habitación, ignorando la luz fría y constante del búnker. Sacó el viejo teléfono satelital, aún húmedo de la noche, y lo puso a cargar en un rincón. Su pulso era un tambor en sus sienes. El miedo a las consecuencias era mucho menor que la agonía de la soledad. Con la mano temblándole, marcó el número prohibido, el número que había jurado olvidar.
El aparato dio un tono, luego otro, un silencio ensordecedor en el refugio. En el cuarto intento, descolgaron.
El sonido de la voz de James llegó roto, como si estuviera hablando a través de un océano de interferencias y dolor.
James dice por teléfono, con la voz de borrachera: —¿Quién...
Dices por teléfono, en un susurro ronco, apenas audible: —Mi, cantante. James...
Hubo un silencio del otro lado, tan pesado que Olivia tuvo que morderse el labio para no colgar. El silencio de la comprensión.
James dice por teléfono, el aire escapándose de sus pulmones: —Mía...
James dice por teléfono, con una incredulidad dolorosa: —¿Eres tú?
Dices por teléfono, forzando un tono que sonaba a verdad: —Sí, aún sigo siendo yo quien te dice así.
James dice por teléfono, su voz volviéndose una cuchilla afilada: —¿Qué... qué quieres... me dejaste...
Dices por teléfono, sintiendo las lágrimas calientes en la garganta: —Te dejé, porque quería protegerte, pero es que, no puedo ¡putamadre James!, no puedo seguir así.
James dice por teléfono, con un rugido contenido: —¿Tú tienes idea de cómo estoy, Mía? ¿Tú tienes una puta idea de cómo me dejaste? ¡No!
Dices por teléfono, cerrando los ojos con fuerza: —Lo sé. Te juro que estoy igual, o peor que tú. Parezco un puto robot entrenado para matar, no puedo seguir así. Tienes que saberlo.
Dices por teléfono, con la desesperación del encierro: —Estoy en una ciudad que no conozco, con gente ajena a mí, nada es como yo quiero. Y a pesar de mi encierro, no puedo más.
James dice por teléfono, su voz cargada de un resentimiento helado: —¿¡Así!? ¿Tú sabes lo que es estar muerto en vida? Te fuiste, así sin más, y me dejaste. Y la única razón por la que sigo cuerdo es mi niña, a la que, por cierto, cada maldito día me toca inventarle una nueva mentira. ¡Ya no canto, ya no compongo, ya nada! Y otra vez, otra puta y maldita vez mi vida se fue al carajo. ¡Todo se fue a la chingada! ¿Y sabes cuál es el común denominador en esto? ¿Sabes cuál es la coincidencia más grande, Mía?
Dices por teléfono, tragando el nudo de culpa: —Que es culpa mía...
Dices por teléfono, con la voz rota por el arrepentimiento: —Pero yo también, me morí el día que dejé a mi bebé con su padre, y en el momento que te dije que no más. Tú tienes a tu hija, yo en cambio, lo dejé. Y para acabarla de chingar, te dejé a ti.
James dice por teléfono, el sonido de un puño golpeando algo resonando en el auricular: —Sí la tengo conmigo, pero todo está roto, Mía, ¡entiende! Ya, dime, ¿para qué me llamaste?
Dices por teléfono, dejando caer la armadura: —Para decirte que, aunque me fui de España, sigues en mi corazón. James, yo te amo... ¡Puta madre!, desde el puto día que te vi cantar la primera vez, supe que te iba a amar a pesar de todo. A pesar del monstruo que soy ¡chingadamadre!
James dice por teléfono, con un cinismo cruel: —¿Y ahora qué? ¿Qué quieres que te diga? Tú me obligaste, y me enseñaste a amarte, a obsesionarme contigo.
Dices por teléfono, el aliento en un jadeo: —Te necesito James.
James dice por teléfono, el tono de un hombre torturado: —Pero no se te ocurrió enseñarme a olvidarte. ¿Me necesitas? Pues yo te necesito más. ¡Maldita te amo, y te odio! Quiero matarte, comerte a besos y golpearte. Pero en zonas que no debería mencionar.
Dices por teléfono, la voz suplicante: —Porque ni yo misma supe cómo dejar de amarte. Aun sabiendo que eras de otra mujer, otra mejor que yo. Yo te amaba y quería ser tuya para siempre.
James dice por teléfono, su voz un lamento amargo: —¿Y por qué no lo fuiste? ¿Tienes idea de la necesidad que te tengo?
Dices por teléfono, —Tú eres el único que podría hacer todo eso al mismo tiempo. Podría morir en tus brazos y sería lo mejor para mí. Pero no, sin ti James, no puedo en serio.
James dice por teléfono, la ira volviéndose desprecio por sí mismo: —¿Tienes idea de cuántas veces te he llorado? ¿Me he tocado pensando en ti? ¿He tomado por ti? ¿Tienes una puta idea? ¡La tienes!
Dices por teléfono, golpeando la pared del cubículo con el puño: —Sí, ya te dije que sí. ¡Chingado! Yo te amo, y si no te tengo por más meses, todo se va a ir a la mierda.
James dice por teléfono, el último vestigio de su control desapareciendo, la voz baja y amenazante: —Pues ya sabes dónde estoy, perra. Y si realmente me quieres convencer, más te vale que vengas en tanga o desnuda, porque por más que te ame, Mía, no vuelvo a dejar a mi joyita. Ella es la menos culpable de nuestras pendejadas.
Dices por teléfono, volviendo a la súplica táctica: —No te estoy pidiendo que la abandones, como lo hice con mi bebé. Solo déjame verte, déjame estar a tu lado, aunque esté en esta puta misión; misión que acepté para que mi niño no naciera y creciera en una cárcel. Él no tenía la culpa de ser mi hijo, hijo de una narcotraficante.
James dice por teléfono, con la frustración total: —¿Y cómo quieres estar a mi lado sin estar, Mía, por Dios?
Dices por teléfono, con la voz ahogada por la frustración y el vino: —Podrías venir, aquí... Luego irte a España... ¡Puta madre James!, no sé cómo hacer, pero es que renunciar a ti... Ya lo intenté y no puedo.
Olivia se levanta de golpe, dando un manotazo a la mesa de metal de su cubículo. La vibración es sorda, contenida, como la furia que la ahoga. Se lleva la mano libre a la nuca, apretando los músculos tensos.
James dice por teléfono, con una frialdad que la traspasa: —No, Mía. No de nuevo, no puedo irme y volver como si nada. Además, aquí está mi vida, mi trabajo, mi hija y mi fuente de trabajo, y eso duele, Mía. No sé si lo de nosotros es posible.
Dices por teléfono, la desesperación haciéndole temblar el labio inferior: —¡Pero James, maldita sea! ¿En serio vas a dejar que todo se vaya a la mierda?
Ella camina de un lado a otro en el reducido espacio, sintiendo el aire viciado del búnker. Su respiración se acelera.
James dice por teléfono, con el tono de un hombre que ha sopesado cada gramo de dolor: —Es que, ¿cómo lo hacemos, Mía? ¿En serio ves rentable una relación así? ¿En verdad crees posible una relación por viajes? ¿Sin compartir tiempo juntos con normalidad? Dime, dime cómo lo hacemos, dime.
Dices por teléfono, suplicante, el tono volviéndose más bajo y urgente: —Yo... necesito intentarlo, James. No entiendes que luchamos por alejarnos, y no somos felices.
James dice por teléfono, un suspiro agotado: —Ay, Mía, no lo sé.
James dice por teléfono, la voz cargada de una advertencia sombría: —Si esto vuelve a fallar, solo nos haremos más daño, y una inocente puede salir afectada.
Dices por teléfono, con una promesa que sabe que no puede romper: —Si tú vienes, haré todo para que funcione, James. Estoy tratando de hacer una vida normal aquí.
Olivia se apoya contra la pared fría, cerrando los ojos. La imagen de Regina y Paolo luchando por su pescado le da una nueva perspectiva de "vida normal".
James dice por teléfono, con resignación: —No lo sé, Mía. Para una relación, compartir tiempo, desayunos, noches, paseos... tengo que vivir allá.
Dices por teléfono, aferrándose a una solución imposible: —Puedes vivir en ambos lugares. Organizar el tiempo.
James dice por teléfono, con una carcajada amarga: —¿Vivir en ambos lugares? ¿Y cómo, según tú?
Dices por teléfono, volviendo a la súplica táctica: —Estar conmigo unas semanas, y regresar a España. Juro que si pudiera volver a España, lo haría, pero es que ni siquiera puedo hacerlo.
James dice por teléfono, con preocupación paternal: —No sé qué le diría a mi niña, Mía. Sería repetir lo de antes.
Dices por teléfono, con una voz helada por la frustración: —Entonces... ¿Quieres que todo siga así, como hasta ahora...?
Olivia suspira con la tristeza más profunda, un sonido rasposo que es más una derrota que un desahogo.
James dice por teléfono, balbuceando ligeramente: —No lo sé, Mía. No puedo pensar, me estoy cayendo de borracho y me cuesta pensar. No quiero que las cosas sigan así, pero en serio, no sé si las cosas se nos puedan dar.
Olivia, al escuchar la borrachera y la honestidad rota, sonríe ligeramente, una mueca dolorosa que solo ella ve en el reflejo oscuro de la pantalla. Es la rendición ante su debilidad.
James dice por teléfono, con una urgencia que rompe el cinismo: —Te necesito... pero no niego que me duele lo que hiciste.
Dices por teléfono, la voz convertida en un hilo fino: —A mí me duele dejar al hombre que más he amado. Perdóname, mi cantante.
Olivia derrama lágrimas doloridas de amor y desesperación de llevar esta vida, lágrimas calientes que se deslizan por sus mejillas curtidas, una escena rara e íntima en el corazón del búnker. Su puño golpea suavemente la pared, una impotente necesidad de autocastigo.
James dice por teléfono, arrastrando las palabras, pero con una intención clara: —Sabes que voy a buscar vuelos, por lo menos para culiarte como puta por hacerme esto, porque es que en serio, no sé cómo le podemos hacer.
Dices por teléfono, intentando sonar firme, a pesar del nudo en la garganta: —Yo también he tomado. Necesito que hablemos cuando estés mejor, amor, necesito verte.
James dice por teléfono, con una risa rota y grosera: —Me esperas en tanga, putita. Ah, y en cuatro, ¿sí? ¡Adióoooos!
Olivia aprieta los ojos al escuchar el click del final de la llamada. Sabía que James en ese estado de borrachera era capaz de decirle eso y más, sumado a la tristeza que se le notaba que tenía. Se desliza por la pared hasta el suelo, aferrándose al teléfono satelital como si fuera el último trozo de calor en el Jónico helado.
Olivia se queda en el suelo por un minuto más, la espalda contra el frío implacable de la pared del búnker. Las lágrimas se detienen tan bruscamente como empezaron, reemplazadas por la urgencia. La llamada ha sido un desastre emocional y táctico, pero ha conseguido lo esencial: ha roto el silencio, ha confirmado que el dolor de James es tan profundo como el suyo, y que todavía hay una conexión física y emocional que podría explotar.
Le manda un mensaje: estoy viviendo en Siracusa amor. Ven pronto, te necesito para respirar.
Larabelle Evans
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Re: Operazione- Sirene Fenice

Mensaje por Larabelle Evans »

La resaca moral

Punto de vista: Olivia.


El amanecer no existía en el búnker de Firme Unidad.
Allí abajo, el tiempo era una abstracción mantenida por relojes digitales y rutinas programadas. Sin embargo, Olivia lo sentía. Su cuerpo llevaba demasiado tiempo viviendo cerca del mar como para no percibir el cambio en el aire. El amanecer tenía un peso distinto, incluso a varios metros bajo tierra.
Había pasado la noche sentada contra la pared de su habitación, con la espalda apoyada en el metal frío y el teléfono satelital todavía entre las manos. No recordaba en qué momento se había quedado dormida. Solo sabía que despertó con el cuello rígido y un sabor metálico en la boca.
La pantalla del dispositivo estaba negra.
La llamada con James ya no era un sonido, sino un eco.
Se levantó lentamente. Durante unos segundos permaneció quieta en medio del pequeño cuarto, mirando el suelo como si tratara de ordenar los fragmentos de la noche anterior.
Había bebido.
Había llamado.
Había suplicado.
Y lo peor de todo: había sentido alivio.
La agente Olivia Lisama entendía perfectamente la gravedad de lo que había hecho. Cualquier contacto con su pasado era una grieta en la operación. No importaba que el teléfono fuera satelital ni que la comunicación estuviera cifrada; cada señal en el mundo moderno dejaba una sombra.
Pero la MiaFiemma, la mujer que aún vivía debajo de esa identidad falsa, no se arrepentía.
Se pasó las manos por el rostro con lentitud, como si quisiera borrar la noche.
Olivia dice con acento siciliano, en un murmullo bajo que se perdió en la habitación, "Una pinche llamada... eso fue todo."
Dejó el teléfono sobre la mesa de metal y caminó hacia el pequeño lavabo. El agua fría le cayó sobre la cara como una bofetada necesaria. Permaneció así unos segundos, inclinada sobre el fregadero, escuchando únicamente el goteo.
Cuando levantó la mirada, su reflejo le devolvió unos ojos distintos a los de la noche anterior.
Menos rotos.
Más peligrosos.
El llanto había terminado. Y con él, la debilidad.
La disciplina regresaba lentamente, como un animal que volvía a ocupar su territorio.
Se secó la cara con una toalla áspera y caminó hacia el armario metálico donde guardaba su ropa civil. Durante semanas había salido a la superficie únicamente como obrera de reconstrucción, cubierta de polvo y cemento.
Eso ya no era suficiente.
Regina Alaimo existía ahora en su vida. Y Regina no conocía a una agente encubierta ni a una mercenaria; conocía a una mujer llamada Olivia que deambulaba por el puerto buscando empezar de nuevo.
Las historias necesitaban coherencia.
Sacó unos vaqueros oscuros, una camisa ligera y la misma chaqueta crema que había usado la tarde anterior. Ropa sencilla. Nada que llamara la atención.
Mientras se vestía, su mente comenzó a trabajar otra vez con precisión mecánica.
Una nueva rutina debía construirse.
Un trabajo visible.
Un lugar donde dormir.
Una vida creíble.
No para la misión.
Olivia tomó una libreta pequeña del escritorio y escribió tres palabras.
Habitación. Trabajo. Rutina.
Tres anclas para una identidad falsa.
Guardó la libreta en el bolsillo de la chaqueta.
Luego salió de la habitación.
El búnker estaba casi vacío a esa hora. En el pasillo principal solo se escuchaba el zumbido constante de los servidores y el murmullo lejano del sistema de ventilación.
El lector de tarjetas emitió un pequeño pitido cuando deslizó su credencial.
La puerta de acero se abrió con un sonido grave.
Un momento después, Olivia subía la escalera de servicio que conectaba el refugio con la superficie.
Con cada escalón, el aire cambiaba.
Primero húmedo.
Luego salado.
Luego vivo.
Cuando empujó la última puerta metálica, el amanecer de Siracusa la recibió con una luz dorada que se derramaba sobre los tejados de Ortigia.
Durante unos segundos se quedó inmóvil.
La ciudad parecía tranquila, casi inocente.
El mercado aún no había abierto, pero los primeros camiones de pescado comenzaban a moverse por las calles cercanas al puerto.
La vida real estaba comenzando su jornada.
Olivia respiró hondo.
La agente seguía allí.
La MiaFiemma también.
Pero hoy necesitaba ser otra cosa.
Una mujer cualquiera caminando por una ciudad nueva.
Olivia dice con acento siciliano, apenas moviendo los labios, "Vamos a buscarte una vida, Lisama."
Y comenzó a caminar hacia el centro de Siracusa.

Una habitación con ventanas al puerto

El sol apenas comenzaba a levantar el brillo de las fachadas cuando Olivia entró en el laberinto de calles de Ortigia. A esa hora, la ciudad todavía estaba desperezándose. Los comerciantes levantaban las persianas metálicas con golpes secos, los primeros turistas caminaban con mapas arrugados en las manos, y el olor a café recién molido escapaba de las cafeterías como una invitación silenciosa.
Olivia caminaba despacio, observando.
No buscaba lujo.
Buscaba algo creíble.
Un hotel demasiado elegante generaría preguntas. Uno demasiado miserable generaría lástima… y la lástima también atraía atención. Necesitaba un punto intermedio: un lugar donde una mujer sola pudiera vivir sin que nadie recordara demasiado su rostro.
Encontró lo que buscaba en una calle estrecha que descendía hacia el puerto pequeño.
Sicilia; Hostal Arethusa
Apenas entras hueles a lavanda y a madera encerada. Es una posada acogedora dirigida por una anciana que no hace demasiadas preguntas. El mobiliario es sencillo, pero cuidado con mimo. Las estancias están limpias y cuentan con contraventanas de madera que filtran la luz marina. Hay una cocina comunitaria donde siempre hay una cafetera humeante. Un refugio seguro para aquellos que necesitan desaparecer un tiempo de Catania y de cualquier lugar del mundo.
Detrás del mostrador, una mujer mayor revisaba una libreta de reservas mientras escuchaba la radio a volumen bajo.
La mujer levantó la vista cuando Olivia se acercó.
La recepcionista dice con acento siciliano, "Buongiorno. ¿Busca habitación?"
Olivia asintió con naturalidad.
Olivia dice con acento siciliano, "Una habitación sencilla. Por unas semanas."
La mujer la observó brevemente, evaluando algo que solo los hoteleros experimentados saben leer: si el cliente pagará sin problemas o traerá dolores de cabeza.
Olivia sacó algunos billetes con calma.
La decisión se tomó sola.
La recepcionista dice con acento siciliano, "Tengo una en el segundo piso. Ventana al puerto pequeño. No es grande, pero es tranquila."
Olivia dice con acento siciliano, "Tranquila está bien."
Un minuto después subía por una escalera de piedra gastada. El pasillo del segundo piso estaba iluminado por una ventana que dejaba entrar la luz del mar.
La habitación era modesta.
Una cama individual bien hecha, un pequeño armario de madera, una mesa con una silla y una ventana que daba directamente al agua. Desde allí se veía una fila de barcas balanceándose suavemente.
Olivia dejó su mochila sobre la cama y caminó hasta la ventana.
El puerto respiraba.
Pescadores descargando cajas de hielo.
Un motor fuera de borda arrancando con un rugido áspero.
Gaviotas gritando sobre los tejados.
No era silencio. Era vida.
Se apoyó en el marco de la ventana unos segundos, sintiendo algo parecido a estabilidad. Aquella habitación no significaba hogar, pero sí algo útil: una pieza más en la historia que estaba construyendo.
Si Regina preguntaba dónde vivía, ahora habría una respuesta.
Olivia dice con acento siciliano, en voz baja, "Nada mal, Lisama."
Abrió la mochila y dejó dentro el teléfono satelital, algunos documentos falsos y la libreta donde había escrito su pequeño plan.
Habitación. Trabajo. Rutina.
La primera estaba resuelta.
Cerró la puerta y bajó a la calle.

Café, sal y posibilidades

El desayuno lo encontró a dos calles del hotel.
Un pequeño café con tres mesas en la acera y un toldo blanco que proyectaba sombra sobre el empedrado. El aroma del espresso era intenso, mezclado con el dulzor de los cornetti recién horneados.
Olivia se sentó mirando hacia la calle.
El camarero se acercó con una libreta.
El camarero dice con acento siciliano, "¿Café?"
Olivia dice con acento siciliano, "Espresso. Y uno de esos."
Señaló un cornetto.
Mientras el hombre desaparecía dentro del local, Olivia observó el flujo de la ciudad.
Ciclistas cruzando las callejuelas.
Trabajadores del puerto arrastrando cajas.
Un par de policías municipales conversando cerca de una esquina.
Siracusa volvía a ponerse en marcha después del ciclón.
El café llegó en una taza pequeña.
Olivia bebió el primer sorbo lentamente.
Su mente ya estaba trabajando.
Las obras de reconstrucción eran el camino fácil. Había cientos de empleos disponibles: cargar materiales, limpiar escombros, trabajar en cuadrillas municipales.
Pero esa vida tenía un problema.
Era estática.
Y Olivia no sabía vivir así.
Su naturaleza no era la de una obrera esperando el final de la jornada. Necesitaba movimiento. Necesitaba decisiones rápidas, improvisación, espacio para actuar.
Un trabajo rutinario la volvería loca en cuestión de semanas.
Masticó el cornetto pensativa.
Entonces recordó algo.
La Stella Maris.
La pequeña barca de Regina balanceándose en el muelle.
Cinco metros de madera vieja, un motor de quince caballos… y una mujer tratando de arrancarle al mar lo suficiente para sobrevivir.
Olivia observó el puerto desde la mesa.
Las embarcaciones eran más que barcos. Eran libertad de movimiento.
Entrar y salir de la ciudad sin carreteras.
Conocer las rutas del mar.
Ver quién pescaba, quién traficaba, quién mentía.
El mar era un territorio perfecto para alguien como ella.
Pero había un problema.
Comprar una embarcación de golpe levantaría preguntas.
Nadie llega a una ciudad golpeada por un ciclón y compra un barco sin que el puerto entero lo note.
Olivia bebió otro sorbo de café.
Pensó en dinero.
No en el sueldo de Firme Unidad. Ese pago era discreto, suficiente para vivir sin llamar la atención.
Pensó en algo mucho más antiguo.
El fideicomiso.
Una estructura financiera enterrada en paraísos fiscales, alimentada durante años con el dinero de su antigua vida. Cuando era parte del negocio del narcotráfico, Olivia había aprendido algo esencial: el dinero que no se esconde bien termina matando a su dueño.
Ese fondo seguía intacto.
Suficiente para comprar media flota pesquera si quisiera.
Pero usarlo sin cuidado sería tan peligroso como disparar un arma en medio de la plaza.
Así que necesitaba otra cosa.
Una historia.
Un motivo creíble.
Apoyó los codos sobre la mesa y miró las barcas del puerto.
Una idea comenzó a tomar forma.
Primero observar.
Después rentar algo pequeño.
Ayudar a Regina ocasionalmente.
Aprender las rutas de pesca.
Y solo entonces… si todo parecía natural… adquirir una embarcación más capaz.
No una lancha llamativa.
Algo funcional.
Algo que encajara en la lógica del puerto.
Olivia dejó unas monedas sobre la mesa.
Se levantó lentamente.
La ciudad ya estaba completamente despierta.
Y en algún lugar del mercado, Regina probablemente estaría acomodando pescado sobre el mármol frío de su puesto.
Olivia se acomodó la chaqueta.
Había una nueva rutina que construir.
Y quizás… solo quizás… el mar de Siracusa sería parte de ella.
La mañana apenas estaba comenzando.
Olivia dice con acento siciliano, mientras comenzaba a caminar hacia el puerto, "Vamos a ver qué secretos guardas, Jónico."

Motores, madera y números

La mañana había terminado de instalarse sobre el puerto cuando Olivia llegó al muelle pequeño de Ortigia. El sol ya calentaba las piedras claras y el aire estaba lleno de ese olor particular de los puertos mediterráneos: sal, gasóleo, redes húmedas y pescado reciente.
Las embarcaciones se mecían con suavidad, alineadas como animales dormidos.
Olivia caminó despacio por el muelle, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. No parecía estar buscando nada específico. Solo otra mujer curiosa observando barcos.
Pero su mirada no era la de una turista.
Estudiaba.
Tamaños.
Motores.
Estado del casco.
Tipo de redes.
Las barcas más pequeñas, de cuatro o cinco metros, estaban pensadas para pesca costera sencilla. Motores débiles, consumo bajo, pero también muy poca autonomía.
Regina estaba en ese nivel.
Luego estaban las intermedias.
Seis o siete metros, motores más potentes, pequeñas cabinas improvisadas. Con esas embarcaciones se podía trabajar más lejos de la costa, pasar más horas en el mar y traer una carga real de pescado.
Y finalmente estaban las mayores.
Esas no le interesaban.
Demasiado grandes.
Demasiado visibles.
Olivia se detuvo frente a una de las embarcaciones medianas. El casco azul estaba raspado por años de trabajo, pero el motor parecía nuevo.
Un hombre mayor trabajaba en la cubierta, desenredando una red con paciencia infinita.
Olivia observó unos segundos antes de hablar.
Olivia dice con acento siciliano, "Bonita barca."
El hombre levantó la cabeza.
Tenía el rostro quemado por el sol y manos que parecían hechas de cuero.
El pescador dice con acento siciliano, "Vieja, pero todavía muerde."
Olivia sonrió ligeramente.
Olivia dice con acento siciliano, "¿La alquila?"
El hombre soltó una pequeña risa.
El pescador dice con acento siciliano, "¿Tú sabes pescar?"
Olivia se encogió de hombros con naturalidad.
Olivia dice con acento siciliano, "Aprendo rápido."
El hombre la estudió unos segundos.
No parecía borracha, ni arrogante, ni estúpida. Solo una mujer fuerte con curiosidad por el mar.
El pescador dice con acento siciliano, "Setenta euros el día. Con combustible aparte."
Olivia asintió lentamente.
Setenta no era un precio exagerado.
Pero tampoco era barato para alguien que supuestamente estaba empezando desde cero.
Olivia dice con acento siciliano, "¿Motor?"
El pescador golpeó el casco con orgullo.
El pescador dice con acento siciliano, "Yamaha cuarenta caballos. Empuja bien."
Olivia observó la hélice, el soporte del motor, la forma del casco.
Mentalmente comparó.
Buena estabilidad.
Capacidad para redes.
Autonomía suficiente para seis o siete horas de pesca.
Lo memorizó todo.
Olivia dice con acento siciliano, "Voy a pensarlo."
Siguió caminando.
Durante la siguiente hora habló con tres pescadores más.
Uno alquilaba una barca más pequeña por cuarenta euros diarios. Motor débil, apenas útil para salir del puerto.
Otro tenía una embarcación más grande por ciento veinte euros al día, demasiado visible y demasiado cara para alguien que intentaba pasar desapercibida.
Olivia escuchaba más de lo que hablaba.
Los pescadores también hacían preguntas.
De dónde venía.
Por qué quería pescar.
Si tenía experiencia.
Ella respondía lo justo.
Olivia dice con acento siciliano, "Trabajo en las obras… pero el mar paga mejor si sabes usarlo."
La explicación era creíble.
Muchos trabajadores de reconstrucción buscaban ingresos extra en el puerto.
Al final de la mañana ya tenía una idea bastante clara del mercado.
Barcas pequeñas:
30 a 50 euros diarios.
Barcas medianas:
60 a 90 euros.
Las mejores, con motores nuevos y equipo completo, superaban fácilmente los 120.
Olivia caminó hasta el extremo del muelle donde el ruido del mercado llegaba amortiguado por el viento.
Se apoyó en una barandilla oxidada y miró el agua.
Los números giraban en su mente con la precisión de una calculadora.
Alquilar ocasionalmente era perfecto para empezar.
Le permitiría aprender el ritmo del puerto.
Observar.
Entender quién controlaba qué.
Y sobre todo… hacerlo sin levantar sospechas.
Comprar un barco ahora sería demasiado abrupto.
Pero en unos meses…
Si Regina la veía trabajar.
Si los pescadores la reconocían.
Si su presencia se volvía normal.
Entonces una compra tendría sentido.
Olivia cerró los ojos un momento, sintiendo el viento del mar sobre el rostro.
El mar siempre había sido una ruta de escape en su vida anterior.
Ahora podía convertirse en algo distinto.
Una herramienta.
Olivia dice con acento siciliano, en voz baja mientras observaba las barcas balancearse, "Primero alquilar… después veremos."
Cuando volvió a caminar hacia el mercado, el sol ya estaba alto sobre Siracusa.
Había pasado toda la mañana entre motores, cascos y precios.
Y por primera vez desde que había llegado a la ciudad, tenía algo parecido a un plan.

El puesto de Regina

El mercado de Ortigia estaba en pleno movimiento cuando Olivia cruzó la plaza.
Las voces de los vendedores se mezclaban con el ruido de cajas de madera, cuchillos golpeando tablas y el murmullo constante de compradores que iban y venían entre los puestos. El aire estaba cargado de olores intensos: pescado fresco, limón, albahaca, aceitunas, aceite caliente.
Era un caos vivo, pero ordenado.
Olivia caminó entre los puestos observando. Había aprendido en su vida anterior que los mercados dicen mucho sobre una ciudad. Quién domina, quién obedece, quién tiene miedo.
Aquí no veía miedo.
Solo trabajo.
Reconoció el puesto de Regina antes de verla. Una pequeña mesa de mármol cubierta con hielo triturado donde descansaban doradas, sepias y algunos calamares todavía brillantes.
Regina estaba detrás del puesto, discutiendo el precio de una dorada con una mujer mayor.
Regina dice con acento siciliano, "Signora, ese pez todavía estaba nadando esta mañana. No me haga venderlo como si fuera de ayer."
La mujer bufó, pero terminó pagando.
Cuando Regina levantó la vista, vio a Olivia acercarse entre la gente.
Sus ojos se iluminaron con una sorpresa genuina.
Regina dice con acento siciliano, "¡Olivia!"
Olivia se apoyó con naturalidad en el borde del puesto.
Olivia dice con acento siciliano, "Vine a ver cómo trabaja la mejor pescadora de Siracusa."
Regina soltó una risa corta.
Regina dice con acento siciliano, "Entonces llegaste tarde. La mejor ya vendió todo y se fue a casa."
Olivia miró el hielo y los peces.
Olivia dice con acento siciliano, "No parece."
Regina negó con la cabeza mientras acomodaba un par de calamares.
Regina dice con acento siciliano, "Hoy el mar estuvo generoso."
Durante los siguientes minutos Olivia se quedó allí, observando cómo Regina trabajaba.
El proceso tenía ritmo.
Pesar pescado.
Cortar.
Envolver.
Cobrar.
Había algo casi hipnótico en la manera en que Regina se movía. Sus manos conocían cada gesto sin necesidad de pensar.
En un momento una fila pequeña se formó frente al puesto.
Olivia simplemente tomó una bolsa de papel y comenzó a ayudar.
Regina la miró de reojo mientras atendía a un cliente.
Regina dice con acento siciliano, "¿Ahora también trabajas aquí?"
Olivia dice con acento siciliano, "No me gusta quedarme quieta."
El comentario era cierto.
Y Regina lo entendió.
Durante casi una hora trabajaron juntas sin darse cuenta del tiempo. Olivia alcanzaba hielo, entregaba bolsas o sostenía la balanza mientras Regina hablaba con los clientes.
Cuando finalmente el último pescado desapareció del hielo, Regina dejó caer las manos sobre la mesa.
Regina dice con acento siciliano, "Basta. Si vendo algo más voy a tener que pescar otra vez."
Olivia se apartó del puesto con una sonrisa.
Olivia dice con acento siciliano, "Entonces vamos a comer."

Comida entre puestos

Se sentaron en un pequeño puesto de comida dentro del mercado.
Una plancha chisporroteaba con sardinas y trozos de pez espada mientras el cocinero trabajaba con velocidad.
Pidieron dos panini calientes y una botella de agua.
Se sentaron en una mesa metálica pequeña, apenas a la sombra.
Regina comía con el hambre de alguien que había trabajado toda la mañana en el mar.
Olivia, en cambio, observaba el mercado con calma.
El lugar tenía una energía particular.
No era lujo.
No era elegante.
Pero era real.
Regina terminó medio panini antes de hablar.
Regina dice con acento siciliano, "Entonces… ¿dónde te escondiste estas semanas?"
Olivia bebió un sorbo de agua.
Olivia dice con acento siciliano, "Estaba organizándome. Conseguí una habitación cerca del puerto."
Regina levantó una ceja.
Regina dice con acento siciliano, "¿De verdad? Pensé que vivías en algún coche abandonado."
Olivia soltó una pequeña risa.
Olivia dice con acento siciliano, "Todavía tengo dignidad."
Regina sonrió.
Durante unos segundos comieron en silencio.
Luego Olivia habló, con una energía distinta.
Olivia dice con acento siciliano, "Pasé la mañana en el muelle."
Regina la miró con curiosidad.
Regina dice con acento siciliano, "¿Ah sí?"
Olivia asintió.
Olivia dice con acento siciliano, "Estuve preguntando por alquileres de barcas."
Regina dejó el panini sobre la mesa.
Regina dice con acento siciliano, "¿Barcas?"
Olivia asintió con entusiasmo contenido.
Olivia dice con acento siciliano, "Quiero aprender a pescar."
Regina la observó unos segundos como si tratara de decidir si estaba bromeando.
Regina dice con acento siciliano, "Pescar no es un paseo en barco."
Olivia se encogió de hombros.
Olivia dice con acento siciliano, "Me gustan las cosas difíciles."
Regina volvió a tomar su comida.
Regina dice con acento siciliano, "Eso ya lo noté el día del muelle."
Olivia dejó escapar una sonrisa breve.
Luego apoyó los brazos sobre la mesa.
Olivia dice con acento siciliano, "Estaba pensando…"
Regina levantó la mirada.
Olivia dice con acento siciliano, "Podría alquilar una barca algunos días."
Hizo una pausa pequeña.
Olivia dice con acento siciliano, "Y salir contigo."
Regina parpadeó.
Olivia continuó.
Olivia dice con acento siciliano, "No para quitarte trabajo. Solo para aprender."
El ruido del mercado seguía alrededor de ellas.
Regina la observaba con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Finalmente se recostó en la silla.
Regina dice con acento siciliano, "¿Quieres levantarte a las cuatro de la mañana?"
Olivia respondió sin dudar.
Olivia dice con acento siciliano, "Si hay mar, sí."
Regina negó con la cabeza, divertida.
Regina dice con acento siciliano, "Estás un poco loca."
Olivia levantó el panini como si brindara.
Olivia dice con acento siciliano, "Probablemente."
Regina soltó una risa verdadera esta vez.
Regina dice con acento siciliano, "Bueno… si alquilas una barca, un día puedes venir conmigo."
Olivia sintió una pequeña satisfacción interna.
El plan comenzaba a tomar forma.
Las dos terminaron de comer mientras el mercado comenzaba lentamente a vaciarse.
La tarde cayó sobre Ortigia con un sol más suave.
Caminaron juntas por el puerto, hablando de cosas simples.
Historias del mar.
Clientes del mercado.
Las corrientes del Jónico.
Era una conversación ligera, casi amistosa.
Pero para Olivia significaba algo más.
Por primera vez desde que había llegado a Siracusa, no estaba moviéndose solo como una sombra.
Estaba construyendo algo parecido a una vida.
Regina se ajustó la mochila al hombro. La luz del atardecer rebotaba en el canal y las callejuelas empezaban a oler a cena. Se dirigían hacia el hostal de Olivia, el Arethusa, siguiendo las calles estrechas que se abrían a pequeñas plazas.
Regina dice con acento siciliano, con el tono ligero de quien ha vendido todo su pescado. Me gusta tu plan de pescadora. Es el tipo de estupidez que solo se le ocurriría a una persona que no tiene miedo a romperse la espalda.
Olivia dice con acento siciliano, con una sonrisa pícara que se sentía extraña en su rostro. Tengo práctica en romperme la espalda, Regina. Y prefiero el olor a salitre al olor a cemento.
Caminaron en silencio un momento. La amistad entre ellas era inesperada y rápida, cimentada en la violencia y el vino.
Regina dice con acento siciliano, bajando la voz. El Grillo de anoche me ha dejado el estómago temblando hoy, pero al menos no pensé en Paolo en toda la mañana. Ese hombre está en Catania, pero su cabeza sigue en la Nereida.
Olivia dice con acento siciliano, con seriedad. Le pasará. Le salvaste la vida. Es solo que la gente como él necesita tiempo para asimilar que el caos no vino de fuera, sino de ti.
Regina dice con acento siciliano, riendo suavemente. ¿Y el tuyo? ¿El caos? Anoche me dijiste que venías de un lugar de tambora y peligro. Luego que el hombre de tu vida te odia por una pinche cagada. ¿De qué te vino el arrepentimiento tan de golpe, ragazza? ¿De la caponata o del vino?
Olivia se detuvo un momento frente a la entrada del hostal, observando las contraventanas cerradas con una calma que no sentía. Estaba a punto de compartir un fragmento de la MiaFiemma, una confesión que rompía todas sus reglas. Pero Regina no era una agente. Era solo una pescadora, una mujer que entendía el caos.
Olivia dice con acento siciliano, apoyándose en la pared de piedra. No fue el vino, fue el silencio. Después de dejarte en el bar, regresé aa mi realidad, a la pinche jaula. Y no podía dormir. El silencio te come, Regina.
Regina dice con acento siciliano, ¿Y qué hiciste, la mujer de hierro?
Olivia dice con acento siciliano, su voz baja y casi divertida, como si estuviera recordando una travesura. Hice una pinche estupidez. Tomé el teléfono que no debía usar, y lo llamé a él.
Regina abrió los ojos, entendiendo al instante.
Regina dice con acento siciliano, ¿A Jay? ¿Al médico ruso que te dio paz?
Olivia negó con la cabeza, una sonrisa de labios apretados.
Olivia dice con acento siciliano, No, no a Jay. A mi castigo. Al hombre por el que arruiné mi vida con Jay. A James. Mi cantante. El pinche caos que elegí.
Regina dice con acento siciliano, con un tono de fascinación. ¡El cantante! El de la traición. ¡Dime, cuéntame! ¿Qué te dijo?
Olivia dice con acento siciliano, suspirando dramáticamente. Pues me mandó a la chingada al principio, claro. Me dijo que estaba muerto en vida. Que le había roto el corazón, la inspiración, y que solo seguía cuerdo por su hija. Me dijo que no volvía a cantar. Que me odiaba.
Regina dice con acento siciliano, Me lo creo. ¿Y tú?
Olivia dice con acento siciliano, Me puse en el suelo como una niña. Le dije que lo amaba, que me estaba muriendo sin él, que no podía respirar. Le dije toda la pinche verdad. Y él... él me dijo que quería matarme, comerme a besos y golpearme al mismo tiempo. Me dijo que me necesitaba.
Regina soltó una carcajada ruidosa que resonó en la calle.
Regina dice con acento siciliano, ¡Madre de Dios! ¡Eso es amor de locos! O una telenovela. ¿Y cuál fue la conclusión? ¿Viene a verte?
Olivia dice con acento siciliano, recostándose en la pared. Le dije que viniera a Siracusa. Le supliqué que buscara un vuelo. Y él, después de un buen rato de decirme que no, que no quería repetir el daño...
Olivia hizo una pausa, mordiéndose la mejilla interna, la sonrisa se hizo más grande.
Olivia dice con acento siciliano, Me dijo que buscará vuelos. Y ¡Me dijo que me iba a follar como puta por el daño que le hice!
Regina se llevó las manos a la boca, riendo a carcajadas.
Regina dice con acento siciliano, ¡"Follar como puta"! ¡Qué hombre tan... intenso! ¿Y qué hiciste después?
Olivia dice con acento siciliano, con una pizca de amargura en la voz, que se disolvió rápidamente. Le mandé un mensaje.
Regina dice con acento siciliano, ¿Qué le dijiste?
Olivia dice con acento siciliano, en un susurro. Le dije que estoy viviendo en Siracusa. Que venga pronto. Que lo necesito para respirar.
Regina dice con acento siciliano, mirándola con una mezcla de lástima y admiración. ¡Olivia! Estás loca. Loca de atar. Pero me gusta. Al menos no estás muerta en vida. Y ese hombre... Creo que ese te tiene comiendo de su mano.
Olivia dice con acento siciliano, su mirada se vuelve seria, pero el tono sigue siendo ligero. Yo lo necesito en serio. Y por eso, Regina, estoy aquí, cambiando por él. Necesito estar lista. Lista para mi nueva vida. Lista para ayudarte en el mercado. Y lista para cuando el amor de mi vida venga a esta ciudad.
Regina dice con acento siciliano, palmeando su brazo con calidez. Pues venga. Ahora que sabes que posiblemente venga, tienes que dormir para mañana pescar el mejor sargo de Siracusa. Olivia, tienes que estar bien puesta. Por Alexey. Y por tu cantante.
Olivia asintió.
Olivia dice con acento siciliano, Nos vemos mañana, Regina. No olvides el café.
Regina se alejó por la calle, todavía riendo por la historia, dejando a Olivia frente a la puerta de su hostal. La agente entró, dejando atrás la luz dorada y la confesión, lista para enfrentarse a la oscuridad del búnker y la espera de una llamada, que ahora se sentía como una amenaza y una promesa, todo al mismo tiempo.
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