Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Olivia se sentó en el borde de la cama, el sobre de papel manila con su nueva identidad —Olivia Lisama— sobre la mesita de noche. La puerta se había cerrado tras Jeanpaul con un clic final, y el silencio de la habitación, roto solo por el murmullo del sistema de ventilación, se sintió como un sarcófago. El ventanal holográfico proyectaba una imagen serena de la costa de Siracusa, pero para ella, solo reflejaba el gris acero del Mediterráneo.
Se llevó las manos al rostro, sintiendo el calor residual de un encuentro que ya parecía lejano, irreal. El sexo con Jeanpaul había sido voraz, un huracán controlado, la descarga perfecta para su cuerpo en tensión. Pero ahora, en el vacío que había dejado la adrenalina, no había satisfacción, solo una ceniza fría y pegajosa que le recordaba lo que acababa de hacer.
¿Qué estoy haciendo?
La pregunta le taladró la mente sin piedad. Acababa de tener sexo con un desconocido, un hombre que no le prometió nada, que le advirtió que solo la quería por su cuerpo. Y ella, la MiaFiemma Leyva que juró no volver a equivocarse, la mujer que había elegido la estabilidad, se había rendido con la misma facilidad con la que había desarmado un rifle. No fue deseo. Fue escape. Fue la necesidad brutal de sentirse viva en el único lugar donde no podía mentirse: en el éxtasis del cuerpo, donde el dolor de la traición y la culpa se ahogaban temporalmente.
Pero la culpa regresaba, implacable, con el olor a sudor ajeno y el recuerdo de sus propias lágrimas de hacía solo unas horas.
El Precio de la Supervivencia.
Alexey. Su pequeño. Su ancla.
Cerró los ojos y pudo verlo durmiendo en su cuna, con sus seis meses de inocencia ajena a la guerra que libraban sus padres. La imagen le desgarró el pecho. Lo había dejado. Había caminado hacia la puerta de la casa de Tallana, entregando a su hijo a la única persona que podía darle una vida normal, una vida sin escoltas ni códigos cifrados.
Fuiste valiente, Mía. Fue por él.
Intentó convencerse, pero la voz de Jay, seca y medida, resonaba en su memoria: "Yo no voy a ser tu ancla mientras él es tu aventura... Esto es por él."
Jay. La otra herida abierta. La traición con James había sido el clavo final en el ataúd de su relación. No solo lo había engañado, sino que lo había humillado, forzándolo a cargar con la verdad de un amor que ella era incapaz de matar. La frialdad de Jay, ese desprecio helado en la sala de Fresnedillas, era un castigo que merecía. Él sentía asco. Asco por la debilidad, por la mentira, por ver cómo el 'fuego de verdad' ardía por otro hombre.
Y no podía culparlo. Él había dejado su vida, su carrera, su país por ella. Y ella le había pagado con una noche de pasión prohibida, buscando en James la parte salvaje de sí misma que la vida con Jay había domesticado.
James. El huracán. El hombre que, incluso en la distancia, seguía siendo su perdición. La llamada de despedida. El 'Adiós, James' que había sonado tan final, tan absoluto. Una mentira. Sabía que él la buscaría, que no se rendiría. Y por eso había tenido que cortar de raíz, no dejarle ni una migaja de esperanza. No por Jay, ni por Larabelle, sino por James mismo. Él merecía la estabilidad. Ella solo ofrecía la hoguera.
La Soledad Elegida.
Se levantó y caminó hasta el ventanal holográfico, tocando el cristal frío. Ahí fuera estaba Sicilia, un nuevo inicio bajo un nuevo nombre. Olivia Lisama. Una mujer que no tenía pasado, que no tenía hijos, que no tenía amantes. Una agente. Un arma.
Se sintió vacía, despojada de todo lo que la definía. Jay se había ido, James estaba 'a salvo' y Alexey estaba cuidado. Había cumplido con su deber. Había protegido a su gente dejando de ser su gente.
¿Y ahora? Ahora solo quedaba la misión. Entrenar. Pulir la temeridad. Ser la Sirena y la Mamba, la chica de la calle y la siciliana de ojos fríos.
Se miró al espejo del baño. Los ojos estaban secos. Las lágrimas se habían agotado.
El encuentro con Jeanpaul no había sido nada más que un analgésico de emergencia. Sin promesas. Sin ataduras. Solo dos cuerpos buscando el olvido mutuo en el placer de un instante. No era amor, no era consuelo, ni siquiera era un nuevo inicio. Era solo un efecto colateral. Un modo de sobrevivir sin dejar de amar a los hombres que había roto y al hijo que había abandonado.
La soledad que sentía no era impuesta. Era la jaula que ella misma había construido para proteger a quienes amaba. Y en esa jaula, no había espacio para la ternura, solo para el acero.
Un Nuevo Amanecer en la Jaula.
Olivia despertó con el sol apenas insinuándose en la ventana holográfica, tiñendo el falso paisaje de Siracusa de un gris azulado y frío. Eran las 05:00 de la mañana. Su cuerpo se sentía pesado, como si la pasión de la noche anterior se hubiera solidificado en sus músculos, pero su mente estaba despierta y acelerada, una maquinaria que se negaba a descansar. Había dormido menos de tres horas, y cada minuto había estado plagado de imágenes fugaces: el rostro herido de Jay, los ojos suplicantes de James, y la carita dormida de Alexey.
No había espacio para la debilidad.
Se levantó de la cama, evitando mirar el lugar exacto donde había estado Jeanpaul. La memoria del encuentro era una mancha que debía borrar. El placer era un distractor peligroso; la excelencia, su única redención.
Se dirigió al pequeño baño. El agua fría de la ducha fue un shock que le devolvió la lucidez. Se restregó la piel con vigor, intentando arrancar no solo el cansancio, sino también el aroma de la aventura y el rastro de sus lágrimas recientes. La MiaFiemma que buscaba consuelo en el placer ya no existía. Solo quedaba Olivia Lisama, una hoja en blanco lista para ser escrita con tinta de peligro.
Al salir, se secó con prisa. Su uniforme no era el de agente aún, sino ropa de entrenamiento: licras negras ajustadas, una camiseta sin mangas del mismo color y zapatillas deportivas. Era funcional, cómodo, y le permitía moverse sin restricciones. Se recogió el cabello oscuro en una cola de caballo alta, tirante, sintiendo el jalón como un recordatorio de que debía estar tensa, alerta.
Frente al espejo, no vio a una mujer en duelo. Vio un arma que necesitaba calibración. El precio de su libertad era la excelencia. Había abandonado a su hijo para garantizar su seguridad, y la única forma de honrar ese sacrificio era convertirse en la mejor agente que Firme Unidad pudiera tener. Si iba a pagar con su vida, sería una vida bien utilizada.
Salió del Refugio de Tránsito. El silencio del cuartel subterráneo era profundo, roto solo por el zumbido de los servidores. Se dirigió directamente a la Zona de Entrenamiento.
Rutina de Acero.
La Zona de Entrenamiento estaba desierta a esa hora. Olivia encendió las luces, llenando el espacio con una luz blanca y dura. El olor a goma, cuero y sudor se sentía acogedor. Este era su templo.
Comenzó con un calentamiento brutal. Flexiones dinámicas, burpees y estiramientos que llevaban sus articulaciones al límite. Necesitaba que su cuerpo respondiera al instante, sin el titubeo que le había costado un par de flechas de advertencia de Jeanpaul.
Después de veinte minutos, sus músculos ardían. Se dirigió a los sacos de boxeo. Se calzó las vendas con manos firmes, concentrada en el ritual. Se imaginó en el centro de un ataque, y el saco se convirtió en su única meta. Golpeó con rabia controlada, sus puños moviéndose con una velocidad y precisión aterradoras. No era un entrenamiento de boxeo; era una liberación táctica de la frustración acumulada.
Cada jab, cada gancho, llevaba un nombre:
El izquierdo era la traición a Jay.
El derecho, la culpa por Alexey.
El gancho al cuerpo, la despedida final a James.
Media hora después, el saco se balanceaba violentamente y sus nudillos dolían, pero su respiración era profunda y controlada. Se detuvo, apoyando la frente en el cuero frío. La energía negativa se había disipado.
Recuperó el aliento y caminó hacia el simulador de tiro virtual. Lo activó, seleccionando un escenario urbano de alto riesgo en un idioma que ya era suyo: el siciliano.
"Inizio simulazione: Operazione Fénice. Obiettivo: Estrazione silenziosa. Zona di copertura: Basso profilo, Alto rischio."
El simulador proyectó la imagen tridimensional de un mercado nocturno abarrotado. Olivia tomó un rifle de asalto virtual del rack. Sus ojos se volvieron fríos, evaluando cada rostro digital, cada sombra. La excelencia en Firme Unidad significaba no dejar rastro, no fallar el tiro, ser invisible hasta el momento del impacto.
Se movía con la gracia letal que la caracterizaba. La agente Olivia Lisama no tenía miedo; había dejado todo atrás.
Debo ser la mejor.
Sus dedos se movieron por el gatillo. El primer objetivo cayó con un pop silencioso en el simulador. Y ella siguió avanzando, con una determinación inquebrantable, lista para pagar el alto precio de la supervivencia. En Siracusa, no había lugar para el amor; solo para el acero.
Habían transcurrido semanas desde la llegada de Olivia a Siracusa. semanas de confinamiento autoimpuesto en el refugio, semanas de entrenamiento brutal y metódico, y semanas de silencio absoluto de Madrid. El entorno, diseñado para la discreción, se había convertido en una celda de hormigón y kevlar.
Durante los primeros días, la rutina de acero la había sostenido. Olivia se levantaba a las 05:00, entrenaba hasta el agotamiento físico, y luego se sumergía en los manuales de su nueva identidad, memorizando fechas, códigos bancarios y la biografía de Olivia Lisama. Era una forma de autodestrucción controlada, una manera de silenciar la MiaFiemma culpable bajo el peso de la agente eficiente. No había espacio para el duelo.
Pero la disciplina, por más férrea que fuese, no podía contener la marea negra que subía. La depresión no llegaba como un golpe, sino como una erosión lenta. Comenzó con insomnio. Luego, con una falta de apetito que la obligaba a forzarse a comer las raciones frías. El falso ventanal que proyectaba la costa serena se burlaba de su encierro, recordándole que había entregado su vida exterior por un simulacro de seguridad.
La culpa por Alexey era un dolor físico, una presión constante en el pecho. Extrañaba su peso diminuto, el olor a leche y a bebé, el sonido de su respiración. Se forzaba a no pensar en él, pero el recuerdo era un interruptor que se encendía sin previo aviso: el eco de un llanto en el pasillo, el reflejo de una pequeña mano en una mesa pulida. No podía llamar, no podía preguntar. La seguridad de la operación lo exigía.
El huracán golpeó Siracusa con una ferocidad inusual. Los protocolos de seguridad del cuartel se activaron, y aunque el refugio estaba preparado, la violencia del clima exterior se filtró. El zumbido constante de los servidores se volvió intermitente. La luz parpadeó y el generador de emergencia se encendió con un gruñido. Lo peor fue el sonido: un rugido incesante y aterrador del viento que golpeaba el hormigón, un recordatorio de que, incluso en su jaula de seguridad, ella no tenía control sobre nada.
Olivia permaneció sola en la sala de entrenamiento durante las horas más intensas del ciclón. No tenía miedo de la tormenta, pero el aislamiento físico la devolvió a su vulnerabilidad emocional. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando las luces rojas de alerta del simulador. El mundo exterior se desmoronaba y ella no podía hacer nada.
El ciclón cortó casi todas las comunicaciones por tres días. El silencio que siguió al paso de la tormenta fue tan pesado como el rugido. La infraestructura de Firme Unidad se había mantenido, pero la red global se había ralentizado a paso de tortuga. Era imposible obtener reportes fiables o enviar mensajes con la codificación requerida. El aislamiento se hizo absoluto.
En esos días, la depresión se afianzó. Olivia dejó de entrenar. Se dedicó a caminar en círculos por la sala de reuniones, el paso lento y errático. Su rostro, habitualmente tenso, se había vuelto inexpresivo. No lloraba; la angustia era demasiado grande y fría para las lágrimas. Era un proceso químico de autocastigo. La traición a Jay se sentía ahora como un acto de locura inexplicable. ¿Cómo pudo ser tan egoísta? ¿Cómo pudo poner la pasión de una noche por encima de la estabilidad de su hijo?
Se sentía como una mala madre, una pésima pareja, y una agente demasiado impulsiva. Miraba el sobre de 'Olivia Lisama' y sentía náuseas. Ese nombre era el monumento a su fracaso personal.
Cinco días después de la tormenta, los técnicos de la base lograron restablecer las comunicaciones satelitales parciales. La red no era estable, pero al menos el protocolo de emergencia estaba activo.
Olivia sintió un impulso primario, no táctico. Era la necesidad urgente de saber. Ignoró la directriz de Jay de no buscarlo y el protocolo de seguridad de no contactar a personas civiles de Neo-Madrid. Caminó hacia el centro de datos.
Activó su viejo teléfono satelital, que había guardado cifrado en la caja fuerte de su habitación. Tardó casi diez minutos en obtener una señal lo suficientemente fuerte para establecer un enlace de baja calidad. Marcó el número de la casa de Tallana.
Esperó, con el corazón latiéndole como un tambor en el pecho. El aire del Centro de Datos se sentía electrificado.
El sonido monótono del tono de espera se interrumpió abruptamente.
Tallana dice con acento ensenadense, la voz sonando lejana y con una cautela instintiva, "¿Sí? ¿Quién habla?"
Olivia cerró los ojos un instante, sintiendo la oleada de emoción al escuchar la voz de su mejor amiga. La cautela de Tallana era comprensible; la comunicación debía ser esporádica y altamente insegura.
Dices con acento siciliano, "Soy yo, Tally. Mia. Estoy bien."
Un silencio del otro lado, seguido por un suspiro profundo y audible de alivio.
Tallana dice con acento ensenadense, bajando la voz, "¡Mía! ¡Ay, cabrona! ¿Por qué chingados tardaste tanto en llamar? Me tenías con preocupación."
Dices con acento siciliano, "Hubo un ciclón. Se cayeron las comunicaciones por días. Apenas pude hacer esto ahora. ¿Cómo está todo por allá? ¿Cómo está Alexey?"
La urgencia en la voz de Olivia era palpable, el control que había mantenido por semanas se desvanecía ante la oportunidad de preguntar.
Tallana dice con acento ensenadense, con una pausa medida, "Alexey... está bien, mi vida. Físicamente. Ha crecido un montón. Come como un campeón, puro biberón y ya le metimos sus primeras papillas de frutas. Le encanta el plátano, se ríe solo cuando se lo das."
Una punzada dulce y amarga golpeó a Olivia. Se mordió el labio para no sollozar.
Dices con acento siciliano, "Qué bueno... qué bueno, Tally. ¿Y... se ha dado cuenta? ¿Me extraña?"
Tallana dice con acento ensenadense, su tono se vuelve suave, honesto, "Mira, Mía, es un bebé, pero sí. Al principio, los primeros días, estaba más irritable. Buscaba tu olor. Lloraba a mitad de la noche de repente, sin consuelo. Jay y yo nos turnábamos. Pero ya pasó lo peor. Se está acostumbrando a la rutina de acá. Jay... Jay lo tiene pegado a él todo el tiempo."
Dices con acento siciliano, "Eso me da paz. Jay es el mejor padre que podría tener. ¿Y él? ¿Cómo está Jay?"
El cambio de tema no engañó a Tallana, pero la agente respetó el dolor de su amiga.
Tallana dice con acento ensenadense, la voz se tensa un poco, "Jay... sigue igual. Es un robot, Mía. Vive en la casa, pero no vive. Está con el niño, sí. Lo carga, lo baña, le canta esas canciones rusas que nadie entiende. Pero fuera de Alexey... está hecho de hielo."
Dices con acento siciliano, "Sigue molesto."
Tallana dice con acento ensenadense, con una amarga sinceridad, "Molesto no es la palabra. Es odio. Odio puro, Mía. En sus ojos. Es como si te hubiera borrado. Si le hablo de ti, de lo que pasó, solo dice 'es por el bien de Alexey' y se encierra en su oficina improvisada. Trabaja sin parar. Está más delgado, más pálido. Solo tiene esa paz cuando ve al niño."
Dices con acento siciliano, en un susurro cargado de culpa, "Merecido lo tengo. Yo lo arruiné todo. Lo sé."
Tallana dice con acento ensenadense, “Quiero que sepas que estamos bien. Que nadie ha preguntado por ti. Que la casa es segura y Jay se mantiene oculto. No sale si no es para ir al súper o a la farmacia, y eso, con mil precauciones."
Dices con acento siciliano, "Gracias, Tally. Por cuidarlos. Por todo. Ya tengo mi nueva identidad. Estoy en Siracusa. Es... seguro."
Tallana dice con acento ensenadense, un poco de su jovialidad regresando, "¿Sicilia? Órale, la Sirenita en casa. Ya me imagino. No te castigues, Mía. Sobrevive. Por Alexey."
Dices con acento siciliano, sintiendo el ancla de la amistad, "Lo haré. Prometo que en cuanto pueda, haré otra llamada. Cuídalo, por favor.
Tallana dice con acento ensenadense, "Y tú cuídate. Y no te desaparezcas más de cinco semanas, ¿me oíste? Te quiero, cabrona."
Dices con acento siciliano, "Te quiero, Tally. Mucho. Adiós."
La conexión se cortó con un sonido seco, dejando a Olivia con la mano temblándole sobre el aparato. La información era un cuchillo de doble filo: Alexey estaba a salvo y feliz, pero el odio de Jay era una verdad fría e irrefutable. Había pagado el precio, y ahora solo quedaba la supervivencia.
Se quedó de pie en el Centro de Datos, el teléfono satelital aún en la mano. Las palabras de Tallana, simples y directas, resonaban en el silencio electrónico del lugar: "Odio puro, Mía. En sus ojos".
Olivia dejó el aparato sobre la consola de monitoreo. No era un arma, pero dolía más que un tiro en el pecho.
El odio de Jay. Era la consecuencia lógica y brutal de su egoísmo. Había jugado con el fuego de James y había quemado el futuro que Jay, con su calma y su amor, le había construido. Su impulsividad, esa necesidad enfermiza de probar que no estaba muerta, de buscar el riesgo en lugar de la paz, había destrozado la vida de un hombre bueno. Se había comportado como una bandida emocional, tomando lo que quería de ambos sin considerar el costo.
La traición, el sexo con James, el 'ciclo cerrado' que no era más que una mentira autoimpuesta, ahora se sentía como el acto de una adolescente irresponsable, no de una agente de élite. La MiaFiemma criminal, la que no tenía miedo de romper las reglas de la moral, había arruinado a la MiaFiemma madre, a la mujer que buscaba redención.
La tristeza se asentó en su estómago, pesada y corrosiva. No era una tristeza por la pérdida, sino por el daño irreversible que había causado. Había lastimado a Jay de una forma que ni mil balas podrían replicar, y había condenado a James a una distancia que lo torturaría a él y a su familia.
Pero junto a esa tristeza, una voz seca y fría le recordó la única razón por la que seguía respirando: Alexey. Sobrevive. Por Alexey. La promesa de verlo una vez más, de asegurarse de que estuviera bien, era el motor que impedía que se desmoronara. Un anhelo que no servía para enmendar nada, pero sí para mantenerla operativa.
Dices con acento siciliano, en un susurro sin volumen, "No puedo seguir escondida."
El refugio se había convertido en una trampa. El aislamiento ya no era una estrategia de seguridad, sino una forma de evitar la realidad. La rutina del cuartel era insuficiente. Olivia Lisama necesitaba ser funcional en la superficie, mezclarse, construir la tapadera que Firme Unidad necesitaba y que Alexey, indirectamente, le había exigido.
El miedo no era a la misión; era al mundo normal. Tenía que salir, usar su nueva identidad, buscar un trabajo ficticio, enfrentar las calles de Siracusa como una civil. Tenía que volver a fingir una vida, y el agotamiento de la mentira la paralizaba. No quería crear nuevos lazos, no quería conocer a nadie más, porque sabía el resultado: todo lo que tocaba, lo dañaba.
No quería volver a lastimar. Ni a un Jay que intentó salvarla, ni a un James que era su propia destrucción, ni a un hijo que la había anclado a una vida que no supo valorar.
Se obligó a caminar hacia las escaleras que llevaban al Vestíbulo de Seguridad. El ascenso le costó cada gramo de voluntad. Tenía que empezar a vivir como Olivia Lisama, por Alexey. No por un nuevo amor, ni por una nueva aventura. Solo por la supervivencia, el silencio y la promesa de no volver a cometer los mismos errores.
Exploración y reconocimiento de daños.
Llegó al Vestíbulo, la luz artificial le pareció cegadora. El guardia, el mismo de hace semanas, la saludó con un gesto de cabeza.
El guardia dice con un marcado acento siciliano, "Buongiorno, Signorina Lisama. ¿Sale a tomar el aire?"
Olivia se irguió, forzando la inexpresión en su rostro. Solo quedaba la agente, fría y cautelosa.
Dices con acento siciliano, la voz plana, profesional, "Buongiorno. Es hora de empezar a construir mi tapadera en la superficie. Buscaré un departamento y trabajo. Lo que sería normal."
El guardia asintió, su rostro impasible.
El guardia dice con un marcado acento siciliano, "La fachada de 'ciudadana normal' es vital. Aunque no se espere una bienvenida fácil."
Dices con acento siciliano, "¿A qué se refiere?"
El guardia dice con un marcado acento siciliano, "El ciclón. El ciclón Katy golpeó fuerte, Signorina. La superficie no es el refugio. En Siracusa, la gente está... tensa. No hay normalidad. Tenga cuidado. Y mantenga el perfil bajo."
Olivia asintió, su mente registrando la nueva variable: el caos post-desastre. La seguridad del cuartel no se había traducido en la seguridad de la ciudad. El ciclón Katy, que había cortado sus comunicaciones, había dejado una cicatriz en su nuevo territorio.
Salió por la puerta de servicio camuflada, que daba a un callejón estrecho cerca del puerto de Ortigia. El contraste con el aire filtrado del cuartel fue brutal. El viento, aunque ya no huracanado, seguía siendo frío y salino. Pero lo que la golpeó no fue el clima, sino la imagen.
La luz de la mañana revelaba una ciudad herida. No era la Sicilia turística de postal, sino un escenario de desastre.
El ciclón Katy había tocado tierra con la fuerza de un huracán, y sus consecuencias eran evidentes en cada rincón. Las calles adoquinadas estaban cubiertas de escombros: fragmentos de tejas rotas, ramas de árboles arrancadas y lo que parecían ser trozos de embarcaciones destrozadas arrastrados desde el puerto. El olor era una mezcla acre de sal, humedad y lodo podrido.
Al avanzar por Via Loggia, Olivia vio la magnitud del daño. En el puerto, gran parte de las instalaciones portuarias estaban inutilizables, con grúas torcidas y muelles parcialmente colapsados. Las embarcaciones de recreo, que antes bailaban en el agua, ahora yacían volcadas o encalladas en la costa, testimonio de las olas que superaron los 6 metros de altura durante el pico de la tormenta.
La arquitectura barroca de Ortigia, tan orgullosa en los folletos, estaba desfigurada. Muchos edificios históricos mostraban graves daños estructurales en los tejados y fachadas, producto de los vientos que, según los reportes filtrados a Firme Unidad, habían superado los 120 km/h en ráfagas sostenidas. Las ventanas rotas y los andamios caídos eran algo común.
La vida civil, en lugar de recuperar la normalidad, bullía con frustración. El suministro eléctrico seguía siendo intermitente en muchos barrios, y se veían largas colas de ciudadanos en las pocas fuentes públicas que aún funcionaban. Los servicios esenciales estaban sobrepasados. Vio grupos de personas limpiando sus casas con una resignación amarga, mientras que camiones militares, no de la policía, ayudaban en la remoción de los desechos, evidenciando el nivel de emergencia.
La normalidad que Olivia tenía que simular estaba rota. Este no era un lugar para pasar inadvertido, sino un polvorín social. El ciclón no solo había dañado la infraestructura; había desmantelado la calma social.
Se detuvo frente a un muro de piedra que había sido derribado. Sacó un mapa turístico de su bolso, el único elemento que encajaba con la tapadera de recién llegada, y fingió orientarse.
Olivia dobló el mapa con un movimiento limpio y lo guardó. El instinto la obligó a no quedarse estática. Caminó con paso medido, adoptando la cadencia de alguien que evalúa el daño, no que lo causa. Se dirigió hacia el puerto de Ortigia.
La zona que antes había sido un vibrante mercado de pescado, cerca del Porto Grande, era ahora un amasijo de lonas rasgadas, cajas de madera rotas y el hedor a marisma podrida. Los puestos metálicos yacían volcados, y los restos de la mercancía, en su mayoría mariscos y verduras, se mezclaban con el lodo y la basura.
Se acercó a un grupo de hombres mayores que intentaban, con herramientas rudimentarias, levantar un toldo colapsado. Sus rostros estaban curtidos por el sol y la fatiga. Uno de ellos, con una boina de lana empapada, golpeaba la estructura con un martillo, la frustración dibujada en cada movimiento.
—Maledizione! Tre giorni! Tre giorni senza luce e i pesci marciscono tutti! —gruñó el hombre, refiriéndose a los tres días sin electricidad que arruinaron su mercancía.
Otro, más joven, escupió en el suelo y miró al cielo plomizo. —Dove sono i soldi, eh? Dicono che Roma manderà gli aiuti. Ma per ora, solo promesse e fango. (¿Dónde está el dinero, eh? Dicen que Roma enviará ayuda. Pero por ahora, solo promesas y lodo).
Olivia captó el mensaje: resentimiento por la lentitud de la ayuda gubernamental y la palpable desesperación económica. La gente no estaba preocupada por el turismo o la belleza, sino por el pan y el pescado perdido.
Continuó bordeando la costa dañada. Vio una fila de mujeres, algunas jóvenes y otras ancianas, llenando bidones de agua de un camión cisterna municipal. El rumor viajaba rápido entre ellas, como un reguero de pólvora.
—Dicono che la mafia ne approfitterà. Prezzi più alti per il cemento, per i tetti. (Dicen que la mafia se aprovechará. Precios más altos para el cemento, para los techos).
—E le assicurazioni? I danni non li pagheranno. Era un atto di Dio, dicono. (¿Y los seguros? No pagarán los daños. Fue un acto de Dios, dicen).
Olivia se quedó quieta, fingiendo observar el mar. El caos post-ciclón era el escenario perfecto para el crimen organizado. La interrupción de la ley, la presencia militar encubierta, y el colapso de la infraestructura abrían una ventana de oportunidad para el contrabando o, peor aún, para la reestructuración de rutas. El 'ciclón Katy' era mucho más que un desastre natural; era un catalizador táctico.
Sus ojos, fríos y analíticos, hicieron un barrido. ¿Cómo encajaría 'Olivia Lisama' en este escenario de emergencia?
La idea se formó en su mente con la claridad del acero. La supervivencia de su tapadera, y por ende, la seguridad de la misión y de Alexey, dependía de su mimetismo. Tenía que ser útil. Tenía que ser parte de la reconstrucción.
Se acercó a la pila de escombros más grande, donde los hombres luchaban. El hombre de la boina, sudando profusamente, intentaba atar una cuerda a un trozo de hormigón demasiado pesado para mover.
Olivia se quitó la chaqueta y la dejó a un lado. Las licras de entrenamiento y la camiseta sin mangas no eran ropa de civil, pero eran funcionales. Se acercó sin preguntar, evaluando la carga. Sus brazos, curtidos por años de entrenamiento con peso y combate, eran su única tarjeta de presentación en ese momento.
Olivia dice con acento siciliano, Lasciate stare così. Non serve la corda.
El hombre de la boina se giró, mirándola con recelo y cansancio. —¿E chi saresti tu, signorina? (¿Y quién serías tú, señorita?)
Olivia se limitó a extender la mano y agarró el borde del hormigón. Sus músculos se tensaron, y con un esfuerzo controlado y técnico, lo levantó apenas lo suficiente para que el joven pudiera deslizar una tabla por debajo, creando una palanca improvisada. El movimiento fue inesperado, la fuerza silenciosa.
—Qualcuno che ha bisogno di un lavoro onesto —respondió ella, sin sonreír. (Alguien que necesita un trabajo honesto).
Se unió al esfuerzo, moviendo escombros. La agenta más letal de Firme Unidad, con una nueva identidad en el bolsillo, acababa de iniciar su tapadera como obrera de la reconstrucción post-ciclón en Siracusa. El caos exterior se convertía en su mejor camuflaje. Era sucio, era peligroso, pero era creíble.
La Nereida se detuvo en medio de la negrura líquida del Jónico. Regina apagó los motores, y el silencio que siguió fue vasto, roto solo por el suave chapoteo de las olas contra el casco y el lamento distante del viento. Diez millas mar adentro, las luces de Siracusa eran apenas una vaga promesa en el horizonte, lo suficientemente lejos para la pesca, lo suficientemente cerca para el pánico.
Regina dice con acento siciliano, encendiendo un foco potente que barrió la superficie del mar, Este es el lugar. Ahora, a trabajar. No queda tiempo para presentaciones. ¿Sabes tirar la red de cerco?
Olivia dice con acento siciliano, ajustándose en el cuello del impermeable que Regina le había prestado, Sé usar todo lo que no esté atornillado. Enséñame la primera vez.
Regina sonrió ligeramente, una expresión fugaz de alivio y diversión ante la calma de la desconocida. Abrió el compartimento de la cubierta y extrajo una pila de red de nailon, gruesa y pesada, con plomos en el borde inferior y boyas de corcho en el superior.
Regina dice con acento siciliano, instruyendo con rapidez, El cerco es pequeño, se lanza desde aquí, formando un círculo. Hay que coordinar el lado. Yo marco el ritmo. Tú, asegúrate de que el plomo se hunda rápido. Y mantente atenta a cualquier sonido de motor. No queremos que los amigos de ese nos encuentren.
Trabajaron en tándem, sin necesidad de muchas palabras. Regina, a pesar de su pequeño tamaño, manejaba la red con una fuerza sorprendentemente eficaz, producto de años de bregar con el mar. Olivia, en cambio, usó una técnica más limpia, distribuyendo el peso de la red con movimientos precisos y utilizando la fuerza central de su cuerpo en lugar de la tensión del hombro. En poco tiempo, la primera red estaba en el agua, formando una barrera invisible.
Mientras esperaban, Regina se sentó en un banco bajo, observando a Olivia. La luz de la luna, ahora menos obstaculizada, revelaba las líneas duras de su rostro, la intensidad de sus ojos.
Regina dice con acento siciliano, Eres fuerte. ¿Trabajabas en el puerto antes del ciclón? Nunca te había visto.
Olivia dice con acento siciliano, con una voz que flotaba entre la mentira y la verdad, No. Acabo de llegar a Siracusa. Buscaba un lugar tranquilo para empezar de nuevo.
Regina dice con acento siciliano, riendo amargamente, ¿Tranquilo? Siracusa no es tranquilo. Y mucho menos después de Katy. Yo he vivido aquí toda mi vida. Toda. No sé hacer otra cosa que pescar. Esta casa, este mar... es todo lo que mi madre y yo tenemos.
Regina señaló una boya con el dedo.
Regina dice con acento siciliano, Ahí es donde tenemos que empezar a recoger. Lo que te dije en el muelle es cierto. No sé quién eres, pero me has dado una noche más. Yo no tengo secretos; soy lo que ves.
Olivia observó a Regina. El agotamiento en su rostro, la honestidad brutal de su vida. Regina no tenía secretos porque no tenía el lujo de tenerlos. Su vida era lineal: el mar, la familia, la lucha por el sustento. Era una existencia que, a pesar del peligro constante del mar y de la mafia, poseía una estabilidad que MiaFiemma había arruinado. No había vidas dobles, ni identidades falsas, ni amores que quemaban. Solo la necesidad diaria.
Olivia dice con acento siciliano, con una pizca de envidia en su voz, Tienes un hogar, una familia que te espera. Yo no.
Regina dice con acento siciliano, ¿Y por eso andas deambulando por los muelles de noche buscando peleas con cobradores? No lo entiendo. Una mujer con tu fuerza podría conseguir un buen trabajo en la reconstrucción.
Olivia dice con acento siciliano, Me gusta el mar. Y me gusta la gente que sabe por lo que lucha.
La boya se hundió abruptamente, rompiendo la tensión de la conversación.
Regina dice con acento siciliano, con un repentino brillo en los ojos, ¡Ya está! Tira de la boya. ¡Vienen cargados!
El trabajo de recoger la red fue mucho más extenuante que el de lanzarla. Ambas se inclinaron sobre la borda, tirando del nailon húmedo, metro a metro. Los plomos rompían la superficie con un ruido sordo, y pronto, los peces plateados comenzaron a luchar y a saltar en la bolsa de la red.
La red estaba llena de dorada y pargo rojo, la mejor pesca para el mercado de Catania. El valor era alto. Regina no pudo evitar que se le escapara un grito de júbilo.
Regina dice con acento siciliano, extasiada, ¡Mamma mia! ¡Esto es oro, mujer! ¡Oro puro! Con esto puedo pagar la renta de la barca y sobra para el tejado.
Olivia la ayudó a vaciar la red en los compartimentos del suelo, el pescado fresco resbalando bajo sus botas. El olor a mar y a sangre era intenso, pero Olivia lo encontró reconfortante. Era un trabajo real, con un resultado tangible e inmediato. No como las misiones de Firme Unidad, donde el éxito era un fantasma y el fracaso una explosión silenciosa.
Olivia dice con acento siciliano, Acelera. El sol sale en dos horas y media. Necesitas otra tanda.
Regina asintió, su fatiga olvidada por la euforia de la pesca.
Regina dice con acento siciliano, Tienes razón. La suerte no dura.
Tiraron una segunda red en un caladero cercano. Esta vez, mientras esperaban, la conversación se hizo más íntima, más distendida.
Regina dice con acento siciliano, ¿Tienes hijos?
La pregunta golpeó a Olivia como una ola de seis metros. Se volvió hacia el horizonte, su rostro inexpresivo.
Olivia dice con acento siciliano, Sí. Un niño. Es muy pequeño todavía.
Regina dice con acento siciliano, con una dulzura inesperada en su voz, Ah, bellissimo. ¿Cuántos años?
Olivia dice con acento siciliano, su voz se vuelve un hilo, Meses. nueve meses. Lo dejé con su padre.
Regina detuvo sus movimientos, mirándola con comprensión y sin juicio. Su propia vida, marcada por la dificultad, le había enseñado a no hacer preguntas intrusivas sobre las heridas de otros.
Regina dice con acento siciliano, con un tono simple y sin dramatismo, — Tuviste tus razones, entonces. La vida de madre no es fácil, y a veces, para que los hijos estén bien, tienes que hacer cosas que te rompen el alma. No tienes que darme explicaciones.
Regina le dio una palmada ligera y áspera en el hombro. Era un gesto de camaradería silenciosa, de entendimiento mutuo.
Regina dice con acento siciliano, — Pero mira. No te puedes quedar ahí, mirando al mar y pensando en lo que ya fue. El mar es para los peces, no para los lamentos. Eres fuerte, ragazza. Lo vi en el muelle. Tienes el fuego. Úsalo. No dejes que la culpa te hunda. Si ese niño te espera, tienes que volver como una reina, no como una mendiga de tristeza.
Olivia dice con acento siciliano, girándose para mirarla, una sonrisa minúscula y genuina por primera vez en semanas asomándose en sus labios, — No soy de las que se ahogan, Regina.
Regina dice con acento siciliano, con el carácter costeño vibrando, — ¡Pues claro que no! ¡Eres una mamba, no una sirena tonta! Ahora, ayúdame a llenar esta barca. Si el mar nos está dando esta oportunidad, la tomamos. Y cuando lleguemos a Catania, con esta pesca, nos vamos a tomar un café, aunque sea de máquina, y me cuentas dónde aprendiste a golpear así a los chulos.
Olivia asintió, sintiendo cómo una capa de hielo se resquebrajaba dentro de ella. No era consuelo, era acción. No era terapia, era la cruda y honesta aceptación de una desconocida. Una amistad había prendido fuego en las aguas oscuras del Jónico, basada en la necesidad mutua y en la adrenalina.
Olivia dice con acento siciliano, con un tono más ligero, — Hecho. Pero el café me lo debes. Y te mostraré un par de trucos para que no tengas que usar la cuerda la próxima vez.
La boya, en ese momento, volvió a hundirse. Ambas se inclinaron sobre la borda, preparadas para recoger la red. El amanecer estaba a punto de romper, y el futuro de Olivia, aunque peligroso, ya no parecía tan solitario.