"Salitre y Pasión: Crónicas de una vida en Siracusa"

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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"Salitre y Pasión: Crónicas de una vida en Siracusa"

Mensaje por Larabelle Evans »

El rugido del Jónico.

El cielo de plomo y la sal en los labios.

Punto de vista: Regina.

El amanecer en Siracusa no trajo luz, sino una penumbra espesa y violácea que parecía aplastar los tejados de Ortigia. El aire, que normalmente olía a pan recién horneado y a la primera marea, estaba saturado de un ozono eléctrico y una humedad pesada que se pegaba a la garganta. Regina estaba de pie en el muelle del puerto pequeño, con las botas de goma hundidas en los charcos que ya empezaban a formarse. El viento, un preludio furioso del Ciclón Katy, le azotaba la cara, soltándole mechones de pelo oscuro de su coleta y enredándolos con la salitre que el mar proyectaba a ráfagas.
A lo lejos, más allá del brazo del puerto, el mar Jónico ya no era azul; era un muro de acero líquido, encrespado por crestas blancas que parecían dientes apretados. Las barcas, normalmente alineadas con orden quirúrgico, daban tirones violentos de sus amarras, golpeándose entre sí con un sonido sordo y rítmico, un cloc-cloc de madera contra madera que sonaba a advertencia. Regina apretó los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta impermeable. Por primera vez en años, el puesto del mercado estaría vacío de género fresco.
Rafaele Vasile, un pescador de setenta años con la piel tan curtida que parecía cuero viejo, se acercó a ella luchando contra una ráfaga que casi le arrebata la gorra de lana.
Rafaele Vasile dice con acento siciliano, —Regina, vete a casa. Ese mar no es para nosotros hoy, es para el diablo. He visto muchas tormentas, pero el agua está hirviendo como si hubiera fuego debajo. No habrá pesca, ni hoy ni mañana.
Regina no apartó la vista del horizonte, donde las olas de diez metros empezaban a dibujarse como sombras monstruosas.
Regina dice con acento siciliano, Rafaele, si el mar no nos deja salir, el mercado se muere. Mi madre ya ha sacado las cajas, espera los cajones de atún y pez espada. No puedo decirle que nos quedaremos de brazos cruzados viendo cómo el agua se traga el muelle.
Rafaele Vasile dice con acento siciliano, —Tu madre es vieja y sabia, picciridda. Ella sabe que el Jónico cobra deudas cuando se enfada. Mira el cielo, ese color no es normal. La radio dice que el Ciclón Katy viene a romperlo todo. Amarra bien tu barca y vete a Ortigia antes de que cierren los puentes.

El sabor de la impotencia.


Regina sintió un escalofrío que no era solo por el frío húmedo que se filtraba por sus ropas. Era la frustración de la inactividad. Ella era "luz en movimiento", y estar allí parada, viendo cómo la naturaleza clausuraba su mundo, le revolvía el estómago. Se acercó a su pequeña embarcación, la Stella Maris, y reforzó los nudos de las defensas. Sus dedos, hábiles y rápidos, trabajaban mecánicamente a pesar del entumecimiento.
El sonido era cada vez más ensordecedor: el silbido del viento entre los mástiles de los veleros cercanos sonaba como un coro de lamentos agudos. De repente, una ola más fuerte que las demás rompió contra el malecón, enviando una lluvia de agua helada y espumosa directamente sobre ellos. Regina escupió el sabor amargo de la sal y se limpió los ojos con el dorso de la mano.
Regina dice con acento siciliano, —Maldita sea la suerte, rafaele. Justo esta semana que teníamos los pedidos del restaurante de la plaza. El mar nos está robando el pan de la boca.
En ese momento, apareció Salvatore Greco, el encargado de la vigilancia del puerto, un hombre corpulento que llevaba un megáfono y un chaleco de Protección Civil que brillaba de forma mortecina bajo la lluvia persistente.
Salvatore dice con acento siciliano, —¡Vayan saliendo del área del muelle! ¡Orden de evacuación inmediata de la zona baja! El nivel del agua va a subir dos metros en la próxima hora. ¡Regina, mueve el coche o lo sacarás del fondo de la dársena!
Regina miró a Salvatore y luego a su barca. El realismo de la situación la golpeó con la misma fuerza que el viento: Siracusa se estaba cerrando, y ella estaba atrapada en el centro de la diana.

El puente de los suspiros amargos.


El trayecto desde el muelle hacia el puente Umbertino fue una lucha cuerpo a cuerpo contra los elementos. El viento ya no soplaba en ráfagas, sino que se había convertido en un empuje constante y violento que obligaba a Regina a caminar inclinada, con los músculos de las piernas en tensión. El cielo se había oscurecido tanto que las farolas del puerto se encendieron automáticamente, parpadeando con una luz amarillenta y enferma que apenas lograba perforar la cortina de agua.
A su lado, Rafaele caminaba con dificultad, apoyándose en el hombro de Regina cuando una ráfaga especialmente fuerte amenazaba con derribarlo. El ruido era ensordecedor: el rugido del mar chocando contra los muros de piedra caliza de la isla de Ortigia vibraba bajo sus pies, un retumbar profundo que se sentía en los huesos.
Rafaele dice con acento siciliano, —¡Mira el canal, Regina! El agua ya está lamiendo el arco del puente. Si el nivel sube un palmo más, nos quedaremos aislados en la isla. ¡Camina más rápido, muchacha!
Regina miró hacia abajo al cruzar el puente. El agua del canal, normalmente mansa, era un torbellino de espuma marrón y detritos. Trozos de madera, redes desgarradas y botellas de plástico giraban en un baile frenético. El olor a alcantarilla saturada se mezclaba con el salitre, creando una atmósfera nauseabunda.
Regina dice con acento siciliano, —¡No me voy a ir sin ver cómo está el puesto, Rafaele! Mi madre no podrá bajar las persianas metálicas ella sola con este viento. ¡Vete a tu casa y métete en la cama, viejo testarudo!
Rafaele dice con acento siciliano, —¡Tu madre tiene más fuerza en un dedo que tú en toda la espalda! Pero ve, corre, que Dios te guarde, porque hoy el cielo se está cayendo sobre Siracusa.

El caos en el mercado de madera y escamas.


Al entrar en las callejuelas estrechas de Ortigia, el viento aullaba de una forma distinta, comprimiéndose entre las paredes de los palacios antiguos. Regina vio macetas hechas añicos en el suelo, toldos de tela de los cafés arrancados de cuajo que volaban como fantasmas negros por el aire. La gente corría con desesperación, cargando bolsas de arena para poner en las puertas de los bajos.
Al llegar a la zona del mercado, la imagen era desoladora. El agua ya cubría los tobillos de los comerciantes que intentaban salvar lo que podían. Allí, frente a la persiana a medio cerrar de su puesto, estaba su madre, Agata, envuelta en un chal de lana negra que la lluvia había transformado en una pesada armadura de agua. Junto a ella, Enzo, el carnicero de la tienda de al lado, luchaba con una maza para asegurar un tablón de madera en la entrada.
Enzo dice con acento siciliano, —¡Regina, saca a tu madre de aquí! El agua del mar está entrando por los desagües del suelo. ¡En diez minutos esto será una piscina de salitre y desperdicios!
Regina se lanzó hacia su madre, agarrándola por los brazos. Agata tenía los ojos fijos en el interior del puesto, donde las cajas de poliestireno vacías flotaban como barcos a la deriva.
Regina dice con acento siciliano, —¡Madre, deja eso! El hierro de la persiana está doblado, no va a bajar más. Enzo tiene razón, tenemos que subir a la casa antes de que la corriente en la calle se vuelva peligrosa.
Agata dice con acento siciliano, —Mis cuchillos, Regina... Los cuchillos de tu padre están ahí dentro. Si el agua entra con fuerza, se los llevará el mar, y esta vez no me los va a devolver.
Regina sintió un nudo de impotencia en la garganta. Su madre no hablaba de dinero, sino de la última conexión física que les quedaba con el hombre que el Jónico se había llevado años atrás. Sin pensarlo dos veces, Regina se agachó para pasar por el hueco estrecho de la persiana atascada, hundiéndose hasta las rodillas en un agua helada que olía a pescado viejo y miedo.
Enzo dice con acento siciliano, —¡Regina, no seas estúpida! ¡Sal de ahí, que la persiana se puede terminar de descolgar y te vas a quedar atrapada como una rata!
Regina dice con acento siciliano, —¡Cállate y sujeta la base, Enzo! ¡Madre, apártate del borde!
Dentro del puesto, el mundo se había vuelto pequeño, ruidoso y oscuro. El agua helada, que ya le llegaba a Regina por encima de las rodillas, golpeaba con fuerza contra los mostradores de acero inoxidable. El olor a escamas viejas y a sumidero era casi insoportable. Regina, con el agua calándole hasta los huesos, tanteaba frenéticamente debajo del mostrador principal, donde su padre siempre guardaba aquel estuche de cuero curtido.
De repente, un crujido metálico desgarrador resonó en el espacio cerrado. La estructura del techo, debilitada por el peso del agua acumulada y los embates del viento, comenzó a ceder. Un chorro de agua cayó violentamente desde una fisura, empapando a Regina por completo.
Enzo dice con acento siciliano, "¡Regina! ¡Sal de ahí ahora mismo! ¡El techo no va a aguantar, el hierro está podrido por la sal! "
Regina dice con acento siciliano, "¡Un segundo, Enzo! ¡Casi lo tengo! ¡No me voy a ir sin ellos! "
Sus dedos rozaron algo áspero y familiar: la correa de cuero. Tiró con fuerza, rescatando el estuche justo cuando una ráfaga de viento especialmente violenta hizo que la persiana metálica, que Enzo intentaba sostener, se soltara de un lado, quedando peligrosamente inclinada y bloqueando parte de la salida.
Afuera, entre la lluvia cegadora y el estruendo del ciclón, apareció una figura que caminaba con una calma casi extraña para el caos que lo rodeaba. Era Paolo, el hombre que todos en el puerto conocían por su habilidad casi mística con el mar y su sonrisa constante. No corría; se movía con la seguridad de quien conoce el peso del agua y no le teme. Al ver a Agata llorando y a Enzo luchando con la persiana, Paolo soltó la soga que llevaba al hombro y se acercó, desplazando a Enzo con un movimiento firme pero suave.
Paolo dice con acento siciliano, "Tranquila, Agata, que hoy el mar no se lleva nada más. Enzo, deja de pelearte con el hierro y ayúdame a hacer palanca aquí. "
Con un esfuerzo coordinado, Paolo metió sus manos curtidas por el trabajo de campo y mar bajo el borde de la persiana. A pesar de la tensión del momento, su rostro no mostraba pánico, sino una concentración intensa y magnética.
Paolo dice con acento siciliano, "¡Regina! Deja de buscar tesoros y dame la mano. Sal de ahí antes de que el techo te sirva de sombrero. ¡Ahora, picciridda! "
Regina, con el estuche de cuchillos apretado contra el pecho, vio la mano de Paolo extendida hacia ella en el hueco de la persiana. Era una mano grande, sólida, que olía a sal y a algo limpio, un contraste extraño con el hedor del mercado inundado. Al agarrarla, sintió una fuerza tranquila que la arrastró hacia afuera justo antes de que un estante de madera colapsara dentro del puesto.
Ya fuera, bajo la furia del Ciclón Katy, Regina se encontró de bruces contra el pecho de Paolo, cuya chaqueta impermeable estaba chorreando. Él no la soltó de inmediato; la sostuvo un segundo de más para asegurarse de que sus pies estaban firmes en el suelo anegado, dedicándole una mirada rápida que, a pesar de la lluvia, tenía un destello de ese carisma que lo hacía famoso.
Paolo dice con acento siciliano, "Vaya forma de tomar un baño, Regina. La próxima vez, avísame y te llevo a un sitio donde el agua no esté tan sucia. "
Paolo dice con acento siciliano, "se puede saber qué rayos era tan importante como para que arriesgaras así tu integridad. "
Regina dice con acento siciliano, "Podrías haber llegado dos minutos antes, Paolo. Me habrías ahorrado el susto y este olor a alcantarilla. "
Regina dice con acento siciliano, "Son unos recuerdos de mi padre. No son tonterías. "
Regina intentó soltarse con un gesto brusco, ocultando el temblor de sus manos tras su habitual aspereza, pero Paolo solo soltó una risa breve y cálida que el viento casi se tragó.
Paolo la observa con una atención calculada, buscando cualquier herida o señal de daño a simple vista. La mira con minuciosidad, sí, pero también con un instinto de protección y un cariño genuinos.
—Nunca dije que fueran tonterías —dice él con su marcado acento siciliano—, pero pudiste haberlo hecho de alguna forma... no sé, menos arriesgada. O haberme hablado, si tanto te urgía mi presencia.
Él mantiene la mirada; no hay reproche en ella, sino cuidado. Le dedica una sonrisa amigable que contrasta drásticamente con la tensión del ambiente y, sobre todo, con la violencia de la situación de la que acaba de liberarla. Poco a poco, su expresión se vuelve más seria, aunque sin desvanecer su sonrisa por completo.
—¿Estás segura de que estás bien? —pregunta de nuevo—. ¿No te lastimaste?
Regina dice con acento siciliano, Si, estoy bene. Gracie ppor tu ayuda.
Paolo dice con acento siciliano, "non hai nulla da ringraziare, sorellina"
Agata dice con acento siciliano, "Que San Sebastián te bendiga, Paolo. Eres un buen hombre, ¡Regina, camina! ¡A casa ahora mismo! "
Paolo dice con acento siciliano, "Prenditi molta cura di Agata e prenditi molta cura di Regina"
Paolo Dio media vuelta para encaminarse en otra dirección, observando por última vez a su mejor amiga y dedicándole una de sus características sonrisas.
Paolo dice con acento siciliano, "Si necesitas algo más, háblame en vez de arriesgarte sin pensar dos veces."
El camino de regreso hacia la casa, situada en la parte alta de una de las callejuelas que serpentean cerca del Duomo, fue una agonía de frío y resistencia. Las calles de Ortigia, pavimentadas con piedra caliza blanca, se habían convertido en pequeños ríos de agua turbia que bajaban con una fuerza sorprendente. El viento se encajonaba en los callejones, creando un silvido agudo que parecía el lamento de un animal herido.
Regina sostenía a Agata por la cintura, sintiendo cómo el cuerpo de su madre temblaba bajo el peso de la ropa empapada. El estuche de los cuchillos, rescatado del fango, pesaba en su mano como si fuera de plomo.
Regina dice con acento siciliano, "¡Apóyate en mí, madre! Solo un poco más. Al llegar a la esquina del callejón del Laberinto estaremos protegidas del viento directo. ¡No te sueltes! "
Agata dice con acento siciliano, "¡El mar está reclamando la isla, Regina! Escucha ese rugido... San Sebastián nos ha abandonado. Míralo, el agua ya está entrando en los portales de los palacios. ¡Nunca he visto nada igual! "
Regina no respondió. Tenía la mandíbula apretada para evitar que los dientes le castañetearan.
Mientras tanto, en la zona baja del mercado, el caos era absoluto. La visibilidad se había reducido a unos pocos metros. Las luces de los puestos vecinos explotaban al entrar en cortocircuito, lanzando chispas azules que morían instantáneamente en el agua. Enzo luchaba contra una lona que se había soltado y azotaba el aire como un látigo de lona pesada.
Enzo dice con acento siciliano, "¡Paolo, vámonos! ¡El agua nos llega a la cintura y la corriente está arrastrando los cajones de madera! ¡Si uno de esos nos golpea las piernas, estamos muertos! "
Paolo, con el agua golpeándole el pecho, estaba sumergido a medias, tratando de asegurar un cabo de acero a una de las columnas principales de la estructura del mercado. Su rostro estaba bañado en lluvia, pero mantenía esa expresión de concentración serena, casi como si estuviera observando el comportamiento de uno de sus tanques de peces.
Paolo dice con acento siciliano, "es todo lo que se puede salvar?"
Enzo duda un poco y niega con la cabeza.
Paolo sabía, por su instinto de biólogo y hombre de mar, que la presión hidrostática estaba en su punto máximo. Con un movimiento ágil, aprovechó el retroceso de una ola para tensar la cuerda, logrando estabilizar el soporte que Regina había dejado atrás. Se secó la cara con el brazo y miró hacia la dirección por la que Regina se había ido. Una chispa de admiración cruzó sus ojos.
Paolo dice con acento siciliano, "¡Tranquilízate, Enzo! El agua busca su camino, solo hay que entender hacia dónde quiere empujar. Si aseguramos este eje, la estructura no colapsará. ¡Tira de la soga cuando te diga, ahora! "
Enzo ayudó a Paolo justo cuando se lo pidió, asegurando la estructura.
Mientras que Regina y Agata finalmente cruzaron el umbral de su pesada puerta de madera. Al cerrarla, el estruendo del ciclón se amortiguó, dejando paso a un silencio denso, roto solo por el goteo de su ropa sobre las baldosas de cerámica antigua. El aire en la casa olía a lavanda seca y a humedad vieja.
De repente, un chasquido sordo recorrió la estancia y la única bombilla del recibidor se apagó. Siracusa se había quedado a oscuras.
Agata dice con acento siciliano, "Se fue la luz. Busca las velas en la cocina, Regina. Y quítate esa ropa antes de que los pulmones se te llenen de agua. Estás loca, hija mía... pero gracias. "
Regina caminó a tientas hacia la cocina. Al pasar frente a la pequeña ventana que daba al patio interior, vio un destello de un rayo que iluminó por un segundo los tejados de Ortigia. La imagen era dantesca: el cielo negro y el mar saltando por encima de las murallas de la ciudad.
Regina dice con acento siciliano, "No soy yo la que está loca, madre. Es este mundo el que se ha vuelto del revés. Espero que Paolo y Enzo hayan tenido el sentido común de salir de allí antes de que el mercado se convierta en un cementerio de hierro. "
Regina se sentó en una silla de madera, sintiendo el agotamiento físico caer sobre ella como una losa. En la oscuridad, la imagen de la sonrisa de Paolo mientras la ayudaba a salir del puesto se repetía en su mente. Era una intrusión rara, una distracción que no quería permitirse, pero ahí estaba, palpitando como una pequeña brasa en medio de la tormenta.

La isla sitiada por el Jónico.


La noche cayó sobre Siracusa no como un descenso de luz, sino como un telón de asfalto y miedo. Ortigia, la joya de piedra blanca, parecía ahora un barco de guerra a punto de naufragar. Con los puentes Umbertino y Santa Lucía cerrados por la Protección Civil ante el riesgo de colapso y el oleaje que los saltaba por completo, la isla quedó aislada del resto de la ciudad.
Desde el aire, si alguien hubiera podido volar sobre la tormenta, Siracusa sería un vacío negro salpicado únicamente por los destellos azules y anaranjados de los rotativos de los Vigili del Fuoco. El estruendo de las olas de diez metros golpeando contra los bastiones de la ciudad vieja vibraba en el subsuelo, un golpe seco, rítmico, como si un gigante estuviera llamando a las puertas de la ciudad. El Lungomare di Levante estaba desaparecido; el mar había reclamado el asfalto, arrastrando bancos de piedra, farolas y coches aparcados hacia el abismo oscuro.
En la zona nueva, en la calle Corso Gelone, los árboles caídos bloqueaban las arterias principales, impidiendo el paso de las ambulancias. El hospital Umberto I trabajaba a oscuras, iluminado solo por generadores que rugían con esfuerzo, mientras los heridos por cristales rotos y caídas empezaban a llegar en camillas empapadas.
En el corazón del desastre, cerca de la Porta Marina, Paolo y Enzo se habían unido a un grupo de voluntarios que intentaban evacuar a los residentes de los bajos más vulnerables. El agua del mar, mezclada con la lluvia ácida, les llegaba ya por la cintura en algunas calles. Paolo llevaba una linterna frontal cuya luz cortaba apenas la neblina de agua, revelando un escenario de guerra: persianas retorcidas, puertas de madera flotando y el llanto de los perros atrapados en los balcones.
Vieron a una mujer joven,, asomada a una ventana de una planta baja, con un niño pequeño en brazos y el agua subiendo peligrosamente por el marco de la entrada.
Paolo dice con acento siciliano, ¡No abras la puerta! ¡Si la abres, la presión te va a tirar al suelo! Enzo, trae la soga, vamos a sacarlos por el hueco de la ventana de arriba. "
Paolo se encaramó a una reja de hierro con una agilidad sorprendente, ignorando el frío que le entumecía los músculos. Su carisma habitual se había transformado en una determinación de acero. Logró alcanzar la mano de la mujer, transmitiéndole con un apretón esa calma que solo él sabía mantener en medio de la tragedia.
Enzo dice con acento siciliano, —¡Paolo, date prisa! ¡Viene otra racha de viento, el andamio de la esquina se va a caer!
Paolo dice con acento siciliano, —¡Sujeta la escalera, Enzo! No me voy a mover hasta que el niño esté a salvo. Lucía, mírame a los ojos. Pásame al pequeño, yo lo tengo. No lo voy a soltar, te lo juro por mi vida.
Con una maniobra delicada pero firme, Paolo recibió al niño, envolviéndolo en su propia chaqueta impermeable, que aún conservaba un rastro de calor corporal. Se lo pasó a Enzo y luego ayudó a la señora a trepar. Mientras la ponía a salvo en una zona más elevada, Paolo se tomó un segundo para mirar hacia la dirección de la casa de Regina. Sabía que ella estaba a salvo en lo alto, pero el instinto le decía que esa noche nadie en Siracusa dormiría de verdad.

La vigilia de las velas.


En la casa de las Alaimo, el silencio era solo una ilusión. Regina estaba sentada junto a la mesa de la cocina, iluminada por la luz vacilante de tres velas gordas que Agata había rescatado de un cajón. El estuche de cuchillos de su padre estaba abierto sobre la mesa; el acero brillaba bajo la llama, limpio de sal pero cargado de recuerdos.
Regina escuchaba el mundo exterior: el ulular del viento en la chimenea, el estruendo de un balcón cercano que se desplomaba y, sobre todo, las sirenas constantes que no dejaban de sonar en la distancia, hacia el puerto.
Agata dice con acento siciliano, —Bebe un poco de vino, Regina. Tienes la mirada perdida en la pared y el cuerpo más rígido que un poste. Nada podemos hacer ya, solo esperar a que el Ciclón se canse de nosotros.
Regina dice con acento siciliano, —No puedo estar aquí sentada, madre. Pienso en los barcos, en el puesto... en la gente que no tiene una casa tan alta como la nuestra. El mar está rugiendo como si tuviera hambre.
Agata dice con acento siciliano, —Ese Paolo... el que te ayudó. Es un hombre con buena sombra. He visto cómo miraba el mar; no lo miraba con miedo, sino con respeto. Ese tipo de hombres son los que sobreviven a estas noches.
Regina apretó la copa de vino, sintiendo el frío en sus dedos. La mención de Paolo la hizo ponerse en guardia, pero no pudo evitar que una chispa de curiosidad se encendiera en su pecho.
Regina dice con acento siciliano, —Es un presumido, madre. Un tipo que se cree que puede domar las olas con una sonrisa. Pero... reconozco que tiene manos fuertes. Espero que no cometa ninguna estupidez esta noche por querer hacerse el héroe.
Afuera, un rayo iluminó la estancia por completo, mostrando por un instante el rostro de Regina: una mezcla de cansancio, orgullo y una preocupación que empezaba a tener nombre propio. El Jónico seguía golpeando, y la noche en Siracusa aún no había alcanzado su punto más oscuro.
Larabelle Evans
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Re: "Salitre y Pasión: Crónicas de una vida en Siracusa"

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El inventario de las ruinas.

Punto de vista: Regina.


Regina caminaba por el centro del mercado de Ortigia sola. Paolo se había marchado hacía una hora hacia la zona del puerto para revisar sus propios intereses, y el vacío que dejaba su ausencia física se llenaba ahora con el peso de la realidad. El suelo estaba cubierto por una capa de lodo grisáceo de cinco centímetros de espesor. Regina sentía el frío del barro filtrándose por las costuras de sus botas de goma. A su alrededor, el olor era una mezcla de alcantarillado, gasolina y pescado podrido.
Se detuvo frente a lo que quedaba de su puesto. La encimera de mármol, donde su madre había despachado durante treinta años, estaba partida en dos por la caída de una viga. Regina extendió la mano y tocó el borde de la piedra. Estaba áspera, cubierta de arena y trozos de cristal. No lloró, pero sintió una presión sorda en el pecho que le dificultaba respirar.
Franco, el dueño del puesto de especias de enfrente, estaba sacando cubos de agua sucia de su local. Tenía la ropa manchada de negro y los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
Franco dice con acento siciliano, — Regina, no entres ahí. He visto a dos ratas del tamaño de gatos salir de tu almacén. El agua ha reventado las tuberías de abajo y todo el género que tenías en la cámara frigorífica se ha echado a perder. El olor te va a tumbar.
Regina dice con acento siciliano, — Tengo que sacar la balanza digital, Franco. Me costó mil euros y todavía la estoy pagando. Si el agua no la ha frito, es lo único que me queda para empezar de nuevo en cualquier esquina.
Franco dice con acento siciliano, — Olvídate de la balanza. Mira el techo. Cada vez que pasa un camión de bomberos por la calle principal, los cascotes caen como granizo. El ayuntamiento va a precintar todo el bloque.
Un grupo de hombres con chalecos reflectantes de la Protección Civil y dos agentes de los Carabinieri empezaron a desplegar vallas metálicas para impedir el paso a los propietarios. Entre ellos estaba Giuseppe, un ingeniero municipal encargado de evaluar los daños estructurales. Llevaba una carpeta con planos y un casco blanco que parecía demasiado limpio para el entorno.
Giuseppe dice con acento siciliano, — Señora Alaimo, apártese de la estructura. Este sector está en riesgo de colapso inminente. El muro de carga lateral ha cedido por la presión del agua acumulada en el callejón de atrás.
Regina dice con acento siciliano, — ¿Qué significa que me aparte? Es mi negocio. ¿Cuándo van a traer las máquinas para limpiar esto? No puedo estar una semana sin trabajar, Giuseppe. La gente necesita comer y yo necesito el dinero.
Giuseppe dice con acento siciliano, — No habrá limpieza hasta que los peritos del seguro y el equipo de demolición técnica aseguren el techo. Podrían ser semanas, o meses. Siracusa tiene quinientos puntos críticos ahora mismo y el mercado no es la prioridad número uno del alcalde.
Regina apretó los dientes. Miró hacia la calle, donde una excavadora intentaba retirar el barco que seguía empotrado en la carnicería. Vio a Alicia, la pescadera del puesto número doce, sentada en una caja de plástico volcada, con la cabeza entre las manos. Su marido, Carlos, intentaba consolarla sin éxito mientras miraba con odio a los agentes que les impedían el paso.
Carlos dice con acento siciliano, — ¡Es una vergüenza! Nos cobran los impuestos cada mes y ahora nos dejan aquí tirados como perros. ¡Ese puesto es todo lo que tenemos, Giuseppe!
Giuseppe dice con acento siciliano, Lo siento, Carlos. Hago mi trabajo. Si te dejo pasar y el techo te aplasta, el problema será mío. Idos a casa.
Regina se alejó de la discusión. No tenía fuerzas para gritar como Carlos. Caminó hacia el borde del muelle, donde el mar ahora estaba plano y gris, como si nada hubiera pasado. Las afectaciones en la localidad eran totales: los bancos de piedra del paseo estaban arrancados de raíz, las barandillas de hierro habían desaparecido y el asfalto presentaba socavones de un metro de profundidad.
Vio a Gisella, una anciana que vivía en uno de los bajos de la calle paralela, tratando de secar sus colchones en medio de la calle. La mujer estaba empapada y movía los brazos con torpeza.
Gisella dice con acento siciliano, — Regina, hija, el agua me llegó a la cintura. Se ha llevado las fotos, los muebles, todo. ¿Dónde voy a dormir hoy? El refugio de la iglesia está lleno y no tengo a nadie.
Regina dice con acento siciliano, — Venga con nosotros, Gisella. Mi madre tiene una cama libre y hay sopa caliente. No se quede aquí mirando ese barro, no va a secarse hoy.
Regina ayudó a la anciana a levantarse. Al mirar hacia atrás, hacia su mercado destruido, sintió una rabia fría. Siracusa estaba herida de gravedad, y la ayuda oficial llegaba tarde y mal. Sabía que, si quería sobrevivir, no podría esperar a los ingenieros ni al alcalde. Tendría que buscarse la vida, como siempre había hecho, aunque eso significara saltarse las vallas o buscar aliados en lugares poco recomendables.
Regina subió los escalones de piedra de su casa sosteniendo a Gisella por el codo. La anciana caminaba despacio, arrastrando los pies y dejando un rastro de agua sucia en los peldaños. Al entrar, el calor de la cocina y el olor a caldo de verduras contrastaron con la humedad exterior. Agata estaba de pie junto al fogón, removiendo una olla grande.
Regina dice con acento siciliano, — Madre, Gisella se ha quedado sin nada. El agua ha entrado en su casa y no tiene donde ir. He pensado que puede quedarse aquí unos días.
Agata dice con acento siciliano, — Santa Virgen, Gisella. Estás empapada hasta los huesos. Ven aquí, siéntate cerca del calor. Regina, ve a mi armario y trae el camisón de franela grueso y la bata de lana gris.
Agata ayudó a la anciana a quitarse el abrigo pesado. Gisella temblaba tanto que apenas podía desabrocharse los botones. Regina fue a la habitación, buscó la ropa y se la entregó a su madre. Agata llevó a la mujer al pequeño baño para que se secara y se cambiara. Poco después, las dos ancianas se sentaron a la mesa. Agata sirvió un plato de sopa humeante y un trozo de pan del día anterior.
Gisella dice con acento siciliano, — Gracias, Agata. He perdido hasta las medicinas. El agua subió tan rápido que no me dio tiempo a coger el bolso de la cómoda.
Agata dice con acento siciliano, — No pienses en eso ahora, Gisella. Come y calienta el cuerpo. Siracusa está destrozada, pero nosotros tenemos comida y un techo seco. Regina, siéntate tú también.
Regina dice con acento siciliano, — No tengo hambre, madre. Voy a salir un momento a ver cómo están las cosas por el puerto. No tardaré.
Agata dice con acento siciliano, — El mercado está cerrado, Regina. No hay nada que hacer allí hoy. Quédate aquí y descansa.
Regina dice con acento siciliano, — He dicho que volveré pronto. Solo quiero ver si han despejado la carretera de la Marina.
Regina salió de la casa antes de que su madre pudiera hacerle más preguntas. No quería decirle que el puesto estaba bajo riesgo de derrumbe ni que la balanza de mil euros probablemente era chatarra. Necesitaba dinero y un plan para mañana mismo.

La búsqueda en el muelle.


Regina bajó de nuevo hacia la zona del puerto pequeño. El viento había amainado, pero el cielo seguía gris plomo. Caminó esquivando los restos de redes y maderas que bloqueaban las aceras. Preguntó a un par de pescadores que trabajaban en sus barcas si habían visto a Paolo. Uno de ellos le señaló hacia los viveros de la zona norte, donde el mar golpea con más fuerza.
Encontró a Paolo trabajando en una de las plataformas de cemento. Estaba solo, con el torso inclinado sobre uno de los tanques de agua salada que se habían desbordado. Tenía una red de mano y estaba sacando algas y escombros del interior para evitar que los filtros se quemaran.
Regina dice con acento siciliano, — Paolo. He llevado a Gisella a mi casa, se ha quedado sin nada. El mercado no va a abrir en semanas, el ingeniero ha dicho que el techo se va a caer.
Paolo se enderezó y se limpió las manos en sus pantalones de trabajo. Tenía la cara manchada de grasa y salitre. Miró a Regina de arriba abajo, notando la rigidez en sus hombros.
Paolo dice con acento siciliano, — Lo sé. He pasado por allí hace un rato y he hablado con Vito. La situación es mala para todos. Mis tanques han aguantado, pero he perdido mucha cría de lubina porque el agua dulce de la lluvia ha bajado demasiado la salinidad.
Regina dice con acento siciliano, — No puedo quedarme en casa mirando cómo mi madre le da de comer a los vecinos con lo poco que tenemos ahorrado. Tengo que trabajar en algo ya. Me da igual si es cargando cajas o limpiando barro de los hoteles.
Paolo dice con acento siciliano, — Nadie tiene dinero para pagar limpieza ahora, Regina. Todo el mundo está haciendo su propia limpieza. Pero escucha, hay gente en la ciudad alta que tiene generadores y sigue queriendo comer pescado fresco. Los barcos grandes no van a salir, pero mi lancha está bien. Podríamos pescar algo cerca de la costa mañana si el mar se calma un poco más.
Regina dice con acento siciliano, — Es peligroso. Hay mucha basura flotando y el agua está turbia. Los motores se pueden romper si tragan algo.
Paolo dice con acento siciliano, — Es un riesgo. Pero si conseguimos veinte o treinta kilos de buen género, podemos venderlo directamente a las casas de los que tienen dinero en la zona de Neápolis. Sin mercado y sin intermediarios. Dinero en mano.
Regina dice con acento siciliano, — Mi madre me mataría si sabe que voy a salir con este tiempo. Pero no veo otra opción. ¿A qué hora salimos?
Paolo dice con acento siciliano, — A las cinco. Ven aquí al muelle. Trae ropa seca de repuesto y tus cuchillos. Si vamos a hacer esto, lo haremos rápido.
Regina asintió. No había romance en el trato, solo la necesidad de dos personas que necesitaban sobrevivir a la semana. Se dio la vuelta para volver a casa, calculando mentalmente cuánto combustible necesitarían y qué zonas de la costa estarían menos sucias para echar las redes.

Calor de hogar en la penumbra.


Regina entró en la cocina y cerró la puerta con cuidado para que el golpe no retumbara en las paredes viejas. Se quitó las botas de goma y las dejó sobre un trozo de cartón en la entrada. Al ver a su madre y a Gisella sentadas a la mesa, bajo la luz mortecina de las velas, forzó una expresión más relajada. La idea de tener un plan para el día siguiente le había quitado parte de la presión que sentía en el estómago.
Regina dice con acento siciliano, — El aire está más tranquilo fuera. Han empezado a mover el barco que bloqueaba la carnicería de Enzo.
Agata dice con acento siciliano, — Menos mal. Siéntate, Regina. Te he servido un plato de caldo, todavía está caliente. Come algo, que tienes la cara pálida.
Regina se sentó a la mesa y cogió la cuchara. El caldo estaba denso y sabía a apio y patata. Gisella ya se había terminado su plato y sostenía una taza de té entre sus manos nudosas, vistiendo la bata de lana gris de Agata que le quedaba demasiado grande.
Gisella dice con acento siciliano, — Dicen que en la zona de la Fuente Aretusa el mar ha saltado el muro y ha llenado todo de piedras y peces muertos. ¿Es verdad, Regina?
Regina dice con acento siciliano, — Sí, Gisella. Hay mucha limpieza que hacer. El ayuntamiento dice que tardarán días en restablecer la luz en toda la isla porque hay muchos cables cortados por los árboles. Pero al menos ya no llueve.
Agata dice con acento siciliano, — ¿Y qué te han dicho en el puerto? ¿Has visto a alguien conocido?
Regina dio un sorbo al caldo antes de responder, manteniendo la vista en el plato para evitar la mirada analítica de su madre.
Regina dice con acento siciliano, — He estado hablando con unos pescadores. Dicen que mañana intentarán arreglar algunas redes en el muelle. Paolo me ha dicho que se quedará por allí revisando sus tanques de cría, por si necesita ayuda para mover algunas cajas pesadas. Quizás baje un rato por la mañana para echarle una mano a cambio de algo de género si consigue salvarlo.
Agata dice con acento siciliano, — No quiero que te acerques al agua todavía, Regina. El mar sigue estando revuelto y hay mucha suciedad flotando. Es peligroso.
Regina dice con acento siciliano, — No te preocupes, madre. Solo estaré en el muelle de cemento. No voy a subirme a ninguna barca. Es mejor estar ocupada que quedarse aquí mirando las paredes y pensando en lo que hemos perdido en el mercado.
Gisella dice con acento siciliano, — La muchacha tiene razón, Agata. El trabajo quita las penas. Si yo tuviera sus años, también estaría fuera ayudando a recoger los trozos de mi casa.
La cena continuó en un tono bajo. Hablaron de los vecinos, de quién tenía un generador de gasolina y de cómo se organizarían para lavar la ropa con el agua que tenían almacenada. Regina escuchaba y asentía, pero su mente estaba en la lancha de Paolo, en el estado de los filtros del motor y en el frío que haría a las cinco de la mañana.
Al terminar, Regina ayudó a recoger los platos y a acomodar a Gisella en el sofá con unas mantas extra. Se despidió de su madre con un beso rápido en la mejilla, tratando de ocultar el olor a salitre que todavía impregnaba su chaqueta.
Regina dice con acento siciliano, — Me voy a la cama, madre. Mañana quiero levantarme temprano para ver si abren alguna tienda en la zona alta y comprar algo de pan fresco.
Agata dice con acento siciliano, — Que descanses, hija. Dios quiera que mañana el día sea más claro para todos.
Regina entró en su habitación y cerró la puerta. No se desvistió del todo; dejó preparada la ropa térmica y sus cuchillos en una bolsa de lona debajo de la cama. Se tumbó sobre las mantas, escuchando el sonido lejano de una sirena de ambulancia, esperando a que el reloj marcara la hora de volver al mar.
Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: "Salitre y Pasión: Crónicas de una vida en Siracusa"

Mensaje por Larabelle Evans »

El frío antes del alba.

Punto de vista: Regina.

A las cinco de la mañana, la oscuridad en el puerto pequeño de Siracusa era total, rota solo por los haces de luz de las linternas frontales y el resplandor de algún generador lejano. El aire era cortante y soplaba con una humedad que calaba la ropa térmica de Regina antes de llegar al muelle. No había nadie más en la zona; el toque de queda de facto y el mal estado de los accesos mantenían a los pescadores en sus casas.
Regina llegó al punto de encuentro con su bolsa de lona al hombro. Paolo ya estaba sobre la lancha, una embarcación de fibra de vidrio de siete metros con un motor fueraborda que ronroneaba al ralentí, rompiendo el silencio del puerto. Él estaba terminando de estibar un par de cajas de plástico vacías y revisando los cabos de las redes.
Regina dice con acento siciliano, — El motor suena bien. Pensé que el agua sucia habría taponado la entrada de refrigeración.
Paolo dice con acento siciliano, — Limpié los filtros anoche mientras tú cenabas. Sube rápido, Regina. No quiero que nos vea la patrulla de la Guardia Costera; técnicamente el puerto sigue cerrado a la navegación por riesgo de escombros a la deriva.
Regina saltó al interior de la lancha. El movimiento de la embarcación era nervioso, reflejando que el mar, aunque ya no tenía olas gigantes, seguía agitado por la resaca del ciclón. Paolo le tendió un chaleco salvavidas de color naranja desgastado.
Paolo dice con acento siciliano, — Póntelo. Si nos vamos al agua con esta temperatura, no aguantaremos diez minutos. He llenado el tanque de gasolina al máximo, pero tenemos que ser cuidadosos. Hay troncos y trozos de muelles flotando por todas partes.
Regina dice con acento siciliano, — Vámonos ya. Cuanto antes salgamos, antes volveremos. He traído mis cuchillos y un termo con café.

Navegando entre restos.


Paolo soltó las amarras y movió la palanca de gases con suavidad. La lancha se separó del muelle de cemento y comenzó a avanzar hacia la bocana del puerto. Regina se colocó en la proa, usando una linterna de mano potente para iluminar la superficie del agua.
El haz de luz revelaba una estampa desoladora: palés de madera, botellas, restos de redes y una silla de plástico blanca flotaban a pocos metros del casco. Paolo mantenía la mano firme en el timón, esquivando los objetos más grandes con maniobras lentas.
Regina dice con acento siciliano, — ¡A babor! Hay un trozo de red enganchado a un madero. Si se mete en la hélice, nos quedamos tirados aquí mismo.
Paolo dice con acento siciliano, — Lo veo. Voy a salir por el canal sur, el agua parece más limpia allí. En cuanto pasemos el Castillo Maniace, el fondo sube y la corriente habrá arrastrado la mayoría de la basura hacia el mar abierto.
Regina dice con acento siciliano, — ¿A qué zona vamos? Si intentamos calar cerca de las rocas del Lungomare, nos arriesgamos a que el aparejo se enganche en algún coche hundido o en piedras que el mar ha movido.
Paolo dice con acento siciliano, — Iremos hacia la zona de Ognina. Allí el fondo es de arena y algas. El pescado se mueve hacia las zonas más profundas cuando hay tormenta, pero con la primera luz buscarán comida cerca de la costa. Si tenemos suerte, sacaremos sargos y quizás algo de dorada.
Regina asintió y se sentó en el banco lateral, agarrándose con fuerza a la regala de la lancha. El frío le azotaba la cara, secándole la piel, pero la sensación de estar en movimiento y de tener un objetivo concreto le devolvía parte de la energía que el desastre del mercado le había arrebatado. Miró hacia atrás y vio la silueta negra de Ortigia recortada contra el cielo grisáceo; la isla parecía pequeña y frágil en medio del Jónico.
Paolo dice con acento siciliano, — Bebe un poco de ese café, Regina. En diez minutos empezaremos a trabajar y no quiero que tengas los dedos entumecidos. Hoy el mar no nos va a regalar nada, tendremos que arrancárselo.

El impacto en la oscuridad.


La lancha avanzaba a media marcha dejando atrás la silueta del Castillo Maniace. El oleaje era largo y tendido, pero la visibilidad seguía siendo precaria debido a una bruma baja que se mezclaba con la espuma del mar. Regina mantenía el haz de la linterna fijo en el agua, barriendo de un lado a otro. De repente, un objeto oscuro y voluminoso apareció justo frente a la proa, semihundido y casi invisible entre las crestas de las olas.
Regina dice con acento siciliano, — ¡Paolo, para! ¡Para el motor! ¡A la derecha, rápido!
Paolo reaccionó de inmediato tirando de la palanca de gases hacia atrás, pero la inercia de la embarcación y el empuje de una ola lateral fueron más rápidos. Un sonido seco y violento, un crujido de fibra de vidrio contra madera maciza, sacudió toda la lancha. El impacto lanzó a Regina contra el costado de babor, haciéndole perder la linterna, que rodó por la cubierta.
La lancha se detuvo en seco con un balanceo errático. El motor tosió un par de veces y se apagó, dejando el ambiente en un silencio absoluto, solo roto por el chapoteo del agua contra el casco.
Paolo dice con acento siciliano, — ¡Maldita sea! Regina, ¿estás bien? ¿Te has golpeado la cabeza?
Regina dice con acento siciliano, — Estoy bien, me he dado en el hombro pero no es nada. ¡Mira qué es eso! Hemos chocado contra algo grande.
Paolo recuperó la linterna y alumbró hacia la proa. Se trataba de un contenedor de basura industrial, de esos que se usan en las obras de Ortigia, que el ciclón había arrastrado al mar. Estaba flotando a la deriva, cargado de escombros pesados que lo mantenían justo al nivel de la superficie.
Paolo dice con acento siciliano, — Es un contenedor de hierro. Si ha rajado el casco por debajo de la línea de flotación, estamos en un problema serio. Quédate en la popa para equilibrar el peso, voy a mirar el pozo de anclas.
Paolo se desplazó hacia la proa con cuidado mientras la lancha cabeceaba. Regina se quedó junto al motor, sintiendo cómo el frío le subía por las piernas. Se agachó y tocó el suelo de la cubierta; notó un rastro de agua que empezaba a correr hacia atrás, más de la que suele entrar por las salpicaduras normales.
Regina dice con acento siciliano, — Paolo, hay agua en la cubierta. Viene de delante. No es mucha, pero está subiendo.
Paolo levantó la tapa del compartimento de proa y soltó una maldición. El golpe había abierto una vía de agua de unos diez centímetros en la unión del casco. El agua entraba rítmicamente con cada golpe de mar.
Paolo dice con acento siciliano, — ¡Trae la bolsa de las herramientas! Hay una grieta en la fibra. Necesito los trapos y la masilla de emergencia. Regina, coge el balde y empieza a sacar agua de la sentina, ¡muévete!
Regina no perdió un segundo. Localizó el balde de plástico y empezó a achicar agua con movimientos mecánicos y rápidos, volcándola por la borda. El agua estaba helada y le entumecía las manos al instante, pero el esfuerzo físico la mantenía concentrada.
Paolo dice con acento siciliano, — Voy a intentar calafatear la grieta con los trapos para frenar la presión. Si conseguimos que entre menos agua, podré intentar arrancar el motor y volver al puerto antes de que la lancha pese demasiado.
Regina dice con acento siciliano, — No vamos a volver al puerto ahora, Paolo. Si volvemos vacíos y con la lancha rota, habremos perdido el combustible y el día. Tapa ese agujero como puedas. Yo seguiré sacando agua. Si el motor arranca, seguiremos hasta Ognina. No hemos salido de casa para volver con las manos vacías por un trozo de hierro.
Paolo la miró desde el suelo de la proa, con la cara empapada y el pecho jadeante. Vio la determinación en los ojos de Regina y asintió, apretando con fuerza un trozo de lona en la fisura.
Paolo dice con acento siciliano, — Tienes más orgullo que sentido común, Regina. Vigila el nivel del agua. Si sube por encima de tus tobillos, me da igual lo que digas, daremos la vuelta. Pásame la cinta americana de la caja.

Reparación bajo presión.


Paolo hundió los dedos en la fisura, empujando con fuerza una mezcla de trapos y lona encerada para detener el flujo principal. El agua seguía filtrándose, pero ya no con la fuerza de un chorro, sino como un goteo constante. Regina no dejaba de mover el balde; el sonido del plástico golpeando el fondo de la cubierta y el agua cayendo al mar era lo único que se escuchaba aparte del oleaje.
Paolo dice con acento siciliano, — Pásame la masilla epoxi y la cinta de alta resistencia. Tengo que sellar esto por fuera de la lona para que la presión del movimiento no escupa el tapón.
Regina rebuscó en la caja de herramientas de metal, que ya tenía un dedo de agua en el fondo. Le entregó los materiales. Paolo trabajó con rapidez, aplicando la masilla sobre la grieta húmeda y reforzando todo el parche con varias vueltas de cinta americana, rodeando parte de la estructura interna del casco. Sus nudillos estaban enrojecidos y raspados por el roce con la fibra de vidrio astillada.
Paolo dice con acento siciliano, — Eso debería aguantar si no golpeamos nada más y no forzamos la velocidad. Deja el balde un momento, Regina. Ayúdame a comprobar el motor.
Regina se desplazó hacia la popa, dejando el balde a un lado. Sus brazos le pesaban por el esfuerzo del achique. Paolo se situó frente a la consola de mando y puso la mano sobre la llave de contacto. El motor fueraborda estaba húmedo por la bruma, y el olor a gasolina mal quemada flotaba en el aire frío.
Paolo dice con acento siciliano, — Cruza los dedos. Si el impacto ha movido algo en la línea de combustible o si ha entrado agua por el escape, estamos vendidos.
Giró la llave. El motor hizo un sonido de arrastre metálico, clac-clac-clac, pero no llegó a encenderse. Paolo soltó un bufido y volvió a intentarlo, esta vez cebando un poco más la bomba de gasolina manual. El segundo intento fue igual de infructuoso.
Regina dice con acento siciliano, — Revisa la conexión del tanque. Con el golpe se puede haber soltado la manguera de entrada.
Paolo se agachó hacia el depósito externo, ajustó la clavija de plástico y apretó la pera de goma hasta que se puso dura. Volvió al mando. Esta vez, al girar la llave, el motor tosió, soltó una bocanada de humo grisáceo y finalmente se estabilizó en un ralentí rítmico. Regina soltó el aire que contenía en los pulmones.
Regina dice con acento siciliano, — Sigue funcionando. No suena raro, parece que la hélice no ha tocado el contenedor.
Paolo dice con acento siciliano, — Hemos tenido suerte. La lancha golpeó con la parte alta del casco, por encima de la quilla. Mira el parche de proa mientras acelero un poco.
Paolo metió la marcha adelante con suavidad. La lancha comenzó a avanzar de nuevo. Regina se arrodilló en la proa, observando la reparación. La cinta americana aguantaba la presión y el nivel del agua en el interior no subía.
Regina dice con acento siciliano, — El parche resiste, Paolo. Entra un poco de humedad, pero el balde lo solucionará cada veinte minutos. No hace falta dar la vuelta. Sigue hacia Ognina, pero no pases de diez nudos. No quiero que la presión del agua arranque la cinta.
Paolo dice con acento siciliano, — Está bien, capitana. Mantén la linterna encendida y no dejes de mirar al frente. Si vemos otro obstáculo, no tendremos una segunda oportunidad.
La embarcación continuó su camino por la costa sur de Siracusa. El cielo empezaba a clarear levemente por el este, mostrando una línea gris pálida sobre el horizonte del Jónico. El frío era más intenso ahora que estaban en mar abierto, pero la lancha avanzaba con paso firme hacia la zona de pesca.
Paolo redujo la marcha hasta que la lancha quedó a la deriva, balanceándose suavemente sobre las aguas más profundas de Ognina. El motor seguía encendido, un zumbido bajo que apenas interrumpía el silencio de la costa. Regina dejó el balde en el suelo y se limpió el agua de la cara con la manga empapada. La descarga de adrenalina le había dejado un temblor en las manos que no podía controlar.
Paolo soltó el timón y se acercó a ella. Su rostro, iluminado por la luz grisácea del amanecer, mostraba la tensión acumulada en la mandíbula.
Paolo dice con acento siciliano, — Ha faltado poco, Regina. Si ese hierro nos da un palmo más abajo, ahora estaríamos nadando en mitad de la oscuridad. Tienes que tener más cuidado cuando miras por la proa.
Regina no respondió con palabras. Dio un paso hacia él, acortando el espacio en la pequeña cubierta. Lo agarró por la solapa de la chaqueta impermeable con un movimiento impulsivo y lo atrajo hacia ella. Lo besó con fuerza, un beso cargado de la rabia y el alivio que sentía tras el impacto contra el contenedor. Sus labios estaban fríos y sabían a salitre.
Paolo se quedó rígido un instante, con las manos suspendidas en el aire. No esperaba el arrebato. Sin embargo, tardó apenas unos segundos en reaccionar. Rodeó la cintura de Regina con sus brazos, pegándola a su cuerpo, y le devolvió el beso con la misma intensidad. El roce de sus barbas y el frío de sus ropas mojadas no impidieron que el contacto se volviera denso y pesado.
Paolo rompió el beso por un momento, manteniendo su frente apoyada contra la de ella. Sus respiraciones se mezclaban en pequeñas nubes de vapor blanco.
Paolo dice con acento siciliano, — Regina, para. ¿Estás haciendo esto porque quieres o porque tienes los nervios destrozados por el golpe? No quiero que mañana te arrepientas de buscarme solo por el susto.
Regina dice con acento siciliano, — Cállate la boca, Paolo. Sé perfectamente lo que hago. No me trates como si fuera una niña que no sabe dónde se mete.
Ella volvió a buscar su boca, esta vez de forma más pausada. Paolo deslizó una de sus manos por la nuca de Regina, sujetándola con firmeza mientras la otra bajaba por su espalda, apretándola contra su pecho. Sus dedos, entumecidos por el agua helada, recuperaban el calor al contacto con la piel del cuello de ella. Las caricias eran bruscas, marcadas por la textura ruda de la ropa de faena y el olor a gasolina que impregnaba la lancha.
Se quedaron así unos minutos, refugiados el uno en el otro mientras la lancha derivaba lentamente hacia el sur. El roce de sus cuerpos era la única fuente de calor en medio del mar Jónico. Paolo la soltó despacio, manteniendo sus manos sobre los hombros de Regina, mirándola a los ojos para asegurarse de que estaba presente.
Paolo dice con acento siciliano, — Está bien. Pero el sol ya está saliendo y el parche de proa no aguantará eternamente si nos quedamos aquí parados. Tenemos que echar las redes si queremos llevar algo de dinero a casa hoy.
Regina dice con acento siciliano, — Tienes razón. Suéltame. Pásame el extremo de la red de enmalle. Vamos a ver si este mar nos debe algo por el susto de hace un rato.
Regina se separó de él y se colocó en la banda de estribor, recuperando su posición de trabajo. Paolo regresó a la consola, metió la marcha atrás para posicionar la lancha contra la corriente y empezó a preparar los boyas de señalización.

Iniciando la pesca.


Regina se separó de Paolo y se limpió la boca con el dorso de la mano. El temblor de sus dedos había desaparecido, sustituido por una rigidez necesaria para el trabajo. El cielo en el horizonte ya mostraba una franja naranja y gris que permitía ver la superficie del agua sin necesidad de linternas. Paolo regresó a la posición de mando y puso la lancha en posición, manteniendo el motor al ralentí para que la corriente no los empujara hacia la costa rocosa.
Paolo dice con acento siciliano, — Vamos a calar en esta zona. Hay unos quince metros de profundidad y el fondo es de arena. Sujeta la boya de inicio y prepárate para soltar el lastre.
Regina cogió la boya naranja, que tenía el nombre de la embarcación pintado en negro, y la lanzó por la borda. El cabo de nylon empezó a desenrollarse rápidamente de la cubierta. Cuando sintió el tirón del peso de piedra que servía de ancla para la red, Regina hizo una señal con la mano.
Regina dice con acento siciliano, — ¡Ya está el fondo! Empieza a avanzar despacio hacia el sur, Paolo.
Paolo metió la marcha adelante con suavidad. Regina se colocó junto a la caja de madera donde la red de enmalle estaba apilada con cuidado. Sus movimientos eran mecánicos: agarraba la red por la relinga de corchos con una mano y por la de plomos con la otra, dejando que el aparejo cayera al agua de forma limpia, sin que los hilos de monofilamento se enredaran en los salientes de la lancha.
Paolo dice con acento siciliano, — Mantén la red tensa pero no tires demasiado. Si la red queda muy estirada en el fondo, los peces la verán y no se enmallarán. Tiene que quedar con un poco de seno.
Regina dice con acento siciliano, — Sé cómo calar una red, Paolo. No es la primera vez que estoy en una lancha. Controla la dirección, que nos estamos desviando hacia la zona de algas.
El sol terminó de romper la línea del horizonte, iluminando la espuma blanca que dejaba la lancha a su paso. El agua del mar se veía turbia, llena de partículas de arena y sedimentos que el ciclón había removido del fondo. Regina seguía soltando metros de red, sintiendo el roce áspero de la cuerda en sus palmas. Sus hombros empezaban a arder por el esfuerzo, pero no se detuvo.
Paolo dice con acento siciliano, — Faltan veinte metros para el final de la pieza. Prepara la segunda boya y el último lastre.
Regina agarró el bloque de cemento que servía de final de línea y lo posicionó en la regala. Cuando el último trozo de red salió de la caja, lanzó el peso al agua. El chapoteo fue seco. La boya final quedó flotando a unos cien metros de la primera, marcando una línea recta en la superficie del Jónico.
Regina dice con acento siciliano, — Ya está fuera. Ahora hay que esperar. ¿Cuánto tiempo vamos a darle? Si la dejamos mucho tiempo, los cangrejos empezarán a comerse lo que caiga.
Paolo dice con acento siciliano, — Le daremos una hora. No más. El parche de proa sigue goteando y no quiero que estemos aquí fuera si el viento vuelve a subir. Bebe un poco de café, Regina. Tienes los labios azules del frío.
Paolo apagó el motor para ahorrar combustible y la lancha quedó en un silencio absoluto, balanceándose lateralmente. Regina se sentó en el suelo de la cubierta, apoyando la espalda contra el motor, y abrió el termo. El vapor del café le subió a la cara mientras miraba la línea de boyas que representaba su única posibilidad de conseguir dinero ese día.
Regina sirvió el café en el tapón de plástico del termo y se lo pasó a Paolo. Él dio un sorbo largo, sujetando el recipiente con las dos manos para calentarse los dedos. El sol ya estaba fuera por completo, pero no calentaba; solo servía para ver con claridad la suciedad que flotaba alrededor de la lancha.
Regina dice con acento siciliano, — Si sacamos algo bueno, no iré por el mercado. He pensado en subir directamente a las casas grandes de la zona de la Neápolis. Allí no ha faltado el agua ni la comida, pero los pescaderos no están repartiendo. Si llamo a un par de puertas que conozco, me lo quitarán de las manos.
Paolo dice con acento siciliano, — Es buena idea. Pero no aceptes calderilla, Regina. El combustible me ha costado el doble hoy porque he tenido que comprárselo a un tipo que tenía garrafas guardadas. Si sacamos menos de cien euros, habremos perdido el tiempo y habremos arriesgado la lancha por nada.
Regina dice con acento siciliano, — Sé lo que vale el pescado hoy, Paolo. Pediré el doble de lo normal. La gente con dinero paga por no tener que bajar a ver el barro de Ortigia. Con eso podré comprar algo de carne para mi madre y Gisella, y pagarle a Enzo lo que le debo del mes pasado.
Paolo dice con acento siciliano, — Yo tengo que arreglar el filtro de los tanques de Catania. Si no consigo meter agua limpia pronto, se me morirán las crías de lubina que me quedan. Ese es mi sueldo de los próximos seis meses. Si sacamos bastante hoy, mañana podemos intentar ir más al sur, hacia Fontane Bianche. Dicen que allí el mar ha dejado la costa más limpia.
Regina dice con acento siciliano, — Primero vamos a ver qué hay en esa red. Si sale llena de basura y plásticos, mañana me buscaré un puesto limpiando escombros en los hoteles del Corso. No puedo depender solo de lo que el mar quiera soltar después de un ciclón.
Paolo dice con acento siciliano, — El mar siempre suelta algo, Regina. Solo hay que tener paciencia. Mira la boya de cabecera, se está hundiendo un poco. Algo ha entrado ya.
Paolo le devolvió el tapón del termo. Regina terminó el resto del café de un trago y se puso de pie, ajustándose los guantes de goma. El café le había asentado el estómago, pero la preocupación por el dinero seguía ahí, tan constante como el goteo de agua que seguía entrando por la proa.
Regina dice con acento siciliano, — Deja de mirar la boya y prepárate. Vamos a empezar a cobrar la red. Ayúdame con el primer lastre, que mi hombro me está empezando a doler por el golpe de antes.
Paolo dice con acento siciliano, — Ponte en la banda. Yo tiraré del cabo y tú vas estibando la red en la caja. Si viene algún tronco enredado, no intentes sacarlo tú sola, usa el cuchillo y corta si hace falta. La red se remienda, los dedos no.

el éxito de la pesca.

Paolo encendió el motor y lo mantuvo al ralentí mientras Regina se posicionaba en la banda de estribor. Él se inclinó sobre la borda y agarró el cabo de la primera boya con un movimiento firme, tirando hacia arriba hasta que el primer bloque de lastre apareció en la superficie y lo subió a la cubierta con un golpe seco.
Paolo dice con acento siciliano, — Pesa, Regina. La red viene cargada. Esperemos que no sea solo barro y algas.
Regina agarró el inicio de la malla. En cuanto los primeros metros de red salieron del agua, el brillo de las escamas bajo el sol de la mañana confirmó que el riesgo había valido la pena. Un sargo de casi un kilo venía enmallado, coleando con fuerza.
Regina dice con acento siciliano, — ¡Mira eso! Es un sargo real. Y detrás vienen más. Paolo, mantén la lancha estable, que hay mucha tensión en el hilo.
A medida que Regina cobraba la red, el trabajo se volvía más intenso. Sus manos se movían con rapidez, desenredando las aletas de los peces mientras estibaba la malla en la caja de madera. Aparecieron tres doradas grandes, con la marca dorada entre los ojos brillando intensamente, y un grupo de salmonetes de roca que daban un color rojizo a la montaña de red que crecía en la cubierta.
Paolo dice con acento siciliano, — Es una pesca limpia. El ciclón ha debido empujarlos hacia la costa buscando el refugio de la arena. Hacía meses que no veía piezas de este tamaño tan cerca de Ognina.
Regina dice con acento siciliano, — ¡Aquí viene algo pesado! Ayúdame, Paolo.
Paolo dejó el mando un segundo y tiró junto a ella. Del agua emergió una lubina de casi tres kilos, moviéndose con violencia y salpicándoles la cara de agua helada. Regina la agarró por las agallas con firmeza y la depositó en la caja de plástico.
Paolo dice con acento siciliano, — Esa sola vale treinta euros en cualquier cocina de la Neápolis. Si seguimos así, llenaremos dos cajas antes de llegar al final del aparejo.
Regina dice con acento siciliano, — No te distraigas. Sigue tirando. Hay más sargos y un par de escorporas enredadas al final. Ten cuidado con las espinas de las escorporas, no quiero tener que llevarte al hospital hoy.
Terminaron de recoger la red veinte minutos después. El suelo de la lancha estaba cubierto de escamas y restos de algas, pero las dos cajas de plástico estaban llenas hasta arriba de pescado de primera calidad. Los peces todavía saltaban, golpeando el plástico con un sonido rítmico que para Regina era el sonido del dinero que tanto necesitaba.
Paolo dice con acento siciliano, — Hemos terminado. Deben de ser unos quince o diecisiete kilos de buen género. Es una fortuna tal y como está Siracusa hoy.
Regina dice con acento siciliano, — Es más de lo que esperaba. Cubre las cajas con la lona húmeda para que no les dé el sol directo. Vamos a volver al puerto rápido. Quiero estar en las casas de la zona alta antes de que los vecinos empiecen a salir a buscar comida.
Paolo asintió, visiblemente satisfecho. Se limpió las manos en el pantalón y regresó al timón, poniendo rumbo norte hacia el Castillo Maniace. Regina se sentó sobre la regala, mirando las cajas con alivio. El esfuerzo y el golpe contra el contenedor ahora parecían un precio justo por el botín que llevaban a bordo.
La lancha avanzaba hacia el norte, bordeando la costa con el motor a bajas revoluciones para no forzar el parche de la proa. El sol ya estaba alto y la silueta de Ortigia se veía clara, mostrando las cicatrices del ciclón: fachadas con balcones caídos y las murallas todavía húmedas por el embate del mar. Paolo mantenía la vista en el agua, esquivando los escombros que la marea seguía moviendo cerca de la entrada del puerto.
Paolo dice con acento siciliano, — Regina, coge la lona azul y tapa bien las cajas. No quiero que desde el malecón se vea lo que llevamos. Si la Guardia Costera o algún inspector de pesca nos ve desembarcar esto sin pasar por la lonja, nos quitarán el pescado y nos pondrán una multa que no podremos pagar ni en diez años.
Regina dice con acento siciliano, — Ya está hecho. He puesto los cabos encima para que parezca que solo llevamos aparejos sucios. Entra por el muelle del sur, el que está detrás de los antiguos almacenes de sal. Allí hay menos gente y el agua está lo bastante profunda para que no toquemos fondo con el lodo.
A medida que se acercaban al puerto pequeño, el panorama era de una actividad lenta y pesada. Había gente intentando baldear las aceras y camiones de bomberos retirando escombros. Paolo maniobró con cuidado, entrando en la dársena con el motor apenas audible. El muelle sur estaba desierto, excepto por un par de barcas volcadas que nadie había reclamado todavía.
Paolo dice con acento siciliano, — Prepárate con la estacha de proa. Voy a arrimarme al bloque de hormigón que queda detrás de la grúa rota. Salta en cuanto estemos a un metro y asegura la lancha. Yo te pasaré las cajas una a una.
Regina se puso en pie, agarrando la cuerda con fuerza. En cuanto la lancha se acercó al cemento agrietado del muelle, saltó con agilidad. Sus botas resbalaron un poco en el verdín, pero recuperó el equilibrio y amarró la embarcación a un noray de hierro oxidado. Paolo apagó el motor y el silencio volvió a ser total en ese rincón apartado del puerto.
Paolo dice con acento siciliano, — Aquí tienes la primera. Pesa casi diez kilos. Déjala detrás del muro de piedra para que no se vea desde la carretera.
Regina recibió la caja de plástico, sintiendo el peso muerto del pescado fresco y el hielo derretido. La movió con rapidez hacia la sombra de una pared de piedra caliza que aún goteaba agua de lluvia. Paolo le pasó la segunda caja con el mismo cuidado.
Regina dice con acento siciliano, — Ya está todo fuera. Ahora vete de aquí, Paolo. No te quedes parado en el muelle. Da una vuelta por la dársena y atraca en tu sitio habitual para que parezca que solo has salido a probar el motor después del golpe.
Paolo dice con acento siciliano, — Ten cuidado al subir hacia la ciudad alta. Hay muchos controles de policía en las calles principales. Usa los callejones de la Giudecca y sal por la puerta de tierra. Te veré esta noche en tu casa para ver cuánto hemos sacado.
Regina dice con acento siciliano, — Estaré allí. Y limpia esa sangre de la proa, Paolo. No queremos que nadie haga preguntas que no debemos responder.
Regina vio cómo Paolo se alejaba lentamente con la lancha hacia el centro del puerto. Se quedó sola en el muelle, rodeada de escombros y con dos cajas de pescado que valían una pequeña fortuna en medio de la miseria de Siracusa. Se ajustó la chaqueta, agarró la primera caja y empezó a caminar hacia las escaleras que subían a la ciudad, ocultando su mercancía bajo la lona vieja.
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