Cuarto de Revelado
El aire en el cuarto oscuro es denso, saturado del olor acre y metálico de los químicos de revelado que, para Jeanpaul, suelen ser un sedante. Pero hoy, el ácido acético parece quemarle los pulmones. Bajo la tenue luz roja, que baña la estancia con un matiz de urgencia y pecado, las imágenes de Aletheia emergen lentamente en las cubetas. No son simples fotos; son los planos de su propia condena.
Jeanpaul observa una captura de ella riendo con los niños. En el papel, esos niños llevan el apellido Deveraux. Legalmente, son suyos; ante el mundo, él es el pilar, el nombre en el acta de nacimiento, el escudo burocrático. Pero el eco de un "Tío Jean" rebota en las paredes de su cráneo como una burla cruel. La tinta negra de las fotos parece la misma oscuridad que se le instala en el pecho.
Minutos antes, Olivia, la nueva agente, se ha quedado desnuda en la cama con el cuerpo dolorido y una mirada de desconcierto. Jeanpaul se mira las manos, las mismas que han recorrido el cuerpo de la recluta buscando un alivio que nunca llega. Nada. Su cuerpo es un templo cerrado bajo llave, una máquina que solo responde a una frecuencia que no es la de Olivia. La frustración sexual no es un deseo insatisfecho, es una lealtad física que lo asfixia; su propia biología le prohíbe la salida de emergencia.
Incapaz de soportar el encierro, Jeanpaul abandona el cuarto oscuro y camina hacia los viñedos. La noche en La Finca es fresca, pero él siente que se incendia. Se detiene frente a las vides, observando el horizonte, intentando que el orden de los surcos de tierra calme el caos de su arquitectura interna.
Entonces, el crujir de la grava lo pone en alerta. Sabe quién es antes de verla. Su cuerpo, ese que se ha negado a responder hace una hora, vibra con una nota sorda y dolorosa.
Aletheia aparece entre las sombras de las vides, con los hombros ligeramente caídos y esa mirada que Jeanpaul solo le ve cuando Kalev ha vuelto a dejar un vacío donde debería haber presencia.
Aletheia dice con acento catalán, "¿Ni en la oscuridad descansas, Jean?"
Jeanpaul aprieta los puños dentro de los bolsillos, forzando a su rostro a adoptar la máscara de hierro del protector inquebrantable, aunque por dentro siente que la estructura se agrieta.
Jeanpaul se carcajea de forma seca, casi carente de humor.
Dices: "El descanso es un lujo que los cimientos no podemos permitirnos, mocosa. ¿Y tú? Se supone que deberías estar en la cena de la fundación."
Aletheia dice con acento catalán, "No ha vuelto... todavía."
Él nota el leve rastro de rímel corrido, la señal inequívoca de una batalla silenciosa con Kalev. El impulso de cruzar la distancia, de tomarla por los hombros y gritarle que deje de buscar agua en un pozo seco, es casi insoportable. Quiere reclamar el lugar que sus papeles dicen que ya tiene, pero su voz se mantiene peligrosamente estable.
La mandíbula de Jeanpaul se tensa tanto que el dolor le sube por los oídos. La presencia de Aletheia, con ese aroma a jazmín y derrota, es un insulto a su autocontrol. Cada vez que ella sufre por Kalev, la arquitectura de su anhelo se tambalea, amenazando con sepultarlos a ambos.
Dices: "Parece que el aire de la noche te sienta mejor que la compañía en el salón. ¿Ha vuelto a ocurrir?"
Aletheia da un paso al frente, rodeándose el cuerpo con los brazos, y lo mira con una curiosidad que muerde.
Aletheia dice con acento catalán, "Vi que te marchaste finalmente con la chica nueva, delta sirena. Pensé que te habrías quedado en Siracusa con ella... para pernoctar, ya sabes. Parecía muy dispuesta."
Jeanpaul cierra los ojos un segundo. De inmediato, el recuerdo de Siracusa lo golpea como una náusea. Se ve a sí mismo sobre Olivia en aquella cama del refugio, la piel de la agente bajo sus dedos, el esfuerzo casi mecánico de sus embestidas. Recuerda la desesperación de cerrar los ojos para imaginar que era el cabello de Aletheia el que se enredaba en sus manos, y cómo, al abrirlos y ver la realidad, su cuerpo simplemente se desconectaba. La humillación de la piel fría, del orgasmo inalcanzable porque su sangre le pertenece a otra.
Jeanpaul se carcajea, un sonido bronco y hostil que corta el aire.
Dices: "No sabía que mi agenda de alcoba fuera ahora parte de tus preocupaciones, mocosa. ¿O es que Kalev no te da suficiente conversación por las noches?"
Aletheia se tensa, sus facciones se endurecen en una mueca de desagrado que no logra ocultar. Hay una chispa de posesividad inconsciente en sus ojos, una molestia que ni ella misma sabe nombrar.
Aletheia dice con acento catalán, "¿Te acostaste con ella, entonces? ¿Es por eso que estás tan... irritable? ¿La sirenita no supo cantar como te gusta?"
Jeanpaul la mira fijamente. Sus ojos cambian de tono y se oscurecen. La verdad es que no pudo terminar, que Olivia fue un fracaso (como tantos otros) porque el fantasma de Aletheia se interpuso entre sus cuerpos. Pero su orgullo y su rabia necesitan una salida.
Dices: "Sí. Me acosté con ella. Es una mujer joven, eficiente y, sobre todo, no está llena de dudas. ¿Alguna otra pregunta sobre mi desempeño o podemos volver a lo que realmente te importa, que es lamerte las heridas por tu marido?"
El silencio que sigue es pesado como el plomo. Aletheia retrocede un paso, parpadeando con rapidez, como si acabara de recibir una bofetada física. Sus dedos tiemblan levemente. No sabe por qué le duele la confirmación, por qué siente ese vacío en el estómago al imaginarlo con otra, si se supone que él es su roca, su amigo... su "hermano" de vida.
Jeanpaul no le da tiempo a procesarlo. No puede. Si se queda un segundo más, la tomará por el cuello para besarla y romper toda la farsa que han construido.
Dices: "Si me disculpas, tengo trabajo en la bodega. No todo el mundo tiene el privilegio de perder el tiempo en la oscuridad."
Él da media vuelta, sus pasos son pesados y decididos sobre la grava, perdiéndose en el arco de piedra que conduce al interior de la bodega. No mira atrás.
Aletheia se queda sola entre las vides, respirando con dificultad. El desconcierto la invade. No reconoce a este Jeanpaul, pero lo que más la aterra es que no reconoce la punzada de celos amargos que le está subiendo por la garganta.
[Arquitectura de un anhelo]: Descubrimientos que abruman
[Arquitectura de un Anhelo]: Grietas en el Jardín de Invierno
Medio día había pasado ya y el aire en la casona de la Finca todavía vibraba con el eco de los gritos del desayuno. Jeanpaul bajaba las escaleras de madera con paso pesado, sintiendo en el pecho el peso de Aletheia, a quien acababa de dejar destrozada en la planta superior. Cada peldaño era un recordatorio de su propia impotencia: había contenido el deseo de golpear a Kalev, pero no había podido evitar que el veneno de la discusión se filtrara por las paredes.
Al acercarse al ventanal del corredor que daba al jardín interno, Jeanpaul se detiene en seco. Oculto por las pesadas cortinas de terciopelo, ve a los niños y decide observarlos.
Zarek está de pie, golpeando rítmicamente la palma de su mano con un palo de entrenamiento.
Iliana está sentada en un banco de piedra, con las rodillas pegadas al pecho, balanceándose levemente.
La voz de Zarek es un susurro ronco, cargado de una furia que intenta contener.
Zarek dice: "...lo dijo Monse, Iliana. No trates de ignorarlo. Le dijo a Yordi que Kalev ya ni siquiera la mira. Que esto se acabó. Estabas ahí cuando lo dijo, deja de hacerte la atontada que no te va."
Iliana chilla en medio de un sollozo ahogado.
Iliana dice: "¡Cállate, Zarek! Monse no lo sabe todo. Solo... solo están pasando una mala racha. Si nos portamos mejor, si no hacemos ruido..."
Zarek dice: "¿Portarnos mejor? Estás majara perdía."
Zarek suelta una carcajada amarga y lanza el palo contra el césped.
Zarek dice: "¡Él no nos quiere! No se casó con ella, no nos dio su nombre. El tío Jean fue quien lo hizo. Kalev es un extraño que duerme en la habitación de mamá. Si se quiere largar, que se largue ya, pero que deje de hacerla llorar."
Iliana habla en voz muy bajita, casi un susurro.
Iliana dice: "¿No lo entiendes? Si se va, mamá se romperá."
Iliana esconde el rostro entre sus brazos.
Iliana dice: "Y nosotros nos quedaremos sin nada. Otra vez. No quiero que nos dejen, Zarek. No quiero ser una carga."
Jeanpaul traga saliva. Siente un nudo en la garganta. Ver a la pequeña Iliana intentar encogerse hasta desaparecer y a Zarek endurecerse como el acero que él mismo le había enseñado a templar le duele más que cualquier herida de combate. Decide intervenir antes de que la discusión deje cicatrices más profundas.
Jeanpaul sale al jardín. Intenta disimular, pero en su voz se advierte el cansancio y algo más que a los niños les cuesta identificar.
Dices: "Zarek. Iliana
Ambos saltan.
Iliana se limpia las lágrimas frenéticamente y Zarek recupera su postura rígida, aunque sus ojos verdes arden con un reproche que Jeanpaul sabe que no es para él.
Iliana murmura: "Tío Jean..."
Iliana trata de forzar una de sus antiguas sonrisas, pero los hoyuelos no aparecen.
Dices: "No deberíais escuchar las conversaciones de los adultos"
Jeanpaul pone una mano sobre el hombro de Zarek, mientras que con la otra acaricia los bucles rojos de la niña.
Dices: "Todo va a estar bien. Vuestra madre es fuerte, y yo estoy aquí. Nada va a cambiar en casa.
Zarek se tensa bajo su mano. Mira a Jeanpaul directamente a los ojos, con una lucidez aterradora.
Zarek dice: "Ya ha cambiado, tío. Tú lo sabes mejor que nadie. Estás mal, ella está mal... y él..."
Zarek señala hacia la parte trasera de la casa con desprecio.
Zarek dice: "ya ni siquiera está aquí aunque esté presente. No intentes arreglarlo con palabras. Ya no somos unos críos.".
Zarek se suelta del agarre de Jeanpaul con un movimiento brusco y entra en la casa sin mirar atrás.
Iliana se levanta , mira a Jeanpaul con una súplica silenciosa en los ojos, una que pide una mentira que él no puede darle y corre tras su hermano.
Jeanpaul se queda solo en el jardín. Mira sus manos, las manos de un hombre que puede desarmar un rifle en la oscuridad o revelar una foto en segundos, pero que ahora temblaban. Por primera vez, la "arquitectura" que había construido para protegerlos no tenía grietas; se estaba derrumbando desde los cimientos.
Al acercarse al ventanal del corredor que daba al jardín interno, Jeanpaul se detiene en seco. Oculto por las pesadas cortinas de terciopelo, ve a los niños y decide observarlos.
Zarek está de pie, golpeando rítmicamente la palma de su mano con un palo de entrenamiento.
Iliana está sentada en un banco de piedra, con las rodillas pegadas al pecho, balanceándose levemente.
La voz de Zarek es un susurro ronco, cargado de una furia que intenta contener.
Zarek dice: "...lo dijo Monse, Iliana. No trates de ignorarlo. Le dijo a Yordi que Kalev ya ni siquiera la mira. Que esto se acabó. Estabas ahí cuando lo dijo, deja de hacerte la atontada que no te va."
Iliana chilla en medio de un sollozo ahogado.
Iliana dice: "¡Cállate, Zarek! Monse no lo sabe todo. Solo... solo están pasando una mala racha. Si nos portamos mejor, si no hacemos ruido..."
Zarek dice: "¿Portarnos mejor? Estás majara perdía."
Zarek suelta una carcajada amarga y lanza el palo contra el césped.
Zarek dice: "¡Él no nos quiere! No se casó con ella, no nos dio su nombre. El tío Jean fue quien lo hizo. Kalev es un extraño que duerme en la habitación de mamá. Si se quiere largar, que se largue ya, pero que deje de hacerla llorar."
Iliana habla en voz muy bajita, casi un susurro.
Iliana dice: "¿No lo entiendes? Si se va, mamá se romperá."
Iliana esconde el rostro entre sus brazos.
Iliana dice: "Y nosotros nos quedaremos sin nada. Otra vez. No quiero que nos dejen, Zarek. No quiero ser una carga."
Jeanpaul traga saliva. Siente un nudo en la garganta. Ver a la pequeña Iliana intentar encogerse hasta desaparecer y a Zarek endurecerse como el acero que él mismo le había enseñado a templar le duele más que cualquier herida de combate. Decide intervenir antes de que la discusión deje cicatrices más profundas.
Jeanpaul sale al jardín. Intenta disimular, pero en su voz se advierte el cansancio y algo más que a los niños les cuesta identificar.
Dices: "Zarek. Iliana
Ambos saltan.
Iliana se limpia las lágrimas frenéticamente y Zarek recupera su postura rígida, aunque sus ojos verdes arden con un reproche que Jeanpaul sabe que no es para él.
Iliana murmura: "Tío Jean..."
Iliana trata de forzar una de sus antiguas sonrisas, pero los hoyuelos no aparecen.
Dices: "No deberíais escuchar las conversaciones de los adultos"
Jeanpaul pone una mano sobre el hombro de Zarek, mientras que con la otra acaricia los bucles rojos de la niña.
Dices: "Todo va a estar bien. Vuestra madre es fuerte, y yo estoy aquí. Nada va a cambiar en casa.
Zarek se tensa bajo su mano. Mira a Jeanpaul directamente a los ojos, con una lucidez aterradora.
Zarek dice: "Ya ha cambiado, tío. Tú lo sabes mejor que nadie. Estás mal, ella está mal... y él..."
Zarek señala hacia la parte trasera de la casa con desprecio.
Zarek dice: "ya ni siquiera está aquí aunque esté presente. No intentes arreglarlo con palabras. Ya no somos unos críos.".
Zarek se suelta del agarre de Jeanpaul con un movimiento brusco y entra en la casa sin mirar atrás.
Iliana se levanta , mira a Jeanpaul con una súplica silenciosa en los ojos, una que pide una mentira que él no puede darle y corre tras su hermano.
Jeanpaul se queda solo en el jardín. Mira sus manos, las manos de un hombre que puede desarmar un rifle en la oscuridad o revelar una foto en segundos, pero que ahora temblaban. Por primera vez, la "arquitectura" que había construido para protegerlos no tenía grietas; se estaba derrumbando desde los cimientos.
[Arquitectura de un Anhelo]: Hasta la roca más firme se desmorona
Un viñedo en la Sierra de Guadalajara
Las hileras de vides se extienden como nervios verdes sobre la colina, bajo el cielo de la sierra teñido de un violeta crepuscular. El aire es denso, cargado con el aroma dulce de la uva madura y la humedad de la tierra trabajada. Entre las plantas, se yerguen pequeños postes metálicos con sensores térmicos que emiten un parpadeo rítmico. Jeanpaul está de pie al final de una hilera, con una podadera en la mano, observando el horizonte con una fijeza que roza lo doloroso.
Orestes avanza por el sendero de tierra, el crujido de sus botas es lo único que rompe el silencio del campo. Observa a Jeanpaul desde la distancia. Bajo el sol poniente, la figura de su amigo parece más delgada, casi traslúcida por el agotamiento. Nota cómo Jeanpaul acaricia una hoja de parra con una delicadeza ausente, una caricia que no pertenece a la planta, sino a un fantasma que habita en su mente. Orestes sabe que Jeanpaul no está podando; está intentando cortar los hilos de un anhelo que lo mantiene atado a una mujer que no puede poseer.
Orestes dice con acento cretense: "Has hecho un trabajo excepcional con el expediente de la jueza Montenegro, Jean. Gracias a ti, ahora sé exactamente qué fibra tocar en su conciencia. Pero me preocupa que, mientras buscas la verdad para otros, te estés asfixiando en tu propia mentira, amigo mío.
Jeanpaul se gira lentamente. El sudor brilla en su frente y sus ojos verdes parecen dos pozos de agua estancada, reflejando una fatiga que va mucho más allá de lo físico. Su estoicismo habitual tiene hoy el borde afilado y quebradizo.
Dices: "La información está asegurada, Orestes. La jueza es la clave para desmantelar la IDO, y no dejaré que mi cansancio interfiera. El trabajo me mantiene... anclado. Es lo único que tiene sentido ahora mismo.
Orestes se acerca, invadiendo su espacio personal con esa autoridad serena que le caracteriza. No mira las vides, lo mira a él. Identifica los signos: la piel tensa, la mandíbula rígida, la mirada de un hombre que ha renunciado a su propia satisfacción carnal porque su alma está hipotecada a un amor imposible. Orestes reconoce más que intuir que Jeanpaul no ha tocado a una mujer en demasiado tiempo; que el sexo se ha vuelto un acto vacío, casi repulsivo, porque ninguna piel es la de la mujer que le roba el espíritu.
Orestes suspira y pone una mano pesada y cálida sobre su hombro. Siente la vibración de su tensión, una energía sexual y emocional reprimida que está a punto de hacer combustión y confirma sus suposiciones.
El enólogo lo escruta con paciencia. Como dómine y observador de la naturaleza humana, Orestes ve las grietas en su armadura: la mirada de un hombre que lleva demasiado tiempo reprimiendo sus propios deseos, una necesidad que lo está devorando.
Orestes dice con acento cretense: "Desahógate, Jean. Este lugar apesta a soledad y a una presión que quebraría el acero. No eres una máquina, aunque te empeñes en parecerlo. Habla conmigo.
Jeanpaul exhala un hondo suspiro y habla con los ojos fijos en la sierra. Le cuenta sin entrar en detalles, pero brindando el suficiente contexto sobre el conflicto que palpita tras las paredes de su casona.
Orestes dice con acento cretense: "Esa mujer es tu luz, Jean, pero también es el muro que te impide caminar. Te desvives por ser su apoyo ahora que su relación se desmorona, por ser el tío perfecto para sus hijos mientras ven cómo su mundo se cae a pedazos... Pero, ¿quién te sostiene a ti mientras tú los sostienes a ellos?
Jeanpaul se vuelve a la defensiva.
Dices: "¿De qué hablas?"
Orestes lo mira sin juicio.
Orestes dice con acento cretense: "Hablo de la mujer de tu vida, mi buen amigo. Desde el primer día que estuve aquí percibí eso que pretendes negar a toda costa solo para no perderla."
Jeanpaul baja la mirada, apretando el mango de la podadera hasta que los nudillos se le vuelven blancos. El dolor de Aletheia es su dolor; sus lágrimas son el ácido que corroe su paciencia.
Dices: "Ella me necesita ahora más que nunca, Orestes. Sus hijos están asustados, no entienden por qué sus padres ya no pueden estar en la misma habitación. Tengo que ser fuerte por ellos. No puedo permitirme el lujo de ser... otra cosa que no sea su ancla. Si yo me quiebro, ella pierde el único suelo firme que le queda.
Orestes dice con acento cretense: "Te estás muriendo de hambre en medio de un banquete, Jeanpaul. Tu lealtad a Aletheia es noble, pero tu martirio es innecesario. Estás sexualmente frustrado y emocionalmente exhausto. Mañana por la noche daré una fiesta privada en mi casa. Necesitas soltar el control.
Jeanpaul niega con la cabeza con un gesto amargo, una mueca que intenta ser una sonrisa pero se queda en una grieta de dolor.
Dices: "No puedo, Orestes. No me pidas que vaya a una de tus reuniones. Mi cuerpo no responde a nadie que no sea ella, y mi mente no me da tregua. No sería buena compañía para nadie.
Orestes le aprieta el hombro, sus dedos se clavan con una firmeza que es a la vez castigo y consuelo. Su voz baja una octava, volviéndose implacable.
Orestes dice con acento cretense: "Es precisamente por eso por lo que vendrás. Tu devoción te está consumiendo vivo. Si quieres seguir siendo el guardián de Aletheia y el refugio de esos niños, necesitas una válvula de escape. Mañana te entregarás a la disciplina, Jeanpaul. Dejarás que la presión salga por otros canales. No es una invitación, es una necesidad de supervivencia para el hombre que considero mi hermano. Si no descargas esa bilis, terminarás odiando aquello que más amas.
Jeanpaul se queda mirando las uvas que cuelgan de la vid, sintiendo cómo sus defensas ceden ante la lógica brutal de Orestes. La idea de que alguien tome el mando, de que alguien lo obligue a soltar la carga de ser "el hombre fuerte", le provoca un vértigo liberador.
Dices: "Está bien... Iré. Tienes razón, el aire se me está acabando. Gracias, Orestes. Por ver lo que yo intento ocultar.
Orestes asiente y comienza a caminar de regreso hacia el sendero, dejando a Jeanpaul solo entre las vides. Se aleja con el convencimiento de que lo está salvando de si mismo, sabiendo que el amor más puro es, a veces, la prisión más oscura, y que mañana, bajo su guía, al menos sus sentidos encontrarán la paz que su corazón le niega.
Las hileras de vides se extienden como nervios verdes sobre la colina, bajo el cielo de la sierra teñido de un violeta crepuscular. El aire es denso, cargado con el aroma dulce de la uva madura y la humedad de la tierra trabajada. Entre las plantas, se yerguen pequeños postes metálicos con sensores térmicos que emiten un parpadeo rítmico. Jeanpaul está de pie al final de una hilera, con una podadera en la mano, observando el horizonte con una fijeza que roza lo doloroso.
Orestes avanza por el sendero de tierra, el crujido de sus botas es lo único que rompe el silencio del campo. Observa a Jeanpaul desde la distancia. Bajo el sol poniente, la figura de su amigo parece más delgada, casi traslúcida por el agotamiento. Nota cómo Jeanpaul acaricia una hoja de parra con una delicadeza ausente, una caricia que no pertenece a la planta, sino a un fantasma que habita en su mente. Orestes sabe que Jeanpaul no está podando; está intentando cortar los hilos de un anhelo que lo mantiene atado a una mujer que no puede poseer.
Orestes dice con acento cretense: "Has hecho un trabajo excepcional con el expediente de la jueza Montenegro, Jean. Gracias a ti, ahora sé exactamente qué fibra tocar en su conciencia. Pero me preocupa que, mientras buscas la verdad para otros, te estés asfixiando en tu propia mentira, amigo mío.
Jeanpaul se gira lentamente. El sudor brilla en su frente y sus ojos verdes parecen dos pozos de agua estancada, reflejando una fatiga que va mucho más allá de lo físico. Su estoicismo habitual tiene hoy el borde afilado y quebradizo.
Dices: "La información está asegurada, Orestes. La jueza es la clave para desmantelar la IDO, y no dejaré que mi cansancio interfiera. El trabajo me mantiene... anclado. Es lo único que tiene sentido ahora mismo.
Orestes se acerca, invadiendo su espacio personal con esa autoridad serena que le caracteriza. No mira las vides, lo mira a él. Identifica los signos: la piel tensa, la mandíbula rígida, la mirada de un hombre que ha renunciado a su propia satisfacción carnal porque su alma está hipotecada a un amor imposible. Orestes reconoce más que intuir que Jeanpaul no ha tocado a una mujer en demasiado tiempo; que el sexo se ha vuelto un acto vacío, casi repulsivo, porque ninguna piel es la de la mujer que le roba el espíritu.
Orestes suspira y pone una mano pesada y cálida sobre su hombro. Siente la vibración de su tensión, una energía sexual y emocional reprimida que está a punto de hacer combustión y confirma sus suposiciones.
El enólogo lo escruta con paciencia. Como dómine y observador de la naturaleza humana, Orestes ve las grietas en su armadura: la mirada de un hombre que lleva demasiado tiempo reprimiendo sus propios deseos, una necesidad que lo está devorando.
Orestes dice con acento cretense: "Desahógate, Jean. Este lugar apesta a soledad y a una presión que quebraría el acero. No eres una máquina, aunque te empeñes en parecerlo. Habla conmigo.
Jeanpaul exhala un hondo suspiro y habla con los ojos fijos en la sierra. Le cuenta sin entrar en detalles, pero brindando el suficiente contexto sobre el conflicto que palpita tras las paredes de su casona.
Orestes dice con acento cretense: "Esa mujer es tu luz, Jean, pero también es el muro que te impide caminar. Te desvives por ser su apoyo ahora que su relación se desmorona, por ser el tío perfecto para sus hijos mientras ven cómo su mundo se cae a pedazos... Pero, ¿quién te sostiene a ti mientras tú los sostienes a ellos?
Jeanpaul se vuelve a la defensiva.
Dices: "¿De qué hablas?"
Orestes lo mira sin juicio.
Orestes dice con acento cretense: "Hablo de la mujer de tu vida, mi buen amigo. Desde el primer día que estuve aquí percibí eso que pretendes negar a toda costa solo para no perderla."
Jeanpaul baja la mirada, apretando el mango de la podadera hasta que los nudillos se le vuelven blancos. El dolor de Aletheia es su dolor; sus lágrimas son el ácido que corroe su paciencia.
Dices: "Ella me necesita ahora más que nunca, Orestes. Sus hijos están asustados, no entienden por qué sus padres ya no pueden estar en la misma habitación. Tengo que ser fuerte por ellos. No puedo permitirme el lujo de ser... otra cosa que no sea su ancla. Si yo me quiebro, ella pierde el único suelo firme que le queda.
Orestes dice con acento cretense: "Te estás muriendo de hambre en medio de un banquete, Jeanpaul. Tu lealtad a Aletheia es noble, pero tu martirio es innecesario. Estás sexualmente frustrado y emocionalmente exhausto. Mañana por la noche daré una fiesta privada en mi casa. Necesitas soltar el control.
Jeanpaul niega con la cabeza con un gesto amargo, una mueca que intenta ser una sonrisa pero se queda en una grieta de dolor.
Dices: "No puedo, Orestes. No me pidas que vaya a una de tus reuniones. Mi cuerpo no responde a nadie que no sea ella, y mi mente no me da tregua. No sería buena compañía para nadie.
Orestes le aprieta el hombro, sus dedos se clavan con una firmeza que es a la vez castigo y consuelo. Su voz baja una octava, volviéndose implacable.
Orestes dice con acento cretense: "Es precisamente por eso por lo que vendrás. Tu devoción te está consumiendo vivo. Si quieres seguir siendo el guardián de Aletheia y el refugio de esos niños, necesitas una válvula de escape. Mañana te entregarás a la disciplina, Jeanpaul. Dejarás que la presión salga por otros canales. No es una invitación, es una necesidad de supervivencia para el hombre que considero mi hermano. Si no descargas esa bilis, terminarás odiando aquello que más amas.
Jeanpaul se queda mirando las uvas que cuelgan de la vid, sintiendo cómo sus defensas ceden ante la lógica brutal de Orestes. La idea de que alguien tome el mando, de que alguien lo obligue a soltar la carga de ser "el hombre fuerte", le provoca un vértigo liberador.
Dices: "Está bien... Iré. Tienes razón, el aire se me está acabando. Gracias, Orestes. Por ver lo que yo intento ocultar.
Orestes asiente y comienza a caminar de regreso hacia el sendero, dejando a Jeanpaul solo entre las vides. Se aleja con el convencimiento de que lo está salvando de si mismo, sabiendo que el amor más puro es, a veces, la prisión más oscura, y que mañana, bajo su guía, al menos sus sentidos encontrarán la paz que su corazón le niega.
[Arquitectura de un Anhelo]: El Reposo del Guerrero
Disclaimer: BDSM y Práctica Consensuada
La siguiente escena describe prácticas de BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión). Se representa como una actividad entre adultos que consienten, basada en los principios de Seguridad, Sensatez y Consenso (SSC). Existe una exploración de poder y liberación emocional, sin constituir violencia real ni falta de respeto a la integridad de los participantes.El Sanctum del deseo
El aire en este nivel del ático es denso, cargado con el perfume de aceites esenciales de sándalo y el olor profundo del cuero curtido. La iluminación es minimalista: tiras de LED en color ámbar que recorren el suelo y velas de cera negra que parpadean en los rincones. No hay ruido exterior, solo el eco sutil de una música industrial rítmica y el sonido metálico ocasional de una cadena.
Jeanpaul atraviesa el umbral sintiendo que el aire se vuelve más pesado, como si la gravedad misma hubiera cambiado. Se impresiona por la estética de la estancia; es una mezcla de tecnología punta y arcaísmo visceral. El mobiliario de diseño ergonómico en terciopelo rojo convive con ganchos de acero quirúrgico incrustados en las vigas de madera noble.
Orestes aparece desde las sombras, vistiendo una camisa de seda negra entreabierta. Camina con una confianza que aquí, en su terreno, resulta absoluta. A su lado, un grupo de personas conversa en voz baja, compartiendo una intimidad que a Jeanpaul le resulta ajena y magnética a la vez.
Orestes dice con acento cretense: "Jean, bienvenido. Deja la rigidez en la entrada, mi buen amigo; aquí nadie te juzgará por ser humano. Permíteme presentarte a quienes comparten este rincón de libertad."
Orestes señala a un hombre de porte musculoso y mirada serena.
Orestes dice con acento cretense: "Este es Marcos, el dueño del club Slainte. Sabe mejor que nadie cómo guardar secretos en esta ciudad.
Marcos hace un leve movimiento de cabeza. Orestes continúa el recorrido visual hacia una pareja que parece fundirse en un solo gesto de lealtad.
Orestes dice con acento cretense: " Estos son mis buenos amigos, Ivi y Fausto. Y aquí, tenemos a nuestro querido Eloy.
Jeanpaul saluda con una inclinación de cabeza, pero su atención es súbitamente secuestrada por una mujer que emerge de la penumbra. Jeanpaul siente un vuelco violento en el estómago. Ella tiene el cabello rizado, una cascada de bucles rebeldes en un tono vino tinto profundo que brilla bajo la luz ámbar. Sus ojos verdes y almendrados lo escrutan con una inteligencia feroz. La estampa deesa mujer lo lleva en segundos a evocar a Aletheia. Su magnetismo es una bofetada estética, una trampa para su corazón sediento.
Orestes dice con acento cretense: "Y ella es Ginebra. Lleva poco tiempo en la ciudad y la he invitado hoy especialmente para que nos acompañe."
Ginebra sonríe. su expresión es de una bienvenida casi depredadora y compasiva al mismo tiempo. Orestes se inclina y le susurra algo al oído; ella asiente sin apartar la vista de Jeanpaul, quien se siente desnudo bajo esa mirada.
Ginebra dice con acento irlandés: "Bienvenido, Jeanpaul. un pajarito me dijo que guardas demasiadas cosas dentro. Quizás hoy podamos encontrarles una salida."
La voz aterciopelada de Ginebra le eriza la piel. Jeanpaul traga saliva mientras el anhelo hace palpitar todo su cuerpo.
Ginebra lo toma de la mano y él, tras el asentimiento de Orestes se deja guiar.
Mazmorra
Es una estancia circular con el suelo cubierto por tatamis negros. En el centro, una estructura de suspensión de acero frío brilla bajo un foco cenital. Hay una mesa lateral con cuerdas de cáñamo, palas de cuero y pinzas metálicas, todo dispuesto con una precisión que Jeanpaul identifica como profesional y segura.
Orestes se sitúa en un rincón, observando como el director de una orquesta invisible. Jeanpaul está de pie en el centro, con el torso descubierto. La piel de su espalda está erizada por el frío y la anticipación. Ginebra camina a su alrededor, sosteniendo una cuerda extensa entre sus dedos largos y cuidados.
Ginebra dice con acento irlandés: "Tus hombros están cargados, tu cuerpo está hambriento, Jeanpaul. Si te sigues aferrando al control, te romperás. Entrégame tu voluntad. cédeme el control y serás libre."
Jeanpaul tensa los músculos, su psiquis lucha con ferocidad. Siente que ceder es traicionar su devoción por Aletheia, que cada centímetro de piel que entregue a Ginebra es una infidelidad a ese anhelo puro.
Ginebra dice con acento irlandés: "Híncate, déjame aplacar el fuego del dragón."
Jeanpaul se resiste cuando ella le ordena arrodillarse; su orgullo de hombre fuerte y protector se rebela.
Dices: —No puedo... no es tan fácil. Mi mente no me deja salir de donde estoy. Esto no ha sido... no ha sido una buena idea."
Orestes interviene desde la sombra, su voz es un ancla de autoridad.
Orestes dice con acento cretense: "La amas, lo sabes, lo sé yo y Ginebra también. No es una traición, Jean. Es la alternativa que impedirá que sin quererlo, la rompas. Si no te vacías aquí, te convertirás en veneno para ella. Confía en Ginebra."
Ginebra comienza a atar sus muñecas con una técnica de Shibari firme pero cuidadosa. La presión de la cuerda sobre sus nervios obliga a Jeanpaul a concentrarse en el presente, en el dolor sordo y el calor de la fricción. La lucha interna de Jeanpaul alcanza su clímax; visualiza el rostro de Aletheia y siente una culpa punzante, pero Ginebra aplica un golpe seco de pala en su muslo, devolviéndolo a la realidad de su cuerpo.
El dolor actúa como una llave. Jeanpaul exhala un sollozo ahogado que ha estado contenido durante años. De repente, la resistencia afloja las zarpas.
Jeanpaul deja que su cabeza caiga hacia adelante, entregando su peso a las cuerdas. El guardián se desvanece y queda el hombre, vulnerable y exhausto.
Diez minutos más tarde...
Mazmorra
La estancia parece latir bajo una luz carmesí muy tenue. El silencio no es vacío; está lleno del rítmico crepitar de las velas y el aroma denso de la piel de Jeanpaul mezclado con el aceite de orquídea negra que Ginebra ha esparcido en sus manos. El centro de la sala está ocupado por un potro de madera oscura y cuero, donde Jeanpaul ha sido posicionado de rodillas, con los brazos extendidos y sujetos por grilletes acolchados que cuelgan de cadenas cromadas.
Jeanpaul siente el frío del acero en sus muñecas y el calor sofocante de la mirada de Ginebra recorriendo su espalda. Orestes se mantiene a un metro de distancia, una presencia sombría y magnética que actúa como el arquitecto de esta catarsis. Jeanpaul cierra los ojos, pero la imagen de Aletheia —su sonrisa, el modo en que lo mira cuando busca refugio— se proyecta en la oscuridad de sus párpados como una herida abierta.
Orestes dice con acento cretense: "Jeanpaul, mírame. Deja de buscarla en tu mente. Ella no está aquí. Aquí solo estás tú, tu cuerpo hambriento y la mano que va a salvarte de tu propia rigidez."
Ginebra se desliza tras él. Jeanpaul siente el roce de sus bucles vino tinto contra su hombro, un contacto eléctrico que le recuerda dolorosamente a la mujer que ama. Ginebra exhala un suspiro cálido cerca de su oreja mientras sus dedos largos trazan el relieve de su columna vertebral.
Ginebra dice con acento irlandés: "Estás vibrando, Jean. Tu piel está gritando lo que tu boca calla. Déjalo salir."
Jeanpaul aprieta los dientes, luchando contra la oleada de placer y pánico que le provoca el contacto. Su mente le grita que se detenga, que entregarse a esta mujer es una profanación del altar de devoción en el que ha colocado a Aletheia. Sin embargo, su cuerpo, privado de tacto y de alivio durante tanto tiempo, traiciona su voluntad. Siente cómo su virilidad se tensa, respondiendo con una urgencia animal a la presencia de la dómina.
Ginebra toma una pala de cuero flexible y la desliza suavemente por sus nalgas antes de descargar un golpe seco, rítmico. El impacto resuena en la sala. Jeanpaul suelta un gemido entrecortado; el dolor físico actúa como un ancla, arrastrándolo fuera de sus pensamientos abstractos y obligándolo a habitar su cuerpo.
Ginebra levanta las cejas asombrada por la resistencia del hombre. Hacía mucho tiempo no encontraba un anclaje emocional tan profundo. Mira a Orestes unos segundos. En su mazmorra con un sumiso a su merced ya habría tomado medidas, pero era una invitada.
Orestes dice con acento cretense: "Continúa, Ginebra. Necesita perder el control para recuperarse a sí mismo."
Los golpes se suceden, alternando con caricias expertas que Ginebra prodiga entre los latigazos de la pala. Jeanpaul se arquea, sus músculos se tensan como cuerdas de violín a punto de romperse. La lucha entre su devoción y su deseo llega a un punto crítico. Siente que se ahoga en un mar de sensaciones contradictorias hasta que Ginebra se sitúa frente a él. Ella lo mira con esos ojos verdes almendrados y, con un movimiento fluido, rodea su erección con su mano enguantada en seda, mientras con la otra continúa estimulando su piel castigada.
Ginebra dice con acento irlandés: "Mírame a los ojos, Jeanpaul. No soy ella, pero soy el canal de tu liberación. Atrévete a sentir. Déjate ir. córrete ahora, Jean. Dame tu culpa. Me haré cargo de que se esfume, te lo prometo."
Jeanpaul se rompe. El dique de su estoicismo estalla bajo la presión combinada del dolor disciplinario y la estimulación implacable. Su mente deja de luchar contra la imagen de Aletheia y, por un instante, la funde con la realidad de Ginebra. Se entrega por completo al mando de Orestes y al cuerpo de la dómina. Los gemidos de Jeanpaul se transforman en un rugido de liberación mientras su cuerpo se sacude en espasmos violentos. Es un orgasmo sísmico, un desborde de energía acumulada que lo deja vacío, purgado de la bilis y la frustración que lo estaban matando.
Zona de Aftercare
Es un espacio con divanes mullidos y mantas de lana. La luz es casi inexistente. Jeanpaul yace tumbado boca abajo, cubierto por una manta, con la respiración rítmica y pesada del que ha corrido un maratón emocional. El sudor se enfría en su piel mientras el silencio lo envuelve. Las marcas rojas en su piel son las medallas de su rendición.
Ginebra se limpia las manos con una toalla húmeda, observando la paz que finalmente ha descendido sobre el rostro de Jeanpaul. exhala un suspiro y comienza a guardar sus herramientas con movimientos lentos y precisos.
Orestes se acerca a ella, poniendo una mano en su cintura en un gesto de camaradería profunda. Ambos observan la figura dormida de Jeanpaul.
Orestes dice con acento cretense: "Gracias, Ginebra. Ha sido una sesión intensa. Estaba más al límite de lo que sospechaba."
Ginebra dice con acento irlandés: "No tienes que agradecérmelo, Orestes. Ha sido un honor. Posee una capacidad de entrega tan profunda como su dolor. Estaba tan lleno de ella que no quedaba espacio para él mismo. Hoy, al menos, ha vuelto a habitar su cuerpo."
Orestes dice con acento cretense: "Has estado magistral, Ginebra. Has sabido encontrar la grieta exacta por donde sacar todo ese veneno.
Ginebra sonríe con una mezcla de cansancio y satisfacción, mirando a Jeanpaul con una ternura que solo una dómina que ha guiado a alguien a través del abismo puede sentir.
Ginebra dice con acento irlandés: "Cuando despierte, dile que no se avergüence. Dile que los mejores guerreros son los que saben cuándo entregar su espada."
Orestes dice con acento cretense: "Eres un ángel, mi querida Ginebra."
Ginebra niega con la cabeza y lo besa fraternalmente en los labios.
Ginebra dice con acento irlandés: "Cuando tu amigo lo requiera de nuevo, estaré disponible. Me ha gustado el fuego que guarda bajo todo ese hielo."
Ginebra se aparta un bucle vino tinto de la cara y le ofrece una última mirada al hombre que descansa con el rostro apacible antes de abandonar la estancia.
Orestes asiente, viendo cómo Ginebra se retira. Se queda un momento más junto a Jeanpaul, velando el sueño del hombre que ha recuperado, al menos por esta noche, el derecho a respirar.
Re: [Arquitectura de un anhelo]: Una oferta que cala hondo
[Arquitectura de un Anhelo]: Una oferta que cala hondo
Zona de Aftercare — Ático de Orestes
El silencio en la sala de reposo es absoluto, roto únicamente por el siseo casi imperceptible del aire acondicionado. Jeanpaul abre los ojos lentamente. Siente el cuerpo pesado, como si sus huesos fueran de plomo, pero la presión interna que le comprimía el pecho ha desaparecido. La manta de lana le acaricia la piel sensibilizada. Por un instante, el desconcierto lo domina: recuerda el dolor seco, el aroma a sándalo y, sobre todo, la imagen de Ginebra bajo la luz roja. Se reconoce a sí mismo en ese rugido final, en esa rendición absoluta que no creía posible. Sorprendentemente, la culpa que esperaba sentir no está ahí; en su lugar, hay una calma gélida y reparadora.
Orestes está sentado en un sillón cercano, observándolo con la paciencia de un escultor que analiza su obra.
Orestes dice con acento cretense: "Bienvenido de vuelta, Jeanpaul. El guerrero descansa por fin."
Jeanpaul se incorpora con lentitud, sintiendo los músculos de la espalda tensos y marcados. Se pasa una mano por el rostro, tratando de asimilar que se permitió quebrarse frente a extraños.
Dices: "Ha sido... diferente a todo lo que imaginé. Logré desconectar, Orestes. Por primera vez en años, el ruido en mi cabeza se detuvo. Pero no estoy seguro de que lo repita a menudo; no soy un hombre que disfrute de estar de rodillas."
Orestes se inclina hacia adelante, entrelazando sus dedos. Su mirada es analítica, experta en desentrañar las capas de la voluntad ajena.
Orestes dice con acento cretense: "Lo sé. No eres un sumiso, Jeanpaul. Lo que viviste hoy con Ginebra fue una técnica de purga, una válvula de escape para que no estallaras. Pero mientras te observaba, vi algo más. Tienes la estructura mental de un dómine. Tu necesidad de control, tu instinto de protección hacia Aletheia, tu disciplina... todo eso son rasgos de alguien que debería estar al otro lado del látigo."
Jeanpaul frunce el ceño, reticente. La idea de integrar el BDSM en su vida le parece una complicación innecesaria en un mundo que ya es bastante turbio.
Orestes dice con acento cretense: "Piénsalo. Integrar esto te permitiría canalizar esa intensidad que te devora. Ginebra ha quedado fascinada con tu fuego; se ha ofrecido a estar disponible para ti cuando lo requieras. Yo puedo ser tu mentor, enseñarte a dominar no solo tus impulsos, sino a ser el arquitecto de tus propios deseos sin que la represión te mate. Es una oferta de libertad, no de esclavitud."
Jeanpaul guarda silencio, procesando las palabras de su amigo mientras se viste. No asiente, pero la semilla de la duda está plantada. La idea de dejar de ser una víctima de sus emociones para convertirse en su amo es, cuanto menos, tentadora.
Zona de Entrenamiento de firme Unidad
El sonido de los impactos contra el saco de boxeo resuena rítmicamente. Liam se seca el sudor con una toalla mientras observa a Jeanpaul golpear con una precisión quirúrgica. Hay una energía nueva en los movimientos de Jeanpaul, algo menos desesperado y más enfocado.
Liam dice con acento irlandés, "¿Todo bien por la casoa, Jean? He visto que las cosas están... tensas entre Aletheia y Kalev."
Jeanpaul no detiene sus golpes. El cuero del saco cruje bajo sus nudillos.
Dices: "Como en todas las parejas, Liam. Hay momentos difíciles. Nada que no se pueda gestionar. Ellos saben lo que se hacen."
Liam reconoce la advertencia y suelta un silbido bajo; se acerca un poco más, bajando la voz.
Liam dice con acento irlandés: "No sé yo. Hace un rato Aletheia se fue con una mujer rusa, o eso me pareció. Cuando se lo comenté a Kalev, el hombre salió en su 4x4 como alma que lleva el diablo. Parecía que iba a cazar a alguien. Ten cuidado, que el ambiente está para que salten chispas, macho."
Jeanpaul se detiene en seco. El saco sigue oscilando frente a él. La mención de Aletheia buscando refugio en otros —o quizás solo buscando una salida— le provoca una punzada de ansiedad que creía haber dejado en el ático de Orestes.
Dices: "Gracias por el aviso, Liam. Me ocuparé de que las cosas no se salgan de control."
Ubicación: Carretera hacia La Finca / Interior del vehículo
Jeanpaul conduce su todoterreno por la carretera sinuosa que bordea la sierra. Sus manos aprietan el volante con firmeza, pero su mente vuela. Recuerda la maestría de Ginebra, la forma en que sus cuidados tras el dolor lo hicieron sentir visto, humano. La oferta de Orestes resuena en sus oídos: "ser el arquitecto de tus propios deseos".
Por un momento, se imagina a sí mismo no como el "tío" abnegado o el amigo que espera en las sombras, sino como el hombre que toma las riendas, que impone su voluntad y encuentra en el orden del BDSM la paz que el caos de su amor por Aletheia le niega. Pero al final del camino, siempre está ella. Sus ojos verdes, su tristeza, su vulnerabilidad. Todo lo que hace es por ella.
Media hora después...
Casona Castellana - Salón Principal
Al entrar en la casona, el ambiente es gélido. No hay rastro de la calidez habitual de un hogar. En medio del salón, Zarek camina de un lado a otro, con el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre por la rabia. Al ver a Jeanpaul, el joven se abalanza hacia él, buscando un ancla.
Zarek habla con voz quebrada.
Zarek dice: "tio Jean, esto es un desastre. He discutido con mi madre esta mañana... le he soltado todo. Descubrí que Kalev tiene a otra mujer, tengo las pruebas, quería que ella abriera los ojos de una vez."
Jeanpaul lo toma por los hombros, tratando de transmitirle una calma que él mismo empieza a perder.
Zarek dice: "Pero ella... ha llegado hace una hora y parece un robot. No me ha gritado, no ha llorado. Está rara, tío. Se ha encerrado. Es culpa mía, la he roto. Iliana me lo dijo y no la oí, soy una mierda, yo no debí..."
Jeanpaul lo atrae hacia sí y lo abraza. El chico tiembla conteniendo los sollozos.
Dices: "Tranquilo, Zarek. No es culpa tuya. Ve a tu cuarto, yo me encargo de ella. Respira."
Jeanpaul avanza a zancadas por el pasillo. Su corazón martillea contra sus costillas. Llega a la puerta de la habitación de Aletheia. Toca una vez, brevemente, pero el silencio que recibe es aterrador. No espera permiso. Empuja la puerta y entra.
Se queda petrificado en el umbral. Sobre la cama, dos maletas abiertas están a medio llenar. Aletheia está de pie junto a la ventana, dándole la espalda. El terror, un miedo primitivo y devastador que no sintió ni bajo los golpes de Ginebra, lo deja en shock. La arquitectura que ha construido durante años para retenerla, para ser su cimiento, se tambalea ante la posibilidad más simple y letal: que ella decida marcharse.
Zona de Aftercare — Ático de Orestes
El silencio en la sala de reposo es absoluto, roto únicamente por el siseo casi imperceptible del aire acondicionado. Jeanpaul abre los ojos lentamente. Siente el cuerpo pesado, como si sus huesos fueran de plomo, pero la presión interna que le comprimía el pecho ha desaparecido. La manta de lana le acaricia la piel sensibilizada. Por un instante, el desconcierto lo domina: recuerda el dolor seco, el aroma a sándalo y, sobre todo, la imagen de Ginebra bajo la luz roja. Se reconoce a sí mismo en ese rugido final, en esa rendición absoluta que no creía posible. Sorprendentemente, la culpa que esperaba sentir no está ahí; en su lugar, hay una calma gélida y reparadora.
Orestes está sentado en un sillón cercano, observándolo con la paciencia de un escultor que analiza su obra.
Orestes dice con acento cretense: "Bienvenido de vuelta, Jeanpaul. El guerrero descansa por fin."
Jeanpaul se incorpora con lentitud, sintiendo los músculos de la espalda tensos y marcados. Se pasa una mano por el rostro, tratando de asimilar que se permitió quebrarse frente a extraños.
Dices: "Ha sido... diferente a todo lo que imaginé. Logré desconectar, Orestes. Por primera vez en años, el ruido en mi cabeza se detuvo. Pero no estoy seguro de que lo repita a menudo; no soy un hombre que disfrute de estar de rodillas."
Orestes se inclina hacia adelante, entrelazando sus dedos. Su mirada es analítica, experta en desentrañar las capas de la voluntad ajena.
Orestes dice con acento cretense: "Lo sé. No eres un sumiso, Jeanpaul. Lo que viviste hoy con Ginebra fue una técnica de purga, una válvula de escape para que no estallaras. Pero mientras te observaba, vi algo más. Tienes la estructura mental de un dómine. Tu necesidad de control, tu instinto de protección hacia Aletheia, tu disciplina... todo eso son rasgos de alguien que debería estar al otro lado del látigo."
Jeanpaul frunce el ceño, reticente. La idea de integrar el BDSM en su vida le parece una complicación innecesaria en un mundo que ya es bastante turbio.
Orestes dice con acento cretense: "Piénsalo. Integrar esto te permitiría canalizar esa intensidad que te devora. Ginebra ha quedado fascinada con tu fuego; se ha ofrecido a estar disponible para ti cuando lo requieras. Yo puedo ser tu mentor, enseñarte a dominar no solo tus impulsos, sino a ser el arquitecto de tus propios deseos sin que la represión te mate. Es una oferta de libertad, no de esclavitud."
Jeanpaul guarda silencio, procesando las palabras de su amigo mientras se viste. No asiente, pero la semilla de la duda está plantada. La idea de dejar de ser una víctima de sus emociones para convertirse en su amo es, cuanto menos, tentadora.
Zona de Entrenamiento de firme Unidad
El sonido de los impactos contra el saco de boxeo resuena rítmicamente. Liam se seca el sudor con una toalla mientras observa a Jeanpaul golpear con una precisión quirúrgica. Hay una energía nueva en los movimientos de Jeanpaul, algo menos desesperado y más enfocado.
Liam dice con acento irlandés, "¿Todo bien por la casoa, Jean? He visto que las cosas están... tensas entre Aletheia y Kalev."
Jeanpaul no detiene sus golpes. El cuero del saco cruje bajo sus nudillos.
Dices: "Como en todas las parejas, Liam. Hay momentos difíciles. Nada que no se pueda gestionar. Ellos saben lo que se hacen."
Liam reconoce la advertencia y suelta un silbido bajo; se acerca un poco más, bajando la voz.
Liam dice con acento irlandés: "No sé yo. Hace un rato Aletheia se fue con una mujer rusa, o eso me pareció. Cuando se lo comenté a Kalev, el hombre salió en su 4x4 como alma que lleva el diablo. Parecía que iba a cazar a alguien. Ten cuidado, que el ambiente está para que salten chispas, macho."
Jeanpaul se detiene en seco. El saco sigue oscilando frente a él. La mención de Aletheia buscando refugio en otros —o quizás solo buscando una salida— le provoca una punzada de ansiedad que creía haber dejado en el ático de Orestes.
Dices: "Gracias por el aviso, Liam. Me ocuparé de que las cosas no se salgan de control."
Ubicación: Carretera hacia La Finca / Interior del vehículo
Jeanpaul conduce su todoterreno por la carretera sinuosa que bordea la sierra. Sus manos aprietan el volante con firmeza, pero su mente vuela. Recuerda la maestría de Ginebra, la forma en que sus cuidados tras el dolor lo hicieron sentir visto, humano. La oferta de Orestes resuena en sus oídos: "ser el arquitecto de tus propios deseos".
Por un momento, se imagina a sí mismo no como el "tío" abnegado o el amigo que espera en las sombras, sino como el hombre que toma las riendas, que impone su voluntad y encuentra en el orden del BDSM la paz que el caos de su amor por Aletheia le niega. Pero al final del camino, siempre está ella. Sus ojos verdes, su tristeza, su vulnerabilidad. Todo lo que hace es por ella.
Media hora después...
Casona Castellana - Salón Principal
Al entrar en la casona, el ambiente es gélido. No hay rastro de la calidez habitual de un hogar. En medio del salón, Zarek camina de un lado a otro, con el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre por la rabia. Al ver a Jeanpaul, el joven se abalanza hacia él, buscando un ancla.
Zarek habla con voz quebrada.
Zarek dice: "tio Jean, esto es un desastre. He discutido con mi madre esta mañana... le he soltado todo. Descubrí que Kalev tiene a otra mujer, tengo las pruebas, quería que ella abriera los ojos de una vez."
Jeanpaul lo toma por los hombros, tratando de transmitirle una calma que él mismo empieza a perder.
Zarek dice: "Pero ella... ha llegado hace una hora y parece un robot. No me ha gritado, no ha llorado. Está rara, tío. Se ha encerrado. Es culpa mía, la he roto. Iliana me lo dijo y no la oí, soy una mierda, yo no debí..."
Jeanpaul lo atrae hacia sí y lo abraza. El chico tiembla conteniendo los sollozos.
Dices: "Tranquilo, Zarek. No es culpa tuya. Ve a tu cuarto, yo me encargo de ella. Respira."
Jeanpaul avanza a zancadas por el pasillo. Su corazón martillea contra sus costillas. Llega a la puerta de la habitación de Aletheia. Toca una vez, brevemente, pero el silencio que recibe es aterrador. No espera permiso. Empuja la puerta y entra.
Se queda petrificado en el umbral. Sobre la cama, dos maletas abiertas están a medio llenar. Aletheia está de pie junto a la ventana, dándole la espalda. El terror, un miedo primitivo y devastador que no sintió ni bajo los golpes de Ginebra, lo deja en shock. La arquitectura que ha construido durante años para retenerla, para ser su cimiento, se tambalea ante la posibilidad más simple y letal: que ella decida marcharse.
[Arquitectura de un anhelo]: La confesión y el pacto
Disclaimer
Las siguientes escenas representan prácticas de BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión). Estas actividades se basan estrictamente en el consentimiento entusiasta, la seguridad física y emocional, y el uso de palabras de seguridad (Safe Words). El BDSM no es abuso; es un intercambio de poder negociado entre adultos responsables.Despacho de Orestes
El humo de un habano de alta regalía flota en el aire del despacho. Orestes escucha a Jeanpaul con una quietud absoluta, observando la mezcla de fatiga y determinación en el rostro de su amigo. Jeanpaul acaba de relatar la salida de Kalev, omitiendo los detalles más escabrosos pero enfatizando su negativa a poseer a Aletheia en su momento de mayor debilidad.
Jeanpaul dice: "Se fue, Orestes. Ella se ofreció a mí, desnuda, desesperada por sentir algo que no fuera el vacío de la traición, pero la detuve. No quiero ser un sustituto nacido del despecho. Quiero que, cuando se entregue, lo haga viéndome solo a mí".
Orestes asiente, una sonrisa de respeto curvando sus labios.
Orestes dice con acento cretense: "Tu integridad es tu mayor virtud y, a la vez, tu carga más pesada, Jean. Pocos hombres habrían tenido la sangre fría para cubrirla con un edredón en lugar de reclamarla. Eso confirma que estás listo. El autocontrol es la base del poder real. Te lo ofrecí una vez y lo repito: déjame ser tu mentor. Permíteme mostrarte cómo canalizar esa intensidad que te quema".
Jeanpaul asiente, aceptando el pacto en silencio. Ambos se ponen en pie y abandonan la finca con rumbo a la ciudad, hacia un enclave que promete ser el santuario de sus deseos más oscuros.
Comunidad de NeoMadrid; Club Exclusivo - Entrada
Ves Puerta de nogal aquí.
Orestes aguarda unos segundos mientras la videocámara captura la imagen de la entrada. Un sonido suave indica que la puerta se ha desbloqueado y puede acceder al interior.
Jeanpaul evita discretamente que la cámara tome un plano directo de su rostro.
Paradiso Inferno
El club está diseñado con una estética sofisticada y sensual, con una iluminación tenue y una decoración que evoca un ambiente intrigante y misterioso. Las diferentes áreas del club están temáticamente separadas para adaptarse a una variedad de intereses y preferencias. En una zona principal, se encuentra un amplio espacio social donde los miembros pueden conversar, interactuar y establecer conexiones antes de embarcarse en juegos más intensos. Aquí, se crea un ambiente de respeto y consenso, donde los límites personales son fundamentales y se promueve la comunicación abierta. En otro rincón del club, hay una sala de juegos equipada con una variedad de muebles y dispositivos diseñados para el juego de roles y la exploración de la dominación y la sumisión. Se encuentran disponibles elementos como cruces de San Andrés, jaulas, camas con restricciones y otros accesorios especializados. Cada uno de ellos está diseñado con la seguridad y comodidad de los participantes en mente. El club también puede ofrecer áreas de juegos más específicas, como salas privadas o espacios temáticos donde se pueden explorar fantasías más particulares. Estas áreas proporcionan un ambiente íntimo y seguro para aquellos que desean llevar sus experiencias al siguiente nivel.
Ves puerta de nogal y una escalera doble en espiral aquí.
El club acaba de abrir y exhala un lujo decadente. Terciopelo negro, mármol oscuro e iluminación indirecta en tonos ámbar. Ginebra los recibe en el vestíbulo con una elegancia depredadora. Al ver a Jeanpaul, sus ojos brillan con una mezcla de curiosidad y deleite.
Ginebra dice con acento irlandés: "Orestes, qué placer verte. Y Jeanpaul... por fin te decides a cruzar el umbral. Me entusiasma que alguien con tu fuego quiera aprender el arte del control. Nuestra membresía exige discreción absoluta y respeto total al protocolo".
Ella los guía a través de la planta principal. Suben la escalera hasta un espacio circular.
Paradiso; El velo de Seda - Antesala
Te hallas en un espacio circular envuelto en cortinas de seda blanca translúcida que cuelgan desde un techo abovedado. El suelo está cubierto por una alfombra de lana tan densa que absorbe por completo el sonido de los pasos. En el centro, un brasero de plata emite una neblina perfumada con esencia de lavanda y vainilla, suavizando los contornos de la estancia.
Ves una escalera de mármol en espiral y puerta celestial aquí.
ginebra se aproxima a la puerta seguida por ambos hombres.
Al acercarte a la puerta de madera clara, un escáner oculto emite un destello azul casi imperceptible que recorre tu figura. La cerradura magnética se libera con un siseo neumático y la voz aterciopelada del intercomunicador te saluda con suavidad: Es un placer tenerle de nuevo en el Jardín, su presencia es esperada. Disfrute de la estancia.
Paradiso - Inferno; El Jardín de las Delicias
Este amplio salón está bañado por una luz cálida y difusa que se filtra a través de paneles de seda. Camas con dosel de gasa blanca y cojines de terciopelo invitan a la exploración suave. Columpios de tela suspendidos del techo y estructuras de madera pulida, diseñadas para el bondage estético, se distribuyen con elegancia. El sonido de risas discretas y suspiros contenidos se mezcla con una música ambiental suave, creando un ambiente de sensualidad exploratoria y consentimiento mutuo, siempre bajo una estética de pureza y delicadeza.
Ves una puerta de madera labrada aquí.
Ginebra observa de reojo a Jeanpaul. Él no aparta la vista de la sumisa, fascinado por la estética del sometimiento. Orestes y Ginebra intercambian una mirada cómplice y asienten. Jeanpaul no es un simple espectador; es un depredador reconociendo su territorio.
Veinte minutos más tarde.
Ginebra los guía hacia el corazón del club. jeanpaul baja las escaleras con el corazón inquieto.
Inferno; Cámara del Silencio - Antesala
Ves una escalera en espiral y puerta de acero aquí.
Has llegado al final de la escalera.
Inferno; Cámara del Silencio - Antesala
Al final de la escalera de hierro, te recibe una sala de paredes desnudas de piedra volcánica negra, iluminada únicamente por un par de antorchas eléctricas de luz roja tenue en las esquinas. El ambiente es notablemente más frío que en la planta superior y el silencio es tan denso que puedes oír tu propia respiración.
Ves una escalera en espiral y puerta de acero aquí.
Te detienes frente a la pesada puerta de acero. Al detectar tu proximidad, el teclado numérico se ilumina en un tono rojo intenso y los cerrojos giran con un eco metálico y pesado. Una voz grave y monocorde resuena desde el panel: Identidad confirmada. La forja de los deseos le aguarda. Disfrute de la sesión. La puerta cede con un movimiento pesado, revelando la penumbra de la mazmorra.
Inferno; La forja de los Deseos - Mazmorra
Este espacio privado y acogedor está envuelto en una estética oscura y misteriosa, con paredes revestidas de cuero y detalles en metal que añaden un toque de sensualidad. La mazmorra se ilumina con luces tenues estratégicamente colocadas, creando una atmósfera intrigante y provocativa. El aire está impregnado de un suave aroma a madera y cuero, despertando tu curiosidad mientras te adentras en el lugar. En el centro de la habitación, se encuentra una robusta cruz de San Andrés, meticulosamente construida con maderas nobles y cuidadosamente reforzada. Sus extremidades están cubiertas de suave cuero, invitándote a experimentar sensaciones de restricción y entrega. La cruz es un elemento versátil que te permite ser atado en diferentes posiciones, ofreciendo innumerables posibilidades para tus juegos de dominación y sumisión. A tu alrededor, encuentras una variedad de muebles y accesorios especializados que te invitan a explorar tus fantasías más secretas. Hay una cama con restricciones, perfectamente equipada con correas y grilletes estratégicamente colocados, listos para asegurarte en un mundo de placer y sumisión. Junto a ella, un banco de azotes con acolchado de cuero, prometiendo sensaciones intensas y excitantes con cada golpe. La misma también cuenta con rincones más íntimos y privados. Pequeñas habitaciones separadas, adornadas con velas y cortinas de terciopelo, te brindan la oportunidad de disfrutar de una mayor privacidad en tus juegos más intensos. Cada habitación está equipada con juguetes y accesorios cuidadosamente seleccionados, como esposas de seda, cuerdas de cáñamo, látigos de cuero y juguetes de impacto, para complacer tus más profundos deseos y fantasías.
Ves puerta de acero aquí.
Inferno; La Forja de los Deseos:
Mazmorra
Los tres han descendido a la sección más intensa del club. Aquí el aire es más cálido y huele a cuero y cera caliente. La música es un pulso bajo que retumba en el pecho. En el centro, bajo un foco de luz cenital, Marcos —el dueño del Slainte— empuña un látigo de cola de gato. Frente a él, una mujer está atada a un potro de madera oscura, con las piernas abiertas y los brazos extendidos.
Marcos habla con esa voz que destila autoridad y control
Marcos dice: "Mírame, pequeña zorra. Quiero ver cómo tus ojos se empañan cuando te rompa el dique".
Jeanpaul, Orestes y Ginebra se suman al círculo de observadores. El lenguaje de Marcos es crudo, directo. Cada golpe de impacto suave sobre los muslos de la mujer arranca un grito de placer de su garganta. Marcos se acerca a ella, sus dedos enguantados se hunden en su sexo empapado mientras le susurra obscenidades al oído, recordándole que no es más que un receptáculo para su voluntad.
La mujer gime. Marcos le palmea con firmeza los labios húmedos y brillantes. La mujer se muerde el labio con fuerza.
Marcos dice: "No te he dado permiso de gemir, zorra. Voy a tener que castigarte por desobedecerme."
Jeanpaul observa el brillo en los ojos de la mujer y empieza a comprender aquel juego.
Marcos dice: Vas a correrte solo cuando yo te lo diga."
La mujer responde en voz casi inaudible: "sí...sí."
marcos afianza el látigo y deja caer las colas en el pubis de la mujer.
Marcos dice: "Sí, ¿qué?"
La mujer jadea y entre gemidos contenidos responde: "Sí... dom."
Marcos dice: "Ábrete más. Así... deja que todos vean cómo te corres para mí mientras te trato como la zorrita deliciosa que eres".
Marcos azota con maestría los alrededores del clítoris de la sumisa sin rozarlo.
Marcos dice: "Córrete Sharon, córrete"
El látigo cae con precisión sobre el clítoris. La mujer entra en una fase de éxtasis frenético. Sus caderas se agitan contra el potro y su espalda se arquea violentamente. Sus ojos se ponen en blanco y un grito desgarrador, glorioso, escapa de su boca mientras su cuerpo estalla en un orgasmo que la deja temblando, empapada en su propio deseo. Los presentes aplauden con una mezcla de reverencia y excitación. Jeanpaul siente un latido poderoso en la garganta; la brutalidad y la belleza de la escena le han encendido la sangre.
El Privado y el Propósito
Habitación Privada de Ginebra
Ginebra toma a Jeanpaul del brazo y lo arrastra hacia un reservado revestido de espejos. Sin mediar palabra, ella lo obliga a arrodillarse. Su dominio es fluido, casi maternal pero cargado de una autoridad incuestionable. Ginebra comienza a trabajar en él con una destreza que ignora cualquier inhibición.
Ginebra dice con acento irlandés: "Suéltalo todo aquí, Jean. Deja que el dragón respire".
Mientras Jeanpaul se abandona al contacto de Ginebra, su mente se desconecta del presente. No ve a Ginebra; ve a Aletheia. Ve su cuerpo desnudo en la habitación de la casona, siente sus manos guiando las suyas hacia su pecho. El deseo acumulado durante meses estalla en él con una intensidad volcánica. Mientras llega al clímax, arqueándose bajo el toque de la dómina, las imágenes de la hacker inundan su conciencia como un código que por fin ha descifrado.
Jeanpaul no solo quiere protegerla. No solo quiere ser su pilar. Mientras recupera el aliento en la penumbra del privado, un propósito absoluto se arraiga en su alma: la hará suya. La someterá a su amor y a su voluntad, la poseerá en cuerpo, pero sobre todo, conquistará cada rincón de su alma hasta que el nombre de Kalev, ives, incluso Gabriel, sean solo momentos fugaces de su memoria.