El aire en el santuario tecnológico de Aletheia pesa más de lo habitual. Sus dedos vuelan sobre el teclado, intentando penetrar los servidores del nuevo Emporio de Daniel Rocca, pero su mente es un hervidero de sospechas que nada tienen que ver con la seguridad informática. La imagen de Jeanpaul —su roca, su protector— con esa nueva agente de Firme Unidad la quemaba por dentro. Jamás se había sentido así, ni siquiera con Gabriel. Era una posesividad amarga, una punzada en el estómago que le recordaba a sus peores momentos de inestabilidad años atrás.
Sentía que el suelo se hundía. Sin Melani para dirigir el rumbo y con Jeanpaul alejándose en una espiral de secretos y sábanas ajenas, Aletheia se siente más sola que nunca.
Baja al comedor de la casona con las ojeras marcadas y los nervios a flor de piel. El desayuno está servido, pero el silencio era una declaración de guerra.
Una Cocina rústica
Esta cocina combina lo rústico con lo funcional. Contiene un gran fogón, un horno de leña, y estanterías de madera que sostienen utensilios tradicionales. La cerámica tradicional, como platos de Talavera, decoran las paredes, y una mesa central invita a la familia a reunirse.
Aletheia se sienta , evitando mirar a los dos hombres. Kalev está allí, presente en cuerpo pero ausente en todo lo demás, mientras Jeanpaul emana una energía eléctrica, una irritabilidad que ella ya no sabe cómo calmar.
Aletheia dice con acento catalán: "¿Vas a decirme dónde estuviste anoche, Kalev? ¿O vas a seguir dejando que el silencio hable por ti?".
Kalev ni siquiera levanta la vista de su café. Su indiferencia era un insulto. Jeanpaul, que golpea el borde de la mesa con impaciencia, interviene con voz ronca.
Jeanpaul dice: "Contéstale. Te ha hecho una pregunta y merece una respuesta. Ten la decencia de dar la cara en esta casa".
Kalev suelta una risa seca, despectiva, y por fin levanta los ojos hacia Jeanpaul.
Kalev dice con acento ruso: "No te metas en mis asuntos, Jeanpaul. Estás asumiendo roles que no te corresponden. Te paseas por aquí como si yo fuese un adorno más".
Jeanpaul se endereza , sus ojos echan chispas. La tensión acumulada de meses estaba a punto de desbordarse.
Jeanpaul dice: "Alguien tiene que hacerse cargo cuando el padre desaparece. No has tenido el valor de casarte con ella, de darle un nombre a esta familia. Esa falta de estabilidad es lo que me obligó a reconocer a los niños como míos. Yo estoy aquí cada día; tú has decidido convertirte en un extraño".
Kalev se inclina hacia adelante, con una sonrisa gélida que no llega a sus ojos.
Kalev dice con acento ruso: "Qué noble. Pero todos sabemos que no es por los niños. Estás fingiendo, Jeanpaul. Todo este teatro de protector es solo una estrategia para robarme a mi mujer mientras yo no estoy".
Aletheia siente que algo estalla en su interior. La mención de "su mujer" en boca de un Kalev ausente, sumada a la actitud de Jeanpaul y su intimidad con la agente, la saca de sus casillas. Pero en ese momento, su instinto de protección se volcó hacia el hombre que, a pesar de sus fallos, no la había abandonado.
Aletheia dice con acento catalán: "¡Deja de decir sandeces, Kalev! Estás paranoico. Jeanpaul ha sido el único que ha mantenido esta estructura en pie mientras tú te escondías en tu propio mundo. No te atrevas a cuestionarlo de esa manera".
La actitud de Aletheia es la gota que colma el vaso. Furioso por su defensa hacia su rival, Kalev pierde los papeles. Se levanta violentamente, rodea la mesa y la agarra por los hombros, zarandeándola con una fuerza que le recuerda a Aletheia sus peores pesadillas.
Kalev dice con acento ruso: "¡¿Lo defiendes a él?! ¡¿Después de cómo te mira?!".
El contacto físico violento activa un interruptor de supervivencia en Aletheia. No lo piensa; sus años de miedo y su entrenamiento para defenderse afloran en un segundo. Su mano vuela a su cabello, arranca una de sus varillas metálicas y, con un movimiento instintivo y preciso, se la clava a Kalev en el antebrazo.
El ruso suelta un rugido de dolor y afloja el agarre sobre Aletheia, retrocediendo mientras la sangre empezaba a manchar su camisa. Aletheia se agacha en posición de ataque, con los ojos desencajados, las pupilas dilatadas y la respiración errática, dispuesta a herir a cualquiera que diera un paso hacia ella.
Jeanpaul se interpone con las manos en alto, hablando con una calma que contrastaba con la violencia del momento.
Jeanpaul dice: "Kalev... apártate. Vete ahora mismo antes de que esto termine peor. Sal de aquí".
Kalev se arranca la varilla con un gesto de asco, la tira al suelo y sale del comedor dando un portazo que hace vibrar los cristales. El estruendo termina de quebrar los nervios de Aletheia, que se gira hacia Jeanpaul con la mirada perdida, lista para atacar de nuevo.
Antes de que pudiera reaccionar, Jeanpaul se lanza sobre ella para frenar el caos. La plaqueó con fuerza, llevándola al suelo y usando su peso para neutralizar sus brazos y piernas, evitando que se lastimara a sí misma o a él.
Jeanpaul dice: "¡Eva, mírame! ¡Soy Jean! Respira, por favor... estás a salvo, mon amour. Estoy aquí contigo".
Aletheia forcejea un instante, sollozando de pura rabia y miedo, hasta que el calor de Jeanpaul empieza a anclarla de nuevo a la realidad.
El fragor de la pelea se extingue, dejando tras de sí un silencio denso y un olor metálico que impregna el aire. Aletheia deja de luchar bajo el peso de Jeanpaul. Sus músculos, antes tensos como cuerdas de piano, se vuelven gelatina y el llanto contenido emerge en un hipo seco, casi sin aire.
Jeanpaul no dice nada más. La levanta del suelo con una delicadeza que contradice su propia agitación. Ella es una muñeca rota entre sus brazos mientras suben las escaleras de la casona. El mundo exterior —el Emporio de Rocca, la ausencia de Melani, la traición de Kalev— ha dejado de existir. Solo queda el pasillo interminable y la puerta de la habitación que se cierra tras ellos, aislando el caos.
Con movimientos pausados, Jeanpaul la sienta en el borde de la cama. Aletheia tiene la mirada fija en un punto inexistente de la pared, sus manos aún tiemblan ligeramente por la descarga de adrenalina. Él se arrodilla frente a ella y comienza a despojarla de la ropa manchada de sudor y de la sombra de Kalev. Sus dedos rozan su piel con una reverencia casi religiosa; la trata como si fuera de cristal, quitándole la blusa y reemplazándola por una de sus camisetas de algodón, grande y cálida, que huele a él: a sándalo , a cuero y a ese aroma propio que ella tanto anhelaba y que ahora, paradójicamente, le duele.
Él la ayuda a meterse bajo las sábanas. La oscuridad de la habitación es el único refugio que le queda. Jeanpaul se despoja de sus botas y se tumba a su lado, ocupando el espacio con su presencia sólida. No intenta abrazarla con fuerza; sabe que Aletheia es ahora una fiera herida, una criatura que podría morder si se siente acorralada.
En su lugar, comienza a acariciar su cabello con las yemas de los dedos, trazando líneas invisibles desde la frente hasta la nuca. Es un ritmo constante, hipnótico, diseñado para bajar las pulsaciones de un corazón que ha olvidado cómo estar en calma.
Aletheia cierra los ojos. Siente el calor de Jeanpaul y, por un instante, la punzada de los celos y la imagen de la otra mujer se desvanecen ante la realidad de su contacto. Pero la herida sigue ahí, latente. Él está aquí, cuidándola como nadie más lo haría, pero el silencio que comparten es un velo que esconde verdades que ella todavía no se atreve a preguntar.
Jeanpaul dice en un susurro apenas audible: "Duerme, Eva. No voy a dejar que nada te toque".
Ella se acurruca contra su pecho, buscando el latido de su corazón. Por ahora, el código ha dejado de ejecutarse. El sistema está en suspensión, pero ambos saben que el despertar será violento.
[Evangelio de los Renegados]: La gota que quebró el dique
[Evangelio de los Renegados]: Ecos de una traición fantasma
El aire en la habitación de Jeanpaul huele a una mezcla de fijador fotográfico, madera vieja y ese aroma a sándalo limpio y bergamota que parecía ser su firma personal. Es un refugio, pero para Aletheia, despertarse allí tras el colapso del desayuno se siente como estar en una isla rodeada de un mar embravecido.
Jeanpaul entra con el peso del jardín todavía en los hombros. Se acerca a la cama, donde ella se ovilla como si intentara volver al vientre materno, abrazando sus rodillas. Sus ojos, verdes y cansados, lo recorren buscando una verdad que no estaba lista para procesar. Él se acuclilla, reduciendo su imponente estatura para quedar a su nivel, un gesto de sumisión que Aletheia conoce bien.
Jeanpaul dice: "¿Cómo te encuentras?"
Aletheia lo mira y finalmente, pregunta:
Dices con acento catalán, ¿Por qué me has traído aquí? Nunca has permitido que nadie suba."
Jeanpaul dice: "Supuse que necesitabas un lugar más tranquilo. Allí todo huele a él."
Aletheia suelta una risa amarga, corta y seca.
Murmuras con acento catalán: "Mi habitación huele a hielo y a vacío, a eso huele."
Jeanpaul la mira en silencio hasta que por fin se decide a hablar.
Jeanpaul dice: "Zarek e Iliana... saben lo que ocurrió esta mañana. Han escuchado a Monse. Acabo e verlos en el jardín hablando de grietas, de finales. Tienes que definir esto con Kalev. No puedes dejar que los niños se ahoguen en este silencio.
Aletheia lo mira, pero no parece escucharlo. El tema de sus hijos se cuela por las grietas de su propio caos. Su mente, esa máquina de procesar datos en milisegundos, está estancada en un proceso de celos irracionales, una defensa ante el dolor que le causa la indiferencia de Kalev.
Dices con acento catalán: "¿Vas a iniciar una relación con ella? Con la agente nueva. ¿Es eso lo que sigue ahora que mi mundo se cae a pedazos?
La gelidez de la voz de Aletheia oculta un temblor que Jeanpaul no pasa desapercibido.
Jeanpaul suspira y desvía la mirada hacia el suelo de madera.
Jeanpaul dice: "Mi vida no es lo importante ahora, Eva... Lo importante eres tú, los chicos, tu estabilidad. No metas mis asuntos en esto. Necesitas definir la situación con Kalev antes de que escale y explote por lo más delgado."
Dices con acento catalán: "Tú siempre crees que sabes lo que necesito, ¿verdad, Jean? Siempre el protector, siempre el arquitecto de mi seguridad"
Ella se incorpora despacio, tiene la mirada encendida por una rabia que no es contra él, pero que él recibe como un pararrayos.
Aletheia pone los pies en el suelo.
Dices con acento catalán: "Pues no te preocupes más. Arreglaré mi vida con Kalev. Limpiaré este desastre. Y si tú quieres, puedes ir a por esa agente, o a por la mujer que te plazca. No necesitas quedarte aquí a ver cómo me hundo."
El silencio a continuación es denso. Jeanpaul no se mueve, pero Aletheia puede ver cómo sus nudillos se vuelven blancos al apretar el borde de la cama. Está al límite, y ella, en su desesperación, estaba cortando la última cuerda que la sostenía.
Aletheia no sabe qué espera, pero en ese instante es consciente de que espera algo y el mutismo de Jeanpaul le recuerda demasiado al frío silencio de su día a día con Kalev, a las ausencias, al desprecio tácito de su intimidad.
Aletheia se levanta sin decir una sola palabra y en su marcha no se percata de que Jeanpaul apoya las rodillas en el suelo y una lágrima furtiva le recorre el pómulo derecho.
Jeanpaul entra con el peso del jardín todavía en los hombros. Se acerca a la cama, donde ella se ovilla como si intentara volver al vientre materno, abrazando sus rodillas. Sus ojos, verdes y cansados, lo recorren buscando una verdad que no estaba lista para procesar. Él se acuclilla, reduciendo su imponente estatura para quedar a su nivel, un gesto de sumisión que Aletheia conoce bien.
Jeanpaul dice: "¿Cómo te encuentras?"
Aletheia lo mira y finalmente, pregunta:
Dices con acento catalán, ¿Por qué me has traído aquí? Nunca has permitido que nadie suba."
Jeanpaul dice: "Supuse que necesitabas un lugar más tranquilo. Allí todo huele a él."
Aletheia suelta una risa amarga, corta y seca.
Murmuras con acento catalán: "Mi habitación huele a hielo y a vacío, a eso huele."
Jeanpaul la mira en silencio hasta que por fin se decide a hablar.
Jeanpaul dice: "Zarek e Iliana... saben lo que ocurrió esta mañana. Han escuchado a Monse. Acabo e verlos en el jardín hablando de grietas, de finales. Tienes que definir esto con Kalev. No puedes dejar que los niños se ahoguen en este silencio.
Aletheia lo mira, pero no parece escucharlo. El tema de sus hijos se cuela por las grietas de su propio caos. Su mente, esa máquina de procesar datos en milisegundos, está estancada en un proceso de celos irracionales, una defensa ante el dolor que le causa la indiferencia de Kalev.
Dices con acento catalán: "¿Vas a iniciar una relación con ella? Con la agente nueva. ¿Es eso lo que sigue ahora que mi mundo se cae a pedazos?
La gelidez de la voz de Aletheia oculta un temblor que Jeanpaul no pasa desapercibido.
Jeanpaul suspira y desvía la mirada hacia el suelo de madera.
Jeanpaul dice: "Mi vida no es lo importante ahora, Eva... Lo importante eres tú, los chicos, tu estabilidad. No metas mis asuntos en esto. Necesitas definir la situación con Kalev antes de que escale y explote por lo más delgado."
Dices con acento catalán: "Tú siempre crees que sabes lo que necesito, ¿verdad, Jean? Siempre el protector, siempre el arquitecto de mi seguridad"
Ella se incorpora despacio, tiene la mirada encendida por una rabia que no es contra él, pero que él recibe como un pararrayos.
Aletheia pone los pies en el suelo.
Dices con acento catalán: "Pues no te preocupes más. Arreglaré mi vida con Kalev. Limpiaré este desastre. Y si tú quieres, puedes ir a por esa agente, o a por la mujer que te plazca. No necesitas quedarte aquí a ver cómo me hundo."
El silencio a continuación es denso. Jeanpaul no se mueve, pero Aletheia puede ver cómo sus nudillos se vuelven blancos al apretar el borde de la cama. Está al límite, y ella, en su desesperación, estaba cortando la última cuerda que la sostenía.
Aletheia no sabe qué espera, pero en ese instante es consciente de que espera algo y el mutismo de Jeanpaul le recuerda demasiado al frío silencio de su día a día con Kalev, a las ausencias, al desprecio tácito de su intimidad.
Aletheia se levanta sin decir una sola palabra y en su marcha no se percata de que Jeanpaul apoya las rodillas en el suelo y una lágrima furtiva le recorre el pómulo derecho.
[Evangelio de los Renegados]: El muro de hielo
La habitación que una vez fue el refugio de su intimidad hoy se siente como una celda de aislamiento. El aire está viciado por el rastro de un perfume ajeno que emana de la piel de Kalev, una fragancia que se mezcla con el olor a pólvora y asfalto. Él camina de un lado a otro, con los movimientos bruscos de un animal herido tras el choque con Zarek. Su orgullo de soldado ha sido herido por un adolescente, y el éxtasis de su encuentro con Veruschka todavía le corre por las venas obnubilando el sentido común y la misma razón..
Aletheia lo observa desde el borde de la cama. Sus manos están entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos blanquean. Todavía siente el calor de la habitación de Jeanpaul quemándole la piel, un roce que la ha dejado emocionalmente desollada.
Dices con acento catalán: "Necesitamos hablar, Kalev. Esto no puede seguir así. Zarek e Iliana... ellos están sufriendo. No comprenden estas peleas, este ambiente de guerra constante".
Kalev se detiene en seco y la mira con una frialdad que la hace estremecer. Su rostro es una máscara de desprecio.
Kalev dice con acento ruso: "Sufren porque no hay una mano firme en esta casa. No has sabido ejercer la autoridad, Aletheia. Zarek me mira como si fuera un enemigo porque tú se lo permites. Ese chico tiene una actitud insufrible, y todo porque ambos viven bajo la sombra de Jeanpaul, buscándolo como si él fuera el sol y yo un estorbo".
Aletheia niega con la cabeza, las lágrimas empañando su vista.
Dices con acento catalán: "Jeanpaul ha estado aquí cuando tú no. No le eches la culpa a él de tu ausencia".
Kalev da un paso hacia ella, su voz bajando a un tono peligroso.
Kalev dice con acento ruso: "Siempre Jeanpaul. Estoy harto de tus secretos, de las cosas que callas cuando te pillo hablando con él y entro en la habitación. Me ocultas la verdad como si fuera un extraño".
Dices con acento catalán: "¡Lo hago por ti! Hay información de mi pasado, cosas complicadas ... que podrían ponerte en riesgo si las supieras. Intento protegerte, Kalev. No es cuestión de preferencias es que...".
Kalev dice con acento ruso: "... él siempre ha estado, no dejas de decir lo mismo."
Dices con acento catalán: "es la verdad, Kalev. Mi pasado es una bomba de relojería temporalmente inactiva. Entraña demasiado peligro, es todo."
Él suelta una carcajada seca, cargada de un sarcasmo venenoso que corta el aire.
Kalev dice con acento ruso: "¡Qué conmovedor! Te olvidas de con quién hablas. Soy agente desde mucho antes de que tú supieras qué es una identidad falsa. No necesito tus migajas de protección, necesito lealtad".
Aletheia lo mira, sintiendo que el hombre frente a ella es un abismo que no puede hackear. El silencio se prolonga, pesado como el plomo.
Dices con acento catalán: "¿Todavía me amas, Kalev?".
Él guarda silencio. No aparta la mirada, pero no hay chispa, no hay refugio en sus ojos azules. La falta de respuesta es un golpe físico para ella. En un último intento desesperado por recuperar el control, por sentir que todavía hay algo que los une, Aletheia se levanta. Sus dedos desabrochan su ropa con torpeza, exponiendo su vulnerabilidad frente a él, buscando una reacción, un rastro de deseo que le confirme que aún existe para él.
Se queda desnuda, expuesta, pero Kalev no se inmuta. Sus ojos recorren su cuerpo con la indiferencia de quien observa un paisaje estático. No hay tensión en su mandíbula, no hay brillo en su mirada. La humillación cae sobre Aletheia como un manto gélido. Sin decir una palabra, recoge su ropa del suelo con movimientos mecánicos y se encierra en el baño.
Kalev se queda solo en el centro de la habitación. Al cerrarse la puerta, el peso de la culpa lo golpea de improviso. Verla rota, ver esa desnudez que antes era su paraíso convertida en una súplica ignorada, le genera un malestar profundo que no esperaba. Se pregunta, en medio de su ofuscación, hacia dónde caminan y si todavía queda algún puente que no haya dinamitado.
Aletheia lo observa desde el borde de la cama. Sus manos están entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos blanquean. Todavía siente el calor de la habitación de Jeanpaul quemándole la piel, un roce que la ha dejado emocionalmente desollada.
Dices con acento catalán: "Necesitamos hablar, Kalev. Esto no puede seguir así. Zarek e Iliana... ellos están sufriendo. No comprenden estas peleas, este ambiente de guerra constante".
Kalev se detiene en seco y la mira con una frialdad que la hace estremecer. Su rostro es una máscara de desprecio.
Kalev dice con acento ruso: "Sufren porque no hay una mano firme en esta casa. No has sabido ejercer la autoridad, Aletheia. Zarek me mira como si fuera un enemigo porque tú se lo permites. Ese chico tiene una actitud insufrible, y todo porque ambos viven bajo la sombra de Jeanpaul, buscándolo como si él fuera el sol y yo un estorbo".
Aletheia niega con la cabeza, las lágrimas empañando su vista.
Dices con acento catalán: "Jeanpaul ha estado aquí cuando tú no. No le eches la culpa a él de tu ausencia".
Kalev da un paso hacia ella, su voz bajando a un tono peligroso.
Kalev dice con acento ruso: "Siempre Jeanpaul. Estoy harto de tus secretos, de las cosas que callas cuando te pillo hablando con él y entro en la habitación. Me ocultas la verdad como si fuera un extraño".
Dices con acento catalán: "¡Lo hago por ti! Hay información de mi pasado, cosas complicadas ... que podrían ponerte en riesgo si las supieras. Intento protegerte, Kalev. No es cuestión de preferencias es que...".
Kalev dice con acento ruso: "... él siempre ha estado, no dejas de decir lo mismo."
Dices con acento catalán: "es la verdad, Kalev. Mi pasado es una bomba de relojería temporalmente inactiva. Entraña demasiado peligro, es todo."
Él suelta una carcajada seca, cargada de un sarcasmo venenoso que corta el aire.
Kalev dice con acento ruso: "¡Qué conmovedor! Te olvidas de con quién hablas. Soy agente desde mucho antes de que tú supieras qué es una identidad falsa. No necesito tus migajas de protección, necesito lealtad".
Aletheia lo mira, sintiendo que el hombre frente a ella es un abismo que no puede hackear. El silencio se prolonga, pesado como el plomo.
Dices con acento catalán: "¿Todavía me amas, Kalev?".
Él guarda silencio. No aparta la mirada, pero no hay chispa, no hay refugio en sus ojos azules. La falta de respuesta es un golpe físico para ella. En un último intento desesperado por recuperar el control, por sentir que todavía hay algo que los une, Aletheia se levanta. Sus dedos desabrochan su ropa con torpeza, exponiendo su vulnerabilidad frente a él, buscando una reacción, un rastro de deseo que le confirme que aún existe para él.
Se queda desnuda, expuesta, pero Kalev no se inmuta. Sus ojos recorren su cuerpo con la indiferencia de quien observa un paisaje estático. No hay tensión en su mandíbula, no hay brillo en su mirada. La humillación cae sobre Aletheia como un manto gélido. Sin decir una palabra, recoge su ropa del suelo con movimientos mecánicos y se encierra en el baño.
Kalev se queda solo en el centro de la habitación. Al cerrarse la puerta, el peso de la culpa lo golpea de improviso. Verla rota, ver esa desnudez que antes era su paraíso convertida en una súplica ignorada, le genera un malestar profundo que no esperaba. Se pregunta, en medio de su ofuscación, hacia dónde caminan y si todavía queda algún puente que no haya dinamitado.
[Evangelio de los Renegados]: Verdades entre vapores
La cocina de la casona es el único lugar que conserva una calidez genuina. El aroma a sofrito y especias flota en el aire mientras Monse se mueve con la eficiencia de quien conoce cada rincón de esa madera y ese mármol. Aletheia entra arrastrando los pies, envuelta en una bata que le queda grande, buscando un consuelo que no sabe nombrar.
Dices con acento catalán: "¿Dónde está Jeanpaul, Monse?".
Monse no deja de remover la olla, pero su mirada se suaviza al ver el estado de Aletheia.
Monse dice: "Salió hace un rato. Tenía una reunión con Orestes. Parece que el socio ha estado muy presente últimamente".
Aletheia frunce el ceño, sintiendo una punzada de inquietud. "¿Orestes estuvo aquí?".
Monse asiente y deja la cuchara a un lado, girándose para mirar a Aletheia a los ojos.
Monse dice: "Sí, llegó de improviso ayer. Estuvieron mucho rato conversando en el vivero. Me alegra, la verdad. Me alegra que ese hombre le tenga tanta estima y que haya venido sin invitación. Jean necesita a alguien con quien abrir el corazón. Lleva demasiado tiempo siendo el pilar de todos en esta finca, ocupándose de los niños, de los negocios, de ti... sin que nadie se pregunte qué es lo que necesita él".
Las palabras de Monse caen sobre Aletheia como piedras. Cada frase es un reproche tácito que se clava en su conciencia. Se siente pequeña, egoísta. Sus celos por la agente, su obsesión por mantener el control, su constante vaivén entre dos hombres... todo parece una mezquindad frente a la entrega silenciosa de Jeanpaul.
Dices con acento catalán: "Lo haces sonar como si yo fuera una carga para él, Monse".
Aletheia baja la mirada, sintiendo que el desuelo la hunde. La culpa es un peso insoportable que se suma a su estado sombrío. Se siente una parásita emocional, alimentándose de la fuerza de Jean mientras ella se desmorona por un hombre que ni siquiera puede decirle que la ama.
Monse se acerca y le pone una mano cálida en el hombro, obligándola a levantar la vista.
Monse dice: "No pretendo que te sientas culpable, cariño. No sirve de nada que te hundas más. Pero quiero que abras los ojos. Jeanpaul es un hombre de carne y hueso, no un santo de piedra. Si no empiezas a ver lo que tienes delante antes de que se canse de ser el pilar, puede que cuando quieras reaccionar, sea demasiado tarde".
Aletheia observa el vapor que sube de las ollas, sintiendo que su vida es exactamente eso: algo volátil, caliente y a punto de disiparse en el aire frío de la finca.
Dices con acento catalán: "¿Dónde está Jeanpaul, Monse?".
Monse no deja de remover la olla, pero su mirada se suaviza al ver el estado de Aletheia.
Monse dice: "Salió hace un rato. Tenía una reunión con Orestes. Parece que el socio ha estado muy presente últimamente".
Aletheia frunce el ceño, sintiendo una punzada de inquietud. "¿Orestes estuvo aquí?".
Monse asiente y deja la cuchara a un lado, girándose para mirar a Aletheia a los ojos.
Monse dice: "Sí, llegó de improviso ayer. Estuvieron mucho rato conversando en el vivero. Me alegra, la verdad. Me alegra que ese hombre le tenga tanta estima y que haya venido sin invitación. Jean necesita a alguien con quien abrir el corazón. Lleva demasiado tiempo siendo el pilar de todos en esta finca, ocupándose de los niños, de los negocios, de ti... sin que nadie se pregunte qué es lo que necesita él".
Las palabras de Monse caen sobre Aletheia como piedras. Cada frase es un reproche tácito que se clava en su conciencia. Se siente pequeña, egoísta. Sus celos por la agente, su obsesión por mantener el control, su constante vaivén entre dos hombres... todo parece una mezquindad frente a la entrega silenciosa de Jeanpaul.
Dices con acento catalán: "Lo haces sonar como si yo fuera una carga para él, Monse".
Aletheia baja la mirada, sintiendo que el desuelo la hunde. La culpa es un peso insoportable que se suma a su estado sombrío. Se siente una parásita emocional, alimentándose de la fuerza de Jean mientras ella se desmorona por un hombre que ni siquiera puede decirle que la ama.
Monse se acerca y le pone una mano cálida en el hombro, obligándola a levantar la vista.
Monse dice: "No pretendo que te sientas culpable, cariño. No sirve de nada que te hundas más. Pero quiero que abras los ojos. Jeanpaul es un hombre de carne y hueso, no un santo de piedra. Si no empiezas a ver lo que tienes delante antes de que se canse de ser el pilar, puede que cuando quieras reaccionar, sea demasiado tarde".
Aletheia observa el vapor que sube de las ollas, sintiendo que su vida es exactamente eso: algo volátil, caliente y a punto de disiparse en el aire frío de la finca.
[]Evangelio de los Renegados]: El Despertar de los Escombros
Dormitorio Matrimonial
El frío de la mañana se cuela por las rendijas de la persiana, pero el vacío al otro lado de la cama es lo que realmente hiela la sangre de Aletheia. Se despierta sola, envuelta en el silencio de una habitación que ha dejado de ser un refugio para convertirse en un mausoleo de recuerdos. El agua de la ducha cae sobre sus hombros con una presión que no logra lavar el cansancio emocional. Se viste mecánicamente, ajustando su ropa como quien se coloca una armadura para una batalla que ya sabe perdida.
En la cocina, el aroma del café recién hecho choca con la atmósfera viciada de su propio desánimo. Monse, con esa sabiduría silenciosa que la caracteriza, desliza una taza frente a ella en cuanto la ve entrar.
Monse dice con acento catalán: "Desayuna algo, Aletheia. El cuerpo no aguanta solo con cafeína y penas".
Aletheia dice con acento catalán: "No puedo, Monse. Se me cerró el estómago. Gracias".
En la mesa, Iliana y Zarek terminan sus cereales. El tintineo de las cucharas contra el tazón es el único sonido. Aletheia intenta esbozar una sonrisa, un esfuerzo hercúleo para proyectar una normalidad que no posee. Zarek, sin embargo, no aparta la vista de su madre. Sus puños están apretados sobre la mesa, los nudillos blancos. Le duele verla así, con las ojeras marcadas y esa mirada ausente que solo aparece cuando Kalev la ha pisoteado de nuevo. Iliana, percibiendo la combustión inminente de su hermano, le lanza una mirada suplicante, rogándole que no rompa el frágil equilibrio de la mañana.
Minutos después, el motor del 4x4 ruge en la entrada. Aletheia conduce con las manos rígidas sobre el volante. Zarek ocupa el asiento del copiloto, irradiando una furia contenida que llena el habitáculo, mientras Iliana se refugia en el asiento trasero. Al llegar a un semáforo, el joven rompe el silencio como quien detona una carga explosiva.
Zarek dice: "¿Cuándo vas a dejarlo, mamá? ¿Cuándo vas a echar a Kalev de nuestras vidas?".
Aletheia se tensa. Siente que el aire se escapa de sus pulmones.
Aletheia dice con acento catalán: "Zarek, por favor. No es el momento. Son cosas de adultos, no te preocupes por eso ahora, carinyet. Tu padre y yo..."
Zarek niega con la cabeza y la mandíbula convertida en un bloque de acero.
Zarek dice: "No es mi padre. No ha querido serlo nunca, en realidad..."
Aletheia dice con acento catalán: "Eso no es cierto, carinyet, no seas injusto. Él ha hecho..."
Zarek la interrumpe en un acceso de furia gélida.
Zarek dice: "En una semana cumplo catorce años. No soy un crío que se traga cuentos. Lo veo, mamá. Veo cómo te rompe cada día. Él no merece tu dolor, ni una sola de tus lágrimas. Y no hablo por hablar... tengo pruebas de lo que digo".
El desconcierto golpea a Aletheia con más fuerza que la discusión. Se orilla frente al colegio de los chicos, con el corazón galopando. Iliana, con una madurez triste, se inclina hacia adelante, besa la mejilla de su madre y posa su mano sobre la de ella un segundo antes de bajar. Zarek la mira directamente a los ojos antes de cerrar la puerta.
Zarek dice: "Te mostraré las pruebas cuando vuelvas del trabajo. Te lo prometo, mamá".
Ella asiente en silencio, incapaz de articular palabra. Mientras conduce hacia Fresnedillas para su guardia en Firme Unidad, las palabras de su hijo se entrelazan con las advertencias que Jeanpaul le había dado dos días antes. La situación es amarga: Jean tenía razón. El clima está afectando demasiado a sus hijos y ya no hay parche que pueda componer lo que se rompió meses atrás.
El frío de la mañana se cuela por las rendijas de la persiana, pero el vacío al otro lado de la cama es lo que realmente hiela la sangre de Aletheia. Se despierta sola, envuelta en el silencio de una habitación que ha dejado de ser un refugio para convertirse en un mausoleo de recuerdos. El agua de la ducha cae sobre sus hombros con una presión que no logra lavar el cansancio emocional. Se viste mecánicamente, ajustando su ropa como quien se coloca una armadura para una batalla que ya sabe perdida.
En la cocina, el aroma del café recién hecho choca con la atmósfera viciada de su propio desánimo. Monse, con esa sabiduría silenciosa que la caracteriza, desliza una taza frente a ella en cuanto la ve entrar.
Monse dice con acento catalán: "Desayuna algo, Aletheia. El cuerpo no aguanta solo con cafeína y penas".
Aletheia dice con acento catalán: "No puedo, Monse. Se me cerró el estómago. Gracias".
En la mesa, Iliana y Zarek terminan sus cereales. El tintineo de las cucharas contra el tazón es el único sonido. Aletheia intenta esbozar una sonrisa, un esfuerzo hercúleo para proyectar una normalidad que no posee. Zarek, sin embargo, no aparta la vista de su madre. Sus puños están apretados sobre la mesa, los nudillos blancos. Le duele verla así, con las ojeras marcadas y esa mirada ausente que solo aparece cuando Kalev la ha pisoteado de nuevo. Iliana, percibiendo la combustión inminente de su hermano, le lanza una mirada suplicante, rogándole que no rompa el frágil equilibrio de la mañana.
Minutos después, el motor del 4x4 ruge en la entrada. Aletheia conduce con las manos rígidas sobre el volante. Zarek ocupa el asiento del copiloto, irradiando una furia contenida que llena el habitáculo, mientras Iliana se refugia en el asiento trasero. Al llegar a un semáforo, el joven rompe el silencio como quien detona una carga explosiva.
Zarek dice: "¿Cuándo vas a dejarlo, mamá? ¿Cuándo vas a echar a Kalev de nuestras vidas?".
Aletheia se tensa. Siente que el aire se escapa de sus pulmones.
Aletheia dice con acento catalán: "Zarek, por favor. No es el momento. Son cosas de adultos, no te preocupes por eso ahora, carinyet. Tu padre y yo..."
Zarek niega con la cabeza y la mandíbula convertida en un bloque de acero.
Zarek dice: "No es mi padre. No ha querido serlo nunca, en realidad..."
Aletheia dice con acento catalán: "Eso no es cierto, carinyet, no seas injusto. Él ha hecho..."
Zarek la interrumpe en un acceso de furia gélida.
Zarek dice: "En una semana cumplo catorce años. No soy un crío que se traga cuentos. Lo veo, mamá. Veo cómo te rompe cada día. Él no merece tu dolor, ni una sola de tus lágrimas. Y no hablo por hablar... tengo pruebas de lo que digo".
El desconcierto golpea a Aletheia con más fuerza que la discusión. Se orilla frente al colegio de los chicos, con el corazón galopando. Iliana, con una madurez triste, se inclina hacia adelante, besa la mejilla de su madre y posa su mano sobre la de ella un segundo antes de bajar. Zarek la mira directamente a los ojos antes de cerrar la puerta.
Zarek dice: "Te mostraré las pruebas cuando vuelvas del trabajo. Te lo prometo, mamá".
Ella asiente en silencio, incapaz de articular palabra. Mientras conduce hacia Fresnedillas para su guardia en Firme Unidad, las palabras de su hijo se entrelazan con las advertencias que Jeanpaul le había dado dos días antes. La situación es amarga: Jean tenía razón. El clima está afectando demasiado a sus hijos y ya no hay parche que pueda componer lo que se rompió meses atrás.
[Evangelio de los Renegados]: Una Revelación Insospechada pero Necesaria
Fresnedillas de la Oliva
El supermercado del pueblo está inusualmente concurrido. Aletheia camina entre los pasillos acompañada por Liam, un agente irlandés de Firme Unidad que carga con las cajas de suministros. Aletheia, cuya mente está entrenada para detectar anomalías, percibe una presencia constante. Una mujer de rasgos eslavos y elegancia gélida parece seguir sus pasos.
En la fila de la caja, la mujer se posiciona justo detrás de ella. Liam está distraído contando los paquetes de pasta, pero Aletheia siente el calor de la mirada ajena en su nuca.
Veruschka dice con acento eslavo: "¿Podemos hablar? A solas".
Aletheia dice con acento catalán: "¿Nos conocemos?".
Veruschka dice con acento eslavo: "Tú a mí no, pero yo a ti sí. Y es justo que sepas quién soy. No pretendo hacerte daño, solo hablar de alguien que ambas conocemos muy bien... Kalev".
La mención del nombre actúa como un disparador. Liam nota la súbita palidez de Aletheia y su mano baja instintivamente hacia su costado, entrando en alerta operativa al ver a la desconocida.
Liam dice con acento irlandés: "Aletheia, ¿algún problema con esta mujer?".
Aletheia dice con acento catalán: "No, Liam. Vete al complejo con los víveres. Estaré bien. Necesito hablar con ella".
Liam duda, pero la autoridad en la voz de Aletheia no admite réplica. Él se marcha, lanzando una mirada de advertencia a la rusa. Aletheia sigue a Veruschka hasta una vivienda cercana, un lugar pequeño pero cargado de una atmósfera que la hace sentir como una intrusa en su propia vida. Al entrar, lo primero que ve sobre el sofá es una parca oscura que reconoce al instante: es de Kalev. El aire se vuelve irrespirable.
Mientras tanto, en la base de Firme Unidad, Kalev intercepta a Liam en el hangar.
Kalev dice con acento ruso: "¿Dónde está ella? ¿Por qué has vuelto solo?".
Liam dice con acento irlandés: "Se ha ido con una mujer. Muy guapa, rasgos eslavos. Parecía que tenían algo urgente que discutir".
Kalev no termina de escuchar. El pánico, una emoción que rara vez experimenta, le deforma el rostro. Sale a toda prisa hacia su camioneta, sube y arranca quemando neumáticos rumbo a la casa de Veruschka.
Dentro de la vivienda, Veruschka sirve dos vasos de agua que nadie toca. Ella habla con una calma que resulta cruel, desgranando su historia: quién es, su pasado en las agencias de inteligencia, cómo Kalev ha sido su ancla, el amor de su vida. Como sobrevivió con la fe de encontrarlo de nuevo; su pérdida en los sótanos de la bratva y como fue su matrimonio; y el papel que ella desempeña en la vida que él mantiene oculta. Aletheia escucha con un estoicismo aterrador. No grita, no interrumpe. Cada palabra es un clavo en el ataúd de su relación, pero su rostro permanece como una pantalla en negro tras un fallo crítico.
La puerta de la casa se abre de un golpe. Kalev entra jadeando, con los ojos casi desorbitados. Se detiene al verlas juntas, la imagen de su traición personificada en un salón de paredes blancas.
Kalev dice con acento ruso: "Aletheia... déjame explicarte. No es lo que parece, Veruschka es...".
Aletheia se levanta con una dignidad que parece sobrenatural. No lo mira a él, sino al vacío que ha dejado su presencia. Simplemente niega con la cabeza cuando él intenta acercarse. No derrama ni una sola lágrima; el dolor es tan profundo que ha superado su capacidad de reacción. Cruza el umbral de la puerta sin decir una sola palabra, dejando atrás el naufragio de su pasado.
Solo cuando se encierra en su 4x4 y enfila la carretera hacia Guadalajara, el muro se desmorona. El grito que sale de su garganta se pierde en el rugido del motor. Sus manos golpean el volante mientras las lágrimas, ahora sí, fluyen sin control, nublando la carretera mientras huye de la ruina que solía llamar hogar.
El supermercado del pueblo está inusualmente concurrido. Aletheia camina entre los pasillos acompañada por Liam, un agente irlandés de Firme Unidad que carga con las cajas de suministros. Aletheia, cuya mente está entrenada para detectar anomalías, percibe una presencia constante. Una mujer de rasgos eslavos y elegancia gélida parece seguir sus pasos.
En la fila de la caja, la mujer se posiciona justo detrás de ella. Liam está distraído contando los paquetes de pasta, pero Aletheia siente el calor de la mirada ajena en su nuca.
Veruschka dice con acento eslavo: "¿Podemos hablar? A solas".
Aletheia dice con acento catalán: "¿Nos conocemos?".
Veruschka dice con acento eslavo: "Tú a mí no, pero yo a ti sí. Y es justo que sepas quién soy. No pretendo hacerte daño, solo hablar de alguien que ambas conocemos muy bien... Kalev".
La mención del nombre actúa como un disparador. Liam nota la súbita palidez de Aletheia y su mano baja instintivamente hacia su costado, entrando en alerta operativa al ver a la desconocida.
Liam dice con acento irlandés: "Aletheia, ¿algún problema con esta mujer?".
Aletheia dice con acento catalán: "No, Liam. Vete al complejo con los víveres. Estaré bien. Necesito hablar con ella".
Liam duda, pero la autoridad en la voz de Aletheia no admite réplica. Él se marcha, lanzando una mirada de advertencia a la rusa. Aletheia sigue a Veruschka hasta una vivienda cercana, un lugar pequeño pero cargado de una atmósfera que la hace sentir como una intrusa en su propia vida. Al entrar, lo primero que ve sobre el sofá es una parca oscura que reconoce al instante: es de Kalev. El aire se vuelve irrespirable.
Mientras tanto, en la base de Firme Unidad, Kalev intercepta a Liam en el hangar.
Kalev dice con acento ruso: "¿Dónde está ella? ¿Por qué has vuelto solo?".
Liam dice con acento irlandés: "Se ha ido con una mujer. Muy guapa, rasgos eslavos. Parecía que tenían algo urgente que discutir".
Kalev no termina de escuchar. El pánico, una emoción que rara vez experimenta, le deforma el rostro. Sale a toda prisa hacia su camioneta, sube y arranca quemando neumáticos rumbo a la casa de Veruschka.
Dentro de la vivienda, Veruschka sirve dos vasos de agua que nadie toca. Ella habla con una calma que resulta cruel, desgranando su historia: quién es, su pasado en las agencias de inteligencia, cómo Kalev ha sido su ancla, el amor de su vida. Como sobrevivió con la fe de encontrarlo de nuevo; su pérdida en los sótanos de la bratva y como fue su matrimonio; y el papel que ella desempeña en la vida que él mantiene oculta. Aletheia escucha con un estoicismo aterrador. No grita, no interrumpe. Cada palabra es un clavo en el ataúd de su relación, pero su rostro permanece como una pantalla en negro tras un fallo crítico.
La puerta de la casa se abre de un golpe. Kalev entra jadeando, con los ojos casi desorbitados. Se detiene al verlas juntas, la imagen de su traición personificada en un salón de paredes blancas.
Kalev dice con acento ruso: "Aletheia... déjame explicarte. No es lo que parece, Veruschka es...".
Aletheia se levanta con una dignidad que parece sobrenatural. No lo mira a él, sino al vacío que ha dejado su presencia. Simplemente niega con la cabeza cuando él intenta acercarse. No derrama ni una sola lágrima; el dolor es tan profundo que ha superado su capacidad de reacción. Cruza el umbral de la puerta sin decir una sola palabra, dejando atrás el naufragio de su pasado.
Solo cuando se encierra en su 4x4 y enfila la carretera hacia Guadalajara, el muro se desmorona. El grito que sale de su garganta se pierde en el rugido del motor. Sus manos golpean el volante mientras las lágrimas, ahora sí, fluyen sin control, nublando la carretera mientras huye de la ruina que solía llamar hogar.
[Evangelio de los Renegados]: Decisiones definitivas
El motor del 4x4 se apaga, pero el silencio que sigue no trae paz. Aletheia desciende del vehículo con una rigidez que desafía la anatomía humana. Camina hacia la casona erguida, con la barbilla alta y una expresión tan gélida e impasible que parece una máscara de porcelana a punto de quebrarse. Al cruzar el umbral, Zarek sale a su encuentro, con el rostro cargado de una ansiedad que lo hace parecer años mayor.
Zarek dice: "Mamá, llegaste. Ven al despacho. Tienes que ver lo que Kalev ha estado ocultando...".
Aletheia detiene su avance, pero no lo mira directamente. Sus ojos están fijos en un punto invisible del pasillo. Responde con una voz monocorde, un proceso automático que no requiere pensamiento.
Aletheia dice con acento catalán: "No es necesario, carinyet. Ya lo sé todo".
El chico parpadea, desconcertado. Se acerca a ella, intentando buscar una grieta en esa armadura de hielo.
Zarek dice: "¿Cómo que lo sabes? Mamá, escúchame, yo creo que es peor de lo que imaginas".
Aletheia levanta una mano y le acaricia la mejilla con una ternura infinita, pero sus dedos están fríos. Cuando finalmente sus ojos se encuentran con los de su hijo, Zarek retrocede un paso, sacudido por una gelidez que le recorre la columna. No reconoce a la mujer que tiene enfrente; es su madre, pero el alma parece haber sido reemplazada por un vacío absoluto. Sin decir nada más, ella lo deja plantado en el salón y se marcha por el pasillo con un andar felino y silencioso.
Al entrar en la habitación matrimonial, el impacto visual de su vida compartida la golpea como una onda expansiva. Una sola lágrima, traicionera , rueda por su mejilla. Aletheia no se permite sollozar. Con una lentitud meticulosa, casi ritual, quita las sábanas de la cama. Las arruga con saña y las reemplaza por unas limpias, blancas, que no conservan el rastro de la piel de nadie. Recorre el espacio con la mirada, dándose cuenta de que cada rincón de esa intimidad fue una puesta en escena orquestada por un profesional de la mentira. La rabia se convierte en el combustible que anula la inercia del dolor.
Abre los armarios y los cajones. El aroma de Kalev, ese olor a tabaco y madera de cedro, flota en el aire como un insulto. Sin pausa, empieza a arrancar la ropa de las perchas, doblando y metiendo en maletas todo lo que pertenece al hombre que nunca existió realmente. Abre las ventanas de par en par para que la brisa fría de Guadalajara borre las trazas de su perfume. Se queda frente al marco de la ventana, repasando cada instante de su relación, reprochándose con amargura su fallo de seguridad más básico: haber investigado al agente y haber ignorado al hombre.
Unos golpes secos en la puerta rompen su trance. Aletheia se tensa como la cuerda de un arco, lista para disparar, pero sus hombros bajan un milímetro al identificar el patrón de los pasos que entran. Es Jeanpaul.
Jeanpaul dice: "¿Te marchas? Eva, mírame. No tomes una decisión precipitada por el dolor. Piensa en los niños, en lo que este lugar significa para ellos antes de huir".
Aletheia se vuelve lentamente. Sus ojos felinos se clavan en Jeanpaul, el único hombre que, en medio del caos de su vida, ha sido una constante inamovible.
El Umbral de la Entrega
Aletheia dice con acento catalán: "No me voy yo, Jean. No son mis maletas.".
Jeanpaul suelta un suspiro imperceptible, y una chispa de alivio genuino cruza sus facciones, suavizando la dureza de su mandíbula. Se acerca un poco más, respetando el espacio de la fiera que aún parece lista para atacar.
Jeanpaul dice: "Liam me contó que te fuiste con una mujer. ¿Quién es ella?".
Aletheia dice con acento catalán: "Veruschka. Su esposa. No su exagente, no una compañera. Su esposa legítima, Jean. He vivido en una ficción construida por un maestro del engaño".
Jeanpaul cierra la distancia y le pone las manos en los hombros, un ancla en medio de la tormenta.
Jeanpaul dice: "Lo siento tanto, Eva. Te juro que me ocuparé de que no vuelva a poner un pie en esta finca. Me ocuparé de todo".
Aletheia suspira, un sonido quebrado que se pierde entre ellos. Con su habitual andar elegante, termina de cerrar las maletas y camina hacia la puerta, cerrándola para asegurar su privacidad. Luego, sin previo aviso y sin apartar la vista de Jeanpaul, comienza a despojarse de su ropa. Las prendas caen al suelo en un silencio sepulcral. Jeanpaul traga saliva, su respiración se vuelve pesada y el deseo, contenido durante años bajo capas de deber y respeto, amenaza con quebrar su dique de contención.
Ella se acerca a él, desnuda y vulnerable, intentando seducirlo con una urgencia que nace de la desesperación. Jeanpaul niega con la cabeza, aunque sus manos tiemblan.
Jeanpaul habla con voz grave y áspera
Jeanpaul murmura: "No. Vístete, Eva. Por favor. El despecho es un veneno que nubla el juicio, y tú no eres así. No quiero que mañana te arrepientas de esto".
Aletheia le toma las manos y, con una fuerza sorprendente, las guía por su propio cuerpo, obligándolo a sentir su piel.
Aletheia dice con acento catalán: "Hazme sentir una mujer de verdad, Jean. No una muñeca rota, no una fachada temporal que alguien usa y desecha. Necesito saber que soy real para alguien".
Jeanpaul está visiblemente excitado, luchando contra su propio instinto. La mira con una devoción que trasciende la lujuria.
Jeanpaul dice: "Te amo, Eva. No hay una verdad más grande que esa. Me he convencido de que no puedo esperar nada de ti, que amarte es un imposible..."
Aletheia fija sus ojos en él y se estremece delante de aquel hombre que lo ha dado todo por ella sin recibir nada a cambio.
Jeanpaul dice: "pero ya no puedo más. No puedo seguir reprimiendo lo que siento. Te amo tanto que me duele. Pero no puedo... no quiero ser solo tu paño de lágrimas. No quiero que te entregues porque quieres castigarlo a él, sino porque me eliges a mí".
Aletheia ignora sus palabras y lleva las manos de Jeanpaul hasta sus pechos, buscando el contacto que la devuelva a la vida. En ese preciso instante, el pomo de la puerta gira violentamente y la cerradura cede ante un golpe seco.
Kalev irrumpe en la habitación, con el rostro desencajado y el aliento entrecortado por la carrera. Se detiene en seco al ver la escena: Aletheia desnuda, las manos de Jeanpaul sobre ella y la atmósfera cargada de un erotismo que él ya no posee. El ego masculino de Kalev aflora de la manera más visceral y errática, ignorando su propia traición.
Kalev dice con acento ruso: "¡Suéltala! ¡Quita tus malditas manos de mi mujer!".
Zarek dice: "Mamá, llegaste. Ven al despacho. Tienes que ver lo que Kalev ha estado ocultando...".
Aletheia detiene su avance, pero no lo mira directamente. Sus ojos están fijos en un punto invisible del pasillo. Responde con una voz monocorde, un proceso automático que no requiere pensamiento.
Aletheia dice con acento catalán: "No es necesario, carinyet. Ya lo sé todo".
El chico parpadea, desconcertado. Se acerca a ella, intentando buscar una grieta en esa armadura de hielo.
Zarek dice: "¿Cómo que lo sabes? Mamá, escúchame, yo creo que es peor de lo que imaginas".
Aletheia levanta una mano y le acaricia la mejilla con una ternura infinita, pero sus dedos están fríos. Cuando finalmente sus ojos se encuentran con los de su hijo, Zarek retrocede un paso, sacudido por una gelidez que le recorre la columna. No reconoce a la mujer que tiene enfrente; es su madre, pero el alma parece haber sido reemplazada por un vacío absoluto. Sin decir nada más, ella lo deja plantado en el salón y se marcha por el pasillo con un andar felino y silencioso.
Al entrar en la habitación matrimonial, el impacto visual de su vida compartida la golpea como una onda expansiva. Una sola lágrima, traicionera , rueda por su mejilla. Aletheia no se permite sollozar. Con una lentitud meticulosa, casi ritual, quita las sábanas de la cama. Las arruga con saña y las reemplaza por unas limpias, blancas, que no conservan el rastro de la piel de nadie. Recorre el espacio con la mirada, dándose cuenta de que cada rincón de esa intimidad fue una puesta en escena orquestada por un profesional de la mentira. La rabia se convierte en el combustible que anula la inercia del dolor.
Abre los armarios y los cajones. El aroma de Kalev, ese olor a tabaco y madera de cedro, flota en el aire como un insulto. Sin pausa, empieza a arrancar la ropa de las perchas, doblando y metiendo en maletas todo lo que pertenece al hombre que nunca existió realmente. Abre las ventanas de par en par para que la brisa fría de Guadalajara borre las trazas de su perfume. Se queda frente al marco de la ventana, repasando cada instante de su relación, reprochándose con amargura su fallo de seguridad más básico: haber investigado al agente y haber ignorado al hombre.
Unos golpes secos en la puerta rompen su trance. Aletheia se tensa como la cuerda de un arco, lista para disparar, pero sus hombros bajan un milímetro al identificar el patrón de los pasos que entran. Es Jeanpaul.
Jeanpaul dice: "¿Te marchas? Eva, mírame. No tomes una decisión precipitada por el dolor. Piensa en los niños, en lo que este lugar significa para ellos antes de huir".
Aletheia se vuelve lentamente. Sus ojos felinos se clavan en Jeanpaul, el único hombre que, en medio del caos de su vida, ha sido una constante inamovible.
El Umbral de la Entrega
Aletheia dice con acento catalán: "No me voy yo, Jean. No son mis maletas.".
Jeanpaul suelta un suspiro imperceptible, y una chispa de alivio genuino cruza sus facciones, suavizando la dureza de su mandíbula. Se acerca un poco más, respetando el espacio de la fiera que aún parece lista para atacar.
Jeanpaul dice: "Liam me contó que te fuiste con una mujer. ¿Quién es ella?".
Aletheia dice con acento catalán: "Veruschka. Su esposa. No su exagente, no una compañera. Su esposa legítima, Jean. He vivido en una ficción construida por un maestro del engaño".
Jeanpaul cierra la distancia y le pone las manos en los hombros, un ancla en medio de la tormenta.
Jeanpaul dice: "Lo siento tanto, Eva. Te juro que me ocuparé de que no vuelva a poner un pie en esta finca. Me ocuparé de todo".
Aletheia suspira, un sonido quebrado que se pierde entre ellos. Con su habitual andar elegante, termina de cerrar las maletas y camina hacia la puerta, cerrándola para asegurar su privacidad. Luego, sin previo aviso y sin apartar la vista de Jeanpaul, comienza a despojarse de su ropa. Las prendas caen al suelo en un silencio sepulcral. Jeanpaul traga saliva, su respiración se vuelve pesada y el deseo, contenido durante años bajo capas de deber y respeto, amenaza con quebrar su dique de contención.
Ella se acerca a él, desnuda y vulnerable, intentando seducirlo con una urgencia que nace de la desesperación. Jeanpaul niega con la cabeza, aunque sus manos tiemblan.
Jeanpaul habla con voz grave y áspera
Jeanpaul murmura: "No. Vístete, Eva. Por favor. El despecho es un veneno que nubla el juicio, y tú no eres así. No quiero que mañana te arrepientas de esto".
Aletheia le toma las manos y, con una fuerza sorprendente, las guía por su propio cuerpo, obligándolo a sentir su piel.
Aletheia dice con acento catalán: "Hazme sentir una mujer de verdad, Jean. No una muñeca rota, no una fachada temporal que alguien usa y desecha. Necesito saber que soy real para alguien".
Jeanpaul está visiblemente excitado, luchando contra su propio instinto. La mira con una devoción que trasciende la lujuria.
Jeanpaul dice: "Te amo, Eva. No hay una verdad más grande que esa. Me he convencido de que no puedo esperar nada de ti, que amarte es un imposible..."
Aletheia fija sus ojos en él y se estremece delante de aquel hombre que lo ha dado todo por ella sin recibir nada a cambio.
Jeanpaul dice: "pero ya no puedo más. No puedo seguir reprimiendo lo que siento. Te amo tanto que me duele. Pero no puedo... no quiero ser solo tu paño de lágrimas. No quiero que te entregues porque quieres castigarlo a él, sino porque me eliges a mí".
Aletheia ignora sus palabras y lleva las manos de Jeanpaul hasta sus pechos, buscando el contacto que la devuelva a la vida. En ese preciso instante, el pomo de la puerta gira violentamente y la cerradura cede ante un golpe seco.
Kalev irrumpe en la habitación, con el rostro desencajado y el aliento entrecortado por la carrera. Se detiene en seco al ver la escena: Aletheia desnuda, las manos de Jeanpaul sobre ella y la atmósfera cargada de un erotismo que él ya no posee. El ego masculino de Kalev aflora de la manera más visceral y errática, ignorando su propia traición.
Kalev dice con acento ruso: "¡Suéltala! ¡Quita tus malditas manos de mi mujer!".
[Evangelio de los Renegados]: El ocaso de una vida en común
El estrépito de la puerta al ceder resuena en las paredes, pero Aletheia no se sobresalta. No se cubre, ni busca refugio en el pecho de Jeanpaul. Con una parsimonia que hiela la sangre, se separa de las manos de Jean y se yergue, asumiendo una postura militar, gélida, la de la agente de Firme Unidad que procesa amenazas con la frialdad de un procesador de silicio. Sus ojos felinos se clavan en Kalev, despojándolo de cualquier rastro de autoridad.
Aletheia dice con acento catalán: "Cierra la boca, Kalev. Has perdido cualquier derecho a usar la palabra 'mía' en esta habitación. No eres más que un cobarde que no tuvo el valor de darle a su esposa el lugar que le correspondía, y me usaste a mí como un alivio temporal, como un parche para tu desdicha y tu duelo mal gestionado".
Kalev intenta dar un paso al frente, con los puños temblando, pero la mirada de Aletheia lo ancla al suelo. Ella señala a Jeanpaul con un leve gesto de la barbilla, una chispa de orgullo iluminando su expresión impasible.
Aletheia dice con acento catalán: "A diferencia de ti, Jeanpaul es un hombre íntegro. Él es la roca que tú fingiste ser, y merece todo lo bueno y bonito que la vida pueda ofrecerle. Todo lo que tú, en tu miseria, nunca supiste valorar".
Ella señala con el dedo las maletas que descansan junto a la ventana, perfectamente cerradas, como el fin de un ciclo operativo.
Aletheia dice con acento catalán: "Ahí tienes tus cosas. Márchate. Sé lo bastante hombre, por una vez en tu vida, para tomar las riendas de tu destino y no volver a decepcionar a esa mujer que te espera. No habrá represalias, ni contra ti ni contra Veruschka; Firme Unidad no es el escenario de mis despechos. Mantendremos la profesionalidad de cara a la organización y diremos que esto ha sido un mutuo acuerdo. Hablaremos lo estrictamente necesario por trabajo, pero ahora, sal de mi vista antes de que se me agote la paciencia y decida que no mereces este trato".
Kalev abre la boca, con la desesperación asomando en sus ojos azules, buscando una grieta en ese muro de contención.
Kalev dice con acento ruso: "Aletheia, por favor, solo escúchame...".
Jeanpaul da un paso lateral, interponiéndose sutilmente, con una mano apoyada en el cinturón y una mirada cargada de una advertencia letal que no necesita palabras. Kalev comprende que el tiempo de las negociaciones ha terminado. Con los hombros hundidos, camina hacia las maletas y las levanta, sintiendo el peso de su propia derrota. Se detiene en el umbral, mirando a Aletheia por última vez.
Kalev dice con acento ruso: "Lo siento. Nunca fue mi intención que terminara así. Ojalá algún día puedas perdonarme y me des la oportunidad de contarte mi versión de la historia".
Aletheia no responde. No hay parpadeo, ni gesto de despedida. Solo el silencio absoluto hasta que el eco de los pasos de Kalev se pierde pasillo abajo y el sonido de su camioneta se aleja por el camino de grava de la finca.
En cuanto el silencio absoluto vuelve a reinar, la armadura de la agente se desintegra. Jeanpaul se mueve con rapidez, coge el edredón blanco de la cama y envuelve con él el cuerpo desnudo de Aletheia, protegiéndola del aire frío que aún entra por la ventana. La levanta con suavidad y se sienta en el borde del colchón, acomodándola en su regazo, rodeándola con sus brazos poderosos.
Aletheia apoya la frente en el hombro de Jeanpaul y, por fin, se rompe. No hay sollozos ruidosos, solo un llanto silencioso y constante que empapa la camisa de él. Jeanpaul la mece lentamente, besando su sien, dejando que ella descargue meses de sospechas y dolor acumulado en la seguridad de su abrazo.
Aletheia dice con acento catalán: "Cierra la boca, Kalev. Has perdido cualquier derecho a usar la palabra 'mía' en esta habitación. No eres más que un cobarde que no tuvo el valor de darle a su esposa el lugar que le correspondía, y me usaste a mí como un alivio temporal, como un parche para tu desdicha y tu duelo mal gestionado".
Kalev intenta dar un paso al frente, con los puños temblando, pero la mirada de Aletheia lo ancla al suelo. Ella señala a Jeanpaul con un leve gesto de la barbilla, una chispa de orgullo iluminando su expresión impasible.
Aletheia dice con acento catalán: "A diferencia de ti, Jeanpaul es un hombre íntegro. Él es la roca que tú fingiste ser, y merece todo lo bueno y bonito que la vida pueda ofrecerle. Todo lo que tú, en tu miseria, nunca supiste valorar".
Ella señala con el dedo las maletas que descansan junto a la ventana, perfectamente cerradas, como el fin de un ciclo operativo.
Aletheia dice con acento catalán: "Ahí tienes tus cosas. Márchate. Sé lo bastante hombre, por una vez en tu vida, para tomar las riendas de tu destino y no volver a decepcionar a esa mujer que te espera. No habrá represalias, ni contra ti ni contra Veruschka; Firme Unidad no es el escenario de mis despechos. Mantendremos la profesionalidad de cara a la organización y diremos que esto ha sido un mutuo acuerdo. Hablaremos lo estrictamente necesario por trabajo, pero ahora, sal de mi vista antes de que se me agote la paciencia y decida que no mereces este trato".
Kalev abre la boca, con la desesperación asomando en sus ojos azules, buscando una grieta en ese muro de contención.
Kalev dice con acento ruso: "Aletheia, por favor, solo escúchame...".
Jeanpaul da un paso lateral, interponiéndose sutilmente, con una mano apoyada en el cinturón y una mirada cargada de una advertencia letal que no necesita palabras. Kalev comprende que el tiempo de las negociaciones ha terminado. Con los hombros hundidos, camina hacia las maletas y las levanta, sintiendo el peso de su propia derrota. Se detiene en el umbral, mirando a Aletheia por última vez.
Kalev dice con acento ruso: "Lo siento. Nunca fue mi intención que terminara así. Ojalá algún día puedas perdonarme y me des la oportunidad de contarte mi versión de la historia".
Aletheia no responde. No hay parpadeo, ni gesto de despedida. Solo el silencio absoluto hasta que el eco de los pasos de Kalev se pierde pasillo abajo y el sonido de su camioneta se aleja por el camino de grava de la finca.
En cuanto el silencio absoluto vuelve a reinar, la armadura de la agente se desintegra. Jeanpaul se mueve con rapidez, coge el edredón blanco de la cama y envuelve con él el cuerpo desnudo de Aletheia, protegiéndola del aire frío que aún entra por la ventana. La levanta con suavidad y se sienta en el borde del colchón, acomodándola en su regazo, rodeándola con sus brazos poderosos.
Aletheia apoya la frente en el hombro de Jeanpaul y, por fin, se rompe. No hay sollozos ruidosos, solo un llanto silencioso y constante que empapa la camisa de él. Jeanpaul la mece lentamente, besando su sien, dejando que ella descargue meses de sospechas y dolor acumulado en la seguridad de su abrazo.