[Seda y Plomo]: Episodio 1: El Desembarco del Halcón

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Aletheia
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[Seda y Plomo]: Episodio 1: El Desembarco del Halcón

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Punto de vista: Vincenso

Terraza de Villa Vulcani – Catania
La villa se alza como una estructura de piedra volcánica y mármol blanco sobre un acantilado que domina el puerto de Catania. El aire está saturado del olor a salitre, brea y el aroma dulzón de los cítricos sicilianos. Abajo, en el muelle privado, los contenedores con el logotipo de Bragantti Textiles brillan bajo la luna, ocultando bajo fardos de seda el armamento necesario para reclamar el vacío que Mateo Ferrari ha dejado. Al fondo, el Etna vigila como un gigante dormido, cuya silueta proyecta una sombra inquietante sobre la ciudad en llamas por las luchas intestinas tras el secuestro de Leila Ferrari.

Vincenzo está de pie frente a la balaustrada, con una camisa de lino negro abierta hasta la mitad del pecho, dejando ver el rastro de sus cicatrices. Sus manos de boxeador aprietan el mármol con tal fuerza que sus nudillos parecen a punto de estallar.
[Flashback: El Azar y el Acero – Milán, hace 5 años]
El recuerdo lo golpea con la fuerza de un trago de grappa. Vincenzo estaba en una subasta de maquinaria textil en Milán, sudando bajo un traje que no sabía llevar, tratando de intimidar a los industriales del norte con gritos y amenazas de muerte napolitanas. Estaba a punto de perderlo todo, de ser expulsado por la seguridad, cuando ella apareció.

Olimpia, la hija del archivista de Roma cuya familia había sido borrada del mapa por los mismos clanes que Vincenzo odiaba, se le acercó con una calma que lo dejó mudo. Ella no le tuvo miedo a su tamaño ni a su furia. El cálido aliento que le rozó la oreja le erizó la piel y la sangre abandonó su cabeza demasiado hacia el sur en cuestión de segundos.
Olimpia murmuró con acento romano: "Si sigues gritando, solo conseguirás un titular en el periódico y una celda pequeña. Si me escuchas a mí, conseguirás el monopolio del calzado en toda Europa. Yo tengo los libros de contabilidad que tu familia nunca supo leer, Vincenzo. Tú pones la fuerza; yo pondré el orden."

Ese día marcó un antes y un después. Él no volvió a dar un paso sin su sombra. No se trataba de ser un pelele maleable, los resultados fueron definitorios: ella lo había transformado. En menos tiempo del esperado pasó de ser un sicario de Scampia a ser un magnate de Turín.
[Regreso al presente: La espera]

Un trueno resuena sobre el Etna, sacando a Vincenzo de su trance. La rabia por el caos en Sicilia —el rumor de que el primo de los Ferrari intentaba usurpar el trono no dejaba de circular, el secuestro de la heredera Ferrari y su supuesta boda — le hierve en la sangre. Quiere bajar al puerto y empezar a romper cráneos, quiere demostrar que un Bragantti vale más que diez Ferraris muertos.

Dices con acento napolitano: "¡Maldita sea esta isla y sus traidores! Mateo se enfría en la tumba y ya se están devorando entre ellos como ratas. Si no llega pronto, voy a quemar medio Catania solo para iluminar el puerto."

El sonido de unos tacones rítmicos y firmes resuena contra la piedra volcánica. El aroma a sándalo y lluvia, tan ajeno al calor asfixiante de Sicilia, envuelve la terraza. Olimpia aparece entre las sombras, impecable en un traje de seda gris perla, con su pelo negro azabache perfecto y sus ojos azul acero analizando la escena con una frialdad absoluta.

Olimpia dice con acento romano: "La paciencia es una inversión que siempre da dividendos, Vincenzo. Deja de pelearte con el aire. El caos de los Ferrari es nuestra mayor oportunidad, no un motivo para que pierdas los papeles. Leila es solo una moneda de cambio, y Alessio… el primo ya está muerto, aunque él todavía no lo sepa porque yo he bloqueado sus cuentas en Suiza esta mañana."

Olimpia se acerca a él y desliza sus dedos finos y frescos sobre la nuca de Vincenzo, bajando por la cicatriz de su hombro. El efecto es inmediato: la tensión de la bestia se disipa, sustituida por una lealtad que roza la devoción religiosa.

Vincenzo se gira, hundiendo su rostro en el cuello de Olimpia, aspirando su perfume como si fuera oxígeno.
Dices con acento napolitano: "Me vas a volver loco, mujer. Has tardado demasiado. Los perros están sueltos y yo solo tengo ganas de morder. Dime qué piezas quieres que mueva, antes de que pierda el poco juicio que me dejas."

Olimpia esboza una sonrisa mínima, una curva de labios carmín que promete poder absoluto.
Olimpia dice con acento romano: "Vamos adentro. Te he traído los mapas de las empresas de la familia Ferrari y el informe de quién rescató a la chica. Mañana, Catania se despertará siendo nuestra, pero esta noche... esta noche solo somos tú, yo y el vino."
Suite Principal – Villa Vulcani]

El aire en la terraza se ha vuelto eléctrico, cargado con el olor del azufre del volcán y el deseo contenido durante semanas de distancia. Vincenzo atrapa el rostro de Olimpia con sus manos rudas, sorprendido siempre por la suavidad de esa piel que contrasta con la dureza de sus planes. La atrae hacia sí con un gruñido sordo, un sonido animal que nace del fondo de sus pulmones, y sus labios se encuentran en un beso ardiente que sabe a vino tinto y a una urgencia desesperada. No es un beso delicado; es una colisión de voluntades donde él busca reclamar su territorio y ella, con la lengua y los dientes, le recuerda que su mente es la que gobierna esa fuerza.

Vincenzo se separa apenas unos milímetros, con la respiración entrecortada y los ojos ámbar encendidos como brasas.
Dices con acento napolitano: "Eres un demonio vestida de seda, Olimpia. Me tienes a tus pies en la calle y me tienes ardiendo aquí arriba. No sé si quiero coronarte reina de Sicilia o simplemente no dejar que salgas de esta habitación en toda la semana."

Olimpia no responde con palabras. Sus dedos largos buscan el cierre oculto de su vestido de seda gris en la espalda. Con un movimiento fluido y coreografiado, la prenda se desliza por sus hombros y caderas, siseando como una serpiente al caer amontonada sobre el frío suelo de mármol. Queda ante él en una lencería de encaje negro que parece dibujada sobre su piel de porcelana, manteniendo esa elegancia gélida incluso en la desnudez.

Olimpia dice con acento romano: "Entonces haz silencio, Vincenzo, y sígueme; que ese fuego sirve para algo más que para quemar ciudades."

Ella da media vuelta, dándole la espalda con una confianza absoluta. El eco de sus tacones de aguja sobre el mármol pulido marca un ritmo hipnótico, un metrónomo de seducción que resuena en toda la estancia. Sus caderas se balancean con una cadencia lenta, deliberada, mientras camina hacia la inmensa cama de dosel que domina la habitación.

Vincenzo la sigue como un depredador hipnotizado, desabotonando su camisa de lino y arrojándola a un lado sin apartar la vista de la silueta de Olimpia. Cada paso de los tacones de ella es un golpe en su pulso. Cuando llegan al borde del lecho, la penumbra de la habitación, iluminada solo por el resplandor rojizo del Etna a través del ventanal, los envuelve. La tempestad de Sicilia queda fuera; dentro, el Halcón de Nápoles finalmente se rinde ante su verdadera soberana.
Aletheia
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Re: [Seda y Plomo]: Episodio 2 - El Despertar del Hierro

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Punto de vista: Olimpia

Suite Principal – Villa Vulcani]

La luz del alba en Catania entra filtrada por los ventanales, bañando la habitación en un tono ámbar sucio. Olimpia está sentada en el borde de la cama, envuelta en una sábana de seda negra que contrasta con la palidez marmórea de su espalda. A su lado, Vincenzo duerme profundamente, tumbado boca abajo.

Ella recorre con la mirada la geografía de ese cuerpo: la musculatura pesada de la espalda, el relieve de las cicatrices de bala y el tatuaje que intenta ocultar las huellas que narran una vida de violencia. Sus dedos, finos y gélidos, flotan a milímetros de la piel de él, sin tocarlo, como si temiera despertar a la bestia antes de terminar de descifrarla. Verlo así, desarmado por el sueño, le evoca el recuerdo de la primera vez que esa fuerza bruta invadió su ordenado mundo de cristal en el norte.
El Bárbaro en el Palacio de Hielo – Ático de Torino
Hace cinco años.

Vincenzo entra en el ático de Olimpia como si esperara una emboscada. Sus pesadas botas resonaban sobre la resina blanca, un sonido discordante en aquel templo de minimalismo. Se detiene en medio del salón, rodeado de cristal y vistas alpinas, sintiéndose absurdamente grande y fuera de lugar. Su mano busca instintivamente el arma bajo la chaqueta, sus ojos ámbar escanean el vacío buscando una amenaza más allá de la elegancia de la mujer que lo observa.
Olimpia lo invita a sentarse con un ademán.
Vincenso niega levemente con la cabeza y desvía la mirada un segundo. La contrariedad le nubla el semblante. Esa mujer tiene un magnetismo que lo excita y lo crispa al mismo tiempo.

Vincenzo dice con acento napolitano: "Este lugar es una nevera, Olimpia. Demasiado cristal para un hombre que vive entre sombras. Siento que si respiro fuerte voy a romper algo y que vas a hacerme una auditoría antes de dejar que ponga mi culo en tus finos asientos."

Olimpia se levanta del sofá de terciopelo con la fluidez de una sombra, caminando hacia él sin miedo, ignorando la tensión agresiva que él desprende como un escudo protector frente a lo desconocido.

Olimpia dice con acento romano: "No eres un invitado, Vincenzo, eres una inversión. Y las inversiones no se rompen, se pulen. Deja de buscar enemigos en las paredes; aquí el único peligro real soy yo si decides que prefieres seguir siendo un matón de barrio en lugar de un emperador."

Vincenzo suelta una carcajada sin humor.

Olimpia fija sus iris acerados en él.

La mirada de Olimpia lo desarma.

Vincenzo dice con acento napolitano: "¿Realmente esperas que te crea?"

Olimpia dice con acento romano: "sí"

Vincenzo se cruza de brazos y aprieta la mandíbula.

Olimpia disimula el regocijo que le provoca esa beligerancia instintiva de Vincenzo.

Olimpia dice con acento romano: "Te has abierto paso a punta de puños y sangre, pero sin un propósito claro. Yo te ofrezco el sueño de tu vida a cambio de..."


Vincenzo se tensa. Acorta la distancia entre ambos, impulsado por el depredador que lleva por dentro. La mirada de esa mujer lo frena a pocos centímetros de ella. Su aliento cálido golpea el rostro imperturbable de la estratega.

Vincenzo dice con acento napolitano : "No te equivoques, romana. He visto morir a hombres por mucho menos de lo que tú me exiges. Mi justicia no se escribe en libros contables, se escribe con sangre. No sé qué clase de juego juegas en este palacio de hielo, pero en mi mundo no hay espacio para la piedad con los que tocan a los débiles."

Olimpia ladea la cabeza. Un brillo fugaz se asoma en sus pupilas y se desvanece en un suspiro. Acaba de darse cuenta de que en esa furia masculina está el motor que a ella le falta.

Olimpia dice con acento romano: "Necesitas un guante de seda que contrarreste la tempestad y evite que cometas errores innecesarios. Eso es lo que yo te ofrezco."

Olimpia vuelve a invitarlo a que se siente.

Vincenzo la sigue con la mirada. Ella se dirige al mueble bar, coge dos copas y una botella. Con la gracilidad de una pantera, deja todo sobre la mesa y vuelve al sofá de terciopelo.

Olimpia levanta la vista y sus miradas se cruzan. Él aguarda un titubeo que no llega.

Olimpia dice con acento romano: "Mi oferta no va de que dejes de derramar sangre, Vincenzo, sino de que lo hagas en el momento oportuno y de que derrames la sangre de quienes lo merecen. La violencia es una forma de infundir respeto, pero tiende a ser efímero. en cambio, el miedo garantiza un respeto más profundo."

Vincenzo reconoce la admiración por la mujer que tiene frente a sí. Sin retirarle la mirada, se sienta en el sillón. Ella le hace un ademán y el coge la botella.

Disimula la sorpresa al percatarse de que era el vino que a él le gustaba. Sin aguardar la petición, la descorcha y sirve ambas copas.

Ahí, en la penumbra del ático, ambos desnudan sus historias. Él le habla de Nápoles, de los niños vendidos en los muelles y de cómo su primer asesinato fue para proteger a un inocente; ella le cuenta de su padre, el archivista, devorado por un sistema que valoraba más los secretos que la vida humana.

Olimpia deja la copa en la mesita de centro y se levanta. A través del cristal, Torino la obsequia con una vista privilegiada que serena su espíritu.

Olimpia habla sin volverse hacia él.

Olimpia dice con acento romano : "Como ves, estamos buscando lo mismo bajo nombres distintos. Tú quieres castigar a los que cruzan los límites de lo sagrado, a los que trafican con piel humana. Yo quiero el poder para que nadie vuelva a hacernos desaparecer por no romper esos límites. Si me das tu fuerza para limpiar esta basura, yo te daré un imperio donde tus leyes sean las únicas que importen."

Vincenzo se levanta y la alcanza en dos zancadas. la toma por los hombros con firmeza. El asombro de quien encuentra agua en el desierto calma su alma revuelta tras revivir los sórdidos recuerdos. El temperamento volcánico de él choca contra la sensibilidad herida de ella, sellando un pacto que iba más allá del dinero.

Vincenzo dice con acento napolitano : "Si me vas a hacer un rey, Olimpia, asegúrate de que la corona sea de hierro. Porque no voy a parar hasta que los que comercian con la vida de los niños supliquen que los mate el Etna antes que mis manos."
Regreso al presente: Villa Vulcani

Olimpia sonríe apenas para sí misma mientras el recuerdo se disipa. Mira de nuevo a Vincenzo, que suelta un suspiro pesado en sueños. Lo ve tan lleno de cicatrices, tan marcado por una vida de lucha, que siente una punzada de ternura que jamás admitiría ante nadie más.

Ella sabe que él se siente un peón en manos del destino, un hombre nacido para librar una guerra perpetua por que el mundo se ha podrido desde sus simientes y nadie parece darse cuenta. Pero ella tiene otros planes. Mientras le aparta un mechón de pelo oscuro de la frente, jura en silencio que usará cada gramo de su inteligencia para convertirlo en el Rey de Sicilia y, si es necesario, del mundo entero. No por la gloria, ni por la ambición, sino por el simple y egoísta deseo de verlo, por una sola vez, realmente feliz y en paz en el trono que ella le está construyendo.
Aletheia
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[Seda y Plomo]: Episodio 3 - El Peso de la Justicia

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Salón de Estrategia – Villa Vulcani, Catania

La luz de las pantallas del despacho de Vincenzo baña su rostro en un tono azul gélido. Olimpia desliza un expediente sobre la mesa de cristal ahumado. Son fotos de vigilancia, registros de aduanas y transcripciones de llamadas interceptadas. No hay armas en las imágenes, solo niños, rutas de transporte humano y enlaces a servidores de la red profunda vinculados a las fundaciones de Alessio Santoro.

Vincenzo se inclina sobre la mesa. A medida que procesa la información, sus manos de boxeador se cierran en puños tan apretados que el cuero de sus guantes cruje. El recuerdo lo asalta como un latigazo: Nápoles, el sótano húmedo en Scampia y la pequeña Giulia Martorelli, de apenas ocho años, atada a una silla. Sus jefes le habían ordenado "romperla" para enviar un mensaje. Ese día, Vincenzo no rompió a la niña; rompió el cráneo de sus superiores y huyó de la ciudad con la sangre de sus propios líderes en las manos.
Vincenzo dice con acento napolitano : "¿De dónde has sacado todo esto?"
Vincenzo la mira impresionado. Ella nunca deja de sorprenderlo.

Olimpia dice con acento romano : "Una parte de los archivos de mi padre, ya sabes que él hurgaba bajo los tapetes con mucho sigilo, para él la discreción era norma y la información un activo con más oder que el dinero. Lo más reciente lo he recabado con paciencia, como se juegan las partidas más largas, amore."

Vincenzo dice con acento napolitano : "Es la misma mierda, Olimpia. El mismo olor a podrido que dejé atrás en Scampia. Este pezzente de Santoro no es un hombre de honor, es un mercader de carne blanca. Usar a los bambini para lavar su dinero... Che schifo!"
Olimpia asiente en acuerdo con él.

Olimpia dice con acento romano : "Alessio cree que el mundo se divide en activos y pasivos, Vincenzo. No entiende que hay deudas que no se pueden saldar con euros. He trazado cada una de sus rutas de tráfico. Es una red perfecta, casi invisible."

Vincenzo golpea la mesa de cristal, haciéndola vibrar. Se levanta, su imponente figura proyecta una sombra que parece devorar la luz de la estancia. Sus ojos ámbar brillan con un odio antiguo y puro.

Vincenzo dice con acento napolitano : "No quiero que lo auditen, Olimpia. No quiero que le quiten sus cuentas. Quiero que sienta el miedo de los que no tienen voz. Voy a borrar a Alessio y a cada perro que haya cobrado un solo céntimo de ese tráfico. Lo giuro su Dio, no quedará ni el rastro de su apellido cuando termine con ellos."
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[Seda y Plomo]: Episodio 4 - El Cerco de Marfil

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[Sala: El Sanctórum – Ático de Torino]

Olimpia se sirve una copa de vino blanco helado mientras observa la lluvia caer sobre los tejados de Turín. Sus pensamientos viajan seis meses atrás, a la oficina de una firma de auditoría en Milán donde ella, bajo una identidad falsa, "extravió" los registros de Enrico Basile. Desmantelar ciertas estructuras requiere de una coreografía lenta, meticulosa. Basile podría ser el caballo de Troya perfecto y, si finalmente no lograba posicionarlo en el tablero, tampoco perdía nada. Ya encontraría otro hilo de donde tirar.

Olimpia camina hacia su escritorio de cristal, donde un tablero de ajedrez de mármol muestra una partida a medias. Mueve un caballo blanco, saltando sobre las defensas del rey negro. Ya ha filtrado a la policía financiera la conexión de Basile con cuentas de ciertas ONG. El nudo se aprieta de forma limpia, sin un solo disparo.

Olimpia dice con acento romano : "La ortodoxia de Alessio será su propia tumba. Confía tanto en el sistema que no se da cuenta de que el sistema ya tiene un nuevo dueño. Povero idiota, cree que está haciéndose con Catania mientras yo le estoy quitando el suelo bajo los pies."

Olimpia se sienta y observa el tablero. El rey Alessio Santoro está cada vez más solo, rodeado de piezas que ya no le responderán. El cerco administrativo es total.

Olimpia dice con acento romano : "Un movimiento más, Alessio. Solo uno. Y cuando intentes respirar, te darás cuenta de que el aire de Sicilia ahora ya no te pertenece a ti y quién sabe si a la Regina... tampoco."
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[Seda y Plomo]: Episodio 5 - El Sacrificio del Peón

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Comedor – Ático de Torino

Dos horas antes del amanecer. Olimpia está sentada frente a un hombre de manos callosas y ojos cansados, un obrero de la constructora que gestiona Turi Giammarco. Sobre la mesa de madera petrificada descansa un contrato de fideicomiso que garantiza la educación y seguridad de su familia en el extranjero. El hombre firma con mano temblorosa. Sabe lo que tiene que hacer. Cada muerte valdrá la seguridad de su famiglia entera. Ni siquiera tendrá que esforzarse, la signiora tiene razón, más temprano que tarde eso podría ocurrir y mejor ahora que cuando fuese todavía peor. Solo se trataba de destapar una negligencia criminal por el uso de materiales defectuosos.

El obrero se levanta, toma la mano de Olimpia y se la besa con una gratitud desesperada. Ella asiente con una altivez gélida, sin retirar la mano, pero sin ofrecer consuelo.

Olimpia dice con acento romano : "Tu familia estará en el avión antes de que el humo se disipe. Tu nombre será el de un mártir de la seguridad laboral, no el de un traidor. cumple con tu parte. Yo cumpliré con la mía."
El obrero dice: "Sí, signiora."

El hombre sale de la estancia. Olimpia se queda sola, mirando el reloj. Exactamente dos horas después, las pantallas del salón principal estallan en noticias de última hora. Las imágenes de la explosión en Palermo inundan los medios. Se habla de fallas estructurales, de materiales de segunda mano y de docenas de víctimas. La indignación pública es inmediata. La constructora dirigida por Turi Giammarco, y columna financiera de Alessio, se enfrenta a una quiebra inminente por 150 millones de euros en indemnizaciones.

Olimpia apaga el televisor y esboza una sonrisa. No ha denunciado la corrupción, la ha convertido en una tragedia nacional que Alessio no podrá silenciar con sobornos.

Olimpia observa una foto de Vincenzo que tiene en su escritorio. La furia de él necesita un trono, y ella acaba de incendiar el palacio del enemigo para construirlo.

Olimpia dice con acento romano : "Ya no hay vuelta atrás, amore mio. El volcán ha despertado, y cuando el humo se limpie, solo quedarás tú. Te voy a hacer el rey de Esa isla y el mundo, aunque tenga que quemar cada cimiento de Palermo para lograrlo."
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Episodio 4: El Sacrificio del Alfil

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Episodio 4: El Sacrificio del Alfil
Despacho de Turi Giammarco – Palermo

El ambiente en el despacho de Giammarco es sofocante, cargado de un aire viciado que huele a ceniza y derrota. Turi, con la camisa empapada y las manos temblorosas, evita mirar a Vincenzo, quien permanece inmóvil junto a la entrada como una columna de granito napolitano. Olimpia, sentada con una elegancia que corta el aire, desliza sobre la mesa una fotografía del derrumbe en la costa oeste.

Olimpia dice con acento romano: "Es una tragedia inmensa, Turi. He visto las noticias. Los peritos hablan de negligencia, de materiales que no deberían estar en los cimientos de un hogar. Che peccato. La justicia en Palermo suele ser lenta, pero cuando hay niños bajo los escombros, el pueblo exige una cabeza rápidamente. Y Alessio... bueno, tú sabes que Santoro es un hombre pragmático. No creo que quiera manchar su apellido con el polvo de tu constructora."

Turi Giammarco dice con acento palermitano: "Yo no hice esto solo, Signora. Usted sabe cómo funciona. Los márgenes eran estrechos, Santoro exigía resultados... Non posso cadere da solo! Si yo caigo, lo llevaré conmigo."

Olimpia se inclina apenas hacia adelante, sus ojos azul acero fijos en los de él, ignorando el arrebato con una calma soberana.

Olimpia dice con acento romano: "Si intentas arrastrar a Alessio, Turi, él te borrará antes de que llegues al estrado. Pero yo te ofrezco una salida digna. Una donde tu mujer y tus hijas no tengan que hospedarse en una tumba o vivir en la miseria. Si admites que la ambición fue tuya, si explicas por escrito cómo se movía el dinero... haremos que ellas lleguen a Torino bajo mi protección. Capisci? Una confesión honesta a cambio de la paz de tu sangre."

Vincenzo da un paso al frente, la luz de la lámpara acentuando la dureza de su rostro.

Vincenzo dice con acento napolitano: "Ella te está dando una oportunidad que yo no te daría, stronzo. Elige bien. O dejas este mundo como un hombre que salvó a su familia, o como un cobarde que lo perdió todo. Deciditi ora!"

Turi baja la cabeza, sus lágrimas manchando el informe del derrumbe mientras empieza a redactar su confesión.

Ministerio de Justicia – Roma]

La oficina del Subsecretario exhala la solemnidad del barroco romano. Olimpia deja una carpeta de cuero sobre el escritorio; sus movimientos son pausados y exactos.

Olimpia dice con acento romano: "Ministro, le agradezco la discreción. Como sabe, nuestra familia valora la estabilidad del mercado. Sin embargo, me ha llegado información preocupante sobre ciertas irregularidades en las empresas de Ruggero Mancuso. Parece que ha sido... poco riguroso en su relación con otros empresarios. No quisiera que una sombra de duda cayera sobre las instituciones por culpa de un intermediario con amistades peligrosas. Solo le sugiero que miren con atención. El Estado no puede permitirse otro escándalo como el de Palermo."

El ministro dice con acento romano: "Se refiere usted a los Santoro, ¿Signiora?"

Olimpia dice con acento romano: "Revise la información, ministro. Estoy segura de que le resultará muy útil e interesante. Ahora, si no le importa, me marcharé. Tengo que supervisar la restauración de unas obras."

el ministro asiente y se levanta. observa a Olimpia con una mezcla de admiración y curiosidad.

Olimpia abre la puerta y le obsequia con una sonrisa estudiada. El ministro corresponde al gesto y la ve salir. El hombre la sigue con la mirada hasta que sube en el ascensor. Tras cerrar la puerta, se comunica de inmediato con el fiscal Comti.

Cuatro horas después...
Olimpia sostiene una copa de cristal fino, observando a la esposa de Mancuso, que parece haberse marchitado. El restaurante, emblema de la elegancia de Torino, hoy parece un mausoleo.

Esther Mancuso dice con acento palermitano: "Olimpia, es un desastre. La Guardia di Finanza entró esta mañana en casa. Ruggero está pálido, no duerme. Dicen que van a auditar todas sus empresas. Ho tanta paura, no sé qué va a pasar con nosotros."

Olimpia toma la mano de la mujer, apretándola con una suavidad calculada.

Olimpia dice con acento romano: "Querida, mi dispiace tanto. El mundo de las finanzas es un mar lleno de tiburones. No te desesperes. Casualmente, el fiscal que lleva el caso es un viejo conocido de mis años en Roma, un hombre que valora la verdad. No puedo prometerte que todo se solucione, pero hablaré con él. Intentaré que vea que Ruggero fue solo una víctima de las circunstancias. Por nuestra amistad, haré lo que esté en mi mano."

Dos días después...
Comedor de Gala – Villa Vulcani, Catania

La cena transcurre bajo el brillo de la plata. Salvatore Bragantti observa a su hermano y a Olimpia con una severidad que no logra ocultar su inquietud.

Salvatore dice con acento napolitano: "Es extraño todo lo que sucede en Palermo. La caída de Giammarco, los problemas de Mancuso... parece que el suelo se abre bajo los Santoro y sus aliados. Vincenzo, estamos recién llegados a esta isla. No quiero que el nombre de nuestro padre se vea envuelto en polémicas que no nos corresponden. Olimpia, tú que tienes un oído tan fino para los negocios... ¿Sabes algo de esto? Me preocupa que esta inestabilidad nos acabe salpicando."

Olimpia limpia la comisura de sus labios con la servilleta de lino, imperturbable.

Olimpia dice con acento romano: "Salvatore, comparto tu preocupación. Es inquietante ver cómo estructuras que parecían tan sólidas se desmoronan por su propia corrupción. Pero nosotros estamos aquí para construir, no para mirar las ruinas ajenas. Mi enfoque está totalmente en la expansión de nuestra línea textil. Lo que pase en los tribunales de Palermo es ajeno a esta casa. Stai tranquillo, la marca Bragantti está a salvo."

Lilian observa a Olimpia desde el otro lado de la mesa, con una media sonrisa que delata que ha comprendido cada silencio.

Una hora después...
Despacho de Estrategia – Villa Vulcani

Olimpia observa el puerto desde el ventanal. Lilian entra sin hacer ruido, cerrando la puerta con suavidad.

Lilian dice con acento napolitano: "Olimpia, tenías razón sobre la elegancia de Torino. Es fascinante."

Olimpia se vuelve y fija la mirada en Lilian. Advierte cierto brillo de complicidad y esboza una sonrisa. Mientras aguarda que la joven hable. No estaría allí si no fuese orque cree que tiene algo interesante que decir.

Lilian dice con acento napolitano: "Una de las modelos con las que trabajé ayer me contó algo interesante. Le pareció ver a Mássimo Marttini cerca de la Mole Antonelliana. Estaba solo, sin escolta, moviéndose como alguien que no quiere ser reconocido. Me pareció un detalle... curioso que te gustaría saber, dados los últimos acontecimientos."

Olimpia asiente con un movimiento leve de cabeza y se vuelve. Lilian advierte que su mirada se endurece ante el reflejo del cristal.

Olimpia dice con acento romano: "En Torino, dices. Qué lugar tan pequeño se está volviendo el mundo. Gracias, Lilian. Tu intuición es un don que esta familia debe proteger. Ahora ve a descansar para que sigas tan hermosa como siempre, y recuerda... la discreción es tu mejor joya."

Lilian sale del despacho con una sonrisa que le ilumina el rostro. Olimpia apoya una mano en el cristal frío.

Olimpia murmura con acento romano: "Así que Mássimo Marttini está en el norte... solo. La Regina ha regresado a su tablero. Alessio cree que puede negociar una tregua con el vacío, pero no sabe que ahora no podrá apagar el incendio que él mismo provocó. Inizia la fine."
Aletheia
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Episodio 5: Sembrando Lealtad

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Palermo - Tanatorio Il descanso Eterno
La estancia , usualmente gélida y solemne, se ha transformado en un santuario de luto. El eco de una fuente central de mármol parece ahora un llanto rítmico bajo los techos de basalto negro. Tres ataúdes cerrados simbólicamente —el de Turi y dos vacíos por la memoria de los caídos en la costa— esperan el traslado, rodeados de coronas de flores blancas que exhalan un perfume denso y fúnebre.

En un rincón de la estancia, las dos hijas adolescentes de Giammarco, vestidas con abrigos de lana oscura y los ojos hinchados por el llanto, permanecen encogidas. Vincenzo está de pie junto a ellas. Su figura imponente actúa como un muro físico contra el mundo exterior. No hay rastro de la bestia sanguinaria; sus manos grandes y callosas descansan sobre los hombros de las jóvenes con una delicadeza inusual, casi paternal.

Vincenzo dice con acento napolitano: "Escuchen bien, pequeñas. Nadie las tocará. Nadie les hará preguntas. Mi nombre es su escudo a partir de ahora. Cuando caminemos hacia la iglesia, miren al frente. Yo estaré justo detrás de ustedes. Non abbiate paura, los Bragantti no olvidan a los suyos."

Las jóvenes asienten, encontrando en la voz ruda de Vincenzo una seguridad que su padre ya no pudo darles.

Al otro lado de la fuente, Olimpia sostiene las manos de la viuda de Giammarco. La mujer, envuelta en un velo de encaje negro, parece a punto de colapsar, pero la firmeza de Olimpia la mantiene en pie. Hay una conexión silenciosa entre ambas: la de dos mujeres que entienden el costo de sobrevivir en este mundo.

MarinellaGiammarco dice con acento palermitano: "Olimpia... nos han dado una casa en el norte, seguridad, una vida que no merecemos después de lo que Turi escribió en esa carta. Sé cómo funciona este mundo. Nadie da tanto por nada. Dígame ahora, antes de enterrar a mi marido... ¿Cuál es el precio? ¿Qué quiere de nosotros?"

Olimpia sostiene la mirada de la viuda durante unos segundos largos, pesados. Observa de reojo a las niñas con Vincenzo y luego vuelve a la mujer, su expresión es una máscara de marfil, impasible pero cargada de una intención profunda.

Olimpia dice con acento romano: "Lealtà eterna."

La viuda de Giammarco observa a sus hijas. Ve cómo Vincenzo, un hombre con el poder suficiente para haberlas destruido, las protege con un celo feroz. Comprende que no es una transacción comercial, sino un pacto de sangre. Se acerca al oído de Olimpia y, en un susurro que nace de las entrañas, pronuncia su juramento.

Marinella Giammarco dice con acento palermitano: "Lo giuro su Dio e sull'anima di mio marito. Da questo momento, la mia vita e quella dei miei figli appartengono ai Bragantti. La mia bocca será chiusa e il mio sangue será vostro se mai dovesse servire. Lealtà assoluta, Signora. Fino alla morte."

Olimpia asiente con una lentitud solemne, sellando el destino de la familia Giammarco. Alessio Santoro ha perdido su columna financiera, pero los Bragantti acaban de ganar su primera legión de sombras en Sicilia.

Olimpia dice con acento romano: "Vayamos a la iglesia. Es hora de dejar el pasado bajo tierra y empezar a construir vuestro futuro."
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