Punto de vista: Vincenso
Terraza de Villa Vulcani – CataniaLa villa se alza como una estructura de piedra volcánica y mármol blanco sobre un acantilado que domina el puerto de Catania. El aire está saturado del olor a salitre, brea y el aroma dulzón de los cítricos sicilianos. Abajo, en el muelle privado, los contenedores con el logotipo de Bragantti Textiles brillan bajo la luna, ocultando bajo fardos de seda el armamento necesario para reclamar el vacío que Mateo Ferrari ha dejado. Al fondo, el Etna vigila como un gigante dormido, cuya silueta proyecta una sombra inquietante sobre la ciudad en llamas por las luchas intestinas tras el secuestro de Leila Ferrari.
Vincenzo está de pie frente a la balaustrada, con una camisa de lino negro abierta hasta la mitad del pecho, dejando ver el rastro de sus cicatrices. Sus manos de boxeador aprietan el mármol con tal fuerza que sus nudillos parecen a punto de estallar.
[Flashback: El Azar y el Acero – Milán, hace 5 años]
El recuerdo lo golpea con la fuerza de un trago de grappa. Vincenzo estaba en una subasta de maquinaria textil en Milán, sudando bajo un traje que no sabía llevar, tratando de intimidar a los industriales del norte con gritos y amenazas de muerte napolitanas. Estaba a punto de perderlo todo, de ser expulsado por la seguridad, cuando ella apareció.
Olimpia, la hija del archivista de Roma cuya familia había sido borrada del mapa por los mismos clanes que Vincenzo odiaba, se le acercó con una calma que lo dejó mudo. Ella no le tuvo miedo a su tamaño ni a su furia. El cálido aliento que le rozó la oreja le erizó la piel y la sangre abandonó su cabeza demasiado hacia el sur en cuestión de segundos.
Olimpia murmuró con acento romano: "Si sigues gritando, solo conseguirás un titular en el periódico y una celda pequeña. Si me escuchas a mí, conseguirás el monopolio del calzado en toda Europa. Yo tengo los libros de contabilidad que tu familia nunca supo leer, Vincenzo. Tú pones la fuerza; yo pondré el orden."
Ese día marcó un antes y un después. Él no volvió a dar un paso sin su sombra. No se trataba de ser un pelele maleable, los resultados fueron definitorios: ella lo había transformado. En menos tiempo del esperado pasó de ser un sicario de Scampia a ser un magnate de Turín.
[Regreso al presente: La espera]
Un trueno resuena sobre el Etna, sacando a Vincenzo de su trance. La rabia por el caos en Sicilia —el rumor de que el primo de los Ferrari intentaba usurpar el trono no dejaba de circular, el secuestro de la heredera Ferrari y su supuesta boda — le hierve en la sangre. Quiere bajar al puerto y empezar a romper cráneos, quiere demostrar que un Bragantti vale más que diez Ferraris muertos.
Dices con acento napolitano: "¡Maldita sea esta isla y sus traidores! Mateo se enfría en la tumba y ya se están devorando entre ellos como ratas. Si no llega pronto, voy a quemar medio Catania solo para iluminar el puerto."
El sonido de unos tacones rítmicos y firmes resuena contra la piedra volcánica. El aroma a sándalo y lluvia, tan ajeno al calor asfixiante de Sicilia, envuelve la terraza. Olimpia aparece entre las sombras, impecable en un traje de seda gris perla, con su pelo negro azabache perfecto y sus ojos azul acero analizando la escena con una frialdad absoluta.
Olimpia dice con acento romano: "La paciencia es una inversión que siempre da dividendos, Vincenzo. Deja de pelearte con el aire. El caos de los Ferrari es nuestra mayor oportunidad, no un motivo para que pierdas los papeles. Leila es solo una moneda de cambio, y Alessio… el primo ya está muerto, aunque él todavía no lo sepa porque yo he bloqueado sus cuentas en Suiza esta mañana."
Olimpia se acerca a él y desliza sus dedos finos y frescos sobre la nuca de Vincenzo, bajando por la cicatriz de su hombro. El efecto es inmediato: la tensión de la bestia se disipa, sustituida por una lealtad que roza la devoción religiosa.
Vincenzo se gira, hundiendo su rostro en el cuello de Olimpia, aspirando su perfume como si fuera oxígeno.
Dices con acento napolitano: "Me vas a volver loco, mujer. Has tardado demasiado. Los perros están sueltos y yo solo tengo ganas de morder. Dime qué piezas quieres que mueva, antes de que pierda el poco juicio que me dejas."
Olimpia esboza una sonrisa mínima, una curva de labios carmín que promete poder absoluto.
Olimpia dice con acento romano: "Vamos adentro. Te he traído los mapas de las empresas de la familia Ferrari y el informe de quién rescató a la chica. Mañana, Catania se despertará siendo nuestra, pero esta noche... esta noche solo somos tú, yo y el vino."
Suite Principal – Villa Vulcani]
El aire en la terraza se ha vuelto eléctrico, cargado con el olor del azufre del volcán y el deseo contenido durante semanas de distancia. Vincenzo atrapa el rostro de Olimpia con sus manos rudas, sorprendido siempre por la suavidad de esa piel que contrasta con la dureza de sus planes. La atrae hacia sí con un gruñido sordo, un sonido animal que nace del fondo de sus pulmones, y sus labios se encuentran en un beso ardiente que sabe a vino tinto y a una urgencia desesperada. No es un beso delicado; es una colisión de voluntades donde él busca reclamar su territorio y ella, con la lengua y los dientes, le recuerda que su mente es la que gobierna esa fuerza.
Vincenzo se separa apenas unos milímetros, con la respiración entrecortada y los ojos ámbar encendidos como brasas.
Dices con acento napolitano: "Eres un demonio vestida de seda, Olimpia. Me tienes a tus pies en la calle y me tienes ardiendo aquí arriba. No sé si quiero coronarte reina de Sicilia o simplemente no dejar que salgas de esta habitación en toda la semana."
Olimpia no responde con palabras. Sus dedos largos buscan el cierre oculto de su vestido de seda gris en la espalda. Con un movimiento fluido y coreografiado, la prenda se desliza por sus hombros y caderas, siseando como una serpiente al caer amontonada sobre el frío suelo de mármol. Queda ante él en una lencería de encaje negro que parece dibujada sobre su piel de porcelana, manteniendo esa elegancia gélida incluso en la desnudez.
Olimpia dice con acento romano: "Entonces haz silencio, Vincenzo, y sígueme; que ese fuego sirve para algo más que para quemar ciudades."
Ella da media vuelta, dándole la espalda con una confianza absoluta. El eco de sus tacones de aguja sobre el mármol pulido marca un ritmo hipnótico, un metrónomo de seducción que resuena en toda la estancia. Sus caderas se balancean con una cadencia lenta, deliberada, mientras camina hacia la inmensa cama de dosel que domina la habitación.
Vincenzo la sigue como un depredador hipnotizado, desabotonando su camisa de lino y arrojándola a un lado sin apartar la vista de la silueta de Olimpia. Cada paso de los tacones de ella es un golpe en su pulso. Cuando llegan al borde del lecho, la penumbra de la habitación, iluminada solo por el resplandor rojizo del Etna a través del ventanal, los envuelve. La tempestad de Sicilia queda fuera; dentro, el Halcón de Nápoles finalmente se rinde ante su verdadera soberana.