Operazione- Sirene Fenice

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Operazione- Sirene Fenice

Mensaje por Larabelle Evans »

El Refugio de la Ceniza.

La Habitación Silenciosa.


Olivia se sentó en el borde de la cama, el sobre de papel manila con su nueva identidad —Olivia Lisama— sobre la mesita de noche. La puerta se había cerrado tras Jeanpaul con un clic final, y el silencio de la habitación, roto solo por el murmullo del sistema de ventilación, se sintió como un sarcófago. El ventanal holográfico proyectaba una imagen serena de la costa de Siracusa, pero para ella, solo reflejaba el gris acero del Mediterráneo.
Se llevó las manos al rostro, sintiendo el calor residual de un encuentro que ya parecía lejano, irreal. El sexo con Jeanpaul había sido voraz, un huracán controlado, la descarga perfecta para su cuerpo en tensión. Pero ahora, en el vacío que había dejado la adrenalina, no había satisfacción, solo una ceniza fría y pegajosa que le recordaba lo que acababa de hacer.
¿Qué estoy haciendo?
La pregunta le taladró la mente sin piedad. Acababa de tener sexo con un desconocido, un hombre que no le prometió nada, que le advirtió que solo la quería por su cuerpo. Y ella, la MiaFiemma Leyva que juró no volver a equivocarse, la mujer que había elegido la estabilidad, se había rendido con la misma facilidad con la que había desarmado un rifle. No fue deseo. Fue escape. Fue la necesidad brutal de sentirse viva en el único lugar donde no podía mentirse: en el éxtasis del cuerpo, donde el dolor de la traición y la culpa se ahogaban temporalmente.
Pero la culpa regresaba, implacable, con el olor a sudor ajeno y el recuerdo de sus propias lágrimas de hacía solo unas horas.

El Precio de la Supervivencia.


Alexey. Su pequeño. Su ancla.
Cerró los ojos y pudo verlo durmiendo en su cuna, con sus seis meses de inocencia ajena a la guerra que libraban sus padres. La imagen le desgarró el pecho. Lo había dejado. Había caminado hacia la puerta de la casa de Tallana, entregando a su hijo a la única persona que podía darle una vida normal, una vida sin escoltas ni códigos cifrados.
Fuiste valiente, Mía. Fue por él.
Intentó convencerse, pero la voz de Jay, seca y medida, resonaba en su memoria: "Yo no voy a ser tu ancla mientras él es tu aventura... Esto es por él."
Jay. La otra herida abierta. La traición con James había sido el clavo final en el ataúd de su relación. No solo lo había engañado, sino que lo había humillado, forzándolo a cargar con la verdad de un amor que ella era incapaz de matar. La frialdad de Jay, ese desprecio helado en la sala de Fresnedillas, era un castigo que merecía. Él sentía asco. Asco por la debilidad, por la mentira, por ver cómo el 'fuego de verdad' ardía por otro hombre.
Y no podía culparlo. Él había dejado su vida, su carrera, su país por ella. Y ella le había pagado con una noche de pasión prohibida, buscando en James la parte salvaje de sí misma que la vida con Jay había domesticado.
James. El huracán. El hombre que, incluso en la distancia, seguía siendo su perdición. La llamada de despedida. El 'Adiós, James' que había sonado tan final, tan absoluto. Una mentira. Sabía que él la buscaría, que no se rendiría. Y por eso había tenido que cortar de raíz, no dejarle ni una migaja de esperanza. No por Jay, ni por Larabelle, sino por James mismo. Él merecía la estabilidad. Ella solo ofrecía la hoguera.

La Soledad Elegida.


Se levantó y caminó hasta el ventanal holográfico, tocando el cristal frío. Ahí fuera estaba Sicilia, un nuevo inicio bajo un nuevo nombre. Olivia Lisama. Una mujer que no tenía pasado, que no tenía hijos, que no tenía amantes. Una agente. Un arma.
Se sintió vacía, despojada de todo lo que la definía. Jay se había ido, James estaba 'a salvo' y Alexey estaba cuidado. Había cumplido con su deber. Había protegido a su gente dejando de ser su gente.
¿Y ahora? Ahora solo quedaba la misión. Entrenar. Pulir la temeridad. Ser la Sirena y la Mamba, la chica de la calle y la siciliana de ojos fríos.
Se miró al espejo del baño. Los ojos estaban secos. Las lágrimas se habían agotado.
El encuentro con Jeanpaul no había sido nada más que un analgésico de emergencia. Sin promesas. Sin ataduras. Solo dos cuerpos buscando el olvido mutuo en el placer de un instante. No era amor, no era consuelo, ni siquiera era un nuevo inicio. Era solo un efecto colateral. Un modo de sobrevivir sin dejar de amar a los hombres que había roto y al hijo que había abandonado.
La soledad que sentía no era impuesta. Era la jaula que ella misma había construido para proteger a quienes amaba. Y en esa jaula, no había espacio para la ternura, solo para el acero.

Un Nuevo Amanecer en la Jaula.


Olivia despertó con el sol apenas insinuándose en la ventana holográfica, tiñendo el falso paisaje de Siracusa de un gris azulado y frío. Eran las 05:00 de la mañana. Su cuerpo se sentía pesado, como si la pasión de la noche anterior se hubiera solidificado en sus músculos, pero su mente estaba despierta y acelerada, una maquinaria que se negaba a descansar. Había dormido menos de tres horas, y cada minuto había estado plagado de imágenes fugaces: el rostro herido de Jay, los ojos suplicantes de James, y la carita dormida de Alexey.
No había espacio para la debilidad.
Se levantó de la cama, evitando mirar el lugar exacto donde había estado Jeanpaul. La memoria del encuentro era una mancha que debía borrar. El placer era un distractor peligroso; la excelencia, su única redención.
Se dirigió al pequeño baño. El agua fría de la ducha fue un shock que le devolvió la lucidez. Se restregó la piel con vigor, intentando arrancar no solo el cansancio, sino también el aroma de la aventura y el rastro de sus lágrimas recientes. La MiaFiemma que buscaba consuelo en el placer ya no existía. Solo quedaba Olivia Lisama, una hoja en blanco lista para ser escrita con tinta de peligro.
Al salir, se secó con prisa. Su uniforme no era el de agente aún, sino ropa de entrenamiento: licras negras ajustadas, una camiseta sin mangas del mismo color y zapatillas deportivas. Era funcional, cómodo, y le permitía moverse sin restricciones. Se recogió el cabello oscuro en una cola de caballo alta, tirante, sintiendo el jalón como un recordatorio de que debía estar tensa, alerta.
Frente al espejo, no vio a una mujer en duelo. Vio un arma que necesitaba calibración. El precio de su libertad era la excelencia. Había abandonado a su hijo para garantizar su seguridad, y la única forma de honrar ese sacrificio era convertirse en la mejor agente que Firme Unidad pudiera tener. Si iba a pagar con su vida, sería una vida bien utilizada.
Salió del Refugio de Tránsito. El silencio del cuartel subterráneo era profundo, roto solo por el zumbido de los servidores. Se dirigió directamente a la Zona de Entrenamiento.

Rutina de Acero.


La Zona de Entrenamiento estaba desierta a esa hora. Olivia encendió las luces, llenando el espacio con una luz blanca y dura. El olor a goma, cuero y sudor se sentía acogedor. Este era su templo.
Comenzó con un calentamiento brutal. Flexiones dinámicas, burpees y estiramientos que llevaban sus articulaciones al límite. Necesitaba que su cuerpo respondiera al instante, sin el titubeo que le había costado un par de flechas de advertencia de Jeanpaul.
Después de veinte minutos, sus músculos ardían. Se dirigió a los sacos de boxeo. Se calzó las vendas con manos firmes, concentrada en el ritual. Se imaginó en el centro de un ataque, y el saco se convirtió en su única meta. Golpeó con rabia controlada, sus puños moviéndose con una velocidad y precisión aterradoras. No era un entrenamiento de boxeo; era una liberación táctica de la frustración acumulada.
Cada jab, cada gancho, llevaba un nombre:
El izquierdo era la traición a Jay.
El derecho, la culpa por Alexey.
El gancho al cuerpo, la despedida final a James.
Media hora después, el saco se balanceaba violentamente y sus nudillos dolían, pero su respiración era profunda y controlada. Se detuvo, apoyando la frente en el cuero frío. La energía negativa se había disipado.
Recuperó el aliento y caminó hacia el simulador de tiro virtual. Lo activó, seleccionando un escenario urbano de alto riesgo en un idioma que ya era suyo: el siciliano.
"Inizio simulazione: Operazione Fénice. Obiettivo: Estrazione silenziosa. Zona di copertura: Basso profilo, Alto rischio."
El simulador proyectó la imagen tridimensional de un mercado nocturno abarrotado. Olivia tomó un rifle de asalto virtual del rack. Sus ojos se volvieron fríos, evaluando cada rostro digital, cada sombra. La excelencia en Firme Unidad significaba no dejar rastro, no fallar el tiro, ser invisible hasta el momento del impacto.
Se movía con la gracia letal que la caracterizaba. La agente Olivia Lisama no tenía miedo; había dejado todo atrás.
Debo ser la mejor.
Sus dedos se movieron por el gatillo. El primer objetivo cayó con un pop silencioso en el simulador. Y ella siguió avanzando, con una determinación inquebrantable, lista para pagar el alto precio de la supervivencia. En Siracusa, no había lugar para el amor; solo para el acero.
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