“Etna: La Vendetta de Ceniza”

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Larabelle Evans
Mensajes: 194
Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: “Etna: La Vendetta de Ceniza”

Mensaje por Larabelle Evans »

Planeando nuevos enfrentamientos contra Matteo.

Punto de vista: Etna.

La lluvia golpeaba los ventanales con una cadencia constante, como un metrónomo invisible marcando el paso de las horas. El refugio, aunque silencioso, respiraba tensión. El olor a café recién hecho se mezclaba con el de pólvora y aceite de armas que nunca parecía disiparse del todo.
Etna estaba sentada en un sofá, envuelta en una manta oscura. Su piel aún conservaba un matiz pálido, pero sus ojos… esos ojos tenían ahora un filo nuevo, como si hubieran atravesado un fuego del que no se sale igual. En la mesa frente a ella había papeles, croquis del puerto, nombres tachados, rutas señaladas. Su mano izquierda sostenía una taza, pero la derecha jugaba con un encendedor, abriéndolo y cerrándolo en un ritmo obsesivo.
Karlo, de pie junto a la pared, la observaba sin disimulo. No solo por preocupación. También porque cada día desde aquella noche en el muelle, temía que despertara y ella ya no estuviera.
Karlo dice con acento siciliano, "No deberías estar aquí. Aún no estás lista."
Etna no lo miró.
Dices con acento catanés, "Estoy más lista que todos ustedes juntos."
Maurizio entró desde el pasillo, secándose el cabello con una toalla. Traía un gesto de pocas palabras, pero la mirada cargada de noticias.
Maurizio dice con acento siciliano, "Los informantes confirman que Matteo no ha aparecido en Palermo. Ni en Nápoles. Es como si se hubiera borrado del mapa."
Pietro, que estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, intervino.
Pietro dice con acento siciliano, "O está escondido… o está preparando algo más grande. Y no me gusta ninguna de las dos."
Etna dejó la taza sobre la mesa y se incorporó lentamente. La manta cayó al suelo, revelando un vendaje aún fresco en su abdomen.
Dices con acento catanés, "Lo que sea que esté haciendo… vamos a adelantarnos. No voy a esperar a que toque nuestra puerta."
Karlo dio un paso hacia ella.
Karlo dice con acento siciliano, "Etna, apenas sobreviviste a Kenia. No podemos—"
Etna lo interrumpió con una mirada cortante.
Dices con acento catanés, "Precisamente por eso no vamos a quedarnos quietos. Porque la próxima vez… puede que no sobreviva ninguno."
Un trueno retumbó sobre el refugio, como si el cielo confirmara sus palabras. En la mesa, los mapas parecían más que simples papeles: eran la promesa de la próxima guerra.
Pietro dice con acento siciliano, "¿Y cuál es el plan, entonces, Etna? ¿Un ataque frontal a un fantasma?"
Etna recogió el encendedor de la mesa, su movimiento deliberado. Lo abrió y cerró una vez más antes de hablar.
Dices con acento catanés, "No a un fantasma. A lo que dejó atrás. Matteo tiene puntos débiles. Familias, negocios, viejas alianzas. Vamos a quemar cada puente que tenga, hasta que no le quede más remedio que aparecer."
Maurizio asintió lentamente, su expresión sombría.
Maurizio dice con acento siciliano, "Es arriesgado. Podríamos despertar a toda la colmena."
Dices con acento catanés, "Que despierten. Que sepan que no estamos jugando. Si Matteo quiere guerra, guerra tendrá. Y esta vez, la jugaremos con nuestras reglas."
La mirada de Karlo se encontró con la de Etna. Había una mezcla de admiración y temor en sus ojos. Sabía que no había forma de hacerla cambiar de opinión.
Karlo dice con acento siciliano, "Bien. Pero vamos a necesitar más que un mapa y un encendedor. Necesitamos gente. Armas. Información."
Etna sonrió, una sonrisa fría y decidida.
Dices con acento catanés, "Ya me encargué de eso. La red se está moviendo. Los viejos favores están siendo cobrados. Y en cuanto a las armas... siempre hay un arsenal esperando a ser descubierto."
El sonido de la lluvia amainó, dejando solo el goteo constante de los aleros. Pero en la habitación, la tormenta apenas comenzaba. Etna tomó uno de los croquis y lo desdobló, señalando un punto en el mapa del puerto.
Dices con acento catanés, "Empezamos por aquí. El almacén de Salvatore. Nadie lo usa, pero es el punto de entrada perfecto para cualquier cargamento que Matteo intentara traer de vuelta a la ciudad."
Pietro y Maurizio se acercaron a la mesa, sus ojos fijos en el mapa. Karlo se mantuvo un paso atrás, observando a Etna. La chica que conocía había desaparecido, y en su lugar, había una estratega despiadada. La guerra había llegado a Sicilia, y Etna era su fuego.
La sala quedó en silencio tras la reunión. Pietro y Maurizio salieron del despacho rumbo al pasillo, dejando atrás el eco de sus pasos y el aroma del café aún flotando en el aire. Etna recogió los papeles de la mesa y los guardó en una carpeta negra, mientras Karlo permanecía apoyado contra la pared, sin quitarle los ojos de encima.
Karlo dice con acento siciliano, "Necesitamos hablar. A solas."
Etna lo miró de reojo, con un gesto que mezclaba impaciencia y curiosidad.
Dices con acento catanés, "Habla."
Karlo se acercó un paso, su voz más baja, pero cargada de tensión.
Karlo dice con acento siciliano, "No me trago lo de Gianluca. No me digas que es amor. No me digas que lo elegiste porque te hace feliz."
Etna frunció el ceño, dejando la carpeta sobre la mesa.
Dices con acento catanés, "No es asunto tuyo."
Karlo apretó la mandíbula, su mirada fija en ella.
Karlo dice con acento siciliano, "Claro que es asunto mío. Porque sé quién eres de verdad. Sé lo que vales. Y sé que ese bastardo no te conviene."
Etna suspiró, intentando mantener el control de su expresión.
Dices con acento catanés, "No entiendes nada, Karlo. Gianluca es… una pieza en un tablero mucho más grande."
Karlo dio otro paso, acortando la distancia entre ellos. Sus ojos ardían, pero no de ira, sino de algo más profundo.
Karlo dice con acento siciliano, "Entonces dime la jugada, Etna. Porque mientras tú estás con él, yo… me estoy volviendo loco. Y no solo por los celos. Es porque cada segundo que pasas cerca de él, sé que corres un riesgo que no necesitas correr."
Etna le sostuvo la mirada, sin retroceder.
Dices con acento catanés, "Sé cuidarme sola."
Karlo negó lentamente, su voz grave.
Karlo dice con acento siciliano, "Puede que sí. Pero eso no va a impedir que luche por ti. Y no voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te enredas con un hombre que algún día podría venderte a Matteo sin pestañear."
Etna lo observó en silencio por un instante. Había un destello de algo en sus ojos, difícil de descifrar. No era rabia, ni miedo. Quizá un reconocimiento silencioso de la verdad que él estaba diciendo.
Dices con acento catanés, "No sabes en qué te estás metiendo."
Karlo sonrió apenas, pero su voz se volvió un susurro firme.
Karlo dice con acento siciliano, "Lo sé perfectamente. Me estoy metiendo en ti. Y no pienso salir."
El silencio se espesó entre ambos. Afuera, la lluvia volvía a arreciar, golpeando los cristales como un aplauso distante. Etna tomó la carpeta de nuevo, pero esta vez sus manos parecían menos seguras. Karlo se apartó solo lo suficiente para dejarle espacio, pero su mirada permaneció clavada en ella, como una promesa que no necesitaba más palabras.
Etna se giró para dejar la carpeta sobre la mesa auxiliar, dándole la espalda a Karlo por un instante. Él dio un paso más, acortando la distancia hasta que pudo percibir el aroma tenue de su perfume mezclado con el de pólvora.
Karlo dice con acento siciliano, "Solo dame un segundo… para que veas que hablo en serio."
Etna frunció el ceño, girándose hacia él.
Dices con acento catanés, "Karlo, no—"
No terminó la frase. Él inclinó el rostro, acercándose, la mano rozando apenas su brazo como una advertencia y una súplica al mismo tiempo. Sus labios estuvieron a un suspiro de los de ella, y Etna no se movió, atrapada entre el impulso y la razón.
Pero el sonido seco de una puerta abriéndose rompió el momento.
Gianluca dice con acento napolitano, "Interesante… muy interesante."
Su voz, cargada de veneno, llenó la habitación. Estaba recostado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa torcida que no alcanzaba sus ojos.
Karlo se apartó de inmediato, pero no lo suficiente como para borrar la cercanía evidente.
Karlo dice con acento siciliano, "No es lo que parece."
Gianluca soltó una carcajada baja, caminando hacia ellos con paso lento y seguro.
Gianluca dice con acento napolitano, "Claro que no. Tú solo estabas… tomando medidas, ¿verdad?"
Etna se mantuvo inmóvil, su mirada fija en Gianluca, evaluando cada palabra que podría usar para desactivar la tensión.
Dices con acento catanés, "No es momento para estupideces. Tenemos un plan que ejecutar."
Gianluca se detuvo frente a Karlo, tan cerca que casi podían sentir el latido del otro. Su sonrisa se borró, dejando una expresión fría.
Gianluca dice con acento napolitano, "Te sugiero que mantengas las manos… y los labios… lejos de lo que no te pertenece."
Karlo sostuvo la mirada, sin retroceder ni un milímetro.
Karlo dice con acento siciliano, "Etna no le pertenece a nadie."
Un silencio denso se apoderó del lugar. Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza renovada, como si el cielo quisiera advertirles que esa tormenta era apenas el principio.
Etna dio un paso al frente, interponiéndose entre ambos.
Dices con acento catanés, "Basta. No pienso perder tiempo con una pelea inútil. Tenemos trabajo que hacer."
Gianluca y Karlo se apartaron lentamente, pero la tensión no desapareció. Había quedado sembrada, como una chispa esperando encontrar combustible.
Gianluca dio un paso más hacia ella, como si no hubiera escuchado nada de lo que acababa de decir. Su mirada bajó brevemente a sus manos, que Etna mantenía firmes sobre la mesa para no mostrar el temblor sutil que recorría sus dedos. El veneno aún vivía en su cuerpo, dejando una sensación intermitente de frío en la piel y un ardor profundo en las articulaciones.
Gianluca dice con acento napolitano, "Aún tiemblas… No estás lista para enfrentarte a nada, y lo sabes."
Etna apretó la mandíbula. El calor de su respiración se mezclaba con el de él, pero sus rodillas amenazaban con ceder si permanecía demasiado tiempo de pie. Aun así, no le dio el gusto de verlo.
Karlo observaba cada detalle, el leve cambio en su respiración, el destello de dolor en sus ojos cuando su mano se apoyó un instante en el borde de la mesa para estabilizarse.
Karlo dice con acento siciliano, "Está más lista que tú. Aunque tenga que pelear con medio cuerpo."
Gianluca se giró lentamente hacia Karlo, pero su mano se mantuvo en la cintura de Etna, un gesto tan calculado como posesivo.
Gianluca dice con acento napolitano, "Mitad de cuerpo o no… es mía. Y voy a asegurarme de que siga respirando… para mí."
Etna apartó su mano de su cintura con un movimiento seco, aunque le costó un segundo recuperar el equilibrio.
Dices con acento catanés, "Respiraré para mí. No para ninguno de los dos."
El silencio fue como un hilo a punto de romperse. Afuera, un trueno sacudió el refugio. El sonido se coló por la ventana entreabierta, arrastrando el olor de la tierra mojada.
Gianluca se inclinó, lo suficiente como para que Karlo viera el gesto, y rozó la mejilla de Etna con los labios, un contacto suave pero cargado de un mensaje claro.
Gianluca dice con acento napolitano, "Recuerda quién estuvo ahí… cuando tu cuerpo decidió apagarse."
Karlo cerró los puños, pero no se movió. Solo clavó la mirada en Etna, como si quisiera atravesar esa barrera invisible que Gianluca había levantado entre ellos.
Etna, con la respiración controlada a duras penas, tomó el croquis de la mesa y lo sostuvo frente a ambos.
Dices con acento catanés, "La misión es mañana. O vienen conmigo… o se apartan del camino."
Ninguno respondió, pero en sus miradas estaba claro que esa guerra no era solo contra Matteo.
Un nuevo silencio se instaló en la habitación, más denso que los anteriores. Karlo desvió la mirada de Gianluca a Etna, su ceño fruncido con una preocupación que no intentaba ocultar. Gianluca, por su parte, mantuvo la sonrisa torcida, disfrutando del efecto que sus palabras habían causado.
Gianluca dice con acento napolitano, "¿Y si no queremos ninguno de los dos? ¿Qué pasaría si te dejáramos con tu propia guerra, Etna? ¿Crees que sobrevivirías sola?"
Etna no parpadeó. Su mano apretó el borde del croquis, arrugando ligeramente el papel. El dolor en sus articulaciones se intensificó, pero su voz no flaqueó.
Dices con acento catanés, "Sobreviví a cosas peores. Y si tengo que hacerlo sola, lo haré. Pero no les conviene."
Karlo dio un paso adelante, la paciencia agotada.
Karlo dice con acento siciliano, "No digas tonterías, Etna. No hay guerra que se gane en solitario. Y si Gianluca piensa abandonarte, tendrá que pasar por encima de mí."
Gianluca soltó una carcajada corta y despectiva.
Gianluca dice con acento napolitano, "Siempre tan predecible, Karlo. El héroe romántico. Pero ¿qué harás cuando descubras que no hay nada que salvar?"
Etna, harta de la disputa, alzó la voz, cortando la tensión con un filo nuevo.
Dices con acento catanés, "¡Ya basta! Ambos. La misión es mañana al amanecer. Necesito que estén concentrados, no peleando como niños. Si no pueden dejar sus… diferencias a un lado, entonces no necesito a ninguno de los dos."
Miró a Karlo, luego a Gianluca, una advertencia clara en sus ojos. La lluvia afuera comenzó a ceder, dejando solo un suave murmullo. El aire de la habitación, sin embargo, seguía cargado de la tormenta interna que los tres libraban.
Gianluca fue el primero en romper el contacto visual, su sonrisa desapareciendo por completo. Asintió con un movimiento imperceptible, la mandíbula tensa.
Gianluca dice con acento napolitano, "Entendido. Mañana al amanecer."
Se giró y salió de la habitación sin decir una palabra más, dejando un rastro de frialdad a su paso.
Karlo permaneció en su sitio, observando a Etna. La furia en sus ojos se había mezclado con una profunda preocupación.
Karlo dice con acento siciliano, "No me fío de él. Ni un poco."
Etna suspiró, el cansancio empezando a hacer mella en su postura.
Dices con acento catanés, "No tienes que fiarte. Solo tienes que hacer tu trabajo."
Se acercó a la ventana, observando el cielo oscuro que empezaba a clarear tímidamente. La lluvia había cesado por completo.
Karlo dice con acento siciliano, "Y tú… ¿te fías de él?"
Etna no respondió de inmediato. Sus ojos, antes llenos de fuego, ahora parecían más distantes, más cansados. Finalmente, sin girarse, pronunció una frase casi inaudible.
Dices con acento catanés, "No fío de nadie. Solo de mí misma."
Karlo se acercó, su voz grave y llena de reproche.
Karlo dice con acento siciliano, "Esa es la diferencia entre tú y yo, Etna. Yo sí confío en ti. Incluso cuando haces tonterías."
Etna se giró lentamente, sus ojos encontrándose con los de él. Había un brillo indescifrable, una mezcla de gratitud y la misma obstinación de siempre.
Dices con acento catanés, "Vete a descansar, Karlo. Mañana será un día largo."
Él dudó un instante, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. Asintió, su mirada fija en ella, y finalmente se dio la vuelta para salir de la habitación.
El silencio volvió a envolver a Etna. Sola en la habitación, con el croquis aún en la mano, se permitió un momento para cerrar los ojos. El veneno, las heridas, las palabras… todo se arremolinaba en su cabeza. Abrió los ojos de nuevo, fijando la mirada en el mapa. Mañana no solo sería un día largo, sería la continuación de una guerra que ella había decidido liderar. Y no había vuelta atrás.

Luchando por no enamorarse.

Etna dejó el croquis extendido sobre la mesa, sin volver a mirar a la ventana. Se incorporó lentamente, un leve temblor en sus piernas obligándola a aferrarse al respaldo de la silla antes de dar el primer paso. El dolor punzante en su costado era como una cuchilla enterrada que cada movimiento hacía girar más profundo.
La estancia quedó en silencio cuando salió. El pasillo estaba débilmente iluminado, las sombras proyectadas por las lámparas parecían alargarse, siguiéndola. Cada paso era medido, lento, como si calculara cuánto peso podía soportar su cuerpo sin que la traicionara. El eco de sus botas resonaba contra el piso de cemento, acompasado con la punzada rítmica en sus articulaciones.
Al llegar a la puerta de su recámara, se apoyó unos segundos en el marco, respirando hondo. Su mano temblaba al girar la perilla. Adentro, el ambiente estaba más cálido, pero eso no aliviaba el frío interno que el veneno había dejado en su sangre. Dejó caer la chaqueta sobre la silla y se sentó en el borde de la cama, inclinándose hacia adelante, los codos sobre las rodillas. Cerró los ojos, buscando un respiro.
No escuchó el primer paso detrás de ella. Solo sintió la presencia. Gianluca estaba allí, de pie, observándola con esa mezcla de deseo y dominio que lo volvía peligroso. Cerró la puerta despacio, el clic del cerrojo sonó como un sello final.
Gianluca dice con acento napolitano, "Estás empeñada en hacerme enfadar… caminando sola así, cuando apenas puedes sostenerte."
Etna levantó la vista, sus ojos afilados a pesar del cansancio.
Dices con acento catanés, "No necesito un guardián."
Él ignoró la respuesta. Se acercó despacio, agachándose frente a ella. Su mano rozó su rodilla, subiendo con lentitud hasta encontrar la cicatriz cubierta por el vendaje bajo la tela del pantalón.
Gianluca dice con acento napolitano, "No sabes lo que me hace verte así… rota… y aún desafiante."
Etna apartó la pierna, pero el dolor le hizo inhalar bruscamente. Gianluca notó el gesto y su mirada cambió, volviéndose más grave.
Gianluca dice con acento napolitano, "Dime dónde duele."
Sin esperar respuesta, tomó sus manos y las sostuvo con fuerza, como anclándola. Su pulgar acariciaba el dorso de una de ellas, pero el contacto no era enteramente tierno; había posesión en cada movimiento.
Dices con acento catanés, "No necesito tu compasión."
Gianluca esbozó una sonrisa breve, pero sus ojos permanecieron oscuros.
Gianluca dice con acento napolitano, "Esto no es compasión… es asegurarme de que mi mujer esté entera para lo que viene."
Etna le sostuvo la mirada. El pulso en sus sienes latía con fuerza. El veneno le había robado parte de su energía, pero no su voluntad. Sin embargo, cuando Gianluca deslizó una mano detrás de su cuello y la acercó más, no lo detuvo.
Los labios de Gianluca se encontraron con los suyos, un beso que comenzó con una suavidad engañosa antes de volverse más exigente, más profundo. Su aliento cálido la envolvió, y la mano en su nuca se tensó, atrayéndola con una fuerza que le hizo ceder. Etna sintió el calor extenderse por su cuerpo, una distracción bien recibida del frío punzante del veneno. Sus propias manos, casi por instinto, se aferraron a los brazos de él.
Gianluca se separó apenas un milímetro, sus ojos oscuros fijos en los de ella, cargados de un deseo innegable. Gianluca dice con acento napolitano, "¿Lo sientes, Etna? Esto es lo que te pertenece. Esto es lo que te mantiene viva."
Sus dedos se deslizaron desde su nuca hasta su espalda, acariciando suavemente la curva de su columna. El roce, en lugar de ser meramente posesivo, se sintió extrañamente protector, como si quisiera envolverla en su propio calor. Etna se inclinó ligeramente, una rendición casi imperceptible a su proximidad. El cansancio y el dolor se mezclaban con una punzada de anhelo.
Dices con acento catanés, "No… no necesito a nadie para sentirme viva." Su voz era un susurro, apenas audible, pero él la escuchó.
Gianluca sonrió con tristeza, una sonrisa que no llegó a sus ojos. Gianluca dice con acento napolitano, "Lo sé. Pero me necesitas para esto. Para que este veneno… no te consuma."
Se levantó, y con un movimiento suave, la alzó en brazos. Etna no protestó. Su cuerpo, fatigado y dolorido, se acurrucó contra el suyo. Él la llevó hasta la cama, recostándola con delicadeza, como si fuera de cristal. Se arrodilló a su lado, la mano firme pero suave sobre su frente, luego en su mejilla, sintiendo la fiebre intermitente.
Gianluca dice con acento napolitano, "Estás ardiendo. Maldito veneno."
Con una agilidad sorprendente, Gianluca buscó un ungüento en el botiquín cercano. Sus movimientos eran rápidos y eficientes. Untó una pequeña cantidad en sus dedos y comenzó a masajear suavemente sus sienes, luego su cuello, y finalmente, con una delicadeza inesperada, desabrochó los primeros botones de su camisa para alcanzar la piel pálida de su pecho, donde las venas aún se marcaban con un leve tinte azulado por el rastro del veneno.
Etna cerró los ojos, el contacto de sus dedos fríos sobre su piel febril era un alivio. No había erotismo en ese tacto, solo una preocupación tangible, una cura silenciosa. Gianluca dice con acento napolitano, "Te cuidaré, Etna. Incluso de ti misma. Deja que este dolor… se vaya."
Sus manos continuaron su labor, expertas y suaves, masajeando la tensión en sus músculos, aplicando el ungüento en cada punto donde el veneno había dejado su huella. Etna, por primera vez en días, sintió una relajación profunda. La lucha constante, la tensión, el dolor… todo cedió un poco ante la presencia de Gianluca, su protector, su debilidad. Y en ese momento de vulnerabilidad, no pudo evitar la entrega.
Etna abrió los ojos lentamente, encontrando los de Gianluca a pocos centímetros. La intensidad de su mirada no se había apagado; era una mezcla peligrosa de posesión y devoción que parecía envolverla por completo.
Dices con acento catanés, "Esto no cambia nada."
Gianluca inclinó la cabeza, una sonrisa ladeada asomando en sus labios.
Gianluca dice con acento napolitano, "Claro que lo cambia… aunque no quieras admitirlo."
Ella apartó la vista hacia la pared, como si al romper el contacto visual pudiera protegerse de la influencia que él ejercía sobre su voluntad. Sin embargo, sus manos seguían inmóviles sobre la sábana, no lo empujaban, no lo alejaban.
Gianluca volvió a rozar la herida en su costado, esta vez con extremo cuidado, como si estuviera memorizando cada línea de su cicatriz.
Gianluca dice con acento napolitano, "Te prometí que no dejaría que nadie volviera a tocarte así. Y me lo voy a cobrar."
Etna giró lentamente el rostro, fijando sus ojos en los suyos, una chispa de desafío brillando bajo el cansancio.
Dices con acento catanés, "¿Y cómo piensas cobrarlo, Gianluca? ¿Encerrándome aquí? No soy un trofeo."
Gianluca sonrió, una sonrisa cargada de una extraña melancolía.
Gianluca dice con acento napolitano, "¿Un trofeo? No, Chyara. Eres mi guerra. Y pienso ganarla. No encerrándote, sino haciendo que no quieras irte. Que entiendas que lo que te ofrezco no lo tiene ningún otro. Ni ese siciliano que te mira como un cachorro perdido, ni ninguno de los que te rodea. Ellos te quieren para sus fines. Yo te quiero para mí."
Su mano se movió desde la herida hacia su rostro, acariciando su mejilla con una delicadeza inesperada, casi reverente. Sus ojos, profundos y oscuros, buscaban algo en los de ella, una respuesta, una señal.
Gianluca dice con acento napolitano, "Te deseo, sí. Pero no solo eso. Quiero estar contigo. Quiero ser la única razón por la que te sientas viva cuando todo lo demás intente matarte. Que no busques consuelo en las promesas vacías de otros, ni en los riesgos innecesarios. Quiero que esta batalla… la libremos juntos. Tú y yo. Y nadie más."
Etna parpadeó, la intensidad de sus palabras resonando en la habitación. Era una declaración que no esperaba, una vulnerabilidad en él que apenas dejaba entrever. La mano de Gianluca se deslizó hasta sus labios, rozándolos con el pulgar, una invitación silenciosa.
Dices con acento catanés, "¿Y crees que con eso… vas a detenerme? ¿Crees que un par de palabras dulces van a cambiar lo que soy?"
Gianluca negó con la cabeza, su sonrisa se hizo más tierna, pero con un matiz de determinación férrea.
Gianluca dice con acento napolitano, "No. No busco cambiarte, Etna. Busco que me elijas. Que entiendas que mi amor es tan fuerte como tu fuego. Y que cuando llegue el momento, no haya duda de a quién le perteneces."
Se inclinó, y esta vez, el beso fue diferente. No era posesivo ni demandante, sino una promesa. Una promesa de guerra, de pasión, de una lucha constante por un espacio en su corazón que, por primera vez, Etna sintió que Gianluca se atrevía a reclamar.
Etna no cerró los ojos al recibir el beso. Lo sostuvo, lo midió, como si buscara descubrir en él la verdad detrás de las palabras. El calor de Gianluca contrastaba con el frío que todavía sentía en sus huesos por el veneno. Cuando él se apartó apenas unos centímetros, sus respiraciones se mezclaron.
Dices con acento catanés, "No te prometo nada, Gianluca. Si me quedo… será porque yo lo decida."
Gianluca sonrió levemente, inclinando el rostro hasta que su frente rozó la de ella.
Gianluca dice con acento napolitano, "Eso es todo lo que quiero."
Sus manos permanecieron en su rostro unos segundos más antes de retirarse. Se incorporó, pero no se alejó. La observó, como si quisiera grabar en su memoria cada detalle de ese momento: el brillo desafiante de sus ojos, la palidez que aún marcaba su piel, la tensión sutil en su respiración.
Etna giró el rostro, buscando un poco de distancia. El dolor en su costado volvió a recordarle su fragilidad. Sus dedos se cerraron sobre la manta, intentando disimular el temblor de sus manos.
Gianluca se inclinó, su mano derecha se deslizó por la espalda de Etna hasta su cintura, levantándola con suavidad hasta acomodarla mejor en la cama. El cuerpo de ella, todavía frágil por el veneno, se moldeó al suyo, y él la cubrió con la manta con un gesto de profunda protección. Su otra mano acarició su cabello, apartándolo de su rostro, revelando la palidez que aún no la abandonaba.
Gianluca dice con acento napolitano, "Me tienes preocupado, Chyara. Este veneno… se aferra a ti como una sombra. No me gusta verte así, tan… vulnerable. Cada día es una lucha para ti, lo veo en tus ojos."
Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula, con una ternura que contrastaba con la tensión que había en su voz.
Gianluca dice con acento napolitano, "No quiero que salgas de nuevo… no así, aún no te recuperas. Necesito que estés fuerte, Etna. No solo por la guerra que viene, sino por ti. Por lo que somos. Por lo que podemos ser."
Etna cerró los ojos, sintiendo el calor de su mano en su mejilla. Era una caricia que pedía una tregua a la batalla interna que libraba su cuerpo. La pasión en su toque se mezclaba con una protección casi feroz, una que, a pesar de su orgullo, agradecía.
Gianluca inclinó la cabeza, observando cada gesto de ella como si buscara leer pensamientos ocultos. Su pulgar continuó dibujando círculos lentos en su piel, una insistencia silenciosa para que se quedara en ese instante, lejos de planes y venganzas.
Gianluca dice con acento napolitano, "Déjame ser tu escudo esta vez. No quiero verte forzarte, no cuando tu cuerpo todavía tiembla al caminar."
Etna sintió un peso extraño en esas palabras, como si no solo hablara de la guerra contra Matteo, sino de la lucha que él creía librar por mantenerla a su lado. Su mano subió lentamente, descansando en el antebrazo de Gianluca, un gesto que no era rendición, pero tampoco rechazo.
Dices con acento catanés, "No sé si algún día entenderás que no puedo quedarme quieta. No sé estar inmóvil."
Gianluca mantuvo la mirada fija en ella, sin parpadear.
Gianluca dice con acento napolitano, "Entonces déjame al menos caminar contigo… aunque sea en medio del infierno."
El silencio se apoderó de la habitación, roto solo por el golpeteo distante de la lluvia en las ventanas del refugio. Etna apartó la mirada, respirando hondo. El calor de su mano aún en su rostro era reconfortante, pero también un recordatorio incómodo de la intensidad con la que él la reclamaba.
Gianluca se inclinó para besar su frente, un toque breve pero cargado de intención. Luego se levantó lentamente, acomodando la manta sobre ella una vez más antes de dirigirse a la puerta.
Gianluca dice con acento napolitano, "Descansa, Etna. Mañana será otro día para pelear… y para decidir si me dejas estar en esa pelea."
El cerrojo sonó suave al cerrarse, y la penumbra volvió a envolver la habitación. Etna permaneció inmóvil, mirando el techo, sintiendo que la guerra que Gianluca prometía no se libraría solo fuera… sino también en su propio corazón.

Leila cada día sufre más en Montenegro.

Punto de vista: Leila.

El viento del Adriático golpeaba las paredes de piedra húmeda, colándose por rendijas invisibles y dejando un eco frío que se mezclaba con el olor a sal y óxido. El lugar, un antiguo fuerte costero en ruinas, se erguía sobre un acantilado de Montenegro, invisible desde el mar salvo para quien conociera sus coordenadas exactas.
En el pasillo principal, iluminado por lámparas amarillentas, el sonido de botas resonaba con un ritmo pesado y constante. Gianlorenzo caminaba al frente, un cigarro medio consumido entre los dedos, la sombra de su abrigo proyectándose alargada sobre las paredes desconchadas. Detrás de él, dos hombres armados custodiaban la entrada de una puerta reforzada con acero y cerrojos dobles.
Uno de los guardias se enderezó al verlo.
Guardia dice con acento montenegrino, "Todo tranquilo, señor. No ha intentado nada desde ayer."
Gianlorenzo no contestó de inmediato. Exhaló una nube de humo, observando la cerradura como si pudiera ver más allá. Finalmente, asintió y extendió la mano.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Dame las llaves."
El guardia obedeció. El metal tintineó antes de que Gianlorenzo lo girara en la cerradura, liberando el cerrojo con un sonido seco. Empujó la puerta y entró.
La celda era pequeña, con paredes encaladas que el tiempo había cubierto de manchas de humedad. Una cama de hierro ocupaba un rincón, cubierta por una manta gris áspera. Sentada en el borde, con las manos unidas sobre el regazo, estaba la mujer que habían mantenido allí durante dos meses. Su cabello, más largo y opaco que antes, caía sobre su rostro, ocultando en parte la palidez de su piel. Los vendajes en sus muñecas asomaban bajo la tela ligera de la blusa, recuerdo de cadenas que ya no llevaba pero cuyo peso aún se notaba en su postura.
No levantó la cabeza cuando él entró. Sus ojos permanecieron fijos en un punto invisible en el suelo, como si no mereciera gastar energía en reconocer su presencia.
Gianlorenzo cerró la puerta tras de sí, quedando solo con ella. Avanzó despacio, sus pasos marcando la distancia que los separaba. Se detuvo a menos de un metro, inclinando la cabeza para intentar captar su mirada.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "¿Otra vez en silencio? Me pregunto si es por dignidad… o porque ya te has acostumbrado."
Ella no respondió. Sus dedos se tensaron levemente sobre la manta, un gesto mínimo, pero suficiente para que él sonriera de lado.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Sabes… Montenegro es un buen lugar para desaparecer. Nadie pregunta, nadie busca. Y si alguien lo hace… nunca encuentra lo que quiere."
Se inclinó, apoyando una mano en el colchón a su lado. El aroma a tabaco y sal lo envolvió todo.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Pero tú… tú eres demasiado valiosa para desaparecer. Demasiado valiosa para morir… todavía."
Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, pero ella no hizo ningún sonido. La respiración de Leila se volvió apenas perceptible, como si intentara volverse invisible. Él sonrió de nuevo, esta vez con menos diversión y más satisfacción.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Veo que aún queda algo de la vieja Leila. Bien. Eso nos ahorra trabajo."
Sacó del bolsillo interior de su abrigo una jeringa prellenada. El líquido ámbar en su interior brilló bajo la tenue luz de la celda. Leila lo vio y su cuerpo se tensó. El terror se instaló en sus ojos. Él no necesitó forzarla. Con la experiencia de quien ha repetido el acto decenas de veces, le tomó el brazo y, con una destreza casi suave, localizó la vena. El pinchazo fue rápido, casi indoloro, pero la sensación del líquido frío entrando en su torrente sanguíneo la hizo estremecerse.
Gianlorenzo la soltó y la jeringa cayó con un leve tintineo sobre la manta. El efecto fue casi inmediato. Los músculos de Leila se relajaron, sus ojos se entornaron y la mirada se le perdió en la nada. El miedo dio paso a una calma forzada, una rendición química.
Gianlorenzo la observó por un momento, asegurándose de que la droga había surtido el efecto deseado. La expresión ausente en el rostro de Leila era la confirmación que necesitaba. Con movimientos pausados, sacó de un maletín de cuero una pila de documentos y un bolígrafo. Había extractos bancarios de cuentas en Suiza, Luxemburgo y las Islas Caimán, todas a nombre de empresas fantasma, pero controladas por la red de Cosa Nostra que Leila había manejado tras la enfermedad de su padre, Matteo. También había otros papeles, actas de acuerdos subterráneos y autorizaciones que le permitían tomar control total sobre los activos restantes de la familia.
Con una facilidad alarmante, guio la mano flácida de Leila para que firmara en los lugares indicados. Su firma, antes tan firme y decidida, ahora era un garabato tembloroso, un reflejo de su voluntad anulada. Cuando terminó, Gianlorenzo sonrió, una expresión de triunfo que apenas se molestó en disimular.
Luego, sacó de otro compartimento del maletín un conjunto de ropa. No era ropa de viaje, ni mucho menos de abrigo. Era un vestido de seda fina, de un color carmesí oscuro que contrastaba con la palidez de su piel. El escote era pronunciado, dejando al descubierto una parte de su pecho, y la tela caía de forma fluida, apenas rozando sus muslos. Los hombros quedaban expuestos, y la espalda se abría en un corte profundo. Era un atuendo diseñado para exhibir, no para proteger.
Con la misma desapasionada eficiencia, la obligó a quitarse su ropa y ponerse el vestido. Los vendajes en sus muñecas quedaron en evidencia, un detalle que Gianlorenzo ignoró por completo. Una vez vestida, Leila parecía una muñeca, su cuerpo laxo y su mirada vacía.
Gianlorenzo la levantó y la llevó hacia la puerta, que el guardia, ahora identificado como Dragan, abrió sin dudar. Otro hombre, Kuzman, un lugarteniente robusto con una cicatriz en la mejilla, esperaba en el pasillo. Entre los dos, condujeron a Leila por un laberinto de pasillos hasta una puerta de madera maciza al final del corredor.
Al entrar en la habitación, un hombre alto y de semblante duro se puso de pie. Su cabello era canoso, y sus ojos, de un azul gélido, observaron a Leila con una mezcla de calculada satisfacción y frialdad. Era Domenico Rossi, un antiguo rival de Leila en los bajos fondos, un hombre que había jurado venganza por viejas afrentas y que ahora había comprado a Leila como un trofeo, una herramienta para humillar lo que quedaba de la Principessa del terror.
Domenico se acercó, la mirada fija en Leila. Una sonrisa lenta y cruel se extendió por sus labios.
"La Principessa del terror", Domenico siseó, su voz un murmullo áspero que apenas ocultaba el desprecio. Su mano se levantó y rozó el hombro desnudo de Leila, una caricia calculada para provocar repulsión. Sus ojos, sin embargo, bajaron por su cuerpo con una maldad hambrienta. "Mira qué bajo has caído. De reinar la noche de Palermo a ser… esto."
Gianlorenzo y los hombres, que habían permanecido en la entrada de la habitación, soltaron risas contenidas. "Disfruta el espectáculo, Domenico", dijo Gianlorenzo, con una burla en la voz. "Te lo has ganado."
Dragan soltó una carcajada estridente. "No te olvides de la propina, jefe", bromeó, y Kuzman asintió, una sonrisa lasciva en su rostro.
Gianlorenzo les hizo un gesto para que salieran. Las palabras y risas se desvanecieron a medida que la puerta se cerraba con un suave clic, dejando a Domenico y Leila solos en la fría habitación. El silencio que siguió fue denso, cargado con el resentimiento y el deseo perverso de Domenico.
Domenico se acercó a Leila, la sonrisa cruel nunca abandonando sus labios. Su mano, grande y áspera, se posó en el hombro desnudo de ella, y luego se deslizó lentamente por el brazo, con una lentitud que era más tortura que caricia. La seda del vestido cedía bajo sus dedos, y Leila sintió un escalofrío helado que nada tenía que ver con la temperatura de la habitación. Sus ojos, ya empañados por la droga, intentaron enfocar el rostro de Domenico, pero todo era una bruma. Solo podía ver la crueldad en sus ojos gélidos, la satisfacción de un depredador que había acorralado a su presa.
"¿Qué te pasa, Principessa?" susurró Domenico, su aliento cálido y repugnante en la mejilla de Leila. "¿No tienes nada que decir? ¿Acaso el gran terror de Palermo ha perdido su voz?"
La mano de Domenico se detuvo en el escote del vestido, justo en el punto donde la tela cubría el inicio de sus pechos. Con un tirón brusco, el delicado tejido se desgarró con un sonido seco, revelando una parte más íntima de su cuerpo. Leila gimió, un sonido apenas perceptible, más una exhalación de dolor que una protesta. Su cabeza se movió de un lado a otro, un débil y patético intento de negación, pero la droga había anulado su voluntad. Su cuerpo no le respondía, sus músculos eran gelatina.
Domenico se rió, una carcajada ronca y desagradable que llenó el silencio de la habitación. "No te niegues, Leila. Siempre fuiste una mujer de pasiones, ¿no? Siempre buscando el poder, el control. Y ahora… mira cómo te has quedado."
Continuó desgarrando la tela, sin prisa, como si saboreara cada ruptura. El vestido, que antes había sido una burla de su feminidad, ahora se convertía en un testimonio de su humillación. Pedazos de seda carmesí cayeron al suelo, revelando más y más de su piel pálida y vulnerable. Los vendajes en sus muñecas quedaron completamente expuestos, recordatorios gráficos de su cautiverio, de las cadenas que la habían atado y doblegado.
Leila cerró los ojos, intentando escapar del horror, de la vista de sí misma, de la mirada hambrienta de Domenico. Las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas, silenciosas, mezclándose con el sudor frío. Por dentro, su mente gritaba, maldecía, luchaba contra la impotencia. Quería gritar, escupirle a la cara, morderlo, pero su garganta estaba cerrada, su boca incapaz de formar palabra alguna. Era una prisionera en su propio cuerpo, un recipiente vacío donde antes había habitado la fiera "Principessa del Terror".
Domenico se inclinó, su rostro peligrosamente cerca del de ella. "Sabes, siempre quise esto, Leila," susurró, su voz cargada de un resentimiento antiguo. "Verte así, rota, indefensa. Después de todo lo que me hiciste, después de cómo te reíste de mí… la venganza es dulce, ¿no crees?"
Con cada palabra, con cada toque, Domenico desnudaba no solo su cuerpo, sino también su alma. La humillación se grababa en cada fibra de su ser, en cada latido de su corazón desesperado. La respiración de Leila se volvió irregular, pequeños jadeos que se perdían en el aire. La droga la mantenía en un estado de duermevela, un infierno consciente donde no podía escapar de su propia degradación.
Domenico, con un último tirón, desgarró el resto del vestido, dejando a Leila completamente desnuda y expuesta. Su mirada se detuvo en los vendajes de sus muñecas por un instante, una mueca de desprecio cruzando su rostro antes de que la empujara con fuerza hacia un sofá cama cercano. El cuerpo de Leila, inerte por la droga, cayó sobre la tela gastada con un golpe sordo.
Sin perder un segundo, Domenico comenzó a desvestirse, sus movimientos bruscos y llenos de una impaciencia voraz. La camisa voló por la habitación, seguida del pantalón y la ropa interior, revelando su cuerpo con una desnudez cruda y sin pudor. Sus ojos no se apartaban de Leila, una mezcla de ansia y una satisfacción perversa brillando en ellos. La erección en sus pantalones era evidente, una señal de su excitación y del oscuro propósito que lo impulsaba.
Se abalanzó sobre ella, la tela del sofá crujiendo bajo su peso. El aliento de Domenico, pesado y caliente, golpeó el rostro de Leila mientras él se colocaba entre sus piernas, forzándolas a abrirse sin un ápice de delicadeza. El gemido ahogado que escapó de los labios de Leila se perdió en el aire. Sus ojos, aunque velados por la droga, reflejaban un terror insondable, una súplica silenciosa que él ignoró por completo.
Domenico no pronunció palabra. Su rostro estaba contraído por la excitación y la rabia contenida. Sin preocuparse por su dolor o su resistencia, sin buscar su consentimiento que de todos modos era imposible obtener, la penetró con una brutalidad que le arrancó a Leila un grito silencioso. El impacto fue un tormento físico, un desgarro que la hizo arquearse débilmente, sus músculos temblaban en un esfuerzo inútil por liberarse. Las lágrimas, ahora abundantes, se desbordaron por sus sienes, perdiéndose en el cabello enmarañado. Cada embestida era un golpe de martillo, una reafirmación de su impotencia, de la anulación total de su ser. Ella era solo un objeto en sus manos, una marioneta sin voluntad, obligada a soportar el horror que se desarrollaba. El silencio en la habitación, roto solo por los jadeos de Domenico y los débiles suspiros de Leila, amplificaba la cruda realidad de la violación.
Mientras el tiempo se arrastraba, cada embestida de Domenico era un nuevo clavo en el ataúd de su espíritu. La mente de Leila se desconectaba, buscando refugio en algún rincón oscuro de su conciencia, lejos de la agonía y la degradación. Solo la mantenía anclada a la realidad el dolor, punzante y constante, y las lágrimas que no dejaban de correr. La furia de Domenico, su sed de venganza, se desbordaba en cada movimiento, cada jadeo. Finalmente, con un gemido gutural, se desplomó sobre ella, su cuerpo pesado e inerte por un momento, antes de rodar a un lado.
El silencio volvió a caer en la habitación, aún más opresivo que antes. Domenico se levantó, jadeando, y comenzó a vestirse con la misma prisa con la que se había desnudado, como si quisiera borrar la evidencia de su acto. No le dirigió ni una sola mirada a Leila, quien yacía inmóvil en el sofá, su cuerpo desnudo y ultrajado, los vendajes en sus muñecas como el único adorno en su piel pálida. Una mancha oscura se extendía entre sus piernas, un recuerdo brutal de lo que acababa de ocurrir.
Cuando Domenico terminó de vestirse, se alisó la ropa y se dirigió a la puerta sin una palabra. Antes de salir, se detuvo un instante y miró por encima del hombro. Su voz, ahora fría y sin rastro de la pasión violenta de antes, rompió el silencio.
—Disfruta tu nueva vida, Principessa. Esto es solo el principio.
La puerta se cerró con un eco sordo, dejando a Leila sola, abandonada en su propia ruina. El efecto de la droga empezaba a disiparse, lentamente, devolviéndole la conciencia de su cuerpo, de cada dolor, de cada herida. Quería gritar, vomitar, desaparecer, pero solo pudo temblar, sus músculos contraídos por una mezcla de náusea y espasmos incontrolables. El frío de la habitación se colaba en sus huesos, y el olor a tabaco, sal y algo más, algo oscuro y perturbador, llenaba el aire.
Se llevó una mano a la boca, intentando contener un sollozo que se negaba a salir. Las lágrimas, ahora más amargas, se mezclaban con la saliva mientras su garganta se cerraba. No había consuelo, no había escape. Solo el vacío, y el eco de la crueldad. Y una frase que resonaba en su mente, una y otra vez, como un martillo golpeando su cráneo: "Esto es solo el principio".
Una ola de recuerdos la asaltó, más vívidos y dolorosos que el frío de la celda. Las caras de su gente desfilaron ante sus ojos empañados: Chyara, su confidente, su hermana de corazón, con su risa franca y su lealtad inquebrantable. Karlo y Maurizio, sus guardias, sus hermanos de sangre y de armas, sus sombras protectoras. Pietro, el custodio silencioso, el pilar de su imperio. Y luego, la imagen que más la desgarraba, la que la hacía aferrarse a un hilo de cordura: Massimo, su cioccolatto.
Su nombre escapó de sus labios en un susurro, una súplica ahogada que se perdió en el aire viciado. "Massimo… por favor…" La voz le temblaba, rota por el llanto y el agotamiento. Se aferraba a su recuerdo, a la calidez de su piel, al consuelo de sus brazos, a la promesa de un amor que ahora parecía tan distante, tan imposible. Cada sollozo era un ruego para que él la encontrara, para que la sacara de ese infierno antes de que la oscuridad la consumiera por completo. El dolor físico y la agonía emocional se mezclaban, arrastrándola hacia un abismo de inconsciencia. Sus párpados pesaban, la vista se le nublaba. "Massimo…" El nombre fue el último sonido que emitió antes de que el cansancio y el desespero la arrastraran a un sueño sin sueños, una pausa forzada en su tormento.
Larabelle Evans
Mensajes: 194
Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: “Etna: La Vendetta de Ceniza”

Mensaje por Larabelle Evans »

Una pésima noche para mí.

Punto de vista: etna.


La madrugada en el refugio era silenciosa, apenas interrumpida por el goteo constante en algún punto del techo y el rumor lejano del viento contra las paredes de concreto. La habitación de Etna estaba a oscuras, iluminada solo por la tenue luz azulada que se colaba por la ventana entreabierta.
Etna se removió en la cama, el cuerpo entumecido, cada músculo quejándose con el eco del veneno que aún no la abandonaba del todo. Un quejido bajo escapó de sus labios cuando intentó girar hacia un costado. El dolor en su abdomen la obligó a detenerse, mordiéndose el labio para contener la exhalación cortada.
Su respiración estaba agitada, marcada por el rastro de una pesadilla que todavía vibraba en su mente. Había visto a Leila. No como en los recuerdos cálidos que guardaba, sino en una sombra borrosa, un rostro distorsionado entre gritos, cadenas y sangre. La imagen había sido tan real que aún podía sentir el peso de esa mirada perdida, como si Leila estuviera reclamándola desde algún lugar al que no podía llegar.
Etna se incorporó lentamente, apoyando los codos sobre las rodillas. El sudor frío le pegaba el cabello a la frente. Levantó la mirada hacia la ventana, buscando el aire de la madrugada, como si así pudiera ahuyentar la sensación de asfixia.
Dices con acento catanés, "Leila…"
El susurro se escapó entre dientes, apenas audible, pero cargado de dolor. Su mano se llevó instintivamente al pecho, donde el corazón latía con una fuerza irregular. La angustia la ahogaba más que el dolor físico.
Se recostó de nuevo, esta vez de lado, abrazando la manta contra sí misma como si intentara encontrar calor en un vacío demasiado grande. Sus ojos se humedecieron, y aunque trató de mantenerlos abiertos, terminaron cerrándose con lentitud.
Dices con acento catanés, "Me haces falta… más que nunca."
La soledad de la habitación se volvió más pesada. Afuera, el amanecer aún estaba lejos, pero para Etna cada minuto en esa cama parecía eterno. Entre el dolor, el frío del veneno y la ausencia de Leila, lo único que quedaba era ese nudo en su pecho que no sabía si alguna vez se disolvería.
La noche avanzó lenta, arrastrando las horas como si fueran cadenas. Etna, tras soltar el último suspiro de angustia, cayó nuevamente en un sueño ligero, más parecido a un desmayo que a un verdadero descanso. Su respiración era irregular, marcada por el veneno que aún corría como un fantasma silencioso en su cuerpo. Cada tanto, su frente se perlaba de sudor frío y sus labios se movían en un murmullo ininteligible, atrapada en un vaivén de fiebre y sombras.

Un desayuno romántico para etna.

Punto de vista: Etna.

Cuando el amanecer comenzó a teñir de gris la ventana, Etna abrió los ojos con dificultad. El dolor punzante en su abdomen seguía ahí, más apagado, pero constante, como una herida que se negaba a cicatrizar. Se incorporó lentamente, apoyándose en los codos primero, luego en las manos, con un jadeo entrecortado. Sus piernas temblaban antes incluso de tocar el suelo.
Gianluca estáva aí, la mirava, la opcervava, la cuidaba desde la puerta. Su espalda, recargada contra la puerta, pero sus ojos, grices y oscuresidos no se apartavan de ella. Su presencia como un candado humano.
Se obligó a ponerse de pie. Cada movimiento era una batalla en sí misma. Sujetándose del respaldo de la silla y luego del borde de la mesa, avanzó hasta el pequeño baño de su recámara. El reflejo en el espejo le devolvió un rostro pálido, con las ojeras marcadas y la piel aún apagada por la toxina. Sus ojos, sin embargo, ardían con un fuego obstinado que no cedía.
Giró la llave de la regadera. El agua tibia golpeó su piel como un alivio momentáneo, pero también expuso su fragilidad. Sus músculos tensos se contrajeron bajo la caída del agua, y un quejido escapó de su garganta al apoyar la mano en la pared para no desplomarse. Cada respiración era un recordatorio de que aún no estaba recuperada. El veneno había dejado cicatrices invisibles, un rastro que la debilitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Se pasó las manos por el rostro, dejando que el agua borrara el sudor de la fiebre y el rastro de lágrimas de la madrugada. Cerró los ojos unos segundos más, apoyando la frente contra los azulejos fríos, buscando fuerzas en la calma artificial de la ducha.
Al cabo de un rato, apagó el agua y se envolvió en una toalla, respirando hondo como si aquel simple acto hubiera sido una misión titánica. Regresó al cuarto despacio, cada paso medido, con el cuerpo exhausto, pero la determinación intacta.
Gianluca dice con acento napolitano, "vine hace un rato, savía que tratarías de levantarte sola"
Etna gira lentamente para verlo.
Suspiras profundamente.
Dices con acento Catanés, "buongiorno."
Gianluca asiente afirmativamente.
Gianluca dice con acento napolitano, "buongiorno"
Dices con acento Catanés, "Tan temprano quieres guerra?, almenos deja que desayune."
Gianluca sonríe.
Etna lo mira con una sonrisa irónica.
Gianluca se le acercó, y con una delicadeza inpropia de él, la tomó en brazos caminando con ella hasta la puerta. No habló, no avisó, solo, actuó
Gianluca dice con acento napolitano, "claro que vas a desallunar, pero yo te llevaré. "
Dices con acento Catanés, "ayno, bájame gian. "
Gianluca niega con la cabeza.
Gianluca dice con acento napolitano, "cláro que no"
Etna sonríe ligeramente mientras la lleba gianluca al comedor.
Gianluca sonríe.
Dices con acento Catanés, "Me vas a cocinar?"
Etna lo mira un tanto divertida, el dolor en su abdomen aumenta un poco.
El comedor estaba silencioso, apenas iluminado por la luz tenue que entraba por las ventanas empañadas de la madrugada. La mesa ya tenía encima una bandeja con pan recién horneado, queso y una cafetera humeante. Gianluca cruzó el umbral sin apartar la vista de ella, sus brazos firmes pero cuidadosos, como si cargara algo más frágil que la porcelana.
La depositó suavemente en una de las sillas, inclinándose un poco hacia adelante hasta asegurarse de que estaba bien apoyada. Su mirada seguía fija en su rostro, como si cada respiración de ella fuese un reloj que él necesitaba controlar.
Gianluca dice con acento napolitano, "No voy a dejar que sigas jugando a ser de hierro cuando tu cuerpo apenas puede sostenerte."
Etna lo miró, arqueando una ceja, mientras tomaba la taza de café con manos que temblaban apenas perceptiblemente.
Dices con acento catanés, "Y tú no vas a dejar de tratarme como si fuera de cristal, ¿verdad?"
Él se inclinó más, apoyando una mano en el respaldo de su silla, inclinando la cabeza para acercarse a su oído.
Etna apartó la taza y lo miró directo a los ojos. La ironía en su rostro se desvaneció un instante, reemplazada por una vulnerabilidad que no quería mostrar. El veneno aún estaba en sus venas, debilitándola, y la sensación de ser observada, sostenida, le provocaba un nudo en la garganta.
Dices con acento Catanés, "odio estar así cuando Leila exige ser vengada."
Gianluca dice con acento napolitano, "el problema es que como sigas así, a la siguiente que se tendrá que vengar, es a tí"
Dices con acento Catanés, "Anoche la vi llena de sangre como seguramente estuvo en esa maldita envoscada."
Gianluca suspira profundamente.
Gianluca dice con acento napolitano, "entonces qué Etna?, quieres salir y que todo sea envano? eso quieres?"
Gianluca la mira salvaje a los ojos.
Gianluca dice con acento napolitano, "quieres que todo lo que has hecho hasta ahora no sirva de nada, para que con un solo toque ahora sí estés muerta?."
Etna baja la mirada y niega con la cabeza.
Gianluca Se enderezó, sirviéndole un trozo de pan y acercando el plato con un gesto casi doméstico, impropio de la tensión que cargaban sus vidas. Etna, sin dejar de mirarlo, tomó un pequeño bocado, forzando a su cuerpo a obedecer.
El silencio que siguió estaba cargado, no de incomodidad, sino de una especie de pacto no dicho. Ella luchaba por demostrar fuerza, él insistía en cuidarla aunque no se lo pidiera.
Gianluca dice con acento napolitano, "Come, Etna. Hoy lo necesitas más que nunca. No me hagas darte la guerra antes del desayuno."
Ella soltó una leve risa ronca, bajando la mirada al plato.
Dices con acento catanés, "Estás aprendiendo a negociar conmigo, gelato napolitano."
Sonríes.
Gianluca sonríe.
Gianluca dice con acento napolitano, "gelatto?. Io no soy el que se parecía a una principessa al zucchero"
Gianluca sonríe.
Dices con acento Catanés, "Pareceque en la unibersidad me analizabas mucho. "
Gianluca dice con acento napolitano, "no avía que graduarse para darse cuenta, zucchero."
Dices con acento Catanés, "pero nunca te gustaron las princesas de azúcar, porque ahora si?. "
Gianluca dice con acento napolitano, "venga, te lo dejo de taréa, gran sicóloga. "
Etna ríe suavemente mientras sigue comiendo.
Etna mientras come lo mira de reojo, el chico que tanto le gustaba en la univercidad ahora está a su lado de la forma menos esperada.
Dices con acento Catanés, "Hablando de terapias y análisis, cuando vas a volber a recibir terapias?"
Gianluca se parte de risa.
Gianluca dice con acento napolitano, "cuando las necesite, talvéz."
Niegas con la cabeza.
Dices con acento Catanés, "era parte del trato de que leila te sacara."
Gianluca dice con acento napolitano, "que pretendes con este tema, volcanzito. "
Gianluca sonríe.
Sonríes.
Dices con acento Catanés, "Quiero que lo hagas gianluca. Quieres que confíe en tí, haslo entonces."
Etna lo mira a los ojos con más que ceriedad, con una chispa de lo que un día ella sentía por él.
Gianluca se le acercó, mirándola significativamente. La tomó firmemente de las manos con sus ojos grises clabados en los ojos verdes de ella.
Gianluca pegó su frente a la de ella.
Etna no pudo hebitar sonrojarse un poco.
Gianluca dice con acento napolitano, "dime algo, volcanzito. Esto lo haces por capricho, o por seguridad?, por que realmente aunque digas que sí, y aunque solo me veas como una pieza de tablero, así como le dijiste a tu cachorrito, tu y io savémos que no es así. Que aunque lo niegues, no hay desconfianza en tí, Ya no. "
Dices con acento Catanés, "Escuchaste mi combersación con karlo. "
Gianluca sonríe.
Gianluca dice con acento napolitano, "es lindo saverse una pieza, saves. "
Gianluca dice con acento napolitano, "pero deverías de pensar, si solo es de un tablero, o que actúa de pilar y de cuerda en tu equilibrio. "
Gianluca sonríe.
Etna entrecierra los ojos.
Dices con acento Catanés, "Tanto te inporto que me salbaste la vita."
Gianluca sonríe.
Gianluca dice con acento napolitano, "hay chyara, me encanta como lo mencionas, pero no dimencionas"
Dices con acento Catanés, "Pués dímelo tú."
Dices con acento Catanés, "perque me salbaste. "
Dices con acento Catanés, "solo por lo que pasó esa noche?"
Dices con acento Catanés, "porque dices que sono tuya, asi iono qiera?"
Dices con acento Catanés, "solo por eso gian."
Gianluca sonríe.
Etna lo mira con duda, con desafío en los ojos.
Gianluca dice con acento napolitano, "pregúntate, deverdad no quieres?. "
Gianluca dice con acento napolitano, "hasta este punto. "
Gianluca la mira a los ojos
Dices con acento Catanés, "respóndeme primero."
Gianluca sonrió con una lentitud exasperante, como si quisiera saborear cada segundo de la incertidumbre de Etna. Sus ojos grises, antes salvajes, ahora tenían un brillo casi juguetón.
Gianluca dice con acento napolitano, "Te salvé porque lo necesitaba. Porque verte así, muriéndote, no era una opción para mí."
Su pulgar acarició la palma de la mano de Etna, un gesto tierno que contrastaba con la firmeza de sus palabras.
Gianluca dice con acento napolitano, "Y porque lo que pasó esa noche, volcanzito, no fue solo una noche. Fue… un inicio. Algo que no se borra, por mucho que quieras negarlo."
Etna parpadeó, sintiendo el calor extenderse desde sus manos hasta su rostro. El desafío en sus ojos se suavizó, dando paso a una expresión de perplejidad.
Dices con acento Catanés, "¿Un inicio? ¿De qué hablas?"
Gianluca se inclinó un poco más, su voz bajando a un murmullo que solo ella podía escuchar.
Gianluca dice con acento napolitano, "De algo que tú también sientes, aunque te escondas detrás de tu coraza. De algo que te aterra, pero que también te atrae. Y sí, sigues siendo mía, Etna. En cada latido de tu corazón, en cada respiración, en cada vez que me miras y no puedes disimular lo que realmente piensas."
Se apartó un poco, rompiendo el contacto físico, pero su mirada permaneció clavada en la de ella, intensa y sin evasivas.
Gianluca dice con acento napolitano, "Así que, respondiéndote. No. No fue solo por lo que pasó esa noche. Y no. No eres mía solo porque yo quiera. Eres mía porque lo sientes. Y porque no te dejaré ir."
Gianluca dice con acento napolitano, "pero si es lo que quieres oír, Sí. Eres mía por que yo lo digo, también. "
Gianluca se alejó un poco mas, su rostro volviendo a su mueca de pura diverción al ver sus expreciones con cada palabra que salía de sus labios.
Etna se debate entre lo que quiere demostrarle, y lo que gianluca le hace sentir.
Etna agarra su taza de café y da un trago largo.
Dices con acento Catanés, "Te odio por presumido gian."
Etna deja la taza he intenta levvantarse.
Gianluca dice con acento napolitano, "y tu muy humilde no? volcanzito?. "
Gianluca se parte de risa.
Dices con acento Catanés, "No tengo la culpa de benir de una de las mejores familias de nápoles."
Sonríes.
Gianluca dice con acento napolitano, "pues mira, muy privilegiada y todo, pero, quien sacó mejor nota que tú casi en el parciál final?. "
Gianluca sonríe.
Te partes de risa.
Dices con acento Catanés, "Leila me tenía ocupada esos meses, fue por eso. "
Etna se acerca con paso lento hasta él.
Etna lo abraza aún con temblor en las manos.
Dices con acento Catanés, "Quiero confiar en tí. "
Dices con acento Catanés, "sí, reviviste cosas que yo sentía por tí."
Dices con acento Catanés, "Significa mucho para mí que hayas hecho esto. Salbarme de Kenia, no imaginé que lo harías."
Gianluca la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho. El temblor en las manos de Etna se hizo menos pronunciado, encontrando una calma inesperada en el abrazo. Su barbilla descansó sobre la cabeza de ella, y un suspiro escapó de sus labios.
Gianluca dice con acento napolitano, "No tienes que imaginarlo, volcanzito. Siempre te salbaría."
El silencio se instaló entre ellos, un silencio diferente al de la madrugada, este cargado de una intimidad recién descubierta. Etna se aferró a él, sintiendo el calor de su cuerpo, la firmeza de su abrazo. Las palabras de Gianluca resonaron en su mente, "siempre te salvaría". Era una promesa, un ancla en medio del caos de su vida.
Etna se separó lentamente, sus ojos verdes buscando los suyos.
Dices con acento Catanés, "Lo sé."
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, una sonrisa genuina y libre de ironía.
Dices con acento Catanés, "Gracias, Gianluca."
Él le devolvió la sonrisa, sus ojos grises llenos de una ternura que rara vez mostraba.
Gianluca dice con acento napolitano, "De nada, principessa al zucchero."
Etna le dio un suave golpe en el hombro, la sonrisa aún en sus labios.
Dices con acento catanés, "¿Aún con eso? Creí que ya lo habías superado."
Gianluca se encogió de hombros, la diversión aún presente en su mirada.
Gianluca dice con acento napolitano, "Hay cosas que uno nunca supera, volcanzito. Como tú y tu necesidad de tener la razón."
Ambos rieron, un sonido ligero que disipó un poco la tensión de la mañana. Etna se sintió un poco más ligera, el peso de la pesadilla y la discusión con Gianluca disminuyendo. Aún le dolía el cuerpo, y el vacío de Leila seguía ahí, pero por un momento, en esa cocina, rodeada por el aroma a café y la presencia de Gianluca, se sintió… menos sola.
Dices con acento catanés, "Tienes razón en algo, napolitano."
Gianluca arqueó una ceja, esperando.
Dices con acento catanés, "Necesito confiar en ti. Y no solo como una pieza en mi tablero."
Etna dio un paso más cerca de él, sus ojos verdes fijos en los suyos.
Dices con acento catanés, "Quiero confiar en ti con esto."
Etna se llevó la mano al pecho, donde la cicatriz invisible del veneno y la ausencia de Leila aún la atormentaban.
Dices con acento catanés, "Con todo esto."
Gianluca dejó de sonreír, su rostro volviéndose serio de nuevo. Su mirada se suavizó, pero la intensidad no disminuyó.
Gianluca dice con acento napolitano, "Estoy aquí para eso, Etna. Siempre."
Le tomó la mano que ella tenía sobre el pecho, entrelazando sus dedos con los de ella.
Gianluca dice con acento napolitano, "Y no te preocupes por las terapias. Las retomaré. Por Leila. Por ti. Y por mí."
Etna asintió lentamente, sintiendo el calor de su mano. Era una promesa, un compromiso que iba más allá de las palabras. Era el inicio de algo nuevo, algo que aún no podía nombrar, pero que sentía en lo más profundo de su ser.
Dices con acento catanés, "Bien. estamos juntos ahora y deseo que siempre lo estemos mio Gelato napolitano."
Su voz era apenas un susurro, pero estaba cargada de una emoción que Gianluca supo reconocer. Era confianza. Y un atisbo de esperanza.
El aire entre ambos se volvió más denso, cargado de esa tensión que no era solo deseo, sino una mezcla peligrosa de amor, orgullo y cicatrices compartidas. Gianluca bajó la cabeza lentamente, buscando sus labios con una calma inusual en él. El beso fue primero suave, casi un roce, pero pronto se volvió más profundo, una descarga contenida de todo lo que habían callado hasta ese momento.
Etna respondió, con el mismo temblor que llevaba en las manos desde que despertó, pero ahora no por el veneno, sino por la intensidad con la que lo sentía. Sus dedos se aferraron al cuello de Gianluca, acercándolo más, borrando cualquier distancia.
Gianluca deslizó una mano por su espalda, trazando con los dedos la silueta de su columna hasta detenerse en la curva de su cintura. La apretó con fuerza contra él, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba ahí, viva, entre sus brazos.
Gianluca dice con acento napolitano, "No sabes lo que significas para mí, volcanzito. Juro que haré lo que sea para que nunca más vuelvas a estar al borde de la muerte."
Etna respiró hondo, sus labios aún rozando los de él.
Dices con acento catanés, "Entonces prueba que puedo confiar en ti… no solo aquí, en este momento. Hoy, Gianluca… el puerto es tuyo. Toma el mando. Yo… no estoy lista todavía."
Las palabras le salieron con dificultad, como si al entregarle esa parte de sí misma renunciara a un pedazo de control que siempre había defendido con uñas y dientes.
Gianluca la sostuvo de las mejillas, forzándola a mirarlo directo a los ojos.
Gianluca dice con acento napolitano, "¿Confías en mí para llevar su bandera? ¿Para llevar la tuya?"
Etna asintió, sus ojos verdes brillando con un destello de vulnerabilidad y fuerza al mismo tiempo.
Dices con acento catanés, "Sí. Hoy… eres tú. Pero recuerda, Gianluca… no lo hagas por ti. Hazlo por mí. Hazlo por Leila."
Él no dudó, la besó de nuevo, con una pasión que dejó claro que entendía lo que acababa de recibir: no solo una misión, sino un voto de confianza que nadie más había logrado arrancarle.
Gianluca dice con acento napolitano, "Por ti, Etna. Y por ella. Te lo juro."
La abrazó con fuerza, como si sellara con su propio cuerpo aquella promesa. El amanecer entraba ya más claro por las ventanas, tiñendo la cocina de un tono cálido que contrastaba con la dureza de sus palabras.
Etna apoyó la frente en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón. Era un sonido que, por primera vez en mucho tiempo, le dio paz.
Dices con acento catanés, "Entonces sal y demuéstralo. Hoy, yo te cedo la guerra."
Gianluca sonrió apenas, besando la cima de su cabeza antes de apartarse para prepararse. En su mirada había determinación, pero también algo más: el reconocimiento de que, en ese instante, Etna lo había hecho suyo de un modo irrevocable.

Gianluca lidera la misión.

Minutos más tarde en la recámara.
El sonido del cinturón al ajustarse fue lo primero que rompió el silencio de la recámara. Gianluca se puso de pie, abotonándose la camisa negra de manera meticulosa, como si cada movimiento fuese parte de un ritual previo a la guerra. Su chaqueta de corte militar descansaba sobre la silla, lista para cubrir sus hombros anchos. Etna lo observaba desde la cama, envuelta en la manta, con el rostro todavía marcado por el cansancio, pero con los ojos encendidos en esa mezcla de angustia y determinación que nunca la abandonaba.
Dices con acento catanés, "Recuerda, Gianluca… esta no es una pelea cualquiera. El puerto es una vena abierta. Si lo controlamos hoy, cortamos el aire a los bastardos."
Gianluca giró la cabeza, sus ojos grises fijos en ella, y asintió con una firmeza que no necesitaba palabras. Tomó la chaqueta, se la colocó y le extendió una mano.
Etna dudó apenas un segundo, pero finalmente la tomó. Se incorporó con esfuerzo y lo siguió hasta la sala de reuniones, donde el croquis de la noche anterior aún estaba extendido sobre la mesa. Los mapas del puerto, las rutas de salida y los puntos de emboscada señalados con tinta roja parecían un tablero de ajedrez donde cada pieza debía moverse con precisión.
Ella se inclinó sobre el plano, marcando con un dedo cada paso.
Dices con acento catanés, "Tú irás aquí, con Maurizio cubriéndote desde el muelle exterior. Karlo quedará en el perímetro sur, el más expuesto, pero es donde necesitamos que nadie entre ni salga. Yo… me quedaré aquí, monitoreando todo desde el refugio. Tendrás comunicación directa conmigo."
Gianluca apretó los labios, observándola con atención.
Gianluca dice con acento napolitano, "Te escucho, Etna. Pero dime algo… ¿estás segura de que quieres soltar las riendas, aunque sea por hoy?"
Etna lo miró de frente, sus ojos verdes firmes.
Dices con acento catanés, "No es soltar. Es delegar. Porque si me quiebro, si caigo otra vez… entonces sí lo perderemos todo. Hoy eres tú."
Un silencio cargado se instaló en la sala. Ella lo había dicho con un tono que no dejaba espacio a réplica.
Etna respiró hondo, y con un gesto llamó a uno de los muchachos de confianza.
Dices con acento catanés, "Reúne a Karlo y a Maurizio. Es hora de hablarles."
Minutos después, el sonido de botas pesadas resonó en el pasillo. Karlo entró primero, serio, con los brazos cruzados. Maurizio le seguía, con expresión más abierta, aunque no ocultaba la tensión en los hombros.
Etna se apoyó en el borde de la mesa, sin ocultar su cansancio.
Dices con acento catanés, "Escuchen bien. Hoy el mando en el puerto no lo llevaré yo. Será Gianluca quien dirija la operación."
Un silencio gélido llenó la sala. Maurizio arqueó las cejas, sorprendido, mientras que Karlo entrecerró los ojos, su mandíbula tensándose con un rictus de incomodidad.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Qué? ¿Y desde cuándo dejamos la cabeza de la misión en manos de él?"
Gianluca dio un paso al frente, erguido, su mirada fija en Karlo.
Gianluca dice con acento napolitano, "Desde que ella lo decidió. Y porque yo puedo hacerlo."
Karlo soltó una risa seca, incrédula.
Karlo dice con acento siciliano, "Esto no es un juego de universidad, napolitano. Aquí no basta con músculo y palabras bonitas."
Etna levantó la voz, cortando de raíz la discusión.
Dices con acento catanés, "¡Basta! No estoy pidiendo opiniones. Lo estoy ordenando. Gianluca va al frente hoy. Punto."
Karlo la miró con los ojos encendidos, pero guardó silencio. Su respiración era pesada, como si luchara contra las palabras que querían salir. Finalmente, dio un paso atrás, con el rostro sombrío.
Dentro de sí, la batalla era más dura que cualquier enfrentamiento en el puerto. Parte de él gritaba que no podía soportar estar bajo el mando de Gianluca, no después de cómo lo había visto acercarse a Etna, ocupar un lugar que, en su mente, no le correspondía. Otra parte, la más leal a Leila y a la promesa que alguna vez se hicieron, le recordaba que no estaba allí por Etna ni por Gianluca, sino por la sangre derramada de su jefa, de su amiga, de su hermana elegida.
Karlo cerró los puños, tragándose la rabia.
Karlo piensa: Tal vez necesito alejarme un tiempo de ella… o tal vez quedarme y recordar por qué estoy aquí. Por Leila.
Maurizio rompió el silencio, con un asentimiento firme hacia Etna y luego hacia Gianluca.
Maurizio dice con acento siciliano, "Si ella lo decidió, lo respeto. Vamos al puerto."
El aire en la sala seguía cargado de tensión, pero la decisión estaba tomada. Etna lo había sellado, y cada uno de ellos tendría que lidiar con lo que significaba.
Etna se mantuvo en el centro de la sala, observando cómo Karlo y Maurizio salían, seguidos por Gianluca, quien le dedicó una última mirada antes de desaparecer por el pasillo. El eco de sus pasos se desvaneció, dejando a Etna en un silencio que se sentía más pesado que antes. El croquis sobre la mesa parecía cobrar vida propia, cada línea roja palpitando con la inminencia de la batalla.
Se acercó a la mesa y encendió una pequeña pantalla táctil integrada en el borde, activando un sistema de monitoreo. En la pantalla aparecieron las cámaras de seguridad del refugio, y luego, en una sección separada, los puntos clave del puerto. El mapa mostraba puntos verdes en movimiento: sus hombres, dirigiéndose a sus posiciones.
Dices con acento catanés, "Que empiece la danza."
Su voz, aunque apenas un susurro, llevaba la carga de la responsabilidad. Se sentó frente a la pantalla, sus manos frías, pero su mente aguda. La estrategia, la había planeado durante noches de insomnio, cada variable calculada, cada riesgo sopesado. Ahora, la ejecución dependía de Gianluca, de su capacidad para liderar, para actuar bajo la presión del fuego.
El refugio se había transformado en el centro de control, una fortaleza subterránea desde donde Etna, con su cuerpo aún adolorido, dirigiría la orquesta del caos. A pesar de la entrega de mando, no se permitiría un solo momento de debilidad. Leila merecía esto, y más. Y si Gianluca era la pieza clave para lograrlo hoy, entonces se aseguraría de que no fallara.
El rugido de los motores anunció la partida. Tres vehículos avanzaban por la carretera secundaria que conducía al puerto. Gianluca iba al frente, en la camioneta principal, con Pietro a su lado repasando las armas en silencio. Detrás, en otro vehículo, Karlo conducía con el ceño fruncido, los nudillos blancos por la fuerza con la que sujetaba el volante; Maurizio, a su lado, mantenía la vista en el horizonte, más tranquilo, pero atento a la tensión que impregnaba el aire.
Dentro del vehículo líder, Gianluca revisaba el comunicador en su oído.
Gianluca dice con acento napolitano, "Etna, aquí estamos. En quince entramos al perímetro."
La voz de Etna llegó nítida desde el refugio, serena pero con una firmeza que no admitía dudas.
Dices con acento catanés, "Copiado. Recuerden: entrada sur despejada por cinco minutos. Esa es la ventana. Si alguien se retrasa, no habrá segunda oportunidad."
Pietro asintió sin apartar la vista de su rifle.
Pietro dice con acento siciliano, "Cinco minutos bastan. Pero hay que moverse como fantasmas."
Karlo, desde el segundo vehículo, intervino con un tono seco.
Karlo dice con acento siciliano, "Eso, si los fantasmas obedecen a quien los guía."
Maurizio giró el rostro hacia él, reprobando con una mirada severa.
Maurizio dice con acento siciliano, "Basta, Karlo. No es el momento."
Gianluca sonríe al comunicador, con un comentario que finaliza la discución.
Gianluca dice con acento napolitano, "ya ragazzi, pietro dijo como fantasmas, no fantasmas en pena, deacuerdo?"
Gianluca sonríe.
Los vehículos se detuvieron a varios metros del puerto. El aire estaba cargado con olor a sal y combustible, mezclado con el eco metálico de grúas y cadenas golpeando el acero. A lo lejos, el puerto parecía un monstruo dormido, iluminado por las luces anaranjadas de los postes, con sombras que se movían en los muelles.
Etna habló de nuevo, desde el refugio.
Dices con acento catanés, "Punto alfa asegurado. Avancen ahora."
Los hombres descendieron. Gianluca al frente, su silueta recortada contra la niebla del amanecer, levantó un puño y todos se agacharon. Señaló con la mano, dividiendo posiciones. Pietro cubrió el ala este, Maurizio se internó por el perímetro norte, y Karlo se quedó en el sur, el punto más vulnerable.
Gianluca dice con acento napolitano, "Recuerden, cada movimiento sincronizado. Ni un paso en falso."
Los pasos resonaban sobre el pavimento húmedo, amortiguados por el peso de la tensión. Desde el refugio, Etna observaba en las pantallas cómo sus hombres se deslizaban entre contenedores y sombras. Su respiración era acompasada, sus ojos atentos a cada punto verde que se movía en el mapa digital.
De pronto, un destello rojo apareció en la esquina de la pantalla. Etna frunció el ceño, su dedo marcando el punto en el mapa.
Dices con acento catanés, "Alto. Movimiento en el muelle tres. No está en el plan. Repito, no está en el plan."
En el puerto, Gianluca levantó la mano en señal de detención. Su voz bajó a un murmullo cargado de tensión.
Gianluca dice con acento napolitano, "Cambio de juego. Escuchen a Etna."
La respiración de Etna se volvió más lenta, forzándose a mantener la calma.
Dices con acento catanés, "Son cuatro… no, cinco hombres armados. Parecen mercenarios, no estibadores. Vigilen el cargamento, están demasiado cerca del contenedor 27."
Karlo, desde su posición, gruñó entre dientes.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Ves lo que digo? Esto ya se salió del guion."
El puerto entero parecía contener la respiración, la tensión lista para estallar en cualquier instante. Etna, desde la seguridad del refugio, cerró los ojos un segundo, sabiendo que en cuestión de minutos la sangre correría.

Una sorpresa desagradable lo descontrola todo.

Las grúas se mecían sobre los contenedores como esqueletos oxidados, crujientes bajo la brisa marina. El eco metálico de cadenas golpeando se mezclaba con el rumor de las olas. Cinco hombres armados bajaron de una camioneta blindada, desplegándose con disciplina. Sus botas golpeaban el concreto húmedo con un ritmo marcial.
Al frente de ellos, una silueta femenina caminaba con paso firme, felino. La luz anaranjada de los postes del puerto resbalaba sobre su piel canela, sobre el negro azabache de su cabello que caía como una sombra viva sobre su espalda. Cada movimiento suyo parecía calculado, natural y letal al mismo tiempo.
El hombre armado dice: "La Leopardo dice que primero aseguramos el 27. Nadie se acerca sin su palabra. "
Ella se detuvo junto al contenedor señalado, con un cigarro apagado entre los labios. Sus ojos, oscuros y hondos, recorrían el muelle como si pudiera ver a través de las sombras. Su voz, con un acento culichi inconfundible, se alzó sin necesidad de gritar, cargada de dominio.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "A ver, plebes… ni un cabrón se me adelanta. Aquí el negocio es limpio: cargamento entra, dinero fluye. El que falle, lo entierro en la arena como a perro sarnoso, ¿quedó claro? "
Los hombres asintieron sin atreverse a mirarla directamente.
Desde su posición en lo alto de un contenedor, Gianluca observaba la escena a través de los binoculares. Su mandíbula se endureció al ver la precisión con la que “La mujer distribuía a sus hombres. No era una amateur, no era simple carne de cañón de Matteo. Era alguien acostumbrada a liderar bajo fuego.
Gianluca dice con acento napolitano, "Mierda… Etna, tenemos un problema. Esta mujer no es cualquiera. Sabe lo que hace."
La voz de Etna llegó clara al comunicador desde el refugio, aunque temblaba ligeramente, todavía debilitada.
Dices con acento catanés, "Una mercenaria mexicana. Si está aquí, significa que Matteo ya no confía en sus hombres sicilianos. Es peor de lo que pensaba. "
El pulso de Etna se aceleraba frente a las pantallas, observando cómo los puntos verdes de sus hombres se acercaban peligrosamente al perímetro enemigo. Cada línea en el mapa era ahora un hilo de tensión a punto de romperse.
Karlo, en el flanco sur, apretó los dientes al escuchar el apodo en el canal abierto.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Leopardo? ¿Y ahora vamos a pelear contra putos animales exóticos también? Perfecto lo que nos faltaba."
Maurizio le lanzó una mirada fulminante desde la sombra del contenedor más próximo.
La Leopardo levantó una mano y sus hombres se detuvieron como si el tiempo mismo se hubiera congelado.
Gianluca dice con acento napolitano, "etna, o lo trankilizas tu, o lo hago yo. Con enemigos tan serca, sus quejas están demás. "
Dices con acento Catanés, "Karlo, ya vasta concéntrate. "
Gianluca sonríe.
Shawnee la Leopardo dice con acento sinaloense, "Ya los olí… Están aquí. Esos perros de esa tal Etna creen que van a joder mi cargamento. Pues que vengan, a ver si traen huevos. "
Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible, peligrosa, mientras con un movimiento fluido cargaba su rifle y lo apoyaba sobre el hombro.
El viento arrastró olor a sal y a pólvora anticipada. El silencio duró apenas unos segundos, roto por el chirrido de un seguro deslizándose.
Gianluca dice con acento napolitano, "Ya no hay vuelta atrás. Esperen mi señal."
Maurizio ajustó el cargador de su rifle, con una serenidad que contrastaba con la rabia contenida en los ojos de Karlo.
Maurizio dice con acento siciliano, "Cuando caiga el primero, no se detengan."
Desde el refugio, Etna seguía cada movimiento en la pantalla. Los puntos verdes se encontraban ya a escasos metros de los rojos. La tensión en sus hombros se hizo visible, como si el veneno aún la quemara por dentro.
Dices con acento catanés, "Gian, recuerda: corta sus líneas primero. No vayan directo al cargamento. Si ella es tan buena como parece, va a jugar con su posición."
La Leopardo alzó la barbilla, exhalando humo del cigarro recién encendido. Su silueta recortada contra la bruma parecía la de una estatua viva, felina y desafiante.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Quiero ojos en las grúas y el muelle sur. Nadie se duerme. El primero que vea movimiento, dispara sin preguntar."
Uno de sus hombres asintió y subió a la torre metálica, mientras otro se adelantaba hasta la pasarela del contenedor 27.
Karlo apretó la radio, mascullando entre dientes.
Karlo dice con acento siciliano, "Si no disparamos ya, van a fortificarse. ¿Qué esperas, napolitano?"
Gianluca lo fulminó con una mirada, pero no contestó. Su mano levantada fue la única señal. Tres dedos arriba… luego dos… luego uno.
El estampido de la primera ráfaga rompió el aire, un rugido metálico que hizo vibrar las paredes de los contenedores. Una lluvia de balas estalló desde el flanco norte, rebotando contra el acero y arrancando chispas.
La Leopardo giró sobre sus talones, sacudiendo el cigarro de entre sus labios.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "¡Cobertura, plebes, cúbranse ya!"
Sus hombres se desperdigaron con rapidez, rodando tras barriles y cajas. Ella, en cambio, se quedó en pie, firme, ajustando el rifle en su hombro. Una bala silbó a centímetros de su rostro, pero su sonrisa permaneció intacta.
Desde su escondite, Karlo descargó su fusil con rabia.
Karlo grita con acento siciliano, "¡Vamos, carajo! ¡Que no se lleven un gramo!"
Etna, viendo el caos en la pantalla, murmuró casi para sí misma, con la garganta seca.
Dices con acento catanés, "Que la sangre de Leila nos guíe… No fallen."
La Leopardo dio un paso al frente, disparando en ráfagas cortas y precisas. Cada tiro suyo encontraba metal, aire o carne. Sus ojos brillaban con esa mezcla de furia y placer que solo quienes nacen en la guerra conocen.
Shawnee La Leopardo grita con acento sinaloense, "¡Óiganlo bien, hijos de la chingada! Hoy a mí no me quitan ni un puto cargamento. ¡Ni uno!"
El puerto, de pronto, se convirtió en un campo abierto de fuego y acero. Las luces parpadeaban sobre charcos de agua que ahora se mezclaban con sangre fresca, mientras los rugidos de ambos bandos chocaban contra el eco del mar.
Gianluca frunce el ceño.
Las balas rebotaban contra el acero de los contenedores como chispas endemoniadas. El aire era un zumbido constante de disparos, gritos y metal desgarrado. Karlo, con los ojos encendidos de furia, salió de su cobertura como si la cordura ya no existiera.
Karlo gritó con acento siciliano, "¡Per Leila!"
Su fusil rugió en un solo barrido, y dos hombres de La Leopardo cayeron de inmediato, uno contra el asfalto húmedo y otro desplomado sobre un barril que se tiñó de rojo al instante. Sin detenerse, Karlo rodó hacia adelante, disparando a quemarropa contra un tercero que apenas alcanzó a levantar su arma.
Etna se incorporó sobresaltada frente a las pantallas, la mano crispada sobre el borde de la mesa.
Dices con acento catanés, "¡Karlo, no! ¡No te expongas así!"
Pero el siciliano no escuchaba. Era puro instinto, pura rabia. Sus botas chapotearon sobre un charco, su silueta recortada contra las luces amarillentas del puerto.
Shawnee lo vio venir. Una chispa brilló en sus ojos, mezcla de desafío y deleite.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Así me gusta, cabrón. ¡Con huevos!"
Shawnee Se giró, apuntó y soltó una ráfaga que pasó rozando la oreja de Karlo, haciéndolo girar sobre sí mismo para cubrirse detrás de un contenedor oxidado. La carcajada de ella retumbó en el muelle, feroz, tan viva como las balas.
Karlo, jadeante, recargó el fusil y gritó entre dientes.
Karlo grita con acento siciliano, "¡Sal de ahí, Leopardo! ¡Ven a pelear conmigo de frente!"
La mexicana se acomodó el rifle en la espalda y desenfundó una pistola cromada, caminando hacia él con un paso lento, seguro, casi provocador. El brillo del metal iluminaba su sonrisa torcida.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "¿De frente? Órale pues… aquí estoy, siciliano. Enséñame qué tanto sabes pelear. "
Los ojos de Karlo ardieron con una rabia tan pura que Pietro, desde su posición apretó los dientes.
Pietro grita con acento siciliano, "¡Karlo, fratello, contróllati!"
Maurizio, cubierto tras otro contenedor, disparaba contra los hombres restantes para abrir paso hacia el cargamento, pero no podía evitar mirar hacia donde Karlo y La Leopardo ya se encontraban frente a frente, fuego y acero en los ojos.
Etna se inclinó hacia la pantalla, sus dedos temblando sobre el borde.
Dices con acento catanés, "Dios santo… ese loco va a morir si sigue así."
Shawnee levantó la pistola, apuntando directo al pecho de Karlo, mientras él ya tenía el cañón de su fusil alineado con la frente de ella.
Dices con acento Catanés, "Karlo, maldita sea que rayos te pasa, sal de allí. "
Karlo sostenía el fusil con ravia, mirándo a la intrusa con una ira de dragón.
Shawnee la Leopardo dice con acento sinaloense, "A varios cabrones como tú he matado, no me intimidas. "
Karlo dice con acento siciliano, "así, y a varias perras de tu color las tuve en mi cama. "
Shawnee se carcajea.
Shawnee la Leopardo dice con acento sinaloense, "qué mierda te traes con mi color hijo de puta. "
Los demás lo escuchan sorprendidos y preocupados.
Etna grita por el comunicador.
Dices con acento Catanés, "Joder que estás haciendo karlo vasta."
Karlo no pensó, solo disparó. La ráfaga vino por su parte, oviamente, la fiera lo esquibó, y a el le tocáva agacharze. La ira lo iva nublando, las balas y gritos cada vez mas fuertes. Karlo no respondía, no hacía caso, no retrosedía. Solo disparava, con la muerte reflejada en la mirada. Muy pocas vezes se le avía visto así, pero mientras karlo dava su chou, le servía a los demás para acavar con el grupo de la leopardo Poco a poco.
Las balas rebotaban contra los contenedores, el eco metálico mezclado con el rugido del mar. El aire estaba cargado de pólvora y rabia. Mientras Karlo y Shawnee se enzarzaban en su duelo personal, Gianluca aprovechaba para dar la señal.
Gianluca grita con acento napolitano, "¡Ahora, muévanse, tomen ese contenedor ya!"
Varios camiones, ocultos a unos metros del muelle, rugieron al unísono cuando recibieron la señal. Sus luces se encendieron de golpe y avanzaron en formación cerrada hacia la zona de carga. Los hombres de Etna salieron de sus posiciones, disparando para cubrir la maniobra. El estruendo de los motores se sumó al concierto de fuego cruzado.
Maurizio disparaba con precisión quirúrgica, abriendo paso.
Maurizio grita con acento siciliano, "¡Avanti, avanti, que no quede ni un perro de pie!"
En el corazón del caos, Pietro intentaba contener a Karlo, quien seguía persiguiendo a la Leopardo con un odio desmedido.
Pietro grita con acento siciliano, "¡Fratello, basta, no es el momento! ¡Escúchame, por Leila, contróllate!"
Pero Karlo no escuchaba. La sangre le hervía en las venas, la imagen de Leila muerta en su mente, sumado a la de etna con Gianluca alimentaba cada disparo. Shawnee, con su sonrisa feroz, retrocedía calculando cada paso, hasta que sus botas pisaron el muelle lateral.
Karlo sonríe.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Ya estuvo, siciliano… yo sé cuándo moverme, cosa que tú no. "
De un salto ágil, subió a una lancha amarrada al borde del puerto. Sus manos rápidas buscaron en los bolsillos del guardia abatido a su lado, encontrando un manojo de llaves. El motor rugió segundos después, mientras ella cubría la maniobra disparando con su pistola cromada.
Karlo, sin pensarlo, saltó detrás de ella, rodando sobre la cubierta y apuntando directo a su espalda.
Etna golpeó la mesa con la palma, viendo la escena desde las pantallas.
Dices con acento catanés, "¡Karlo, idiota, bájate de esa lancha ya!"
Pero ya era tarde.
Karlo frunce el ceño.
Las sirenas comenzaron a aullar a lo lejos, acercándose cada vez más. Las luces rojas y azules parpadeaban en la bruma, anunciando la llegada de varias patrullas policiales.
Karlo descontrolado por la ira, lanzó el comunicador al mar sin pensarlo.
Gianluca masculló entre dientes, observando cómo la situación se torcía.
Gianluca dice con acento napolitano, "Mierda… la polizia."
Maurizio, disparando mientras retrocedía hacia el convoy de camiones, gritó sobre el estruendo.
Maurizio grita con acento siciliano, "¡Tenemos que largarnos ya! ¡Cargamento asegurado, no podemos quedarnos más tiempo!"
Shawnee, al volante de la lancha, sonrió con la misma intensidad salvaje de siempre.
Shawnee la Leopardo dice con acento sinaloense, "están pendejos si creen que me voy a dejar agarrar por ellos. "
El motor rugió con fuerza, levantando espuma a medida que la embarcación se separaba del muelle. Karlo, aferrado al fusil, la encañonaba a escasos metros, pero sin disparar todavía, atrapado en la locura del momento.
En el muelle, Pietro corrió unos pasos, impotente al ver a su hermano perderse en la oscuridad del mar.
Pietro grita con acento siciliano, "¡Karlooo!"
Mientras tanto, los camiones de Etna se retiraban a toda velocidad con el cargamento asegurado, escapando entre las calles del puerto antes de que las patrullas cerraran el paso. La operación se daba por cumplida… pero Karlo había quedado atrapado con la fiera mexicana en aguas desconocidas.
Las sirenas se multiplicaban en el aire, cada vez más cercanas, hasta que las patrullas irrumpieron en el muelle como un enjambre. Las luces azules y rojas pintaron el puerto con destellos frenéticos, reflejándose en los charcos de agua y sangre sobre el concreto.
Las puertas de los vehículos policiales se abrieron de golpe y, entre los uniformados, descendieron hombres vestidos de civil con la rigidez de quien no era policía común. Trajes discretos, miradas frías, movimientos sincronizados. Eran agentes infiltrados.
Uno de ellos gritó, en un tono cargado de autoridad.
"¡Ese es uno de ellos, tomen a ese hombre!"
Pietro estaba aún en shock, con los ojos fijos en la lancha que se alejaba hacia la oscuridad del mar. El eco del nombre de su hermano todavía vibraba en su garganta. No reaccionó hasta que las botas lo rodearon. Sintió un golpe seco en la espalda y cayó de rodillas, su rostro contra el concreto húmedo.
Pietro gruñe con acento siciliano, "¡Lassatimi, bastardi!"
Lo esposaron sin darle oportunidad de levantarse. Un agente lo levantó tirando de su brazo torcido, mientras otro le apretaba el cuello contra la pared metálica de un contenedor.
Maurizio, al verlo, intentó volver hacia él, pero Gianluca lo detuvo en seco, empujándolo hacia el convoy.
Maurizio se revolvió con rabia, los ojos ardiendo al ver a Pietro reducido como un animal.
Maurizio grita con acento siciliano, "¡No podemos dejarlo!"
Gianluca lo sujetó por el chaleco, prácticamente arrastrándolo hacia uno de los camiones que rugían con los motores encendidos.
Gianluca dice con acento napolitano, "Tenemos que salbarnos y salbar el cargamento, si regresas allí, te van a atrapar igual, Luego buscaremos como sacarlo. "
Las llantas de los camiones chirriaron sobre el asfalto húmedo cuando arrancaron en formación. Las balas comenzaron a silbar otra vez: varios agentes abrieron fuego contra los vehículos en retirada.
Uno de los conductores gritó por radio, la voz entrecortada por el rugido del motor.
El Conductor dice con acento siciliano, "¡Nos siguen, tenemos patrullas detrás!"
Desde el refugio, Etna observaba la persecución en las pantallas, el sudor frío pegado a su frente. Sus manos apretaban los bordes de la mesa hasta blanquear los nudillos.
Dices con acento catanés, "Mierda… no solo eran policías, Matteo metió a sus perros entre ellos."
Un mapa en la pantalla mostraba varios puntos rojos persiguiendo a los verdes, que se alejaban en dirección a la carretera principal. El pulso de Etna martillaba con fuerza. Sabía que el cargamento estaba en riesgo, pero lo que más la quemaba por dentro era la imagen de Pietro siendo arrastrado hacia un auto patrulla, esposado, impotente.
Los motores rugían como bestias desatadas sobre el asfalto mojado. Tres camiones se abrieron paso a toda velocidad hacia la salida del puerto, escoltados por dos camionetas más pequeñas que disparaban hacia las patrullas que les seguían el paso. Las luces azules rebotaban en los retrovisores, bañando el interior de los vehículos en destellos intermitentes.
El conductor volvió a gritar por radio.
Conductor dice con acento siciliano, "¡Nos pisan los talones! ¡Uno más y nos cierran el paso en la curva!"
Maurizio, desde el asiento del copiloto, apretaba el fusil contra el pecho, mirando hacia atrás por la ventana lateral.
Maurizio grita con acento siciliano, "¡Entonces hay que dividirnos, cazzo! Si nos alcanzan juntos, perdemos todo."
Etna escuchaba con los labios apretados, la garganta seca, sus ojos clavados en las pantallas que proyectaban el movimiento de cada vehículo. Los puntos verdes corrían como presas perseguidas por una jauría roja.
Dices con acento catanés, "Desvíen dos camiones hacia el norte. Que los otros tomen la ruta vieja por el túnel de carga. ¡Ya!"
Gianluca respondió de inmediato por el comunicador, su voz dura, sin titubeos.
Gianluca dice con acento napolitano, "¡Lo oyen, muévanse ya! ¡Camión uno y dos, giro norte! ¡El tres viene conmigo por el túnel!"
Los motores aullaron cuando los conductores obedecieron. En el cruce, dos camiones giraron bruscamente hacia la carretera principal, las llantas levantando agua y humo. Las patrullas que les seguían aceleraron detrás de ellos, dividiendo la persecución.
Etna se inclinó hacia la pantalla, siguiéndolos con los ojos. Su respiración era rápida, su cuerpo débil todavía por el veneno, pero su mente calculaba con precisión.
Dices con acento catanés, "Bien… que esos dos los entretengan. Pero el cargamento real está en el tercero. Nadie debe perderlo."
Desde el túnel de carga, Gianluca miraba por los espejos mientras conducía uno de los camiones. Su mandíbula estaba apretada, pero sus manos firmes sobre el volante.
Gianluca dice con acento napolitano, "Etna, aguanta… este camión va a llegar a salvo, te lo juro amore."
Etna cerró los ojos un instante, con el auricular pegado al oído. El peso de la operación, la pérdida de Pietro, el veneno que aún la debilitaba… todo caía sobre ella. Pero al abrirlos, volvió a clavar la vista en las luces parpadeantes de los mapas digitales.
Dices con acento catanés, "Resguárdenlo en la bodega vieja de Trapani. Es la única salida segura. Yo abriré la compuerta desde aquí."
La persecución seguía su curso, rugidos de motores, ráfagas de balas y el eco de sirenas que se mezclaba con los gritos en la radio. En medio de ese caos, una certeza se grabó en la mente de todos: Pietro había caído… pero el cargamento debía salvarse.
Minutos más tarde, la camioneta de Gianluca irrumpió en la bodega vieja de Trapani. El lugar, oscuro y cubierto de polvo, se abrió como una boca gigantesca, revelando un espacio cavernoso con maquinaria oxidada y el olor a humedad. Gianluca dio un volantazo, deteniendo el camión con un chirrido de llantas. Saltó de la cabina, su rostro serio, la tensión de la persecución aún marcada en su mandíbula.
Gianluca dice con acento napolitano, "¡Etna, estamos dentro! Abre las puertas. Necesitamos mover esto ahora."
Desde el refugio, la voz de Etna llegó entrecortada, pero firme.
Dices con acento catanés, "Entendido. La compuerta principal está cediendo. Aseguren el perímetro interior. Maurizio, ¿dónde estás?"
La radio crujió antes de que Maurizio respondiera, su voz agitada.
Maurizio dice con acento siciliano, "Llegando, Etna. Nos las arreglamos para despistar a la última patrulla. Estoy a un minuto."
Gianluca asintió, encendiendo la linterna de su teléfono y barriendo el haz de luz por la bodega. El cargamento era un contenedor sellado, brillante y amenazante en medio de la penumbra. Se acercó a él, tocando el frío metal con la punta de los dedos.
Gianluca dice con acento napolitano, "Ya está aquí, volcanzito. Por ti, y por Leila."
Un suspiro de alivio, casi imperceptible, escapó de los labios de Etna en el refugio. Se recostó contra el respaldo de su silla, cerrando los ojos por un instante. El cansancio la golpeaba, pero la misión principal estaba cumplida.
Dices con acento catanés, "Bien. Gianluca, necesito que asegures el cargamento con Maurizio. Y luego... encuentren a Karlo. Vivo. Si es posible."
La última palabra, "posible", se quedó suspendida en el aire, cargada de una incertidumbre que ninguno de los dos quería nombrar. Gianluca apretó la mandíbula.
Gianluca dice con acento napolitano, "Lo encontraremos, Etna. Te lo prometo."
El sonido de un vehículo entrando en la bodega confirmó la llegada de Maurizio. Los motores se apagaron, y el silencio volvió a reinar, un silencio pesado, lleno de ecos de la batalla recién librada y de las pérdidas sufridas. La noche apenas comenzaba para ellos.
Larabelle Evans
Mensajes: 194
Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: “Etna: La Vendetta de Ceniza”

Mensaje por Larabelle Evans »

El frente interno – Punto de vista: Etna.

El refugio quedó en silencio, roto apenas por el zumbido eléctrico de las pantallas todavía encendidas. Los puntos verdes en el mapa se habían detenido en Trapani, señal de que el cargamento estaba a salvo. Etna se dejó caer sobre la silla, sus dedos todavía crispados alrededor del auricular.
Dices con acento catanés, "Gracias a Dios…"
Su voz fue apenas un murmullo, como si hablara más consigo misma que con los demás. El alivio duró segundos; después vino el peso. La ausencia de Pietro, el paradero incierto de Karlo, el veneno aún corriendo como brasas por sus venas. El pecho le ardía con cada respiración, como si los pulmones se resistieran a obedecerla.
Se incorporó con esfuerzo, apoyando las palmas sobre la mesa. El reflejo de las cámaras mostraba su rostro: ojeras profundas, piel pálida, un brillo húmedo en los ojos que no había dejado escapar en toda la noche. Se inclinó hacia delante, cubriéndose el rostro con ambas manos.
Dices con acento catanés, "Leila… ¿qué harías tú en mi lugar?"
La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta. El eco de su propia voz le devolvió un vacío insoportable. Lágrimas contenidas resbalaron al fin, manchando los papeles del croquis. Se levantó tambaleante, caminando hacia su recámara. Cada paso era un puñal que recordaba las secuelas del veneno: dolor en las articulaciones, debilidad en los músculos, mareos repentinos. Se dejó caer en la cama, acurrucándose con los brazos alrededor de sí misma.
Por primera vez en mucho tiempo, Etna no fue la estratega, ni la líder, ni la sombra implacable de Leila. Solo una mujer rota, extrañándola con un dolor que ninguna victoria podía sanar.

El frente externo – Punto de vista: Maurizio y Gianluca.

La bodega vieja de Trapani se iluminaba apenas con las linternas. El contenedor, custodiado como un tesoro maldito, dominaba el centro del espacio. Gianluca revisaba los cerrojos, asegurándose de que quedaran cerrados, mientras Maurizio patrullaba con el rifle al hombro.
Maurizio dice con acento siciliano, "Bien… el cargamento está seguro. Pero Pietro…"
Su voz tembló de rabia, el eco rebotando en las paredes húmedas. Se giró hacia Gianluca, con los ojos encendidos.
Maurizio grita con acento siciliano, "¡No podemos dejarlo allí, cazzo! Es uno de nosotros. Tú lo viste, se lo llevaron esposado como a un perro."
Gianluca levantó la vista, firme, aunque la sombra de la preocupación se notaba en su gesto.
Gianluca dice con acento napolitano, "No soy ciego, Maurizio. Lo vi. Pero si hubiéramos vuelto, ahora estaríamos todos en la misma celda."
Maurizio apretó los dientes, golpeando con el puño una columna de hierro oxidada.
Maurizio dice con acento siciliano, "¡Entonces dime qué hacemos! No voy a mirar para otro lado mientras a Pietro lo torturan esos cabrones."
El silencio se alargó. Gianluca respiró hondo, sacando un cigarro que no encendió, solo girándolo entre sus dedos.
Gianluca dice con acento napolitano, "Primero aseguramos la mercancía. Luego planificamos cómo sacarlo. Etna va a querer respuestas. Y tú lo sabes, fratello… si fallamos, no solo perdemos a Pietro. Perdemos todo."
Maurizio bajó la mirada, aún con el pecho agitado, pero asintió con un movimiento brusco.
Maurizio dice con acento siciliano, "Muy bien. Pero que quede claro… yo no me rindo. Voy a traerlo de vuelta."
El eco de esas palabras quedó suspendido en la bodega, tan frío y firme como el metal del contenedor.

El frente perdido – Punto de vista: Pietro.

El auto patrulla avanzaba con violencia por una carretera desierta. Pietro, esposado en el asiento trasero, sentía el metal frío mordiendo sus muñecas. La sangre le bajaba con lentitud por la sien, donde uno de los agentes lo había golpeado. Sus ojos, oscuros y encendidos, se clavaban en el reflejo del retrovisor.
Pietro gruñe con acento siciliano, "Pagherete tutti, bastardi…"
El vehículo se detuvo de golpe en un edificio abandonado a las afueras. Lo arrastraron a empujones hacia un sótano iluminado por focos amarillentos. El aire olía a humedad, gasolina y cigarro. La celda era pequeña, apenas un rectángulo de concreto con una litera oxidada. Lo arrojaron dentro, cerrando con un chirrido metálico.
Del otro lado de las rejas, un hombre de traje oscuro lo observaba con calma. Sus ojos no eran de policía común: eran fríos, calculadores. Se inclinó hacia las barras, encendiendo un cigarro.
El Hombre dice, "Así que tú eres Pietro… uno de los perros de esa mujer. Etna, ¿no? La sombra de Leila."
Pietro lo miró con fuego en los ojos, escupiendo sangre al suelo.
Pietro dice con acento siciliano, "Vaffanculo."
El hombre sonrió apenas, como quien encuentra placer en la resistencia de su presa.
El Hombre dice, "Vas a hablar, quieras o no. Matteo quiere saber por qué su puerto se está bloqueando, y por qué esa mujer se atreve a cortarle el aire. Y créeme… yo tengo tiempo."
La puerta del sótano se cerró, dejando a Pietro bajo la penumbra del foco solitario. El eco de las palabras del infiltrado retumbó en su cabeza. La batalla en el puerto había terminado, pero la verdadera guerra apenas comenzaba para él.

Un nuevo juego de poder comienza

Punto de vista: Karlo y Shawnee.


El motor de la lancha rugía, lanzando espuma y agua salada en todas direcciones. La costa se alejaba mientras las sirenas quedaban atrás, como ecos distantes entre el oleaje. Karlo, todavía con el fusil en las manos, mantenía los ojos encendidos de rabia, como si ni siquiera la fuga le hiciera bajar la guardia.
Shawnee, al timón, lo miraba de reojo. Su cabello negro azabache se agitaba con el viento, y su expresión no tenía miedo, sino una calma peligrosa.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Bájale dos rayitas, siciliano… Si me disparas aquí, los dos nos vamos a la chingada al fondo del mar."
Karlo apretó la mandíbula, el fusil todavía apuntando en dirección a ella. Sus ojos eran un incendio, pero la lógica empezaba a filtrarse entre la rabia.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Y qué quieres que haga? ¿Confiar en ti? Eres la puta mercenaria de Matteo."
Ella soltó una carcajada seca, sin apartar la vista del horizonte. Movía el volante con una seguridad instintiva, como si manejar lanchas fuera su segunda naturaleza.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Mira, plebe… si yo quisiera verte muerto, ya te hubiera tirado al agua. Te lo juro por Culiacán. Pero ahora mismo me sirves más vivo que ahogado. Así que guarda esa rabieta y siéntate, porque vienen más cabrones atrás."
Karlo vaciló un segundo, bajando apenas el arma, sin dejar de observarla como si buscara la mentira en sus ojos.
El viento golpeaba fuerte, y la lancha saltaba sobre las olas con violencia. Shawnee mantenía el control con firmeza, pero cada tanto giraba hacia él, con esa mirada oscura y penetrante que mezclaba desafío y desprecio.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Si quieres seguir respirando, me vas a escuchar. Matteo no paga por estorbos… paga por resultados. Y tú, siciliano, eres un resultado pendiente. Yo puedo entregarte, o puedo usar lo que sabes para hacerme más grande. ¿Qué prefieres?"
El silencio se tensó entre ellos, roto solo por el rugido del motor y el choque del mar contra el casco. Karlo se inclinó hacia ella, los dientes apretados, y respondió con voz baja, grave.
Karlo dice con acento siciliano, "Prefiero matarte yo mismo antes que ser moneda de cambio de nadie."
Ella sonrió, como si la amenaza no le pesara. Solo bajó la velocidad de la lancha un instante, acercándose lo suficiente como para que su rostro quedara frente al de él, con el viento despeinando ambos cabellos.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Pues a ver si tienes huevos para hacerlo aquí y ahora… porque mientras decides, yo soy la única que sabe cómo salir viva de estas aguas."
Y volvió a acelerar, la lancha rugiendo de nuevo hacia la oscuridad del mar abierto.
Karlo dudó un segundo más, el fusil todavía en sus manos, pero la furia en sus ojos dio paso a una calculada prudencia. La verdad era que estaba en desventaja, varado en la inmensidad del mar con una mujer que, por muy mercenaria que fuera, conocía esas aguas mejor que él. Bajó el arma y la apoyó con un golpe sordo en el suelo de la lancha.
Karlo dice con acento siciliano, "Entonces, ¿cuál es tu plan, puta?"
Shawnee sonrió, una sonrisa fría y victoriosa que no llegó a sus ojos.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Mi plan es llegar a puerto seguro. Y el tuyo, siciliano, es decidir de qué lado de la balanza quieres caer. Conmigo, o con los que te van a buscar para matarte."
Giró el timón con destreza, y la lancha cambió de rumbo, cortando las olas hacia una dirección que Karlo no reconocía. El cielo empezaba a clarear en el horizonte, tiñendo el mar de un gris metálico. La noche había terminado, pero la incertidumbre apenas comenzaba.
El cielo grisáceo del amanecer se desplegaba lentamente sobre el horizonte. El mar, todavía embravecido, reflejaba la luz en destellos plateados. Karlo permanecía sentado, la espalda tensa, el fusil apoyado a su lado como si en cualquier momento pudiera volver a alzarlo. Sus ojos, aún cargados de rabia, no dejaban de vigilar cada movimiento de la mexicana.
Shawnee, firme al timón, mascaba el cigarro apagado entre los labios. El viento agitaba su melena negra, pegándola a sus mejillas. La calma con la que conducía la lancha era la calma de alguien que no solo conocía el mar, sino que estaba acostumbrada a moverse en medio de tormentas peores que esa.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "No te confundas, cabrón… Yo no soy tu amiga. Pero tampoco soy tan pendeja como para no ver que me sirves más vivo que muerto."
Karlo frunció el ceño, inclinándose hacia adelante.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Me quieres usar de escudo? No te va a durar mucho la suerte. Mis hermanos me van a encontrar."
Ella soltó una carcajada seca, sin apartar la vista del horizonte.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "¿Tus hermanos? Ja… Si de verdad te fueran a encontrar, ya estarías muerto en el muelle. Te digo la neta: ahorita eres un botín. Yo decido si vales para Matteo… o si vales más para mí."
El silencio se impuso un instante. Solo el rugido del motor y el golpe del mar contra el casco llenaban el espacio. Karlo apretó la mandíbula, odiando la sensación de estar en desventaja, pero consciente de que saltar al agua era una sentencia de muerte.
Shawnee lo miró al fin de frente, con esos ojos oscuros que parecían diseccionar su alma.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Mira, siciliano, tú traes odio en la mirada. Eso me gusta. Pero el odio sin rumbo se desperdicia. Yo no vine desde Culiacán para ser la sirvienta de Matteo. Vine para crecer, para hacerme con lo que otros no tienen los huevos de tomar. Y tú… tú puedes ser mi llave."
Karlo apretó los puños, su respiración pesada.
Karlo dice con acento siciliano, "Si crees que voy a traicionar a los míos, estás más loca de lo que pareces."
Shawnee sonrió, ladeando la cabeza como una fiera que juega con su presa antes de decidir si morder.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Nadie te está pidiendo traicionar, plebe. Solo sobrevivir. Y sobrevivir, en este juego, significa escoger quién te va a usar primero. ¿Matteo? ¿Etna? ¿O yo?"
Giró el timón con un movimiento seco, desviando la lancha hacia una ensenada rocosa que emergía como un escondite natural en la costa. El sol despuntaba por el horizonte, tiñendo de naranja y rojo las aguas salpicadas de espuma.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Llegamos a mi guarida, siciliano. Aquí no manda Matteo, no manda Etna… Aquí mando yo."
Karlo la observó fijamente, consciente de que el amanecer lo encontraba en territorio enemigo, con la mercenaria mexicana trazando un destino que no dependía de él.
La lancha redujo velocidad al internarse entre rocas altas, negras y afiladas como cuchillas que emergían del mar. El motor rugió una última vez antes de apagarse, dejando un silencio espeso, roto solo por el golpeteo del agua contra las piedras. El eco del oleaje rebotaba en las paredes de la ensenada, un refugio natural oculto de las miradas curiosas.
Karlo se puso de pie con cautela, todavía con el fusil cerca, sus botas mojadas resonando sobre el casco metálico. Miraba a su alrededor, intentando reconocer el terreno, pero no veía más que sombras de rocas y un estrecho pasadizo que llevaba hacia la orilla.
Shawnee saltó al muelle improvisado con una agilidad que contrastaba con la calma de su expresión. Estiró el brazo, atando la lancha a un viejo poste de madera ennegrecido por la sal y el tiempo. El olor a combustible y humedad impregnaba el aire.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Bienvenido a mi madriguera, siciliano. Aquí nadie entra si yo no quiero. Ni Matteo, ni tus compas como la ves."
Karlo dio un paso hacia ella, los ojos encendidos.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Qué es este lugar?"
Ella se quitó el cigarro de la boca, señalando con la barbilla hacia lo alto. Una serie de estructuras oxidadas, restos de un antiguo embarcadero, se alzaban sobre la roca. Más arriba, una cabaña de madera reforzada con láminas metálicas dominaba el acantilado. Desde ahí, una antena rudimentaria asomaba como un centinela.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Un viejo punto de contrabando. Lo abandonaron hace años, pero yo lo arreglé. Aquí guardo armas, gasolina, comida… y secretos. Todo lo que necesito pa’ sobrevivir si las cosas se ponen feas."
Karlo lo escaneó todo con la mirada, reconociendo la lógica militar del sitio. Entrar era difícil, salir sin permiso… casi imposible.
Shawnee subió las escaleras de madera que llevaban a la cabaña, girándose apenas para mirarlo.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Puedes quedarte de pie ahí mirándome como toro bravo… o puedes seguirme y enterarte de por qué no te tiré al mar hace rato."
Karlo apretó la mandíbula, dudando. Pero la necesidad pesaba más que el orgullo. Agarró el fusil y la siguió, los escalones crujiendo bajo sus botas.
Dentro, la cabaña era austera pero funcional: una mesa llena de mapas náuticos, armas limpias y listas, cajas con municiones apiladas en las esquinas, y un generador que zumbaba con energía débil. Una radio de onda corta descansaba junto a una botella de tequila medio vacía.
Shawnee se dejó caer en una silla de madera, cruzando las piernas con desenfado. Lo miró como quien observa a una presa herida que aún puede morder.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Aquí nadie te va a encontrar si yo no quiero. Así que dime, siciliano… ¿quieres ser mi problema, o quieres ser mi inversión?"
Karlo la fulminó con la mirada, pero en su interior entendía algo con claridad brutal: había entrado en la guarida de la fiera, y salir vivo dependería de qué tan bien supiera jugar el juego de Shawnee.
El zumbido del generador llenaba la cabaña con un murmullo constante, mezclado con el crujido de la madera vieja bajo las ráfagas de viento marino. Shawnee abrió la botella de tequila, sirviendo un trago en un vaso opaco y otro directamente en el pico, que llevó a sus labios pintados de rojo natural.
Sus ojos oscuros se clavaron en Karlo mientras le extendía el vaso.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Anda, relájate tantito. No me digas que nunca has bebido con el diablo."
Karlo no se movió, el fusil aún apoyado contra su pierna, pero sus manos tensas mostraban que estaba en guardia. Finalmente, tomó el vaso, lo olió y bebió de un trago. El alcohol ardió en su garganta como fuego, pero no apartó la mirada de ella.
Shawnee sonrió, ladeando la cabeza como quien prueba la resistencia de una cuerda antes de colgar un peso. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y la luz tenue resaltó la curva de su cuello y el brillo de sus ojos.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Tienes dos opciones, siciliano. Te quedas jugando al macho rabioso hasta que se te acaben las balas y te encuentre la policía… o entiendes que conmigo puedes tener algo que ni la perrita de Etna ni Matteo van a darte: poder propio."
Karlo masculló entre dientes, la rabia aún encendida.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Y qué? ¿Quieres que me vuelva tu perro?"
Ella soltó una carcajada baja, ronca, casi sensual, inclinándose lo suficiente como para acortar la distancia entre ambos.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Perro no, plebe… socio. Yo sé mover mercancía, sé a quién vender y a quién comprar. Tú tienes nombre, sangre siciliana y lealtades rotas. Juntos no nos para ni Matteo, ni la misma Etna."
Sus dedos jugaron con el borde del vaso, girándolo lentamente. Su voz bajó de tono, envolvente, como un veneno dulce.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Además… sé leer hombres. Tú no eres de los que siguen órdenes, ¿verdad? Tú quieres que el mundo te tema. Que cuando digan tu nombre, tiemblen. ¿O me equivoco?"
Karlo apretó la mandíbula, pero su respiración lo delató. Esa mezcla de rabia y orgullo herido lo hacía vulnerable a la provocación.
Shawnee se levantó despacio, caminando alrededor de la mesa con pasos felinos. Al pasar junto a él, rozó con intención su hombro, dejando que el contacto breve le encendiera la piel. Se inclinó cerca de su oído, el perfume de sal y humo en su aliento.
Shawnee La Leopardo susurra con acento sinaloense, "Tú puedes matarme si quieres… pero si lo haces, te quedas solo, rodeado de enemigos. O puedes apostar conmigo… y cambiar de jaula por un trono."
Karlo giró el rostro hacia ella, la rabia mezclada ahora con un deseo oscuro, peligroso. Su voz salió grave, quebrada por la tensión.
Karlo dice con acento siciliano, "Y si te equivocas conmigo, mexicana… yo mismo te entierro en estas rocas."
Ella sonrió, labios apenas separados, y lo miró directo a los ojos, sin pestañear.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Eso, mi rey… así me gusta. No me sirven los mansos."
Se apartó, dejándolo con el eco de su perfume y la certeza de que el juego había comenzado.
Karlo se quedó observándola mientras se alejaba, el vaso de tequila aún en su mano. El alcohol le quemaba el estómago, pero su mente estaba más clara que nunca. La oferta de Shawnee era una apuesta arriesgada, una traición a todo lo que había conocido, pero también una promesa de un poder que nunca había imaginado. El silencio de la cabaña, roto solo por el zumbido del generador, se sentía cargado de decisiones.
Karlo apretó el vaso con tanta fuerza que crujió en su mano. Sus ojos permanecían fijos en la silueta de Shawnee, que caminaba lenta hacia la ventana, fumando un cigarro como si no cargara el peso de haber desatado un infierno en el puerto. El humo se mezclaba con la penumbra, dibujando espirales que parecían burlarse de su rabia.
El recuerdo de Leila se le atravesó como una estaca en el pecho. Su sonrisa, sus ojos encendidos de lucha, la promesa rota de venganza. Después vino el rostro de Chiara, aquel amor fugaz, tan brillante y efímero como una chispa en la oscuridad. Todo se mezclaba en un torbellino de dolor que lo hacía sentir vacío, como un cascarón.
Karlo pensó en Pietro, arrestado. Pensó en Etna, debilitada y al borde de la caída. Pensó en lo poco que quedaba de aquella familia rota que juraba proteger. El tequila bajó como fuego, pero no le entorpeció: lo volvió más frío, más consciente.
Karlo dice con acento siciliano, "¿Y qué gano yo siguiéndote? Tú no eres Leila. Tú no eres Etna. No me vengas con cuentos de tronos… porque yo solo veo otra jaula."
Shawnee lo miró sobre el hombro, exhalando el humo en dirección a su cara. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, peligrosa, como quien disfruta tensar la cuerda de un arco.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Pues mira qué ironía, plebe… las jaulas cambian, pero el hambre sigue. Yo no te vendo cadenas, te ofrezco la llave. Lo demás… depende de qué tan cabrón quieras ser."
Karlo sostuvo la mirada. Su corazón ardía, su alma gritaba con cada recuerdo de lo perdido. Y aun así, algo en sus palabras resonaba en lo más oscuro de su ser, como un eco que no quería admitir.
El siciliano dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
Karlo dice con acento siciliano, "No soy tu perro, mexicana. Y si me quedo… será porque yo lo decida. No porque me lo ordenes."
Shawnee soltó una risa breve, ronca, que llenó la cabaña. Dio una última calada al cigarro y lo apagó contra la pared. Después se acercó despacio, inclinándose sobre la mesa, dejando que el perfume de su piel y la fuerza de su mirada lo envolvieran como un manto invisible.
Shawnee La Leopardo dice con acento sinaloense, "Así me gusta. No quiero un perro. Quiero un lobo. Y tú, siciliano… hueles a lobo herido."
Se acercó un paso más, apoyando las manos en la mesa a cada lado del vaso. Su mirada era un reto, una invitación, una trampa. Karlo sintió el impulso de retroceder, pero se obligó a mantenerse firme.
El silencio volvió a caer, espeso, cargado de tensión. Karlo respiró hondo, intentando convencerse de que no estaba cediendo, que aún tenía control. Pero sabía que, en el fondo, estaba entrando en un terreno donde el deseo, la venganza y el poder se entrelazaban como serpientes venenosas.

Una noche más tarde.

El refugio estaba en silencio. Afuera, la madrugada caía como un manto pesado, mientras el zumbido de los generadores mantenía apenas la vida en las pantallas y sistemas de vigilancia. Dentro de la sala de control, la luz azulada de los monitores seguía proyectando rutas, mapas y coordenadas, aunque ya no había nadie atendiéndolos.
Etna había permanecido sentada demasiado tiempo, con los ojos fijos en los puntos que mostraban la retirada de los camiones. El dolor en su pecho palpitaba con la misma intensidad que el veneno aún escondido en su sangre. Su respiración era superficial, entrecortada, como si cada inhalación fuese un esfuerzo titánico. Cuando intentó incorporarse para dirigirse a su habitación, un mareo la golpeó de lleno, y sus piernas se doblaron sin aviso.
El golpe de su cuerpo contra el suelo retumbó en la sala, seco y alarmante. Un quejido suave escapó de sus labios antes de perder la conciencia.
Fue Amira, una joven asistente de cabello rizado y oscuro, quien entró de imprevisto con una carpeta en las manos. El grito se le escapó de inmediato.
Amira dice con acento romano, "¡Signora Etna, Dio mio!"
Corrió hasta ella, arrodillándose junto a su cuerpo inerte. El rostro de Etna estaba encendido por la fiebre, sus labios resecos, y su piel empapada en un sudor frío que no presagiaba nada bueno.
El alboroto atrajo a más personas. Marco, un técnico robusto con barba incipiente, llegó primero, seguido de la enfermera principal del refugio, Luisa Santoro, una mujer madura de semblante severo. Tras ellos apareció el doctor Lombardi, un médico de campo recién integrado, con lentes empañados por la prisa.
Marco gritó con acento romano, "¡Necesitamos ayuda aquí! ¡Rápido!"
Luisa se inclinó de inmediato sobre Etna, palpando su cuello en busca del pulso.
Luisa dice con acento calabrés, "Está débil… la fiebre es altísima. El veneno aún corre por su sistema, y con todo lo que ha soportado…"
Lombardi dejó caer una bolsa de instrumental médico sobre la mesa, arrodillándose a su lado. Con movimientos rápidos, revisó sus signos vitales, mientras Marco y Amira intentaban despejar el espacio.
Lombardi dice con acento siciliano, "Traigan suero y hielo, subito. Si no bajamos la temperatura, no pasa de esta noche."
El refugio se llenó de pasos y murmullos tensos. Amira corrió hacia la cocina en busca de agua fría, mientras Marco arrastraba una caja con bolsas de suero del depósito. Luisa preparaba gasas y alcohol, limpiando la frente ardiendo de Etna con firmeza, aunque sus manos temblaban al sentir la piel incandescente.
Etna abrió apenas los ojos, un destello fugaz de lucidez entre la fiebre. Su voz salió como un murmullo quebrado.
Dices con acento catanés, "Leila… Pietro…"
Luisa bajó la mirada, conteniendo el temblor en su garganta. Le acarició la frente con una ternura inesperada, casi maternal.
Luisa dice con acento calabrés, "Shhh… no se esfuerce, signora. Está a salvo… aquí está a salvo."
Pero no lo estaba, y todos lo sabían. Su cuerpo era una batalla silenciosa contra el veneno, la fatiga y el peso de los últimos días.
Lombardi insertó con precisión una aguja en su brazo, conectando el suero con una rapidez entrenada. Ajustó el goteo, mientras pedía en voz alta.
Lombardi dice con acento siciliano, "Quiero monitoreo constante. Marco, prepara la máquina portátil. Amira, necesito antibióticos del botiquín grande, segunda fila, caja azul."
La joven asistente volvió jadeando, entregando las medicinas en sus manos. El médico no dudó, aplicó la primera dosis, mientras Luisa sostenía el cuerpo de Etna para mantenerla estable.
El sudor empapaba las sábanas improvisadas donde la habían tendido. Su respiración seguía siendo irregular, como si cada aliento fuera un esfuerzo de voluntad.
Marco se pasó la mano por la frente, preocupado, mirando a los demás.
Marco dice con acento romano, "Si ella cae… ¿qué será de nosotros? Es la única que mantiene esto en pie."
Luisa lo fulminó con la mirada, aunque su voz también temblaba.
Luisa dice con acento calabrés, "¡No diga eso! Ella es más fuerte de lo que piensa. Ha sobrevivido al infierno… sobrevivirá también a esto."
El murmullo de las máquinas, el goteo del suero y el zumbido del generador llenaron el aire. Amira sostenía una toalla húmeda, cambiándola cada pocos minutos en la frente ardiente de Etna. El olor a alcohol y medicamento impregnaba la sala, mezclándose con el del sudor y la tensión.
Poco a poco, la fiebre comenzó a ceder apenas un grado, lo suficiente para que su respiración se volviera más profunda. Los hombros de los presentes se relajaron apenas, pero la preocupación no desapareció.
Etna, aún inconsciente, murmuró en sueños. Su voz era débil, cargada de dolor y nostalgia.
Dices con acento catanés, "No me dejes… Leila…"
Amira bajó la cabeza, con los ojos vidriosos, mientras Luisa apretaba más fuerte la mano de Etna. El silencio se hizo denso, roto solo por la lucha invisible de una mujer que, aún debilitada, seguía siendo el pilar de todos en aquel refugio.
Los murmullos de Etna se intensificaron, su frente perlada de sudor, a pesar del hielo.
Etna deliraba con acento catanés, "Gianluca mi Gianluca… ¿dónde estás? Leila… dime qué hacer… Karlo… no te vayas… Pietro…"
Lombardi, viendo el cuadro, se levantó con seriedad.
Lombardi dice con acento siciliano, "Tenemos que avisar a Gianluca y a Maurizio. Necesitan saber la verdad sobre el estado de la Signora. Esto no es solo fiebre, es un derrumbe."
Marco asintió, pálido.
Marco dice con acento romano, "Irán de inmediato, doctor. Están en el puerto, intentando rastrear a Karlo."
Mientras tanto, en la oscuridad del puerto de Trapani, la brisa marina agitaba las lonas de los barcos y el chirrido de las gaviotas era el único sonido que rompía el silencio. Maurizio y Gianluca estaban junto a un muelle desierto, sus sombras alargadas por la única farola que aún funcionaba.
Maurizio pateó una piedra con frustración.
Maurizio dice con acento siciliano, "¡Maldita sea! ¿Cómo se nos pudo escapar? Esa mujer, Shawnee… ¿Quién demonios es y a dónde se lo llevó?"
Gianluca se encogió de hombros, los ojos fijos en el agua oscura.
Gianluca dice con acento napolitano, "No hay rastro. No tenemos contactos en ese submundo. Es como si se lo hubiera tragado el mar. Necesitamos un plan, algo que nos dé una pista."
Maurizio apretó los dientes, su voz cargada de impotencia.
Maurizio dice con acento siciliano, "Etna va a querer nuestra cabeza si no lo encontramos. Y con Pietro…"
En ese momento, el zumbido de un teléfono rompió el silencio. Marco, con la voz entrecortada, les comunicó la alarmante noticia sobre Etna. El rostro de Gianluca se contrajo.
Gianluca dice con acento napolitano, "Dottoressa Luisa, ¿está segura? Entendido… vamos para allá. De inmediato."
Colgó, y su mirada se encontró con la de Maurizio. No hizo falta decir más. El peso de las malas noticias se cernía sobre ellos.
Gianluca dice con acento napolitano, "Etna… está muy mal. El veneno la está matándo denuevo."
El rostro de Maurizio palideció. Todas sus preocupaciones anteriores parecieron triviales ante esa verdad.
Maurizio dice con acento siciliano, "No puede ser… no ella."
Ambos hombres se miraron, sabiendo que la supervivencia de su líder, y con ella, la de todos ellos, dependía de lo que hicieran en las próximas horas. El rastro de Karlo tendría que esperar.

El frente perdido – mañana siguiente.

La mañana llegó a la celda de Pietro no con el sol, sino con el estruendo de los cerrojos. El hombre de traje oscuro regresó, esta vez acompañado por dos guardias robustos con los rostros curtidos por el desdén. Los focos amarillentos del sótano se sentían más opresivos con su presencia.
El Hombre dice, "Se acabó el descanso, Pietro. Tienes un viaje largo por delante."
Pietro lo miró con el mismo fuego en los ojos, sin una pizca de miedo.
Pietro dice con acento siciliano, "¿A dónde me llevan, cazzo?"
El Hombre sonrió, una mueca fría.
El Hombre dice, "A un lugar donde la soledad pesa más que aquí. Palermo. Allí, el silencio se rompe solo con las verdades. Y tú tienes muchas verdades que soltar."
Los guardias lo tomaron con brusquedad, levantándolo de la litera oxidada. El dolor en sus muñecas y la sien palpitaba, pero Pietro no emitió un solo sonido. Fue arrastrado escaleras arriba, la luz del día hiriendo sus ojos acostumbrados a la penumbra.
El vehículo, esta vez un furgón blindado, esperaba afuera. Lo empujaron dentro, cerrando la puerta con un golpe metálico que resonó en el cráneo de Pietro. Los barrotes en la ventana le recordaban que su jaula solo había cambiado de forma.
El viaje fue largo y tortuoso. El furgón rebotaba en los baches de la carretera, y el silencio solo era interrumpido por el rugido del motor. Pietro miraba el paisaje siciliano pasar a través de los barrotes: campos de olivos, pequeños pueblos que se veían como fantasmas en la distancia. Cada kilómetro lo alejaba más de los suyos.
Finalmente, el furgón se detuvo. El aire, denso y cargado de salitre, le indicó que estaban cerca del mar. Las puertas se abrieron, revelando la imponente estructura de una prisión: muros altos de piedra, torres de vigilancia y el inconfundible sonido de cerrojos y voces autoritarias.
El Hombre lo esperaba a la entrada, con un cigarro entre los dedos. Su mirada era la misma: fría, calculadora, pero con un matiz de impaciencia.
El Hombre dice, "Bienvenido a tu nuevo hogar, Pietro. Aquí, nadie te va a salvar. Y te aseguro que sacaremos cada secreto que guardas sobre Etna y sus pequeños juegos en el puerto."
Pietro fue empujado hacia el interior, el eco de sus botas resonando en los pasillos de piedra. La celda era similar a la anterior, un espacio frío y opresivo, pero con la sensación de estar más aislado que nunca. La puerta se cerró con un sonido final, y el silencio se apoderó de él, roto solo por el goteo constante de una tubería.
Sabía lo que vendría. Preguntas, tortura, la presión implacable para quebrar su voluntad. Pero mientras se dejaba caer en la litera, una imagen se formó en su mente: el rostro de Leila la mujer que aún ama, luego el de Etna. Respiró hondo. No hablaría. No los traicionaría. La guerra por el puerto había escalado, y ahora, él era un peón en la batalla de información.
Horas más tarde, el chirrido de los cerrojos volvió a rasgar el silencio. Pietro, que apenas había conciliado el sueño, se puso en pie, los músculos doloridos por el frío suelo de la celda. Dos guardias, más corpulentos que los anteriores, lo sacaron sin contemplaciones. No lo llevaron a un patio, ni a una sala de interrogatorios, sino a un ascensor que ascendió con lentitud. Las puertas se abrieron en el piso superior, revelando un pasillo moderno, con paredes de cristal que daban a una serie de monitores donde se veían las cámaras de seguridad de toda la penitenciaría.
Al final del pasillo, una puerta de acero pulido se abrió automáticamente. La oficina era amplia, luminosa, un contraste brutal con la oscuridad del sótano. Una mesa de cristal dominaba el centro, y al fondo, un hombre impecablemente vestido, con un traje oscuro y el cabello peinado con esmero, lo esperaba sentado en un sillón de cuero. Su rostro era serio, sus ojos claros analizaban a Pietro con una frialdad que helaba la sangre.
—Siéntate, Pietro. Tenemos mucho de qué hablar.
Su voz era grave, con un acento palermitano inconfundible. Pietro se sentó frente a él, las esposas tintineando al apoyarse en la mesa. No apartó la mirada del hombre.
—Soy el Comisario Ferrara. Y tu expediente es… extenso.
Ferrara deslizó una carpeta gruesa por la mesa. Pietro vio su nombre en la portada, seguido de una lista de cargos: "Mercenario. Asesinato. Tráfico de drogas. Extorsión. Obstrucción a la justicia. Contrabando de armas". La tinta roja de algunos sellos destacaba sobre el papel.
—Entiendo que te sientes en una situación injusta —continuó Ferrara, con un tono que pretendía ser comprensivo, pero que solo lograba exasperar a Pietro—. Sé que ustedes, los de Etna, creen que operan bajo sus propias reglas. Pero aquí, en Sicilia, la ley tiene un solo rostro. Y tus crímenes son… irrefutables. Hemos estado investigándote por años, Pietro. Cada movimiento, cada cargamento.
Pietro soltó una risa amarga, escupiendo a un lado.
Pietro dice con acento siciliano, ¿Investigando? ¿O esperando que el traidor correcto les diera la espalda para que pudieran ponerme las manos encima?
Ferrara no se inmutó. Encendió un cigarrillo, exhalando el humo lentamente.
—No hay traidores, Pietro. Solo justicia. Y la justicia, a veces, tarda en llegar. Ahora, volviendo a tu situación… puedo ser comprensivo. Has estado bajo el control de una mujer peligrosa, ¿verdad? Etna. Y antes de ella… Leila.
La mención de Leila hizo que el fuego en los ojos de Pietro se avivara.
Pietro dice con acento siciliano, No hables de Leila. No tienes derecho.
—Oh, claro que lo tengo. Ella fue la sombra, la que te manipuló, la que te metió en este pozo. Y Etna… ella es solo una marioneta, ¿no es así? Heredó el circo, pero no la inteligencia.
El Comisario se reclinó, con una sonrisa apenas perceptible.
—Sabemos que Etna está debilitada. Que su imperio se desmorona. Y tú, Pietro, tienes la oportunidad de elegir. Puedes pudrirte aquí por el resto de tus días, llevando contigo los secretos de esa mujer y de la fantasma que la precedió. O puedes ayudarnos. Contarnos todo lo que sabes sobre Etna. Sobre sus operaciones, sus aliados, sus puntos débiles. Y sobre Leila. Todo lo que ella te contó, lo que hizo, lo que planeaba antes de… bueno, antes de desaparecer.
Ferrara tomó un sorbo de café de una taza humeante. La calma en su voz, el acento palermitano que le daba un aire de autoridad inquebrantable, todo era una estratagema. Pietro lo sabía. Aquel hombre era un perro más de Matteo, un eslabón en la cadena de poder que Etna intentaba romper.
Pietro murmura con acento siciliano, No sé de qué hablas —murmuró Pietro, su voz grave.
—No me hagas perder el tiempo, Pietro. Sé que sabes. Sé que fuiste el más cercano a Leila. Y que la lealtad, en este negocio, es una moneda que pierde valor con cada día que pasa en una celda. Piénsalo. Una confesión tuya podría aligerar tu sentencia. Podría darte una nueva vida. Lejos de este infierno, lejos de esa mujer que solo te ha arrastrado a la miseria.
La oficina se llenó del silencio pesado, solo roto por el suave zumbido de los monitores que vigilaban el laberinto de la prisión. Pietro sintió la punzada del dolor en su sien, el cansancio acumulado, pero su voluntad permanecía inquebrantable. La imagen de Etna, de Leila, de su juramento, se grabó a fuego en su mente.
Pietro dice con acento siciliano, No tengo nada que decirles —respondió Pietro, su voz firme, a pesar del temblor interno.
Pietro dice con acento siciliano, Pueden torturarme, encerrarme, pero no hablaré. Mi lealtad no se compra con falsas promesas.
Ferrara soltó una carcajada suave, casi inaudible. Se levantó y se acercó a la ventana, desde donde se veía un patio gris, lleno de barrotes y alambre de espino.
—Una pena, Pietro. Una verdadera pena. Porque aquí, la lealtad es un lujo que pocos pueden permitirse. Y el silencio… el silencio aquí es una condena que se paga con creces. Veremos cuánto te dura.
Larabelle Evans
Mensajes: 194
Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: “Etna: La Vendetta de Ceniza”

Mensaje por Larabelle Evans »

Rescate frustrado.

Las sombras se estiraban en los muros de la prisión cuando el sol comenzaba a hundirse detrás de los cerros, tiñendo de cobre y púrpura el cielo. El aire estaba cargado de tensión; cada silbido del viento que cruzaba los barrotes parecía anunciar lo inevitable.
Maurizio, vestido con el uniforme de mantenimiento que Etna le había hecho preparar, avanzaba por el pasillo de la zona de limpieza. Sus botas resonaban sobre el concreto húmedo, y el carrito que empujaba parecía un simple contenedor con escobas, detergentes y baldes. Pero debajo de esa fachada se escondían las herramientas necesarias para forzar las cerraduras internas.
A través del auricular, la voz de Gianluca llegó baja y firme.
Gianluca dice con acento napolitano, "Todo limpio hasta ahora. Sigue derecho. En diez minutos deberías tener acceso al ala B."
Maurizio apretó la mandíbula y continuó. Sabía que cada paso lo acercaba a Pietro… y también a la línea invisible donde un error podía costarles la vida.
En la sala de control improvisada, Etna observaba las pantallas con ojos fijos, la respiración contenida. Mirko, estaba junto a ella, con el rostro tenso, moviendo los dedos sobre un maletín lleno de documentos falsos.
De pronto, la luz titiló. Una primera vez. Luego otra. Y en un estallido súbito, todo el sector quedó a oscuras.
Maurizio se detuvo en seco.
Maurizio susurra con acento siciliano, "he cazzo… esto no estaba en el plan."
Las alarmas se encendieron de inmediato. Sirenas rojas bañaron los pasillos con destellos intermitentes. Puertas metálicas se cerraron automáticamente, sellando accesos.
Maurizio apretó los dientes y giró hacia la salida, pero dos guardias ya se habían percatado de su presencia. Sus linternas lo apuntaron directo al rostro.
El guardia grita, "¡Eh, tú! ¡Alto ahí!"
En un segundo, el siciliano dejó caer el carrito y sacó el arma oculta bajo el overol. Los disparos resonaron en el pasillo, explosiones concreto. Uno de los guardias cayó de inmediato, el otro buscó cobertura tras una columna y gritó pidiendo refuerzos.
Desde el exterior, Gianluca maldijo en voz baja, viendo cómo las luces de emergencia iluminaban todo el perímetro.
Gianluca dice con acento napolitano, "Mierda… se nos jodió. Los tienen encima."
En el refugio, Etna golpeó la mesa con rabia, los ojos encendidos de impotencia.
Dices con acento catanés, "¡Saquen a Maurizio ahora! ¡No intenten forzar más, váyanse ya!"
Pero la prisión ya estaba en caos. Varios guardias corrieron hacia la zona de limpieza, disparando a ciegas hacia la silueta de Maurizio que se movía entre las sombras. El eco metálico de las balas llenó el corredor.
Maurizio gritó, cubriéndose detrás de un carrito volcado.
Maurizio dice con acento siciliano, "¡No voy a irme sin él! ¡Pietro está a metros. "
Etna cerró los ojos, la fiebre de días pasados aún palpitando en sus sienes. Sabía que estaba a un suspiro de perder no solo a Pietro, sino también a Maurizio.
Las detonaciones sacudían los muros como si la prisión misma respirara pólvora. El aire estaba espeso, cargado de humo y miedo. Maurizio apretaba el fusil contra su hombro, disparando en ráfagas cortas mientras retrocedía hacia un pasillo lateral. Cada paso era un golpe seco de botas contra concreto, cada sombra podía ser el filo de su final.
Afuera, Gianluca coordinaba a los hombres entre el caos. Sus órdenes eran rápidas, tensas, cortadas por el rugido de sirenas y el crujido metálico de puertas automáticas que se cerraban una tras otra.
Gianluca grita con acento napolitano, "¡Cubran la salida este, forza! ¡No se queden quietos, muévanse!"
Dentro del túnel, lejos del estruendo principal, Pietro era llebado con rapidéz. Sus manos aún marcadas por las esposas rozaban el concreto húmedo mientras era empujado hacia adelante. un hombre,, vestido casi de negro, caminaba delante con paso firme. La luz de una linterna iluminó su rostro apenas por un instante, revelando a Mássimo Marttini.
En la radio de Gianluca, una voz quebrada irrumpió con urgencia. Era Sandro, uno de los hombres infiltrados en la periferia.
Sandro dice con acento siciliano, "Gianluca, lo sacaron! ¡Pietro se va en un todo terreno negro, placas de Turín! ¡Lo tenían planeado, no fue coincidencia!"
El silencio cayó sobre Gianluca por un segundo eterno. Sus ojos se abrieron con furia y desconcierto.
Maurizio, atrincherado en el corredor, escuchó la noticia a través del comunicador. El sonido le perforó más que las balas que rebotaban a su alrededor.
Maurizio grita con acento siciliano, "¡No! ¡No puede ser! ¡joder, Pietro!"
Sus disparos se volvieron más frenéticos, más desesperados. Dos guardias cayeron, otros se replegaron, pero el eco del motor alejándose lo golpeaba más fuerte que cualquier impacto.
Desde el refugio, Etna se levantó tambaleante, apoyándose en la mesa con ambas manos. Sus ojos ardiendo de furia y dolor se clavaron en las pantallas donde los puntos verdes retrocedían bajo fuego.
Dices con acento catanés, "¡Saquen a mis hombres de ahí ya! Pietro ya no está… ¡pero ustedes sí pueden morir si siguen!"
La señal de retirada corrió entre el equipo como un rayo. Gianluca arrastró a Maurizio fuera de la línea de fuego, empujándolo hacia la salida trasera mientras el resto cubría la huida. El rugido de los motores de sus vehículos se mezcló con el grito de las sirenas y el eco metálico de los barrotes que volvían a cerrarse.
El todoterreno negro ya era un punto lejano, perdido entre las colinas. Pietro estaba dentro, prisionero de otro destino.
La noche había caído como un manto de plomo cuando los motores de las camionetas rugieron al entrar en el refugio. El chirrido de los frenos resonó en la penumbra del hangar improvisado, y el silencio posterior fue roto solo por las puertas golpeando al cerrarse. Gianluca descendió primero, con el rostro duro, la mandíbula marcada por la frustración. Sus ojos oscuros apenas ocultaban la furia contenida. Maurizio, detrás de él, llevaba la ropa manchada de sudor y polvo, la respiración aún agitada como si cada disparo resonara todavía en su pecho.
Etna los esperaba en la sala principal, ceria, arreglada con un vestido negro sencillo, pero a la vez con la mirada de acero que ningún veneno ni fiebre había logrado quebrar. Los asistentes y de más guardias que estavan en el lugar guardaron silencio absoluto al verlos llegar. En la mesa, todavía encendidas, varias pantallas mostraban las últimas imágenes captadas de la prisión: el apagón, los destellos de balas, y finalmente, la fuga del todoterreno negro que se desvanecía hacia la carretera de Turín.
Gianluca avanzó hacia ella, arrojando su chaqueta sobre una silla con un gesto seco.
Gianluca dice con acento napolitano, "Nos tenían rodeados. Pietro ya no estaba dentro… alguien lo sacó segundos antes. Era un movimiento planeado. Preciso."
Gianluca caminava de lado a lado con la mandíbula tenza y los ojos oscuresidos.
Etna lo miraba con un gesto preocupado pero decidido.
Gianluca dice con acento napolitano, "no necesito ni preguntar quien fue, cierto?"
Dices con acento catanés, "Pero estai bene amore. "
Etna asiente afirmativamente.
Gianluca dejó a un lado su rostro de seriedad, suavizandolo un poco para asercarse a chyara y acariciar su mano con cuidado y ternura, al mismo tiempo que hacía un gesto afirmatibo con la cabeza.
Etna le dió un suave beso en los labios, le alibiaba saber que él había regresado entero. Luego volbió a ponerse ceria.
Maurizio golpeó la mesa con el puño cerrado, haciendo vibrar los vasos que había encima.
Maurizio grita con acento siciliano, "¡Era nuestro, Etna! Pietro era nuestra responsabilidad, y se lo llevaron como si nada. ¡Etna! Lo tuvimos frente a nosotros y aun así lo perdimos."
Etna no se inmutó. Permaneció de pie, los brazos cruzados sobre el pecho, sus ojos verdes brillando bajo la luz tenue. Su voz, cuando habló, fue baja pero cortante como una cuchilla.
Dices con acento catanés, "No fue Matteo. No fue la ‘Ndrangheta. Solo hay un nombre en Turín capaz de hacer algo así… Mássimo Marttini."
Etna dio un paso al frente, apoyando las manos sobre la mesa. Sus dedos temblaron apenas, no de debilidad, sino de la tensión que recorría su cuerpo.
Maurizio, aún jadeante, se dejó caer sobre una silla, hundiendo el rostro entre las manos.
Maurizio dice con acento siciliano, "Si lo hizo, no fue por Pietro. Lo sabemos. Tiene que haber algo más detrás."
dices con acento catanés, "lo que no entiendo es qué mierda busca Mássimo liverándolo. Nunca le ha interezado ayudarnos, nos lo dejó claro en el puerto aquella vez. "
Etna asintió lentamente, sus labios curvándose en una mueca amarga. Su decisión ya estaba tomada, y el brillo de su mirada lo dejó claro a todos en esa sala.
Dices con acento catanés, "Sea lo que sea, voy a descubrirlo. Si Mássimo lo liberó, si se atrevió a tocar a uno de los nuestros, entonces voy a ir a Turín. y voy a buscar respuestas."
Dices con acento catanés, "Preparen la pista para salir en unas horas más a turín. "
Etna se irguió una vez más, como si todo el peso de la derrota se transformara en un nuevo filo en su interior.
Gianluca suspira profundamente.
Gianluca dice con acento napolitano, "estas segura chyara?"
dices con acento catanés, "tampoco podemos dejarlo en sus manos, sin saber que pretende amore. "
Gianluca asiente afirmativamente.
Gianluca dice con acento napolitano, "bene, iré con tigo"
etna relajó la mirada y el rostro mirando a Gianluca enamorada.
dices con acento catanés, "gracie amore, prepárate entonces. "
Gianluca hace un jesto afirmatibo mirandola con una mirada mas dulce

Palermo pide respuestas, y Matteo pierde el control.

Mientras tanto:
Las calles de Palermo estaban todavía húmedas por la llovizna nocturna, brillando bajo la luz amarillenta de los faroles. El murmullo de la ciudad no era el de una noche común: era un rumor inquieto, cargado de voces alteradas y pasos apresurados. En cada esquina, grupos de ciudadanos se aglomeraban frente a los quioscos de prensa, donde los periódicos de la madrugada exhibían en primera plana titulares incendiarios.
“Motín sangriento en la Cárcel Ucciardone.”
“Tiroteo en pleno corazón de Palermo.”
El eco de las rotativas aún parecía flotar en el aire, mezclado con el ulular de ambulancias que no habían dejado de recorrer las calles. Los más viejos murmuraban con el ceño fruncido, recordando épocas de guerra abierta entre mafia y Estado; los jóvenes grababan videos con sus teléfonos, transmitiendo en directo la confusión.
En la Cárcel Ucciardone, la escena era un hervidero de autoridades. Patrullas, vehículos blindados y unidades especiales bloqueaban los accesos, mientras helicópteros sobrevolaban la zona iluminando los muros con haces de luz blanca. Los periodistas, mantenidos a distancia, alzaban micrófonos y cámaras contra las vallas policiales, hambrientos de declaraciones.
Un portavoz de la policía se presentó ante los medios con gesto rígido, el sudor resbalando por la frente bajo los reflectores.
El portavoz dice con tono seco, “Hubo un incidente aislado en la zona de limpieza… se está investigando si se trató de un intento de fuga. No hay elementos para confirmar nada más en este momento. Les pedimos calma y paciencia.”
Pero la calma no existía. Las voces se cruzaban en la multitud:
“¿Un motín? ¿Otra fuga como en los años anteriores?”
“Dicen que sacaron a alguien por un túnel…”
“¿Y la policía qué? Siempre saben y nunca dicen nada.”
Los guardias y funcionarios que realmente habían presenciado el caos permanecían en silencio. Algunos, con la ropa manchada de pólvora y sudor, bajaban la mirada cuando se les preguntaba. Sabían demasiado: los disparos en pasillos oscuros, la coordinación anómala de ciertos movimientos, la misteriosa desaparición de un prisionero clave. Hablar no les convenía. Ni a ellos, ni a quienes realmente movían los hilos.
Horas más tarde, en la quietud lejana de Montenegro, el eco de esas noticias atravesaba el despacho privado de Matteo Ferrari. Las portadas italianas llegaban impresas, escoltadas por reportes discretos de sus propios informantes.
El humo de un habano llenaba el aire mientras Matteo hojeaba cada página con calma glacial. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se detuvieron sobre una fotografía borrosa: patrullas frente a la Ucciardone, luces rojas y azules reflejándose en los barrotes.
El silencio del salón solo era roto por el crepitar del cigarro. Matteo apoyó el periódico sobre la mesa de caoba, sin apartar la mirada del titular.
Lo dejó y salió del lugar para caminar rumbo a un sótano.
Las paredes de piedra húmeda del sótano en Montenegro devolvían el eco de cada paso como un presagio. Matteo estaba de pie frente a una ventana angosta, fumando un puro que apenas ardía entre sus dedos. El humo no lograba disfrazar la tensión de su cuerpo. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la rabia contenida, brillaban con un fuego oscuro.
El informe de Palermo atormentaba su mente, lleno de titulares caóticos: “Motín en la Cárcel Ucciardone: fuga frustrada, múltiples heridos”. Matteo lo había leído tres veces y cada palabra era una daga en su orgullo.
Matteo dice con acento siciliano, "Etna Catania… esa zorra no puede estar moviendo todo esto sola. Tiene alguien detrás… o peor aún… La tubo a ella detrás."
Matteo Giró hacia la puerta, su rostro desencajado por la furia.
Matteo grita con acento siciliano, "¡Gianlorenzo!"
El eco rugió en el pasillo hasta que su hombre de confianza apareció, vestido de oscuro, con la mirada ceria en señal de obediencia.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "qué sucede don Matteo. "
Matteo avanzó hacia él con un paso firme, casi temblando de rabia. Su voz se quebró entre orden y maldición.
Matteo dice con acento siciliano, "Tráeme a Leila. ¡Ahora! Quiero verla aquí, frente a mí. No voy a permitirle más. Esa maldita sombra que me persigue tiene un rostro ella lo sabe, y lo voy a arrancar de su boca… aunque sea a golpes."
Gianlorenzo bajó la mirada un instante, asintiendo sin discutir. Dio media vuelta y desapareció por el corredor, mientras el aire en el sótano se volvía más pesado, cargado de la violencia que estaba por estallar.
En la celda, Leila estaba en un rincón. Su cuerpo estaba cubierto de moretones y heridas mal curadas. Su vestido de lino que alguna vez fue blanco estaba sucio, desgarrado, pegado a su piel sudorosa. Sus labios agrietados murmuraban apenas un hilo de palabras que nadie alcanzaba a comprender. Su cabello, antes brillante, caía en mechones oscuros sobre su rostro, ocultando unos ojos que ya no parecían mirar nada.
Dos guardias entraron a la celda, abriendo el candado con un chirrido metálico. Uno de ellos la tomó del brazo con brusquedad. Leila apenas se movió, como una muñeca rota.
El guardia gruñó, sin emoción en su voz, "Vamos, perra. Tu padre te espera."
Ella no respondió. Ni siquiera alzó la vista. Su cuerpo fue arrastrado hasta ponerse en pie, obligada a caminar por los pasillos húmedos, mientras las antorchas y luces desnudas marcaban el recorrido hacia el despacho de Matteo.
Matteo, de pie junto a la mesa, la esperaba con una tensión insoportable en su mandíbula. Cuando la puerta se abrió y Leila apareció, su figura frágil bajo la custodia de los guardias, sus ojos se clavaron en ella como cuchillos.
Los guardias la dejaron dentro del despacho, saliendo del lugar y cerrando la puerta.
Matteo dice con acento siciliano, casi escupiendo las palabras, "Es hora que me digas todo lo que sabes si no quieres que los mate, Leila. "
Matteo dice con acento siciliano, "Así que… ¿tú sabías todo desde el principio, figghia mia? Tú sabes ¿Quién mierda es verdaderamente Etna Catania? ¿Por qué lleva tu sombra en su piel, casi tus mismos ojos en la cara ¿Tú la conoces desde antes, la entrenaste maldita puta?"
El silencio pesó como plomo. Leila levantó apenas la cabeza. Sus labios temblaron, pero no pronunció palabra. La voz estaba enterrada en el abismo del dolor.
Matteo dio un golpe seco en la mesa, acercándose hasta tenerla a centímetros de su rostro, la respiración cargada de humo y odio.
Matteo dice con acento siciliano, "etna no es su verdadero nombre, y en varias cosas actúa como tú. "
Matteo dice con acento siciliano, "Bene. "
Matteo dice con acento siciliano, "Vas a hablar, Leila… aunque tenga que terminar de quebrarte cada hueso de ese cuerpo."
El aire en Montenegro se volvió más denso, cargado de un destino inevitable. La verdad que Matteo ansiaba estaba a punto de arrancarse a la fuerza, y Leila, perdida en su propia ruina, parecía un fantasma al que le quedaban pocas fuerzas para resistir.
Las palabras de Matteo se clavaron en ella como cuchillas. Leila cerró los ojos, el dolor físico apenas una punzada comparado con el abismo de recuerdos que se abrían. Un sol siciliano, el olor a caramel, chyara su amiga con sus mismos ojos...
Matteo dice con acento siciliano, "Sé que la conoces. Sé que la entrenaste. Y sé que tiene tus secretos." Se detuvo, dándole la espalda a Leila, la voz convertida en un murmullo helado. "Dime, Leila. ¿Quién es Etna Catania? ¿Quién es la sombra que me ha perseguido por meses, la que se atrevió a tocar lo mío?"
Leila tardó en responder. Su garganta estaba seca, sus labios temblaban. Pero algo en la mención de "su sombra" pareció encender una chispa en sus ojos vacíos. Levantó la mirada, el rostro demacrado, pero con una tenue luz de desafío.
Leila dice con la voz apenas audible, "Etna… no es una sombra. Es una promesa."
Matteo giró sobre sus talones, una sonrisa cruel asomando en sus labios.
Matteo dice con acento siciliano, "¿Una promesa? ¿De qué, de muerte? No me hagas reír, figghia mia." Se acercó de nuevo, su voz resonando en las paredes. "Dime la verdad de su objetivo, o te juro que la pagarás cara. ¿Por qué la hiciste parecerse tanto a ti? ¿Por qué Está estropeando mis operaciones en la costa? "
Leila tosió, el esfuerzo le arrancó un gemido. Pero se obligó a hablar, cada palabra un desafío.
Leila dice con voz quebrada, "Ella… ella es… ella es solo el eco de lo que me quitaste. Lo que siempre te negó la vida. Ella Tiene más inteligencia, más valor que tú para este negocio. "
Matteo alzó la mano y el sonido de su bofetada resonó en el despacho, haciendo que la cabeza de Leila se girara bruscamente. Un hilo de sangre brotó de su labio roto. La sonrisa cruel desapareció de los labios de Matteo, reemplazada por una mueca de furia descontrolada.
Matteo dice con acento siciliano, "¡No me hables de valor, perra! ¡Tú no sabes lo que es el valor! ¡Y no te atrevas a compararla contigo, ni a decir que se parece a ti! ¡Ella no es más que un títere que tú has creado para joderme!"
Se abalanzó sobre ella, la tomó por el cabello con una mano, forzándola a alzar la vista, mientras con la otra le apretaba el cuello, cortándole la respiración.
Leila jadeó, sus uñas arañando la mano de Matteo en un intento inútil de liberarse. Sus ojos, antes vacíos, ahora ardían con un desafío que la ira de Matteo no lograba apagar. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla sucia, pero no era de dolor, sino de una extraña satisfacción.
Leila dice con voz apenas audible, "Ella… ella te quitará… el negocio que amas. Todo lo que te… queda."
La presión en su garganta aumentó. Matteo apretó los dientes, su rostro a centímetros del de ella, los ojos inyectados en sangre.
La levantó ligeramente del suelo, su furia desatada. El cuerpo de Leila se sacudió, pero sus ojos permanecieron fijos en él, con un brillo que Matteo no pudo descifrar. Era una mezcla de dolor, desafío y una oscura profecía. La verdad, la que él tanto ansiaba, seguía oculta tras esa mirada, inalcanzable.
Matteo la arrojó al suelo con brusquedad, el impacto resonando en el despacho. Se giró, su mirada salvaje, y sin dudarlo, lanzó un puñetazo contra la pared, el crujido de sus nudillos ahogado por el grito de su propia rabia. Respiró hondo, tratando de contener la tempestad que se desataba en su interior. Miró a Leila, tirada en el suelo, y una idea cruel se encendió en sus ojos.
Matteo dice con acento siciliano, "Ah, ¿conque una promesa? ¿El eco de lo que te quité? Pues déjame decirte, Leila, que no te quité todo. Todavía te quedan cosas por perder."
Se acercó a ella, agachándose hasta que sus rostros quedaron a centímetros. Su voz era un susurro gélido, más peligroso que cualquier grito.
Matteo dice con acento siciliano, "Sabes, he tenido un mal día por culpa de esa perra. El plan de Etna para sacar a Pietro de la cárcel… funcionó a medias. O al menos, eso creían. Pero sabes algo, Leila? Fui yo quien se encargó de que Pietro no estuviera tranquilo. Fui yo quien se aseguró de que sintiera el mismo dolor que tú me causas. Y no creas que fui suave con él. Le hice desear la muerte, igual que te haré desear a ti."
Leila lo miró con los ojos muy abiertos, tenía una mezcla de horror y desesperación.
Matteo se puso de pie, su rostro reflejaba la furia incontrolable.
Matteo grita con acento siciliano, "¡Gianlorenzo! ¡Ahora!"
La puerta se abrió de inmediato y Gianlorenzo apareció, con el rostro impasible. Matteo le hizo una seña a Leila, y la rabia en sus ojos lo dijo todo.
Matteo dice con acento siciliano, "Esta perra ha agotado mi paciencia. Llévenla de regreso, pero esta vez, hazla hablar. Quiero que me diga cada detalle de esa zorra de Etna. Quiero que le arranques cada secreto, cada nombre, cada plan. Y si no habla… entonces la castigas. Que sufra. Que la verdad le salga a golpes. Y quiero que sea la tortura más prolongada que jamás se haya hecho en esta casa. Que sepa lo que es el verdadero dolor."
Gianlorenzo asintió, sin una pizca de emoción. Dos guardias entraron y tomaron a Leila, levantándola del suelo con una fuerza que no dejaba lugar a resistencia. La arrastraron fuera del despacho, y el eco de sus pasos se perdió en la distancia.
Matteo permaneció de pie, con la respiración agitada, la mandíbula tensa. La oscuridad de la noche se colaba por la ventana, envolviendo el despacho en una penumbra que parecía reflejar la oscuridad en su alma. La sed de venganza ardía en él, una llama que solo se apagaría con la destrucción total de Etna Catania. Y Leila, su propia hija, sería la primera en sentir una vez más su odio.
Leila fue arrojada sin miramientos al suelo de la celda, que ahora se sentía más fría, más húmeda. La puerta metálica se cerró detrás de Gianlorenzo y los dos guardias, y el clic del cerrojo resonó como el último clavo en su ataúd. La luz, escasa y parpadeante, apenas revelaba los instrumentos que Gianlorenzo ya acomodaba sobre una pequeña mesa: látigos de cuero, pinzas metálicas, una antorcha que crepitaba con una llama naranja y hambrienta.
Gianlorenzo se acercó a ella, sus ojos vacíos de toda compasión, un profesional de la tortura. Se puso en cuclillas, su voz un murmullo que apenas se escuchaba sobre el propio jadeo de Leila.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Tu padre quiere respuestas, Leila. Y las va a obtener. Será más fácil si te rindes. "
Leila levantó la mirada, el terror mezclado con una obstinación casi suicida. Su labio roto aún sangraba, y cada respiro era una punzada.
Leila dice con acento siciliano, "No sé… de qué hablas…"
La mano de Gianlorenzo se abalanzó sobre su rostro, un golpe seco que la hizo caer de lado. La celda pareció girar. El guardia la levantó sin fuerza, y sus brazos fueron inmovilizados contra la pared mientras el otro le arrancaba el vestido rasgado. El frío de la piedra se le clavó en la piel.
Gianlorenzo tomó el látigo, probando su peso. Sus ojos se fijaron en ella.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "La zorra de Etna. Sus planes. Sus contactos. Cada uno de sus secretos. Si no me los das, te juro que desearás no haber nacido."
El primer golpe fue un latigazo sordo que rasgó el aire y la piel. Leila gritó, un sonido que apenas era un susurro que se perdió en el eco de la celda. El dolor la recorrió como una descarga eléctrica, quemando cada fibra de su ser. Un segundo golpe, luego un tercero. Sus músculos se tensaron, su cuerpo se arqueó en un intento inútil de escapar.
Pero ella se aferraba a un último vestigio de cordura, a la imagen de Etna, de su risa infantil bajo el sol siciliano. Sabía que cada palabra, cada información, era una sentencia de muerte para su amiga.
Leila jadeó, las lágrimas mezclándose con el sudor y la sangre.
Leila dice con acento siciliano, "No… no… no sé nada…"
Gianlorenzo sonrió, una mueca cruel que no llegaba a sus ojos.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Eres igual de terca que tu padre. Pero él no se rinde. Y yo tampoco."
La tortura continuó. Las pinzas mordieron su piel, el fuego de la antorcha se acercó a sus extremidades, el olor a carne quemada llenó el aire. Cada minuto era una eternidad de sufrimiento, cada golpe un martillo sobre su voluntad. El mundo se redujo a la celda, al dolor insoportable, a la voz de Gianlorenzo que repetía las mismas preguntas.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "¿Quién es Etna Catania? ¿Quién la apoya? ¿Cuál es su verdadero objetivo?"
Leila temblaba incontrolablemente. La mente de Leila se debatía entre la lealtad y el deseo desesperado de que el dolor terminara. No sabía qué decir. No podía delatar a Etna, no podía revelar los secretos de su amistad, los años de entrenamiento, la promesa que Etna representaba. Pero al mismo tiempo, las palabras de Matteo resonaban en su cabeza, la amenaza sobre los suyos, sobre las personas que aún amaba.
Leila balbuceó, la voz rota por el sufrimiento, "Ella… ella… no…"
La rabia de Gianlorenzo creció. No podía soportar más su silencio. Los guardias la sujetaron con más fuerza, la obligaron a mirar a Gianlorenzo, que sostenía una pequeña navaja, y se agachó para acariciar su rostro con el filo.
CyberLife te desea que no te caigas.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Tienes una última oportunidad, Leila. O empiezas a hablar… o esta noche, cuando tu padre termine contigo, no quedará ni el eco de tu voz."
El filo de la navaja de Gianlorenzo se movió, primero rozando su mejilla, luego trazando una línea fina que dejó un rastro de sangre. Leila gimió, el dolor pulsando en cada fibra de su ser, un dolor que se sumaba al tormento de su cuerpo. El hierro frío de la navaja se presionó contra su piel, y otro corte, más profundo, apareció en su frente. La sangre goteó por su rostro, mezclándose con las lágrimas y el sudor. La visión se le nublaba, el mundo se volvía borroso y lejano.
La voz de Gianlorenzo sonaba distorsionada, como si viniera de un túnel.
Gianlorenzo dice con acento siciliano, "Tic-tac, Leila. El tiempo se acaba. ¿Vas a hablar o quieres seguir jugando?"
Leila sintió que su cuerpo se apagaba, la consciencia parpadeando como una vela al viento. La imagen de Etna, esa promesa de un futuro diferente, se desdibujaba ante el implacable dolor. Las palabras de Matteo, la amenaza velada sobre su familia elegida, resonaban como un eco final en el abismo de su mente. No podía más. El terror por los suyos superó el último reducto de su lealtad. Abrió la boca, el sonido de su propia voz apenas un murmullo que se ahogaba en su garganta.
Leila dice con voz ronca y entrecortada, casi inaudible, "Etna… no es su nombre… Es… Chyara… Chyara D’Amico Balestra… mi mejor amiga…"
El último hilo de su resistencia se rompió. Las palabras se desvanecieron en el aire, y su cuerpo se desplomó sin fuerza. El mundo se volvió negro. Leila cayó en la inconsciencia, el río de sangre manchando el frío suelo de la celda.
Responder