El inperio del Nortte.

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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El inperio del Nortte.

Mensaje por Larabelle Evans »

Chocolate, secretos revelados y algo más.

Punto de vista: Bianca y Mássimo.

[La fábrica de chocolate Marttini ocupa tres naves industriales renovadas con arquitectura de ladrillo rojo del siglo XIX. Está cerca del río Po, en un barrio con una mezcla de almacenes antiguos y galerías modernas. Desde la calle se huele el chocolate tostado, la manteca de cacao, y vainilla.]
La oficina de Mássimo está ubicada en el segundo nivel, con paredes de cristal que dan al piso de producción. Dentro hay pisos de madera pulida, una biblioteca con volúmenes de derecho y contabilidad, una cafetera automática, y un escritorio grande de roble macizo. Todo está ordenado con una estética austera y masculina: acero, cuero negro, cortinas beige. No hay fotos personales, pero sí una caja cerrada de puros cubanos y un cuadro de Turín nocturna en blanco y negro.
[Bianca entra sin tocar. Lleva una chaqueta ajustada beige claro y gafas de sol que se quita al cruzar la puerta. Hace calor afuera, pero adentro el aire es fresco, controlado. Su rostro está tenso. Acaba de saber algo que no puede callar.
Bianca lo mira de frente, sin papeles ni excusas
Dices con acento Genovés, "Me enteré esta mañana. me Lo confirmaron unos amicos de Catania. Estás enamorado de Leila Ferrari. "
Mássimo levanta la vista desde el portátil, se reclina en su silla de cuero
Mássimo dice con acento turinés, "¿Y? ¿Qué esperas que diga? "
Bianca se queda de pie, cruzando los brazos, lo observa como si buscara a alguien que conocía mejor.
Dices con acento Genovés, "Espero que lo pienses. Sabes quién es. Sabes de qué familia viene. Su apellido es pólvora, y tú estás jugando con fuego en medio de una guerra."
Dices con acento Genovés, "Matteo Ferrari puede estar enfermo, pero no está muerto. Y si se entera de que su hija se acuesta con un norteño..."
Mássimo se pone de pie con lentitud. Mide sus palabras, pero sin esconder la verdad
Mássimo dice con acento turinés, "No me acuesto con ella, Bianca. La amo. "
Mássimo se acerca al ventanal que da a las cintas transportadoras donde se enfrían los bombones
Mássimo dice con acento turinés, "Y hace cuatro días no sé nada de ella. No responde el móvil. Nadie en Sicilia me dice nada. Voy a ir allá. Esta tarde. Personalmente. "
Bianca casi da un paso atrás, pero no lo permite. Su voz se rompe apenas.
Dices con acento Genovés, "¿Vas a dejar todo esto por ella?"
Dices con acento Genovés, "¿La vas a poner por encima del negocio? ¿Por encima de mí?"
Dices con acento Genovés, "Mierda, Mássimo… ¿Cuándo cambió todo?"
Mássimo la mira por primera vez con franqueza total, sin ira, sin teatro
Mássimo dice con acento turinés, "Cambió cuando sentí que podía ser diferente con alguien. Cuando por primera vez no tenía que protegerme de la persona que dormía al lado.
Mássimo dice con acento turinés, "No estoy dejando nada. Pero si algo le pasa, no me lo voy a perdonar. Sicilia no es cualquier sitio. Ella está sola allá. Y tú sabes lo que pueden hacerle si alguien quiere destruírla. "
Bianca baja la mirada. Se sienta al fin, cansada. Le tiembla una pierna. Respira hondo antes de hablar.
Dices con acento Genovés, "No es solo por ti. Si tú caes… nos caemos todos. Esto no es solo chocolate. Son rutas, gente, pagos. Ya no somos solo tú y yo en un apartamento planeando operaciones. Esto es grande, Mássimo. Esto es peligroso."
Dices con acento Genovés, "y la ferrari no te combiene. "
Dices con acento Genovés, "¿Y si te está tendiendo una trampa?"
Bianca levanta la mirada con un gesto casi suplicante.
Mássimo se cruza de brazos, tenso. Su voz se vuelve baja, firme.
Mássimo dice con acento turinés, "Si lo es, la voy a sacar de Sicilia igual. Con vida o con sangre. "
Mássimo la mira cerio.
Mássimo dice con acento turinés, "deja el drama y vamos a la acción, como van los negocios y la entrega de la semana pasada.
Bianca frunce el ceño, se pone de pie lentamente. Camina hacia el escritorio de Mássimo, dejando un leve golpeteo de sus tacones sobre el parquet pulido. Recoje una carpeta negra que había dejado antes esa mañana sobre el escritorio. La abre y hojea los papeles mientras habla, sin despegar la mirada de los documentos.
Dices con acento Genovés, "La entrega de Milán llegó sin problemas. Rutas limpias. La Guardia di Finanza no asomó ni una patrulla. Los de Brera están contentos con la nueva calidad, dicen que el lote de fondente encubrió bien las piezas."
Dices con acento Genovés, "En Marsella, en cambio, hubo tensión. Dos idiotas quisieron robar la furgoneta antes de cruzar al puerto. Los nuestros los espantaron, pero no sin dejar rastro. Estamos revisando cámaras. No perdimos nada, pero hay que mover al chofer. Está nervioso."
Mássimo asiente despacio. Se ha movido hacia el mueble bar bajo la biblioteca. Saca un vaso bajo y sirve whisky sin preguntar. Lo empuja hacia Bianca, que lo acepta sin comentarios.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Y el nuevo contacto en Zürich?"
Bianca toma un sorbo corto, apoya el vaso en la mesa y lo mira de frente.
Dices con acento Genovés, "Están dentro. Discretos, suizos como reloj. Solo piden puntualidad y silencio. Podemos blanquear mínimo quinientos mil al trimestre desde ahí. Pero hay que mandar a alguien que inspire confianza."
Mássimo camina de regreso al ventanal. Mira las líneas de producción abajo: los trabajadores con cofias blancas, el ritmo preciso de las máquinas. El olor a cacao sube levemente por el ducto de ventilación.
Mássimo dice con acento turinés, "Manda a Lorenzo. Él sabrá cómo moverse. Pero que no se meta con las mujeres del cliente esta vez."
Bianca levanta una ceja, sin sonreír.
Dices con acento Genovés, "Si Lorenzo mete la pata otra vez, no lo cubro más. Ya no estamos para escándalos internos."
hay un Silencio breve. Mássimo se cruza de brazos de nuevo, pero esta vez sus hombros bajan apenas. La tensión cambia. Su voz ya no es la del jefe, sino la del amigo.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Y tú? ¿Estás bien?"
Bianca tarda un segundo en responder. Se apoya contra el borde del escritorio. El vaso aún en su mano.
Dices con acento Genovés, "No. Pero lo estaré. No me gusta que me excluyas, Mássimo. Nunca lo hiciste antes."
Mássimo la observa unos segundos más. No dice nada. Solo toma su chaqueta del perchero. Camina hacia la puerta, pero se detiene al llegar al marco.
Mássimo dice con acento turinés, "Cuando vuelva de Sicilia, hablamos de todo. Como antes."
Dices con acento Genovés, "Si vuelves..."
Él gira un poco la cabeza, sin sonreír, sin tristeza. Solo convicción.
Mássimo dice con acento turinés, "Voy a volver."

Mássimo buscará a Leila y encuentra algo más crudo.

Mássimo sale de la oficina por la escalera lateral de hierro con paso firme. Lleva una chaqueta de lino gris claro sobre una camisa blanca abierta al cuello. Detrás de él, casi en sombra, lo sigue Rodrico —alto, moreno, con la mandíbula cruzada por una vieja cicatriz. es Leal a Mássimo desde los viejos tiempos, lo sigue sin hablar, pero atento a cada gesto.
Mássimo se detiene junto a la primera camioneta. Mira a Rodrico, sin rodeos.
Mássimo dice con acento turinés, "Prepárate. Salimos esta noche a Sicilia. Quiero dos camionetas, ocho hombres. Nadie que hable más de la cuenta."
Rodrico asiente. Mira su reloj. Toma nota mental sin sacar nada del bolsillo.
Rodrico dice con acento Turinés, "¿A qué parte de la isla, jefe?"
Mássimo aprieta la mandíbula antes de hablar. Mira el horizonte, como si pudiera ver el mar desde ahí.
Mássimo dice con acento turinés, "Primero Catania. Después Palermo. Quiero saber si hay alguna puta guerra que me hayan ocultado. Si hay movimiento de los Russo, de los Savoca, o de los propios Ferrari. Si Leila está en medio… la saco de ahí. No importa cómo."
Rodrico dice con tono bajo, directo, "Entendido. ¿Y si no está en Catania?"
Mássimo lo mira con una mezcla de agotamiento y rabia contenida.
Mássimo dice con acento turinés, "Entonces peinamos la isla. Hablen con los nuestros en Messina, con los pescadores del puerto viejo. Quiero saber si alguien la vio. Si la movieron. Si la esconden."
Rodrico se acerca un poco más, baja la voz. Hay respeto en su tono, pero también preocupación.
Rodrico dice con acento Turinés, "¿Y si está muerta?"
Mássimo lo fulmina con la mirada. No grita. No necesita hacerlo.
Mássimo dice con acento turinés, "No está muerta."
Mássimo dice con acento turinés, "Y si alguien se atrevió a tocarla, voy a arrasar esa ciudad calle por calle."
Rodrico asiente una vez más. Da media vuelta sin más palabras y empieza a dar órdenes por el intercomunicador adherido al cuello de su chaqueta.
[Mássimo se queda allí un momento. El viento trae olor a chocolate y gasoil. Saca un cigarro. Lo enciende con calma. Mira hacia el cielo claro de la primavera turinesa. Un instante de duda en sus ojos. Solo un segundo.
horas más tarde.
Rodrico dice con acento turinés, "Jefe. Tenemos confirmación. Es Palermo."
Mássimo levanta la vista de un mapa que ha extendido sobre la mesa de roble. Tiene las rutas marcadas con bolígrafo rojo, nombres escritos en código. No dice nada, solo espera.
Rodrico continúa, sin dudar.
Rodrico dice con acento turinés, "Hay un enfrentamiento. Empezó hace una hora. Célula traidora de la 'Ndrangheta. Se aliaron con un grupo local que quiere desestabilizar a los Ferrari. Creen que Leila es el blanco. Están intentando matarla ahora mismo."
Mássimo cierra el mapa con una mano. Sus ojos cambian. Se levantan las sombras. Solo queda la furia.
Mássimo dice con acento turinés, "¿El viejo Matteo hace algo?"
Rodrico niega con la cabeza. Su voz es baja.
Rodrico dice con acento turinés, "Nada. No ha salido de su finca. Nadie se mueve de la familia. La están dejando sola."
Mássimo lanza el mapa contra el ventanal. Rebota sin romperse. Camina hacia el perchero, toma su abrigo de cuero negro. No es el de negocios. Es el de guerra. El que usaba en Albania, en Kosovo, en Milán la noche que todo comenzó.
Mássimo dice con acento turinés, "Prepara a todos. Salimos en diez minutos. Llévate los rifles largos, el blindado, y las máscaras. No quiero que sepan quiénes somos hasta que estemos encima."
Rodrico asiente, sin parpadear. Da media vuelta, pero se detiene antes de salir.
Rodrico dice con acento turinés, "Vamos a entrar en zona caliente, Mássimo. ¿Estás seguro?"
Mássimo se acomoda el abrigo. Mira su reflejo en el cristal, detrás la fábrica sigue produciendo chocolate como si el mundo no estuviera a punto de arder.
Mássimo dice con acento turinés, "Estoy más que seguro."
Mássimo dice con acento turinés, "Y si alguien la toca, lo entierro con mis propias manos."
Rodrico desaparece por la escalera. Afuera, se oye el encendido de los motores. El sonido metálico de cargadores ajustándose. Órdenes cortas. Preparación militar.
[Mássimo baja al estacionamiento. Su presencia cambia la atmósfera. Los hombres lo miran, algunos se cuadran instintivamente. No habla. Solo se sube a la primera camioneta. Rodrico sube al lado opuesto. Dos hombres delante. Dos detrás.]
El convoy arranca como una serpiente negra entre las sombras industriales del barrio. El cielo se ha vuelto gris. La noche cae sobre Turín.
Varias horas de viaje después.
Las luces de la autopista pasaban como cuchilladas de neón sobre el rostro de Mássimo. Iba en silencio, en la parte trasera del blindado negro, con las piernas separadas, los codos sobre las rodillas, la cabeza gacha. El motor rugía, pero dentro solo reinaba el peso del silencio. Rodrico lo observaba de reojo, sin atreverse a hablar.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Ninguna novedad?"
Rodrico negó con la cabeza. Afuera, la costa siciliana se dibujaba en sombras bajo un cielo de tormenta.
Rodrico dice con acento turinés, "Solo que hubo un tiroteo en el puerto. Varios muertos. Creen que fue una emboscada. Pero Leila… Leila salió viva."
Mássimo apretó los puños. Cerró los ojos. El alivio no alcanzaba a borrar la angustia.
Mássimo murmuró con acento turinés, "¿Viva, pero a qué costo…?"
Las ruedas del convoy crujieron al girar hacia el puerto. El olor a pólvora, sangre y mar se mezclaban en el aire. Apenas bajaron, el escenario los recibió como un cementerio de guerra. Cuerpos de hombres de la 'Ndrangheta yacían en el suelo, con los rostros cubiertos y los pechos abiertos.
Mássimo bajó de la camioneta y caminó a paso lento.
Karlo, uno de los hombres más leales a Leila, hablaba con ella, sin notar aún la presencia de Mássimo.
Karlo dice con acento siciliano, "Siempre está dispuesto a dar la vida por ti, jefa. Pero no es justo…"
Leila lo interrumpió con una exhalación profunda, una que parecía vaciarle el alma.
Leila bajó la mirada al suelo.
Leila Dice con acento siciliano, "No sé qué estoy haciendo, Karlo…"
Karlo frunció el ceño, mirándola sorprendido. Era la primera vez que la oía decir esas palabras.
Leila Dice con acento siciliano, "No sé si estoy liderando o sobreviviendo. No sé si estoy matando o vengando."
Leila suspira profundamente.
Leila Murmura con acento siciliano, "Y, lo peor es que..."
Leila Dice con acento siciliano, "No sé si... si puedo elegir entre Pietro y Mássimo… porque con uno ardo… y con el otro… me quiebro..."
Un silencio pesado cayó sobre ellos. Las palabras quedaron flotando como humo entre ruinas. Karlo no supo qué decir. Y eso, en él, era raro.
Karlo dice con acento siciliano, "No tienes que elegir ahora, pero sí pensarlo después."
El zumbido de las ruedas metálicas de la camilla al ser empujada interrumpió el momento. Pietro, inconsciente, era trasladado hacia el blindado negro que esperaba con las puertas abiertas.
Una voz seca, cortante y varonil cortó el ambiente como un cuchillo.
Mássimo dice con acento turinés, "Pues escucha tu corazón, Leila."
Ella giró con brusquedad. Sus ojos se clavaron en los de Mássimo como si acabara de despertar de una pesadilla. Él avanzaba entre los cuerpos como un espectro de guerra, vestido con ropa militar, botas altas, la mirada afilada. Lo seguían Rodrigo y media docena de hombres armados.
mássimo dice con acento turinés, Vine con el objetivo de ayudar; me preocupé cuando no contestaste mis llamadas y no tardé mucho en investigar lo que estaba pasando, pero creo que llegué un poco tarde. Aún así, esa no es nuestra prioridad ahora. Dónde le dieron.
mássimo se acercó hasta ella, de forma calmada, pero sin lentitud
Leila con un hilo de voz, bajando la mirada.
Leila Dice con acento Siciliano, Costado izquierdo. Hígado.
mássimo aciente afirmatibamente.
mássimo dice con acento turinés, bene, ayudaré almenos con equipo médico.
Leila Dice con acento Siciliano, "amore. "
mássimo la mira directaménte, no es por mucho tiempo pero lo hace. en sus ojos solo hay comprención, áun que claro, ocultando el inmenso dolor que sintió al escucharla.
Leila, sintiendo que las defensas se le resquebrajaban una a una, cerró los ojos y respiró profundamente. Luego se incorporó lentamente, como si las heridas no fueran físicas, sino invisibles y profundas.
mássimo dice con acento turinés, dime.
Leila Dice con acento Siciliano, "“Pietro está herido porque yo mandé esa misión. Si muere… si él muere, será culpa mía. "
Mássimo suspiró, y la volvió a mirar, pero esta vez, directamente a los ojos.
Leila Dice con acento Siciliano, "No estarás pensando que él y yo tenemos algo cierto. "
Mássimo dice con acento turinés, "pietro está erido por que mas allá de hacer su trabajo, no le inporto dar su vida por salvar otra, leila, eso, es lo que deverías de pensar"
Mássimo niega con la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "pero con lo que oí, tal vez ese ecenario sea posible, sierto?"
Leila Niega con la cabeza.
Mássimo la miró, en sus ojos no avía furia, ni reproche, solo duda. una duda que le deboráva el alma y que se sumaba a su ya deporsí larga lista de problemas.
Mássimo dice con acento turinés, "te diré una cosa, leila"
Leila lo mira aún enamorada, aún lo ama pero algo dentro de ella está haciendo que se sienta temerosa de perder a Pietro.
Leila Dice con acento Siciliano, "amore no"
Mássimo dice con acento turinés, "En los combates no solo se requiere fuerza, se requiere inteligencia; pero no solo para la estrategia, Leila, sino estrategia emocional. Cómo se espera que un guerrero logre salir victorioso cuando no está bien consigo mismo. Cuando rompí tu coraza, o al menos lo intenté; cuando te negabas a sentir algo; cuando le uías a todos, no imaginé que estuvieras tan indefensa. Pero no estás en defensa porque seas débil; estás indefensa porque así lo quieres y porque no estás en paz contigo misma, y eso, en la guerra que estás enfrentando, puede ser tu perdición."
Leila Dice con acento Siciliano, "Mi padre está haciendo todo para romperme amore. "
Mássimo dice con acento turinés, "lo se"
Leila Dice con acento Siciliano, "mataron a mi megliore amico. "
Mássimo suspira profundamente.
Leila Dice con acento Siciliano, "solo están aquí todos ellos para cazarme, como se supone que esté"
Mássimo Suspiró y se acercó para abrazarla. Se acercó para darle el apoyo, esa fuerza interior que necesitaba. No se la podía negar; primero, por el amor que sentía por ella, y segundo, porque sabía que la necesitaba y sería muy cruel de su parte no dársela solamente por una confusión.
Leila lo abraza derrumbándose en su pecho.
Leila Murmura con acento Siciliano, "odio que me veas así, con tanta sangre sobre mí."
el médico y Karlo sacan a Pietro en la camilla montándolo en la camioneta.
Mássimo dice con acento turinés, "Fuerte, Leila, tienes que estar lo más fuerte posible. Porque al no mostrar fortaleza, lo único que estás haciendo es facilitarle la tarea a tu padre. No, no estoy diciendo que te pongas esa estúpida coraza; ya viste que si no era yo, alguien más le iba a romper. Pero tienes que estar en paz contigo misma; tienes que enfrentar la guerra, sabiendo a quién tienes a tu lado, sabiendo qué sientes y sabiendo quién eres. Tu padre pelea por odio, por ambición, solamente por poder. Tú vas a seguir sus pasos; vas a pelear por un objetivo vacío?. "
Dices con acento Siciliano, "io no sono así. "
Leila entre el llanto analiza sus palabras. Y, efectivvamente sabe que con mássimo se siente amada y segura. Lo ama con intensidad con pasión. Pero entonces qué es lo que Pietro le produce, como le dijo a Karlo Pietro hace que sus sentimientos se quiebren.
Mássimo dice con acento turinés, "leila"
Mássimo dice con acento turinés, "hase esta pregunta, quien eres, quien es leila ferrari. con quien cuenta, que ciente, con quien está, y quien quiere ser reálmente"
Suspiras profundamente.
Leila Dice con acento Siciliano, "está, bene..."
Mássimo acarició lentamente su cavello, otorgándole un jesto de amor y seguridad.
Ella seguía abrazada al pecho de Mássimo, con la frente presionada contra su clavícula. Su respiración era irregular, cargada de una angustia contenida demasiado tiempo. Las palabras de él seguían girando en su mente como cuchillas dulces: verdad, dolor y consuelo al mismo tiempo.
Mássimo no dejó de abrazarla en ningún momento, hasta que en cierto momento, la solto léntamente
Mássimo dice con acento turinés, "anda"
Mássimo dice con acento turinés, "ve a verlo. "
Ella lo soltó suavemente, dando un paso atrás, limpiándose el rostro con el dorso ensangrentado de la mano. Su blusa seguía manchada. Su piel olía a pólvora, a muerte… pero sus ojos, esos ojos de esmeralda encendidos por el fuego del alma, volvieron a levantar la mirada. Firme, aunque dolida.
LEILA con un hilo de voz, pero nítida
Leila Dice con acento Siciliano, "es que. "
Mássimo clabó su mirada en sus hermosos esmeraldas.
Mássimo dice con acento turinés, "que, leila, que es lo que tienes o quieres decirme"
Leila Dice con acento Siciliano, "No me había permitido sentir, Mássimo. No por matteo. No ni por Pietro. Y ahora…"
Mássimo dice con acento turinés, "ahora no saves que es lo que deves centir?"
Leila Se interrumpió. El nombre le pesó como plomo. Miró hacia la camioneta donde Pietro yacía, inmóvil. La puerta aún abierta dejaba ver el rostro pálido, el vendaje improvisado que cubría su costado. Una parte de ella quería salir corriendo detrás de ese vehículo. Otra… se sentía anclada ahí, en los brazos de Mássimo.
Mássimo dice con acento turinés, "ahora no saves que es lo que cientes en realidad? ahora estás comfundida, cierto?"
Mássimo miró la ecena con dolor, pero trató de recomponerse.
Mássimo dice con acento turinés, "vé"
Leila dio un paso hacia la camioneta. Mássimo no la detuvo. Solo la siguió con la mirada, esa que tenía el peso de la guerra, pero también de una ternura rota.
Ella se detuvo frente a la puerta abierta. Pietro, pálido, con los párpados caídos y el rostro cubierto de sudor, parecía más un niño perdido que un soldado.
Leila le tomó la mano.
Leila dice con acento siciliano, "Estoy aquí, Pietro… no te vayas. No ahora."
El conductor miró a Mássimo, esperando una orden.
Mássimo asintió en silencio.
Rodrigo dio la señal, y el motor arrancó.
Leila subió sin mirar atrás.
La puerta se cerró. El vehículo arrancó lentamente, alejándose del puerto teñido de rojo.
Mássimo se quedó de pie. Solo. Las botas manchadas con la sangre de otros.
El viento costero trajo consigo el olor agrio de la pólvora mojada.
Rodrico se le acercó en silencio.
Rodrico dice con acento turinés, "¿Qué haremos ahora, jefe?"
Mássimo tardó en responder.
Mássimo dice con acento turinés, "Limpiar esto. Interrogar a los sobrevivientes. Y asegurarnos de que ninguno de los bastardos de Matteo vuelva a tocar a Leila. "
Rodrico asintió y comenzó a dar órdenes.
Mássimo no se movió. Su mirada seguía clavada en la carretera donde el blindado desaparecía con Leila y Pietro. Dentro de él, el corazón ardía. Pero no por celos. Por pérdida. Por impotencia. Por el amor que aún sentía… y que quizás no volvería a tocar. Mássimo murmuró con acento turinés, "Si te elige a ti, Pietro… más te vale que no la rompas."
Última edición por Larabelle Evans el Mar Ago 12, 2025 7:09 am, editado 1 vez en total.
Larabelle Evans
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Re: La Cosa Mia (juego con "Cosa Nostra" y algo más íntimo)

Mensaje por Larabelle Evans »

reunión íntima de socios en turín.

Punto de vista: Mássimo y Bianca.

La casa de Mássimo en Turín está en penumbra. El reloj marca las 21:43. Afuera llueve con intensidad. Bianca está sentada en el sofá del salón, mirando hacia la puerta con una copa vacía en la mano. Su rostro se ilumina apenas al escuchar el sonido de la llave en la cerradura.
La [Puerta se abre. Entra Mássimo, empapado, cansado. Se quita el abrigo y lo cuelga. Bianca lo observa desde el sofá, con expresión contenida.
Bianca mira llegar a mássimo y se alegra, pero lo saluda ceria como siempre.
Mássimo suspira profundamente.
Dices con acento Genovés, "vollbiste. "
Mássimo la mira y la saluda con un jesto serio
Mássimo asiente afirmativamente.
Dices con acento Genovés, "todo bene?"
Mássimo asiente afirmativamente.
Mássimo dice con acento turinés, "todo controlado"
Bianca (con una ceja arqueada, tono sarcástico)
Dices con acento Genovés, "te conozco bene cuando dices eso."
Mássimo sonríe.
Mássimo asiente afirmativamente.
Mássimo dice con acento turinés, "y también saves que no es mentira"
Bianca lo mira a los ojos.
Dices con acento Genovés, "algo pasó en sicilia, cierto?"
Mássimo le sostiene la mirada serio, sin dejar que vea nada
Mássimo dice con acento turinés, "tu díme"
Dices con acento Genovés, "cuéntame. "
Mássimo niega con la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "nada relevante"
Dices con acento Genovés, "estaba en problemas la ferrari?"
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "ferrari no dejará de estár en problemas, hasta que don matteo ferrari conosca el infierrno"
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "todo bene, solo cosas de una ragazza inmadura y algo tonta"
Mássimo sonríe.
Dices con acento Genovés, "apenas te das cuenta de eos, te lo dije en la fábrica "
Dices con acento Genovés, "no vale la pena que lo dejes todo por unabambina, ya suficiente tienes con la tuya. "
Mássimo dice con acento turinés, "hay bianca, mírame a los ojos y dime. tú cres, de verdad cres que no lo savía, que no savía en que memetía?"
Dices con acento Genovés, "yo sé que silo sabías, pero la bambina es bella es cierto. "
Dices con acento Genovés, "a cualquiera deslumbra "
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "cláro que lo savía bianca, cosas así pueden pasar, relájate"
Sonríes.
Mássimo dice con acento turinés, "pero es mia vita, y además, solo e una ragazza. no preguntes, solo diré que me arde y duele, pero en fín, "
Suspiras profundamente.
Bianca cambia el tema con tono más serio.
Dices con acento Genovés, "qué te cuenta alessandro de tu hija?"
Mássimo niega con la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "no contesta el puto celular. pero es mi culpa. estoy pensando en ir a madrid si no se presentan novedades acá"
Dices con acento Genovés, "si deberías ir, es preocupando y con lo irresponsable que es. "
Mássimo asiente afirmativamente.
Mássimo la mira con una sonrísa la mira revelando un poco del estrés y dolor que a cargado. después, se cienta
Dices con acento Genovés, "todas las entregas camufladas con el chocolate nuevo que lansaste al mercado, han sido exitosas."
Mássimo suspira profundamente.
Mássimo dice con acento turinés, "bene, eso me alivia un poco"
Bianca se sienta junto a él mirándo con empatía y cariño.
Mássimo le sonríe con dolor y algo de estrés
VoiceOver desactivado. Mundo virtual guardado.
Dices con acento Genovés, "no es bueno que te calles lo que sientes mássimo y lo sabes mejor que nadie. "
Mássimo sonríe.
Dices con acento Genovés, "dime la verdad, estai así por vittoria, o por la ferrari. "
Mássimo dice con acento turinés, "saves que yo lo digo pero me lvero de otras formas, hay que canalisar todo eso"
Mássimo dice con acento turinés, "ambas, bianca"
Suspiras profundamente.
Dices con acento Genovés, "qué, te hizo Leila. "
Mássimo suspira profundamente.
Mássimo dice con acento turinés, "es una ragazza inmadura bianca, que en su vita a tenido gestión emocional"
Mássimo dice con acento turinés, "y no la culpo, digo, con todo lo que a vivido"
Dices con acento Genovés, "sí, pero eso que tiene que ver con lo que te hizo?"
Mássimo dice con acento turinés, "segun ella no save a quien ama, segun siente algo por su custodio. pero es mas confución que otra cosa bianca"
Dices con acento Genovés, "la estás justificando?"
Bianca se queda sorprendida al escuchar eso.
Dices con acento Genovés, "con su custodio?"
Mássimo dice con acento turinés, "en parte talvéz si, alfinal es una ragazza bianca, por dioos, era de esperarse"
Dices con acento Genovés, "diomio "
Mássimo suspira profundamente.
Dices con acento Genovés, "que me estás diciendo mássimo, como esa bambina te está comprando con un simple mercenario?"
Mássimo sonríe.
Dices con acento Genovés, "y tú la estás justificando, ttu nou eres así mássimo. "
Mássimo dice con acento turinés, "e una ragazza bianca entieende, tú por que tienes control, tu por que ya eres una donna madura. leila no, leila descubrió sus eemociones cuando io llegué a su vita. mira, si fuera una ragazza como tú, sí, te lo creo, es inaseptable. pero apenas tiene 21 bianca por dios"
Dices con acento Genovés, "mássimo perfabore, eso dilo y justifica a tu hija."
Mássimo suspira profundamente.
Dices con acento Genovés, "tu hija si está perdida, tu hija si es una bambina inmadura, lei no, se entrenó o la entrenaron para ser una buona heredera, no venggas con que no sabe lo que quiere, porque eso para mí no es peretexto."
Dices con acento Genovés, "y si lei te manipula con eso, te está mintiendo. "
Mássimo dice con acento turinés, "si, una eredera que no save lo que quiere, la entrenaron en vaze al castigo, a la tortura, al dolor, a la umillación, bianca, si no sabes non parlare"
Mássimo dice con acento turinés, "y mira, ya lárgate"
Dices con acento Genovés, "no, no vamoss a pelear nosotros por culpa de esa bambina. "
Mássimo dice con acento turinés, "no te quiero ver, bianca"
Mássimo dice con acento turinés, "o le paras a tus críticas, o te largas"
Suspiras profundamente.
Mássimo suspira profundamente.
Dices con acento Genovés, "está bene."
Dices con acento Genovés, "solo no te dejes manipular, tú eres mucho para permitir que te comparen entre tú y un empleado. "
Dices con acento Genovés, "megliore, intenta llamar a alessandro otra ves. "
Mássimo dice con acento turinés, "sí, lo se, créeme que lo se"
Mássimo le acaricia el cavello trankilizador.
Bianca le sonríe con afecto.
Mássimo sonríe.
Mássimo la mira
Bianca también lo mira cariñosa.
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "nada que reportar?"
Dices con acento Genovés, "hasta el momento lo he manejado todo bene. "
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "no esperava menos de tí"
Sonríes.
Mássimo sonríe.
Bianca se levanta y va por una botella de vino al bar.
Bianca regresa con la botella y 2 copas.
Mássimo dice con acento turinés, "me leíste la mente"
Dices con acento Genovés, "así?"
Mássimo asiente afirmativamente.
Dices con acento Genovés, "eso me alegra. "
Mássimo asiente afirmativamente.
Bianca se sienta y sirve una copa para mássimo.
Bianca se sirve y le sonríe a mássimo.
Mássimo le agradese con un jesto
Mássimo dice con acento turinés, "gracie"
Bianca brinda con mássimo.
Mássimo le sonríe y alsa su copa
Mássimo sonríe.
Dices con acento Genovés, "me dispiace que hayas regresado bene. "
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "gracias por eso bianca. "
Dices con acento Genovés, "me preocupo por tí. "
Mássimo la mira
Mássimo dice con acento turinés, "gracie"
Bianca se pierde en sus ojos.
Mássimo sonríe.
Mássimo vuelve a alzar su copa.
Dices con acento Genovés, "quieres que te acompañe a ver a vitti?"
Dices con acento Genovés, "la extraño. "
Mássimo dice con acento turinés, "si gustas. "
Dices con acento Genovés, "sabes que la quiero como si fuera mia bambina. "
Mássimo dice con acento turinés, "sí, lo se y te agradesco por eso. "
Bianca bebe un trago largo de su copa y sonríe,
Mássimo la acompaña y bebe también un trago largo buscando calmar un rato todo su estrés.
Bianca suspira mirándolo no puede hebitar sentirse atraída por él.
Mássimo sonríe.
Mássimo se acava su copa y se cirve un poco mas
Dices con acento Genovés, "quieres ir a supervisar algún negocio antes de ir a Madrid en estos días?"
Mássimo asiente afirmativamente.
Mássimo dice con acento turinés, "que tenemos pendiente?"
Dices con acento Genovés, "ir a milán, luego a florencia con los ferreiro. "
Mássimo suspira profundamente.
Dices con acento Genovés, "desde que Alessandro decidió irse a madrid a vivir su vida de médico inocente, no me da comfianza la gente que dejó a cargo de florencia. "
Mássimo dice con acento turinés, "por que lo dices?"
Dices con acento Genovés, "porque no saben nada de este negocio. "
Mássimo suspira profundamente.
Mássimo dice con acento turinés, "entiendo. o talvéz, finjen no saver nada..."
Dices con acento Genovés, "igual prefiero que no bajemos la guardia. "
Mássimo asiente afirmativamente.
Mássimo dice con acento turinés, "estoy de acuerdo"
Dices con acento Genovés, "No entiendo que le dió a alessandro por ir a lucirse como médico a madrid. "
Mássimo dice con acento turinés, "algo mas? quiero saver. mis niveles de estres quiero romper un nuevo recórd, pero hasta mañana"
Mássimo sonríe.
Mássimo suspira profundamente.
Sonríes.
Dices con acento Genovés, "un record sobre qué. "
Mássimo dice con acento turinés, "pues segun lui buscava normalidad"
Mássimo dice con acento turinés, "de estrés"
Sonríes.
Dices con acento Genovés, "no todo tiene que ser negativo, o sí. Mássimo dice con acento turinés, "tú dime"
Bianca abraza a mássimo.
Mássimo la mira
Bianca lo mira coqueta.
Mássimo corresponde el abrazo cansado
Bianca lo acaricia para calmarlo.
Mássimo suspira profundamente.
Mássimo dice con acento turinés, "gracie bianca"
Dices con acento Genovés, "per que?"
Dices con acento Genovés, "somos socios. "
Dices con acento Genovés, "no me combiene que te alteres."
Te partes de risa.
Mássimo se parte de risa.
Mássimo te abraza.
Dices con acento Genovés, "sube a descansar, se ve que no haz dormido nada. "
Mássimo se separa brebemente para beber de su copa.
Bianca también bebe y se moja los labios con el vino.
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "y tú que harás?"
Dices con acento Genovés, "preparar el viaje, te parece?"
Mássimo suspira profundamente.
Mássimo dice con acento turinés, "no tengo sueño, te acompaño..."
Sonríes.
Bianca le mira los labios.
Mássimo le sonríe
Dices con acento Genovés, "Quieres que te canse?"
Bianca sonríe travieza.
Mássimo niega con la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "estás loca"
Mássimo sonríe.
Dices con acento Genovés, "sí, nunca lo he negado. "
Sonríes.
Mássimo dice con acento turinés, "como es posible que seas mafiosa y estés loca?. "
Te partes de risa.
Dices con acento Genovés, "talvez esa es la clabe. "
Mássimo dice con acento turinés, "cual?"
Dices con acento Genovés, "que esté loca. "
Sonríes.
Mássimo le sonríe
Mássimo dice con acento turinés, "y por que estás loca?. "
Bianca se acerca y le roba un beso.
Sonríes.
Dices con acento Genovés, "será por tí. "
Mássimo se queda quieto.
Mássimo niega con la cabeza.
Mássimo sonríe.
Sonríes.
Bianca se termina su copa.
Mássimo la mira mientras también se bebe su copa
Dices con acento Genovés, "buono, a trabajar. "
Mássimo suspira profundamente.
Bianca se levanta dejando la copa y buscando su computadora.
Mássimo suspira y se levanta tratando de llevarse las copas.
Dices con acento Genovés, "a donde vas con eso?"
Mássimo dice con acento turinés, "pues a la cocina, o nos serviremos mas después?"
Niegas con la cabeza.
Mássimo se va a la cocina y regresa con rostro pensatibo. se sienta junto a ella mirándo la computadora
Bianca está enviando correos.
Mássimo dice con acento turinés, "creí que harías el viaje"
Mássimo sonríe.
Dices con acento Genovés, "solo estoy organizando todo. "
Sonríes.
Mássimo sonríe.
Mássimo te mira.
Bianca se concentra en la computadora.
Mássimo suspira pensatibo, con rostro cansado y abrumado, con postura serena.
Momentos más tarde.
La mesa del comedor está servida con vajilla italiana, copas de cristal y una botella de Barolo abierta. La luz es cálida, suave, proveniente de una lámpara colgante minimalista sobre la mesa de roble negro. La ciudad de Turín se ve a lo lejos por el ventanal. Huele a risotto y carne estofada. El ambiente es íntimo, casi peligroso. BIANCA y MÁSSIMO están sentados frente a frente. El ossobuco con risotto ya ha sido servido. Ella deja su copa con elegancia y toma una carpeta negra de cuero que estaba apoyada junto a su bolso.
Dices con acento Genovés, "Todo en orden. Pero quiero que veas los números tú mismo. No quiero que te enteres por otro."
Mássimo come en silencio, luego deja el tenedor sobre el plato. Se limpia los labios con la servilleta de lino y la mira, atento. Bianca abre la carpeta con calma, como quien tiene el control absoluto de la noche. También saca su iPad con una hoja cifrada.
Dices con acento Genovés, "Aquí están las ganancias netas del último trimestre. "
Bianca señala el iPad
Dices con acento Genovés, "Los cargamentos que llegaron por Marsella en marzo nos dieron 430 mil euros solo en cocaína. Alta pureza, 92%. Evitamos intermediarios, como tú pediste. Usé la ruta de Lisboa, metida en textil orgánico con sello ecológico. A nadie se le ocurrió mirar dos veces."
Másimo dice con acento turinés, "¿Y los armenios? "
Bianca ya tiene esa pestaña abierta
Dices con acento Genovés, "Se llevaron el 12% por la seguridad en tránsito. Cumplieron. Pero la próxima vez quiero bajarles a 9%. Que no se les olvide que somos nosotros quienes movemos los hilos."
Mássimo asiente lentamente, sin perderla de vista. Se sirve un poco más de vino sin pedir permiso.
Dices con acento Genovés, "Con las armas fue diferente. Tres fusiles no pasaron el último control en Niza. Se los quedaron los aduaneros corruptos, pero era parte del cálculo."
Bianca le muestra un gráfico en pantalla.
Dices con acento Genovés, "Ganancia bruta: 270 mil. Neto: 198. El lavado lo hice a través de “Nova Estructura,” la constructora falsa en Cerdeña. Funcionó mejor de lo que esperaba. Todo firmado y sellado. Auditoría fantasma incluida."
Mássimo toma el iPad y lo examina con concentración. Hay un silencio solo interrumpido por el rumor lejano de la ciudad tras los ventanales. Luego, la deja sobre la mesa.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Y cuánto tenemos disponible si necesitamos movernos esta semana? "
Bianca setea el total sin mirar el archivo
Dices con acento Genovés, "Setecientos treinta y ocho mil cuatrocientos ochenta y seis euros. En efectivo. Dividido entre la bóveda de aquí, en Torino, y otra en San Remo. Nadie sabe más que nosotros dos."
Mássimo se queda un segundo en silencio. Luego clava los ojos en ella.
Mássimo dice con acento turinés, " Y el viaje? ¿Aún vas? "
Bianca sin dudar
Dices con acento Genovés, "Jueves por la tarde. Vuelo privado. Tengo reunión con Andrei Pavel en Bucarest. Quiere el lote de Glock sin número de serie. Paga en diamantes o cripto. Lo que tú decidas. "
Él se reclina en la silla, la observa sin hablar. Luego se inclina hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Me estás invitando o me estás dejando fuera? "
Bianca sonríe con ironía, sin parpadear
Dices con acento Genovés, "¿Desde cuándo te dejo fuera de algo, Mássimo?"
La tensión entre ellos se instala como un gas invisible. Él la observa. Ella se sirve más risotto como si nada. Todo está calculado.
Mássimo dice con acento turinés, " Supervisaré desde Madrid. No me arriesgo a salir en otra foto contigo. La última vez casi nos hunde ese periodiste imbécil del hotel en Zúrich. "
Bianca cierra el iPad con un leve chasquido.
El sonido del cristal de su copa contra el mármol resuena suave. Bianca se recuesta un poco hacia atrás, cruzando las piernas con natural elegancia. Mira a Mássimo con una chispa irónica en los ojos, como si todo esto fuera un juego que conoce mejor que nadie.
Dices con acento Genovés, El periodista ya no escribe más. Le ofrecieron un puesto en Buenos Aires. Curioso, ¿no?
Mássimo suspira profundamente.
Mássimo dice con acento turinés, "yo diría, predesible"
Mássimo sonríe.
Dices con acento Genovés, "si, porque lo mandaste a callar antes de que revelara nuestros verdaderos negocios. "
Mássimo recuerda con una sonrísa algo sádica y cierra los ojos.
Mássimo asiente afirmativamente.
Bianca lo mira con picardía.
Bianca inclina la cabeza apenas, manteniendo la sonrisa. Abre un compartimiento secreto en la carpeta de cuero y saca una tarjeta de memoria pequeña, la coloca sobre el mantel, entre ambos.
Mássimo la mira serio, pero con una chispa de intriga.
Dices con acento Genovés, "estos son algunos contactos inportantes con los que hay que parlar sobre nuevas rutas. "
Mássimo dice con acento turinés, "capiscco. "
Dices con acento Genovés, "quieres que vallamos juntos a rumania, o prefieres dejarlo en mismanos? "
Mássimo se queda pensatibo un brebe momento.
Bianca lo mira a los ojos
Mássimo dice con acento turinés, "ve tú, en este momento tengo que verificar un par de cosas aquí y el tema de vittoria no me tiene tramkilo. "
Mássimo le sostiene la mirada
Bianca se encoge de hombros, luego se acerca un poco más, su perfume caro y amaderado lo envuelve.
Dices con acento Genovés, "Me encanta que confíes en mí. "
Mássimo dice con acento turinés, "se que no hay nadie mejor en esa clase de asuntos bianca"
Sonríes.
Dices con acento Genovés, "has pensado en la posibilidad de traérte a vittoria devuelta a casa. "
Mássimo dice con acento turinés, "sí veo algo diferente, un cambio, o algo, sí"
Mássimo dice con acento turinés, "yo se lo dije y te lo digo a tí, bianca. io no soy nadie para ponerle límites morales, por diós, pero ella está enferma y no lo acepta. lei tiene el derecho de explorar su cuerpo, pero el problema es que se destrulle sola. "
Mássimo dice con acento turinés, "acáso tu cres, que siendo quien soy, boy a andarme con cosas estúpidas de moral?"
Mássimo la mira a los ojos
Dices con acento Genovés, "Vanessa le hizo mucho daño a tu hija con sus adicciones. "
Dices con acento Genovés, "fuiste vastante conciderado con ella al no matarla para quitarle a tu hija a tiempo. "
Mássimo dice con acento turinés, "también fue mi culpa, bianca, también fue mi culpa. "
Mássimo dice con acento turinés, "estúve apunto. "
Dices con acento Genovés, "encerio lo llegaste a pensar?"
Mássimo dice con acento turinés, "y te confieso que me arrepiento de no averle hecho derramár cada lágrima que le causó a mi bambina"
la mirada de mássimo se oscurese y se vuelve cruel.
Mássimo asiente afirmativamente.
Bianca suspira y lo mira comprensiba.
Mássimo dice con acento turinés, "no tenemos a algun soplón capturado? quiero ver sangre?"
Mássimo la mira serio. la mira con la furia de cada recuerdo, de cada lágrima, de cada peléa con vanessa.
Bianca se acerca lo suficiente para abrazarlo.
Mássimo suspira tratándo de serenarse y la abraza correspondiendo.
Dices con acento Genovés, "ya pasó eso, me consta lo mucho que la quisiste pero ya está muerta. "
Mássimo suelta un suspíro aún mas largo y la abraza con mas fuerza.
Dices con acento Genovés, "les hizo mucho daño a ambos. "
Bianca le acaricia la espalda.
Mássimo la mira cerio.
Mássimo dice con acento turinés, "bianca, da iguál, esa mujer no será ni la primera ni la última persona que me lastímen. talvéz lo harás tú, rodrico o quien sea, pero con mi hija no, bianca, no con ella. "
Dices con acento Genovés, "no digas que io te haría daño, no va pasar eso. "
Mássimo suspira profundamente.
Bianca lo acaricia y abraza cariñosa.
Mássimo suspira profundamente.
Bianca lo suelta despacio y se aleja lentamente sin dejar de mirarlo.
Mássimo la mira con agradesimiento.
Mássimo la mira a los ojos.
Dices con acento Genovés, "me voy a casa a prepararme para ir a madrid contigo pasado mañana, si no dispones otra cosa. "
Mássimo niega con la cabeza.
Bianca se levanta del comedor recogiendo sus cosas.
Mássimo la mira con un jesto afirmatibo y le sonríe.
Bianca guarda todo en su bolso, dejándole a mássimo la carpeta con los informes financieros en la mesa.
Sonríes.
Dices con acento Genovés, "nos vemos en la fábrica mañana, trata de descansar aunque sea un ppoco, si?. "
Mássimo dice con acento turinés, "lo puedo intentar, pero no creo"
Sonríes.
Bianca se despide con un gesto.
Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: La Cosa Mia (juego con "Cosa Nostra" y algo más íntimo)

Mensaje por Larabelle Evans »

El mundo se Quiebra.

Punto de vista: Mássimo.

El sol de la mañana entra por las ventanas. Mássimo está sentado en la barra, tomando café negro.
Vittoria parte una tostada con queso fresco y le pone un poco de mermelada.
Vittoria Dice con acento turinés, “no es como el desayuno de nonna, pero lo intento, eh. "
Mássimo asiente afirmativamente. Mássimo dice con acento turinés, “tu nonna hacía todo con manteca, hasta la fruta.”
Sonríes.
Vittoria Dice con acento turinés, “y no se murió de un infarto, milagro.”
Vittoria le da el plato a Mássimo, que lo toma con gusto.
Mássimo dice con acento turinés, “esto está bueno, bambina. Te estás convirtiendo en una mujer responsable, me gusta verte así.”
Vittoria sonríe con orgullo.
Vittoria Dice con acento turinés, “ahora me falta aprender a cocinar pasta, como dios manda.”
Mássimo ríe por lo bajo.
Suena el timbre. Vittoria se levanta animada.
Vittoria Camina hacia la puerta. Abre.
Entran Bianca, Alessandro y Rodrico. Los tres con rostros serios, duros.
Bianca no dice nada, solo te acaricia el brazo.
Alessandro baja la mirada. Rodrico te da un leve asentimiento.
Mássimo levanta la vista y se queda congelado al ver a Alessandro.
Mássimo Se pone de pie bruscamente.
Mássimo dice con acento turinés, “tú… "
Alessandro apenas alcanza a levantar una mano, como pidiendo paz.
Mássimo se lanza contra él.
Le da un puñetazo directo a la mandíbula.
Alessandro cae contra la pared.
Bianca corre a intentar frenarlo.
Másimo agarra su arma de la mesa auxiliar.
Mássimo le apunta a la cabeza a Alessandro.
Vittoria mira congelada a su padre.
Dices con acento Florentino, "mássimo, perfabore puedo explicarlo."
Bianca dice con acento genovés, "Mássimo basta! Escúchalo primero! "
Mássimo mira con furia y desepción a su amigo.
Rodrico entra en acción, sujeta a Mássimo de los hombros, lo aparta con fuerza.
Mássimo forcejea.
Mássimo grita con acento turinés, “¡Dos semanas sin verla, Ferreiro! ¡Dos putas semanas!”
Alessandro se limpia la sangre del labio.
Alessandro Respira agitado, dolorido.
Vittoria está paralizada en medio del salón.
Vittoria No dice nada, los ojos abiertos como platos.
Rodrico dice con acento Turinés, "Jefe calma. Alessandro viene con, noticias. "
Mássimo lo mira con rabia, pero se detiene.
Bianca aprovecha y se interpone entre ambos.
todos se ponen tensos y nerviosos.
Bianca dice con acento genovés, "es grave, Mássimo. Escúchalo. No es por Vittoria. ”
Mássimo respira con fuerza.
Mássimo Mira a Alessandro.
Alessandro respira hondo.
Suspiras profundamente.
Alessandro dice con acento florentino, "esta madrugada… me llegó información desde Palermo. Confirmada por dos fuentes... "
Alessandro Se pasa la mano por la nuca.
Alessandro Mira a Vittoria y a Mássimo, luego baja la mirada.
Alessandro se acerca un ppoco a mássimo tratando de dar la noticia.
Dices con acento Florentino, "Amico... "
Alessandro dice con acento florentino, "Leila Ferrari… está muerta... "
El mundo se queda en pausa.
Mássimo lo mira fijo, sin comprender. Parpadea una vez. Dos.
Mássimo dice con acento turinés, “¿qué? "
Alessandro asiente.
Bianca baja la mirada.
ALessandro Dice con acento Florentino, "se rumora en todo el sur de Italia que, fue una emboscada planeada por Matteo ferrari... "
Mássimo no se mueve. No respira.
Vittoria da un paso hacia él consternada.
Vittoria Dice con acento turinés, “Papà…”
Mássimo levanta una mano, pidiendo silencio.
Mássimo dice con acento turinés, “¿quién lo confirmó? "
Alessandro dice con acento florentino, "la gente de Matteo. Y un viejo de Cosa Nostra. La noticia ya corre en el sur, es un escándalo.”
Mássimo aprieta los dientes. Sus ojos se enrojecen, pero no llora, el dolor lo consume por dentro.
Bianca lo observa, en silencio.
Rodrico se mantiene firme, vigilante.
Mássimo camina hacia la ventana. Apoya las manos contra el marco. Mira hacia Madrid sin ver.
Vittoria lo observa con el corazón en un puño.
Mássimo sigue de espaldas, apoyado en el marco de la ventana. Sus nudillos están blancos de tanta fuerza. No se mueve. No dice nada. Solo respira, como si le costara mantener el aire adentro.
Rodrico da un paso hacia él, pero Bianca lo detiene con una mirada.
Vittoria se acerca dos pasos más.
Vittoria Dice con acento turinés, "Papà… "
Mássimo no se gira. Mássimo Pienza para si mismo, “me marché de Sicilia… hace varios días. "
“estaba enojado con ella. Por su confusión. Por no saber si me amaba a mí o a Pietro.”
Mássimo Suspira, un suspiro que parece arrastrar tanto dolor.
“y ahora está muerta.”
Mássimo Se gira lentamente.
Sus ojos están rojos, brillosos, pero secos. Fríos. Duros.
Mássimo dice con acento turinés, “¿y Pietro? ¿Dónde mierda estaba Pietro? "
Alessandro baja la cabeza.
Bianca aprieta los labios.
Rodrico no responde.
Mássimo dice con acento turinés, “¿por qué no murió él? ¿Por qué no dio su vida por ella? "
Mássimo Golpea con el puño la mesa.
Las tazas saltan.
Vittoria da un paso atrás, asustada.
Mássimo dice con acento turinés, “ella… era una Ferrari. ¡Ella se crió entre serpientes! ¡Y aún así confiaba en él! ”
Mássimo Gira la cabeza hacia Alessandro.
Mássimo dice con acento turinés, “¡y tú me dejas sola a mi hija en Madrid mientras Leila es asesinada en el sur! "
Alessandro no contesta.
Alessandro Solo traga saliva, herido por verle fallado a su amigo.
Mássimo camina al centro del salón.
Los mira a todos. Uno por uno. No hay compasión en su rostro. Solo determinación y algo que se parece mucho al odio.
Mássimo dice con acento turinés, “Rodrico, prepara el viaje a Turín. Nos vamos hoy. Todos.”
Rodrico asiente con firmeza.
Rodrico dice con acento turinés, “sí, jefe. "
Mássimo dice con acento turinés, “tú también, Vittoria. Esta ciudad ya no es segura. Te quiero en casa, bajo mi techo.”
Vittoria baja la cabeza, en silencio.
Vitoria Asiente con un leve movimiento.
Mássimo dice con acento turinés, “quiero nombres. Quiero pruebas. Quiero rastros. "
Se gira hacia Alessandro y Bianca.
Mássimo dice con acento turinés, “quiero saber quién fue, quién lo permitió, quién lo ocultó. "
Bianca asiente lentamente.
Bianca dice con acento genovés, “empezaré a hacer llamadas. Hay gente en Calabria que puede hablar. "
Mássimo dice con acento turinés, “hablen. Muevan lo que tengan que mover.”
Mássimo dice con acento turinés, “el que la mató no tuvo piedad. Pero yo menos.”
Mássimo dice con acento turinés, “la sangre de Leila no va a secarse. Hasta que la limpien. "
Su mirada se oscurece. Vuelve a mirar hacia la ventana. Ya no hay sol. Solo la sombra de un hombre quebrado, reconstruyéndose con rabia.
Larabelle Evans
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Re: La Cosa Mia (juego con "Cosa Nostra" y algo más íntimo)

Mensaje por Larabelle Evans »

Una mañana sombría.

Punto de vista: Mássimo.

La lluvia cae leve sobre Turín. El cielo gris parece acompañar el luto que aún no se disuelve en la atmósfera de la mansión. Dentro, todo es orden y silencio. Demasiado silencio. Solo el tictac del viejo reloj marca el paso de los días.
Mássimo está en su despacho. Las cortinas entreabiertas dejan pasar una luz tenue. Sobre el escritorio, informes, papeles marcados con tinta negra, fotos.
Su mirada está fija en uno de ellos.
Vittoria pasa por el pasillo, lo observa en silencio desde la puerta entreabierta. No se atreve a entrar.
Bianca baja las escaleras, con una carpeta en mano.
Rodrico le hace una seña, indicando que lo dejen solo.
Vittoria se va en silencio.
Bianca asiente y deja la carpeta sobre la mesa del salón.
Mássimo sigue leyendo. Página tras página. Fechas, lugares, nombres. Todo sobre Leila. Sus últimos movimientos. Su regreso a Palermo. Todo lo que ha logrado reunir sobre lo que pasó en la envoscada.
Mássimo toma la última hoja. Una foto. Una mujer de espaldas, bajando de un auto en Trapani.
en la foto aparecía con un Vestido negro. Cabello recogido. Tacones. Y el nombre: “Etna”.
Mássimo dice con acento turinés, “Etna…”
Mássimo Repite el nombre como si lo probara con la boca. Lo deja flotar en el aire. Se recuesta contra el respaldo de cuero. Cruza las piernas. Enciende un cigarro. Exhala con fuerza.
Rodrico entra sin tocar.
Rodrico le señala la foto que está mirando mássiomo de etna.
Rodrico dice con acento Turinés, "la mujer se mueve entre Catania y Palermo. Tiene la protección que tenía Leila. Pero nadie sabe su verdadero nombre. "
Mássimo frúnce el ceño, rascándose la cabeza con la mirada de hielo.
Rodrico dice con acento tturinés, "todos en el sur dicen que es la sucesora de Leila, y hasta que se parece a ella. "
Mássimo dice con acento turinés, "¿la han visto con Matteo? "
Rodrico niega con la cabeza.
Rodrico dice con acento turinés, "Pero uno de nuestros contactos asegura que maneja parte del dinero de los Ferrari. Incluso, algunas de las rutas que antes usaba Leila. "
La rabia le arde bajo la piel.
Mássimo frunce el ceño.
Mássimo dice con acento turinés, "como se ve que con poco se inprecionan..."
Mássimo trata de serenarse y mira a rodrico con una jelidés cortante.
Mássimo dice con acento turinés, "entonces… esta mujer se pasea sobre la sangre de Leila. Y con su sombra. "
Rodrico no contesta. Solo lo observa.
Mássimo apaga el cigarro contra un cenicero de mármol. Se pone de pie. Camina hacia la ventana. Mira los jardines mojados de su casa. Habla sin mirar a nadie.
Mássimo dice con acento turinés, vamos a ir a Sicilia. "
Rodrico asiente.
Mássimo dice con acento turinés, "lo mas pronto posible"
Mássimo dice con acento turinés, "quiero a todo el equipo preparado. Esta noche. "
Rodrico dice con acento turinés, "qué pienza hacer signore? "
Mássimo dice con acento turinés, "lo que tenga que hacer, rodrico. si boy a matar, pues a matar. si tiene que desatarse el mismo infierno en sicilia, que así sea. está claro?. "
Mássimo dice con acento turinés, "y el primero que cuestione mis desiciones, se va a mi colexión de esculturas está claro?."
Rodrico hace una seña afirmativa. Sale.
Mássimo toma la foto de Etna. La observa detenidamente. Sus dedos tiemblan un poco. Pero su rostro es una máscara de acero.
Mássimo dice con acento turinés, "si Matteo tuvo que ver con esto… no va a ver el amanecer del próximo mes. "
Mássimo Guarda la foto en su escritorio. Sus ojos, ahora son oscuros.
Mássimo dice con acento turinés, "y si esta Etna tiene algo que ver con la muerte de mi piccolina… "
Mássimo Habla en voz baja, casi como una promesa.
Mássimo dice con acento turinés, "le haré desear no haber nacido. "
Mássimo dice con acento turinés, "peór aún..."
Mássimo dice con acento turinés, "le aré desear cortar su patética familia..."
Mássimo Sale del despacho con paso firme.
Vittoria lo alcansa en el pasillo.
Vittoria se le acerca algo tímida.
Vittoria dice con acento turinés, "padre, ¿come estai, encerio no quieres desayunar nada? "
Mássimo la mira, por un momento suabisa su mirada y suspira.
Vittoria lo mira preocupada y lo abraza.
Mássimo sonríe tenue, si puede y debe aferrarse a algo, es a su prinsipessa, a su bambina, a su hija.
Mássimo dice con acento turinés, "quieres que desallunemos juntos?. "
Vittoria dice que sí con la cabeza sin soltarlo.
Mássimo suspira tratando de forsar una sonrísa para ella, y la carga en brazos, pero se ciente diferente
Vittoria se carcajea mientras van al comedor. Lo mira tratando de transmitirle ánimo, nunca se imaginó que lo de su padre con Leila sería tan cerio y que él se ubiera vuelto a enamorar. Le duele mucho verlo así, y eso le sigue dando fuerzas para continuar con las terapias a distancia con karol, no quiere hacer más daño a su padre, sabe que en la vida solo se tienen el uno al otro.
Mássimo dice con acento turinés, "ti amo, mi prinssipessa. "
Vittoria sonríe.
Vittoria dice con acento turinés, "me hacía mucha falta escucharte decir eso padre, te extrañé mucho, a tí, a mi hogar a tu lado.
Llegan al comedor donde el desayuno está servido.
Mássimo dice con acento turinés, "yo tambien te extrañé mia prinssipesa, te estrañé mucho. "
Mássimo sonríe tenue y la deposita suabemente en la silla.
Ambos se sientan.
Vittoria lo mira con afecto.
Vittoria dice con acento turinés, "Llevamos una semana de regreso, y te noto tan triste padre. "
Vittoria dice con acento turinés, "la querías mucho? "
Vittoria se sirve jugo.
Mássimo dice con acento turinés, "la quise mas de lo que te imajinas, hija. no tienes idea cuanto, no creí volverme a enamorar, pero me pasó con ella. "
Vittoria dice con acento turinés, "ay, padre. Tu te mereces ser feliz, lamento que no haya sido con lei. "
Vittoria dice con acento turinés, "por las fotos que tienes de lei en tu despacho, veo que era molto bella. "
Vittoria le acerca una taza de su café favorito.
Mássimo sonríe a penas mirando a vittoria
Mássimo dice con acento turinés, "gracie bambina. "
Vittoria dice con acento turinés, "vas a cumplir lo que dijiste aquel día en el departamento padre, vas a vengarte. "
Mássimo dice con acento turinés, "a que te refieres. "
Vittoria dice con acento turinés, "es cierto que fue, su padre... "
Mássimo asiente afirmativamente.
Vittoria se orrorisa.
Vittoria dice con acento turinés, "Per que hizo eso, per que si era su heredera no? "
Mássimo suspira profundamente.
Mássimo niega con la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "la odia, hija, su propio padre. "
Vittoria no da crédito a lo que le dice.
Mássimo dice con acento turinés, "el, digamos que tiene pensamiento muy extremistas hija. el ve a toddas las mujeres como putas. "
Vittoria dice con acento turinés, "dio mio. "
Vittoria dice con acento turinés, "sono afortunatta de tenerte como padre entonces. "
Vittoria sonríe.
Vittoria dice con acento turinés, "tu sei il megliore. "
Mássimo dice con acento turinés, "tienes una suerte de tenerme como padre. "
Mássimo sonríe.
Vittoria come y lo mira con una sonrisa tierna.
Vittoria dice con acento turinés, "pero, lo que dijiste en españa, de que vas a buscar a su padre para matarlo, encerio lo harás padre... "
Mássimo asiente afirmativamente.
Mássimo dice con acento turinés, "lo devo de hacer. "
Vittoria lo mira precupada.
Vittoria dice con acento turinés, "me asusta perderte en sicilia, me asusta mucho. "
Mássimo sonríe.
Vittoria dice con acento turinés, "No quiero estar sola padre, no ni dejarte solo, se que no estai nada bene. "
Mássimo dice con acento turinés, "no pasará hija. matteo ferrari tiene cuentas pendientes con varios, vittoria. "
Mássimo dice con acento turinés, "no soy el único que lo anda casando, lo aseguro. "
Vittoria termina su fruta y suspira mirándolo.
Vittoria dice con acento turinés, "mm, beene... "
Vittoria dice con acento turinés, "¿cuando irás? "
Mássimo dice con acento turinés, "nos iremos a sicilia pronto,pero el como ataque, nolo se. "
Vittoria lo mira con interés.
Vittoria dice con acento turinés, "quiero ayudarte padre, quiero asumir lo que me corresponde por ser una marttini. "
Mássimo sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, "recupérate un poco mas y lo podrémos discutir luego. "
Vittoria sonríe.
Vittoria dice con acento turinés, "también quiero estudiar diseño de modas. "
Mássimo dice con acento turinés, "diseñadora de modas?"
Mássimo sonríe.
Vittoria asiente.
Vittoria dice con acento turinés, "descubrí que me gusta en la tienda de larabelle. "
Mássimo sonríe.
Vittoria dice con acento turinés, "además no puedes negar mi buen gusto para la ropa. "
Vittoria se ríe divertida.
Mássimo dice con acento turinés, "bueno, talvez, no se que taaan buen gusto, pero talvéz"
Vittoria se parte de risa.
Vittoria suspira.
Vittoria dice con acento turinés, "io también tengo que enfrentar mis demonios ahora que he regresado a turín, padre. "
Vittoria dice con acento turinés, "puedo salir?, prometo que no te daré problemas. "
Vittoria dice con acento turinés, "ya no quiero eso. "
Mássimo asiente afirmativamente.
Mássimo dice con acento turinés, "pero no llegues tarde. "
Vittoria le sonríe.
Vittoria se levanta y va a sus brazos.
mássimo abraza a vittoria.
Vittoria dice con acento turinés, "estarás un poco meglior? "
Vittoria dice con acento turinés, "o si quieres me quedo contigo. "
Mássimo niega con la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "estáre bene. "
Vittoria lo abraza fuerte recordándole lo mucho que lo quiere.
Mássimo sonríe.
Vittoria se aleja del comedor, su andar es ligero, decidido.
Vittoria Sube las escaleras rumbo a su habitación.
Mássimo la sigue con la mirada, hasta que desaparece por el pasillo. El silencio vuelve a instalarse en la estancia. Mássimo bebe un sorbo del café que Vittoria le preparó.
Suspira. Se recuesta en la silla. Su rostro se endurece de nuevo. La ternura de su hija es un bálsamo, pero la herida sigue abierta.
Rodrico entra de nuevo. Trae consigo una tableta electrónica y un sobre sellado. Lo coloca sobre la mesa sin decir palabra.
Mássimo lo observa. Levanta una ceja.
Rodrico dice con acento turinés, "es del contacto de Catania, signore. Lo último sobre Etna. "
Mássimo toma el sobre y lo abre con cuidado. Dentro, más fotos. Capturas de cámaras de seguridad. Fragmentos de conversaciones interceptadas.
Mássimo frunce el ceño. Pasa las hojas una por una. En una, se ve a la mujer bajando de un coche negro en el puerto de Palermo. Va acompañada de dos hombres armados. En otra, se le ve reunida con figuras menores de la red Ferrari.
Rodrico dice con acento turinés, "dicen que es fría. Nunca sonríe. Da órdenes como si leyera un guión. Precisa. Letal. "
Mássimo se gira lentamente. Su rostro se ha vuelto pálido.
Mássimo dice con acento turinés, “¿alguien ha confirmado si el cuerpo de Leila fue encontrado? "
Rodrico niega.
rodrico dice con acento turinés, "Hasta donde se sabe, sus hombres recogieron los pocos restos de ella... "
Mássimo aprieta los puños. Sus venas se marcan. La furia amenaza con consumirlo.
Mássimo dice con acento turinés, “esta noche partimos a Sicilia. Ya no es solo una venganza. Es una cacería.”
Rodrico se inclina en señal de respeto y sale sin decir más.
Larabelle Evans
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Re: La Cosa Mia (juego con "Cosa Nostra" y algo más íntimo)

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Venganza en Catania.

Punto de vista: Mássimo.

ENTRADA A CATANIA – AUTOPISTA 194 – MADRUGADA. Los neumáticos del Mercedes blindado crujieron contra el asfalto húmedo. Las luces de la ciudad aún dormida parpadeaban a lo lejos, reflejadas en la sal que el viento marino empujaba desde la costa. Dentro del vehículo, todo era silencio. Silencio y tensión. Mássimo Marttini no parpadeaba. Sentado en el asiento trasero, el rostro a medio cubrir por la sombra del techo, sostenía entre los dedos un cigarro apagado. El anillo de plata en su mano derecha brillaba cada vez que el paso de un farol le cruzaba el perfil.
Rodrico dice con acento turinés, "Cruzamos Siracusa sin ser detectados. Las cámaras portuarias no están en línea. Catania es tierra blanda esta noche."
Mássimo no respondió de inmediato. Movió la mandíbula. Apretaba los dientes.
Mássimo dice con acento turinés, "Todo lo que fue de Leila… lo quiero en mis manos. Y lo que no… lo borro. "
Rodrico lo miró por un instante. Ya había visto esa expresión en él una vez: la noche en que mataron a su padre.
Rodrico dice con acento turinés, "Etna. Ese es el nombre que circula. Nadie la conoce. Nadie la ha visto del todo. Pero todos dicen que camina como jefa. Que controla los restos del imperio de Leila."
Mássimo se giró apenas. Sus ojos, oscuros, apagados de humanidad.
Por esconderse. Por reemplazarla. Por no haber muerto en su lugar.
Rodrico asintió. El vehículo giró rumbo al puerto industrial.
EXTERIOR – PUERTO DE CATANIA – ZONA DE CARGA – 04:18 A.M. El convoy de vehículos negros avanzó sin detenerse. Las puertas metálicas del puerto cedieron con facilidad. Sobornos previos. Guardias eliminados. Todo estaba fríamente planeado.
Mássimo bajó primero. No vestía como un jefe. Vestía como un verdugo: pantalones tácticos, camisa negra abierta hasta el pecho, chaqueta de cuero ajustada. No llevaba insignias. No necesitaba. Frente a él, el vasto muelle con contenedores marcados con códigos que conocía bien. Los códigos de Leila. Los que ella usaba para mover todo: armas, medicamentos, cargamento secreto.
Rodrico se acercó.
Rodrico dice con acento turinés, "Los hombres están listos. ¿La orden? "
Mássimo alzó la cabeza. El viento golpeaba con fuerza. Olor a gasolina, a acero. A memoria.
Mássimo dice con acento turinés, "Quiero que los contenedores ardan. Quiero que los cargamentos se pierdan. Y si hay alguien adentro… que grite hasta que escuchemos sus huesos romperse. "
Rodrico asintió. Dio la señal.
Los hombres se dispersaron como una plaga silenciosa. Encendieron cargas. Dispararon a los candados. Las puertas se abrieron. Dos trabajadores corrieron. Uno cayó con un disparo seco. El otro no tuvo tiempo de gritar. Uno de los sicarios se acercó al grupo central.
El hombre dice: "Encontramos planos. Varios lotes de armas. Algunos identificados como entrega de la semana. Es ella. Está operando desde aquí. "
Mássimo observó el interior del contenedor. Fardos sellados, documentos, planillas con rutas. Reconoció una firma. No era la de Leila. Era una nueva. Firmaba como: E. Catania.
Mássimo dice con acento Turinés, "Se cree dueña. Se cree reina. Vamos a ver cómo gobierna sin puerto. "
Mássimo Lanzó el cigarro al suelo, aún sin encender. Pisó el fuego imaginario.
Mássimo dice con acento Turinés, "Encuentra sus nombres. Sus rutas. Sus escondites. Si no sale por voluntad… la vamos a arrastrar por el cabello hasta que escupa la verdad. "
Rodrico dice con acento turinés, "¿Y si no tiene nada que ver con la muerte de Leila?"
Mássimo lo miró con una frialdad que rompía huesos.
Mássimo dice con acento turinés, "Entonces morirá por ocupar su lugar. "
La noche ya no era solo noche. Era humo. Era fuego. Era guerra.
Y Mássimo Marttini había venido a cobrar la sangre que aún palpitaba en sus recuerdos.
El fuego empezaba a alzarse. Las lenguas naranjas lamían los bordes de los contenedores como si se alimentaran del legado de Leila. Cada explosión era un rugido. Cada chispa, una sentencia. El puerto temblaba con violencia contenida.
Rodrico dio nuevas órdenes por radio. Los sicarios despejaban las plataformas de carga, arrastrando cuerpos, rompiendo estructuras, marcando con pintura negra los lotes que ya habían sido destruidos.
Mássimo caminó entre el humo, con la misma frialdad con la que resuelve todas sus batallas.
Rodrico dice con acento turinés, "Ya no queda casi nada útil. Quemamos los tres sectores marcados. La zona norte está limpia. Pero no hay rastro de ella."
una esquina llamó su atención: Frost Signal. Conocía esa marca. Era de tecnología avanzada. De precisión quirúrgica. Y Leila… jamás la usó.
Mássimo dice con acento turinés, "Esta mujer no improvisa. Tiene entrenamiento. Equipamiento. Recursos. No es una impostora cualquiera."
Rodrico dice con acento turinés, "¿Quieres que instalemos vigilancia? Drones. Rastreadores. ¿Tal vez interrogar a alguno de sus choferes?"
Mássimo negó con la cabeza.
Mássimo dice con acento turinés, "No. Si es lo suficientemente lista para esconderse... también lo es para anticiparnos. Pero tarde o temprano, alguien saldrá a negociar por lo que perdió esta noche."
Rodrico bajó la vista. Uno de los contenedores explotó detrás de ellos. Metal ardiente cayó en la bahía.
Rodrico dice con acento turinés, "Las cámaras del perímetro están cayendo. Nos quedamos con media hora. Después, los federales pueden husmear."
Mássimo giró lentamente. Su voz fue un cuchillo sin filo. Pero igual cortó.
Mássimo dice con acento turinés, "No vamos a escondernos. Que sepan que llegué. Que todos sepan que Mássimo Marttini volvió a Sicilia. Y que vine a vengar a Leila Ferrari."
Rodrico dice con acento turinés, "¿Y si ella… la Catania… contraataca?"
Mássimo dio media vuelta. Caminó hacia el borde del muelle, con la vista clavada en la línea del horizonte. El sol aún no salía, pero el humo pintaba el cielo de gris.
Mássimo dice con acento turinés, "Entonces será más fácil atraparla cuando venga a recoger las cenizas."
La cámara de seguridad más alta se fundió con un crujido eléctrico. Una chispa cayó. Luego, otra explosión.
El puerto de Etna… había caído. Y Mássimo esperaba.
Esperaba que ella saliera de su escondite. Para cazarla. Para destruirla. O… para entender por qué en sus ojos —según los rumores— había algo que aún olía a Leila.
Los faros del primer vehículo cortaron la niebla como cuchillas. Un rugido de motores retumbó desde la entrada este del puerto. Luego otro. Y otro. En segundos, una caravana de todoterrenos blindados emergió del túnel bajo la autopista, todos con luces apagadas, camuflados por el humo y el eco distante de las explosiones.
adelantado, el rostro iluminado por el monitor táctico frente a ella, vestía un conjunto de cuero negro reforzado, botas militares, guantes tácticos y el cabello recogido en una trenza alta que no dejaba margen a lo frágil. Karlo a su derecha. Maurizio detrás. A su alrededor, más de treinta hombres armados, distribuidos en ocho vehículos, formaban el escuadrón de contención.
Karlo dice con acento siciliano, "Ya tenemos los planos internos. Confirmado: zona oeste colapsada. Pero aún están activos en el sector sur. Los vimos marcando contenedores."
Etna no pestañeó. Tomó el auricular de su oído izquierdo y lo ajustó.
Etna dice con acento catanés, "No vinieron a negociar. Vinieron a arder. Perfecto. Esta noche… conocerán lo que arde conmigo."
El primer vehículo rompió la barrera oxidada con un estruendo metálico. Las ruedas pasaron por encima de los restos calcinados, y el polvo se mezcló con las llamas que aún lamían el aire.
EXTERIOR – PUERTO DE CATANIA – SECTOR SUR.
Rodrico giró hacia Mássimo, desconcertado.
Rodrico dice con acento turinés, "Vehículos. Varios. Entrada este. No son federales."
Mássimo levantó la vista.
Mássimo dice con acento turinés, "bene, parese que quieren guerra"
Mássimo dice con acento turinés, "que se preparen, verán por que soy el jefe del norte. "
Los motores rugieron con furia. Una lluvia de balas impactó el primer perímetro de vigilancia. Tres de los hombres de Mássimo cayeron sin emitir un sonido. Luego, una granada de humo cubrió la retaguardia del muelle.
Etna descendió de su vehículo sin esperar señal. Caminó entre la humareda, como si la guerra fuera su elemento.
Etna dice con acento catanés, "Disparen a los que corran. A los que se escondan, destrúyanles la sombra. Pero a él... a él lo quiero vivo."
Mássimo dice con acento turinés, acáven a todos, no me interesa, quien sea, venímos a sembrár la muerte. "
Karlo y Maurizio se desplegaron en direcciones opuestas. El enfrentamiento comenzó. Balas trazadoras cruzaron el aire como relámpagos. Las estructuras metálicas del muelle vibraron por las explosiones. El fuego se volvió campo de batalla.
Rodrico dice con acento turinés, "No es un escuadrón improvisado. ¡Tienen entrenamiento militar!"
Mássimo no respondió. Cargó su arma. Avanzó hacia la línea de fuego.
Mássimo dice con acento turinés, "pues no som los únicos. "
ENTRE CONTENEDORES.
Etna avanzó como una flecha. Dos hombres enemigos se asomaron. Cayó el primero. Luego el segundo. Su puntería era quirúrgica. Sus ojos, fríos como los de una depredadora.
Etna levantó el rostro. Entre las llamas, reconoció los códigos que una vez estuvieron bajo Leila. Y sobre ellos… la sombra de un hombre. Mássimo. A solo treinta metros.
Etna dice con acento catanés, "No dispares. maurizio No todavía. Quiero verlo de cerca. Quiero que me mire… antes de saber quién perdió realmente esta guerra."
Mássimo alsó su pistola, no gritó, no le hiso falta. y de pronto, los gritos, élises, barcos. Mássimo no venía a jugar y lo iva a demostrar. elicópteros, barcos y hombres infiltrados llegavan con violencia. entre el humo y el polbo, la vió. la distinguió. era ella, no lo savía, podía sentirlo.
El cruce de miradas fue inevitable.
Mássimo habló, solo unas pocas frases, solo eso le hizo falta para desatar el infierno.
Mássimo dice con acento turinés, "mátenlos."
Etna se cubrió detrás de un contenedor mientras apuntaba con su arma.
gritas: "Qué mierda te pasa. Esto es lo que querías a leila?"
Etna lo mira con furia, con frialdad y desepción.
Mássimo no habló, solo la miró, la miró y Etna lo supo. Mássimo estaba roto, deshecho y en sus ojos la venganza que quería realizar.
gritas: "estás combatiendo al equivocado mássimo. Crees que matteo ferrari no se está riéndo de tí, de nosotros ahora mismo maldita sea!. "
Mássimo grita: "asércate, etna! asércate, asércate y dime si vas a tratar de ponerte como una inbensible con mígo."
Mássimo la ignoró, no le importaban sus palabras, no la iva a escuchar, si tanto quería gritar, lo haría, sí, pero a su manera.
Etna se apartó del contenedor. Karlo y maurizio intentaron detenerla.
Etna no soltó el arma.
Mássimo la esperó, no se movió, y nisiquiéra bajó el arma
Dices con acento Catanés, "vas a matarme?,, vas a matar a lo último que queda de lei para vengarla. Perfecto hazlo, no te tengo miedo.
Mássimo dice con acento turinés, "crés que eres lo último que queda de ella? ella es mucho mas, y deverías de saverlo"
Etna dice con acento catanés, "si tanto te inportaba, para que la dejaste sola sabiendo que estaba enfrentando a Cesare y a Matteo. Por tus malditos celos mássimo, porque dudaste de lei."
Mássimo no la miró, solo dió una señal. un dispáro se escuchó, y un hombre cayó, no venía a jugar ni a escuchar sus reclamos. el mensaje era claro
Mássimo dice con acento turinés, "ellá dudava hasta de lo que sentía, y tú no eres nadie para hablarme en ese tono. "
Mássimo dice con acento turinés, "tu que miérda saves"
Etna dice con acento catanés, Sé más de leila que tú y que todos.
rodrico habló a uno de los hombres. un solo disparo en contra de don mássimo, y destrúllen todo.
Mássimo dice con acento turinés, "así? pues si tanto saves, empiesa a hablar. "
Etna miró a karlo y a maurizio, no los iva perder por una vala desviada, no iva perderlos a ellos también. Con la mirada les dejó claro que pararan todo.
Etna miró a mássimo sin emosión.
Mássimo tronó los dedos y todo se detubo, las balas, los gritos, los refuersos, todo. Miró a etna como un demonio.
Etna dice con acento catanés, "nosotros crecimos con leila, nosotros la amábamos más que tú y que toda italia. "
Etna se descubre la muñeca paramostrar en su reloj digital fotos de leila con ella más jóvenes.
Karlo y maurizio combatían como podían, pero se estaban quedando sin refuerzos.
Larabelle Evans
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Re: La Cosa Mia (juego con "Cosa Nostra" y algo más íntimo)

Mensaje por Larabelle Evans »

Poniendo los negocios en orden.

Punto de vista: Mássimo.

El sol del mediodía entra filtrado por las cortinas gruesas del despacho principal.
Mássimo está sentado en su escritorio de roble oscuro, impecablemente vestido con camisa blanca, chaleco negro y el reloj de pulsera que perteneció a su padre.
Un leve aroma a cuero, papel y café impregna la estancia.
Revisa un expediente grueso, con el logotipo de la nueva fábrica de chocolate artesanal en la portada.
Pasa las hojas con lentitud, analizando cada cifra, cada nombre, cada proveedor.
Mássimo toma su teléfono móvil.
Marca.
Mássimo dice con acento turinés, “Giacomo, quiero los envíos de cacao de Costa de Marfil a tiempo. Ni un día de retraso, ¿entiendes?”
Escucha en silencio.
Mássimo dice con acento turinés, “y que las máquinas suizas estén listas para pruebas técnicas esta semana. No hay margen de error.”
Cuelga.
Abre su agenda electrónica. Toma nota de las fechas clave del lanzamiento de producción.
Vuelve a marcar.
Mássimo dice con acento turinés, “Marina, que el equipo de relaciones públicas prepare un dossier discreto. Nada de prensa abierta. No quiero cámaras en la planta.”
Hace una pausa.
Mássimo dice con acento turinés, “el chocolate es para los turistas. La planta es para nosotros.”
Cuelga.
Silencio.
Respira profundo, se recuesta unos segundos en el respaldo del sillón.
Mira el cuadro de Leila que cuelga detrás de una de las bibliotecas.
Sus ojos no muestran nostalgia. Solo determinación.
Cierra la carpeta, se pone de pie.
Cruza el pasillo hasta el comedor principal de la mansión Marttini.
Las puertas ya están abiertas, la mesa servida.
Vittoria está sentada con un libro de contabilidad abierto a un lado.
Lleva una camisa blanca y jeans.
El cabello recogido en una coleta baja.
Vittoria dice con acento turinés, “te estaban esperando, papà.”
Señala el plato humeante frente a él.
Mássimo toma asiento con naturalidad.
Comienza a cortar su carne en silencio.
Vittoria lo observa, espera el momento oportuno.
Vittoria dice con acento turinés, “hoy Bianca quiere que empecemos con defensa básica. Dice que no puedo heredar nada sin saber cómo mantenerlo.”
Mássimo mastica lentamente, luego asiente.
Mássimo dice con acento turinés, “tiene razón. Te entrenará cada mañana. A las seis. Sin excepciones.”
Vittoria lo mira sorprendida.
Vittoria dice con acento turinés, “¿a las seis? Eso es casi de noche...”
Mássimo no sonríe.
Mássimo dice con acento turinés, “en este mundo, bambina, nadie te espera. O estás lista, o te aplastan.”
Toma un sorbo de vino.
Mira a su hija con intensidad medida.
Vittoria baja la vista, asiente.
Vittoria dice con acento turinés, “haré lo que tenga que hacer. Pero también quiero saber todo. Las cuentas, las rutas, los nombres.”
Mássimo deja el tenedor sobre el plato.
La observa con atención.
Mássimo dice con acento turinés, “primero el cuerpo. Luego la mente. Después el control. Uno por uno.”
Vittoria aprieta los labios, concentrada.
Bianca aparece en el umbral del comedor.
Está vestida con pantalón de cuero y chaqueta entallada.
Lleva un dossier bajo el brazo.
Bianca dice con acento genovés, “terminen de almorzar. A las trece horas empieza su entrenamiento.”
Mássimo asiente sin mirar.
Vittoria traga saliva.
Toma su tenedor y continúa comiendo.
Bianca añade con voz tranquila, "Y no habrá postre hasta que demuestres que puedes correr un kilómetro en menos de cinco minutos."
Vittoria la mira con los ojos muy abiertos, pero no dice nada.
Mássimo sonríe apenas, una sonrisa fría y casi imperceptible.
Mássimo dice con acento turinés, "Es un buen incentivo, Bianca."
Bianca se retira del umbral, dejando a Mássimo y Vittoria a solas con el sonido de los cubiertos y el murmullo de la casa.

El Entrenamiento de Vittoria.

La luz del sol se filtra aún más tenue por las cortinas, marcando el paso del tiempo.
Vittoria termina su último bocado en silencio.
Deja los cubiertos sobre el plato con cuidado.
Se limpia los labios con la servilleta blanca, doblándola con precisión.
Mássimo bebe el último sorbo de vino tinto.
Mira su reloj.
Se pone de pie.
Vittoria se levanta también.
Toma su libro de contabilidad y lo sujeta contra el pecho.
Ambos caminan por el pasillo largo que conecta el comedor con el ala este de la mansión. El eco de sus pasos resuena sobre el suelo de mármol.
Los retratos antiguos de la familia Marttini los observan desde las paredes.
Un leve aroma a incienso y lavanda flota en el aire.
Cruzan una puerta de cristal.
Salen al jardín interior, donde la luz del sol forma figuras geométricas entre las hojas de los naranjos.
Bianca los espera al otro lado del patio.
Bianca dice con acento genovés, “síganme. Usaremos la galería trasera para las primeras sesiones.”
Camina con paso firme, sin mirar atrás.
Vittoria ajusta el elástico de su coleta. Respira hondo.
Sigue a Bianca sin dudar.
Mássimo se detiene junto a uno de los pilares de piedra. Observa la escena con una expresión inescrutable. No interviene. Solo vigila.
Desde la galería, se oyen ya los primeros sonidos de los entrenamientos.
El roce de las suelas sobre el suelo encerado. La voz de Bianca dando indicaciones con precisión quirúrgica.
Mássimo enciende un cigarro. Mira hacia el cielo, parcialmente cubierto por nubes de verano. Exhala el humo con lentitud.
Un teléfono suena en su bolsillo.
Lo saca. Contesta sin dejar de mirar al frente.
Mássimo dice con acento turinés, “habla.”
Escucha con atención. Su rostro no cambia.
Mássimo dice con acento turinés, “si Etna se mueve, lo sabremos. Que no haya errores esta vez.”
Hace una pausa.
Mássimo dice con acento turinés, “y que Matteo sienta que cada sombra detrás suyo podría ser nuestra.”
Cuelga. Guarda el teléfono.
Apaga el cigarro en una pequeña fuente de piedra cubierta de musgo.
Se gira y vuelve a entrar a la casa, dejando tras de sí el rumor lejano del entrenamiento de Vittoria.
Mientras tanto, en la galería, Bianca se mueve con la agilidad de una pantera. Vittoria, aunque un poco torpe al principio, se esfuerza por seguir cada una de sus instrucciones. El sudor le perla la frente.
Bianca dice con acento genovés, "más rápido, Vittoria. Si dudas, estás muerta."
Vittoria tropieza con sus propios pies, pero se recupera rápidamente. Intenta un golpe con la mano abierta, tal como Bianca le acaba de mostrar.
Bianca lo bloquea con facilidad. "Con más fuerza. Imagina que es lo único que te queda."
El entrenamiento de Vittoria continúa, volviéndose más exigente.
Bianca la empuja al límite, cada movimiento, cada esquive, cada golpe, es repetido hasta la extenuación.
El sol se inclina en el horizonte, proyectando sombras largas en la galería.
Vittoria está agotada, pero la mirada de Bianca es inquebrantable.
Bianca dice con acento genovés, "no pares, Vittoria. Si el cuerpo cede, la mente debe ser más fuerte."
Vittoria jadea, sus músculos duelen, pero obedece. Vuelve a intentar la secuencia de golpes y defensas.
Esta vez, es un poco más fluida, un poco más rápida.
Bianca asiente con una mínima aprobación. "Bien. Ahora, veinticinco sentadillas y veinticinco flexiones. Sin descanso."
Vittoria cierra los ojos un instante, luego se lanza al ejercicio. El sudor gotea por su frente, empapando su ropa.
Mientras Vittoria se esfuerza, Bianca revisa el dossier que llevaba consigo. Pasa las páginas con una eficiencia fría, su atención dividida, pero nunca ausente del progreso de su alumna.
Cuando Vittoria termina, se desploma por un momento, intentando recuperar el aliento.
Bianca dice con acento genovés, "Levántate. No hemos terminado."
Vittoria se pone de pie con dificultad, sus piernas temblan, pero la determinación en sus ojos es clara.
Bianca lanza un cronómetro al aire y lo atrapa con una sola mano.
Bianca dice con acento genovés, “ahora corre. Mil metros. Tienes cinco minutos.”
Vittoria no responde. Da media vuelta y empieza a correr a lo largo del patio interior, bordeando las columnas antiguas y los setos recortados con precisión matemática.
El eco de sus pasos rebota contra las paredes de piedra.
Bianca la sigue con la mirada, el cronómetro en mano. No grita, no aplaude. Solo observa.

La tristeza empaña el éxito.

Mássimo, en ese mismo instante, ha vuelto a encerrarse en su despacho.
Cierra la puerta con un movimiento seco.
Se sirve un whisky doble sin hielo.
La luz filtrada por las cortinas se ha vuelto ámbar, densa.
Se sienta en su sillón de respaldo alto, coloca el vaso sobre un posavasos de cuero.
Toma su portátil. Lo abre. Tecla una contraseña larga.
En la pantalla, aparecen gráficos financieros, mapas de distribución, informes de calidad y notas de prensa recientes.
Hace clic en un enlace: “La nueva apuesta de Mássimo Marttini: el oro negro del cacao artesanal.”
Lee en silencio. El artículo lo retrata como un hombre visionario, elegante, discreto, una figura ejemplar entre los empresarios de la alta sociedad turinesa.
Mássimo no sonríe.
Cierra la pestaña.
Abre otra: comentarios del público.
Lee:
"Un negocio con alma. Marttini siempre ha sido distinto."
"Confío en su marca. Nunca decepciona."
"Ojalá todos los industriales tuvieran su disciplina."
Mássimo se reclina en su silla. Apoya la cabeza contra el respaldo. Respira hondo. Cierra los ojos.
Una imagen fugaz de Leila aparece en su mente: sonriendo en un campo de lavanda, el cabello suelto, su risa breve.
Abre los ojos de golpe. Los aprieta con fuerza. Mira hacia la biblioteca.
Sobre la repisa, una pequeña caja de madera tallada. La abre.
Dentro, una pulsera con pequeñas cuentas azules.
La sujeta entre los dedos.
Mássimo dice con acento turinés, apenas un susurro, “Leila, mi Piccolina…”
Se sirve otro whisky. Lo bebe de un solo trago.
Se pone de pie de golpe. Camina hasta la ventana. Abre las cortinas. La luz del atardecer baña su rostro con una calidez que no alcanza a tocar su interior.
Mássimo dice con acento turinés, “no está muerta.”
Aprieta los nudillos contra el vidrio.
Mássimo dice con acento turinés, “no sin cuerpo. No sin verdad.”
Toma el teléfono fijo. Marca un número largo, de memoria. La línea tarda en contestar.
Mássimo dice con acento turinés, “empiecen desde el último sitio. No me importa cuánto cueste. Quiero todo: drones, buzos, satélites si hace falta. Quiero rastrear cada milímetro de esa costa.”
Hace una pausa.
Mássimo dice con acento turinés, “no paren hasta encontrarla. Está viva. O su verdad me pertenece.”
Cuelga.
Regresa al escritorio.
Se sirve otro whisky.
El despacho está silencioso. La luz del día se retira, dejando en su lugar una penumbra dorada y pesada. Solo el resplandor que se desvanece acaricia los bordes del rostro endurecido de Mássimo.
El tic-tac del reloj de pared suena con una lentitud exasperante en el silencio.
Mássimo cierra los ojos de nuevo. La pulsera de Leila sigue en su mano, fría, pequeña.
Aprieta los dientes, la mandíbula tensa.
En el patio, Vittoria finalmente se detiene, apoyando las manos en las rodillas, con la respiración entrecortada. El tiempo marcado por el cronómetro de Bianca revela que no ha llegado al objetivo. Su fracaso es palpable en el aire.
Bianca se acerca a ella, su rostro inexpresivo.
Bianca dice con acento genovés, "Un minuto y doce segundos de más, Vittoria."
Vittoria levanta la vista, sus ojos nublados por el esfuerzo.
Vittoria dice con acento turinés, "Lo intenté, Bianca..."
Bianca la interrumpe. "Intentar no es suficiente cuando tu vida está en juego. Ahora, de nuevo. Y esta vez, lo harás en tiempo."
Vittoria asiente, con dificultad, y se prepara para correr otra vez, a pesar del dolor en sus músculos. La promesa de no postre es la menor de sus preocupaciones ahora.
El sol se ha puesto por completo. La mansión Marttini se ilumina con las primeras luces interiores, proyectando un brillo cálido y engañoso sobre el jardín.
Mássimo sigue en su despacho, el whisky en la mano, sus ojos fijos en la nada. La búsqueda de Leila, esa obsesión que consume su vida, es un pozo sin fondo. No habrá paz hasta que la verdad, sea cual sea, emerja de las profundidades.

Tomando desiciones.

Una suave doble pulsación en la puerta interrumpe el silencio.
Mássimo no responde.
La puerta se abre lentamente.
Rodrico asoma primero la cabeza, luego entra con pasos seguros pero sin imponerse.
Lleva una botella de bourbon en una mano y dos copas bajas en la otra.
Viene vestido con su clásica camisa blanca, arremangada, y una chaqueta informal color tabaco.
Rodrico dice con acento turinés, “no me ibas a invitar… pero vine igual.”
Mássimo no se gira. Sigue mirando hacia el ventanal, el vaso vacío colgando de su mano.
Rodrico avanza.
Deja la botella y las copas sobre la mesa auxiliar. Sirve ambas.
Rodrico toma una y se sienta frente al escritorio. El silencio se alarga entre ellos como una cuerda tensa.
Rodrico da el primer sorbo, luego suspira.
Rodrico dice con acento turinés, “no duermes, no comes, y desde hace una semana hablas solo con tu whisky.”
Mássimo finalmente se gira. Tiene los ojos enrojecidos, pero no llora. No ha llorado en semanas.
Mássimo dice con acento turinés, “Leila creía que yo le había fallado… que la había dejado de amar.”
Rodrico no responde.
Mássimo continúa. Su voz es baja, rota, densa.
Mássimo dice con acento turinés, “esa noche discutimos. Por esa absurda confusión….”
Se lleva el vaso a los labios. Bebe lento.
Rodrico asiente, con pesar.
Rodrico dice con acento turinés, “ella te amaba, Mássimo. Hasta la médula.”
Mássimo lo mira. Sus ojos arden.
Mássimo dice con acento turinés, “y yo a ella. Con una devoción que me ha partido el alma. Pero fui cobarde. Me aparté. Me dejé llevar por el orgullo… cuando debí quedarme. Protegerla.”
Mássimo Aprieta la mandíbula. Apoya el vaso sobre la mesa con fuerza contenida.
Mássimo dice con acento turinés, “¿qué derecho tiene Pietro sobre ella? ¿Quién le dio ese lugar? Solo era su sombra. Un guardaespaldas… ¡un custodio!”
Rodrico observa en silencio, dejando que el volcán de sentimientos hable.
Mássimo se levanta, se aleja del escritorio. Camina hacia la repisa con los libros antiguos. Sus dedos recorren el lomo de uno, sin verlo.
Mássimo dice con acento turinés, “ella era mía. No en el sentido vulgar… era mía porque yo la veía. Porque su alma hablaba con la mía. Porque no había noche en la que su voz no me salvara de mí mismo.”
Hace una pausa. Su respiración se agita apenas.
Mássimo dice con acento turinés, “y la dejé sola. Como un idiota. Como un hombre que no merece el amor que le dieron.”
Rodrico se levanta. Se acerca. Apoya una mano firme sobre el hombro de Mássimo.
Rodrico dice con acento turinés, “no talvez no la perdiste todavía.”
Mássimo lo mira, dolido, pero con fuego en la mirada.
Mássimo dice con acento turinés, “esta vez no me detendré. Si está viva, la encontraré. Si está muerta, sabré dónde y por qué. Pero no me iré de este mundo sin saber su verdad. Y cuando la encuentre… no la dejaré. Nunca más.”
Rodrico asiente.
Rodrico dice con acento turinés, “lo que haya que hacer, lo hacemos. Lo que haya que romper, lo rompemos. Tú no estás solo, Mássimo.”
Se sirven otra copa. La noche ha caído por completo. Desde el ventanal, las luces del jardín parpadean como luciérnagas artificiales.
Bianca y Vittoria han desaparecido del campo de visión. Solo quedan ellos dos, los últimos testigos de una historia inconclusa. Y en medio, el nombre de Leila flota como un perfume antiguo, imborrable.
Rodrico bebe un sorbo más, dejando que el alcohol le queme la garganta y el silencio repose como un velo espeso sobre sus pensamientos.
Rodrico dice con acento turinés, “siempre supimos que Leila no era como las otras. Desde aquella primera vez en su casa de España… ella ya estaba destinada a desordenarte el alma.”
Mássimo deja escapar una risa amarga, sin humor. Mira el vaso, luego a su amigo.
Mássimo dice con acento turinés, “ella no se conformaba con ser mirada. Quería ser comprendida. Quería pelearme, provocarme, empujarme al borde… y al mismo tiempo, me cuidaba como nadie. Incluso cuando dudaba de mí.”
Rodrico se acomoda contra el borde del escritorio. Su rostro se suaviza.
Rodrico dice con acento turinés, “¿y si no fue confusión? ¿y si alguien la empujó a desconfiar de ti? No es la primera vez que ensucian lo que no pueden controlar.”
Mássimo gira la cabeza, despacio. Sus ojos se entrecierran.
Mássimo dice con acento turinés, “la red Ferrari. Todos son piezas de un rompecabezas sucio. Pero esta vez no los dejaré jugar con ella. No con Leila.”
Rodrico toma aire, se cruza de brazos.
Rodrico dice con acento turinés, “¿ya sabes a quién mover primero?”
Mássimo asiente, firme.
Mássimo dice con acento turinés, “sí. Mañana salgo hacia Sicilia. Hay nombres que no cuadran en el informe de Palmiro. Terreno, transferencias, embarcaciones no registradas… hay movimiento en la costa, cerca de donde desapareció.”
Rodrico frunce el ceño.
Rodrico dice con acento turinés, “vas solo, ¿verdad?”
Mássimo da un trago seco.
Mássimo dice con acento turinés, “esta parte, sí. No quiero arrastrar a Vittoria… ni a ti. No todavía.”
Rodrico deja el vaso a un lado. Lo mira con firmeza.
Rodrico dice con acento turinés, “Mássimo, si tocas tierra en Sicilia, no estarás solo. Aunque no me llames, estaré allí. Siempre he estado.”
Una pausa densa se instala. El reloj da una campanada grave desde la pared. Ambos hombres guardan silencio.
Mássimo vuelve a la ventana. El reflejo del cristal le devuelve una silueta endurecida por la pena y el deseo irreductible de justicia.
Mássimo dice con acento turinés, “la gente cree que Leila fue solo un amor… no saben que fue mi frontera. Que antes de ella, yo era otro. Y después de perderla… solo quedó esto.”
Rodrico se acerca, levanta de nuevo su copa. Extiende la mano.
Rodrico dice con acento turinés, “entonces brindemos por lo que vendrá. Por la búsqueda. Y por Leila, esté donde esté… porque no hemos terminado con ella.”
Mássimo toma su copa, sin vacilar. Ambos hombres chocan sus vasos con un sonido breve y seco, como un disparo contenido en el cristal. Beben. El silencio regresa. Pero ya no es el de la soledad. Es el de la determinación compartida. Una promesa no dicha.
Un mensaje de texto ilumina la pantalla del teléfono de Mássimo. Es de Bianca.
Bianca dice con acento genovés, "Vittoria terminó la carrera. Cuatro minutos y cuarenta y siete segundos. Puede tener su postre."
Mássimo lee el mensaje. Una leve sombra de lo que podría ser una sonrisa cruza su rostro. Rodrico lo nota.
Rodrico dice con acento turinés, "La niña es fuerte. Como su abuelo. Y como tú."
Mássimo asiente, guardando el teléfono. El nombre de Leila, dicho así, en voz alta, ya no lo detiene. Lo impulsa. Es un motor frío y constante en su interior.
Mássimo dice con acento turinés, "Hay que preparar todo para Sicilia. Necesito un avión privado para antes del amanecer. Y que se notifique a los hombres de Palmiro que estaré allí. Pero sin detalles de la búsqueda. Solo la presencia."
Rodrico se pone de pie, su expresión volviéndose más seria. La camaradería da paso al trabajo. La noche será larga.
Rodrico dice con acento turinés, "Me encargo. Los detalles del avión y la logística estarán en tu escritorio antes de las dos de la mañana. Y haré que la noticia de tu llegada se difunda en los círculos correctos. Que sientan que el león ha vuelto a cazar."
Mássimo se sirve el último sorbo de whisky. El vaso choca con suavidad contra el cristal de la botella.
Mássimo dice con acento turinés, "Excelente. Ahora, a descansar. Mañana empieza la verdadera guerra."
Rodrico asiente y se despide con un gesto, dejando a Mássimo solo en el despacho. El eco de sus pasos se pierde en el pasillo.
Mássimo se queda de pie, observando la oscuridad del jardín. La pulsera de Leila, con sus cuentas azules, aún descansa sobre la repisa de madera tallada, un pequeño faro en la penumbra.
La mansión duerme, pero Mássimo no. La búsqueda apenas comienza.
Larabelle Evans
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Re: El inperio del Nortte.

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En Búsqueda de respuestas.

Punto de vista: Mássimo.

El puerto de Catania respira una calma engañosa. El mar golpea suavemente contra el muelle, pero en el aire se siente ese aroma salino mezclado con el del gasóleo y el pescado fresco. El sol de la tarde tiñe de ámbar los adoquines, y las gaviotas giran sobre los barcos como centinelas impacientes.
Mássimo camina entre los contenedores con paso medido, luciendo un traje de lino claro, gafas oscuras y un maletín de cuero. A ojos de cualquiera, parece un inversor extranjero inspeccionando terrenos para una futura expansión de su empresa. La verdad, sin embargo, se oculta bajo esa fachada pulida.
Un hombre de barba rala y camisa arremangada se le acerca, fingiendo revisar una lista de carga.
Aldo dice con acento siciliano, "el nombre que pediste… Matteo no está en la ciudad. Pero hay quien lo ha visto cerca de la zona industrial, en una bodega vieja que nadie usa oficialmente. "
Mássimo ajusta las gafas, sin mirar directamente al hombre.
Mássimo dice con acento turinés, "¿y Leila? "
Aldo se humedece los labios, incómodo.
Aldo dice con acento siciliano, "no hay registro… pero hay rumores de la gente de Matteo de que alguien con su descripción fue vista después de la emboscada. No muerta. Herida. "
Un silencio denso se instala entre ambos. Mássimo cierra el maletín con un clic preciso, como si acabara de cerrar un trato cualquiera.
Mássimo dice con acento turinés, "quiero a ese alguien que habló. Esta noche. Sin intermediarios. "
Aldo asiente y se aleja, perdiéndose entre las sombras proyectadas por las grúas del puerto.

Una realidad que aumenta la esperanza.

Horas después, el sol cae detrás del Etna, pintando el cielo con tonos púrpura y carmesí. Mássimo se encuentra en una cafetería antigua del centro, sentado en una mesa apartada junto a la ventana. Un periódico abierto frente a él oculta un pequeño dossier lleno de fotos y notas escritas a mano. Entre ellas, un informe policial amarillento que describe la emboscada: dos coches, varias explosiones, Una finca destruída por bandos contrarios al clan Ferrari, y un cadáver nunca recuperado de las llamas.
En la noticia dice también que Matteo ferrari es buscado por las autoridades, pero que se ha mantenido prófugo sin paradero identificado.
Un camarero le sirve un espresso.
el camarero dice con acento siciliano, "¿algo más para el signore? "
Mássimo, sin apartar la vista de los documentos, responde con voz baja.
Mássimo dice con acento turinés, "un poco de silencio, por ahora. "
La campanilla de la puerta suena. Entra una mujer de cabello recogido en un pañuelo estampado. Su andar es rápido, nervioso. Se sienta frente a él sin pedir permiso.
Mássimo la mira esperando que hable.
Lucia dice con acento siciliano, "Io la ví esa noche signore. La llevaron a casa, la Ví herida, quise saber más pero don Matteo ordenó que se la llevaran, y me amenazó con matar a mis hijos si parlaba con alguien lo que vi esa noche. La bambina Ferrari estaba viva io la ví, sé que Leila lo amaba signore, Tiene que estar en algún lado. "
Lucia dice con acento siciliano, "si me ven aquí, me matan. Matteo es mucho peor de lo que cree. Y Leila… Leila no estaba destinada a morir esa noche. La orden cambió en el último minuto. "
Mássimo levanta la mirada, su expresión impenetrable.
Mássimo dice con acento turinés, "por qué cambiar la orden?
Lucia traga saliva, mira hacia la calle.
Lucia dice con acento siciliano, "muchos querían loque había construído la signorina Ferrari. "
Lucia dice con acento siciliano, “Gianlorenzo recibió una llamada… de alguien más. Un nombre que no diré aquí. Pero puedo llevarte a quien sabe dónde estuvo Leila después de haber estado en la casa Ferrari. "
Mássimo deja el espresso sobre el platillo con precisión quirúrgica.
Mássimo dice con acento turinés, "entonces nos moveremos ya. Antes de que caiga la noche por completo. "
Lucia asiente, apretando el pañuelo sobre su cabeza. Se levantan y salen por una puerta lateral, evitando miradas curiosas.
Las calles de Catania están medio vacías a esa hora, con las luces encendiéndose una a una, bañando de un dorado tenue los balcones de hierro forjado. El auto de Mássimo, un sedán oscuro con cristales polarizados, aguarda en una calle secundaria. Suben.
CyberLife te desea que no te caigas.
El motor arranca con un ronroneo grave. Mientras conducen hacia la zona industrial, Lucia mira por la ventana, como si cada esquina pudiera esconder un peligro.
Lucia dice con acento siciliano, "la bodega está custodiada por dos hombres. No oficiales. Si lo ven, no preguntarán antes de disparar. "
Mássimo, con la vista fija en la carretera, responde sin alterar el tono.
Mássimo dice con acento turinés, "eso solo significa que estamos cerca de la verdad. "
A lo lejos, la silueta de las naves industriales se recorta contra el cielo morado. La noche empieza a reclamar la ciudad.
Mássimo reduce la velocidad, estaciona en la penumbra y apaga las luces.
Mássimo dice con acento turinés, "ahora, muéstrame dónde empieza esta historia… y dónde voy a terminarla. "
La brisa nocturna arrastra un olor a óxido y humedad. Las farolas parpadean, dejando tramos enteros en sombras, y el silencio sólo se quiebra por el eco lejano de una sirena en la ciudad.
Lucia señala con un leve gesto de la cabeza hacia una bodega al final de un callejón estrecho. El portón metálico, alto y oxidado, tiene un candado nuevo, y frente a él se distinguen dos siluetas. Hombres grandes, con chaquetas de cuero y manos hundidas en los bolsillos, pero con el peso de sus armas dibujado bajo la tela.
Mássimo observa la escena, estudiando cada detalle: la posición de las farolas, la distancia de los guardias, el ángulo de la única cámara en la fachada. Nada en su mirada denota prisa, pero sus dedos tamborilean con lentitud sobre el volante.
Lucia susurra, apenas moviendo los labios.
Lucia dice con acento siciliano, "dentro hay un cuarto en la parte trasera. Yo la vi allí… vendada, pero consciente. Después desapareció. No sé si aún está, pero ese cuarto sigue cerrado. Matteo no deja que nadie lo use. "
Mássimo asiente con un gesto breve, abre el maletín y saca un pequeño sobre de tela negra. Dentro, un juego de llaves maestras y una pistola compacta con silenciador.
Mássimo sale del vehículo, cerrando la puerta con suavidad. Sus pasos son firmes pero silenciosos mientras se adentra en la penumbra.
A unos metros de los guardias, un gato negro cruza la calle, provocando que uno de ellos se gire. Ese instante basta para que Mássimo se esconda tras una pila de pallets viejos. Desde ahí, se desliza por el lateral de la nave, donde una puerta de servicio apenas se distingue. Introduce la llave maestra; un clic seco rompe el silencio.
Mientras manipula la cerradura, un ruido metálico resuena detrás de él. Un eco breve, como el de un arma siendo amartillada. Una voz desconocida dice con acento siciliano, "no debería estar aquí, signore." Mássimo no se gira. Gira la llave con precisión, y la puerta se abre lentamente. Una ráfaga de aire frío escapa del cuarto. Dentro, el aire es denso, cargado de polvo y el aroma agrio del metal viejo. Avanza entre estanterías oxidadas y cajas cerradas, guiándose por la luz débil que se filtra desde una rendija al fondo. Al llegar, encuentra una puerta reforzada. Se agacha, examina la cerradura y sonríe apenas: trabajo limpio, pero no impenetrable.
Dentro, una mesa con vendas, botellas vacías de suero y una manta doblada en una silla. Ninguna señal de Leila… salvo un pañuelo de seda manchado de sangre, idéntico al que ella solía llevar.
Mássimo lo toma, sintiendo el peso invisible de todo lo que significa. Luego, se vuelve hacia el hombre que le apunta con una pistola.
Mássimo dice con acento turinés, "entonces… cuéntame dónde está. O Tú morirás sin saber quién te mató. "
El hombre sonríe con sorna. "La signorina Ferrari está donde debe estar, señor. Y usted... usted no saldrá de aquí vivo para contarlo. "
El otro guardia, que hasta entonces había permanecido en silencio, se mueve, sacando una navaja de su chaqueta. Mássimo reacciona con la velocidad de un felino. Un puñetazo rápido y certero al estómago del hombre de la pistola, desarmándolo. La navaja brilla en el aire, pero Mássimo esquiva el golpe y atrapa la muñeca del atacante, girándola con fuerza hasta escuchar un crujido. El grito ahogado del hombre se mezcla con el eco de la pistola al caer al suelo.
Mássimo no pierde el tiempo. Con un movimiento fluido, inmoviliza al segundo hombre con una llave de brazo, arrastrándolo hacia la salida. El primer guardia, recuperándose, intenta levantarse, pero Mássimo lo golpea con la culata de la pistola en la sien. Ambos caen, inconscientes.
Arrastrando a los dos cuerpos voluminosos, Mássimo los saca de la bodega y los sube al asiento trasero de su sedán oscuro con una eficiencia brutal. Cierra las puertas con un golpe seco. Lucia lo mira con los ojos muy abiertos, pálida.
Mássimo toma su teléfono, sus dedos tecleando con rapidez.
Mássimo dice con acento turinés, "Leo, necesito que envíes un equipo. Tengo dos paquetes. Punto de encuentro, el antiguo almacén de pesqueros en el muelle sur. Quiero que hablen. Y quiero que hablen de Leila Ferrari. "
Una voz gruesa responde al otro lado. "Entendido, jefe. En camino. "
El motor del sedán arranca con el mismo ronroneo grave. Mássimo conduce de vuelta por las calles oscuras de Catania, el silencio denso en el interior del coche, roto solo por la respiración agitada de Lucia y los movimientos inconscientes de los dos prisioneros en el asiento trasero. La noche ha caído por completo, y la ciudad parece dormir, ajena a la violencia que se gesta en sus entrañas.
Media hora después. En el viejo almacén de pesqueros, las luces son tenues. Dos hombres robustos esperan en la entrada. Las siluetas de los otros dos aparecen en la oscuridad, moviéndose con la eficiencia de sombras entrenadas. Los prisioneros son sacados del coche y arrastrados al interior sin piedad. El sonido de un grito ahogado se pierde en la noche.
Mássimo entra al almacén, la luz de una sola bombilla colgando del techo ilumina los rostros sudorosos de sus hombres. Uno de ellos, un hombbre vastante alto con un tatuaje de escorpión en el cuello, se acerca a Mássimo.
Leo dice con acento siciliano, "listos cuando quieras, jefe. Hablarán. "
Mássimo asiente, su mirada fija en los dos guardias atados a unas sillas, sus ojos llenos de terror.
Mássimo dice con acento turinés, "Quiero saber dónde está Leila Ferrari. Y quiero saberlo ahora mismo. Antes de que las cosas se pongan realmente desagradables. "
Uno de los guardias, el que tenía antes la navaja, escupe al suelo, con los ojos desafiantes.
El Guardia dice con acento siciliano, "¿Cree que con amenazas nos hará hablar, signore? No sabemos nada. Solo órdenes. "
Mássimo se parte de risa.
Leo se acerca, una sonrisa cruel se dibuja en su rostro. De una mesa cercana, toma un par de alicates y los examina, haciendo girar la herramienta en su mano.
Mássimo no aparta la vista de los prisioneros.
Mássimo dice con acento turinés, "La paciencia no es una virtud que me distinga, y el tiempo es un lujo que no tengo."
Leo asiente, acercándose al guardia que acababa de hablar. El metal de los alicates brilla bajo la bombilla. Un gemido ahogado se escucha en el almacén cuando Leo empieza su trabajo. El otro guardia, pálido, desvía la mirada, intentando reprimir el temblor en sus labios.
Mássimo dice con acento turinés, "y mi fama, probiene de mis actos, así que tienen una última oportunidad"
Leo se detiene, mirando a Mássimo. "Sigue sin hablar, jefe. Son duros."
Mássimo camina lentamente hacia el segundo guardia, el que había intentado dispararle. Se inclina, su voz un susurro frío.
Mássimo dice con acento turinés, "Tu amigo es valiente, lo admiro. Pero la lealtad tiene un precio. ¿Estás dispuesto a pagarlo por alguien que no moverá un dedo por ti?"
El guardia lo mira con terror en los ojos. La respiración agitada de su compañero se mezcla con el silencio tenso. Mássimo saca su pistola, la revisa con una lentitud deliberada y la apoya suavemente contra la rodilla del hombre.
Mássimo dice con acento turinés, "última oportunidad. ¿Dónde está Leila Ferrari?"
El hombre traga saliva, sus ojos saltan de la pistola a Mássimo, luego a su compañero, que aún se retuerce en silencio. Finalmente, con un suspiro tembloroso, cede.
el hombre dice con acento siciliano, "la cambian de lugar constantemente. El jefe la quiere hacer sufrir, hacer pagar por todo. Hace 2 días la sacaron de Italia, no sabemos donde está lo juro. "
Mássimo aprieta los labios, la información golpeándolo con la fuerza de un puñetazo. Se endereza, retirando la pistola de la rodilla del guardia.
Mássimo dice con acento turinés, "¿Quién la sacó? ¿A dónde? ¡Habla!"
El guardia, aliviado por la presión, se apresura a responder, la voz aún temblorosa.
el hombre dice con acento siciliano, "Fue Gianlorenzo, el segundo de Matteo. Siempre es él quien mueve las cosas más sensibles. Escuché que la llevarían a un lugar seguro, lejos de aquí, donde nadie la buscaría. Tal vez el norte de África… O Europa del Este. Matteo tiene contactos allí."
Mássimo asiente lentamente, sus ojos brillan con una furia fría. Se vuelve hacia Leo, que guarda los alicates con una mueca de decepción.
Mássimo dice con acento turinés, "Encárgate de ellos, Leo. Que sufran. Que su muerte sea un mensaje para Gianlorenzo y Matteo. Que sepan lo que les espera por haber tocado a mi mujer, a Leila Ferrari. "
Mássimo sonríe.
Leo dice con acento siciliano, "Será un placer, jefe."
Mássimo dice con acento turinés, "lo haría yo, pero tengo cosas que hacer"
Leo dice que si con la cabeza, mientras prepara sus nuevas herramientas.
Mássimo les dedíca una mirada llena de maldad, una de esas miradas que no se les dedica a cual quiera. una mirada que solo tiene un mensaje para ellos, muerte...
Mássimo se da la vuelta, la información sobre Leila y su secuestro quemándole en el pecho. No hay rastro de la furia visible, pero sus ojos brillan con una intensidad que promete un infierno. Se dirige a la salida del almacén, dejando los gritos ahogados de los guardias a sus espaldas.
La noche sigue su curso en Catania, pero la violencia de Mássimo se desata, y su rastro se extenderá más allá de las fronteras de Sicilia, en busca de la mujer que ama y de la venganza que anhela.
Larabelle Evans
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Re: El inperio del Nortte.

Mensaje por Larabelle Evans »

El primer plan para rescatar a Leila.

Punto de vista: Mássimo.

La tarde en la mansión Marttini se desliza con un aire de expectación contenida. El sol, aún alto, atraviesa los ventanales de la sala principal, tiñendo los muros con tonos cálidos que parecen suavizar el mármol frío y los retratos antiguos colgados en las paredes. Afuera, los jardines respiran frescura después del riego, y el canto lejano de los mirlos se mezcla con el murmullo de la fuente central.
Mássimo está de pie junto a la chimenea apagada, vestido con un traje gris oscuro impecable, sin corbata. Sus ojos, ocultos tras una calma impenetrable, se detienen en cada uno de los presentes. A su derecha, Rodrico se acomoda en el sillón de cuero, un vaso de whisky en mano, con esa expresión de soldado que ha visto demasiadas batallas. Alrededor, otros hombres de confianza ocupan sus lugares: Paolo, de semblante severo; Enrico, siempre atento a cada palabra; y dos más que se mantienen en discreto silencio, como sombras leales.
En un rincón, Vittoria, con un vestido azul marino y el cabello recogido en una trenza suelta, observa a su padre con una mezcla de respeto y ansiedad. Sabe que esa reunión no es una más: el peso de lo que se avecina flota en el aire como una tormenta que aún no estalla.
Mássimo rompe el silencio con una voz grave, modulada con precisión.
Mássimo dice con acento turinés, “en Catania confirmé lo que durante meses nos hicieron creer. Leila no murió en aquella emboscada. Fue llevada herida… y trasladada fuera de Italia.”
Rodrico deja el vaso sobre la mesa, inclinándose hacia adelante.
Rodrico dice con acento turinés, “¿fuera? ¿A dónde, signore?”
Mássimo sostiene la mirada de todos antes de pronunciar las palabras con un peso medido.
Mássimo dice con acento turinés, “Montenegro. Allí la escondieron. Y allí es donde Matteo mueve sus piezas más sucias, lejos del alcance de nuestras autoridades.”
Un murmullo tenso recorre la sala. Enrico, con el ceño fruncido, se atreve a preguntar:
Enrico dice con acento piamontés, “¿y está seguro de que sigue viva, don Mássimo?”
Mássimo avanza un paso, apoyando la mano sobre el respaldo de un sillón. Su mirada se endurece, aunque su voz no pierde control.
Mássimo dice con acento turinés, “los informes, los testigos, los rastros de dinero… todo apunta a eso. La quieren como moneda de poder, como llave de lo que Ferrari construyó. No la dejaron morir porque alguien… alguien más la reclamó en el último segundo.”
Vittoria se endereza, sus ojos brillan de emoción contenida.
Vittoria dice con acento turinés, “papá… ¿la traerás aquí? ¿vas a salvarla?”
Mássimo dice con acento turinés, “no la dejaré donde está. Pero Montenegro no es Sicilia, ni Turín. Allí los aliados son más caros y los enemigos no juegan limpio.”
Rodrico interviene, golpeando suavemente la mesa con la palma.
Rodrico dice con acento turinés, “entonces partamos preparados. Díganos qué necesita y cómo moveremos a los hombres.”
Mássimo hace una pausa, recorre con la mirada los rostros tensos frente a él. Después abre un mapa desplegado sobre la mesa de roble, señalando con precisión la costa adriática.
Mássimo dice con acento turinés, “primero aseguraré rutas. Necesito que cada uno de ustedes corte los lazos débiles en la ciudad. Quiero saber que lo que dejamos aquí permanecerá intacto cuando pongamos un pie en Montenegro. Y quiero que entiendan algo…”
Su voz baja, grave, se vuelve un filo que corta la calma.
Mássimo dice con acento turinés, “lo que encontremos allí no será solo a Leila. Será la raíz de quienes manipularon esa emboscada, los mismos que intentaron borrar a Ferrari de la historia. Cuando vayamos, no habrá margen para dudas. Ni para piedad.”
Un silencio pesado envuelve la sala. Afuera, las sombras del atardecer empiezan a invadir los muros del jardín, y en el aire se siente que la calma de Turín pronto quedará atrás.
Vittoria aprieta las manos sobre su regazo, consciente de que lo que se avecina no es solo un rescate, sino el inicio de una guerra que podría marcar a todos.
Rodrico asiente, su rostro, aunque serio, revela una determinación férrea.
Rodrico dice con acento turinés, "Entendido, Mássimo. Nos encargaremos de cada cabo suelto. Para cuando pise Montenegro, lo que quede aquí estará asegurado."
Paolo y Enrico intercambian miradas, asintiendo a su vez. La lealtad que les une a Mássimo es inquebrantable, forjada en años de batallas compartidas y lecciones aprendidas a golpe de sangre. Los otros dos hombres, antes inexpresivos, ahora reflejan la misma resolución.
Mássimo exhala lentamente, sus ojos finalmente posándose en Vittoria. Su hija, a pesar de la seriedad del momento, irradia una fuerza que le recuerda a Leila. Ella ha madurado más rápido de lo que él hubiera deseado, impulsada por la ausencia de su madre y la dureza del mundo en el que nació.
"Vittoria," Mássimo dice, su voz suavizándose levemente,
Mássimo dice con acento turinés, "tú también tienes un papel crucial. Mientras esté fuera, la casa y nuestros negocios legítimos dependerán de tu supervisión. Confío en tu criterio."
Vittoria, aunque un poco abrumada por la responsabilidad, asiente con firmeza.
Vittoria dice con acento turinés, "Lo haré, papá. No te preocupes por nada aquí. La protegeré."
Una tenue sonrisa cruza el rostro de Mássimo, casi imperceptible. Sabe que la tarea que le ha encomendado a su hija no es menor, pero también sabe que ella es más fuerte de lo que parece. La sala vuelve a sumirse en un silencio cargado, solo interrumpido por el leve tintineo del hielo en el vaso de Rodrico.
El sol se ha puesto por completo, y la oscuridad de la noche comienza a envolver la mansión Marttini, preámbulo de la tormenta que se desatará lejos de Turín.
Mássimo permanece de pie frente al mapa aún extendido sobre la mesa, con una copa de vino tinto entre los dedos. La luz cálida de las lámparas resalta los contornos de su rostro, endurecido por la disciplina y la rabia contenida. Sus ojos, oscuros y fijos, parecen perderse en los puntos señalados de la costa adriática. Sabe que Montenegro no será un territorio fácil de abordar: allí no bastarán las alianzas, allí deberá imponerse con una mezcla de astucia y acero.
Rodrico, con gesto atento, observa cada movimiento de su jefe. A su lado, Paolo revisa discretamente un cuaderno con anotaciones, mientras Enrico murmura en voz baja con los otros dos hombres. Cada uno procesa la magnitud de lo que está por venir, conscientes de que una operación de esa escala no dejará lugar para errores.
En el rincón donde se había mantenido en silencio, Vittoria finalmente se levanta. Su trenza cae sobre un hombro mientras camina hacia la mesa, con pasos seguros. La joven mira el mapa y luego fija sus ojos en los de su padre.
Vittoria dice con acento turinés, “si todo esto es por Leila, si realmente está viva… no puedes ir solo contra ese mundo, papá. Déjame aprender más, déjame estar lista, porque cuando regreses nada será igual.”
Mássimo aparta lentamente la copa, apoyándola sobre la mesa. Su mirada hacia ella es grave, pero en el fondo se esconde un destello de orgullo.
Mássimo dice con acento turinés, “estarás lista, Vittoria. Pero tu fuerza debe sostenerse aquí, no allá. Montenegro será un campo de lobos, y yo necesito que la manada que queda en Turín se mantenga firme.”
Rodrico asiente con la cabeza, reafirmando la instrucción de su jefe.
Rodrico dice con acento turinés, “la signorina sabrá qué hacer. Yo me encargaré de que todo marche bajo su supervisión, don Mássimo. Puede partir con la certeza de que no habrá grietas en la casa Marttini.”
La joven, aunque aprieta los labios con inconformidad, acepta la decisión con un leve movimiento de cabeza. Entiende que la confianza que su padre deposita en ella es también una carga inmensa, pero no se doblega.
Enrico interviene, rompiendo el aire pesado de la conversación.
Enrico dice con acento piamontés, “ya inicié los contactos con los hombres de Trieste. Si las rutas quedan abiertas desde allí, la entrada a la costa montenegrina será más segura. No prometen discreción absoluta, pero al menos tendremos un camino.”
Mássimo lo escucha con atención, inclinando apenas la cabeza en señal de aprobación.
Mássimo dice con acento turinés, “hazlo limpio, Enrico. Un paso en falso y los ojos que no queremos se posarán sobre nosotros.”
Mássimo dice con acento turinés, “mañana al amanecer partirán las primeras órdenes. Dentro de tres días, los que vengan conmigo estarán listos. No habrá marcha atrás.”
Vittoria observa a su padre con una mezcla de temor y admiración. Sabe que cuando vuelva, si vuelve, nada será como antes. Y en silencio, promete estar a la altura de lo que él le exige.
La conversación continúa, marcada por la disciplina: rutas, pagos, contactos, nombres que se tachan y otros que se agregan a la lista. Las horas pasan sin que nadie se levante de la mesa, hasta que finalmente Mássimo cierra el mapa con un gesto firme.
Una noticia llega envuelta en la vibración seca del teléfono de Mássimo, que reposa sobre la mesa de roble. Él lo toma sin alterar su gesto, deslizando el dedo por la pantalla y leyendo con detenimiento los mensajes cifrados que llegan desde Palermo y Trapani. El silencio en la sala se hace más denso, todos atentos a cada mínima reacción del jefe.
Los ojos de Mássimo, endurecidos por la costumbre de no dejar escapar emociones, se oscurecen mientras absorbe cada línea. Su mandíbula se tensa, y con un leve movimiento de la mano ordena a los presentes que guarden aún más silencio.
Finalmente levanta la vista, su voz grave rompiendo el aire con precisión quirúrgica.
Mássimo dice con acento turinés, “tenemos información nueva. Pietro, el custodio de Leila, ha sido capturado. Está en la cárcel de máxima seguridad de Palermo. Al parecer, en el último enfrentamiento lo tomaron prisionero.”
Un murmullo de sorpresa se escapa de Enrico, mientras Paolo se inclina hacia adelante, los ojos encendidos de rabia contenida. Rodrico, sin embargo, permanece imperturbable, como si esperara más.
Mássimo continúa, su tono sin quiebres.
Mássimo dice con acento turinés, “Etna, la mujer de la que oímos hablar, está debilitada. Una enfermedad extraña la consume desde hace semanas, pero aun así se enfrentó a Gianlorenzo y a los hombres de Matteo. Liberó a varios niños que iban a ser vendidos… y en la última acción golpeó donde más duele.”
Rodrico arquea una ceja, su voz grave atravesando el ambiente.
Rodrico dice con acento turinés, “¿qué hizo exactamente, signore?”
Mássimo inclina el teléfono hacia la luz, como si confirmara lo leído antes de responder.
Mássimo dice con acento turinés, “robó un cargamento de cocaína a Matteo en Palermo. Un golpe limpio a sus finanzas. Pero en esa jugada intervinieron terceros… un comando armado mexicano. En el fuego cruzado, Pietro fue atrapado. Karlo, otro de los hombres leales a Leila, desapareció. Nadie sabe aún dónde está.”
La noticia pesa como plomo en la sala. Vittoria, que hasta ahora había escuchado con la respiración contenida, rompe el silencio.
Vittoria dice con acento turinés, “papá… si Pietro está en Palermo, significa que alguien lo quiere de rehén. Y si Etna está enferma, eso cambia el equilibrio de todo. ¿Qué harás?”
Mássimo fija en ella una mirada intensa, casi paternal pero endurecida por la guerra que arde en su interior.
Mássimo dice con acento turinés, “lo que siempre hacemos, principessa. Aprovechar el momento. Pietro es una pieza clave… sabe demasiado de Leila, de lo que ocurrió y de lo que Matteo oculta. Si logramos acercarnos a él en prisión, puede que encontremos el hilo que falta.”
Enrico interviene, su voz cargada de inquietud.
Enrico dice con acento piamontés, “pero señor… Palermo no es seguro. Con los mexicanos moviéndose allí, y Matteo debilitado pero furioso, cualquier movimiento será una señal.”
Mássimo se permite una breve pausa, tomando aire con la calma de un hombre que ya ha trazado un plan. Sus palabras salen como un martillo, golpeando cada oído presente.
Mássimo dice con acento turinés, “precisamente por eso iremos. Cuando el enemigo está herido, sangra y se defiende con desesperación. Ese es el momento de empujar. No esperaremos a que Etna muera, ni a que Pietro desaparezca en un traslado. Palermo es la llave, y la tomaremos.”
Rodrico aprieta los puños, asintiendo con firmeza.
Rodrico dice con acento turinés, “entendido, signore. Yo mismo prepararé a los hombres para movernos cuando usted lo indique.”
Paolo baja la vista hacia el mapa aún abierto sobre la mesa, como si ya midiera rutas y contingencias. Enrico asiente con un gesto breve, comprendiendo que el curso está trazado.
Vittoria, con el corazón acelerado pero el rostro sereno, mantiene fija la mirada en su padre.
Vittoria dice con acento turinés, “yo cuidaré Turín. No fallaré.”
Mássimo cierra el teléfono y lo deja sobre la mesa, el eco metálico del golpe resonando como un sello.
Mássimo dice con acento turinés, "Prepárense para la partida, entonces," su voz llenando el espacio con autoridad. "Rodrico, selecciona a los hombres más leales, los que ya han pisado Palermo. Paolo, encárgate de las comunicaciones seguras; no quiero interferencias. Enrico, tus contactos en la costa serán clave para nuestra extracción si la situación se complica. No quiero cabos sueltos."
Todos asienten en silencio, la tensión en la sala palpable. El plan es arriesgado, pero la determinación de Mássimo es inquebrantable. La búsqueda de Leila y la venganza contra Matteo se entrelazan en cada mirada.
Mássimo se vuelve hacia Vittoria, su expresión suavizándose un instante. Mássimo dice con acento turinés, "Y tú, hija, mantente alerta. No dejes que la lejanía te distraiga. El hogar es tan importante como el frente de batalla."
Vittoria asiente, una llama de resolución brillando en sus ojos. Sabe que su papel es crucial, y no piensa defraudar a su padre.
La madrugada avanza sobre la mansión Marttini con un silencio espeso, apenas roto por el murmullo lejano del viento entre los cipreses. El reloj del despacho marca las dos y media cuando Mássimo aún permanece inclinado sobre la mesa de roble, rodeado de mapas, documentos y teléfonos encriptados. Solo Rodrico y tres de los hombres de confianza siguen allí, de pie o sentados al borde de la penumbra, atentos a cada palabra.
Mássimo sostiene una copa de whisky intacta, el hielo ya derretido. Sus ojos se deslizan por los informes, su mente girando como una máquina de precisión. Pisa el suelo con un ritmo pausado, caminando hasta el gran ventanal que da a los jardines. La oscuridad lo recibe como un cómplice.
Mássimo dice con acento turinés, “tenemos dos frentes abiertos. Palermo y Montenegro. Ambos ligados por Leila, y por quienes creen que pueden jugar con nosotros.”
Rodrico asiente, el gesto firme, el rostro marcado por la disciplina de los años de servicio.
Rodrico dice con acento turinés, “¿cuál será la prioridad inmediata, signore?”
El jefe se vuelve, su sombra proyectándose sobre la mesa.
Mássimo dice con acento turinés, “Pietro. Necesito su voz, necesito lo que sabe. En Palermo lo tienen como prisionero, pero en realidad es un tesoro de información. Si logramos contactarlo dentro de la prisión, podemos abrir la puerta que nos lleve a Leila. Y si es necesario, lo sacaremos.”
Paolo, que toma notas en un cuaderno de cuero, levanta la mirada.
Paolo dice con acento piamontés, “tengo dos contactos en la guardia interna. No será fácil, pero con dinero y presión, las puertas más pesadas se abren. También podríamos usar a un intermediario de confianza para que lleve un mensaje directo.”
Mássimo golpea suavemente la mesa con los nudillos, un gesto de aprobación sin necesidad de palabras.
Mássimo dice con acento turinés, “hazlo. Quiero la confirmación de que Pietro sigue vivo y consciente antes del amanecer. Si debemos preparar su extracción, será en la próxima semana. Nada más.”
Rodrico interviene, su voz grave cargada de pragmatismo.
Rodrico dice con acento turinés, “¿y Montenegro, signore? Si Leila está allí, será un terreno hostil, desconocido para nosotros.”
Los labios de Mássimo se curvan en una línea tensa, como el filo de una hoja.
Mássimo dice con acento turinés, “Montenegro será el segundo frente. No enviaremos tropas a ciegas. Primero sondaremos el terreno. Paolo, reúne información satelital y rutas de acceso. Enrico, mueve a tus contactos en la costa dálmata; quiero un mapa de entradas y salidas discretas. Una vez sepamos cómo entrar, enviaremos un pequeño grupo a peinar la zona. Nadie debe saber que nos movemos allí hasta que ya estemos adentro.”
El ambiente se llena de concentración, cada palabra de Mássimo cayendo como un ladrillo en la construcción de la estrategia. Afuera, los perros guardianes ladran a la nada, como si la tensión de la casa se derramara también sobre los muros.
Rodrico se inclina hacia adelante, la mirada fija en su jefe.
Rodrico dice con acento turinés, “señor, con dos operaciones simultáneas, necesitaremos hombres seleccionados. No podemos arriesgar a los inexpertos.”
Mássimo se acerca a él, colocando una mano firme sobre su hombro.
Mássimo dice con acento turinés, “elige solo a los mejores. Diez para Palermo, quince para Montenegro. Los demás permanecerán en Turín, protegiendo a Vittoria y asegurando nuestras operaciones aquí. No habrá distracciones.”
El reloj marca ya las tres de la madrugada. Mássimo toma al fin la copa de whisky, la vacía de un trago y deja el cristal sobre la mesa con un sonido seco, definitivo.
Mássimo dice con acento turinés, “esta casa no descansará hasta que Leila regrese. O hasta que Matteo Ferrari deje de respirar.”
El eco de sus palabras llena la sala como un juramento. Rodrico asiente con solemnidad, Paolo ya redacta las órdenes cifradas, y Enrico se retira a hacer llamadas discretas. El plan ha comenzado a andar, y con él, la guerra silenciosa que pronto estallará en Palermo y en Montenegro.
Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: El inperio del Nortte.

Mensaje por Larabelle Evans »

Frustrando los planes de Matteo.

Punto de vista: Mássimo.

La noche había caído sobre Palermo con un velo húmedo de sal y pólvora, la ciudad respiraba una calma engañosa entre los callejones estrechos y los muros agrietados por siglos de secretos. Mássimo avanzaba al frente de sus hombres, con el paso firme de quien conoce el terreno aunque fuese territorio hostil. A su lado, Rodrico caminaba en silencio, apenas iluminado por la luz amarillenta de las farolas, mientras Paolo y Enrico mantenían la retaguardia atentos a cualquier sombra que pudiera moverse más rápido de lo esperado.
En un apartamento discreto, alquilado bajo nombre falso, Mássimo desplegó sobre la mesa un mapa detallado de Palermo. El foco colgante iluminaba los puntos marcados en rojo: la cárcel de máxima seguridad, las rutas de acceso, y los posibles contactos aún leales en la ciudad. La voz de Mássimo rompió el silencio con la precisión de un bisturí.
Mássimo dice con acento turinés, “Pietro está allí, dentro de esos muros. Si lo dejamos, lo quebrarán o lo desaparecerán. Y con él, las respuestas que necesitamos sobre Leila se esfumarán. No pienso permitirlo.”
Rodrico, con los brazos cruzados y la mirada fija en el mapa, habló con gravedad.
Rodrico dice con acento turinés, “la prisión no es un lugar fácil de vulnerar, signore. Sus muros son tan viejos como impenetrables, y Matteo tiene ojos hasta dentro de las celdas. Necesitamos más que armas… necesitamos un fantasma que nos abra la puerta.”
Paolo, que hojeaba un pequeño cuaderno con notas y contactos, intervino con tono bajo, como si las paredes pudieran escuchar.
Paolo dice con acento piamontés, “hay un guardia… uno que aún debe favores. Si el dinero es suficiente, podríamos tener acceso a los horarios de traslado de prisioneros. Eso nos daría una oportunidad limpia.”
Mássimo lo observó con detenimiento, sus ojos oscuros cargados de la frialdad del estratega.
Mássimo dice con acento turinés, “haz que ese guardia reciba el mensaje. Dinero, protección, lo que necesite. Pero si intenta jugar a dos bandos… lo sabré.”
Enrico, siempre desconfiado, inclinó la cabeza hacia el mapa.
Enrico dice con acento piamontés, “signore… si Pietro sigue vivo es porque aún les sirve. Si lo sacamos, Matteo sabrá de inmediato que usted está aquí. Será como disparar una bengala en el cielo de Sicilia.”
La respuesta de Mássimo fue lenta, cargada de acero.
Mássimo dice con acento turinés, “que lo sepa. Si Matteo quiere verme, que venga. Estoy aquí por Leila… y por todo lo que nos arrebató. Palermo ya está ardiendo, nosotros solo avivaremos el fuego.”
Un silencio denso se extendió por la habitación. El sonido lejano de una moto atravesando las calles se mezclaba con el latido contenido de los hombres. Rodrico se inclinó hacia el mapa, señalando una ruta lateral que bordeaba la prisión.
Rodrico dice con acento turinés, “aquí, signore. Esta vía es menos vigilada. Sirve de acceso para suministros y basura. Con la ayuda adecuada, podríamos entrar y salir en cuestión de minutos.”
Mássimo asintió, los músculos de su mandíbula tensándose.
Mássimo dice con acento turinés, “entonces es ahí donde lo sacaremos. Paolo, consigue el contacto con el guardia. Enrico, prepara los vehículos y las armas, nada llamativo, nada que despierte sospechas antes de tiempo. Rodrico… tú y yo revisaremos cada detalle personalmente.”
Rodrico asintió sin dudar, el brillo de lealtad encendido en sus ojos.
La noche siguió su curso, marcada por el sonido de papeles arrugados, armas revisadas y mensajes cifrados enviados con precisión quirúrgica. Afuera, Palermo dormía inquieta, como si supiera que la ciudad estaba a punto de presenciar otra tormenta.
Mássimo, en silencio, se permitió un instante de introspección. Sacó de su bolsillo una fotografía desgastada de Leila, su rostro joven y luminoso mirándolo como un recuerdo que dolía y al mismo tiempo lo mantenía de pie. Sus dedos rozaron el borde del papel antes de guardarlo de nuevo, ocultando la herida tras la coraza de hierro.
Mássimo dice con acento turinés, “prepárense. En un días entraremos en esa cárcel. Y cuando Pietro vuelva a estar de nuestro lado… el nombre de Leila dejará de ser un fantasma para convertirse en verdad.”
Los hombres asintieron en silencio, sabiendo que la batalla apenas comenzaba.
A la mañana siguiente, el sol siciliano se asomó entre las persianas del apartamento, tiñendo el aire de un color ocre y dorado. El aroma a café fuerte y cigarrillos flotaba en el ambiente, mezclándose con el tenue olor a metal pulido. Paolo revisaba por última vez los contactos en su cuaderno, mientras Enrico cargaba los cargadores de las pistolas con movimientos precisos y metódicos. Rodrico, junto a Mássimo, estudiaba el mapa una vez más, repasando mentalmente cada giro, cada posible obstáculo.
Mássimo, con la misma determinación inquebrantable, ajustó la chaqueta sobre sus hombros. Sus ojos, aunque cansados por la falta de sueño, brillaban con una intensidad fría y calculadora. Se acercó a la ventana y observó la ciudad que comenzaba a despertar, susurrándole antiguos secretos. Sabía que cada movimiento que hicieran resonaría en los cimientos de Palermo, y que Matteo no tardaría en sentir la vibración.
Mássimo dice con acento turinés, "Hoy no es solo un rescate, es una declaración. Le diremos a Matteo que no nos escondemos, que lo que es nuestro, lo recuperamos. Y que el nombre de Leila volverá a ser respetado."
Rodrico asintió, su rostro una máscara de seriedad. Paolo y Enrico se pusieron de pie, listos para la acción. El silencio en la habitación era tenso, cargado de la inminencia de lo que estaba por venir. Cada hombre sabía el riesgo, pero también la recompensa: la verdad, la venganza, y el honor de un nombre que había sido manchado.
Con un último vistazo al mapa, Mássimo se giró hacia sus hombres, su voz un eco de la voluntad inquebrantable que lo impulsaba.
Mássimo dice con acento turinés, "Es hora. Que cada hombre recuerde por qué estamos aquí. Por Leila. Por nosotros. Por todo."
Los hombres se movieron con una eficiencia silenciosa, cada uno tomando su posición. Las armas fueron enfundadas, los comunicadores revisados. La puerta del apartamento se abrió y los cuatro hombres se deslizaron hacia la luz incierta del amanecer, desapareciendo entre las calles de Palermo como sombras, listos para desatar la tormenta que habían prometido.
La bruma del amanecer se fue disipando lentamente sobre los techos viejos de Palermo, mientras el mar, distante, lanzaba un murmullo grave que parecía preludio de lo inevitable. Mássimo y sus hombres se movían por los callejones estrechos como un cortejo de sombras calculadas, cada paso medido con la disciplina de quien no tiene margen para el error. La ciudad, aún adormecida, no percibía la tensión que hervía en sus arterias ocultas.
Desde un vehículo discreto estacionado frente a una cafetería antigua, observaron a dos figuras que se mantenían en la penumbra de la calle lateral, vigilantes y en constante comunicación. Eran Gianluca y Maurizio, los hombres de Etna, conocidos en Palermo por moverse con astucia y por una lealtad incuestionable hacia Pietro. Vestían de forma sobria, con chaquetas oscuras y gorras que cubrían parcialmente sus rostros, aunque su porte no dejaba dudas de que eran hombres acostumbrados al filo del peligro.
Mássimo, sentado en el asiento trasero del coche, los miraba fijamente a través del parabrisas, el ceño fruncido y la mandíbula endurecida. A su lado, Rodrico mantenía los brazos cruzados, atento a cada movimiento.
Rodrico dice con acento turinés, “son ellos, signore. Los perros fieles de Etna. No están aquí para mirar las estrellas… buscan la misma presa que nosotros.”
Paolo, apoyado en el marco de la ventana, encendió un cigarrillo y soltó una bocanada de humo que empañó la visión por un instante.
Paolo dice con acento piamontés, “Maurizio y Gianluca… viejos zorros. Si los seguimos, veremos qué planean. Y lo que ellos usen como distracción, nosotros podemos transformarlo en nuestra ventaja.”
Enrico, desde el asiento delantero, no apartaba la mirada de la calle.
Enrico dice con acento piamontés, “ya han empezado a moverse. Mira… hombres suyos rodean la cárcel desde diferentes ángulos. No quieren atacar, no todavía. Están tomando medidas, calculando los huecos en la seguridad. Y ese abogado…”
A lo lejos, un hombre de traje gris, de porte impecable y maletín en mano, cruzaba la plaza hacia la entrada de la prisión. Era Mirko, el abogado enviado por Maurizio y Gianluca. Caminaba con paso firme, su presencia diseñada para aparentar legalidad y confianza, aunque en su interior llevaba el peso de un propósito oculto.
Mássimo lo observó con la calma tensa de un depredador.
Mássimo dice con acento turinés, “el abogado no es más que un peón, pero un peón con acceso. Lo usarán para ganar tiempo. Y ese tiempo, caballeros… es exactamente lo que necesitamos.”
Rodrico inclinó la cabeza hacia él, con un brillo de complicidad en los ojos.
Rodrico dice con acento turinés, “usted quiere entrar mientras ellos entretienen a los guardias.”
Mássimo asintió lentamente, como si la idea ya hubiese estado trazada en su mente desde el principio.
Mássimo dice con acento turinés, “cada movimiento que hacen nos abre una puerta. Pero cuidado… Maurizio y Gianluca no son aliados, ni tampoco enemigos completos. Son un filo de navaja. Si nos ven como obstáculo, no dudarán en cortar.”
El coche permaneció estacionado mientras la escena en torno a la cárcel se desplegaba con meticulosa coreografía. Hombres de Etna vigilaban esquinas, revisaban rutas de escape, mientras otros disimulaban entre los transeúntes como simples civiles. El aire estaba cargado de una tensión contenida, como si la ciudad misma respirara más despacio.
Paolo aplastó su cigarrillo contra el borde del cenicero y habló con voz baja.
Paolo dice con acento piamotés, “signore, deberíamos decidir pronto. Si esperamos demasiado, ellos podrían adelantarse. Y si entran primero, Pietro quedará en sus manos.”
El silencio que siguió fue denso, solo roto por el lejano claxon de un coche y el canto breve de una gaviota sobrevolando los muros grises de la prisión.
Mássimo, con una calma casi cruel, respondió.
Mássimo dice con acento turinés, “no se preocupen. Hoy la tarde no pertenece a Maurizio ni a Gianluca. Pertenece a nosotros. Ellos prepararán el escenario… y nosotros seremos quienes lo clausuren.”
Sus hombres asintieron, comprendiendo que la paciencia era la verdadera arma de Mássimo. Afuera, el abogado Mirko desaparecía tras las puertas pesadas de la prisión, mientras los relojes comenzaban a marcar el compás de una jornada que prometía desencadenar más que un simple rescate.
Mássimo sonrió, una sonrisa fría y sin humor que no alcanzaba sus ojos.
Mássimo dice con acento turinés, "Rodrico, prepara a los hombres. Paolo, averigua el movimiento de Mirko dentro. Enrico, mantén un ojo en Gianluca y Maurizio. Quiero saber cada paso que den."
Rodrico asintió, encendiendo el motor del coche. El zumbido bajo del motor se sumó a la tensión creciente. Paolo, con su mirada aguda, ya tecleaba en su teléfono, contactando a sus informantes dentro de la prisión. Enrico, con binoculares en mano, observaba a los hombres de Etna con una concentración casi depredadora.
La espera se prolongó, cada minuto estirándose como un hilo de acero. El sol subía, bañando los viejos edificios con una luz más intensa, pero la sombra de la prisión parecía crecer, absorbiendo la claridad del día. Finalmente, una llamada llegó al teléfono de Paolo.
Paolo dice con acento piamontés, "El abogado Mirko está saliendo, signore. Habló con Pietro. Le dijo que su ‘caso’ está siendo revisado, que hay un proceso en curso para su liberación. Es una farsa, por supuesto. "
Mássimo asintió, supo que era la señal.
Másimo dice con acento turinés, "Excelente. Eso significa que Pietro sabe que no está solo. Y que Matteo ya ha olido la sangre en el agua. Es el momento. Enrico, ¿dónde están Gianluca y Maurizio?"
Enrico, sin apartar los binoculares, respondió con voz tensa.
Enrico dice con acento piamontés, "Están moviendo a sus hombres, signore. Se dispersan, preparándose para el asalto. Parece que el ‘revisado’ es la señal para ellos también."
Mássimo se recostó en el asiento, cerrando los ojos por un instante. Cuando los abrió, el brillo en ellos era aún más intenso.
Mássimo dice con acento turinés, "Que se muevan. Que hagan todo el ruido que quieran. Nosotros seremos la sombra que nadie espera. Rodrico, llévanos al punto de acceso. "
El coche se deslizó por las calles secundarias, lejos de las miradas curiosas. La prisión se alzaba imponente a lo lejos, un gigante de piedra que guardaba secretos y promesas rotas.
Las ruedas del coche giraban con sigilo sobre el pavimento húmedo, mientras un viento suave traía consigo el aroma salobre del mar mezclado con el polvo antiguo de Palermo. El motor apagado en las calles secundarias apenas dejaba un murmullo que se confundía con la rutina del vecindario. Nadie sospechaba que dentro de aquel vehículo, el destino de varios hombres estaba siendo calculado con una precisión quirúrgica.
Rodrico maniobraba con calma, siguiendo las instrucciones de Mássimo. Sus manos firmes en el volante revelaban años de experiencia en operaciones similares. Paolo mantenía el teléfono en la palma de la mano, su mirada fija en la pantalla donde llegaban mensajes cortos de sus informantes infiltrados en los alrededores de la prisión. Enrico, con los binoculares aún colgados del cuello, repasaba mapas mentales de las rutas de escape, mientras la tensión lo hacía morderse el labio inferior.
Mássimo, en el asiento trasero, parecía una estatua de mármol. Su porte elegante contrastaba con la frialdad de sus ojos, calculando escenarios y descartando riesgos con la rapidez de un jugador que nunca deja ver sus cartas.
Rodrico dice con acento turinés, “el punto de acceso está a quinientos metros, signore. Es un túnel de servicio, usado por los camiones de mantenimiento. La entrada se camufla detrás de unos contenedores viejos.”
Mássimo asintió despacio, sin apartar la mirada de la silueta de la prisión que se acercaba entre los edificios.
Mássimo dice con acento turinés, “perfecto. Si Gianluca y sus hombres entran por la fachada… nosotros lo haremos por las entrañas.”
Paolo, exhalando humo de un cigarro recién encendido, habló con voz baja.
Paolo dice con acento piamontés, “hay riesgo, signore. Ese túnel puede estar bajo vigilancia. Si nos detectan antes de llegar a Pietro, no habrá salida posible.”
Mássimo giró apenas la cabeza hacia él, y su respuesta fue tan seca como un disparo.
Mássimo dice con acento turinés, “siempre hay riesgo. Pero no hay cadenas que no se rompan con la herramienta adecuada. Y nosotros, Paolo, somos esa herramienta.”
El coche se detuvo en una calle desierta, flanqueada por muros cubiertos de grafitis y ventanas tapiadas. El silencio se rompía solo por el lejano ladrido de un perro. Enrico descendió primero, asegurándose de que no hubiera ojos curiosos. Luego bajaron Paolo y Rodrico, mientras Mássimo se acomodaba el abrigo, con el porte de un empresario que jamás mostraría la violencia escondida bajo esa fachada impecable.
Enrico señaló hacia los contenedores oxidados al fondo de la calle.
Enrico dice con acento piamontés, “allí, signore. La entrada está detrás. He confirmado con nuestros contactos: por esa vía entran suministros y, a veces, personal de mantenimiento.”
Mássimo avanzó hasta quedar frente al óxido carcomido del metal. Posó una mano sobre la superficie fría, como si palpara la puerta hacia una verdad largamente esperada.
Rodrico, revisando su reloj, habló con tono práctico.
Rodrico dice con acento turinés, “los hombres de Maurizio y Gianluca atacarán en menos de veinte minutos. Si queremos movernos sin cruzarnos con ellos, debemos entrar ahora.”
El aire se espesó. Palermo parecía contener el aliento, como si las paredes mismas esperaran la decisión de aquel hombre. Mássimo miró a sus tres compañeros, y en sus ojos no había duda, solo la certeza de quien ya ha trazado el destino de otros.
Mássimo dice con acento turinés, “entremos. Esta no es solo una operación… es el primer paso para recuperar lo que Matteo nos arrebató. Y no pienso perderlo.”
Rodrico abrió la reja oxidada que se escondía tras los contenedores, revelando la boca oscura de un pasadizo. El aire que salió era húmedo, impregnado del olor a piedra vieja y moho, como si respirara secretos.
Uno a uno, los hombres de Mássimo desaparecieron en la penumbra del túnel, mientras afuera, el sol subía sobre Palermo y la ciudad seguía con su rutina ajena, ignorante de que bajo sus calles comenzaba a tejerse una jugada que sacudiría los cimientos de la propia prisión.
En la oscuridad, solo la voz de Mássimo se escuchó, firme, implacable.
Mássimo dice con acento turinés, “Pietro no morirá en esta jaula. Hoy lo sacamos… y mañana, Matteo sentirá el peso de nuestra sombra.”
Mássimo observaba en silencio, las manos cruzadas detrás de la espalda, su mirada fija en el túnel que se abría como una boca oscura lista para devorar a los imprudentes. Cuando la compuerta se abrió del todo, un aliento húmedo y pesado emergió del interior, impregnado de tierra mojada, hierro oxidado y abandono.
Enrico encendió una segunda linterna y apuntó al interior: un pasillo estrecho, recubierto de piedras húmedas, se extendía hacia las entrañas de la prisión. Goteras caían en intervalos regulares, marcando un compás lúgubre en el silencio.
Enrico dice con acento piamontés, “el túnel aún respira… pero cuidado, signore. No estamos solos aquí abajo. Seguro que algunos ojos lo conocen también.”
Mássimo avanzó el primero, su silueta firme proyectando sombras alargadas sobre los muros. Cada paso resonaba con un eco bajo, amplificado por el corredor. Rodrico y Paolo lo siguieron, atentos, mientras Enrico cerraba la compuerta detrás de ellos, asegurando que nada delatara su entrada.
El túnel descendía lentamente, con tramos reforzados por viejas vigas de hierro. En ciertos puntos, las paredes mostraban inscripciones hechas a mano: marcas de obreros olvidados, tal vez mensajes de prisioneros que alguna vez soñaron con la fuga. Paolo pasó los dedos sobre una de esas marcas, un número casi borrado por la humedad.
Paolo dice con acento piamontés, “años de silencio en estas paredes… y hoy vuelven a hablar.”
La marcha continuó. A medida que avanzaban, el aire se hacía más denso, mezclando la humedad con un leve olor a pólvora vieja, como si el túnel hubiese sido usado más recientemente de lo que aparentaba. Mássimo frunció el ceño, captando ese detalle que los demás no mencionaron.
Mássimo dice con acento turinés, “alguien estuvo aquí antes que nosotros. No bajen la guardia.”
De pronto, un ruido lejano interrumpió la cadencia de las gotas. Era un sonido metálico, un golpe suave repetido en la distancia, como el roce de botas contra hierro. Enrico apagó su linterna por instinto, y el grupo se sumió en la penumbra. Solo la respiración controlada de los hombres llenaba el espacio.
Rodrico, en voz baja, casi susurrando, dijo con acento turinés, “no somos los únicos que buscan a Pietro. Los perros de Etna… o los de Matteo. Quizá ya marcaron este camino.”
El silencio volvió, denso y pesado. Mássimo, sin titubear, levantó una mano ordenando calma. Su voz fue firme, apenas un murmullo que imponía obediencia.
Mássimo dice con acento turinés, “sigamos. El ruido no cambia el destino. Solo lo adelanta.”
Con pasos medidos, retomaron el avance. El túnel se curvaba, y al fondo, tras un recodo, se divisaba un resplandor débil, amarillo, filtrándose por una rejilla de ventilación. Más allá estaba la prisión, y con ella, la celda de Pietro, el hombre que guardaba piezas cruciales de un rompecabezas aún incompleto.
El pasillo se estrechaba más conforme avanzaban, las paredes húmedas parecían cerrarse sobre ellos, obligándolos a caminar casi en fila india. El eco de sus pasos reverberaba en la penumbra, acompasado con el goteo constante que caía desde las grietas del techo. El resplandor amarillento que habían divisado minutos antes se hacía más intenso, filtrándose entre las ranuras oxidadas de una rejilla de ventilación.
Rodrico fue el primero en agacharse, apoyando una rodilla en el suelo cubierto de barro seco, mientras levantaba la linterna lo suficiente para inspeccionar el enrejado sin delatar su presencia. Movió los dedos sobre los bordes de la rejilla, comprobando que no estuviera asegurada con refuerzos recientes.
Rodrico dice con acento turinés, “antigua, oxidada… nadie la ha revisado en años. El camino sigue siendo nuestro.”
Mássimo se acercó en silencio, su rostro endurecido por la concentración. Se inclinó para observar a través de la abertura, sus ojos acostumbrados a la penumbra captando de inmediato la escena al otro lado. Tras la rejilla, una galería amplia, iluminada con luces amarillentas que colgaban del techo, dejaba ver parte de los pasillos de servicio de la prisión. El sonido lejano de llaves tintineando y pasos firmes confirmaban que estaban justo en las entrañas del edificio.
Enrico, controlando la respiración, se situó detrás, observando con cuidado. La galería no estaba vacía. Desde el ángulo estrecho de la rejilla podían distinguir, a unos metros de distancia, a dos guardias que conversaban de pie cerca de una puerta de metal reforzada. Sus voces llegaban en fragmentos interrumpidos, mencionando nombres y horarios, hasta que un detalle rompió el aire cargado de tensión.
Enrico dice con acento piamontés, “escuchen… nombraron a Pietro. Está cerca. Justo detrás de esa puerta.”
La mención del custodio de Leila endureció el semblante de Mássimo. Sus ojos se fijaron en la puerta como si pudiera atravesarla con la mirada. Pietro estaba allí dentro, vivo, encerrado en una celda que guardaba secretos capaces de redefinir todo lo que había ocurrido en Palermo y más allá.
Paolo, ajustando el arma bajo su chaqueta, habló con tono bajo, medido, consciente del peligro.
Paolo dice con acento piamontés, “dos guardias ahora, quizá cuatro en el cambio de turno. Si esperamos el momento exacto, podemos neutralizarlos sin levantar sospechas.”
Rodrico negó suavemente con la cabeza, sus ojos fijos en Mássimo, aguardando su orden.
Rodrico dice con acento turinés, “no es solo entrar y sacarlo. Si está en aislamiento, estará vigilado. Necesitamos un plan para hacerlo salir de esas paredes sin que toda Palermo lo sepa.”
El silencio reinó unos segundos. Mássimo mantenía la vista fija en Pietro, aunque apenas podía distinguir su silueta tras los barrotes que se intuían en el interior de la celda. El simple hecho de verlo confirmaba que las piezas que buscaba seguían en movimiento.
Mássimo dice con acento turinés, “lo tenemos delante. Pietro respira, y mientras lo haga, la verdad sigue intacta. Lo vamos a sacar. No mañana, no después. Esta noche.”
Las palabras de Mássimo fueron tan firmes como una sentencia. El eco de su voz se perdió en las paredes del túnel, pero sus hombres comprendieron que no había margen para dudas. La misión estaba decidida: encontrarían la forma de liberar a Pietro sin importar el costo.
La rejilla volvió a cerrarse con un leve chirrido. El grupo retrocedió unos pasos en silencio, ocultándose otra vez en la penumbra subterránea. El plan de extracción acababa de comenzar a tomar forma.
Mássimo se puso en cuclillas, su mano dibujando en el polvo del suelo un esquema simple de la galería. La linterna de Rodrico proyectaba una luz tenue, revelando los contornos de su plan.
Mássimo dice con acento turinés, "La galería es un pasillo de servicio. Poco tráfico, pero con acceso a la celda de Pietro. Los guardias... podemos neutralizarlos. No necesitamos una balacera. Necesitamos silencio y rapidez. "
Rodrico, con un gesto grave, señaló un punto en el esquema.
Rodrico dice con acento turinés, "El cambio de turno es en diez minutos. Dos guardias se van, dos llegan. Eso nos da un lapso de cinco minutos donde solo hay uno o, con suerte, ninguno, mientras se realiza el traspaso de responsabilidades. Podemos usar ese instante."
Paolo dice con acento piamontés, "Mi contacto con el guardia corrupto nos dio los planos de este nivel. Hay un sistema de ventilación principal cerca de la celda de Pietro. "
Paolo dice con acento piamontés, "si generamos una pequeña sobrecarga, podríamos apagar las luces de esa sección por unos segundos. Suficiente para crear confusión y entrar."
Mássimo asintió, su mirada fría y calculadora. Sus ojos se encontraron con los de cada uno de sus hombres, transmitiendo una certeza inquebrantable.
Mássimo dice con acento turinés, "Rodrico, tú y yo nos encargaremos de los guardias. Silenciosa y eficientemente. Paolo, prepara el sistema de ventilación. Enrico, mantén la retaguardia, nadie debe vernos entrar ni salir de aquí. "

Mássimo dice con acento turinés, "Cada segundo cuenta. Una vez que la oscuridad caiga, estaremos dentro y fuera antes de que se den cuenta. Esta no es una finta, es el golpe final."
El tiempo se arrastraba. El sonido de los guardias al otro lado se hizo más fuerte, luego más tenue, señal del cambio de turno. Unos segundos de silencio tenso, y luego, una leve vibración. La voz de Paolo rompió la quietud.
Paolo dice con acento piamontés, "Sobrecarga en tres… dos… uno…"
Un parpadeo. Las luces amarillentas de la galería parpadearon con un zumbido, y luego se apagaron por completo, sumiendo el pasillo en una oscuridad casi total, solo rota por la luz de emergencia que tardó un segundo en encenderse, proyectando una débil aura rojiza.
Mássimo dice con acento turinés, "Ahora."
Rodrico y Mássimo se movieron con una sincronización brutal. La rejilla fue apartada con un golpe seco, y se deslizaron a través de la abertura. El sonido de la refriega fue mínimo: dos golpes secos, un jadeo ahogado, y el silencio volvió a reinar, solo roto por la respiración agitada de los hombres.
Rodrico arrastró a los guardias inconscientes a un rincón, asegurándolos con bridas de plástico. Mássimo se dirigió directamente a la puerta de metal reforzada. Sacó un juego de ganzúas finas de su chaqueta y se concentró. Sus dedos se movían con la delicadeza de un cirujano, cada clic, cada sonido metálico, un paso más cerca de Pietro.
Desde el túnel, Paolo asomó la cabeza.
Paolo dice con acento piamontés, "La alarma de seguridad de la rejilla principal acaba de sonar. Es una finta. Gianluca y Maurizio han atacado la entrada principal. Los guardias están distraídos."
Mássimo dice con acento turinés, "Perfecto. Más ruido. Menos ojos aquí."
Mientras tanto en la celda de aislamiento.
La celda era un cuadrado de cemento húmedo, iluminado apenas por una bombilla que parpadeaba como si quisiera rendirse. Las paredes estaban marcadas por manchas oscuras, huellas de humedad y de algo más: el rastro invisible de las noches interminables. El aire olía a óxido, sudor y desinfectante barato.
Pietro estaba sentado en el suelo, la espalda apoyada contra la pared áspera. Sus manos temblaban, no por miedo, sino por el dolor que recorría cada nervio. El aislamiento había convertido el tiempo en un enemigo silencioso. No sabía si eran días o semanas los que llevaba allí, pero cada minuto pesaba como plomo.
Su rostro, endurecido por los rrecientes acontesimientos y a los recuerdos que tenía de Leila, mostraba heridas frescas: cortes en la ceja, moretones violáceos en el pómulo, y la comisura de los labios agrietada. El torso, apenas cubierto por una camiseta desgarrada, revelaba marcas lineales y moretones, cicatrices recientes de interrogatorios. Los hombres de Matteo no habían tenido clemencia.
En un rincón, un vaso metálico con agua turbia reposaba olvidado. Pietro lo había empujado con el pie horas atrás, incapaz de beber más de aquella mezcla insípida. La soledad era su verdadero carcelero: el silencio interrumpido solo por el eco de pasos lejanos o el chirrido de llaves en puertas que nunca se abrían para él.
Cerró los ojos unos segundos, y la imagen de Leila apareció como un destello. La recordaba con esa fuerza serena que siempre había transmitido, con la determinación de quien jamás aceptaba doblegarse. Aquella imagen era lo único que mantenía encendida la chispa en su interior.
pietro murmura con acento siciliano, "Aunque sangre mil veces no los traicionaré, no te traicionaría nunca Leila. "
Un ruido metálico interrumpió sus pensamientos: pasos en el pasillo, dos guardias conversando con indiferencia, ajenos al dolor que custodiaban. Pietro entreabrió los ojos, mirando hacia la pequeña rendija de la puerta reforzada. Solo sombras se movían detrás de la mirilla.
Un último clic. La pesada puerta se abrió con un leve susurro. La celda de aislamiento de Pietro se reveló, pequeña y austera, iluminada por la tenue luz rojiza que se filtraba de la galería. Pietro estaba ahora sentado en la litera, su rostro demacrado, pero sus ojos, al ver a Mássimo, se encendieron con una chispa de sorpresa y, finalmente, reconocimiento.
Por un instante, Pietro pensó que estaba delirando. Los ojos cansados tardaron en enfocar la figura que se erguía frente a él, firme, implacable, con esa mirada que imponía tanto respeto como temor. No podía ser un espegismo: era Mássimo Marttini en carne y hueso.
Pietro se incorporó con esfuerzo, apoyando una mano en la litera para no perder el equilibrio. La voz le salió ronca, quebrada por la resequedad y el cansancio.
Mássimo dice con acento turinés, "te quedarás solo mirando, o vas a moverte, costa."
Mássimo dice con acento turinés, "no se que tanto tiempo tengamos a nuestro fabor. "
Pietro dice con acento siciliano, "Don Mássimo, usted. Aquí. "
Mássimo no se permitió una sonrisa, pero sus ojos revelaban la certeza de un plan calculado al detalle.
Pietro no comprendía del todo, pero la presencia de aquel hombre bastaba para disipar sus dudas. Asintió en silencio, consciente de que su cuerpo apenas respondía, pero decidido a seguirlo.
Rodrico entró un paso detrás, lanzando una mirada rápida a las heridas de Pietro. Chasqueó la lengua con fastidio, aunque su tono se mantuvo práctico.
Rodrico dice con acento Turinés, "Está hecho polvo, jefe. No podrá correr mucho… pero lo sacamos igual."
Mássimo afirmó con la caveza serio pero desidido.
Mássimo dice con acento turinés, "bene."
Mássimo dice con acento turinés, "no podemos fallar ahora, rodrico."
Pietro se acerca tambaleante a Mássimo.
En el pasillo, Paolo apareció de nuevo, con el rostro perlado de sudor y la tensión marcada en sus facciones.
Paolo dice con acento piamontés, "Los guardias ya notaron la sobrecarga. Tienen la mitad del bloque movilizado hacia la entrada principal. Maurizio y Gianluca mantienen la finta, pero no durará mucho."
Mássimo dice con acento turinés, "bene, hay que movernos, ya. "
Mássimo asintió con frialdad, ayudando a Pietro a caminar.
El grupo se movió con precisión militar. Pietro, tambaleante, se apoyaba en Mássimo, quien no aflojaba el paso. Rodrico cubría la retaguardia, cuchillo en mano, atento a cada sombra. Paolo abría camino, susurrando señales cortas mientras avanzaban hacia la rejilla.
Un golpe seco resonó en la galería. Voces de alarma comenzaron a mezclarse con el eco metálico de botas corriendo. El tiempo, como un reloj de arena quebrado, parecía desmoronarse.
Mássimo apretó la mandíbula, su mirada fija en la oscuridad que los esperaba más adelante.
Y entonces, el túnel volvió a recibirlos, frío y estrecho.
El aire viciado del túnel se cerraba sobre ellos como una garganta de piedra, húmeda y sofocante. Cada paso resonaba apagado, como un susurro en la penumbra. Pietro respiraba con dificultad, cada jadeo era un recordatorio de su cuerpo maltratado, pero seguía aferrado al brazo de Mássimo con la determinación de quien sabe que la caída significaría el final.
Paolo, adelantado unos metros, alzó la mano en señal de silencio. Desde la lejanía, el retumbar de disparos y gritos confirmaba que la finta en la entrada principal había estallado en una tormenta de caos. Maurizio y Gianluca estaban cumpliendo su papel sin saberlo, sacrificando todo el ruido posible para darles la sombra perfecta.
Rodrico, sin dejar de mirar hacia atrás, murmuró con la tensión en el filo de su voz.
Rodrico dice con acento turinés, "El eco ya rebota más cerca, jefe… si llegan hasta aquí antes que salgamos, nos acorralan."
Mássimo mantuvo el paso, su respiración firme, sin ceder a la presión.
Mássimo dice con acento turinés, "No miren atrás. Solo adelante. Una línea recta. Una sola salida."
El túnel se estrechaba, y el olor de gasolina mezclado con tierra mojada anunció la cercanía del vehículo oculto. Pietro alzó la mirada, sus ojos oscuros reflejaban un destello de incredulidad: aquel rescate parecía irreal.
Al llegar a la salida, Paolo se arrodilló, forzando la compuerta de hierro oxidada que los separaba del exterior. El sonido de la bisagra fue un chirrido metálico que cortó la tensión como una cuchillada. Afuera, la oscuridad de la noche pintaba el paisaje con un aire lúgubre.
Mássimo salió primero, asegurándose de que la zona estuviera despejada. Rodrico empujó a Pietro con firmeza, ayudándolo a subir por el borde de la compuerta. Los segundos se estiraban.
Paolo, jadeando, fue el último en salir, cerrando la compuerta tras de sí. Un instante después, un eco metálico desde dentro del túnel anunció que los guardias habían encontrado el acceso.
Mássimo empujó a Pietro al interior del vehículo sin perder tiempo.
Mássimo dice con acento turinés, “Vamos. Ahora.”
Rodrico, enrrico y Paolo subieron de inmediato. El motor rugió con fuerza, y el todoterreno se lanzó hacia la carretera de tierra, levantando una nube de polvo tras de sí.
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