La Grieta del ajedréz

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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La Grieta del ajedréz

Mensaje por Larabelle Evans »

El Hilo de Oro y la Sombra de Octubre.

Milán — Retrospectiva del Verano (Julio - Septiembre)

El verano en Milán no perdonaba. El calor descendía sobre la ciudad lombarda como una manta pesada y húmeda, deformando el aire sobre los adoquines del Quadrilatero della Moda . Mientras la mayoría de los herederos y aristócratas del norte de Italia huían hacia las aguas frescas del lago de Como o las costas de Portofino, Vittoria Marttini se había encerrado voluntariamente en un infierno de seda, alfileres y exigencia absoluta.

El Atelier Duomo , ubicado en un edificio histórico cerca de la Via della Spiga, se había convertido en su santuario y en su campo de batalla. Anabella Mancini, la mujer de hielo, no le había regalado nada por su apellido; de hecho, se lo había exigido todo. Durante los meses de julio y agosto, Vittoria durmió un promedio de cuatro horas por noche. El olor a cacao tostado y a pólvora que solía impregnar sus recuerdos de Turín fue reemplazado por el aroma del café espresso doble, el vapor de las planchas industriales y el perfume de almizcle de su profesora.

Vittoria no era solo una pasante; era una estratega. Aplicó la misma frialdad clínica que había utilizado para destruir a los Rinaldi y salvar el imperio de su padre, pero esta vez, para deconstruir patrones de alta costura.

Una tarde de finales de agosto, en medio del caos previo al lanzamiento de la Colección de Transición, Anabella la había encontrado en el suelo del taller, descalza, con las manos manchadas de tiza sastre y rodeada de metros de organza negra. Estaba rediseñando la estructura de un corsé que no respiraba.
Anabella Mancini dice con acento milanés, observándola desde la puerta: "No cortas la tela, Marttini. La operas. Tienes la precisión de un cirujano y la paciencia de un asesino. Me gusta."

Y el éxito llegó. En septiembre, durante la presentación privada de la colección en la Galleria Vittorio Emanuele II , el nombre de Vittoria Marttini dejó de estar asociado únicamente a los tribunales, los fiscales y las crisis corporativas. La prensa de moda, siempre ávida de nuevas musas con pasados oscuros, la devoró. La revista Vogue Italia le dedicó dos páginas, describiéndola no solo como la heredera del Imperio Marttini, sino como "la nueva prodigio de la arquitectura textil, una mente donde la severidad corporativa y la fluidez del diseño colisionan de manera magistral".

Fueron meses de un triunfo limpio. Meses en los que Tommaso cumplió su promesa, tomando el tren de alta velocidad los fines de semana para perderse con ella en la clandestinidad de las noches milanesas, amándola en habitaciones de hotel con vistas al Duomo, anclándola a la realidad con su devoción y su falta de pretensiones.

Vittoria había saboreado la paz. Una paz dorada, construida con su propio esfuerzo, donde no había enemigos acechando en las sombras.

Pero el verano, como toda ilusión, siempre llega a su fin.

El Retorno y la Niebla Piamontesa.

Turín — Lunes, 12 de Octubre.

La ciudad la recibió con el abrazo frío y húmedo del otoño. Los árboles del Parco del Valentino habían comenzado a teñirse de cobres y dorados oscuros, y la brisa que soplaba desde los Alpes traía consigo el inconfundible olor a castañas asadas, a lluvia inminente y a hojas secas.

Faltaban escasas horas para la medianoche. Faltaban horas para que Vittoria Marttini cumpliera dieciocho años.

El campus del Politecnico di Torino bullía de actividad. Era su segundo semestre, y la rutina parecía haber regresado con una normalidad casi insultante. Vittoria caminaba por los pasillos con su habitual elegancia afilada, vistiendo un abrigo largo de lana de cachemira color camello sobre un conjunto de punto negro, botines de cuero y el cabello oscuro cayendo en ondas sueltas y perfectas. Ya no era solo una estudiante; las miradas que la seguían ahora estaban cargadas del respeto y la fascinación que otorgaba su reciente fama en Milán.

Serena la alcanzó cerca de las máquinas de café, cargando una carpeta desbordada de bocetos y dos vasos humeantes.
Serena dice con acento turinés: —Si sigues caminando con esa aura de superestrella milanesa, voy a tener que empezar a cobrarle a la gente por mirarte, Vitto. Toma. Macchiato con un toque de vainilla, porque hoy casi eres una adulta legal en todo el sentido de la palabra.

Vittoria tomó el vaso, dejando escapar una risa suave, desprovista de las sombras del pasado invierno.
Vittoria dice con acento turinés: —Gracias. Aunque te juro que la idea de cumplir dieciocho me aterra más que cualquier junta directiva. Significa que ya no hay excusas juveniles. Todo lo que firme a partir de mañana, tiene mi nombre en la guillotina.

Giuli y Allegra aparecieron por el pasillo, enlazadas del brazo, riendo a carcajadas.
Allegra dice con acento turinés: —¡Basta de hablar de firmas y guillotinas! ¡Esta noche es la fiesta! Tu padre ha reservado el ala oeste completa de la Villa Marttini, hay floristas corriendo desde las seis de la mañana, y he oído que el catering incluye trufas blancas de Alba que cuestan más que mi matrícula universitaria.

Vittoria sonrió, soplando el vapor de su café. Mássimo, el León de Turín, seguía soltero y completamente volcado en su hija y en su fábrica. Habiendo superado la crisis financiera gracias a la astucia de Vittoria, Bianca e Indira, el patriarca había decidido que el decimoctavo cumpleaños de su única heredera sería una exhibición de poder y amor incondicional. La guerra parecía un recuerdo lejano.

Giuli dice con acento turinés, ajustando la correa de su cámara: —¿A qué hora llega tu arquitecto? Porque supongo que Tommaso tiene pase VIP para esta noche, ¿verdad?

Vittoria dice con acento turinés: —Llega a las ocho. Y sí, tiene pase VIP, aunque está aterrorizado. Es la primera vez que se va a enfrentar a Mássimo cara a cara en un evento oficial de la familia.

Serena dice con acento turinés: —Que los dioses lo protejan. Mássimo lo va a escanear con rayos X.

El sonido del timbre universitario cortó la conversación. Se despidieron entre risas y promesas de verse más tarde para los preparativos finales. Vittoria tenía una última tarde libre antes de sumergirse en el caos del evento. Decidió que necesitaba un momento de silencio, un respiro en la ciudad antes de que la maquinaria de la Villa Marttini la absorbiera por completo.

El Encuentro en Piazza San Carlo.

A las cuatro de la tarde, la luz en Turín era de un gris perlado. Vittoria le ordenó a su escolta que la dejara a unas calles de la Piazza San Carlo . Necesitaba recoger personalmente un aderezo de joyería en una boutique exclusiva de la Via Roma , un capricho personal para complementar su vestido de alta costura que Anabella le había obsequiado.

Las calles estaban elegantes, llenas de turineses abrigados. Tras recoger el pequeño estuche de terciopelo, Vittoria decidió sentarse en la terraza exterior del Caffè Torino . El aire era frío, pero los calefactores de gas encendidos bajo los toldos creaban un microclima acogedor. Pidió un té negro y se quedó observando la inmensa plaza, la estatua ecuestre de Emanuele Filiberto alzándose solemne en el centro.

Se sentía... intocable. El imperio del cacao prosperaba, el dinero de Luxemburgo fluía sin obstáculos, su carrera en la moda había despegado y Tommaso la amaba con una lealtad que la curaba un poco más cada día.

Fue en ese preciso instante de complacencia cuando la realidad del bajo mundo se materializó de nuevo.

Un hombre se acercó a su mesa. No pidió permiso, simplemente deslizó una de las pesadas sillas de hierro forjado y tomó asiento frente a ella.

Vittoria tensó la mandíbula de inmediato. Sus ojos volaron hacia el extremo de la plaza, donde sus dos guardaespaldas estaban de pie, pero extrañamente, ninguno hizo el amago de intervenir. Estaban mirando, pero parecía que el hombre les había hecho un gesto imperceptible, o quizás su sola presencia imponía un respeto paralizante.

El hombre parecía rondar los cuarenta años. Llevaba un abrigo de lana de vicuña azul marino, guantes de cuero negro de impecable factura y el cabello castaño con toques plateados peinado hacia atrás. Sus rasgos eran de una simetría romana, aristocráticos, pero lo que realmente helaba la sangre eran sus ojos: de un tono avellana tan claro que parecían dorados bajo la luz pálida de la plaza.

No era un matón. Era poder puro. Dinero viejo.

El hombre se quitó un guante lentamente, revelando un anillo con un sello antiguo en el dedo índice.
Enea Rossi dice con acento romano, su voz grave, musical y cargada de una educación exquisita: —El té negro se enfría rápido con este viento del Piamonte, Vittoria.

Vittoria no movió un músculo. Su postura se volvió rígidamente perfecta. La estudiante desapareció; la CEO de Marttini emergió.
Vittoria dice con acento turinés, su tono gélido: —¿Quién te ha dado permiso para sentarte en mi mesa?

El hombre sonrió. Una sonrisa lánguida, que no llegó a sus ojos dorados.
Enea Rossi dice con acento romano: —Nadie me da permiso para hacer nada en este país, principessa . Yo simplemente tomo asiento. Especialmente cuando vengo a presentar mis respetos a la verdadera salvadora del Imperio Marttini.

Vittoria entornó los ojos. La mención de su papel en la salvación de la fábrica la puso en alerta máxima.
Vittoria dice con acento turinés: —No sé de qué hablas. Y no tengo tiempo para acertijos. Mis hombres están a cincuenta metros.

Enea Rossi dice con acento romano, haciendo un gesto despectivo con la mano desnuda: —Tus hombres saben exactamente quién soy, por eso no se mueven. Mássimo sabe quién soy. Pero a Mássimo ya no le presto tanta atención. El León está cómodo en su jaula de oro. Yo prefiero a las leonas jóvenes.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa de mármol del café. El olor a su colonia, una mezcla de sándalo y cuero caro, invadió el espacio de Vittoria.
Enea Rossi dice con acento romano: —Me llamo Enea Rossi. Mi familia opera desde la capital. Nosotros no hacemos ruido como los vulgares Rinaldi. No ponemos bombas, no saboteamos fábricas con hackers de segunda. Nosotros compramos deudas, financiamos ministerios y absorbemos imperios.

El apellido Rossi . Vittoria había oído a su padre mencionarlo una vez, a puerta cerrada. Una familia que manejaba los hilos del sur y del centro de Italia desde los despachos de Roma. Matones con títulos universitarios y cuentas en Suiza.

Enea Rossi dice con acento romano: —He seguido muy de cerca tu verano en Milán, Vittoria. Tus diseños para Anabella Mancini son espléndidos. Pero lo que realmente me fascinó fue la arquitectura financiera que tú, esa analista luxemburguesa y tu hacker genovesa construyeron para limpiar a tu padre. Fue una jugada maestra.

Vittoria sintió que el frío de octubre le penetraba hasta los huesos. Indira. Bianca. Él las conocía. Sabía exactamente cómo habían operado.
Vittoria dice con acento turinés, manteniendo la voz firme, sin ceder un ápice de miedo: —¿Qué quieres, Rossi?

Enea sacó una pequeña caja envuelta en papel oscuro del bolsillo de su abrigo y la colocó sobre la mesa, deslizándola hacia ella.
Enea Rossi dice con acento romano: —Felicitarte. Esta medianoche cumples dieciocho años. Dejas de ser la niña protegida bajo el ala de Mássimo. A partir de mañana, para la ley italiana y para las leyes de nuestro mundo, eres una adulta. Eres responsable de tus firmas, de tus actos... y de tus enemigos.

Vittoria miró la caja, sin tocarla.
Vittoria dice con acento turinés: —La familia Marttini no tiene enemigos vivos.

Enea soltó una carcajada baja, ronca y oscura.
Enea Rossi dice con acento romano: —La soberbia te queda tan bien como el lino, Vittoria. Los Rinaldi dejaron un vacío enorme en el norte. Un vacío que Mássimo cree haber llenado. Pero la familia Rossi tiene otros planes para el Piamonte. Y, sinceramente, negociar con tu padre es aburrido. Él es el pasado. Tú eres el futuro.

Enea se puso el guante de cuero lentamente, sin apartar sus ojos dorados de los de ella.
Enea Rossi dice con acento romano: —Disfruta de tu fiesta esta noche. Baila con tu joven y apuesto arquitecto. Bebe champán. Porque a partir de mañana, principessa , el juego comienza. Y nosotros no jugamos a destruir maquinaria; jugamos a destruir lealtades.

Se levantó de la mesa, ajustándose el abrigo de vicuña.
Enea Rossi dice con acento romano: —Feliz cumpleaños, Vittoria.

Enea dio media vuelta y caminó por la Piazza San Carlo, fundiéndose entre la multitud de Turín con la naturalidad de un fantasma. A los pocos segundos, los escoltas de Vittoria se acercaron corriendo, con rostros pálidos.

— Signorina Vittoria... —empezó a decir uno de ellos, la mano temblando cerca de su arma oculta.

Vittoria levantó la mano, ordenándoles silencio. Su corazón latía desbocado, pero su rostro era una máscara impenetrable. Miró la pequeña caja sobre la mesa. Con dedos firmes, deshizo el envoltorio oscuro y abrió la tapa.

En el interior, descansando sobre terciopelo negro, había un peón de ajedrez tallado en ónix macizo. Estaba partido exactamente por la mitad.

El mensaje era claro. Ella era el peón que había salvado al Rey, y los Rossi venían a partirla en dos.

Vittoria cerró la caja, apretándola en su puño. El frío de Turín de repente se sintió asfixiante. La tregua de Milán había sido solo un espejismo. La normalidad de sus clases y de sus tardes con Tommaso estaba a punto de desintegrarse.

Vittoria dice con acento turinés, su voz fría como el acero: —Al coche. Nos vamos a la Villa.

El Veneno en la Copa de Cristal.

Villa Marttini — 20:30 hrs.

La Villa Marttini estaba transformada. El ala oeste resplandecía bajo la iluminación de cientos de velas y lámparas de araña de cristal de Murano. Había arreglos florales de orquídeas blancas y rosas oscuras importadas cayendo en cascada por las escalinatas de mármol. Una orquesta de cuerdas tocaba música clásica moderna en un rincón del inmenso salón de baile, y el eco de las conversaciones de la élite de Turín llenaba el aire.

Vittoria estaba de pie frente al espejo de su vestidor. Llevaba el vestido que Anabella Mancini había diseñado en secreto para ella: una obra maestra de seda cruda en un tono rojo sangre tan oscuro que casi parecía negro. El escote era recto, severo, pero la falda caía con una fluidez letal, y la espalda estaba completamente abierta, mostrando la piel pálida de la heredera. Se veía adulta, peligrosa, deslumbrante.

Pero dentro de su pecho, la maquinaria de guerra giraba a toda velocidad.
Había guardado el peón de ónix roto en la caja fuerte de su habitación. No le había dicho nada a Mássimo. Esta noche era su noche, su entrada en la edad adulta, y no iba a permitir que la paranoia arruinara el regalo de su padre. Además, si Enea Rossi quería jugar con ella, ella demostraría que no era una presa fácil.

La puerta de su habitación se abrió suavemente.
Mássimo entró. Llevaba un esmoquin impecable, el cabello gris peinado hacia atrás. Se detuvo en el umbral, perdiendo el aliento por un segundo al ver a su hija.
Mássimo dice con acento turinés, la voz grave y llena de emoción contenida: —Mírate. La digna heredera de esta casa. Eres la imagen exacta de lo que el Imperio Marttini necesita, Vittoria. Belleza, inteligencia y una voluntad inquebrantable.

Vittoria se acercó a él, dejando que su padre le diera un beso en la frente.
Vittoria dice con acento turinés: —Gracias, papà. Todo esto... es magnífico.

Mássimo le ofreció el brazo.
Mássimo dice con acento turinés: —El mundo empresarial está abajo, esperando para rendirte pleitesía. Tienes a la prensa, a los accionistas, y a ese arquitecto tuyo sudando frío cerca de la barra de bebidas. Es hora de bajar.

El descenso por la escalinata fue triunfal. Los aplausos resonaron en el salón. Vittoria saludó a los socios, sonrió a las cámaras de la prensa social y recibió felicitaciones con la maestría de una diplomática veterana.

A lo lejos, vio a su círculo de hierro. Serena, Giuli, Allegra y Mirabella estaban espectaculares, brindando con champán y observándola con orgullo. Indira, vestida con un traje sastre color esmeralda, estaba conversando discretamente con Bianca, que llevaba un vestido azul noche. Las mujeres que sostenían los cimientos de la familia estaban allí.

Y luego, estaba él.
Tommaso.
Llevaba un traje negro ajustado, sin corbata, y la miraba desde el otro lado del salón como si ella fuera el único punto de luz en el universo. La distancia entre ellos pareció evaporarse. Vittoria se excusó elegantemente de un grupo de inversores y caminó hacia él.

Tommaso no esperó a que ella dijera nada. La tomó por la cintura, ignorando a los guardaespaldas y a los fotógrafos, y le dio un beso suave, firme, que le devolvió la respiración a Vittoria.
Tommaso dice con acento turinés: —Estás tan hermosa que me da miedo tocarte y que te rompas. Feliz cumpleaños, Vittoria.

Vittoria sonrió, relajándose genuinamente por primera vez en horas bajo su toque.
Vittoria dice con acento turinés: —No me rompo tan fácilmente, arquitecto. Me alegra que hayas sobrevivido a la presión de estar aquí.

Tommaso rió por lo bajo.
Tommaso dice con acento turinés: —Tu padre me lanzó una mirada que creo que me quitó dos años de vida, pero valió la pena.

La orquesta cambió de melodía, tocando algo más lento. Vittoria y Tommaso se deslizaron hacia la pista de baile. Mientras él la guiaba, el calor de su mano en su espalda abierta era un contraste brutal con el frío de la tarde.

Vittoria apoyó la cabeza en el hombro de Tommaso, cerrando los ojos. Quería aferrarse a esa noche. A esa sensación de amor puro, de triunfo, de juventud.

Pero cuando abrió los ojos, mirando por encima del hombro de Tommaso, el aire se le atascó en los pulmones.

En el balcón superior del salón, apoyado contra la barandilla de mármol, estaba Enea Rossi. Llevaba un esmoquin de terciopelo oscuro y sostenía una copa de champán. No estaba solo. A su lado, conversando animadamente con él, estaba un hombre al que Vittoria reconoció de inmediato: el principal gestor del banco secundario de Génova, el hombre que manejaba los fondos de la Línea Dos de la fábrica.

Enea Rossi levantó su copa sutilmente, brindando desde las sombras directamente hacia Vittoria.

El mensaje de la tarde no había sido una amenaza vacía. Los Rossi ya estaban dentro. Ya habían penetrado la fortaleza de los Marttini, corrompiendo las lealtades financieras justo en las narices de Mássimo.

Vittoria apretó los dedos en la chaqueta de Tommaso. El reloj dio la medianoche. El salón estalló en aplausos, confeti dorado cayó del techo y Tommaso la besó apasionadamente.

Vittoria tenía dieciocho años. Era una adulta.
Y la guerra acababa de llamar a su puerta.
Larabelle Evans
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Re: La Grieta del ajedréz

Mensaje por Larabelle Evans »

Capítulo2.

Punto de vista: Vittoria.

Turín — Villa Marttini. Medianoche.

El confeti dorado caía en cámara lenta. La orquesta atacaba las primeras notas de un vals moderno, y el salón de baile, inundado por el murmullo de la élite de Turín, parecía el epicentro de un cuento perfecto. Vittoria estaba aferrada a la chaqueta de Tommaso. Sus labios aún conservaban el calor húmedo del beso con el que habían sellado su mayoría de edad. Para él, ella era el único faro en esa habitación inmensa; para ella, la presencia del arquitecto era el último anclaje a una vida normal que, de pronto, se escurría como arena entre los dedos.

En el balcón superior, ajeno al confeti y a la música, Enea Rossi seguía allí. No apartaba la mirada. La copa de champán en su mano izquierda parecía una extensión de su elegancia letal. A su lado, el gestor del banco genovés asentía, riendo ante algún comentario del romano. Vittoria sintió que el oxígeno abandonaba sus pulmones. El peón de ónix roto que aguardaba en su caja fuerte no era una advertencia; era una profecía. Rossi no venía a destruirla desde fuera; iba a envenenar el Imperio Marttini desde sus mismísimos cimientos, usando el dinero que ella había asegurado para corromper a quienes debían protegerlos.

La reacción de Vittoria fue involuntaria pero violenta. Sus dedos, que acariciaban con ternura el cuello de Tommaso, se tensaron y se cerraron en puños sobre el tejido de su chaqueta. Sus uñas se clavaron a través de la tela, buscando algo sólido a lo que aferrarse mientras la habitación parecía girar.

Tommaso rompió el abrazo ligeramente, apartándose lo justo para mirarla al rostro. La sonrisa radiante que Vittoria tenía hace apenas tres segundos había desaparecido, reemplazada por una palidez cadavérica que contrastaba brutalmente con el rojo sangre de su vestido de seda.

Tommaso dice con acento turinés, el desconcierto y la preocupación filtrándose rápidamente en su voz grave: —Vittoria… ¿Estás bien? Te has quedado de hielo.

Vittoria obligó a sus ojos a regresar al rostro de Tommaso. Quería gritarle que corriese. Quería decirle que el hombre del balcón acababa de firmar el principio del fin para la tregua que ella había construido. Quería confesarle que su mundo no eran las telas, los capuchinos y las clases de diseño, sino ejecuciones simuladas y guerras de poder donde las familias se destruían hasta los cimientos.

Pero si lo hacía, si le contaba la verdad sobre Enea Rossi y el gestor de Génova, lo arrastraría de inmediato al tablero. Lo convertiría en un objetivo. El amor, en su mundo, era solo otra vulnerabilidad que Enea usaría en su contra.

Vittoria tragó saliva. La antigua Vittoria, la manipuladora clínica, tomó el control de su rostro, forzando a los músculos a relajarse. Ensayó una sonrisa lánguida, intentando disimular el temblor de su mandíbula.

Vittoria dice con acento turinés: —Estoy bien. Es solo… la multitud. Y este vestido. Creo que Anabella lo diseñó para que no pudiera respirar si me emocionaba demasiado.

Tommaso no pareció convencerse del todo. Sus ojos, habituados a observar detalles, recorrieron el salón y luego regresaron a ella, notando que el cuerpo de Vittoria aún estaba rígido. Su mano libre subió para acariciarle la mejilla con una ternura que casi la hizo flaquear.

Tommaso dice con acento turinés, bajando el tono: —¿Segura? Porque por un momento pensé que habías visto un fantasma. Si quieres, podemos salir a la terraza. O podemos irnos a mi departamento. No tienes que estar aquí toda la noche si te agobia.

La propuesta era un salvavidas. La idea de escapar de Rossi y refugiarse en las sábanas de Tommaso, donde nada más importaba, era tentadora. Pero Mássimo estaba abajo. Indira y Bianca seguían en el salón, ajenas a que el muro financiero que habían levantado tenía una filtración inminente en la figura del gestor genovés. Vittoria no podía huir; tenía que jugar la partida.

Vittoria dice con acento turinés, apoyando su mano sobre la de él y obligándose a acariciarlo con aparente calma: —No podemos irnos. Soy la anfitriona y Mássimo me buscaría hasta debajo de las piedras si desaparezco en mi propio cumpleaños. Pero necesito un momento. Voy a buscar una copa de agua y a saludar a Indira antes de que empiecen los brindis formales.

Tommaso asintió lentamente, aunque su mirada aún albergaba dudas. La dejó ir de mala gana.

Tommaso dice con acento turinés: —Está bien. Estaré cerca de la barra. Si necesitas rescatista, ya sabes dónde buscarme.

Vittoria le dedicó una última sonrisa forzada, apartándose de él y adentrándose en el mar de invitados. A cada paso que daba alejándose de Tommaso, el nudo en su estómago se apretaba más. Aquella había sido la primera mentira. El primer muro que construía entre ellos para protegerlo. El veneno de Enea Rossi ya estaba actuando; había logrado aislarla emocionalmente antes siquiera de cruzar una palabra con ella en el salón.

Mientras caminaba hacia donde Bianca conversaba con un accionista, Vittoria alzó la vista hacia el balcón una última vez. Enea Rossi seguía allí. Al notar que ella lo observaba desde la pista, el romano esbozó una sonrisa cortés, elevó su copa en un silencioso saludo, dio la espalda y desapareció por el pasillo que conectaba con la sala de fumadores.

La grieta estaba hecha. Y Vittoria sabía que no podría repararla con organza.
Antes de que pudiera alcanzar el grupo donde Bianca reía con elegancia estudiada, la sombra de Enea Rossi se proyectó a su paso, emergiendo del corredor en penumbra que conducía a los salones privados. No hubo violencia en su movimiento, solo un dominio absoluto del espacio. Al interponerse, el aire alrededor de Vittoria pareció densificarse, cargándose de una fragancia ahumada y madura, una mezcla de madera de cedro, tabaco caro y un perfume a medida que pertenecía a otra escala de existencia.

—Señorita Marttini —dijo Enea, con una voz terciopelada, profunda y grave, cuyos matices resonaban con una cadencia romana impecable—. Felicidades por su mayoría de edad. Aunque me temo que las fiestas como esta suelen ser un escenario demasiado estrecho para mentes que ya han aprendido a calcular en varias jugadas de anticipación.

Vittoria se detuvo en seco. Sus instintos gritaron peligro, pero la amenaza predecible que esperaba no se materializó. En su lugar, Enea la observaba con una fascinación sobria, un aprecio estético e intelectual que no intentaba ocultar. Su mirada, oscura y penetrante, descendió lentamente por la seda roja de su vestido antes de fijarse en sus ojos con una intensidad magnética. No era el depredador brutal de las historias; era un aristócrata del crimen, un hombre cuya madurez y sofisticación emitían un aura de poder gravitatorio.

—No debería estar aquí, señor Rossi —murmuró Vittoria, esforzándose por mantener la voz firme, aunque la proximidad de aquel hombre maduro y peligrosamente atractivo hacía que su corazón martillase contra sus costillas con un pulso nuevo, oscuro y turbador. No era solo el terror de la extorsión lo que la paralizaba, sino una tensión electromagnética, un abismo de poder que la atraía y la repelía al mismo tiempo.

—El mundo pertenece a quienes saben estar exactamente donde otros no desean que estén —respondió Enea con una sonrisa sutil, dando un paso más hacia ella, recortando la distancia hasta que solo unos centímetros los separaban. Su figura, imponente y gallarda, la envolvía por completo—. El juego de la seda y el diseño es un hermoso pasatiempo, Vittoria, pero ambos sabemos que su verdadero talento reside en el control. Y es una lástima que alguien con su fuego termine diluida en los compromisos triviales de esta ciudad.

Inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, con una cortesía tan dominadora que resultaba asfixiante, y rozó con la yema de sus dedos enguantados la muñeca de Vittoria, un toque helado pero que encendió una chispa de adrenalina en sus venas. A varios metros de distancia, en medio del salón, Indira y Bianca detuvieron su conversación. Sus amigas del instituto, sujetando sus copas de champán, siguieron su mirada con curiosidad contenida.

Desde lejos, la escena poseía una plasticidad hipnótica: un hombre mayor de distinción aristocrática, vestimenta impecable y presencia magnética conversando en susurros con la joven heredera. Para las amigas de Vittoria, era el retrato de un admirador maduro e insondable, un magnate extranjero que aportaba un toque de intriga madura a la velada; para Indira y Bianca, la figura resultaba vagamente inquietante por su aplomo, pero la verdadera naturaleza del monstruo que sonreía con devoción calculada permanecía oculta bajo las luces doradas de la fiesta.
Larabelle Evans
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Re: La Grieta del ajedréz

Mensaje por Larabelle Evans »

El tablero invicible.

Punto de vista: Vittoria.

La maquinaria de la Villa Marttini operaba con la precisión impecable de un reloj suizo. Atrás habían quedado los días de asedio judicial y los pasillos impregnados de tensión. El cacao fluía brillante por la Línea Tres y los márgenes de beneficio del último trimestre reflejaban una salud financiera insultante.

En la suite ejecutiva, la atmósfera era casi luminosa. Mássimo Marttini, enfundado en un traje azul marino, revisaba un dosier junto a la cristalera, exhibiendo una relajación que Vittoria no le veía desde hacía meses.

—El banco de Génova ha optimizado la gestión del fondo —anunció Bianca, entrando con una tableta en las manos y una media sonrisa—. Su gestor principal nos ha propuesto una ligera reestructuración en la cadena de distribución hacia el norte de Europa. Han sugerido subcontratar a una firma piamontesa, Langhe Logistics S.p.A.. Reduciría nuestros costes aduaneros en un doce por ciento y agilizaría el tránsito de los cargamentos.

Vittoria, sentada a la inmensa mesa de caoba, levantó la vista de sus propios informes. El nombre de Génova hizo eco en su memoria, rozando la imagen del gestor riendo junto a Enea Rossi en el balcón. Sin embargo, las cifras que Bianca proyectó en la pantalla eran perfectas. Inmaculadas. No había un solo indicio de sabotaje ni riesgo legal.

—Es un movimiento brillante —terció Indira, ajustándose las gafas desde el otro extremo de la sala—. Langhe Logistics tiene un historial de operaciones legítimas y está profundamente arraigada en los gremios vitivinícolas del norte. Es dinero viejo y limpio. Si Génova lo avala con estos márgenes, no veo motivo para frenarlo.

Mássimo asintió con satisfacción. —Fírmalo, Bianca. Que los camiones empiecen a moverse con ellos a final de mes.

Vittoria observó la firma digital aparecer en la pantalla. Todo funcionaba sobre ruedas. Nadie sospechaba que aquella pequeña y acertada maniobra no era una victoria del Imperio Marttini, sino el primer peón que los Rossi movían en su tablero, incrustando su fachada legal directamente en las venas logísticas de la fábrica de chocolate.

Esa misma tarde, el Politecnico di Torino bullía con la energía del otoño. En el estudio de diseño, rodeada de retazos de lino y bocetos de la nueva colección, Vittoria intentaba concentrarse en el corte de una manga asimétrica. Su segundo semestre exigía una precisión casi quirúrgica, un refugio perfecto para mantener la mente ocupada.

Pero el refugio fue invadido.

Serena, Giuli, Allegra y Mirabella habían arrastrado sillas altas alrededor de la amplia mesa de corte de Vittoria. Habían respetado la resaca emocional del cumpleaños durante cuarenta y ocho horas, pero el período de gracia había expirado.

—Muy bien, CEO del cacao —comenzó Allegra, apoyando los codos sobre la mesa y mirándola con ojos entrecerrados—. Hemos sido pacientes. Hemos hablado de telas, de arquitectos y de fiestas. Pero ya es hora de que hablemos del hombre del balcón.

Vittoria detuvo las tijeras a milímetros de la tela. Mantuvo la respiración controlada y no levantó la vista de inmediato. —No sé de qué me hablas, Allegra.

Giuli soltó una carcajada incrédula. —Por favor, Vitto. Todas lo vimos. El magnate del esmoquin de terciopelo. El hombre que se acercó a ti en el pasillo con la cadencia de un emperador romano y te dejó petrificada. Parecía salido de una película en blanco y negro, a punto de comprar Turín entero solo porque le aburría la tarde.

Serena asintió efusivamente. —Era mayor, imponente. Y la forma en la que te miraba... No era la mirada de un accionista. Era otra cosa. Tommaso es guapísimo, lo adoramos, pero ese hombre jugaba en una liga completamente distinta. ¿Quién demonios era?

Vittoria dejó las tijeras sobre la mesa y suspiró. Sabía que no podía evadir a Mirabella, cuyos ojos oscuros y perceptivos la escrutaban desde el otro lado de la mesa, desnudando sus defensas.

—Es un inversor de Roma —mintió Vittoria, tejiendo la verdad con hilos de seda—. Su familia maneja fondos y logística. Estaba de paso.

—Un inversor —repitió Mirabella, arrastrando las sílabas con escepticismo—. Un inversor no te toma de la muñeca como si el resto del mundo no existiera. Te dejó temblando, Vittoria. Te conozco. ¿Qué te hizo sentir realmente?

El bullicio del aula de diseño pareció desvanecerse. Vittoria miró sus manos, recordando la quemadura de hielo que los dedos enguantados de Enea habían dejado en su piel. El olor a cedro y tabaco invadió su memoria olfativa.

—Me hizo sentir... diminuta —confesó Vittoria en un susurro, rindiéndose a medias—. Y eso me aterró. Tommaso es mi cable a tierra; cuando estoy con él, siento que el ruido se apaga y puedo respirar. Es seguro. Es real.

Levantó la vista, encontrándose con la mirada expectante de sus amigas.

—Pero ese hombre... —continuó, con la voz teñida de una fascinación oscura que no pudo ocultar—. Estar cerca de él fue como acercarse al borde de un abismo de madrugada. Sabes que es un peligro mortal. Sabes que si das un paso más, la caída te destrozará por completo. Y, sin embargo, la atracción de asomarte al vacío es casi insoportable. Tenía un poder absoluto sobre el espacio, sobre el oxígeno. Te hacía desear soltar el control solo para ver qué haría él con las riendas.

Un silencio pesado cayó sobre la mesa. Allegra se abanicó teatralmente con un boceto de papel vegetal. —Madre mía. Si un hombre me hace sentir eso, yo me lanzo al abismo con los ojos vendados.

Mirabella, en cambio, no sonrió. Cruzó los brazos y ladeó la cabeza. —La seguridad te sana, Vitto. Pero a veces, la oscuridad es más adictiva que la cura. Ten cuidado con los abismos de terciopelo; suelen cobrar un precio de entrada demasiado alto.
Larabelle Evans
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Re: La Grieta del ajedréz

Mensaje por Larabelle Evans »

El precio de una cortesía.

Punto de vista: Vittoria.

Turín — Café San Carlo. 17:26.
Tommaso había elegido una mesa junto al ventanal, desde donde se veía la plaza y el movimiento constante de los transeúntes. Cuando Vittoria llegó, él estaba terminando de hablar con el camarero. Llevaba un abrigo oscuro sobre un jersey gris y tenía el cabello ligeramente revuelto por el viento.
Al verla, se levantó.
Tommaso dice con acento turinés, sonriendo mientras aparta una silla para ella, «La cumpleañera. Por fin. Empezaba a pensar que tu familia te había encerrado en una reunión de emergencia».
Vittoria dice con acento turinés, dejando el bolso a un lado, «Todavía no. Aunque no descartaría que Mássimo lo hiciera si descubriera que he pasado toda la tarde discutiendo sobre una manga».
Tommaso dice con acento turinés, «¿Una manga puede ser tan peligrosa?».
Vittoria dice con acento turinés, «Depende de quién la diseñe».
Tommaso se rio y volvió a sentarse.
La conversación empezó con una facilidad que Vittoria agradeció más de lo que estaba dispuesta a admitir. Hablaron de sus clases, de un profesor de arquitectura que había decidido cambiar las condiciones de entrega de un proyecto a última hora y de un edificio que Tommaso llevaba semanas estudiando.
Él le mostró algunas fotografías en su teléfono. Fachadas de piedra, estructuras de hormigón, escaleras que parecían suspendidas en el aire.
Vittoria se inclinó sobre la pantalla.
Vittoria dice con acento turinés, «Este es precioso».
Tommaso dice con acento turinés, ampliando la fotografía, «¿El edificio entero o la escalera?».
Vittoria dice con acento turinés, «La escalera. El edificio es bastante pretencioso».
Tommaso soltó una carcajada.
Tommaso dice con acento turinés, «Eso es exactamente lo que dije cuando lo vi por primera vez».
Vittoria dice con acento turinés, «Entonces todavía tienes posibilidades como arquitecto».
Tommaso dice con acento turinés, fingiendo ofenderse, «Gracias. Tu confianza en mí es conmovedora».
Ella sonrió.
Durante unos minutos, pudo olvidarse del balcón, del peón de ónix y del gestor genovés. Pudo disfrutar del sabor amargo del café, de la dulzura de una pequeña pastelería de avellana y del calor de la mano de Tommaso cuando él la tomó sobre la mesa.
Sin embargo, cuando él le preguntó cómo había terminado su cumpleaños después de que se separaran, Vittoria volvió a sentir la grieta.
Tommaso dice con acento turinés, acariciándole los nudillos con el pulgar, «Te busqué durante un rato. Después vi a tu padre hablando con unos invitados y pensé que estarías ocupada. Pero desapareciste bastante tiempo».
Vittoria sostuvo su mirada.
Vittoria dice con acento turinés, «Tenía que resolver unas cosas».
Tommaso no retiró la mano.
Tommaso dice con acento turinés, «¿Cosas de la empresa?».
Vittoria podría haberle dicho que sí. Era una respuesta suficientemente vaga para cerrar la conversación sin construir una mentira demasiado elaborada.
Pero Tommaso no le había preguntado por curiosidad superficial. La conocía lo bastante como para reconocer cuándo una respuesta no era una respuesta.
Vittoria dice con acento turinés, después de una pausa, «En parte».
Tommaso asintió, aunque no pareció satisfecho.
Tommaso dice con acento turinés, «No quiero obligarte a contarme algo que no quieras compartir. Pero tampoco quiero que sientas que tienes que fingir conmigo que todo está bien».
La frase la alcanzó con más fuerza que cualquier reproche.
Vittoria bajó la vista hacia sus manos unidas.
Vittoria dice con acento turinés, «Hay asuntos de mi familia que no puedo explicar tan fácilmente».
Tommaso dice con acento turinés, «Lo entiendo».
Vittoria levantó la mirada, sorprendida.
Tommaso dice con acento turinés, «No necesito conocer cada detalle de tu vida, Vittoria. Pero sí necesito saber si algo te está haciendo daño. Aunque no puedas decirme qué es».
Ella sintió el impulso de contarle lo del gestor. De hablarle del banco de Génova, de Langhe Logistics y de la inquietud que le había producido descubrir que una empresa vinculada al entorno de Enea podía entrar en la estructura de distribución de los Marttini.
Pero la información no era suficiente para explicar el peligro, y explicar el peligro significaba reconocer hasta qué punto su familia estaba involucrada en asuntos que Tommaso no conocía.
Vittoria dice con acento turinés, apretándole suavemente la mano, «No quiero que te preocupes por algo que todavía no entiendo».
Tommaso permaneció en silencio unos segundos.
Tommaso dice con acento turinés, «Está bien. Pero no me conviertas en alguien a quien tienes que proteger de todas tus decisiones».
Vittoria sintió que algo se le cerraba en la garganta.
No era una amenaza. Tampoco una exigencia. Era una petición sencilla, formulada por alguien que quería permanecer a su lado sin convertirse en un prisionero de sus secretos.
Vittoria dice con acento turinés, «Lo intentaré».
Tommaso se inclinó sobre la mesa y le besó los dedos.
Tommaso dice con acento turinés, «Eso me basta por ahora».
Vittoria sonrió, pero la culpa no desapareció.
Mientras él volvía a hablarle de su proyecto, ella comprendió que protegerlo no consistía únicamente en mantenerlo lejos de los peligros de su familia. También significaba no utilizar su amor como excusa para decidir por él cuánto podía soportar.
Era una lección que todavía no sabía cómo aplicar.
Y, por primera vez desde su cumpleaños, sintió miedo de que el hombre que más fácilmente le permitía respirar terminara alejándose precisamente por las cosas que ella callaba.
Turín — Villa Marttini, suite ejecutiva. Viernes, 08:12.
La mañana siguiente comenzó con una llamada del banco de Génova.
Bianca fue quien recibió el aviso. Cuando entró en la suite ejecutiva, llevaba la tableta apretada contra el pecho y una expresión de concentración que Vittoria había aprendido a distinguir de la simple preocupación.
Mássimo estaba junto a la ventana, revisando los informes de producción. Indira ocupaba una de las sillas laterales con un expediente abierto sobre las rodillas. Vittoria acababa de llegar de una reunión con el equipo de diseño y todavía llevaba el cabello recogido con una pinza negra.
Bianca dejó la tableta sobre la mesa.
Bianca dice con acento genovés, «El banco ha confirmado que la documentación para incorporar a Langhe Logistics está completa. Quieren organizar una reunión de seguimiento con sus representantes la próxima semana».
Vittoria sintió que el nombre le rozaba la memoria como una astilla.
Vittoria dice con acento turinés, «¿Con qué representantes?».
Bianca deslizó el dedo por la pantalla.
Bianca dice con acento genovés, «El director comercial y un responsable de operaciones. El gestor de Génova estará conectado por videoconferencia».
Vittoria se acercó a la mesa.
Vittoria dice con acento turinés, «¿Y quién ha solicitado la reunión?».
Bianca dice con acento genovés, «El propio banco. Quieren revisar los primeros pasos de la integración y establecer un calendario para los envíos del norte de Europa».
Indira cerró el expediente.
Indira dice con acento luxemburgués, «Es razonable. Una empresa nueva en la cadena de distribución necesita coordinación. Si queremos reducir los costes sin interrumpir la producción, conviene que todas las partes estén presentes».
Vittoria miró el informe que Bianca había proyectado.
Los números seguían siendo impecables. Los costes previstos, los plazos y las condiciones contractuales encajaban con los objetivos de la fábrica. No había una cláusula que pudiera señalar sin fundamento, ni una transferencia que justificara detener la operación.
Aquello era lo que la inquietaba.
Si Enea había conseguido introducir Langhe Logistics en el circuito de los Marttini, no lo había hecho dejando una huella evidente. Había utilizado una oportunidad comercial legítima, respaldada por una entidad financiera y presentada con suficiente documentación para que cuestionarla pareciera una muestra de paranoia.
Vittoria dice con acento turinés, «Quiero revisar el contrato completo antes de esa reunión».
Mássimo levantó la vista.
Mássimo dice con acento turinés, «Ya lo revisamos antes de firmarlo».
Vittoria dice con acento turinés, «Revisamos las condiciones comerciales. Quiero revisar las cláusulas de acceso a información, las autorizaciones de transporte y las responsabilidades en caso de discrepancias».
Bianca frunció ligeramente el ceño.
Bianca dice con acento genovés, «¿Has encontrado algo?».
Vittoria negó con la cabeza.
Vittoria dice con acento turinés, «Todavía no».
Mássimo dejó el informe sobre el escritorio.
Mássimo dice con acento turinés, «Entonces no vamos a tratar una sospecha como si fuera una prueba».
Vittoria sostuvo la mirada de su padre.
Vittoria dice con acento turinés, «No te estoy pidiendo que cancelemos el contrato. Te estoy pidiendo que comprobemos qué hemos firmado».
La expresión de Mássimo no cambió, pero su silencio se prolongó lo suficiente para que Bianca mirara alternativamente a ambos.
Mássimo dice con acento turinés, «Hazlo. Con discreción y sin interrumpir las operaciones».
Vittoria asintió.
No había ganado una discusión. Había conseguido margen para investigar, y eso tendría que bastarle.
Indira volvió a abrir el expediente.
Indira dice con acento luxemburgués, «Podemos solicitar una revisión independiente de los procedimientos de la cadena logística. Sería una medida normal en una integración de este tipo».
Vittoria dice con acento turinés, «Exactamente. Quiero que sea normal».
Mássimo la observó un instante.
Mássimo dice con acento turinés, «¿Qué quieres decir?».
Vittoria recogió la tableta.
Vittoria dice con acento turinés, «Que no quiero que quien esté al otro lado sepa que lo estamos buscando».
La respuesta pareció satisfacerlo. Mássimo regresó a sus documentos y Bianca comenzó a organizar la revisión.
Pero cuando Vittoria salió de la suite, supo que no había conseguido resolver el problema.
Había conseguido nombrarlo.
Y a veces, en el mundo de su familia, eso era lo único que separaba una amenaza de una catástrofe.
Roma — Palazzo Rossi. Viernes, 11:35.
El despacho de Enea daba a una calle estrecha del centro de Roma. Los ventanales altos dejaban entrar una luz grisácea que caía sobre la mesa de nogal, los lomos oscuros de varios libros y una botella de vino de las Langhe que todavía no había sido abierta.
Enea estaba de pie junto a la ventana, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un informe.
Había terminado de leerlo hacía varios minutos.
No lo había dejado sobre la mesa.
Su hermano menor, que esperaba frente al escritorio, observó la quietud de su espalda y decidió no hablar hasta que Enea se volviera.
Enea no tenía prisa.
El informe no contenía ninguna noticia extraordinaria. La integración de Langhe Logistics había sido aceptada, los Marttini habían firmado las condiciones y el banco de Génova había programado una reunión de seguimiento. La operación avanzaba conforme a lo previsto.
Lo interesante no estaba en los resultados.
Estaba en lo que podía ocurrir después.
Enea dejó el informe sobre el escritorio.
Enea dice con acento romano, sin levantar la voz, «¿Quién autorizó la propuesta de seguimiento?».
Su hermano respondió con la precisión de alguien acostumbrado a no adornar las explicaciones.
Giovanni dice con acento romano, «El banco. El gestor considera que una reunión conjunta facilitará la integración».
Enea pasó un dedo por el borde del papel.
Enea dice con acento romano, «¿Y quién habló con él antes de que la propuesta llegara a los Marttini?».
Su hermano tardó apenas un segundo en responder.
Giovanni dice con acento romano, «El responsable comercial de Langhe Logistics».
Enea levantó la mirada.
Enea dice con acento romano, «Quiero saber qué se dijo, no quién aparece en el correo».
La mandíbula de su hermano se tensó.
Giovanni dice con acento romano, «Lo comprobaré».
Enea asintió una sola vez.
No necesitaba explicar que una operación aparentemente sencilla podía convertirse en un problema si demasiadas personas empezaban a improvisar. El responsable comercial había recibido instrucciones claras: facilitar la incorporación de la empresa a la cadena logística de los Marttini, no intentar demostrar una autoridad que no poseía.
Enea no buscaba una guerra con Mássimo.
La familia Marttini tenía activos valiosos, relaciones que podían aprovecharse y una posición industrial que resultaba más útil intacta que destruida. Una empresa en ruinas generaba enemigos, investigaciones y pérdidas. Una empresa estable, por el contrario, podía convertirse en una pieza estratégica durante años.
Lo que le interesaba de Vittoria era más complicado.
Había visto cómo se movía por el salón durante su cumpleaños. Había observado la manera en que se había aferrado al arquitecto antes de advertir su presencia en el balcón. También había notado el cambio inmediato en su expresión cuando sus miradas se encontraron.
No había sido miedo solamente.
Enea conocía el miedo. Lo había visto en hombres que sabían que estaban a punto de perder algo y en mujeres que confundían la cortesía con una promesa. Aquello era distinto: Vittoria había sentido la amenaza y, aun así, se había quedado mirando.
Después, cuando él se acercó, ella había intentado recuperar el control de la conversación.
Ese detalle le había interesado más de lo que esperaba.
No porque creyera que ella fuera invulnerable. Nadie lo era. Sino porque no había intentado agradarle, y tampoco había bajado los ojos para facilitarle el trabajo.
Enea se sirvió agua en un vaso bajo.
Su hermano seguía esperando.
Enea dice con acento romano, «No quiero que nadie se acerque a ella en mi nombre».
Giovanni frunció el ceño.
Giovanni dice con acento romano, «¿A la hija de Marttini?».
Enea levantó los ojos.
El silencio que siguió fue suficiente para borrar cualquier rastro de curiosidad del rostro de su hermano.
Enea dice con acento romano, «¿Tengo que repetirlo?».
Giovanni dice con acento romano, «No».
Enea bebió un sorbo de agua.
No había prohibido que se investigara la posición de Vittoria dentro de la empresa. Eso era parte del trabajo. Lo que no quería era que alguno de sus hombres confundiera la estrategia con una invitación a presionarla, a seguirla o a intentar impresionarla.
Si Vittoria iba a acercarse a él, tendría que hacerlo porque quisiera comprender qué estaba ocurriendo, no porque alguien hubiera intentado forzarle el camino.
La distinción no respondía a una consideración moral. Enea desconfiaba de los resultados obtenidos mediante movimientos que no controlaba personalmente. Además, no tenía intención de permitir que un subordinado cometiera una estupidez que pudiera complicar una operación útil.
Giovanni recogió los documentos.
Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
Giovanni dice con acento romano, «¿Quieres que prepare una reunión con Mássimo?».
Enea miró el informe una última vez.
Enea dice con acento romano, «Todavía no».
Giovanni dice con acento romano, «¿Y con Vittoria?».
La expresión de Enea permaneció inalterable.
Enea dice con acento romano, «Ella sabrá cuándo necesita hablar conmigo».
Giovanni no hizo más preguntas.
Cuando la puerta se cerró, Enea volvió a mirar la ciudad a través del cristal. El tráfico avanzaba despacio bajo la luz apagada del mediodía. En algún lugar, un claxon sonó dos veces y después se perdió entre los edificios.
Enea pensó en la muchacha del vestido rojo.
En su forma de mirarlo.
En el arquitecto que había mantenido una mano en su cintura mientras ella intentaba fingir que nada había cambiado.
No sintió celos. Todavía no. La presencia de Tommaso era un dato, una parte del contexto que debía comprender antes de decidir qué lugar podía ocupar Vittoria en sus planes.
Pero recordó algo más: la manera en que ella había tensado los dedos cuando lo vio junto al gestor genovés.
Eso significaba que había reconocido una conexión.
Y si la había reconocido, empezaría a investigar.
Una sonrisa leve, casi imperceptible, apareció en el rostro de Enea.
Bien.
Prefería tratar con alguien que hiciera preguntas.
Turín — Villa Marttini. Viernes, 20:18.
Vittoria llevaba más de tres horas revisando documentación cuando encontró la primera discrepancia.
No era una transferencia sospechosa ni una cifra alterada. Era una autorización de acceso incluida en un anexo operativo que había pasado inadvertido durante la revisión inicial.
El documento permitía a Langhe Logistics recibir información sobre previsiones de producción y calendarios de distribución con una antelación mayor de la que Vittoria consideraba necesaria para prestar el servicio contratado.
No demostraba una intención delictiva. En una relación comercial ordinaria, la cláusula podía justificarse por motivos de planificación.
Pero los Marttini no eran una empresa ordinaria, y la información que compartían no se limitaba a fechas de entrega.
Vittoria imprimió el anexo y lo colocó junto al contrato principal.
Después llamó a Bianca.
Bianca contestó al tercer tono.
Bianca dice con acento genovés, «¿Encontraste algo?».
Vittoria dice con acento turinés, «Una autorización de acceso más amplia de lo necesario. No demuestra nada, pero quiero saber quién la añadió y quién la revisó».
Bianca guardó silencio un momento.
Bianca dice con acento genovés, «Voy a comprobar el historial de versiones».
Vittoria dice con acento turinés, «No quiero que se modifique nada hasta que tengamos una copia de todos los registros».
Bianca dice con acento genovés, «Entendido».
Vittoria colgó y volvió a mirar el documento.
El despacho estaba en silencio. Desde el pasillo llegaba el sonido distante de unos pasos y el murmullo de una conversación entre dos empleados que todavía no habían terminado su jornada. La lámpara del escritorio iluminaba el papel con una luz cálida, pero el resto de la habitación permanecía sumido en sombras.
Vittoria pensó en la sonrisa de Enea desde el balcón.
En el saludo con la copa.
En aquella frase sobre las personas que sabían estar exactamente donde los demás no deseaban encontrarlas.
No tenía pruebas de que él hubiera intervenido directamente en la cláusula. Tampoco sabía qué información había recibido el gestor del banco ni qué pretendía conseguir Langhe Logistics a largo plazo.
Lo único que sabía era que una empresa vinculada al entorno de Rossi acababa de obtener una posición dentro de la cadena de distribución Marttini.
Y que alguien había considerado razonable concederle más acceso del que necesitaba.
Vittoria cerró la carpeta.
Por primera vez desde su cumpleaños, la inquietud dejó de concentrarse en el recuerdo de Enea y adquirió una forma concreta.
Una cláusula.
Una firma.
Un permiso concedido por alguien que quizá no comprendía las consecuencias de lo que había autorizado.
Era un principio. Nada más.
Pero Vittoria sabía que las estructuras más peligrosas rara vez empezaban con una explosión. A veces comenzaban con un documento bien redactado, una reunión aprobada y una persona convencida de que estaba tomando una decisión conveniente.
Recogió los papeles, apagó la lámpara y salió del despacho.
En su teléfono había un mensaje de Tommaso.
Tommaso: ¿Cena mañana? Puedo cocinar. No prometo que el resultado sea comestible.
Vittoria sonrió, cansada.
Vittoria: Acepto bajo mi propio riesgo.
Tommaso: Trae un extintor por si acaso.
Ella guardó el teléfono en el bolsillo.
Todavía podía cenar con él, escuchar sus historias sobre arquitectura y fingir durante unas horas que el mundo no estaba reorganizándose a sus espaldas.
Pero ya no podía convencerse de que aquella amenaza se resolvería simplemente manteniendo a Enea a distancia.
El problema no era solo el hombre que la había mirado desde el balcón.
Era el sistema que lo había llevado hasta la puerta de su casa.
Y ese sistema acababa de recibir permiso para entrar.
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